¿SON POSIBLES OTRAS MASCULINIDADES?

¿SON POSIBLES OTRAS MASCULINIDADES? SUPUESTOS TEÓRICOS E IMPLICACIONES POLÍTICAS DE LAS PROPUESTAS SOBRE MASCULINIDAD (2004)
Mauricio Menjívar Ochoa* Investigador del Instituto Nacional de las Mujeres. Profesor de la Universidad Estatal a Distancia UNED.
Rev. Reflexiones 83 (1): 97-106, ISSN: 1021-1209 / 2004

Introducción

Sin duda alguna la última ola feminista, esta que comienza hace más de tres décadas, ha significado una crítica sustantiva al patriarcado. Con esta crítica se ha develado la opresión que enfrentan las mujeres por parte de las instituciones sociales: la sexualidad y la maternidad, la familia tradicional y los roles de género, el trabajo, la política, y, fundamentalmente, el carácter del poder que cruza a todas y cada una de estas instancias.

Por otra parte, y contrario a lo que se podría creer, cuando se habla del surgimiento de propuestas o de estudios en torno a la masculinidad no siempre puede decirse que estas son “liberadoras” respecto de la masculinidad tradicional. A diferencia del feminismo, el ánimo de tales propuestas no es siempre crítico con respecto al patriarcado como forma de organización social basada en el dominio masculino.

A pesar de esta situación, no siempre se hace explícito el trasfondo político que subyace a tales propuestas. En el ámbito de los estudios sobre la masculinidad, aun autores motivados por la crítica al patriarcado (por ejemplo Campos y Salas; 2002: 29) combinan indistintamente el uso de ciertas propuestas conservadoras con otras de carácter crítico, a pesar de que su trasfondo teórico y político no las hace homologables.

Bajo estas consideraciones, el presente trabajo tiene como objetivo exponer algunas de las perspectivas que abordan el tema de la masculinidad. La finalidad de esta tarea es explicar algunos de sus supuestos teóricos, así como las implicaciones políticas que de estos se derivan. Tal cuestión es de particular importancia para analizar las posibilidades de transformar nuestras masculinidades tradicionales en otras anti-sexistas, anti-homofóbicas, anti-racistas, anti-adultistas o, dicho en positivo, a otras en las que quepa la diversidad.

Debemos aclarar que la pregunta respecto de si son posibles otras masculinidades en tales perspectivas no irá seguida, por ahora, de una reflexión concerniente a los elementos que podrían contribuir a este cambio. Esta es una tarea que merece un mayor espacio que el que disponemos en esta oportunidad.

El patriarcado como determinación

El autor Kennet Clatterbaugh (Gomáriz;1997: 19) ha identificado varias perspectivas dentro de los estudios sobre masculinidades. A una de ellas la denominó conservadora. Uno de sus exponentes es Steven Goldberg quien con el título de su libro, publicado por primera vez en 1973, quiso sentenciar la Inevitabilidad del patriarcado.
Goldberg (1976:31) definió al patriarcado como “toda organización política, económica, religiosa o social, que relaciona la idea de autoridad y de liderazgo principalmente con el varón, y en la que el varón desempeña la gran mayoría de los puestos de autoridad y dirección.” Si bien su punto de partida podría ser aceptado, su conclusión dista de ser transformadora, pues lejos de ser una definición que abone a la crítica, se constituye en una que apunta a la fatalidad y la predestinación.
Efectivamente, Goldberg sostiene que todas las sociedades aceptan la existencia de sentimientos en cuanto a que la voluntad de la mujer “está algo subordinada” a la del hombre, “y de que la autoridad general en las relaciones duales [hombre-mujer] y familiares, cualesquiera que sean los términos en que una determinada sociedad defina la autoridad, reside, en último término, en el varón” (Goldberg;1976:33).
De esta suerte, todas las sociedades aceptan la existencia de tales sentimientos y se adaptan a ellos “mentalizando a los niños en este sentido, porque no les queda más remedio que hacerlo” (Goldberg; 1976:34; las cursivas son nuestras).
