El Salvador: Crisis del Bloque Histórico. (1ra y 2da.Parte)

Febrero 11, 2013. Nuestro país es estremecido por una crisis que se caracteriza por el derrumbe de un régimen antiguo sin que aparezca el nuevo que lo sustituya. Lo que llamamos crisis está constituida, precisamente, por esta relación entre lo antiguo y superado y lo nuevo que no termina de constituirse.

Esta es una crisis histórica porque expresa la descomposición de lo que se llama bloque histórico, para cuya comprensión resulta necesario usar una metodología que apela a cierta arquitectura. Según ésta, en toda sociedad capitalista hay un diseño que, sin ser visible a simple vista, se compone de una base o infraestructura y de un nivel superior o superestructura.

La base está constituida por la realidad económica, por la relación de las clases sociales con los medios de producción, por todo el fenómeno de la producción de bienes, de la plusvalía y la explotación.

Aquí se encuentra lo que caracteriza a una sociedad en términos económicos; pero, tratándose de sociedades como las realmente existentes, en donde una minoría poderosa oprime y explota a una mayoría sometida, resulta necesario otro nivel que contiene todo el aparataje ideológico que permite a los sectores dominantes, dominar a través del control ideológico de las grandes masas de subordinados. Esto es lo que se conoce como superestructura. Y aquí en esta franja se encuentra el Derecho, el Estado, las llamadas instituciones, las religiones e iglesias, el arte, la cultura y el folklore.

La estabilidad de una sociedad y la seguridad de un control ideológico eficiente dependen de la armonía y relación orgánica entre esta base económica y su superestructura ideológica. Esto quiere decir, por ejemplo, que las leyes que se aprueban han de corresponder a la estructura y a la naturaleza de la economía real y han de estar a su servicio. Que una Corte Suprema de Justicia ha de responder, de la manera más armónica, a esta misma base económica, y sus resoluciones han de asegurar la ideología del sector dominante sobre los dominados. Aquí se trata del dominio, es decir, de asegurar que las ideas que viven en la cabeza de los dominados sean las del sector que domina, o, en otras palabras, que los dominados miren al mundo y entiendan la realidad con los ojos de los dominantes.

Cuando todo este andamiaje funciona, este sector dominante es, al mismo tiempo, dirigente. Pero para eso, necesita usar la figura del consenso y este es todo un aparato ideológico en el que intervienen la educación, la religión, la filosofía y los recursos ideológicos más refinados. Es a través del consenso que los dominados asimilan, aplican, se identifican, con los intereses de los dominantes, y resultan incapaces de toda resistencia y, mucho menos, de toda rebelión.

Cuando empieza a debilitarse este control ideológico y se producen manifestaciones de rebeldía o rebeliones interviene el aparato represivo del Estado que solo actúa cuando falla la ideología, pero funciona siempre como una especie de mano dura de reserva. También se desencadena el mecanismo del Derecho, de los tribunales, de las cárceles y de todo lo que se conoce como fuerzas del orden público.

Es necesario darnos cuenta que en cada rebelión y levantamiento del pueblo hay una derrota ideológica de este aparato, que no logro domesticar a los esclavos, y resulta necesario acudir a la maquinaria represiva. Sin duda que la mayor rebelión de nuestra historia es la guerra de 20 años; pero ésta no es sino la continuidad de un hilo histórico que pasa por la guerra contra los invasores europeos. Pasa por el levantamiento de Anastasio Aquino, por el levantamiento de 1932, y finalmente culmina con la guerra. Como podemos ver se trata de un proceso histórico de acumulación de una capacidad de resistencia y de rebelión y de un proceso de debilitamiento del control ideológico.

Es comprensible que lo que llamamos Estado se corresponda, junto con su Constitución, con una base económica o infraestructura, y una clase dominante es la beneficiaria del orden establecido a sangre y fuego.

Desde finales del siglo XIX, justamente en el marco de las luchas contra la dictadura de los Hermanos Ezeta, una nueva clase social se constituye como una oligarquía cafetalera dominante, y durante más de 100 años, el país, la economía, el Estado, el Derecho y la política toda, fue un reflejo de esta clase dominante. Pero, en el marco de la guerra de 20 años, los cafetaleros pierden el control de la economía y también del aparato del Estado. Aquí resulta necesario explicar que estos dos tipos de control, el económico y el del aparato del Estado, se complementan y se requieren, porque ese control estatal le garantiza al sector dominante los mejores negocios, las mayores utilidades, una legislación adecuada a sus intereses, los gobernantes conveniente y la capacidad de sofocar cualquier intento de alterar este orden de cosas. Para todo esto, necesitan el control del aparato estatal, y muy especialmente de sus fuerzas armadas y sus policias. Pero, este control solo es posible en la medida en que la economía esté controlada por este sector. Así ocurrió por largas décadas con el café, como un exclusivo producto de exportación, y con los cafetaleros como amos y señores, en nuestro pequeño país.

Cuando los precios internacionales del café se derrumban, todo el control clasista también se derrumbó, y entonces, la necesaria armonía entre una base económica y una superestructura, se quiebra.

Bloque histórico es el nombre que se le da a esa relación orgánica, armónica y dialéctica entre base y superestructura. Muy vinculado a este bloque histórico funciona lo que se llama bloque de poder que contiene el sistema de alianzas y acuerdos necesarios para ejercer ese poder.

