¿Para qué mantener vivo el náhuat?

¿Para qué mantener vivo el náhuat?
El doctor en lingüística y Premio Nacional de Cultura 2010 explica en este texto los motivos por los que es válida la lucha para evitar que el náhuat se extinga a falta de espacios sociales en donde se utilice de forma natural. Además, hace un llamado al Estado para que adquiera una visión más incluyente, comprometida y menos panfletaria para la protección y difusión de esta lengua.

Jorge E. Lemus *
elfaro.net / Publicado el 11 de Febrero de 2014

En nuestra vida cotidiana, no nos percatamos de cómo nuestra lengua materna interviene en cada momento de nuestras actividades diarias. Leemos las noticias más importantes del día en nuestro periódico favorito, escuchamos nuestro programa preferido en alguna radio local, vemos televisión, le decimos unas palabras cariñosas a nuestros seres queridos, le decimos unas palabras no tan cariñosas al busero que se nos atraviesa en la calle, redactamos informes en el trabajo o escribimos la tarea de la escuela, mandamos mensajitos de texto desde nuestros celulares, estamos en las redes sociales, expresamos nuestra opinión y defendemos nuestro punto de vista sobre los hechos más importantes del país o defendemos nuestro equipo de fútbol favorito, aunque vaya perdiendo, hacemos el amor pero también hacemos la guerra y hacemos muchas otras cosas más gracias a que vivimos en una comunidad en la que todos compartimos el mismo idioma, nuestra lengua materna.

Imagínese por un momento, estimado lector, que al levantarse en la mañana escuchara la radio en un idioma extraño, el periódico estuviera escrito con símbolos o letras desconocidas, en la escuela, los maestros impartieran sus clases emitiendo sonidos raros, sin sentido, su jefe le diera instrucciones que usted no entendería, no tendría amigos porque no podría comunicarse con ellos, y todas sus actividades diarias, desde la más sencilla como preguntar la hora hasta las más complejas como redactar artículos científicos, se vieran bloqueadas por la lengua. Hay todo tipo de historias, probablemente usted que lee este artículo tiene la propia, de personas que han viajado a países en donde se hablan idiomas diferentes al propio y se han sentido como idiotas tratando y fallando, la mayor parte de las veces, de comunicarse con los nativos.

Mientras nos encontremos dentro de nuestra burbuja lingüística, en el caso nuestro, el español, una de las lenguas más habladas y más importantes del mundo, no sentiremos empatía por aquellos pueblos cuyas lenguas se encuentran amenazadas con la extinción, gracias a una lengua dominante internacional como el español, el inglés, el chino o el francés. Es por ello que hay personas que, en grado extremo y por ignorancia, abogan porque en el mundo solo existan unas pocas lenguas, o solo una, incluso, para que la comunicación internacional sea más fácil. Claro, las personas que piensan así, piensan que ese idioma internacional debería ser el suyo (español, inglés, alemán, chino, francés) y no otro. Si por un momento consideraran que la lengua mundial sería el swahili, sin duda lucharían con todas sus fuerzas para evitarlo. Y sería lógico, ya que todos defendemos nuestra lengua materna, la que hace posible que vivamos en armonía como sociedad, que transmitamos nuestros conocimientos y creencias de generación en generación, la que nos identifica como pueblo y nos da un sentido de pertenencia. Sin ella, perdemos todo eso. Perdemos nuestra cosmovisión (conocimiento y explicación del mundo físico y metafísico) y, por ende, nuestra identidad, forzándonos a adoptar una ajena.

El 21 de febrero de 1952, los estudiantes y el pueblo bangladesí salieron a la calle a protestar por la decisión del gobierno paquistaní de convertir al urdu en la única lengua oficial de Bangladesh Oriental, entonces territorio paquistaní. El urdu era hablado por una élite minoritaria pudiente y el bengalí, era la lengua popular, hablada por la mayoría. El gobierno paquistaní ordenó masacrar a los protestantes que exigían sus derechos lingüísticos. El movimiento luego se esparció por el resto de Pakistán, y eventualmente, el gobierno reconoció al bengalí como una lengua nacional. En 1999, las Naciones Unidas decidieron en forma unánime declarar el 21 de febrero de cada año como el Día Internacional de la Lengua Materna, en memoria de los caídos por reclamar sus derechos lingüísticos ese fatídico 21 de febrero en Pakistán.