Según Goldberg (1976: 28), no se trata de enjuiciar lo que es bueno o lo que es malo, lo que debería ser y lo que no debería ser. Esto se sale del terreno de la ciencia y “la ciencia no puede validar o invalidar apreciaciones subjetivas”.
Simple y sencillamente, “el dominio masculino es universal; no hay sociedad que jamás haya dejado de adaptar lo que espera del hombre y de la mujer, así como los roles sociales correspondientes…” (Goldberg; 1976:32).
Con esta sentencia, y sin que resulte muy difícil de colegir, masculinidades distintas a la patriarcal, y por supuesto nuevas feminidades, no son posibles. Aquí, el principio del cambio es inexistente en cualquier sociedad. Precisamente el principio de universalidad busca justificar esta inamovilidad. Este mismo factor hace endeble su planteamiento, pues se invalida ante la existencia de sociedades en que los principios patriarcales no operen o no hubiesen operado en algún momento histórico.
En este sentido, la evidencia planteada por Gilmore (1994), como veremos más adelante, invalida la validez del “razonamiento” de Goldberg.
La Novedad de lo Viejo: la masculinidad arquetípica o de la perpetuación de la masculinidad tradicional
Particularmente en los Estados Unidos, parece haber cobrado cierta importancia un movimiento de corte conservador y neo-misógino , uno de cuyos textos traducidos al español se titula “La Nueva Masculinidad” .
Moore y Gillette, autores de este libro, han planteado que la crisis de la identidad masculina de nuestro tiempo tiene que ver con una falta de “conexión adecuada con las energías masculinas profundas e instintivas, con los potenciales de la masculinidad madura”. Según ellos, las conexiones masculinas con esos “potenciales están bloqueadas por el patriarcado mismo y por la crítica feminista a la poca masculinidad a la que pueden aferrarse (…) Este bloqueo se debe a la falta de un proceso de iniciación, significativo y transformador en sus vidas, mediante el cual podrían haber logrado un sentimiento de masculinidad”. Ubican a los rituales tribales de iniciación como la manera de potenciar la masculinidad madura (Moore y Gillette; 1993: 18). En este proceso de iniciación, basado en la homosocialización, se excluye “lo femenino”.
Es de aquí que surgen los arquetipos de la masculinidad, los cuales son, según esta corriente, “estructuras profundas de la psique masculina madura”. Aquí aparece el Rey, todopoderoso y centro del universo. También el Guerrero, a quien, a la manera del marine de guerra norteamericano, le concierne la “habilidad, el poder y la precisión”, “el control de lo psicológico y lo físico, lo interior y lo exterior… la capacidad de soportar el dolor…” (Moore y Gillette; 1993: 99).
La tercera forma de “masculinidad madura” es el Mago, arquetipo del pensamiento y la reflexión, cuya conformación de sí mismo “es inamovible en su estabilidad, centralizada y emocionalmente fría” (Moore y Gillette; 1993: 124). Finalmente el Amante, quien está “cerca del inconsciente [lo que] significa estar cerca de los fuegos de la vida, a nivel biológico…” (Moore y Gillette; 1993: 137).
Es evidente que los arquetipos no entrañan nada distinto al patriarcado, pues reproducen los estereotipos de la masculinidad tradicional, así como su justificación biológica. Resulta curioso en este planteamiento la forma contradictoria en la que se mezclan los argumentos de tipo ahistórico con los de tipo pretendidamente histórico.
En efecto, por una parte ubican algunos fenómenos históricos, como el patriarcado y el feminismo, como presuntos inhibidores de la “masculinidad madura”. Por otra parte, su propuesta política es ahistórica: la de despertar “la masculinidad profunda e instintiva”. Así, el presupuesto de los arquetipos en la propuesta de Moore y Gillette es de tipo esencialista. Este tipo de razonamiento se caracteriza por plantear los hechos sociales de manera deshistorizada, es decir, como si no tuvieran un contexto social y un tiempo concretos, a la manera del mundo de las ideas de Platón. Cambiar la masculinidad, en esta perspectiva, es más bien reforzar la existente, es decir la patriarcal.
