Los orígenes (La creación del patriarcado)

1. LOS ORÍGENES

Ante nosotros se extienden en confusa amalgama los pedazos de restos materiales: útiles, tumbas, fragmentos de cerámica, los restos de casas y santuarios, artefactos de origen dudoso sobre las paredes de las cuevas, restos humanos; todos ellos con su historia. Los unimos ayudados por mitos y conjeturas; los comparamos con lo que sabemos de los pueblos «primitivos» que sobreviven en la actualidad; utilizamos la ciencia, la filosofía o la religión para elaborar un modelo de ese lejano pasado previo al inicio de la civilización.

El enfoque que usamos en la interpretación nuestro esquema conceptual determina el resultado final. Este esquema no se halla libre de juicios de valor. Hacemos al pasado las preguntas que queremos ver respondidas en el presente. Durante largos períodos de la época histórica el marco conceptual que conformaba nuestras preguntas era aceptado como un hecho reconocido, indiscutible e incuestionable.

Mientras la concepción teleológica cristiana dominó el pensamiento histórico se consideró a la historia precristiana meramente un estadio previo a la
verdadera historia, que comenzó con el nacimiento de Cristo y acabaría
con el segundo advenimiento.

Cuando la teoría darviniana dominó el pensamiento histórico, se vio la prehistoria como un estadio de «barbarie» dentro de un proceso evolutivo de la humanidad que iba de lo más simple a lo más complejo. Lo que triunfaba y sobrevivía era considerado, por el mero hecho de su supervivencia, superior a lo que se esfumaba y que, por consiguiente, había «fallado».

Mientras los presupuestos androcéntricos dominaron nuestras interpretaciones, encontrábamos en el pasado la ordenación según sexos/géneros prevaleciente en el presente. Dábamos por sentada la existencia de un dominio masculino y cualquier evidencia en contra aparecía como una mera excepción a la norma o una alternativa fallida.

Los tradicionalistas, tanto los que trabajan dentro de un ámbito religioso
como «científico», han considerado la subordinación de las mujeres un
hecho universal, de origen divino, o natural y, por tanto, inmutable. Así
que no hay que cuestionárselo. Lo que ha sobrevivido lo ha logrado porque era lo mejor; lo que sigue debería continuar siendo igual.

Aquellos que critican las asunciones androcéntricas y los que reconocen la necesidad de un cambio social en el presente han puesto en duda el concepto de universalidad de la subordinación femenina. Estiman que si el sistema de dominación patriarcal tuvo un origen en la historia, podría abolirse si se alteran las condiciones históricas. Por consiguiente, la cuestión sobre la universalidad de la subordinación femenina ha sido, durante más de 150 años, el núcleo del debate entre tradicionalistas y pensadoras feministas.

Para quienes critican las explicaciones patriarcales, la siguiente pregunta
por orden de importancia es: si la subordinación femenina no era universal
entonces, ¿existió alguna vez un modelo alternativo de sociedad? Esta
pregunta se ha convertido con frecuencia en la búsqueda de una sociedad
matriarcal en el pasado. Ya que muchas de las evidencias de esta búsqueda
proceden de los mitos, la religión y los símbolos, casi no se ha prestado
atención a los testimonios históricos.

La cuestión más importante y significativa para el historiador es esta:
cómo, cuándo y por qué se produjo la subordinación de las mujeres.
Por consiguiente, antes de que podamos emprender una discusión
acerca de la evolución histórica del patriarcado, hemos de revisar las
principales posturas en el debate en torno a estas tres cuestiones.

La respuesta tradicional a la primera cuestión es, por supuesto, que la
dominación masculina es un fenómeno universal y natural. Se podría
presentar la argumentación en términos religiosos: la mujer está
subordinada al hombre porque así la creó Dios. (1) Los tradicionalistas
aceptan el fenómeno de la «asimetría sexual», la atribución de tareas y
papeles diferentes a hombres y mujeres, observada en cualquier sociedad
humana conocida, como prueba de su postura y señal de que es «natural».
(2)

Puesto que a la mujer se le asignó por designio divino una función biológica diferente a la del hombre, dicen, también se le deben adjudicar cometidos sociales distintos. Si Dios o la naturaleza crearon las diferencias de sexo, que a su vez determinaron la división sexual del trabajo, no hay que culpar a nadie por la desigualdad sexual y el dominio masculino.

La explicación tradicional se centra en la capacidad reproductiva de las
mujeres y ve en la maternidad el principal objetivo en la vida de la
mujer, de ahí se deduce que se cataloguen de desviaciones a aquellas
mujeres que no son madres. La función maternal de las mujeres se
entiende como una necesidad para la especie, ya que las sociedades no
hubieran sobrevivido hasta la actualidad a menos que la mayoría de las
mujeres no hubieran dedicado la mayor parte de su vida adulta a tener y
cuidar hijos.

Por lo tanto, se considera que la división sexual del trabajo fundamentada en las diferencias biológicas es funcional y justa. Una explicación corolaria de la asimetría sexual es la que sitúa las causas de la subordinación femenina en factores biológicos que atañen a los hombres. La mayor fuerza física de éstos, su capacidad para correr más rápido y cargar mayor peso, junto con su mayor agresividad, les capacitan para ser cazadores.

Por tanto, se convierten en los que suministran los alimentos a la tribu, y se les valora y honra más que a las mujeres. Las habilidades derivadas de las actividades cinegéticas les dotan a su vez para ser guerreros. El hombre cazador, superior en fuerza, con aptitudes, junto con la experiencia nacida del uso de útiles y armas, protege y defiende «naturalmente» a la mujer, más vulnerable y cuya dotación biológica la destina a la maternidad y a la crianza de los hijos. (3)

Por último, esta interpretación determinista biológica se aplica desde la Edad de Piedra hasta el presente gracias a la aseveración de que la división
sexual del trabajo basada en la «superioridad» natural del hombre es un
hecho y, por consiguiente, tan válido hoy como lo fuera en los primitivos
comienzos de la sociedad humana.

Esta teoría, en sus diferentes formas, es con mucho la versión más popular en la actualidad del argumento tradicional y ha tenido un fuerte efecto explicativo y de refuerzo sobre las ideas contemporáneas de la supremacía masculina. Probablemente se deba a sus adornos «científicos», basados en una selección de los datos etnográficos y en el hecho de que parece explicar el dominio masculino de tal manera que exime a todos los hombres contemporáneos de cualquier responsabilidad por ello.

Con qué profundidad esta explicación ha afectado incluso a las teóricas feministas queda patente en su aceptación parcial por parte de Simone de Beauvoir, quien da por seguro que la «trascendencia» del hombre deriva de la caza y la guerra y del uso de las herramientas necesarias para estas actividades. (4)

Lejos de las dudosas afirmaciones biológicas sobre la superioridad física
masculina, la interpretación del hombre cazador ha sido rebatida gracias a las evidencias antropológicas de las sociedades cazadoras y recolectoras. En la mayoría de ellas, la caza de animales grandes es una actividad auxiliar, mientras que las principales aportaciones de alimento provienen de las actividades de recolección y caza menor, que llevan a cabo mujeres y niños. (5)

Además, como veremos más adelante, es precisamente en las sociedades cazadoras y recolectoras donde encontramos bastantes ejemplos de complementariedad entre sexos, y en las que las mujeres ostentan un estatus relativamente alto, en oposición directa a lo que se afirma desde la escuela de pensamiento del hombre cazador.

Las antropólogas feministas han puesto recientemente en duda muchas
de las antiguas generalizaciones, que sostenían que la dominación masculina
era virtualmente universal en todas las sociedades conocidas, por ser
asunciones patriarcales de parte de los etnógrafos e investigadores de esas
culturas. Cuando las antropólogas feministas han revisado los datos o han
hecho su propio trabajo de campo se han encontrado con que la
dominación masculina no es ni mucho menos universal.

Han hallado sociedades en las que la asimetría sexual no comporta connotaciones de dominio o subordinación. Es más, las tareas realizadas por ambos sexos resultan indispensables para la supervivencia del grupo, y en muchos aspectos se considera que ambos tienen el mismo estatus. En estas sociedades se cree que los sexos son «complementarios»; tienen papeles
y estatus diferentes, pero son iguales. (6)

Otra manera de refutar las teorías del hombre cazador ha sido la de
mostrar las contribuciones fundamentales, culturalmente innovadoras, de
las mujeres a la creación de la civilización con sus inventos de la cestería y la cerámica y sus conocimientos y el desarrollo de la horticultura. (7) Elise
Boulding, en concreto, ha demostrado que el mito del hombre cazador y su
perpetuación son creaciones socioculturales al servicio del mantenimiento
de la supremacía y hegemonía masculinas. (8)

La defensa tradicional de la supremacía masculina basada en el razonamiento determinista biológico ha cambiado con el tiempo y ha demostrado ser extremadamente adaptable y flexible. Cuando en el siglo XIX empezó a perder fuerza el argumento religioso, la explicación tradicional de la inferioridad de la mujer se hizo «científica». Las teorías darvinianas reforzaron la creencia de que la supervivencia de la especie era más importante que el logro personal. De la misma manera que el Evangelio
Social utilizó la idea darviniana de supervivencia del más apto para justificar
la distribución desigual de riquezas y privilegios en la sociedad norteamericana, los defensores científicos del patriarcado justificaban que
se definiera a las mujeres por su rol maternal y que se las excluyera de las
oportunidades económicas y educativas porque estaban al servicio de la
causa más noble de la supervivencia de la especie.

A causa de su constitución biológica y su función maternal se pensaba que las mujeres no eran aptas para una educación superior y otras actividades profesionales. Se consideraba la menstruación y la menopausia, incluso el embarazo, estados que debilitaban, enfermaban, o eran anormales, que imposibilitaban a las mujeres y las hacían verdaderamente inferiores. (9)

Asimismo, la psicología moderna observó las diferencias de sexo existentes
desde la asunción previa y no verificada de que eran naturales, y construyó
la imagen de una hembra psicológica que se encontraba biológicamente
tan determinada como lo estuvieron sus antepasadas. Al observar desde una perspectiva ahistórica los papeles sexuales, los psicólogos tuvieron que hacer conclusiones partiendo de datos clínicos observados, en los que se reforzaban los papeles por géneros predominantes. (10)

Las teorías de Sigmund Freud alentaron también la explicación
tradicional. Para Freud, el humano corriente era un varón; la mujer era,
según su definición, un ser humano anormal que no tenía pene y cuya
estructura psicológica supuestamente se centraba en la lucha por
compensar dicha deficiencia.

Aunque muchos aspectos de la teoría freudiana serían de gran utilidad en la construcción de la teoría feminista, fue el dictamen de Freud de que para la mujer «la anatomía es el destino» lo que dio nuevo vigor y fuerzas al argumento supremacista masculino. (11)

Las aplicaciones a menudo vulgarizadas de la teoría freudiana en la
educación infantil y en obras de divulgación dieron un renovado prestigio al
viejo argumento de que el principal papel de la mujer es tener y cuidar
hijos. La doctrina popularizada de Freud se convirtió en texto obligado de
educadores, asistentes sociales y de la audiencia de los medios de
comunicación. (12)

Recientemente, la sociobiología de E. O. Wilson ha ofrecido la visión
tradicional del género bajo una argumentación en la que se aplican las ideas
darvinianas de la selección natural a la conducta humana. Wilson y sus
seguidores argumentan que las conductas humanas que son «adaptativas»
para la supervivencia del grupo quedan codificadas en los genes, e incluyen en
estas conductas cualidades tan complejas como el altruismo, la lealtad o la
conducta maternal. No sólo dicen que los grupos que practiquen una
división sexual del trabajo en la que las mujeres hagan de niñeras y
educadoras de los niños tendrán una ventaja evolutiva, sino que defienden
que este comportamiento pasa de alguna manera a formar parte de nuestro código genético, de modo que las propensiones psicológicas y físicas
necesarias para esta organización social se desarrollan selectivamente y se
seleccionan genéticamente.

El papel de madre no es tan sólo un papel asignado por la sociedad, es también el que se ajusta a las necesidades físicas y psicológicas de las mujeres. Aquí, nuevamente, el determinismo biológico se convierte en una obligación, en realidad una defensa política del statu quo en lenguaje científico. (13)

Las críticas feministas han demostrado la argumentación circular, la falta de pruebas y los presupuestos acientíficos de la sociobiología de Wilson. (14) Desde un punto de vista no científico, la falacia más obvia de los sociobiólogos es su ahistoricidad por lo que respecta al hecho de que
los hombres y las mujeres de hoy no viven en un estado natural. La historia
de la civilización describe el proceso por el cual los humanos se han
distanciado de la naturaleza mediante la invención y el perfeccionamiento de la cultura.

Los tradicionalistas ignoran los cambios tecnológicos que han hecho posible alimentar a un niño con biberón sin riesgos y hacerle crecer con otras personas que le cuiden que no sean su madre. Ignoran las consecuencias del cambio sufrido en la duración de la vida y en los ciclos vitales. Hasta que las normas comunales de higiene y los conocimientos médicos actuales no frenaron la mortalidad infantil al punto que los progenitores podían contar con que cada hijo que tuvieran llegaría a la madurez, las mujeres estaban obligadas a alumbrar bastantes hijos a fin de que unos cuantos sobrevivieran. Del mismo modo, el aumento de la esperanza de vida y el descenso de la mortalidad infantil modificaron los ciclos vitales de hombres y mujeres.

Estos avances iban ligados a la industrialización y ocurrieron en la
civilización occidental (para los blancos) a finales del siglo XIX,
produciéndose más tarde para los pobres y las minorías a causa de la
distribución desigual de los servicios sanitarios y sociales. Mientras que
hasta 1870 la crianza de los hijos y el matrimonio eran coterminales -es
decir, cabía esperar que uno o ambos progenitores falleciesen antes de
que el menor de sus hijos llegara a la madurez-, en la sociedad
norteamericana actual las parejas pueden contar con vivir juntas doce
años más después de que el menor de sus hijos haya llegado a adulto, y
las mujeres pueden esperar sobrevivir siete años a sus maridos. (15)

Y en cambio los tradicionalistas pretenden que las mujeres continúen
en los mismos papeles y ocupaciones que eran operativos y necesarios
para la especie en el neolítico. Aceptan los cambios culturales gracias a
los cuales los varones se han liberado de las necesidades biológicas.
Suplir el esfuerzo físico por el trabajo de las máquinas es progreso; sólo
las mujeres están, en su opinión, destinadas para siempre al servicio de
la especie a causa de su biología. Decir que de todas las actividades
humanas tan sólo el que las mujeres cuiden de los hijos es inmutable y
eterno es, en verdad, relegar la mitad de la raza humana a un estado
inferior de existencia, a la naturaleza y no a la cultura.

Las cualidades que habrían ayudado a la supervivencia humana
durante el neolítico ahora les son innecesarias a las personas.
Independientemente de si cualidades como la agresividad o el cuidado de
los hijos se transmiten genética o culturalmente, es obvio que la
agresividad masculina, que pudo ser muy funcional durante la Edad de
Piedra, es una amenaza a la supervivencia de la humanidad en la era
nuclear. En un momento en que la superpoblación y el agotamiento de
los recursos naturales suponen un verdadero peligro para la
supervivencia humana, puede que sea más adaptativo refrenar la
capacidad reproductiva de las mujeres que fomentarla.

Además, en desacuerdo con cualquier argumento que se base en el
determinismo biológico, las feministas cuestionan las asunciones
androcéntricas ocultas en las ciencias que se dedican a los seres humanos.
Han denunciado que en biología, antropología, zoología y psicología estas
asunciones han inducido a hacer lecturas de los datos científicos que
distorsionan su significado.

De este modo, por ejemplo, se reviste el comportamiento de los animales de un significado antropomórfico, y se convierte a los chimpancés machos en patriarcas. (16) Muchas feministas sostienen que las interpretaciones culturales han exagerado enormemente el escaso número de diferencias reales que hay entre los sexos, y que el valor dado a las diferencias sexuales es de por sí un producto cultural.

Los atributos sexuales son una realidad biológica, pero el género es un producto del proceso histórico. El hecho de que las mujeres tengan hijos responde al sexo; que las mujeres los críen se debe al género, una construcción cultural. El género ha sido el principal responsable de que se asignara un lugar determinado a las mujeres en la sociedad. (17)

Demos ahora un breve repaso a las teorías que niegan la universalidad
de la subordinación femenina y que defienden un primer estadio de
dominación femenina (matriarcado) o de igualdad entre mujeres y
hombres. Las principales explicaciones son la economicomarxista y la
materialista.

El análisis marxista ha influido enormemente sobre las estudiosas
feministas al indicarles las cuestiones a preguntar. La obra de referencia
básica es El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Friedrich Engels, que describe la «histórica derrota del sexo femenino» como un evento que deriva del surgimiento de la propiedad privada. (18)

Engels, que extrajo sus generalizaciones del trabajo de etnógrafos y teóricos del siglo XIX tales como J. J. Bachofen y L. M. Morgan, defendía la existencia de sociedades comunistas sin clases previas a la formación de la propiedad privada. (19) Puede que estas sociedades fueran o no matriarcales, pero eran igualitarias. Engels presuponía una «primitiva» división del trabajo entre los sexos.

El hombre lucha en la guerra, va de caza y de pesca, procura los alimentos y las herramientas necesarias para ello. La mujer atiende la casa y la preparación de los alimentos, confecciona ropas, cocina, teje y cose. Cada uno es el amo en su esfera: el hombre en la selva, la mujer en la casa.

Cada uno es propietario de los instrumentos que hace y emplea … Aquello que se haga o utilice en común es de propiedad comunal: la casa, el jardín, la barca. (20)

La descripción que hace Engels de la primitiva división sexual del trabajo se parece curiosamente a la de las unidades familiares campesinas de Europa trasladadas a la prehistoria. La información etnográfica en la que él basó sus generalizaciones ha sido rebatida.

En la mayoría de las sociedades primitivas del pasado y en todas las sociedades cazadoras y recolectoras que todavía existen hoy, las mujeres aportan por término medio el 60 por 100 o más de la comida. Para ello a menudo tienen que alejarse de sus casas, llevándose consigo bebés y niños pequeños. Además, la asunción de que existe una fórmula y un modelo de la división sexual del trabajo es errónea.

El trabajo concreto realizado por hombres y mujeres difiere muchísimo según la cultura, y depende bastante del entorno ecológico en que viven estas personas. (21) Engels planteó la teoría de que en las sociedades tribales el desarrollo de la domesticación animal llevó al comercio y a la propiedad de los rebaños en manos de los cabezas de familia, presumiblemente varones, pero fue incapaz de explicar cómo se produjo.

Los hombres se apropiaron de los excedentes de la ganadería y los convirtieron en propiedad privada. Una vez adquirida esta propiedad privada, los hombres buscaron la manera de asegurarla para sí y sus herederos; lo
lograron institucionalizando la familia monógama. Al controlar la
sexualidad femenina mediante la exigencia de una castidad premarital y
el establecimiento del doble estándar sexual dentro del matrimonio, los
hombres se aseguraron la legitimidad de su descendencia y garantizaron
así su interés de propiedad. Engels subrayó la vinculación entre la
ruptura de las anteriores relaciones de parentesco basadas en la
propiedad comunal y el nacimiento de la familia nuclear como unidad
económica.

Con el desarrollo del Estado, la familia monógama se transformó en la
familia patriarcal, en la que el trabajo de la esposa «pasó a ser un servicio
privado; la esposa se convirtió en la principal sirvienta, excluida de
participar en la producción social». Engels concluía:
La abolición del derecho materno fue la histórica derrota del sexo femenino. El hombre también tomó el mando en la casa; la mujer quedó degradada y reducida a la servidumbre; se convirtió en la esclava de su lujuria y en un mero instrumento de reproducción.[23)

Engels empleó el término Mutterrecht, traducido aquí por derecho
materno, recogido de Bachofen, para describir las relaciones de
parentesco matrilineales en las que las propiedades de los hombres no
pasaban a sus hijos sino a los hijos de sus hermanas. También aceptaba el
modelo de Bachofen de una progresión «histórica» de la estructura
familiar, desde el matrimonio de grupo al monógamo. Argumentaba que
el matrimonio monógamo era visto por la mujer como una mejora en su
condición, ya que con ello adquirió «el derecho a entregarse solamente
a un hombre».

Engels llamó también la atención respecto a la institucionalización de la prostitución, que describió como uno de los pilares indispensables del matrimonio monógamo. Se han criticado las conjeturas que hace Engels acerca de la sexualidad femenina por ser un reflejo de sus propios valores sexistas victorianos, pues parte de la asunción, no probada, de que los estándares de mojigatería de las mujeres del siglo XIX podían explicar los actos y las actitudes de las mujeres en los albores de la civilización. (24)

Con todo, Engels realizó una gran contribución a nuestros conocimientos sobre la posición de las mujeres en la sociedad y en la historia:
1) Subrayó la conexión entre cambios estructurales en las relaciones de parentesco y cambios en la división del trabajo, por un lado, y la posición que ocupan las mujeres en la sociedad, por el otro.
2) Demostró una conexión entre el establecimiento de la propiedad privada, el matrimonio monógamo y la prostitución.
3) Mostró la conexión entre el dominio económico y político de los hombres y su control sobre la sexualidad femenina.
4) Al situar «la histórica derrota del sexo femenino» en el período de formación de los estados arcaicos, basados en el dominio de las elites propietarias, dio historicidad al acontecimiento.

Aunque fue incapaz de probar ninguna de estas propuestas, definió las principales cuestiones teóricas de los siguientes cien años. También ciñó la discusión de «la cuestión femenina» al ofrecer una explicación convincente, unicausal, y al concentrar la atención en un solo acontecimiento que para él se asemejaba a una «derrota» revolucionaria. Si la causa de la «esclavización» de las mujeres fuera el desarrollo de la propiedad privada y las instituciones que de ella se derivan, lógicamente se deducía que la abolición de la propiedad privada liberaría a las mujeres. En cualquier caso, la mayor parte de los trabajos teóricos en el tema del origen de la subordinación de las mujeres se han dirigido a aprobar, mejorar o refutar la obra de Engels.

Las asunciones básicas de Engels acerca de la naturaleza de los sexos
estaban basadas en la aceptación de las teorías evolutivas de la biología,
pero su mayor mérito fue destacar el influjo que tienen las fuerzas sociales
y culturales en la estructuración y definición de las relaciones entre los
sexos. Paralelamente a su modelo de relaciones sociales, desarrolló una
teoría evolutiva de las relaciones entre los sexos en la que el punto álgido de
desarrollo era el matrimonio monógamo entre clases obreras en una
sociedad socialista. Al vincular las relaciones sexuales con relaciones sociales en proceso de cambio quebró el determinismo biológico de los tradicionalistas.

Por llamar la atención sobre el conflicto sexual incorporado a la institución tal y como emergió de las relaciones de propiedad privada, reforzó el vínculo entre cambio económico-social y lo que hoy denominaríamos relaciones de género. Él definió el matrimonio monógamo de la manera en que se formó en la primera sociedad estatal como «la sujeción de un sexo a otro, la proclama de un conflicto entre sexos totalmente desconocido hasta ahora en los tiempos prehistóricos».

Significativamente, continuaba:
La primera oposición de clases que aparece en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre hombre y mujer en el matrimonio monógamo, y la primera opresión de clases con la del sexo femenino por el masculino. (25)

Estas afirmaciones ofrecían muchas vías prometedoras para la elaboración de teorías, de las cuales se hablará más adelante. Pero la identificación que hace Engels de la relación entre los sexos con el «antagonismo de clases» ha resultado ser un callejón sin salida que durante mucho tiempo ha apartado a los teóricos del conocimiento real de las diferencias entre relaciones de clases y relaciones entre sexos. Ello se vio agravado por la insistencia que ponían los marxistas en que las cuestiones de las relaciones entre sexos debían estar subordinadas a cuestiones de relaciones entre clases, expresado no sólo en la teoría sino también en la práctica política, allí donde tuvieron el poder para ello. Sólo recientemente las nuevas especialistas feministas han empezado a forjar las herramientas teóricas con que corregir dichos errores.

El antropólogo estructuralista Claude Lévi-Strauss ofrece también una
explicación teórica en la que la subordinación de las mujeres resulta crucial
para la formación de la cultura. Pero a diferencia de Engels, Lévi-Strauss
defiende que los hombres construyeron la cultura a partir de un solo
componente básico. Lévi-Strauss reconoce en el tabú del incesto un
mecanismo humano universal, arraigado en cualquier organización social.
La prohibición del incesto no es tanto una norma que prohibe el matrimonio con la madre, la hermana o la hija, como una norma que obliga a dar la madre, la hermana o la hija a otros. Esta es la regla suprema del obsequio. (26)

El «intercambio de mujeres» es la primera forma de comercio, mediante la cual se las convierte en una mercancía y se las «cosifica», es decir, se las considera cosas antes que seres humanos. El intercambio de mujeres, según Lévi-Strauss, marca el inicio de la subordinación de las mujeres. Ello a su vez refuerza una división sexual del trabajo que establece el dominio masculino. De todas formas Lévi-Strauss considera el tabú del incesto como un paso positivo y necesario hacia la creación de la cultura humana. Las pequeñas tribus autosuficientes estaban obligadas a relacionarse con las tribus vecinas, bien mediante una guerra continua o bien buscando una vía de
coexistencia pacífica. Los tabúes de la endogamia y el incesto estructuraron una interacción pacífica y promovieron las alianzas entre tribus.

La antropóloga Gayle Rubin define con precisión la manera en que
este sistema de intercambio afecta a las mujeres:
El intercambio de mujeres es la manera rápida de expresar que las relaciones sociales del sistema de parentesco decretan que los hombres tienen ciertos derechos sobre sus parientes femeninos, y que las mujeres no los tienen sobre sus parientes masculinos … [Es un] sistema en el cual las mujeres no tienen plenos derechos sobre sí mismas.(27)

Debemos advertir que en la teoría de Lévi-Strauss los hombres son los
actores que imponen una serie de estructuras y relaciones sobre las
mujeres. Una explicación de esta índole no se puede considerar aceptable.
¿Cómo ocurrió? ¿Por qué se tenía que intercambiar mujeres y no
hombres o niños y niñas? Aunque se admitiera la utilidad operativa de
este arreglo, ¿por qué tenían que estar las mujeres de acuerdo? (28)
Indagaremos estas cuestiones en el próximo capítulo, en un esfuerzo
por elaborar una hipótesis fiable.

El gran influjo de Lévi-Strauss sobre las teóricas feministas ha
provocado un cambio de atención, desde la búsqueda de los orígenes
económicos al estudio de los sistemas simbólicos y los significados de las
sociedades. La obra más influyente fue el ensayo de Sherry Ortner, en el
año 1974, en donde ella argumentaba convincentemente que en
cualquier sociedad conocida se identifica a las mujeres por estar más
cerca de la naturaleza que de la cultura. (29)

Puesto que cualquier cultura infravalora la naturaleza porque lucha por dominarla, las mujeres se han convertido en el símbolo de un orden inferior,
intermedio, de seres. Ortner mostraba que se las identificaba así porque:
1) El cuerpo de la mujer y su función … parecen acercarla más a la naturaleza;
2) el cuerpo femenino y sus funciones la colocan en papeles sociales que a su vez se consideran de orden inferior dentro de los procesos culturales a los de los hombres; y
3) los roles tradicionales de la mujer, que su cuerpo y las funciones de éste le imponen, le dan a su vez una estructura psíquica distinta … que … se considera más próxima a la naturaleza. (30)

Este breve ensayo provocó un debate largo y muy informativo entre
las teóricas y las antropólogas feministas que todavía prosigue. Ortner, y
quienes coinciden con ella, abogan fuertemente por la universalidad de
la subordinación femenina, si no en las condiciones sociales actuales, al
menos en los sistemas de significado de la sociedad. Quienes se oponen
a este punto de vista refutan la idea de universalidad, lo critican por ser ahistórico y se niegan a situar a las mujeres en el papel de las víctimas pasivas.

Por último, ponen en duda la aceptación, implícita en la posición estructuralista feminista, de la existencia de una dicotomía
inamovible e inmutable entre hombre y mujer. (31)

No es este el lugar para hacer justicia a la copiosidad y sofisticación de
este debate feminista, que todavía continúa, pero la discusión de la
universalidad de la subordinación femenina ha ofrecido ya tantas
alternativas que incluso aquellas que responden afirmativamente a su
existencia reconocen que la forma de plantear las cuestiones tiene defectos.

Cada vez más, a medida que se ahonda en el debate, queda claro que las
explicaciones unicausales y hablar de universalidad no van a responder
correctamente la cuestión de las causas. El enorme mérito de la postura
funcionalista es que revela la estrechez de las explicaciones meramente
económicas, con lo que quienes se inclinaban por dar relieve a la biología
y a la economía se ven forzados ahora a tratar con el poder de los sistemas
de creencias, los símbolos y las construcciones mentales. En especial, la fe
compartida por la mayoría de las feministas en que el género es una
construcción social plantea un desafío intelectual más serio a las explicaciones tradicionalistas.

Hay otra corriente teórica que merece nuestra seria consideración, en
primer lugar porque es feminista en la práctica y en intención y, en segundo, porque representa una tradición histórica en el pensamiento sobre las mujeres. La teoría maternalista está construida sobre la aceptación de las diferencias biológicas entre los sexos. Muchas feministas-maternalistas también consideran inevitable la división sexual del trabajo montada sobre estas diferencias biológicas, aunque algunas pensadoras recientes han empezado a revisar esta postura. Las maternalistas se diferencian de los tradicionalistas en que a partir de esto hablan a favor de la igualdad de las mujeres, e incluso en pro de la superioridad femenina.

La primera gran teoría basada en los principios maternalistas fue
elaborada por J. J. Bachofen en su influyente obra Das Mutterrecht. (32) El
trabajo de Bachofen influyó en Engels y en Charlotte Perkins Gilman y
tiene su paralelo en el pensamiento de Elizabeth Cady Stanton. Una amplia serie de feministas del siglo XX aceptaron sus datos etnográficos y el
análisis que él efectuó de las fuentes literarias, y los utilizaron para
elaborar toda una gama de diferentes teorías. (33) Las ideas de Bachofen
también han ejercido una gran influencia sobre Robert Briffault, así como
en una escuela de analistas y teóricos jungianos cuyos trabajos han gozado
de gran aprecio y estima popular en Norteamérica durante este siglo.(34)

El esquema básico de Bachofen era evolucionista y darviniano; describía
varias etapas en la evolución de la sociedad, que pasaban
ininterrumpidamente desde la barbarie al moderno patriarcado. La
contribución original de Bachofen fue su afirmación de que las mujeres de las sociedades primitivas desarrollaron la cultura y que hubo un estadio de «matriarcado» que sacó a la civilización de la barbarie. Bachofen se expresa con elocuencia y de forma poética sobre dicho estadio:

En el estadio más remoto y oscuro de la existencia humana, [el amor entre madre e hijo] fue la única luz que brillaba en medio de la oscuridad moral … Porque cría a sus hijos, la mujer aprende antes que el hombre a desplegar sus atenciones amorosas a otra criatura más allá de los límites de su propio ser … En este estadio la mujer es la depositaria de toda la cultura, de toda la
benevolencia, de toda la devoción, de todo el interés por los vivos y de todo el dolor por los muertos.(35)

A pesar de la alta estima que concedió al papel de la mujer en el sombrío pasado, Bachofen veía el ascenso del patriarcado en la civilización occidental como el triunfo de un pensamiento y una organización religiosa y política superiores, a lo cual oponía negativamente el desarrollo histórico de Asia y África. Pero él abogaba, igual que sus seguidores, por la incorporación del «principio femenino» de cuidado de los hijos y de altruismo en la sociedad moderna.

Las feministas norteamericanas del siglo pasado desarrollaron una
teoría maternalista muy completa, basada no tanto en Bachofen como en
su redefinición de la doctrina patriarcal de la «esfera aparte de la mujer».
Aun así, hay estrechos paralelismos entre sus ideas y las ideas de Bachofen
de características «femeninas» innatas y positivas. Las feministas del siglo
XIX, tanto de Norteamérica como de Inglaterra, consideraban más
altruistas a las mujeres que a los hombres a causa de sus instintos
maternales y su práctica de siempre, y más virtuosas a causa de su
supuesta tendencia de ser el sexo débil. Creían que estas características,
que a diferencia de Bachofen ellas adscribían frecuentemente al histórico
papel de las mujeres como criadoras, daba a las mujeres una misión
especial: rescatar la sociedad de la destrucción, la competitividad y la
violencia creadas por los hombres que poseían un poder absoluto.
Elizabeth Cady Stanton, en concreto, desarrolló un argumento que
mezclaba el derecho natural, la filosofía y el nacionalismo norteamericano
con el maternalismo. (36)

Stanton escribió en una época, la naciente república norteamericana, en
que las ideas tradicionalistas del género se estaban redefiniendo. En la
Norteamérica colonial, al igual que en la Europa del siglo XVIII, se
consideraba que las mujeres estaban subordinadas y dependían de los
varones de su familia, aunque se las apreciara, especialmente en las
colonias y en la región fronteriza, como compañeras en la vida económica.
Se las había apartado del acceso a una educación igual y de la participación
y el poder dentro de la vida pública.

Ahora, cuando los hombres estaban creando una nueva nación, adjudicaron a la mujer el nuevo papel de «madre de la república», responsabilizándola de la educación de los ciudadanos varones que dirigirían la sociedad. Las mujeres republicanas iban a ser ahora las soberanas en la esfera doméstica, aunque los hombres continuaran reclamando para sí la esfera pública, incluida la vida económica.

Esferas separadas, determinadas por el sexo, como se define en el «culto a la verdadera feminidad», se convirtieron en la ideología prevalente. Mientras que los hombres institucionalizaban su predominio en la economía, la educación y la política, se animaba a la mujer a que se adaptara a un estatus de subordinación mediante una ideología que concedía una mayor importancia a su función de madre. (37)

En las primeras décadas del siglo XIX, las norteamericanas redefinieron en la práctica y en la teoría la posición que debían ocupar en la sociedad. Aunque las primeras feministas aceptaban en realidad la separación de esferas, transformaron el significado de este concepto al abogar por el derecho y el deber de la mujer a entrar en la vida pública en virtud de la superioridad de sus valores y la fuerza incorporadas a su papel de madres. Stanton transformó la
doctrina de una «esfera aparte» en un argumento feminista cuando dijo que
las mujeres tenían derecho a una igualdad porque eran ciudadanas y, como
tales, disfrutaban de los mismos derechos naturales que los hombres, y
porque al ser madres estaban mejor equipadas que los hombres para
mejorar la sociedad.

Un argumento maternalista-feminista parecido se puso de manifiesto en
la ideología del último movimiento sufragista y de aquellas reformistas que,
junto con Jane Addams, sostenían que el trabajo de las mujeres se extendía
apropiadamente a una «domesticidad municipal». Resulta muy interesante
que las feministas-maternalistas actuales hayan razonado de una forma
similar, basando sus datos en los informes psicológicos y en las pruebas de las
experiencias históricas de la mujer como alguien ajeno al poder político.
Dorothy Dinnerstein, Mary O’Brien y Adrienne Rich son las últimas de una larga cadena de maternalistas. (38)

Puesto que aceptaban las diferencias biológicas entre los sexos como algo
determinante, las maternalistas del siglo pasado no estaban tan interesadas
por la cuestión de los orígenes como sus seguidoras del siglo XX. Pero desde
el principio, con Bachofen, la negación de la universalidad de la
subordinación femenina estaba implícita en la corriente maternalista
evolutiva. Las maternalistas afirmaban que existió un modelo alternativo de organización social humana previo al patriarcado. Así pues, la búsqueda de un matriarcado era esencial para su teoría. Si se pudieran encontrar pruebas en cualquier momento y lugar de la existencia de sociedades matriarcales, entonces las reivindicaciones femeninas por una igualdad y por formar parte del poder tendrían un mayor prestigio y reconocimiento.

Hasta hace muy poco estas pruebas, tal y como se las podía encontrar, consistían en una combinación de arqueología, mitología, religión y artefactos de dudoso significado, ligados por medio de conjeturas. Parte esencial de este
argumento en pro de un matriarcado eran las pruebas, que aparecían por
doquier, de estatuillas de diosas-madre en muchas religiones antiguas, a
partir de las cuales las maternalistas afirmaban la existencia y la realidad del poder femenino en el pasado. Nos ocuparemos con más detalle de la
evolución de las diosas-madre en el capítulo 7; ahora sólo tenemos que
subrayar la dificultad que entraña deducir a partir de estas evidencias la
construcción de organizaciones sociales en las cuales dominaban las mujeres.

En vista de las pruebas históricas de la coexistencia de una idolatría
simbólica de las mujeres y el estatus inferior que realmente tienen, como
sucede en el culto a la Virgen María en la Edad Media, el culto a la señora
de la plantación en Norteamérica, o el de las estrellas de Hollywood en la
sociedad contemporánea, una vacila en elevar estas evidencias a la categoría
de prueba histórica.

Los antropólogos modernos han refutado las evidencias etnográficas
en las cuales Bachofen y Engels basaron sus argumentos. Esta evidencia,
tal y como se la presentaba, pasó a ser una prueba no del matriarcado
sino de una matrilocalidad y matrilinealidad. En contra de lo que antes
se creía, no se puede mostrar una conexión entre la estructura del
parentesco y la posición social que ocupan las mujeres. En muchas
sociedades matrilineales es un pariente varón, por lo general el hermano o
el tío de la mujer, quien controla las decisiones económicas y familiares.
(39)

Ahora tenemos a nuestro alcance un amplio corpus de datos
antropológicos modernos que describen organizaciones sociales
relativamente igualitarias y las soluciones complejas y diversas que las
sociedades dan al problema de la división del trabajo.(40) La literatura
está basada en las sociedades tribales modernas, con unos cuantos
ejemplos del siglo XIX. Ello plantea el problema, en especial al historiador,
de la fiabilidad de esta información para hacer generalizaciones respecto a los pueblos prehistóricos.

En todo caso, a partir de los datos que se tienen, parece que las sociedades más igualitarias se han de encontrar entre las tribus cazadoras y recolectoras, características por su interdependencia económica. Una mujer debe conseguir los servicios de un cazador para garantizarse una reserva de carne para sí y sus hijos. Un cazador debe asegurarse que una mujer le proporcione la comida de subsistencia para la cacería y para el caso en que ésta no sea fructífera. Como hemos dicho antes, en estas sociedades las mujeres son quienes aportan la mayor parte de los alimentos que se consumen y, sin embargo, en todas partes se da más valor a la caza y se la utiliza en los intercambios de presentes.

Estas tribus cazadoras y recolectoras inciden en la cooperación
económica y tienden a vivir en paz con otras tribus. Las rivalidades quedan ritualizadas en competiciones de canto o deportivas, pero no se las
fomenta en la vida diaria. Como siempre, los especialistas en el tema no se
muestran de acuerdo en las interpretaciones que hacen de las evidencias,
pero un examen cuidadoso de ellas permite sacar la generalización de que
en estas sociedades el estatus de los hombres y las mujeres está «separado
pero es igual». (41)

Hay una gran polémica entre los antropólogos acerca del modo de
categorizar a una sociedad. Varias antropólogas y escritoras feministas han
interpretado la complementariedad o incluso una ausencia clara de dominio
masculino como una prueba de igualdad o incluso de dominación por
parte de las mujeres. En esta línea, Eleanor Leacock describe el elevado
estatus de las iroquesas, especialmente antes de la invasión europea: su
poderoso cometido público de controlar la distribución de alimento y su
participación en el consejo de ancianos. Leacock interpreta estos hechos
como prueba de la existencia de un «matriarcado», definiendo el término
en el sentido de que «las mujeres tenían autoridad pública en las
principales áreas de la vida del grupo». (42)
Otras antropólogas, con los mismos datos y admitiendo el estatus relativamente alto y la fuerte posición de las iroquesas, se centran en el hecho de que éstas nunca fueron los líderes políticos de la tribu ni tampoco sus jefes. Señalan asimismo la singularidad de la situación de los iroqueses, que se basa en los abundantes recursos naturales de que disponían en el entorno en que
vivían. (43) Hay que advertir también que en todas las sociedades cazadoras y recolectoras las mujeres, no importa cuál sea su estatus social y económico, están siempre en algún aspecto subordinadas a los hombres.

No existe ni una sola sociedad que conozcamos donde el colectivo
femenino tenga el poder de adoptar decisiones sobre los hombres o donde
las mujeres marquen las normas de conducta sexual o controlen los
intercambios matrimoniales.

