LA ERA DEL IMPERIO (1875-1914) Capítulo 3 La era del imperio

Sólo la confusión política total y el optimismo ingenuo pueden impedir el reconocimiento de que los esfuerzos inevitables por alcanzar la expansión comercial por parte de todas las naciones civilizadas burguesas, tras un período de transición de aparente competencia pacífica, se aproximan al punto en que sólo el poder decidirá la participación de cada nación en el control económico de la Tierra y, por tanto, la esfera de acción de su pueblo y, especialmente, el potencial de ganancias de sus trabajadores.

MAX WEBER, 1894

“Cuando estés entre los chinos afirma [el emperador de Alemania], recuerda que eres la vanguardia del cristianismo afirma. Hazle comprender lo que significa nuestra civilización occidental. […] Y si por casualidad consigues un poco de tierra, no permitas que los franceses o los rusos te la arrebaten.” Mr. Dooleyís Philosophy

1 Un mundo en el que el ritmo de la economía estaba determinado por los países capitalistas desarrollados o en proceso de desarrollo existentes en su seno tenía grandes probabilidades de convertirse en un mundo en el que los países “avanzados” dominaran a los “atrasados”: en definitiva, un mundo imperialista. Pero, paradójicamente, al período transcurrido entre 1875 y 1914 se le puede calificar como era del imperio no sólo porque en él se desarrolló un nuevo tipo de imperialismo, sino también por otro motivo ciertamente anacrónico. Probablemente, fue el período de la historia moderna en que hubo mayor número de gobernantes que se autotitulaban oficialmente “emperadores” o que fueran considerados por los diplomáticos occidentales como merecedores de ese título.

En Europa, se reclamaban de ese título los gobernantes de Alemania, Austria, Rusia, Turquía y (en su calidad de señores de la India) el Reino Unido. Dos de ellos (Alemania y el Reino Unido/la India) eran innovaciones del decenio de 1870. Compensaban con creces la desaparición del “Segundo Imperio” de Napoleón III en Francia. Fuera de Europa, se adjudicaba normalmente ese título a los gobernantes de China, Japón, Persia y tal vez en este caso con un grado mayor de cortesía diplomática internacional a los de Etiopía y Marruecos. Por otra parte, hasta 1889 sobrevivió en Brasil un emperador americano. Podrían añadirse a esa lista uno o dos “emperadores” aún más oscuros. En 1918 habían desaparecido cinco de ellos. En la actualidad (1988) el único sobreviviente de ese conjunto de supermonarcas es el de Japón, cuyo perfil político es de poca consistencia y cuya influencia política es insignificante. (a) Desde una perspectiva menos trivial, el período que estudiamos es una era en que aparece un nuevo tipo de imperio, el imperio colonial. La supremacía económica y militar de los países capitalistas no había sufrido un desafío serio desde hacía mucho tiempo, pero entre finales del siglo XVII y el último cuarto del siglo XIX no se había llevado a cabo intento alguno por convertir esa supremacía en una conquista, anexión y administración formales. Entre 1880 y 1914 ese intento se realizó y la mayor parte del mundo ajeno a Europa y al continente americano fue dividido formalmente en territorios que quedaron bajo el gobierno formal o bajo el dominio político informal de uno y otro de una serie de Estados, fundamentalmente el Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, los Países Bajos, Bélgica, los Estados Unidos y Japón. Hasta cierto punto, las víctimas de ese proceso fueron los antiguos imperios preindustriales sobrevivientes de España y Portugal, el primero pese a los intentos de extender el territorio bajo su control al noroeste de Africa más que el segundo. Pero la supervivencia de los más importantes territorios portugueses en Africa (Angola y Mozambique), que sobrevivirían a otras colonias imperialistas, fue consecuencia, sobre todo, de la incapacidad de sus rivales modernos para ponerse de acuerdo sobre la manera de repartírselo. No hubo rivalidades del mismo tipo que permitieran salvar los restos del Imperio español en América (Cuba, Puerto Rico) y en el Pacífico (Filipinas) de los Estados Unidos en 1898. Nominalmente, la mayor parte de los grandes imperios tradicionales de Asia se mantuvieron independientes, aunque las potencias occidentales establecieron en ellos “zonas de influencia” o incluso una administración directa que en algunos casos (como el acuerdo anglorruso sobre Persia en 1907) cubrían todo el territorio. De hecho, se daba por sentada su indefensión militar y política. Si conservaron su independencia fue bien porque resultaban convenientes como Estadosalmohadilla (como ocurrió en Siam la actual Tailandia, que dividía las zonas británica y francesa en el sureste asiático, o en Afganistán, que separaba al Reino Unido y Rusia), por la incapacidad de las potencias imperiales rivales para acordar una fórmula para la división, o bien por su gran extensión. El único Estado no europeo que resistió con éxito la conquista colonial formal fue Etiopía, que pudo mantener a raya a Italia, la más débil de las potencias imperiales.

Dos grandes zonas del mundo fueron totalmente divididas por razones prácticas: Africa y el Pacífico. No quedó ningún Estado independiente en el Pacífico, totalmente dividido entre británicos, franceses, alemanes, neerlandeses, norteamericanos y todavía en una escala modesta japoneses. En 1914, Africa pertenecía en su totalidad a los imperios británico, francés, alemán, belga, portugués, y, de forma más marginal, español, con la excepción de Etiopía, de la insignificante república de Liberia en el Africa occidental y de una parte de Marruecos, que todavía resistía la conquista total. Como hemos visto, en Asia existía una zona amplia nominalmente independiente, aunque los imperios europeos más antiguos ampliaron y redondearon sus extensas posesiones: el Reino Unido, anexionando Birmania a su imperio indio y estableciendo o reforzando la zona de influencia en el Tibet, Persia y la zona del golfo Pérsico; Rusia, penetrando más profundamente en el Asia central y (aunque con menos éxito) en la zona de Siberia lindante con el Pacífico en Manchuria; los neerlandeses, estableciendo un control más estricto en regiones más remotas de Indonesia. Se crearon dos imperios prácticamente nuevos: el primero, por la conquista francesa de indochina iniciada en el reinado de Napoleón III, el segundo, por parte de los japoneses a expensas de China en Corea y Taiwan (1895) y, más tarde, a expensas de Rusia, si bien a escala más modesta (1905). Sólo una gran zona del mundo pudo sustraerse casi por completo a ese proceso de reparto territorial. En 1914, el continente americano se hallaba en la misma situación que en 1875 o que en el decenio de 1820: era un conjunto de repúblicas soberanas, con la excepción de Canadá, las islas del Caribe, y algunas zonas del litoral caribeño. Con excepción de los Estados Unidos, su status político raramente impresionaba a nadie salvo a sus vecinos. Nadie dudaba de que desde el punto de vista económico eran dependencias del mundo desarrollado. Pero ni siquiera los Estados Unidos, que afirmaron cada vez más su hegemonía política y militar en esta amplia zona, intentaron seriamente conquistarla y administrarla. Sus únicas anexiones directas fueron Puerto Rico (Cuba consiguió una independencia nominal) y una estrecha franja que discurría a lo largo del canal de Panamá, que formaba parte de otra pequeño República, también nominalmente independiente, desgajada a esos efectos del más extenso país de Colombia mediante una conveniente revolución local. En Latinoamérica, la dominación económica y las presiones políticas necesarias se realizaban sin una conquista formal. El continente americano fue la única gran región del planeta en la que no hubo una seria rivalidad entre las grandes potencias. Con la excepción del Reino Unido, ningún Estado europeo poseía algo más que las dispersas reliquias (básicamente en la zona del Caribe) de imperio colonial del siglo XVIII, sin gran importancia económica o de otro tipo. Ni para el Reino Unido ni para ningún otro país existían razones de peso para rivalizar con los Estados Unidos desafiando la Doctrina Monroe (b) . Este reparto del mundo entre un número reducido de Estados, que da su título al presente volumen, era la expresión más espectacular de la progresiva división del globo en fuertes y débiles (“avanzados” y “atrasados”, a la que ya hemos hecho referencia). Era también un fenómeno totalmente nuevo. Entre 1876 y 1915, aproximadamente una cuarta parte de la superficie del planeta fue distribuida o redistribuida en forma de colonias entre media docena de Estados. El Reino Unido incrementó sus posesiones a unos diez millones de kilómetros cuadrados, Francia en nueve millones, Alemania adquirió más de dos millones y medio y Bélgica e Italia algo menos. Los Estados Unidos obtuvieron unos 250.000 km 2 de nuevos territorios, fundamentalmente a costa de España, extensión similar a la que consiguió Japón con sus anexiones a costa de China, Rusia y Corea. Las antiguas colonias africanas de Portugal se ampliaron en unos 750.000 km 2 ; por su parte, España, que resultó un claro perdedor (ante los Estados Unidos), consiguió, sin embargo, algunos territorios áridos en Marruecos y el Sahara occidental. Más difícil es calibrar las anexiones imperialistas de Rusia, ya que se realizaron a costa de los países vecinos y continuando con un proceso de varios siglos de expansión territorial del Estado zarista; además, como veremos, Rusia perdió algunas posesiones a expensas de Japón. De los grandes imperios coloniales sólo los Países Bajos no pudieron, o no quisieron, anexionarse nuevos territorios, salvo ampliando su control sobre las islas indonesias que les pertenecían formalmente desde hacía mucho tiempo. En cuanto a las pequeñas potencias coloniales, Suecia liquidó la única colonia que conservaba, una isla de las Indias Occidentales, que vendió a Francia, y Dinamarca actuaría en la misma línea, conservando únicamente Islandia y Groenlandia como dependencias. Lo más espectacular no es necesariamente lo más importante. Cuando los observadores del panorama mundial a finales del decenio de 1890 comenzaron a analizar lo que, sin duda alguna, parecía ser una nueva fase en el modelo de desarrollo nacional e internacional, totalmente distinta de la fase liberal de mediados de la centuria, dominada por el librecambio y la libre competencia, consideraron que la creación de imperios coloniales era simplemente uno de sus aspectos. Para los observadores ortodoxos se abría, en términos generales, una nueva era de expansión nacional en la que (como ya hemos sugerido) era imposible separar con claridad los elementos políticos y económicos y en la que el Estado desempeñaba un papel cada vez más activo y fundamental tanto en los asuntos domésticos como en el exterior. Los observadores heterodoxos analizaban más específicamente esa nueva era como una nueva fase de desarrollo capitalista, que surgía de diversas tendencias que creían advertir en ese proceso. El más influyente de esos análisis del fenómeno que pronto se conocería como “imperialismo”, el breve libro de Lenin de 1916, no analizaba “la división del mundo entre las grandes potencias” hasta el capítulo 6 de los diez de que constaba.

De cualquier forma, si el colonialismo era tan sólo un aspecto de un cambio más generalizado en la situación del mundo, desde luego era un aspecto más aparente. Constituyó el punto de partida para otros análisis más amplios, pues no hay duda de que el término imperialismo se incorporó al vocabulario político y periodístico durante los años 1890 en el curso de los debates que se desarrollaron sobre la conquista colonial. Además, fue entonces cuando adquirió, en cuanto concepto, la dimensión económica que no ha perdido desde entonces. Por esa razón, carecen de valor las referencias a las normas antiguas de expansión política y militar en que se basa el término. En efecto, los emperadores y los imperios eran instituciones antiguas, pero el imperialismo era un fenómeno totalmente nuevo. El término (que no aparece en los escritos de Karl Marx, que murió en 1883) se incorporó a la política británica en los años 1870 y a finales de ese decenio era considerado todavía como un neologismo. Fue en los años 1890 cuando la utilización del término se generalizó. En 1900, cuando los intelectuales comenzaron a escribir libros sobre este tema, la palabra imperialismo estaba, según uno de los primeros de estos autores, el liberal británico J. A. Hobson, “en los labios de todo el mundo […] y se utiliza para indicar el movimiento más poderoso del panorama político actual del mundo occidental”. En resumen, era una voz nueva ideada para describir un fenómeno nuevo. Este hecho evidente es suficiente para desautorizar a una de las muchas escuelas que intervinieron en el debate tenso y muy cargado desde el punto de vista ideológico sobre el “imperialismo”, la escuela que afirma que no se trataba de un fenómeno nuevo, tal vez incluso que era una mera supervivencia precapitalista. Sea como fuere, lo cierto es que se consideraba como una novedad y como tal fue analizado.

Los debates que rodean a este delicado tema, son tan apasionados, densos y confusos, que la primera tarea del historiador ha de ser la de aclararlos para que sea posible analizar el fenómeno en lo que realmente es. En efecto, la mayor parte de los debates se ha centrado no en lo que sucedió en el mundo entre 1875 y 1914, sino en el marxismo, un tema que levanta fuertes pasiones. Ciertamente, el análisis del imperialismo, fuertemente crítico, realizado por Lenin se convertiría en un elemento central del marxismo revolucionario de los movimientos comunistas a partir de 1917 y también en los movimientos revolucionarios del “tercer mundo”. Lo que ha dado al debate un tono especial es el hecho de que una de las partes protagonistas parece tener una ligera ventaja intrínseca, pues el término ha adquirido gradualmente y es difícil que pueda perderla una connotación peyorativa. A diferencia de lo que ocurre con el término democracia, al que apelan incluso sus enemigos por sus connotaciones favorables, el “imperialismo” es una actividad que habitualmente se desaprueba y que, por lo tanto, ha sido siempre practicada por otros. En 1914 eran muchos los políticos que se sentían orgullosos de llamarse imperialistas, pero a lo largo de este siglo los que así actuaban han desaparecido casi por completo.

El punto esencial del análisis leninista (que se basaba claramente en una serie de autores contemporáneos tanto marxistas como no marxistas) era que el nuevo imperialismo tenía sus raíces económicas en una nueva fase específica del capitalismo, que, entre otras cosas, conducía a “la división territorial del mundo entre las grandes potencias capitalistas” en una serie de colonias formales e informales y de esferas de influencia. Las rivalidades existentes entre los capitalistas que fueron causa de esa división engendraron también la primera guerra mundial. No analizaremos aquí los mecanismos específicos mediante los cuales el “capitalismo monopolista” condujo al colonialismo

las opiniones al respecto diferían incluso entre los marxistas ni la utilización más reciente de esos análisis para formar una “teoría de la dependencia” más global a finales del siglo XX. Todos esos análisis asumen de una u otra forma que la expansión económica y la explotación del mundo en ultramar eran esenciales para los países capitalistas.

Criticar esas teorías no revestía un interés especial y sería irrelevante en el contexto que nos ocupa. Señalemos simplemente que los análisis no marxistas del imperialismo establecían conclusiones opuestas a las de los marxistas y de esta forma han añadido confusión al tema. Negaban la conexión específica entre el imperialismo de finales del siglo XIX y del siglo XX con el capitalismo general y con la fase concreta del capitalismo que, como hemos visto, pareció surgir a finales del siglo XIX. Negaban que el imperialismo tuviera raíces económicas importantes, que beneficiaría económicamente a los países imperialistas y, asimismo, que la explotación de las zonas atrasadas fuera fundamental para el capitalismo y que hubiera tenido efectos negativos sobre las economías coloniales. Afirmaban que el imperialismo no desembocó en rivalidades insuperables entre las potencias imperialistas y que no había tenido consecuencias decisivas sobre el origen de la primera guerra mundial. Rechazando las explicaciones económicas, se concentraban en los aspectos psicológicos, ideológicos, culturales y políticos, aunque por lo general evitando cuidadosamente el terreno resbaladizo de la política interna, pues los marxistas tendían también a hacer hincapié en las ventajas que habían supuesto para las clases gobernantes de las metrópolis la política y la propaganda imperialista que entre otras cosas, sirvieron para contrarrestar el atractivo que los movimientos obreros de masas ejercían sobre las clases trabajadoras. Algunos de estos argumentos han demostrado tener gran fuerza y eficacia, aunque en ocasiones han resultado ser mutuamente incompatibles. De hecho, muchos de los análisis teóricos del antiimperialismo, carecían de toda solidez. Pero el inconveniente de los escritos antiimperialistas es que no explican la conjunción de procesos económicos y políticos, nacionales e internacionales que tan notables les parecieron a los contemporáneos en torno a 1900, de forma que intentaron encontrar una explicación global. Esos escritos no explican por qué los contemporáneos consideraron que “imperialismo” era un fenómeno novedoso y fundamental desde el punto de vista histórico. En definitiva, lo que hacen muchos de los autores de esos análisis es negar los hechos que eran obvios en el momento en que se produjeron y que todavía no lo son. Dejando al margen el leninismo y el antileninismo, lo primero que ha de hacer el historiador es dejar sentado el hecho evidente que nadie habría negado en los años de 1890, de que la división del globo tenía una dimensión económica. Demostrar eso no explica todo sobre el imperialismo del período. El desarrollo económico no es una especie de ventrílocuo en el que su muñeco sea el rostro de la historia. En el mismo sentido, y tampoco se puede considerar, ni siquiera al más resuelto hombre de negocios decidido a conseguir beneficios por ejemplo, en las minas surafricanas de oro y diamantes como una simple máquina de hacer dinero. En efecto, no era inmune a los impulsos políticos, emocionales, ideológicos, patrióticos e incluso raciales tan claramente asociados con la expansión imperialista. Con todo, si se puede establecer una conexión económica entre las tendencias del desarrollo económico en el núcleo capitalista del planeta en ese período y su expansión a la periferia, resulta mucho menos verosímil centrar toda la explicación del imperialismo en motivos sin una conexión intrínseca con la penetración y conquista del mundo no occidental. Pero incluso aquellos que parecen tener esa conexión, como los cálculos estratégicos de las potencias rivales, han de ser analizados teniendo en cuenta la dimensión económica. Aun en la actualidad, los acontecimientos políticos del Oriente Medio, que no pueden explicarse únicamente desde un prisma económico, no pueden analizarse de forma realista sin tener en cuenta la importancia del petróleo. El acontecimiento más importante en el siglo XIX es la creación de una economía global, que penetró de forma progresiva en los rincones más remotos del mundo, con un tejido cada vez más denso de transacciones económicas, comunicaciones y movimiento de productos, dinero y seres humanos que vinculaba a los países desarrollados entre sí y con el mundo subdesarrollado (v. La era del capitalismo, cap. 3). De no haber sido por estos condicionamientos, no habría existido una razón especial por la que los Estados europeos hubieran demostrado el menor interés, por ejemplo, por la cuenca del Congo o se hubieran enzarzado en disputas diplomáticas por un atolón del Pacífico. Esta globalización de la economía no era nueva, aunque se había acelerado notablemente en los decenios centrales de la centuria. Continuó incrementándose menos llamativamente en términos relativos, pero de forma más masiva en cuanto a volumen y cifras entre 1875 y 1914. Entre 1848 y 1875, las exportaciones europeas habían aumentado más de cuatro veces, pero sólo se duplicaron entre 1875 y 1915. Pero la flota mercante sólo se había incrementado de 10 a 16 millones de toneladas entre 1840 y 1870, mientras que se duplicó en los cuarenta años siguientes, de igual forma que la red mundial de ferrocarriles se amplió de poco más de 200.000 Km. en 1870 hasta más de un millón de kilómetros inmediatamente antes de la primera guerra mundial.

Esta red de transportes mucho más tupida posibilitó que incluso las zonas más atrasadas y hasta entonces marginales se incorporaran a la economía mundial, y los núcleos tradicionales de riqueza y desarrollo experimentaron un nuevo interés por esas zonas remotas. Lo cierto es que ahora que eran accesibles, muchas de esas regiones parecían a primera vista simples extensiones potenciales del mundo desarrollado, que estaban siendo ya colonizadas y desarrolladas por hombres y mujeres de origen europeo, que expulsaban o hacían retroceder a los habitantes nativos, creando ciudades y, sin duda, a su debido tiempo, la civilización industrial: los Estados Unidos al oeste del Misisipi, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Suráfrica, Argelia y el cono sur de Suramérica. Como veremos, la predicción era errónea. Sin embargo, esas zonas, aunque muchas veces remotas, eran para las mentes contemporáneas distintas de aquellas otras regiones donde, por razones climáticas, la colonización blanca no se sentía atraída, pero donde

por citar las palabras de un destacado miembro de la administración imperial de la época “el europeo puede venir en números reducidos, con su capital, su energía y su conocimiento para desarrollar un comercio muy lucrativo y obtener productos necesarios para el funcionamiento de su avanzada civilización.”

La civilización necesitaba ahora el elemento exótico. El desarrollo tecnológico dependía de materias primas que por razones climáticas o por azares de la geología se encontraban exclusiva o muy abundantemente en lugares remotos. El motor de combustión interna, producto típico del período que estudiamos, necesitaba petróleo y caucho. El petróleo procedía casi en su totalidad de los Estados Unidos y de Europa (de Rusia y, en mucho menor medida, de Rumania), pero los pozos petrolíferos del Oriente Medio eran ya objeto de un intenso enfrentamiento y negociación diplomáticos. El caucho era un producto exclusivamente tropical, que se extraía mediante la terrible explotación de los nativos en las selvas del Congo y del Amazonas, blanco de las primeras y justificadas protestas antiimperialistas. Más adelante se cultivaría más intensamente en Malaya. El estaño procedía de Asia y Suramérica. Una serie de metales no férricos que antes carecían de importancia, comenzaron a ser fundamentales para las aleaciones de acero que exigía la tecnología de alta velocidad. Algunos de esos minerales se encontraban en grandes cantidades en el mundo desarrollado , ante todo Estados Unidos, pero no ocurría lo mismo con algunos otros. Las nuevas industrias del automóvil y eléctricas necesitaban imperiosamente uno de los metales más antiguos, el cobre. Sus principales reservas y, posteriormente, sus productores más importantes se hallaban en lo que a finales del siglo XX se denominaría como tercer mundo: Chile, Perú, Zaire, Zambia. Además, existía una constante y nunca satisfecha demanda de metales preciosos que en este período convirtió a Suráfrica en el mayor productor de oro del mundo, por no mencionar su riqueza de diamantes. La minas fueron grandes pioneros que abrieron el mundo al imperialismo, y fueron extraordinariamente eficaces porque sus beneficios eran lo bastante importantes como para justificar también la construcción de ramales de ferrocarril.

Completamente aparte de las demandas de la nueva tecnología, el crecimiento del consumo de masas en los países metropolitanos significó la rápida expansión del mercado de productos alimenticios. Por lo que respecta al volumen, el mercado estaba dominado por los productos básicos de la zona templada, cereales y carne que se producían a muy bajo coste y en grandes cantidades de diferentes zonas de asentamiento europeo en Norteamérica y Suramérica, Rusia, Australasia. Pero también transformó el mercado de productos conocidos desde hacía mucho tiempo (al menos en Alemania) como “productos coloniales” y que se vendían en las tiendas del mundo desarrollado: azúcar, té, café, cacao, y sus derivados. Gracias a la rapidez del transporte y a la conservación, comenzaron a afluir frutas tropicales y subtropicales: esos frutos posibilitaron la aparición de las “repúblicas bananeras”.