La historia del bengalí se ha repetido innumerables veces alrededor del mundo a través de la historia. Algunos pueblos, como el bangladesí, han tenido éxito en la defensa de su idioma, otros la mayoría no, y han tenido que ver a sus lenguas pasar de un estado saludable a un estado moribundo y convertirse, en pocas generaciones, en lenguas muertas o extintas. En nuestro país, las lenguas que hablaban los pueblos que habitaban estas tierras a la hora de la conquista, han desaparecido y se han convertido en lenguas extintas. El kakawira y el lenca (potón o chilanga) son lenguas muertas. Incluso los lencas de Honduras, aunque son un grupo étnico reconocido, han sido asimilados totalmente por el español. Otros idiomas que se hablaban en el país, como el chortí y el pokomame, de origen maya, están extintos en El Salvador, no hay grupos étnicos sobrevivientes que sean identificables, pero siguen existiendo en las vecinas Guatemala y Honduras (últimamente he escuchado sobre grupos chortís en el norte del país, probablemente sean migrantes, comerciantes indígenas guatemaltecos que cruzan la frontera para vender sus productos).

El único idioma precolombino que ha logrado sobrevivir hasta nuestros días, aunque en forma precaria, es el pipil o náhuat, hablado por alrededor de un centenar de indígenas concentrados en Santo Domingo de Guzmán, Sonsonate. El resto de indígenas pipiles ya no hablan el idioma náhuat. Su lengua materna es el español. Para todo propósito práctico, desafortunadamente, el náhuat es una lengua muerta. Vive, únicamente en esa pequeña burbuja lingüística en el occidente del país, que cada día se vuelve más pequeña y que pronto desaparecerá. Ningún pipil náhuat-hablante se levanta a escuchar las noticias en náhuat, o a leer el periódico en su idioma, o a estudiar en su idioma, o a discutir sobre asuntos de interés, o a escuchar una prédica religiosa, o a realizar cualquier actividad en la que la lengua de interacción sea el náhuat. En El Salvador no se puede sobrevivir solamente hablando náhuat. Hay que hablar español para ser parte de la sociedad y tener acceso a servicios básicos como educación y salud. Si este es el caso, ¿para qué preocuparse por mantener vivo el idioma?

Esta pregunta es la que escucho con mayor frecuencia cuando me refiero a la revitalización del náhuat. La respuesta es sencilla. Mantener vivo el idioma implica asegurar la transmisión intergeneracional del conocimiento cultural, la cosmovisión, de los pipiles. Rafael Lara-Martínez se ha preocupado en los últimos años por descubrir la filosofía pipil basado en textos antiguos, como los Mitos Pipiles de Schultze-Jena y la pastorela indígena de María de Barata. Sin embargo, su trabajo es diacrónico y no necesariamente representa el pensar sincrónico del pueblo pipil, ya que la cultura no es estática. En ese sentido, si el idioma vive, la cultura vive, y el conocimiento ancestral puede ser modificado y transmitido a las nuevas generaciones. No sabemos en qué aspectos ni cuándo este conocimiento nos podría beneficiar a todos, como ha sucedido con el conocimiento médico de los aborígenes australianos, por ejemplo.

Afortunadamente, no todo está perdido. Hay un grupo entusiasta de maestros que mantienen vivo el náhuat en 39 centros escolares en el occidente y centro del país, enseñando náhuat como lengua extranjera, a más de 5 mil estudiantes. Este esfuerzo lo iniciamos hace 12 años y ha logrado crear conciencia en los estudiantes sobre la importancia de evitar que el idioma y la cultura pipil desaparezcan. Los estudiantes han aprendido a valorizar el conocimiento ancestral de los pueblos indígenas de El Salvador. Sin embargo, a pesar de este esfuerzo, la lengua sigue muriendo. El número de pipiles náhuat-hablantes es cada vez menor. ¿Por qué? Sencillamente, porque el náhuat no tiene espacios sociales donde utilizarse en forma natural y ninguna persona se ve estimulada a aprender y utilizar el idioma porque no tiene ningún uso práctico. Al salir del aula donde ha estado aprendiendo náhuat, el estudiante entra a un mundo dominado por el español en donde el náhuat no tiene cabida. Cantan el Himno Nacional en náhuat en eventos públicos, pero la lengua sigue estando moribunda y empeorando cada día. Ante esta situación, ¿qué hacer?

