La participación de afrodescendientes de Atiquizaya en el levantamiento de 1932. Wolfgang Effenberger López. 2015

Introducción: Entre etnografía, historia oral y novela testimonial. Otros enfoques sobre el levantamiento de 1932

Existen diversas explicaciones y discusiones sobre las causas del levantamiento de 1932, las motivaciones e identidades de los actores, consecuencias de la matanza y su respectiva construcción memorial (Lindo Fuentes, 2004: 287-316; Gregorio López, 2007:187-220).

A partir de los acontecimientos mismos dominaba la  suposición  que  atribuía  al  Partido  Comunista  y  otras  organizaciones  marxistas  el  papel  clave  en  la  organización y ejecución del levantamiento (Pérez Brignoli, 2001:19; Lindo-Fuentes et al., 2007:23-24; Tilley, 2005:137-168, Ching et al., 2007: 35-40).

Es a partir de los años noventa que diversos enfoques cuestionan este planteamiento e identifican que en el trasfondo de la insurrección se encuentran más bien razones de características étnicas (Brignoli, 2001; Suter, 1996; Ching, 2007; Tilley, 2005).

Desde  la  perspectiva  de  una  insurrección  indígena,  las  causas  apuntan  hacia  un  conflicto  intenso  sobre  el acceso al poder económico y político local entre indígenas y ladinos, aunadas a cambios sociales que resultaron en la proletarización de los indígenas y la emergencia de un clima represivo y el rechazo político por parte de los indígenas de los españoles y ladinos como invasores y usurpadores.

Así el levantamiento se  inserta  a  la  tradición  insurreccional  indígena  a  lo  largo  del  siglo  19  (Ching,  2007:  91;  Tilley,  2005:131-140).  Al  lado  de  los  indígenas  también  se  rebelaron  ladinos;  sin  embargo  se  visualiza  un  conflicto  cultural  entre estos dos grupos heterogéneos como detonador de la insurrección. Esta configuración abre muchas preguntas en relación a la identidad y motivaciones de los “ladinos” levantados.

Este artículo se aproxima en  reconstruir  la  identidad  de  los  insurgentes  “no-indígenas”  y  vislumbrar  sus  motivaciones  y  contextos  de  vida.  En  específico  para  tal  reconstrucción  es  importante  tomar  en  cuenta  que  desde  la  época  colonial  documentos  de  diversas  instituciones  subsumen  bajo  el  término  identitario  “ladino”  a  grupos  y  sujetos  de  descendencia africana (Gudmundson; Lindo Fuentes, 1995:123; Lauria Santiago, 1999:18).

A pesar de que para  1916,  todavía  en  enciclopedias  guatemaltecas  se  explica  de  una  manera  racista  que  los  ladinos  resultaron  de  un  triple  mestizaje  que  incluía  lo  africano  (Lokken,  2000:  4),  varios  otros  textos  utilizan  a  partir  del  siglo  19  “ladino”  como  sinónimo  de  mestizo  en  su  dimensión  bi-étnica  hispano  e  indígena,  y  hasta  denominación  equivalente  para  blanco  (Gould,  2003:  367). 

El  término  ladino  se  convirtió  así  a  lo  que  la  teórica poscolonial hindú, Gayarti Spivak, llamó “poderosas denominaciones”, que congela, como veremos más adelante, la existencia de heterogéneas subjetividades, múltiples prácticas de diferenciación étnica y situaciones socioeconómicas (Castro Varela; Dhawan, 2003:67).

Lo  homogeneización  de  lo  heterogéneo  está  relacionado  a  la  doble  configuración  de  la  ideología  del  mestizaje como “ideología inclusiva de exclusión” y proyecto de construcción de nación que se manifestó en diversas variantes (Díaz Arias, 2006:59).