Los británicos que en 1840 consumían 0,680 kg. de té per cápita y 1,478 Kg. en el decenio de 1860, habían incrementado ese consumo a 2,585 kg. en los años 1890, lo cual representaba una importación media anual de 101.606.400 kg. frente a menos de 44.452.800 kg. en el decenio de 1860 y unos 18 millones de kilogramos en los años

1840. Mientras la población británica dejaba de consumir las pocas tazas de café que todavía bebían para llenar sus teteras con el té de la India y Ceilán (Sri LanKa), los norteamericanos y alemanes importaban café en cantidades más espectaculares, sobre todo de Latinoamérica. En los primeros años del decenio de 1900, las familias neoyorquinas consumían medio kilo de café a la semana. Los productores cuáqueros de bebidas y de chocolate británicos, felices de vender refrescos no alcohólicos, obtenían su materia prima del Africa occidental y de Suramérica. Los astutos hombres de negocios de Boston, que fundaron la United Fruit Company en 1885, crearon imperios privados en el Caribe para abastecer a Norteamérica con los hasta entonces ignorados plátanos. Los productores de jabón, que explotaron el mercado que demostró por primera vez en toda su plenitud las posibilidades de la nueva industria de la publicidad, buscaban aceites vegetales en Africa. Las plantaciones, explotaciones y granjas eran el segundo pilar de las economías imperiales. Los comerciantes y financieros norteamericanos eran el tercero.

Estos acontecimientos no cambiaron la forma y las características de los países industrializados o en proceso de industrialización, aunque crearon nuevas ramas de grandes negocios cuyos destinos corrían paralelos a los de zonas determinadas del planeta, caso de las compañias petrolíferas. Pero transformaron el resto del mundo, en la medida en que lo convirtieron en un complejo de territorios coloniales y semicoloniales que progresivamente se convirtieron en productores especializados de uno o dos productos básicos para exportarlos al mercado mundial, de cuya fortuna dependían por completo. El nombre de Malaya se identificó cada vez más con el caucho y el estaño; el de Brasil, con el café; el de Chile, con los nitratos; el de Uruguay, con la carne, y el de Cuba, con el azúcar y los cigarros puros. De hecho, si exceptuamos a los Estados Unidos, ni siquiera las colonias de población blanca se industrializaron (en esta etapa) porque también se vieron atrapadas en la trampa de la especialización internacional. Alcanzaron una extraordinaria prosperidad, incluso para los niveles europeos, especialmente cuando estaban habitadas por emigrantes europeos libres y, en general, militantes, con fuerza política en asambleas elegidas, cuyo radicalismo democrático podía ser extraordinario, aunque no solía estar representada en ellas la población nativa. (c) Probablemente, para el europeo deseoso de emigrar en la época imperialista habría sido mejor dirigirse a Australia, Nueva Zelanda, Argentina o Uruguay antes que a cualquier otro lugar incluyendo los Estados Unidos. En todos esos países se formaron partidos, e incluso gobiernos, obreros y radical-democráticos y ambiciosos sistemas de bienestar y seguridad social (Nueva Zelanda, Uruguay) mucho antes que en Europa. Pero estos países eran complementos de la economía industrial europea (fundamentalmente la británica) y, por lo tanto, no les convenía o en todo caso no les convenía a los intereses abocados a la exportación de materias primas sufrir un proceso de industrialización. Tampoco las metrópolis habrían visto con buenos ojos ese proceso. Sea cual fuere la retórica oficial, la función de las colonias y de las dependencias no formales era la de complementar las economías de las metrópolis y no la de competir con ellas.

Los territorios dependientes que no pertenecían a lo que se ha llamado capitalismo colonizador (blanco) no tuvieron tanto éxito. Su interés económico residía en la combinación de recursos con una mano de obra que por estar formada por “nativos” tenía un coste muy bajo y era barata. Sin embargo, las oligarquías de terratenientes y comerciantes locales, importados de Europa o ambas cosas a un tiempo y, donde existían, sus gobiernos se beneficiaron del dilatado período de expansión secular de los productos de exportación de su región, interrumpida únicamente por algunas crisis efímeras, aunque en ocasiones (como en Argentina en 1890) dramáticas, producidas por los ciclos comerciales, por una excesiva especulación, por la guerra y por la paz. No obstante, en tanto que la primera guerra mundial perturbó algunos de sus mercados, los productores dependientes quedaron al margen de ella. Desde su punto de vista, la era imperialista, que comenzó a finales de siglo XIX, se prolongó hasta la gran crisis de 1929-1933. De cualquier forma, se mostraron cada vez más vulnerables en el curso de este período, por cuanto su fortuna dependía cada vez más del precio del café (en 1914 constituía ya el 58 % del valor de las exportaciones de Brasil y el 53 % de las colombianas), del caucho y del estaño, del cacao del buey o de la lana. Pero hasta la caída vertical de los precios de materias primas durante el crash de 1929, esa vulnerabilidad no parecía tener mucha importancia a largo plazo por comparación con la expansión aparentemente ilimitada de la exportaciones y los créditos. Al contrario, como hemos visto hasta 1914 las relaciones de intercambio parecían favorecer a los productores de materias primas. Sin embargo, la importancia económica creciente de esas zonas para la economía mundial no explica por qué los principales Estados industriales iniciaron una rápida carrera para dividir en mundo en colonias y esferas de influencia. Del análisis antiimperialista del imperialismo ha sugerido diferentes argumentos que pueden explicar esa actitud. El más conocido de esos argumentos, la presión del capital para encontrar inversiones más favorables que las que se podían realizar en el interior del país, inversiones seguras que no sufrieran la competencia del capital extranjero, es el menos convincente. Dado que las exportaciones británicas de capital se incrementaron vertiginosamente en el último tercio de la centuria y que los ingresos procedentes de esas inversiones tenían una importancia capital para la balanza de pagos británica, era totalmente natural relacionar el “nuevo imperialismo” con las exportaciones de capital, como la hizo J. A. Hobson. Pero no puede negarse que sólo hay una pequeño parte de ese flujo masivo de capitales acudía a los nuevos imperios coloniales: la mayor parte de las inversiones británicas en el exterior se dirigían a las colonias en rápida expansión y por lo general de población blanca, que pronto serían reconocidas como territorios virtualmente independientes ( Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Suráfrica) y a lo que podríamos llamar territorios coloniales “honoríficos” como Argentina y Uruguay, por no mencionar los Estados Unidos. Además, una parte importante de esas inversiones (el 76% en 1913) se realizaba en forma de préstamos públicos a compañias de ferrocarriles y servicios públicos que reportaban rentas más elevadas que las inversiones en la deuda pública británica un promedio de 5% frente al 3%, pero eran también menos lucrativas que los beneficios del capital industrial en el Reino Unido, naturalmente excepto para los banqueros que organizaban esas inversiones. Se suponía que eran inversiones seguras, aunque no produjeran un elevado rendimiento. Eso no significaba que no se adquirieran colonias porque un grupo de inversores no esperaba obtener un gran éxito financiero o en defensa de inversiones ya realizadas. Con independencia de la ideología, la causa de la guerra de los bóeres fue el oro.

Un argumento general de más peso para la expansión colonial era la búsqueda de mercados. Nada importa que esos proyectos de vieran muchas veces frustrados. La convicción de que el problema de la “superproducción” del período de la gran depresión podía solucionarse a través de un gran impulso exportador era compartida por muchos. Los hombres de negocios, inclinados siempre a llenar los espacios vacíos del mapa del comercio mundial con grandes números de clientes potenciales, dirigían su mirada, naturalmente, a las zonas sin explotar: China era una de esas zonas que captaba la imaginación de los vendedores- ¿qué ocurriría si cada uno de los trescientos millones de seres que vivían en ese país comprara tan sólo una caja de clavos?-, mientras que Africa, el continente desconocido, era otra. Las cámaras de comercio de diferentes ciudades británicas se conmocionaron en los difíciles años de la década de 1880 ante la posibilidad de que las negociaciones diplomáticas pudieran excluir a sus comerciantes del acceso a la cuenca del Congo, que se pensaba que ofrecía perspectivas inmejorables para la venta, tanto más cuanto que ese territorio estaba siendo explotado como un negocio provechoso por ese hombre de negocios con corona que era el rey Leopoldo II de Bélgica. (Su sistema preferido de explotación utilizando mano de obra forzosa no iba dirigido a impulsar importantes compras per cápita, ni siquiera cuando no hacía que disminuyera el número de posibles clientes mediante la tortura y la masacre.)

Pero el factor fundamental de la situación económica general era el hecho de que una serie de economías desarrolladas experimentaban de forma simultánea la misma necesidad de encontrar nuevos mercados. Cuando eran lo suficientemente fuertes, su ideal era el de “la puerta abierta” en los mercados del mundo subdesarrollado; pero cuando carecían de la fuerza necesaria intentaban conseguir territorios cuya propiedad situara a las empresas nacionales en una posición de monopolio o, cuando menos les diera una ventaja sustancial. La consecuencia lógica fue el reparto de las zonas no ocupadas del tercer mundo. En cierta forma, esto fue una ampliación del proteccionismo que fue ganando fuerza a partir de 1879 (véase el capitulo anterior). “Si no fueran tan tenazmente proteccionistas le dijo el primer ministro británico al embajador francés en 1897, no nos encontrarían tan deseosos de anexionarnos territorios”. Desde este prisma, el “imperialismo” era la consecuencia natural de una economía internacional basada en la rivalidad de varias economías industriales competidoras, hecho al que se sumaban las presiones económicas de los años 1880. Ello no quiere decir que se esperara que una colonia en concreto se convirtiera en El Dorado, aunque esto en lo que ocurrió en Suráfrica, que pasó a ser el mayor productor de oro del mundo. Las colonias podían constituir simplemente bases adecuadas o puntos avanzados para la penetración económica regional. Así lo expresó claramente un funcionario del Departamento de Estado de los Estados Unidos en los inicios del nuevo siglo cuando los Estados Unidos, siguiendo la moda internacional, hicieron un breve intento por conseguir su propio imperio colonial.

En este punto resulta difícil separar los motivos económicos para adquirir territorios coloniales de la acción política necesaria para conseguirlo, por cuanto el proteccionismo de cualquier tipo no es otra cosa que la operación de la economía con la ayuda de la política. La motivación estratégica para la colonización era especialmente fuerte en el Reino Unido, con colonias muy antiguas perfectamente situadas para controlar el acceso a diferentes regiones terrestres y marítimas que se consideraban vitales para los intereses comerciales y marítimos británicos en el mundo, o que, con el desarrollo del barco de vapor, podían convertirse en puertos de aprovisionamiento de carbón. (Gibraltar y Malta eran ejemplos del primer caso, mientras que Bermuda y Adén lo son del segundo.) Existía también el significado simbólico o real para los ladrones de conseguir una parte adecuada del botín. Una vez que las potencias rivales comenzaron a dividirse el mapa de Africa u Oceanía, cada una de ellas intentó evitar que una porción excesiva (un fragmento especialmente atractivo) pudiera ir a parar a manos de los demás. Así, una vez que el status de gran potencia se asoció con el hecho de hacer ondear la bandera sobre una playa limitada por palmeras (o, más frecuentemente, sobre extensiones de maleza seca), la adquisición de colonias se convirtió en un símbolo de status, con independencia de su valor real. Hacia 1900, incluso los Estados Unidos, cuya política imperialista nunca se ha asociado, antes o después de ese período, con la posesión de colonias formales, se sintieron obligados a seguir la moda del momento. Por su parte, Alemania se sintió profundamente ofendida por el hecho de que una nación tan poderosa y dinámica poseyera muchas menos posesiones coloniales que los británicos y los franceses, aunque sus colonias eran de escaso interés económico y de un interés estratégico mucho menor aún. Italia insistió en ocupar extensiones muy poco atractivas del desierto y de las montañas africanas para reforzar su posición de gran potencia, y su fracaso en la conquista de Etiopía en 1896 debilitó, sin duda, esa posición.

En efecto, si las grandes potencias eran Estados que tenían colonias, los pequeños países, por así decirlo, “no tenían derecho a ellas”. España perdió la mayor parte de lo que quedaba de su imperio colonial en la guerra contra los Estados Unidos de 1898. Como hemos visto, se discutieron seriamente diversos planes para repartirse los restos del imperio africano de Portugal entre las nuevas potencias coloniales. Sólo los holandeses conservaron discretamente sus ricas y antiguas colonias (situadas principalmente en el sureste asiático) y, como ya dijimos, al monarca belga se le permitió hacerse con su dominio privado en Africa a condición de que permitiera que fuera accesible a todos los demás países, porque ninguna gran potencia estaba dispuesta a dar a otras una parte importante de la gran cuenca del río Congo. Naturalmente, habría que añadir que hubo grandes zonas de Asia y del continente americano donde por razones políticas era imposible que las potencias europeas pudieran repartirse zonas extensas de territorio. Tanto en América del Norte como del Sur, las colonias europeas supervivientes se vieron inmovilizadas como consecuencia de la Doctrina Monroe: sólo Estados Unidos tenía libertad de acción. En la mayor parte de Asia, la lucha se centró en conseguir esferas de influencia en una serie de Estados nominalmente independientes, sobre todo en China, Persia y el Imperio otomano. Excepciones a esa norma fueron Rusia y Japón. La primera consiguió ampliar sus posiciones en el Asia central, pero fracasó en su intento de anexionarse diversos territorios en el norte de China. El segundo consiguió Corea y Formosa (Taiwan) en el curso de una guerra con China en 1894-1895. Así pues, en la práctica, Africa y Oceanía fueron las principales zonas donde se centró la competencia por conseguir nuevos territorios.

En definitiva, algunos historiadores han intentado explicar el imperialismo teniendo en cuenta factores fundamentalmente estratégicos. Han pretendido explicar la expansión británica en África como consecuencia de la necesidad de defender de posibles amenazas las rutas hacia la India y sus glacis marítimos y terrestres. Es importante recordar que, desde un punto de vista global, la India era el núcleo central de la estrategia británica, y que esa estrategia exigía un control no sólo sobre las rutas marítimas cortas hacia el subcontinente (Egipto, Oriente Medio, el Mar Rojo, el Golfo Pérsico, y el sur de Arabia) y las rutas marítimas largas (el cabo de Buena Esperanza y Singapur), sino también sobre todo el Océano Indico, incluyendo sectores de la costa africana y su traspaís. Los gobiernos británicos eran perfectamente conscientes de ello. También es cierto que la desintegración del poder local en algunas zonas esenciales para conseguir esos objetivos, como Egipto (incluyendo Sudán), impulsaron a los británicos a protagonizar una presencia política directa mucho mayor de lo que habían pensado en un principio, llegando incluso hasta el gobierno de hecho. Pero estos argumentos no eximen de un análisis económico del imperialismo. En primer lugar, subestiman el incentivo económico presente en la ocupación de algunos territorios africanos, siendo en este sentido el caso más claro el de Suráfrica. En cualquier caso, los enfrentamientos por el África occidental y el Congo tuvieron causas fundamentalmente económicas. En segundo lugar, ignoran el hecho de que la India era la “joya más radiante de la corona imperial” y la pieza esencial de la estrategia británica global, precisamente por su gran importancia para la economía británica. Esa importancia nunca fue mayor que en este período, cuando el 60 % de las exportaciones británicas de algodón iban a parar a la India y al Lejano Oriente, zona hacia la cual la India era la puerta de acceso -el 40-45 % de las exportaciones las absorbía la India-, y cuando la balanza de pagos del Reino Unido dependía para su equilibrio de los pagos de la India. En tercer lugar, la desintegración de gobiernos indígenas locales, que en ocasiones llevó a los europeos a establecer el control directo sobre unas zonas que anteriormente no se había ocupado de administrar, se debió al hecho de que las estructuras locales se habían visto socavadas por la penetración económica. Finalmente, no se sostiene el intento de demostrar que no hay nada en el desarrollo interno del capitalismo occidental en el decenio de 1880 que explique la revisión territorial del mundo, pues el capitalismo mundial era muy diferente en ese período del del decenio de 1860. Estaba constituido ahora por una pluralidad de “economías nacionales” rivales, que se “protegían” unas de otras. En definitiva, es imposible separar la política y la economía en una sociedad capitalista, como lo es separar la religión y la sociedad en una comunidad islámica. La pretensión de explicar “el nuevo imperialismo” desde una óptica no económica es tan poco realista como el intento de explicar la aparición de los partidos obreros sin tener en cuenta para nada los factores económicos. De hecho, la aparición de los movimientos obreros o de forma más general, de la política democrática (véase el capítulo siguiente) tuvo una clara influencia sobre el desarrollo del “nuevo imperialismo”. Desde que el gran imperialista Cecil Rhodes afirmara en 1895 que si se quiere evitar la guerra civil hay que convertirse en imperialista, muchos observadores han tenido en cuenta la existencia del llamado “imperialismo social”, es decir, el intento de utilizar la expansión imperial para amortiguar el descontento interno a través de mejoras económicas o reformas sociales, o de otra forma. Sin duda ninguna, todos los políticos eran perfectamente conscientes de los beneficios potenciales del imperialismo. En algunos casos, ante todo en Alemania, se han apuntado como razón fundamental para el desarrollo del imperialismo “la primacía de la política interior”. Probablemente, la versión del imperialismo social de Cecil Rhodes, en la que el aspecto fundamental eran los beneficios económicos que una política imperialista podía suponer, de forma directa o indirecta, para las masas descontentas, sea la menos relevante. No poseemos pruebas de que la conquista colonial tuviera una gran influencia sobre el empleo o sobre los salarios reales de la mayor parte de los trabajadores en los países metropolitanos, (d) y la idea de que la emigración a las colonias podía ser una válvula de seguridad en los países superpoblados era poco más que una fantasía demagógica. (De hecho, nunca fue más fácil encontrar un lugar para emigrar que en el período 1880-1914, y sólo una pequeño minoría de emigrantes acudía a las colonias, o necesitaba hacerlo.)

Mucho más relevante nos parece la práctica habitual de ofrecer a los votantes gloria en lugar de reformas costosas, ¿qué podía ser más glorioso que las conquistas de territorios exóticos y razas de piel oscura, cuando además esas conquistas se conseguían con tan escaso coste? De forma más general, el imperialismo estimuló a las masas, y en especial a los elementos potencialmente descontentos, a identificarse con el Estado y la nación imperial, dando así, de forma inconsciente, justificación y legitimidad al sistema social y político representado por ese Estado. En una era de política de masas (véase el capítulo siguiente) incluso los viejos sistemas exigían una nueva legitimidad. En 1902 se elogió la ceremonia de coronación británica, cuidadosamente modificada, porque estaba dirigida a expresar “el reconocimiento, por una democracia libre, de una corona hereditaria, como símbolo del dominio universal de su raza” (la cursiva es mía). En resumen, el imperialismo ayudaba a crear un buen cemento ideológico. Es difícil precisar hasta qué punto era efectiva esta variante específica de exaltación patriótica, sobre todo en aquellos países donde el liberalismo y la izquierda más radical habían desarrollado fuertes sentimientos antiimperialistas, antimilitaristas, anticoloniales o, de forma más general, antiaristocráticos. Sin duda, en algunos países el imperialismo alcanzó una gran popularidad entre las nuevas clases medias y de trabajadores administrativos, cuya identidad social descansaba en la pretensión de ser los vehículos elegidos del patriotismo. (V. cap. 8, infra). Es mucho menos evidente que los trabajadores sintieran ningún tipo de entusiasmo espontáneo por las conquistas coloniales, por las guerras, o cualquier interés en las colonias, ya fueran nuevas o antiguas (excepto las de colonización blanca). Los intentos de institucionalizar un sentimiento de orgullo por el imperialismo, por ejemplo creando un “día del imperio” en el Reino Unido (1902), dependían para conseguir el éxito de la capacidad de movilizar a los estudiantes. (Más adelante analizaremos el recurso al patriotismo en un sentido más general.)

De todas formas, no se puede negar que la idea de superioridad y de dominio sobre un mundo poblado por gentes de piel oscura en remotos lugares tenía arraigo popular y que, por tanto, benefició a la política imperialista. En sus grandes exposiciones internacionales (v. La era del capitalismo, cap. 2) la civilización burguesa había glorificado siempre los tres triunfos de la ciencia, la tecnología y las manufacturas. En la era de los imperios también glorificaba sus colonias. En las postrimerías de la centuria se multiplicaron los “pabellones coloniales” hasta entonces prácticamente inexistentes: ocho de ellos complementaban la Torre Eiffel en 1889, mientras que en 1900 eran catorce de esos pabellones los que atraían a los turistas en París. Sin duda alguna, todo eso era publicidad planificada, pero como toda la propaganda, ya sea comercial o política, que tiene realmente éxito, conseguía ese éxito porque de alguna forma tocaba la fibra de la gente. Las exhibiciones coloniales causaban sensación. En Gran Bretaña, los aniversarios, los funerales y las coronaciones reales resultaban tanto más impresionantes por cuanto, al igual que los antiguos triunfos romanos, exhibían a sumisos Maharajás con ropas adornadas con joyas, no cautivos, sino libres y leales. Los desfiles militares resultaban extraordinariamente animados gracias a la presencia de sijs tocados con turbantes, rajputs adornados con bigotes, sonrientes e implacables gurkas, espahís y altos y negros senegaleses: el mundo considerado bárbaro al servicio de la civilización. Incluso en la Viena de los Habsburgos, donde no existía interés por las colonias de ultramar, una aldea ashanti magnetizó a los espectadores. Rousseau, el Aduanero, no era el único que soñaba con los trópicos.

El sentimiento de superioridad que unía a los hombres blancos occidentales, tanto a los ricos como a los de clase media y a los pobres, no derivaba únicamente del hecho de que todos ellos gozaban de los privilegios del dominador, especialmente cuando se hallaban en las colonias. En Dakar o Mombasa, el empleado más modesto se convertía en señor y era aceptado como un “caballero” por aquellos que no habrían advertido siquiera su existencia en París o en Londres; el trabajador blanco daba órdenes a los negros. Pero incluso en aquellos lugares donde la ideología insistía en una igualdad al menos potencial, ésta se trocaba en dominación. Francia pretendía transformar a sus súbditos en franceses, descendientes teóricos (como se afirmaba en los libros de texto tanto en Timbuctú y Martinica como en Burdeos) de “nos ancêtres les gaulois” (nuestros antepasados los galos), a diferencia de los británicos, convencidos de la idiosincrasia no inglesa, fundamental y permanente, de bengalíes y yoruba. Pero la misma existencia de estos estratos de evolués nativos subrayaba la ausencia de evolución en la gran mayoría de la población. Las diferentes iglesias se embarcaron en un proceso de conversión de los paganos a las diferentes versiones de la auténtica fe cristiana, excepto en los casos en que los gobiernos coloniales les disuadían de ese proyecto (como en la India) o donde esta tarea era totalmente imposible (en los países islámicos).

Esta fue la época clásica de las actividades misioneras a gran escala (e) . El esfuerzo misionero no fue de ningún modo un agente de la política imperialista. En gran número de ocasiones se oponía a las autoridades coloniales y prácticamente siempre situaba en primer plano los intereses de sus conversos. Pero lo cierto es que el éxito del Señor estaba en función del avance imperialista. Puede discutirse si el comercio seguía a la implantación de la bandera, pero no existe duda alguna de que la conquista colonial abría el camino a una acción misionera eficaz, como ocurrió en Uganda, Rodesia (Zambia y Zimbabwe) y Niasalandia (Malaui). Y si el cristianismo insistía en la igualdad de las almas, subrayaba también la desigualdad de los cuerpos, incluso de los cuerpos clericales. Era un proceso que realizaban los blancos para los nativos y que costeaban los blancos. Y aunque multiplicó el número de creyentes nativos, al menos la mitad del clero continuó siendo de raza blanca. Por lo que respecta a los obispos, habría hecho falta un potentísimo microscopio para detectar un obispo de color entre 1870 y

1914. La Iglesia católica no consagró los primeros obispos asiáticos hasta el decenio de 1920, ochenta años después de haber afirmado que eso sería muy deseable.

