Templarios

TEMPLARIOS
Canal Historia

Fragmento
1

El hierro y la fe

Hubo un tiempo en que Europa vivió en la anarquía y la oscuridad. Una era en que todo vestigio de orden, de justicia y de autoridad se había olvidado y había sido reemplazado por el ejercicio de la fuerza. Reyes y obispos palidecían ante el avance de los señores feudales que aprovecharon una época de inestabilidad para imponer su voluntad sobre una población atemorizada e ignorante. La espada y la lanza habían afianzado su lógica sangrienta sobre la ley y la administración que no hacía tanto se habían extendido por los territorios del Occidente europeo. En los siglos X y XI, puesto que éste es el período al que nos referimos, la única esperanza para la mayoría de los europeos se depositaba en una fe que los consolaba y dotaba de sentido a sus desdichadas vidas. La Iglesia estaba lejos de ser ejemplar y caritativa, pero poseía en su interior la suficiente vitalidad para seguir extendiendo su presencia junto al sufrido campesino o al valiente comerciante que se instalaba en las todavía balbucientes ciudades. Además, algunos de sus miembros eran lo bastante osados como para denunciar los excesos y reclamar los cambios que toda la sociedad sentía como indispensables.

Ésta es la historia de un tiempo en el que surgió un grupo de hombres que hizo del ejercicio de las armas una profesión y un medio de vida, que después sería conocido como «caballería». Y en el que también nacería una nueva espiritualidad más auténtica, más compasiva y más fuerte que haría de la búsqueda de la coherencia su bandera y de su cercanía al pueblo su ideal. Dos protagonistas cuyo encuentro daría pie a una de las aventuras más singulares de la Europa medieval, las Cruzadas, y al nacimiento de las órdenes militares, de las que el Temple fue la pionera.

La Edad Media es uno de los períodos históricos que más pasión despierta en el público general. Muchos de los ávidos lectores de divulgación y ficción histórica se sienten atraídos por el aliento épico y el exotismo que atribuyen a esta etapa. ¿Quién no se ha imaginado como alguno de los poderosos guerreros que poblaron aquellos siglos, como las damas que en determinados momentos cambiaron el destino de reinos enteros o como los míticos reyes cuyas leyendas resuenan todavía hoy? El Cid, Leonor de Aquitania o el rey Arturo son sólo algunas de las muchas figuras que podrían ilustrar con facilidad esos arquetipos y cuyas peripecias han hecho correr ríos de tinta.

Sin embargo, la realidad suele ser mucho más prosaica. Los profesionales de la Historia dedican buena parte de su esfuerzo a desmentir los tópicos más o menos fundados que se reproducen hasta la saciedad y que obedecen más a las inquietudes de nuestros días que al conocimiento que tenemos del pasado. Muchas veces un simple vistazo sirve para darse cuenta de que lo que suele presentarse como un tiempo heroico y brillante puede ser mucho más complejo y menos loable de lo que se había pensado en un primer momento.

LA NOCHE DE LOS TIEMPOS

Si cualquier lector contemporáneo hubiese nacido en el siglo XI, lo más probable es que no hubiese sido ni guerrero, ni dama noble ni rey. Como en los siglos anteriores, la inmensa mayoría de la población vivía en (y del) campo, en lo que constituía una lucha diaria por la subsistencia con un pobre equipamiento técnico y unos limitados conocimientos sobre agricultura. Su vida solía ser muy corta (se estima que la esperanza de vida en torno al año 1000 tan sólo llegaba a los veintidós años) y alrededor de la quinta parte de los niños que nacían vivos no llegaba a superar el año. Nada que parezca digno de envidia.

Si sobrevivir era ya de por sí difícil, el contexto no lo facilitaba en absoluto. Europa se encontraba entonces en un momento muy delicado. Los tiempos en que sus habitantes podían acudir a un poder fuerte que los socorriese y gobernase habían pasado no hacía tanto. A comienzos del siglo IX, Carlomagno fue el último monarca que logró llevar a término la reconstrucción de un Estado inspirado en el Imperio romano. Aunque no alcanzó los deslumbrantes resultados de éste, consiguió imponer una administración imperial desde Italia y los Pirineos hasta el mar del Norte en los actuales Países Bajos y Alemania occidental. Pero el sueño de este imperio, que conocemos con el nombre de Imperio carolingio, duró poco tras la muerte de su fundador.

Después del breve reinado de su hijo, Ludovico Pío, sus sucesores se repartieron el territorio en una serie conflictos y divisiones que sólo sirvieron para dejar en evidencia su debilidad. Pero lo peor estaba por llegar. Aunque ellos no lo sospechaban, estaban a punto de sufrir un golpe que se iba a transformar en una terrible prueba. A finales del siglo IX, una serie de amenazas externas, que no eran desconocidas y cuyo poder destructivo se intuía, se materializaron abatiéndose sobre la maltrecha Europa. Los historiadores suelen denominar a la serie de agresiones que se produjeron entonces con el nombre de «segundas invasiones», rememorando las que en los siglos IV y V precipitaron el final del Imperio romano.

Los primeros protagonistas de estas acciones vinieron del norte. Los vikingos eran un pueblo de guerreros y pescadores que habitaban la península de Jutlandia y el sur de Escandinavia. En aquel momento muchos de ellos se dieron a la piratería y desplegaron una brutal acción depredadora a lo largo de los litorales atlántico y mediterráneo. Sus hazañas fueron más allá de los fabulosos botines obtenidos en sus correrías. Mediante el desarrollo de varias campañas bien organizadas lograron apropiarse de algunas regiones en los reinos de Inglaterra y Francia, en los que se fueron instalando. Especialmente llamativo fue el caso de Normandía, cuyo territorio (elevado a la categoría de ducado) les fue concedido por el rey de Francia a cambio de su conversión al cristianismo y de que le jurasen fidelidad. Aunque los ataques vikingos acabaron sobre el año 930, su asombrosa epopeya todavía dio mucho de sí. Un siglo más tarde, los descendientes de los normandos que se habían trasladado hasta Sicilia, para ofrecerse como mercenarios a los gobernantes bizantinos y musulmanes, acabaron apropiándose de la isla y del sur de Italia, creando entonces un reino nuevo con el apoyo del Papa.

