Redes y territorios, articulaciones y tensiones

REDES Y TERRITORIOS: ARTICULACIONES Y TENSIONES

XII ENCUENTRO DE GEOGRAFOS DE AMERICA LATINA
MONTEVIDEO, 3 AL 7 DE ABRIL DE 2009
Jorge Blanco – Instituto de Geografía – Universidad de Buenos Aires – Argentina

I. Introducción

Uno de los rasgos característicos del mundo contemporáneo es la presencia cada vez más destacada de diversas formas de circulación: de bienes, de personas, de informaciones, de ideas, de imágenes, de capitales, siendo uno de los componentes esenciales del funcionamiento actual del capitalismo y de los procesos contemporáneos de organización territorial.

En estrecha asociación con la aceleración de estas diversas formas de circulación, en los últimos años ha sido notable la incorporación de perspectivas relacionales en las discusiones en geografía y otras ciencias sociales. Estas perspectivas traen a un primer plano la discusión del papel de las redes en la conformación y el análisis del territorio y plantean nuevos desafíos teóricos y metodológicos.

Este trabajo se propone como objetivo principal indagar, desde un punto de vista teórico, en la relación entre redes y territorios. Esto implica explicitar qué entendemos por redes y desplegar un conjunto de relaciones entre redes y territorios. Tomaremos las ideas de articulación y tensión que queremos incorporar a la noción de red como guía orientadora de esa búsqueda. En este sentido, entendemos que es muy estimulante indagar a través de los juegos de oposición que los actores tienen capacidad de desarrollar a través de y con las redes.

Algunos de los aportes de la perspectiva relacional en el análisis del territorio están vinculados con la capacidad para plantear las escalas de las prácticas sociales como construcciones sociales y no como niveles escalares fijos, que confinan las prácticas de los actores; en sostener una mirada extrovertida de los lugares; en ser adaptables a considerar un conjunto variable de geometrías del poder (Massey, 2005) y en poner en cuestionamiento el determinismo tecnológico en relación con las transformaciones territoriales.

Las redes son un elemento privilegiado en esta perspectiva relacional. Cuestiones tales como la inclusión y la exclusión, la fragmentación y la articulación, la circulación y el control, la fluidez y la viscosidad, la hipermovilidad y la inmovilidad, la cercanía y la lejanía, la presencia y la ausencia, son abordadas en el trabajo. Una pregunta que acompaña este desarrollo es si existen dos lógicas en el territorio que, en principio, podríamos denominar como areal y reticular, respectivamente. Esto lleva a
tomar en cuenta, de manera simultánea, las escalas en las que diversos procesos sociales cobran sentido y las múltiples interacciones que se producen en lo local como consecuencia de esos procesos variables multiescalares.

II. Acerca de la definición de redes

En este marco, es preciso reconsiderar la noción de redes y tratar de reconstruir las relaciones entre redes y espacio geográfico/territorio1. Desde la geografía, las redes han sido vistas, a menudo, simplemente como objetos técnicos, fragmentados y disociados de las acciones que los originan y son por ellos condicionadas, o han sido abordadas como formalizaciones geométrico-matemáticas aprehensibles fundamentalmente desde una perspectiva cuantitativa. Frente a estas aproximaciones, coincidimos con Paul
Claval (2005) en que la perspectiva de redes puede aportar a la disciplina de dos maneras fundamentales “1. enseñando a leer, por detrás de las formas visibles, las redes que las estructuran y los flujos que las animan; 2. mostrando los estrechos lazos que existen entre las formas sociales y las estructuras espaciales”

La incorporación de la perspectiva de las redes coloca en primer plano las relaciones, los flujos que conectan distintos sujetos/actores/territorios formando un conjunto articulado. La noción de red es polisémica, en el sentido de admitir una pluralidad de significados. Daniel Parrochia describe la red como “un conjunto de objetos interconectados y reunidos por sus intercambios de materia e información” (citado por Gras, 2001). Gras considera la definición insuficiente y agrega: las redes “son flujos, nodos, contactos a larga distancia siguiendo vías” (Gras, 2001:130).

Esta primera caracterización, que alude a los componentes de la red y a destacar, aunque tibiamente, la articulación, puede hacerse más compleja. En las redes pueden distinguirse al menos tres dimensiones: la infraestructura, que remite al conjunto de elementos materiales que permite establecer la relación; los flujos, que rediseñan las redes en la utilización efectiva de la infraestructura; y la infoestructura, que designa la red regulatoria que hace funcionar las redes (Offner, 2000; Pumain – Saint Julien;
2004). Todos estos elementos son articulados para su funcionamiento efectivo por los operadores de las redes, que gerencian y organizan el conjunto.

