1. Sobre el concepto de política. Nikos Poulantzas

Política e historia: lo político y la política

Aquí se dispone ya de suficiente número de elementos para intentar exponer el concepto de política en Marx, Engels y Lenin, y sus relaciones con la problemática del Estado. Hay que hacer, sin embargo, dos observaciones previas.

1] En este capítulo se intentará plantear los problemas de la teoría marxista general del Estado y de la lucha política de clases. Este capítulo, que trata sobre todo del problema general del Estado, precede, en el orden de exposición, al capítulo sobre las clases sociales y la lucha de clases. Y no por azar: no es, entiéndase bien, que pueda emprenderse en el orden lógico un examen del Estado sin referencia directa y simultánea a la lucha de clases, o que este orden de presentación corresponda a un orden histórico de existencia del Estado antes de la división de la sociedad en clases; es que las clases sociales constituyen el efecto, ya se verá en qué sentido exacto, de ciertos niveles de estructuras, de las que forma parte el Estado.

2] Se presentará ya la distinción entre la superestructura jurídico-política del Estado, lo que puede llamarse lo político, y las prácticas políticas de clase -lucha política de clase- , lo que puede llamarse la política. Sin embargo, no habrá que perder de vista que esta distinción se aclarará en el capítulo siguiente sobre las clases sociales, donde podrá fundamentarse la distinción y la relación entre las estructuras por una parte, y las prácticas de clase, o sea, el campo de la lucha de clases, por otra.

El problema de lo político y de la política se enlaza, en Marx, Engels y Lenin, con el problema de la historia.

En efecto, la posición marxista a este respecto depende de las dos proposiciones fundamentales de Marx y Engels en el Manifiesto comunista, según las cuales:

a)“Toda lucha de clases es una lucha política”, y b) “La lucha de clases es el motor de la historia”.

Está muy claro que puede hacerse una primera interpretación, de tipo historicista, de la relación de esas dos proposiciones.

Esta interpretación presupone finalmente el tipo hegeliano de “totalidad” y de “historia” ; se trata, en primer lugar, de un tipo de totalidad simple y circular, compuesta de elementos equivalentes, que se distingue radicalmente de la estructura compleja predominante que especifica el tipo de unidad marxista.

Se trata, en segundo lugar, de un tipo lineal de historicidad, cuya evolución está desde siempre contenida en el origen del concepto, identificándose el proceso histórico con el devenir del autodesenvolvimiento de la idea. En esa “totalidad”, la especificidad de los diversos elementos en cuestión está reducida a ese principio de unidad simple que es el Concepto cuya objetivación constituyen; la historia se reduce a un devenir simple cuyo principio de desarrollo es el paso “dialéctico” de la esencia a la existencia del concepto.

Pero puede hacerse, efectivamente, una interpretación historicista de las dos proposiciones marxistas que acaban de citarse. ¿Cuál sería su resultado? No serían comprendidos entonces en el dominio de lo político un nivel estructural particular y una práctica específica, sino en general el aspecto “dinámico” -“diacrónico”-de todo elemento, perteneciente a no importa qué nivel de estructuras o de prácticas de una formación social. Siendo el marxismo para el historicismo una ciencia “genética” del devenir en general, y siendo la política el motor de la historia, sería en último análisis una ciencia de la política -y hasta una “ciencia de la revolución”- identificada con el devenir unilineal simple.

De aquí se siguen varias consecuencias: a) Una identificación de la política y de la historia, b) Lo que puede llamarse sobreposición de los diversos niveles de las estructuras y de las prácticas sociales cuya especificidad, autonomía relativa y eficacia propia quedarían reducidas a su aspecto dinámico-histórico-político.

Lo político constituiría aquí el centro, o el denominador común y simple, a la vezde su unidad (totalidad) y de su desenvolvimiento: ejemplo particularmente sorprendente de ese resultado, la  famosa sobrepolitización del nivel teórico que llevó al esquema “ciencia burguesa-ciencia proletaria” , c) La abolición de la especificidad misma de lo político, su desmenuzamiento en todo elemento indistinto que rompería el equilibrio de la relación de las fuerzas de una formación.

Esas consecuencias tienen por resultado hacer superfluo el estudio teórico de las estructuras de lo político y de la práctica política, lo que conduce a la invariante ideológica voluntarismo-economismo, y a las diversas formas de revisionismo, reformismo, espontaneísmo, etc.

En resumen, lo político, en una concepción histórica del marxismo, desempeña con toda exactitud el papel que reviste finalmente el Concepto en Hegel. No me ocuparé aquí de las formas concretas que reviste esa problemática. No haré más que dos citas para situar el problema.

