Washington y el FMLN: aprender a bailar

Washington y el FMLN: aprender a bailar

Por Héctor Silva Ávalos
Publicado el 19 de Marzo de 2014

Nadie duda ya aquí que Salvador Sánchez Cerén es el presidente electo de El Salvador y que el FMLN, que no tendrá que leerse ya a través del caleidoscopio Funes, hará gobierno con más propios que extraños. Nadie duda aquí que habrá que bailar con esa pareja en Centro América: la fragilidad de Honduras, la relación tensa con Otto Pérez en Guatemala y la silenciosa resignación ante la Nicaragua de Ortega, a los que se suman la creciente influencia de las comunidades salvadoreñas en Estados Unidos y asuntos estratégicos para Washington que seguirán pasando por El Salvador, como la interdicción de drogas a través del radar instalado en Comalapa, marcan ritmos que Washington no parece querer obviar. Y aunque la influencia de Caracas parece haber entrado al más complicado de sus capítulos tras los despropósitos del regimen venezolano, la sombra de China en la región es, también, un asunto a tratar por la comunidad estadounidense de política exterior.

Pero a Washington no le gusta bailar con la izquierda salvadoreña. Aun hoy, años después de las guerras de los 80. Viejos prejuicios ideológicos, la inercia que provoca haber tenido por aliada a la derecha criolla durante décadas y una agridulce relación con la administración de Mauricio Funes, han dejado al establishment político estadounidense los funcionarios de Obama y asistentes del Congreso que lidian con América Latina con pocas ideas sobre cómo relacionarse con el futuro gobierno de Salvador Sánchez Cerén, el guerrillero elegido presidente del pequeño país donde en 1983 Ronald Reagan dibujó la última frontera de su guerra contrinsurgente.

A falta de ritmos conocidos y casi con la certeza que los primeros pasos en la pista serán en seco, sin música, Washington empieza a preguntar con ansias sobre las posibles características del nuevo gobierno.

Del presidente electo la CIA y el Departamento de Defensa guardan viejos memos que lo perfilan como uno de los cinco comandantes del FMLN, heredero de las FPL de Marcial y Ana María. Dicen algunos de esos informes que Sánchez Cerén, el comandante Leonel González, es un hombre parco, cuyo liderazgo, sin haber sido estridente, fue importante en las rondas de negociaciones previas a la firma de los Acuerdos de Paz. Otros, más a la izquierda, añaden a ese perfil de hombre más bien discreto el adjetivo honesto. Entre asistentes legislativos y burócratas menos curtidos, el nuevo presidente es, en esencia, una incógnita. De todas estas fuentes, y a falta de nexos de comunicación fluidos entre el Frente y Washington, está extrayendo sus insumos la administración Obama.

Hoy, despejados algunos lugares comunes, exacerbados por la derecha local asociada al partido republicano o al lobby cubano-americano de la Florida, como el episodio de aquella manifestación en la que Sánchez Cerén participó y en la que simpatizantes de la izquierda salvadoreña quemaron una bandera estadounidense tras los atentados del 9 de septiembre de 2011, ha empezado en las riberas del Potomac una conversación un poco menos ideológica sobre el ex comandante que gobernará El Salvador.

“Lo de la bandera es importante para mucha gente, quizá una explicación sería oportuna… Sobre el resto de cosas que se han dicho, lo de la conexión con las FARC y todo eso, se entiende perfectamente que fue un intento de la derecha de aquí por influir en la campaña electoral”, reconoce un asistente legislativo cercano al partido demócrata.

Tras varias rondas de pláticas con funcionarios estadounidenses, en el Congreso y el Departamento de Estado, y con académicos y oenegés a la que los primeros acuden en busca de pistas, quedan claras tres líneas iniciales de preguntas que hay en la ciudad sobre ese al que ya Washington se refiere como el primer gobierno real del FMLN. Se habla del signo ideológico y programático del nuevo gobierno: ¿Es Sánchez Cerén un radical? ¿Quiénes serán sus principales influencias en política económica y exterior?; sobre la seguridad pública: ¿Qué hará el nuevo gobierno con la policía? ¿qué hará el gobierno respecto a la tregua? ¿cómo se relacionará el presidente electo con el ejército?; y sobre política exterior, área en que las preguntas empiezan, casi siempre, en Caracas, aunque no necesariamente terminen ahí: ¿Si el FMLN se alinea oficialmente con ALBA, será su retórica antiestadounidense? ¿Será El Salvador un modelo parecido al de Nicaragua -en el que Daniel Ortega tiene buenas relaciones con las fuerzas productivas e incluso con Washington, a pesar de la retórica?