Milton Santos, refiriéndose a las definiciones de redes, sostiene que se encuadran en dos matrices: “la que sólo considera su aspecto, su realidad material, y otra, en la que también debe ser tenido en cuenta el dato social” (1996: 208-209)2 Resulta central destacar, por lo tanto, la presencia de dos componentes articulados: una arquitectura formal y una organización social. La primera hace referencia, básicamente, a los componentes materiales; la segunda pone de relieve que las características que adoptan esos componentes materiales no son inteligibles sin desvendar quiénes son los actores que conforman y comandan esa red.
1 Dejamos planteado aquí que, según el plano que adoptemos, podemos hablar de espacio geográfico o de territorio. Entendemos esta distinción en términos de una conceptualización abstracta y general (el espacio geográfico) y otra, con referencias empíricas concretas (el territorio). Este último reconoce todas las características del espacio geográfico, pero remite a una porción de superficie terrestre apropiada y transformada, usada por determinada sociedad, sobre la que se despliegan las relaciones de poder, las disputas de clase y de la diversidad e igualdad social, los procesos de identificación, pertenencia y representación colectiva, los proyectos de los actores. (Raffestin, 1993; Blanco, 2007a)
2 En la Geografía del siglo XX hay dos momentos importantes de producción sobre el tema de las redes. A mediados de siglo, en el marco de la perspectiva neopositivista, numerosos geógrafos anglosajones trabajaron con redes, especialmente con las de transporte, con una aproximación cuantitativa. Surgen de allì numerosos indicadores cuantitativos para analizar forma, densidad, grados de centralidad, etcétera. También se aplican modelos para describir y predecir los flujos en las redes. A partir de la década de
1980 hay una reaparición significativa del concepto de redes en el temario geográfico, pero en esta oportunidad es en el marco de la geografía crítica e incorporando la cuestión de los actores como eje para el análisis (Blanco, 2007b)

No debe confundirse esta doble composición con una diferenciación entre redes técnicas y redes sociales, ya que las propias redes técnicas deben ser consideradas tanto en sus aspectos materiales como organizacionales y, de manera simétrica, las redes sociales requieren para desplegarse de componentes materiales. Esta confusión suele ser habitual en lo que se refiere a las redes técnicas (transporte, telecomunicaciones, energía, entre otras), que suelen ser cosificadas y autonomizadas de los complejos procesos sociales que se articulan con esos objetos técnicos en red.

Proponemos, en cambio, que las redes técnicas sean analizadas como un conjunto de objetos (en red, es decir, concebidos como articulados con otros objetos y solo aprehensibles cuando son vistos en esa articulación en una cadena de actores y tecnología), que son al mismo tiempo concreciones y portadores de proyectos. En términos de concreciones, porque las redes
condensan iniciativas, proyectos y políticas de los actores, fijando materialidad en el territorio (Raffestin, 1993).

En términos de su capacidad de ser portadoras de nuevos proyectos, porque habilitan la concreción de nuevas formas de producción y reproducción social a partir de la existencia de esas redes. En cierta medida, la articulación de objetos y acciones, de materialidad y decisiones sociales, propuesta por
Milton Santos (1996) para definir el espacio geográfico, vuelve a reproducirse en esta conceptualización de la red.

Las redes, así concebidas, requieren incorporar una perspectiva dinámica: se puede rastrear su génesis lo que lleva a indagar acerca de su concepción, de su incorporación en la agenda pública, su construcción, su conformación y su funcionamiento y sus transformaciones, lo que implica también concebirlas como cambiantes, inestables, inacabadas, móviles en el tiempo (Musso, 2001; Raffestin, 1993). Esta dinámica puede rastrearse tanto en la configuración material de las redes es decir, en la ampliación, extensión, diversificación, cambio técnico, obsolescencia, como en las operaciones de los actores, que imaginan y deciden estos procesos de cambio.

En este sentido puede decirse que cada red es producida y reproducida constantemente por los actores que tienen dominio y capacidad de gestión sobre ella.