Mientras esto sucedía, el interior del continente se vio amenazado por un peligro que llegaba del este. Los húngaros eran un pueblo nómada procedente de los Urales. A mediados del siglo IX, la presión de otro pueblo, los pechenegos, los empujó hacia las fronteras orientales de la cristiandad. Llevaron a cabo innumerables razias tanto sobre el Imperio bizantino como en los reinos de Germania, Italia y Francia. Su principal objetivo era, al igual que los piratas vikingos, el saqueo de las aldeas y, sobre todo, los grandes monasterios, que habían acumulado importantes riquezas en los siglos anteriores. Sus jinetes eran un peligro aterrador: atacaban a gran velocidad armados con arco y flechas y montaban sobre caballos herrados y con estribo, innovaciones técnicas que los europeos desconocían. Pronto se hicieron acreedores de una merecida fama de matar y quemar todo lo que no podían transportar sobre sus corceles. Tendría que pasar un siglo para que un europeo fuese capaz de ponerles freno. En el 955, el duque Otón I de Sajonia los derrotó definitivamente a orillas del río Lech comenzando a partir de entonces un reflujo en el ritmo de sus desmanes. Finalmente, los húngaros acabaron por sedentarizarse en la llanura de Panonia (en la actual Hungría) y convertirse al cristianismo romano.

Pero todavía un último enemigo se alzó para abatirse sobre la sufrida Europa. En el sur, la ribera del Mediterráneo se vio sacudida por un violento avance de los musulmanes. A diferencia de la gran conquista de los siglos VII y VIII, en esta ocasión se sucedieron los ataques de piratas que actuaban al margen de la autoridad de los emiratos de al-Ándalus y el norte de África. Desde localidades costeras de estas regiones se abalanzaban sobre los puertos para saquearlos y capturar a mujeres, hombres y niños que vendían como esclavos en sus lugares de origen. Sus acciones se volvieron cada vez más violentas y sistemáticas: conquistaron Sicilia, de donde expulsaron a los bizantinos, y atacaron el sur de Italia y la costa provenzal. Allí se apoderaron de Praxitenum, uno de sus principales cuarteles generales del que fueron expulsados en 972 después de numerosos y penosos esfuerzos.

Los reyes europeos demostraron una escasa capacidad para repeler estos ataques y defender a sus respectivos pueblos de estos nuevos bárbaros. En la mayoría de los casos estas agresiones sólo sirvieron para acelerar la descomposición del poder central y demostrar que la autoridad real estaba demasiado lejos y era demasiado débil como para articular una respuesta que fuese más allá de reacciones episódicas. ¿No hubo nadie, entonces, que plantase cara a la situación, que hiciese un esfuerzo para defender el territorio y sus gentes?

LA OMNIPOTENCIA DE LAS ESPADAS

Poco después de que se pusiese freno a las segundas invasiones, a comienzos del siglo XI, surgió el primer estilo artístico internacional propiamente europeo. En las regiones de Lombardía y Borgoña se comenzaron a construir las primeras iglesias del estilo que hoy llamamos románico. Una de sus representaciones escultóricas favoritas era la del Juicio Final. En los tímpanos de templos como la iglesia de Santa Fe de Conques o la catedral de San Lázaro de Autun (ambas en Francia) ha quedado constancia de la riqueza plástica de que fueron capaces los artistas de aquel tiempo. El visitante que se acerque hasta allí podrá ver las impresionantes imágenes en que Cristo resucitado, rodeado de una corte de ángeles, evangelistas y ancianos del Apocalipsis, aparece mayestático para impartir su justicia universal sobre los vivos y los muertos. Entre éstos se pueden distinguir sin dificultad todos los «estados» del momento: reyes, obispos, nobles, caballeros, monjes, mujeres, tullidos y marginados. Los escultores que tallaron esas imágenes quisieron dejar constancia del entorno que los rodeaba y de los tipos humanos que lo componían. Su intención era mostrar al espectador de su tiempo que lo que contemplaba podía suceder en cualquier momento. Para el hombre actual, su obra se ha convertido en una de las fuentes de conocimiento más valiosas sobre la realidad de hace casi mil años.

Por tanto, en los tímpanos de las iglesias medievales es posible «leer», entre otras muchas cosas, el paisaje humano de aquellos siglos. Precisamente uno de los tipos más representados en la escultura románica, el del caballero, tuvo su origen real en ese momento. De las cenizas de una Europa arrasada por las segundas invasiones surgieron grupos de gentes de armas que se aprestaron a defender lo suyo. Ante el vacío de poder central, la reacción provino de los poderes locales de las regiones más afectadas por los ataques. Fueron los notables de cada lugar los que movilizaron los recursos necesarios para reunir contingentes armados que protegiesen sus patrimonios y a sus subordinados.

En algunos casos estos poderosos fueron los descendientes de las autoridades carolingias, los condes que Carlomagno puso al frente de cada uno de los distritos en que dividió su imperio. En otros muchos no había quedado rastro alguno de autoridad, y sencillamente fueron los que tenían medios para costearse una montura y armamento los que se organizaron por su cuenta. Proliferaron por doquier los castillos, donde floreció una nueva aristocracia guerrera a la que le resultaba cada vez más necesario aglutinar en torno a sí un grupo de jinetes armados que les permitiese cimentar su poder tanto en el interior de sus tierras como frente a los señores vecinos, que en muchos casos eran rivales.