En cuanto al movimiento dedicado más apasionadamente a conseguir la igualdad entre los hombres, las actitudes en su seno se mostraron divididas. La izquierda secular era antiimperialista por principio y, las más de las veces, en la práctica. La libertad para la India, al igual que la libertad para Egipto y para Irlanda, era el objetivo del movimiento obrero británico. La izquierda no flaqueó nunca en su condena de las guerras y conquistas coloniales, con frecuencia como cuando el Reino Unido se opuso a la guerra de los bóeres con el grave riesgo de sufrir una impopularidad temporal. Los radicales denunciaron los horrores del Congo, de las plantaciones metropolitanas de cacao en las islas africanas, y en Egipto. La campaña que en 1906 permitió al Partido Liberal británico obtener un gran triunfo electoral se basó en gran medida en la denuncia pública de la “esclavitud china” en las minas surafricanas. Pero, con muy raras excepciones (como la Indonesia neerlandesa), los socialistas occidentales hicieron muy poco por organizar la resistencia de los pueblos coloniales frente a sus dominadores hasta el momento en que surgió la Internacional Comunista. El movimiento socialista y obrero, los que aceptaban el imperialismo como algo deseable, o al menos como una base fundamental en la historia de los pueblos “no preparados para el autogobierno todavía”, eran una minoría de la derecha revisionista y fabiana, aunque muchos líderes sindicales consideraban que las discusiones sobre las colonias eran irrelevantes o veían a las gentes de color ante todo como una mano de obra barata que planteaba una amenaza a los trabajadores blancos. En este sentido, es cierto que las presiones para la expulsión de los inmigrantes de color, que determinaron la política de “California Blanca” y “Australia Blanca” entre 1880 y 1914, fueron ejercidas sobre todo por las clases obreras, y los sindicatos del Lancashire se unieron a los empresarios del algodón de esa misma región en su insistencia en que se mantuviera a la India al margen de la industrialización. En la esfera internacional, el socialismo fue hasta 1914 un movimiento de europeos y de emigrantes blancos o de los descendientes de éstos (v. Cap. 5, infra). El colonialismo era para ellos una cuestión marginal. En efecto su análisis y su definición de la nueva fase “imperialista” del capitalismo, que detectaron a finales de la década de 1890, consideraba correctamente la anexión y la explotación coloniales como un simple síntoma y una característica de esa nueva fase, indeseable como todas sus características, pero no fundamental. Eran pocos los socialistas que, como Lenin, centraban ya su atención en el “material inflamable” de la periferia del capitalismo mundial. El análisis socialista (es decir, básicamente marxista) del imperialismo, que integraba el colonialismo en un concepto mucho más amplio de una “nueva fase” del capitalismo, era correcto en principio, aunque no necesariamente en los detalles de su modelo teórico. Asimismo, era un análisis que en ocasiones tendía a exagerar, como los hacían los capitalistas contemporáneos, la importancia económica de la expansión colonial para los países metropolitanos. Desde luego, el imperialismo de los últimos años del siglo XIX era un fenómeno “nuevo”. Era el producto de una época de competitividad entre economías nacionales capitalistas e industriales rivales que era nueva y se vio intensificada por las presiones para asegurar y salvaguardar mercados en un período de incertidumbre económica (v.el cap. 2, supra); en resumen, era un período en que “las tarifas proteccionistas y la expansión eran la exigencia que planteaban las clases dirigentes”. Formaba parte de un proceso de alejamiento de un capitalismo basado en la práctica privada y pública del laissez-faire, que también era nuevo, e implicaba la aparición de grandes corporaciones y oligopolios y la intervención cada vez más intensa del Estado en los asuntos económicos. Correspondía a un momento en que las zonas periféricas de la economía global eran cada vez más importantes. Era un fenómeno que parecía tan “natural” en 1900 como inverosímil habría sido considerado en 1860. A no ser por esa vinculación entre el capitalismo posterior a 1873 y la expansión en el mundo no industrializado, cabe dudar de que incluso el “imperialismo social” hubiera desempeñado el papel que jugó en la política interna de los Estados, que vivían el proceso de adaptación a la política electoral de masas. Todos los intentos de separar la explicación del imperialismo de los acontecimientos específicos del capitalismo en las postrimerías del siglo XIX han de ser considerados como meros ejercicios ideológicos, aunque muchas veces cultos y en ocasiones agudos.

2

Quedan todavía por responder las cuestiones sobre el impacto de la expansión occidental (y japonesa desde los años 1890) en el resto del mundo y sobre el significado de los aspectos “imperialistas” del imperialismo para los países metropolitanos.

Es más fácil contestar a la primera de esas cuestiones que a la segunda. El impacto económico del imperialismo fue importante, pero lo más destacable es que resultó profundamente desigual, por cuanto las relaciones entre las metrópolis y sus colonias eran muy asimétricas. El impacto de las primeras sobre las segundas fue fundamental y decisivo, incluso aunque no se produjera la ocupación real, mientras que el de las colonias sobre las metrópolis tuvo escasa significación y pocas veces fue un asunto de vida o muerte. Que Cuba mantuviera su posición o la perdiera dependía del precio del azúcar y de la disposición de los Estados Unidos a importarlo, pero incluso países “desarrollados” muy pequeños Suecia, por ejemplo no habrían sufrido graves inconvenientes si todo el azúcar del Caribe hubiera desaparecido súbitamente del mercado, porque no dependían exclusivamente de esa región para su consumo de este producto. Prácticamente todas las importaciones y exportaciones de cualquier zona del Africa subsahariana procedían o se dirigían a un número reducido de metrópolis occidentales, pero el comercio metropolitano con Africa, Asia y Oceanía, siguió siendo muy poco importante, aunque se incrementó en una modesta cuantía entre 1870 y 1914. El 80 % del comercio europeo, tanto por lo que respecta a las importaciones como a las exportaciones, se realizó, en el siglo XIX, con otros países desarrollados y lo mismo puede decirse sobre las inversiones europeas en el extranjero. Cuando esas inversiones se dirigían a ultramar, iban a parar a un número reducido de economías en rápido desarrollo con población de origen europeo Canadá, Australia, Suráfrica, Argentina, etc., así como, naturalmente, a los Estados Unidos. En este sentido, la época del imperialismo adquiere una tonalidad muy distinta cuando se contempla desde Nicaragua o Malaya que cuando se considera desde el punto de vista de Alemania o Francia.

Evidentemente, de todos los países metropolitanos donde el imperialismo tuvo más importancia fue en el Reino Unido, porque la supremacía económica de este país siempre había dependido de su relación especial con los mercados y fuentes de materias primas de ultramar. De hecho, se puede afirmar que desde que comenzara la revolución industrial, las industrias británicas nunca habían sido muy competitivas en los mercados de las economías en proceso de industrialización, salvo quizá durante las décadas doradas de 1850-1870. En consecuencia, para la economía británica era de todo punto esencial preservar en la mayor medida posible su acceso privilegiado al mundo no europeo. Lo cierto es que en los años finales del siglo XIX alcanzó un gran éxito en el logro de esos objetivos, ampliando la zona del mundo que de una forma oficial o real se hallaba bajo la férula de la monarquía británica, hasta una cuarta parte de la superficie del planeta (que en los atlas británicos se coloreaba orgullosamente de rojo). Si incluimos el imperio informal, constituido por Estados independientes que, en realidad, eran economías satélites del Reino Unido, aproximadamente una tercera parte del globo era británica en un sentido económico y, desde luego, cultural. En efecto, el Reino Unido exportó incluso a Portugal la forma peculiar de sus buzones de correos, y a Buenos Aires una institución tan típicamente británica como los almacenes Harrod. Pero en 1914, otras potencias se habían comenzado a infiltrar ya en esa zona de influencia indirecta, sobre todo en Latinoamérica.

Ahora bien, esa brillante operación defensiva no tenía mucho que ver con la “nueva” expansión imperialista, excepto en el caso de los diamantes y el oro de Suráfrica. Estos dieron lugares a la aparición de una serie de millonarios, casi todos ellos alemanes los Wernher, Veit, Eckstein, etc., la mayor parte de los cuales se incorporaron rápidamente a la alta sociedad británica, muy receptiva al dinero cuando se distribuía en cantidades lo suficientemente importantes. Desembocó también en el más grave de los conflictos coloniales, la guerra surafricana de 1899-1902, que acabó con la resistencia de dos pequeñas repúblicas de colonos campesinos blancos. En gran medida, el éxito del Reino Unido en ultramar fue consecuencia de la explotación más sistemática de las posesiones británicas ya existentes o de la posición especial del país como principal importador e inversor en zonas tales como Suramérica. Con la excepción de la India, Egipto y Suráfrica, la actividad económica británica se centraba en países que eran prácticamente independientes, como los dominions blancos o zonas como los Estados Unidos y Latinoamérica, donde las iniciativas británicas no fueron desarrolladas no podían serlo con eficacia. A pesar de las quejas de la Corporation of Foreign Bond Holders (creada durante la gran depresión) cuando tuvo que hacer frente a la práctica, habitual en los países latinos, de suspensión de la amortización de la deuda o de su amortización en moneda devaluada, el Gobierno no apoyó eficazmente a sus inversores en Latinoamérica porque no podía hacerlo. La gran depresión fue una prueba fundamental en este sentido, porque, al igual que otras depresiones mundiales posteriores (entre las que hay que incluir las de las décadas de 1970 y 1980), desembocó en una gran crisis de deuda externa internacional que hizo correr un gran riesgo a los bancos de la metrópoli. Todo lo que el Gobierno británico pudo hacer fue conseguir salvar de la insolvencia al Banco Baring en la “crisis Baring” de 1890, cuando ese banco se había aventurado como lo seguirán haciendo los bancos en el futuro demasiado alegremente en medio de la vorágine de las morosas finanzas argentinas. Si apoyó a los inversores con la diplomacia de la fuerza, como comenzó a hacerlo cada vez más frecuentemente a partir de 1905, era para apoyarlos frente a los hombres de negocios de otros países respaldados por sus gobiernos, más que frente a los gobiernos del mundo dependiente (f) .

De hecho, si hacemos balance de los años buenos y malos, lo cierto es que los capitalistas británicos salieron bastante bien parados en sus actividades en el imperio informal o “libre”. Prácticamente, la mitad de todo el capital público a largo plazo emitido en 1914 se hallaba en Canadá, Australia y Latinoamérica. Más de la mitad del ahorro británico se invirtió en el extranjero a partir de 1900. Naturalmente, el Reino Unido consiguió su parcela propia en las nuevas regiones colonizadas del mundo y, dada la fuerza y la experiencia británicas, fue probablemente una parcela más extensa y más valiosa que la de ningún otro Estado. Si Francia ocupó la mayor parte del Africa occidental, las cuatro colonias británicas de esa zona controlaban “las poblaciones africanas más densas, las capacidades productivas mayores y tenían la preponderancia del comercio”. Sin embargo, el objetivo británico no era la expansión, sino la defensa frente a otros, atrincherándose en territorios que hasta entonces, como ocurría en la mayor parte del mundo de ultramar, habían sido dominados por el comercio y el capital británicos.

¿Puede decirse que las demás potencias obtuvieron un beneficio similar de su expansión colonial? Es imposible responder a este interrogante porque la colonización formal sólo fue un aspecto de la expansión y la competitividad económica globales y, en el caso de las dos potencias industriales más importantes, Alemania y los Estados Unidos, no fue un aspecto fundamental. Además, como ya hemos visto, sólo para el Reino Unido y, tal vez también, para los Países Bajos, era crucial desde el punto de vista económico mantener una relación especial con el mundo no industrializado. Podemos establecer algunas conclusiones con cierta seguridad. En primer lugar, el impulso colonial parece haber sido más fuerte en los países metropolitanos menos dinámicos desde el punto de vista económico, donde hasta cierto punto constituían una compensación potencial para su inferioridad económica y política frente a sus rivales, y en el caso de Francia, de su inferioridad demográfica y militar. En segundo lugar, en todos los casos existían grupos económicos concretos entre los que destacan los asociados con el comercio y las industrias de ultramar que utilizaban materias primas procedentes de las colonias que ejercían una fuerte presión en pro de la expansión colonial, que justificaban, naturalmente, por las perspectivas de los beneficios para la nación. En tercer lugar, mientras que algunos de esos grupos obtuvieron importantes beneficios de esa expansión la Compagnie Français de líAfrique Occidentale pagó dividendos del 26 % en 1913 la mayor parte de las nuevas colonias atrajeron escasos capitales y sus resultados económicos fueron mediocres (g) . En resumen, el nuevo colonialismo fue una consecuencia de una era de rivalidad económico-política entre economías nacionales competidoras, rivalidad intensificada por el proteccionismo. Ahora bien, en la medida en que ese comercio metropolitano con las colonias se incrementó en porcentaje respecto al comercio global, ese proteccionismo tuvo un éxito relativo.

Pero la era imperialista no fue sólo un fenómeno económico y político, sino también cultural. La conquista del mundo por la minoría “desarrollada” transformó imágenes, ideas y aspiraciones, por la fuerza y por las instituciones, mediante el ejemplo y mediante la transformación social. En los países dependientes, esto apenas afectó a nadie excepto a las elites indígenas, aunque hay que recordar que en algunas zonas, como en el Africa subsahariana, fue el imperialismo, o el fenómeno asociado de las misiones cristianas, el que creó la posibilidad de que aparecieran nuevas élites sociales sobre la base de una educación a la manera occidental. La división entre Estados africanos “francófonos” y “anglófonos” que existe en la actualidad, refleja con exactitud la distribución de los imperios coloniales francés e inglés (h) . Excepto en Africa y Oceanía, donde las misiones cristianas aseguraron a veces conversiones masivas a la religión occidental, la gran masa de la población colonial apenas modificó su forma de vida, cuando podía evitarlo. Y con gran disgusto de los más inflexibles misioneros, lo que adoptaron los pueblos indígenas no fue tanto la fe importada de occidente como los elementos de esa fe que tenían sentido para ellos en el contexto de su propio sistema de creencias e instituciones o exigencias. Al igual que ocurrió con los deportes que llevaron a las islas de Pacífico los entusiastas administradores coloniales británicos (elegidos muy frecuentemente entre los representantes más fornidos de la clase media), la religión colonial aparecía ante el observador occidental como algo tan inesperado como un partido de criquet en Samoa. Esto era así incluso en el caso en que los fieles seguían nominalmente la ortodoxia de su fe. Pero también pudieron desarrollar sus propias versiones de la fe, sobre todo en Suráfrica – la región de Africa donde realmente se produjeron conversiones en masa-, donde un “movimiento etíope” se escindió de las misiones ya en 1892 para crear una forma de cristianismo menos identificada con la población blanca.

Así pues, lo que el imperialismo llevó a las élites potenciales del mundo dependiente fue fundamentalmente la “occidentalización”. Por supuesto, ya había comenzado a hacerlo mucho antes. Todos los gobiernos y elites de los países que se enfrentaron con el problema de la dependencia o la conquista vieron claramente que tenían que occidentalizarse si no querían quedarse atrás (v. La era del capitalismo, cap. 7, 8 y 11). Además, las ideologías que inspiraban a esas elites en la época del imperialismo se remontaban a los años transcurridos entre la Revolución Francesa y las décadas centrales del siglo XIX, como cuando adoptaron el positivismo de August Comte (17981857), doctrina modernizadora que inspiró a los gobiernos de Brasil y México y a la temprana revolución turca (v.pp.284, 290, infra). Las elites que se resistían a Occidente siguieron occidentalizándose, aun cuando se oponían a la occidentalización total, por razones de religión, moralidad, ideología o pragmatismo político. El santo Mahatma Gandhi, que vestía con un taparrabos y llevaba un huso en su mano (para desalentar la industrialización), no sólo era apoyado y financiado por las fábricas mecanizadas de algodón de Ahmedabad (i) , sino que él mismo era un abogado que se había educado en Occidente y que estaba influido por una ideología de origen occidental. Será imposible que comprendamos su figura si le vemos únicamente como un tradicionalista hindú. De hecho, Gandhi ilustra perfectamente el impacto específico de la época del imperialismo. Nacido en el seno de una casta relativamente modesta de comerciantes y prestamistas, no muy asociada hasta entonces con la elite occidentalizada que administraba la India bajo la supervisión de los británicos, sin embargo adquirió una formación profesional y política en el Reino Unido. A finales del decenio de 1880 ésta era una opción tan aceptada entre los jóvenes ambiciosos de su país, que el propio Gandhi comenzó a escribir una guía introductoria a la vida británica para los futuros estudiantes de modesta economía como él. Estaba escrita en un perfecto inglés y hacía recomendaciones sobre numerosos aspectos, desde el viaje a Londres en barco de vapor y la forma de encontrar alojamiento hasta el sistema mediante el cual el hindú piadoso podía cumplir las exigencias alimenticias y, asimismo, sobre la manera de acostumbrarse al sorprendente hábito occidental de afeitarse uno mismo en lugar de acudir al barbero. Gandhi no asimilaba todo lo británico, pero tampoco lo rechazaba por principio. Al igual que han hecho desde entonces muchos pioneros de la liberación colonial, durante su estancia temporal en la metrópoli se integró en círculos occidentales afines desde el punto de vista ideológico: en su caso, los vegetarianos británicos, de quienes sin duda se puede pensar que favorecían también otras causas “progresistas”.

Gandhi aprendió su técnica característica de movilización de las masas tradicionales para conseguir objetivos no tradicionales mediante la resistencia pasiva, en un medio creado por el “nuevo imperialismo”. Como no podía ser de otra forma, era una fusión de elementos orientales y occidentales pues Gandhi no ocultaba su deuda intelectual con John Ruskin y Tolstoi. (Antes de los años 1880 habría sido impensable la fertilización de las flores políticas de la India con polen llegado desde Rusia, pero ese fenómeno era ya corriente en la India en la primera década del nuevo siglo, como lo sería luego entre los radicales chinos y japoneses.) En Suráfrica, país donde se produjo un extraordinario desarrollo como consecuencia de los diamantes y el oro, se formó una importante comunidad de modestos inmigrantes indios, y la discriminación racial en este nuevo escenario dio pie a una de las pocas situaciones en que grupos de indios que no pertenecían a la elite se mostraron dispuestos a la movilización política moderna. Gandhi adquirió su experiencia política y destacó como defensor de los derechos de los indios en Suráfrica. Difícilmente podría haber hecho entonces eso mismo en la India, adonde finalmente regresó aunque sólo después de que estallara la guerra de 1914 para convertirse en la figura clave del movimiento nacional indio.

En resumen, la época imperialista creó una serie de condiciones que determinaron la aparición de líderes antiimperialistas y, asimismo, las condiciones que, como veremos (cap. 12, infra), comenzaron a dar resonancia a sus voces. Pero es una anacronismo y un error afirmar que la característica fundamental de la historia de los pueblos y regiones sometidos a la dominación y a la influencia de las metrópolis occidentales es la resistencia a Occidente. Es un anacronismo porque, con algunas excepciones que señalaremos más adelante, los movimientos antiimperialistas importantes comenzaron en la mayor parte de los sitios con la primera guerra mundial y la revolución rusa, y un error porque interpreta el texto del nacionalismo moderno la independencia, la autodeterminación de los pueblos, la formación de los Estados territoriales, etc. (v. cap. 6, infra) en un registro histórico que no podía contener todavía. De hecho, fueron las elites occidentalizadas las primeras en entrar en contacto con esas ideas durante sus visitas a Occidente y a través de las instituciones educativas formadas por Occidente, pues de allí era de donde procedían. Los jóvenes estudiantes indios que regresaban del reino Unido podían llevar consigo los eslóganes de Mazzini y Garibaldi, pero por el momento eran pocos los habitantes del Punjab, y mucho menos aun los de regiones tales como el Sudán, que tenían la menor idea de lo que podían significar.

En consecuencia, el legado cultural más importante del imperialismo fue una educación de tipo occidental para minorías distintas: para los pocos afortunados que llegaron a ser cultos y, por tanto, descubrieron, con o sin ayuda de la conversión al cristianismo, el ambicioso camino que conducía hasta el sacerdote, el profesor, el burócrata o el empleado. En algunas zonas se incluían también quienes adoptaban una nueva profesión, como soldados y policías al servicio de los nuevos gobernantes, vestidos como ellos y adoptando sus ideas peculiares sobre el tiempo, el lugar y los hábitos domésticos. Naturalmente, se trataba de minorías de animadores y líderes, que es la razón por la que la era del imperialismo, breve incluso en el contexto de la vida humana, ha tenido consecuencias tan duraderas. En efecto, es sorprendente que en casi todos los lugares de Africa la experiencia del colonialismo, desde la ocupación original hasta la formación de Estados independientes, ocupe únicamente el discurrir de una vida humana; por ejemplo, la de Sir Winston Churchill (1847-1965).