Cabe agregar que estos autores no reconocen la degradación que ha significado para muchos hombres los rituales de iniciación practicados de manera particularmente cruel en ciertas culturas. Efectivamente estos rituales han cobrado dimensiones de tortura y vejación, según las evidencias retomadas por David Gilmore (1994).
Además de esta perspectiva conservadora, existe otra que ya ha sido reseñada en otro lugar (Gomáriz; 1997: 21). Se trata igualmente de un movimiento surgido en los Estados Unidos bajo el apelativo de Men’s Rights. Estos compartirían con Moore y Gillette la idea de que el feminismo sería nocivo para la masculinidad y del cual habría que defenderse. Los autores proponen que el sexismo perjudica a los hombres, por lo que habría que proponer normas que los protejan “de las consiguientes injusticias, especialmente en áreas como el divorcio, custodia de hijos y violencia doméstica”.
Llama la atención que en Costa Rica se haya conformado una asociación que parte de supuestos análogos a los de Mens’ Rights, apelando al eslogan de “padres divorciados”. Su motivación ha girado en buena parte en torno a la arremetida contra de los avances del movimiento feminista y de mujeres en materia legal, particularmente en violencia contra las mujeres y paternidad.
Uno de los planteamientos de este movimiento es que estas leyes habrían perjudicado a los hombres y por esto se oponen a nueva legislación que busque mejorar la situación de las mujeres. Esta corriente no logra visualizar que no son tales leyes las que limitan su paternidad, sino una organización social basada, entre otras cosas, en la segmentación sexual del trabajo y por lo tanto, de la crianza de niños y niñas. Sin mayor desarrollo teórico, esta posición se encuentra atrincherada en el sentido común patriarcal, lo cual le permite una convocatoria que con seguridad ninguna otra corriente tiene en este momento.
Hacerse hombre: La función social de la virilidad
Para Goldberg y para Moore y Gillette, la masculinidad es explicable ya sea por una supuesta universalidad inherente a las sociedades o por una universalidad de carácter intrapsíquico.
Estas propuestas ahistóricas, por tanto, parten del supuesto de que ser hombre es una especie de esencia. Para otros hay que explicarla más bien a partir de los contextos culturales en que surgen.
Para el antropólogo David Gilmore, en su estudio “Hacerse hombre: Concepciones culturales de la masculinidad”, diferentes culturas alrededor del mundo piden a los varones que actúen como “hombres de verdad” mediante la adopción de una “doctrina viril del logro”, que es una “virilidad bajo presión” (Gilmore;1994:215).
Se trata de una virilidad que condiciona a los hombres a la lucha en condiciones adversas y precarias para sobrellevar la escasez de recursos, y que es fomentada para contrarrestar el “impulso universal” de huir ante el peligro. Así, a mayor escasez, mayor énfasis en la virilidad (Idem.: 219). Se trata de un código de conducta que promueve la sobrevivencia de la colectividad (Idem.: 217).
Para este autor, más que de “universalidad” habría que hablar de tendencias y paralelismos en la “imaginería masculina”. Esta afirmación podría sustentarse, por una parte, en una constatación empírica, y por otra, en los supuestos teóricos que sirven de punto de partida a Gilmore.
Respecto del primer aspecto este autor encuentra que en la mayoría de las sociedades para ser un hombre “uno debe [cumplir tres aspectos:] preñar a la mujer, proteger a los que dependen de él y mantener a los familiares” (Gilmore; 1994: 217). Para explicar estas semejanzas, sus supuestos teóricos parten de “la manera en que la dinámica intrapsíquica se relaciona con la organización social de la producción” (Gilmore;1994: 16).
En primer lugar, el impulso “intrapsíquico” universal a huir, impediría que los hombres cumplieran con los requerimientos exigidos socialmente. Por esto este impulso se contrarresta con la construcción de la virilidad. La virilidad está llamada a rendir según las necesidades de sobrevivencia de la comunidad (expresada en la tríada anterior), lo que depende de la resolución de los aspectos productivos en el marco de la adversidad y la escasez, y entraña una desigual posición de poder entre hombres y mujeres.