Por un lado en forma idealizada intelectuales, políticos, artesanos valorizaban “lo indígena” como símbolo de la nación, por otro lado se ejercen políticas integracionistas de “desindigenización cultural” para la solución del problema indígena (Gould; Lauria Santiago, 2005:291) hasta la legitimización a nivel simbólico y epistemológico del etnocidio de 1932 (Baldovinos, 2006).

A  pesar  de  la  visión  y  práctica  homogeneizadora,  la  valorización  de  lo  autóctono  culmina  también  en  críticas  sociales  sobre  la  situación  del  pueblo  indígena  y  resistencias  culturales  que  facilitan  proyectos  políticos interétnicos.

En cuanto a lo africano dentro del discurso y práctica de mestizaje se percibe a la par de  la  “desindigenizacion”,  la  visión  de  la  “desaparición”  vía  mestizaje  de  poblaciones  afrodescendientes  en  El  Salvador  a  partir  de  la  época  colonial  y  subsiguiente  la  negación  de  población  de  origen  africano  en  El  Salvador  hasta  hoy  en  día

En  la  construcción  oficial  de  la  identidad  nacional,  lo  negro,  lo  africano  al  contrario  de  representaciones  de  “lo  indígena”  nunca  jugó  un  papel  importante.  Sin  embargo  es  justo  la visión homogeneizador de la ideología del mestizaje sin mayores diferencias étnicas y con la ausencia de  población  afrocolonial  que  se  ha  cambiado  por  medio  de  investigaciones  que  desaprobaron  obras  monumentales  y  metanarrativas  de  la  nación  mestiza  indohispana  como  “La  población  de  El  Salvador”  (1942) de Rodolfo Barón Castro (Lokken, 2003 ; Loucel, 2006).

Ese cambio en la comprensión del pasado implica una revisión del presente y los procesos que llegaron a formar la actualidad. En otras palabras lejos de desaparecer, por medio de la historia oral y textos literarios, desde múltiples miradas, se visibilizan pueblos afrodescendientes en El Salvador que han sido excluidos de las narrativas e imaginarios oficiales de la nación.

Así que por medio del análisis textual se aporta a la reconstrucción de las historias de afrosalvadoreñas a principios del siglo 20.

El  punto  de  partida  son  voces  indígenas  que  se  complementan  con  una  variedad  de  relatos  sobre  la  presencia  africana  en  el  departamento  de  Ahuachapán.  La  elaboración  de  una  breve  etnohistoria  local enmarca  el  análisis  de  la  fuente  clave  para  la  reconstrucción  de  afrodescendientes  en  la  insurrección,  la  novela  “Cafetos  en  Flor”  del  escritor  salvadoreño  Miguel  Ángel  Ibarra  publicado  en  1947  en  México

Interpretamos la novela con un doble enfoque por un lado percibimos el texto literario como documento etnográfica y por otro lado como fuente que nos posibilita nuevos enfoques sobre los sucesos de 1932. En cuanto al primer aspecto cabe de mencionar que la preocupación etnográfica o antropológica “para decir el otro” como diría la crítica literaria puertorriqueña Mercedes López-Baralt (2005) se origina por los contextos sociohistórico en el cual surgió la literatura latinoamericana.

La relación en la literatura entre la mismidad y otredad es múltiple. Existen tanto textos literarios que producen violencias epistemológicas en la construcción de la otredad que anticipan y legitiman proyectos coloniales y físicas-militares, como escritos que reconstruyen voces y epistemologías culturales alternativas y diferentes, excluidas en enunciaciones anteriores.

Sí a finales del siglo 19 las artes literarias construyen influenciado por el positivismo imágenes estereotipados y ambivalentes de indígenas como inferiores, retrasados, sin embargo al mismo tiempo componente de “la diferencia cultural nacional, el imperativo de diferencia cultural que, paradójicamente, reclama la lógica homogeneizadora de la modernidad” (Baldovinos, 2012 : 143), es la novela regionalista, impregnado de múltiples evocaciones del mestizaje hispanoamericano, que comienza a  apreciar,  sin  embargo  igual  como  herramienta  cultural  y  política  para  la  búsqueda  de  una  identidad  propia colectiva y a veces con similar grados de distorsión en la representación del otro que los discursos decimonónicos, voces de indígenas y afrodescendientes, los cuales han sido caracterizados como los otros y marginados de muchas naciones latinoamericanas (Wade, 2000: 48).