A las preguntas sigue, en la plática, el menú de los temas salvadoreños inmediatos sobre los que en Washington se empieza a discutir desde que, a finales de 2013, empezaba a quedar claro que el FMLN tenía buenos chances de ganar la presidencia. Son tres: la relación del gobierno del Frente con los organismos mulilaterales, el segundo compacto de la Cuenta del Milenio (el Fomilenio 2) y el futuro de la tregua entre pandillas.

Sobre la relación con los organismos multilaterales, la primera cita importante será la próxima semana en Bahía, Brasil, donde en el marco de la reunión anual de gobernadores del BID pueden, según dos analistas independientes en Washington quienes pidieron no ser citados por sus nombres por no estar autorizados a hablar en público del tema, surgir las primeras preguntas del Fondo Monetario Internacional sobre los planes fiscales del FMLN, sobre el manejo de la deuda pública, sobre futuros préstamos y, lo más importante, pistas sobre las condiciones que el FMI puede poner para avalar líneas de financiamiento del BID y el Banco Mundial. Puedes haber, ahí, pistas de cómo el FMLN se posicione respecto a las multilaterales, y a las exigencias del FMI, que pueden incluir alzas en impuestos.

Desde el Congreso, la pregunta por el tema fiscal: Una pregunta constante aquí es si el gobierno del FMLN podría recurrir a financiamientos de otros socios, como China o Venezuela, lo que, a juicio de algunos, no sería una jugada inteligente, sobre todo cuando en Estados Unidos hay temas en la mesa como el Fomilenio y el Asocio para el Crecimiento.

Cuando la conversación llega a Fomilenio 2, el segundo compacto que la directiva de MCC ya aprobó el año pasado pero cuyo financiamiento sigue pendiente en el comité de apropiaciones de hacienda del senado, el asunto se ramifica hacia la relación de Washington con Funes y hacia el mapeo inicial de los aliados con los que el gobierno de Sánchez Cerén podría contar en Capitol Hill.

Desde el Congreso se aclara, también, que Fomilenio 2 es un tema inconcluso. Primero, el Departamento de Estado pidió congelar la discusión hasta que pasaran las elecciones en El Salvador y estuviese claro quién gobernará los próximos cinco años. “No porque la decisión pudiese cambiar dependiendo del ganador, sino sobre todo porque había quedado claro que antes de la elección no se resolverían algunos temas que son fundamentales, como la ley APP (Ley de Asocios Público-Privados, pendiente de aprobación final en la Asamblea Legislativa de El Salvador)”, dice un asistente. Luego, está claro que las dudas de (el senador Patrick) Leahy siguen sin aclararse. A mediados del año pasado, Leahy, un influyente legislador de Vermont objetó verbalmente la aprobación del segundo compacto para El Salvador debido a que, según él, instituciones públicas como la PNC eran presas de la corrupción y a que el gobierno del presidente Funes no hacía suficiente para combatir el crimen organizado. La directiva de MCC puede aprobar, pero el Congreso puede congelar los fondos. Las dudas siguen…

Y está el asunto de la tregua. Ya hay, en esta ciudad, matices diferentes al rechazo inicial que la administración Obama mostró frente al pacto, cuyo símbolo más importante es hasta ahora la nominación de la MS como organización criminal transnacional y de seis de sus miembros como “objetivos” de la fuerza pública estadounidense. En la USAID y en algunas oficinas del Departamento de Estado hoy ya se habla de “aproximaciones alternativas” que pueden significar devolver el financiamiento a programas sociales en zonas con alta presencia pandilleril. Hay dos visiones, una desde State y la AID, que puede ser más flexible, y otra de las agencias policiales, que es la que tenemos hasta ahora; así las explicaciones desde Capitol Hill.