¿Qué decir acerca de la influencia que ejerció el mundo dependiente sobre los dominadores? El exotismo había sido una consecuencia de la expansión europea desde el siglo XVI, aunque una serie de observadores filosóficos de la época de la Ilustración habían considerado muchas veces a los países extraños situados más allá de Europa y de los colonizadores europeos como una especie de barómetro moral de la civilización europea. Cuando se les civilizaba podían ilustrar las deficiencias institucionales de Occidente, como en las Cartas persas de Montesquieu; cuando eso no ocurría podían ser tratados como salvajes nobles cuyo comportamiento natural y admirable ilustraba la corrupción de la sociedad civilizada. La novedad del siglo XIX consistió en el hecho de que cada vez más y de forma más general se consideró a lo pueblos no europeos y a sus sociedades como inferiores, indeseables, débiles y atrasados, incluso infantiles. Eran pueblos adecuados para la conquista o, al menos, para la conversión a los valores de la única civilización real, la que representaban los comerciantes, los misioneros y los ejércitos de hombres armados, que se presentaban cargados de armas de fuego y de bebidas alcohólicas. En cierto sentido, los valores de las sociedades tradicionales no occidentales fueron perdiendo importancia para su supervivencia, en un momento en que lo único importante eran la fuerza y la tecnología militar. ¿Acaso la sofisticación del Pekín imperial pudo impedir que los bárbaros occidentales quemaran y saquearan en Palacio de Verano más de una vez? ¿Sirvió la elegancia de la cultura de la elite de la decadente capital mongol, tan bellamente descrita en la obra de Satyajit Ray Los ajedrecistas, para impedir el avance de los británicos? Para el europeo medio, esos pueblos pasaron a ser objeto de su desdén. Los únicos no europeos que les interesaban eran los soldados, con preferencia aquellos que podían ser reclutados en sus propios ejércitos coloniales (sijs, gurkas, beréberes de las montañas, afganos, beduinos). El Imperio otomano alcanzó un temible prestigio porque, aunque estaba en decadencia, poseía una infantería que podía resistir a los ejércitos europeos. Japón comenzó a ser tratado en pie de igualdad cuando empezó a salir victorioso en las guerras. Sin embargo, la densidad de la red de comunicaciones globales, la accesibilidad de los otros países, ya fuera directa o indirectamente, intensificó la confrontación y la mezcla de los mundos occidental y exótico. Eran pocos los que conocían ambos mundos y se veían reflejados en ellos, aunque en la era imperialista su número se vio incrementado por aquellos escritores que deliberadamente decidieron convertirse en intermediarios entre ambos mundos: escritores o intelectuales que eran, por vocación y por profesión, marinos (como Pierre Loti y, el más célebre de todos, Joseph Conrad), soldados y administradores (como el orientalista Louis Massignon) o periodistas coloniales (como Rudyard Kipling). Pero lo exótico se integró cada vez más en la educación cotidiana. Eso ocurrió, por ejemplo, en las celebérrimas novelas juveniles de Karl May (18421912), cuyo héroe imaginario, alemán, recorría el salvaje Oeste y el Oriente islámico, con incursiones en el Africa negra y en América Latina; en las novelas de misterio, que incluían entre los villanos a orientales poderosos e inescrutables como el doctor Fu Manchú de Sax Rohmer; en las historias de las revistas escolares para los niños británicos, que incluían ahora a un rico hindú que hablaba el barroco inglés babu según el estereotipo esperado. El exotismo podía llegar a ser incluso una parte ocasional pero esperada de la experiencia cotidiana, como en el espectáculo de Búfalo Bill sobre el salvaje oeste, con sus exóticos cowboys e indios, que conquistó Europa a partir de 1877, o en las cada vez más elaboradas “aldeas coloniales”, o en las exhibiciones de las grandes exposiciones internacionales. Esas muestras de mundos extraños no eran de carácter documental, fuera cual fuere su intención. Eran ideológicas, por lo general reforzando el sentido de superioridad de lo “civilizado” sobre lo “primitivo”. Eran imperialistas tan sólo porque, como muestran las novelas de Joseph Conrad, el vínculo central entre los mundos de lo exótico y de lo cotidiano era la penetración formal o informal del tercer mundo por parte de los occidentales. Cuando la lengua coloquial incorporaba, fundamentalmente a través de los distintos argots y, sobre todo, el de los ejércitos coloniales, palabras de la experiencia imperialista real, éstas reflejaban muy frecuentemente una visión negativa de sus súbditos. Los trabajadores italianos llamaban a los esquiroles crumiri (término que tomaron de una tribu norteafricana) y los políticos italianos llamaban a los regimientos de dóciles votantes del sur, conducidos a las elecciones por los jefes locales como ascari (tropas coloniales nativas), los caciques, jefes indios del Imperio español en América, habían pasado a ser sinónimos de jefe político; los caids (jefes indígenas norteafricanos) proveyeron el término utilizado para designar a los jefes de las bandas de criminales en Francia.

Pero había un aspecto más positivo de ese exotismo. Administradores y soldados con aficiones intelectuales los hombres de negocios se interesaban menos por esas cuestiones meditaban profundamente sobre las diferencias existentes entre sus sociedades y las que gobernaban. Realizaron importantísimos estudios sobre esas sociedades, sobre todo en el Imperio indio, y las reflexiones teóricas que transformaron las ciencias sociales occidentales. Ese trabajo era fruto, en gran medida, del gobierno colonial o intentaba contribuir a él y se basaba en buena medida en un firme sentimiento de superioridad del conocimiento occidental sobre cualquier otro, con excepción tal vez de la religión, terreno en que la superioridad, por ejemplo, del metodismo sobre el budismo, no era obvia para los observadores imparciales. El imperialismo hizo que aumentara notablemente el interés occidental hacia diferentes formas de espiritualidad derivadas de Oriente, o que se decía que derivaban de Oriente, e incluso en algunos casos se adoptó esa espiritualidad en Occidente. A pesar de todas las críticas que se han vertido sobre ellos en el período pos colonial no se puede rechazar ese conjunto de estudios occidentales como un simple desdén arrogante de las culturas no europeas. Cuando menos, los mejores de esos estudios analizaban con seriedad esas culturas, como algo que debía ser respetado y que podía aportar enseñanzas. En el terreno artístico, en especial las artes visuales, las vanguardias occidentales trataban de igual a igual a las culturas no occidentales. De hecho, en muchas ocasiones se inspiraron en ellas durante este período. Esto es cierto no sólo de aquellas creaciones artísticas que se pensaba que representaban a civilizaciones sofisticadas, aunque fueran exóticas (como el arte japonés, cuya influencia en los pintores franceses era notable), sino de las consideradas como “primitivas” y, muy en especial, las de Africa y Oceanía. Sin duda, su “primitivismo” era su principal atracción, pero no puede negarse que las generaciones vanguardistas de los inicios del siglo XX enseñaron a los europeos a ver esas obras como arte con frecuencia como un arte de gran altura por derecho propio, con independencia de sus orígenes. Hay que mencionar brevemente un aspecto final del imperialismo: su impacto sobre las clases dirigentes y medias de los países metropolitanos. En cierto sentido, el imperialismo dramatizó el triunfo de esas clases y de las sociedades creadas a su imagen como ningún otro factor podía haberlo hecho. Un conjunto reducido de países, situados casi todos ellos en el noroeste de Europa, dominaban el globo. Algunos imperialistas, con gran disgusto de los latinos y, más aún, de los eslavos, enfatizaban los peculiares méritos conquistadores de aquellos países de origen teutónico y sobre todo anglosajón que, con independencia de sus rivalidades, se afirmaba que tenían una afinidad entre sí, convicción que se refleja todavía en el respeto que Hitler mostraba hacia el Reino Unido. Un puñado de hombres de las clases media y alta de esos países -funcionarios, administradores, hombres de negocios, ingenierosejercían ese dominio de forma efectiva. Hacia 1890, poco más de seis mil funcionarios británicos gobernaban a casi trescientos millones de indios con la ayuda de algo más de setenta mil soldados europeos, la mayor parte de los cuales eran, al igual que las tropas indígenas, mucho más numerosas, mercenarios que en un número desproporcionadamente alto procedían de la tradicional reserva de soldados nativos coloniales, los irlandeses. Este es un caso extremo, pero de ninguna forma atípico.

¿Podría existir una prueba más contundente de superioridad?

Así pues, el número de personas implicadas directamente en las actividades imperialistas era relativamente reducido, pero su importancia simbólica era extraordinaria. Cuando en 1899 circuló la noticia de que el escritor Rudyar Kipling, bardo del Imperio indio, se moría de neumonía, no sólo expresaron sus condolencias los británicos y los norteamericanos Kipling acababa de dedicar un poema a los Estados Unidos sobre “la responsabilidad del hombre blanco”, respecto a sus responsabilidades en las filipinas, sino que incluso el emperador de Alemania envió un telegrama.

Pero el triunfo imperial planteó problemas e incertidumbres. Planteó problemas porque se hizo cada vez más insoluble la contradicción entre la forma en que las clases dirigentes de la metrópoli gobernaban sus imperios y la manera en que lo hacían con sus pueblos. Como veremos, en las metrópolis se impuso, o estaba destinada a imponerse, la política del electoralismo democrático, como parecía inevitable. En los imperios coloniales prevalecía la autocracia, basada en la combinación de la coacción física y la sumisión pasiva a una superioridad tan grande que parecía imposible de desafiar y, por tanto, legítima. Soldados y “procónsules” autodisciplinados, hombres aislados con poderes absolutos sobre territorios extensos como reinos, gobernaban continentes, mientras que en la metrópoli campaban a sus anchas las masas ignorantes e inferiores.

¿No había acaso una lección que aprender ahí, una lección en el sentido de la voluntad de dominio de Nietzsche? El imperialismo también suscitó incertidumbres. En primer lugar, enfrentó a una pequeño minoría de blancos pues incluso la mayor parte de esa raza pertenecía al grupo de los destinados a la inferioridad, como advertía sin cesar la nueva disciplina de la eugenesia (v. Cap. 10, infra) con las masas de los negros, los oscuros, tal vez y sobre todo los amarillos, ese “peligro amarillo” contra el cual solicitó el emperador Guillermo II la unión y la defensa de Occidente. ¿Podían durar, esos imperios tan fácilmente ganados, con una base tan estrecha, y gobernados de forma tan absurdamente fácil gracias a la devoción de unos pocos y a la pasividad de los más? Kipling, el mayor y tal vez el único poeta del imperialismo, celebró el gran momento del orgullo demagógico imperial, las bodas de diamante de la reina Victoria en 1897, con un recuerdo profético de la impermanencia de los imperios:

Nuestros barcos, llamados desde tierras lejanas, se desvanecieron; El fuego se apaga sobre las dunas y los promontorios:

¡Y toda nuestra pompa de ayer es la misma de Nínive y Tiro!

Juez de las Naciones, perdónanos con todo, Para que no olvidemos, para que no olvidemos.

Pomp planteó la construcción de una nueva e ingente capital imperial para la India en Nueva Delhi. ¿Fue Clemencau el único observador escéptico que podía predecir que sería la última de una larga serie de capitales imperiales? ¿Y era la vulnerabilidad del dominio global mucho mayor que la vulnerabilidad del gobierno doméstico sobre las masas de los blancos?

La incertidumbre era de doble filo. En efecto, si el imperio (y el gobierno de las clases dirigentes) era vulnerable ante sus súbditos, aunque tal vez no todavía, no de forma inmediata, ¿no era más inmediatamente vulnerable a la erosión desde dentro del deseo de gobernar, el deseo de mantener la lucha darwinista por la supervivencia de los más aptos? ¿No ocurriría que la misma riqueza y lujo que el poder y las empresas imperialistas habían producido debilitaran las fibras de esos músculos cuyos constantes esfuerzos eran necesarios para mantenerlo? ¿No conduciría el imperialismo al parasitismo en el centro y al triunfo eventual de los bárbaros?

En ninguna parte suscitaban esos interrogantes un eco tan lúgubre como en el más grande y más vulnerable de todos los imperios, aquel que superaba en tamaño y gloria a todos los imperios del pasado, pero que en otros aspectos se halla al borde de la decadencia. Pero incluso los tenaces y enérgicos alemanes consideraban que el imperialismo iba de la mano de ese “Estado rentista” que no podía sino conducir a la decadencia. Dejemos que J. A. Hobson exprese esos temores en palabra: si se dividía China, la mayor parte de la Europa occidental podría adquirir la apariencia y el carácter que ya tienen algunas zonas del sur de Inglaterra, la Riviera y las zonas turísticas o residenciales de Italia o Suiza, pequeños núcleos de ricos aristócratas obteniendo dividendos y pensiones del Lejano Oriente, con un grupo algo más extenso de seguidores profesionales y comerciantes y un amplio conjunto de sirvientes personales y de trabajadores del transporte y de las etapas finales de producción de los bienes perecederos: todas las principales industrias habrían desaparecido, y los productos alimenticios y las manufacturas afluirían como un tributo de Africa y de Asia. Así, la belle époque de la burguesía lo desarmaría. Los encantadores e inofensivos Eloi de la novela de H. G. Wells, que vivían una vida de gozo en el sol, estarían a merced de los negros morlocks, de quienes dependían y contra los cuales estaban indefensos. “Europa -escribió el economista alemán Schulze-Gaevernitz- […] traspasará la carga del trabajo físico, primero la agricultura y la minería, luego el trabajo más arduo de la industria, a las razas de color y se contentará col el papel de rentista y de esta forma, tal vez, abrirá el camino para la emancipación económica y, posteriormente, política de las razas de color.”

Estas eran las pesadillas que perturbaban el sueño de la belle époque. En ellas los ensueño imperialistas se mezclaban con los temores de la democracia.

NOTAS

(a) El sultán de Marruecos prefiere el título de “rey”. Ninguno de los otros minisultanes supervivientes del mundo islámico podía ser considerado como “rey de reyes”. (b) Esta doctrina, que se expuso por primera vez en 1823 y que posteriormente fue repetida y completada por los diferentes gobiernos estadounidenses, expresaba la hostilidad a cualquier nueva colonización o intervención política de las potencias europeas en el hemisferio occidental. Más tarde se interpretó que esto significaba que los Estados Unidos eran la única potencia con derecho a intervenir en el hemisferio. A medida que los Estados Unidos se convirtieron en un país más poderoso, los Estados europeos tomaron con más seriedad la doctrina Monroe. (c) De hecho, la democracia blanca los excluyó, generalmente, de los beneficios que habían conseguido los hombres de raza blanca, o incluso se negaba a considerarlos como seres plenamente humanos. (d) En algunos casos, el imperialismo podía ser útil. Los mineros córnicos abandonaron masivamente las minas de estaño de su península, ya en decadencia, y se trasladaron a las minas de oro de Suráfrica, donde ganaron mucho dinero y donde morían incluso a una edad más temprana de lo habitual como consecuencia de las enfermedades pulmonares. Los propietarios de minas córnicos compraron nuevas minas de estaño en Malaya con menor riesgo para sus vidas. (e) Entre 1876 y 1902 se realizaron 119 traducciones de la Biblia, frente a las 74 que se hicieron en los treinta años anteriores y 40 en los años 1816-1845. Durante el período 1886-1895 hubo 23 nuevas misiones protestantes en Africa, es decir, tres veces más que en cualquier decenio anterior. (f) Pueden citarse algunos ejemplos de enfrentamientos armados por motivos económicos como en Venezuela, Guatemala, Haití, Honduras y México, pero que no alteran sustancialmente este cuadro. Por supuesto, el Gobierno y los capitalistas británicos, obligados a elegir entre partidos o Estados locales que favorecían los intereses económicos británicos y aquellos que se mostraban hostiles a éstos, apoyaban a quienes favorecían los beneficios británicos: Chile contra Perú en la “guerra del Pacífico” (1879-1882), los enemigos del presidente Balmaceda en Chile en 1891. La materia en disputa eran los nitratos. (g) Francia no consiguió ni siquiera integrar sus nuevas colonias totalmente en un sistema proteccionista, aunque en 1913 el 55 % de las transacciones comerciales del imperio francés se realizaban con la metrópoli. Francia, ante la imposibilidad de romper los vínculos económicos establecidos de estas zonas con otras regiones y metrópolis, se veía obligada a conseguir una gran parte de los productos coloniales que necesitaba caucho, pieles y cuero, madera tropical a través de Hamburgo, Amberes y Liverpool. (h) Que, después de 1918, se repartieron las antiguas colonias alemanas. (i) “¡Ah se afirma que exclamó una de esas patronas, si Bapugi supiera lo que cuesta mantenerles en la pobreza!”

Eric Hobsbawm. Murió el historiador que vivió y describió el siglo XX como nadie

PARÍS.- Fue testigo del derrumbe del III Reich, de los imperios coloniales y del bloque soviético. Quizá por eso, Eric Hobsbawm, fallecido ayer a los 95 años, que nunca se hizo ilusiones sobre el futuro del imperio americano, afirmó que había “llegado la hora de volver a tomar en serio a Marx”.

Nacido en la ciudad egipcia de Alejandría, en 1917, inmenso historiador y sorprendente figura del marxismo británico, Hobsbawm se hizo conocer en el mundo en los años 60 por sus trabajos sobre el mito de Robin Hood, antes de escribir una célebre trilogía sobre el siglo XIX ( La era de las revoluciones , La era del capital , La era de los imperios ) y más tarde sobre el siglo XX ( La edad de los extremos ).

Pero lo más fascinante de ese personaje, alto y delgado, con la cara marcada por un rictus que parecía trazado por la espátula del pintor Lucian Freud, fue su propia vida.

En Francotirador , su autobiografía publicada en 2007, Hobsbawm narró la dimensión de esa aventura: niñez en Viena, cuando triunfaba Freud; alumno en Berlín, durante los últimos días de la República de Weimar; estudiante en Londres con el Blitz; militante comunista, en momentos del informe Kruschev sobre el estalinismo; crítico de jazz, en la edad de oro de los fifties ; profesor invitado en California, en época de los hippies ? Sus recuerdos constituyen un fascinante panorama sobre la experiencia de la política en el transcurso de ese “corto siglo XX”, como él lo calificó.

Verdadero hijo del siglo XX, nacido en el seno de un hogar judío, Hobsbawm llegó con su familia a Viena cuando tenía dos años. Tras la muerte casi simultánea de sus padres, viajó a Berlín, donde fue acogido por unos parientes. Allí asistió a la Escuela Socialista para niños.

“En Alemania no había otra alternativa”, reconoció, en una entrevista con Maya Jaggi, publicada en 2002. “El liberalismo se derrumbaba. Si en vez de judío hubiera sido alemán, imagino que podría haberme transformado en un nazi, en un nacionalista alemán”, admitió. En aquellos años, Hobsbawm explicó a uno de sus maestros que se había convertido al comunismo y que era necesaria una revolución.

“Mi profesor me hizo algunas preguntas, y dijo: «Es evidente que no tienes idea de lo que estás diciendo. Por favor, ve a la biblioteca y busca algo para leer». Allí descubrí el Manifiesto Comunista y comprendí todo”, relató en una entrevista con la BBC.

En 1933, el joven marxista se mudó a Londres, donde la vida le pareció terriblemente aburrida, aunque allí se quedó para siempre. En 1936 se incorporó al Partido Comunista de Gran Bretaña y, desde entonces y hasta 1991, colaboró con la revista teórica Marxism Today.

Hobsbawm integraba esa famosa generación de estudiantes de Cambridge tentados por el marxismo, que dio estetas, intelectuales y hasta espías al servicio de Moscú, como Kim Philby, Donald Duart Maclean, Guy Burgess, Anthony Blunt y John Cairncross. Pero a diferencia de “los cinco de Cambridge”, nunca traicionó a su país. Por el contrario, combatió en las filas inglesas en la Segunda Guerra Mundial.

Fue miembro del Partido Comunista británico hasta 1989. En su biografía describió la última manifestación legal del PC alemán, en Berlín, el 25 de enero de 1933: “Junto con el sexo, la participación a una manifestación de masas en un momento de gran exaltación política es la única actividad que combina experiencia corporal y una emoción intensa en el grado más alto”. Y agregó: “Contrariamente al orgasmo”, el placer de manifestar “puede ser prolongado durante horas”.

Ésa podría ser la explicación de su complacencia (asumida) con los ex países del Este, y en particular con Alemania Oriental.

“Antes de 1956, fui un leal miembro del Partido Comunista durante dos décadas. En consecuencia, mantuve silencio ante numerosos episodios sobre los cuales había sobradas razones para no permanecer en silencio”, reconoció en 2002.

Con el tiempo, sin embargo, comenzó a criticar los errores y excesos del régimen soviético. Pero nunca abjuró de la doctrina marxista. En su último libro, publicado en 2011, Cómo cambiar el mundo , en el que analizó los problemas de la economía en el comienzo de este siglo XXI, concluyó afirmando que había llegado nuevamente “el momento de tomar en serio a Marx”.

A pesar de esa filiación, Hobsbawm era leído por generaciones enteras de estudiantes y reverenciado por su habilidad para vida a la historia, usando su perspectiva socialista para contarla a través de la vida de los pueblos. “Sacó a la historia de su torre de marfil y la puso en medio de la vida de la gente”, declaró el líder del partido laborista británico, Ed Miliband.

Fiel a la disciplina de trabajo que se impuso desde que publicó su primer libro en 1948 ( Labour’s Turning Point: extracts from contemporary sources ), Hobsbawm trabajó hasta su último suspiro. Su libro póstumo, aún sin título, aparecerá en 2013.

Casado con Marlene Schwarz desde 1962, Hobsbawm deja dos hijos varones y una mujer, siete nietos y un bisnieto.

Su hija, Julia Hobsbawm, relató que su padre murió en la madrugada de ayer en el Royal Free Hospital de Londres, víctima de una neumonía. “Peleó contra una leucemia durante años, con calma y con lucidez. Hasta el último momento, fue fiel a lo que siempre supo hacer: trabajar. En la cabecera de su cama, dejó una enorme pila de periódicos”, agregó.

Poco antes de morir, le preguntó qué mensaje quería dejarles a sus nietos. “Que sean curiosos porque la curiosidad es la mayor de las cualidades”, contestó. También les recomendó la lectura de tres libros: Crimen y castigo , de Fedor Dostoievski, la poesía de W.H. Auden y el Manifiesto Comunista . “Formuló esa última recomendación confesó Julia Hobsbawm con un brillo de malicia en la mirada.”

El mejor homenaje póstumo a ese sembrador de conocimientos, a ese excepcional formador de generaciones de historiadores y políticos, haya sido probablemente el del periodista Max Angel, que contribuyó a hacer publicar en Francia algunos de sus libros: “Ciao Eric Hobsbawm!”, escribió. “ Bye bye ! And thank you very much !

Lunes, 01 de Octubre de 2012 / 08:23 h

Un abrazo, Chele. Vos siempre fuiste un inmenso pozo de energía, todo lleno de disposición, y siempre fuiste dueño de una inmensa capacidad de trabajo, no parecías cansarte nunca, de modo que no resultaba fácil trabajar con vos.
En la década del setenta, del siglo pasado, fuimos diputados. Te acordás que estuvimos en la Asamblea Legislativa por el Partido Unión Democrática Nacionalista, miembro de la Unión Nacional Opositora, cuyos otros dos miembros eran la Democracia Cristiana y el Movimiento Nacional Revolucionario. Esta fue una alianza política que utilizamos para derrotar electoralmente al Partido de Conciliación Nacional.

Es bueno que contemos, Rafael, que en aquellos años, un diputado ganaba cerca de dos mil colones, pero que el salario de nosotros era de 500 colones; el resto servía para financiar la lucha popular. En ningún caso y en ningún momento, ser diputado significaba ser privilegiado, y mucho menos, ser empresario, o dedicarse a negocios utilizando su cargo ventajosamente. La Asamblea Legislativa era un teatro de operaciones y un instrumento al servicio de las luchas del pueblo, y nosotros la convertimos, precisamente en eso, en caja de resonancia de las luchas de la gente. Y siempre fuimos, como vos te recordarás, luchadores en una cancha gubernamental. Nunca fuimos funcionarios, es decir, nunca confundimos en nuestras cabezas la función pública y el instrumento; nunca pensamos que la función era un fin y nosotros un medio, como piensan muchos funcionarios. Siempre supimos que el fin eran las luchas de la gente y el aparato era un instrumento.

Te acordás, Chele, como, en esos años, estallaron las acciones campesinas de ocupación de tierras, en respuesta a las acciones terratenientes de desalojo de esas mismas tierras, y como usábamos los fines de semana para visitar a los campesinos de la costa del departamento de La Paz. Los compañeros nos esperaban en los manglares y en cayucos nos conducían, durante la noche, a las playas donde hacíamos las reuniones de trabajo. Las nubes de zancudos zumbaban en los alrededores, y en medio de todos, nosotros. El humo de las fogatas no parecían afectarlos y, tenaces, tal como son los zancudos, nos acompañaban toda la noche.

Te acordarás bien que en esos años estallaron las matanzas de campesinos, porque la guerra ya había estallado y la contra insurgencia se adelantaba a la insurgencia, y nosotros, como reales diputados del pueblo, llevábamos la denuncia real del pueblo real, al foro legislativo. Ahí llevábamos la denuncia de la matanza de La Cayetana, o Tres Piedras, y otras matanzas.

De tu parte, pusiste toda tu experiencia y talento organizativo, y tu inagotable energía, en la construcción de una Central Única de Trabajadores. Se trataba de unificar a la clase obrera para las luchas que se venían encima. Ser diputado era ser un luchador político muy calificado, capaz de pelear en un terreno infectado de provocaciones, porque todo estaba diseñado para que el compromiso político se disolviera y la cabeza política se confundiera. Nada de eso ocurría con nosotros.