En  El  Salvador  durante  el  Martinato  1932-1944  se  promueve  el  indigenismo  y  regionalismo  en  la  literatura  y  pintura  para  “formar  un  nacionalismo  que  exalte  al  indígena  y  el  paisaje  “(Lara  Martínez,  2011:118),  construyendo una imagen de indígenas rodeadas de un mundo onírico y espiritual, en el cual se repercuten planteamientos teosóficas, sin protesta política en la vida real (Lara Martínez, 2011: 97,112-115).

Sin embargo al contrario existen también novelas regionalistas de los años 40, que tematizan la “explotación económica, sumisión política y sexualidad” y revelan en lo simbólico que la nacionalidad salvadoreña, como dialogo y proyecto común de nación, era incapaz de erigir alianzas interétnicas y sociales (Lara Martínez, 2009:60-62).

Retomando la vocación antropológica-etnográfica de la literatura latinoamericana y la articulación entre el regionalismo criollo, el realismo crítico y la narrativa social, lo que nos interesa específicamente en la novela

“Cafetos en Flor” son los momentos etnográficos que narran la vida de afrodescendientes en El Salvador, enfoque que corresponde al mismo proyecto literario del escritor Ibarra que apertura la novela en el primer capítulo con una etnografía de un pueblo del occidente de El Salvador, para establecer el marco general de  los  sucesos  al  contar.  Además  de  esa  preocupación  etnográfica  realizamos  una  comparación  entre  la novela y los últimos aportes críticos sobre el levantamiento de 32.

Se indagará “la verdad de la ficción” como lo ha planteado Rafael Lara Martínez al reconstruir la historia intelectual del genocidio, sin embargo no para postular el rescate del “impacto perceptivo (…) que el acontecer histórico imprime en la conciencia de quienes lo viven de cerca (…)” (Lara Martínez, 2009: 20), sino al enfocarnos al texto como una novela testimonial. Sin olvidar los desafíos de las políticas de memoria al tejer un texto (Lindo-Fuentes, Ching, Lara Martínez; et. al. 2007; Lara Martínez, 2007), postulamos cierta “referencialidad “entre texto y hecho, sin caer en la creencia de una función mimética absoluta.

No obstante la relación entre ficción y facticidad de la novela testimonial se puede reconocer al analizar y mirar a otras fuentes y reconstrucciones de la época, así una metodología comparativa es imprescindible. De gran utilidad es la comparación entre Cafetos en Flor y la investigación “1932: Rebelión en la Oscuridad” de Jeffrey L. Gould y Aldo Lauria-Santiago (2008).

En  general,  partimos  de  la  explicación  que  “ladinos”  que  incluye,  según  nuestra  interpretación,  a  afrodescendientes, quienes al lado de los indígenas experimentaron las mismas precariedades, abolición de tierras comunales, privatización y subsiguiente concentración de tierras (Lindo-Fuentes; et al., 2007: 26).

El  escritor  o  el  protagonista  desde  una  mirada  crítica  se  convierten  en  observadores  y  descriptores  de  su  entorno,  para  así  demandar  a  la  sociedad,  y  plantear  la  resolución  de  conflictos  sobre  poderes,  tierras,   ideologías,  por  medio  de  la  transformación  marxista-leninista  y  estalinista  de  la  sociedad.  Sin  embargo  el  marxismo que contempla Miguel Ángel Ibarra reconoce a su manera la diversidad étnica del occidente de El Salvador.