“Todo lo que sobre la policía pidió Leahy y el tema de las negociaciones por la tregua… todo eso se puede abordar y creo que habrá flexibilidad. Hay que ver ahora el tema de las símbolos, de cómo se ve al FMLN desde aquí…”, dice un asistente legislativo que conoce la conversación en torno a El Salvador.

Y está, claro, el asunto de cómo el FMLN verá a Estados Unidos en su lista de prioridades. Desde esa perspectiva en la pista de baile, la del Frente, también es claro que no ha sido Washington un compañero fácil.

Así la partitura inicial.

Viejos socios y viejos hábitos

Puede parecer un sinsentido, pero no lo es. En Washington siguen vigentes los viejos conceptos y toda la narrativa oficial creada en torno al FMLN la última vez que El Salvador ocupó un lugar prioriatirio en la agenda estadounidense de política exterior. Cuando el 27 de abril de 1983 Ronald Reagan se dirigió a una sesión conjunta del Congreso ambas cámaras presentes para decir que el apoyo al ejército salvadoreño en su lucha contra la guerrilla era una apuesta de su gobierno por “la libertad” y “la seguridad” de los Estados Unidos, creó una especie de marco teórico de la política exterior que se vio fortalecida cuando los halcones de Bush ocuparon a Venezuela y a Hugo Chávez para volver a la narrativa dual de buenos y malos.

Mucho ha llovido desde entonces, pero aun hoy, en el segundo periodo de la administración Obama y con el Departamento de Estado dirigido por John Kerry, quien en los 80 fue un crítico importante de las políticas reaganistas, esos viejos ritmos de la Guerra Fría aun se escuchan en el sonido ambiente en Washington. Son viejos hábitos, difíciles de cambiar para una burocracia como la de la política exterior en esta ciudad que tiene 30 años dominados por funcionarios que heredaron todo el discurso reaganista o, en el mejor de los casos, por clintonitas de la era de Bill Clinton a los que no les importaba ya Centro América.

Cuando Funes ganó la presidencia, se vendió en Washington como un moderado, un Lulista. Y Washington compró. Con congresistas demócratas influyentes como aliados Leahy y Kerry en el senado y Jim McGovern en la Cámara Baja y con burócratas del Departamento de Estado abiertos a rechazar la vieja partitura maniquea, Funes se anotó tantos tempraneros, como la vista de Obama a San Salvador, el Asocio para el Crecimiento (AC) y el inicio de la gestión por Fomilenio 2.

Washington, luego, presionó a Funes para que removiera a Manuel Melgar de Justicia y Seguridad Pública; el tema se convirtió en punto de honor para seguir con la pláticas en torno al AC. Funes cedió y aprovechó para sacar al FMLN de todo el gabiente de seguridad e instalar como jefe a David Munguía Payés, un militar al que la Embajada de Estados Unidos en San Salvador había llamado buen aliado antes de 2009. Golpeado porque Munguía gestó la tregua pandillera sin avisarle, Washington terminó por renegar del general, de su gestión y de varios de sus oficiales protegidos en la PNC. Ese baile entre la izquierda y Estados Unidos empezó, entonces, a sonar ríspido.

Y vino luego la desconexión de Funes de aquellos aliados naturales de la izquierda en el congreso. De McGovern se distanció luego del nombramiento de Munguía. Y con Leahy protagonizó el presidente saliente un rifi-rafe público luego que el senador señalara a su gobierno por permitir y tolerar la corrupción.

Hoy, a favor del FMLN juega que tras el holgado triunfo de la primera vuelta y de la caída en desgracia del ex presidente Francisco Flores favorito de la derecha republicana tras las revelaciones del Taiwan-Gate, Washington empezó a entender con más matices el débil estado del instrumento político de la derecha salvadoreña.

Así la música. Así la partitura. El FMLN y Washington estarán a partir del primero de junio en una pista de baile inédita para ambos.

  • El autor es investigador asociado del Centro de Estudios Latinoamericanos de American University en Washington, DC.

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