Orígenes de la historiografía marxista

Orígenes de la historiografía marxista
Karl Marx

Karl Marx nació en Tréveris, en 1818, en el seno de una familia burguesa judía convertida al protestantismo y atraída por el espíritu de la Ilustración.

Realizó sus estudios, entre los años 1830 y 1835, en el instituto de Tréveris, y después, entre 1835 y 1840, en las universidades de Bonn (Humanidades) y Berlín (Derecho y Filosofía). Defendió su tesis sobre el pensamiento griego (el estoicismo, el epicureísmo, etc.) en Jena en 1841.

Colaboró en revistas -Gaceta renana, los Anales franco-alemanes- y, tras un largo noviazgo, se desposó con Jenny von Westphalen, en 1843. El “joven Marx” asimiló la filosofía de Hegel y después la puso en duda, dialogó con los “jóvenes hegelianos” –Arnold Ruge, Bruno Bauer, Ludwig von Feuerbach– y redactó sus primeros “cuadernos de trabajo” –Manuscritos económicos y filosóficos (1844), La ideología alemana (1845-1846)-.

Entre 1844 y 1850 vivió en París, Bruselas, Colonia y Londres. Trabó con Friedich Engels una amistad a toda prueba y una entente intelectual fructífera. Entró en contacto con los socialistas franceses, polemizando con Pierre-Joseph Proudhon –Miseria de la filosofía (1847)-. Participó en la Liga de los Comunistas y se entusiasmó con las revoluciones europeas –Manifiesto del partido comunista (1848)-. Estudió especialmente los acontecimientos que se desarrollaron en Francia –La lucha de clases en Francia (1850); El 18 de Brumario de Luis Bonaparte (1852)-.

A partir de 1851, Marx y su familia se instalaron con carácter definitivo en Londres, y vivieron de los artículos que Marx escribía para grandes diarios como el New York Tribune o el Neue Rheinische Zeitung, beneficiándose de vez en cuando de la ayuda financiera que le prestaba su amigo Engels.

En 1864, Marx intervino en la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores, cuyos “estatutos” y “discurso inaugural” redactó. En los años siguientes se enfrentaron, en el seno de la organización, los amigos de Marx con los partidarios de Proudhon y, después, con los de Mijaíl Bakunin. Tras la experiencia de la Comuna –La guerra civil en Francia (1871)-, los marxistas abandonaron la AIT, dominada por los anarquistas.

Durante más de treinta años, Marx consagró lo esencial de su energía a leer muchísimo, a acumular voluminosos cuadernos y a publicar algunos bosquejos –Los principios de economía (1857), La crítica de la economía política (1859)-, hasta llegar a la publicación de su obra más importante: el libro I de El Capital, en 1867. Después, Marx continuó dedicado a su tarea, pero la enfermedad le fue debilitando, y murió en 1883. Engels acabó El Capital, a partir de las notas dejadas por su amigo y de sus propias reflexiones, publicando el libro II en 1885 y el libro III en 1894.

El materialismo histórico

El marxismo apareció durante la segunda mitad del siglo XIX, en un momento en que el historicismo era la tendencia historiográfica dominante tanto en Europa como en Norteamérica.

La nueva corriente de pensamiento, conformada inicialmente a partir de los escritos de Karl Marx y, en menor medida, de Friedrich Engels, tuvo las siguientes raíces intelectuales:

La filosofía clásica alemana.

Marx estudia la filosofía de Hegel. En su Crítica de la filosofía del derecho de Hegel (1843) demuestra que la sociedad civil es la que determina el Estado y no al revés.
Además, revisa con Engels la filosofía idealista en La Sagrada Familia, Las Tesis sobre Feuerbach y otros cuadernos de La ideología alemana. Afirma “No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”.

La economía política inglesa y francesa. Marx estudia a los economistas ingleses (Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill) y franceses (Jean-Baptiste Say, Jean Charles Leonard de Sismondi), descubriendo el mecanismo de la alienación del obrero respecto a su trabajo y el carácter dialéctico de la historia (enfrentamiento entre los hombres).
El socialismo y el comunismo franceses. Conoce a los socialistas y comunistas franceses (Henri de Saint-Simon, François Babeuf), de los que utiliza el concepto de clase. Y estudia las revoluciones de 1848.

El marxismo surgió como consecuencia de un intento de comprensión de la realidad de aquella época, del contexto histórico de la industrialización europea, marcado por las transformaciones económicas, las corrientes migratorias, el desarraigo de las comunidades campesinas, la extensión de la miseria social urbana y la generación de una nueva clase social (el proletariado obrero industrial).

Dicho análisis llevó a Marx a formular una nueva filosofía de la historia, que fue denominada “materialismo histórico”. El pensador alemán expone dicha tesis en obras como La ideología alemana o Contribución a la crítica de la economía política:

Necesidades básicas. El materialismo histórico partía de la idea de que los hombres tienen necesidades vitales básicas, de las que depende su supervivencia (alimento, ropa, vivienda, etc.). Dichos bienes de primera necesidad han de ser producidos.
Fuerzas productivas. Para la fabricación de dichos bienes son empleadas las fuerzas productivas. Estas son materiales y humanas. Comprenden las fuentes de energía (leña, carbón, petróleo, etc.), las materias primas (algodón, caucho, hierro, etc.), la maquinaria (molinos de viento, máquina de vapor, cadena de montaje, etc.), los conocimientos científicos y técnicos, y los propios trabajadores.
Relaciones sociales de producción. La fabricación de dichos bienes genera relaciones sociales de producción que los hombres tejen entre sí con el objeto de producir y repartirse bienes y servicios.

En el Occidente medieval eran el marco del dominio señorial, con el reparto de tierras entre la reserva y los feudos, el sistema de corveas, las detracciones de tasas, las diversas categorías de campesinos (siervos, manumisos, colonos, propietarios de alodios), y la organización de la comunidad campesina (con la rotación de cultivos, pastos comunales, landas y bosques comunales).
En las sociedades industriales occidentales diversos factores influyen sobre las relaciones de producción:
La propiedad del capital (que permite tomar decisiones, elegir las inversiones, repartir beneficios).
El funcionamiento de las empresas (con el personal jerarquizado, la disciplina del taller, la fijación de normas y horarios).
La situación de los obreros (que varía según los salarios, el procedimiento de contratación y de despido y la importancia de los sindicatos).