Una procede de Gramsci, cuyos análisis políticos, siempre preciosos, con frecuencia están empañados por el historicismo de Croce y de Labriola. Esta cita ilustra las consecuencias señaladas:

“La primera cuestión que hay que plantear y resolver en un estudio sobre Maquiavelo es la de lo político como ciencia autónoma, es decir, del lugar que la ciencia política ocupa o debe ocupar en una concepción sistemática del mundo …, en una filosofía de la praxis. El progreso que, a este propósito, hicieron los estudios sobre Maquiavelo y la ciencia política por obra de Croce, consiste sobre todo. . . en haber disipado una serie de falsos problemas, inexistentes o mal planteados. Croce se fundó en la distinción de los momentos del espíritu y en la afirmación de un momento de la práctica, de un espíritu práctico, autónomo e independiente, aunque enlazado circularmente con la realidad entera por la dialéctica de los distintos.

En una filosofía de la praxis, la distinción no se hará ciertamente entre los momentos del Espíritu absoluto, sino» entre los grados de la superestructura, y se tratará, pues, de establecer la posición dialéctica de la actividad política (y de la ciencia correspondiente) como grado determinado de la superestructura: podrá decirse a título de primera indicación y de aproximación que la actividad política es precisamente el primer momento o primer grado, el momento en que la superestructura está aún en la fase inmediata de simple afirmación voluntaria, indistinta y elemental.

¿En qué sentido puede establecerse una identidad entre la política y la historia, y por consiguiente entre el conjunto de la vida y la política? ¿Cómo, en ese caso, podrá concebirse todo el sistema de las superestructuras como diferencia de la política, y cómo se justificará entonces la introducción del concepto de diferencia en una filosofía de la praxis?. . . Concepto de ‘bloque histórico’, es decir, de la unidad de estructura y superestructura, unidad de los contrarios y de los diferentes. . . ”[1]

Ya se ven apuntar, en esta cita de Gramsci, las consecuencias señaladas del historicismo, que conducen aquí, como por otra parte ocurrió con el izquierdismo teórico del decenio de los veinteLukács, Korsch, etcétera-, a una sobrepolitización de carácter voluntarista: es el equivalente del economismo en la misma problemática.[2]

Tomo una segunda cita a T. Parsons, maestro de la tendencia “funcionalista” de la sociología actual, tendencia sobre la cual volveremos extensamente, porque, influida por el historicismo de M. Weber, rige los análisis de la ciencia política moderna: [3] es sorprendente comprobar que conduce, por razón precisamente de sus principios teóricos comunes con el historicismo marxista, a resultados análogos relativos a lo político y la política:

“…no podría abordarse el estudio de la política apoyándose en una concepción teórica reservada a ese problema, por la sencilla razón de que la política constituye un centro de unificación de todos los elementos analíticos del sistema social, y no se la podría reconocer a ella misma como uno de esos elementos particulares”.[4]

Se verá a continuación que el funcionalismo constituye, de hecho, en el plano epistemológico, la continuación directa de la concepción historicista general: se ve claramente la reducción que se produce de lo político, el cual, por otra parte, se convierte aquí, en tanto que principio simple de la totalidad social, en el principio de su desenvolvimiento, en la perspectiva sincronía-diacronía que caracteriza al funcionalismo.

En la concepción antihistoricista de la problemática original del marxismo debe situarse lo político en la estructura de una formación social, por una parte en cuanto nivel específico, por otra parte, sin embargo, en cuanto nivel decisivo en que se reflejan y condensan las contradicciones de una formación, a fin de comprender exactamente el carácter antihistórico de la proposición según la cual es la lucha de clases la que constituye el motor de la historia.

Comencemos por este último punto, puesto en evidencia por Althusser, quien demostró, como se recordará que para el marxismo no es un tipo universal y ontológico de historia, un principio de génesis referente a un asunto, lo que constituye el principio de inteligibilidad del proceso de transformación de las sociedades, sino el concepto teóricamente construido de un modo de producción dado en cuanto todo-complejo-con predominio.

A partir de este concepto nos es dado el materialismo histórico, y puede construirse el concepto de historia que no tiene nada que ver con un devenir lineal simple. Así como los niveles de estructuras y de prácticas presentan, en el interior de la unidad de un modo de producción y de una formación social históricamente determinada, una especificidad propia, una| autonomía relativa y una eficacia particular, presentan temporalidades de ritmos y escansiones diferenciales.[5]

Los diversos niveles de una formación social están caracterizados por un desarrollo desigual, rasgo esencial de la relación de esas temporalidades diferenciales en la estructura, por diferencias de fases o etapas que son el fundamento de la inteligibilidad de una formación y de su desarrollo. En esa medida, las transformaciones de una formación y la transición son captadas por el concepto de una historia de temporalidades diferenciales.

