Desglobalización: los cuatro escenarios. Darío Perero. Noviembre 2019

Hace por lo menos una década que se habla del fin de la globalización, pero a medida que pasan los años, parece que las predicciones se están haciendo realidad. A pesar de los temores y lamentos de los agoreros del libre mercado internacional, la desglobalización es un proceso asociado al final del mundo unipolar actual. ¿Qué modelo la precederá? ¿Qué impacto geopolítico puede tener? Propongo cuatro escenarios y sus consecuencias.

Concepto e historia.

Para definirla fácilmente, la globalización se puede considerar como la integración económica, financiera y cultural mundial en un solo modelo de desarrollo social.

Contrariamente a lo que se dice comúnmente, el proceso globalizador actual no es el primero de la historia, pero si el más intenso. En efecto, la “primera globalización” se dio en el Siglo XIX. Luego de las guerras napoleónicas, Europa comenzó a integrarse en un sistema de alianzas continental, a la par al proceso colonizador y la integración mundial a una economía basada en las potencias europeas (principalmente, la británica) y posteriormente a la estadounidense.

La interrelación económica tuvo su cénit con el tratado de libre comercio firmado entre Londres y París en 1860, y tuvo su final, como bien recuerda Hobsbawm, en la crisis de 1873, que pone fin a la hegemonía británica, dando paso a la competencia estratégica entre los imperios consolidados –Reino Unido- y sus retadores –en concreto, Alemania-.

La decadencia de la globalización decimonónica, se da por el resultado de la pérdida de competitividad de la economía británica y los intereses de los nuevos jugadores en la escena internacional. El proceso concluye en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y recién se estabiliza el sistema en la segunda posguerra (1945).

Los primeros pasos para una segunda fase globalizante, la podemos encontrar en la predica del internacionalismo liberal rooseveltiano y su concreción en la creación de la ONU, los organismo internacionales de crédito en Bretton Woods –FMI y Banco Mundial-, etc. Sin embargo, este solo fue un avance político y cultural. El económico llegaría a mediados de los 70’, cuando Occidente abandona el Estado de Bienestar y pasa un nuevo reflujo liberal, basado en el libre comercio.

A diferencia de la primer globalización, irá más allá de la mera integración comercial, deslocalizando las industrias de los países centrales para enviarlas a naciones del Tercer Mundo, con salarios más baratos y sin sindicalización. El caso más relevante es el de China y en menor medida, Vietnam.

Mientras la dupla Reagan/Thatcher avanzaba en la desindustrialización de Occidente y sus economías viraban hacia el sector de los servicios, China se convertía en la fábrica del mundo, con sus productos baratos para los países centrales. Solo faltaba dar el paso final: terminar con el hermético bloque comunista, dirigido por la URSS, para integrar a todo el mundo en la economía mundial dirigida por un grupo selecto de naciones y sus corporaciones, cuestión que se logró en 1991.

Si la etapa 1940’/1970’ fue la de la integración política y la de 1970’/1990’ la de la globalización económica, el proceso que va de 1990’ a la actualidad podría definirse como la globalización financierista, dominada por la especulación financiera y el poder financiero internacional (bancocracia).

La globalización económica se puede definir como el proceso de integración comercial y de inversión a escala mundial (integración productiva); la financiera, a pesar de estar asociada a la primera, se define por los derivados financieros y la economía especulativa, basada en los fondos de inversión, bancos, etc.

Pero ese proceso, a pesar de que los sectores considerados “globalistas” no quieran dar por terminado, ha llegado a su fin y una fase de desglobalización parece imparable.

Pero ¿por qué? En primer lugar, la globalización desde sus inicios en los 70’, estuvo comandada por la unipolaridad estadounidense –al igual que la primera por la británica-, asociada a un grupo de potencias europeas y Japón. Fue la dupla Nixon/Kissinger la que abrió China a Occidente e internacionalizó el dólar como moneda de cambio, y fue Washington quien escribió las reglas internacionales en el mundo pos soviético (véase la Organización Mundial del Comercio –OMC-), así como su “poder blando” cultural el que avanzó sobre los imaginarios colectivos del mundo.

