Carta de duelo por Hugo Molina

Carta de duelo por Hugo Molina
julio 29, 2014 Voces Un Comentario
Publicado en: Contracorriente – Dagoberto Gutiérrez, Nacionales, Voces Ciudadanas

El Instituto Nacional de Santa Ana era, allá por los años 60 del siglo pasado, el Centro Educativo más grande de la Ciudad de Santa Ana, tenia mayor tamaño que el actual y nosotros, estudiantes de bachillerato en ese entonces lo veíamos muy grande, muy nuevo, muy elegante y muy adecuado para los que nos creíamos dueños de una sed inmensa por saber y entender el mundo.

Dagoberto Gutiérrez

Eran los años frescos de la revolución cubana, del golpe de estado contra el gobierno de José María Lemus, de la turbulencia social y la resistencia, eran los momentos en donde ser bachiller constituía una distinción ganada a sangre y fuego y en donde la educación pública estaba muy por encima de la educación privada y los bachilleres que nos graduábamos en el INSA éramos de verdad bachilleres, por lo menos así lo veía y entendía una parte de la sociedad, no es casual que el primer bachiller de la República de esos años, haya sido precisamente compañero de nosotros.

Las aulas del quinto curso de bachillerato eran iluminadas, con suficiente espacio, pizarras amplias y tiza disponible. Antes de que el profesor de física, don Cayito Fuentes llegara al aula la bulla era muy grande y todo mundo hablaba reía y hasta gritaba, de repente, una semilla de jocote lanzada desde atrás estallaba en la pizarra mientras don Cayo se acercaba al aula, caminando lentamente, con una especie de cordel en la mano mientras con su mano izquierda iba tocando las perillas de las puertas de las aulas.

El silencio se instaló cuando él entró y empezamos a realizar un examen anterior. Una vez iniciada la clase un estudiante pequeño, moreno, de mirada huidiza, de cabello negro y ondulado, un poco cazcorvo, con la camisa de fuera y un cuaderno metido en el bolsillo derecho trasero del pantalón, entró al aula y en silencio sin mirar a nadie tiró una imperceptible mirada a la pizarra solo para ver, distraídamente, algunos números que don Cayo estaba utilizando para explicar algo, se sentó, se sacó el cuaderno doblado del bolsillo, lo dejó doblado en el pupitre, parecía que no llevaba ni lápiz ni lapicero y no parecía prestar atención a nada y cuando el profesor de física le dijo que pasara a la pizarra pareció hacerlo de muy mala gana, como cuando alguien es pillado en algo indebido y desprevenido.

Lentamente y sin mirar a nadie el estudiante llegó a la pizarra, tomo el yeso y sin decir nada empezó a escribir correctamente las operaciones correctas para resolver correctamente el problema planteado, Don Cayo Fuentes estaba sentado y apenas sonreía, nosotros, que ya conocíamos al personaje no estábamos sorprendidos y el estudiante hechas las ecuaciones correspondientes, dejó el yeso en la pizarra y se fue a sentar como quien no ha hecho nada.

Así era Hugo Molina, inadvertido, conocedor de la vida en los barrios mas populosos de Santa Ana, siempre parecía moverse en la franja divertida, en la no permitida y parecía no prestar atención a las cosas que eran importantes, pero todo eso era simple apariencia, lo cierto es que sabía distinguir, muy bien las cosas fundamentales de la realidad y en algún momento de su vida optó por un camino, por aquel que conduce al desorden mas importante, al orden construido a partir de un desorden muy grande.

Hugo estudió economía, viajó a Chile y presumiblemente el proceso político de la unidad popular y el gobierno de Salvador Allende inundó su conciencia y le confirmó ideas criterios y conceptos que ya estaban presentes en su cabeza, por eso se vinculó al proceso revolucionario que en esos años florecía en nuestro país, ese vinculo se mantuvo hasta el final, ya como hombre trabajando en un gobierno, Hugo siempre se distinguió como alguien estudioso, con criterio propio y como un hombre de bien.

Su muerte nos ha dolido porque entendemos que el país pierde una vida útil y necesaria sobre todo en estos momentos de medias luces. Hacemos llegar a su esposa Ana María, a sus hijos: Hugo, Tania y Mauricio y a toda su familia, nuestro pésame mas sentido.
Hugo Molina es de los hombres necesarios, es una voz, una mirada, una idea, un razonamiento que necesitamos y necesitaremos cuando llegue la hora de los vientos fuertes y los huracanes florecidos.

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