El alfaguara de Hernández La reivindicación de las Letras

El alfaguara de Hernández
La reivindicación de las Letras

Los autores contemporáneos salvadoreños son el reflejo de todo un abanico de experiencias,puntos de vista y estilos que descubren el importante legado de los grupos literarios que dejaron huella en la historia del siglo pasado.
Manlio Argueta *
vertice@elsalvador.com

La novela de David Hernández es en cierta forma una historia emocional de “La Cebolla Púrpura”, grupo al que perteneció el autor; poetas cuya juventud coincidió con el conflicto bélico y por ello se vieron inmersos en la tormenta que nos envolvió desde 1972 hasta 1992. Quizás por ello apenas llegaron a publicar poemarios de provincia, en papel de pobre y tinta desteñible; pero en la novela se hacen visibles e invencibles, a pesar de todo.

Sobreponiéndose a dolores propios del extrañamiento y ante el recuerdo de sus compañeros poetas muertos, Cebolla púrpura es un homenaje a ellos, los que nunca llegaron a viejos y que para beneficio social seguirán siendo jóvenes. La novela habla, sustituye al silencio de las practicidades políticas que no concede espacio para saludar a los anti-héroes en sus tumbas desconocidas. La memoria se graba en piedra en un canto de nostalgia y de profundo amor a la patria extrañada. Ese grupo cuya revista sólo se aceptaba por alguna librería, allá por los años setenta, porque su nombre era atractivo para la sección de cocina.

Putolión refuerza la saga del exilio iniciada por Hernández con Salvamuerte (UCA Editores, 1993) y que se proyecta en una tercera obra, aún inédita, “Fuero de fuego”, para construir un mundo narrativo. Fundador del grupo literario “La Cebolla Púrpura”, Hernández escribió su primera novela una vez que inició sus estudios de doctorado en lenguas germánicas (1992). No cabe duda que en nuestro país, tan escaso de narrativa, ese corto ciclo literario es muestra de responsabilidad y disciplina; mucho más si se retoma la literatura como instrumento de cambio en la conciencia, con la “emergencia del descubridor: si yo no nombro nadie nombrará; si yo no escribo todo será olvidado; si todo es olvidado, dejaremos de ser”. (Carlos Fuentes, Épica, utopía y mito en la novela hispanoamericana, México, 1994, p. 285). Pero Putolión no es sólo nostalgia que se refleja en el recuerdo de los poetas caídos en la guerra, sino también alegría compartida, triunfos y desafueros, por quienes siguen viviendo dentro del país o en el exilio; pero sobre todo, es conflicto humano inagotable.

Ante esa situación la saga viene siendo un imperativo. David Hernández, uno o dos de los que quedaron vivos, tendría la misión de resucitar a los muertos. Y el novelista logró sobreponerse para cumplir con sus compañeros luego de un largo periplo de aventuras, lindando con lo maldito, en el infierno gélido de Siberia, en las quemantes arenas de Afganistán o en la bella Ucrania, todo lo cual conforma su mundo literario.

Un consejo oportuno

Me encontré a Hernández en Costa Rica, su primera diáspora, cuando era casi un adolescente; veinte años después lo descubro, casi escondido, extraviado, en los metros de París o en los trenes hacia Colonia, Bonn y Hannover. Ello, antes de escribir Salvamuerte y recién salido de una crisis existencial que lo había acercado a la autoinmolación. En una de esas oportunidades preparaba sus maletas para dirigirse a Egipto a sembrar naranjas en el desierto. Lo convencí que se olvidara de la agronomía porque él era poeta: “agrónomos hay muchos, los poetas somos el gremio más raquítico y el más pobre, tenés que ayudar a enriquecerlo”. Pero el racionalismo europeo hacía difícil ese recambio de ingeniero agrónomo a estudiante de letras. “Van decir que estoy loco”, me dijo. No importa, le respondí, también los alemanes han tenido sus poetas muertos y sus poetas locos, van a entenderte.

Sin embargo, David no llevó el drama personal del exilio a la extensión de su poesía, sino a descubrir la novela, género en el que ha comenzado a echar raíces profundas: erotismo y sexo, pasión glandular, expresado con palabras directas, en lo cual se realiza el camino en espiral hacia un romanticismo de la postmodernidad. Pero sobre todo hay amor, angustia, frente al país que se quiere recuperar, a través de la propia recuperación literaria.

Está confirmado que la novela es también poesía y que seguirá siendo el medio para rescatar, con el auxilio de la imaginación, los acontecimientos trascendentes. Esto vale en especial para nuestro país que no termina de perfilar sus límites y donde los escritores deben jugar el papel de historiadores o cronistas testimoniales ante los vacíos que hay en otras áreas del pensamiento. ¿Acaso no fue el poeta Roque Dalton quién rescató la memoria del 32 antes que se la hubiera llevado a la tumba Miguel Mármol? La faena no es fácil en estos tiempos de avalancha pragmatista, de globalización económica y absorción de la cultura propia por una cultura electrónica universal.