Es en las sociedades horticulturas donde encontramos más a menudo
mujeres dominantes o con mucha influencia en la esfera económica. En un
estudio realizado a partir de un muestreo de 515 sociedades horticultoras,
las mujeres dominaban las actividades agrícolas en un 41 por 100 de los
casos, si bien históricamente estas sociedades tendieron hacia el
sedentarismo y la agricultura de arado, en la que los hombres dominaban la
economía y la existencia política. (44)

La mayoría de las sociedades horticultoras estudiadas son patrilineales, a pesar del papel económico decisivo que desempeñan las mujeres. Parece que las sociedades horticultoras matrilineales surgen principalmente cuando se dan ciertas condiciones ecológicas: en los márgenes de bosques, donde no hay
rebaños de animales domésticos. Dado que estos hábitats están
desapareciendo, las sociedades matrilineales se encuentran casi extinguidas.

Resumiendo los hallazgos de los estudios concernientes a una dominación femenina, se pueden señalar los siguientes puntos:
1) La mayor parte de las evidencias de una igualdad femenina en la sociedad provienen de sociedades matrilineales, matrilocales, históricamente transicionales y actualmente en vías de desaparición.
2) Aunque la matrilinealidad y la matrilocalidad confieran ciertos derechos y privilegios a las mujeres, sin embargo el poder decisorio dentro del grupo de parentesco está en poder de los varones de más edad.
3) La patrilinealidad no implica subyugación de las mujeres, igual que la matrilinealidad no significa un matriarcado.
4) Desde una perspectiva temporal, las sociedades matrilineales han sido incapaces de adaptarse a los sistemas técnico-económicos, competitivos y explotadores, y han dado paso a las sociedades patrilineales.

La causa contra la universalidad del matriarcado en la prehistoria parece
claramente ganada gracias a la evidencia antropológica. Aun así, el debate
en torno al matriarcado es acalorado, sobre todo porque los abogados
defensores de la teoría del matriarcado han sido lo suficientemente
ambiguos con su definición del término de manera que éste incluya otras
categorías distintas. Quienes definen el matriarcado como una sociedad
donde las mujeres dominan a los hombres, una especie de inversión del
patriarcado, no pueden recurrir a datos antropológicos, etnológicos o
históricos. Basan su defensa en evidencias extraídas de la mitología y la
religión. (45)

Otros llaman matriarcado a cualquier tipo de organización social en que las mujeres tengan poder sobre algún aspecto de la vida pública. Aún hay otros que incluyen cualquier sociedad en la que las mujeres tengan un estatus relativamente alto. (46) La última definición es tan vaga que no tiene sentido como categoría. Creo de veras que sólo puede hablarse de matriarcado cuando las mujeres tienen un poder sobre los hombres y no a su lado, cuando ese poder incluye la esfera pública y las relaciones con el exterior, y cuando las mujeres toman decisiones importantes no sólo dentro de su grupo de parentesco sino también en el de su comunidad.

Continuando la línea de mi anterior exposición, dicho poder debería incluir el poder para definir los valores y sistemas explicativos de la sociedad y el poder de definir y controlar el comportamiento sexual de los hombres. Podrá observarse que estoy definiendo el matriarcado como un reflejo del patriarcado. Partiendo de esta definición, he de terminar por decir que nunca ha existido una sociedad matriarcal.

Han habido, y todavía hay, sociedades en las que las mujeres comparten el poder con los hombres en muchos o algunos de los aspectos de la vida, y sociedades en las que el colectivo femenino tiene un considerable poder para influir en el poder masculino o controlarlo.

Existen también, y han existido en la historia, mujeres solas que tienen
todos o casi todos los poderes de los hombres a quienes representan o a
quienes suplen, como las reinas y gobernantas. Como se va demostrar en
este libro, la posibilidad de compartir el poder económico y político con
hombres de su clase o en su lugar ha sido precisamente un privilegio de
algunas mujeres de clase alta, lo que las ha confinado más cerca del
patriarcado.

Hay algunas evidencias arqueológicas de la existencia de sociedades en
el neolítico y en la Edad del Bronce en las que las mujeres gozaban de una
alta estima, lo que también puede indicar que tenían algún poder. La
mayor parte de dichas evidencias consisten en estatuillas femeninas,
interpretadas como diosas de la fertilidad; y, en la Edad del Bronce, de
artefactos artísticos que representan a las mujeres con dignidad y
atributos de un estatus alto. Evaluaremos la evidencia concerniente a las
diosas en el capítulo 7 y hablaremos de la sociedad mesopotámica en la
Edad del Bronce en todo el libro. Pasemos ahora a revisar, brevemente,
las pruebas en un caso concreto, frecuentemente citado por los que abogan en pro de la existencia del matriarcado: el ejemplo de Catal Hüyük, en Anatolia (hoy Turquía).

Las excavaciones dirigidas por James Mellaart, en concreto las de Hacilar
y Catal Hüyük, aportaron una gran información sobre el desarrollo de las
primeras ciudades de la región. Catal Hüyük, un asentamiento urbano del
neolítico con capacidad para 6.000 a 8.000 personas, fue edificado en
sucesivas etapas durante un período de 1.500 años (6250-5720 a.C.), y donde
la nueva ciudad cubría los restos de los asentamientos más antiguos. La
comparación de los diversos niveles del asentamiento urbano de Catal
Hüyük con los de Hacilar, un poblado de menor tamaño y más antiguo
(construido entre el 7040-7000 a.C.), nos permite hacernos una idea de una
sociedad antigua en vías de cambio histórico. (47)

Catal Hüyük era una ciudad construida formando una colmena de casas particulares que mostraban muy poca variación en el tamaño y la
decoración. Se accedía a las casas por el terrado con ayuda de una
escalera; cada una estaba equipada con un hogar hecho de ladrillos y
un horno. Cada casa disponía de una gran plataforma que servía para
dormir, bajo la cual se hallaron enterramientos de mujeres y a veces de
niños. Se encontraron plataformas más pequeñas en diferentes posiciones
en distintas habitaciones, a veces con hombres y otras con niños
enterrados debajo, aunque nunca con ambos juntos. Las mujeres eran
sepultadas con espejos, joyas e instrumentos de hueso y piedra; los
hombres con sus armas, anillos, cuentas y herramientas.
Los recipientes de madera y los tejidos hallados en el yacimiento muestran un elevado nivel técnico y de especialización, así como un amplio comercio. Mellaart encontró alfombrillas de junco, cestos tejidos y numerosos objetos de
obsidiana que indican que la ciudad mantenía un comercio a larga distancia y disfrutaba de considerable riqueza. En los últimos niveles
aparecieron restos de una amplia muestra de alimentos y cereales, así
como de la domesticación de la oveja, la cabra y el perro.

Mellaart cree que sólo las personas privilegiadas eran enterradas dentro
de las casas. De las 400 personas que hay enterradas allí, sólo 11 son
enterramientos con «ocre», es decir, que sus esqueletos estaban teñidos
de ocre rojo, lo que Mellaart explica como un signo de estatus elevado.
Puesto que muchos de-ellos eran de mujeres, Mellaart sostiene que ellas
ocupaban un estatus alto en la sociedad, y especula que podría tratarse
de sacerdotisas. Esta evidencia se debilita un tanto por el hecho de que
de los 222 esqueletos de individuos adultos hallados en Catal Hüyük, 136
eran mujeres, una proporción inusualmente elevada. (48) Si Mellaart se
encontró con que la mayoría de los enterramientos «a base de ocre» eran
femeninos, puede que simplemente se deba a la proporción general de
sexos de la población. De todas maneras indica que las mujeres estaban
entre las personas de alto rango, es decir, siempre que las conjeturas de
Mellaart acerca del significado de un enterramiento «con ocre» sean
correctas.

La ausencia de calles, de una gran plaza o de un palacio y la
uniformidad en el tamaño y la decoración de las casas hicieron pensar a
Mellaart que en Catal Hüyük no existía una jerarquía ni una autoridad
política central, y que ésta era compartida entre sus habitantes. La primera conjetura parece correcta y se puede sustentar en evidencias
comparativas, pero no se puede demostrar a partir de ello que se
compartiese la autoridad. La autoridad, incluso en ausencia de una
estructura palaciega o de un corpus formal de gobierno, podría haber
residido en el cabeza de cada grupo de parentesco o en un grupo de
ancianos. No hay nada entre las evidencias que aporta Mellaart que
demuestre la existencia de una autoridad compartida.

Los diversos estratos de Catal Hüyük muestran un número extraordinariamente elevado de lugares de culto, profusamente decorados
con pinturas murales, relieves en yeso y estatuas. En los niveles inferiores de la excavación no hay representaciones figurativas humanas, sólo toros y
carneros, pinturas de animales y astas de toro. Mellaart lo interpreta
como representaciones simbólicas de dioses masculinos. En el nivel
correspondiente al 6200 a.C. aparecen las primeras representaciones de
estatuillas femeninas, con pechos, nalgas y caderas enormemente
exagerados. Algunas aparecen sentadas, otras en el momento del parto;
están rodeadas de pechos en yeso sobre las paredes, algunos de ellos
modelados sobre cráneos y mandíbulas de animales. Hay también una
estatua extraordinaria que representa una figura masculina y otra
femenina abrazadas, y junto a ella otra de una mujer que sostiene un
niño en brazos. Mellaart cree que son deidades y señala que están
asociadas tanto con la vida como con la muerte (dientes y mandíbulas de
buitre en los pechos); también advierte su asociación con flores, cereales y
diseños vegetales en las decoraciones y con leopardos (símbolo de la caza)
y buitres (símbolo de la muerte). En los últimos niveles no hay
representaciones de dioses masculinos.

Mellaart piensa que en Catal Hüyük el varón era objeto de orgullo,
valorado por su virilidad, y que se reconocía su papel dentro de la procreación. Cree que hombres y mujeres compartían el poder y el control de la comunidad en el período más antiguo y que ambos participaban en las cacerías. Esto último se basa en lo que muestran las pinturas murales, que presentan a mujeres participando en una escena ritual o de caza en la que hay un ciervo y un jabalí. Parece una conclusión muy exagerada, si se tiene en cuenta que ambas pinturas murales muestran a muchos hombres participando en la cacería y rodeando al animal, mientras que sólo hay dos figuras femeninas visibles, ambas con las piernas muy separadas, lo que puede tener algún simbolismo sexual pero que parece bastante incompatible con mujeres que participen en la caza.(49)

A partir de la estructura que tienen los edificios y las plataformas, Mellaart deduce que la organización de la comunidad era matrilineal y matrilocal. Esto sí que parece probable según las evidencias. Cree que las mujeres desarrollaron la agricultura y controlaban sus productos. Argumenta, a partir de la falta de indicios de sacrificio en los altares, que no existía una autoridad central ni una casta militar y afirma que en todo Catal Hüyük no hay ni una prueba de guerra durante un período de 1.000 años. Mellaart también defiende la idea de que las mujeres crearon la religión neolítica y que ellas eran principalmente las artistas.

Estos hallazgos y evidencias han sido objeto de diversas interpretaciones. En un especializado estudio, P. Singh detalla todas las evidencias de Mellaart
y las pone en el contexto de otros yacimientos neolíticos, pero omite las
conclusiones de Mellaart excepto las de la economía de la ciudad.(50) Ian
Todd, que participó en algunas de las campañas de Catal Hüyük, advierte
en un estudio realizado en 1976 que la naturaleza restringida de las
excavaciones en Catal Hüyük hace que las conclusiones relativas a la
estratificación de la sociedad sean prematuras. Está de acuerdo en que los
descubrimientos arqueológicos presentan una sociedad con una compleja
estructura social, pero concluye diciendo que «si la sociedad era realmente
matriarcal, como se ha sugerido, es algo que no se puede saber». (52)

Anne Barstow, en una interpretación prudente, está de acuerdo con la
mayoría de las conclusiones de Mellaart. Hace hincapié en la importancia de
las observaciones de Mellaart en lo que respecta a la celebración de la
fecundidad y el poder de las mujeres y de su papel como creadoras de la
religión, pero no halla ninguna evidencia a favor de un matriarcado. (52)
Ruby Rohrlich recoge la misma evidencia y a partir de ella argumenta la
existencia de un matriarcado. Acepta sin reservas las generalizaciones de
Mellaart y argumenta que sus datos rebaten la universalidad de la
supremacía masculina en las sociedades humanas. El ensayo de Rohrlich es
importante pues dirige la atención sobre diversos elementos que evidencian
un cambio social en cuanto a las relaciones entre sexos durante el período de
formación de los estados arcaicos, pero su confusión en la distinción entre
relaciones igualitarias entre hombre y mujer y matriarcado oscurece
nuestra visión. (53)

Los hallazgos de Mellaart son importantes, pero debemos mostrarnos
precavidos ante las generalizaciones que hace al respecto del papel de
las mujeres. Parece que hay evidencias claras de matrilocalidad y culto a
diosas. La cronología del inicio de este culto es incierta: Mellaart lo vincula
al comienzo de la agricultura, que él cree que otorgó un estatus más
alto a las mujeres. Como veremos, en muchas sociedades se da todo lo
contrario. Mellaart podría haber dado una mayor fuerza a su argumento
si hubiera usado los descubrimientos de uno de sus colaboradores,
Lawrence Angel, quien a partir del análisis de los restos humanos halló un
incremento significativo en la esperanza media de vida de las mujeres del
neolítico con respecto a las del paleolítico, de 28,2 a 29,8 años. Este aumento
de la longevidad de las mujeres de casi dos años debe ser considerado
frente a la esperanza media de vida, de 34,3 años en Catal Hüyük.
En otras palabras, aunque los hombres vivían cuatro años más que las mujeres se produjo un considerable aumento de la longevidad femenina en
comparación con el período anterior. Este incremento pudo deberse al paso
de la caza y recolección a la agricultura, y pudo dar a las mujeres un papel
relativamente más dominante en aquella cultura. (54) Las observaciones que
Mellaart hace acerca de la ausencia de guerras en Catal Hüyük debe
evaluarse frente a las abundantes evidencias de la existencia de luchas y
comunidades militares en las regiones vecinas. Y, finalmente, no podemos
omitir de la consideración el súbito e inexplicable abandono del asentamiento por parte de sus habitantes hacia 5700 a.C., que parece indicar una derrota militar o la incapacidad de la comunidad para adaptarse a unas condiciones ecológicas en transformación. En cualquiera de los dos casos, confirmaría la observación de que las comunidades con relaciones relativamente igualitarias entre sexos no sobreviven. (55)

Aun así, Catal Hüyük nos presenta pruebas sólidas de la existencia de algún tipo de modelo alternativo al patriarcado. Sumándolas a las otras evidencias que hemos citado, podemos afirmar que la subordinación femenina no es universal, aunque no tengamos prueba alguna de la existencia de una sociedad matriarcal. Pero las mujeres, igual que los hombres, sienten una profunda necesidad de un sistema explicativo coherente, que no nos diga
únicamente qué es y por qué ha de ser así, sino que permita una visión
alternativa en el futuro. (56) Antes de pasar a la discusión de los testimonios
históricos sobre el establecimiento del patriarcado, presentaremos un
modelo hipotético de este tipo: para liberar la mente y el alma, para
jugar con las posibilidades, para considerar las alternativas.

1. Véanse los capítulos 10 y 11, para una discusión más detallada de esta postura.
2. Véase, por ejemplo, George P. Murdock, Our Primitive Contemporaries, Nueva York, 1934; R. B. Lee e Irven De Vore, eds., Man, the Hunter, Chicago, 1968. Margaret Mead, en Male and Female, Nueva York, 1949, aunque presente algo novedoso cuando demuestra la existencia de una amplia gama de actitudes sociales hacia las funciones según el sexo, acepta la universalidad de la asimetría sexual.
3. Véanse Lionel Tiger, Men in Groups, Nueva York, 1970, cap. 3; Robert Ardrey, The Territorial Imperative: A Personal Inquiry into the Animal Origins of Property and Nations, Nueva York, 1966:
Alison Jolly, The Evolution of Primate Behaviour, Nueva York, 1972; Marshall Sahlins, «The Origins of Society», Scientific American, vol. 203, n.° 48 (septiembre de 1960), pp. 76-87. Si se quiere ver una explicación androcéntrica, en la que se valora negativamente a los hombres y en
la que se culpa a sus impulsos agresivos de ser la causa de la guerra y de la subordinación de las mujeres, léase a Marvin Harris, «Why Men Domínate Women», Columbia (verano de 1978), pp. 9-13 y 39.
4. Simone de Beauvoir, The Second Sex, Nueva York, 1953, reimpresión, 1974, pp. xxxiii-xxxiv [para las traducciones castellanas de las obras citadas, véase la Bibliografía].
5. Peter Farb, Humankind, Boston, 1978, cap. 5; Sally Slocum, «Woman the Gatherer: Male Bias in Anthropology», en Rayna R. Reiter, Toward an Anthropology of Women, Nueva York, 1975, pp.
36-50. Una interesante revisión del artículo de Sally Slocum, hecha desde otro punto de vista, puede leerse en Michelle Z. Rosaldo, «The Use and Abuse of Antropology: Reflections on Feminism and Cross-Cultural Understanding», SIGNS, vol. 5, n.° 3 (primavera de 1980), pp. 412-413, 213.
6. Michelle Zimbalist Rosaldo y Louise Lamphere, «Introduction», en M. Z. Rosaldo y L. Lamphere, Woman, Culture and Society, Stanford, 1974, p. 3. Para una discusión más amplia, véase Rosaldo, «A Theoretical Overview», ibid., pp. 16-42; L. Lamphere, «Strategies, Cooperation, and Conflict Among Women in Domestic Groups», ibid., pp. 97-112. Véase también Slocum, en el libro de Reiter, Anthropology of Women, pp. 36-50, y los artículos de Patricia Draper y Judith K. Brown, en el mismo libro. Sobre un ejemplo de complementariedad de los sexos, véase Irene Silverblatt, «Andean Women
in the Inca Empire», Feminist Studies, vol. 4, n.° 3 (octubre de 1978), pp. 37-61. En el libro de Peggy Reeves Sanday, Female Power and Male Dominante: On the Origins of Sexual Inequality, Cambridge, 1981, se puede encontrar una revisión de toda la literatura sobre este tema y una interpretación interesante de ello.
7. M. Kay Martin y Barbara Voorhies, Female of the Species, Nueva York, 1975, en especial el cap. 7; Nancy Tanner y Adrienne Zilhlman, «Women in Evolution, Part 1: Innovation and Selection in Human Origins», en SIGNS, vol. 1, n.° 3 (primavera de 1976), pp. 585-608.
8. Elise Boulding, «Public Nurturance and the Man on Horseback», en Meg Murray, ed., Face to Face: Fathers, Mothers, Masters, Monsters – Essays for a Non-sexist Future, Westport, Connecticut, 1983, pp. 273-291.
9. Las obras de William Alcott, The Young Woman’s Book of Health, Boston, 1850, y Edward H. Clarke, Sex in Education or a Fair Chance for Cirls, Boston, 1878, son típicas de las posturas del siglo XIX. Una discusión reciente en torno a la visión decimonónica de la salud femenina se encuentra en Mary
S. Hartman y Lois Banner, eds., Clio’s Consciousness Raised: New Perspectives on the History of Women, Nueva York, 1974. Véanse los artículos de Ann Douglas Wood, Carroll Smith-Rosenberg y Regina Morantz.
10. Naomi Weisstein fue quien expuso por primera vez la tendencia patriarcal inconsciente que existía en los experimentos psicológicos denominados científicos en «Kinder, Küche, Kirche as Scientific Law: Psychology Constructs the Female», en Robin Morgan, ed., Sisterhood is Powerful:
An Anthology of Writings from the Women’s Liberation Movement, Nueva York, 1970, pp. 205-220.
11. La visión freudiana tradicional aparece en: Sigmund Freud, «Female Sexuality» (1931), en The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, vol. 21, Londres, 1964; Ernest Jones, «Early Development of Female Sexuality», International Journal of Psycho-Analysis,
vol. 8 (1927), pp. 459-472; Sigmund Freud, «Some Physical Consequences of the Anatomical Distinction Between the Sexes» (1925), en Standard Edition, vol. 19 (1961); Erik Erikson, Childhood and Society, Nueva York, 1950; Helene Deutsch, Psychology of Women, vol. 1 (Nueva York, 1944). Véase
asimismo la discusión de la postura freudiana revisionista en Jean Baker Miller, ed., Psychoanalysis and Women, Harmonds worth, Inglaterra, 1973.
12. Véase, por ejemplo, Ferdinand Lundberg y Marynia Farnham, M. D., Modern Women: The Lost Sex, Nueva York, 1947.
13. Edward O. Wilson, Sociobiology: The New Synthesis, Cambridge, Massachusetts, 1975, en especial el último capítulo: «Man: From Sociobiology to Sociology».
14. Ruth Bleier, Science and Gender: A Critique of Biology and Its Theories on Women, Nueva York, 1984, cap. 2. Véase también Marian Lowe, «Sociobiology and Sex Differences», en SIGNS, vol. 4, n.° 1 (otoño de 1978), pp. 118-125. Un número especial de SIGNS, «Development and the Sexual Division of Labor», vol. 7. n.° 2 (invierno de 1981), trata la cuestión desde una óptica feminista, empírica y teórica a la vez. Véase en concreto el artículo de María Patricia Fernández Kelly, «Development and the Sexual Division of
Labor: An Introduction», pp. 268-278.
15. Para un resumen esclarecedor del impacto de los cambios demográficos sobre las mujeres, véase Robert Wells, «Women’s Lives Transformed: Demographic and Family Patterns in America, 1600-1970», en Carol Ruth Berkin y Mary Beth Norton, eds., Women of America, A History, Boston, 1979, pp. 16-36.
16. Estas críticas se encuentran mucho mejor sintetizadas en una serie de ensayos aparecidos en SIGNS. Cf.: Mary Brown Parlee, «Psychology», vol. 1, n.° 1 (otoño de 1975), pp. 119-138; Carol Stack et al., «Anthropology», ibid., pp. 147-160; Reesa M. Vaughter, «Psychology», vol. 2, n.° 3 (otoño de 1976), pp. 120-146; Louise Lamphere, «Anthropology», vol. 2, n.° 3 (primavera de 1977), pp. 612-627.
17. Gayle Rubin, «The Traffic in Women: Notes on the “Political Economy” of Sex», en Reiter, Anthropology of Women, p. 159.
18. Friedrich Engels, The Origin of the Family, Private Property and the State, editado por Eleanor Leacock, Nueva York, 1972.
19. J. J. Bachofen, Myth, Religion and Mother Right, traducido por Ralph Manheim, Princeton, 1967; y Lewis Henry Morgan, Ancient Society, editado por Eleanor Leacock, Nueva York, 1963; reimpresión de la edición de 1877.
20. Engels, Origin, p. 218.
21. Hay un estudio sobre la división del trabajo según los sexos en 224 sociedades en Murdock, Our Primitive Contemporaries, Nueva York, 1934, y George P. Murdock, «Comparative Data on the Division of Labor by Sex», en Social Forces, vol. 15, n.° 4 (mayo de 1937), pp. 551-553. Karen Sacks ha evaluado estos datos y ha formulado una crítica desde la perspectiva feminista en Sisters and Wives: The Past and Future of Sexual Equality, Westport, Connecticut, 1979, caps. 2 y 3.
22. Engels, Origin, pp. 220-221.
23. Ibid., p. 137; primera cita; pp. 120-121, segunda cita.
24. Mary Jane Sherfey, M. D., presenta la teoría biológico-determinista contraria en The Nature and Evolution of Female Sexuality, Nueva York, 1972. Sherfey defiende que la ilimitada capacidad orgásmica de las mujeres y el estro perpetuo eran un problema para la naciente vida comunitaria en el período neolítico. La biología femenina propiciaba los conflictos entre los hombres e impedía la cooperación dentro del grupo, dando lugar a que los hombres instituyeran los tabúes del incesto y el dominio sexual masculino para controlar el potencial socialmente destructivo de la sexualidad femenina. 25. Engels, Origin, p. 129.
26. Claude Lévi-Strauss, The Elementary Structures of Kinship, Boston, 1969, p. 481.
27. Gayle Rubin, «Traffic in Women», en Reiter, Anthropology of Women, p. 177.
28. Hay una crítica feminista a la teoría de Lévi-Strauss en Sacks, Sisters, pp. 55-61.
29. Sherry Ortner, «Is Female to Male as Nature Is to Culture?», en Rosaldo y Lamphere, Woman, Culture and Society, pp. 67-88.
30. Ibid., pp. 73-74.
31. El debate queda muy bien definido en dos colecciones de ensayos: Sherry B. Ortner y Harriet Whitehead, eds., Sexual Meanings: The Cultural Construction of Gender and Sexuality, Nueva York, 1981, y Carol MacCormack y Marilyn Strathern, eds., Nature, Culture and Gender, Cambridge, Inglaterra, 1980.
32. Johann Jacob Bachofen, Das Mutterrecht: Eine Untersuchung über die Gynaikokratie der alten Welt nach ihrer religiösen und rechtlichen Natur, Stuttgart, 1861.
33. Cf. Charlotte Perkins Gilman, Women and Economics, Nueva York, 1966, reimpresión de la edición de 1898; Helen Diner, Mothers and Amazons: The First Feminine History of Culture, Nueva York, 1965; Elizabeth Gould Davis, The First Sex, Nueva York, 1971; Evelyn Reed, Women’s Evolution,
Nueva York, 1975.
34. Robert Briffault, The Mothers: A Study of the Origins of Sentiments and Institutions, 3 vols., Nueva York, 1927; véase también la Introducción de Joseph Campbell al Das Mutterrecht de Bachofen, pp. xxv-vii.
35. Bachofen, Das Mutterrecht, p. 79.
36. Cf. Discursos de E. Cady Stanton, en Ellen DuBois, ed., Elizabeth Cady Stanton and Susan B. Anthony: Correspondence, Writings, Speeches, Nueva York, 1981.
37. Sobre este cambio en la actitud hacia las mujeres, véanse Mary Beth Norton, Liberty’s Daughters: The Revolutionary Experience of American Women, 1750-1800, Boston, 1980, caps. 8, 9 y las conclusiones; y Linda Kerber, Women of the Republic: Intellect and Ideology in Revolutionary
America, Chapel Hill, 1980, cap. 9.
38. La idea de las aptitudes especiales de la mujer para reformar y prestar servicios a la comunidad aparece en toda la obra de Jane Addams. Influyó en el pensamiento de Mary Beard, quien lo sustentó con evidencias históricas en Women’s Work in Municipalities, Nueva York, 1915. Se pueden encontrar
ejemplos de la postura maternalista moderna en Adrienne Rich, Of Woman Born: Motherhood Experience and Institution, Nueva York, 1976; y Dorothy Dinnerstein, The Mermaid and the Minotaur, Nueva York, 1977. Mary O’Brien, The Politics of Re production, Boston, 1981, elabora una teoría
explicativa dentro del esquema marxista en la que se equipara el trabajo reproductivo al trabajo económico. Esta postura subyace en la ideología del movimiento pacifista de las mujeres y está expresada por feministas ecologistas tales como Susan Griffin, Woman and Nature: The Roaring Inside Her, Nueva York, 1978; y Robin Morgan, The Anatomy of Freedom: Feminism, Physics and Global Politics, Nueva York, 1982. Alice Rossi presenta un argumento maternalista diferente en «A Biosocial Perspective on Parenting», Daedalus, vol. 106, n.° 2 (primavera de 1977), pp. 1-31. Rossi acepta los argumentos de la sociobiología y se sirve de ellos con fines feministas. Pide una reestructuración de las instituciones sociales que permita a las mujeres cumplir sus funciones de ser madres y cuidadoras de los niños sin tener que abandonar su lucha por la igualdad y las oportunidades. Rossi ha aceptado sin plantear críticas las afirmaciones ahistóricas y sin base científica de la sociobiología, y difiere de la mayoría de feministas en que no defiende que los hombres hayan de compartir por igual el cuidado de los niños. Aun así, su postura merece que se le preste atención ya que es una variedad del pensamiento maternalista y a causa de su papel pionero en la crítica feminista desde el campo de la sociobiología.
39. Martin y Voorhies, Female of the Species, p. 187, describen las pautas económicas de estas sociedades.
40. Se repasa perfectamente esta literatura en N. Tanner y A. Zihlman (véase la nota 7), y en Sacks, Sisters and Wives, caps. 2 y 3.
41. Martin y Voorhies, Female of the Species, p. 190. Sobre ejemplos de estos desacuerdos entre los especialistas, véase la nota 43, más adelante, y el trabajo de Leacock sobre los esquimales. Respecto a otras interpretaciones diferentes: Jean L. Briggs, «Eskimo Women: Makers of Men», en Carolyn J. Matthiasson, Many Sisters: Women in Cross-Cultural Perspective, Nueva York, 1974, pp. 261-304, y Elise Boulding, The Underside of History: A View of Women Through Time, Boulder, Colorado, 1976, p. 291.
42. Eleanor Leacock, «Women in Egalitarian Societies», en Renate Bridenthal y Claudia Koonz, Becoming Visible: Women in European History, Boston, 1977, p. 27.
43. Sobre una descripción y un análisis detallados de la posición de las iroquesas, véase Judith K. Brown, «Iroquois Women: An Ethnohistoric Note», en Reiter, Anthropology of Women, pp. 235-251. El análisis presentado en Martin y Voorhies, Female of the Species, pp. 225-229, es interesante
porque insiste en la poderosa posición de las iroquesas sin catalogarlo de matriarcado. La afirmación parecida que hace Eleanor Leacock respecto a la existencia de un matriarcado es puesta en duda por Farb, pp. 212-213, y Paula Webster, «Matriarchy: A Vision of Power», en Reiter, Anthropology, pp. 127-156.
44. Martin y Voorhies, Female of the Species, p. 214. Véase asimismo David Aberle, «Matrilineal Descent in Crosscultural Perspective», en Kathleen Gough y David Schneider, eds., Matrilineal Kinship, Berkeley, 1961, pp. 657-727.
45. Para un estudio global de toda la literatura existente sobre las amazonas, véase Abby Kleinbaum, The Myth of Amazons, Nueva York, 1983. La conclusión a la que llega la autora es que las amazonas nunca existieron, pero que el mito de su existencia sirvió para reforzar la ideología patriarcal.
46. Sin tener en cuenta la estructura familiar y la organización del parentesco, el hecho de que las mujeres ostenten un estatus elevado no implica necesariamente que tengan poder. Rosaldo afirma de modo convincente que incluso cuando poseen un poder formal, carecen de autoridad y cita a las iroquesas a modo de ejemplo. En aquella sociedad matrilineal algunas mujeres
ocupaban cargos con prestigio y se sentaban en el consejo de ancianos aunque sólo los hombres podían llegar a jefes. Un ejemplo de una cultura con una organización patriarcal y en la que las mujeres tenían el poder económico es el shtetl judío a comienzos del siglo XX. Dirigían los negocios, ganaban el dinero y controlaban la economía familiar; por medio del cotilleo, la concertación de alianzas matrimoniales y gracias al ascendiente que tenían sobre sus hijos, ejercían una gran influencia en la política. Y sin embargo mostraban una actitud deferente hacia sus padres y maridos e idolatraban la figura del sabio por definición un varón, como la persona con mayor estatus dentro de la comunidad. Véase Michelle Rosaldo, «A Theoretical
Overview», en Rosaldo y Lamphere, Woman, Culture and Society, pp. 12-42.
47. La siguiente descripción se ha realizado a partir de James Mellaart, Catal Hüyük: A Neolithic Town in Anatolia, Nueva York, 1967. Asimismo: James Mellaart, «Excavations at Catal Hüyük, 1963, Third Preliminary Report», Anatolian Studies, vol. 14 (1964), pp. 39-102; James Mellaart, «Excavations at Catal Hüyük, 1965, Fourth Preliminary Report», Anatolian Studies, vol. 16 (1966), pp. 165-192; Ian A. Todd, Catal Hüyük in Perspective, Menlo Park, 1976.
48. Lawrence Angel, «Neolithic Skeletons from Catal Hüyük», Anatolian Studies, vol. 21 (1971), pp. 77-98, 80. La presencia de ocre sobre los huesos se debe a que, al parecer, primero se dejaban los cuerpos a los buitres, que los limpiaban de carne, y luego se enterraban. Varias pinturas murales del yacimiento ilustran el proceso.
49. Mellaart, «Fourth Preliminary Report». Hay que señalar que las conjeturas y las interpretaciones que presenta Mellaart en sus informes de excavación son más comedidas que las que aparecen en el libro final. Véase asimismo Todd, Catal Hüyük in Perspective, pp. 44-45. 50. Purushottam Singh, Neolithic Cultures of Western Asia, Londres, 1974, pp. 65-78, 85-105.
51. Todd, Cata! Hüyük in Perspective, p. 133.
52. Anne Barstow, «The Uses of Archaeology for Women’s History: James Mellaart’s Work on the Neolithic Goddess at Catal Hüyük», Feminist Studies, vol. 4, n.° 3 (octubre de 1978), pp. 7-18.
53. Ruby Rohrlich-Leavitt, «Women in Transition: Crete and Sumer», en Bridenthal y Koonz, Becoming Visible, pp. 36-59; y Ruby Rohrlich, «State Formation in Sumer and the Subjugation of Women», Feminist Studies, vol. 6, n.° 1 (primavera de 1980), pp. 76-102. Las referencias que hago corresponden en su mayoría a este último ensayo.
54. Angel (véase la nota 48), pp. 80-96
55. Todd, Catal Hüyük in Perspective, p. 137.
56. Paula Webster, después de examinar todas las evidencias a favor de un matriarcado, llegó a la conclusión de que no puede probarse su existencia, pero explicó que las mujeres necesitaban tener la «visión de un matriarcado» que les ayudara a dar forma a su futuro frente a las innumerables evidencias de falta de poder y de subordinación. Véase Paula Webster, «Matriarchy: A Vision of Power», en Reiter, Anthropology of Women, pp. 141-156; asimismo en Joan Bamberger, «The Myth of Matriarchy: Why Men Rule in Primitive Society», en Rosaldo y Lamphere, Woman, Culture and Society, pp. 263-280

Avatares del concepto de imperio

AVATARES DEL CONCEPTO DE IMPERIO: DESDE ROMA HASTA WASHINGTON
Anthony PAGDEN

Ariadna histórica. Lenguajes, conceptos, metáforas, 3 (2014), pp. 79-96 ISSN: 2255-0968 http://www.ehu.es/ojs/index.php/Ariadna/index
University of California, Los Angeles – Department of Political Science (EE.UU.)
pagden@ssc.ucla.edu

Resumen: Este ensayo plantea que en el contexto del continuo debate sobre la naturaleza imperial de los Estados Unidos puede ser útil ofrecer una evaluación histórica de qué es lo que constituye un “imperio”. Después de examinar un cierto número de argumentos sobre imperio y prácticas imperiales desde la antigua Roma hasta la Gran Bretaña del siglo XIX, se afirma que el rasgo definitorio de todo imperio, lo que lo distingue de los Estados-nación, es la interpretación del concepto de soberanía.

Desde 1648, la estatalidad se ha definido sobre la soberanía indivisible e incuestionable. Por otro lado, en los imperios, la soberanía siempre ha sido divisible. En este caso, los Estados Unidos, aunque debido a sus acciones más allá de sus fronteras se ha ganado la etiqueta de “imperialista”, no puede clasificarse como imperio desde el momento en que nunca ha estado dispuesto, excepto por un corto lapso de tiempo, a compartir la soberanía con ninguno de los Estados que ha ocupado.

Palabras clave: Imperio; Estados Unidos; conquista, colonia; Unión Europea

En el momento álgido de la segunda guerra de Irak, hubo un intenso debate en torno a si los Estados Unidos eran o no un “imperio”, y si así era, qué es lo que tal cosa implicaba. La mayoría de los que participaron en este debate tendían a equiparar el concepto de “imperio” con “imperialismo” —entendido éste en su sentido más amplio y con la acepción con la que el término se usaba en el siglo XIX—, equiparándolo con el uso del poder militar en gran medida descontrolado. Los Estados Unidos eran, sin duda alguna, una superpotencia, etiqueta que también se le había adjudicado a la Unión

Soviética, y eso significaba que eran un “imperio”. Como el gran liberal francés Raymond Aron señaló en 1959: imperio, al igual que “imperialismo”, fue un término acuñado por los rivales, o espectadores, para denominar a la diplomacia de una gran potencia”, algo que solo ejercían o poseían los demás1. Sucede además que la mayoría de los debates —por otro lado cada vez menos abundantes— sobre si Estados Unidos es o no es un imperio no abordan, como ha señalado Eric Hobsbawm, “las historias de los imperios como tales” sino que lo que hacen es tratar “de aplicar viejas denominaciones a desarrollos históricos que no necesariamente se adecuan a viejas realidades”2.
1 Citado en TODOROV, Tzvetan: Le nouveau désordre mondial. Réflexions d’un Européen, París, Robert Laffont, 2003, p. 38.
2 HOBSBAWM, Eric: On Empire, America, War and Global Supremacy, Nueva York, Londres, New Press, 2008, p. 61.
A raíz de la debacle en Irak y Afganistán, tal debate fue perdiendo la mayor parte de su carga polémica, pero la cuestión histórica de “qué es un imperio” sigue sin resolverse. Actualmente, los imperios parece que han dejado de existir, pero estos han sido las estructuras humanas más frecuentes y de mayor extensión, si se los compara con lo que han llegado a ser jamás los territorios tribales o las naciones. Por nombrar solo algunos de los ejemplos más evidentes, Roma perduró durante unos seiscientos años en Occidente y durante más de un milenio en Oriente. El Imperio otomano lo hizo durante más de seiscientos años y el Imperio chino, si bien gobernado por dinastías sucesivas, existió durante más dos mil años3.
3 BURBANK, Jan y COOPER, Fredrick: Empires in World History. Power and the Politics of Difference, Princeton, Princeton University Press, 2010, p. 2
En comparación, la mayoría de Estados-nación del mundo apenas tienen un siglo de vida, y la mayor parte de estos han emergido de las ruinas de un tipo u otro de imperio. Lo que el antropólogo Marshall Sahlins describió una vez como el “pintoresco concepto occidental de que la dominación es una expresión espontánea de la naturaleza de la sociedad” es algo relativamente reciente, y exclusivamente de origen europeo4.
4 SAHLINS, Marshall: Islands of History, Chicago, Chicago University Press, 1985, pp. 75-76.
Por esa razón, y atendiendo a la existencia de al menos una forma política emergente en el mundo moderno —la Unión Europea—, que ha sido descrita como un “imperio neo-medieval”, aportar algunas ideas sobre lo que fueron los imperios, o sobre lo que se creía que eran, podría ser de utilidad5.
5 ZIELONKA, Jan: Europe as Empire. The nature of the enlarged European Union, Oxford, Oxford University Press, 2006, pp. 1-20. Véase también WAEVER, Ole: “Imperial metaphors: emerging European analogies to pre-nation-state imperial systems”, en Ola TUNANDER et al. (eds.), Geopolitics in Post-Wall Europe. Security, Territory and Identity, Oslo, International Peace Institute, 1997, pp. 59-73
“Un concepto no definido”, observó en cierta ocasión Giovanni Sartori, “es un concepto que no tiene límites”, y dichos conceptos son inútiles cuando no peligrosos6.
6 SARTORI, Giovanni: The Theory of Democracy Revisited, Chatham, NJ, Chatham House, 1987, p. 182.
El término “imperio” ha sido utilizado para describir sociedades tan diversas como los sistemas de distribución de tributos de la América precolombina —los denominados imperios azteca e inca—, Estados tribales de conquista —los imperios mongol y otomano—, las “monarquías pluriestatales” europeas —los imperios Habsburgo y austro-húngaro— y hasta las redes de clientela económica y política —la actual relación entre el Primer y el Tercer Mundo—. Confrontados ante tal diversidad, es evidente que las definiciones simples no nos sirven prácticamente de nada. Es, por supuesto, posible definir el término “imperio” de forma lo bastante específica y concreta como para excluir todos los Estados, excepto los más obvios mega-estados europeos —y unos pocos asiáticos—. Por otro lado, establecer una definición tan amplia que abarque cualquier tipo de poder internacional extensivo corre el riesgo de sustraerle al concepto todo su carácter esclarecedor. Lo mejor, tal vez, sea intentar una descripción histórica, así que permítanme que empiece por la palabra en sí misma. “Imperio” deriva, por supuesto, del término latino imperium. Dicho concepto describía en principio la esfera de autoridad ejecutiva que poseían los magistrados romanos. Un Imperator era quien ejercía el imperium. Esto quiere decir que el término que pensamos que describe un particular tipo de Estado nació en realidad para describir un particular tipo de poder. Imperium se empleaba con frecuencia, particularmente en los discursos humanistas de finales de los siglos XV y XVI, para denominar casi el mismo concepto que posteriormente sería recogido en la palabra “soberanía”. La primera frase de la obra de Maquiavelo El Príncipe, por ejemplo, rezaba: “Todos los estados y dominios que han impuesto e imponen un imperio sobre los hombres”.
El concepto de imperium, sin embargo, implicaba tanto la capacidad de dominar como, fundamentalmente, el gobierno de la ley. El imperio, para todo lo que se basara en la guerra, era concebido como un instrumento de paz. “Oh, Romanos”, finalizaba Virgilio su famosa exhortación dirigida a la nueva raza, “gobernar las naciones con imperium, en eso debe consistir vuestra arte: coronar la paz con la ley, perdonar la vida a los humillados y domesticar a los orgullosos en la guerra”7. 7 VIRGILIO: Eneida, I, pp. 278-279. Estos eran los ingredientes de la afamada pax romana. Esto también implica que desde una fase muy temprana de la historia del Principado Romano, el término imperium se emplea para designar no meramente una forma de autoridad, sino también un tipo de Estado. También se usaba para describir el territorio sobre el que se ejercía tal autoridad. Asimismo, dicho Estado estaba caracterizado por dos elementos que iban a estar implícitos, si no siempre explícitos, en todos los usos futuros del término; a saber, el tamaño, lo que el historiador Tácito hablando del mundo romano llamó el “inmenso organismo imperial” —immensum imperii corpus— y la diversidad8. 8 Véase BLUNT, P.A.: “Laus imperii”, en P.A. GARNSEY y C.R. WHITTAKER (eds.), Imperialism in the Ancient World, Cambridge, Cambridge University Press, 1978, pp. 159-191. Eso era un imperio tal como se concebía en Roma: una organización política que englobaba más de un grupo étnico o nacional y que implicaba más de un sistema legal, lengua o religión, pero que esencialmente era gobernado —por usar el término en griego y no en latín— desde un centro metropolitano. Como dijo Dante, en su defensa del papel del Sacro Imperio Romano Germánico en la Europa del siglo XIII, en su obra De Monarchia: “Esta monarquía temporal, comúnmente denominada ‘Imperium’, es ese único Principado que está por encima de todos los demás Principados del mundo, en lo referente a todas las cuestiones de ordenamiento temporal”9. 9 DANTE: De Monarchia, I. ii. 3-5 El poeta no dijo, sin embargo, que “imperium” fuera el único gobierno, sino que era el único que estaba por encima de los demás. En otras palabras, como todos los romanos desde la era de la República hasta la del Principado habían reconocido tácitamente, el “imperium”, o como nosotros diríamos, la “soberanía”, nunca podría ser indivisible. Ningún poder podía ser de rango superior, pero se admitía que hubiera muchos de rango inferior. Esto evidentemente implicaba que solo podía existir en realidad un imperio. En el campo de la historiografía tradicional, éste había empezado con Alejandro Magno y alcanzado su cumbre con el Principado Romano. Con el triunfo del Cristianismo, lo que Cicerón llamó “la república de todo el mundo” se había transformado en la respublica Christiana. Según la visión política ofrecida por Dante, el Imperium no se había convertido en una mera marca de soberanía, sino en un instrumento para satisfacer la perdurable necesidad humana de crear una comunidad única de conocimiento y una única civilización unidas por lo que Dante denominó “una religión universal de toda la especie humana”10.
10 Véase ANGELOV, Dimiter y HERRIN, Judith: “The Christian imperial tradition – Greek and Latin”, en Peter Fibiger BANG y Dariusz KOLODZIEJCZYK (eds.), Universal Empire. A comparative approach to imperial culture and representation in Eurasian history, Cambridge, Cambridge University Press, 2012, pp. 149-174. Siglos de debates de este estilo que favorecían la noción de un único y exclusivo dominio mundial hicieron del mundo romano y de sus sucesores naturales parte de un proceso de transformación cuyos orígenes se solía presuponer que eran los de la propia comunidad política humana. De facto quizá existieran otros reinos en el mundo, así como de facto existían otros sistemas de creencias además del Cristianismo, pero de iure solo podía haber un Emperador y una única religión. Esta visión exclusivista es a la que aludía el jurista del siglo XIV Bartolus de Sassoferato, cuando escribió que, considerados individualmente, en efecto existían otros gobernantes en el mundo cuyo derecho a gobernar era innegable; pero al contemplarlos universalmente, el emperador era, como el emperador Antonino Pio se autodenominó en el siglo II, el “Verdadero Señor del Mundo”11. Como Bartolus dijo en otra ocasión, el emperador es de iure “señor y monarca de todo el mundo” y negarlo podría ser calificado de herejía12. 11 Digesto XIV, 2. 9. Para una discusión sobre esta afirmación, ver Anthony PAGDEN, Señores de todo el mundo. Ideologías del imperio en España, Inglaterra y Francia, Barcelona, Ediciones Península, 1997, pp. 23-44. 12 Iuriscon. Coryphaei Bartoli a saxoferoi Opera quae nunc extant omnia excellentiss. I.C. tam veterum quam recentiorum additionibus illustrata, Basle 1588-1589, VI, p. 637, comentario sobre el Digesto XLIX. vol.15, p. 24.