Esta visión dinámica se traduce en el interés por los procesos de reticulación, es decir, por aquellos procesos que canalizan y facilitan interacciones e intercambios entre puntos privilegiados, que aparecen como los nodos o los cruces puestos en conexión por trayectos selectivos. Los procesos de reticulación, en este sentido, son ineludiblemente históricos. La historia de la reticulación es, por lo tanto, la de los procesos de conformación de las redes en sus aspectos organizacionales y de su arquitectura material, impulsados por actores que intervienen en un cierto marco normativo.

Vistas así, las redes ponen foco en las relaciones entre
lugares/sujetos/técnicas/territorios/comunidades y plantean un espacio de posiciones relativas y con significados diversos espacio dinámico, móvil e inestable, sometido a las decisiones de comando y control de la red y a códigos de funcionamiento. Tal vez sea más apropiado decir que es la secuencia no lineal de actores/lugares/objetos técnicos y tiempo, conformando un espacio relativo, la que requiere ser investigada.3 Cada uno
de los términos de esta secuencia se vincula dialécticamente con los demás, de modo que no son comprensibles las acciones descontextualizadas de los lugares, del tiempo y de los objetos técnicos preexistentes.
3 Formulamos esta idea utilizando muy libremente la teoría del actor-red propuesta por Bruno Latour (2008).

De manera similar, los objetos técnicos sólo cobran sentido vinculados con las acciones que les dieron origen y los recrean, en un cierto lugar y tiempo.

Esta reorientación del concepto de redes lleva implícita la discusión con respecto a otros conceptos centrales de la geografía, tales como los de espacio y territorio. En efecto, la modalidad con la que se incorporan las redes en el análisis geográfico está íntimamente ligada a la concepción de espacio geográfico y de territorio.

En este sentido, entendemos el espacio geográfico como una instancia de la totalidad social (Santos, 1996, Massey, 1985; Soja, 1985), Según esta perspectiva el espacio participa como condicionante de los procesos sociales al mismo tiempo que como su producto, en una secuencia de opuestos como productor-producido, subordinantesubordinado, presupuesto-concreción (Soja, 1985; Hiernaux y Lindón, 1993).

En palabras de Massey (1985: 12), “el espacio es un constructo social –sí. Pero las relaciones sociales están construidas sobre el espacio, y eso marca una diferencia”. La misma autora amplía que “comprender la organización espacial de la sociedad, por tanto, es crucial. Es central para nuestra comprensión de las maneras cómo funcionan los procesos sociales; para nuestra conceptualización de alguno de aquellos procesos, probablemente, y para nuestra capacidad para actuar sobre ellos políticamente, con certeza” (Massey, 1985:17)

El carácter de condicionante no debe confundirse con un nuevo tipo de determinismo del espacio sobre la sociedad; por el contrario, es una invitación a pensar en las condiciones en que los procesos sociales se territorializan, en la fijación y acumulación en el territorio de las decisiones sociales de diferentes momentos y en el territorio como un medio a través del cual las relaciones sociales son producidas y reproducidas.

Incorporamos, además, una perspectiva relacional, a partir de los trabajos de Doreen Massey, que conceptualiza al espacio a través de tres proposiciones. Según la primera, el espacio “se constituye a través de interacciones, desde lo inmenso de lo global hasta lo ínfimo de la intimidad” (Massey, 2005:104), debiéndose destacar el carácter constitutivo de las mismas, es decir, considera que las interacciones son parte esencial y distintiva del espacio, lo que es diferente de atribuirle a éste una cierta cualidad derivada de las interacciones.

Según la segunda proposición, el espacio “es la esfera de la posibilidad de existencia de la multiplicidad; es la esfera en la que coexisten distintas
trayectorias, la que hace posible la existencia de más de una voz” (Massey, 2005:105).

Según la tercera proposición, el espacio está en proceso constante de formación, ya que es producto de las relaciones “necesariamente implícitas en las prácticas materiales que deben realizarse” (Massey, 2005:105), o sea, que resultan de un proceso permanente de re-producción.

Es en este marco que se hace necesario pensar las redes en relación con el conjunto de objetos técnicos ya fijados en el territorio, y con el conjunto de prácticas y estrategias que despliegan los actores sobre el territorio. Creemos que este es un punto de partida muy estimulante para repensar las relaciones entre tecnología y territorio, el papel de los objetos técnicos, el contexto de intervención vía redes en el territorio y la noción de impacto territorial que, lejos de presentarse como una acción externa que “recibe” un territorio dado, está intrínsecamente ligada con los procesos en curso, con las estrategias de los actores, con la apertura de posibilidades para acelerar tendencias preexistentes o asociar nuevos procesos con esos objetos técnicos (Offner, 1993; Silveira, 2003; Blanco, 2006).