Tratemos de ver el lugar que corresponde, en ese contexto, a lo político, y más particularmente a la práctica política. El concepto de práctica reviste aquí el sentido de un trabajo de transformación sobre un objeto (materia prima) determinado, cuyo resultado es la producción de algo nuevo (el producto) que constituye, o por lo menos, puede constituir, una ruptura con los elementos ya dados del objeto.

Pero, ¿cuál es a este respecto la especificidad de la práctica política? Esa práctica tiene por objeto específico “el momento actual”[6] como decía Lenin, es decir, el punto nodal en que se condensan las contradicciones de los diversos niveles de una formación en las relaciones complejas regidas por la sobredeterminación, por sus diferencias de etapas y su desarrollo desigual. Ese momento actual es, pues, una coyuntura, el punto estratégico, en que se fusionan las diversas contradicciones en cuanto reflejan la articulación que especifica una estructura con predominio.

El objeto de la práctica política, tal como aparece en el desarrollo del marxismo por Lenin, es el lugar en donde finalmente se fusionan las relaciones de las diversas contradicciones, relaciones que especifican la unidad de la estructura; el lugar a partir del cual puede descifrarse, en una situación concreta, la unidad de la estructura y actuar sobre ella para transformarla.

Con eso esta dicho que el objeto sobre el cual versa la práctica política depende de los diversos niveles sociales –la practica política versa a la vez sobre lo económico, sobre lo ideológico, sobre lo teórico y sobre lo político en sentido estricto— en su relación, que constituye una coyuntura.

Se sigue de ahí una segunda consecuencia en lo que concierne a la política en sus relaciones con la historia.

La práctica política es el motor de la historia en la medida en que su producto constituye finalmente la transformación de la unidad de una formación social, en sus diversas etapas y fases. Esto, no obstante, no enun sentido historicista: la práctica política es la quetransforma la unidad, en la medida en que su objetoconstituye el punto nodal de condensación de las contradicciones de los diversos niveles, de historicidad propias y de desarrollo desigual.

Esos análisis son importantes para situar el concepto de lo político, y más particularmente de la práctica política, en la problemática original del marxismo: sin embargo, es preciso completarlos sobre un punto. En efecto, tales análisis, relativos al objeto y al producto de la práctica política, no pueden bastar para situar exactamente la especificidad de lo político: deben completarse con una concepción adecuada de la superectructura política.[7]

Pues, en realidad, contentándose con definir lo político simplemente como práctica de objeto y producto definidos, siempre se corre el riesgo de diluir su especificidad, de acabar identificando como político todo lo que “transforma” a una unidad dada. Olvidando el examen teórico de las estructuras políticas, se corre el peligro de errar el momento actual de la coyuntura y caer en ese “momento” de que hablaba, planteando claramente el problema, Gramsci. En suma, si se quiere superar definitivamente un historicismo de lo político no basta limitarse al análisis histórico del objeto de la práctica política, es preciso también situar, en el interior de una formación social, el lugar y la función específicos del nivel de las estructuras políticas que son  su objetivo: sólo en esa medida podrá mostrarse la  superdeterminación por lo político en sus relaciones con una historia diferencial.

Entremos en lo vivo del problema:  las estructuras políticas -lo que se llama superestructura política— de un modo de producción y de una formación social constituyen el poder institucionalizado del Estado. En efecto, siempre que Marx, Engels, Lenin o Gramsci hablan de lucha (práctica) política distinguiéndola de la lucha económica, consideran expresamente su especificidad en relación con su objetivo particular que es el Estado, en cuanto nivel específico de estructuras de una formación social.

En este sentido se encuentra, en efecto, en los clásicos del marxismo, una definición general de la política. Se trata muy precisamente de la concepción indicada de la práctica política: ésta tiene por objeto el momento actual, produce las transformaciones -o quizás la conservación- de la unidad de una formación, pero en la única medida exacta en que tiene por blanco, por “objetivo” estratégico específico, las estructuras políticas del Estado.[8]

Así, Marx nos dice: “El movimiento político de la clase obrera tiene… como objetivo final [Endzweck] la toma del poder político” .[9] También precisamente en este sentido debe entenderse la frase de Lenin: No basta decir que la lucha de clases no llega a ser una verdadera lucha, consecuente, desplegada, sino el día en que abarca el dominio de la política…Para el marxismo, la lucha de clases no se convierte en una lucha totalmente desplegada del conjunto de la nación más que el día en que no sólo abarca la política sino que se dirige al dominio de lo esencial: la estructura del  Estado.”[10]