Esta celebrada afirmación fue rechazada por absurda por escritores posteriores, pero cuando bajo el reinado de Carlos V los españoles conquistaron grandes territorios de América, una de las reivindicaciones de legitimidad que usaron fue el argumento de que su rey era también “Señor de Todo el Orbe”. Dicha reivindicación fue rehusada por Francisco de Vitoria en su famosa Relectio de indis de 1539 y acto seguido por la mayoría de las autoridades seculares y religiosas de entonces, quienes, aunque quizá estuvieran preparadas para sostener la soberanía universal del Papa como Vicario de Cristo, no estaban dispuestas a extender tal poder a un emperador secular. Sin embargo, fue incluida en el famoso Requerimiento y seguía siendo citada por los historiadores oficiales como justificación de la conquista hasta finales del siglo XVII. La reivindicación de soberanía universal significaba, obviamente, que solo podía existir un gobernador del mundo, es decir, un emperador. Tras el colapso del Imperio Romano de Occidente, esta pretensión de imperio universal —en particular, entre el Emperador de lo que a posteriori, después de 1254, se vino a llamar “el Sacro Imperio Romano Germánico” y el Basileus bizantino—, devino una disputa sobre nada más que el estatus. Las reivindicaciones de ambos regentes eran, con todo, claramente absurdas, sobre todo después del descubrimiento de América. Como el teólogo Domingo de Soto argumentó en 1556: “Que él [el Emperador] aspirara a ser “Señor de Todo el Orbe” no podía justificarse en ninguna razón ni derecho, dado que la parte sobre la que gobernaba era demasiado pequeña en comparación a la totalidad del mundo”13.

13 DE SOTO, Domingo: De Iustitia et iure, Salamanca, 1556, p. 306. Aun cuando el emperador fuera capaz de reclamar la soberanía universal, no podría ejercerla. “Un príncipe”, escribió Soto, no puede propagar su afecto por entre una sociedad que se extiende por todas las regiones y por todos los pueblos del mundo, de forma que pueda conocer, enmendar, corregir y decidir sobre todos los problemas que surjan en cada una de sus provincias [….]. En consecuencia, dado que el poder existe para ser ejercido, y dicho ejercicio es imposible sobre tan vasto territorio, se deduce que tal institución carece de utilidad14.
14 DE SOTO, Domingo: De Iustitia et iure, Salamanca, 1556, p. 306. O como su coetáneo, el jurista Fernando Vázquez de Menchaca expresó de forma bastante más mordaz, “lo que vulgarmente se dice, eso de que el Emperador de los Romanos es Señor del Mundo […] puede compararse con los cuentos infantiles, con el consejo de los ancianos o con las sombras de un sueño agitado”15. 15 VÁZQUEZ DE MENCHACA, Fernando: Controversiarum illiustrium aliarumque usu frequentium, libri tres, ed. Fidel Rodríguez Alcalde, 3 vols., Valladolid, 1931 [1563], I, p. 17. A finales del siglo XVI, se sabía ya que el mundo era demasiado grande como para que cualquier gobernante imaginara que podía ejercer una verdadera soberanía sobre una parte significativa del mismo. Y si algún príncipe cristiano pasaba por alto ese hecho indiscutible, siempre estaban los otomanos en su flanco oriental para recordárselo. Como el poeta italiano Ludovico Ariosto señaló, siempre había “dos soles” brillando sobre el orbe, y dos gobernantes compitiendo por la supremacía universal: un Emperador cristiano en Occidente y un Sultán musulmán en Oriente. Ambos reclamaban la soberanía universal en igual medida. “Nadie duda de que Vos sois el Emperador de los Romanos”, escribió en cierta ocasión el historiador cretense George Trapezountios a Mehmed II, “el Conquistador”, quien, al tomar Constantinopla en 1453, había asumido el título de kayser-i-Rum “César de Roma” y “Señor de los dos Mares [el Mar Negro y el Mediterráneo] y de dos Continentes [Europa y Asia]”16. 16 Citado en PAGDEN, Anthony: Mundos en guerra. 2500 años de conflicto entre Oriente y Occidente, Barcelona, RBA Libros, 2011 , p. 234. Los sultanes se tomaban sus reivindicaciones de universalismo muy en serio. El nieto de Mehmed, Solimán I, apodado “el Magnífico”, escenificó triunfos para celebrar sus conquistas basadas en modelos romanos. Se autodenominaba y se permitió éstas siendo denominado por su Mufti como “César de Césares”. Se proclamó a sí mismo el heredero de Alejandro Magno —“Iskandar” en árabe—, quien aparece en el Corán como “el bicorne”17, el cual construyó un muro gigante de cobre en el límite del mundo para proteger a toda la “civilización” de las iras de Gog y Magog. 17 Cita 18.83.

Con todo, ni el César ni el Sultán pudieron nunca imaginarse que llegarían a gobernar el mundo entero, pues aún persistía en aquella antigua reclamación que había sostenido el concepto romano de imperio, al igual que hicieron sus respectivos herederos cristianos y musulmanes, la creencia de que, a pesar de que el mundo está compuesto de muchas naciones y pueblos, este constituía una comunidad que Vitoria definía como “una república” con una única ley, una versión de lo que los estoicos denominaban koinos nomos para toda la humanidad. El concepto romano de civitas devino la respublica cristiana, o la Ummah islámica, que con el tiempo se tradujo en conceptos más variados como el de “civilización”, al que volveré más adelante.
Detrás de tales aspiraciones, subyace otro aspecto de los imperios, algo que los distingue de las naciones más modernas: su necesaria apertura. La mayoría de imperios, obviamente, se crearon inicialmente bien para expandirse más allá de las fronteras existentes, pero pocos de ellos, por no decir ninguno, han conseguido sobrevivir durante mucho tiempo sin necesidad de aplastar a sus enemigos.
Pero eso es solo una parte del cuadro. La guerra y la conquista habrían conseguido muy poco si eso fuera todo. Para sobrevivir durante siglos, todos los imperios han tenido que persuadir a sus poblaciones conquistadas. “Un imperio”, declaraba el historiador romano Tito Livio al final del siglo I antes de Cristo, “seguirá siendo poderoso mientras sus súbditos se encuentren a gusto en él”18. 18 LIVIO, Tito: Historia de Roma desde su fundación, 8.13.16. Cuando cayó el Imperio romano de Occidente éste fue destruido por tribus godas recién llegadas de las fronteras septentrionales y orientales. Ninguna de las que vivía en el núcleo del Imperio, ni los galos, ni los dacios ni los iberos, ni siquiera los más distantes británicos, escogieron la rebelión como sí lo harían las tribus asiáticas y africanas bajo el mandato de futuros gobernantes europeos. Y ni siquiera los godos deseaban tanto poner fin al gobierno romano como apropiárselo para su propio beneficio. “Lo que desea un buen godo es ser como un romano”, señaló en cierta ocasión Teodorico, rey de los Ostrogodos: “solo un romano pobre querría ser un godo”19.
19 Citado en BROWN, Peter: The World of Late Antiquity, Nueva York y Londres, W.W. Norton and Company, 1989, p. 123.
Roma tenía mucho que ofrecer a sus poblaciones ocupadas. En última instancia, sin embargo, su mayor atracción había sido la ciudadanía, un concepto que, en su reconocible forma moderna, habían inventado los romanos y que, desde los primeros días de la República, había sido el principal sostén ideológico del mundo romano. No todos los pueblos sometidos al poder de Roma deseaban tales privilegios y comodidades; pero si un número sustancial no lo hubiera deseado, el imperio no habría sobrevivido durante tanto tiempo como lo hizo.
Todos los imperios europeos posteriores hicieron todo lo posible para seguir, al menos en parte, la senda que Roma les había marcado. Tanto el Imperio español como el francés intentaron crear algo parecido a una cultura única, cuando no una sociedad única, a ambos lados de Atlántico —los franceses llegaron al punto de conceder a todos los indígenas (cristianos) el derecho a ser “registrados y contados como vecinos y franceses nativos”20—.

20 “Établissement de la Compagnie des Indes Occidentales”, en Edits, ordonnances royaux, declarations et arrêts du conseil d’état du Roi concernant le Canada, Quebec, 1854-1856 [mayo 1664], vol. I, p. 46.
Similarmente, el Imperio británico de la India nunca habría tenido éxito en el control del antiguo Imperio mogol sin la activa, y a veces entusiasta, ayuda de los antiguos súbditos del Emperador. Sin los burócratas y jueces indios, y sobre todo sin los soldados indios, el Raj británico habría seguido siendo una empresa comercial privada. En la batalla de Plassey, en 1757, que marcó el inicio del ascenso político de la Compañía de la Indias Orientales en detrimento del Imperio mogol, en el bando británico lucharon el doble de indios que de europeos21. 21 COLEY, Linda: Captives. Britain, Empire and the World 1600-1850, Londres, Jonathan Cape, 2002, p. 259. Al llegar el siglo XVIII, los “imperios” eran considerados como instrumentos de liberación y mejoramiento para sus súbditos: “el Imperio de la Libertad”, como denominó Thomas Jefferson a Estados Unidos, que colmaba de lujos a sus ciudadanos merced a los beneficios de lo que a mediados de siglo ya se conocía generalmente como “civilización”. El imperio se concebía entonces como un proceso de absorción, que podía abarcar en una sola comunidad la madre patria y los habitantes indígenas de sus colonias. Esta amalgama constituía lo que el parlamentario anglo-irlandés, Edmund Burke, llamó el “deber sagrado” o “confianza sagrada” (sacred-trust) del imperio, una elocuente expresión que, se empleaba una y otra vez para describir la relación entre el poder dominante y los poderes subordinados22. 22 Véase GONG, Gerrit W.: The Standard of ‘Civilization’ in International Society, Oxford, the Clarendon Press, 1984, pp. 72-73. Pero el motor que debía impulsar este nuevo orden imperial no era la conquista y la guerra sino el incipiente comercio internacional, el “dulce comercio” —doux commerce—, según la famosa expresión de Montaigne. Se esperaba que este nuevo factor uniría a todos los pueblos del mundo por medios pacíficos y recíprocamente beneficiosos. La primera frase de la Historia política y filosófica de las dos Indias (1772), del abate Guillaume Thomas Raynal, uno de los libros más leídos del siglo XVIII, rezaba: “Nunca ha habido un acontecimiento tan interesante para la especie humana en general, y para los pueblos de Europa en particular, como el descubrimiento del Nuevo Mundo y el paso a las Indias por el Cabo de Buena Esperanza”23; pasaje este tomado y repetido —sin reconocer su deuda— por Adam Smith en La riqueza de las naciones, quien significativamente cambió la palabra “interesante” por “mayor y más importante”24. 23 RAYNAL, Guillaume-Thomas: Histoire philosophique et politique des établissements et du commerce des Européens dans les deux Indes, ed. Anthony Strugnell et al., París, Centre International d’Études du XVIIIe siècle, 2010, vol. I, p. 23. 24 SMITH, Adam: An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, ed. W. B. Todd Oxford, The Clarendon Press, 1976, p. 626 (IV. vii). En lugar de la Creación y de la Redención, ahora había dos eventos que se creía que, más que cualesquiera otros, marcaban el inicio del mundo globalizado moderno.
Pero esta visión propia de la Ilustración en torno a una futura transformación estaba condenada al fracaso. El comercio nunca fue tan obviamente benévolo como proclamaban sus entusiastas defensores. Con todo, lo que finalmente lo hizo desaparecer no fueron tanto las prácticas reales de los “imperios de la libertad” como la tentativa de Napoleón de construir un tipo muy diferente de imperio dentro de la propia Europa. Por supuesto, Napoleón también tenía una “misión civilizadora”, pero su visión no se basaba en la confianza ilustrada de las posibilidades benévolas del comercio internacional, sino en los principios de la Revolución francesa. Inicialmente, atendiendo al carácter breve y sanguinolento de la ambición napoleónica de transformar Europa en una serie de reinos satélites, a muchos de los que habían sufrido, todos aquellos proyectos imperiales se les antojaban irrepetibles. Uno de estos individuos era el teórico político y hombre de letras franco-suizo Benjamin Constant. En 1813, con Napoleón aparentemente retirado, Constant se sintió capaz de declarar que, por fin, el “placer y la utilidad” habían “opuesto la ironía al entusiasmo real o fingido” del tipo que siempre había sido la fuerza motriz subyacente a todas las modalidades de imperialismo. Napoleón, y su caída, habían mostrado que las políticas posrevolucionarias no debían ser dirigidas en nombre de la “conquista y la usurpación”, sino de acuerdo con la opinión pública. Y la opinión pública, según predijo Constant, no quería tener nada que ver con el imperio. “La fuerza que la gente necesita para mantener a los demás sometidos”, escribió, “es, hoy más que nunca, un privilegio que no puede perdurar. La nación que pretenda transformarse en un tal imperio se colocará a sí misma en una posición más peligrosa que la más débil de las tribus. Se convertirá en el objeto del horror universal. Cada opinión, cada deseo y cada odio la amenazarán, y antes o después esos odios, esas opiniones, y esos deseos explotarán y la engullirán”25.
25 CONSTANT, Benjamin: The Spirit of Conquest and Usurpation and their Relation to European Civilization, en Political Writings, trad. y ed. Bianca Fontana, Cambridge, Cambridge University Press, 1988, p. 79. Del mismo modo que Raynal y Smith, Constant, también creía que un día el comercio adquiriría el control de todas las relaciones futuras entre los pueblos, pero la visión del comercio de Constant no se basaba en el potencial civilizador de una mejora del intercambio social e internacional, sino en lo que él denominaba el “cálculo civilizado”. Era un conflicto a través de otros medios; pero un conflicto conducido por medios pacíficos y en última instancia beneficiosos para ambas partes. Casi un siglo más tarde, en 1918, el gran economista austriaco Joseph Schumpeter expresó la misma convicción. Lo que él denominaba “la inclinación puramente instintiva hacia la guerra y la conquista” que había hecho posible todos los imperios del mundo podía, según su visión, verse ahora relegada a un periodo anterior, atávico de la historia humana que,

según creía firmemente, había quedado superado26. Según sus propios términos, Schumpeter había visto que en aquel mundo moderno la conquista —cuando no la guerra— no podía coexistir con la nueva economía global que se proyectaba para el mundo posterior al final de la Primera Guerra Mundial. Y sin conquistas no podía haber imperios. “Puede afirmarse más allá de toda controversia”, declaró, “que allá donde prevalezca el libre comercio ninguna clase social tendrá interés en llevar a cabo una expansión forzosa como tal”27. 26 SCHUMPETER, Joseph: Imperialism and Social Classes [Zur Soziologie der Imperialismen] 1951, trad. Heinz Norden, Nueva York, Augustus M. Kelley, Inc., 1951, pp. 7-8. 27 SCHUMPETER, Joseph: Imperialism and Social Classes, p. 99. Irónicamente, en vista de la similitud de ambas opiniones, lo que separaba a Schumpeter de Constant era precisamente otra fase de la expansión imperial, la cual fue más atávica incluso que la que Constant esperaba haber visto por última vez. En realidad, lo que siguió a la derrota final de Napoleón no fue un retorno al estatus anterior de la Ilustración, sino el surgimiento de la nación moderna y con esta la creación de una nueva ola de expansión imperial. Tras el Congreso de Viena, los antiguos Estados europeos y con posterioridad las nuevas naciones de Europa —Bélgica, fundada en 1831, Italia en 1861, y el Imperio alemán en 1876, empezaron a competir entre sí por el estatus y por las ganancias económicas que se creía que otorgaba el imperio. La “opinión pública”, lejos de dirigir una mirada irónica a las pretensiones imperialistas de las nuevas naciones, y de las no tan nuevas, las acogió con entusiasmo. Hacia 1899, el imperio, en efecto, tal como señaló Lord Curzon, el virrey británico de la India, se había convertido en “la fe de una nación”28. 28 Citado en NICOLSON, Harold: Curzon: The Last Phase 1919-1925, Nueva York, Harcourt Bruce and Company, 1939, p. 13.

Y además era muy efectivo. Se ha calculado que en el año 1800 las mayores potencias europeas, además de Rusia y de los Estados Unidos —en otras palabras, “Occidente”— ocupaban o controlaban alrededor del 35% de la superficie del planeta. Hacia 1878, sus posesiones alcanzaban ya el 67%, y en 1914, superaban el 84%.
El nuevo imperialismo también fue nuevo en otros aspectos. Los primeros intentos, realizados sobre todo por España, Francia y Gran Bretaña en las Américas, habían consistido en crear un Estado único de lo que se denominó “monarquías compuestas”, que abarcaba todo el Atlántico. Las nuevas posesiones de ultramar de la era pos-napoleónica, por contraste, raramente eran asentamientos de colonos como

habían sido las de América. Y a estas difícilmente se las llamaba colonias, sino dependencias, mandatos y más frecuentemente “protectorados”, un término que recoge acertadamente el nuevo concepto de imperio como benefactor. Lo que en inglés se llamaba “gobierno indirecto” y en francés la politique des races —o sea, política de razas— permitía establecer en gran medida un autogobierno, que se hallaba bajo la jurisdicción general de la legislación europea. Mientras que todos los imperios previos desde Roma habían acogido en su seno, tal como la propia Roma había hecho, a los foráneos ajenos a su cultura, los nuevos imperios europeos emprendieron la dirección contraria. Los nuevos súbditos africanos y asiáticos de los Imperios británico, francés, alemán, español e italiano se veían obligados a gobernarse a sí mismos, pero estaban organizados en sociedades europeas, habitualmente descritas en África como “tribus”, en alusión a la división en el seno de la antigua Roma, equipados con jerarquías sociales y políticas, y eventualmente se les habían asignado unos límites territoriales que solían ignorar las divisiones religiosas y étnicas existentes. En África, y en zonas de Oriente Medio, algunas de estas erróneas distribuciones siguen determinando actualmente las distinciones generalmente anómalas entre los Estados-nación modernos que las han sucedido. Todo este reordenamiento vino de la mano de una revisión profunda del significado del término “civilización”. Al amparo de la “misión civilizadora”, el papel de las potencias imperiales consistía en asegurar que los pueblos “incivilizados” se prepararan para asumir su lugar entre lo que la nueva legislación internacional del siglo XIX calificó como “naciones civilizadas”. Aquellas antiguas definiciones de Cicerón y de Vitoria de la ius gentium como una ley universal, se veían ahora reducidas a un pequeño grupo de naciones, generalmente europeas, además de al Imperio Otomano y a China.
En esta nueva visión de imperio, los “nativos” debían ser gobernados en su propio interés —por más que al principio se resistieran— y ser forzados a reconocer que aquel estilo de vida era la meta inevitable de toda la humanidad. No se trataba tanto de imperio como de explotación o incluso de cooperación. Era un imperio del tutelaje. Ahora, la tarea no consistía en convertir a los sujetos conquistados en obedientes súbditos o ni siquiera en devotos cristianos, sino transformar sus territorios en naciones modernas. Irónicamente, y fatalmente para las potencias europeas en último término, esto también implicaba que cierto día todos los súbditos de todos los imperios deberían autogobernarse.

“Mediante un buen gobierno”, declaró el político liberal e historiador inglés Lord Macaulay en 1833, “debemos educar a nuestros súbditos en la capacidad para procurarse un mejor gobierno; al habérseles impartido el conocimiento europeo, estos pueblos, en una fecha futura, exigirán poseer instituciones europeas”. Macaulay no sabía cuándo sucedería tal cosa, pero sí estaba seguro de que cuando llegase ese momento “sería el día de mayor orgullo de la historia de Inglaterra”29. En la práctica, la autodeterminación fue pospuesta hasta un remoto futuro, pero Macaulay se vio obligado a reconocer que, cuando menos en teoría, esta no podía aplazarse indefinidamente. Cuando en la Conferencia de Paz de París de 1919 Woodrow Wilson introdujo su famoso principio de “autodeterminación”, estaba dando forma, a sabiendas o no, a una reclamación de derechos que había estado latente desde mediados del siglo XIX. 29 Citado en METCALF, Thomas R.: Ideologies of the Raj, vol. II, 4, en The New Cambridge History of India, Cambridge, Cambridge University Press, 1994, p. 34. El “gobierno indirecto” y la “autodeterminación” plantearon de forma aguda una cuestión que iba a suponerle al actor más reciente en el escenario mundial —los Estados Unidos— un dilema particularmente grave. Desde 1648, en el Estado-nación moderno se había considerado la soberanía —imperium— como algo indivisible. Los monarcas de Europa se habían pasado siglos arrebatándole la autoridad a los nobles, obispos, ciudades, gremios, órdenes militares o a cualquier otra corporación semisoberana, cuasi-independiente. La indivisibilidad había sido uno de los dogmas de la Europa prerrevolucionaria, y un precepto que la Francia revolucionaria había colocado en el mismo núcleo de la concepción del Estado moderno. El sujeto moderno es un individuo que posee una serie de derechos, pero —como dejó claro la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789— dicho sujeto los posee en virtud de su ciudadanía en un solo Estado indivisible30. 30 Véase PAGDEN, Anthony: “Human Rights, Natural Rights and Europe’s Imperial Legacy”, en Political Theory 31, 2003, pp. 171-199. Para los Estados Unidos, creados poco antes de la Revolución francesa, pero no consolidado como nación hasta después de 1865, la soberanía indivisible era una característica indispensable de la identidad política. Empero, esta sólida noción de soberanía solo podía aplicarse dentro de los límites de los nuevos Estados-nación, no entre sus metrópolis ni entre sus diversas dependencias coloniales. Como Henry Maine declaró en 1887, “la soberanía siempre ha sido considerada como un concepto divisible en la legislación internacional”31. El hecho de no transigir en este punto había sido, después de todo, la causa principal de la Revolución americana, y, a partir de 1810, de la revuelta de las colonias de Hispanoamérica. En los nuevos imperios no podía pretenderse que existiera un soberano que fuera un “legislador incontestable”. 31 Citado en KEENE, Edward: Beyond the Anarchical Society: Grotius, Colonialism and Order in World Politic, Cambridge, Cambridge University Press, 2002, p. 63. Por tanto, un gobernante podrá administrar justicia civil y criminal”, escribe el jurista y antropólogo Henry Sumner Maine en 1887, “podrá emitir leyes para todos sus súbditos y su territorio, podrá ejercer poder sobre la vida y la muerte, y podrá recaudar tasas e impuestos, pero, sin embargo, podrá prohibírsele que mantenga relaciones externas con cualquier autoridad fuera de su territorio. Esta es, en efecto, la exacta situación de los príncipes nativos de la India; y Estados de este tipo están surgiendo en el momento presente en las zonas más incivilizadas del mundo. En los protectorados que Alemania, Francia, Italia y España han establecido en los mares de Australasia y en la costa de África no se producen tentativas de anexionar el territorio ni de fundar colonias en el antiguo sentido de la palabra, pero a las tribus locales se les prohíbe cualquier relación externa, excepto las permitidas por el Estado protector32. 32 Maine, Henry: International Law. A series of lectures delivered before the University of Cambridge 1887, Londres, John Murray, 1888, p. 57. Paradójicamente, tal vez esto acercó los nuevos imperios europeos de ultramar al modelo de los primeros imperios territoriales. Conceptualmente, este modelo es similar al tipo de laxa dependencia que Dante tenía en mente cuando hablaba del Sacro Imperio Romano Germánico como el “único principado que está por encima de todos los demás principados en el mundo”. Se asemeja, también, mucho a la relación entre, pongamos, Castilla y los Ducados de Nápoles o Milán en el siglo XVI o entre Estambul y Damasco entre 1516 y 1918, o entre Austria y la actual República Checa a principios del siglo XIX, o entre Rusia y Polonia entre 1945 y 1989.
A lo que desde luego no se parece —con la posible excepción de un breve periodo de construcción imperial en 1898— es a la posición de los Estados Unidos. ¿Tiene sentido entonces hablar de los Estados Unidos como un imperio? Creo que si echamos otro vistazo a la historia de los imperios europeos la respuesta a esta pregunta debe ser no. Si debemos usar forzosamente el término, seguramente deberá existir algún tipo de continuidad tanto de propósito como de estructura con los imperios del pasado. Obviamente, tal continuidad existe hasta cierto punto, pero en mi opinión las similitudes son escasas y a menudo ilusorias comparadas con las diferencias.

Se suele asumir que, dado que los Estados Unidos parecen poseer la capacidad militar para convertirse en un imperio, —aunque tal impresión es más una ilusión, o un engaño, que una realidad—, los intereses de ultramar que posee deben ser necesariamente de carácter imperial33. Pero si la fuerza militar fuera todo lo que se requiere para conformar un imperio, ni Roma ni Gran Bretaña —por nombrar solo dos ejemplos— lo habrían conseguido. Contrariamente a la imagen popular de “imperio”, la mayoría de estos eran, de hecho, durante la mayor parte de su historia, frágiles estructuras, siempre dependientes de sus pueblos súbditos para la supervivencia. La ciudadanía universal no surgió de la generosidad, sino de la necesidad. Esto no quiere decir, con todo, que los Estados Unidos no hayan recurrido a las mismas estrategias que fueron un rasgo característico de los imperios del pasado. Es también cierto que los Estados Unidos, como los imperios “liberales” del siglo XIX, Gran Bretaña y Francia, se compromete generalmente con la visión liberal-democrática de que la democracia es la única forma posible de gobierno para la humanidad, y que su deber es exportarla. Con lo que no comulga, salvo unas pocas excepciones, es con la visión de que un imperio —el ejercicio del imperium— es la mejor forma, o incluso una posible forma, de conseguirlo. En muchos sentidos esenciales, los Estados Unidos son, en efecto, muy poco imperialistas. A pesar de las alusiones a la Pax americana, y de la arquitectura de Washington, la América del siglo XXI no guarda el más mínimo parecido con la antigua Roma o el Imperio Británico del siglo XIX. Sí comparte con estos dos precedentes históricos su voluntad de imponer sus valores políticos sobre el resto del mundo. Como Harry Truman expresó en 1947, comparando a los Estados Unidos, en rápida sucesión, con el Imperio persa aqueménida, el reino griego de Macedonia, la Roma antonina y la Inglaterra victoriana: “todo el mundo [debe] adaptarse al sistema americano”, con lo cual estaba queriendo decir, instituciones más o menos democráticas y libre comercio. Pero esto no era nada nuevo. El concepto de “sistema americano” se lo tomó prestado, consciente o inconscientemente, a Alexander Hamilton, quien creía firmemente que la nueva República iba a ser capaz algún día de “lograr erigir un gran sistema americano superior destinado a controlar todas las fuerzas o influencias transatlánticas y que pudiera dictar los términos de las relaciones entre la vieja Europa y el Nuevo Mundo”34. La novedad de la versión de Truman fue lo que dijo a continuación: “Pues el sistema americano”, continuaba, “solo podrá sobrevivir convirtiéndose en un sistema mundial”35. Lo que para Hamilton debía convertirse en un rasgo de las relaciones internacionales, para Truman estaba destinado a ser nada menos que una cultura mundial.
33 Este, por ejemplo, es el argumento subyacente de Robert KAPLAN, Warrior Politics. Why Leadership Demands a Pagan Ethos, Nueva York, Random House, 2001, y en un tono muy diferente, y más comedido también de Chalmers JOHNSON, The Sorrows of Empire. Militarism, Secrecy, and the End of the Republic, Nueva York, Metropolitan Books, 2004, aunque Kaplan lo aprueba y Johnson lo desaprueba.
34 HAMILTON, Alexander: Federalist 11, 1987, en Alexander HAMILTON, James MADISON y John JAY, The Federalist Papers, ed. de Isaac Kramnick, Harmondsworth, Penguin Books, 1987, pp. 133-134.
35 Citado en FERGUSON, Niall: Colossus The Price of America’s Empire, Nueva York, The Penguin Books, 2004, p. 80. Pero, con todo, hacer que el resto del mundo adoptara el “sistema americano”, no significaba, como sí lo había significado para todos los otros imperios que Truman citó, gobernar el resto del mundo. No en vano Truman daba por sentado, como lo han hecho todas las administraciones americanas desde entonces, que los “demás países del mundo” ya no necesitaban ser dirigidos y persuadidos para que algún día acabaran “exigiendo” —como diría Macaulay—, instituciones democráticas. Toda la humanidad es capaz de reconocer que la democracia, o la “libertad”, siempre serán más aconsejables para sus propios intereses. Lo único que ha impedido a algunos pueblos entender esta simple verdad son las acciones de aquellos que por razones particulares se empeñan en impedirlo. No es solo que los valores americanos, tal como lo expresó George Bush en 2002, sean “correctos y verdaderos para todos los individuos de todas las sociedades”, sino que se da por hecho que esto será evidente para todos36. El papel de los Estados Unidos es, pues, eliminar estos obstáculos internos, establecer las condiciones necesarias para la democracia y después retirarse de la escena, que es lo que se hizo en Irak y lo que se está intentando hacer ahora en Afganistán. Pero poseer colonias o “protectorados” nunca ha sido una opción para Estados Unidos, aunque solo sea porque es la única nación moderna en la que no es posible, al menos conceptualmente, la división de la soberanía —es cierto que el gobierno federal comparte la soberanía con cada uno de los Estados de los que se compone la Unión, pero nunca podría contemplarse la posibilidad de compartir dicha soberanía con los miembros de las otras naciones—. Con muy pocas excepciones, la colonización interna de los Estados Unidos siempre siguió un patrón de construcción de nación. A medida que se establecía o conquistaba un nuevo territorio, este se convertía, tarde o temprano, en un nuevo Estado dentro de la Unión Esto implicaba que cualquier territorio que se anexionara en ultramar, como Hawai, debía incorporarse plenamente a la nación o debía ser devuelto a sus gobernantes nativos. La Constitución, como reza el dicho, siempre sigue a la bandera —por mucho que en la práctica a menudo no sea así, como en el caso de la Bahía de Guantánamo—. Ni siquiera un imperialista tan redomado como Teddy Roosevelt podía imaginarse convertir Cuba o las Filipinas en colonias ni en protectorados durante mucho tiempo37. 36 Citado en KHALIDI, Rashid: Resurrecting Empire: Western Footprints and America’s Perilous Path in the Middle East, Beacon PLACE, 2004, p. 3. 37 NINKOVICH, Frank: The United States and Imperialism, Malden, Blackwell Publishers, 2001, p. 75. 38 En este sentido, véase MANN, Michael: Incoherent Empire, Londres, Verso, 2003, p. 11.

Para convertirse en un autentico imperio, los Estados Unidos tendrían que cambiar radicalmente la naturaleza de su cultura política, puesto que, al fin y al cabo, la democracia liberal —tal como la concibe la mayor parte del mundo occidental actualmente— y un imperio liberal —como lo concebían Tocqueville y John Stuart Mill—, e incluso un imperio “benevolente”, son incompatibles38. “Los imperios de la libertad” eran imperios que existían para reforzar las virtudes y ventajas que iban aparejadas a un gobierno libre o liberal en lugares que de otra forma, en términos de Mill, serían “bárbaros”. Y no para conferir un gobierno libre o liberal directamente a esos países, como Estados Unidos proclama estar haciendo hoy en día.
Creo que podemos afirmar que el imperio —como forma política y tal como ha sido concebido en todo el mundo desde la Antigüedad— ya no existe. La única posible excepción, la única estructura moderna pluriestatal y multiétnica que tiene algo de parecido con la concepción de imperio de la Antigüedad es la Unión Europea. En la actualidad, la soberanía dentro de la Unión se distribuye equitativamente —si no igualitariamente— entre los distintos Estados miembros. Por supuesto que, más allá del deseo de los Estados miembros de compartir entre sí un elevado grado de soberanía, de extender algún tipo de ciudadanía a todos sus miembros, y de la existencia tanto de un cuerpo legislativo de alcance europeo cuanto de un tribunal supranacional que la administre, en casi todo lo demás la UE tiene bastante poco de semejante con la antigua Roma. Pero si se produjera una mayor integración —y existe una gran posibilidad de que así sea— la confederación del presente podría dar lugar en el futuro a un “Imperio neomedieval” —tal como se lo denomina ahora—, algo no muy diferente al Sacro Imperio Romano Germánico imaginado por Dante. De ser así, sería el único imperio de la historia humana creado no como fruto de la guerra sino como una tentativa para poner fin a la misma.

Balance político del año 2015

Balance político del año 2015
diciembre 17, 2015 Voces Comentar
Publicado en: Actualidad, Contracorriente – Dagoberto Gutiérrez, Foro de opiniones, Nacionales, Voces Ciudadanas

Dagoberto Gutiérrez

El balance contiene la idea de figuras en movimiento. Se trata de dos balanzas o dos depósitos que son sostenidos y dirigidos por un fiel. La balanza sirve para pesar las cosas más pequeñas, casi abstractas. Aunque no se sabe todavía del funcionamiento de balanzas para pesar las palabras o las ideas, es posible que algún día funcione. Por ahora, el balance es una presentación de fuerzas y realidades en movimiento, en pleno fuego contradictorio y en proceso de definición. Se trata de un proceso vivo y encarnado emergiendo de la realidad.

2015 es el año político, el que presenta a la sociedad en su conjunto, a los de arriba y a los de abajo, a los que hacen política, al mundo humano moviéndose en el terreno político, es decir, en la lucha por la vida.

Según veremos, este 2015 ha sido una especie de resumen o expresión concentrada de las últimas cuatro décadas. Contiene los últimos acontecimientos del siglo pasado, los que corresponden a la guerra civil y a su desenlace negociado, y al montaje de un régimen con una nueva clase gobernante, que incluyó a la antigua insurgencia y que instauró un modelo económico neoliberal exacerbado, pleno y total. Este nuevo régimen se caracterizó por una parálisis planificada de todo movimiento social y de toda capacidad popular de hacer política, por una conversión de toda la sociedad en un mercado y de la transformación del ser humano en una simple cosa, en un consumidor. Todo esto se acordó, se planifico y se llevó adelante en la última década del siglo pasado.