La década de los años setenta fue el momento histórico en el que la lucha revolucionaria se ensanchó y nuevas fuerzas y sectores se incorporaron, y como suele ocurrir siempre, lo hicieron con todo su pensamiento, su visión, su estilo y sus métodos. Se enfrentaban a la dictadura militar de derecha, también a la oligarquía. Luchaban contra una política pero no siempre se enfrentaban al sistema capitalista ni a un régimen inspirado por este sistema, tampoco luchaban, necesariamente, por el socialismo, ni por una sociedad comunista que liberara al ser humano de la explotación y de la opresión. Ante estos ojos, nuestro trabajo, nuestra filosofía, nuestras utopías científicas, nuestros estilos y métodos, eran amenazantes y obstaculizaban sus caminos.

En septiembre de 1975, mes y año en que caíste asesinado, toda esta tensionante confrontación estaba caminando y desembocó en tu vida, en vos, en tu trabajo y en tu convicción inagotable de luchador revolucionario invencible. Y esa noche de ese septiembre, hace 37 años, es decir, hace un segundo, los fogonazos de los disparos asesinos troncharon tu vida, fueron segundos o fracciones de segundo, y los asesinos se perdieron en la bruma, en las sombras, y fueron devorados por los minutos y los segundos, pero vos, a 37 años, estás más vivo que nunca y más fuerte que nunca y más saludable que nunca, y seguís moviéndote en tu volvo ronrón, y seguís con tu camisa de fuera, con tu risa y tu rostro de desafío, listo para enfrentarte al futuro.

Los diputados sabrán en su momento, cuando el pueblo tenga sus representantes, y cuando la Asamblea sea escenario de lucha del pueblo, que tendrán que ser como vos, y tendrán que conocer tu escuela, tu práctica y tu estilo. Es bueno que sepas, Rafa, que estamos trabajando para eso, no te impacientes mucho que estamos avanzando, de manera tenaz, inquebrantable e indetenible.

Estuve en la AGEUS en 1998…

Estuve en la AGEUS en 1998…
Entrevista con Max Herrador

SAN SALVADOR, 1 de septiembre de 2012 (SIEP) “El movimiento estudiantil fue minado por diferentes actores para que no continuara AGEUS…” opina Max Herrador que fue miembro en el año 1998, del último Comité Ejecutivo de la Asociación General de Estudiantes Universitarios Salvadoreños, que fue creada en 1927.

Nos comparte que “yo era un estudiante aplicado, estudiaba dos carreras, Periodismo en la UES y Mercadeo en la Tecnológica, además era instructor, tenía un perfil más académico que político, y estaba claro en esto, además había vivido como inmigrante en Canadá, pero llegó al ejecutivo de AGEUS desde Periodismo, a través de la organización Proyección Estudiantil.”

“Te aclaro que no era ni miembro de Proyección Estudiantil sino instructor de Semiótica, que me lo había permitido la docente Rosa Guardado, que daba esa materia. A mí me busca el presidente de la SECH, de apellido Zúñiga, de Sociología, para proponerme y acepto. Me acuerdo que a principios del 98, durante el interciclo se realizó el Congreso de AGEUS donde fui electo, tenía 24 años…”

“Me acuerdo que hice un dossier-resumen de la organización del evento, prepare una presentación interactiva así como elabore lo que llame un Diagnostico Institucional Comunicativo, o sea un documento con diagnostico y líneas estratégicas.”

“Lo mío eran las comunicaciones, fíjate que publicamos siete ediciones de Opinión Estudiantil así como un suplemento especial, a mediados del 99… En este congreso de AGEUS, que creo que fue el IV, me eligen como miembro del Comité Ejecutivo. En el congreso participan todas las facultades menos las blancas, me refiero a Química y Farmacia, Medicina y Odontología. “

Antes del congreso de AGEUS se realizaron precongresos en las diversas facultades. Ahí es que fui electo para asistir al Congreso de AGEUS, me acompaña el estudiante de filosofía, Mario de Paz, que hoy vive en Alemania. La reunión fue en el local de a SECH, que quedaba donde esta hoy el edificio de Sociología.”

“Ya para esa época vivíamos en un momento político diferente, la guerra había concluido, y era de la opinión que había que promover lo académico como lo principal. Había diferentes visiones de distintas asociaciones y gremios, estaba Proyección, Ideas, Prope, Pepes, estaba la Radio Activa que la dirigía Luís Rivera…”

Por cierto me parece que la toma de Radio Activa el 9 de octubre del 2000por grupos radicales marcó una ruptura…un punto de hecatombe, del que ya no pudimos regresar. Abortó la posibilidad de contar con un movimiento estudiantil sano, netamente estudiantil académico…”

“Durante la primera reunión del comité ejecutivo la presidencia de AGEUS fue disputada por las facultades de Ingeniería y Ciencias y Humanidades. Existían las figuras de Presidente y Secretario General. Esta elección ya se hizo internamente. El Vice-presidente era el secretario de Actas. “

“Analizó que lo mío eran las comunicaciones y declino disputar la presidencia y asumo la secretaria de comunicaciones. Es electo presidente de AGEUS Francisco Marroquín, de Ingeniería, con quien tuvimos una buena relación. Esto me crea problemas con Zúñiga de la SECH que esperaba ganar esa posición, pero yo no quería jugar ese papel, y lo que hice fue, seis meses después, una carta documento en la que establecí una ruptura total con la SECH.”

“Entre los integrantes del comité ejecutivo de AGEUS se encontraba Carlos Palma, de derecho, que hoy es concejal de la alcaldía de Santa Tecla; Ixel de Economía, Robín Hernández, de Agronomía, que era el secretario general. Durante nuestra gestión mantuvimos una relación amistosa con el Rector de ese periodo, Dr. Benjamín López Guillen. Ya para esa época, finales del 98, empezaba a gestarse un movimiento en respaldo de la Dra. María Isabel Rodríguez.”

“A principios del 99 se desarrollaba la campaña electoral para rector. Como AGEUS se decidió apoyar a Chanti (Lic. Santiago Ruiz de Economía). Yo no quise desgastarme contradiciendo esta decisión, pero mis simpatías eran con la Dra. Rodríguez. Y es que los estudiantes la apoyaban…Y al final fue electa, y AGEUS se desgastó…”

“En ese marco surge la discusión aprobación de la nueva Ley Orgánica de la UES, que venía sustituir a la vigente, que venía de los tiempos del CAPUES, era del 78… AGEUS cabildeo con todos los partidos políticos e incuso con la ministra de educación, Lic. Cecilia gallardo de Cano. Para ese momento realizamos una marcha gigantesca, hacia la Asamblea Legislativa, de miles de estudiantes.”

“Estaba para ese tiempo iniciando lo de la Villa Olímpica, como posibilidad, lo que fue gestionado por el rector López Guillen aunque se realizo ella en la gestión de la Dra. Rodríguez.”

“Otro asunto que tuvo bastante trascendencia fue la asistencia de una delegación numerosa d estudiantes salvadoreños a un Congreso de la OCLAE en La Habana, Cuba. Este fue un craso error político, ya que vino a dividirnos. Fue a principios del 2000 y viajaron cerca de 80 estudiantes. Este viaje fue uno de los elementos que provocó la división del movimiento estudiantil.”

¿Quién decidía quien iba y quien se quedaba y bajo qué criterios? El Consejo Ejecutivo de AGEUS. Por lo tanto los que no fueron quedaron muy molestos. Claro, se quedo bien con los cubanos pero se quedo mal pero muy mal con muchos estudiantes salvadoreños. Esto influyó poderosamente en lo que pasó después…”

“A mediados del 2000 se decide realizar un nuevo Congreso para elegir a nuevas autoridades de AGEUS. Se define realizarlo en la fecha histórica del 30 de julio. Era el 25 aniversario de la masacre estudiantil. Pero se junto en esa fecha la realización en el país de una reunión del CSUCA y de la FEUCA. Al final se decide aplazar el congreso de AGEUS y priorizar la reunión del CSUCA y de la FEUCA. Esto fue un grave error.”

“Fue contraproducente…quedamos fuera del tiempo que nos correspondía, nos colocamos fuera de la ley. Y surgió una fuerte oposición encabezada por la BRES y el UERS-30 para pasarnos esa factura. Y seguramente el FMLN apoyaba estos esfuerzos. Al final no convocamos y cuando lo hicimos, en el Congreso no tuvimos correlación…O sea lo hicimos pero no concluyó.”

“Pensaba que los movimientos estudiantiles militantes pertenecían al pasado, eran propios del periodo de la guerra, que se necesitaba una nueva visión para un nuevo movimiento estudiantil…”

“Se nos fue todo agosto del 2000 trabajando para montar el congreso, ya en situación de ilegalidad, y con múltiples señalamientos de la comunidad universitaria. Se nos fue un mes exacto de preparación de materiales. En juna reunión del comité ejecutivo exprese: aquí está mi informe al congreso, junto con el afiche y también mi renuncia, no puedo continuar en una situación así…me retire y quede fuera.”

“El Congreso terminó realizándose a finales de septiembre, asistí y de nuevo sonó mi nombre como candidato. Se hizo en el local de la SECH. La BRES y el UERS-30 se tomaron el congreso. Se comprometieron a convocar en los próximos dos meses, han pasado doce años…desde entonces han habido muchos esfuerzos por reconstruir AGEUS, pero todos han fracasado…”

El proyecto de Nuevo Orden Mundial tropieza con las realidades geopolíticas

El proyecto de Nuevo Orden Mundial tropieza con las realidades geopolíticas

Sábado 1ro de septiembre de 2012 por CEPRID

Imad Fawzi Shueibi

Red Voltaire

Traducido por la Red Voltaire a partir de la traducción al francés de Said Hilal Alcharifi

Hace 4 siglos que los líderes políticos vienen tratando de crear un orden internacional capaz de regir las relaciones entre las naciones y de evitar las guerras. Aunque el principio de la soberanía de los Estados arrojó resultados, las organizaciones intergubernamentales han reflejado esencialmente la correlación de fuerzas correspondiente a cada momento. En cuanto al ambicioso proyecto estadounidense de Nuevo Orden Mundial, el hecho es que está estrellándose contra las nuevas realidades geopolíticas.

La lenta formación de un orden internacional

Si bien la expresión «orden mundial» es de reciente aparición en el discurso político, la idea misma de instaurar un orden mundial, o internacional, data ya del siglo XVII y fue tema de discusión cada vez que se presentaba una posibilidad de organizar la paz y de darle un carácter permanente.

Ya en 1603, el rey francés Enrique IV daba a su ministro, el duque de Sully, la tarea de elaborar un primer proyecto. El objetivo era la constitución de una república cristiana que incluyera a todos los pueblos de Europa. Dicha república debía garantizar la preservación de las nacionalidades y cultos y encargarse de resolver los problemas entre esos componentes.

Aquel Gran Empeño incluía una redefinición de las fronteras de los Estados como medio de equilibrar el poderío de los mismos y la creación de una Confederación Europea de 15 miembros, con un Consejo supranacional que debía disponer de poder de arbitraje y de un ejército capaz de garantizar la defensa de la Confederación contra los turcos. El asesinato de Enrique IV interrumpió aquel sueño, que no resurgió ya hasta el final de las guerras desatadas por Luis XIV. El abate Saint-Pierre dio a conocer por entonces suProjet pour rendre la paix perpétuelle entre les souverains chrétiens[En español, “Proyecto para perpetuar la paz entre los soberanos cristianos”. Nota del Traductor.]. Aquel plan, que fue presentado al Congreso de Utrecht (en 1713), consistía en adoptar íntegramente todas las decisiones tomadas en aquel encuentro como base definitiva para el trazado de las fronteras entre los países beligerantes y en la creación de una liga de las naciones europeas (una federación internacional) que se encargaría de prevenir los conflictos.

Independientemente de la mencionada utopía, lo más importante de aquella época fue, por supuesto, los Tratados que hicieron posible la Paz de Westfalia, firmados en 1648, al cabo de una guerra de 30 años, guerra que se libró bajo estandartes religiosos, dando lugar a una gran acumulación de odio, y en la que pereció el 40% de la población. Las negociaciones se prologaron durante 4 años (de 1644 a 1648) y finalmente concretaron una igualdad entre todas las partes beligerantes, ya fuesen católicos o protestantes, monárquicos o republicanos.

Los Tratados de Westfalia establecieron 4 principios fundamentales:

1. La soberanía absoluta del Estado-Nación y el derecho fundamental a la autodeterminación política.

2. La igualdad entre los Estados-Naciones en el plano jurídico. En virtud de ese principio, el más pequeño de los Estados se considera igual al más grande, independientemente de su fuerza o su debilidad, de su riqueza o su pobreza.

3. El respeto de los tratados y la aparición de un derecho internacional de obligatorio cumplimiento [O sea vinculante. NdT.].

4. La no injerencia en los asuntos internos de los demás Estados. Cierto es que esos principios generales no garantizan una soberanía absoluta, que en realidad nunca ha existido. En todo caso, se trataba de principios que deslegitimaban todo acto susceptible de abolir dicha soberanía.

Todos los filósofos vinculados a la política respaldaron esos proyectos. Rousseau exhortó vehementemente a la formación de un Estado único de carácter contractual que debía reunir a todos los países de Europa. En 1875, Kant publicó Para la paz perpetua. La paz es para Kant una construcción jurídica que exige el establecimiento de una ley general aplicable a todos los Estados. El utilitarista inglés Bentham condenó la diplomacia secreta por tratarse de un procedimiento que se separa del derecho. También llamó a la creación de una opinión pública internacional capaz de obligar a los gobiernos a someterse a las resoluciones internacionales y al arbitraje.

La creación de las instituciones reguladoras internacionales La idea de un orden internacional fue progresando constantemente, basada siempre en las reglas de la soberanía consagradas en los Tratados de Westfalia. Dio lugar al surgimiento de la Santa Alianza, propuesta en 1815 por el Zar Alejandro I, y al proyecto deConcertación europeaque propuso, ya en el siglo XIX, el canciller austriaco Metternich como medio de prevenir «la revolución» que en el lenguaje racional político no significa otra cosa que el caos.

Fue a partir de aquel momento que los Estados comenzaron a celebrar cumbres para dirimir problemas sin recurrir a la guerra, privilegiando el arbitraje y la diplomacia.

Fue con ese objetivo que se fundó la Sociedad de Naciones (SDN), al término de la Primera Guerra Mundial. Pero la SDN no fue más que la expresión de la correlación de fuerzas de aquel momento, al servicio de las potencias que habían salido victoriosas de aquella guerra. Sus valores morales eran por lo tanto muy relativos. Fue así como, a pesar de que su supuesto objetivo era resolver los diferendos entre naciones a través del arbitraje y sin recurrir a la guerra, la SDN se declaró competente para supervisar política, económica y administrativamente a los pueblos subdesarrollados o colonizados hasta que estos últimos lograran su autodeterminación, lo cual condujo naturalmente a la legitimación de los mandatos. Al adoptar esa posición, la Sociedad de Naciones encarnó la realidad colonialista.

El carácter artificial de aquella organización quedó demostrado cuando fue incapaz de enfrentar graves acontecimientos internacionales, como la conquista de Manchuria por parte de Japón, la conquista de Abisinia (la actual Etiopía) por parte de Italia y la anexión de la isla griega de Corfú, también por parte de Italia.

Aunque el presidente estadounidense Woodrow Wilson había promovido la idea de León Bourgeois que dio lugar al nacimiento de la SDN, Washington nunca fue miembro de esa organización. Ante las acusaciones de las demás naciones, Japón y Alemania se retiraron de ella, lo cual privó a la SDN de todo valor real.

La ONU, sucesora de la SDN, fue por su parte el reflejo de la Carta del Atlántico, firmada por Estados Unidos y Gran Bretaña el 4 de agosto de 1941, y de la declaración de Moscú, adoptada por los Aliados el 30 de octubre de 1943, anunciando la creación de «una organización general basada en el principio de la igualdad de todos los Estados pacíficos en materia de soberanía». El proyecto se desarrolló durante la Conferencia de Dumbarton Oaks, celebrada en Washington desde el 21 de agosto hasta el 7 de octubre de 1944.

Los principios de la Carta del Atlántico fueron a su vez aprobados en la Conferencia de Yalta (del 4 al 12 de febrero de 1945), antes de su consagración final en la Conferencia de San Francisco (los días 25 y 26 de junio de 1945).

La ideología mundialista se vio entonces encarnada en la ONU, organización que, desde su creación, ha pretendido establecer un sistema de seguridad colectiva para todos, incluyendo a los Estados que no pertenecen a ella. En realidad, la ONU no es una sociedad contractual entre iguales –como tampoco lo fue la SDN– sino el reflejo de la correlación de fuerzas del momento, a favor de los vencedores del momento.

Aún así, el mundo entero se sometió a aquella voluntad.

Esta organización, supuestamente mundial, no era en la práctica otra cosa que la expresión de la voluntad de dominación de las potencias victoriosas, en detrimento de la voluntad –ignorada– de los pueblos. Esta realidad geopolítica se confirmó en el momento de la creación del Consejo de Seguridad de la ONU al que pertenecen, con la categoría de miembros permanentes, las cinco grandes potencias (las potencias vencedoras) y otros miembros no permanentes electos en función de criterios geográficos, que implican una subrepresentación de África y Asia.

La ineficacia de ese sistema se hizo patente durante la guerra fría. El conflicto entre las dos grandes potencias afectó a las pequeñas, que tuvieron que soportar todas las consecuencias de dicho conflicto, tanto en el plano local como a escala regional.

Esta estructuración de los papeles de las partes se reflejaba abiertamente en el funcionamiento de la ONU, tanto en lo tocante a los pedidos de adhesión como en el tratamiento de los conflictos, como pudo comprobarse en los casos de Palestina y de Corea, en la nacionalización del petróleo iraní, en la crisis del canal de Suez, en las ocupaciones israelíes, en Líbano, etc.

Al crearse la ONU se proclamó «la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional». Pero el sistema del veto ha privado a las demás naciones del derecho a ser actores en condiciones de igualdad.

En definitiva, las instituciones internacionales han sido siempre un reflejo del equilibrio entre las potencias, lo cual está muy lejos de toda idea de justicia en el sentido filosófico o moral.

El Consejo de Seguridad de la ONU es en realidad undirectorio mundial (continuador del que había instalado Matternich), que reserva exclusivamente a los Aliados, vencedores en la Segunda Guerra Mundial, la posibilidad de imponer resoluciones, en vez de poner ese derecho en manos de quienes trabajan a favor de la paz.

Después de la desaparición de la Unión Soviética era crucial haber cambiado el sistema internacional.

Estados Unidos rediseña las relaciones internacionales

Fue en ese momento que los discípulos de Leo Strauss triunfaron en Estados Unidos, con ayuda de los periodistas neoconservadores. Según ellos, la sociedad se divide en tres castas: los sabios, los señores y el pueblo. Los sabios son los únicos que conocen la verdad, de la cual sólo revelan una parte a los políticos (los señores), mientras que el pueblo tiene que someterse a sus decisiones. Los discípulos de Leo Strauss han seguido promoviendo sus ideas y llamando constantemente a la abrogación de los Tratados de Westfalia, lo cual implica el abandono del respeto de la soberanía de los Estados y la anulación del principio de no injerencia en sus asuntos internos. Para lograr imponer la hegemonía occidental han inventado un «derecho de injerencia humanitaria» y una «responsabilidad de proteger» que supuestamente tendrían los sabios, cuya ejecución estaría en manos de los señores y que habría que imponer a los pueblos. En lo que constituye una revisión del vocabulario de la Segunda Guerra Mundial, han llamado también a reemplazar la «resistencia» por la negociación.

En 1999, los llamados de los neoconservadores encontraron eco en varios países occidentales, principalmente en el Reino Unido y Francia. Tony Blair presentó el ataque de la OTAN contra Kosovo como la primera guerra humanitaria de la historia. En un discurso pronunciado en Chicago, Blair afirmó que el Reino Unido no estaba tratando de defender sus intereses sino que estaba promoviendo valores universales. Tanto Henry Kissinger como Javier Solana (por entonces secretario general de la OTAN y no de la Unión Europea) saludaron calurosamente aquella declaración de Blair. Poco después, la ONU nombraba a Bernard Kouchner como administrador de Kosovo.

No hay diferencia notable entre la teoría de los straussianos y la de los nazis. En Mein Kampf, Hitler ya arremetía contra el principio de soberanía de los Estados, consagrado en los Tratados de Westfalia. Esta visión del mundo se ha impuesto ya en el plano económico con el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC). Desde su creación misma, esas instituciones se empeñaron en inmiscuirse en las políticas económicas, presupuestarias y financieras de los Estados, sobre todo de los más pobres y vulnerables. Algunos Estados árabes han sufrido las consecuencias de sus consejos en materia de liberalización económica, de privatización del sector público, de venta de los recursos naturales a precios irrisorios.

Washington estuvo indeciso sobre la conducta a seguir después de la desaparición de la URSS. Estados Unidos reafirmó poco a poco su categoría como única superpotencia, incluso como «hiperpotencia» según la expresión del francés Hubert Vedrine. Desde entonces, Estados Unidos ha considerado obsoleto el sistema de la ONU heredado de la Segunda Guerra mundial. Pero no se ha limitado a desinteresarse de la ONU sino que incluso ignora sus obligaciones financieras para con esa organización, no ratificó el Protocolo de Kioto, se negó a aceptar el Tribunal Penal Internacional y ha humillado a la UNESCO en varias ocasiones.

Los conceptos surgidos de la Segunda Guerra Mundial fueron barridos por los atentados del 11 de septiembre de 2001. La Estrategia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos de América, publicada por el presidente George W. Bush el 20 de septiembre de 2002, proclama un nuevo derecho: «la acción militar preventiva contra los Estados renegados».

La estrategia estadounidense incluye un radical giro conceptual.

La noción de resistencia, surgida de la resistencia francesa contra la ocupación nazi, se ve deslegitimada para favorecer una exigencia de solución de los conflictos a través de la negociación, sin que se tengan en cuenta los derechos inalienables de las partes. Al mismo tiempo, la noción de terrorismo –que nunca ha llegado a definirse en derecho internacional– ha sido utilizada para deslegitimar a todo grupo armado en conflicto con un Estado, sin tener en cuenta las causas de ese conflicto.

Abrogando las leyes de la guerra, Washington volvió a poner de moda los «asesinatos selectivos», práctica que había abandonado después de la guerra de Vietnam pero que Israel ya estaba aplicando desde hace más de una década. Según los juristas de Washington, los «asesinatos selectivos» no son propiamente «asesinatos» sino «homicidios en defensa propia», a pesar de que no existe en esos casos ni necesidad de protegerse, ni concomitancia entre la amenaza y la reacción, ni una justa proporción entre la respuesta y la supuesta amenaza.

La injerencia humanitaria y la responsabilidad de proteger se ponen por encima de la soberanía de los Estados.

Y, finalmente, aparece la noción de Estados renegados.

Los 4 criterios utilizados para definir a los llamados Estados renegados caen ampliamente en el terreno de la suposición, esencialmente en cuanto a las intenciones de esos Estados:

Sus dirigentes oprimen a la población y saquean sus bienes.

No respetan las leyes internacionales y constituyen una amenaza permanente para sus vecinos.

Apoyan el terrorismo.