Ese momento unipolar está llegando a su fin, debido al avance económico de China y otras potencias como Rusia e India. En segundo lugar, en consonancia con lo dicho, se termina por la “rebelión” de Pekín al buscar dejar atrás su posición de “fabrica del mundo” para disputar el dominio tecnológico occidental, poniendo toda la arquitectura de la globalización en crisis.

Cheng recordaba en 2007 que existe un apartheid tecnológico, entre los que fabrican y los que crean, con estos últimos siendo los más beneficiados por el conocimiento, la innovación y las patentes. Mientras China aceptó su rol subalterno, Estados Unidos aceptó su avance económico, pero ahora que lo reta directamente en la competencia tecnológica, la luna de miel globalista ha terminado.

En tercer lugar, también relacionado con los dos puntos anteriores, se encuentra el plano socio-cultural. Ya lo dije en otras ocasiones: la desindustrialización de Occidente –sobre todo de EE.UU., R.U. y Francia-, ha dejado a millones de obreros sin trabajo, aumentando las desigualdades y el descontento, y eso sumado a la inmigración, se convirtió en un combo explosivo que llevó al nacionalismo económico y supremacista al poder Washington (el trumpismo) y con menos fuerza a Reino Unido (el brexit), verdaderos enemigos del globalismo en el corazón del sistema –Wall Street y la City londinense-.

Para pasarlo en claro, es pertinente resumir que la “segunda globalización” tiene su base de sustentación en la unipolaridad estadounidense asociada al rol subalterno de China. Eso se rompió. Al igual que la crisis de 1873 terminó con la primera globalización y dio paso a la transición hegemónica que duró más de cincuenta años; la crisis de 2008, dio comienzo al fin de la segunda experiencia globalista e inició un proceso de transición que durará hasta al menos 2050.

Desglobalización.

Uno de los primeros autores en referirse a la desglobalización, fue el analista mexicano Alfredo Jalife Rahme. Primero en su libro “el lado oscuro de la globalización”, ataca el poder financiero y su responsabilidad en la desigualdad económica actual. Segundo, en su libro premonitorio “Hacia la desglobalización” (2007), escrito previamente a la crisis de 2008, argumenta que su fin ya es un hecho a consumarse.

Si en su momento parecía una voz en el desierto, ahora se han sumado voces de la propia elite mundial, alertando de una fase de desglobalización y sus consecuencias. Entrevistado por la BBC, el economista jefe de la consultora Capital Economics, Neil Shearing, indicó que “la globalización ha llegado a su punto máximo” y que “ahora está en riesgo que el mundo empiece a desglobalizarse en los próximos años”.

Siguiendo la línea de este artículo, sostiene que el freno a la ola globalizadora actual empezó antes que la guerra comercial, debido a un estancamiento de los flujos de capital desde 2010 a la fecha y que eso debe a que la apertura de las economías nacionales es casi total, por lo que no hay mucho margen para un nuevo avance en ese sentido.

Su postura economicista no lo deja ver que detrás de la crisis de la globalización, está la crisis del orden mundial actual comandado por Estados Unidos –el defensor del libre comercio-, justo en momentos que la misma Administración Trump intenta finiquitar el multilateralismo y el libre comercio, así como la deslocalización de la producción. Esto debido, como dije antes, al cambio en el modelo productivo de China desde la llegada de Xi Jinping en 2012, verdadero motivo de la guerra comercial.

Alicia González, entiende que la guerra comercial solo termina de confirmar el proceso de desglobalización que tuvo su primer paso en la crisis de 2008, con el freno de los flujos de capital. Redactando para El País de España sostiene que “el comercio, sin embargo, crece desde esos años por debajo de lo que lo hace la economía mundial, en buena medida por el repunte proteccionista que han traído las políticas populistas que han reaparecido a raíz de la crisis, como ya sucediera en los años de la Gran Depresión de los años treinta”, haciendo una comparación ridícula entre fascismo, populismo y nacionalismo, como si todo diera lo mismo.

Continua diciendo que “no en vano diversos estudios, como el liderado por Manuel Funcke, Moritz Schularick y Christoph Trebesch en 2016, sostienen que en los últimos 140 años las crisis financieras han estado seguidas de un auge de los partidos de extrema derecha y de las formaciones populistas, que utilizan el comercio mundial como uno de sus principales chivos expiatorios”. ¿No será que la élite se olvida de sus ciudadanos y por eso, estos últimos terminan apostando a posturas extremistas?