Gilmore busca factores comunes en la virilidad de los hombres en diferentes culturas. Pero, a diferencia de la postura de Moore y Gillette, concluye que es dudoso que exista una estructura profunda de la masculinidad o un arquetipo global de la virilidad, pues existen evidencias que señalan que no todas las sociedades actúan según el canon de virilidad bajo presión.
Este sería el caso de los semai y los tahitianos (Gilmore; 1994: 215). Mientras que los semai habrían encontrado que huir del peligro es una conducta que les permite sobrevivir, los tahitianos no habrían contado con una escasez que impulsara a la sociedad a construir la virilidad. En este caso la noción de género deja de ser relevante, en tanto no existen grandes distinciones entre la identidad de hombres y mujeres, como tampoco en el desempeño de los roles.
Gilmore pondría en evidencia que ser marido, padre, amante, proveedor y guerrero, lejos de depender de una estructura arquetípica sin historia y sin contexto, es más bien una demanda social que puede variar.
Se trata de un artificio de la cultura.
El autor señala que su enfoque es “funcional”, pues argumenta que “los ideales masculinos representan una contribución indispensable tanto a la continuidad de los sistemas sociales como a la integración psicológica de los hombres a su comunidad”. Estos fenómenos son parte del “problema existencial del orden que todas las sociedades deben resolver animando a los individuos a actuar de cierta forma que faciliten tanto el desarrollo individual como la adaptación del grupo. Los papeles de cada sexo constituyen una de esas conductas de resolución del problema” (Gilmore; 1994: 17).
Ahora bien, ¿es posible cambiar esta virilidad orientada por el logro?, o como lo plantearía el mismo Gilmore (1994: 224): “¿Significa (…) que nuestra masculinidad occidental es un fraude innecesario y prescindible, como afirman algunas feministas y ciertos defensores de la emancipación del hombre? ¿Estamos preparados para deshacernos de ella?”.
La fuerte influencia funcionalista de este autor le llevaría a concluir que “mientras haya batallas por ganar, alturas por esclarecer y trabajo duro por hacer, algunos de nosotros tendremos que “actuar como hombres”. De su planteamiento se derivaría que, en la medida en que la virilidad es una construcción altamente funcional es además una construcción necesaria, al menos hasta que las condiciones sociales cambien.
Sin embargo, la trampa de esta conclusión radica en que, para que las condiciones cambien, es necesario que se constituyan sujetos sociales que impulsen transformaciones y que realicen rupturas. Al evadir abordar preguntas “para filósofos” (Gilmore; 1994: 225), Gilmore pareciera llevarnos a un callejón sin salida. Y si bien con sus evidencias se invalida la pretendida universalidad del patriarcado de Goldberg, al igual que este esgrime una supuesta neutralidad de la ciencia, al pretender dejarla fuera del terreno de la propuesta de soluciones.
Género y cultura: debates y perspectivas dentro de las posturas críticas de la masculinidad tradicional
No todos los planteamientos que visualizan la masculinidad como una construcción social conllevan conclusiones conservadoras como la de Gilmore. Por el contrario, del argumento de la construcción social se derivan conclusiones críticas que abren posibilidades de cambio. Nuestro interés en este último apartado es analizar algunos de los planteamientos que, bajo esta premisa, nos permiten “historizar” la masculinidad, es decir, entenderla como producto social en constante transformación y sujeto de cambio en el marco de relaciones sociales conflictivas.
Habría que señalar que el punto de partida sobre la construcción social de la masculinidad es el mismo supuesto que se encuentra en la base de la propuesta feminista de Simone de Beauvoir, quien planteara en 1949 respecto de la feminidad que “no se nace mujer, una se convierte en mujer” (Carabí; 2000: 19).
De manera análoga, el supuesto de fondo de los estudios que a continuación reseñaremos es que el hombre no nace, se hace.
