‘Roma’: sororidad de mujeres solas

‘Roma’: sororidad de mujeres solas
Alfonso Cuarón hace un perfecto retrato de cuál ha sido y es el lugar de las mujeres en un orden patriarcal en el que el poderío masculino es posible gracias a la subordinación de ellas
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Octavio Salazar
Córdoba 26 DIC 2018 – 11:55 CET

Un coche enorme que, procedente del espacio público (masculino), entra con dificultad en el portalón de la casa (femenina). No vemos el rostro del patriarca. Lo intuimos a través de sus manos que sostienen un cigarrillo y que maniobran al volante. El profesor, el marido, el padre, el proveedor. Un hombre con traje que, ausente del hogar, vuelve a él con el poder que le da haber nacido con un pene entre las piernas. El tipo que, aunque apenas ocupe un par de escenas, y del que apenas escuchamos su voz, es en gran medida el detonante de lo que pasa en las habitaciones. Esa escena del coche que, al entrar, va pisando mierdas de perro, es solo una de las muchas con las que Alfonso Cuarón, con unos planos que parecen querer mantener una cierta distancia objetiva y con una narrativa que no impone ningún credo, dibuja a la perfección el contexto y los personajes de su Roma.

Es esta una de esas películas milagrosas en las que la mirada de un hombre creador es capaz de situarse más allá de su ombligo de genio y de posarse sobre la realidad las mujeres que siempre han existido para que nosotros fuéramos justamente los divinos, los autónomos, los protagonistas. Con evidentes tintes autobiográficos, el director de Gravity nos adentra en el universo de una familia o, mejor dicho, de una familia en crisis, y lo hace a través de los pasos medidos, prudentes y domesticados de las que cuidan. Esos seres para otros, que diría Marcela Lagarde, que, de la mañana a la noche, viven entregados a las necesidades, materiales y emocionales, de los demás.

Con la ayuda de un blanco y negro que consigue situarnos en un espacio temporal concreto, y que contribuye a que los hilos narrativos lleguen a nosotros sin apenas florituras, Cuarón nos hace un perfecto retrato de cuál ha sido, y es, me temo, el lugar de las mujeres en un orden patriarcal en el que nuestro poderío es posible gracias a la subordinación de ellas. Basta con seguir la rutina de Cleo, encarnada más que interpretada por ese brutal descubrimiento que es Yalitza Aparicio, para ir sumando las renuncias, las dependencias y los sometimientos. Todo ello al tiempo que encontramos todas las claves que podrían servir para explicar con ejemplos la ética del cuidado, así como para poner en evidencia cómo ellas, y no solo las que están en peores condiciones socioeconómicas, han sido siempre seres disponibles. Las encargadas de satisfacer los deseos y las necesidades, por supuesto incluidas las sexuales, de un varón que las considera intercambiables y que vive proyectado en el trabajo, en la lucha, en la fortaleza que da sentido a su rol de héroe.

Ese joven entregado a las artes marciales, al que luego vemos empuñando una pistola, es otro retrato magnífico de cómo la masculinidad hegemónica se construye sobre el músculo grasiento, y con frecuencia ensangrentado, de los cuerpos que compiten, se pelean y hasta se matan entre sí. La violencia normalizada que con demasiada frecuencia acaba convertida en humillación de las que no son consideradas equivalentes.

Cleo es una de esas mujeres, de esos millones de mujeres, que sufren una discriminación interseccional. Su singular vulnerabilidad deriva en primer lugar de su condición de mujer, que es la que la sitúa en una subordinación estructural, a la que habría que sumar su condición de indígena y su pobreza. La suma de todos estos factores no hace sino situarla en una posición de extrema fragilidad: una especie de nadie, en palabras de Eduardo Galeano, que solo puede ser identificado socialmente en función de aquellos a los que sirve. Es decir, Cleo es una de esas mujeres que carecen incluso de subjetividad —así, cuando llega al hospital, es imposible saber su apellido o su procedencia— y que podría ser otra cualquiera. Una idéntica en un mundo en el que la igualdad ha sido siempre monopolio disfrutado y administrado por los varones. Ellas: las paridoras, las esposas, las limpiadoras, las putas. O sea, las cautivas.
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Más allá pues del magnífico retrato de una época y de un lugar determinado, Roma es un emocionante relato sobre cómo el patriarcado genera víctimas y silencios. De cómo el amor, Roma al revés, ha sido durante siglos la excusa perfecta para mantener a las mujeres en una situación de dependencia. De cómo los hombres nos hemos servido de quienes se han ocupado de la intendencia material y emocional para poder ocupar los púlpitos. De cómo la sororidad ha sido siempre la estrategia afectiva y política que ha permitido que mujeres diversas, y en clara contradicción con el discurso patriarcal que las convierte en enemigas entre sí, se apoyen mutuamente y sobrevivan en condiciones adversas. “Estamos solas”. La soledad que supone carencia de voz, sentirse manejadas en función de los intereses del macho dominante, habitar como de prestado el espacio público de las oportunidades y los derechos.

El paso lento de Cleo, sus ojos tristes, sus abrazos amorosos, sus sonrisas difíciles de descubrir, son una bellísima lección sobre cuál ha sido la historia interminable de las mujeres. De tantas y tantas mujeres. Las que Cuarón conoció en su infancia y las que todas y todos podemos identificar en nuestras vidas. Las que rescatadas del olvido y convertidas en memoria deberían ser hoy palanca más que luminosa para pensar en un futuro sin siervas. Es decir, con mujeres que puedan elegir su soledad —cuánto he pensado en Carmen Alborch al ver esta película— y que tengan en sus manos las herramientas necesarias para modelar sus proyectos de vida. Unas vidas no construidas para salvar a los demás sino para salvarse a sí mismas. La revolución del amor que empieza por la de unas leyes, escritas y no escritas, que liberen a todos los seres humanos de la servidumbre consistente en limpiar las mierdas de los perros ajenos. La revolución que pide a gritos hombres sin cochazos y sin mayúsculas. El feminismo que nunca debería olvidar que la desigualdad social y económica es la madre de todas las batallas.

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