De candidatos presidenciales y proyectos políticos del FMLN

16 Febrero 2010 GUATEMALA-No olvido una máxima que con frecuencia mencionaba uno de mis mejores profesores de ciencias políticas; él decía: en política es importante tener la razón, pero es más importante tenerla a tiempo. Esto implica que en política tener la razón en cualquier punto que sea, si esta llega a destiempo, es decir, si es prematura o tardía, no sirve para mucho, al contrario puede resultar contraproducente.

El mensaje del máximo dirigente del FMLN, Medardo González, que para la próxima elección presidencial llevarán un candidato propio, del partido, no es políticamente oportuno y más expresaría o bien un mensaje dirigido a “tranquilizar” los ánimos de sus bases más ideologizadas o radicales que no son la mayoría o bien un deseo insatisfecho de lo que siempre se quiso pero que la realidad les impuso de manera contundente en 20 años y tres elecciones presidenciales previas.

Hay lecciones de la historia que valdría la pena aprender. Si bien con la candidatura de Schafick Handal en el 2004 se consolidó el voto duro del frente y se logró aumentar el caudal electoral, se debiera recordar que las dos mejores competencias electorales presidenciales en que el FMLN fue más competitivo y en las que tuvo la capacidad de generar incertidumbre en los resultados y de constituirse en opción real de poder frente a la derecha fue en 1994 con un candidato que no era miembro del FMLN, Rubén Zamora, con quién obligó a la derecha a una segunda vuelta frente a Armando Calderón Sol, y la elección de 2009 con Mauricio Funes en la que al final se erigió con la victoria, y a fuerza de objetividad no por una abrumadora mayoría.

Consideramos que aquel mensaje ya aludido no es oportuno ni políticamente correcto por tres razones básicas. En primer lugar, a priori o de forma muy anticipada estarían poniendo obstáculos o en el peor de los casos, cerrando la posibilidad de abrirse a una amplia alianza de fuerzas sociales y políticas que garanticen la continuidad del cambio y de la construcción de un consenso político más amplio, más plural y más representativo, más estable y de mayor alcance. Adelantar criterios y posicionarse con el tema de las candidaturas no abona a la intención y necesidad de crear o consolidar esa amplia alianza con miras a profundizar el cambio.

En segundo lugar, puede conducir a la tentación y al error estratégico de confundir el gobierno con el poder. Estamos de acuerdo que en las condiciones actuales y dada la naturaleza del sistema político vigente, la construcción de poder demanda de las conquistas electorales y del control del gobierno y del aparato de Estado como medio y no como fin. Sin embargo, anteponer la lógica electoral como objetivo a la construcción de un sujeto social y político de cambio más plural y más democrático, no es lo más inteligente. La dirigencia del FMLN debiera orientar sus energías y sus discursos, cuidándose de no caer en los nocivos hegemonismos, a la construcción de un sujeto social y político que trascienda las fronteras partidarias y de izquierda revolucionaria, así como a la definición de una estrategia y un proyecto político viable o realizable en el contexto nacional, regional y mundial actual que presente claras orientaciones tácticas y estratégicas y líneas de orientación políticas, económicas, sociales e ideológicas que potencie la adhesión discursiva y activa de los más amplios sectores vivos del país, de forma que se lo apropien y lo hagan suyo pues es la única forma de volverlo realizable y sostenible y de continuar o profundizar el cambio.

Como bien lo intuyen algunos de sus dirigentes, aquel objetivo inmediato que se propuso el FMLN de sacar a ARENA del poder sigue siendo en cierto modo una tarea pendiente, pues si bien ya no controlan la dirección del Órgano Ejecutivo, siguen enquistados en las estructuras más internas y profundas del poder y el sistema político mismo y buena parte de su diseño institucional sigue estando hecho a la medida y conveniencia de aquellos poderes fácticos económica y políticamente muy influyentes que tal expresión partidaria representa. El logro pleno de aquel objetivo inmediato podría verse erosionado por una estrategia y un pensamiento político muy cortoplacista.

En este contexto la dirigencia del FMLN debiera cuidarse además de no caer en el error de sobrevalorar su capacidad política y su fuerza electoral y subestimar la capacidad de recomposición de la derecha y de su mostrada habilidad de adaptación a los nuevos entornos.