Al romperse el poder oligárquico cafetalero, la base económica entra a una situación de deriva porque una parte de éstos se hacen banqueros, solo una parte, y aquí estamos frente al capital financiero, que diseña un país a su imagen y semejanza; pero luego, los bancos son vendidos a la banca internacional, y llegamos a un momento como el actual, en donde la riqueza del país es controlada por empresas transnacionales, y en todo este proceso resulta que el mundo superestructural es el mismo que se correspondió por décadas con una base económica cafetalera. Al desaparecer esta base, desaparece el encuentro necesario entre esa superestructura y su base económica. Al mismo tiempo, no aparece una nueva clase dominante que sustituya a los cafetaleros, y el bloque de poder que aseguraba su dominio, también se descompone. Esto es lo que explica los desencuentros hasta escandalosos entre una parte del aparato institucional y otras instancia, como el conflicto entre la Sala de lo Constitucional dela Corte Suprema de Justicia y la Asamblea Legislativa.

II

Febrero 26. La situación de crisis histórica del país nos presenta un panorama en donde la base económica no se corresponde con el universo superestructural y todo esto carece, entonces, de sustentación, hasta que la evolución y el desarrollo de esta crisis permitan que en el sector dominante se perfile una fracción que sea la que domine el bloque. Esto está pendiente, pero no totalmente, como veremos.

Es aquí, en la superestructura, donde reside la sociedad civil y la sociedad política. La primera es todo el sistema de dominio ideológico que permite al sector dominante o al dirigente, imponerse efectivamente al sector dominado. Cuando además de dominante resulta ser dirigente, no necesita de la represión porque en esas circunstancias se asegura lo que se llama consenso y éste es el instrumento que permite al dominante que el dominado lo sea efectivamente, sin ningún riesgo ni posibilidad de producirse ninguna rebelión e inclusive ninguna protesta o reclamo, porque cuando hay consenso, los dominados están de acuerdo en ser dominados por esos dominantes, por eso es que se habla de sector dirigente y no solo dominante.

Esta precisión nos permite darnos cuenta que en la historia política de nuestro país, los sectores dominantes nunca han sido dirigentes porque siempre la sociedad civil, que es el ámbito donde se afianza la hegemonía, ha usado de la represión, es decir, de la sociedad política o Estado, para imponer su dominio, y esto explica el permanente Estado de rebelión que caracteriza nuestra historia.

A esta relación de sociedad civil y sociedad política es justamente a lo que llamamos Estado porque el dominio ideológico y el domino represivo se conjugan, imponiendo lo que se llama orden público, que es el conjunto de leyes, reglamentos, acuerdos, providencias y decisiones tomadas para asegurar que un determinado orden sea alterado ni mucho menos sustituido por otro.

No es difícil darse cuenta que la guerra de 20 años expresa una significativa derrota ideológica del sector dominante, aunque al finalizar esta guerra, el país haya entrado en un momento especial en donde el poder político alcanza un dominio y control sobre la subjetividad de la población que no se había alcanzado en otro momento histórico.

Los sectores dominantes usaron para eso dos recursos ideológicos: el primero fue el de la paz y el segundo fue el de la idea que el pueblo estaba en el poder. Veamos esto más despacio.

La idea de la paz sirvió para eliminar a la post guerra que, al ser sepultada, en una especie de asesinato histórico, fue sustituida por la bandera de la paz superviniente de manera automática por el fin de la guerra, que fue convertida en un bien cuasi sagrado al que había que proteger de toda lucha, de todo reclamo, de toda turbulencia social, de tal manera que el pueblo debía cuidar esa paz como se venera a los dioses, aun a costa de sus propios intereses.

La segunda idea resulta también decisiva porque cuando el pueblo aparece tomando el poder en la figura de alcaldes y de diputados, se está construyendo una maquinaria como la que efectivamente se construyó, que maniató la inteligencia política, el espíritu y las manos del pueblo, que al creer que efectivamente estaba en el poder, renunció a sus luchas, desmanteló sus organizaciones y pasó a confiar en que arriba, en los órganos de poder, y en el cielo político, el pueblo estaba garantizado en sus intereses y ya no era necesaria ni la lucha ni la protesta.

Este aparato logró desmontar la psicología y la voluntad de lucha de todo el pueblo, mientras en el país se montaba, efectivamente, una economía, una educación, una salud, una agricultura, neoliberal, y cuando en el planeta se derrumba esta lógica y hay un quiebre del capitalismo estadounidense y del europeo, toda esta política queda descubierta.

Es, en estos momentos, cuando el partido FMLN, en medio del derrumbe neoliberal planetario, llega al gobierno, luego de ganar las elecciones presidenciales con la candidatura de Mauricio Funes, y ocurre que este candidato, ya como presidente, no entrega al partido FMLN el control del aparato del Estado, tampoco acepta ningún sometimiento ni dirección, y mucho menos funcionar como aliado o amigo de ese partido.

Es, en esas circunstancias, que el partido FMLN se hace un simple partido gubernamental, así como ARENA, el PCN o el PDC; en tanto que Mauricio Funes hace un gobierno que no altera ni la política ni la manera de hacer política de los anteriores gobiernos areneros, sin alterar ni la economía, ni la educación, ni la salud.

Es aquí, en este marco histórico, en el que movido por factores externos, se produce una acumulación de capital dentro del proyecto Alba petróleos, que permite a la cúpula del partido FMLN transformarse en una clase social burguesa que consolida cada día su poder económico y su control de distintas áreas de la economía, con varias características que pasaremos a referir en un próximo artículo.

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