Poder hegemónico y contrahegemónico: una aproximación conceptual Simona Violeta Yagenova

El concepto de poder, debe entenderse como una relación social ejercido por individuos, grupos, clases sociales o nacionales, en un contexto histórico y territorio determinado.

PODER se puede definir como la capacidad de influir, condicionar, determinar el comportamiento de otros para que actúen de una u otra manera. Las relaciones desiguales de poder se construyen debido al acceso desigual a determinados recursos, que permiten a unos realizar sus intereses, personales o de clase e imponerlos a otros.

Estas relaciones de poder construidas históricamente y marcadas por la lógica del capital, la discriminación étnica y de género, son desiguales y asimétricas. Muchos han escrito, analizado y aportado a la comprensión del concepto de poder, y cómo en la práctica las relaciones de dominación-poder hegemónico se construyen y reproducen, o son enfrentadas.

En este apartado, se  brindará una breve visión de los aportes que Michel Foucault, Carlos Marx y Antonio Gramsci realizan a la teoría del poder y dónde se sitúan los debates contemporáneos librados por los movimientos sociales y teóricos críticos frente al sistema existente.

1. El poder desde la perspectiva de Foucault

Tal como lo plantearan distintos teóricos pero especialmente Foucault en su obra Vigilar y castigar, las relaciones de poder no son una cosa, no se concentran en un lugar determinado sino se diseminan por todo el tejido social, aunque éstos se relacionan con determinados centros hegemónicos del poder:

Cuando me refiero al funcionamiento de poder no me refiero únicamente al problema del estado, o a la clase dirigente, a las castas hegemónicas… sino a toda una serie de poderes cada vez más sólidos, microscópicos que se ejercen sobre los individuos, en sus comportamientos cotidianos y hasta en sus propios cuerpos.[1]

Según el análisis que realiza Mendoza de la obra de Foucault, las relaciones de poder se modifican en los distintos momentos históricos, derivados de los cambios estructurales existentes:

En la Edad Media se manifiesta una relación de poder fundamentalmente ligada al control y a la propiedad de la tierra y sus productos, el poder se identifica con la sangre mediante la reivindicación del abolengo de la aristocracia, y con la propiedad a través de la posesión de enormes extensiones de tierra que simbolizan la grandeza y el poderío en esta época histórica. El poder en el medioevo gira en torno al dominio absoluto, previamente sacralizado del soberano y del Papa, y se establece sobre la base de agrupación de grandes latifundios que funcionan como principal fuente de riqueza.[2]

Foucault, al estudiar cómo opera el poder en la fase de desarrollo capitalista quiso develar los dispositivos propios de este sistema que garantizara la reproducción del sistema de dominación, llevándole a la conclusión, que de allí se perfecciona una nueva tecnología de poder.[3] El destacado autor, citado por Mendoza, plantea que dentro del capitalismo se construye una biopolítica[4] que se subordina a los hombres y mujeres a la lógica al poder capital. La disciplina capitalista produce un doble efecto que actúa en forma recíproca: se domeña y mantiene la sujeción sobre el cuerpo, así como se doblega y educa el alma para la obediencia.[5]

El poder se difumina por el tejido social en dispositivos disciplinatorios,

nuevos saberes, imaginarios, discursos, prácticas que garantizan la reproducción del capital que etiquetan lo que es” normal” o “anormal”, prohibido y aceptado por el sistema de dominación existente:

Por esto cuestionar las formas capitalistas de vida implica conocer las formas insidiosas mediante las cuales operan poderes y saberes específicos, pero a la vez asumir en nuestra propia existencia la renuncia de un conocimiento, a una identidad que nos ha sido asignada.[6]

Foucault, al analizar los dispositivos garantes para la reproducción del poder, enfatiza el rol y la relación que existe entre disciplina y discurso. “En cualquier sociedad hay relaciones manifiestas de poder que permean, caracterizan y constituyen el cuerpo social, y esas relaciones de poder no pueden ser establecidas, consolidadas ni implementadas sin la producción, acumulación y funcionamiento de un discurso.”[7]

Según Michel Foucault, dentro del marco del sistema capitalista, se construye una serie de dispositivos de poder “normas” y “disciplinas”[8] que se reproducen en el tejido social y son interiorizadas: “Un ser humano disciplinado es aquel que ha aprendido e integrado totalmente un determinado código de reglas de comportamientos dictada por el padre, el maestro, el juez, el alcalde, el psiquiatra[9]

