Socialismo, temor o crítica (y 2)

Socialismo, temor o crítica (y 2)
18 de Febrero de 2014 a la(s) 6:0 – Geovani Galeas
El marxismo es en su origen un pensamiento crítico fundado en la universalidad de la razón. Pero también es susceptible a la petrificación dogmática cuando sus intérpretes menos inteligentes y más extremistas, pasando de la duda filosófica a la mera certeza burocrática, lo reducen a un rosario de recetas incuestionables y, según ellos, capaces de solucionar todos los problemas objetivos y subjetivos de la humanidad. Lo mismo ocurre con el socialismo.

La izquierda no es algo parecido a una erupción telúrica o a un misterio teológico. La izquierda es el resultado de un proceso histórico, social y político plenamente discernible. Quienes contra toda evidencia se empecinan en creer que es lo primero convocan el factor emocional y colocan el temor a lo desconocido en el centro de sus estériles conjuros de resistencia, cuando por el contario lo razonable sería el estudio crítico, es decir el entendimiento, del proceso formativo en cuestión.

En dependencia a sus limitaciones o a sus alcances intelectuales, al temple de sus principales liderazgos y a los niveles de hostilidad o de apertura experimentados, la izquierda salvadoreña ha pasado, en distintos momentos, de la radicalidad de la violencia insurreccional a la moderación de las estrategias pacíficas y legales concomitantes a los procesos electorales, los diálogos, las negociaciones y los pactos.

El de la izquierda salvadoreña ha sido pues un largo camino que comenzó en la proscripción y la marginalidad clandestina, pasó por la veleidosa dispersión grupuscular, y entre desvíos y rectificaciones fue madurando en diversos niveles de unidad, de acumulación y de flexibilidad ideológica, hasta ubicarse por ahora como la primera fuerza política del país, con responsabilidades de gobierno, y con grandes posibilidades de mantenerse en el poder por voluntad de las mayorías populares.

No creo que esta izquierda haya desterrado de su horizonte estratégico el ideal socialista. Pero su evidente crecimiento cualitativo y cuantitativo, su conquista por fin de la condición de elegible, no hubiese tenido lugar sin su gradual comprensión de que, efectivamente, el socialismo no es un método para alcanzar el desarrollo económico sino una consecuencia del mismo, y de que el socialismo y la democracia pueden y deben ser compatibles.

No tengo ninguna duda de que aún persisten elementos y aun sectores dogmáticos en el FMLN, aunque tampoco dudo de que la misma realidad social, política y electoral los ha venido neutralizando poco a poco, y terminará por relegarlos completamente. Las condiciones imperantes en el país no dan cabida a la nostalgia de los delirios sectarios que infamaron a la izquierda en el pasado.

Una señal simbólica pero elocuente de lo anterior es que no fue Óscar Ortiz el obligado a cambiar de discurso y a ponerse una camisa roja. Por el contrario, ha sido Salvador Sánchez Cerén quien ha tenido que hablar de apertura y moderación y se ha puesto camisa blanca. Pero más allá de lo simbólico, del discurso y los colores, está la realidad fáctica: no hay triunfo electoral ni posterior gobernabilidad sin diálogo, negociación y pacto con otras fuerzas, es decir, sin pluralismo democrático.

Como método de lucha política no es muy eficiente invocar el temor al socialismo en función de la ignorancia. Lo que se debe hacer es su revisión histórica y someterlo a la crítica a la luz de sus propios postulados. Es cierto que hay autoritarismo y retraso en Corea del norte y en Cuba, por ejemplo, ¿pero qué es lo que hay en Brasil, Chile y Uruguay sino más libertad y desarrollo? Hay otros casos intermedios que son discutibles, por supuesto, pero no es agitando fantasmas ni sustituyendo la razón por la superstición como se enfrenta la realidad.

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