El origen de estos nuevos guerreros a caballo solía responder a un mismo patrón. Según el medievalista francés Jean Flori, «hasta el siglo XII parece ser que las únicas restricciones a la entrada en la caballería eran de carácter material. Para convertirse en caballero era menester, naturalmente, estar dotado de la capacidad física (lo que excluía a los débiles, a los enfermos, a los niños y generalmente a las mujeres), pero también de medios financieros: el coste del equipo y la disponibilidad de tiempo que exigía el entrenamiento indispensable para la eficacia del guerrero». Así, aunque inicialmente no hacía falta ser noble para ser caballero, en la práctica las exigencias económicas limitaron el acceso. A tal condición sólo pudieron llegar un contado grupo de terratenientes ricos o los hombres que los propios señores mantenían para que ejerciesen el oficio de las armas a su servicio. La relación entre los señores y sus guerreros a caballo se cimentaba en la fidelidad personal y en el reparto de prebendas, lo que acabó por crear clientelas personales excluyentes en las que cada guerrero obedecía a un señor.

En un ambiente de inseguridad reinante, los campesinos cada vez más empobrecidos no tuvieron más remedio que acudir a los señores en busca de protección. Éstos se la concedieron, pero a cambio de atarles a las tierras de su propiedad y de que les reconociesen el derecho a ejercer sobre ellos funciones que antes desempeñaban las autoridades reales. Además, los señores los obligaron a que les diesen muestras de fidelidad personal y que cumpliesen con ciertas obligaciones económicas. De este modo comenzó a cristalizar el feudalismo en Europa.

Sin embargo el nuevo sistema no mostró beneficios a corto plazo en lo que al orden y la paz se refiere. Los invasores de las periferias del mundo medieval fueron aplacando su furia en la segunda mitad del siglo X, pero quienes habían hecho del ejercicio de las armas una forma de vida no estaban dispuestos a renunciar a él. La lucha contra los invasores fue sustituida por las guerras privadas entre los señores feudales, que rivalizaban por afianzar y extender su poder. Como apunta Flori, «los guerreros, menos apremiados por las amenazas del exterior, tendieron a orientar hacia el interior, hacia las poblaciones, sus actividades protectoras y, al mismo tiempo, expoliadoras».

La actividad militar de las huestes a caballo dejó de ser la de defender las fronteras; su principal ocupación era las cabalgadas, razias contra los señores rivales con objeto de infligir bajas a sus fuerzas armadas, destruir sus bienes y hacerse con un botín que se pudiesen repartir. La capacidad ofensiva y predatoria se convirtió en el mejor medio para acrecentar el prestigio y la riqueza de los señores, que se enredaron en un sinfín de conflictos. Así, a la anarquía de los ataques externos le siguió la anarquía feudal. La violencia, lejos de disminuir, se mantuvo; pero por contra los bárbaros no venían del exterior, sino que habían surgido en el seno de la cristiandad. El impacto de esta situación en las conciencias de la época fue inmenso. En vez de la satisfacción por un nuevo tiempo de paz, la sensación era de estupor por la saña destructora que se extendía imparable. En opinión de la medievalista y paleógrafa italiana Barbara Frale, «la sociedad europea estaba conmocionada por la inusitada violencia de las mesnadas que luchaban continuamente entre sí, destruían los cultivos, depredaban las aldeas y mataban a los indefensos —incluso a los sacerdotes—, a menudo sin otro motivo que la codicia del botín».

La virulencia de las correrías feudales aumentó, además, por problemas internos de la nueva clase dirigente. Los señores aprovecharon la situación para asegurar la continuidad de su poder mediante la herencia. Pero para que no se disgregase lo que con tanto esfuerzo habían acumulado, dispusieron unánimemente la sucesión exclusiva de los primogénitos. Todo el poder y la riqueza pasarían al hijo mayor, lo que inmediatamente planteaba el problema de qué hacer en caso de que hubiese más descendencia masculina. La opción mayoritaria fue la de entregar a los segundogénitos a la carrera eclesiástica. Pero ¿y si había más hijos varones o el segundón no se avenía a ingresar en el clero? El camino normal era el de las armas, pero el ejercicio de éstas había que hacerlo lejos del heredero, ya que para asegurar la transmisión patrimonial era preciso evitar a todo trance rivalidades entre hermanos.

Lo más frecuente era enviar al hijo menor al castillo de un familiar cercano, en cuyas huestes ingresaba como caballero. Pero estos «jóvenes», como se les ha llamado frecuentemente, no estaban dispuestos a equipararse con el resto de sus compañeros de armas. Tendieron a desarrollar actitudes especialmente enérgicas, ya que deseaban lograr por otros medios lo que la herencia les había negado. Se los ha descrito como hombres frustrados, ambiciosos y belicosos, que deseaban como ninguno de sus compañeros la gloria, el botín, una rica heredera o una aventura que les permitiese alcanzar un rango parangonable al de sus padres. Su actitud, además de abrir una grieta con el resto de sus camaradas, a los que despreciaban por su origen menos encumbrado, azuzaba todavía más la espiral de correrías, robos, destrucción y muerte que amenazaba con convertirse en una pesadilla sin fin. Para atajarla, los europeos no podían contar con la nueva aristocracia feudal. Las súplicas que llevaban formulando desde hacía décadas tendrían que ser dirigidas a otro destinatario.