Modos de producción o infraestructura económica. La combinación de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción origina un modo de producción (o infraestructura económica), que determina la morfología de la sociedad (sus aspectos políticos, jurídicos, ideológicos, culturales, religiosos, intelectuales, etc.).

Marx reconoció la existencia de muchos modos de producción a lo largo de la Historia. No obstante, únicamente analizó cinco; cuatro que habían existido ya y un quinto, el comunista, que había de sobrevenir, en su opinión, tras el capitalista:

Asiático. Relación de producción: régimen marcado por el Estado. Ejemplos: Egipto faraónico, China imperial, Perú incaico.
Antiguo. Relación de producción: esclavitud. Ejemplos: Mundos helenístico y romano.
Feudal. Relación de producción: servidumbre. Ejemplo: Occidente medieval señorial.
Burgués-capitalista. Relación de producción: trabajo asalariado. Ejemplo: Occidente tras la revolución industrial.

Los modos de producción podían coexistir en ciertos momentos históricos. Por ejemplo, en el siglo XVIII, en el que aparece el trabajo asalariado en la Europa Occidental, en la Oriental se implanta la servidumbre y en América se extiende el modo esclavista.

Además, se podían reproducir en formaciones sociales muy distintas entre sí; por ejemplo, el feudal tuvo vigencia en el Sacro Imperio Romano Germánico del siglo XI, en la Francia de los Capetos del siglo XIII o en el Japón de los Tokugawa en el siglo XVIII.

Superestructura jurídica y política. A partir de la infraestructura económica se construye la superestructura jurídica y política, a la que corresponden las formas de conciencia social. Esta superestructura la componen las formas de las relaciones jurídicas, las instituciones políticas y las formas de estado.
Conciencia social. La conciencia social se manifiesta en diferentes “formas ideológicas”: obras literarias, ensayos filosóficos, doctrinas religiosas, creaciones artísticas. En contra del idealismo hegeliano, Marx pensaba que las condiciones materiales de la existencia eran las que determinaban la ideología. No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; es la realidad social la que determina la conciencia de los hombres.

Marx reflexionó sobre la evolución de la Historia, que tenía como marco de referencia los distintos modos de producción. Creía que la Historia no era lineal y que podía pasarse de un modo de producción a otro por dos vías: la revolucionaria (corta y brusca) o la reformista (más larga y lenta). Para explicar el cambio de infraestructura partía del método dialéctico de Hegel para afirmar que la lucha de clases es el motor de la Historia. La contradicción entre la clase trabajadora y los propietarios de los medios de producción y de las plusvalías llevaba a la lucha de clases, a la revolución, a la destrucción de la infraestructura y a su sustitución por otra nueva.

Un ejemplo de este proceso de cambio de modo de producción fue, según Marx, el que experimentó Francia tras la Revolución (del feudal al capitalista). En el siglo XVIII, el desarrollo económico, el progreso de las ciencias y de las técnicas, la renovación de los cultivos y el crecimiento de la población chocaron con el orden antiguo, la administración monárquica, el marco señorial y el sistema corporativo gremial. Fruto de la lucha de clases, sobrevino la Revolución y, después, la estabilización del Imperio entre 1789 y 1815. Posteriormente, en el siglo XIX, se introdujo la sociedad capitalista liberal, dirigida por una burguesía de empresarios que explotaba a la masa de los obreros asalariados.

En El Capital Marx describió el modo de producción capitalista. En este, existían dos clases sociales antagónicas, que tenían distintas funciones económicas:

La burguesía (clase dominante, propietaria de los medios de producción y acaparadora de las plusvalías generadas por la comercialización de mercancías en el mercado).
El proletariado (clase dominada, obligada a trabajar con los medios de producción de la burguesía, a cambio de un salario siempre inferior al valor de su trabajo en el mercado).

La explotación social del proletariado por la burguesía era la causa de la lucha de clases propia del capitalismo, que había de llevar, tras la revolución, al modo de producción comunista. Como podemos apreciar, Marx concedía al hombre un papel activo en la Historia; el proletario podía y debía luchar para cambiar la infraestructura.

El análisis marxista no pretendía ser solo una interpretación de la realidad histórica, sino que pretendía promover una revolución proletaria que acabase con el modo de producción capitalista e instaurase un nuevo modo de producción (el comunista) que llevase a la formación de una sociedad sin clases ni explotación humana. De hecho, Marx propuso en varias obras (como El manifiesto comunista o El 18 de Brumario de Luis Bonaparte) la intervención política inmediata: la movilización del proletariado, la revolución y la ejecución del programa político comunista. El ejemplo más claro de esta faceta activista lo encontramos en la consigna final de El manifiesto comunista: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.

La influencia de Marx sobre la historiografía fue mínima durante la segunda mitad del siglo XIX. Aparte de algunos casos aislados (como Jean Jaurés en Francia o Franz Mehring en Alemania), la práctica totalidad de los historiadores permanecieron fieles a la corriente historicista. El marxismo no ganaría protagonismo entre el gremio de los historiadores hasta la Primera Guerra Mundial y el triunfo de la revolución bolchevique en Rusia.

La deformación dogmática

Tras la muerte de Engels en 1895 tanto los pensadores como los dirigentes políticos de los distintos partidos socialistas hallaron dificultades a la hora de interpretar las obras y las ideas de Marx. A partir de este momento, el marxismo fue simplificado y sufrió dos tipos de deformaciones:

El “cientifismo”. Las ideas de Marx fueron consideradas un corpus doctrinal cerrado y definitivo y no fueron desarrolladas con nuevas reflexiones filosóficas ni nuevas investigaciones sobre la sociedad.
El “economicismo”. Se reafirmó la primacía de los aspectos económicos, descuidándose otros aspectos tratados en las obras de Marx.