Michael Kimmel (1997: 49), por ejemplo, considera “a la masculinidad como un conjunto de significados siempre cambiantes que construimos a través de nuestras relaciones con nosotros mismos, con los otros, y con nuestro mundo”. Es precisamente el carácter relacional de la masculinidad lo que le brinda su carácter de género.
Efectivamente, tanto la masculinidad como la feminidad son construcciones relativas; su construcción social solo tiene sentido con referencia al otro (Badinter; 1993: 25-26). En tanto histórica, “la virilidad no es ni estática ni atemporal” (Kimmel; 1997: 49).
A pesar de que estos son supuestos comunes, algunas propuestas críticas recurren a definiciones esencialistas, mezcladas con definiciones normativas o de “deber ser” de la masculinidad (Connell; 1997: 34-35). Tal es el caso de Michael Kimmel, quien retoma la definición de virilidad de Robert Brannon que señala: “¡Nada con asuntos de mujeres! (…) ¡Sea el timón principal! (…) ¡Sea fuerte como un roble! (…) ¡Mándelos al infierno!” (Menjívar Ochoa;2001: 2).
A diferencia de lo que indicaría este “tipo”, la masculinidad está siempre “asociada a contradicciones internas y rupturas históricas” (Connell; 1997: 37). “Lejos de poder ser considerada como absoluto, la masculinidad (…) es a la vez relativa y reactiva” pues, como ha propuesto Badinter (1993: 26 y subs.), en cuanto cambia la feminidad lo que sucede cuando las mujeres redefinen su identidad frente a nuevas aspiraciones o frente a cambios sociales de tipo económico, militar, etc. se desestabiliza la masculinidad. Esta desestabilización no solo lleva a reacciones conservadoras del tipo Men’s Rights, sino que abre paso al cuestionamiento para construcciones alternativas.
La mayoría de las perspectivas que hemos denominado como críticas también comparten con las propuestas feministas el tema del poder como categoría central de análisis. Esta categoría sirve, por una parte, para el análisis de las relaciones intergenéricas, es decir, las relaciones entre hombres y mujeres. Haciendo énfasis en este sentido, Connell (1997: 37) propone para el caso “europeo/[norte]americano” que “el eje principal del poder en el sistema del género (…) contemporáneo es la subordinación general de las mujeres y la dominación de los hombres”.
Por otra parte, la categoría del poder también ha servido para explicar las relaciones intragenéricas, es decir, las relaciones hombre-hombre.
Aquí entran en juego categorías diferenciadas de hombres, que son medidos respecto de una masculinidad hegemónica. Esta masculinidad hegemónica es entendida por algunos como “la imagen de masculinidad de aquellos hombres que controlan el poder” (Kimmel; 1997: 50-51). Se trataría de una imagen que intragenéricametne estaría en el terreno de la disputa, según se seguiría del planteamiento de Kimmel.
Precisamente en este terreno, un análisis histórico nos demuestra que la emergencia de “nuevos” significados de ser hombre no necesariamente ha estado asociada a formas no-patriarcales.
A este respecto Kimmel (1994: 6-7) nos provee de un análisis para el caso de los Estados Unidos que da muestra de tal situación. Según este autor, alrededor de 1830 emerge una nueva concepción de la masculinidad que ha denominado “la hombría comercial”, y que deriva su identidad de su éxito en el mercado capitalista.
Esta nueva concepción se impone sobre los modelos de masculinidad predominantes en el siglo XVIII y principios del XIX: 1) el “Gentil Patriarca”, propietario de tierras, elegante y refinado, “devoto y cariñoso padre”, que pasa mucho tiempo con su familia, (G. Washington y Thomas Jefferson son su prototipo); y 2) el “Heroico Artesano”, que encarna la fuerza física y “las virtudes republicanas” de los granjeros acomodados, de los artesanos urbanos independientes y comerciantes.