LA CULPA Y EL PERDÓN

La Iglesia había jugado, desde la caída del Imperio romano, un papel de primer orden en Europa. Siempre había permanecido cerca del poder político apoyando la actividad de gobierno de reyes y emperadores. Su importancia económica y social había crecido exponencialmente a medida que iba acumulando los bienes legados por los difuntos que aspiraban a asegurar su salvación haciéndose enterrar en suelo sagrado o dejando algún bien o renta para que se rezase por su alma a perpetuidad.

Pero si algo la diferenciaba del resto de poderes de aquel tiempo era que poseía un patrimonio que nadie podía donarle ni legarle, porque era prácticamente su monopolio. La Iglesia era la depositaria fundamental del legado cultural grecorromano en Europa, que preservaba celosamente y era enseñado a los clérigos en las escuelas catedralicias y monacales. En aquel momento casi nadie sabía leer ni escribir fuera del clero, razón por la que éste era tan importante en la actividad de gobierno de los monarcas, que como contrapartida apoyaron la extensión de la fe y le concedieron nuevos beneficios. Pero aquello sucedió en los viejos buenos tiempos. El nuevo clima de los siglos X y XI no le era especialmente propicio. Las instituciones eclesiásticas, sobre todo los monasterios, habían sido las víctimas preferidas de las incursiones de vikingos y húngaros. Pero cuando la agresividad de estos pueblos remitió, su situación tampoco mejoró. Pasaron a ser entonces un botín apetecible para las huestes feudales al servicio de los señores.

Los eclesiásticos se defendieron escribiendo duras denuncias contra los excesos de los guerreros a caballo, a los que llamaron milites (literalmente, «soldados» en latín), que consideraban como un hecho inaceptable y una expresión del mal. Como recuerda el medievalista italiano Giovanni Miccoli: «Las agresiones y los saqueos perpetrados con daño para la vida y para los bienes monásticos por milites indisciplinados en busca de fortuna o por señores ambiciosos y sin escrúpulos, son juzgados siempre por la cultura monástica como fruto de ciega violencia y de maldad diabólica».

Los monasterios eran grandes propietarios de bienes rústicos y en una sociedad de analfabetos las soflamas no tenían mucha efectividad, sobre todo si el poder civil brillaba por su ausencia. No tuvieron más remedio que integrarse en la lógica feudal para poder defender su patrimonio. Legalmente, el clero no podía portar armas ni practicar la lucha. Aunque esta prohibición era generalmente respetada, no faltaron situaciones en las que algunos se vieron forzados a ignorarla o lo hicieron con gusto. Según José Luis Corral, profesor de Historia Medieval de la Universidad de Zaragoza: «Aunque el ideal eclesiástico parecía decir todo lo contrario, en realidad hubo clérigos de la época que combatieron con las armas como cualquier soldado de su tiempo, incluso había algunos obispos que eran muy famosos porque eran unos extraordinarios combatientes, unos soldados que manejaban muy bien la espada y la lanza…».

Sin embargo, la solución que tuvo más éxito fue buscar la asistencia de los caballeros para defenderse. Estos ejércitos de la fe fueron conocidos como defensores Ecclesiae o milites Ecclesiae («defensores de la Iglesia» o «soldados de la Iglesia»), cuya actividad era sufragada y se hacía bajo el amparo de la institución que requería sus servicios. En complejas ceremonias llenas de simbolismo, los monjes les entregaban las armas y el estandarte del santo patrón del monasterio bajo el que lucharían por defenderlo. Después tanto estos objetos como los propios guerreros eran bendecidos. Los caballeros se beneficiaban de no tener que pagar las armas, que eran financiadas por el monasterio, y de las ventajas espirituales que conllevaba servir a un señor sagrado.

Así la institución que criticaba a los guerreros movidos por instintos demoníacos comenzó a ofrecerles un medio para que redimiesen sus culpas y empleasen su oficio por una buena causa. Este giro en la percepción de la caballería, siempre que estuviese al servicio de la religión, se fue reforzando con el tiempo. Más adelante se suprimieron para estos soldados eclesiásticos la penitencia en caso de matar por defender a la Iglesia. Fue el primer paso para sacralizar la caballería, que se potenció sobremanera mediante la difusión del culto a santos de caracterización militar o caballeresca, como san Miguel o san Jorge, el santo caballero por excelencia.

Al tiempo que la Iglesia adoptaba una estrategia de intervención directa para protegerse de las agresiones, desplegó una importante actividad para intentar frenar la anarquía y el caos en que se había sumido Europa debido a las guerras privadas de los señores. En regiones especialmente afectadas por los desórdenes internos, como Aquitania y el Midi francés, y ante la debilidad del poder real, algunos prelados eclesiásticos tomaron la iniciativa de convocar las que se conocieron como «asambleas de paz». Gracias al apoyo de algunos nobles y de la mayoría de la población, los eclesiásticos reunían a amplios grupos de caballeros a los que hacían jurar sobre reliquias de santos que no atacarían las iglesias, ni a los clérigos ni a los indefensos. Tampoco podrían apropiarse de las rentas o propiedades eclesiásticas y tendrían que respetar las cosechas, viviendas y mercancías de los legos que no usasen armas. El objetivo de esta campaña eclesiástica era patente; en opinión de Flori: «Se trataba realmente de reservar y de circunscribir la guerra a los guerreros y de hacer que este ejercicio no interfiriera en la buena marcha de los negocios de la Iglesia, por una parte, y de los “trabajadores laicos” (campesinos y comerciantes), por otra». Esta serie de límites a la acción armada fueron agrupados bajo el nombre de «Paz de Dios», a la que pronto se añadió el de no luchar en los días en que era obligatoria la asistencia a los oficios religiosos, la llamada «Tregua de Dios». Ambas instituciones de paz poco a poco empezaron a expandirse por Europa gracias al apoyo de la jerarquía eclesiástica.