En Cebolla púrpura vemos pasar por nuestros ojos esa generación de poetas que David Hernández plantea como personajes: Jaime Suárez, Rigoberto Góngora los principales; Mauricio Vallejo, Nelson Brizuela, Chema Cuéllar, Alfonso Hernández, Chito Silis; el abuelo de ellos: César Masís, muertos en el vórtice de una realidad trágica; y otros que permanecen en el exilio de la desilusión o el sueño, ya sea dentro o afuera del país: Francisco Rivera, Morasán, Manuel Luna, Jobal Arrozales, Calderón, R. Menjívar 0., M. Bencastro, Santana, Quijada Urías, los Armijos. Y también aquellos que como agujas se encubren en el pajar caótico de la patria: Castro Rivas, Iraheta Santos, Uriel Valencia, Santana, Masís el joven, Mendoza, medio vivos y medio muertos, como dice el poeta Dalton. Y también los otros artistas que se unen a esa generación maldita de la guerra, solitarios unos, apasionados todos, aquí y allá, pero sin dejar de representar la lucidez de El Salvador; algunos con más suerte que otros: los Crespines, Meme Sorto el cineasta que sueña, Bonilla, Dago el escultor, Chico Aragón el periodista, la diva Gilda Lewin, el ceramista Carlos Mejía, Eduardo Valenzuela, Roger Lindo, Villafuerte, Chamba Juárez, Norman Douglas –“hijo secreto de Kirk Douglas”-, William Armijo, cantante en los subterráneos de París y doctor en teatro: todos con una locura cercana a Rimbaud, a Miller, a Genet, a Vukovski, a Orlando Fresedo, al Pipo Escobar Velado, al viejito Gavidia en joven. Son el vivo retrato del conflicto.

Inmersos en historia desesperada del oficio, donde prevalece como punto de referencia y salvación la unidad generacional. Tratan de resucitar lo insalvable de la patria o lo rescatable del naufragio, aunque sea en sueños, como Sorto; o pretendiendo alzarla de los escombros, aún a costa de la autoinmolación, como Fresedo.
Así transcurre la vida de los jóvenes entre humo de cigarrillos, cuchilladas, putas, cafetines sucios, hongos alucinantes, LSD y el “guaro” genocida; para mitigar la amargura existencial en una patria que trata de salir del laberinto.
Tema de generaciones

La historia novelada de la generación del setenta tiene su enlace con la historia poética de los jóvenes del noventa. Y ¿por qué no decirlo? Con los del 56, sensibilidad más, pesadilla menos, los jóvenes de siempre han tenido la palabra cuando el silencio comienza a mutilar. No hay pretextos para permanecer callados, si queremos que subsista la sensibilidad creativa, especialmente cuando el vórtice sigue siendo tan huracanado como siempre. Nunca hemos sido ángeles, pero tampoco satánicos. El escritor debe ser caja de resonancia o no es nada, no importa que su imagen sea invisible, como esos personajes de Putolión. Nos enseñaron a respetar a los héroes vivos sin reparar que sólo puede haber héroes muertos porque así no pueden reconvertirse en seres asediados por la degeneración social. Para la obra de Hernández, los poetas son los anti-héroes.

La intención clara es resucitar el grupo generacional “La Cebolla Púrpura”, “La Masacuata” y otros, como antes ya hiciera para diferente período la novela Pobrecito poeta que era yo…, de Roque Dalton. Entre la generación de la década del cincuenta y la de los setenta, la historia sigue siendo la misma. Una especie de virus africano que corroe por dentro y hace desintegrar los huesos y la carne: el anti-virus es la poesía. Poco hemos avanzado, pero la literatura sigue adelante. Los escritores deben mantenerse desde sus guaridas de hombres lobos con el ojo en la mira de la realidad nacional. “Nuestra fidelidad al lenguaje en suma, implica fidelidad a nuestro pueblo y fidelidad a una tradición que no es nuestra totalmente sino por un acto de violencia intelectual” (Octavio Paz, El laberinto de la soledad, México, 1994, p. 178).

Y Hernández reafirma su idea novelística diciendo que los poetas no imaginaban que el destino del azar y la historia en aquellos “años de sed y sombras”, si es que existen y coinciden, los pondrían a las puertas de la vida y de la muerte: “Todo era pobreza, lluvia y austeridad. Pero a pesar de todo éramos felices y existíamos. Los sueños estaban en embrión y comenzaban a gestarse en medio de aquella atmósfera que presagiaba malos tiempos”. Aunque ese pasado sea un eterno presente y un impredecible futuro para los jóvenes que deben escoger entre la muerte en vida camino abierto- y la creatividad vía cerrada: pero que puede abrirse siendo fiel al lenguaje —como dice Paz-; a la poesía, que no sólo está hecha de palabras -según Dalton. Como se expresa en Cebolla púrpura.

  • Director de la Biblioteca Nacional.

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