Sumado a lo anteriormente expuesto un elemento central de la disciplina de poder en la actualidad, advierte Foucault, proveniente del discurso capitalista y este es el “encierro” en la cual vive el obrero: “El endeudamiento obrero le obliga por ejemplo a pagar su alquiler un mes por adelantado, y en cambio cobra su salario a fin de mes, la venta a plazos, el sistema de cajas de ahorro, las cajas de retiro y asistencia, las ciudades obreras, todos estos han sido medios para controlar a la clase obrera, de una manera mucho más sutil, mucho más inteligente mucho más fina y para secuestrarla.”[10]

Mendoza advierte que “El poder no es monolítico y totalmente controlado. Aunque en la sociedad hay un grupo de una clase que ocupa estratégicamente posiciones de poder no controlan del todo el poder ya que éste no está localizado en un lugar específico como los Estados, si no en pequeños poderes capilares (padre sobre el hijo, maestro sobre el alumno, empresario sobre obrero. etc.) lo que permite y hace posible que el Estado se reproduzca y funcione.”[11]

El poder entonces, según la perspectiva foucoultana es una red imbricada de relaciones estratégicas complejas[12] que se transforman permanentemente.

2. El poder y la hegemonía desde la perspectiva marxista

Adolfo Sánchez Vásquez[13] en un ensayo sobre el concepto de poder en la obra de Marx, inicia su reflexión en torno a los autores quienes de una u otra manera han cuestionado que Marx haya elaborado una teoría sobre el poder: “Así, fuera del marxismo, Foucault ve en Marx ante todo al teórico de la explotación y niega que haya elaborado una teoría del poder. Norberto Bobbio subraya que, al centrar Marx su atención en el sujeto del poder, deja a un lado como consecuencia el problema de cómo se ejerce el poder.

Asimismo, al partir de una concepción negativa del Estado no prestaría atención a las formas de gobierno ni delinearía un Estado alternativo, socialista, frente al Estado representativo, burgués, puesto que en definitiva todo poder estatal sería transitorio y estaría destinado a desaparecer. Este problema y el de su conquista estarían en el centro de su atención. De ahí derivarían las insuficiencias de la concepción de Marx del poder, al que, por otra parte, no dedicaría ninguna obra expresamente.”

Adolfo Sánchez Vásquez, si bien reconoce que Marx no se dedicó exclusivamente a construir una teoría política sobre el poder, coincidiendo parcialmente con quienes sostienen esta tesis, sí afirma que a lo largo de su obra se expresan algunas tesis que nutren una perspectiva marxista del poder.

Estas son:

a) La desmitificación de que el poder político en una sociedad marcada por la lógica del capital esta ajeno a las clases en conflicto; b)El poder político concentrado en el Estado es una expresión del poder de la clase dominante que actúa en función de la reproducción de la lógica sistémica del capital; c) Desvirtúa que el poder estatal actúa desde una perspectiva autónoma frente a los constituidos o construidos históricamente y que se expresan en la estructura social existente; d) Que el poder político en el marco del sistema capitalista puede adquirir distintas formas de gobierno, desde autoritarios hasta democráticas, siempre y cuando cumplan la función de garantizar que se reproducen los intereses de la clase dominante; e) Marx reflexionó en torno al poder y la violencia, afirmando que el ejercicio del poder político implica en la práctica el ejercicio de la fuerza; f) Esboza algunos rasgos de cómo se expresaría el poder político en manos de la clase obrera en un contexto de transición del capitalismo hacia el comunismo, que aspira a la eventual extinción del Estado y la devolución a la sociedad de las funciones que ésta ha absorbido.

Se trata entonces, del esbozo de un poder distinto, que se construye mediante un proceso de democratización profundo, que aspira a eliminar la dominación de clase surgida en el marco del capitalismo. Según Sánchez, Marx establece la relación entre la desaparición de las condiciones sociales de los antagonismos de clase, que hacen necesaria la dominación, y la desaparición del poder en cuanto instrumento de dominación.