El “Hombre Comercial”, ausente de su casa y para sus hijos, se dedica al trabajo dentro de “un creciente ambiente homosocial –un mundo solo de hombres- en el cual se oponen unos contra los otros”. Este nuevo tipo de hombre habría contribuido a la transformación de las condiciones que vuelven “anacrónico” al ahora “afeminado” Gentil Patriarca, al tiempo que vuelve proletario al antaño Artesano Heroico de Kimmel (1994:7). Este análisis nos llama la atención sobre la importancia de poner atención a los “nuevos” significados emergentes en los distintos períodos históricos. Pero aún más sobre la necesidad de analizar en qué medida estos pueden conservar, al igual que las masculinidades precedentes, características patriarcales recreadas a la luz de contextos sociales cambiantes.
También en el terreno de la disputa, pero a diferencia del hombre comercial evidenciado por Kimmel, existen grupos que se han orientado a cuestionar el significado de ser hombre como tradicionalmente lo entiende el patriarcado. Esta postura ha sido asumida por “grupos étnicoculturales”, así como por grupos homosexuales.
Critican “las ‘discusiones estandarizadas sobre masculinidad que presumen de una masculinidad universal referida al hombre blanco, heterosexual y de clase media’” (Gomáriz; 1997: 22), esa masculinidad que es precisamente el legado del Hombre Comercial. Si bien no contamos con mayor referencias sobre estos movimientos en nuestro contexto, en el caso de los Estados Unidos se habrían ubicado en esta perspectiva el movimiento gay, así como autores afrodescendientes, judíos y chicanos, que abogan por una perspectiva de análisis que considere la especificidad.
Contrapuestos a la perspectiva de la especificidad, así como de la posibilidad de hablar de masculinidades, otros han sostenido que más bien debe hablarse de masculinidad en singular.
En esta dirección, Enrique Gomáriz (1997) señala que ciertos resultados de tipo estadístico “fueron prácticamente universales” sobre el tema, al declarar que las áreas más importantes de la vida de una proporción alta de hombres es su ejercicio profesional, mientras que el de las mujeres es su familia. Con supuestos de fondo cuestionables, con datos cuya interpretación no compartimos y que resultan aún insuficientes dada la complejidad del tema, la discusión queda zanjada demasiado pronto con la afirmación de que “las determinaciones fundamentales de la construcción de la masculinidad se reproducen allí donde puede hablarse de capitalismo patriarcal” (Gomáriz; 1997: 28).
Es decir, el capitalismo patriarcal definiría rasgos universales de “la” masculinidad en regiones con historias tan disímiles como Estados Unidos y América Latina.
Ya antes hemos discutido de las dificultades y riesgo que entrañan los “universales”, y dado que el interés de Gomáriz en este texto no es el de indagar sobre el cambio, cabe preguntarnos sobre la posibilidad de reconfigurar las masculinidades en el marco de este “capitalismo patriarcal” tan avasallador de la diferencia y la especificidad.
Sin pretender agotar el tema, por una parte es posible pensar que ciertas especificidades no nos colocan necesariamente en el terreno de la alteridad, de lo sustantivamente distinto en tanto no-patriarcal. El hecho de poseer una opción sexual diferente, por ejemplo, no se deriva necesariamente en masculinidades plenamente contrapuestas a la dominante.
Es cierto que la homosexualidad cuestiona una de las premisas básicas del patriarcado, es decir, la heterosexualidad. Sin embargo puede continuar llevando el fardo de la compulsión sexual, de la falta del autocuidado y de cuido a los demás (al respecto ver Quirós; 2003), e incluso la violencia, tan característica de las masculinidades dominantes.
Por otra parte, el hecho de que las identidades gay no escapen al influjo patriarcal, tampoco puede llevarnos a afirmar que estas sean homologables, sin más, a las heterosexuales.
Bien ha señalado Quirós que la discriminación y la estigmatización incide en la conformación de algunas identidades gay, lo cual, podría pensarse, no funciona de la misma forma en hombres que se ajustan a la norma heterosexual. También es posible señalar a partir de la vivencia de las contradicciones que entraña el patriarcado, que algunos hombres gay se movilizan en un sentido que algo varía respecto del dominante .