La pena para los que no respetasen estos términos y rompiesen su juramento era la excomunión y la persecución por parte de los milites Ecclesiae para hacerles cumplir con la penitencia que dictase un juez de la Iglesia. Entre las más llamativas de las que se introdujeron estaba la de obligar a los infractores a realizar una peregrinación penitencial a Jerusalén para limpiar su pecado. Un castigo muy en consonancia con la religiosidad propia de aquel tiempo. Aquellas asambleas de paz se desarrollaban en un clima de excitación religiosa, de fervor encendido por las reliquias y los santos, de tintes apocalípticos. Después de una larga etapa de guerras y devastación, la vivencia de la religión cristiana y su mensaje salvador ultraterreno por parte de quienes cargaban a sus espaldas tanto sufrimiento era un hecho palpable y cotidiano. Cuando la muerte es una compañera visible todos los días, la preocupación por la finitud de la vida ocupa un lugar muy destacado. Pero también es cierto que la actitud de la Iglesia hacia la religiosidad popular había cambiado en los últimos tiempos.

¿LUZ ENTRE LAS TINIEBLAS?

A mediados del siglo XI, la Iglesia romana estaba inmersa en un período de profunda renovación interna. Debido a la iniciativa de una serie de papas enérgicos, a partir del pontificado de León IX las autoridades eclesiásticas emprendieron una serie de importantes reformas. Su objetivo inmediato era lograr la emancipación de la Iglesia de cualquier injerencia externa. Durante las agitadas décadas del siglo y medio anterior se habían vuelto demasiado frecuentes los casos de cargos eclesiásticos que eran nombrados directamente por el señor feudal más próximo. Incluso algunos clérigos cedían a las presiones externas y accedían a vender sus cargos o las rentas y propiedades que llevaban anejos. La pobre impresión e incluso el escándalo que producían semejantes conductas se veían acentuados por las costumbres poco ejemplares y la escasa formación de parte del clero. La lucha contra el amancebamiento en que vivían muchos de sus miembros fue el estandarte de un amplio movimiento promovido por las autoridades con el objetivo de remediar esta situación.

La preocupación principal que subyacía a estas acciones no siempre había estado en las mentes de quienes debían velar por la salvación de sus fieles. Las décadas anteriores habían estado marcadas por el deseo de convertir al cristianismo romano a los reyes y caudillos de los pueblos que, procedentes de la periferia, habían comenzado a asentarse en la Europa cristiana. En ese momento el interés se había vuelto hacia los propios europeos. Era la forma que tenía la jerarquía de hacer caso a las señales de alarma que llevaban tiempo llegando desde dentro.

Desde finales del siglo X, algunos sectores de la Iglesia y de sus fieles demostraron una gran inquietud religiosa. Un primer signo fue una sorprendente proliferación de ermitaños. Aunque el movimiento eremítico era muy antiguo, hacía siglos que languidecía frente a la tendencia mayoritaria de que los monjes viviesen en comunidad. En aquel momento surgieron en los territorios de Francia y Germania occidental una serie de monjes que se apartaban del mundo para perseguir su ideal de perfección religiosa en la soledad más absoluta. Su pobreza, su independencia y la predicación que ejercían algunos de ellos les granjearon rápidamente la adhesión del pueblo. Empleaban un lenguaje nuevo en sus sermones, en el que el centro de atención se ponía en la salvación personal, usando como ejemplo las vidas heroicas de los santos y hablando de un Cristo cercano, humanizado y consolador de los afligidos. Su actividad generó una gran inquietud entre los prelados, ya que como recordaba Julio Valdeón Baruque, catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Valladolid, los eremitas eran «auténticos anarquistas de la vida religiosa que gozaban de una inmensa veneración popular».

Además, no eran los únicos que habían emprendido la búsqueda de un cristianismo más auténtico dentro de la Iglesia. En el año 910, el duque Guillermo de Aquitania había fundado un monasterio en Cluny, que entregó al respetado fray Bernon para que lo dirigiese como abad. Éste puso en marcha lo que acabaría por convertirse en una auténtica revolución en la Iglesia medieval. Impuso la regla que san Benito había redactado en el siglo VI con la intención de devolverla a su rigor original, enfatizando para ello la penitencia, la pobreza, la castidad y la obediencia que debían practicar los monjes. Como contrapeso, dejó algo de lado el trabajo manual en favor de la celebración de la liturgia y el trabajo intelectual.

Pero lo auténticamente radical fue que, frente a unos monasterios que llevaban siglos organizándose de forma individual e interpretando la regla a su manera, comenzó a crear nuevos monasterios subordinados y a someter otros existentes a su autoridad. Era la primera vez que se ponía en pie una organización monacal en Europa, una auténtica orden. Para más novedad, la puso bajo la dependencia directa al Papa, ya que antes cada monasterio debía obedecer al obispo de su diócesis. El éxito de la iniciativa prendió como la pólvora y los monasterios cluniacenses se diseminaron rápidamente por todo el continente.