Isabel Rauber, al reflexionar en torno al aporte de Marx, señala “que el dominio de una clase sobre otra, aunque enraizada a nivel estructural, sólo es posible y durable si las clases dominantes han logrado un ordenamiento de la sociedad en función de su proyecto social. A ello alude el propio Marx cuando señala que a toda sociedad le corresponde un determinado tipo de Estado.”[14]

3. El aporte de Gramsci-Poder y hegemonía

Reflexionar en torno al poder evoca necesariamente la obra de Antonio Gramsci, quien nutrió la teoría marxista con una nueva interpretación y aplicación del concepto de hegemonía.

En 1901 se refiere directamente al concepto de hegemonía: “En función de la posición histórica de nuestro proletariado, la socialdemocracia rusa puede conseguir la hegemonía (gegemoniya) en la lucha contra el absolutismo”.[15]

A pesar de que es poco conocido, éste tuvo una amplia aplicación por parte del movimiento socialdemócrata ruso durante el periodo de 1908 a 1917, en que se debatía la estrategia política de la clase obrera frente al zarismo. Plejanov, en escritos que datan del periodo 1883-1883, cuando se fundaba el Grupo de Emancipación del Trabajo (1884), le daba la connotación de que la lucha de los obreros debería trascender el plan económico frente a la parte patronal, hacia la lucha política en contra del zarismo. Axelrod (1989) por su parte, planteó que la clase obrera debería jugar el papel dirigente en la lucha contra el absolutismo zarista, “La vanguardia de la clase obrera debe actuar sistemáticamente como el destacamento dirigente de la democracia en general.”

Gramsci, quien tuvo conocimiento de estos debates que se realizaron en el seno de la III Internacional y le servirían de base para un proceso de reflexión en torno al concepto de hegemonía, que marcaría un punto de inflexión fundamental en la teoría política marxista posterior. Uno de los aportes más significativos, según Perry Anderson, fue el hecho de que amplió la noción de hegemonía desde su aplicación original de las perspectivas de la clase obrera en una revolución burguesa contra un orden feudal, a los mecanismos de dominación burguesa sobre la clase obrera en una sociedad capitalista estabilizada.”[16]

Anderson, Perry, ibid pág. 164, citando a Axelrod, K. Vopágs.osu, pág. 27. Según Anderson (2002), “el énfasis introducido por Plejanov y Axelrod en la vocación de la clase obrera a adoptar una orientación “totalmente nacional” hacia la política y a luchar por la liberación de todas las clases y grupos oprimidos de la sociedad, iba a ser desarrollado con una elocuencia y un punto de vista completamente nuevos por Lenin en el ¿Qué Hacer? en 1902”. Este mismo autor plantea que el término hegemonía fue uno de los más utilizados por el movimiento obrero ruso antes de la Revolución de Octubre (1917) y posteriormente fue aplicado en los primeros congresos de la III Internacional de la Comintern, donde la aplicación del término se centraba sobre todo en torno al deber del proletariado de ejercer la hegemonía sobre los otros grupos explotados o sea sus aliados de clase contra el capitalismo, la guerra y a favor de la emancipación de la humanidad. El IV Congreso del Comintern (1922) marca un parteagua en el sentido de que se comienza a utilizar el concepto en torno a la dominación de la burguesía sobre el proletariado.

El perfeccionamiento del modelo de dominación capitalista, a pesar de las luchas realizadas por la clase obrera, ya era percibible en la década de los años veinte cuando Gramsci desarrolló su reflexión teórica-política.

Isabel Rauber (2002) destaca la importancia de la obra de Gramsci para poder comprender la complejidad del sistema de dominación que combina eficazmente lo político-ideológico y cultural para garantizar la reproducción del sistema:

La hegemonía constituye un cuerpo de prácticas y expectativas en relación con la totalidad de la vida, no se limita al ámbito de lo ideológico y sus formas de control y dominio.