Lo que realmente resalta en esta cita es que ese objetivo del poder del Estado es la condición de la especificidad de la práctica política. Señalemos aún, a este respecto, la posición de Lenin en sus textos de 1918 relativos al problema del “doble poder” del Estado de los soviets. En realidad Lenin sigue considerando aquí también, el objetivo de la práctica política enlazado con la superestructura del Estado. En efecto, la consigna  “Todo el poder a los soviets” está enlazada en el pensamiento de Lenin, al hecho de que considera a los “soviets” “segundo Estado”. Se advertirá la diferencia entre poder del Estado y aparato del Estado. Lo que nos interesa aquí, es que esa consigna no procede del hecho de que los soviets estén dominados por los bolcheviques -en realidad los soviets, en la fecha de la consigna, estaban dominados por los mencheviques-, sino de que los soviets constituyen un aparato de Estado que asume funciones del Estado oficial, de que constituyen el Estado real. De donde la conclusión: hay que fortalecer a este segundo Estado y tener por objetivo tomarlo en cuanto Estado: “La esencia verdadera de la Comuna no está donde la buscan en general los burgueses, sino en la creación de un tipo particular de Estado. Pero un Estado de ese género ya nació en Rusia: son los soviets…[11]

Estos análisis de Lenin proceden, por lo demás, de su posición teórica relativa a la diferencia -y la relación- de la lucha económica y de la lucha política, tal como la había definido ya esencialmente en ¿Qué hacer?: “La socialdemocracia dirige la lucha de la clase obrera…en sus relaciones no sólo con un grupo de patronos, sino también con…el Estado como fuerza política organizada. Se sigue, pues, de ahí que los socialdemócratas no pueden limitarse a la lucha económica”…,o también: “Las rebeliones políticas son una declaración de guerra al gobierno con el mismo título que las rebeliones económicas son una declaración de guerra a los fabricantes”.[12]


[1] Este texto está citado según las Oeuvres choisis de las Éd. Sociales (pp. 197 ss). Sobre la identificación, en Gramsci, de la “ ciencia” y de la “ filosofía de la praxis” con la política véanse: II materialismo storico e la filosofia di B. Croce, Einaudi, pp. 117 jí, y Note sul Machiavelli, sulla politica e sullo Stato moderno, Einaudi, pp. 79 ss, 142 ss.

[2] A este respecto, remito a los análisis de Althusser en Para leer E l capital, 1969.

[3] T h e Social System , Glencoe, 1951, pp. 1 2 6 « .

[4] En efecto, esta corriente no sólo está directamente afiliada

al historicismo, sino que se presenta, a través de la importancia que reviste, como la “alternativa” del marxismo. Como advierte Runcirnann en su excelente libro Social Science and Political Theory , 1965, p. 109 :  “ En ciencia política no existe realmente, aparte del marxismo, más que un solo candidato serio para una teoría general de la sociedad. . . Sus partidarios declaran que existe otra serie de proposiciones generales que proporcionan una explicación mejor del comportamiento político que el marxismo . . . Se trata del funcionalismo…”  O también, p. 1 2 2 : “ Sigue en pie el hecho de que alguna forma de funcionalismo es la única alternativa actual del marxismo, como base de una teoría general en ciencia política” .

[5] Para la distinción entre modo d e producción y formación social, esencial para el problema del concepto de historia, véase la Introducción.

[6] “L a dialéctica materialista” , en La revolución teórica de Marx. Hay que señalar, sin embargo, que ese concepto de práctica no es todavía, en el estado actual de las investigaciones, más que un concepto práctico (técnico ).

[7] Se trata de lo que puede llamarse “ superestructura jurídico-política del Estado” , a condición de señalar esto: esa expresión engloba demasiado esquemáticamente dos realidades diferentes, dos niveles relativamente autónomos, a saber, las estructuras jurídicas -el derecho- y las estructuras políticas- el Estado.  Su empleo es legítimo en la medida en que los clásicos del marxismo establecieron de manera efectiva la relación estrecha de esos dos niveles: ese empleo no debe hacernos olvidar por eso que la expresión abarca dos niveles relativamente distintos, cuya combinación concreta depende del modo de producción y de la formación social en cuestión. Deberá tenerse en cuenta esta observación cuando se emplee dicha expresión.

[8] Se puede, pues, perfectamente suscribir la definición que da M . Verret de la política: “ L a práctica política es la práctica de la dirección de la lucha de clases por y en el Estado (Theorie et politique, e.d. Sociales, 1967,pág. 1944). Dentro de un instante abordaremos la cuestión de la relación entre la política y el Estado, tal como la plantea la antropología política actual.

[9] Carta a Bolte del 29 de noviembre de 1871.

[10] Lenin, Oeuvres completes, Éd. Sociales, t. 19.

[11] Theses d ’Abril, “ Lettre sur la tactique” .

[12] Más particularmente sobre la relación lucha económica- lucha política, véase infra, pp. 9 7 y 108.

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