Esto es lo que ha estallado en las últimas semanas y ha puesto a nuestra sociedad ante el dilema de descifrar lo que está ocurriendo o creer que los acontecimientos son simples hechos misteriosos que ya pasarán. El balance sirve para pesar, usando el fiel de la reflexión, el valor del acontecer y de sus hechos más determinantes:

En el contexto internacional, nos encontramos en los pliegues intensos de una tercera guerra. Se trata de la confrontación entre Occidente (Estados Unidos, Canadá, Europa, Australia y Nueva Zelanda) y Eurasia (Rusia, China, India, Indochina). El escenario más encendido es el teatro de operaciones de Siria donde se desarrolla la destrucción del mapa político construido por las potencias coloniales europeas –Francia e Inglaterra- a principios del siglo pasado. En Siria estamos viendo como la confrontación busca establecer un nuevo mundo multipolar y pluri-centrista, que es por el que se lucha, y que sustituya al mundo unipolar y uni-centrista de Washington. En este juego, es evidente que el imperio estadounidense ya no cuenta con todos los recursos y posibilidades que en el pasado le permitieron mover a su arbitrio hechos y aconteceres.
Este contexto internacional también se expresa en los acontecimientos locales porque aquel exitoso modelo económico montado sobre las espaldas de millones de personas en el país y que dividió a la sociedad en dos mundos: el de arriba, floreciente, exitoso, basado en las empresas internacionales, en la banca y los importadores; y el de abajo, que contiene a todos los demás, incluida una pequeña burguesía arruinada y arrinconada, y a sectores marginalizados de la ciudad y del campo, sin acceso al trabajo, a salud o a educación y mucho menos a la dignidad. Pues bien, ese exitoso modelo económico ha estallado y los aparatos estatales aparecen y parecen como una especie de clientes caros e ineficaces a quien nadie quiere darle ningún tipo de ayuda, y que además, no gozan de la confianza de nadie. De la misma manera, los funcionarios de este aparato aparecen y son presentados como ladrones. Las funciones públicas son prácticamente abandonadas y el Estado es como una casa vacía cuyos habitantes están de vacaciones pero cuyas rentas siguen saliendo de las entrañas de la gente marginada. En esta economía de arriba, los aparatos estatales sirven a este mercado, le cobran impuestos a los consumidores para sostener a las grandes empresas, aprueban las leyes necesarias y hacen todo lo conveniente para que esta economía unilateral siga funcionando sin derrumbarse totalmente. Mientras, abajo florece una economía subterránea que sigue formando parte de todo el sistema económico pero que no es sostenido aparentemente por los pilares normales de una economía formal. El poderoso mercado de arriba se nutre, precisamente, de esta economía subterránea, de donde surgen millones de consumidores, sin que aumente la capacidad productiva del país.
El fin de la guerra civil determinó un cambio en la clase gobernante y en lugar de la Fuerza Armada, apareció la antigua insurgencia y otros sectores tecnócratas. Pero, luego de 25 años, esos sectores gobernantes son oligarquías repudiadas y enfrentadas a las oligarquías tradicionales, situadas al borde de las acusaciones jurídicas y poniendo al régimen político en situación de extrema debilidad. Es este el escenario que explica la prisión del expresidente Francisco Flores y la lucha por el control del aparato de Estado. También aquí se encuentra la raíz de la guerra social, extendida y profundizada, en donde las antiguas maras actúan como pandillas y son finalmente fuerzas político militares, dueñas del territorio, de un poder económico y también militar. Esta guerra es el escenario político más encendido y gravitante en el país. La guerra es la demostración de que aquel modelo montado después de la guerra civil no era la solución del conflicto, pero sí era abundante leña seca que encendió las hogueras de la lucha de clase y llevó a la situación actual.
El país necesita la construcción de una propuesta desde abajo que contenga una serie de acuerdos políticos fundamentales: la recuperación del papel del Estado, la reconstrucción de la agricultura, una política ambiental que ponga al agua en el centro de la preocupación, una democratización de la democracia, una nueva política frente a los Estados Unidos, una nueva política de género, un nuevo poder, una nueva política frente a Centro América, una nueva política frente a América Latina, una nueva política económica y una nueva política ante el mundo.
Estos puntos son todos políticos y mínimos, con los que se puede buscar acuerdos con sectores de diferente color ideológico, pero estos deben unificar un pocisiòn popular de tal manera que haya un movimiento de abajo hacia arriba, en donde las organizaciones del pueblo puedan ser sujetos en el marco de un despertar, y una movilización de ideas en las cabezas que muevan las voluntades y los animas. Esto último es el signo determinante de la lucha política, es decir, el pueblo convertido en sujeto político, hacedor de política y dueño de su propio proyecto, con independencia política y fuera del control delos sectores dominantes; de no ser así, la guerra y sus consecuencias podrán dominar la vida de nuestro país y todos los seres humanos pueden ser simples objetos de las empresas transnacionales y de los nuevos dueños territoriales. No hay tiempo que perder.

San Salvador, 05 de diciembre del 2015.

Consumismo y Revolución

Consumismo y Revolución
diciembre 17, 2015 Voces Comentar
Publicado en: Actualidad, De furias y ternuras – Julia Evelyn Martínez, Foro de opiniones, Voces Ciudadanas

Julia Evelyn Martínez

El día que el presidente Nicolás Maduro declaró que el derecho a tener un televisor de plasma era un derecho que debería ser garantizado a todo el pueblo venezolano, bien podría ser considerado como el día que la revolución bolivariana dejó de existir.

¿Qué revolución socialista se puede sostener si la utopía sobre la cual se construye es nada más, ni nada menos que la universalización del consumo de las mercancías que constituyen los grandes fetiches de las modernas sociedades de consumo? ¿Qué guerra económica se puede ganar a la derecha si no se tienen las armas ideológicas para enfrentar sus armas de consumo masivo?

En Argentina, la revolución kischnerista también trató de masificar el consumo de aparatos electrodomésticos como parte del proceso de democratización económica y social, y ya sabemos cómo terminó tal revolución. En 2011 el gobierno de la presidenta Cristina Fernández anunció el Plan LCD para Todos, para la compra financiada en 60 cuotas de 200 mil LCD de 32 pulgadas y alta definición, para atender prioritariamente a los jubilados, beneficiarios de la asignación universal por hijo y a titulares de planes sociales. De acuerdo a la expresidenta argentina, este era parte del proceso de trascender de “una Argentina de pocos, a una Argentina de muchos, de todos”.

En Cuba, la utopía del consumismo está sustituyendo progresivamente a la utopía del comunismo, similar a lo que ocurrió en la década de los noventa en China y en los años recientes en Vietnam. Jóvenes y adultos con el más alto nivel de desarrollo humano de América Latina y el Caribe y formados en los modelos éticos del Che Guevara y de Camilo Cienfuegos, suspiran ahora nostálgicos “por todas las cosas bonitas y modernas que se pueden tener en cualquier lugar del mundo, pero no en Cuba”. ¿Será que la búsqueda del sueño consumista y no la pobreza es el acicate que mantiene a casi 6.000 personas de nacionalidad cubana varadas en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua en su ruta hacia Estados Unidos?

Quienes conocemos el sistema capitalista, sabemos que éste es una poderosa máquina de generar sujetos que voluntariamente subordinan sus vidas a los valores y a los principios de autoridad que son propios del orden económico, jurídico, político y cultural establecido por el Capital.

Esto implica que un gobierno de izquierda que pretenda mantener el ordenamiento capitalista como estrategia política mientras se construye el socialismo, necesariamente tiene que aceptar que la cohesión social y la inclusión social de estos sujetos tendrá que lograrse mediante la adopción de un estilo de vida que transforma los derechos de la ciudadanía en derechos de consumidores y consumidoras, y que reduce la libertad personal a la libertad de elegir y de comprar mercancías en el mercado.

En esta situación, a estos gobiernos no debería extrañarles que la clase trabajadora y demás sectores subalternos mantengan su adhesión a un proyecto socialista en tanto no tengan un espacio dentro de la sociedad de consumo, pero tan pronto como obtengan ese espacio –ya sea por las políticas sociales o por la vía del empleo o del crédito- comenzarán a indignarse y a movilizarse en contra de todo aquello que consideren una amenaza a su consumo. En consecuencia, apoyarán y votarán a quienes les ofrezcan la sostenibilidad y el aumento en este consumo, no importa si son de izquierda o de derecha, si son demócratas o son fascistas. ¿No es lo que piden en las calles quienes quieren la renuncia de la presidencia de Brasil? ¿No es eso lo que está detrás de las crecientes victorias de los partidos fascistas en Grecia, Hungría y Francia?

Algunos partidos de izquierda justifican sus derrotas y/o su pragmatismo señalando que sus gobiernos son víctimas de los “infantilismos de izquierda”, de la “guerra económica de la derecha” y/o del capitalismo salvaje. Otros partidos de izquierda (como el FMLN en El Salvador) justifican sus políticas que profundizan el capitalismo, aduciendo que no pueden ir contra la historia, ya que la revolución y socialismo tendrá lugar en sus programas de gobierno cuando la gente quiera la revolución y quiera el socialismo.

Es cierto que la conciencia de clase y el deseo del socialismo se construyen, pero ¿se puede querer la revolución mientras se espera en la fila de un supermercado o mientras se camina entre los inmensos arsenales de mercancías que resguardan los centros comerciales? ¿Se puede pensar y actuar solidariamente mientras se apilan las cuentas por pagar de las tarjetas de crédito y de la hipoteca? ¿Se puede desarrollar una conciencia socialista mientras el ser social se mantiene anclado al capitalismo?

La aspiración al socialismo solo surgirá si la gente se da cuenta que en el capitalismo y en el consumismo no está la solución a sus problemas, pero para eso se necesitan partidos de izquierda que ofrezcan alternativas emancipadoras. Por eso, los partidos de izquierda que han adoptado la conciencia de clase de la burguesía y cuyas aspiraciones de consumo se encuentran en el capitalismo no pueden ser tomados en serio cuando se presentan como alternativas socialistas.

He aquí un tema “incómodo” para debatir durante la orgía consumista de navidad y año nuevo.

Simbología en la antigüedad mesopotámica

SIMBOLOGÍA EN LA ANTIGÜEDAD MESOPOTÁMICA

UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA
ESCUELA DE HISTORIA
SEMINARIO DE HISTORIA DE LAS RELIGIONES
PROFESOR RODRIGO FERNANDEZ

SIMBOLOGIA DE LOS DIOSES, DEMONIOS Y OTRAS FIGURAS RELIGIOSAS DE LA ANTIGÜEDAD EN MESOPOTAMIA
ANTONIO HERRERA BETANCOURT
Caracas, 15 de enero del 2010
RESUMEN
Los símbolos son el lenguaje de los mitos, que a su vez, representan el origen de las religiones. En Mesopotamia, la religión politeísta existió por muchos siglos a través de los mitos y los símbolos, estos fueron recogidos por la historia y ahora representan una fuente indispensable en el estudio de las religiones de la antigüedad. El estudio de la simbología mesopotámica a través de imágenes de antiguos dioses, demonios y otras figuras religiosas nos ayuda a tener un somero conocimiento de las mentalidades y también a conocer parte de la inmensa fuente de cultura material y espiritual que a través de 5 milenios la civilización más antigua de la historia humana nos ha dejado.
INTRODUCCIÓN
“La historia comienza en el próximo oriente”, esta es la frase en que la mayoría (por no decir todos) de los historiadores concuerdan al hablar de la historia de las civilizaciones humanas. Es posible que la cuna de la humanidad se encuentre en otro lado, pero todo el conglomerado de experiencia material y espiritual, traspasada de generación en generación por más de cinco mil años y recogida y excavada por eso que llamamos historia, encuentra su génesis en una tierra de una fertilidad extraordinaria, enmarcada entre dos grandes ríos, el Tigris y el Éufrates, llamada por los griegos Mesopotamia (tierra entre ríos).
No es casualidad que las primeras civilizaciones humanas se formasen en esta zona, precisamente son estas características de la tierra las que provocan un relativamente rápido desarrollo de las sociedades en lo político y económico. Primero, la gran lucha de la humanidad por convertir esas tierras fértiles pero pantanosas e inhóspitas en sitios habitables y fecundos provocó el proceso de sedentarización de los grupos humanos y su consecuente crecimiento demográfico, y segundo, este mismo crecimiento de la población a raíz de cada vez mayores y más forzosos trabajos en la tierra hizo que apareciera un tipo de organización de la población que requiera de un jefe y una burocracia altamente organizada y con esto una marcada jerarquización de la sociedad.
Los símbolos como lenguaje de la religión mesopotámica son el reflejo de esta evolución de la sociedad que comenzó en clanes patriarcales y paso por ciudades- estado hasta llegar a ser “Imperios Mundiales” (Manuel García Pelayo 1969), en donde el hombre, al intentar explicarse la causa o causas de los fenómenos naturales (diluvios, glaciaciones, terremotos, tormentas) y elementos naturales (el sol, la luna, las estrellas o los mares); sólo podía interpretar a la naturaleza hasta donde sus posibilidades le permitieran. De allí que busque darle un sentido divino a todo lo que sus ojos pueden ver como “sobrenatural”.
Es aquí donde comienza lo que la historia reciente denomina politeísmo, religión que cree en la existencia de múltiples dioses. Sin embargo, realmente se puede llamar a las creencias divinas en Mesopotamia el origen del politeísmo? De cualquier manera, la diferencia entre politeísmo y monoteísmo (creencia en un sólo dios) es una cuestión de edades. En las civilizaciones antiguas la creencia en varias deidades es producto de la visión de estos de la naturaleza como gran generadora de vida y de todo lo que existe. Lo que Anu es en Mesopotamia u Horus en Egipto, Zeus en Grecia o Júpiter en Roma, no es más que derivaciones de la naturaleza humanizadas en divinidades, es decir, la naturaleza por encima del hombre.
A través de este pequeño estudio, daremos un esbozo de los aspectos religiosos y culturales en la simbología e iconografía de algunos de los personajes paradigmáticos de la antigüedad en Mesopotamia, y así, obtener un somero conocimiento de su origen y significado.
I
Para estudiar algunos aspectos de la simbología en Mesopotamia, es necesario entender el origen de estos. Como en todas las mitologías, el mito parte de lo primordial y se basa en una idea cosmológica. Los mitos encuentran en los símbolos su forma de expresión, y en la historia oral su fiel mensajera, es por esto que, a medida que pasaron las generaciones, los mitos fueron aumentando hasta llegar a ser numerosos.
El poema babilónico de la creación (Enuma Elish) es el principal de los mitos mesopotámicos por ser el más largo y completo de ellos. Fueron redactados en lenguaje acadio y habla sobre la creación del universo. El poema, escrito en siete tablillas cuneiformes que suman cerca de 1100 versos, se ha reconstruido a partir de los numerosos fragmentos (unos 60) aparecidos sobretodo en Kish, Assur, Sippar y Nínive.
En cuanto a la cronología de los fragmentos conservados, enmarcados en el primer milenio a.n.e., los más antiguos pertenecen al siglo IX y los más recientes al siglo II. El Enuma Elish integraba el ritual de la fiesta de año nuevo en Babilonia y se recitaba en dicha festividad el día cuarto del mes de nisan. Al anochecer, el sacerdote, con la mano levantada en honor de Bel, recitaba todo el texto en una especie de ritual sagrado. El propósito de este era instruir al pueblo en la grandeza del dios.
DIOSES MITOLÓGICOS
En la concepción mesopotámica, el mundo cultural (entendido con el conjunto de los actos humanos) y el mundo natural se ajustan a un orden preestablecido por los dioses. Cada creación del hombre y cada acción de la naturaleza en realidad son acontecimientos que dependen de la voluntad divina, designios preestablecidos y deseos que determinan el orden y garantizan la justicia universal y social. En este sentido los dioses representan la simbología por excelencia de la mitología mesopotámica.
El primer dios de los mesopotámicos es Anu, el más antiguo y supremo de los dioses sumerios, lo denominan “rey de los dioses”, pero por ser un dios tan antiguo no se guardan interpretaciones iconográficas que lo definan. No obstante, era concebido como soberano humano, con esposa e hijos, su emblema era la tiara con cuernos, emblema que otras divinidades también usaron.
Otro de los dioses primordiales de Mesopotamia es Gilgamesh, figura mítica que ha dado origen al primer poema épico que ha llegado hasta nosotros. En la epopeya de Gilgamesh se narran las aventuras de un antiquísimo rey de Uruk, que busca afanosamente la planta de la vida para alcanzar la inmortalidad y dársela a la humanidad. Esta obra se cree que fue escrita a mediados del III milenio a.n.e.
Relieve de Héroe con león pequeño, período de Sargón II (722-705 a.n.e) Museo de Louvre. París.

Esta figura de Gilgamesh es muy típica de héroe mesopotámico. La barba se ajusta a los cánones de expresión formal que vemos en las figuras de los reyes neoasirios. Los rizos están esculpidos en un altorrelieve que confiere un gran volumen a la barba y la cabellera, que reposa, abundante sobre los hombros del héroe. Los detalles anatómicos de la pierna se reproducen con incisiones que dibujan los músculos. El vestido largo, abierto y orlado sobre la falda corta recuerda la indumentaria que aparece en las representaciones del soberano neoasirio. Se desconoce el significado preciso de esta representación, pero posiblemente guarde una relación directa con repertorios figurativos mucho más antiguos que confluyeron en el repertorio iconográfico neoasirio y ensalzan el triunfo de la realeza sobre las fuerzas negativas del caos.
Impronta de cilindrosello de la época neosumeria (siglo XXI a.n.e). Museo Arqueológico Nacional de Teherán.

Esta imagen nos muestra un esquema figurativo que divide el campo de la representación en tres partes definidas: la figura del que recibe, el grupo del fiel que avanza, generalmente introducido por una diosa, y la porción dedicada a la escritura que suele mencionar al dueño del sello.
La figura que está sentada representa a un dios, reconocible por la tiara de cuernos y la asociación con el cisne, que sustituye al trono (más canónico), con larga falda de volantes de lana, recibe al fiel levantando su mano derecha. La segunda figura representa un dios menor, con tiara de cuernos y vestido largo rayado, que introduce al fiel ante la divinidad. La tercera figura es El fiel, con la cabeza rasurada y un vestido largo, es introducido ante el dios mayor por un dios menor. La inscripción dice: “Ibtae, hijo de (nombre no identificado)”(Ascalone 2006). Para ese momento la tiara con cuernos era una indumentaria solamente atribuida a los dioses.

Detalle del busto de la diosa del agua que mana. Museo Arqueológico Nacional Alepo.
Esta otra imagen está representada por Enki o Ea (Acadia) el dios del océano primordial y subterráneo que rodea la tierra. También se asocia a fórmulas mágicas y encantamientos contra demonios, pero sobretodo se suele presentar como el dios que conoce, el dios sabio de las artes y la civilización.
En esta imagen podemos observar ciertos aspectos que nos permiten asegurar que se trata de una deidad. Aunque ya no estén, los ojos estaban hechos con piedras semipreciosas encajadas en las cavidades. La tiara cornuda es símbolo de divinidad. Collar de seis vueltas más grandes en la parte inferior. Con un vestido decorado con incisiones onduladas y peces, sujeta una vasija globular por la que brotaba agua a través de un conducto interno, posiblemente aludiendo a la fertilidad y a la prosperidad.
Otro de los grandes aspectos referentes a la simbología mesopotámica es la importancia que les dan a los dioses de la economía. Para los orientales, la mitología se ha basado en el triunfo de los héroes frente a la naturaleza, por eso, el culto a la fertilidad y al ciclo de la vida, aparte de tener connotaciones humanas, se refiere principalmente a la fertilidad de la tierra y a los ciclos de las cosechas.
Para la religión mesopotámica, Dumizi es el dios que mejor representa la eterna conflictividad de la naturaleza. Es el dios del riego, del cultivo y del renacimiento de los campos. La mitología sumeria lo identifica como dios de ultratumba que todos los años renace para aparearse con la diosa Inanna, una unión que fertiliza los campos y propicia las cosechas.

Macho cabrío empinado sobre una planta con rosetas, procedente de Ur, tumba de pozo del cementerio real de la primera dinastía de Ur, 2400 – 2350 a.n.e. British Museum, Londres.
En esta imagen podemos observar al dios de la fertilidad para los sumerios. El macho cabrío suele asociarse con Dumizi, que en algunos momentos del año sale de los infiernos, donde está confinado, y se una a Inanna para dar fertilidad a los campos y prosperidad a Sumer. El macho cabrío empinado sobre un arbusto con flores abiertas es un soporte, como puede apreciarse por el final de la barra que se asoma detrás del animal. Probablemente para colocar un recipiente ritual. La planta podría representar la vida y simbolizar la vida futura del difunto.
DEMONIOS
También, aparte de la simbología de los mitos de los héroes, existen muchas representaciones de los demonios. Para el hombre mesopotámico los demonios eran seres pertenecientes a otro mundo, con funciones a menudo desdibujadas, mal definidas, pero siempre negativas. En el origen del mundo eran prisioneros del gran dios Anu, que sólo los usaba como mensajeros o como instrumentos para desatar su ira con venganza y castigos. Después consiguieron librarse de la sujeción del gran dios celestial atacando el disco luminoso de la luna y causando eclipses y las tinieblas en las que viven.
Cabeza de Humbaba, período paleobabilonio (siglos XVIIIXVII a.n.e). Museo Nacional de Irak, Bagdag.

En esta imagen observamos a una figura con un aspecto un tanto negroide, muy diferente de los antes expuestos. Humbaba fue el ser monstruoso contra el que se enfrentaron Gilgamesh y Enkidu en uno de los episodios narrados en la epopeya de Gilgamesh. Se cree que la figura de Humbaba tenía un valor apotropaico, es decir, que se usaba para alejar un influjo mágico maligno.

Amuleto del demonio Pazuzu, período neobabilonio (siglo VI a.n.e) Museo de Louvre, París.

En esta imagen demoníaca, muy común a partir del siglo VI a.n.e, a las estatuillas de bronce se añaden otros amuletos con la cabeza gesticulante del demonio. Las cuatro alas son propias tanto de los seres demoníacos como de los genios alados que custodian y vigilan los aposentos privados del rey neoasirio.
AUTORIDADES RELIGIOSAS
No solo dioses y demonios tienes un lugar dentro de la mitología y la simbología mesopotámica, también existen las llamadas autoridades religiosas, figuras ligadas totalmente a la labor en los templos como administradores, interpretadores de sueños o simplemente cocineros. Pero es que el templo en Mesopotamia es el sitio más importante de su cultura. No sólo es la casa de los dioses, también funciona como gran centro burocrático político-administrativo en donde sólo trabajan los elegidos por el rey (patesi).
La función del templo y de sus funcionarios siempre fue crucial para el desarrollo económico, social e intelectual de las sociedades preclásicas del Oriente Próximo antiguo. Aunque la religiosidad condicionó los órganos sociales y las relaciones de un grupo de hombres desde las primeras formaciones de aldeas, hasta la segunda mitad del IV milenio a.n.e. hay pruebas consistentes de un centro religioso que concentraba los recursos económicos y políticos de una sociedad humana, disponiendo de ellos con una organización basada en modelos políticos de centralización y reparto posterior.

Estatua de Ebih-il de Mari, templo de Ishtar, siglos XXVIXXV a.n.e. Museo de Louve, París.
Esta imagen es una viva ofrenda de la simbología clásica que representa la clase sacerdotal en la antigua Mesopotamia. Ebih-il era un alto intendente del templo de Ishtar de Mari, como indica su larga barba y su cabeza completamente rasurada, según las costumbres sacerdotales de la época. La falda de mechones de lana, gruesa y redondeada nos refleja un alto sentido de lo estético en conjunto con el uso de piedras semipreciosas por ojos.
Así pues, a través de estos ensayos sobre la simbología e iconografía de la religión mesopotámica, podemos tener un somero esbozo sobre lo que representan estas figuras y su importancia en la vida espiritual de las poblaciones de esta región. A pesar de que para un completo estudio de los aspectos simbólicos importantes de la religión de Mesopotamia hace falta el análisis de muchos otros símbolos que este trabajo no ha tocado, como la gran presencia de figuras religiosas en los famosos imperios mundiales (Acadio, Asirio, Babilonio) a través de grandes personajes como Lugalsagizi, Hammurabí, Sargón II, Senaquerib, o el estudio del significado religioso de la escritura cuneiforme que podría dar pie para un trabajo monumental; no dudamos que esta es una buena oportunidad para tener un primer acercamiento a la cultura y religiosidad de estas sociedades antiguas.
CONCLUSION
Las sociedades antiguas, basadas en un orden cosmológico jerarquizado que responde a un origen mitológico traspasado cuidadosamente mediante símbolos a través de las generaciones, usan la religión como respuesta a los hechos que para ellos son trascendentes, de tal manera que, hace unos 4500 años el numero de cosas anormales que ellos podían ver era catalogado como divinidad y luego “exaltado” al panteón de los dioses con un nombre, un aspecto antropomórfico y un símbolo.
Por este motivo, en la antigüedad no se puede hablar de religión bajo el término en que hoy la consideramos (conjunto de dogmas que representan una doctrina religiosa basada en argumentos teológicos) sino más bien de prácticas religiosas, llevadas a cabo desde los primeros tiempos y que precisamente emulan y realizan los que en mucho tiempo hicieron los dioses (la atemporalidad del rito). Los rituales monoteístas de la actualidad también son una emulación de los tiempos primigenios, pero a diferencia de los antiguos, estos están basados en dogmas impuestos en la creencia de un ser supremo creador de toda la naturaleza y dios de todo lo visible e invisible, es decir, el hombre por encima de la naturaleza.
REFERENCIAS
• Ascalone. E. (2005). Mesopotamia: Asirios, sumerios y babilonios. Milán. Electa.
• García Pelayo, M. (1969). Las formas políticas delcercano oriente. Caracas. Monte Ávila Editores.
• Garraty, J & Gay, P. (1981). El Mundo Antiguo. Barcelona. Editorial Bruguera.
• Hurtado Leña, M. (2006). Introducción a la Historia Antigua. Caracas: Fondo editorial de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela.
• Stevens, A. (1998). Ariadne´s Clue: A guide to the symbols of humankind. New Jersey. Princeton University Press.
RECURSOS ELECTRÓNICOS
• Azara, P. Arte y mito en Mesopotamia. Recuperado el 14 de enero en: http://www.upf.edu/iuc/jornades/art-mite/ponencia_mesopotamia.pdf
• Blázquez, J. (2001). Mitos de creación en Mesopotamia. Recuperado el 13 de enero del 2010 en: http://www.mistareas.com.ve/Tesis/guia-apa.pdf
• Demange, F. Cylinder Sealof Ibni-Sharrum. Recuperado el 15 de enero del 2010, de http://www.louvre.fr

El libro de los Mapas Mentales (Tony Buzan)

El libro de los Mapas Mentales (Tony Buzan)
Resumen elaborado por Mercedes González

1. Mapas mentales

Tony Buzan, nos ofrece en “El libro de los Mapas Mentales” su estudio de una serie de técnicas esquemáticas y creativas que nos ayudará a conocer el mecanismo de nuestra portentosa máquina cerebral. Con un método sencillo y a la vez sorprendente, presenta una serie de conocimientos y soluciones para que aprendamos a emplear al máximo nuestras capacidades mentales.

Y lo hace a través de un organigrama que refleja nuestros pensamientos de modo ordenado y conciso. Equivocadamente, tenemos la costumbre de anotar nuestras ideas, apuntes, notas y demás en orden lineal, la mayoría de las veces, empleando un solo color para nuestra escritura.

Con ello, no hacemos más que esconder “palabras clave” entre una serie de letras sin sentido que enturbian el buen entendimiento y el proceso de información de nuestro cerebro.

El cerebro, compuesto por un billón de neuronas, tiene una habilidad infinita marcada por cinco funciones principales:

1.- Recepción: Sentidos: gusto, tacto, vista, olfato.
2.- Retención: Memoria retentiva.
3.- Análisis: Proceso de la información.
4.- Emisión: Modo de comunicación; acto creativo, pensamiento.
5.- Control: Funciones mentales y físicas.

Habilidades mentales
1.- Lenguaje.
4.- Ritmo.
2.- Número.
5.- Color.
3.- Lógica.
6.- Imágenes
7.- Percepción espacial
Gestalt: estructura total.

2. Pensamiento Irradiante.-
El mapa mental es una expresión del pensamiento irradiante. (Que irradia: radiante = Lo que resplandece) A través del pensamiento irradiante, recibimos la información, sistema de procesamiento del cerebro. Esta información se dispersa y puede moverse en diferentes direcciones.

“Pensamiento irradiante” a modo de organigrama (mapa mental):
Irradiar (raíz = radiante: lo que resplandece)
Pensamiento
Dispersa
Irradiante
Manifestación= Mapas Mentales
Varias direcciones

Expresión externa del Pensamiento Irradiante
El mapa mental a su vez:
Evolución mental del pensamiento irradiante: Mapa mental. – Dimensiones
1.- Imagen central – Códigos
2.- Forma ramificada
Herramientas – Colores
3.- Palabra clave – Imágenes
4.- Estructura
Características
Mapa mental
Modal conectada
Potencia
Evocación de la información
Creatividad
Memoria

3. Torbellino de ideas (Brainstorming).-

A través del brainstorming nos adentramos en el proceso de información del cerebro humano. Este método, fue desarrollado por Alex Osborn. Con esta técnica podemos generar un número indefinido de ideas a partir de una palabra clave o idea principal. Este ejercicio creativo se suele realizar en grupo para obtener mayores resultados, pero también puede beneficiarnos de forma individual. Para comenzar, podemos escribir en una hoja blanca y grande, o en una pizarra, la palabra clave o idea germinal que queremos desarrollar. Por ejemplo: escribir.

Escribir
A continuación, marcamos un tiempo (Es aconsejable empezar con un par de minutos). También el número de ideas con las que deseamos comenzar. Cada una de las personas que participan en el ejercicio, escribirá una palabra sugerida a raíz de esta primera “Palabra clave”. Es importante respetar las ideas que cada uno aporte.

Como también es importante no detenerse a pensar si aquella idea que nos sugiere la palabra principal está vinculada del algún modo con ésta, o si por el contrario, nos parece inadecuada o incoherente. Lo importante es transmitir nuestro pensamiento principal sin censura y sin pausa.

Al finalizar el tiempo marcado, y una vez obtenido el número de ideas que deseábamos, nos sorprenderá comprobar que aún podemos continuar con el ejercicio una y otra vez, de forma indefinida.

En un ejemplo analizamos un posible resultado:
Buscamos diez asociaciones a la palabra clave: escribir. (Tiempo: 1 minuto)
deseo
organizar
crear
inspirar
Escribir
inventar
plasmar
soñar
consuelo
creatividad
poder verbal

Una vez finalizada esta primera etapa, podemos continuar. Esta vez, vamos a buscar una idea o palabra asociada a cada una de las diez que hemos encontrado. De este modo, buscamos ahora un pensamiento rápido para las palabras:
Sonar
Crear
Inspirar
Creatividad
Inventar
plasmar
Organizar
Desear
Consuelo
Poder verbal
Por supuesto a modo de Mapa mental u organigrama.

Una vez finalicemos esta segunda etapa, podemos continuar con una tercera, una cuarta, quinta, sexta… Con lo cual, comprobamos que nuestra capacidad inventiva es infinita, y que podemos emplear los ejercicios creativos o disparadores de ideas cuando nos enfrentemos al temido, a veces imaginario, bloqueo.

Empleando con acierto los mapas mentales, y valiéndonos del trabajo alternativo con ambos hemisferios cerebrales, podemos encontrar soluciones en todos los campos de la vida.

4. Leyes de cartografía mental.-

Utilizando la metáfora, a través de los ojos de un extraterrestre que visita nuestro planeta para estudiar al ser humano, Tony Buzan, nos recuerda que la inteligencia humana es ilimitada, y que sólo nosotros marcamos los límites de nuestra creatividad, al emplear para expresarnos solamente la palabra.

Partiendo de la necesidad de descubrirnos y enseñarnos a manejar todo el potencial de nuestro cerebro, nos ofrece el ABC de la cartografía mental (Las tres “aes”).
a) Aceptar: Primera fase de nuestro aprendizaje. Olvidar los límites, imaginarios, de nuestra capacidad mental
b) Aplicar: Segunda fase de nuestro aprendizaje. Aplicar las leyes de la cartografía mental, acostumbrándonos a utilizar los mapas mentales siempre que tengamos que tomar notas o preparar conferencias, resúmenes, ensayos, etc.
c) Adaptar: Tercera fase de nuestro aprendizaje. Trabajo continuo con mapas mentales, con la finalidad de potenciar al máximo nuestras habilidades de
cartografía mental.

5. Leyes de cartografía mental / Recomendaciones.-

Las leyes para llevar a la práctica la cartografía mental, tienen la intención de incrementar la libertad mental. No debemos confundir orden con rigidez, ni libertad con caos.
“La autentica libertad mental consiste en crear el orden a partir del caos”

Dichas leyes, se dividen en dos grupos:
a) Leyes técnicas:
Que incluyen el trabajo con énfasis, asociación, claridad expresiva y desarrollo de un estilo personalizado.
b) Leyes de diagramación:
Uso de la jerarquía y orden numérico.

Recomendaciones:
1.- Romper bloqueos.
2.- Reforzar.
3.- Preparar.
Cuando utilizamos énfasis mejoramos nuestra memoria y nuestra creatividad. Para ello, es recomendable emplear imágenes y colores a la hora de elaborar nuestros mapas mentales.

Tony Buzan, nos ofrece una serie extensa de recomendaciones para no caer en la monotonía y en el desorden con nuestros mapas. Y nos anima a emplear imágenes en tres dimensiones, letras de imprenta, códigos tales como círculos, triángulos, subrayados, etc.

Nos habla de la importancia de la sinestesia, fusión o amalgama de los sentidos físicos. Una técnica empleada por muchos memorizadores famosos, escritores y grandes poetas.

El ritmo, la secuencia, la repetición, las imágenes, la llamada a todos los sentidos. Así como los niños tocan, saborean, exploran, cantan, narran historias cautivadoras centradas en mapas mentales. También es importante saber dibujar líneas adecuadas a las palabras. Estas líneas deben
tener la misma longitud que la palabra a la cual se asocian. Las centrales tienen que ser más gruesas y con forma orgánica.

6. Romper los bloqueos.-

Existen diversos métodos para romper bloqueos. Algunos de ellos, pueden ser frutos de nuestra imaginación y creatividad. Tnoy Buzan, nos aconseja emplear los siguientes recursos:

1.- Líneas en blanco.-
Podemos dibujar líneas en el mapa en cual estemos trabajando cuando de nuestra “fuente de inspiración” no fluyan los conceptos. Esto constituye un reto para el cerebro, que de inmediato se verá impulsado a completar los espacios en blanco. Para ello ser recurrirá a la capacidad asociativa.
2.- Realizar preguntas.-
Uno de los métodos creativos mediante el cual nuestros cerebros acumulan redes de conocimiento.
3.- Emplear imágenes.-
Añadiendo imágenes en nuestros mapas mentales, conseguiremos motivar a nuestro cerebro para que cree asociaciones y recuerdos.
Nota: Se recomienda revisar los mapas creados progresivamente. Un día después de haberlo creado, una semana más tarde, un mes, un año, etc.
7. Preparar nuestra actitud mental.-
Es importante prepararnos física y síquicamente antes de comenzar a elaborar nuestros mapas mentales.
Para empezar, debemos saber que mantener una actitud positiva frente a la tarea que nos disponemos llevar a cabo, desbloqueará nuestras capacidades mentales. Nunca debemos pensar en el fracaso, es decir, algunas personas se frustran al observar el resultado de sus mapas, no quedan satisfechos y se juzgan a sí mismos negativamente. No debemos practicar la crítica destructiva con nosotros mismos, si un mapa mental no nos convence lo suficiente debemos mejorarlo. El material de trabajo debe ser el adecuado, aquel que nos estimule y nos resulte agradable.

Lápices de colores, bolígrafos, cuadernos, elegidos cuidadosamente. El espacio, o lugar de trabajo, también puede influirnos de modo negativo o positivo, por ello que debemos preparar un lugar acogedor donde nos sintamos tranquilos, a gusto con nosotros mismos y nuestra soledad.

Una temperatura moderada y una la luz natural relaja nuestra mente y proporciona a nuestro cerebro la información adecuada transmitida mediante colores, formas, líneas, imágenes y dimensiones.
Si la música nos relaja y nos ayuda a abrir las puertas de la inspiración, no dudemos en disfrutar de ella mientras trabajamos. Si nos motiva el silencio, seamos recelosos de nuestra intimidad.

En las siguientes secciones del libro de Buzan, se estudian las diferentes maneras de utilizar un mapa mental, ya sea para llevar a cabo actividades intelectuales, toma de decisiones, organización de ideas personales y ajenas; pensamiento creativo y mentalidad grupal (meta– mente).

8. Toma de decisiones.-

El mapa mental no toma las decisiones por nosotros, pero nos ayuda a pensar, destacando las ventajas, desventajas, valores positivos, valores negativos, y aumentando nuestra capacidad de decisión.

? Toma de decisiones simple:
Conocida como “decisión diádica” (derivado de la palabra griega dyas, que significa “par”). Son decisiones de evaluación que implican opciones simples como: sí/ no, mejor- peor, más eficaz – menos eficaz, etc.
Nos ayuda a valorar las ventajas y las desventajas cuando nos encontramos indecisos a la hora de tomar una decisión. Por ejemplo, cambiar o no de trabajo, estudiar o no una asignatura, comprar o no una casa, etc.
Es importante utilizar imágenes y colores a la hora de elaborar nuestro mapa menta de toma de decisiones. De este modo, el cerebro capta de forma mucho más eficaz los conceptos y las emociones.

Para tomar una decisión diádica, contamos con cinco métodos principales:
1.- Generada por el proceso cartográfico:

En muchas ocasiones, la solución para la toma de una decisión la encontramos durante el proceso de la cartografía, es decir, cuando el cerebro tiene una visión general de todos los datos que se están recopilando, a medida que elaboramos nuestro mapa menta, puede ser que de pronto encuentre la solución, sin necesidad de estudiar más tarde la recopilación de datos añadida en nuestro mapa.
2.- Mediante valoración numérica:
A cada palabra clave se le asigna una puntuación, negativa (-) o positiva (+), numérica del 1 al 100, según la importancia que le demos. Al finalizar, sumamos las puntuaciones, tanto negativas como positivas. El total más elevado nos dará la solución adecuada.
3.- Intuición –superlógica:
Tony Buzan, prefiere definir a la intuición como “una superlógica de la cual se vale el cerebro para considerar un amplio banco de datos a la hora de tomar cualquier decisión. Creando una gama de habilidades corticales mayor que la habitual, con lo que liberan las capacidades intuitivas y supralógicas del cerebro”
4.- Incubación de una idea:
Tras completar el mapa mental para la toma de decisiones, dejamos que nuestro cerebro se tome un descanso. En esos momentos, estudiará todos los datos e incubará una idea. En situaciones de descanso y soledad el cerebro estará más dispuesto a integrar la información, y su toma de decisiones será más precisa y acertada.
5.- Si las valoraciones son iguales:
Puede ser que, tras terminar nuestro mapa menta, no encontremos la solución, ni siquiera una vez llevados a la práctica los cuatro anteriores métodos. Es hora de pensar entonces en las valoraciones del sí y del no. Echar la suerte a cara o cruz. Un momento en el que las emociones demostrarán si tienen o no su decisión tomada de antemano, y que no hayamos sabido descifrar la llamada de nuestro paracerebro. Nos daremos cuenta cuando al lanzar la moneda al aire el resultado sea “cara o cruz”, y dicho resultado nos haya causado alivio o decepción. Poniendo los sentimientos al descubierto.
9. Organizar ideas.-
Tomar notas es un proceso que nos permite organizar nuestras ideas, ya sea de manera diádica o policategórica, siendo esta última algo más complicada.
? Cartografía mental compleja:
Los mapas policategóricos contienen más ramas principales que irradian a partir del centro. El número medio de Ideas Ordenadoras Básicas (IOB), oscila entre tres y siete.
Tony Buzan, nos ofrece los siguientes grupos de ideas ordenadoras básicas, muy útiles para elaborar mapas mentales policategóricos:
.- Cuestiones básicas: ¿Cómo/ cuándo/ dónde/ por qué/ qué/ quién/ cuál?
.- Divisiones: Capítulos/ lecciones, temas.
.- Propiedades: Características de las cosas.
.- Historia: Secuencia cronológica de los acontecimientos.
.- Estructura: forma de las cosas.
.- Función: lo que hacen las cosas.
.- Proceso: Cómo funcionan las cosas.
.- Evaluación: en qué medida son buenas/ valiosas/ benéficas.
.- Clasificación: Cómo ser relacionan unas con otras.
.- Definiciones: Lo que significan las cosas.
.- Personalidades: qué papeles/ personajes asume la gente.

De este modo, nuestro cerebro se ve favorecido para analizar, evaluar, describir y sintetizar la información.

10. Organización de ideas de otras personas.-

Basándose en ocho puntos básicos, – que ofrece en su libro “Cómo utilizar su mente”- Tony Buzan, nos ofrece consejos a tener en cuenta a la hora de tomar notas en una conferencia, un discurso oral, un libro, etc. De modo que se reflejen en ellas el pensamiento original del autor y se añadan además los pensamientos propios de la persona que toma las notas partiendo de un mapa mental policategórico.

Las cuatro funciones esenciales para llevar a cabo la tarea de tomar notas son:
Mnemotécnica – analítica – creativa – conversacional.

Los ocho pasos básicos:
1.- Ojear rápidamente el libro o artículo. De este modo, obtenemos una visión general de cómo está organizado.
2.- Calcular el tiempo que nos llevará el estudio, y el material que emplearemos para cubrir dicho tiempo.
3.- Cartografiar lo que ya se sabe del tema con la finalidad de crear ganchos que darán lugar a establecer conexiones asociativas.
4.- Definir metas y objetivos y completar un mapa mental para cada una de las cuestiones a las que más tarde deberemos dar respuesta.
5.- Obtener una visión general del texto, estudiando el índice y los principales encabezamientos, conclusiones, gráficos, resúmenes, etc.
6.- Visión previa. Prestar atención a los comienzos y finales de párrafos, secciones y capítulos, donde se concentra la información más importante de los temas a tratar. Añadir en el mapa mental lo que se crea conveniente.
7.- Visión interior. Familiarizarse con el resto del texto, pasando por alto, por el momento, los temas más complejos.
8.- Revisión. En esta etapa, se vuelven a revisar los puntos problemáticos que se eludieron en etapas anteriores. Se revisa el texto y se resuelven problemas pendientes. Se completan datos en el mapa mental.