En su múltiple dimensión cultural, la hegemonía constituye un ‘sentido de la realidad’, sentido que busca imponer –culturalmente‑ como ‘natural’ a través de los modos de producción y reproducción cotidianas de vida, transformándolo en parte del llamado sentido común acerca del deber ser de la realidad social de la que se es parte. Tanto es así que R. Williams afirma que ‘en el sentido más firme, [la hegemonía] es una cultura, pero una cultura que debe ser considerada asimismo como la vívida dominación y subordinación de clases particulares’. [Polleri, 2003] Disputar ese ‘sentido’ es, por tanto, parte vital en la imprescindible disputa político-cultural por el cambio social que es necesario desplegar en todo momento.”[17]

Sin embargo, el ejercicio hegemónico siempre está enfrentado a un escenario de disputa por las fuerzas opositoras, tal como lo plantea Ceceña[18] (2000), Rauber (2005) y Kohan. Este último al referirse a este tema plantea que:

La hegemonía nunca se acepta de forma pasiva, está sujeta a la lucha, a la confrontación, a toda una serie de ‘tironeos’. Por eso, quien la ejerce debe todo el tiempo renovarla, recrearla, defenderla y modificarla, intentando neutralizar a sus adversarios incorporando sus reclamos (…). Como la hegemonía no constituye entonces un sistema formal cerrado, sus articulaciones internas son elásticas y dejan la posibilidad de operar sobre ellas desde otro lado: desde la crítica al sistema, desde la contrahegemonía (a la que permanentemente la hegemonía del capital debe contrarrestrar, disgregar y fragmentar). Si la hegemonía fuera absolutamente determinante –excluyendo toda contradicción y toda tensión interna– sería impensable cualquier disidencia radical y cualquier cambio en la sociedad.[19]

Isabel Rauber (2002) reflexiona en torno a la vigencia del pensamiento

gramsciano para poder comprender hoy por hoy la lucha popular frente al poder hegemónico del capital y su esfuerzo por construir poderes contra-hegemónicos alternativos al sistema:

El modo de articulación política sociocultural que impone, reafirma y recrea el tipo de poder dominante fue definido por Gramsci como hegemonía, concepto que hoy cobra peculiar significación práctica en el proceso de confrontación de los oprimidos con el poder dominante, en el que se desarrolla también las construcciones de poder propio (hegemonía popular) desde abajo.[20]

La importancia del aporte de Gramsci y Foucault reside en que rompe con aquellas perspectivas que se sustentaban en la premisa de que se podría “tomar” el poder y, por ende, la lucha por el poder o por la transformación de los poderes hegemónicos tendría como vía principal “la toma del Estado” que marcó, por un periodo prolongado, las estrategias de los partidos de izquierda y movimientos revolucionarios. Si bien, no se trata de obviar la importancia que tiene el poder estatal para la reproducción del sistema de dominación, esta perspectiva dejaba relegado en un plano secundario y subordinado las luchas reivindicativas de aquellos movimientos como el de mujeres, indígenas, juveniles, etcétera.

La ya citada autora, al reflexionar en torno a las consecuencias de esto, plantea que la diferencia entre la perspectiva de “tomar el poder” vs “construir poder desde abajo”, marca vías estratégicas de transformación distinta; dado que la segunda noción parte de la construcción de poderes contrahegemónicos desde la vida cotidiana y en los microespacios como un eslabón ineludible para la construcción y consolidación de una transformación sistémica profunda. [21]

La equivocada concepción de que se puede “tomar el poder” lleva ineludiblemente a subestimar la complejidad del sistema de dominación que está imbricado en las relaciones sociales cotidianas, en la cultura, en los imaginarios y prácticas sociales, que no se pueden desaparecer por “decreto” ni por medio de las victorias electorales de un partido de izquierda.

Un aspecto clave entonces es enfrentar el poder hegemónico con una correlación de fuerzas de poderes contrahegemónicos que trascienden el cuestionamiento del sistema hacia la construcción de formas alternativas de vida. En este sentido, son los movimientos sociales quienes mediante su amplio repertorio de acciones colectivas construyen pensamiento crítico y prácticas sociales que abonan a concebir modelos alternativos sistémicos:

Los actores sociales desarrollan un proceso simultáneo de destrucción-construcción. Destrucción de la hegemonía dominante y la construcción de la hegemonía de liberación: Una moral, una ética, una conducta y práctica social opuesta a la de la dominación. Teniendo en cuenta que hegemonía es Poder, puede afirmarse que ese proceso de construcción de contrahegemonía va dando cuerpo a un Poder popular, que se va gestando día a día en cada reunión, en cada acto solidario, en cada lucha, en cada forma de organización y en cada resolución política local o nacional.