Como señala Claval (2005) la relación entre formas sociales y
estructuras espaciales “no toma jamás la forma de relaciones de causalidad directa: se trata de correspondencias complejas”

III. Juegos de articulaciones y tensiones en las redes

Decíamos en la introducción que una vía para indagar en las relaciones redes/territorio era a través de los juegos de articulaciones y tensiones. De la definición de articulación rescatamos dos acepciones que pueden ser de interés para nuestro trabajo. La primera plantea “la unión de dos o más piezas de manera que permita el movimiento relativo entre ellas” o que “mantengan entre sí algún grado de libertad de movimiento” (RAE, 2008). La segunda remite a la organización de “diversos elementos para lograr un conjunto coherente y eficaz” (RAE, 2008)

De la definición de tensión, interesa particularmente el “estado de oposición u hostilidad latente entre personas o grupos humanos, como naciones, clases, razas, etc.” (RAE, 2008)

Podemos retomar ambos términos destacando que, en tanto que uno de ellos remite a la unión y a la vinculación de elementos y procesos, con cierta rigidez (y algún grado de libertad) tendiendo a lograr coherencia y eficacia; el otro concepto pone en juego la dinámica, el malestar, los intereses encontrados, la latencia de los conflictos derivados de, podemos precisar nosotros, acciones y estrategias de articulación. Refiriéndose a las relaciones de trabajo, De Urquijo (2007) señala que “la tensión social representa un momento de los antagonismos sociales anterior al conflicto abierto, simultáneo con los
conflictos latentes y concomitante para con los conflictos resueltos parcial y
temporalmente. La tensión, en consecuencia, es un fenómeno constante”

Es decir, que mediante el juego de articulación y tensión lo permanente en el territorio es la inestabilidad, la posibilidad de conflicto, la confrontación de intereses.

Las redes son elementos constitutivos del territorio que remiten de manera inequívoca a relaciones con otros territorios. “No existe territorio sin red” afirman Pumain y Saint-Julien (2004), dando cuenta que, en el proceso de apropiación efectiva de una porción de la superficie terrestre, es necesario el control de la movilidad, el establecimiento de lazos permanentes entre los lugares. Circular y comunicar son aspectos centrales del ejercicio del poder, y se realizan por medio de redes, agrega Raffestin (1993).

Amin(2008), refiriéndose al nuevo orden de funcionamiento del capitalismo global realiza una extensa enumeración de redes: de telecomunicaciones y transporte (alrededor, debajo y encima del mundo); redes corporativas y cadenas de proveedores que vinculan lugares distantes; rutas de emigración, turismo, viajes de empresa, asilo y terror
organizado de alcance transnacional; redes transhumantes de lo viral, animal y vegetal a escala microscópica, corporal, aérea, epidemiológica, planetaria; espacios de relación emocional que van desde el hogar hasta las redes culturales mundiales; incluye registros políticos que exceden ampliamente la comunidad local y el Estado Nación, como la organizaciones internacionales y los movimientos sociales globales.

La creciente importancia de los flujos de todo tipo (personas, bienes, información, ideas, órdenes, capitales) genera cambios en la organización del territorio, llevando a algunos autores, como Pierre Veltz (1999), a hablar de territorios en redes, discontinuos y segmentados, articulados por múltiples redes superpuestas y enmarañadas, en tensión con la vieja concepción del territorio de zonas.

Amin (2008:335) afirma que, en el momento actual, “las ciudades y las regiones aparecen sin ninguna promesa automática de integración territorial o sistémica puesto que se construyen a través de la espacialidad de flujo, yuxtaposición, porosidad y conectividad relacional”

La articulación de escalas a través de las redes es un aspecto central de la relación con el territorio; por esta vía la “economía global está inmediatamente presente en la economía local” (Veltz, 1999:60). Los actores se despliegan de esta manera en las distintas instancias territoriales, vinculando los lugares con lo global, a través del proceso de
construcción social de la escala, mediante las relaciones de producción capitalistas, reproducción social y consumo (Marston, 2000).

Esta autora considera que “el punto fundamental es que la escala no es necesariamente un patrón jerárquico preordenado para ordenar el mundo –local, regional, nacional y global. Es, en cambio, un producto contingente de las tensiones que existen entre las fuerzas estructurales y las prácticas de
los agentes humanos” (2000:220).