Las perspectivas de la especificidad y de la masculinidad única nos llaman la atención respecto de una discusión de gran complejidad todavía insuficientemente fundamentada en nuestro medio. Se encuentra en el centro de la pregunta concerniente a si son posibles las masculinidades distintas, por lo que exige mayor investigación y reflexión. Aunque de nuestra parte el asunto requiere de mayor asidero conceptual y empírico, es posible señalar que las perspectivas de la especificidad son muestra, en sí mismas, de la búsqueda de la alteridad en el terreno de las relaciones de poder.
Efectivamente, y como hemos visto, hay que tener en cuenta que tradicionalmente las relaciones de poder han implicado en la cotidianidad una disputa del significado de ser hombre frente a otros hombres, ya sea para recrear el patriarcado o para buscar formas alternativas.
Debe tenerse en cuenta que en el marco de tales relaciones de poder, las masculinidades culturalmente dominantes son referentes que apelan a los individuos a calzarse a sí mismos dentro de las expectativas culturales. Michael Kaufman (1997:67) ha sostenido, en un sentido similar, que el poder es visto por los hombres no solo “como una posibilidad de imponer el control sobre otros y [sino también] sobre nuestras indómitas emociones”.
No obstante, este proceso de dominación de doble vía esto es: hacia otros y hacia uno mismo, resultaría altamente contradictorio. Este autor profeminista sostiene que “actualmente las recompensas de la masculinidad hegemónica son insuficientes para compensar el dolor que provoca en la vida de muchos hombres” (Kaufman; 1997:81), dolor expresado en la misma negación masculina de su propia emocionalidad plena, la cual es subordinada frente el imperativo de dominar (Idem: 70).
Así, en la medida que “el patriarcado no es solo un problema para las mujeres” (Idem: 81), este autor pareciera abrir un portillo por medio del cual los hombres podríamos encontrar motivación para implicarnos en el proceso de cambio. Estos “dolores masculinos”, como algunos han anotado, podrían llevar a cuestionar las nociones tradicionales de la masculinidad.
Para avanzar en este cuestionamiento resulta clave tener en cuenta otro de los elementos abordados por los análisis críticos de la masculinidad. Se trata del entendimiento respecto de la forma en que las relaciones sociales conforman la institucionalidad como mecanismo de dominación.
En el fondo de esta materia se encuentra la discusión sobre los mecanismos que permiten que las personas interioricemos y reproduzcamos el patriarcado. Para propiciar este entendimiento, Kaufman ha acuñado el concepto de gender work, con el que busca mostrar el proceso de interiorización de las relaciones de género.
Según Kaufman (1997: 69) “la elaboración individual del género, y nuestros propios comportamientos, contribuyen a fortalecer y a adaptar las instituciones y estructuras sociales de tal manera que, consciente o inconscientemente, ayudamos a preservar los sistemas patriarcales”.
También sobre este tema Pierre Bourdieu (2000), con una gran sofisticación, ha analizado el proceso por el cual se naturalizan las relaciones sociales, aspecto que también ha sido una de las propuesta de algunos de los feminismos.
Bourdieu (2000:21), señala que “la división entre los sexos parece estar en el orden de las cosas, como se dice a veces para referirse a lo que es normal y natural, hasta el punto de ser inevitable: se presenta a un tiempo, en su estado objetivo…”. La casa por ejemplo “con todas sus partes sexuadas…” cocina=femenino, oficina=masculino.
Este mundo social está incorporado imaginariamente en nuestros cuerpos, en nuestros hábitos, en la forma en que percibimos, en el pensamiento y en la acción. Y como hemos sido socializados en esta división encontramos una clara “concordancia entre las estructuras objetivas y las estructuras cognitivas”, entre cómo están conformadas las cosas y las formas en que las conocemos, entre cómo transcurre el mundo y las expectativas que de este mundo tenemos. Seco/húmedo, duro/blando, público/privado, fuera/dentro encima/debajo, activo/pasivo aparecen con sentido objetivo en la forma en que nos representamos el mundo, en la forma en que consideramos que somos hombres y mujeres (Bourdieu; 2000: 20).