Los principales teóricos de este marxismo empobrecido fueron Karl Kautsky en Alemania y Jules Guesde, Paul Lafargue y Gabriel Deville en Francia. Aunque en la Segunda Internacional varias corrientes (austromarxistas, revisionistas e izquierdistas) rechazaron los planteamientos simplificadores, las versiones “kautskystas” y “guesdistas”, destinadas a la difusión del marxismo entre las masas, fueron las que prevalecieron en el tránsito del siglo XIX al XX

Esta tendencia economicista, de orientación más reformista que revolucionaria, se invirtió gracias a Vladímir Ilich Lenin. Lenin reavivó los planteamientos originales de Marx en dos líneas de trabajo:

La utilización del materialismo histórico como método de investigación para la comprensión de situaciones históricas concretas (en obras como La evolución del capitalismo en Rusia o El imperialismo, estadio supremo del capitalismo).
La recuperación de la praxis revolucionaria, del activismo político. En su obra ¿Qué hacer? perfiló el modelo de un partido revolucionario capaz de luchar contra la autocracia zarista; y en El estado y la revolución definió la estrategia de la toma del poder, que implicaba la dictadura del proletariado. No obstante, no se limitó al ámbito teórico. Al contrario, puso en ejecución sus ideas dirigiendo el partido bolchevique en la Revolución de Octubre que consiguió movilizar a las masas y apoderarse del Estado ruso en 1917. Logró eliminar a los partidos rivales, vencer al ejército blanco y rechazar las presiones exteriores entre 1917 y 1921. Y entre 1921 y 1924 trabajó en la reparación de los estragos de la guerra civil y en la formación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Tras la muerte de Lenin se desencadenaron luchas de facciones para apoderarse de la dirección del partido bolchevique, que terminaron con el triunfo de Stalin, que incrementó el terror policíaco, impuso la colectivización agraria y construyó la industria pesada.

Desde entonces, el “marxismo-leninismo” se convirtió en un sistema ideológico instrumentalizado políticamente para justificar la dictadura del partido-estado. Y este propósito de legitimar las acciones gubernamentales llevó a una regresión del marxismo. La era stalinista se caracterizó por una vuelta a la desviación “cientifista”. Los distintos teóricos intentaron presentar el materialismo histórico como una ciencia exacta, capaz de establecer leyes que permitiesen conocer el pasado y prever el futuro, lo que limitó su desarrollo.

El más claro ejemplo de esta deformación cientifista y utilitarista del pensamiento marxista es la obra titulada La historia del partido comunista (bolchevique) de la URSS, redactada por una comisión de la que formó parte el propio Stalin y aprobada por el comité central del PCUS en 1938. En ella se aprecian claramente las dos desviaciones apuntadas:

La estricta utilización de las ideas principales marxistas, como la lucha de clases, para la interpretación de los acontecimientos y los procesos históricos.
La manipulación premeditada (voluntaria o forzada) de la historia, que se adapta a las necesidades políticas del “presente” de los gobernantes. Ejemplos de esta tendencia son la valorización de los dirigentes de la revolución bolchevique o de las actuaciones posteriores de Lenin y Stalin, o la crítica a los líderes de la oposición de este último (como León Trotsky o Nikolái Bujarin, entre otros).

La visión de la historia concebida en la época de Stalin permaneció casi intacta durante los mandatos de Nikita Kruschev y Leonid Brézhnev. De hecho, el propio Kruschev llegó afirmar en 1956: «Los historiadores son peligrosos. Son capaces de poner todas las cosas patas arriba. Hay que vigilarlos».

La enseñanza de la Historia en la URSS también fue controlada por el Partido Comunista y tuvo una orientación doctrinaria y propagandística. Una Instrucción oficial de 1934 dirigida a los historiadores soviéticos ponía claramente de manifiesto la línea pedagógica que los profesores de Historia habían de seguir:

“Una buena enseñanza de la Historia debe crear la convicción del inevitable fracaso del capitalismo […] y que en todo, en el ámbito de las ciencias, de la agricultura, de la industria, de la paz y de la guerra, el pueblo soviético marcha a la cabeza de las demás naciones, que sus importantes acciones no tienen igual en la Historia. […] Es importante insistir sobre las guerras y los problemas militares para sostener el patriotismo soviético1”.

La historiografía marxista británica
Características y orígenes

De forma paralela al relanzamiento de la corriente de los Annales tras la Segunda Guerra Mundial, en el contexto histórico de la Guerra Fría, la historiografía marxista comenzó un período de gran expansión en Gran Bretaña. El hito fundamental de tal proceso de crecimiento fue la fundación en 1952 de la revista Past and Present, promovida por un grupo de historiadores de inspiración marxista, al que pertenecían el arqueólogo Veré Gordon Childe, el medievalista Rodney Hilton, el modernista Christopher Hill, el contemporanista Eric J. Hobsbawm y un economista que había sido maestro de la mayoría e introductor del marxismo en la Universidad de Cambridge: Maurice Dobb. A su lado colaboraron historiadores y profesionales de las ciencias sociales.

Las características principales de la historiografía marxista británica fueron las siguientes:

Reacción contra los vicios cientifistas y utilitaristas de la historiografía marxista soviética.
Superación del determinismo economicista (infraestructura) y valoración de factores típicos de la superestructura (sociales, políticos, jurídicos, culturales, ideológicos, religiosos, etc.).
Desarrollo de estudios sobre un tema común: los orígenes, el desarrollo y la expansión del capitalismo, teniendo en cuenta sus cambios económicos y también sociales.
Realización de estudios empíricos con el apoyo de métodos de otras ciencias humanas.
Preocupación común por el estudio teórico del concepto marxista de la lucha de clases.
Desarrollo de la teoría de la determinación de clases, que defiende la importancia capital de la lucha de clases en la Historia.
Desarrollo de una nueva perspectiva histórica: la “historia desde abajo” o la “historia de abajo a arriba”, centrada en las experiencias, acciones y luchas de las clases bajas (el pueblo llano, los campesinos, la clase trabajadora) en oposición a la historia de las clases dirigentes o las élites.
Participación en la formación en Gran Bretaña de una conciencia política socialista y democrática.

Por otra parte, si bien se reconoce de forma generalizada que el hito fundamental del desarrollo de la corriente historiográfica marxista británica fue la fundación de la revista Past and Present, no existe acuerdo en torno al tema del origen y las influencias intelectuales de la tendencia. Varios historiadores han estudiado este tema, llegando a conclusiones distintas.