El papel de las telecomunicaciones no es menor en este ejercicio de las prácticas sociales vía las teleacciones (Silveira, 2005). “Las redes de la comunicación instantánea tienden un puente inmaterial entre los diversos ‘lugares’ del territorio. Estas redes inmateriales permiten una articulación inédita entre los diferentes niveles escalares (continente, estados, regiones, ciudades…) Los dos extremos –local y global- se encuentran, de hecho, aproximados de manera novedosa a causa de los usos de las
nuevas tecnologías de la información (telecomunicación, informática, transmisión de imágenes).

La irrupción de una casi instantaneidad –que cobra todo su sentido por las
transmisiones de banda ancha en redes confiables, que permiten acceder al mundo entero- plantea en nuevos términos la noción de espacio geográfico” (Bakis, 2001:69).

Al tiempo que se producen estas articulaciones, las redes son frecuentemente vistas como vehículos de tensiones. En realidad, según nuestro planteo, articulaciones y tensiones son indisociables y no pueden ser vistas separadamente.

En este sentido, cuando Pierre Musso reconstruye la génesis del concepto de red destaca que, en sus orígenes, el término estuvo asociado con la red de pesca y con el tejido. Y señala que en estos elementos simples ya emergen pares de opuestos: “la red de pesca retiene los sólidos y deja pasar los fluidos, el tejido cubre el cuerpo y lo deja respirar, lo oculta y lo revela a la vez” (Musso, 2001:196)

Aunque cargada con un origen biologicista, Musso (2001:215) destaca una metáfora inquietante que recoge la “ambivalencia de la vida (circulación de los flujos, la red que funciona) y de la muerte (desperfecto, la red no funciona más)”, como consustanciales a las redes. Con un leve desplazamiento de sentido no es difícil imaginar las situaciones conflictivas derivadas de redes técnicas que no funcionan o que sufren “repentinos” desperfectos traducidos en caos urbano, situaciones de aislamiento, emergencias sanitarias, dejando al descubierto la fragilidad en el funcionamiento del territorio derivada de su dependencia de las redes.

En estrecha vinculación con el par circulacióninterrupción de la circulación, Musso señala la dimensión de circulación-vigilancia que exhibe el poder a través de las redes: “la figura de la red está siempre lista para ser
invertida: de la circulación a la vigilancia, o de la vigilancia a la circulación. Según el modo de funcionamiento de la red, estamos de un lado o del otro, porque la metáfora de la red es, en principio, bicéfala: vigilancia de la circulación y circulación de la vigilancia” (2001:216).
Las conexiones, las vinculaciones, la circulación y la comunicación se realizan en un marco de alta selectividad. Por su propia definición, las redes articulan puntos selectos en una geometría variable. Esa inclusión remite inmediatamente a la exclusión de los no incluidos, porque la conexión solidariza los elementos pero, al mismo tiempo, tiene el potencial de excluir (Dias, 2005). Y son los actores, operadores de ese dispositivo de
socialización, los que concretan la selectividad, la inclusión y la exclusión. Es así como el crecimiento de las disparidades en cuanto a la difusión de las tecnologías de punta no puede sino acentuar las disparidades sociales ya efectivas. El acceso a los productos, a la red y a los servicios implica costos no despreciables, que resultan selectivos en relación con aquellos incluidos y aquellos excluidos (Bakis, 2001).

Las disputas entre lugares para formar parte de la red –como sucede frecuentemente cuando se pone en marcha un proyecto de líneas de transporte de alta velocidad, por ejemplo- ilustran bien estas diferencias entre “ser o no ser” un nodo de la red.

La red materializa otra situación de tensión: aquella que opone la hipermovilidad a la inmovilidad. La hipermovilidad del mundo actual es altamente selectiva: diferentes grupos sociales y diferentes individuos se posicionan de manera diferencial en relación con los flujos y las conexiones: “algunas personas son más responsables por esa movilidad que otras, algunas dan inicio a los flujos y movimientos, otras no; algunas se quedan más que otras en el extremo receptor: algunas están efectivamente aprisionadas
por esa movilidad” (Massey, 2000).

Es necesario recalcar, además, que esa hipermovilidad está acompañada por mayores instancias de segregación y de fijación estrictamente delimitada, como lo muestra el ejemplo del auge de las comunidades cerradas, o la generalización de las condiciones de inmovilidad derivadas de situaciones de desempleo y exclusión, en lo que autores como Hughes, Lash y Urry denominan el “gueto inmovilizado” (citados por Haesbaert, 2004).