11. La memoria.-

Para aclararnos la relación entre memoria, energía y creatividad, Tony Buzan parte de la historia de Zeus, un mito griego. Zeus, rey de los dioses. Conocido por su forma de seducir a las mujeres más hermosas. Pasaba la mayor parte de su tiempo con la diosa Mnemósine, diosa de la memoria.

Una vez, paso nueve días con sus nueve noches haciendo el amor con ella
apasionadamente. De aquellas nueve noches, nacieron nueve musas.
Las musas representan la creatividad, cada una de ellas es una deidad de las artes:
.- Erato: Poesía amorosa.
.- Calíope: Poesía épica.
.- Talía: Comedia.
.- Melpómene: Tragedia.
.- Euterpe: Poesía lírica.
.- Polimnia: Himnos.
.- Clío: La historia.
.- Urania: Astronomía.
.- Terpsícore: La danza.

Zeus, que simboliza la energía, se une con la memoria produciendo una fertilización llamada creatividad. La mnemotécnica emplea la imaginación y la asociación para crear una imagen. El mapa mental combina todas las capacidades corticales, creando así unos recursos mnemotécnico
multidimensionales, que adoptan una perspectiva unidimensional y bidimensional.

Un pensamiento creativo combina dos elementos para obtener un tercero. El mapa menta mnemotécnico y el multidimensional se componen con los mismos elementos de diseño y mecanismo. El mapa mnemotécnico multiplica los poderes de la memoria y el multidimensional y/o creativo aumenta de modo infinito el pensamiento creativo.

? Los beneficios de un mapa mental mnemotécnico:

En él se emplean todas las habilidades corticales, lo cual potencia el recuerdo. Se activa el cerebro en todos los niveles, fortaleciendo su estado de alerta.
Formado por un diseño atractivo, consigue la atención el cerebro, que quiere volver una y otra vez sobre ellos, ayudando a la memoria. Son un reflejo de pensamiento creativo y mantienen un alto nivel de rememoración. Utiliza todas las capacidades de un individuo y favorece las actitudes físicas del cerebro. Se consigue un método de evocación que incrementa la confianza del individuo, le motiva y activa de forma asombrosa su funcionamiento mental.

12. El pensamiento creativo.-

Los cinco objetivos principales a la hora de elaborar un mapa mental que tenga como origen un pensamiento creativo son:

1.- Producción explosiva de ideas.

Comenzamos dibujando una imagen centrar (palabra clave). Ramificamos ideas, incluso las absurdas, que por lo general dan lugar a las ideas más significativas de un mapa mental. Lo importante es saber que el pensamiento creativo no es más que hacer las cosas tal y como siempre las hemos venido haciendo, aunque quizás, prestando algo más de atención a nuestros actos.

Genio… es la capacidad de ver diez cosas donde el hombre común ve una, u donde el hombre de talento ve dos o tres, sumada a la facultad de registrar esa percepción múltiple en el material de su arte.
(Cita: Ezra Pound)

2.- Primera reconstrucción y revisión.

Dejamos que el cerebro descanse haciendo una breve pausa. A raíz del estudio de las ideas aportadas en el primer mapa mental, comenzamos a elaborar un nuevo mapa en cual se identifiquen y desarrollen las ramas principales del primero. Las ideas que a priori nos parezcan absurdas se deben tener en cuenta, identificándolas de modo diferente. (rodeándolas con un círculo, un triángulo, cambiando el color, la dimensión, etc.) Son ideas que con mucha probabilidad darán lugar a una nueva imagen central.
3.- Incubación de ideas.
Llevaremos a cabo la incubación de ideas cuando nuestro cerebro este relajado, lo cual potencia su capacidad creativa y asociativa.
4.- Segunda reconstrucción y revisión.
En esta etapa, el cerebro ya tiene un enfoque general del primer y segundo mapa mental. Es aconsejable, en este punto, elaborar de inmediato otro mapa mental, con lo cual conseguiremos una fuente de ideas que consolidará los resultados recopilados en los mapas mentales anteriores.
5.- Etapa final.
Es hora de buscar la solución y tomar la decisión adecuada. Volvemos al pensamiento creativo original.
13. Mapa mental en grupo.-
Al poder combinar las ideas y las capacidades creativas de un grupo de individuos los resultados son ilimitados.
Las aplicaciones del mapa mental en grupo serán las siguientes:
.- Creatividad conjunta.
.- Evocación combinada.
.- Resolución y análisis de problemas en grupo.
.- Toma de decisiones en grupo.
.- Administración de proyectos en grupo.
.- Entrenamiento y educación en grupos.

? Etapas del proceso de creación de mapas mentales en grupo.
1.- En primer lugar se define el tema (Palabra clave).
2.- Cada individuo elaborará un mapa mental individual.
3.- Después, analizan e intercambian ideas con respecto al mapa mental que cada uno ha confeccionado.
4.- Se elabora el primer mapa mental en grupo.
5.- Se van formando ideas.
6.- Se reconstruye un nuevo mapa mental y se revisa una vez terminado.
7.- Se analiza y se toman las decisiones adecuadas.

Al elaborar un mapa grupal, la mente se beneficia de las contribuciones individuales, aumentando su capacidad para seguir aportando ideas. Se refuerza el espíritu en equipo y se crea un consenso emergente. Toda idea aportada por cualquier miembro del grupo debe ser aceptada sin realizar críticas por absurdas que puedan parecer.

14. Utilidad de los mapas mentales.-

Llegados a este punto en la lectura, estudio y compresión de “El libro de los Mapas Mentales” de Tony Buzan, estaremos capacitados para llevar a la practica la confección de mapas de forma individual o grupal. Con lo cual, tenemos en nuestras manos la oportunidad de incluir en nuestras vidas este concepto creativo, que nos ayudará en la toma de decisiones, en la gestión de nuestro tiempo, en la organización y reconstrucción, por qué
no, de nuestras vidas.
Las formas prácticas en las cuales se pueden emplear los conocimientos adquiridos acerca de los mapas mentales pueden ser en diferentes niveles.
.-
A nivel personal:
1.- Autoanálisis.
2.- Resolución de problemas.
3.- Agenda.
.- A nivel familiar:
1.- Narración de cuentos e historias.
.- A nivel educacional:
1.- El pensamiento.
2.- La enseñanza.
3.- Crear un mapa mental maestro.
.- A nivel profesional:
1.- Reuniones.
2.- Conferencias.
3.- La dirección.
4.- Cartografía mental por ordenador.
.- A nivel de futuro:
1.- Hacia un mundo mentalmente educado y regido por el pensamiento irradiante. Llegados a este punto, Tony Buzan nos ofrece una serie de instrucciones concisas y precisas con respecto a la elaboración de mapas mentales para cada uno de los niveles anteriormente descritos.

Para ello, seguiremos las leyes de cartografía mental estudiadas anteriormente. Siguiendo las siguientes pautas para cada uno de los niveles:

? Nivel personal.-

1. autoanálisis:
Una vez preparado un lugar de trabajo adecuado y unos materiales de calidad, que nos permitan trabajar con de forma estimulante, partimos de unas ideas ordenadoras básicas para comenzar a elaborar nuestro mapa de autoanálisis. Algunas de estas ideas organizadoras que pueden sernos más útiles son:
.- Historia personal (pasado, presente y futuro).
.- Puntos fuertes.
.- Puntos débiles.
.- Lo que nos gusta.
.- Lo que no nos gusta.
.- Objetivos a largo plaza.
.- Familia.
.- Amigos.
.- Logros.
.- Aficiones.
.- Emociones.
También nos recomienda emplear otras ideas ordenadoras básicas, referidas a orientaciones que puedan estar tomando nuestra vida, u objetivos que deseemos alcanzar en un futuro próximo.
.- Aprendizaje.
.- Conocimiento.
.- Negocios.
.- Salud.
.- Viajes.
.- Ocio.
.- Cultura.
.- Ambiciones.
.- Problemas.

Una vez completado nuestro mapa mental de autoanálisis pasamos a la toma de decisiones. Si queremos ayudar a otras personas para que se autoanalicen, podemos seguir los mismos pasos partiendo de ideas ordenadoras similares a las ya nombradas. Dejaremos que la persona a la que pretendemos analizar nos dicte lo que piensa partiendo de una imagen central que nosotros dibujaremos y que dicha persona nos habrá descrito.

2. Resolución de problemas:
El proceso para la elaboración de mapas mentales para la resolución de problemas, es el mismo que para el autoanálisis. La única diferencia es que la atención se presta en un rasgo o característica personal causante de la preocupación.

3. Agenda:
Tony Buzan, nos anima a tomar datos en nuestra agenda personal a modo de mapa mental, empleando símbolos, colores, dibujos, etc. Y elaborando un plan anual, mensual y diario, que nos ayude a planificar nuestra vida personal y profesional, empleando para ello ideas ordenadoras tales como:
.- La salud.
.- La familia y los amigos.
.- La creatividad.
.- El trabajo.
? Nivel familiar.-
Resulta ameno y divertido inventar una historia en familia empleando mapas mentales. Aunque quizás sea un método complejo para los más pequeños, puede ser también una forma de cultivar y aumentar sus capacidades creativas.
Para la creación de mapas mentales en la narración de cuentos e historias, podemos valernos del brainstorming, y después reconstruir, revisar, incubar ideas y revisar siguiendo las aplicaciones ya explicadas para la confección de mapas grupales.

Para comenzar a elaborar una historia partiendo de un mapa mental podemos emplear ideas ordenadoras básicas tales como:
.- Trama.
.- Colores.
.- Personajes.
.- Imágenes.
.- Tema.
.- Moraleja.
.- Ambiente.
.- Sentimientos.
.- Nivel de lenguaje.
.- Desenlace.

Igualmente podemos elaborar mapas mentales en familia para ayudar a los más pequeños con la lectura de los libros de texto, como método para mejorar las capacidades intelectuales de cada miembro, o como simple diversión lúdica y creativa.

? Nivel educacional.-

1. El pensamiento:
Aplicación de los mapas mentales para el dominio del pensamiento y toma de notas; actividad de preparar ensayos, exámenes y proyectos o informes.
Para llevar a la práctica estas aplicaciones, identificamos primero los elementos esenciales del tema en un mapa mental, para después emplear dichas notas y comenzar a redactar el texto con una estructura lineal.

Los pasos a seguir:
.- Imagen central que represente el tema.
.- Selección de ideas ordenadoras básicas.
.- Elaborar las ramificaciones y comenzar a incubar ideas.
.- Descanso y primera revisión
.- Primero borrador lineal a partir de las ideas concebidas en el mapa mental. – De surgir el “Bloqueo”, elaborar un nuevo mapa.
.- Revisión del mapa mental. Ultimar el ensayo. Añadir las remisiones necesarias y los propios argumentos.

.- Cartografía mental en los exámenes.
Consejos:
.- Leer las preguntas y seleccionar aquellas que quieras responder. Crear minimapas mentales de las ideas que surgen mientras leemos los enunciados.
.- Decidir en qué orden responderemos las preguntas.
.- Comenzar a practicar con la creación de mapas mentales de producción explosiva de ideas.
.-Responder las preguntas según el orden marcado.
Podemos emplear los mismos consejos para elaborar informes o preparar proyectos.
2. La enseñanza:
La enseñanza es una de las profesiones más importantes en nuestra sociedad, pues con ella cultivamos nuestro intelecto. Por ello que sea imprescindible que el profesor esté totalmente cualificado para llevar a cabo su tarea profesional, ya que de su manera de planificar y exponer los temas de estudio se logrará un desarrollo facultativo de capacidades intelectuales satisfactorio para los alumnos a los cuales instruya.

Si el profesor enseña a sus alumnos a manejar con soltura las leyes de cartografía mental, ahorrará tiempo y conseguirá motivar a sus discípulos en el aprendizaje de cualquier tipo de tarea. Con lo cual se multiplicará el éxito en los exámenes.

Los beneficios al trabajar con mapas mentales en la enseñanza serán:
.- Despertar el interés de los estudiantes, motivarles y conseguir que aumente notablemente su capacidad receptiva.
.-Hacer de las aburridas lecciones, temas de presentación atrayentes, espontáneos, creativos e incluso divertidos.
.- Mejorar la nota global de la clase.
.- Ahorro de tiempo y más capacidad para recordar lo estudiado.
.- Comprensión profunda de cada tema.
.- Reducir el volumen de hojas que ocasiona el texto lineal a la hora de tomar notas.
.- Mejorar el aprendizaje en la educación especial.
3. Mapa mental maestro:
Vamos a cartografiar mentalmente un libro. Para ello dividimos en dos partes nuestra tarea: preparación y aplicación.
? Preparación.-
.- Comenzamos con un vistazo general del libro, para después crear una imagen central (10 minutos).
.- Fijamos los objetivos, tiempo y cantidad (5 minutos).
.- Cartografiamos mentalmente lo que ya podamos conocer sobre el tema (10 minutos).
.- Definimos los objetivos en un mapa mental (5 minutos).
? Aplicación.-
.- Visión global. Añadir las ramas principales del mapa mental.
.- Visión previa. Primer y segundo nivel de cartografía mental.
.- Visión interior. Rellenar los detalles del mapa mental.
.- Revisión. Acabar el mapa mental.
Nota: Los tiempos son orientativos, ya que depende de la cantidad de material a estudiar. Los beneficios son varios e importantes, ya que al elaborar un mapa mental de un libro, de una conferencia, videos, películas, etc. conseguimos en principio tener una visión global en todo momento de los temas más importantes. Reducimos espacio y ahorramos tiempo.

Ofrecemos al cerebro un foco central y una estructura dentro de la cual integrar los conocimientos de cualquier tema. Relacionar nuestros propios pensamientos e ideas con los expresados por el autor del libro, conferencia, presentación, etc. Refuerzan el recuerdo y la comprensión. La revisión y el repaso son más satisfactorios.

? A nivel profesional.-
1.- Reuniones.
2.- Conferencias.
3.- La dirección.
4.- Cartografía mental por ordenador.
Partiendo de las leyes de cartografía mental ya estudiadas, podemos mejorar de modo sobresaliente en nuestro puesto laboral. Si nos acostumbramos a trabajar partiendo de mapas mentales para organizar reuniones, preparar conferencias e incluso dirigir nuestra propia empresa tendremos el éxito garantizado.

Gracias a los avances de las nuevas tecnologías, podemos sustituir las hojas y los lápices de colores por el ordenador, ya que existen una serie de programas de gran utilidad para llevar a la practica la confección de mapas mentales. Tony Buzan nos recomienda trabajar con el programa Min Map Plus.
? A nivel de futuro.-
En el último capítulo de “El libro de los mapas mentales”, se revisan las tendencias actuales y estimulantes del pensamiento y del cerebro, que dan lugar, tal y como Tony Buzan nos dice, a una nueva especie de heroínas y héroes: las estrellas del cerebro. A su vez, se examinan las implicaciones del pensamiento irradiante y de la cartografía mental en nuestro futuro.

1. La revolución de la inteligencia:
En el año 1992, se comienza a prestar gran atención a las capacidades del cerebro humano. Muchas revistas y periódicos publicaron artículos importantes acerca del funcionamiento cerebral. La educación mental presenta un creciente interés internacional. Se define la alfabetización mental como:
“La compresión del alfabeto y de los números y sus infinitas permutaciones y
combinaciones. La alfabetización mental quiere decir comprender el alfabeto del cerebro en su constitución biológica y en su actividad, especialmente del córtex, las células cerebrales, el aprendizaje, la memoria y la creatividad”.

Quizás el problema radique en que el individuo no esté mentalmente educado, y ponga límites inconscientes en su capacidad mental para reflejar con éxito su pensamiento irradiante. La aplicación de los principios del pensamiento irradiante al cerebro, permite que sobresalgamos empleando un mínimo esfuerzo al realizar tareas intelectuales como elegir, recordar y ejercitar el pensamiento creativo. Si aprendemos a reconocer la arquitectura de nuestro pensamiento y nos empeñamos en educar nuestra mente, llegaremos a ser “grandes cerebros”.

Leonardo da Vinci ideó su propia fórmula para el cultivo de una mente completa:
1.- Estudia la ciencia del arte.
2.- Estudia el arte de la ciencia.
3.- Cultiva tus sentidos, en especial el de aprender a ver.
4.- Comprende que todas las sosas se interconectan.
“Cultivad todas vuestras habilidades corticales y la gama total de los mecanismos preceptores de vuestro cerebro, y daos cuenta de que vuestro cerebro funciona de forma sinérgica, y es un mecanismo de asociación infinito e irradiante en un universo irradiante”
Leonardo da Vinci.
Tony Buzan se despide con las siguientes frases, que creo pueden ser el centro y objetivo “El libro de los mapas mentales”.
El factor principal, casi cegadoramente obvio, es el tema central de este libro, que en gran medida registra, controla y dirige el resto de la educación: El cerebro humano y su facultad, el pensamiento irradiante. En nuestra creciente comprensión de este órgano increíblemente complejo y misterioso, en nuestro entendimiento cada vez mayor de la familia humana y en nuestro conocimiento actual de la interconexión y la relatividad de todas las cosas, reside nuestra esperanza para el futuro.

«No hay que confundir memoria con historia», dijo Pierre Nora

“No hay que confundir memoria con historia”, dijo Pierre Nora

La visión del filósofo y académico francés
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Luisa Corradini
LA NACION
Miércoles 15 de marzo de 2006

PARIS.- Además de inventar una nueva forma de narrar la historia, Pierre Nora consiguió establecer una línea demarcatoria entre dos conceptos cercanos y con frecuencia contradictorios: “No hay que confundir memoria con historia”, dice.

De una curiosidad sin límites, Nora siempre pensó que, en un mundo presa de la inmediatez, la mejor forma de transmitir la historia de una nación es a partir del presente. De esa convicción nacieron, entre 1984 y 1993, una obra monumental y un concepto: les lieux de mémoire (sitios de la memoria). Durante más de diez años, con la ayuda de 130 historiadores, estableció la geografía sentimental de la nación francesa.

En esa obra, reunida en tres tomos, se combinan libros, hombres, parajes y conceptos: la catedral de Reims, la batalla de Waterloo, el libro de Proust “En busca del tiempo perdido”, Vichy, Versalles, Juana de Arco, Víctor Hugo, “La Marsellesa”, la República, el Tour de Francia, la Torre Eiffel y las Galerías Lafayette.

Una mitología francesa sobre la cual su autor dice: “Lo novedoso de esta manera de escribir la historia es que rompe con el hábito cronológico. Partimos del presente para hacer un inventario de aquellos objetos, hombres o lugares que pertenecen a la herencia colectiva”.

Pierre Nora nació en 1931, en una familia judía de la burguesía parisiense. Hijo de un reputado cirujano, a los 12 años salvó su vida tirándose por una ventana para escapar de la Gestapo. Para olvidar, consagró su vida al estudio: es doctor en historia, en letras y en filosofía; profesor universitario; ensayista, y miembro de la Academia Francesa.

En 1980 fundó la revista académica Débat, que todavía dirige. Desde 1966, cuando comenzó a colaborar con Gallimard, es considerado el editor de ciencias humanas más importante de su generación: publicó, entre otros, a Pierre Foucault, Raymond Aron, Jacques Le Goff, George Dumézil, Elias Canetti y George Duby.

¿Quién mejor que él para explicar las razones de la crisis de identidad que atraviesa Francia en estos momentos? ¿Por qué este país se debate entre las reivindicaciones de todas sus minorías étnicas, religiosas o sexuales que tratan de imponer sus propias memorias a la mayoría nacional? En un mundo globalizado, el problema no es exclusivamente francés: las respuestas del historiador tienen alcance universal.

-La agitación de los últimos meses en Francia da la sensación de que la gente ya no sabe muy bien la diferencia que existe entre memoria e historia. ¿Cuál es esa diferencia?

-Memoria e historia funcionan en dos registros radicalmente diferentes, aun cuando es evidente que ambas tienen relaciones estrechas y que la historia se apoya, nace, de la memoria. La memoria es el recuerdo de un pasado vivido o imaginado. Por esa razón, la memoria siempre es portada por grupos de seres vivos que experimentaron los hechos o creen haberlo hecho. La memoria, por naturaleza, es afectiva, emotiva, abierta a todas las transformaciones, inconsciente de sus sucesivas transformaciones, vulnerable a toda manipulación, susceptible de permanecer latente durante largos períodos y de bruscos despertares. La memoria es siempre un fenómeno colectivo, aunque sea psicológicamente vivida como individual. Por el contrario, la historia es una construcción siempre problemática e incompleta de aquello que ha dejado de existir, pero que dejó rastros. A partir de esos rastros, controlados, entrecruzados, comparados, el historiador trata de reconstituir lo que pudo pasar y, sobre todo, integrar esos hechos en un conjunto explicativo. La memoria depende en gran parte de lo mágico y sólo acepta las informaciones que le convienen. La historia, por el contrario, es una operación puramente intelectual, laica, que exige un análisis y un discurso críticos. La historia permanece; la memoria va demasiado rápido. La historia reúne; la memoria divide.

-¿Por qué ese abandono de una conciencia colectiva nacional en beneficio de esas reivindicaciones de la memoria?

-Hubo un cambio en la naturaleza misma del trabajo del historiador. Los historiadores fueron durante mucho tiempo los depositarios de la memoria comunitaria en la medida en que tenían, casi, el monopolio de la interpretación, que, de paso, no era libre, porque con frecuencia el historiador era instrumento del poder. Con el tiempo, el historiador se independizó, para asumir una actitud científica. Pero casi al mismo tiempo apareció una vida mediática densa, que contribuyó a crear una forma de memoria colectiva, independiente del poder puramente científico. Las tragedias del siglo XX contribuyeron, en gran medida, a democratizar la historia, es decir, a hacerla vivir. El hombre comenzó a sentir que lo que vivía era la historia, contrariamente a lo que sucedía en las sociedades campesinas tradicionales. Cuando un campesino vivía, no tenía el sentimiento de que lo que hacía se inscribía en una gran corriente o tenía un significado que superaba su propia vida y la de su familia. Todo cambió cuando el hombre comenzó a decirse que no vivía en la tradición, sino en la historia.

-¿En qué momento comenzó ese proceso?

-Simbólicamente, cuando Goethe dijo en Valmy: “Usted podrá decir «yo estuve» [se refiere a una frase del autor alemán en su libro “Campañas de Francia y de Maguncia”, publicado en 1817, sobre la batalla de Valmy entre franceses y prusianos]”. En otras palabras: “No crea usted que está viviendo un hecho anodino; está viviendo una batalla de gran importancia histórica”. Desde entonces el mundo comenzó a valorar al testigo. El testigo se transformó en aquel que conserva la memoria viva para hablar del drama europeo de 1914, del drama comunista, de la guerra de colonización, de la colonización mundial. El problema es que ese personaje tiene un gran valor histórico, pero no decisivo. Allí es donde comenzó el drama actual. Lo que vivimos desde hace 20 años es el paso de una memoria modesta, que quería hacerse reconocer, de una cantidad de víctimas que querían que sus penas y sufrimientos fueran tenidos en cuenta, a una memoria que se pretende dueña de la verdad histórica, más que toda otra forma de historia, y que está dispuesta incluso a querer cerrarles la boca a los mismos historiadores. En 20 años, hemos pasado de la defensa del derecho a la memoria a la defensa del derecho a la historia.

-¿Esto quiere decir también que las sociedades de los países occidentales Francia, por ejemplo estarían en vías de dejar de vivir su historia para vivir numerosas y diferentes historias?

-El ejemplo francés es muy apropiado. Creo que Francia es, en este momento, una especie de caldo de cultivo particularmente sensible por numerosas razones. La primera es que siempre tuvo una relación particularmente intensa con la historia. Desde el siglo X, la relación de Francia con su pasado se intensificó cada vez más, porque la historia fue el instrumento formador de la conciencia cívica y nacional. La historia fue la disciplina prioritaria que hacía de los niños unos auténticos franceses. De esta manera, la historia cumplió un papel capital, porque consiguió reprimir las memorias, limitarlas al seno de las familias, al ejercicio privado. Un niño podía ser hijo o nieto de un aristócrata asesinado en la Revolución, hijo de un obrero asesinado en la Comuna, judío emancipado desde hacía poco, inmigrante o bretón? Pero cuando estaba en la escuela era un pequeño francés como cualquier otro, que recitaba “nuestros ancestros, los galos”. Lo que sucedió en los últimos 40 años es que se rompió ese doble registro privado/público y que esas memorias particulares de las minorías en vías de emancipación y de integración en el colectivo nacional reclaman ser como las demás, reconocidas por la mayoría nacional, y, a la vez, conservar algo de sus identidades. Algo que llaman “su” memoria.
-Y que lo es…

-Sí. Cada comunidad tiene su propia historia. Los obreros tienen una memoria obrera que comenzó a establecerse cuando la clase obrera estaba desapareciendo. Comenzamos a hablar de memoria campesina en los años 70, cuando no había más campesinos en Francia. Por entonces, el porcentaje de la población activa ocupada en la agricultura cayó por debajo del 10%, mientras que después de la Segunda Guerra Mundial alcanzaba el 45%. Se comenzó a hablar de memoria femenina sólo con la emancipación y la integración de la mujer en la sociedad francesa.

-En otras palabras, ¿la memoria sectorial o comunitaria aparece después de una conmoción o de una tragedia?

-En cierto sentido. Las guerras, los genocidios, los totalitarismos? La Shoa es el ejemplo perfecto de la matriz memorial. Fue justamente Auschwitz lo que dio origen a la expresión “deber de memoria”.

-Esta necesidad de memoria particular parece estar provocando una crisis de identidad nacional en Francia.

-Porque el sujeto nacional portador de esa ideología de la nación está en grave crisis. A las guerras, a la reducción del poderío, a la crisis del modelo, a la dificultad de la transmisión del mensaje se agregaron cantidad de cosas en los últimos 40 años. Francia tiene, desde entonces, una historia en migajas que provocó una profunda fisura en el nivel de su memoria. Piense en la Segunda Guerra Mundial y en el gobierno colaboracionista de Vichy. Francia salió de esa experiencia trágicamente dividida: había una memoria de los resistentes, una memoria de los racistas, una memoria colaboracionista, una de los ocupados y otra de los no ocupados, de los prisioneros…
-¿Por qué ese desgarramiento?

-Porque cada uno creía encarnar una parte real de este país.

-¿Fue en ese momento cuando la historia oficial de Francia comenzó a ser difícilmente transmitida?

-En efecto. En las escuelas comenzó a ser muy difícil transmitir una memoria oficial. A eso se agregó el drama de la descolonización amplificada por la guerra de Argelia, porque, a diferencia de los ingleses, los franceses manejamos muy mal ese proceso. Y porque teníamos en esas colonias una verdadera población francesa. Argelia, por ejemplo, no era simplemente una colonia, sino mitad colonia y mitad departamento francés. La descolonización fue una auténtica guerra civil. Los franceses vivimos la guerra de Argelia como los norteamericanos vivieron la Guerra de Secesión.
-Un nuevo desgarramiento.

-Fue un traumatismo nacional, un desgarramiento de la conciencia, al mismo tiempo que el fin de la proyección mundial de Francia y un regreso a las fronteras nacionales. En ese mismo momento comenzaron a nacer las obligaciones europeas, que disminuyeron las libertades y soberanías de los franceses.

-En los últimos años hay en Francia una tendencia a dictar leyes que sacralizan las memorias sectoriales: la ley Gayssot, que considera crimen toda actitud negacionista; la ley Taubira, que califica la trata de negros de crimen contra la humanidad; por fin, un artículo de ley, en 2005, que preconizaba la “necesidad de enseñar en las escuelas el papel positivo” de la colonización francesa (artículo que acaba de ser anulado por el Consejo Constitucional). Muchos historiadores siempre estuvieron en contra. Usted en primer lugar.

-Porque la historia no puede ser dictada por los legisladores. Eso sucede sólo en los países totalitarios, no en una democracia. Si cada hecho histórico se vuelve intocable tras haber sido declarado por ley genocidio o crimen contra la humanidad, se está condenando a muerte la investigación histórica y, por ende, cristalizando la historia de una nación. Cuando, en 1990, se comenzó a discutir la ley Gayssot, yo me opuse. Por entonces trabajaba sobre la memoria y, a pesar de las buenas intenciones de ese texto, pensaba que estábamos poniendo el dedo en un engranaje del que no podríamos salir. Comenzaríamos con los judíos y continuaríamos con todas las demás comunidades.
-Y así fue.

-Sí. Si no conseguimos poner freno a esta desviación, mañana veremos en Francia a los protestantes venir a reclamar al Estado una ley en nombre del “genocidio” por la masacre de San Bartolomé en 1572, o a los habitantes de la Vendée por las víctimas de la contrarrevolución entre 1793 y 1796. Nunca terminaríamos. Lo que en realidad es preocupante es un peligroso aumento de la ideologización de “la” víctima en todo el mundo.

-¿Cuál es la diferencia entre lo que usted llama ideologización actual de las víctimas y la posición de la izquierda europea en los años 60, cuando comenzó a denunciar la colonización, la marginación y otras formas de explotación?

-El problema es que esa izquierda ha dejado de existir. La actual ya no tiene más nada que decir y nada más para hacer. Le queda una sola cosa: indicar lo que está bien y lo que está mal. Entonces se apodera de los temas históricos y trata de convertir la historia en purgatorio de la humanidad.

-Pero ¿por qué la gente es ahora sensible al ejercicio de la memoria sectorial en vez de pensar en la historia?

-Debido a la supremacía del presente. En el mundo actual, el presente se ha vuelto el juez supremo. Es el registro de temporalidad con el que vivimos nuestro cuerpo, nuestra vida familiar, nuestro placer y nuestro juicio del pasado. En Francia, el peso del presente se traduce, por ejemplo, en algo tan simbólico como haber permitido a las parejas dar a los niños el apellido paterno o materno indistintamente. Eso es una ruptura de la genealogía y de la filiación. Dentro de dos o tres generaciones, nadie sabrá de quién desciende. Y nadie parece darse cuenta del significado profundo que tendrá ese cambio para la sociedad. Esto quiere decir, entre otras cosas, que las personas han dejado de vivir para sus hijos: sólo viven para sí mismas. Creo que estamos ante un oscurecimiento completo de la proyección de futuro.

-En otras palabras, ¿el hombre moderno ha dejado de saber adónde va?

-Así es. Cuando uno sabía vagamente, o creía saber, adónde iba, era posible saber de dónde venía. Usted y su familia se transformaban, entonces, en un instrumento de transmisión, aun cuando los historiadores eran quienes permitían al pasado preparar el futuro. Pero a partir del momento en que los hombres dejan de saber adónde van, que las cadenas interpretativas han dejado de permitirles proyectarse en el futuro, es necesario constatar que estamos en una situación totalmente imprevisible.

-Chesterton decía que cuando los hombres dejan de creer en Dios terminan creyendo en cualquier cosa. ¿Eso se podría aplicar a la historia?

-Perfectamente. Y si se deja de creer en la historia, en cualquier historia, que vaya hacia alguna parte, tampoco se sabe qué es lo que hay que retener del pasado para justificar el futuro. Es entonces cuando el hombre se pone a vivir bajo el control absoluto del presente y termina por juzgar la historia con los criterios del presente. Esa idea de crimen contra la humanidad que invocan todos esos grupos memoriosos es una noción que data de Nuremberg. La idea de aplicarla a fenómenos que sucedieron hace cinco o seis siglos es aberrante. Esto no quiere decir que no hubo horrores. Al contrario. Toda la historia de la humanidad está repleta de crímenes contra la humanidad. Pero si toda la historia se vuelve una serie de crímenes contra la humanidad, ¿por qué enseñarla? Sólo nos queda expiarla.

-En esas condiciones, ¿cuál es el papel que le queda al historiador?

-Creo que somos más necesarios que nunca. En un mundo delirante, es imprescindible que reasumamos una misión de vigilancia intelectual, racional y cívica. La tarea del historiador es ayudar a la sociedad a reflexionar sobre sí misma, pero sin emitir juicios de valor. No tiene razón de ser un historiador obligado a llegar a conclusiones políticamente correctas. Los historiadores no tienen lugar en un mundo donde sólo reinan el “bien” y el “mal”.

Biografía y ‘perfil’ del movimiento obrero.

Biografía y ‘perfil’ del movimiento obrero. Algunas reflexiones en torno a un Diccionario biográfico del movimiento obrero de América Latina1

Biografia e ‘perfil’ do movimento operário. Algumas reflexões sobre um Dicionário biográfico do movimento operário na América Latina
Robert Paris2

RESUMEN: Las siguientes reflexiones provienen esencialmente y son incluso inseparables – de ahí su carácter por lo general provisorio– del trabajo siempre in fieri que constituye la preparación de un Diccionario biográfico del movimiento obrero de América Latina; trabajo al cual me he dedicado durante una quincena de años completamente solo y de manera casi “artesanal”, hasta haber conseguido interesar y asociar a un pequeño grupo de estudiantes y de jóvenes historiadores, en su mayoría latinoamericanos.[3] Alumnos de la École des Hautes Études en Sciences Sociales.[4] Asimismo, quisiera mencionar aquí, aunque rápidamente, los orígenes de este proyecto de Diccionario, ubicándolos en la historia de su génesis y de su producción teórica y práctica a la vez. Reflexiones que, me parece, pueden provocar una ruptura en el marco formal de la epistemología y admitir nuevos desafíos.
PALABRAS CLAVE: biografía, movimiento obrero, diccionario, Perú, epistemología.
El proyecto del Diccionario nació, pues, en 1964 cuando, apoyado por Ruggiero Romano, me comprometí en una investigación sobre la “Formación ideológica de José Carlos Mariátegui”, la que rápidamente me llevó, con la ayuda del clima político de entonces, a buscar una visión de conjunto de América Latina y, en primer lugar, de su movimiento obrero. Trabajando sobre Mariátegui, el Diccionario debía primero responder a exigencias de tipo prácticas: se trataba de conocer de cerca las dramatis personae, a los militantes obreros, Carlos Barba, Adalberto Fonken, Delfín Lévano, Julio Portocarrero, que cruzaron el itinerario de Mariátegui, así como verificar el sentido o el contenido efectivo de ciertas formulas –“agitador obrero”,[v] por ejemplo- encontradas durante mi investigación y no tanto con el fin de evitar equívocos y malentendidos, sino para aprehender las representaciones –sobre todo la del movimiento obrero- que atraviesan o implican la escritura política de los Siete Ensayos. Así, del conjunto de estas biografías, esperaba conseguir un “perfil” del movimiento obrero peruano, proyecto que plantea problemas de legitimidad que trataré más adelante, pero que explica a su vez el “perfil” del Diccionario.
De ninguna manera se trata de constituir una galería de “hombres ilustres” o un Gotha únicamente de dirigentes del movimiento obrero. Por el contrario. El proyecto hace suyas, al igual que para toda América Latina, algunas de las exigencias expresamente provocadoras planteadas por Jean Maïtron desde la aparición del primer volumen, publicado en 1964, en su Dictionnaire biographique du mouvement ouvrier français: “Salvo raras excepciones, los hombres conocidos que se mencionan en este Diccionario sólo son, en relación a la clase obrera, si se nos permite usar este neologismo, ‘compañeros de ruta’”. El movimiento obrero, la clase obrera, es sobre todo una “masa de hombres oscuros y de acción”;[vi] una expresión o un segmento de estas “clases subalternas”, de las cuales sabemos con Gramsci que su historia está aún por escribir[vii] y, ante todo, siempre rechazadas en toda historia oficial, incluida la de los partidos y aparatos. Es decir, no se trata de rendir culto a los grandes hombres, aunque hayan sido revolucionarios o, aún, “grandes revolucionarios” ni de seguir tratando en la historia –siempre jacobina– únicamente a los “grupos dirigentes”.[viii] El objeto del Diccionario no puede ser sino, citando a Jaurès, la “inmensa multitud de hombres que salen por fin de la oscuridad”. En ese sentido, y no quiero aquí “provocar” a nadie, es mejor ocuparse de nombres como los de Florencio Aliaga, asesinado en la primera huelga de trabajadores del Puerto del Callao en 1904 o de Pánfilo Carranza, presidente de una asociación obrera de Guadalajara (México) en 1878, que reconstruir detalladamente la biografía del secretario del PC argentino Vittorio Codovilla.