Odian a Estados Unidos y los principios democráticos de ese país. Diez años después de la desaparición de la URSS, Estados Unidos emprende su rediseño de las relaciones internacionales. En lo tocante al Medio Oriente, el filosofo neoconservador Bernard Lewis y su discípulo Fuad Ajami enuncian los principales objetivos: acabar con el nacionalismo árabe golpeando a los regímenes tiránicos que cimentaron el mosaico tribal, confesional y religioso. La destrucción y el desmembramiento de los Estados de esta región conducirán al «Caos constructor», una situación incontrolable en la que desaparece toda forma de cohesión social y el hombre vuelve a su estado primitivo. Esas sociedades volverán así a una etapa prenacional, por no decir prehistórica, que dará lugar al surgimiento de micro Estados étnicamente homogéneos y fatalmente dependiente de Estados Unidos. Uno de los líderes straussianos, Richard Perle, afirmaba que después de las guerras en Irak y Líbano vendrían otras, en Siria y en Arabia Saudita, que acabarían en una apoteosis en Egipto.

Tres etapas

En todo caso, la construcción de este Nuevo Orden Mundial ha pasado por varias etapas.

1. De 1991 a 2002 se produce una etapa de indecisión. Washington no se decide a reafirmarse como única superpotencia y a decidir unilateralmente el destino del mundo. Aunque duró más de un decenio, esta etapa no es más que un breve momento a escala histórica.

2. Desde 2003 hasta 2006, Washington trata de aplicar a toda costa la teoría del «Caos constructor» para extender así su propia hegemonía. Desató así dos guerras: una en Irak, donde usó sus propias tropas, y otra en Líbano, a través de un contratista. La derrota israelí de 2006 interrumpió temporalmente el proyecto estadounidense. Rusia y China recurrieron entonces por 2 veces a su derecho de veto (sobre Myanmar y Zimbabue) como para confirmar tímidamente que estaban de regreso en la escena internacional.

3. En el periodo que va de 2006 al momento actual, el sistema unipolar cedió espacio a un mundo no polar. Se dispersó el poderío. China, la Unión Europea, la India, Rusia y Estados Unidos representan a más de la mitad de los habitantes del planeta, poseen el 75% del PIB mundial y efectúan el 80% de los gastos militares. Este estado de cosas justifica, en cierta medida, un funcionamiento multipolar debido a la competencia que se desarrolla entre estos polos.

La nebulosa de un mundo no polar

Lo más importante es que esas potencias se ven ante desafíos que vienen tanto de arriba (las organizaciones regionales y mundiales) como de abajo (de las milicias, las ONGs y las transnacionales). El poderío está presente, al mismo tiempo, en todas partes y en ningún sitio, en varias manos y en varios lugares.

Además de las seis grandes potencias mundiales existe una gran cantidad de potencias regionales. En Latinoamérica se puede mencionar los casos de Brasil, más o menos de Argentina, de Chile, México y Venezuela. En África, se pueden mencionar Nigeria, Sudáfrica y Egipto. En el Medio Oriente tenemos a Irán, Israel y Arabia Saudita. También están los casos de Pakistán, en el sudeste de Asia; y los de Australia, Indonesia y Corea del Sur, en el Asia oriental y en el oeste del Pacífico. Numerosas organizaciones intergubernamentales aparecen también en ese listado de fuerzas: el FMI, el Banco Mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la propia ONU, y organizaciones regionales como la Unión Africana, la Liga Árabe, la ASEAN, la Unión Europea, el ALBA, etc. Y no podemos olvidar la existencia de clubes como la OPEP (la Organización de Países Exportadores de Petróleo).

Hay agregar también a ese listado ciertos Estados que a su vez son parte de Estados-Naciones, como el Estado de California, en Estados Unidos, y el de Uttar Pradesh [el Estado más poblado de la India] e incluso ciudades como Nueva York y Shanghai.

También están las empresas transnacionales, sobre todo las vinculadas a sectores como la energía y las finanzas; medios de difusión de alcance global como Al-Jazeera, la BBC y CNN; milicias como el Hezbollah,, el Ejército del Mehdi o los talibanes. A todo lo anterior tenemos que agregar aún partidos políticos, movimientos e instituciones religiosas, organizaciones terroristas, cárteles de drogas, ONGs y fundaciones. La lista es interminable.

Pero la principal concentración de poderío se mantiene en Estados Unidos. Los gastos militares de ese país están estimados en más de 500 000 millones de dólares. Esa cifra puede elevarse en realidad a 700 000 millones si tenemos en cuenta el costo de las operaciones que actualmente se desarrollan en Irak y Afganistán. Con un PIB anual estimado en 14 trillones de dólares, Estados Unidos está considerado como la primera economía del mundo.

Sin embargo, la realidad del poderío estadounidense no puede ocultar la decadencia de Estados Unidos, tanto en valor absoluto como en relación con los demás Estados. Como ha señalado el presidente del Council on Foreign Relations, Richard Haass, el progreso de países como China, Rusia, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos es del orden de un trillón al año. Eso se debe, claro está, al mercado de la energía. Dada la explosión de la demanda de energía de parte de China y de la India, esa cifra está llamada a seguir creciendo. La debilidad del dólar ante la libra esterlina y el euro no sólo provocará la depreciación de la moneda estadounidense ante las divisas asiáticas sino también una posible transformación del mercado del petróleo, que adoptará el pago a través de diferentes divisas, o quizás en euros.

Y cuando el dólar estadounidense deje de ser la moneda de la compra-venta petrolera, la economía de Estados Unidos se volverá vulnerable a la inflación y las crisis monetarias.

Dos mecanismos fundamentales han sostenido el mundo no polar: Numerosos flujos financieros se han abierto paso fuera de las vías legales y a espaldas de los gobiernos, lo cual tiende a demostrar que la globalización debilita la influencia de las principales potencias.

Los Estados petroleros han utilizado ampliamente esos flujos para financiar en secreto actores no estatales.

Por consiguiente, en un sistema no polar, el hecho de ser el Estado más poderoso del mundo no garantiza el monopolio de la fuerza. Todo tipo de grupos, e incluso de individuos, pueden acumular influencia. Según el profesor Hedley Bull, las relaciones internacionales han sido siempre una mezcla de orden y caos. Si seguimos la lógica de su teoría, el sistema no polar tiende a volverse cada vez más complejo. Y eso es lo que ha sucedido.

En 2011, la exacerbación de las tensiones alrededor de Libia demostró que el sistema no polar había dejado de ser viable. Aparecieron entonces dos orientaciones que competían entre sí.

La primera es estadounidense. Su objetivo es la construcción de un Nuevo Orden Mundial que corresponda a la estrategia de Washington. Ello supone abolir la soberanía de los países, reconocida desde la época de los Tratados de Westfalia, y reemplazarla por la injerencia humanitaria, a la vez como legitimación retórica y como caballo de Troya del American Way of Life.

La segunda, respaldada por la Organización de Cooperación de Shanghai y los países del BRICS, es chino-rusa. Reclama la preservación de los principios de los Tratados de Westfalia, sin proponer por ello un retroceso. Su objetivo es instaurar una nueva regla del juego, algo basado alrededor de dos núcleos alrededor de los cuales existen cierto número de polos.

Resulta evidente que el control de los recursos, sobre todo de las energías renovables, constituye el paso ideal hacia la creación de un nuevo sistema, cuya aparición se mantiene bloqueada desde 1991. También está claro que el control del gas y de las vías de transporte constituye el centro del conflicto que hoy se desarrolla en Siria. Es indudable que la polarización de las potencias sobre ese tema sobrepasa en importancia las supuestas causas internas así como la cuestión del acceso a las aguas cálidas o la importancia logística de la base naval de Tartus.

El imperativo energético

La batalla de la energía era el gran negocio de Dick Cheney. La dirigió desde el año 2000 hasta 2008, en claro enfrentamiento con China y Rusia. Es la misma política que se ha seguido aplicando bajo la dirección del propio Barack Obama.

Para Cheney, la demanda de energía aumenta más rápido que la oferta, conduciendo a fin de cuentas a una situación de escasez. La preservación de la dominación estadounidense exige, por lo tanto, en primer lugar el control de las reservas aún existentes de petróleo y gas. Además, y de manera más general, si bien las actuales relaciones internacionales están estructuradas en función de la geopolítica del petróleo, lo que realimente determina el ascenso o la caída de un Estado es el aprovisionamiento. Estos razonamientos sirven de base al plan de 4 puntos de Cheney:

Estimular, a cualquier precio, toda producción local a través de vasallos como medio de reducir la dependencia estadounidense de cualquier proveedor que no sea su amigo, para ampliar así la libertad de acción de Washington.

Controlar las exportaciones de petróleo desde los Estados árabes del Golfo, no para acapararlas sino para usarlas como medio de presión sobre los clientes y sobre los demás proveedores.

Controlar las vías marítimas en Asia, o sea el aprovisionamiento de China y Japón no sólo en petróleo sino también en materias primas. Estimular la diversificación de las fuentes de energía utilizadas en Europa para reducir la dependencia de los europeos en relación con el gas ruso y limitar la influencia política que esa dependencia puede proporciona a Moscú.

Así que los estadounidenses se han fijado como principal objetivo su propia independencia energética. Ese era el sentido de la política que Dick Cheney elaboró, en mayo de 2001, al cabo de profundas consultas con los gigantes de la energía. Esa política exige una diversificación de las fuentes: petróleo local, gas domestico y carbón, producción de electricidad con energía hidráulica y con energía nuclear. Exige además un fortalecimiento de los intercambios con sus amigos del hemisferio occidental, sobre todo con Brasil, Canadá y México.

El objetivo secundario es el control del flujo de petróleo en el golfo árabe. Fue esa la principal causa de la operación Desert Storm (en 1991)) y de la posterior invasión de Irak (en 2003).

El plan Cheney se concentró en el control de las vías marítimas: el estrecho de Ormuz (por donde transita un 35% del comercio mundial del petróleo) y el estrecho de Malaca. En este momento, esas vías marítimas siguen siendo esenciales para la supervivencia económica de China, Japón, Corea del Norte e incluso para Taiwán. Ambos corredores permiten el envío de recursos energéticos y materias primas hacia los centros industriales asiáticos y la posterior exportación de los productos manufacturados hacia los mercados mundiales. Al tenerlos bajo su control, Washington garantiza simultáneamente la lealtad de sus principales aliados asiáticos y restringe el creciente poderío de China. La aplicación de esos objetivos geopolíticos tradicionales llevó a Estados Unidos a reforzar su presencia naval en la zona Asia-Pacífico y a crear una trama de alianzas militares entre Japón, la India y Australia. También con vistas a obstaculizar el progreso de China.

Washington siempre ha considerado a Rusia como un competidor geopolítico. Ha aprovechado cada oportunidad que se ha presentado para reducir el poderío e influencia de Rusia y ve con especial temor la creciente dependencia de Europa occidental del gas natural ruso, dependencia que puede limitar la capacidad de oposición de los países de esa región ante los movimientos rusos en el este de Europa y en el Cáucaso.

Como alternativa, Washington ha empujado a los europeos a aprovisionarse en la cuenca del Mar Caspio, construyendo para ello nuevos gasoductos a través de Georgia y Turquía. Se trataba de evitar el paso por Rusia, con ayuda de Azerbaiyán, Kazajstán y Turkmenistán, rehuyendo el uso de los gasoductos de Gazprom. Así aparece la idea del gasoducto Nabucco.

Para reforzar la independencia energética de su país, Barack Obama se convirtió de pronto en nacionalista autárcico [Defensor de la autosuficiencia. NdT.]. Estimuló la explotación del petróleo y del gas en el hemisferio occidental, sin importar los peligros que encierran las perforaciones en zonas ecológicamente frágiles, como las aguas frente a las costas de Alaska o en el Golfo de México, ni las posibles consecuencias de las técnicas utilizadas para la producción de energía, como el craqueo del agua [También llamado “separación del agua”, este proceso divide el agua en sus componentes, oxígeno e hidrógeno, y se considera como una posibilidad para la obtención de hidrógeno barato. NdT.].

En su discurso sobre el Estado de la Nación correspondiente a 2012, el presidente Obama declaró con orgullo: «En los 3 últimos años hemos abierto millones de acres de tierra a la prospección en busca de petróleo y gas. Esta tarde he pedido a la administración que abra más del 75% de los recursos petroleros y gasíferos off shore. Ahora, en este momento, la producción estadounidense de petróleo es la más alta de los últimos 8 años. Así es. Desde hace 8 años. Y eso no es todo. El año pasado nuestra dependencia del petróleo extranjero disminuyó y llegó a su nivel más bajo en 16 años.»

Obama mencionó, con particular entusiasmo, la extracción de gas natural por craqueo de esquistos bituminosos: «Tenemos reservas de gas natural que protegen a América por un centenar de años.» En marzo de 2011, Washington incrementó sus importaciones de Brasil para no seguir recurriendo al petróleo del Medio Oriente.

En realidad, Washington nunca ha dejado de garantizar el control estadounidense sobre las vías marítimas vitales que se extienden desde el estrecho de Ormuz hasta el Mar de la China Meridional, ni de establecer una red de bases y de alianzas que cercan a China –la potencia mundial emergente– formando un arco que va desde Japón hasta Corea del Sur, Australia, Vietnam y Filipinas, por el sudeste, y la India, por el sudoeste. A todo esto se agrega, como colofón, un acuerdo con Australia para la construcción de una instalación militar en Darwin, en la costa norte del país, cerca del Mar de la China Meridional. Washington trata además de incluir a la India en una coalición de países de la región hostiles a China para sacar a Nueva Delhi del BRICS, en el marco de una estrategia tendiente a cercar a China que despierta gran inquietud en Pekín.

Varios estudios han sacado a la luz una repartición inesperada de las reservas mundiales de gas. Rusia aparece a la cabeza con los 643 trillones de pies cúbicos de la Siberia occidental. En segundo lugar aparece Arabia Saudita, incluyendo el yacimiento de Ghawar, con 426 trillones de pies cúbicos. Viene en tercer lugar el Mediterráneo, con 345 trillones de pies cúbicos de gas, a los que hay que agregar 5 900 millones de barriles de gas líquido y 1 700 millones de barriles de petróleo.

En el caso del Mediterráneo, la parte más importante de esa riqueza se halla en Siria. El yacimiento descubierto en Qara puede alcanzar una producción diaria de 400 000 metros cúbicos, lo que convertiría a Siria en el cuarto productor de la región, después de Irán, Irak y Qatar. El transporte del gas desde el cinturón de Zagros, en Irán, hacia Europa debe pasar por Irak y Siria, lo cual ha venido a trastornar los proyectos estadounidenses y a consolidar los proyectos rusos (South Stream y North Stream). Sin acceso al gas sirio, Washington no tiene otra salida que tratar de garantizar el gas libanés.

Y sigue la guerra…

Imad Fawzi Shueibi es Filósofo y geopolítico. Presidente del Centro de Estudios Estratégicos y Documentación (Damasco, Siria).

7 de agosto de 1931: se funda el Partido Trabajador de Nicaragua (PTN)

HISTORIA.- 7 de agosto de 1931: se funda el Partido Trabajador de Nicaragua (PTN)
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Por Orson Mojica

El 7 de agosto de 1931, a las diez de la noche, en la casa del obrero Daniel Saballos, en la ciudad de Managua, en una reunión clandestina 52 trabajadores constituyeron el Partido Trabajador de Nicaragua (PTN), el primer partido obrero de Nicaragua. Teniendo como telón de fondo la intervención, de los marines yanquis, la lucha antimperialista encabezada por el General Augusto César Sandino y los valiosos antecedentes organizativos de la Federación Obrera Nicaragüense (FON) y el Obrerismo Organizado, el naciente PTN pretendió organizar políticamente a los trabajadores de Nicaragua en un partido independiente de los capitalistas y terratenientes agrupados en las “paralelas históricas”: los partidos liberal y conservador.

A 81 años de fundación del PTN es necesario rescatar la herencia de lucha de las generaciones anteriores de la clase obrera, estudiar cuales fueron sus principales aciertos, los obstáculos que enfrentaron, etc., para concluir la grandiosa tarea que ellos iniciaron.

Crisis e intervención norteamericana

A finales de la década de los años veinte, el mundo capitalista fue sacudido violentamente por la más grande recesión económica que arrastró a millones de trabajadores al hambre, la miseria y la desocupación. En los países atrasados esa crisis se hizo sentir de manera muy especial.

En Nicaragua, desde el derrocamiento del gobierno nacionalista del General José Santos Zelaya en 1909, se vivió una situación revolucionaría marcada por una prolongada guerra civil, por la ocupación militar de los marines yanquis, que se combinó a partir del año 1926 con la recesión mundial del capitalismo. La caída de los precios del café, principal producto de exportación de Nicaragua, profundizó la crisis económica y provocó la rebelión armada de las masas semi proletarias encabezadas por el General Augusto César Sandino.

En este contexto de lucha antimperialista, de una total quiebra de la economía capitalista, de la ruina de decenas de miles de artesanos en las ciudades, se formó el PTN.

Anteriormente se habían producido dos importantes intentos de organizar gremialmente a los primeros trabajadores asalariados de las ciudades de Nicaragua. La Federación Obrera Nicaragüense (FON) y el Obrerismo Organizado fueron los primeros intentos de los trabajadores y artesanos de organizarse como clase social. Aunque ambas organizaciones hicieron actividad política, estas recibieron influencia de los intelectuales liberales o conservadores, es decir, terminaron siendo apéndices de las “paralelas históricas”.

Con la fundación del PTN se dio el primer paso, a nivel consciente, de organizar políticamente a los trabajadores. Es necesario señalar que, dado el atraso de la economía capitalista en Nicaragua, la mayor parte de la población vivía en el campo. Sin embargo, producto de la recesión económica, en las ciudades se produjo una radicalización de los artesanos y de los pocos trabajadores asalariados, despertando un fuerte sentimiento de independencia política entre estos sectores sociales.

El periodista Onofre Guevara, en su libro “El Movimiento Obrero en Nicaragua”, nos señala que la lucha del General Sandino y el nacimiento del PTN son dos fenómenos coincidentes, producto de las mismas condiciones históricas, “aunque no identificados orgánicamente”. En efecto, el PTN reflejó distorsionadamente el fenómeno de despertar político que se operó en las ciudades, especialmente en Managua, mientras que la lucha del General Sandino reflejó más fielmente la radicalización de las masas semiproletarias del campo, arruinadas por la crisis y que constituyeron la base social del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional (EDSN).

Sandino y el PTN

Hasta el año 1932 se operó una coincidencia política entre el PTN y la lucha antimperialista del General Sandino, cuando aquel adoptó la táctica de boicotear las elecciones de ese año, la segunda “contienda electoral” que se producía en Nicaragua bajo la ocupación de los marines y en donde se disputaron la presidencia el liberal Juan Bautista Sacasa y el conservador Adolfo Benard.

En esa coyuntura, el PTN levantó la consigna “Contra las elecciones, a favor de Sandino”. Fue el primer y último intento de acercamiento con el General Sandino, porque después, en el año 1934, días antes de su asesinato, hubo un intento de entablar contacto directamente con él, entrevista que fracasó por la negativa de Sandino de llegar a un acuerdo político con el PTN.

En las difíciles condiciones políticas creadas por la represión de los marines contra el pueblo, el PTN se dio a la tarea de organizar sindicatos, convirtiéndose en una de las principales víctimas de la represión. Muchos de sus dirigentes fueron desterrados, otros encarcelados. Sin embargo, los heroicos militantes del PTN hicieron innumerables sacrificios financieros para sostener la prensa del partido. El primer periódico fue “El Germen”. Después salió el periódico mimeografiado “Adelante”, posteriormente salió a luz pública “Causa Obrera” y “El Proletario”.

Las vinculaciones internacionales

Los pocos historiadores que han desenterrado la historia del primer partido obrero de Nicaragua, no nos dicen nada sobre las vinculaciones internacionales del PTN. Onofre Guevara insinúa que hubo una influencia indirecta de Agustín Farabundo Martí, cuando este se reunió en la mina San Albino, con quienes posteriormente fundarían el PTN. Sin embargo, no existe ni un solo documento al respecto que nos indique que Farabundo Martí, responsable del Secretariado Rojo Internacional, organismo adscrito a la Tercera Internacional, estuviese dirigiendo o asesorando a los futuros dirigentes del PTN. Gustavo Gutiérrez Mayorga, en su trabajo “Historia del Movimiento Obrero en Nicaragua”, nos informa que Roberto González, dirigente del PTN, había militado en el Partido Comunista de El Salvador. Estos son los débiles hilos de las vinculaciones internacionales del PTN.

En base a lo anterior resulta mucho más fácil caracterizar a posteriori al PTN como un partido con una dirección nacionalista revolucionaria. La dirección del PTN se identificó muchísimo con el Partido Nacional Revolucionario (PNR) de México, que posteriormente se convirtió en el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que en ésa época estaba dirigido por Lázaro Cárdenas, quien encabezó la campaña por la nacionalización del petróleo mexicano e inició una profunda Reforma Agraria. Los contactos se realizaron a través del embajador mexicano en Managua, Reyes Spindola,

El programa del PTN

El 1o. de Mayo de 1953, en un editorial! del periódico “Causa Obrera”, el PTN se autoproclamó como “socialista”. En la segunda reunión del Comité Central del PTN se definió, por primera vez, el programa del partido. Fue una mezcla de reivindicaciones democráticas mínimas, con concepciones verdaderamente socialistas. El punto No. 8 de dicho programa estableció la lucha “por la socialización de todas las empresas industriales y agrícolas, controladas por el Estado”. Lo que para Onofre Guevara es un “ultraizquierdismo inocente”, en realidad fue el más importante avance teórico y político de la dirección del PTN.

Sin embargo, es necesario señalar que la dirección del PTN no luchó a fondo por implantar su programa político por el socialismo.

El PTN siempre estuvo dividido en dos corrientes políticas: una colaboracionista que tuvo a sus principales dirigentes en Emilio Quintana y Maravilla Almendárez, y la otra independiente que, pese a su visión nacionalista, siempre trató de desarrollar la independencia política de los trabajadores. Entre esta última corriente estaban el poeta Manolo Cuadra, Carlos Pérez Bermúdez, Augusto Lorío, etc.

Ya hemos explicado cómo el programa del PTN fue una mezcla de reivindicaciones democráticas mínimas con concepciones verdaderamente socialistas. La influencia del PTN en la vida política nacional fue creciendo después del asesinato de Sandino, al grado tal que Somoza García, ya en el poder, se dio una táctica para ganarse a este pujante partido para su proyecto político personal; se apropió del programa mínimo democrático del PTN, haciendo la promesa de promulgar un Código del trabajo y un capítulo de garantías sociales en la Constitución, siempre y cuando el PTN lo apoyara

Somoza García se apropió de las reivindicaciones mínimas

En 1936 se dio el primer intento por parte de Somoza para utilizar al PTN en sus contradicciones con el Presidente Juan Bautista Sacasa, al apoyar y promover la huelga de choferes en protesta por el aumento de precios de la gasolina. Onofre Guevara nos dice que la dirección del PTN se negó participar en la maniobra. Sin embargo, Gustavo Gutiérrez cita las declaraciones del dirigente del PTN, Augusto Lorío, que nos dice “(…) entonces el PTN se lanzó a la calle a dirigir la huelga, pero los petenistas eran inocentes de que se trataba de una maniobra política de Somoza (…) sus consignas eran divertidas, se hablaba del establecimiento del soviet de Managua, de todo el poder soviético. Ellos creían que era el primer paso para la insurrección armada de la clase obrera, pero el dirigente de la huelga era Somoza”.