Ese poder popular adquiere verdadera fuerza y corporeidad cuando se afianza conjugando lo humano y lo territorial, es decir, cuando existe como organización, administración y práctica colectiva cotidiana en un territorio concreto como Poder Local.[22]

La construcción de los poderes contrahegemónicos, no es, entonces, obra de un sujeto privilegiado históricamente determinado, como en su momento se consideraba a la clase obrera, sino obra de la confluencia de fuerzas sociales críticas, que han acumulado poderes y saberes para propiciar cambios sustanciales en el sistema existente.

El rol que juega dentro de este marco la clase obrera ha sido objeto de un amplio y extenso debate entre quienes sostienen que el sujeto privilegiado para la transformación del sistema capitalista sigue siendo la clase obrera y quienes plantean que, más bien, es un sujeto colectivo, diverso, heterogéneo con capacidad de construir pensamiento critico y construir las alternativas frente al sistema capital existente.

Para Marx, el proletariado era el sujeto histórico potencialmente emancipador desde el momento en que comienza a accionar en función de sus intereses de clase enfrentado al capital. Según Kohan[23] el aporte de Marx a la comprensión de clase, incluye a lo menos tres atributos que permiten comprender la construcción de la identidad y subjetividad de clase: (a) el modo de vivir; (b) los intereses; y (c) la cultura:

En consecuencia, las clases no se definen sola ni únicamente por la posesión o no posesión de los medios de producción ni por la cantidad de trabajadores asalariados existentes en una formación social dada en un momento determinado de la historia, tal como lo indica la estadística “objetiva” del censo. Sin dar cuenta al mismo tiempo de la tradición rebelde transmitida de generación en generación, de la cultura popular sedimentada y recreada en las clases subalternas, de la decisión y predisposición al enfrentamiento (a partir del cual se genera la propia identidad subjetiva de clase), de la perspectiva de confrontación y la iniciativa de hegemonía, nunca se podrá comprender a fondo el conflicto y la lucha de clases en la historia.[24]

Las clases son sujetos que se desarrollan, explayan y enfrentan en una relación antagónica propia del sistema capitalista que se expresa en el plano objetivo y subjetivo, creando identidades propias, y “estructuras de sentimiento”[25] que interactúan en la vida cotidiana y las prácticas políticas y socioculturales:

Esa experiencia histórica colectiva existe en la medida en que es vivida y reproducida cotidianamente por los trabajadores. Si las clases dominantes y dirigentes construyen su hegemonía, las fracciones organizadas y políticamente más decididas de las clases explotadas, subordinadas y subalternas pugnan, también cotidianamente, por contrarrestar esa dominación con su contrahegemonía.[26]

Kohan recuperando los aportes de Marx, introduce a la discusión la categoría de clase y sujeto como portadores de la reproducción del poder hegemónico y construcción de poderes contrahegemónicos. Según este autor,[27] la clase obrera reviste sin embargo singular importancia dentro del marco de un bloque de fuerzas críticas del sistema, dado que expresa en sí el antagonismo y contradicción entre capital y trabajo.

Citando a Meiksins Wood,[28] plantea que el capitalismo puede permear cierto pluralismo e ir integrando la política de las diferencias. Pero lo que no puede hacer jamás, a riesgo de no seguir existiendo o dejar de reproducirse, es abolir la explotación de clase.

Isabel Rauber (2005) coincide con este análisis, en el sentido de que el poder hegemónico se construye sobre bases de una sociedad dividida en clases sociales y marcada por la contradicción capital-trabajo:

El poder se constituye como síntesis articulador político-social-cultural de las relaciones sociales levantadas a partir de la oposición estructural capital‑trabajo, que instaura desde los cimientos mismos el carácter de clase de las múltiples interrelaciones entre las fuerzas sociales del capital y las del trabajo, entre las luchas por la hegemonía y la dominación, y las luchas de resistencia y oposición a ello, que –de conjunto‑ definen una determinada correlación entre las fuerzas (de clase) a escala social.[29]

4. Los aportes de Isabel Rauber al debate sobre el poder hegemónico y contrahegemónico

Rauber apuesta a la necesaria construcción de un sujeto colectivo múltiple que acumula fuerza y poder para transformar el sistema desde abajo. El concepto de construir poder desde abajo no alude a una dimensión geográfica, sino una ruta metodológica sociopolítica en la que los históricamente empobrecidos, marginados, explotados se convierten en el sujeto político para llevar a cabo las transformaciones sistémicas.