Su ejemplo fue seguido además por otros monjes que, a lo largo del siglo XI, hicieron lecturas todavía más drásticas de la regla. En 1084, san Bruno fundaba cerca de Grenoble la Gran Cartuja, que se convertiría en la casa matriz de la orden homónima. En ella los hermanos se sometían a un silencio y una abstinencia perpetuos, así como a ayunos frecuentes. Pero el ejemplo más exitoso fue el de la Orden del Císter, los monjes de hábito blanco, creada por san Roberto de Molesmes con la fundación de la pequeña comunidad de Cîteaux en 1098. Seguían una rigurosa observancia de la regla benedictina como reacción a la relajación progresiva que estaba mostrando Cluny, haciendo hincapié en la austeridad de sus monasterios, la pobreza y el trabajo de la comunidad como único sustento. El éxito del ascetismo de estos monjes fue tal que el color de sus hábitos comenzó a verse como algo simbólico. Como recuerda el profesor Corral: «Los cistercienses visten de blanco, adoptan el hábito blanco como un símbolo de pureza, como un símbolo también de pobreza, pero a la vez un símbolo que representa la luz de Dios, que es una luz blanca».

Quizá la clave de su éxito residiese en su capacidad de combinar la tradición de la Iglesia con el nuevo espíritu religioso del momento. El deseo de cristianizar auténticamente a los europeos que habían mostrado los papas de la reforma había llevado a un mayor interés de las autoridades eclesiásticas en llegar al pueblo llano. La construcción de iglesias desde las que el Evangelio llegase a los campesinos de los pueblos y aldeas alcanzó gran intensidad. Sus fachadas comenzaron a esculpirse pronto con escenas de la historia sagrada para ilustrarles, en lo que constituían auténticas «biblias de los analfabetos». La Iglesia potenció el culto a los santos y las reliquias como una forma de acercar el mensaje del cristianismo reformado. Las pruebas de que éste estaba calando no tardarían en llegar.

Cada vez más hombres y mujeres daban muestras de querer llevar a la práctica el ideal de una vida apostólica, en el que la penitencia jugaba un papel clave. Una de las formas más factibles de hacer realidad esos deseos fue el de ponerse en marcha hacia alguno de los lugares especialmente vinculados a Cristo y los santos. Las peregrinaciones vivieron un auténtico auge popular. Los destinos tradicionales eran Jerusalén (donde había acontecido la pasión, muerte y resurrección de Cristo) y Roma (lugar del suplicio de san Pedro y otros muchos mártires). Pero pronto se les añadieron otros nuevos, entre los que el más destacado fue Santiago de Compostela, donde se había descubierto la tumba del apóstol Santiago el Mayor en el siglo IX.

En medio de ese ambiente de excitación espiritual no faltaron los milenaristas, partidarios de una corriente que aparecía intermitentemente en el cristianismo medieval. Defendían la inminencia de la segunda venida de Cristo para acabar con un mundo corrupto y violento del que sólo se salvarían los desheredados, auténticos testigos del verdadero mensaje del Redentor. Por tanto, avanzado el siglo XI se había extendido un fervor popular que contribuyó poderosamente a que la tensión religiosa se difundiese por toda la escala social. Este ánimo colectivo coincidió con la cristalización de un estado de opinión en el que se empezaba a ver con buenos ojos el ejercicio de la violencia en defensa de la fe. Semejante mezcla era sumamente inflamable y no podría permanecer estable por mucho tiempo. Sólo hacía falta una chispa para que se desatase el incendio que liberase una energía que la sociedad europea apenas podía contener. De forma inesperada para muchos, la chispa saltaría en Clermont, una tarde de noviembre de 1095.
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Dios lo quiere

La Orden del Temple fue la primera de las órdenes militares de la historia. Quienes se sumaban a ella abrazaban una dura vida cuyo sentido último era el propio sacrificio en nombre de Dios. Como verdaderos peregrinos, los templarios soñaban con llegar a Tierra Santa, a los lugares en que había transcurrido la vida y pasión de Jesucristo, para alcanzar la redención. Pero la expiación de sus pecados iba mucho más allá del simple sacrificio que el peregrinaje en sí implicaba. Su titánica tarea no era otra que la de restaurar el honor de Dios mancillado por la presencia de infieles en los Santos Lugares. Y para ello, la sola oración no era suficiente, ni siquiera bastaba la consagración religiosa de la vida. Los templarios se erigieron en el brazo armado de la justicia de Dios. Por la fuerza de sus armas, los infieles serían sometidos y la cristiandad, amenazada por ellos, recuperaría para sí las tierras que nunca debería haber perdido.

Sin embargo, la Orden del Temple nació en una Jerusalén ya conquistada para la cristiandad en una guerra hecha también en nombre de Dios: la cruzada. Y es que varias décadas antes de su surgimiento la cristiandad occidental se vio sacudida por un verdadero terremoto espiritual que llevó a la Iglesia a proclamar que ningún acto podría ser más puro que tomar las armas en defensa de Dios. Miles de personas respondieron al llamamiento que el papa Urbano II hizo a finales del año 1095 para liberar los Santos Lugares de la presencia musulmana. La génesis de la Orden del Temple resulta incomprensible sin detenerse en aquella respuesta, en sus razones y su justificación, pues es en la historia de la Primera Cruzada donde se encuentran las raíces de la mítica orden de los caballeros de Cristo.

Con triste frecuencia, los informativos y periódicos recogen noticias sobre atentados perpetrados por fundamentalistas. Se trata de personas convencidas de ciertas ideas de carácter religioso que excluyen cualquier otra percepción de la fe, la sociedad o la política ajenas a la propia. Su convencimiento llega a tal grado que no sólo consideran lícito, sino noble, la defensa de dichas ideas mediante la fuerza, incluso aunque el precio a pagar sea la propia vida. Desde la perspectiva actual de millones de personas en todo el mundo, tales comportamientos resultan difícilmente comprensibles o justificables, y sin embargo un paseo por nuestra propia historia nos sorprende con un pasado no tan distinto. Es bien cierto que las Cruzadas tuvieron lugar hace siglos, pero no es menos cierto que se llevaron a cabo en nombre de una religión, la cristiana, profundamente asentada en nuestra cultura y cuyo quinto mandamiento prohibía, entonces y ahora, matar.