Ciertos  mulatos  en  el  levantamiento  de  1932,  los  Panunes  y  memorias  de  Guinea:  hacia una etnohistoria afro-atiquizayence

Entre  1999  y  2001,  Jeffrey  Gould  y  Santiago  Consalvi  realizaron  entrevistas  con  sobrevivientes  o  hijos  de  sobrevivientes  de  la  matanza  del  32  (Gould;  Lauria  Santiago,  2008:32).  Entre  las  entrevistas  destacan  las  que se realizaron con los indígenas Alberto Shul y Andrés Pérez del pueblo Nahuizalco. Ellos relatan que en el contexto del trabajo organizativo del Socorro Rojo Internacional (SRI) en 1931 aparecieron “mulatos[1]” de Atiquizaya y Turín en el pueblo y que fueron ellos que saquearon el pueblo y quemaron la alcaldía durante la insurrección.

Comenta Andrés Pérez: “Luego, los mulatos se involucraron. Luego un día los mulatos forzaron las puertas e irrumpieron en los almacenes más grandes de Nahuizalco (…) luego los militares dijeron que los comunistas y los indígenas eran culpables del saqueo. Y mataron a los indígenas.” (Gould; Lauria- Santiago, 2005:317).

Para los investigadores, ese fragmento narrativo sobre los sucesos de 1932 contiene dos aspectos importantes:  1)  En  el  relato  se  omite  cualquier  involucramiento  indígena,  son  exclusivamente  los  mulatos  los responsables de haber perpetrado el levantamiento. El olvido de la participación indígena se explican los  investigadores  Jeffrey  Gould  y  Lauria  Santiago  por  medio  de  la  influencia  del  poder  y  discurso  militar  después de la matanza que condicionó la memoria en cuanto a la participación. 2) La ausencia de actores indígenas  dejó  también  en  el  olvido  las  alianzas  interétnicas  entre  los  mismo  indígenas  y  “mulatos”  para  el  levantamiento  (Gould;  Lauria  Santiago,  2008:  XVIII,  313-315).   

Ahora  bien,  el  significado  de  la  palabra   “mulata” es polisémico y existen estudios que evidencian el uso sinonímico de las denominaciones “mestizos”  y “mulatos”. Así el significado solo será comprendido después de una documentación y problematización  de la información primaria (Forbes, 1993).

Según los investigadores, Gould y Lauria Santiago, la palabra “mulato” denomina por un lado “a todos los ladinos, sin importar el fenotipo” (2008:174) y por otro lado describe “gente con características fenotípicamente mulatas”  (Gould,  Lauria  Santiago,  2008:230).  Agregan  que  “desde  la  época  colonial,  los  indígenas  a  lo  largo  de  Centroamérica  han  usado  el  término  mulato  como  epíteto  para  sustituir  el  término  más  neutral  de “ladino”, destacando el color no “blanco” de sus adversarios como su desprecio por la gente de origen  africano” (Gould; Lauria- Santiago, 2005: 316-317)[2]. Para confirmar el origen africano de los “mulatos” Gould y Lauria Santiago citan los comentarios del misionero Paulino Antonio Conte que estuvo en los años 20 en El Salvador y ha conocido una tradición oral según la cual los negros de Atiquizaya huyeron desde Guatemala  a  El  Salvador  y  que  luego  fundaron  el  pueblo  (Gould;  Lauria  Santiago,  2008:176).  Conte  añade  que  las  tradiciones y el fenotipo de los pueblerinos correspondan a esa leyenda de la tradición oral (Gould; Lauria Santiago, 2008:176).

Sin embargo en Atiquizaya en el departamento de Ahuachapán existen otras versiones acerca  de  las  migraciones  de  afrodescendientes  hacia  el  lugar  que  vinculan  la  historia  del  pueblo  a  la  diáspora africana. En la actualidad a los afrodescendientes en Atiquizaya se les llama panunes, palabra que según mi interpretación es un etnónimo, y así uno de los pocos residuos lingüísticos africanos que operan como adscripción identitaria local.