Los globalistas encuentran siempre al responsable en otro lugar, deslindando a su modelo económico de cualquier responsabilidad. Siguiendo con el libreto globalista, acusa también a Pekín: “estos cambios no se están produciendo de forma generalizada sino que China ha optado por reducir su dependencia exterior y aumentar su integración a nivel doméstico”.

En otras palabras, para la autora, los chinos deben seguir siendo la fábrica del mundo occidental, sin apostar a desarrollar su propio mercado interno y su sector tecnológico. Además apuesta a que los demócratas de ganar la presidencia el año próximo, continúen la presión contra el gigante asiático para que deje su “intransigencia”, olvidando que el mundo unipolar forma parte del pasado y que más que insistir en la globalización, se deben construir nuevas reglas internacionales acordes a los nuevos tiempos.

El nivel de hipocresía de los trogloditas de la globalización parece nunca encontrar un techo. Lo que no entienden es que el “fin de la historia” pregonado por Fukushama fue solo momentáneo y que la historia siempre tiene momentos de hegemonía precedido de otros de competencia. Estos últimos son imposibles de ajustarse a la globalización, por su necesidad intrínseca de protegerse del rival económico y tecnológico. Apple puede competir con Samsung, ya que Corea del Sur es un aliado de Washington, pero no puede darse el lujo de competir con Huawei porque corre el riesgo de ser superado por una potencia rival en el sistema internacional. De la misma manera que Reino Unido no aceptaba competir con.

Escenarios.

Pero las consecuencias tendrán mucho que ver con que vendrá después de la globalización. Por ello, resulta pertinente plantearnos diferentes escenarios que pueden moldear el mundo en el futuro.

En el libro antes citado, “Hacia la desglobalización” (2007), Alfredo Jalife Rahme propone tres alternativas que podrían organizar el mundo pos globalización. A las mismas, sumaré una cuarta que mi juicio puede tener viabilidad.

1- Globalización reformada.

Son muchos los críticos de la actual fase financierista de la globalización llevada a su cénit en el período 1991-2008, con continuidad hasta la actualidad. En especial, por la obscena acumulación de la riqueza en pocas manos y, en consonancia, al aumento de las desigualdades a niveles nunca vistos. Solo para poner un ejemplo, este año el 1% de los habitantes más ricos de la tierra se ha hecho con el 45% de la riqueza global, batiendo un nuevo record.

Para algunos defensores de la globalización, esta es la causa del ascenso de los nacionalismos supremacistas en Occidente, por lo que detener el proceso de acumulación de riqueza en pocas manos, vendría a ser una urgencia. Entre ellos, Alfredo Jalife Rahme nombra a dos: el Premio Nobel de Economía, jefe del Consejo de Asesores Económicos de Clinton (1995-1997), Vicepresidente del Banco Mundial (1997-1999) y consejero económico de Obama, Joseph Stiglitz, y el mega especulador de las finanzas, además de uno de los mayores aportantes del Partido Demócrata estadounidense (sin olvidarnos su influencia cultural en la agenda progresista alrededor del mundo, vía su ONG Open Society Foundations), George Soros.

Jalife Rahme lo acusa de Stiglitz: “representa el opio intelectual que los globalizadores administran a los globalizados ingenuos y desinformados para atenuar el dolor incoercible que provoca la globalización, mediante sus críticas muy selectivas hacia los disfuncionales organismos multilaterales”. Apuesta a una reforma de los organismos multilaterales (FMI, Banco Mundial) con el fin de reencausarlos hacia el objetivo de reducir la pobreza y la desigualdad. Es decir, intenta justificar lo injustificable: que la globalización no puede ser reformable por su naturaleza intrínseca.

Soros apoya las posturas de Stiglitz y en varios libros de su autoría apuesta por una “re-regulación” del sistema financiera internacional, con el fin de detener el cauce actual de las finanzas internacionales. Con su hipocresía tradicional, Soros olvida que él se ha enriquecido debido a la tiranía financiera impuesta por el Consenso de Washington. Su riqueza proviene de haber quebrado el Banco de Inglaterra en 1994, especulando sobre la Libra Esterlina, y luego continuó su periplo desestabilizando las bolsas y monedas de Hong Kong, Corea del Sur, Tailandia, Malasia, etc. Ahora, en su faceta de “filántropo” (más bien un misántropo), apuesta a un supuesto humanismo de la globalización financiera.