Poco a poco, debido a la inconsistencia política del programa del PTN, a su visión nacionalista, Somoza García fue abriendo una brecha dentro del PTN, a través de sus agentes a sueldo. Hubo un período en que el periódico del PTN se editó en el diario Novedades, propiedad de la familia Somoza.

El 3 de julio de 1938, oficialmente la dirección del PTN con la oposición del sector independiente apoyó la convocatoria a una Constituyente mediante la cual Somoza García podía relegirse como Presidente de la República.

Producto de este coqueteo entre Somoza y la dirección del PTN, el primer congreso del PTN se realizó en el Palacio del Ayuntamiento de Managua, en plena legalidad. Aunque los elementos prosomocistas no lograron copar totalmente la dirección, la elección de Eduardo Narváez como Secretario General del PTN, fue la derrota práctica del sector independiente. En febrero de 1939, Narváez disolvió al PTN.

30 de julio de 1975

Lunes, 30 de Julio de 2012 / 07:58 h

30 de julio de 1975

Dagoberto Gutiérrez

La fecha está llena de sudor, entusiasmo estudiantil, protesta, calle y sangre. También está llena de dictadura, represión y disparos, pero además está llena de crisis, la crisis de una dictadura militar de derecha, montada en 1932. Aunque todo esto es cierto, la fecha también está imantada por el papel de una universidad que, siendo un centro de estudios con calidad universitaria, no puede ganar esa calidad alejada del calor de una realidad quemante.
La fecha, además, expresa la realidad de un movimiento estudiantil en el cual, jóvenes hermosos, valientes y con ideales invencibles, cumplían un papel que los enfrentaba directamente al sistema político imperante. Por supuesto, a la base de estos factores se encontraba un pueblo cuya subjetividad era motorizada audazmente por sus propias luchas, por su destacamento estudiantil y por una dictadura torpe que no vacilaba en disparar y matar, pensando que nunca se le podía responder.
Todo esto resulta moviéndose en esta fecha y en este año. No olvidemos que dos años después, la Unión Nacional Opositora (alianza entre los partidos Demócrata Cristiano, Movimiento Nacional Revolucionario y Unión Democrática Nacionalista) realizaría su segunda campaña electoral, derrotando al Partido de Conciliación Nacional, llevando de candidato presidencial al Cnel. Ernesto Claramount.
Como podemos ver, estamos avanzando en el filo de un proceso histórico que concita todo el proceso en una sola tarde; pero lo esencial resulta ser el proceso histórico del que esta fecha es un punto encendido. Estamos en el camino que llevaba irremediablemente a la guerra popular de 20 años. Esta sería, a su vez, la tercera gran confrontación histórica, luego de 1832 con Anastasio Aquino a la cabeza, el padre de la dignidad popular, pasando por 1932 hasta la guerra de 20 años.
Estamos conmemorando una matanza y esto significa apelar a nuestra memoria histórica donde los acontecimientos son presentados de diferente manera, de acuerdo a la posición que se tenga en la lucha de clases. En el 30 de julio de 1975 encontramos a una dictadura enfrentada a un pueblo y a ambos factores moviéndose en un proceso político con su propia energía y su propio motor. Las cúpulas militares, como instrumentos de la oligarquía ejercían desde 1932 el papel de clase gobernante, de administradores del poder político dominante en la época. Este ejercicio suponía una cierta autonomía de su parte, pero en definitiva, un sometimiento a los dueños innegables del poder político. En el seno de las clases dominantes, el ambiente expresaba desaliento y desconcierto tras el fracaso de la industrialización y la integración centroamericana. Recordemos que pocos años antes, la guerra con Honduras destruyó el proyecto de desarrollo sin cambios estructurales y el momento histórico recogía entonces una especie de atascamiento de los caminos.
El movimiento popular expresaba un ensanchamiento de los sujetos políticos y las clases medias avanzaban inexorablemente hacia las posiciones conductoras del proceso. El gobierno de ese momento, el Cnel. Arturo Armando Molina, había invadido la universidad en 1972 y, sin duda, sostenían que esta era el centro, el motor y la inspiración de toda la confrontación social. En realidad, el papel de la universidad no era sino expresión de una radicalización del pensamiento científico de la misma y del pensamiento político de su población estudiantil. Aquí tenemos que remontarnos a la reforma universitaria de los años 60´s, la cual abrió las puertas de la universidad a miles de estudiantes que acudieron a formarse como profesionales. Y para un país que avanzaba supuestamente hacia un desarrollo anunciado y esperado, sin embargo los proyectos se vinieron abajo, porque no contemplaban ningún cambio de estructura, ninguna reforma al régimen político y ningún cambio en un sistema jurídico represivo. Todos estos hechos determinaron que miles de estudiantes vieran frustrados sus sueños de ser profesionales trabajando en sus profesiones, y así, la universidad empezó a producir un verdadero ejercito de profesionales sin posibilidades de empleo, y los jóvenes estudiantes fueron sacudidos, conmovidos y movidos por una realidad quemante que exigía ser negada y transformada. Esa realidad produjo un movimiento en las ideas y en la visión. Y ese movimiento, a su vez, produjo un movimiento social que se nutrió de la radicalización del pensamiento de los sectores medios. En el seno de la crisis se producía una especie de insurgencia de las clases medias. Esta sería decisiva para los acontecimientos posteriores. Y ese 30 de julio de 1975, la dictadura militar fracasó en su empeño de detener un proceso que había empezado a caminar y no se detendría hasta nuestros días.

EL SALVADOR.- Crisis política e intensa lucha de cúpulas por cuotas de poder: ¡La solución es la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente!

EL SALVADOR.- Crisis política e intensa lucha de cúpulas por cuotas de poder: ¡La solución es la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente!

En El Salvador se está produciendo una intensa lucha por la recomposición del poder político, entre los sectores que conforman la tradicional clase burguesa y los sectores económicos emergentes que buscan consolidarse como núcleos económicos dominantes. Estos sectores emergentes de la burguesía ya controlan ciertos órganos del aparato del Estado burgués, lo que les permite presionar y negociar con quien más le conviene de cara a la defensa de sus intereses. Esta “toma” de una parte de las instituciones, preocupa a una parte del empresariado salvadoreño tradicional que considera que la democracia está en riesgo, aunque en realidad lo que está en riesgo son sus intereses económicos y políticos y la perdida del control del aparato de Estado.

Una Constitución reaccionaria y antidemocrática

La Constitución de la Republica de El Salvador, vigente desde 1983 con algunas reformas, no fue elaborada con la participación democrática del pueblo salvadoreño. Al contrario, fue impuesta por el imperialismo norteamericano y las clases dominantes en plena Guerra Civil y en momentos en que las Fuerzas Armadas y demás cuerpos represivos de seguridad, junto a los escuadrones de la muerte, masacraban a los dirigentes obreros y populares. Esta Constitución en el artículo 85 sentó las bases de la partidocracia, al establecer que: “El sistema político es pluralista y se expresa por medio de los partidos políticos, que son el único instrumento para el ejercicio de la representación del pueblo dentro del Gobierno”.

Estos conceptos respondieron a las necesidades y realidades históricas de los sectores de la clase dominante, que en aquel momento buscaba desesperadamente frenar un posible arribo al poder de la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que en ese momento libraba la lucha armada y propugnaba por la insurrección popular. Aunque, al mismo tiempo, creó mecanismos institucionales para que la guerrilla del FMLN pudiese desarmarse, abandonar el programa socialista, y participar en la vida política como un partido más, pero amarrado a los preceptos constitucionales que la oligarquía definió en 1983.

Por ello la Constitución de 1983 limitó y continúa limitando la participación política democrática de los trabajadores, campesinos, pueblos originarios y demás sectores populares, estableciendo rígidos requisitos exigidos para constituir nuevos partidos políticos, e implementando procesos viciados en la inscripción de los mismos.

Las maniobras de ARENA

El partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) nació como una agrupación contrarrevolucionaria, y siempre ha defendido los intereses de los sectores tradicionales de la clase dominante. Después de la derrota electoral del 2009 perdió del poder ejecutivo, así como la hegemonía en la Asamblea Legislativa, como resultado de la división interna que llevó a la fundación del partido Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA). Antes de que se produjera el cambio de correlación de fuerzas dentro de la Asamblea Legislativa, ARENA se atrincheró en el órgano judicial, recurriendo posteriormente a una serie de maniobras como dictar sentencias favorables a la seudo democratización del sistema político, al permitir las candidaturas independientes, el desbloqueo de listas cerradas de candidatos a diputados, etc.

Estas maniobras estaban dirigidas a debilitar políticamente al gobierno de Mauricio Funes y del FMLN, creando mecanismos institucionales que les restasen caudal electoral al FMLN y GANA, este último como expresión partidaria de los sectores burgueses emergentes. Las sentencias de la Sala Constitucional fueron una clara maniobra política que beneficiaba a ARENA, pero al dictarlas dejaron muy claro que los gobiernos de ARENA se basaron en instituciones antidemocráticas, como siempre lo hemos denunciado los socialistas centroamericanos.

Como Partido Socialista Centroamericano (PSOCA), partiendo de que dichas sentencias sólo buscaban cambiar algo para que todo siguiera igual, declaramos que no apoyábamos las sentencias de la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, por considerarla una maniobra política de la derecha y porque eran insuficientes para satisfacer los objetivos políticos de la clase trabajadora. Expresamos a la vez que no podíamos permitir ni apoyar restricciones a los derechos democráticos de los trabajadores y del pueblo, como los que fueron realizados en los gobiernos de ARENA.

Como Partido Socialista Centroamericano (PSOCA) también hemos criticado al gobierno del FMLN porque éste se ha negado a encabezar la lucha por la democratización del sistema político salvadoreño. Hasta ahora las “Reformas Electorales” sólo han beneficiado a ARENA y GANA, no así a la clase trabajadora, ya que continúan vigentes las restricciones que impiden la participación política de los trabajadores, campesinos y pueblos originarios, por lo que sigue siendo necesario luchar por una verdadera democratización del régimen político.

La clase dominante tradicional y el partido ARENA han buscado maneras para evitar que las expresiones políticas de los nuevos grupos económicos emergentes consoliden posiciones dentro de las instituciones del Estado. En este contexto, a pesar que ARENA se recuperó en las pasadas elecciones legislativas de 2012, la repartición de los cargos dentro de la Corte Suprema de Justicia y en la Fiscalía General de la Republica se realizó cuando el FMLN y sus aliados tenían mayoría de diputados en la Asamblea Legislativa

Este es el verdadero origen de la actual crisis política. Este “golpe de mano” del FMLN y sus aliados es considerado “inconstitucional” por ARENA y la clase dominante tradicional. El temor de estos sectores es que en el futuro tendrían que negociar las decisiones judiciales con el FMLN y sus aliados.

La defensa de la Constitución, nueva táctica de la derecha arenera

El nombramiento de los Magistrados por segunda ocasión por parte de la legislatura 2009 -2012 llevó a que la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia declarara inconstitucional la elección de los magistrados en 2012 y en 2006. Evidentemente, las decisiones de la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia contradecían la voluntad de los aliados del FMLN dentro de la Asamblea Legislativa.

Fue así como la Asamblea Legislativa aprobó un acuerdo para interponer una demanda ante la Corte Centroamericana de Justicia (CCJ) contra las ultimas sentencias de la Sala Constitucional de la Corte Suprema, la que ordenó la suspensión de los actos de la Sala de lo Constitucional, validando momentáneamente en los hechos las decisiones de la Asamblea Legislativa de elegir Magistrados en dos ocasiones. Esta resolución de la CCJ fue considera por la Sala Constitucional de la Corte Suprema como “invasión indebida en la justicia constitucional del Estado salvadoreño”, agravando la crisis política y poniendo en tela de juicio los órganos de la integración centroamericana, que fueron reconocidos en su momento por el Estado de El Salvador.

Por su parte, el presidente Mauricio Funes se mostró afín a las resoluciones de la CCJ, debido su temor a que se declaren también inconstitucionales los nombramientos de los militares en los organismos de seguridad, decisión que ha sido cuestionada por muchas organizaciones sociales.

Esta lucha política en las alturas del poder, no beneficia en nada a la clase trabajadora, los campesinos, los pueblos originarios y demás sectores populares. A pesar de ello, la clase dominante tradicional muy astutamente ha logrado arrastrar a ciertas organizaciones a su causa, como es el caso de algunos grupos en Aliados por la Democracia. De igual manera, expresiones políticas de los sectores económicos emergentes, también han manipulado y arrastrado a sectores de masas en esta lucha por el control de los aparatos del Estado.

En este conflicto por el control de la Corte Suprema de Justicias, tanto el FMLN y sus aliados, como ARENA, han apelado a la movilización controlada de sus seguidores, para incidir en la mesa de negociaciones. Ninguno de estos bandos en pugna apela realmente a las masas, porque ambos temen que se cree una dinámica social que no puedan controlar. Ambos enseñan los dientes y los puños, esperando convencer al otro de la necesidad de encontrar una salida negociada.

Chantaje e imposiciones del imperialismo

Esta crisis política ha empezado a preocuparle al imperialismo norteamericano, debido a las buenas relaciones que mantiene con el gobierno de Funes y del FMLN.

El imperialismo también presiona por una salida pactada a dicho conflicto. Para ello ha recurrido al chantaje, amenazando con retirar los programas de cooperación financiera al gobierno y utilizando la figura del presidente Funes, quien parecía no querer involucrarse en el conflicto so pretexto de la independencia de poderes. Pero la dinámica del conflicto obligó a Funes a encabezar el proceso de diálogo entre el FMLN y ARENA.

Funes ha dicho que “Se trata de lograr un ámbito favorable al diálogo y a la construcción de consensos que permita alcanzar acuerdos superadores del conflicto de poderes que vivimos ya desde hace varias semanas… No estoy esperando que al final de esto salga la solución, pero al menos si nos ponemos de acuerdo en cómo comenzar a abordar el problema y el alcance de estas reuniones, con eso diría yo que nos podríamos dar por satisfechos…” (http://www.presidencia.gob.sv)

La dirección del FMLN junto al gobierno de Funes, solamente están presionado para negociar, pero no en función de los intereses de las grandes mayorías, sino para garantizarse cuotas de poder como partido político.

El resultado de las primeras negociaciones entabladas, bajo la mediación del Presidente Funes, indica que tanto ARENA como el FMLN y sus aliados, han llegado a acuerdos parciales que indican la voluntad política de fortalecer el bipartidismo, la repartición de cuotas de poder, a costa de los mismos valores democráticos que ambos sectores dicen representar.

Exijamos la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, libre y soberana

En el 2009, el Partido Socialista Centroamericano (PSOCA), planteó la necesidad de terminar con los gobiernos de ARENA. Una vez derrotada la derecha arenera, expresamos total desacuerdo con el gobierno de Unidad Nacional, por ser contrario a los intereses de las grandes mayorías, llamando a la instauración de un gobierno de la clase trabajadora, de campesinos, pueblos originarios y sectores populares en el cual no debía participar ningún burgués.

Era y sigue siendo necesario rechazar todo pacto o negociación con la derecha. Se debía terminar con el sistema antidemocrático, ampliar las libertades, garantías y derechos en beneficio de la clase trabajadora, el campesinado, los pueblos originarios y demás sectores populares, siendo necesarios la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente en la cual sea el pueblo quien decida democráticamente los rumbos de la nación.

A pesar de sus maniobras y de los resultados electorales del 2012, la derecha arenera realmente no ha podido recuperarse. Ha perdido el control del órgano judicial y la hegemonía en la Asamblea legislativa, lo que ha generado una crisis del sistema de dominación burgués. Este es el momento en que el FMLN debería luchar desde la Asamblea Legislativa por la derogatoria de la pétrea Constitución de 1983 y reorganizar el Estado en beneficio de las clases oprimidas, pero se niegan a hacerlo. Salvador Sánchez Cerén ha dicho con claridad que el FMLN aspira a realizar reformas constitucionales.

Esta crisis política se produce en el marco de la crisis económica nacional e internacional del sistema capitalista, lo que debe ser aprovechada por la clase trabajadora, el campesinado, los pueblos originarios y demás sectores populares para cambiar el sistema político económico y social imperante.

Un Plan de Lucha para convocar a la Constituyente

Llamamos a las organizaciones sindicales, campesinas, pueblos originarios y populares a construir un frente unitario para reclamar la instalación de una Asamblea Constituyente que implemente un plan de reorganización democrática del Estado. Desde el Partido Socialista Centroamericano (PSOCA) proponemos un Plan de Reivindicaciones básicas que debe implementar la Asamblea Nacional Constituyente, así tenemos:

1. Que sea el pueblo quien elija directamente al presidente y magistrados de la Corte Suprema de Justicia, Procurador para la Defensa de los Derechos Humanos, Presidente y Magistrados del Tribunal Supremo Electoral, Presidente y Magistrados de la Corte de Cuentas de la República, Fiscal general de la república y al Procurador general de la República, así mismo que sea el pueblo quien revoque el mandato a cualquier funcionario publico. Un alto funcionario no debe ganar más allá del salario de un obrero calificado.

2.- Democratización del régimen político lo que implica flexibilizar los requisitos para la creación y legalización de partidos políticos, y de las candidaturas no partidarias que permitan la participación política de los trabajadores, campesinos, pueblos originarios y demás sectores populares. A nivel municipal los consejos municipales deben ser representativos de todas las expresiones políticas.

3. Incorporación de mecanismos como el referéndum, plebiscito. Etc que permitan la participación democrática y consulta popular en temas de interés nacional.

4. Reconstruir la nación y el estado federal centroamericano.

5. Revertir el proceso de dolarización.

6. Retirar toda protección jurídica que permita a los funcionarios públicos actuar en impunidad tal es el caso del fuero político y militar.

7. Cese de la creciente remilitarización.

8. Garantizar la seguridad, la prevención y combate a la violencia y delincuencia.

9. Por el derecho a la libertad de sindicalización y el derecho a huelga de todos los empleados públicos y municipales, así como también garantías de estabilidad laboral.

10. Despenalización de todos los métodos tradicionales de lucha social.

11. Asegurar que los que tienen más dinero, paguen mas impuestos.

12. Implementación de una reforma agraria integral.

13. Reconocimiento de la existencia y derechos de los pueblos originarios (indígenas).

14. Fortalecer el sistema público de salud con carácter gratuito a niveles que satisfagan las necesidades de la población.

15. Garantizar el acceso de toda la población a una educación gratuita y de calidad en todos los niveles, así como la asignación de un presupuesto justo a la Universidad de El Salvador. Destinar los recursos necesarios para el fortalecimiento del sistema de educación pública, mejorando la excelencia académica y la investigación científica.

16. Aumento general de salarios para los trabajadores públicos y privados de la ciudad y del campo. Que se establezcan salarios mínimos acordes con el monto de la canasta básica, los cuales deben subir automáticamente al ritmo del aumento de la canasta básica. Obligar a los patronos a pagar todas las prestaciones sociales de ley.

17. Plan de construcción de viviendas a bajos precios para todos los trabajadores, sectores populares y campesinos que las necesiten. Eliminación de los asentamientos marginales y entrega de viviendas gratuitas a sus habitantes.

18. Protección del medio ambiente y de los recursos naturales. Terminar con todo proyecto que afecte al medio ambiente y las poblaciones.

19. Renacionalización de las empresas, servicios y recursos privatizados o entregados en concesión.

20. Nacionalización de la banca y del sistema financiero, bajo control de los trabajadores.

21.- Garantizar el Derecho al trabajo y una vida digna para todos. Se debe combatir el desempleo. No a la flexibilización laboral y a los empleos precarios sin goce de prestaciones ni estabilidad. No a la privatización de la seguridad social.

¡!Es hora de democratizar el Salvador en beneficio de los mas pobres!!

Centroamérica, 28 de Julio del 2012

Secretariado Ejecutivo Centroamericano del

PARTIDO SOCIALISTA CENTROAMERICANO (PSOCA)

El debate interno de la izquierda salvadoreña.

El debate interno de la izquierda salvadoreña.

29/10/2010
By Hunnapuh

Nuestro amigo Ricardo, nos envia esta nota con el siguiente mensaje:

Siempre recibo algunos articulos escritos por amigos de izquierda, que conocen muchas veces las mismas entrañas del frente, sin embargo, a veces escriben con mucho higado y otras veces no, esta es una de estas ultimas si desean y les parece la pueden publicar como anónimo, esta bonito.

Este es el nuevo debate que se escucha en el seno de la izquierda, yo he dicho antes que para lograr hacer los cambios que tanto exigen al Gobierno actual con la rapidez exigida, hubiese sido necesario llegar al poder por la vía de un triunfo de la revoución, que nunca se dió.

Al triunfar una revolución se destruyen todas las estructuras políticas y sociales dejando el camino libre para la construcción de una nueva sociedad, que fué el caso de Rusia, Cuba, Vietnam, Corea del Norte, Nicaragua.

Sin embargo su desarrollo se vió sometido a la presión ejercida por la clase capitalista mundial y a sus propias internas contradicciones que devinieron en el fracaso de la URSS, el desastre nicaraguense y la interminable agonía del modelo cubano, vietnamita y coreano.

No podemos olvidar ni soslayar la monstruosa experiencia del Khmer Rouge en Camboya, que ha quedado como terrible modelo de lo que puede llegar a convertirse una revolución.

El hecho de haber finalizado el conflicto salvadoreña por medio de la concertación y negociado la incorporación de la entonces guerrilla a la vida política salvadoreña como partido político y que el FMLN haya participado en este juego hasta lograr alcanzar el triunfo electoral por medio de una coalición que en su momento fué estratégica con actores fuera de sus filas, llenó de ilusiones infundadas a muchos de los llamados izquierdistas que nunca entendieron que estaban jugando un partido con las reglas de la clase hegemónica dominante y quizá pensaron que con obtener el poder político podían cambiar esas reglas y por ende la sociedad.

Poco a poco fueron comprendiendo que la realidad es distinta y partiendo de este punto es que ellos escriben ahora cosas como la que les presento a continuación, gracias a nuestro amigo Ricardo.

La vieja estrategia de la postergación

1950 contra el Viet Minh

En las décadas de 1940 y 1950, prevaleció en la izquierda latinoamericana una vieja concepción y estrategia del proceso revolucionario ?de la que El Salvador no es la excepción sino una experiencia aleccionadora?, de resistirse a dar las batallas trascendentales por transformar las causas de las injusticias estructurales de la sociedad y el pueblo. Vieja concepción que aún continúa siendo dominante en muchas de las izquierdas de muchos países.

Desde entonces, ha habido proclividad a la intermediación del poder desde la perspectiva de la proposición de reformas y en el mejor de los casos de plantear alivios o paliativos a los efectos de las problemáticas socioeconómicas y políticas. Todo lo que la ha hundido, al menos desde entonces, en el fracaso reiterado y recurrente, llevando a la izquierda hasta el empantanamiento y aceptación ideológica y política de la postergación de los cambios y transformaciones indispensables.

Al principio, esta resistencia ha sido meramente concepcional, ideológica y doctrinaria, en cuyos debates más bien se han expresado miedos, carencia de análisis e interpretación de las realidades objetivas y subjetivas propias y particulares de los pueblos y la sociedad.