En una entrevista Oscar Rodríguez Vega, Atiquizaya, 20-06-2006, este explicó lo siguiente: “Aquí hubo esclavos que trajeron para el cultivo de caña, añil, maguey y todo volado agrícola, en eso trajeron gentes de la parte de norte de honduras, de Jamaica, de Livingston y toda esa zona, va (…) entonces estos negros quedaban asentado ahí, pero como él, los que llevaba o quien los traía, quien sabe que le paso, empezó armarse la raza, a, a de mezclarse, todavía hay asentamiento de gente que labios gruesos, prietos verdad todos (…) los panunes vinieron casi de la costa norte de Honduras, pero es una flota que dependían tanto de Jamaica, de Livingston, de parte de norte de Honduras  y quién sabe si no descendientes africanos (…) “.

También en la inédita “Monografía de Atiquizaya” del año 2007 la directora de la Casa de la Cultura, Glórida Alma Cristales de  Hernández,  comenta  que  “(…)  el  rasgo  etnográfico  que  más  sobresale  en  Atiquizaya  es  el  mestizaje,  todavía existen descendientes de los panunes, éstas son las personas de color de piel moreno cobrizo, pelo crespo “(2007: 35).

En la historia oral del pueblo, los panunes al parecer están implícitamente relacionados con la diáspora africana, aunque existen otros textos que vinculan a los panunes con etnias indígenas.

Los panunes también se mencionan brevemente en textos de la historia oficial. En la “Historia de El Salvador” de 1914 de Santiago I. Barberena, el investigador explica que en la primera mitad del siglo 17, el hacendado Bartolomé de Molina “trajo de Honduras una colonia de trabajadores, que fueron designados con el nombre panunes” (Barberena, 1914:92). Lardé y Larín añade en otro texto que los panunes fueron “un gran número de colonos sambos (sic)” (Lardé, 1957: 69).

Barberena relaciona la palabra “panune” con el idioma Náhuatl, que se deriva de “panuni“ o “panoni“, “extranjero” , sin embargo, además explica que podría ser también originario de la lengua Sumo en la cual “pannún” significa “árbol” (Barberena, 1914: 92). Así Barberena asocia los panunes con un origen indígena.

Sin embargo, por un lado a la luz de la connotación africana de la palabra “zambo” que p.ej. para el cronista Oviedo significaba “(…) nombre de negro de Guinea “(Oviedo in Lehmann, 1920: 467) y por otro lado que el origen de la información proviene con gran probabilidad de una fuente colonial, por consiguiente tenemos que considerar la arbitrariedad ortográfica que existía en esa época. De tal manera que panunes también se podría referir a banunes, vanunes o bañunes. Al aplicar esa traducción encontramos diversas fuentes que menciona una etnia esclavizada en la región.

El  historiador  Paul  Lokken  en  sus  investigaciones  coloniales  identifica  alrededor  de  1630  a  africanos  esclavizados que trabajaron en una producción de anís e ingenio de azúcar. El documento menciona que  de 66 trabajadores, 5 pertenecían a la etnia “Vañon (Bañon)” (Lokken, 2003a: 3-4). También el padre jesuita Alonso de Sandoval anota en 1627 en su valioso estudio sobre los africanos en Cartagena de las Indias, un puerto importante para el tráfico de esclavos en la región, expone que algunos esclavizados pertenecían a  la  etnia  “banunes”  (Sandoval,  1956:  15;  Pavy,  1967:  36;  46). 

Según  Sandoval  los  banunes  vivieron  a  lo  largo  del  rio  Casamance  y  Gambia.  Ambos  se  encuentran  en  la  región  Senegambia  y  partes  de  actual  Guinea-Bissau (Sandoval, 1956: 15). Estos fragmentos deconstruyen el mito del mestizaje de la desaparición afrodescendiente en El Salvador, más bien se reconocen continuidades de comunidades de origen africano desde la época colonial hasta el siglo 20.