Ejemplos evidentes de esta duplicidad hipermovilidad-inmovilidad son corrientes en las grandes metrópolis latinoamericanas, con sectores sociales y recortes del territorio asociados con la velocidad y la globalización, en tanto que otros grupos y recortes territoriales permanecen limitados aún para el ejercicio de sus derechos básicos como el acceso a la educación y la salud y del propio derecho a la movilidad.
De la misma manera puede pensarse esta par de opuestos para las telecomunicaciones, como sostiene Michael Dear (citado en S. Graham; 2000): “Con la telemática, las coordenadas de tiempo y espacio se han ensanchado a dimensiones aún desconocidas, para los grupos de elites altamente móviles, mientras que para las minorías, los pobres, las mujeres y discapacitados, el prisma del tiempo y el espacio se cierra rápidamente hasta convertirse en una prisión temporo – espacial”.

Por su parte, Milton Santos señala un nuevo par de opuestos en relación con las redes, ya que afirma que las redes provocan orden y desorden de manera paralela: “Cuando es visto por el lado exclusivo de la producción de orden, de la integración y de la constitución de solidaridades espaciales que interesan a ciertos agentes, este fenómeno es como un proceso de homogeneización. Su otra cara, la heterogeneización es ocultada. Pero ella está igualmente presente” (Santos, 1996:222).

Las redes reproducen, de manera no mecánica y en un cuadro dinámico, las diferencias en el territorio, y ellas mismas se apoyan en las heterogeneidades del propio territorio. Las políticas en red de
las grandes compañías transnacionales a menudo revelan un marcado orden interno, en el que cobran coherencia y sentido sus decisiones, y una significativa tensión con los lugares de articulación, donde frecuentemente esas decisiones son disruptivas y desatan procesos con graves efectos en el ámbito local. Las producciones de enclave, como las explotaciones mineras transnacionales, son otro ejemplo de esta tensión entre orden y desorden.

Las redes se presentan, asimismo, como las garantes de la fluidez, de la facilidad de movimiento que asegura la eficiencia y la velocidad de los flujos. El imperativo de la fluidez del mundo contemporáneo está asociado con fuertes transformaciones en el territorio. Santos (1996) señala una cuestión crítica en relación con la fluidez: no es una categoría técnica, sino una entidad sociotécnica, ya que en las innovaciones técnicas están operando nuevas normas de acción, como la desregulación. Frente a esta fluidez,
se reconocen los espacios viscosos.

A menudo en la conformación de redes técnicas de circulación se oponen la fluidez a cierta escala con la viscosidad a otra. Este tipo de problema es frecuente en los corredores de transporte como los llamados corredores
bioceánicos, proyectados para garantizar la fluidez entre los extremos y puntos
significativos, que niegan las necesidades en las sucesivas escalas locales de circulación articuladas con el corredor.

En último lugar, para este enunciado provisorio y no exhaustivo, queremos señalar las articulaciones y tensiones que se producen en torno a los procesos de fijación y obsolescencia de las redes. En cuanto a la fijación, ya hemos señalado algo en relación con la disputa territorial por la localización/integración como nodo de una red; hay, además, articulaciones con normas técnicas y códigos de funcionamiento de las redes en las que aparecen vinculados actores, tales como las empresas y los diversos organismos estatales, con capacidad para planificar, ejecutar, regular y controlar el funcionamiento de esa red.

La obsolescencia, por su parte, puede pensarse también como técnicoinstitucional, recuperando la íntima relación que planteamos entre arquitectura material de las redes y organización social. De este modo, en el par fijación – obsolescencia se recuperan las estrategias y prácticas de los actores frente a una visión que, en apariencia, remite esta dicotomía a consideraciones de orden técnico. Los procesos de expansión y
renovación de las redes de servicios urbanos pueden ser un buen ejemplo de campo de decisiones en los que se manifiestan estas cuestiones. En estos procesos es frecuente la necesidad de elegir normas de funcionamiento que vuelven obsoletas otras normas o que proyectan en el tiempo ciertas normas que deberán mantenerse so pena de costos altísimos.