En tercer lugar, se sigue cayendo en el error de “poner la carreta delante de los bueyes”, lo que en las condiciones actuales del país y por la alta responsabilidad que un amplio sector de la población le ha delegado como partido para conducir el Órgano Ejecutivo ya no es aceptable. Antes de aventurarse con la idea de los “candidatos de hueso rojo”, deberían enarbolar la bandera y asumir el liderazgo para la construcción de un plan de nación de largo plazo que supere el cortoplacismo quinquenal, que perfile el tipo de sociedad deseable y que El Salvador necesita a 20 ó 25 años plazo, que sea coherente y viable, que responda a las presentes y futuras demandas económicas, políticas, sociales y culturales del país que apunten a darle viabilidad y sostenibilidad a un verdadero cambio estructural, de sociedad y de modelo de desarrollo y no sólo a introducir tímidos cambios al patrón de acumulación de capital en el marco del mismo modelo de sociedad imperante.

Este plan debiera ser el referente de cualquier candidato a la presidencia para las elecciones del 2014, independientemente de que sea de “hueso rojo” o de “corazón más plural y más democrático”. Es fácil entender que la construcción de este tipo de plan requiere de la construcción de consensos que vayan más allá de los consensos mínimos relativos a la formas de acceso y ejercicio del poder y la toma de decisiones, de los mecanismos para resolver los conflictos, y en su conjunto sobre el modelo de vida económica, social y política a la que aspiramos como salvadoreños. Este consenso mínimo sólo es el punto de partida que en cierto modo y con algunas limitaciones está contenido en los principios constitucionales y que también animaron y dieron sustento a los Acuerdos de Paz. Un plan de nación de largo alcance requiere de amplios consensos y del concurso de todos los sectores productivos y representativos del país y que no es posible ni viable que lo asuma una sola fuerza política, por muy fuerte, representativa y preclara que sea o que se considere. Esta será la única forma de abandonar la estrecha visión y práctica que nos ha llevado a lógica perversa e inmediatista de “refundar la democracia” cada cinco años, pues cada presidente que es elegido se erige como el Robin Hood o el que “ahora sí” hará las cosas diferentes.

Sería un error dejarse llevar nuevamente por el vanguardismo o el hegemonismo que si bien les rindió algún fruto en y durante la guerra como frente guerrillero, debiera entenderse que en el marco de la competencia electoral y la nueva experiencia democrática por la que atraviesa el país tales concepciones y prácticas políticas tienden a restar y no a sumar, a dividir y excluir pero no a unir o incluir.

Para el FMLN apostarle a capitalizar la popularidad de Funes, sobre todo si logra sostenerse con los mismos niveles de aceptación en la percepción ciudadana hasta el final de su mandato, sin introducir de fondo serios cambios en su democratización interna como partido y de su enraizamiento con los sectores sociales que supone representar, en la definición con mayor claridad de su proyecto político, así como en la formación de nuevos liderazgos tampoco sería una apuesta segura. Baste ver el ejemplo de La Concertación Democrática en Chile en la recién pasada elección presidencial, donde el candidato oficialista fue derrotado en la segunda vuelta o ballotage por la oposición de derecha, a pesar de la alta popularidad con la que termina su mandato la Presidenta Bachelet; la experiencia y el resultado del PT en Brasil en la próxima elección presidencial de octubre de 2010 podría ser para la dirigencia del FMLN un laboratorio a estudiar muy de cerca del que podría derivar importantes lecciones.

Si la lucha es por profundizar la democracia en El Salvador el FMLN tiene que trabajar no sólo por hacer un buen gobierno sino también por fortalecer su institucionalidad como partido de forma tal que cuando le corresponda de nuevo asumir el rol de oposición, muy previsible en un régimen democrático, lo encuentre preparado para hacerlo sin traumas tan profundos ni exorcismos políticos como le ha tocado a ARENA ni, tal como le sucedió a éste último, lo encuentre anclando su fuerza y potencial electoral en el control del aparato del Estado y en el manejo clientelar de los recursos públicos. Este desafío exige de la actual dirigencia del FMLN una visión más futurista y menos encerrada en lo electoral.

(*) Sociólogo y colaborador de ContraPunto

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