Las miradas de los indígenas sobre el origen étnico-racial de los “mulatos” corresponden a la historia local del pueblo Atiquizaya, además los testimonios de Shul y Pérez al denominar a los “ladinos” como “mulatos”, no reproducen los discursos y políticas de identidad de blanqueamiento que se ejercen en las “ciudades letradas o  espacios  letrados  de  poder”  que  negaban  una  población  de  descendencia  africana  o  cuyos  voces  e  historias no fueron otorgadas una importancia para la construcción de la identidad nacional en el siglo 20 de  El Salvador.

Con este breve ejemplo se reconoce a partir de las diversas miradas la relevancia y diferencia en hablar sobre “ladinos” de Atiquizaya que participaron en levantamiento, como sucede mayoritariamente

en la literatura del 32, o si se habla entre de los grupos insurgentes, de afrodescendientes nombrados en la  época  en  cuestión  por  su  propio  entorno  como  “negros”  o  “mulatos”.

Así  el  reto  de  “desladinizar”  las  fuentes ladinizadas y la comparación de heterogéneas fuentes permite (re)construir otra perspectiva hacia la etnicidad de localidades en el occidente de El Salvador. La memoria de los miembros de la comunidad nahua pipil abrió la posibilidad de recordar la africanidad de un pueblo salvadoreño, al mismo tiempo el recuerdo conlleva el olvido de proyectos comunes de nación y resistencia. No obstante lo que la historia oral omite, al parecer atesoran textos literarios.

Etnografías imaginaria I [3] : Jorge “el negro” y Cafetos en Flor (1947), una novela olvidada en El Salvador

Junto  a  las  voces  y  miradas  de  los  Nahua-Pipil  Alberto  Shul  y  Andrés  Pérez,  al  canon  de  textos  literarios  e  historiografías sobre 1932, se agrega la novela “Cafetos en Flor” (1947) de Miguel Ángel Ibarra. Todavía se sabe poco sobre la vida del escritor. Pero según una entrevista con Marco Antonio Cortés Toledo en Atiquizaya en el año 2007, Miguel Ángel Ibarra era del lugar y fue fundador del Partido Comunista de la localidad, pero después de la matanza se fue a vivir a México.

Estos datos corresponden con el relato, igual como el escritor de la novela, el protagonista después de la revuelta abandona el país y se va a México. Además hay otros breves momentos que muestran cierta confusión entre el nombre del protagonista y del autor (Ibarra 1947: 231). Por ende se deduce que el autor Miguel Ángel Ibarra participó en la organización del levantamiento.

Aparte de la particularidad de ser el primer texto literario de carácter testimonial de un activista, y a la luz de la escasez de fuentes primarias que permiten reconstruir las motivaciones e ideas de los participantes (Brignoli, 2001: 28, 37; Lindo-Fuentes et. al., 2007:198) es sorprendente que en las últimas publicaciones sobre el 32, la novela no fue incluida en el cuerpo analítico, lo que provoca denominarla una “novela olvidada del 32”.

La única referencia que se encontró es un pie de nota en el libro “«El fascismo en un país dependiente: la dictadura del General Maximiliano Hernández Martínez” del dirigente comunista Raúl Padilla Vela (1987:72).

A la par, la novela conlleva otro aspecto excepcional: en vista de la relación novela-historiografía literaria y la creación de imaginarios colectivos, el texto nos abre una vía para (re)imaginar la nación a través de la lectura de un testimonio semificticio del representante de un grupo excluido de los proyectos de la nación.