Raphael Samuel analizó la historiografía marxista británica desde 1880 hasta 1980, en The British Marxist Historians, y llegó a la conclusión de que la tradición historiográfica marxista fue desarrollándose progresivamente, en contacto con diversas influencias:

La influencia de los historiadores democráticos radicales y liberales, como los Hammond.
El influjo de los historiadores socialistas no marxistas, como G.D.H. Cole o R.H. Tawney.
La influencia del inconformismo protestante (especialmente apreciable en algunos de los principales historiadores marxistas británicos, como Hill o Thompson).
El contacto con otras corrientes intelectuales y políticas, como el anticlericalismo o el progresismo.

Eric Hobsbawm, al contrario que Samuel, afirmó en The Historians’ Group of the Communist Party que la tradición historiográfica marxista comenzó con la formación del grupo de historiadores del Partido Comunista, justo después del fin de la Segunda Guerra Mundial (1946). La iniciativa fue promovida por especialistas, como Maurice Dobb, Christopher Hill, Victor Kiernan, John Saville, Eric Hobsbawm o Rodney Hilton, de distintas generaciones, comprometidos intelectual y políticamente por las consecuencias de la guerra, la oposición al fascismo y la pertenencia activa al Partido Comunista, y unidos por la ideología marxista y la voluntad de estudiar de forma organizada la Historia y de divulgarla a través de estudios individuales y proyectos conjuntos.

Hobsbawm reconocía únicamente la influencia previa de Dona Torr, periodista e historiadora británica, conocedora erudita del marxismo, que participó en la fundación del Partido Comunista en 1920 y promovió la publicación de escritos marxistas (tanto textos de Marx y Engels, como estudios sobre el marxismo y el movimiento obrero). Torr no participó directamente en la fundación del grupo, pero se sumó a él y puso su apasionamiento, trabajo, experiencia y conocimientos a disposición de los demás historiadores.

Un tercer teórico, Richard Johnson, estudió en Culture and the Historians la ensayística histórica británica. Afirmó que la tradición historiográfica marxista surgió como consecuencia del interés que se generalizó tras la Segunda Guerra Mundial entre los historiadores socialistas (marxistas y no marxistas) por estudiar la influencia de los aspectos culturales en la Historia. Diversos historiadores, como Hill, Hilton, Hobsbawm o Thompson, participaron de esta tendencia, alejándose de las explicaciones históricas tradicionales marxistas, de carácter más economicista. El nuevo enfoque historiográfico recibió la denominación de “marxismo cultural” o “culturalismo”.

La revista Past and Present

El hito fundamental del proceso de crecimiento de la corriente historiográfica marxista británica fue la creación en 1952 de la revista Past and Present. La creación fue promovida por el grupo de historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña (CPGB), encabezado por Maurice Dobb, Rodney Hilton, Christopher Hill, Eric Hobsbawm y John Morris (a quien se le reconoce un protagonismo principal en la organización inicial de la revista).

No obstante, no fue una revista limitada a los estudios marxistas históricos. De hecho, publicó trabajos de historiadores no marxistas afines o con intereses investigadores comunes y acogió en su consejo de redacción a historiadores no marxistas (como Lawrence Stone) y a sociólogos y antropólogos.

Sus principales objetivos fueron:

Criticar los estudios históricos no marxistas.
Explicar las transformaciones sociales a lo largo de la Historia.

Con el paso de los años, Past & Present se convirtió en una de las revistas líderes en los estudios históricos, contribuyendo notablemente al desarrollo de la historia social y de la sociología histórica.

Algunos historiadores del grupo inicial siguen en la actualidad ligados con la revista. Hill es presidente de la Past & Present Society. Y Hilton y Hobsbawm son director y vicedirector del comité editorial. Su trabajo colectivo en la revista ha persistido en el tiempo al margen de las diferencias políticas. De hecho, la cohesión del equipo editorial se mantuvo pese a que algunos de sus representantes (entre ellos, Hilton, Hill o Thompson) abandonaron el Partido Comunista como consecuencia de la invasión soviética de Hungría en 1956 y del fracaso de la oposición a esta por parte del Partido, y el grupo de historiadores se resintió.

Los principales temas abordados en la revista han sido la Historia Moderna, la de Gran Bretaña y la de Europa. Aunque en su origen, los números aparecieron con periodicidad bimestral, posteriormente la revista se hizo trimestral. En la actualidad, ya han sido publicados más de 200 números.

Estructuralismo y culturalismo

En el período de entreguerras el italiano Antonio Gramsci y el húngaro Georg Lukács (autor de la obra Historia y conciencia de clase) encabezaron la crítica al marxismo cientifista, poniendo en duda:

El determinismo económico en la explicación histórica marxista (afirmando la importancia de aspectos de la superestructura, como la conciencia de clase, los sistemas de ideas).
La concepción mecánica de la relación entre la infraestructura y la superestructura (que negaba la capacidad humana para intervenir en la Historia).

Las críticas fueron el germen de una nueva visión del marxismo, la “culturalista”, que sería desarrollada por el marxismo británico y que presenta las siguientes características básicas:

Concedía importancia a la superestructura en la explicación de la historia.
En contra del determinismo económico, defendía que la conciencia individual y colectiva puede convertir al hombre en un sujeto activo en la historia, a la hora de enfrentarse a los problemas de su tiempo.

Tras la aparición de esta nueva corriente, el historiografía marxista siguió desarrollándose en líneas diferentes: la estructuralista y la culturalista.
Neomarxismo estructuralista

La línea neomarxista estructuralista presenta los siguientes rasgos generales:

Inspiración en los planteamientos de Louis Althusser.
Interés historiográfico común: analizar y explicar los mecanismos y factores de los cambios de modos de producción.
Importancia de las fuerzas productivas, las relaciones sociales y la lucha de clases en la evolución histórica (en los cambios de los modos de producción).
Rechazo del determinismo económico puro para justificar los cambios históricos.
Devaluación de la influencia del hombre sobre la historia.
Refuerzo del carácter científico del marxismo (restándole valor a los aspectos ideológicos-filosóficos, que no son considerados científicos).
Valoración de la política como elemento regulador de las relaciones sociales.
Idea común: la historia tiende al surgimiento del comunismo y la sociedad sin clases.