Elenfrentar la hegemonía dominante constituye una parte fundamental de este procesoque implica, a su vez, la deconstrucción de prácticas políticas y socioculturales que reproducen el modelo de dominación, aun en el seno de las fuerzas sociales de cambio.

Esta deconstrucción, según Rauber, tiene que partir de una base sustancialmente diferente para que puedan convertirse en alternativas:

Construir una nueva civilización humana, liberadora, justa solidaria y ecológicamente sustentable no será una realidad si los cambios se limitan a ser la contracara del capital, a dar vuelta a la tortilla; no se trata de construir una contrahegemonía, sino de construir una cultura y conciencia políticas radicalmente diferentes, superadoras de discriminaciones, jerarquizaciones y exclusiones de cualquier tipo, y también de todo pensamiento único.[30]

Pero ¿cuál es la base sobre la cual se construye estas alternativas de vida? Según Rauber, desde los sujetos populares que consciente y críticamente luchan frente al sistema, donde se han acumulado experiencias, saberes, prácticas y sueños que cuestionan profundamente el sistema dominante. La posibilidad de construir alternativas frente al modelo se realiza en un contexto de una ardua disputa ideológica, política y sociocultural que requiere de la acumulación de fuerzas y poderes populares antes de convertirse en hegemónico.

Esto implica enormes retos para las fuerzas sociales críticas porque tienen que demostrar en la práctica, en la vida cotidiana, que sí es posible trascender y cambiar radicalmente el sistema de dominación existente, mostrando, en

las palabras de Rauber, en las experiencias y construcciones de los movimientos sociales que la sociedad buscada existe ya en ellas, esbozada en pequeños logros.

Dentro de este marco, cobra importancia a su vez la lucha política como un eslabón fundamental para la construcción de poderes populares, que define en los siguientes términos:

La lucha política, la lucha por el poder, es un complejo proceso histórico en el cual ‑del entrecruzamiento de fuerzas sociales, políticas y culturales‑, se constituye y fortalece la fuerza político-social capaz de crear y erigir alternativas en todos los terrenos en los que el bloque dominante realiza su hegemonía. Dirigir los esfuerzos hacia su construcción y consolidación, atendiendo a las peculiaridades de cada momento político, avanzando en la articulación, organización y el empoderamiento colectivo en cada ámbito en que se manifiesta la lucha, es el desafío ideológico-cultural, intelectual y práctico más importante de la hora actual.”[31]


[1] Córdoba Mendoza, Paul Antonio, Michel Foucault y los dispositivos del poder en el capitalismo, Oppdium 2010, Chile, basado en Foucault, Michel, 1999, “Asilos, Sexualidad y Prisiones”. En: Estrategias de Poder. Volumen II, Barcelona: Editorial Paidós, pág. 283.

[2] Córdoba Mendoza, Paul Antonio, Michel Foucault y los dispositivos del poder en el capitalismo, Oppdium 2010, Chile, basado en Cf. Ceballos Héctor, 1997, Foucault y el Poder, México: Ediciones Coyoacán, pág. 67.

[3] Córdoba Mendoza, Paul Antonio, op. cit., pág. 73.

[4] Cfr. Lazzarato, Maurizio “del Biopoder a la Biopolítica”, documento bajado de Internet, el día 1 de agosto de 2006, http://sindominio.net/arkitzean/otrascosas/lazzarato.htm

[5] Ibíd.

[6] Foucault, Michel, 1999, Estrategias de Poder. Volumen II, Barcelona: Editorial Paidós, págs. 17-18.

[7] Foucault, Michel, 2000, Vigilar y Castigar, Madrid, Siglo Veintiuno editores, pág. 212.

[8] El concepto de sociedad disciplinaria acuñado por Foucault, se refiere a la existencia de una serie de dispositivos cargadores de “la verdad” que producen y retroalimentan prácticas sociales de “obediencia” a la entramada de poderes existentes.

[9] Cfr. Foucault, Michel “El poder y la norma”, en: Revista la nave de los locos, N 8, 1984, Universidad San Nicolás,Morelia.

[10] Foucault, Michel, 1999, “A propósito del encierro penitenciario”, en: Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones, Madrid: Alianza Editorial, pág. 67

[11] Paul Antonio Córdoba Mendoza, Michel Foucault y los dispositivos del poder en el capitalismo, Oppdium 2010, Chile.