La legitimación de la violencia es siempre una cuestión espinosa, y también lo fue para el cristianismo desde sus inicios, muy especialmente cuando desde finales del siglo IV pasó a convertirse en religión oficial del Imperio romano, es decir, religión oficial de un edificio político en el que la actividad bélica resultaba indispensable para la supervivencia. Ya a comienzos del siglo V, uno de los principales teóricos del cristianismo y padre de la Iglesia, san Agustín de Hipona, abordó el problema de la llamada «guerra justa», cuyos principios dejaría establecidos. Teólogos y canonistas, entre los que destaca san Isidoro de Sevilla, matizarían y completarían las ideas de san Agustín, dando así forma al concepto de guerra santa medieval sobre el que habría de descansar el de cruzada.

Tres eran los principios fundamentales que definían la guerra santa: la causa justa, es decir, la existencia de un motivo (por lo general, una agresión) que convirtiese el recurso a las armas en un acto moralmente aceptable e inevitable; la autoridad legítima, pues sólo a ella quedaba reservado el derecho de proclamarla, y la recta intención, ya que el objetivo de una guerra santa no podía ser otro que el de reparar una injusticia que de otro modo no podría ser corregida. No obstante, como recuerda el profesor de Historia Medieval de la Universidad Autónoma de Madrid Carlos de Ayala, «hasta mediados del siglo XI, el ejercicio de las armas, incluso en el contexto de una guerra justa y santa, comportaba penas espirituales»; es decir, quienes participaban en ellas después debían practicar penitencia. Pero este último asunto pronto habría de cambiar cuando de la mano de Urbano II cristalizase el concepto de cruzada.

La cruzada era un tipo especial de guerra santa que sólo podía ser proclamada por el Papa como cabeza de la cristiandad, cuyo objetivo era la liberación de los Santos Lugares y que contribuiría a la realización de las profecías apocalípticas sobre el final de los tiempos. Por todo ello, la cruzada, a diferencia de otras guerras santas, se convertía en un instrumento de salvación para quienes participaban en ella. Era en sí misma una forma de penitencia, de ahí que, al tener como meta la Tierra Santa, se concibiese como una suerte de peregrinaje redentor. «No se esperaba de ellos [de los cruzados] que emprendieran una gloriosa travesía, sino que se vistieran sencillamente como peregrinos y llevaran sus armas y armaduras en las alforjas de sus animales de carga», recuerda el catedrático y especialista en cruzadas Jonathan Riley-Smith. Quienes sobrevivían a la cruzada obtenían la remisión de las penas temporales por sus pecados, pero quienes morían en ella alcanzaban la salvación de forma directa, sin aguardar al Juicio Final, un privilegio hasta entonces reservado a los mártires y los santos.

Por otra parte, en el contexto de violencia generalizada característico del período comprendido entre principios del siglo X y mediados del XI, la posibilidad de convertir la actividad bélica, correctamente encauzada, en un acto de defensa de la fe se mostraba especialmente interesante. Sobre todo para una Iglesia que se encontraba en pleno proceso de reforma interna para consolidarse como poder hegemónico en Europa. La canalización adecuada de la violencia ya había sido abordada por la Iglesia con la creación de instituciones como la Tregua de Dios, pero la cruzada iba mucho más allá abriendo nuevos horizontes. Unos horizontes que, sin duda alguna, tenía en mente Urbano II cuando en la primavera del año 1095 recibió la visita de una peculiar embajada bizantina.

UNA DESESPERADA PETICIÓN

En marzo de 1095, obispos italianos, borgoñones, franceses y alemanes acudieron a Piacenza para asistir a un gran concilio convocado por el Papa. En la cabeza de Urbano II zumbaban los numerosos problemas a los que por entonces debía hacer frente la Iglesia y a los que desde la época de su predecesor, Gregorio VII, se trataba de dar respuesta con un importante movimiento de reforma interna. Entre esos problemas no era menor el de la quiebra de la cristiandad que venía arrastrándose desde 1054. En esa fecha, el enfrentamiento entre el pontífice romano y el patriarca de Constantinopla por cuestiones doctrinales terminó conduciendo al que se conoce como «Cisma de Oriente». La Iglesia bizantina quedó formalmente separada de la romana y el entonces Papa, León IX, excomulgó al emperador bizantino. Recuperar la unidad de la Iglesia bajo la hegemonía romana era una de las mayores prioridades de Urbano II cuando accedió al solio pontificio, razón por la que en 1089 levantó la excomunión impuesta a los emperadores bizantinos y en 1095 no dudó en invitar a los representantes del emperador Alejo I al Concilio de Piacenza.

Por entonces, el Oriente Próximo islámico se encontraba profundamente dividido. Dos grandes califatos, el fatimí de Egipto y el abasí de Bagdad, se repartían lo que hasta el siglo X había sido un único imperio y pugnaban por hacerse con el control de la estratégica región sirio-palestina (en la que se encontraba Tierra Santa). En 1095 ésta se encontraba bajo dominio turco, pues desde inicios del siglo XI los turcos selyúcidas habían logrado hacerse con el control efectivo del califato abasí. El empuje turco no sólo había puesto en jaque a los abasíes, sino también al Imperio bizantino cuyos territorios de Asia Menor habían logrado conquistar. Bizancio carecía de los recursos militares suficientes para afrontar la recuperación de sus posesiones anatolias, una cuestión que obsesionaba a Alejo I, empeñado en fortalecer el debilitado poder de los emperadores bizantinos.