En primer lugar, hay que reconocer responsabilidades, ya que el estado precario actual del náhuat no es fortuito. Desde la fundación del estado salvadoreño, no han existido políticas gubernamentales orientadas a la protección y promoción de las lenguas y culturas autóctonas (aunque se haga referencia a ello en el artículo 62 de la Constitución de la República) y respeto a la diversidad cultural. Las políticas siempre han sido abiertamente asimilativas, homogeneizando, a través de la escuela y las leyes, a la sociedad salvadoreña, negando toda diversidad lingüística y cultural. El paradigma dominante se puede resumir en frases como, “En El Salvador todos somos iguales”. “Aquí no hay indios”. “Aquí no hay negros”. “Aquí todos hablamos el mismo idioma”. “Suerte que no tenemos el problema de los chapines con tantos indígenas que no permiten el desarrollo”. El discurso del estado salvadoreño no ha cambiado, lo ha hecho poco y solamente en ocasiones especiales, pero sin acciones concretas que demuestren un cambio de paradigma, una visión estatal incluyente que abrace la diversidad. La educación sigue siendo homogeneizante, los grupos minoritarios, no solo los indígenas, siguen estando excluidos e invisibilizados. Por lo tanto, lo primero que debe cambiar es la visión estatal de la diversidad lingüística y cultural para luego adoptar políticas incluyentes que brinden oportunidades de mantenimiento, estudio, protección y promoción de las prácticas culturales minoritarias, especialmente, pero no exclusivamente, en lo que se refiere a los derechos lingüístico-culturales de los pueblos indígenas.

En segundo lugar, se deben apoyar los programas ya existentes que han sido iniciativa de la sociedad civil. Es decir, no hay que reinventar la rueda. Si algo ya está funcionado y es bueno para el país, debe contar con el apoyo total y decidido del estado. Por ejemplo, en el caso del bengalí, fue el estado, porque es el único que puede hacerlo, quien cambió el estatus del idioma, reconociéndolo como lengua nacional. Las lenguas nacionales no necesariamente son lenguas oficiales, pero cuentan con la protección y reconocimiento del estado, como sucede en muchos países africanos en donde la lengua oficial es la lengua colonial (francés, inglés) por razones prácticas de comunicación con la comunidad internacional, pero cuentan con numerosas lenguas nacionales que incluso se utilizan para la enseñanza formal. En la administración actual del presidente Funes, el Ministerio de Educación ha apoyado desde el año 2010 dos de los programas que impulsa la Universidad Don Bosco para la revitalización de la lengua náhuat: la formación de maestros de náhuat y la Cuna Náhuat. Ninguno de los gobiernos anteriores se interesó en el tema, por lo que esto es un hito en la historia nacional. La única ayuda recibida en el pasado provino del Consejo Nacional para Cultura y las Artes (Concultura) para la impresión de los textos, niveles 1 y 2, para el aprendizaje del náhuat que ha editado la UDB. Sin embargo, la ayuda recibida actualmente del Mined es minúscula y tardía comparada con las necesidades existentes. Se puede afirmar que hay atisbos de un cambio de actitud, pero que los cambios paradigmáticos no llegan y muchas de las acciones siguen siendo cosméticas y con fines mediáticos.

Y, en tercer lugar, y quizá más importante e indispensable, es necesario que la comunidad indígena misma exija sus derechos lingüísticos, no porque crea que va a recibir algún beneficio económico o porque así se lo pide algún científico social o líder indígena, sino porque asume la lengua como parte esencial de su identidad. Es decir, si la identidad ya se ha perdido y el indígena ya no se siente indígena, si su lengua materna ya no es el náhuat sino el español, si sus creencias y sus valores ya no son pipiles sino ladinos, si ha sido totalmente asimilado a la cultura dominante, entonces ya no hay nada que hacer más que registrar y estudiar lo que queda del idioma con fines puramente científicos. La lengua ya está muerta y la cultura indígena ya es parte sincrética de la cultura dominante. O, peor aún, la cultura indígena ha sido reducida a una pieza de museo o a algún espectáculo de entretenimiento público, reduciéndola a folclor.

Sin embargo, si la comunidad indígena, como ha sucedido en muchas partes del mundo (Nueva Zelanda, España, Inglaterra, Bangladesh, por ejemplo), se identifica plenamente con el idioma y no solo exige protección para él sino que está dispuesta a hacer todo tipo de esfuerzo para que las generaciones novatas lo aprendan, entonces el idioma tiene esperanzas de salvarse, incluso sin ayuda estatal. En Navarra y la Comunidad Autónoma Vasca, zona tradicionalmente de habla vasca o euskera, se detuvo, en las décadas de 1960 y 1970, durante el franquismo la transmisión intergeneracional del idioma, llevando a la lengua al borde de la extinción. En esos mismos años se inició un proyecto de inmersión lingüística a iniciativa de los padres de familia vascos que ya no hablaban el idioma, pero que querían que sus hijos lo aprendieran, porque sentían que estaban perdiendo su identidad. Así nació el proyecto de las escuelas vascas conocidas como Ikastolas. Las Ikastolas eran escuelas privadas en las que los niños eran escolarizados en la lengua vasca. En estas escuelas se utilizaba el enfoque de inmersión lingüística. El éxito fue inmediato, con nuevas generaciones de niños hablando euskera. En la actualidad se puede observar el uso generalizado del vasco por jóvenes y niños en lugares públicos, un indicador inobjetable del buen estado de salud de la lengua. La presión ejercida por los ciudadanos vascos, y también por la diversidad de dialectos que se hablaban en toda la región, motivó la promulgación de la Ley Básica de Normalización del Euskara en 1982 con el propósito de promover y estandarizar la lengua. Actualmente, el vasco cuenta con su propia academia de la lengua, su propia literatura, textos escolares para todas las asignaturas, uso bilingüe en lugares públicos (euskera-español), exigencia del conocimiento de la lengua a nivel regional, etc. En resumen, el vasco se ha convertido en una lengua con estatus social alto y con múltiples ámbitos para su utilización.