[12] Díaz, Reinaldo Geraldo, “Poder y resistencia en Michel Foucault”, Tabula Rasa,enero-junio 2006, Universidad Colegio Mayor Cundinamarca, Bogotá, Colombia, pág. 108.

[13] Sánchez Vásquez, Adolfo, “Entre la realidad y la utopía, ensayo sobre política, moral y socialismo, La cuestión del poder en Marx”, http// www.corrientepraxis.org, pág. 1.

[14] Isabel Rauber, “La noción de poder en la construcción del poder local”, en Paradigmas y Utopías, Revista de reflexión teórica y política del Partido de Trabajo, GRAMSCI, revista bimestral, julio/agosto 2002, No.5 pág. 268.

[15] El término hegemonía puede derivar del griego eghesthai, que significa “conducir”, “ser guía”, “ser jefe”; o tal vez del verbo eghemoneno, que significa “guiar”, “preceder”, “conducir”, y del cual deriva “estar al frente”, “comandar”, “gobernar”. Por eghemonia, el antiguo griego entendía la dirección suprema del ejército. Se trata pues de un término militar. Egemone era el conductor, el guía y también el comandante del ejército. En el tiempo de la guerra del Peloponeso, se habló de la ciudad hegemónica, a propósito de la ciudad que dirigía la alianza de las ciudades griegas en lucha entre sí. Lucciano Grupágs., (1978) El concepto de Hegemonía en Gramsci (México: Ediciones de Cultura Popular). Caps. I y V, págs. 7-24 y 89-111, respectivamente.

[16] Anderson, Perry (2002), ibid, págs. 170-171.

[17] Rauber, Isabel, “La noción de poder en la construcción del poder local”, en Paradigmas y Utopías, Revista de reflexión teórica y política del Partido de Trabajo, GRAMSCI, revista bimestral, julio/agosto 2002, No.5 pág. 268.

[18] Ceceña, Ana Esther, “Estados y empresas en la búsqueda de la hegemonía económica mundial”, en Ana Esther Ceceña y Andrés Barreda (Coord), Producción estratégica y hegemonía mundial, México, Siglo XXI, 2000.

[19] Kohan, Nestor, “Nuestro Marx”, pág. 22. www.rebelion.org en sección de libros libres.

[20] En el capitalismo el poder es una suerte de macro interrelación social (interrelación de interrelaciones) que sintetiza política y socialmente a favor de los intereses del capital las relaciones sociales levantadas a partir de la oposición estructural capital-trabajo. Esta oposición instaura ‑desde los cimientos‑ el carácter de clase de las interrelaciones entre los polos que conforman dicha contradicción, de las luchas por la hegemonía y la dominación, y de las luchas de resistencia y oposición a ello. En este antagonismo concreto se desarrollan dinámicas que configuran y definen en cada momento una determinada correlación de fuerzas (de clase) a favor de uno u otro polo, correlación que actúa (se hace sentir) en toda la sociedad.

[21] Rauber, Isabel, (2002) ibid, pág. 274.

[22] Rauber, Isabel (2002), ibid, pág. 279.

[23] Kohan, Nestor, Nuestro Marx, pág. 255.

[24] Kohan, Nestor, Nuestro Marx, pág. 259.

[25] Aquí el autor se refiere a un concepto acuñado por Raymond Williams, definido como un “proceso social vivido y organizado prácticamente por significados y valores específicos”, que parte de las experiencias individuales insertas en una determinada clase social; Raymond Williams en Marxismo y literatura. Barcelona, Península, 1980. pág. 155.

[26] Kohan, Nestor, Nuestro Marx, pág. 259.

[27] Kohan, Nestor, op. cit., pág. 33.

[28] Meiksins Wood, Ellen, Democracia contra capitalismo. La renovación del materialismo histórico. Ed. Siglo XXI, México, 2000, págs. 304-305

[29] Rauber, Isabel, “Luchas sociales y representaciones políticas”, Argentina, 2005, documento PDF; pág. 37.

[30] Rauber, Isabel, “Rumbos estratégicos y tareas actuales de los movimientos sociales y políticos en América Latina”, Pasado y Presente, Santo Domingo, 2005.

[31] Rauber, Isabel, op. cit..

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