Tanto Stiglitz como Soros, enfocan sus esperanzas en el Partido Demócrata y encuentran en Donald Trump a su máximo enemigo. En concreto, al ala izquierda de los demócratas, Bernie Sanders pero sobre todo en la candidata Elizabeth Warren, por quién el milmillonario no ha negado su simpatía en una entrevista reciente para el New York Times, aunque negó que esté financiando su campaña.

El objetivo sería darle un rostro progresista en lo cultural –derecho a los inmigrantes, a las minorías sexuales, a las mujeres-, detener el avance del nacionalismo, enfrentar a la China de Xi Jinping –a quién Soros catalogó de su “enemigo mortal”-, regular el sistema financiero y avanzar en una economía con raigambre ecológica y sustentable. ¿El error? No entender que occidente está en decadencia y que las reglas internacionales irremediablemente van a cambiar debido al nuevo equilibrio geoestratégico.

2- Regionalismos.

El analista mexicano ve más viable que el mundo se divida en grandes bloques regionales. Así lo ha expresado en múltiples ponencias de reciente difusión.

Del mundo globalizado con su epicentro en Estados Unidos, pasaríamos a otro con múltiples zonas de influencia económicas con diferentes centros de poder. De esta manera, las naciones de una determinada ubicación geográfica podrían suplir sus deficiencias aliándose en un bloque conjunto en competencia con otros alrededor del mundo.

La tendencia a la regionalización parece estar más vigente que nunca, si analizamos los diferentes acuerdos de uniones productivas de los últimos años. En primer lugar, podemos nombrar al TLCAN (ahora TMEC), en donde coexisten un gigante económico en todos los sentidos (Estados Unidos), un gran productor de materias primas (Canadá) y una nación de gran potencialidad demográfica para proveer de mano de obra barata a las industrias estadounidenses (México).

Otro caso, la Unión Europea (UE). En conjunto, representa el primer PIB mundial y tiene un potencial tecnológico/militar inexplorado, con el poder industrial alemán y el potencial armamentístico de Francia.

Otra regionalización parece constituirse con la Unión Económica Euroasiática (UEE) creada en 2015, que integran Rusia, Bielorrusia, Kazajistán y Armenia, estimulado por un comercio libre de aranceles y con gran potencialidad en términos energéticos.

Quizás, para corroborar el avance de los regionalismos, debería avanzar el RCEP: un acuerdo de libre comercio que sumaría a China, las economías del sudeste asiático, Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda e India, constituyéndose en el área económica más grande del mundo. El proyecto nació por iniciativa de Pekín en 2011 para hacer frente al intento de Obama de crear el Tratado Transpacífico que pretendía sumar a todas las economías del Pacífico excluyendo a China (la India tampoco entraba en el mismo).

Trump finiquitó dicho pacto, dando impulso al RCEP. En la cumbre de la ASEAN de este mes, los países firmantes se comprometieron a cerrarlo para el año próximo, pero sin la anuencia de Nueva Delhi que argumentó el temor de perder su producción manufacturera ante la industria de su vecino chino.

Por último, quedan los casos de África y América del Sur. La primera parece avanzar hacia un gran acuerdo de libre comercio que incluye a todas las naciones, excepto Eritrea, pero tiene como desafío el creciente conflicto geopolítico de EE.UU. y China por los recursos del continente, con India, Rusia y la Unión Europea sumándose en un segundo plano.

¿Podrá África ser otro polo de poder en el mundo del futuro? No parece posible por cuestiones que exceden el presente artículo. Sudamérica también parece sufrir por los intereses en sus recursos naturales; su única salida parece lograr la unidad económica y política para hacerse fuerte en un mundo regionalizado. Tampoco parece fácil.

3- Neorenacentismo humanista: Jalife Rahme cree que otra salida sería apostar a un modelo de desarrollo social que tenga como centro al ser humano y no al mercado. No existen modelos que puedan exponerse en ese sentido y su aplicación parece más una utopía que un futuro posible. Podríamos encontrar a un promotor de dichas ideas en el Papa Francisco y sus críticas a la sociedad de consumo actual.