El ejemplo del vasco nos lleva a concluir que, para que una lengua moribunda como el náhuat tenga oportunidad de revitalizarse plenamente, es necesario e indispensable que la comunidad indígena la considere parte esencial de su identidad y que estén dispuestos a preservar el idioma con esfuerzo personal. Pero si el esfuerzo personal es apoyado con políticas y fondos estatales y privados, la reversión del cambio lingüístico (náhuat a español por español a náhuat) está garantizada. Los cambios paradigmáticos endógenos en las comunidades indígenas (y en cualquier otra comunidad) son la única garantía de que los cambios serán exitosos y permanentes. En esta línea de responsabilidad compartida, se ha iniciado desde 2010 un programa de inmersión lingüística temprana a la lengua náhuat para niños de 3 a 5 años en el municipio de Santo Domingo de Guzmán, Sonsonate. El programa se conoce como la Cuna Náhuat o Xutxikisa Nawat (“florece el náhuat”) y consiste en un centro de educación infantil en el que las maestras o nanzin tamatxtiani son indígenas pipiles náhuat-hablantes de la comunidad que han sido capacitadas por la Universidad Don Bosco para que funjan como educadoras. La lengua de instrucción e interacción en la Cuna Náhuat es el náhuat, de tal suerte que los niños adquieren la lengua en forma natural, ya que todas sus actividades se realizan utilizando esa lengua.

Este proyecto ha nacido de una iniciativa de la sociedad civil (la UDB) y ha contado con el apoyo económico del gobierno a través del Mined, de la comunidad indígena de Santo Domingo de Guzmán, de la Alcaldía Municipal, del Centro de Salud y de organismos internacionales como Unicef. Desde que se inició en 2010, ha habido tres cohortes de niños náhuat-hablantes (unos 80 niños), casi el mismo número de ancianos pipiles náhuat-hablantes que sobreviven. Lastimosamente, los financiamientos no son constantes, y la Cuna sufre problemas económicos para funcionar ininterrumpidamente, pero es un ejemplo de cómo el estado, la academia, los gobiernos locales y la comunidad misma pueden trabajar juntos para solucionar sus problemas.

En El Salvador solo hay alrededor de 100 indígenas pipiles que pueden celebrar el Día Internacional de la Lengua Materna, ya que su primera lengua, el náhuat, la adquirieron directamente de sus madres. La lengua materna del resto de indígenas y de los salvadoreños en general es el idioma español, que adquirimos también de nuestras madres. Igualmente, aunque menos común, si alguien creció con su padre, puede celebrar el día de la lengua paterna.

Para finalizar, y en el marco del Día Internacional de la Lengua Materna (o paterna, o primera lengua) quiero hacer un llamado al Estado salvadoreño para que asuma su responsabilidad en el mantenimiento, la protección, el estudio y la difusión de la lengua náhuat. Una centena de hablantes de náhuat como lengua materna es un número demasiado pequeño de hablantes que coloca al náhuat al borde de la extinción; aunque como dije al principio de este artículo, el náhuat está muerto en términos prácticos ya que no hay nuevas generaciones de hablantes —excepto la Cuna Náhuat que, con el apoyo apropiado y el seguimiento en la escuela formal, podría ser la “fábrica” de náhuat-hablantes que necesitamos para evitar que el náhuat pase a formar parte de las lenguas extintas— ni existen ámbitos sociales para su utilización cotidiana. Evitemos todos —estado, sociedad civil, comunidades indígenas, academia y empresa privada— que el náhuat desaparezca. Las futuras generaciones nos reclamarán, si no se hace nada, por haber dejado morir no solo a una lengua nacional sino también a una cultura.

  • Jorge E. Lemus es el Director de Investigaciones de la Universidad Don Bosco, creador y director del proyecto de revitalización de la lengua náhuat, miembro de número de la Academia Salvadoreña de la Lengua, y doctor en lingüística por la Universidad de Arizona. En 2010 fue reconocido con el Premio Nacional de Cultura.

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