Esta incapacidad de discernir sobre las realidades objetivas también ha provocado falta de claridad para adaptarse, aprovechar, crear y construir condiciones propias e inherentes a las particularidades dentro de los contextos generales, y por tanto ha habido preeminencia de las ideas conservadoras y de derecha, que le han procurado a ésta plena hegemonía de la ideología dominante en el rumbo, métodos y estrategias de los procesos de lucha.

Los chicarrones truenan…si lo permitimos

Es decir y por decirlo de esta manera, las oligarquías, las derechas han sido las que han impuesto y dominado no sólo en el pensamiento, los propósitos y objetivos de lucha, sino también en las formas, métodos y los resultados que se han ido alcanzando en el proceso, por lo que han marcado el compás, el ritmo, la velocidad y los contenidos del pensamiento y las luchas de la izquierda, y no al contrario. Para entenderlo mejor: se lucha según la derecha, según lo que permite la oligarquía y el poder dominante. Fuera de esos márgenes no hay posibles cambios.

Han sido las oligarquías y las derechas las que han dado las pautas de lo conquistable y lo no conquistable, de lo realizable y lo no realizable. Han sido éstas las que han concedido los resultados según sus intereses y deseos, y hasta han llegado a imponer los contenidos de los discursos y el pensamiento de acuerdo con sus preferencias, por lo que en las diferencias siempre se ha de tener en cuenta primero las consideraciones que tenga la derecha y la oligarquía sobre lo que se dice, lo que se piensa y lo que se hace o pretende hacer.

En muy pocas excepciones, en muy pocas coyunturas, en muy cortos períodos, en muy escasas condiciones y circunstancias históricas ¿y sólo en determinados pueblos? las luchas han sido verdadera y realmente antagónicas. O sea, esencial, porque han traspasado la esfera de lo superficial hacia la profundidad y han llegado a cuestionar las causas y el origen de los males.

A parte de dichas excepciones y aun, a pesar de estas excepciones, cuando éstas han dejado de sostenerse como procesos histórico-sociales y han tenido necesariamente que derrumbarse las oligarquías y las derechas han dictado, definido y determinado a la izquierda y los pueblos lo posible y lo imposible, de acuerdo a sus ideas dominantes y sus intereses dominantes.

La izquierda ha sido más capaz de adaptarse a las condiciones impuestas por la oligarquía y la derecha que a las propias condiciones objetivas y subjetivas del pueblo y la sociedad para transformarlas. En consecuencia, la izquierda por un lado ha terminado adoptando y aceptando de facto como verdades las ideas, las prioridades y las agendas políticas, y por otro los modelos económicos, las formas de distribución de las riquezas y las relaciones productivas establecidas por las clases dominantes.

Dicen que la barba está de moda

Mientras la oligarquía y la derecha sus batallas las establecen en el terreno de las luchas de clases, bajo el principio descubierto por Marx y Engels, de que para la defensa de sus intereses las clases dominantes se convierten en “clase en sí, y clase para sí”, el pueblo, el asalariado y las clases medias están desprovistas de su propia identidad y conciencia de clase.

A tanto ha llegado la intimidación y dominación de la oligarquía y la derecha, que sabemos que sólo el hecho de designar a las cosas con este lenguaje de “clases y lucha de clases”, como conceptos para analizar e interpretar la realidad le para los pelos a la misma izquierda y se asustan por lo que los poderosos puedan llegar siquiera a pensar. Lo que nos lleva a la conclusión de que hasta en el plano del lenguaje, del discurso, los mensajes, las palabras y los conceptos la dominación es infranqueable.

Sin embargo, del problema meramente planteado en el campo del debate de las ideas sobre la concepción, estrategias y métodos de lucha, la izquierda fue trascendiendo hasta el plano de haberse perdido de rumbo ya en la práctica concreta del intento de construir las alternativas políticas, sociales, ideológicas y económicas posibles para luego arribar a la evolución del proceso de transformaciones profundas.

Es decir, la izquierda de luchadora social revolucionaria ha tendido a la transfiguración, a la conversión en un contingente conservador y hasta reaccionario cuando ejerce el poder formal o institucional tanto en su seno como en el exterior.

Pero tanto el debate como las prácticas dentro del proceso no son nuevos ni apócrifos. El mismo Che Guevara tuvo que enfrentarse tanto a esta ideología como a tales estrategias, métodos y prácticas de la izquierda. Son al menos nueve libros escritos por el Che ? y otro donde se recopilan varios de sus escritos, discursos y pensamientos? dentro de los que se destaca de su propia mano este debate teórico e ideológico, entre los que hace a la vez trabajos de crítica y construcción económica, y de economía política.

Estos trabajos teóricos del Che nos ubican en el contexto endógeno y exógeno de la izquierda y los movimientos revolucionarios al que nos estamos refiriendo, y adquieren hoy una importancia vital para entender la actualidad, por supuesto con sus variantes pero dentro de la esencia de lo concreto.

Todos los días la gente se arregla el cabello, ¿por qué no el corazón?

En ese entonces del Che, ya la izquierda se orientaba, entre otras cosas, bajo la concepción de que incluso la lucha debía librarse junto con las burguesías nacionales, por lo que la lucha entre explotados y explotadores o burgueses tenía que postergarse hasta nuevo aviso. Este nuevo aviso estaría marcado por una nueva fase del proceso revolucionario, que sería constituido por la lucha por el socialismo.

En este enfoque de la izquierda, la burguesía nacional debía cumplir un papel fundamental en la lucha contra el imperialismo, y las fuerzas populares y las masas apoyarían estos esfuerzos y a esta clase mientras acumulaban fuerzas política y social propias para dar el salto hacia el socialismo. Aquí es importante hacer un paréntesis para señalar que en la actualidad en nuestro país ya ni se lucha contra el imperialismo ni contra la oligarquía.

El planteamiento estaba justificado, argumentado, fundado sobre la base de que la postergación no era más que un cálculo político y pragmático obligado, porque no existían las condiciones objetivas de realizar la revolución, a lo que debía ponderarse las concesiones y consideraciones a las alianzas con las fuerzas antagónicas, es decir la misma oligarquía, la derecha, la burguesía nacional, y esperar sentados a que las condiciones maduraran por sí solas objetivamente y se acumularan también por sí solas las fuerzas sociales y políticas del seno del pueblo y la clase media atraídas por fuerzas inexplicables pero objetivas .

En cuanto a esto, el movimiento revolucionario salvadoreño desde la década de los sesenta hasta los ochenta sí tuvo un comportamiento ideológico y político avanzado, pues le apostó a la lucha armada y al papel del sujeto y los luchadores como condición para emprender el proceso, expandirlo y desarrollarlo de manera muy compatible con los aportes teóricos del Che. Incluso, llevó a la práctica muchos de los aportes del pensamiento económico del Che en pleno conflicto armado. Sin embargo, fracasó en la capacidad de negociación del fin del conflicto porque al final aplicó la misma teoría y concepción de la postergación revolucionaria, pues las estructuras injustas quedaron intactas hasta hoy en día.

De la “rebelión contra la oligarquía y contra los dogmas revolucionarios”, tal como lo propuso el Che para alcanzar el poder revolucionario y transformador hacia una nueva sociedad y un nuevo hombre y mujer, la izquierda salvadoreña pasó a la simple postergación reiterada, a la sumisión y sujeción de los paradigmas de la derecha, de la oligarquía y del imperialismo

XVIII Foro de Sao Paulo: Examen microscópico

viernes, 13 de julio de 2012

XVIII Foro de Sao Paulo: Examen microscópico

Narciso Isa Conde

Apelo al ejemplo y la agudeza de nuestro inolvidable y talentoso camarada Orlando Martínez (asesinado en 1975); recurro al espíritu de sus análisis mas allá de lo macro y a la esencia de los mismos expuesta y sistematizada a través de su columna MICROSCOPIO para examinar, valorar y ponderar algunos aspectos del XVIII Encuentro del Foro de Sao Paulo (FSP) realizado recientemente en Venezuela y muy especialmente de su DECLARACIÓN DE CARACAS..

1.-Magnífica fue la idea de realizar ese importante evento en esa Capital de nuestra América, por lo que representa para el mundo el proceso hacia la revolución en Venezuela y por la urgente necesidad de respaldar a su líder y su pueblo, tanto en la trascendente contienda electoral del próximo 7 de octubre como en cualquier otro escenario a ser creado por los planes de agresión puestos en marcha por el imperialismo Estados Unidos, la burguesía transnacional y sus aliados internos y externos.

Misión cumplida en el compromiso colectivo explicitado al término de ese evento y en el plan de acción incluido en sus resoluciones, aunque ciertamente las partes mas blandas de sus componentes tiendan a asumir ese tipo de acuerdos solo como pronunciamientos, con escasa disposición de convertir las palabras en hechos contundentes.

Misióncumplida, además, en el señalamiento responsable de las fuerzas que conspiran contra ese valioso proceso, salvo el silencio preocupante respecto al rol del oprobioso régimen colombiano, receptor de poderosas fuerzas intervencionistas a cargo del Pentágono, la CIA y el MOSAAD; responsable directo de la creación e infiltración en gran escala en territorios vecinos de unidades paramilitares, equipos asesores de la extrema derecha venezolana, comandos de sabotajes y atentados, traslado de capitales sucios y mecanismos corruptores; incluida dentro de su pérfida programación la elaboración y promoción de planes separatistas y fracturas territoriales, especialmente en el Estado Zulia y otras zonas fronterizas.

2.-La sede venezolana y la gravitación en su seno de los países del ALBA, esta vez en forma muy intensa, ampliaron considerablemente el poder de convocatoria y la proyección mediática del FSP: ochocientos delegados/as y cien organizaciones de cincuenta países, la capacidad de difusión de TELESUR, del sistema de medios bolivarianos y cubanos; la reanomada influencia de partidos que son gobiernos en la opinión internacional y la activación de numerosos espacios alternativos y redes sociales por iniciativa de los/as participantes produjeron un importante efecto multiplicador y una proyección continental y mundial sin precedente en la historia de este Foro.

2.-Entrando ya en el contenido de la declaración final, la comparación entre la hegemonía del neoliberalismo en Europa y el avance de los procesos alternativos en esta región, luce además de exageradamente triunfalista sensiblemente incompleta, si se ponderan debidamente todas las vertientes del fenómeno y ciertos detalles por países y procesos.

En América Latina y el Caribe, en la parte importante donde las fuerzas progresistas y de izquierdas dirigen los destinos de las naciones del área , hay muchos desniveles tanto en el plano del desmonte del neoliberalismo como en materia de soberanía, gravitación de la burguesía transnacional y local, dimensión del sector financiero privado y bases sociales y culturales del neoliberalismo. También en cuanto al reemplazo de las instituciones tradicionales y la creación de nuevas bases constitucionales democráticas participativas.

Hay gobiernos de ese conjunto que no han desprivatizado, o lo han hecho muy limitadamente, lo privatizado en la era neoliberal; que mantienen acuerdos militares y de seguridad con Estados Unidos y sus aliados, que sostienen concesiones onerosas al gran capital financiero local o internacional, que favorecen y participan en la intervención militar en Haití; que no han debilitado sensiblemente los sistemas e instituciones tradicionales, las bases económicas, sociales y culturales del orden capitalista neoliberal; llegando en algunos casos solo a moderar sus aristas mas irritantes, a combinar neoliberalismo light y neo-keynesianismo , o a aproximarse a una especie de neo-socialdemocracia ; manteniendo vigente el fantasma del retroceso

En la otra parte de las naciones del área, nada despreciable en cuanto a su dimensión y poder sobretodo si se pondera debidamente el enorme peso en sus territorios de la burguesía transnacional, de sus Estados imperialistas y sus contingentes militares reina el neoliberalismo en sus formas más brutales, junto al poder político de las derechas y la extrema derecha de todas los matices.

Basta mencionar Chile, Perú (de vuelta atrás con la derechización del presidente Humala), Paraguay, Colombia, Panamá, Costa Rica, Honduras, Guatemala, México, Jamaica, Republica Dominicana, Puerto Rico, Aruba, Curasao, Bahamas y otras islas caribeñas, y de paso sumárselo a lo anteriormente descrito, para apreciar los límites territoriales de los cambios en el Continente y la fragilidad de ciertos procesos en el contexto de la presente contraofensiva de Estados Unidos y sus aliados; sin dejar de ponderar los significativos avances alcanzados y de valorar la oportunidad que brinda al quehacer revolucionario la multi-mega crisis que afecta al imperialismo estadounidense y a todo el sistema capitalista .

La Unión de Naciones del Sur (UNASUR) y la Confederación de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), con todo su valor en cuanto a esfuerzos de no subordinación a Estados Unidos, tienen en su seno no pocos caballos de Troya ; amén del peso extraordinario del sistema capitalista en su propio seno.

El FSP pasa por alto estas realidades, las cuales deben enfrentarse con nombres y apellidos y con firme determinación desde fuerzas políticas que deberían diferenciar el rol de los Estados y el de las organizaciones políticas y sociales en los procesos transformadores. Porque quedarse en expectativas y propagandas gubernamentales exageradas, sin ver las bases movedizas de esos proyectos integracionistas y sus carencias en cuanto a contenido social emancipador, no hace bien.

Ni hablar que el FSP no pondera la emergencia antineoliberal y anticapitalista de las bases populares y sectores medios europeos e incluso estadounidense en medio de una crisis de por sí agobiante que extiende la indignación a todos los continentes.

3.-Carece de todo fundamento incluir el triunfo electoral del Danilo Medina y del Partido de la Liberación Dominicana-PLD que preside Leonel Fernández, como parte de los avances de las fuerzas progresistas y de izquierdas en la región.

Neoliberalismo rampante, corrupción, narco-corrupción, asesoría y presencia militar de Estados Unidos, Colombia e Israel; TLCs, concesiones onerosas a voraces corporaciones mineras, negación de soberanía y dictadura institucionalizada, es lo que representa ese triunfo impregnado de fraude, dinero sucio, soborno, clientelismo y trampas de diversos tipos.

Ese y otros casos parecidos solo son posibles en un FSP donde gravitan con fuerza partidos que actúan a la vez como gobiernos y Estados, y que muchas veces confunden sus roles dentro y fuera de sus fronteras, unos muy moderados y otros relativamente avanzados; con posicionamientos a veces diferenciados y /o contradictorios, a veces no.

La media resultante es una tendencia que evade asumir una línea a favor de la revolución continental, de la solidaridad y unidad internacionalista con y entre sujetos y actores político-sociales oprimidos y excluidos, dispuestos a impugnar en cada escenario nacional e internacional los Estados y a enfrentarse con firmeza a la creciente presencia militar estadounidense y a los bloques dominantes-gobernantes subordinados a la burguesía transnacional, a los imperialismos norteamericano y europeo. Estados, por demás, gerenciados por burguesías y partidocracias dependientes y mafiosas.

Esa tendencia generalmente se deja condicionar por la primacía del respeto exagerado a las relaciones de gobierno a gobierno y Estado a Estado, incluidas las relaciones con aquellos gobiernos de signos contrarios a las reformas avanzadas y a la revolución; salvo frente a ciertas excepciones grotescas de corte golpista que son temporalmente condenadas y aisladas. Esa exageración incluye la inhibición de las organizaciones sociales y políticas en el necesario hermanamiento y respaldo mutuo con sus similares en otros países e incluso su innecesaria vinculación y colaboración con fuerzas políticas defensoras de los gobiernos derechistas.

Las críticas y las iniciativas políticas contrarias a esos Estados y poderes adversos a los cambios, como el apoyo a sus más consecuentes opositores/as, con la excepción de ciertas opciones electorales moderadas con perspectivas de victoria, no están contempladas por la fuerzas que hegemonizan y controlan el FSP, auspiciando a la vez en su interior un fuerte déficit de métodos democráticos-participativos para garantizar su preeminencia.

Igual son ignoradas las fuerzas responsables de repliegues y concesiones onerosas de gobiernos llamados progresistas, que facilitan los contra-ataques del imperialismo y las derechas. Así lo malo que hizo Lugo y lo malo que está haciendo Humala en Perú y Funes en El Salvador, es rodeado de un silencio perjudicial; mientras al Lobo de Honduras , al diablo Santo, al farsante, neoliberal y corrupto del Leonel, no se les acusa de las barbaridades cometidas en sus respectivos países. Incluso el partido que lidera Leonel en República Dominicana y sus grupos satélites €“y otros similares de otros países- son miembros plenos del Foro; mientras figuras del PRI de México, beneficiario del fraude, fueron invitadas a ese encuentro sin el menor sonrojo.

4.-Algo muy cuestionable es la manera de abordar el tema colombiano, como si se tratara de un conflicto con responsabilidades compartidas, sin caracterizar el Estado narco-para-terrorista de ese país, sin denunciar su condición de plataforma de intervención militar de Estados Unidos y de Israel para actuar dentro y fuera de su territorio, sin denunciar sus crímenes, su neoliberalismo y su guerra sucia.

En el caso colombiano, y en no pocos donde aparece la insurgencia armada o la posibilidad de su desarrollo, una parte de las izquierdas moderadas o reformistas que operan dentro y fuera del FSP, se esfuerzan en guardar distancias respecto a las heroicas organizaciones que las protagonizan, procurando excluirlas, ignorarlas o negarle solidaridad. Y en verdad que no pocas veces han tenido éxitos en ese propósito.

Pasó así con Chávez estigmatizado inicialmente como golpista, con la irrupción del subversivo MR-B-200 convertido después en Movimiento V República (MVR), con el MRTA de Perú, el EZLN de México y Patria para Todos de Argentina, y sigue pasando así con las FARC-EP, con la resistencia iraquí y afgana y otras parecidas, e incluso con una fuerza civil como H. Batasuna del País Vasco.

Honrosa excepciones son algunas de las organizaciones insurgentes palestinas, cuya especial legitimación data de muchas décadas, siendo beneficiarias de un trato respetuoso por todas las fuerzas del Foro. Faltaría conocer mejor las opiniones y actitudes respecto a la poderosa, emergente y original Hebollag,; y más allá, respecto a las organizaciones político-militares antiimperialista y anticapitalistas de Turquía, Kurdistán y Filipinas, entre otras; todas, más allá de cualquier diferencia, merecedoras de solidaridad en su lucha contra el terrible terrorismo de Estado sionista y estadounidense. El tema militar, las 46 bases militares de Estados Unidos en la región, la reactivación de la IV Flota estadounidense, las nuevas maniobras militares, las nuevas doctrinas policiales y la tesis de las guerras preventivas, ameritan un trato más serio y profundo respecto a lo que le viene encima a este continente preñado de riquezas y sobre la manera de enfrentarlo integralmente sin reducirnos como izquierda al pacifismo ingenuo u oportunista.

5.-Esta vez el FSP debió obviar formalismos y acoger por aclamación el ingreso solicitado por el emergente Movimiento Marcha Patriótica de Colombia, que viene a llenar un vacío político en la lucha legal y abierta en ese hermano país; exhibiendo como fuerza civil político-social, portadora de una propuesta de paz, una marcada vocación contestataria del decadente orden institucional colombiano y una formidable capacidad de convocatoria y movilización; agrupando en un mismo proyecto transformador una gran diversidad de movimientos sociales, políticos y culturales alternativos; con liderazgos tan importantes como el de la ex-senadora Piedad Córdoba (criminalizada por ese régimen nefasto).

El retraso intencionado en dar su aprobación (con olor a veto simulado) de parte de uno de los agrupamientos centro-izquierdista colombiano en extinción, producto de su excesiva moderación y de la corrupción de algunos de sus más destacados funcionarios electos, debió ser obviado para no dilatar más al merecido reconocimiento de Marcha Patriótica, sintonizado con el sentir de ese pueblo hermano.

6.Las características del FSP como espacio de confluencia de una parte de la diversidad de las izquierdas (reformistas y revolucionarias), de partidos de centro izquierda y hasta centro-derecha y derecha, al parecer le impide visualizar y enfrentar la crisis actual del sistema capitalista en su real dimensión y profundidad, lo que conlleva despreciar la necesaria estrategia anti-capitalista y pro-socialista de nuevo tipo en el actual contexto latino-caribeño y mundial.

No es simplemente que el capitalismo este afectado por un fuerte crisis estructural , acompañado de la disputa por espacios geopolíticos y geoestratégicos, la emergencia de nuevos polos de poder, las amenazas contra la paz mundial y la agresividad militar e ingerencia del imperialismo que intenta que intenta revertir su declive . Esa es una formulación no actualizada de la crisis capitalista en marcha, que hizo explosión en el 2008 en Estados Unidos.

La cuestión es mucho más grave: la crisis del capitalismo es múltiple, crónica, sin contar en su médula dominante y concentrada con un relevo sistémico a su destructiva y decadente restructuración neoliberal, la cual tiende a profundizar.

El capitalismo esta en crisis mayor (económica, social, ambiental, urbanística, militar, moral, político-institucional) y el capitalismo es al mismo tiempo la crisis: es la crisis de la civilización burguesa y provoca una peligrosa crisis de existencia de la humanidad.

No hay salida a esta grave situación desde el capitalismo, aun en los casos de gobiernos reformadores o reformistas ubicado en su periferia. O profundizan los cambios en dirección a las transiciones al socialismo o sucumben en manos de la contra-reforma y la contra-revolución.

Por eso el valor limitado del Foro, dada su renuencia a jugar un rol revolucionario; radical, en tanto ir a la raíz del problema; resistente a ese viraje dado su débil espíritu confrontativo con los poderes permanentes establecidos y su escasa vocación para el accionar internacionalista anticapitalista.

El propio Chávez, en la sesión de clausura, se quejaba de la ausencia de planes de acción y coordinación de luchas contundentes, como también cuestionó la validez de las opciones neo-reformistas.

La sede venezolana ciertamente radicalizó la retórica de la declaración final en comparación con otros momentos. En algunos de sus pasajes se siente la impronta del antiimperialismo y también referencias al socialismo bolivariano, las cuales no aparecían en el lema del evento reducido al anti-neoliberalismo y la paz.

7.-Claro está que -además de espacio para realizar valiosos encuentros bilaterales y declaraciones puntuales de solidaridad y posicionamientos contra la extrema derecha, el fascismo, el militarismo imperialista, el patriarcado, el colonialismo, el medio ambiente amenazado, la discriminación de la juventud – el FSP es confluencia de un gran abanico de fuerzas, que si bien partes significativas de ellas se muestran renuentes a actuar contra el sistema dominante, la mayoría por lo menos propugna por reformarlo. Y eso tiene un valor que podría potenciarse si ciertos oídos resistentes se abren a las críticas justas y se tornan receptivos cuanto menos en temas como el desmonte radical del neoliberalismo y la plena recuperación de la soberanía.

8.-Finalmente hay que decir que la existencia del FSP no es contradictoria con la necesidad de fortalecer otros espacios continentales, regionales y mundiales de mayor radicalidad, como lo es el Movimiento Continental Bolivariano (MCB) en el que participo. Ni permite obviar el necesario proceso de construcción de una nueva internacional anticapitalista, socialista, comunista; a tono con estos tiempos y con las actuales características del capitalismo y su multi-crisis, con posibilidad de agrupar las nuevas fuerzas de vanguardia en toda su diversidad. Por el contrario, hay que acelerar en el continente y en el mundo los pasos en esa dirección, sin ponerlos en contraposición con espacios de alcance más limitados, asumiendo sí diferenciaciones y roles precisos y diferenciados, y delimitando fronteras políticas y conceptuales.