Según Bourdieu, esta forma social de ver el mundo construye la diferencia anatómica. A su vez, esta diferencia construida socialmente se convierte en la prueba, en la garantía de que existe una diferencia natural entre mujeres y hombres. Esta justificación circular conduce a encerrar nuestro pensamiento en que es evidente que las relaciones de dominación están inscritas en el orden de lo natural y no de lo social. Es decir, tiene un referente en lo objetivo y en la subjetividad, en la forma en que conocemos. Es un factor clave en la “asimilación de la dominación” (Bourdieu; 2000: 36 y subs.).
De esta manera se inscriben las relaciones de dominación masculina en la naturaleza biológica, cuando en realidad se trata de la naturalización de la dominación. Es una dominación que responde a una construcción social (naturalizada) de relaciones históricas basadas en la división sexual del mundo (Bourdieu; 2000: 37). Es una realidad construida antes de nacer, que nos recibe al momento del alumbramiento y nos configura desde el inicio de nuestras vidas.
Este es un imaginario que es necesario trastocar si se desea apuntar hacia la alteridad.
Y precisamente porque planteamientos como los de Bourdieu evidencian que la masculinidad es parte de un imaginario construido socialmente, y no una inherencia biológica de los cuerpos de hombres y mujeres ni una esencia, es que tal realidad puede ser trastocada a partir de la acción humana. Ella puede abrir paso a la búsqueda de formas de ser hombre que no propicien la opresión de otras ni de otros.
Conclusión
Particularmente a partir de la última década, en nuestro medio se ha experimentado un incipiente aunque creciente interés en el tema de la masculinidad. Algunas personas han visto en esta tendencia la posibilidad de contar con una interlocución crítica y receptiva que permita redoblar los avances hacia la equidad. Si bien esto ha sido así en algunos casos, la revisión de algunas de las tesis de tales propuestas nos muestra que esta interlocución no siempre está abierta.
Más bien, una parte de estos planteamientos apuntan a perpetuar el estado de cosas. Posiblemente cualitativa y cuantitativamente estas propuestas sean las menos, pero no por esto gozan de menor aceptación. Aún más, son las que más asidero poseen en la cultura patriarcal, y de ahí que tengan más adeptos en ciertos medios. Otras propuestas, hemos visto, evaden las implicaciones políticas que se derivan de sus planteamientos.
En el marco de una organización social fundamentada en la inequidad, el poder contar con argumentos cada vez más sólidos, coherentes y fundamentados constituye un imperativo para avanzar hacia la igualdad de género, una igualdad ajena a los esencialismos.
Poner en evidencia el carácter histórico de la dominación masculina, y entender que a esta lógica responde la manera en que nos explicamos todas las cosas del mundo, nuestra relación cotidiana con las mujeres y con otros hombres, es un paso decisivo en nuestra construcción como hombres sujetos de cambio hacia masculinidades no patriarcales y efectivamente igualitarias. De ahí que una revisión crítica de los estudios y posturas sobre la(s) masculinidad(es) sea una tarea siempre necesaria para nuestra propia reconstrucción.
En este proceso de búsqueda queda claro, de acuerdo con las perspectivas criticas, que el significado de ser hombre es históricamente construido y que, en tanto tal, está en constante querella. Y aunque este conflicto no siempre ha estado asociado a la emergencia de formas no-patriarcales de ser hombre, nos resulta evidente que la búsqueda de la alteridad necesariamente implica entrar en el campo político, es decir, en el terreno de la disputa.
Es en este terreno en que se debe abonar a la creación de nuevos significados, nuevos contenidos y nuevas prácticas asociadas al hecho de “ser hombre”.
Nos alienta la premisa de que no es posible ampararnos en la supuesta neutralidad de la ciencia y que por lo tanto esta puede abonar a la discusión. Así, nos queda pendiente, por ahora, profundizar en la reflexión de los supuestos conceptuales, mecanismos concretos y experiencias ya avanzadas, que puedan contribuir a la búsqueda de formas más satisfactorias y no opresivas de ser hombre.
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