Entre los representantes de esta corriente, podemos destacar a Maurice Dobb, Paul Sweezy, Robert Brenner, Guy Bois e Inmanuel Wallerstein.
Neomarxismo culturalista

La línea neomarxista culturalista o humanista presenta las siguientes características generales:

Rechazo de la idea marxista de que la sociedad determina la ideología o conciencia social.
Atención especial por la lucha de clases:
Alejamiento del determinismo económico para explicar la lucha de clases.
Valoración de la importancia de la conciencia social sobre la lucha de clases.
Concepción de la lucha de clases como una lucha de dominación no solo económica, sino también social y cultural.
Importancia del concepto de cultura popular (conjunto de tradiciones y valores populares).
Valoración de la influencia del hombre sobre la evolución histórica.
Suma de aspectos políticos, culturales, sociales e ideológicos a los económicos en la explicación de las relaciones sociales de producción.
Análisis de abajo a arriba (la conciencia individual y colectiva del hombre puede influir en la lucha social, y manifestarse políticamente bajo diversas formas de resistencia más o menos violentas).

Su principales representantes fueron E. P. (Edward Palmer) Thompson, Christopher Hill, George Rudé, Eric Hobsbawm, Eugene Genovese, Carlo Ginzburg, Giovanni Levi o Carlo Poni.

El debate sobre la transición al capitalismo
El origen del debate y Maurice Dobb

El debate sobre el capitalismo.

En 1946 Maurice Dobb publicó la obra Studies in the Development of Capitalism. En ella, estudió y amplió el planteamiento marxista del origen y el desarrollo del modo de producción capitalista. Ello dio inicio a un debate sobre la transición del feudalismo al capitalismo que analizó aspectos económicos, sociológicos, filosóficos e históricos, y promovió el desarrollo de conceptos como relaciones y modo de producción, (infra)estructura y lucha de clases.

De cualquier forma, el estudio este tema no ha sido únicamente abordado por marxistas, ni comenzó tras la publicación de la obra de Dobb. La citada transición fue objeto de análisis de distintos economistas (como el propio Adam Smith, en La riqueza de las naciones) o sociólogos (como Saint-Simon, Durkheim en La división del trabajo social, o Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo). En la actualidad, el nacimiento del capitalismo sigue siendo un tema interesante para los investigadores de las distintas ciencias sociales, marxistas o no, especialmente por sus implicaciones políticas.

Explicaciones previas sobre el origen del capitalismo.

Dobb comienza su estudio del capitalismo recuperando varias explicaciones sobre su origen:

Origen según Werner Sombart y Max Weber:
Sombart creía que el origen estaba en el espíritu empresarial emprendedor burgués.
Weber pensaba que el origen radicaba en la ideología protestante (especialmente, calvinista-puritana), que impulsó la búsqueda de ganancias.
Origen según Henri Pirenne. El historiador belga situaba el origen del capitalismo en el siglo XII europeo, cuando la producción de manufacturas comenzó a dirigirse al mercado y una clase de mercaderes, ávida de acumular riqueza, desarrolló el comercio exterior a gran escala.
Origen según Karl Marx.
El capitalismo como modo de producción surgió cuando los propietarios de los medios de producción contrataron a trabajadores libres para elaborar productos a cambio de un salario, quedándose las plusvalías de la comercialización de las mercancías a modo de beneficio.
Marx y Engels reconocieron la existencia de una relación entre el capitalismo y el espíritu de expansión económica de los siglos XVI y XVII. Y señalaron algunos factores que promovieron el tránsito del feudalismo al capitalismo: la existencia de una tradición comercial previa (fundamentalmente medieval), la influencia de la ideología protestante, la expansión geográfica mundial del mercado comercial (con la correspondiente competitividad empresarial a nivel particular e incluso estatal) y el desarrollo del sistema colonial de explotación económica.

El origen del modo de producción capitalista para Maurice Dobb.

Dobb criticó las definiciones del “espíritu del capitalismo” y del “capitalismo como comercio”, porque, en su opinión, eran demasiado generales y no ilustraban adecuadamente el desarrollo histórico de los últimos siglos. Y se quedó con la marxista porque creía que explicaba mejor el fenómeno analizado y porque, además, consideraba el estudio de aspectos sociales y económicos (al tratar sobre el modo y las relaciones sociales de producción). A partir de esta definición marxista, desarrolló la suya.

El historiador británico creía, no obstante, que no era suficiente relacionar una época histórica concreta (los siglos bajomedievales y modernos) con el modo de producción (capitalista). Pensaba que era más adecuado realizar un estudio “dinámico” del proceso histórico que llevó al origen del capitalismo y a la sustitución del modo de producción feudal por el capitalista; un análisis que tuviese en cuenta tanto los períodos de estabilidad, en los que se producían modificaciones graduales y continuas del modo de producción, como aquellos de revolución social, en los que los cambios se aceleraban, alterando bruscamente el curso de los acontecimientos y marcando la transición a un nuevo modo de producción. Dobb afirmaba que el motor de dichos cambios era la estructura social de clases y, en concreto, la lucha entre las dominantes y las dominadas en el marco del modo de producción.

De acuerdo con estas premisas teóricas, Dobb expuso su propia interpretación sobre el origen del capitalismo y la relación entre el modo feudal y el capitalismo. Situó el inicio de la era capitalista en Inglaterra y lo dató en la segunda mitad del siglo XVI y en los primeros años del XVII, cuando se formó una clase burguesa mercantil capitalista, propietaria de los medios de producción, que comenzó a contratar a trabajadores asalariados para lograr incrementar la producción (putting-out system) y poder beneficiarse del comercio a gran escala.

Dobb señaló dos momentos clave en la historia del capitalismo:

El primero lo situó en las revueltas de la Inglaterra del siglo XVII, un período de transformaciones sociales y políticas en el que la nueva clase social capitalista se convirtió en la clase dominante del nuevo modo de producción, desplazando a los detentadores del poder económico y social del orden anterior.
El segundo fue la revolución industrial a finales del siglo XVIII y principios del XIX.