4- Bipolaridad.

A mediados del siglo XIX, Alexis de Tocqueville predecía un mundo dominado por dos polos de poder ajenos a la Europa Occidental: el naciente Estados Unidos de América y la cada vez más poderosa Rusia imperial. En el siglo XX, sus premoniciones se hicieron realidad. Ahora muchos dan por hecho un mundo dividido en dos, con Washington y Pekín como actores principales. A diferencia de la Guerra Fría, no sería una bipolaridad rígida sino una flexible (en términos de Kaplan), y no tendría un choque ideológico como eje de la confrontación, sino la lucha por el dominio del mercado mundial y, más en concreto, de las nuevas tecnologías partes de la Cuarta Revolución Industrial.  

El primero en advertir de manera directa y abierta sobre una confrontación total entre los dos colosos, fue Eric Schmidt, ex Ceo de Google, al referirse al futuro de internet. En un evento privado en San Francisco en septiembre del 2018, auguró una bipolaridad en el ámbito de la Red para 2028. “Creo que el escenario más probable ahora no es la entrada en China, sino una bifurcación entre un internet dirigido por China y un internet dirigido por Estados Unidos” sostuvo.

“Si nos fijamos en China, y yo estuve allí, la escala de empresas que se están construyendo, los servicios que están naciendo, la riqueza que se está creando… es increíble. El internet de China supone un porcentaje mayor en el PIB chino, y es una gran cifra, que el de Estados Unidos, y también es una gran cifra (…) Si piensas en China como ‘Sí, son buenos en internet’, estás perdiendo la perspectiva.

La globalización implica que ellos también pueden jugar. Creo que veremos un gran liderazgo de productos y servicios chinos. Existe un peligro real de que junto con esos productos y servicios surja un régimen de liderazgo diferente del gobierno, con censura, controles” argumentó. Schmidt también vaticinó una lucha abierta por la Inteligencia Artificial y que dicho internet chino sería dominante en los países de la Ruta de la Seda y, agrego de mi parte, en África.

A la advertencia del ex mandamás de Google, se le sumó en la última semana el influyente ex Secretario de Estado, Henry Kissinger. De visita en China, advirtió sobre una nueva Guerra Fría y de la probabilidad de una Tercera Guerra Mundial, más mortífera que las anteriores. “Si se permite que el conflicto se desarrolle sin restricciones, el resultado podría ser aún peor de lo que fue en Europa. La Primera Guerra Mundial estalló debido a una crisis relativamente menor…, y hoy las armas son más poderosas (…) Eso hace que, en mi opinión, sea especialmente importante que un período de tensión relativa sea seguido por un esfuerzo explícito para comprender cuáles son las causas políticas y un compromiso de ambas partes para tratar de superarlas. Se está lejos de ser demasiado tarde para eso, porque todavía estamos en los inicios de una Guerra Fría”, expresó.

Al día de hoy, una nueva bipolaridad parece la regla del futuro, pero debemos tener en cuenta que otros actores podría sumarse, iniciando una era multipolar. Serían los casos de Rusia o de Francia, India, Japón y otros actores que puedan nacer en el futuro próximo. El resurgimiento del nacionalismo parece llevarnos en esa dirección.

Consecuencias.

El estancamiento del comercio internacional, el freno en los flujos de capitales y la naciente confrontación tecnológica, irremediablemente tendrán consecuencias sobre los países y regiones a escala mundial. Probablemente quienes más lo sufran sean aquellas economías orientadas a las exportaciones o las dependientes del flujo de inversiones para su desarrollo.

La crisis chilena no se puede separar de la guerra comercial que ha provocado una caída en los precios del cobre, representante del 30% de sus exportaciones. La desaceleración de la India a niveles alarmante, solo puede entenderse por la falta de incentivos de los capitales mundiales para hacer inversiones de alto riesgo en momentos donde se cuestiona a las empresas que deslocalizan su producción en terceros países. Y la situación boliviana, no la podemos desprender de la carrera por los recursos naturales escasos, como el litio.

En el futuro, veremos más confrontación, mayor apuesta al mercado interno, confrontación ideológica entre extremos y neomilitarización de la vida política. Aspectos centrales del desorden pos globalización.

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