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Una opción como ésta implica evidentemente que el Diccionario esté destinado a quedar inconcluso y de hecho, al menos, a mantenerse siempre abierto; a diferencia, por ejemplo, de un diccionario de parlamentarios o de académicos. Nuevas figuras de esta “inmensa multitud” se encontraran en el curso de las investigaciones e ingresaran con todo derecho al mismo. Sobre todo, insisto, muchas de las biografías quedaran incompletas, a veces reducidas sólo a un nombre o a un seudónimo. ¿Quién es Qita, por ejemplo, del que sólo sabemos que estuvo preso durante el gobierno de Benavides?[ix] ¿Quién se esconde detrás del seudónimo de Flaesch, “Fundador de la internacional en Buenos Aires”, quien sabemos enviaba informes al Consejo General de la A.I.T.?[x] Son estos, no obstante, los “personajes” que hacen la materia del Diccionario…
Por otra parte, será necesario, sin duda, volver a la preocupación por los “hombres oscuros”, que pasa por la explotación sistemática de todas las fuentes, ya que cualquier nombre encontrado puede constituir el punto de partida de una “biografía” que, asimismo, pasa por el recurso a todo tipo de fuente: desde los archivos de policía hasta las noticias necrológicas, las listas de suscriptores de las revistas e, incluso, la fotografía o el cine…[xi]
Las biografías, en suma, no obedecen a ciertos criterios epistemológicos formales a los cuales debemos conformarnos. De esa forma, tenemos que, primeramente, cada una de las biografías lleva la firma o las iniciales de su autor: no por culto “burgués” a la propiedad literaria, sino para garantizar la seriedad del trabajo y el compromiso que ello supone. Luego, cada biografía se construye según un modelo único o intentando acercarse lo máximo posible; y se compone de los siguientes elementos: el apellido y nombres del personaje, seguido de los seudónimos si los hay; luego se dedican una o dos líneas a la fecha y lugar de nacimiento y de muerte (cuando éstas, por suerte, se conocen), a la profesión (tipógrafo, obrero metalúrgico, obrero agrícola, etc.), y a una definición breve de su actividad militante (sindicalista campesino, miembro del Partido Socialista, mutualista, cooperativista, etc.). El cuerpo del texto, de extensión variable, está dedicado a la biografía propiamente dicha y, se me perdone insistir, no se trata aquí de caer en la hagiografía ni exaltar una vida “ejemplar”, como tampoco caer en el puro lirismo. El texto debe terminar con la indicación de la fuente y las referencias bibliográficas.
La extensión total es también variable: aparte de las exigencias materiales de la edición, ésta varía sobre todo en función de la información disponible. Aún aquí es necesario evitar el riesgo de proporcionar la biografía en función de la “importancia” de los personajes. Es cierto que la información con que se cuenta para la “prehistoria” del movimiento obrero es más reducida que para la época contemporánea por el hecho de que algunos movimientos –socialistas, comunistas, apristas– tienen mayor tendencia que otros –anarquistas, sindicalistas, campesinos– a conservar y relatar la vida de sus “dirigentes” y de sus “héroes”. De ahí que, independientemente del punto de vista en el que nos ubiquemos, historiográfico o simplemente político, no nos es posible aceptar este estado de cosas.
Nos queda definir, lo que es aún más difícil en América Latina: quiénes deben entrar en este Diccionario biográfico del movimiento obrero. Anarquistas, socialistas, sindicalistas, anarco-sindicalistas y comunistas, todos miembros de organizaciones obreras “patentadas”, generalmente no plantean ningún problema. Ocurre lo mismo con los movimientos campesinos como el zapatismo o –siempre en México– la Liga Nacional Campesina, fundada por Ursulo Galván. Pero la “prehistoria” de este movimiento obrero, como ocurre con el citado diccionario francés, nos pone en contacto con mutualistas y cooperativistas, organizadores de sociedades de resistencia o asociaciones de artesanos –incluso de utopistas–, que corresponden apenas a lo que Engels definía en una carta de Turati del 26 de enero de 1894 como “proletariado típico”.[xii] Será necesario, sin embargo, adecuarnos para acoger en nuestro Diccionario al sombrerero chileno Ambrosio Larrecheda, miembro de la “Sociedad de la Igualdad” de 1850, o, en aún Chile, a Fermín Vivaceta, fundador en 1862 de la “Sociedad Unión de Artesanos”. Y habrá también que ocuparse de los “fourieristas” –Benoît Mure en el Brasil, Francisco Bañuelos en México, Eugene Tandonnet en los países del Río de la Plata–,[xiii] quiénes no sólo pertenecen legítimamente a la historia del socialismo, sino además representan una etapa bien precisa de la clase obrera; un momento del “movimiento real”, como habría podido decir Marx. Igualmente, retener algunos reformadores sociales: Francisco Bilbao, por ejemplo y, probablemente, también al autor del Dogma Socialista Esteban Echevarría, para acoger, por último, a los intelectuales y escritores vinculados a las organizaciones obreras como Neruda o Carrera Andrade, o aún, a los que simplemente expresaron ciertas preocupaciones por el movimiento obrero: se puede citar como ejemplo una pieza teatral como “Marcos Severi” (1905), que escenifica la historia de un tipógrafo italiano radicado en Argentina y víctima de la Ley de Residencia, lo que abriría a su autor, Roberto Payró, las puertas de este Diccionario…
Los obstáculos se presentan verdaderamente cuando se trata de movimientos que contribuyen a definir cierto tipo de “especificidad” latinoamericana: los mesianismos brasileños, que tan ligados están al movimiento agrario; el “bandolerismo social” como el “cangaço” en Brasil o el “bandolerismo” de Pancho Villa; los movimientos indigenistas, antiimperialistas y las luchas de liberación nacional, y finalmente, los populismos. Pero volveremos sobre esto más adelante. Por ahora conviene precisar aquí otros problemas y explicitar mejor estas reflexiones preliminares.
Nos podemos interrogar en efecto sobre lo que justifica o legitima el proyecto que este tipo de Diccionario implica. Es decir, entresacar del conjunto de las biografías un “perfil” del movimiento obrero y, después –porque no– de la clase (o clases) obrera (s) de América Latina. Señalemos que la misma relación biografía-historia está lejos de ser lo transparente o lo inmediato que comúnmente se supone. Probablemente, su único vínculo es que ambas se circunscriben –como Walter Benjamin lo dice a propósito del “destino” y del “carácter– a exigir una hermenéutica: “…Tanto el carácter (la biografía) como el destino (la historia) no pueden ser conocidos de manera directa, sino solamente a través de los signos”.[xiv] Pero nos contentaremos con la idea general que vincula la biografía –por lo menos en dos sentidos a la historia: como producto y como revelador. La verdadera dificultad está en el momento de pasar de las biografías a la clase o inducir ésta de aquellas. En relación a la totalidad, a la clase, la serie de biografías terminadas (aunque sabemos que esto es imposible del lograr), representa precisamente lo que Sartre llama la “sérialité”: una masa solitaria, atomizada, para la cual la totalidad resulta siempre como algo irrealizable, impensable, quizá; o como equivalente del ideal –del yo. ¿Podemos pretender reconstituir la totalidad por acumulación? ¿Cómo pasar –viejo problema filosófico– de lo empírico al concepto? Pero, la cuestión se complica todavía más –y aquí volvemos a América Latina–, cuando lo empírico, tal cual, se le representa como anómico o atípico, o más aún, híper-especificado: empirismo del empirismo. Me explico: no sólo estamos aquí confrontados a un proletariado “atípico”, que es también –Engels como testigo– el caso europeo, sino además a un proletariado atípico que tiene la audacia, si me atrevo a decirlo, de apartarse del idealtypus de su equivalente en Europa.
No sabríamos, empero, satisfacernos simplemente con una solución espontaneísta o afectiva, diría incluso romántica, como la que nos propone la noción sartriana de “fusion historique” o aquella frase famosa de Marx identificando a priori clase obrera y revolución:[xv] porque sería remitir a lo inefable de la revolución y encerrarse, por tanto, en una auténtica aporía y porque sería prohibirnos, en lo que nos concierne a aprehender el objeto mismo de nuestra investigación, lo cotidiano, donde se articulan condición y práctica obrera. Es por esto, inspirándome en la fórmula de Flora Tristán: “Constituir la clase obrera”,[xvi] proclamada como programa en 1843 y, por tanto, en vísperas de la revolución de 1848, la cual marcó y sancionó la ruptura entre “democracia” y clase obrera, que propongo más bien considerar la totalidad que resulta ser la clase, no como una forma o un a priori, sino como un producto histórico y , sobre todo, de las prácticas concretas que definen en contenido la materialidad misma de las biografías. Así, “constituir la clase obrera”: en cuanto a los problemas de la legitimidad –un criterio concreto, material–, creo que nos autoriza a la articulación de “biografía” y “clase”. En cuanto al contenido mismo de las biografías, nos debe permitir paliar –en particular frente a un empirismo híper-especificado– la ausencia de fichas descriptivas. Sin creer que con esto todos los obstáculos están definitivamente resueltos y las dificultades allanadas, tal criterio materialista nos permitirá desde ahora abordar –entre otras cuestiones concretas y solamente concretas– problemas (como el de la especificidad, por ejemplo), que tratados de otra forma nos condenarían si no a la metafísica por lo menos a la ideología. Lo que puede resultar aún peor.
Veamos, por ejemplo, la complejidad que oculta el solo hecho determinar el campo geográfico: América Latina. Pasemos por alto la carga ideológica y de voluntarismo que contiene el adjetivo “latino”[xvii] y aceptemos el augurio. Pero, entonces, ¿qué tratamiento podemos dar a las Antillas y a la Guyana francesa, sobre todo a Belice, Jamaica, Guyana? Particularmente, los territorios anglosajones son todo un problema. No tanto un problema de idioma: ningún historiador de Europa, que yo sepa, trataría de excluir Finlandia o Hungría con el pretexto de que allí se hablan lenguas provenientes de Asia Central, sino sobre todo algo que tiene que ver con la estructura del movimiento obrero (P.C., P.S., C.G.T., etc.), el que –aunque procediendo de los “modelos” de la metrópoli–, es diverso. Así, los modelos de los países de lengua inglesa podrían remitirnos (lo adelanto como hipótesis) a modelos tipo Trade Unions o Labor Party, que son extraños y no tienen correspondientes en la realidad latinoamericana e, incluso – ¿es necesario precisarlo?–, son lo suficientemente específicos en el contexto internacional. Frente a estos obstáculos, que podrían pasar por aparentes, surge evidentemente la experiencia o el sentido de la vivido; la idea de una “comunidad de destino”: “…Aunque los países de habla inglesa del Caribe tienen otro idioma, en todas las demás cosas somos muy parecidos; todos fuimos explotados por los monopolios; todos tuvimos que producir mucha caña y mucho azúcar (…); todos recibimos la misma herencia de subdesarrollo y pobreza; todos hemos tenido problemas similares de incultura, de analfabetismo, de desempleo …”.[xviii] Pero, fuera de la mención al “azúcar y a la caña”, aquí, nada es propiamente latinoamericano… Paralelamente a estos problemas “sectoriales”, hay una pregunta que creo se impone: ¿Podemos, más allá de una cuestión puramente optativa, hablar verdaderamente de una realidad unitaria constituida por lo que nosotros llamamos movimiento obrero latinoamericano?
Elegir la periodización no es tampoco muy simple. ¿A partir de que fecha debemos abrir el Diccionario o, dicho de otra manera, a partir de qué momento podemos hablar de “movimiento obrero” o de “clase obrera”? En cuanto a la fecha, la proclamación de la Independencia no es una referencia válida, ya que excluiría partes enteras de la historia del movimiento obrero latinoamericano: Cuba o Puerto Rico, por ejemplo, y no responde en nada a la cuestión concreta de la aparición del “movimiento obrero”. Aunque en esta materia –es verdad– disponemos de un criterio más decisivo: la abolición de la esclavitud. Criterio formal, jurídico, que marca el nacimiento legítimo, si no de hecho, del “trabajo-mercancía”, condición sine qua non para la formación de la clase obrera. Ello nos permite, al mismo tiempo, excluir de nuestro trabajo a los movimientos que, al margen de su amplitud y su resonancia social, no forman parte de la historia obrera (insurrecciones indígenas en los Andes o en el Yucatán, revueltas de los esclavos brasileños, etc.) y, sobre todo, nos ayuda a identificar en las acciones (huelgas, formaciones de mutuales o de clubs, etc.), inseparables del “trabajo libre”, la presencia si no de la “clase obrera” propiamente dicha por lo menos del “movimiento obrero”, justamente a caracterizar.

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No por esto, sin embargo, la abolición de la esclavitud podría convertirse en referencia decisiva. En efecto, se pueden mencionar aquí casos concretos. En Cuba, por ejemplo, donde ésta quedó sólo abolida en 1889, se sabe de una huelga en 1823 y que el primer periódico obrero, La Aurora, apareció en 1865 y la Asociación de Tabaqueros de la Habana, en 1866, etc. En Puerto Rico, igualmente, coexistirán durante algunos años tres tipos de trabajo: la esclavitud, el trabajo libre y el “libreto”. Aún más impresionante es el caso de Brasil, donde la esclavitud se aboliría recién en 1888, pero que conoció, sin embargo, la implantación de colonias “socialistas” desde la mitad del siglo XIX y, en particular, el que en Río durante el año de 1858, o sean treinta años antes de la abolición, se vivió una importante huelga de tipógrafos. Además, encontramos una primera Liga Operaria constituida allí en 1870 y, durante los años 1870-1880, tanto en Río como en Sao Paulo, los periódicos se titulan O Trabalho, O Proletario u O Socialista. Y eso que no menciono aquí las regiones donde la abolición de la esclavitud va paralela al mantenimiento o al reforzamiento del tributo, de la encomienda, o de la conscripción vial, incluso la import ación de coolies…
Que el nacimiento del capital y de la clase obrera no significan necesariamente la liberación del trabajo, ya nos lo había enseñado la historia europea: la aparición de la “segunda servidumbre” en Rusia y en Europa Oriental en el siglo XVIII –en la misma época en que Europa Occidental se preparaba a liberar sus últimos siervos–, coincidió en esas regiones con las primeras etapas del desarrollo de un nuevo modo de producción capitalista; el mismo trabajo servil contribuía directamente en la acumulación primitiva.[xix] Esto quiere decir que, a través de la diversidad de tipos de “trabajo”, América Latina nos confronta aquí –en una escala mayor y, sobre todo, en un período más largo– a un fenómeno muy conocido: la coexistencia en una misma formación social de modos de producción aparentemente antagónicos, que concurren al desarrollo del modo “más avanzado”, pero en la que tendrá “la última palabra”: el modo de producción capitalista.[xx]
Es esta coexistencia de modos de producción la que explica bastante bien la formación a menudo “atormentada” de la clase obrera y, en particular, la frecuente ausencia de proletariado “clásico”. Ello explica también el contenido o la forma de ciertas manifestaciones obreras; reivindicación del salario en especies en países –México de Porfirio Díaz, Puerto Rico en 1880, etc. –, donde subsiste la “tienda de raya” o el “pago en especies”; el “populismo” tardío de algunos grupos revolucionarios; incluso el apego a ciertos clichés (“feudalismo”, o “semi-feudalismo”, cuando sólo hay modo de producción pre-capitalista) y a ciertos objetivos (“lucha contra el feudalismo”)… Para decirlo brevemente, no necesitamos esperar que el capital haya pasado de la denominación formal a la dominación real para hablar de “movimiento obrero” y que todo criterio, sobre esta cuestión de los orígenes y de la prehistoria, debe ser atenuado con una buena dosis de empirismo.
Es también con este mismo empirismo que podemos elegir la fecha final. Convencidos, en efecto, que para el movimiento obrero de América Latina, la segunda guerra mundial no es tampoco una fecha válida, como para Europa[xxi] y que, por tanto, es imposible cerrar nuestro trabajo en 1939, hemos pensado en un comienzo extender nuestra investigación hasta la Revolución cubana, es decir, 1959. Pero aún esta fecha, aparte de que pueda ser un criterio más político que historiográfico o más sentimental que operatorio, nos parece poco pertinente. Quizás eficaz para algunos países del Caribe como Colombia o Venezuela,[xxii] pero apenas útil para México o los países del Cono Sur, o las regiones andinas; e incluso para el caso de Colombia, donde es posible que la fecha decisiva sea la del asesinato de Jorge Gaitán, el 9 de abril de 1948… Es así como hemos renunciado a imponernos una fecha final única y hemos decidido hacer variar ésta en función de los momentos verdaderamente significativos de los movimientos obreros en los diferentes países, pudiendo ir hasta 1960 y detenerse, en otras partes, en 1948 o, incluso, en 1943. En el caso de Argentina –citaré solamente este ejemplo– llegaremos únicamente hasta 1943; es decir, hasta la llegada al poder de Perón. Fecha “política”, ciertamente, pero que señala una reestructuración del movimiento obrero en su organización, su estatuto, sus prácticas y, sobre todo, su volumen, permitiéndonos al mismo tiempo mantener en los límites “razonables” la sección argentina del Diccionario, que de no ser así, se convertiría en pletórica… Pero, como ya lo he dicho, citaré solamente este ejemplo, para volver más bien a lo que pueden decirnos del movimiento obrero latinoamericano las otras dificultades, puntuales o recurrentes, encontradas en la elaboración práctica de nuestro Diccionario.
Una dificultad constante, a menudo inabordable, como la pobreza o la desigualdad de la producción historiográfica o, a fortiori, como la localización de fuentes y el acceso a los archivo… He hablado ya de la trampa que supone un exceso –por demás relativo– de los trabajos consagrados sólo a sectores privilegiados del movimiento obrero, principalmente los partidos socialistas y comunistas, dejando así de lado otros aspectos, a veces más importantes, sin explorar. Comparemos aquí, de un lado, la producción historiográfica consagrada a los partidos socialistas y comunistas de Argentina y, del otro, esta confesión de Jules Humbert-Droz (“Luis”), delegado de Komintern en la Conferencia Comunista de Buenos Aires de 1929: “Los movimientos y huelgas que se producen actualmente están en manos y bajo la dirección de los anarquistas de la FORA; esto es debido en gran parte porque nuestro partido es lento en su trabajo, falto de contacto con las masas y tardío en la iniciativa para la lucha”.[xxiii] Nada que ver con el triunfalismo habitual de los textos canónicos,[xxiv] pero sobre todo una invitación a romper con un tipo de representación unilineal y finalista del movimiento obrero –presentación que me parece provenir directamente del famoso texto de Engels, Socialismo Utópico y Socialismo Científico para intentar restituir en él la riqueza imprevisible de situaciones. En cuanto a las dificultades en la ubicación de fuentes, la falta de archivos –que hemos a veces exagerado, pues podemos encontrar también felices sorpresas–,[xxv] su destrucción o en general la prohibición para consultarlos, o los peligros que pueden amenazar al historiador que muestra interés en este tipo de literatura, son todos evidentemente demasiado conocidos como para que yo me detenga aquí en ellos.
El hecho de que se deba esta situación a la propensión casi “natural” de las dictaduras hacia el antihistoricismo o a la tradición cultural, o simplemente al no-funcionamiento del aparato del Estado, no impide señalar dos observaciones que conciernen al “perfil” y a la “condición” del movimiento obrero. En torno a la presencia o no de archivos “oficiales”, pienso en particular en los expedientes policiales y el lugar que ocupa el movimiento obrero en la “memoria” del aparato de Estado, me parece que efectivamente ofrece indicaciones preciosas sobre la actitud de las clases dominantes respecto al movimiento obrero y sobre las relaciones que éste último mantiene con el resto de la sociedad. La presencia en Francia, por ejemplo, de un verdadero “theseaurus” de archivos de policía señala bastante bien las prioridades o las “preferencias” del aparato del Estado: “vigilar y penar” (para citar la fórmula de Michel Foucault), haciendo de esta forma la economía de una representación más brutal. Pero también se puede ver allí, me parece, la confirmación indirecta de la integración –“negativa” o no– del movimiento obrero a la sociedad francesa.
Por el contrario, a pesar de la amnesia voluntaria de las clases dominantes, la ausencia o la destrucción de estos archivos, pienso yo, por el distinto tipo de opción que hace el aparato del Estado (o lo que lo remplaza) en torno a reprimir, destruir e, incluso, aniquilar un movimiento entendido y presentado como la “contra-sociedad”, la representación su misma amplitud nos puede llevar –aunque para ello sería necesario hacer estudios concretos y verificaciones caso por caso– a una situación de exclusión pura y simple[xxvi] y, no tanto, a la voluntad de acabar brutalmente con un proceso de integración ya bien avanzado. Con esta misma intención, ahora que hablamos aquí de América Latina, sería necesario analizar también el lugar que ocupa y el papel que ha jugado en tales sistemas la “deportación” de los adversarios políticos a un país vecino.
Pero hay otra ausencia no menos indicativa: me refiero a la ausencia o a la escasez de archivos propiamente obreros. Porque no es suficiente, me parece, contentarse en indicar sólo la incesante represión y las persecuciones que ha sufrido el movimiento obrero, afectando sus estructuras y sus comportamientos, sus prácticas y sus mentalidades. Lo que está en cuestión es ante todo la relación del proletariado con su propia “memoria”: del “proletariado” más que del movimiento obrero. No está de más señalar, precisamente, que esta relación pasa cada vez más por la escritura.[xxvii] Y, por ende, por la alfabetización. Con lo que se comprende mejor, dicho sea de paso, esta maravillosa felicidad que aporta el acceso a la escritura que recorre toda la literatura propiamente obrera: testimonios y memorias, poesías y novelas, por ejemplo, del siglo XIX francés: felicidad que, salvo raras excepciones, temo no tenga equivalente en América Latina. Pero es este dominio de la escritura lo que explica la relativa riqueza en historias y recuerdos de las organizaciones que ya hemos señalado, en particular los partidos comunistas y socialistas en los que militan los intelectuales. Por eso, queda aún este divorcio con su memoria –así como, lo veremos más adelante, en el desarrollo desigual de una literatura propiamente obrera–; una memoria fragmentada que expresa, en primer lugar, las rupturas, las fallas y las discontinuidades que atraviesan el tejido constitutivo no tanto del movimiento obrero como de la clase obrera, y aún más del proletariado. Esta pobreza de memoria es, si se quiere, algo así como la imagen invertida –o en negativo– de la formación y de la malformación de la propia composición de la clase obrera latinoamericana. Producto a la vez de la inmigración o más bien de las inmigraciones, de la abolición de la esclavitud y del trabajo servil, así como también –igual que en el capitalismo “clásico”– del éxodo rural.
¿Esta clase, estas clases obreras? Volvamos precisamente a este otro tipo de fuente o de “memoria” que estamos apenas explorando, reconociendo y explotando:[xxviii] la literatura y, en general, la cultura obrera latinoamericana, que por su diversidad, su riqueza, su pobreza, sus formas y su geografía, constituyen toda una invitación a interrogarse sobre la composición y la consistencia, el “perfil”, de la clase obrera, así como sobre su continuidad, su homogeneidad y su unidad. ¿Qué hay de común entre la literatura croata argentina, definida justamente como una “militancia trashumante”[xxix] y el teatro obrero puertorriqueño, y aún entre éste y las alegorías realistas de un Florencio Sánchez? Aparte de la existencia comprobada de prácticas concretas que tienden a “constituir la clase obrera” a nivel del continente; he aquí, pues, junto a la de América “Latina”, otra categoría formalmente “unitaria” o “unificadora”, que tendremos, más que repudiar, manejar con prudencia.
Una de las dificultades formales encontradas en la preparación del Diccionario es que, paradójicamente, un cierto número de “biografías” tienden a superar los marcos nacionales. Un problema banal de clasificación si se quiere, pero que no deja de sorprender al historiador, quien, está acostumbrado a la circulación de hombres e ideas que han caracterizado ciertos periodos –sobre todo en el siglo XIX– y ciertas “poblaciones” –alemanes, rusos, italianos y, claro está, franceses–[xxx] del movimiento obrero europeo. Pues, no se trata ni de esos casos de “paroxismo” en la época de la Tercera Internacional ni de aquellos que tuvieron la vocación de circular: Malatesta, Gori, Pedro Esteve, la militanciatrashumante y, sobre todo, ¡el ejemplar e incansable Juan Francisco Moncaleano, que reclamaban o se reenviaban México, Colombia y Cuba, muerto en los Ángeles, California¡ Tampoco se trata de los numerosos militantes que la represión condenó a la deportación o al exilio: Luis Emilio Recabarren, Julio Antonio Mella…, aunque ellos permiten plantearnos el problema. ¿Recabarren? En efecto, él pertenece legítimamente al movimiento obrero chileno (o como decimos nosotros, a la “sección chilena” –del Diccionario se sobrentiende), pero, ¿se lo puede excluir por eso de la “sección argentina, conociendo su participación militante en la Argentina de los años 1906-1908 y, en 1918, durante la fundación del Partido Socialista Internacional? Cubano, Mella, sin duda alguna: pero, ¿dónde clasificar el periodo de El Machete? Ejemplos tomados casi al azar –porque podría también recordar las figuras de Auguste Tandonnet, de Joseph Winiger, de Victorino Laínez…–, que ilustran muy bien, del lado de los militantes, un tipo de movilidad y una facultad de adaptación, y de parte de los medios obreros, una disponibilidad y una aptitud al recibimiento, así como una flexibilidad de las estructuras, tan características como ejemplares. Es así –y he aquí la moral de este “affaire”–, que un problema tan prosaico de clasificación nos permite revisar al mismo tiempo una de las prácticas concretas susceptibles de fundamentar la categoría unitaria del movimiento obrero de América Latina[xxxi] y aprehender una de sus características esenciales.
No es gratuito que haya citado los nombres de Malatesta, Pietro Gori o Pedro Esteve. Las figuras de estos “propagandistas” libertarios permiten abordar un problema que, sin ser crucial para nuestro trabajo, se sitúa en el corazón de la historiografía del movimiento obrero de América Latina: el de las “influencias” y el de las “filiaciones” como explicación privilegiada de la difusión de las ideas socialistas e, incluso, de la aparición de organizaciones obreras. Hasta pensar en el tipo de “influencia” que ilustra la abundante literatura ritual consagrada al eco de la Revolución de Octubre o todavía a la “filiación” que proponen estas líneas de Nettlau: “…un militante procedente de España e influido por Farga Pellicer, Carlos Sanz, llamado ‘el cojo’, influyo mucho en Méjico desde 1873 a 1880”.[xxxii] Convencido, por tanto, con Mariátegui de que si el socialismo “no es, ciertamente, una doctrina indoamericana”, busca sin embargo, “aunque haya nacido en Europa, como el capitalismo”, constituirse al igual que éste, en “un movimiento mundial”.[xxxiii] Yo no deseo de ninguna manera comprometerme aquí en la querella que opone nacionalistas y europeizantes, porteños y gauchos, civilización y barbarie. Como lo he mostrado en otro trabajo, intentando emplear la categoría gramsciana de “traduisibilité”,[xxxiv] lejos de reducirse a su introducción o a su reproducción (y, por tanto, de explicarse por medio de mecanismos de “influencia” o de “filiación”), la difusión de una doctrina sólo cobra sentido como producción y, se entiende, como producción de obras innovadoras, en la manera de los Siete ensayos; ese trabajo creador de los grupos que la asumen, permitiendo verificar y realizar la “traduisibilité”.
Pero no es inútil, por el contrario, volver a la tesis aparentemente más realista, que relaciona la circulación de los modelos y de las ideas a la fuerza de trabajo; es decir, a la inmigración: “Cada europeo que viene, nos trae más civilización en sus hábitos […] que el mejor libro de filosofía… El más instructivo catecismo, es un hombre laborioso” –se trata de un artículo de J. B. Alberdi, publicado en El Mercurio de Valparaíso en 1845–,[xxxv] discurso que la historiografía moderna al parecer hace suyo al presentar al inmigrante italiano como importador en la Argentina del socialismo libertario o al técnico e ingeniero alemán Pablo Zierold en México y a Germán Ave Lallemand en Argentina, como aquellos que han hecho surgir en estas riberas los fuegos del “socialismo científico”. No es seguro en efecto que los estereotipos tengan más consistencia que la “ley de bronce” de fastidiosa memoria: el Vorwärts de Buenos Aires es mucho menos “ortodoxo” de lo que uno se imagina[xxxvi] y, por ser alemán, el argentino de adopción Kurt Wilckens no es menos anarquista. Pero, sobre todo, la “fortuna” de una doctrina –el anarquismo en Argentina, por ejemplo–, se explica mucho menos por la intervención de sus “vectores”, aunque tengan el prestigio o el talento de un Malatesta o de un Gori, e incluso por la masa de “soportes” humanos disponibles (la inmigración italiana), que por las estructuras y el no-funcionamiento de la sociedad receptora. Es así como, hasta la época de Irigoyen o de Perón, que la Argentina –para quedarse en este caso– ve coexistir, sin mediación orgánica, una sociedad política criolla, cerrada en ella misma, y una sociedad de masas en formación, sorda a todo proyecto de consenso. Este tipo de estructuras no conoce sino un solo modelo “natural” de funcionamiento: el no-funcionamiento… Intervienen también en esta “elección” libertaria prácticas y comportamientos inherentes a la situación de la masa inmigrada: rechazo del sistema y rechazo al trabajo (“Si hubiese querido trabajar me habría quedado en Europa…“); y lo que tampoco se debe ignorar: cambio de papel y estatuto social (como el caso conocido de los albañiles italianos de Frioul, convertidos en enfermeros apenas llegados a Buenos Aires).[xxxvii] O también el caso de los campesinos de la Italia meridional, quienes “prefieren las ciudades, se hacen pequeños comerciantes de frutas o verduras, cargadores, peones en los ferrocarriles, se dedican al comercio…”.[xxxviii] Es en fin –avanzo aquí la hipótesis pensando a su vez en la experiencia de la IWW norteamericana, así como de la CNT en Cataluña–, el redescubrimiento o la invención de un “uso inmigrante” del anarco-sindicalismo como sistema de mediación social, inclusive de socialización o instrumento de integración de esta nueva fuerza de trabajo al proletariado “nativo”.
Solamente una vez establecida la autonomía histórica y epistemológica de su objeto es que se puede permitir a un Diccionario como el nuestro intentar tomar en cuenta e integrar los movimientos que he mencionado anteriormente: indigenismo, antiimperialismo, luchas de liberación nacional, populismo sobre todo –para citar los mas difundidos–, pues se trata de manifestaciones y de movimientos que, por su ambigüedad fundamental, su composición de clase, incluso sus objetivos, no debían normalmente formar parte de la historiografía del movimiento obrero. Pudiendo con esto chocar a algunos, me parece correcto que José Martí deba apenas ocupar un lugar más importante en nuestro Diccionario que Auguste Comte en el Dicctionaire francés. Un artículo sobre la muerte de Marx y los contactos algo problemáticos con Lafargue no son suficientes como para convertir a este Sun Yat Sen cubano (parafraseando a Mella) en un militante obrero.[xxxix] Por el contrario, Roig San Martín, militante del Partido autonomista, lo mismo que Saturnino Martínez, quien combatió en las filas españolas durante la guerra grande de 1868, tienen ambos un lugar en nuestro Diccionario: el primero creó en 1887 El Productor, órgano del Círculo Obrero de La Habana; el segundo fue un militante obrero desde la fundación en 1865 de La Aurora, primer periódico obrero cubano, hasta la organización, en 1878, del Gremio de Obreros del Ramo del Tabaco.
No oculto, sin embargo, que esta posición es difícil de mantener. Encerrarse aquí en criterios “obreristas” es probablemente pecar por europeocentrista y resulta, en todo caso, apropiarse del único punto de vista –que creo es apenas un punto de vista de clase– de uno de los grandes protagonistas de este debate: hablo de este socialismo “europeizante o cipayo”,[xl] e incluyo en él no solamente a los partidos comunistas sino también a la clase del Obrero Mundial aliada a Carranza contra los zapatistas; a este socialismo cuya debilidad o limitación era precisamente no poder entender, en sus análisis y práctica, la “especificidad” o el contenido “popular” en general de estos movimientos. Esto sería, para decirlo de otra manera, ubicarse en el punto de vista de la “civilización” y prohibirnos, así, comprender no solo la “barbarie”, sino todo lo que ella acarrea, todo lo que ella expresa a través suyo. “Debilidad” o “error” político quizá –y esto no sería tan grave–, pero sobre todo error de sensibilidad, ceguera histórica y cultural, incluso antropológica: y pienso aquí en el ejemplar debate sobre el “problema indígena”, que opone a Mariátegui y la Internacional comunista. Pasando ésta última, de la negación –fácilmente convencida de la “no existencia de ese problema” el VI Congreso, que la lleva a no examinarlo–[xli] al formalismo abstracto de las soluciones “leninistas”, poniendo en funcionamiento el mecanismo de la exclusión que consiste en transferir lo social contenido en estos movimientos al campo de la “cuestión nacional”:[xlii] la Internacional comunista se encuentra entonces aquí, mutatis mutandis, en las posiciones de la civilización.

Es a este formalismo que se oponen, en primer lugar, las instancias realistas presentes en Mariátegui; realismo de ninguna manera pasivo –lo subrayo– y para el cual la realidad no es tal sino porque es producida y transformada por la práctica de los sujetos humanos. Sería “prescindir de la realidad peruana” si no se reconoce la “prioridad de este problema”[xliii] y esto, no tanto porque “en el Perú las masas –la clase trabajadora– son en sus cuatro quintas partes indígenas”,[xliv] sino porque esencialmente “el realismo de una política revolucionaria […] puede y debe convertir el factor raza en un factor revolucionario”.[xlv] Más allá, pues, de un consentimiento pasivo a la realidad, se trata, por un lado –como ya lo he señalado antes, – de responder a la pregunta: ¿Quién es proletario en un país donde el modo de producción capitalista no ha realizado todavía su dominación real?[xlvi] Y, por el otro, de no ocultar en la práctica, bajo la categoría “clásica” de proletariado, a un proletariado “atípico”: “…una vez que el indio haya hecho suya la idea socialista, le servirá con una disciplina, una tenacidad y una fuerza, en la que pocos proletarios de otros medio podrán aventajarlo”.[xlvii]

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En el indio cotidiano, encerrado aún en la “servidumbre”, ya hay que descifrar y entrever el proletario por venir. La ejemplaridad de esta lección nos puede hacer caer, sin embargo, de Charybde en Scylla, haciéndonos ceder esta vez a un wishful thinking próximo a la falsa conciencia o a la auto mistificación: transmutar, por ejemplo, el “antiimperialismo” de un Marti en “internacionalismo”, y concluir –otra “gran separación”– sobre sus vínculos directos “con las ideas socialistas”[xlviii] o, aún, “enderezar” el populismo peronista y, bajo su “aspecto mistificado”, encontrar y recuperar el inefable “núcleo proletario”; escribir “socialismo” desde que uno se ve confrontado a un movimiento social; oír “proletario” cuando “sólo” se trata de revolución burguesa o, bajo el sombrero de Villa, entrever la sombra de la barba de Marx o la perilla de Lenin… En fin, dilatar e incluso disolver la noción de movimiento o militante obreros para caer, una vez más, en esa famosa noche donde todas las vacas son negras.
Esta pasión exagerada –que yo evoco aquí irónicamente–, este afán de querer, incluso a pesar de ello, untar de crisma socialista u obrero a los grandes protagonistas de la historia social, merece que no detengamos en ella y que reflexionemos. Sobre las metamorfosis, como la aplicada a José Marti, el historiador futuro –personaje mítico, a la manera del Hurónde Voltaire–, nos dirá probablemente que éstas expresan una búsqueda de identidad, de legitimidad o la voluntad de reconstruir la memoria de un pueblo… Demuestra obstinación a que Villa entre en el Panteón, no de la Revolución Mexicana, lo que sería justo, sino de la revolución proletaria, comprobación de la ignorancia o la falta de rigor: ignorancia de lo que significa en la Italia post-unitaria el “pillaje” meridional, de lo que expresan en la Europa precapitalista los “primitivos de las revueltas” y, a la falta de consecuencias que nos habrá conducido, acogiendo a Villa en nuestro Diccionario, a suprimir en él a los Cristeros… Pero, tomando distancia con el propósito de hacer de nuestra historia una imagen caballeresca, nuestro historiador comprobará que aquí no solamente hay, como en otras partes, buenos y malos pobres, sino que además, de las metamorfosis sufridas por nuestros héroes, deducirá la fuerza y el poder en nuestros espíritus y en la imaginación de u n socialismo, a su vez “metamorfoseado”.
Quiero concluir con una reflexión sobre estas “metamorfosis”… Metamorfosis, para empezar, del socialismo. Como lo afirmara en 1852 un observador francés del movimiento de las ideas en América Latina: “El socialismo se convierte en el auxiliar del americanismo y le sirve de máscara”.[xlix] Yo agregaría que este “socialismo” cubre desde ahora con su máscara a una burguesía llamada “nacional”, transfigurando a su gusto el “antiimperialismo” e, incluso, sirviendo como auxiliar cínico de la acumulación del capital –“perversiones” que no son sólo patrimonio de América Latina. Pero, al hablar de “americanismo”, nuestro observador, lector de Sarmiento, se refería principalmente a esta “barbarie” que, éste afirmaba, “agita todo el Nuevo Mundo español” y del cual presentaba un cuadro poco complaciente: “Existe en todas partes un partido que se apoya en las masas populares y cuyo primer instinto es el odio al extranjero […] Una de sus quejas contra el partido de la civilización en América es la predilección que este tiene por Europa”.[l] Si mencionó estas líneas no es tanto por su valor premonitorio o por la agudeza del diagnóstico, sino sobre todo porque la articulación que hace entre socialismo y barbarie bajo el nombre de “americanismo”, lo que me parece designar a la vez uno de los principales obstáculos que nuestra investigación ha tenido que afrontar –y tendrá en largo plazo–: el lugar donde nace uno de sus principales logros epistemológicos. Americanismo que es aquí, si se quiere, el emblema y el símbolo de las metamorfosis americanas del movimiento obrero o, todavía mejor, síntoma de la fragilidad, inestabilidad e incertidumbre de sus más “clásicas” formas…
Esta confrontación con las prácticas atípicas o metamorfoseadas de un movimiento o un social (no me atrevo a decir, obrero) que hasta aquí he englobado –y por referencia, también a Sarmiento– bajo la etiqueta de barbarie, debe llevarnos también a cuestionar un poco nuestro sistema de categorías y nuestro aparato heurístico. No es impunemente que podamos hacer nuestros algunos problemas: preguntarnos con Mariátegui lo que es un “proletario” en el Perú de Leguía o, igualmente, interrogarnos sobre el valor operatorio de la categoría de “proletario”. Algo que también es valido para la de “obrero” o de “movimiento obrero”. La aparición en particular de estos sujetos históricos relativamente nuevos como son los populismos, no supone solamente la apertura de nuevos campos, sino que exige, antes que nada, una redefinición o un desplazamiento del límite precario que separa “movimiento obrero” y “movimientos sociales”, proponiendo asimismo –todas la fronteras abolidas– nuevas hipótesis: ¿El “movimiento obrero” es una transformación sectorial e

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[1] Ponencia presentada en el V Seminario Internacional sobre “Historia del Movimiento Obrero Latinoamericano”, Caracas, 27 de octubre- 1º de noviembre de 1980. Publicada en la revista Babylone, 4. Paris, Union Générale d’Éditions, 1985, pp. 86-109. Traducción de Héctor Milla y revisión de Arturo Taracena Arriola.
[2] En ese momento Robert Paris era profesor de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, donde animaba un seminario de historia del movimiento obrero y fungía como responsable de la edición de las obras de Gramsci en la editorial Gallimard.
[3] Entre estos, los argentinos Roberto Falcón, Jorge Gelmann y Edgardo Bilski; los peruanos Héctor Milla y Ricardo Melgar (éste por correspondencia); los mexicanos Javier Torres y Rafael Loyola, el guatemalteco Arturo Taracena Arriola.
[4] Mis reflexiones se han ido generalmente precisando y afinando en este trabajo colectivo; sin embargo, debo señalar que ellas son de mi entera responsabilidad.
[v] J.C. Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Lima, 1958, p. 227. Más ambigua aún es esta fórmula de G. Rouillon, en una carta dirigida al autor, del 1º de diciembre de 1965: “el internacionalista peruano Dr. Víctor Manuel Maúrtua…”
[vi] Dictionnaire biographique du mouvement ouvrier français. Publicado bajo la dirección de Jean Maïtron, Tomo I, París, 1964, p. 16.
[vii] A. Gramsci, “Quaderno 25 (XXIII), 1934, Ai margini della storia (Storia dei gruppi sociali subalterni)” in Quaderni del carcere, Turín, 1975, Vol. III, pp. 2277-2294.
[viii] Que se me permita aquí aconsejar mi texto “Analisi ‘nazionale’ di un grupo dirigente” en P. Spriano, Storia del Partito comunista italiano, Libri nouvi, núm. 6. Turín, Dicembre, 1969, p. 4.
[ix] J. Macedo Mendoza, “Le fascisme au Pérou”, Clarté, núm. 16, Paris, Décembre 1937, pp. 515-518.
[x] La biografía de Flaesch se debe a Ricardo Falcón.
[xi] El examen con lupa de una fotografía tomada en la conferencia de Génova en 1922, me permitió por ejemplo reconocer a Mariátegui entre los delegados y los periodistas reunidos en la terraza del palacio San Giorgio.
[xii] La corrispondenza di Marx e Engels con italiani, 1848-1895, A cura di G. Del Bo, Milan, 1964, pp. 518-521.
[xiii] Cf. R. Paris, “La fortune de Fourier en Amérique Latine”, Autogestion et socialisme, núm. 20-21, Paris, Septembre-décembre 1972, pp. 81-101.
[xiv] W. Walter Benjamin, “Destin et caractère” (1921), in Œuvres choisies, Trad. par M. de Gandillac, Paris, 1959, p. 48.
[xv] “La clase obrera es revolucionaria o no es nada”.- Carta a J.-B. Schweitzer del 13 de febrero de 1865.
[xvi] Citado por R. Gossez, Les ouvriers de Paris, Livre Ier, L’organisation, 1848-1851, La Roche-sur Yon, 1968, p. 298.
[xvii] Sobre este punto, cf. R. Romano, Los conquistadores, Paris, 1972, pp. 165-170.
[xviii] Fidel Castro, citado en J. A. Benítez, Las Antillas: colonización, azúcar e imperialismo, La Habana, 1977, p. 274.
[xix] Es, si se quiere, el mismo mecanismo que empleó Rosa Luxemburgo en el análisis de la Dette ottomane.
[xx] Al respecto, un movimiento como el “feminismo” nos ha enseñado mucho, permitiéndonos ver cómo las sociedades y los modos de producción más “avanzados” soportaban bastante bien e, incluso, presuponían la persistencia de un modo de producción auténticamente precapitalista: el trabajo “doméstico”.
[xxi] Es el caso también –dejando de lado el problema de la “proscripción” evocado hace poco por Marcelo Segall– de la mayoría de las fechas revolucionarias importantes de Europa: 1848, 1871, 1917 y, asimismo, 1936…
[xxii] Cf., por ejemplo, la periodización de los partidos comunistas propuesta por C.-H. Pares en “Problemas de la teoría y la praxis leninista en el movimiento revolucionario latinoamericano”, Caracas, 29 abril-4 mayo, 1979.
[xxiii] S.S.A. de la I.C., “El movimiento revolucionario latinoamericano. Versiones de la Primera conferencia comunista latino americana, Junio de 1929”, La Correspondencia sudamericana, Buenos Aires, s.d., p. 107.
[xxiv] Sobre las luchas de este período, el “Manual” del P.C. argentino dice lo siguiente: “. . . Los obreros iniciaron una serie de movimientos en defensa de sus salarios y sus condiciones de vida y contra la desocupación. La mayoría de estas luchas fueron dirigidas por sindicatos o comités de huelga en que predominaban camaradas de nuestro partido”. Esbozo de historia del Partido comunista de la Argentina, Buenos Aires, 1947, p. 66.
[xxv] Cf., por ejemplo, J. Klima, “La asociación bonaerense Vorwärts en los años ochenta del siglo pasado”, Ibero-americana pragensia, Año VIII, Prague, 1974, pp. 111-134: texto que se apoya en un fondo de archivo original encontrado en una pequeña ciudad de Checoslovaquia.
[xxvi] “El proletariado acampa en las afueras de la ciudad”, escribía Auguste Comte.
[xxvii] La “literatura oral” –lo que es ya contradictorio en los términos–, lo mismo que los “relatos autobiográficos” y toda la historia oral en general, me parecen no sólo responder a los objetivos de una historia “inmediata y popular”, sino que además nos permiten acercarnos a ciertos mecanismos de censura que, creo, son inherentes al acto de escribir. Lo que no quiere decir, por supuesto, que no intervengan otros “mecanismos de defensa”.
[xxviii] Pienso en particular en las tesis reciente de Rubén Dávila, Structures mentales, conscience et sujet collectif: sociologie d’un mouvement culturel de 1873 à 1915 à Porto Rico, Paris, École des Hautes Études en Sciences Sociales, 1980.
[xxix] Cf. “El croto: militancia trashumante”, Mundo Nuevo, Núm. 44, Paris, Febrero 1970, pp. 19-40.
[xxx] M. Segall, “En Amérique Latine. Développement du mouvement ouvrier et proscription”, International Review of Social History, Vol. XVII, 1972, pp. 325-369.
[xxxi] Lo mismo es en lingüística, donde se dice que los dialectos pertenecen a una misma lengua cuando sus hablantes respectivos pueden comunicarse entre sí.
[xxxii] M. Nettlau, “Viaje libertario a través de América Latina”, La Revista Blanca, Año XII, núm. 308, Barcelona, 14 de diciembre de 1934, p. 394.
[xxxiii] J. C. Mariátegui, “Aniversario y Balance”, Amauta, Año II, núm. 17, Lima, setiembre de 1928; actualmente en Ideología y Política, Lima, 1969, p. 248.
[xxxiv] R. Paris, “Mariátegui y Gramsci: algunos prolegómenos para un estudio contrastivo de la difusión del marxismo”, Cahiers de l’ISMEA – Études de Marxologie, 23, Paris, 1984, pp. 183-221. (Ponencia presentada al Coloquio Internacional sobre Mariátegui y la revolución latinoamericana, Culiacán, México, 14-18 de abril de 1980).
[xxxv] Citado por G. S. Onega, La inmigración en la literatura argentina (1880-1910), Santa Fe, Universidad del Litoral, 1965, p. 23.
[xxxvi] Cf., sobre este punto, el artículo, citado anteriormente de J. Klima, “La asociación bonaerense Vorwärts…”
[xxxvii] B. Zuculin, L’Argentina e le sue ricchezze, Firenze, 1947, p. 289.
[xxxviii] “République argentine”, La Révolte, Paris, 2-8 septembre 1888, pp. 3-4.
[xxxix] Cf., por ejemplo, A. Hidalgo, “Apuntes sobre personalidades socialistas, anarquistas y líderes obreros en la obra de José Martí”, El Caimán barbudo, núm. 67, La Habana, mayo 1973, pp. 16-22. La cita de Mella se encuentra en J. A. Mella, Ensayos revolucionarios, La Habana, 1960, p. 95.
[xl] La fórmula proviene evidentemente de J. E. Spilimbergo, El Socialismo en la Argentina, del socialismo cipayo a la izquierda nacional, Buenos Aires, 1969.
[xli] S.S.A. de la I.C., El movimiento revolucionario Latino Americano, ed. cit., p. 311.
[xlii] Ídem., p. 28.
[xliii] “Réplica a Luis Alberto Sánchez”, Mundial, Lima, 11 de marzo de 1927, reproducida en Amauta, núm. 7, Lima, marzo de 1927, en Boletín El Proceso del Gamonalismo, pp. 38-39 y en Ideología y Política, Lima: Biblioteca Amauta, 1969, p.223.
[xliv] “Intermezzo polémico”, Mundial, Lima, 25 de febrero de 1927, en Ideología y Política, ed. cit., p.217.
[xlv] “El problema de las razas en la América Latina” (mayo de 1929), en Ideología y Política, ed. cit., p. 46.
[xlvi] R. Paris. “José Carlos Mariátegui et le modèle du ‘communisme’ inca », Annales ESC, 21e. année, no. 5, Paris, septembre-octobre, 1966, 1065-1072.
[xlvii] “El problema de las razas…”, op. cit., p. 46. A riesgo de salirme del sujeto, que me sea permitido aquí subrayar que éste es un elemento moral –la “moral de los productores” de Sorel– y que realiza la articulación entre proletariado “clásico” y proletariado atípico. “La originalidad del sindicalismo revolucionario –escribe por ejemplo Sorel– es… fundar la superioridad que éste le atribuye a la clase obrera sobre las cualidades que ésta adquiere en las luchas sociales” (“Le caractère religieux du socialisme”, Le Mouvement socialiste, no. 180, Paris, novembre 1906, p. 287).
[xlviii] V. Perera, L. Acosta. « La campaña anti Martí”, El Caimán barbudo, 65, La Habana, febrero-marzo, 1973, pp. 19-24.
[xlix] Ch. De Mazade, “Le socialisme dans I ’Amérique de Sud”, Revue des Deux Mondes, Tome XIV, Paris, 1852, pp. 641-666.
[l] De Mazade, “De l’Américanisme et des Républiques du Sud. Société argentine.- Quiroga et Rosas”, Revue des Deux Mondes, Paris, 15 novembre 1846, pp. 625-659.