En cuanto al modo de producción feudal, Dobb lo definió como un modo de producción basado en la relación socio-económica de servidumbre de la clase dominada (fundamentalmente campesina) hacia los señores feudales. Situó su crisis en el siglo XIV y su final en el siglo XVII, tras las citadas revueltas inglesas. Dobb comentó que las causas de la desintegración progresiva del feudalismo fueron inherentes al propio modo de producción: la necesidad creciente de ingresos de los señores les movió a incrementar la presión y las demandas sobre los campesinos, lo que conllevó la marcha progresiva de los trabajadores a las ciudades con el consecuente abandono de los campos, y el descenso de la productividad. Esta tendencia, iniciada en el siglo XIV, afectó en distinta medida a los señores feudales en función de diversos factores. Entre ellos, señaló la realización o no de concesiones económicas a los trabajadores (como la remuneración en metálico por el trabajo), el grado de presión sobre ellos, la mayor o menor fuerza de la oposición campesina, el poder militar o político de los señores, o la voluntad real de reforzar la autoridad señorial o por debilitarla. Dobb concluyó afirmando que el declive del feudalismo se debió a su ineficacia como modo de producción, y que las causas de la crisis y el final de este orden se hallaban en las relaciones económicas de explotación entre la clase dominante y la dominada.

Por su parte, el capitalismo no se desarrolló hasta que el feudalismo entró en estado avanzado de desintegración. Para Dobb, la revolución capitalista comenzó a principios del siglo XVII cuando algunos productores agrícolas y manufactureros acumularon capital, se dedicaron al comercio y organizaron la producción de forma capitalista, invirtiendo beneficios en el pago de asalariados para incrementar la producción y en la mejora de los medios de producción (acumulación de propiedades agrícolas y avances metodológicos o tecnológicos).

En resumen, Dobb concluyó que las causas de la sustitución del modo de producción feudal por el capitalista fueron:

la aparición de las luchas y revueltas en la Inglaterra del Seiscientos, en las que el modo de producción y el orden social feudal fueron depuestos;
y el desarrollo de las relaciones capitalistas en la agricultura y en la industria manufacturera, que dio origen al modo de producción capitalista.

El debate sobre la transición del modo de producción feudal al capitalista

La interpretación de Dobb en sus Studies in the Development of Capitalism dio origen a un debate historiográfico en el que participaron numerosos historiadores.

El economista marxista norteamericano Paul Sweezy fue el primero en criticar diversos aspectos de la concepción de Dobb:

Afirmó que Dobb había fracasado en su intento de definir el modo de producción feudal, al identificar feudalismo con servidumbre, obviando aspectos económicos del sistema, como la producción orientada a la autosuficiencia o el comercio local.
Criticó que Dobb no reconociese que el crecimiento del comercio fue una de las causas del declive del modo de producción feudal. (Recordemos que Dobb afirmó que la causa principal de su crisis fue la ineficacia del sistema feudal, motivado por las relaciones económicas de explotación entre las clases).
Cuestionó la concepción de Dobb sobre el período de tiempo que iba desde la crisis del siglo XIV hasta la disolución del modo de producción feudal en el XVII. Sweezy afirmó que la servidumbre prácticamente había desaparecido en tal período y que el sistema de producción de esta fase de transición había de llamarse “modo de producción pre-capitalista de bienes”.
Y, por último, en cuanto al origen del capitalismo, criticó la “vía revolucionaria” de la aparición de la clase capitalista entre los mismos productores.

Dobb respondió a las críticas de Sweezy:

Defendió su definición del modo de producción feudal, por estar basada en las relaciones sociales de producción entre las clases, y no en las relaciones económicas (que era en lo que se fundamentaba la del norteamericano).
Sobre la causa del declive del feudalismo, defendió su posición de que este había decaído por causas internas y externas, aunque fundamentalmente internas. Y afirmó la pobreza de la de la posición de Sweezy, que solo admitía una causa externa como causa del fin del modo de producción feudal (el comercio).
Acerca del intervalo de los dos siglos, criticó la existencia del modo de producción intermedio de Sweezy, afirmando que la clase dominante en aquella época seguía siendo la feudal.
Y, por último, defendió la “vía revolucionaria” señalando que uno de los grupos más avanzados, económica y políticamente, fue la clase de pequeños terratenientes, surgidos del mismo campesinado.

Esta polémica inicial marcó el origen de dos líneas diferentes de interpretación marxista: una económica, centrada en las relaciones de intercambio, que desarrolló las ideas de Sweezy; y otra política-económica, centrada en las relaciones sociales de producción y en la lucha de clases, que evolucionó las propuestas de Dobb. De todas formas, lo más valioso de la aportación de este último es que abrió un debate historiográfico que se ha prolongado en el tiempo y que ha implicado a numerosos historiadores.

Tras la respuesta de Dobb a Sweezy, entró en escena el japonés Kohachiro Takahashi, quien se alineó con Dobb al defender las causas internas en el declive del feudalismo. Sus aportaciones más interesantes tuvieron relación con la transición al capitalismo en Prusia y Japón, naciones en las que la revolución se realizó “desde arriba”, es decir, que nuevo modo de producción fue patrocinado y controlado por el Estado absoluto, que no hubo de enfrentarse a subversiones revolucionarias desde abajo” (como ocurrió en Inglaterra o Francia).

Después de conocer la aportación del japonés, Dobb insistió en que la desintegración del modo de producción feudal y la aparición del capitalista fueron procesos independientes. Y Sweezy les respondió a ambos defendiendo de nuevo la importancia del comercio, al resaltar el impacto que tuvo en la economía mediterránea; y también comentó que en el período intermedio hubo varias clases dirigentes compitiendo por el poder y la autoridad.

En los años 50, Rodney Hilton, Christopher Hill y Eric Hobsbawm participaron en el debate, realizando aportaciones destacadas.

Rodney Hilton criticó a Sweezy al afirmar que el motor del modo de producción feudal era la lucha continua de los señores por acumular bienes y por reforzar su posición dominante respecto a la clase dominada (y no la vertiente económica del sistema de producción feudal). Y apoyó la opinión de Takahashi de que las relaciones sociales de producción estructuraron el mercado y no al revés. Posteriormente, Dobb suscribió la importancia que Hilton asignó a la lucha de clases.
Christopher Hill criticó la tesis de Sweezy de que en el “período intermedio” había varias clases dirigentes, afirmando que hasta el siglo XVII la única clase dominante fue la clase feudal de los hacendados (la nobleza) y que su poder se puso de manifiesto en el surgimiento del estado moderno: la monarquía absoluta.
Eric Hobsbawm estudió la crisis del siglo XVII, la última fase de la transición general del modo de producción feudal al capitalista. Describió las distintas manifestaciones de la crisis en la Europa mediterránea, en la del noroeste, en las colonias españolas en América o en la Europa del este, lo que le permitió demostrar la importancia de las relaciones sociales en los modos de producción. Justificó dicha influencia en que el hecho de que las citadas relaciones sociales pusieron las bases de la revolución industrial en Inglaterra y la Europa noroccidental y, en cambio, retrasaron su progreso en la Europa oriental o, incluso, en Italia, donde, pese a que la industria había adquirido cierto desarrollo y a que existía una clase de comerciantes, la estructura social feudal inhibió o prohibió la apertura al capitalismo.