IV. ¿Dos lógicas en el territorio?

Una discusión que ha recibido atención en los últimos años plantea a modo de hipótesis la posibilidad de reconocer dos lógicas en el territorio, en las que se ponen en juego dominios areales y reticulares. Las lógicas, en tanto tales, remiten al sistema de acciones, a los contextos, normas y regulaciones en los que se concretan las intencionalidades de los actores. Lógicas necesariamente delimitadas y confinadas en recortes territoriales, como las lógicas de ejercicio del poder político, se tensan en la relación con procesos que sólo se hacen comprensibles cuando se los mira en un conjunto relacional. Caben aquí como ejemplos no sólo los procesos económicos, como los propios de las modalidades actuales de reproducción del capital por parte de los
actores más dominantes, sino también los asociados con, por ejemplo, las dimensiones culturales y ambientales.
Leila Dias sostiene que la lógica de las redes es definida por los agentes que diseñan, modelan y regulan las mismas, y en las que despliegan sus estrategias. A esta lógica se opone la que resulta de la concepción del territorio como arena de oposición entre el mercado y la sociedad civil, el primero de los cuales singulariza en tanto que la segunda incluye sin distinción a todas las personas (Dias, 2004 citando a Santos).

Otra dimensión de este planteo resulta de considerar la lógica territorial como resultado “de mecanismos endógenos relaciones que suceden en los lugares entre agentes conectados por los lazos de proximidad espacial y mecanismos exógenos -que hacen que un mismo lugar participe de varias escalas de organización espacial.”(Dias, 2004:168)

David Harvey coloca en otros términos la misma discusión, al hablar del nuevo imperialismo. Harvey distingue dos vectores que se fusionan contradictoriamente en su definición: “El primer vector de la definición de imperialismo se refiere a las estrategias políticas, diplomáticas y militares empleadas por un Estado (o una coalición de Estados que operan como bloque de poder político) en defensa de sus intereses y para alcanzar
sus objetivos en el conjunto del planeta. El segundo vector atiende a los flujos de poder económico que atraviesan un espacio continuo y, por ende, entidades territoriales (como los Estados o los bloques de poder regionales) mediante las prácticas cotidianas de la producción, el comercio, los movimientos de capital, las transferencias monetarias, la migración de la fuerza de trabajo, las transferencias tecnológicas, la especulación
monetaria, los flujos de información, los estímulos culturales y otros procesos similares.” (Harvey, 2004:39)

Siguiendo a Arrighi, Harvey identifica dos lógicas: territorial y capitalista, que
presentan diferencias entre sí, en términos de motivaciones e intereses de los agentes, en el grado y modalidades de participación pública. “El capitalista opera en un continuo espacio-temporal sin límites, mientras que el político lo hace en un espacio segmentado territorialmente y, al menos en las democracias, en un lapso temporal dictado por determinados ciclos electorales. Por otra parte, las empresas capitalistas vienen y van,
desplazándose de un lugar a otro, se fusionan o quiebran, pero los Estados son entidades de larga vida, no pueden emigrar y se ven confinados, excepto en circunstancias excepcionales de conquista geográfica, dentro de límites territoriales fijos.” (Harvey, 2004:40)
Los procesos geográficos de acumulación de capital son difusos, en ellos operan agentes individuales “en un movimiento molecular que da lugar a fuerzas múltiples que se entrecruzan, a veces contrarrestándose y otras veces reforzando ciertas tendencias conjuntas. No resulta fácil controlar estos procesos sino de forma indirecta, y a menudo sólo después de constatar tendencias ya establecidas. Los dispositivos institucionales del Estado tienen un papel determinante en la configuración del marco en que tiene lugar la
acumulación de capital, (…) pero, incluso en los Estados autoritarios o los que se denominan “desarrollistas” en virtud de las estrechas conexiones internas entre política estatal, finanzas y desarrollo industrial, encontramos procesos moleculares que escapan a todo control” (Harvey, 2004:40-41)

Y concluye que la relación entre estas dos lógicas debe considerarse “como algo problemático –y con frecuencia contradictorio (esto es, dialéctico)- más que funcional o unilateral.” (Harvey, 2004:41)

Una manera más general de enfocar la cuestión, pero que remite de manera clara a las articulaciones y tensiones, es la presentada por do Río (2006) que, al estudiar cuencas hídricas en el cono sur (un campo típico de estudio de redes), aporta la idea de superficie de regulación para referirse al ámbito de ejercicio de la capacidad normativa sobre una porción del territorio. Al utilizar el término superficie remite a continuidad y delimitación precisa, características que pueden oponerse a la discontinuidad y flexibilidad de delimitación de las redes. Podría enmarcarse en este planteo la
articulación contradictoria entre las topologías de las empresas (Silveira, 2005) y los diferentes marcos de ejercicio de poder por parte de los actores estatales.