Cómo citar este artículo: PARIS, Robert, (2013) “Biografía y ‘perfil’ del movimiento obrero. Algunas reflexiones en torno a un Diccionario biográfico del movimiento obrero de América Latina”, Pacarina del Sur [En línea], año 4, núm. 15, abril-junio, 2013. ISSN: 2007-2309. Consultado el
Consultado el Jueves, 17 de Diciembre de 2015.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=678&catid=14&Itemid=31 Fuente: Pacarina del Sur – http://www.pacarinadelsur.com/home/abordajes-y-contiendas/678-biografia-y-perfil-del-movimiento-obrero-algunas-reflexiones-en-torno-a-un-diccionario-biografico-del-movimiento-obrero-de-america-latina – Prohibida su reproducción sin citar el origen.
Diccionario biográfico del movimiento obrero urbano guatemalteco, 1877-1944
Arturo Taracena Arriola y Omar Lucas Monteflores
Guatemala: FLACSO, Editorial de Ciencias Sociales 2014

Este Diccionario biográfico del movimiento obrero urbano de Guatemala, 1877-1944 –además de una introducción en la que se aborda la metodología utilizada para confeccionarlo y que fue tomada de las enseñanzas del doctor Robert Paris, plasmadas en su ensayo Biografía y ‘perfil’ del movimiento obrero. Algunas reflexiones en torno a un Diccionario (1980), contiene una “Breve caracterización histórica del movimiento obrero guatemalteco” para el período de estudio, así como 830 biografías y datos biográficos de artesanos, obreros y activistas políticos (liberales, anarquistas, comunistas, socialistas, laboralistas, etc.) nacionales y extranjeros, que tuvieron relación con el movimiento mutualista y sindicalista en Guatemala desde sus inicios organizativos hasta el triunfo de la Revolución de Octubre de 1944. Su base documental es fundamentalmente la hemerográfica, así como tesis universitarias y los libros escritos sobre el tema, incluyendo los diccionarios especializados nacionales y extranjeros. Cada personaje, además de su nombre, lleva su seudónimo –cuando se conoce–, país de origen, fecha de nacimiento y muerte, afiliación, oficio y participación, así como las fuentes primarias y secundarias que respaldan dicha información. A su vez, cuenta con tres cuadros con la lista de mutualidades, sindicatos y federaciones registrados durante el período de estudio, las siglas y nombres de las organizaciones referidas más un anexo de 59 fotografías que ilustran sucesos, textos, lugares de trabajo, huelgas, etc., del obrerismo guatemalteco. Es pues, tanto una obra de referencia como un aporte a la historiografía social. Fuente: Pacarina del Sur – http://www.pacarinadelsur.com/recomendados/1157-diccionario-biografico-del-movimiento-obrero-urbano-guatemalteco-1877-1944 – Prohibida su reproducción sin citar el origen.

El viejo monje medieval

El viejo monje medieval
Sergio Ramírez
El Faro / Publicado el 15 de Diciembre de 2015

En la recién pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, me tocó clausurar el Foro de Editores y profesionales del libro. Y empecé diciendo que siempre me ha apasionado saber cómo se sentirían aquellos monjes que copiaban los libros a mano, cuando uno de tantos días a mediados del siglo quince oyeron decir que allá afuera los libros empezaban a salir de las imprentas como bollos de los hornos de las panaderías, desde que un fabricante de espejos de Maguncia, perseguido por deudas, imprimía Biblias en una prensa de torniquete de las que servían para exprimir las uvas en los lagares.

Más que maravillados por las noticias, imagino que deben haberse sentido aterrados. De las prensas, además de Biblias empezaban a salir naipes de baraja y estampas de santos y salterios. Todo lo que los pacientes y dedicados monjes hacían antes, iluminando con sus pinceles las letras capitulares.

Es decir, aquella invención amenazaba con barrerlos. La mejor virtud de los copistas era la paciencia, y la paciencia dejaba de ser útil al conocimiento y pasaba a ser una de las reliquias del pasado. Ahora se imponía la velocidad, que nada tenía que ver con la paciencia, y mucho con la modernidad.

Nada sería lo mismo a partir de la imprenta. El conocimiento dejó de ser, como dice H. G. Wells, “un pequeño gotear de espíritu a espíritu, para convertirse en una ola inmensa de la que participarán miles de espíritus y, muy pronto, veintenas y centenas de millares”.

Aquella fue una revolución múltiple. Para la expansión del saber y para las comunicaciones. Si la Biblia iba a ser leída por muchos, debía dejar la cárcel del latín e imprimirse en los idiomas vulgares. Pero no sólo la Biblia. Los libros de caballería pasaron a ser best-sellers. Y El Quijote era leído por los criados en las antesalas de los caballeros.

Aquella revolución de la palabra impresa multiplicó sus consecuencias por los siglos venideros, y no hubo género de actividad humana que no llegara a afectar. La revolución cibernética, que es aún tan joven, empezó por afectar a la palabra impresa, y no hay tampoco género de actividad humana que no haya llegado a transformar, pero aún con mayor profundidad y dimensión, hasta hacer depender todo de la tecnología digital.

No existe nadie del oficio, o el vicio de la lectura, que no se haya sentido fascinado con el olor del papel y de la tinta. Oler los libros, pasar la mano por sus lomos, entrar por primera vez en sus páginas. Cuando los libros se vendían sin refilar, la tarea mecánica de abrir los cuadernillos las ejecutaba uno mismo, con un estilete. No hay, en cambio, ninguna sensualidad al acercar la palma de la mano a la fría superficie de la pantalla donde por arte de la ilusión virtual, están las letras que escribimos y que leemos.

No quiero, con mi nostalgia de monje medieval, despertar ninguna sospecha de que tenga horror frente al progreso que nos avienta hacia adelante. No hay duda que la civilización científica tiende siempre a la economía de medios y de esfuerzos, y agradezco ser su beneficiario. Como nunca, la tecnología está suprimiendo instrumentos mecánicos, aunque preserve por el momento el de la digitación. Ya el cerebro de la computadora, sin embargo, puede transformar nuestra voz en caracteres escritos, y los caracteres escritos en voz, y habrá un día en que podrá traspasar a la pantalla nuestros pensamientos.

Pero hoy en día, y otra vez tampoco me dejo llevar por el terror, es imposible recuperar un texto escrito en un sistema cuyo lenguaje electrónico ha dejado de existir. Los disquetes que guardan mi novela Castigo Divino, de hace un cuarto de siglo, no pueden ser leídos por ninguna computadora. Puedo leer un libro impreso en el siglo diecinueve, o antes, pero no puedo leer lo que escribí hace veinticinco años si no es en el papel, al estilo antiguo. Un argumento más para no dejar de creer en los libros de verdad.

Si es cierto que podremos leer de cualquier forma, mi previsión es que el libro impreso convivirá por largo tiempo con los formatos de libro electrónico. Ya lo estamos viendo; no es tan fácil sacar del mercado a los libros reales. La Feria del Libro de Guadalajara es un ejemplo más que palpable.

Pero en cambio, el acto mágico de escribir, de transformar la imaginación en palabras no tiene sustitutos mecánicos ni electrónicos. Ese acto de transferencia de la imaginación de una mente a otra, de la mente de quien escribe a la mente de quien lee, depende de la cifra única de la palabra. Sus variables son infinitas. Hay tantas imágenes transferidas a través de la palabra, como lectores existen. Una imagen diferente, propia, para cada lector, una imagen verbal construida por una mente y que puede ser descifrada por otra.

Para el monje con que he comenzado, sólo quedaban el olvido y la muerte; y cuando la polilla se comiera los pergaminos en los que había trabajado toda su vida, se lo comería también a él. Pero sólo tenía una manera de salvarse, y era salir a la calle, buscar los talleres donde se imprimían libros, meterse entre los tipógrafos, aprender a componer planas con los tipos móviles de madera, enterarse de cómo funcionaban las prensas manuales, de cómo trabajaban los encuadernadores. Es lo que hace don Quijote cuando ya al final de sus aventuras, visita una imprenta en Barcelona.

Y el monje de mi historia debe aceptar que el mundo tan antiguo en el que hasta entonces ha vivido se hunde para siempre en las tinieblas, y que en lugar de quedarse dando traspiés, debe asumir como propio el valiente mundo nuevo que se abre ante sus ojos dañados de tanto copiar.

Es lo que procuro hacer. Aunque siempre querré conmigo a los viejos libros con su aroma sin tiempo, para entrar cada vez en ellos con el asombro de la primera vez.

Arequipa, diciembre 2015

*Sergio Ramírez es escritor y político. Fue vicepresidente de Nicaragua entre 1986 y 1990, durante el gobierno de la revolución Sandinista. Sus novelas y cuentos le han hecho ganar numerosos premios internacionales, como el Alfaguara (1980), el Casa de las Américas (2000) o el Carlos Fuentes (2014).

De revolucionarios, partidos y utopismos. Algunas reflexiones en torno a la izquierda mexicana

De revolucionarios, partidos y utopismos. Algunas reflexiones en torno a la izquierda mexicana
Alejandro González Gutiérrez*

Polít. cult. no.43 México mar./jun. 2015

Transformaciones culturales e ideológicas

De revolucionarios, partidos y utopismos. Algunas reflexiones en torno a la izquierda mexicana

Alejandro González Gutiérrez*

  • Licenciado en historia, Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), México. [erebo2403@gmail.com].

Resumen
En este ensayo se hace un análisis histórico sobre la política, la ideología y la postura de la izquierda comunista mexicana frente al Estado a lo largo del siglo XX. A partir de la experiencia del Partido Comunista Mexicano, el objetivo es arrojar una luz sobre la naturaleza histórica del sistema político mexicano a fin de comprender que la contención de las oposiciones políticas se logró mediante un complejo mecanismo de concesión y coerción.
Fue gracias al empleo de ese mecanismo dual que el régimen logró afianzar su proyecto político en detrimento de otras propuestas como fue el caso de la izquierda. Frente a la imposición del neoliberalismo, este ensayo busca abrir espacios de reflexión sobre los retos, límites y alcances de la izquierda en el pasado y el presente.
Palabras clave: izquierda mexicana, Partido Comunista Mexicano, Internacional Comunista, sistema político mexicano, régimen priista.

El objetivo de este trabajo es elaborar una serie de reflexiones que nos ayuden a comprender la naturaleza histórica del sistema político mexicano, al recorrer los caminos, en ocasiones fructuosos a veces sinuosos, de la izquierda comunista que se formó en este país en la segunda década del siglo XX. Dicha empresa no pretende realizarse sobre la ya conocida sentencia rankeana, donde “el historiador sólo debe mostrar lo que realmente ocurrió”,1 sin recurrir a sus afectaciones e intereses personales.
Invitación a la objetividad pura que se evidencia pronto en falacia, pues la no-postura es, por sí misma, una toma de partido que deviene de intenciones determinadas por la subjetividad de aquel que emite tal juicio. A lo largo del siglo XX no fueron pocos los historiadores que desdeñaron la identificación del historiador con un científico que, sin piel ni alma, se dedica a develar los misterios ocultos en los muchos hechos del pasado mediante la abstracción de su propio presente.
En la órbita de subvertir aquel posicionamiento erudito, el ya clásico Marc Bloch advertía que en una investigación “el conocimiento del presente es directamente más importante todavía que la compresión del pasado”.2 En la misma tónica, Lucien Febvre admitía que la realidad habla sólo mediante la existencia de un sujeto que está ahí para interrogarla, que actúa en función de volver la historia un problema que intenta resolver para después elaborar nuevos problemas.3 Historia problema que trata de fundamentar un discurso científico lleno de vida y de afectación constante, donde el historiador marca las pautas a descubrir a partir de recuperar los intereses de su propio tiempo.
Aún más allá de este escenario enfocado en el oficio mismo del historiador que surge de las aportaciones metodológicas de Annales, Jean Chesneaux recurría a la reflexión de la relación colectiva que los sujetos tienen con el pasado para recuperar la historia como necesidad praxiológica. En su perspectiva, el acceso al pasado cobra sentido no sólo si parte de un presente en marcha, sino que además de ayudarnos a “comprender mejor la sociedad en que vivimos hoy”, sirve para saber “qué defender y preservar, saber también qué derribar y destruir”.4
Difícil es sostener que la historia, incluso cualquier ciencia, puede gozar de neutralidad así sin más; sólo como mudas observadoras del cumplimiento teleológico de aquel progreso prometido por los próceres de la modernidad en la Europa decimonónica. Como bien decía Walter Benjamin, a propósito de su objeción al historicismo, el rostro oculto de la objetividad deviene en un procedimiento de empatía con el statu quo impuesto por los hombres que dominan hoy bajo la herencia de aquellos que vencieron alguna vez.5
Así pues, a decir también de Josep Fontana, el reto consistiría en recuperar la historia como interpretación de lo real, como proyecto “de arrancarla a la fosilización cientificista para volver a convertirla en una técnica: en una herramienta para la tarea del cambio social”.6
El referente inmediato para elaborar nuestro análisis sobre la izquierda mexicana y de ahí al sistema político en su conjunto, será la obra del historiador británico Barry Carr, La izquierda mexicana a través el siglo XX.7 Al igual que Carr, cuando hablamos de izquierda nos referimos principalmente a aquellos hombres y mujeres que se organizaron en torno al Partido Comunista Mexicano (PCM).
Con ello no queremos decir que el PCM fue el único espacio donde se aglutinaron todos aquellos que consideraban la igualdad económica de las clases populares como el leitmotiv de sus proyectos y expectativas sociales. A lo largo del siglo XX muchas agrupaciones volcadas a la zurda nacieron y desaparecieron: partidos (trotskistas, comunistas, marxistas, socialdemócratas, maoístas y otros tantos istas), guerrillas, confederaciones obreras, organizaciones campesinas, movimientos urbano-populares independientes, pintaron el gran mosaico político que, ya sea por dentro o por fuera del mito oficial de la Revolución de 1910, pusieron en entredicho la teleología del proyecto histórico hegemonizado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), y cuestionaron el absolutismo del régimen en la búsqueda de nuevos espacios democráticos que permitieron la transformación constante del sistema.
Sin embargo, la importancia del PCM es que, dentro de todos estos actores, fue el único que se mantuvo con vida la mayor parte del siglo pasado desempeñando un papel que, a veces de vanguardia, la mayoría de las veces marginal: “con sus propias particularidades y su aguerrida y persistente actividad, en muchos momentos incidió de manera importante en el curso político del país”.8
En su historia de la izquierda mexicana, Carr articula cinco ejes temáticos9 clave para comprender los límites y alcances de la tradición política comunista. En el presente trabajo sólo retomaré aquellos que conciernen a la ideología, a la política, al Estado y al poder, por ser éstos los que nos brindaran mayores elementos para arrojar una luz sobre la naturaleza histórica del sistema político mexicano.
Una hipótesis es que el régimen que nació de la Revolución Mexicana no puede catalogarse simplemente como autoritario en lo que a la “oposición“10 política se refiere. De acuerdo con Lorenzo Meyer, históricamente el sistema político mexicano debe ser descrito con base en la relación de términos antitéticos11 que dan como resultado un escenario de poder contradictorio donde represión/negociación, democracia/autoritarismo, conviven sin rechazarse mutuamente. En relación con ello conviene rescatar la idea de Estado que Herbert Marcuse retoma de Hegel para tratar de explicar que en México cierta racionalidad mantuvo intacta la hegemonía del PRI durante poco más de siete décadas.
Según Marcuse, en Hegel no puede rescatarse la idea de un Estado autoritario, porque si lo fuese negaría su cualidad racional al prescindir de la libertad individual y social para lograr legitimarse. El Estado es una unidad suprema que se encarga de efectuar una regulación consciente de “los antagonismos sociales, mediante una fuerza situada por encima de los intereses particulares y que no obstante los salvaguarda” para fundar una “ley universal y racional“12 que garantice la continuidad del todo. Para ello Hegel vislumbra un gobierno precedido por un cuerpo burocrático estable que, alejado lo más posible de la competencia que se da entre los negocios privados,13 es capaz de mantener la soberanía mediante la organización racional del cuerpo social bajo una teleología precedida por el absoluto.
En México tal recurso universalizarte surgió de la idealización de la Revolución Mexicana como una fuerza que daba razón de ser al proyecto de la sociedad en su conjunto, y cuyo cumplimiento dependía en mayor medida del Estado como heredero de aquel movimiento libertario. La hegemonía del régimen no se logró mediante simple manipulación ideológica: [sino que] se sustenta en los indudables logros de un sistema, sin duda autoritario pero que repartió tierras, proporcionó servicios básicos a la mayoría de la población y hasta los ochenta del siglo pasado logró un crecimiento sostenido, ciertamente disparejo en términos regionales y de clase, pero con cotas ascendentes y generalizadas de bienestar social.14
Así pues, el PCM fue una organización de izquierda que se enfrentó a un régimen que tenía amplia capacidad de mutar y moverse entre las diversas posturas del abanico político según la situación lo ameritara, a la vez que podía reprimir y dar cobijo a las demandas populares; siempre al amparo del nacionalismo revolucionario.
Tras recuperar algunos elementos de la experiencia histórica del Partido Comunista Mexicano, pretendemos abrir una serie de cuestionamientos sobre los horizontes de posibilidad de la izquierda frente a la plataforma ideológica que supone al neoliberalismo como el “fin de la historia”. En la sociedad contemporánea existe un marcado desencanto por los proyectos que recuperan la política desde un punto de vista trascendental.
Tras la caída del muro de Berlín, los grandes programas emancipadores sucumbieron víctimas de la visión estrecha y factualista de la sociedad contemporánea cuya principal característica “radica en mostrar nuestra total incapacidad para imaginar un futuro tal nuestro encarcelamiento en un presente no utópico sin historicidad ni futuralidad a fin de revelar el cierre ideológico del sistema en el que de algún modo nos encontramos atrapados y confinados”.15
Así, si “hoy es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo“16 tal como sentencia el filósofo Slavoj Zizek, las izquierdas tienen el reto de volver a aparecer en el escenario político como alternativas viables al neoliberalismo. Es ante este escenario que pretendemos construir una serie de reflexiones sobre la izquierda comunista con la finalidad de abrir espacios de análisis que nos ayuden a dilucidar qué izquierda tenemos pero, sobre todo, qué izquierda queremos que haga frente a los problemas de la sociedad de hoy de cara a los que se abrirán en el porvenir.

LAS ANTINOMIAS DE LA IZQUIERDA COMUNISTA
En su introducción a La izquierda mexicana a través del siglo XX, Barry Carr advierte que para tener una comprensión más adecuada del comunismo mexicano, es necesario no dejarse caer en el embrujo de “presentar a la historia del PCM como una serie de incidentes en que éste responde pasivamente a los agentes del Comintern y al oro de Moscú”.17
Su llamamiento a la cautela tiene que ver con el hecho de que para él, el PCM fue una organización que si bien recibió influencia constante de la Internacional Comunista (COMINTERN), sus estrategias e ideas tienen un carácter más bien nacional, pues según Carr, “el papel jugado por los extranjeros no debe impedirnos ver el hecho central de que el nacimiento del Partido Comunista de México fue, en lo fundamental, una respuesta de los mexicanos a la situación del movimiento obrero local y de la sociedad y la política mexicana”.18
Con la anterior advertencia, Carr trata de establecer un contrapunto a la afirmación de Jean Meyer, quien presenta al PCM como “un partido totalmente artificial, inventado desde arriba y dirigido por extranjeros”.19 Si tomamos como comparativo la valoración de Meyer, Carr está en lo correcto en la medida que los comunistas mexicanos trataron de elaborar respuestas basadas en los conceptos ideológicos y políticos de la Internacional Comunista, a los conflictos locales que experimentaron en su relación con el movimiento sindical y agrario mexicano.
Sin embargo, el acento que Carr coloca en el plano nacional deja de lado el hecho de que para el Comintern la relación con los partidos comunistas no se remitía a una simple expresión de voluntades autónomas. Desde su fundación en 1919, pero sobre todo con Stalin, la vigilancia del Comintern con los partidos adheridos a ésta era activa.
La adopción de una línea táctica y estratégica no se hacía sobre el análisis de los problemas particulares de cada país; surgían de la perspectiva soviética del desarrollo del capitalismo europeo y de las ideas generales que los bolcheviques tenían del deber ser revolucionario. Las decisiones tomadas en los congresos de la Internacional Comunista eran el faro que iluminaba el camino que debían seguir todas las organizaciones comunistas.
Para el PCM, así como para el partido comunista de China, Alemania, España, Italia, Argentina o Estados Unidos, el seguimiento de las oscilantes consignas soviéticas era un imperativo que, de no llevarse a cabo, culminaba en la purga de sus direcciones para que fueran sustituidas por cuadros más abnegados. A propósito de esto, Revueltas comentaba que en la organización comunista “se estableció el sistema de las purgas, imitando también en esto al Partido Comunista Ruso […] cualquier compañero que tenía una ligera desviación, una ligera discrepancia, era expulsado del partido”.20
La característica más significativa del Comintern, en sus primeros dos años de existencia, fue su gran paroxismo revolucionario y la construcción sistemática del ser comunista forjado en la lealtad y la disciplina. El centralismo democrático fue la medida organizativa que imponía el carácter decisivo de toda organización comunista en sus órganos centrales.
El Partido comunista sólo podrá desempeñar su papel si está organizado del modo más centralizado posible, si es mantenida una disciplina de hierro quasi militar y si su organismo central está unido de amplios poderes, ejerce una autoridad incuestionable y cuenta con la confianza unánime de los militantes.21
Los partidos debían tener en su seno a verdaderos soldados proletarios; ser comunista implicaba devoción, compromiso, obediencia, convicción revolucionaria e internacionalismo férreo; el fraccionalismo y el divisionismo serían los elementos más nocivos y por ende reprochables en todo momento.
De esta manera se definían las características particulares de los adalides de la revolución mundial.
En investigaciones más recientes, Daniela Spenser encontró, a partir de la recuperación de documentos provenientes del Archivo Estatal Ruso de la Historia Social y Política (RGASPI),22 que la relación del Comintern con el PCM no fue de un “amplio margen de flexibilidad, sino de autonomía“23 como Carr sugiere.
La presencia de una buena cantidad de emisarios soviéticos como Mijail Borodin, Sen Katayama, Louis Fraina, Alfred Stirner, Vittorio Codovilla, Earl Browder, Ricardo Martínez, Bertram Wolfe o William Ford, nos habla más bien de una liga de subordinación del PCM hacia la Internacional Comunista. Existen múltiples ejemplos que ilustran que los comunistas mexicanos fueron conminados por estos agentes para virar su estrategia política e ideológica aun en contra de sus objeciones personales.
Por dar uno de ellos, en 1928 el PCM fue obligado por el enviado soviético Orestes a cambiar su rumbo táctico para sintonizarse con el radicalismo que inundó al Comintern a raíz de su VI congreso. Debido a la negativa del entonces secretario general Rafael Carrillo para adoptar la nueva estrategia, a finales de 1929 fue sustituido por Hernán Laborde, quien había sido afín al viraje de izquierda y quien junto con Siqueiros, Valentín Campa y Miguel Ángel Velasco, habían impulsado la creación de la Central Sindical Unitaria de México y el Bloque Obrero y Campesino para competir en los comicios de 1929, y así evitar la permanencia del régimen ahora considerado como fascistizante y claudicante ante el imperialismo.
El interés soviético sobre el país de Francisco Villa y Emiliano Zapata tiene su origen “cuando llegó a Rusia Soviética la noticia de que al sur de Estados Unidos ocurrió una explosión social agraria y antiimperialista, que despertó la curiosidad en los bolcheviques para averiguar si existían las condiciones para establecer nexos con México”.24
De acuerdo con la teoría de Lenin, el movimiento del proletariado no podía quedar confinado en los límites del antiguo imperio zarista; por el contrario, debía alcanzar una escala global si quería terminar con la sociedad burguesa. Ello explica por qué Lenin envió a Mijail Borodin al nuevo continente a formar partidos comunistas que dirigieran la revolución mundial.
Además, no sería aventurado sostener la hipótesis de que México tiene cierta relevancia estratégica debido a su cercanía con el entonces emergente coloso del capitalismo mundial: Estados Unidos. De acuerdo con la óptica de Spenser, el PCM nació estrechamente vinculado a Moscú como parte de su proyecto político planetario y no de la mera intención de los socialistas mexicanos por formar un partido comunista.
De hecho, si retomamos los trabajos de Carlos Illades podemos concluir que el movimiento obrero mexicano tenía una larga historia de lucha y organización bajo la influencia de corrientes como el mutualismo, el anarquismo, el anarcosindicalismo y el socialismo utópico,25 más que del marxismo que se inscribió tardíamente en México por el ecléctico entusiasmo que despertaron las pocas noticias que llegaron de la Revolución de octubre en 1917. El Congreso Socialista organizado por Adolfo Santibáñez en 1919 no tuvo el objetivo de formar un partido comunista como comúnmente se argumenta.26 Fue por influencia de Borodin quien tras bambalinas27 instruyó a Manabendra Nath Roy, Charles Phillips y José Allen que se fundó el PCM con la intención de adherirlo a la Internacional Comunista en su Segundo Congreso de 1920.
Las experiencias de los comunistas mexicanos en la década de 1920 fueron difíciles y no estuvieron exentas de un sinnúmero de contradicciones. Las primeras de ellas se relacionan con el complejo proceso de construir la identidad bolchevique en el seno de la organización que pronto llevó a la ruptura con los anarquistas de la Confederación General de Trabajadores (CGT) en 1921.
El conflicto se desató no por la política antiparlamentaria que ambas tendencias compartían, sino por el problema de la afiliación sindical a un partido político que si bien es la esencia del vanguardismo soviético, para los anarquistas es considerado como una medida para usurpar el poder obrero.28 Otro problema que los rojos mexicanos tuvieron que afrontar durante la mayor parte de la vida del PCM fue que México no correspondía a la clasificación bolchevique del capitalismo semicolonial, ni a la relación que el Estado tenía con el impulso de la sociedad burguesa mediante el apoyo de los grandes trusts y monopolios.
Los militantes del PCM históricamente tuvieron grandes dificultades para descubrir la naturaleza política y económica del régimen, pues difícilmente comprendieron cómo era que el gobierno hablaba de socialismo, establecía estrechas relaciones con el mundo sindical, brindaba seguridad social e impulsaba la reforma agraria, al mismo tiempo que desarrollaba el capitalismo como proyecto económico de fondo.
Al respecto, Carr señala que:
Durante sus primeros cincuenta años el comunismo mexicano tuvo grandes dificultades para elaborar una visión compleja y matizada de la Revolución Mexicana, los proyectos sociopolíticos que ésta articuló y su relación con los objetivos socialistas. En la práctica, el partido osciló violentamente entre dos posiciones extremas: una posición acrítica del potencial anticapitalista de la Revolución Mexicana y de los gobiernos asociados a ella y una tajante e indiferenciada de estos gobiernos como despóticos, burgueses, claudicantes frente al imperialismo, etcétera.29
Cuando hablamos de que la relación del Comintern con el PCM fue sumamente activa, no pretende aceptarse que el partido era simplemente una organización artificial ni que sus militantes eran actores pasivos de un proceso que se les imponía desde fuera. Tampoco resulta muy plausible sostener que los comunistas mexicanos actuaban con profunda autonomía para elaborar sus tácticas políticas y sus programas ideológicos con base en la sistemática observación fundamentada en la teoría marxista de la realidad mexicana.
Más provechoso resulta captar la esencia de la propuesta de Hobsbawm donde nos invita a entender que “cada partido comunista fue el producto del matrimonio de dos consortes de difícil avenencia, una izquierda nacional y la Revolución de octubre. Este matrimonio se fundaba a la vez en el amor y en el interés”.30 Así, no resultaría exagerado traer a cuento que la configuración ideológica del PCM debe entenderse como una constante antinómica que resulta de la relación de dos grandes proyectos históricos que provienen de dos revoluciones distantes entre sí: la mexicana por un lado y la bolchevique por el otro.
Dicha relación se revela como una constante contradicción en la ideología política de dicha organización. La revolución bolchevique se fundamentaba en una concepción universal donde la teleología histórica recaía en una utopía racionalmente dirigida sobre la base del materialismo dialéctico y la lucha de clases. La Revolución Mexicana fue más bien de carácter nacional, local y profundamente heterogénea, de donde más tarde surgiría un proyecto de modernización capitalista cuya base de legitimidad recayó en la recuperación estatal de las reivindicaciones de las masas populares.
Pero así como estas diferencias surgen profundas e insalvables, las semejanzas son también significativas. En su Marxismo soviético Herbert Marcuse sostiene que el marxismo-leninismo, como corriente oficial del comunismo de la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), se configuró con base en dos factores fundamentales: “a) el intento de hacer entrar al campesinado en la órbita de la teoría y la estrategia marxistas, y b) el intento de definir de nuevo las perspectivas del desarrollo capitalista y revolucionario en la era imperialista”.31
Estas dos características coincidieron ampliamente con el espíritu del proyecto que el Estado utilizó para homologar a las distintas revoluciones mexicanas para lograr obtener su legitimidad social y mantener la soberanía nacionalista frente a Estados Unidos. Todo ello mediante el empuje de “una línea de masas cuyo objetivo esencial era conjurar la revolución social manipulando a las clases populares mediante la satisfacción de demandas limitadas (tierra para los campesinos, mejores niveles de vida para los trabajadores urbanos)”.32 Estas coincidencias resultaron en una configuración bastante contradictoria en lo que a la política del PCM se refiere, pues mientras que dentro de la tradición bolchevique es el partido de élite del proletariado el que guía a obreros y campesinos en el proceso histórico hacia la emancipación, en México ese camino había sido hegemonizado por el Estado sin que su objetivo fuese la anulación de las clases en una sociedad comunista.
En su análisis sobre la formación del Partido Comunista Mexicano, Paco Ignacio Taibo II parte de una aseveración que resulta bastante plausible para el presente análisis. En México los comunistas fueron un grupo de militantes que, con un marxismo precario pero con un fervor revolucionario arraigado, pretendieron crear una organización que pudiera servir como guía y vanguardia del movimiento obrero. La ironía capital, que Paco Ignacio reitera, es que a pesar de su sincero interés, salvo en efímeros momentos, jamás lo lograron.
Nunca pudieron convertirse en una tendencia de importancia que rescatara los intereses de la clase trabajadora mexicana. “Los comunistas mexicanos vivieron en crisis; la crisis fue su fiel compañera. Nunca se pudieron despegar de ella”.33 A partir de lo anterior considero útil retomar la categoría de contradicción como principio de inadecuación entre la forma y la sustancia para comprender la manera como se desenvolvió la ideología política del PCM frente al Estado mexicano.
Según Bolívar Echeverría, esta inadecuación genera una reiterada inestabilidad en un sistema ubicado por él en el seno de la modernidad capitalista que da como resultado una normatividad donde la forma y la sustancia nunca llegan a estabilizarse y por el contrario conviven en constante conflicto.34 En este proceso la forma es la figura que subsume constantemente a la sustancia mediante mecanismos cada vez más totalitarios y represivos a fin de que ésta responda correctamente a los requerimientos que aquélla emana.
En nuestra propuesta consideramos a los dirigentes del PCM como sujetos determinados por la experiencia de lucha sindical y agraria en el marco de la posrevolución mexicana. Esta condición cultural, histórica, ideológica y política ocupa el lugar de la sustancia. La forma viene de su nomenclatura: “comunistas” y, por ende, de la relación tan determinante que tejieron primero con la Internacional Comunista y, luego de su disolución de 1943, con el paradigma soviético marxista-leninista en su conjunto.
La Revolución Mexicana había politizado a los sectores populares e insertado su propia dinámica histórica en expectativas y referencias regionales diversas. El comunismo parecía una buena promesa pero, en realidad, alejado de las tradiciones y sentidos de los trabajadores mexicanos. En el contexto nacional las masas populares tenían ya una larga historia de lucha contra sus opresores. Estos sectores sociales no necesitaron que una postura política viniese a radicalizarlos con promesas de libertad; su propia historicidad lo había logrado. Para las masas populares, la Revolución Mexicana aún no terminaba de cumplir sus promesas; por ello, otra dinámica revolucionaria era ajena e innecesaria. Justo es esta contradicción constante por la que atravesó el partido; una confrontación irresoluta entre la forma (comunista) y la sustancia (su ser mexicano). Como bien dice Carlos Monsiváis:
De 1919 a 1988 la izquierda partidaria conoce triunfos, crecimiento, sectarismos atroces, generosidad, espíritu de sacrificios, dogmatismo, reducción numérica, influencia y pérdida de influencia, clandestinidades, persecución, climas de Guerra Fría, devoción irracional por la URSS, heroísmo, mezquindad doctrinaria. Acercarse a este proceso es importante por lo que revela de los aciertos y los extravíos de la mentalidad revolucionaria, por lo que exhibe de la fuerza y los poderes de asimilación del régimen de la Revolución Mexicana, y por el cúmulo de líderes, héroes, “comisarios del pueblo”, marxistas talmúdicos y arrepentidos, que la izquierda genera.35
La constante antinómica del PCM volvió difíciles las relaciones del partido con los sectores populares vinculados a lo que Friedrich Katz llamó “la revolución desde abajo”.36 Sin embargo, en el país este problema resulta más complejo si tomamos en cuenta las particularidades del oficialismo de la “revolución inspirada desde arriba -aunque con mucho apoyo de abajo”.37 En México las revoluciones mexicanas38 fueron expresión de una gran diversidad de sentidos, de proyectos gubernamentales, nacionales y de esfuerzos que realizaron diversas capas de la sociedad campesina, obrera y clases medias contra el régimen de privilegios del porfirismo.
Esta heterogeneidad bien pronto fue amalgamada por los regímenes posrevolucionarios en un discurso homogeneizante cuya intención era legitimar al Estado ante las masas. Convertida en mito, la mencionada pluralidad, en la Revolución Mexicana escrita así con mayúscula devino en discurso indistinto. Su curso parecía obedecer a la concreción de un plan mayor cimentado en el futurismo y el progresismo del gran Estado que se consolidaba, y cuyo resguardo fue acaparado por los epígonos del movimiento de 1910.
La intención primera y más importante de la tradición revolucionaria consistió en reforzar el poder de la élite y con ella la unidad política nacional, para establecer un fundamento histórico sólido sobre el cual unificar a todas las facciones revolucionarias pasadas y presentes.39
Dentro de este proceso, el cardenismo se levantó como el puntal de la organización de las demandas de las masas, fungiendo como fundamento para fortalecer el presidencialismo y el Estado.
Políticamente no puede haber duda de que consolidó el régimen revolucionario y, dentro de éste, el papel de la presidencia y del partido oficial. Lo hizo, en parte, al superar con audacia los retos el callista, el cedillista, pero también, y más decididamente, al fortalecer los lazos entre el Estado y la sociedad civil.40
Para el sistema político posrevolucionario, una de las claves ideológicas fue considerar a la revolución como un fenómeno abierto; sin embargo, a partir del sexenio de Manuel Ávila Camacho la revolución dejó de ser fuerza real para convertirse en recuso mítico de legitimidad mediante la “conversión del hecho revolucionario mismo en un presente continuo y un futuro simple promisorio”.41 La construcción del paradigma de la Revolución Mexicana fue un recurso sumamente poderoso ya que el Estado monopolizó su lugar como fiel guardián de un proceso que se suponía ininterrumpido, y cuya marcha constante traería paz y progreso para la nación en su conjunto. Al respecto, Armando Bartra asegura que:
México ingresó al siglo XX con una revolución campesina triunfante que a la postre benefició al pueblo llano pero le complicó la vida a la izquierda doctrinaria, y es que la de 1910 fue una insurrección justiciera y democrática cuyo liderazgo hecho gobierno no sólo impulsó la reforma agraria, también reconstruyó el Estado y desde ahí reordenó la sociedad. Así por más de setenta años los sucesivos gobiernos se proclamaron de izquierda, pues se consideraban herederos de la revolución. La revolución era patrimonio histórico que le daba identidad a las instituciones del Estado, al partido casi único, a las grandes corporaciones gremiales y al discurso político de la llamada familia revolucionaria, pero también el arte público, los rituales cívicos, los libros de texto, la parafernalia nacionalista y la cultura política de los mexicanos rasos.42
La consolidación de la hegemonía del Estado mexicano bajo el principio mesiánico de la revolución como un proceso abierto, coincidió con la edificación del stalinismo en la Unión Soviética, con la reestructuración de la Internacional Comunista, con el aumento del centralismo y la subordinación de las organizaciones comunistas internacionales a los designios del centro.
Las tácticas decretadas durante la dictadura de Stalin tuvieron fuertes repercusiones en la política y la ideología del PCM. Hacia 1935 los comunistas mexicanos fueron obligados a dejar de lado su radicalismo revolucionario, que correspondía a la línea “clase contra clase”, para sustituirlo por el “Frente Popular” como nueva postura de alianzas con otras fuerzas de izquierda y con el gobierno de Lázaro Cárdenas.
Así, en el caso de la dirección del PCM, luego de ser obligada por el secretario general del Partido Comunista de Estados Unidos, Earl Browder, a adoptar la línea “unidad a toda costa” como consecuencia de las desavenencias entre los comunistas, Vicente Lombardo Toledano, Fidel Velázquez y tras de él los cinco lobitos en el IV Consejo de la CTM de 1937, el partido entraría en una nueva etapa contradictoria al amalgamar su identidad política en el espectro revolucionario que se erigía en las manos del régimen.
A partir de este momento el PCM quedaría a la zaga del paradigma de la Revolución Mexicana, pues la unidad significaba asumir la defensa del Estado y, con él, el proyecto revolucionario. De este modo, “la política reformista del frente popular limitó el campo de acción del PCM a las premisas constitucionales de 1917 y lo subordinó a los intereses del Estado mexicano”.43
El PCM, en la voz de su dirección, comprendía que la característica fundamental de México era el atraso y la pobreza. La estructura económico-social permanecía estancada en una etapa semicolonial debido a las relaciones de dependencia respecto al imperialismo estadounidense. A su vez, la falta de desarrollo de las fuerzas productivas había logrado que el modo de producción nacional mantuviera relaciones sociales de corte semifeudal, en las que el campesinado aún prevalecía sobre el proletariado de una incipiente industria.
Esta forma de definir al país era consecuente con la lógica del materialismo ontológico o más propiamente de la concepción evolutiva del desarrollo histórico universal desarrollada por el estalinismo, donde “las sociedades humanas debían seguir fatalmente diferentes etapas (primitivismo, feudalismo, capitalismo, socialismo y comunismo)”.44 En este sentido, la misma teoría subordinaba la conciencia del partido. Se establecía, como premisa básica de sus objetivos, desarrollar el capitalismo a partir de concretar los objetivos de una revolución democrático burguesa. Como bien señaló Valentín Campa: “con su línea unidad a toda costa, descartó la posibilidad del desarrollo en un sentido no capitalista y, por lo tanto, todo desarrollo fue ya en sentido capitalista”.45 Ese era su paradigma; el escenario lo era ya la propia Revolución de 1910.
A partir de 1937 los dirigentes comunistas también consideraron a la Revolución Mexicana como un proceso no concluso. Su marcha se distinguía por llevar a cabo una lucha constante por la independencia nacional, contra el imperialismo, por la democracia y la mejoría de las condiciones de vida inmediatas del proletariado y el campesinado. Según Hernán Laborde, “todo esto es la Revolución Mexicana en marcha, que el pueblo mexicano está defendiendo ahora. Para defender su revolución […] tiene un arma invencible, la unidad del pueblo mismo”.46
El llamamiento a la cohesión de clases, como medida para fortificar el sentido progresista que el gobierno llevaba a cabo, se convirtió en la consigna central mediante la cual los dirigentes comunistas guiaban al partido. Ello resultaría en una postura acrítica para con el régimen y de a poco se convertiría en una contradicción de importantes dimensiones al evidenciarse que el PCM, en materia de vanguardia, se había vuelto débil y transigente. Al respecto conviene recordar la crítica de José Revueltas en su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza:
Aquí es donde hacen su aparición, frotándose las manos de contento, los ideólogos mexicanos del demo-marxismo. Como la tarea del proletariado, en la presente etapa del desarrollo, no es la lucha por el socialismo, sus propósitos deben cifrarse, en consecuencia, en el impulso del desarrollo democrático-burgués, o para decirlo con su propia formulación, en el impulso de la Revolución Mexicana hacia delante. Dicho impulso deberá expresarse, desde el punto de vista práctico, en sus términos generales, a través de la lucha por la aplicación de la reforma agraria en gran escala; la industrialización del país y, por ende, la liberación de la economía nacional respecto al yugo imperialista. El instrumento para llevar a cabo este impulso es la formación de un frente único de las clases interesadas en el problema, un frente patriótico o un frente democrático de liberación nacional, donde esté incluida la burguesía progresista. Tal es, en resumen, la posición ideológica del demo-marxismo mexicano.47
La línea “unidad a toda costa” y con ella el reconocimiento del Partido de la Revolución Mexicana como un frente popular ya formado, fue dada a la dirección Laborde/Campa por Browder y el argentino Vittorio Codovilla.48
A pesar de ello, en febrero de 1940 ambos dirigentes fueron cesados de sus funciones en el Secretariado, y en marzo fueron expulsados del PCM por la Comisión Depuradora que se formó al mando de Codovilla y el comunista español Andrés García Salgado.49 El pretexto fue que aquella dirección, a la vez que permitió la penetración de elementos trotskistas en el partido, deformó la política del Frente Popular al subordinar acríticamente a la organización al gobierno de Cárdenas.50 La verdadera razón se debió a la negativa de ambos líderes a participar en el asesinato de Lev Trotsky51 que por entonces radicaba en México y quien, en agosto de 1940, fue asesinado por Ramón Mercader del Río en su casa de Coyoacán.
Por iniciativa de Diego Rivera, el gobierno mexicano decidió conceder el asilo político al perseguido Trotsky, quien arribo al país a inicios 1937. La decisión de Cárdenas para acoger al viejo líder del ejército rojo fue como un golpe certero de mangual que al azotar clavó todos sus pinchos con un solo movimiento de mano. Para Cárdenas y Francisco Múgica, traer a alguien de la talla de Trotsky tenía un significado político amplio. El Estado daba un mensaje sobre la fortaleza y la estabilidad del gobierno tanto hacia el interior como al exterior; de acuerdo con Olivia Gall, en el fondo se trató de un tema de soberanía nacional y de solidaridad internacional que se logró demostrar gracias al asilo político y el apoyo hacia los exiliados de la República española.52
Además, si el gobierno se congratulaba de ser emanado de un movimiento revolucionario, qué mejor muestra de ello que atraer a uno de los más connotados dirigentes de la revolución bolchevique para solidificar la imagen izquierdista que el régimen estaba construyendo.
Cuando Trotsky llegó a México, en la URSS el proceso de consolidación del estalinismo se tornó en una sombría cara de terror y muerte. La guerra contra el trotskismo se agudizaba, el gran hermano perseguía sin piedad a los disidentes; el imperio del Gulag se extendía como la más firme muestra de la represión. Los llamados procesos de Moscú de 1936, 1937 y 1938 arrebataron la vida a los antiguos líderes bolcheviques y oficiales del ejército rojo. Fue el adiós definitivo para Kamenev, Zinoviev, Radek, Piatakov y Bujarin; fue el saludo de la sentencia para un Trotsky que llegaba en enero de 1937 a un país cuya izquierda daba fe y resguardo total al estalinismo.
Si Vicente Lombardo Toledano y el PCM eran la izquierda estalinista por excelencia en México, no es de extrañar que a ambas les tocara desempeñar un papel en la persecución del veterano bolchevique. Desde el principio ninguno ocultó su desdén por la iniciativa cardenista: para ambos Trotsky era el enemigo a vencer. La diferencia fundamental en la estrategia que jugaron ambas izquierdas estalinistas radica en la ferocidad de las acusaciones y las calumnias. Mientras Lombardo esgrimía sus ataques tras bambalinas escudándose en la Central de Trabajadores de México y sin llegar a mostrar oposición contra Cárdenas, el PCM actuó abiertamente como el portavoz oficial y directo de Stalin contra Trotsky.
Sin embargo, para Stalin y el Comintern la guerra contra Trotsky iba más allá de la calumnia, pues para ellos era un asunto de vida o muerte y más temprano que tarde, utilizando el resguardo que el régimen cardenista daba a refugiados españoles, se comenzaron a colar agentes de la policía secreta soviética (GPU) que venían expresamente a consolidar la liquidación del viejo bolchevique. Es así como se jugaron las cartas:
En la guerra contra Trotsky, todo parece indicar que se utilizó al PCM sin miramientos y sin importar las graves consecuencias que esto tendría en su vida e influencia como partido, pero con el cuidado de no dañar la imagen ni el poder de Lombardo, ni tampoco el movimiento del Frente Popular en su conjunto. En síntesis, con Lombardo como instrumento operativo y con la GPU como instrumento policiaco, el Kremlin y la Comintern fueron montando progresivamente, desde diciembre de 1936, el andamiaje necesario para el asesinato de Trotsky.53
La ira de Stalin hacia Trotsky crecía en la medida que su estancia en México le permitía denunciar los horrores estalinistas. Además, el contra proceso que se llevó a cabo en 1937 había puesto sobre la mesa la farsa de las purgas y acusaciones que se efectuaban desde Moscú. Hacia finales de la década de 1930 las presiones hacia el PCM aumentaron considerablemente. Según el testimonio de Valentín Campa, el momento cumbre de la lucha del partido contra Trotsky ocurrió en 1938, cuando un enviado del Comintern dio la instrucción expresa a Laborde de matar a Trotsky.54 La respuesta negativa de los miembros del Comité Central del PCM y su secretario general llegaron a manos de Browder, quien dio comienzo a los movimientos depuracionistas del Partido Comunista Mexicano a fines de 1939.
Luego de la depuración, Dionisio Encina asumió la dirección del PCM y mediante un telegrama ratificó su “cariño inalterable URSS, gran Stalin continuador obra Lenin, constructor socialismo, guía pueblos oprimidos”.55 Más adelante Encina declaró que en la coyuntura electoral de 1940 la Revolución Mexicana se encontraba en una encrucijada: o tomaba un camino contrarrevolucionario o uno revolucionario. Aun después de clausurado el Congreso de 1940, el objetivo del PCM era ingresar al PRM con el fin de encaminarlo a la izquierda para no detener su potencial progresista, y así formar un gran frente popular antiimperialista que incluyera al PRM-PRI, la Central de Trabajadores de México y la Central Nacional Campesina,56 con la finalidad de participar en la modernización del país y lograr su independencia del imperialismo estadounidense.
Lo paradójico de tal estrategia es que a partir de 1940 el Estado dio un giro a la derecha en comparación con la línea de concesiones sociales inscrita en el sistema político desde el ascenso de los sonorenses al poder y potencializada durante el cardenismo. El gran proyecto del régimen fue convertir a aquel país todavía predominantemente agrario en una nación industrializada y moderna en el plano económico, sin que la modernidad llegara a realizarse mediante la alternancia democrática y pusiera en peligro la hegemonía del partido oficial.
[A pesar de ello los comunistas trataron de] convencer al proletariado para que se solidarizara con el desarrollo capitalista y democrático patrocinado por la revolución; el apoyo a la burguesía nacional y al Estado se originaba en el ideario de la Revolución Mexicana, el cual sintetizaba las aspiraciones del partido que en cierta forma se identificaba con la familia revolucionaria en los ámbitos de su ideología y de parte de su práctica política.57
Como bien puede apreciarse, el problema de la izquierda comunista es que yacía cautiva en un discurso dogmático que mezcló las categorías del stalinismo con el lenguaje oficial del régimen. De esta manera la Unidad Nacional y la Revolución Mexicana fueron el complemento idóneo a la concepción estalinista de la revolución por etapas.
Si la Revolución Mexicana era la fase democrático-burguesa etapa previa al socialismo cuya dinámica es impulsada por la burguesía progresista y el Estado representaba los intereses de dicha revolución, lo más lógico para la izquierda era brindar su apoyo al programa de modernización industrial del régimen. En su óptica, la alianza entre el gobierno, la burguesía nacional y la clase obrera era la mejor medida para profundizar el desarrollo del capitalismo; esa era la prioridad. De su avance dependía que México dejara atrás su configuración semifeudal y eliminara su condición semicolonial al suprimir su subordinación al imperialismo estadounidense.
No fue sino hasta 1960 que una nueva generación de jóvenes comunistas ganó terreno dentro del PCM para modificar la política oficialista y las prácticas stalinistas que habían caracterizado a la gestión de Encina. El proceso de desestalinización dado a conocer por Nikita Kruschev en el XX congreso del PCUS de 1956, el ascenso de la Revolución Cubana y la efervescencia de los movimientos obreros de finales de la década de 1950 en México, provocaron el desencanto de los comunistas hacia el régimen declarado por sí mismo heredero de la Revolución.
En el XIII Congreso del PCM, Encina fue relegado de sus funciones en la Secretaría General para pasar a manos de Arnoldo Martínez Verdugo en 1963. Tras el XIII congreso los comunistas dejaron de considerar al país como semifeudal, además de disolver la idea de que en México el régimen era progresista al servicio de una revolución aún en proceso. El viejo paroxismo de la Revolución Mexicana vinculada con el Estado dejó de ser un referente para la izquierda comunista.
Con ello el PCM pudo concebir su propia revolución; una nueva “revolución democrática de liberación nacional” que de igual forma recuperaba el espíritu nacionalista de la gesta de 1910 pero dirigida por la clase obrera y ya no mediante alianzas con el régimen.
Pese a los intentos del PCM por recomponer lo destruido para convertirse en un gran partido de masas, su influencia con los sectores populares, no obtuvo una considerable mejoría. Con una militancia oscilante entre los mil y mil quinientos miembros58 la organización comunista yacía en un estancamiento provocado por el anticomunismo difundido por el régimen tanto como por la creciente diversificación y radicalización que la izquierda experimentó a partir de 1957-1960. Las décadas de 1960 y 1970 fueron una buena época para lo grotesco, el aquelarre, la sátira y el carnaval,59 pero no para la ortodoxia casi religiosa de las doctrinas que movían a los partidos tradicionales de izquierda.
Influenciados por experiencias prácticas de las guerrillas latinoamericanas o por obras de filósofos iconoclastas como Marcuse, Jean-Paul Sartre, Michel Foucault o Gilles Deleuze, miles de jóvenes mexicanos salieron a las calles desafiando a las figuras tradicionales de autoridad en la búsqueda por democratizar a la sociedad. Este clima luciría idóneo para que el PCM tomara las riendas del descontento social; sin embargo, la paradoja es que la izquierda partidista parecía aislarse cada vez más de las expectativas de las masas mexicanas. De acuerdo con Bartra:
La historia de los grupos de izquierda en el periodo de 1961 a 1968 es la historia del movimiento de las ideas en lucha consigo mismas, es la historia de una corriente ideológica desarraigada que se mide y se juzga a partir de sí misma definiéndose por sus tesis y no por sus actos. La intelectualidad pequeño burguesa revolucionaria realiza un esfuerzo desesperado por encontrar dentro de sí misma los recursos que le permitan superar sus limitaciones y deformaciones de clase en un intento por salir de agua tirando de sus propios cabellos.60