Contribuciones recientes al debate

Tras esta primera fase del debate, con predominio de historiadores británicos, la discusión se extendió por todo el mundo historiográfico y comenzaron a participar especialistas latinoamericanos, estadounidenses y de otros países de Europa y del Tercer Mundo.

Durante el período de postguerra, la interpretación historiográfica predominante fue la “teoría del subdesarrollo” o “dualismo”, que suponía la existencia de una división entre regiones capitalistas desarrolladas (industriales, comerciales, urbanas, modernas) y regiones “feudales” atrasadas (agrarias, montañosas, rurales, tradicionales, preocupadas por la subsistencia).

Oponiéndose a esta teoría, el economista y sociólogo alemán André Gunder Frank presentó su teoría del “desarrollo del subdesarrollo”, que defendía que el modo de producción vigente desde la conquista de América había sido el capitalista y que las regiones subdesarrolladas habían sido explotadas por las metrópolis, primero, y por las potencias dominantes de Norteamérica. Por tanto, no tenía sentido aplicarles la denominación de “regiones feudales”.

Las ideas de Frank fueron criticadas por teóricos argentinos como Rodolfo Puiggrós o Ernesto Laclau. Ambos afirmaron que el modo de producción vigente en la América Latina colonial era el feudal y que era un error identificar la economía mercantil con el modo de producción capitalista.

El debate continuó en los escritos de Immanuel Wallerstein y Eugene Genovese.

Influido por Sweezy, Immanuel Wallerstein trató de explicar el origen del capitalismo desarrollando un modelo teórico diferente del que utilizaban los marxistas (que era el modo de producción) para la comprensión de la historia: el sistema económico capitalista mundial. Wallerstein defendía que este sistema surgió en el siglo XVI y que ponía en relación distintas áreas del mundo:

Áreas centrales: la Europa del noroeste, que se apropiaba de los excedentes de producción de las demás áreas, buscaba la producción para la venta en el mercado con el objetivo de conseguir beneficios y tenía un régimen de división del trabajo basado en el arrendamiento y el trabajo asalariado.
Áreas semiperiféricas: la Europa mediterránea, en la que el régimen de división del trabajo era la aparcería.
Áreas periféricas: la Europa oriental y el Nuevo Mundo, en las que el régimen de división del trabajo se basaba en la esclavitud y el trabajo del campo a cambio del pago de rentas obligatorias.

El carácter capitalista del sistema unía a todas las áreas, independientemente de su desarrollo, de las características más o menos originales de su cultura, de la función que cumplían en él, o de las relaciones sociales de producción que se daban en ellas (aunque fuesen típicas de otros modos de producción).

El planteamiento de Wallerstein se caracterizaba por el determinismo económico. En su opinión, la economía influía en la estructura de clases, las relaciones sociales, las decisiones políticas e, incluso, en el desarrollo de la cultura y de las ideologías en las distintas áreas del sistema.

Eugene Genovese criticó el determinismo económico de Frank y Wallerstein, que argumentaban que el capitalismo europeo había convertido los sistemas sociales de los pueblos explotados en una variedad más de la cultura burguesa. En su interpretación histórica del Sur esclavista, Genovese afirmó la importancia de las relaciones sociales de producción y la estructura de clases derivada de estas como factores del desarrollo del capitalismo.

Otras contribuciones interesantes al debate sobre la transición son las que tienen en consideración los aspectos políticos. Destacamos las de Perry Anderson y Robert Brenner.

Influido por el marxismo estructuralista de Althuser y las ideas de Max Weber, Perry Anderson estudió el desarrollo de los estados absolutistas de la última fase de la época feudal, en relación con el nacimiento del modo de producción capitalista, comparando los estados de la Europa del este y los del oeste.

Reivindicó la importancia de los aspectos políticos e ideológicos, junto a los económicos, en la evolución histórica. Se centró especialmente en el estudio de los factores políticos porque pensaba que las luchas de clases se resolvían a nivel político en la sociedad. Por ello, llegó a afirmar que “la historia desde arriba” (de los Estados) era tan importante como “la historia desde abajo” (de las clases desfavorecidas). Y, en consecuencia, se dedicó al estudio del Estado, especialmente, el absolutista moderno.

En relación con el debate de la transición del modo de producción feudal al capitalista, Anderson señaló que la lucha de clases en el feudalismo llevó a un proceso de reivindicación de la tierra y este al crecimiento económico. Añadió que este modelo de expansión estuvo vigente entre los siglos XI y XIII, y que entró en crisis en el XIV. Y que el nacimiento del estado absolutista entre el XV y el XVI fue un intento de las clases privilegiadas de reforzar su posición dominante sobre las masas campesinas; el nuevo Estado moderno fue “la nueva coraza política de una nobleza amenazada” más que un arma de la naciente clase capitalista en contra de la vieja clase feudal dirigente.

Anderson defendió que el feudalismo, por sí mismo, no dio origen al capitalismo, sino que este fue posible gracias a la concatenación de antigüedad y feudalismo que se produjo durante el Renacimiento. En esta época se dieron tres circunstancias que llevaron al origen del capitalismo:

El redescubrimiento del mundo antiguo propició el renacer de la civilización urbana y la recuperación del Derecho romano, que permitió conocer la ley de la propiedad.
El descubrimiento del Nuevo Mundo facilitó la acumulación de capital en Europa.
El nacimiento del sistema estatal europeo, bajo la forma del absolutismo, permitió la expansión del capitalismo mercantil y manufacturero.