Las distintas geometrías del poder de las que habla Doreen Massey (citada por Haesbaert, 2004) para referirse a las desigualdades de configuración, de origen y de distribución del poder, son abarcativas de ambas instancias: poder ejercido en redes de alcances variables interactuando con el poder ejercido en ámbitos de continuidad territorial delimitados.

V. Repensando el territorio desde las redes

Las redes son el vehículo de articulaciones y tensiones que obligan a repensar las miradas sobre el territorio. Al respecto, Haesbert (2004:179) sostiene que “gracias a la fluidez creciente en los/de los espacios y a la predominancia del elemento red en la constitución de territorios, conectando sus parcelas discontinuas, tenemos el fortalecimiento ya no de un mosaico patrón de unidades territoriales en áreas, vistas muchas veces de manera exclusiva entre si y a las cuales denominamos territorioszonas, sino una miríada de ‘territorios-red’ marcada por las discontinuidades y por la fragmentación (articulada) que posibilita el pasaje constante de un territorio a otro, en un juego que denominaremos aquí, más que como desterritorialización o declinación de los territorios, de su ‘explosión’ o, en términos más consistentes de una multiterritorialidad”.

La multiterritorialidad se destaca así por la posibilidad de conexión a diversos territorios, entendidos “como el espacio imprescindible para la
reproducción social, ya sea de un individuo, de un grupo o de una institución”
(Haesbaert, 2004:180). Esta propuesta intenta incorporar entonces las lógicas reticulares y areales a través de la posibilidad de distintas territorializaciones a las que dicho autor clasifica en: más cerradas, tradicionales y exclusivistas, más flexibles y efectivamente múltiples, según admitan o no pluralidad de poderes e identidades, superposición de jurisdicciones, intercalación de territorios o superposición de funciones, controles y simbolizaciones.

Diversas consecuencias se abren sobre las políticas territoriales a partir de esta
perspectiva. Sólo vamos a señalar aquí la importancia que le atribuimos para pensar cuestiones tales como la planificación territorial, la regionalización o el desarrollo local, a menudo planteadas en recortes territoriales cerrados o en una instancia reticular que atiende sólo a algunas de las múltiples relaciones que se vinculan con esas redes.

Amin, en referencia a la importancia de concebir las ciudades o regiones en términos territoriales o relacionales, afirma que esa diferencia tiene una importancia “políticamente significativa” porque estas dos lecturas del lugar remiten “no sólo al alcance y la amplitud de la actividad política local sino también a lo que se considera importante políticamente a escala local” (Amin, 2008:336) El mismo autor aboga por una política local “topológica (es decir, donde lo local agrupa conjuntamente diferentes escalas de la acción/práctica social)” (Amin, 2008:342)

Entendemos que estas cuestiones pueden ser resignificadas a la luz de reconocer y hacer inteligible estas múltiples lógicas, articulaciones y tensiones en el territorio, visto desde una perspectiva relacional y la consiguiente posibilidad de plantear una estrategia apropiada para el logro de los objetivos propuestos.
A lo largo del trabajo se ha ensayado la presentación de algunos aspectos de la relación entre procesos sociales que se desarrollan en la tensión entre la lógica areal y la lógica reticular; la primera expresando las vinculaciones de proximidad y continuidad y la segunda enfatizando las vinculaciones a distancia entre puntos conectados por actores que se explican más por su pertenencia a ese conjunto que por sus relaciones locales.

Creemos que la perspectiva relacional promueve una mirada más compleja sobre los territorios, que no pueden ser explicados por las articulaciones de proximidad o presencia sino son entendidas en el sentido con que las coloca Haesbaert cuando afirma que “lo espacialmente distante se puede hacer ‘presente’ en una disociación entre presencia aquí (espacial) y presencia ahora (temporal)” (Haesbaert, 2004:176).

No obstante, pareciera que aún resta por profundizar en esta línea siendo que estos puntos conectados en una red están localizados y forman parte, en consecuencia, de un sistema de objetos históricamente articulados y situados con los que necesariamente tiene algún tipo de interacción interna. La índole de estas articulaciones, las resistencias y las cooperaciones, las alianzas y las oposiciones, las sinergias y las inviabilidades de los distintos procesos reticulares y areales subsisten como objeto de una indagación más profunda.

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