El breve periodo de radicalismo que inundó al PCM luego de la masacre de Tlatelolco, terminaría por diluirse al sustituir la actividad militante semiclandestina por el parlamentarismo luego que obtuviera su registro oficial como partido tras la reforma política impulsada por José López Portillo en 1977.
Según Massimo Modonesi, el PCM fue el principal destinatario de la propuesta democrática impulsada por el régimen. Para los comunistas fue una oportunidad dorada, pues posibilitó ampliar la influencia del socialismo a la vez que permitió eliminar los resabios de dogmatismo y doctrinarismo.61 Tras la legalización, la izquierda comunista retomó el principio de unidad como estrategia de fortalecimiento a la vez que abandonó su anterior bagaje de ortodoxia comunista cuando “los delegados del XX Congreso del PCM votaron, por un estrecho margen, aceptar la propuesta de la dirección en el sentido de sustituir el término dictadura del proletariado por el de poder democrático obrero”.62
Tras la fusión de varias organizaciones de izquierda en 1981, el PCM dejó de existir para dar paso al Partido Socialista Unificado de México (PSUM), que más tarde se convertiría en el Partido Mexicano Socialista (PMS).
Los intentos de unificación llevados a cabo por la izquierda obedecieron a un conjunto de causas históricas objetivas en lo que se refiere a las constantes crisis internas de cada organización y en la posibilidad de desempeñar un papel importante en la política nacional.63 Sin embargo, los intentos de homologación no lograron dirimir los desacuerdos entre la vasta izquierda política y los movimientos urbanos populares que, por entonces, eran sumamente hostiles a la intervención de los partidos políticos en sus asuntos internos.64 Asimismo, los sectores más radicales de la izquierda criticaron la postura electoral adoptada por los comunistas, pues ello significaba subordinar “la lucha de clases a las luchas electorales y, por lo tanto, prolongar la agonía del capitalismo mexicano a costa de los sectores populares”.65
La reforma política de López Portillo logró mantener una constante en lo que al manejo político de la izquierda se refiere, como dice Jo Tuckman:
[…] durante varios años, dichos partidos sirvieron como una especie de válvula de escape para atajar la organización disidente; sus líderes fueron controlados mediante una hábil combinación de cooptación-represión que atizó sus propias batallas sectarias.66
A lo sumo, el proyecto de izquierda de los partidos políticos tradicionales terminaría por diluirse en el vasto movimiento que encabezó Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 y que más tarde culminaría en la formación del Partido de la Revolución Democrática (PRD), cuya lógica estaría lejos de reincorporar el socialismo como proyecto político para concentrar sus esfuerzos en la búsqueda de un sistema democrático, en lo que a la alternancia política se refiere, y que aún es deuda pendiente para los mexicanos.
POR FUERA DEL LIBRETO. REFLEXIONES FINALES
En la segunda década del siglo XXI el objetivo de recuperar la historia de la izquierda como proyecto social, más que como reflexión meramente académica, cobra especial relevancia. La sociedad industrial avanzada67 de hoy es altamente tecnologizada. En ella el hombre parece depositar sus esperanzas; le cede el destino de su salud, de sus necesidades alimentarias, de su ámbito cognoscitivo e incluso de la satisfacción de sus pulsiones pasionales que parecen, ya cada vez menos, resolverse en las relaciones intersubjetivas para desplegarse en lo virtual y lo intangible.
En efecto, producimos más bienes de consumo que ninguna otra sociedad en la historia, tenemos amplia capacidad para curar enfermedades que antes culminaban indefectiblemente en la muerte, el acceso a la educación se ha ampliado de manera considerable, y las distancias espaciales, e incluso temporales, las hemos reducido a sólo unos cuantos clics. Sin embargo, las contradicciones se revelan como la norma dentro de las aparentes ventajas.
El tope del amplio acceso a la alimentación se encuentra en la masificación de la obesidad y la diabetes, la especialización de la educación no encuentra cauces para realizarse; el desempleo la detiene. Gracias al internet sabemos más de todo sin saber en realidad de casi nada. Las posibilidades de acuerdo y horizontalidad en la argumentación de los sujetos diversos, que Jürgen Habermas creía ver concertada en su teoría de la acción comunicativa,68 se topa con pared ante los juegos de la política hegemónica: ausencia de democracia efectiva, creciente polarización social, inoperancia estatal, intolerancia, elitismo político y afinidad privatizadora, son sólo algunos ejemplos de su desrealización objetiva; todas ellas auspiciadas por la política que da sostén al capital neoliberalizado.
En suma hablamos de una sociedad que tiene muchos motivos para temer pero de los cuales ignora su real procedencia, donde cunde el pánico cimentado en la sospecha y en la dificultad de hallar respuestas precisas.
Miedo es el nombre que damos a nuestra incertidumbre: a nuestra ignorancia con respecto a la amenaza y a lo que hay que hacer a lo que puede y no puede hacerse para detenerla en seco, o para combatirla, si pararla es algo que está ya más allá de nuestro alcance.69
Quizá la carencia de repuestas futuras que culminan en la aceptación del orden establecido, motivado por el espanto al porvenir, encuentre su fundamento en los muchos discursos desencantados que cobraron relevancia a partir del desgaste del comunismo como alternativa viable. En el contexto de la caída del bloque soviético -y el presente como resultado de ese colapso-teoría y praxis se unieron; el sistema capitalista en su etapa neoliberal se volvió la panacea de la política y de no pocas filosofías.
Francis Fukuyama reasumió la teoría de Hegel para fundamentar el triunfo de la racionalidad en la democracia estilo Wall Street; el progreso del absoluto diagnosticaba el fin de la historia. Pero como buen dialectico, Fukuyama no negó que existían contradicciones como es el caso de los fundamentalismos religiosos, el nacionalismo o las desigualdades sociales que aún tenían que resolverse; sin embargo, su respuesta no estaba fuera de los marcos de la democracia occidental.70 En la era del absoluto consumado, lo único que había de esperar era que el mismo sistema liberal terminara por resolver dichas antinomias. Con esta argumentación cerraba la puerta a otras propuestas sociales ajenas al neoliberalismo.
En otro escenario quizá menos apologético del neoliberalismo pero que de igual manera culmina en la imposibilidad de ir más allá de la facticidad, en este caso lingüística Jean-Francois Lyotard sostenía que, tras la muerte de las metanarrativas, las formas tradicionales de hacer política sustentadas en grandes proyectos nacionales fenecerían para dar paso a la hegemonía de los jefes de empresa: “la verdad argumenta es que los antiguos polos de atracción constituidos por los Estados-nacionales, los partidos, las profesiones y las tradiciones históricas pierden su atracción”.71
Ante el descenso de los grandes relatos “sigue eso que algunos analizan como la disolución del lazo social y el paso de las colectividades sociales al estado de una masa compuesta de átomos individuales lanzados a un absurdo movimiento browniano”.72 Como se ve, el discurso político que surge de la posmodernidad plantea que la gestión efectiva de libertades sólo puede realizarse si se hace abstracción del concepto de realidad relacionada con un sujeto histórico capaz de transformar la sociedad a partir de un conjunto de acciones dirigidas para hacer frente a los problemas objetivos mediante el despliegue de un proyecto social determinado.
Bajo la lógica de la atomización es inevitable que el posmodernismo mire de forma negativa no sólo cualquier posibilidad de organización revolucionaria, sino cualquier alternativa política fundamentada de manera racional. En su lugar, lo que surge de esta visión es un profundo nihilismo que, en algunos casos, llega a autodefinirse como verdaderamente libertario en la medida que entiende que la verdadera realización del ser humano radica en la carencia de todo sentido y verdad. De tal suerte que al no haber referentes, ni fundamentos, ni sentido en la historia, lo que en ésta se despliega es una “pluralidad de racionalidades locales“73 cuya finalidad recae sólo en el respeto y la tolerancia a la diferencia sin ir más allá. La lucha parecería desplegarse sólo en la medida de no subordinar lo inconmensurablemente diverso a una “forma de humanidad verdadera, digna de realizarse con menoscabo de todas las peculiaridades”;74 por tanto, la emancipación encontraría su concreción en la simple expresión de la diferencia, en “la oscilación, la pluralidad y, en definitiva, la erosión del mismo principio de realidad”.75
La anterior reflexión nos conecta a un problema concreto por resolver que surge de la relación que tiene la política neoliberal con el discurso filosófico o, más preciso, de la política como reflejo de esa filosofía y en mayor medida de la filosofía como reflejo de aquella política. De acuerdo con David Harvey, el neoliberalismo es una teoría que sustenta que el bien del ser humano es realizable mediante las ventajas que surgen de la no restricción “del libre desarrollo de las capacidades y de las libertades empresariales del individuo dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada fuertes, mercados libres y libertad de comercio”.76
Así, los grandes proyectos nacionales terminaron por colapsar en la hegemonía de la ruleta del mercado privado. La producción desmedida y el consumo masivo y de ahí a la suma creciente de capitales se volvieron amalgama de la política al servicio del dinero. La búsqueda de beneficio se revela a lo sumo en lo inmediato; del futuro ya no nos queda casi nada. La dignidad y libertad individual, como piedras angulares de los altos valores civilizatorios,77 se resuelven en la mera contingencia del beneficio fáctico, en la carencia de seguridad y beneficios sociales a largo plazo. En resumen, hablamos aquí de un problema que surge a raíz de un sistema donde se conecta una concepción de la realidad desencantada de los grandes proyectos de sociedad con una política de Estado debilitado al servicio de los beneficios inmediatos de la individualidad mercantil y el gran capital.
En el caso de México este escenario no es para nada ajeno. De la mano de Miguel de la Madrid el Estado asumió el proyecto neoliberal que había llegado para quedarse. Con este volte face el régimen concluyó la apuesta por:
[…] un modelo económico que tenía como meta, a un plazo entre mediano y lejano, hacer de nuestro país una sociedad basada en su propio mercado interno, en su industria: una modernización que se nutrió de la visión nacionalista que tenía la clase política mexicana a partir de Lázaro Cárdenas y la segunda posguerra mundial.78
Tras el rompimiento del recurso estatista de corte keynesiano, el ogro filantrópico79 cayó ante la primicia de la modernización fundamentada en la privatización antes que en el recurso del bienestar social. Por otro lado, es en el sistema político donde podríamos encontrar el mayor síntoma de la afectación posmoderna. El gran proyecto de Estado, que surgió a raíz del movimiento revolucionario de 1910, concluyó para ver el nacimiento de una nueva política donde la incertidumbre y los proyectos parciales dominados por las iniciativas a corto plazo dominan el escenario que disputan los partidos políticos sin que se dibuje en el horizonte una verdadera democracia de donde asirse.
En el año 2000 el cambio presidencial del PRI al PAN y en el 2012 del PAN al PRI nuevamente, dejó un sabor de boca lo suficientemente amargo como para mantener la desconfianza que el mexicano expresa al hablar de democracia. Pues la permanencia de la apuesta neoliberal demostró que la alternancia se mantenía en mera apariencia. Como bien dice Carlos Fuentes: “estamos en un país que tiene una pluralidad real, social, política, económica, intelectual que no se refleja en la vida política”.80 Democracia interrumpida, atorada o fallida son sólo algunos de los adjetivos que tratarían de expresar las profundas dificultades a las que se enfrenta nuestro sistema que se mantiene estacionado en el vacío que deviene en la ausencia de una utopía.
A casi tres décadas de nuestro andar errante por la senda del neoliberalismo, los balances aparecen en el horizonte como poco prometedores, como señala Armando Bartra:
México tiene problemas enormes y apabullantes: sequías saharianas e inundaciones bíblicas, una economía pasmada cuyo estancamiento incuba pobreza y desempleo; crisis agrícola que ocasiona escasez y carestía de alimentos básicos; creciente exclusión social que se añade al sexismo, el racismo y el clasismo crónicos; las canalladas del narcotráfico; autoritarismo; represión; ejecuciones; desapariciones, desplazamientos forzados, mortandad, llanto, miedo […] Pero el problema mayor es la extendida creencia de que esos grandes quebrantos no tienen solución.81
De acuerdo con Héctor Aguilar Camín, uno de los principales retos de la izquierda contemporánea es elaborar un proyecto de cambio, de gobierno y de sociedad que sea cualitativamente distinto al programa neoliberal.82 Si la matriz histórico-ideológica que daba razón de ser a la izquierda, en su vertiente socialista y comunista, era la superación del capitalismo en favor de un nuevo sistema donde la libertad, la igualdad y la fraternidad pudieran cumplirse cabalmente, entonces es necesario repensar hoy la praxis política como posibilidad utópica.
Pero para ello es necesario que la izquierda reflexione de manera amplia sobre sus propias experiencias históricas. En este ensayo retomamos algunos problemas que el Partido Comunista Mexicano tuvo que sortear a lo largo del siglo XX y que, en buena medida, aún hoy son tendencias y dinámicas en proceso de resolverse.83 Si el actual modelo económico ya demostró sus irregularidades al acentuar la polarización social, las crisis económicas, la explotación, la inestabilidad social y el beneficio desmedido para unos cuantos,84 es importante que la izquierda retome su papel en la lucha por el bien de las masas populares.

Para ello es necesario volver a poner en el centro de la mesa temas como la relación entre el capital y el trabajo, la distribución de la riqueza, la relación entre mercado y Estado, así como buscar aperturar nuevos canales democráticos que impulsen la participación social de una manera más inclusiva.

Notas
1 Sonia Corcuera de Mancera, Voces y silencios en la historia. Siglos XIX y XX, México, Fondo de Cultura Económica, 2005, p. 124. [ Links ]
2 Marc Bloch, Introducción a la historia, México, Fondo de Cultura Económica, 1957, p. 39. [ Links ]
3 Cfr. Carlos Antonio Aguirre Rojas, La “escuela” de los Annales. Ayer, hoy, mañana, México, Contrahistorias, 2005, p. 81. [ Links ]
4 Jean Chesneaux, ¿Hacemos tabla rasa del pasado? A propósito de la historia y de los historiadores, México, Siglo XXI Editores, 2005, p. 22. [ Links ]
5 Walter Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos, Tesis VII, México, Contrahistorias, 2005, p. 21. [ Links ]
6 Josep Fontana, Historia: análisis del pasado y proyecto social, Barcelona, Crítica, 1999, p. 261. [ Links ]
7 Barry Carr, La izquierda mexicana a través del siglo XX, México, ERA, 2000. [ Links ]
8 Elvira Concheiro, “Los comunistas mexicanos entre la marginalidad y la vanguardia”, en Elvira Concheiro, Massimo Modonesi y Horacio Crespo (coords.), El comunismo: otras miradas desde América Latina, México, UNAM, 2007, p. 530. [ Links ]
9 Los ejes temáticos que retoma Carr son: 1) ideología y política, 2) Estado y poder, 3) relaciones con organizaciones políticas, 4) internacionalismo y 5) sociología del PCM. Barry Carr, La izquierda mexicana a través del siglo XX, op. cit., pp. 17-28.
10 El término oposición política referida al PCM debe entrecomillarse pues históricamente los comunistas no siempre fueron una organización opositora al régimen.
11 Lorenzo Meyer, Nuestra tragedia persistente. La democracia autoritaria en México, México, Debate, 2013, p. 33. [ Links ]
12 Herbert Marcuse, Razón y revolución. Hegel y el surgimiento de la teoría social, Madrid, Altaya, 1995, p. 180. [ Links ]
13 Ibid., p. 174.
14 Armando Bartra, La utopía posible. México en vilo: de la crisis del autoritarismo a la crisis de la democracia (2000-2008), México, La jornada ediciones, 2011, p. 86. [ Links ]
15 Carlos Illades, Las otras ideas. El primer socialismo en México, México, ERA, 2008, p. 14. [ Links ]
16 Slavoj Zizek, “El espectro de la ideología”, Revista Observaciones Filosóficas [http://www.observacionesfilosoficas.net/elespectrodelaideologia.html].
17 Barry Carr, La izquierda mexicana a través del siglo XX, op. cit., p. 23.
18 Barry Carr, “Temas del comunismo mexicano”, Nexos [http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=266511].
19 Idem.
20 Entrevista a José Revueltas, en Arturo Anguiano, Guadalupe Pacheco y Rogelio Vizcaíno, Cárdenas y la izquierda mexicana, México, Juan Pablos Editor, 1975, p. 190. [ Links ]
21 “Condiciones de admisión de los partidos en la Internacional Comunista”, en Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista [http://www.marxismo.org/?q=node/1549], p. 132. [ Links ]
22 Cfr. Daniela Spenser, Los primeros tropiezos de la Internacional Comunista en México, México, CIESAS, 2009; [ Links ] Daniela Spenser y Rina Ortiz Peralta, La Internacional Comunista en México: los primeros tropiezos Documentos 1919-1922, México, INEHRM, 2006; [ Links ] Daniela Spenser, El triángulo imposible. México, Rusia Soviética y Estados Unidos en los años veinte, México, CIESAS, 1998; [ Links ] Daniela Spenser (coord.), Espejos de la guerra fría: México, América Central y el Caribe, México, CIESAS, 2004; [ Links ] Daniela Spenser, “Unidad a toda costa”: la Tercera Internacional en México durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, México, CIESAS, 2007. [ Links ]
23 Barry Carr, “Temas del comunismo mexicano”, op. cit.
24 Daniela Spenser, Los primeros tropiezos, op. cit., p. 69.
25 Carlos Illades, Las otras ideas, op. cit., pp. 14-43.
26 Barry Carr, La izquierda mexicana, op. cit., p. 41; Arnoldo Martínez Verdugo (ed.), Historia del comunismo en México, México, ERA, 1985, pp. 24-27. [ Links ]
27 Daniela Spenser, Los primeros tropiezos, op. cit., p. 93.
28 Ibid., p. 189.
29 Barry Carr, La izquierda mexicana, op. cit., p. 52.
30 Eric Hobsbawm, Revolucionarios, Barcelona, Crítica, 2003, p. 13. [ Links ]
31 Herbert Marcuse, El marxismo soviético, Madrid, Alianza, 1984, p. 34. [ Links ]
32 Arnaldo Córdova, La ideología de la Revolución Mexicana, México, ERA, 2005, p. 34. [ Links ]
33 Paco Ignacio Taibo II, Bolcheviques. Una historia narrativa del origen del comunismo en México (1919-1925), México, Ediciones B, 2008, p. 13. [ Links ]
34 Bolívar Echeverría, “Prologo”, en Pedro López Díaz, Capitalismo y crisis la visión de Karl Marx, México, Ítaca, 2006, p. 13. [ Links ]
35 Carlos Monsiváis, “La izquierda mexicana: lo uno y lo diverso”, Fractal, núm. 5, abril-junio, 1997, año 2, volumen II, pp. 11-28. [ Links ]
36 Friedrich Katz, “El papel del terror en la Revolución Rusa y en la Revolución Mexicana [http://www.istor.cide.edu/archivos/num_13/dossier4.pdf] [ Links ].
37 Idem.
38 Cfr. Alan Knight, La Revolución Mexicana. Del porfiriato al nuevo régimen constitucional, México, Fondo de Cultura Económica, 2010; [ Links ] Jean Meyer, La Revolución Mexicana, México, Tusquets, 2010. [ Links ]
39 Thomas Benjamín, La Revolución Mexicana. Memoria, mito e historia, México, Taurus, 2010, p. 42. [ Links ]
40 Alan Knight, “Lázaro Cárdenas”, en Will Fowler (coord.), Gobernantes mexicanos, tomo II: 1911-2000, México, Fondo de Cultura Económica, 2008. [ Links ]
41 Héctor Aguilar Camín y Lorenzo Meyer, A la sombra de la Revolución Mexicana, México, Cal y Arena, 2010, p. 189. [ Links ]
42 Armando Bartra, La utopía posible, op. cit., p. 81.
43 “La izquierda y la política de Cárdenas”, en Arturo Anguiano, Guadalupe Pacheco y Rogelio Vizcaíno, Cárdenas y la izquierda mexicana. Ensayo, testimonios, documentos, México, Juan Pablos, 1975, p. 35. [ Links ]
44 Samuel Arriarán Cuellar, Marxismo más allá de Marx, México, UPN, 2004, p. 108. [ Links ]
45 “Entrevista a Valentín Campa”, en Arturo Anguiano et al., Cárdenas y la izquierda mexicana… , op. cit., p. 152.
46 Discurso de Hernán Laborde en la Convención del Partido Comunista de Estados Unidos, Nueva York, 31 de mayo de 1938, RGASPI, fondo. 495, reg. 108, exp. 203, en Daniela Spenser, “Unidad a toda costa”: la Tercera Internacional…, op. cit., p. 337.
47 José Revueltas, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, México, ERA, 1980, p. 183. [ Links ]
48 G. Pérez, probablemente Vittorio Codovilla, Moscú, 28 de marzo de 1938. RGASPI, fondo 495, reg. 108, exp. 202, en Daniela Spenser, “Unidad a toda costa”…, op. cit., p. 311.
49 Andrés Gracia Salgado, presidente de la Comisión Depuradora de Control del Partido Comunista Mexicano, Nueva York, 28 de febrero de 1940, RGASPI, fondo 495, reg, 17, exp. 234, Ibid., p. 498.
50 Vittorio Codovilla, intervención en los trabajos preparativos para organizar el Congreso Extraordinario del PCM, México, 14 de diciembre de 1939, enviado al Comintern, RGASPI, fondo 495, reg. 17, exp. 122.
51 Valentín Campa, Mi testimonio. Memorias de un comunista mexicano, México, Ediciones de cultura Popular, 1985, p. 161. [ Links ]
52 Cfr. Olivia Gall, “El papel del PCM y de Lombardo en la guerra del Kremlin, la Comintern y la GPU contra Trotsky. México 1936-1940”, en Elvira Concheiro, Massimo Modonesi y Horacio Crespo (coords.), El comunismo: otras miradas desde América Latina, op. cit., pp. 615-651.
53 Ibid., p. 644.
54 Cfr. Valentín Campa, Mi testimonio…, op. cit., p. 161.
55 Dionisio Encina, Respuesta del Partido Comunista Mexicano. ¡Fuera imperialismo y sus agentes!, México, Edición Popular, 1940, p. 150-151, [ Links ] citado por Gerardo Unzueta, “Crisis en el partido, crisis en el movimiento”, en Arnoldo Martínez Verdugo (ed.), Historia del comunismo en México, México, Grijalbo, 1985, p. 189-190. [ Links ]
56 Cfr. Encarnación Pérez, “En el sexenio de Cárdenas”, en Arnoldo Martínez Verdugo, (ed.), Historia del comunismo en México, México, Grijalbo, 1985, p. 187. [ Links ]
57 Antonio Rousset, La izquierda cercada. El partido comunista y el poder durante las coyunturas de 1955 a I960, México, Instituto de Investigaciones “Dr. José María Luis Mora”, 2000, p. 69. [ Links ]
58 Barry Carr, La izquierda mexicana, op. cit., p. 252.
59 Armando Bartra, Hambre/Carnaval. Dos miradas a la crisis de la modernidad, México, UAM-Xochimilco/MC Editores, 2013, p. 36-53. [ Links ]
60 Ibid., p. 282.
61 Massimo Modonesi, La crisis histórica Juan Pablos Editor, 2003, p. 29. [ Links ]
62 Barry Carr, La izquierda mexicana, op. de la izquierda socialista mexicana, México, cit., p. 285.
63 Max Ortega y Ana Alicia Solís de Alba, La izquierda mexicana, una historia inacabada, México, Ítaca, 2012, p. 31. [ Links ]
64 Barry Carr, La izquierda mexicana, op. cit., p. 283.
65 Massimo Modonesi, La crisis histórica de la izquierda socialista mexicana, op. cit., p. 30.
66 Jo Tuckman, México, democracia interrumpida, México, Debate, 2013, p. 355. [ Links ]
67 Cfr. Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, Barcelona, Planeta De Agostini, 1993, p. 32. [ Links ]
68 Cfr. Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa. Racionalidad de la acción y racionalización social, Madrid, Taurus, 1999. [ Links ]
69 Zygmunt Bauman, Miedo líquido: la sociedad contemporánea y sus temores, Buenos Aires, Paidós, 2008, p. 10. [ Links ]
70 Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, México, Planeta, 1992, p. 208. [ Links ]
71 Jean-François Lyotard, La condición posmoderna, Barcelona, Planeta-Agostini, 1993, p. 42. [ Links ]
72 Idem.
73 Gianni Vattimo et al., En torno a la posmodernidad, Barcelona, Anthropos, 2003, p. 17. [ Links ]
74 Idem.
75 Ibid., p. 15.
76 David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Madrid, Akal, 2007, p. 6. [ Links ]
77 Ibid., p. 11.
78 Carmen Aristegui y Ricardo Trabulsi, Transición. Conversaciones y retratos de lo que se hizo y se dejó de hacer por la democracia en México, México, Grijalbo-Proceso, 2013, p. 252. [ Links ]
79 Cfr. Octavio Paz, El ogro filantrópico [http://sistemapoliticomexico.files.wordpress.com/2012/11/el-ogro-filantrc3b3pico.pdf] [ Links ].
80 Carmen Aristegui y Ricardo Trabulsi, Transición…. , op. cit., p. 253.
81 Armando Bartra (coord.), Los grandes problemas nacionales. Diálogos por la regeneración de México, México, Ítaca, 2012, p. 9. [ Links ]
82 Héctor Aguilar Camín, “Caminos de la izquierda democrática”, Nexos, México, junio de 2014 [http://www.nexos.com.mx/?p=21291] [ Links ].
83 Me refiero particularmente al faccionalismo, al centralismo, la personalización del poder, la ausencia de democracia entre sus militantes y la importación acrítica de modelos políticos que no necesariamente responden a los problemas de la sociedad mexicana.
84 Cfr. José Woldenberg, “La izquierda que llegó para quedarse”, Nexos, México, junio de 2014 [http://www.nexos.com.mx/?p=21286] [ Links ].