Por último, analizaremos las aportaciones de Robert Brenner al debate. Este historiador norteamericano criticó los modelos demográficos y económicos (fundamentalmente comerciales) de interpretación de la transición al capitalismo porque no podían explicar satisfactoriamente determinados procesos históricos:

No podían justificar la distinta evolución del feudalismo en la Europa del oeste y en la del este a finales del período medieval y principios del moderno (la aparición de una población campesina prácticamente libre en la occidental y degradada hacia la servidumbre en la oriental).
Ni tampoco explicar el hecho de que el capitalismo se desarrollase antes en Inglaterra que en Francia, cuando ambos países experimentaron crecimientos poblacionales similares.

Brenner relacionó el declive del feudalismo con las manifestaciones de la lucha de clases en la época bajomedieval:

La intensificación del señorialismo desde el siglo XIV hasta el XVI, con el fin de reforzar las relaciones sociales de producción basadas en la servidumbre.
La distinta capacidad de los campesinos para oponerse a los señores y lograr asegurarse el control de tierras.

La renovación marxista no anglosajona

Antes de la Primera Guerra Mundial, en el contexto de la Segunda Internacional, los teóricos marxistas reaccionaron contra las deformaciones cientifista y economicista que estaba sufriendo el materialismo histórico.

En Austria surgió una generación de teóricos llamados “austromarxistas”, que desarrolló una teoría política marxista que, además de la revolución, admitía la llegada de la clase dominada al poder por la vía reformista de la socialdemocracia. Entre sus principales representantes cabe destacar a Max Adler (que pretendía incluir los aspectos éticos-políticos en la interpretación histórica marxista), Otto Bauer (que intentó combinar socialismo y nacionalismo) o Rudolf Hilferding.
En Alemania, Eduard Bernstein realizó una revisión completa de El Capital. Criticó aspectos centrales de la concepción marxista, como la teoría de la plusvalía, la importancia de la dialéctica o el determinismo económico en los cambios históricos. Y manifestó que la sociedad avanzaba hacia el socialismo movida por el impuso de los ideales morales. También cabe destacar la labor de Franz Mehring, como formador y divulgador de las ideas marxistas, y también como historiador; en este ámbito, realizó un estudio del rey sueco Gustavo Adolfo y de la Guerra de Treinta Años, justificando esta contienda, no en aspectos religiosos, sino en los intereses sociales y económicos de las clases.
En Francia, Jean Jaurés intentó realizar una síntesis entre la tradición democrática, heredada de la Revolución Francesa, y el socialismo de inspiración marxista. Jaurès opinaba que el motor de la historia no eran las relaciones sociales de producción, sino la contradicción entre las aspiraciones altruistras del hombre y su negación en la vida económica.

Tras la revolución de 1917, los bolcheviques adquirieron un gran prestigio intelectual entre los teóricos marxistas, que se mantuvo prácticamente intacto durante 40 años. No obstante, diversos teóricos lucharon contra la “esclerosis” dogmática stalinista:

En Italia, Antonio Gramsci realizó una nueva reflexión del marxismo, que criticaba la simpleza del recurso al determinismo económico para explicar la política y la ideología, aspectos que consideraba que mantenían cierta autonomía respecto a las luchas de clases y las estructuras económicas. Gramsci inventó conceptos, como “catarsis” para aludir a la toma de conciencia que lleva a la clase dominada a luchar por la libertad en el marco de un nuevo modo de producción, o “bloque histórico” para hacer referencia a la alianza de muchas clases o fracciones de clase. El Partido Comunista Italiano, influido por el stalinismo, se abstuvo durante mucho tiempo de difundir la obra de este innovador teórico.
Junto a Gramsci, también son reseñables las críticas del húngaro Georg Lukács y el alemán Karl Korsch a las deformaciones cientifista y economicista del marxismo.
En Francia, algunos integrantes de la Escuela de los Annales, como el propio Marc Bloch, o cercanos a tal corriente, como Ernest Labrousse, se vieron influidos por determinados aspectos de la concepción marxista de la historia (como la definición de las clases o la influencia de los aspectos económicos sobre las distintas capas sociales).
En Alemania, diversos teóricos marxistas, críticos del cientifismo, se reunieron en torno a la llamada Escuela de Frankfurt, dirigida por Max Horkheimer. Entre sus representantes más destacados podemos citar a Siegfried Kracauer y a Walter Benjamin, autor de las conocidas Tesis sobre la filosofía de la historia.

A finales de la década de 1950 y principios de la de 1960 se empezó a romper la hegemonía intelectual marxista soviética. Los planteamientos críticos de Gramsci o Luckács comenzaron a ser conocidos en los círculos militantes.

En Francia, Louis Althusser formó un equipo de jóvenes intelectuales comunistas y comenzó una productiva labor editorial. Analizó profundamente la obra de Marx. Presentó una nueva concepción de la historia en el que le restaba al hombre capacidad de influencia, “una historia sin protagonista”, movida por la lucha de clases.

En los años 60 y 70 del siglo XX, la influencia del marxismo se extendió de la historia económica a la historia de las mentalidades, como puede apreciarse en la producción historiográfica de autores como el medievalista Georges Duby. Así mismo, historiadores marxistas, como Michel Vovelle o Regine Robin, se aproximaron a ámbitos de estudio típicos de la superestructura, como la propia historia de las mentalidades o de la lingüística. También destacaron las figuras de los marxistas Albert Soboul (especialista en la Revolución Francesa) y Pierre Vilar (hispanista, autor de la conocida obra Cataluña en la España Moderna), quien estudió las convergencias entre la corriente de los Annales y la historiografía marxista.

En esos años se formó en Polonia la Escuela de Poznan, cuyos principales representantes fueron Witold Kula y Jerzy Topolsky.

Por último, cabe destacar la influencia de los historiadores marxistas (especialmente, los británicos) sobre la historiografía norteamericana, especialmente patente desde la fundación en 1969 del Shelby Cullom Davis Center for Historical Studies, de la Universidad de Princeton, bajo la dirección de Lawrence Stone.

1 Citado en Marc Ferro, Cómo se cuenta la Historia a los niños en el mundo entero, p. 239. G. Barraclough, Main Trends in History, pp. 21-28. E. Breisach, Historiography, cap. 25. S. H. Barón y N.W. Heer, «The Soviet Union: Historiography Since Stalin», en G. Iggers y H. Parker, International Handbook of Historical Research, cap. 15. J. Fontana, op cit, pp. 214-226.

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