En esa situación, la invitación pontificia a Piacenza no pudo resultar más oportuna. A través de sus embajadores, Alejo I hizo llegar una petición de auxilio al Papa. El emperador solicitaba la ayuda militar de la cristiandad latina y lo hacía empleando el mejor argumento posible: las comunidades cristianas de Oriente agonizaban bajo el yugo musulmán del que sólo conseguiría librarlas la ayuda militar de sus hermanos cristianos de Occidente. No era la primera vez que se producía una petición de auxilio de tales características. Ya en 1073 el emperador bizantino había solicitado apoyo militar al Papa instándole a recuperar los Santos Lugares, pero como recuerda Barbara Frale, «aunque Gregorio VII había pensado encabezar personalmente la expedición de auxilio a Tierra Santa para liberar el Santo Sepulcro, en 1085 murió sin haberse ocupado nunca de los detalles organizativos de la misión de socorro a Oriente».

Sin embargo, la solicitud de 1095 correría mejor suerte. El panorama descrito por la embajada bizantina no podía ser más sombrío. Se relataron pormenorizadamente las calamidades padecidas por los cristianos orientales, se insistió en la necesidad de recuperar para la cristiandad los lugares santos mancillados por los infieles, y no se ahorró ni un solo detalle que pudiese contribuir a convencer a los asistentes al concilio de lo patético y desesperado de la situación. Además, el emperador daba a entender su inclinación favorable a flexibilizar la situación de quiebra entre la Iglesia romana y la bizantina. Difícilmente el auditorio podía permanecer impasible ante tantos y tan seductores argumentos.

Los especialistas coinciden en señalar que el contenido de la embajada no respondía a la realidad de las comunidades cristianas bajo dominio musulmán. La convivencia de éstas con el islam había discurrido tradicionalmente por cauces tranquilos a excepción de situaciones puntuales y del período de gobierno del desequilibrado califa al-Hâquim (996-1021), que protagonizó persecuciones religiosas contra cristianos, judíos y musulmanes suníes y destruyó el Santo Sepulcro de Jerusalén en 1009. Pero fuera de estos episodios excepcionales, las comunidades cristianas de Oriente pudieron vivir libremente su fe y el fenómeno creciente de las peregrinaciones a Tierra Santa respondió a esa realidad de tolerancia. La entrada de los turcos en escena supuso un importante factor de inestabilidad interna que, como es lógico, también afectó a las comunidades cristianas, pero no conllevó un empeoramiento tan sustancial de su situación como para explicar la desesperada petición de ayuda de Bizancio.

Alejo I necesitaba, por encima de todo, el apoyo militar que podía proporcionarle el Papa para recuperar los territorios bizantinos tomados por los turcos, y supo recurrir a los argumentos más certeros para lograrlo. Sin embargo, como recuerda el profesor Ayala, «es evidente que las reglas de una llamativa propaganda se impusieron, y también lo es que dicha propaganda, que tanto influyó en el Papa y su entorno episcopal, acabó revolviéndose contra el emperador: éste esperaba de Occidente un buen número de disciplinados mercenarios, y acabó encontrándose con una masiva e incontrolable presencia de cruzados». Sin saberlo, Alejo I había puesto en marcha la maquinaria de la Primera Cruzada.

TOMAR LA CRUZ

Finalizado el Concilio de Piacenza, Urbano II estaba completamente persuadido tanto de las ventajas políticas que para su programa reformista supondría emprender la cruzada a Tierra Santa, como de la necesidad religiosa de abordarla. Con los ojos puestos en una nueva reunión conciliar que habría de tener lugar en la localidad francesa de Clermont en noviembre de 1095, el Papa inició un largo viaje. En su camino a Clermont recorrió buena parte de Francia aprovechando para tomar contacto con algunos personajes que, como el obispo de Le Puy o el conde Raimundo IV de Tolosa, más adelante desempeñarían un papel esencial en la Primera Cruzada. Como apunta el profesor Riley-Smith, «su itinerario después de su estancia en Piacenza demuestra que, tal como él mismo escribe, se proponía “estimular las mentes” de los nobles y caballeros de su tierra natal, Francia. […] Pasó por varias ciudades luciendo su corona, las cuales nunca, o casi nunca, habían visto un rey. Lo acompañaba un impresionante séquito compuesto de cardenales y altos cargos de la Iglesia católica, así como una hueste de arzobispos y obispos franceses, que producían un efecto deliberadamente teatral».

El 18 de noviembre dio comienzo el Concilio de Clermont. La asamblea tenía por objeto principal tratar de cuestiones relativas a las instituciones de paz promovidas por la Iglesia, y en ese contexto la discusión sobre la cruzada encontró su espacio perfecto. No en vano el primero de los cánones (decisiones doctrinales) aprobados por el concilio se dedicó a la consagración de la Paz de Dios como tregua formal e inviolable, y el segundo de ellos a la consagración de la cruzada como peregrinación redentora. Las decisiones adoptadas por el concilio no podían ser más relevantes, pues convertir la cruzada en una realidad suponía hacer efectiva una empresa que abarcaba al conjunto de la cristiandad. Consciente de ello, Urbano II preparó cuidadosamente la que habría de convertirse en la primera de las predicaciones de la cruzada.

El 27 de noviembre, una muchedumbre ansiosa congregada a las afueras de la ciudad esperaba escuchar el anuncio extraordinario prometido por el pontífice una semana antes. El atrio de la catedral de Clermont, en la que se había celebrado el concilio, con toda seguridad no habría sido suficiente para albergar al enorme grupo de autoridades eclesiásticas, civiles, nobles y campesinos allí reunidos. A todos ellos se dirigió el Papa con un apasionado y persuasivo discurso: los …

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