La  novela  “Cafetos  en  flor”  narra  la  vida  de  un  activista  sindical  afrodescendiente  de  Atiquizaya.  De  este  modo el texto visualiza, al contrario del mestizaje homogéneo, una visión pluriétnica del occidente del país a  principios  del  siglo  XX.  En  18  capítulos,  abarcando  los  años  entre  1902  y  1932,  Ibarra  narra  la  niñez  y  juventud de Jorge Ibañez las que se desarrollan sumergidas en una cultura de violencia y militarista. Después del prólogo, que es un manifiesto comunista salvadoreño, Ibarra antepone una etnografía sobre el pueblo Atiquizaya en el departamento de Ahuachapán, El Salvador.

El  autor  describe  algunas  costumbres  y  elementos  de  la  cosmovisión,  añadiendo  que  esa  “(…)  gente  de  Atiquizaya es la madera de afro-americana que surgió del inhumano comercio que hacían los bandidos traficantes  de  esclavos,  transportando  nativos  de  África  a  nuestro  continente”  (Ibarra,  1947:7).  De  ahí  comprendemos el contexto cultural e histórico en el cual el protagonista de la novela se autoidentifica como Jorge “el negro” (Ibarra, 1947: 33), la historia del artesano Regino de “origen negro” (Ibarra, 1947:167) y la connotación al describir los atiquizayenses como “gente morena, trabajadora y fuerte como el ébano” (Ibarra, 1947: 36).

Así que el primer capítulo de la novela de Ibarra podemos considerar como texto extraordinario de  carácter  etnográfico  que  explícitamente  habla  sobre  la  población  afrodescendiente  de  El  Salvador  a  principios del siglo 20. Al mismo tiempo se descubre como la novela “Cafetos en Flor” coincide en partes con los relatos y testimonios indígenas. Shul y Pérez narraron que “mulatos” de Atiquizaya realizaron su labor propagandística en el pueblo Nahuizalco, ubicado en el occidente de El Salvador. Es más según Alberto Shul  “los mulatos de Turín y Atiquizaya tomaron la alcaldía de Nahuizalco y la saquearon” (Gould; Lauria Santiago, 2005: 317).

Es justo en el capítulo 14 “Trópico de Indígenas” de la novela que Jorge Ibáñez “afroamericano” (“mulato”) de Atiquizaya, relata sobre su estadía justo en Nahuizalco realizando su labor organizativo (Ibarra, 1947: 191).

 “Trópico de Indígenas”, la nueva cultura indiana, miradas interétnicas afro-indígenas

Jorge  Ibáñez  narra  su  estadía  en  Nahuizalco  y  comenta  críticamente  la  ausencia  de  una  política  hacia  los pueblos indígenas en El Salvador (Ibarra, 1947: 191). En Nahuizalco, después de haberse quemado un rancho,  Jorge  Ibáñez  observa  impresionado,  con  cierta  connotación  paternalista,  la  reconstrucción  por  parte  de  los  indígenas  mediante  trabajo  colectivo:  “Aquel  pueblo  unido,  como  un  solo  hombre,  cortó  las  maderas que le indicó un camarada de mayor edad que encabezaba la unión colectiva de aborígenes. Transportaban las maderas adornadas con flores silvestres, con sus canciones criollas, aquella era una fiesta de confraternidad y animación. Al terminar la jornada bajo de la ceiba, se formó el banquete proletario en donde nuestras indias lucían sus trajes típicos de colores chillantes, y sus soguillas y aretes de coral” (Ibarra, 1947: 194).

El elogio de Ibáñez se contrasta con la miseria en la cual viven los indígenas, provocada por el comportamiento bárbaro  de  los  militares  y  latifundistas  que  actúan  como  nuevos  colonizadores  y  conquistadores:  “Conste  que estos tipos se hicieron de las haciendas expropiando al nativo de su tierra (…) las tierras eran comunales (…)” (Ibarra, 1947: 36). También en otro lugar de la región de los Izalcos encontramos la misma explicación por el líder sindical de la desgracia que enfrentan los pueblos originarios. Las circunstancias de vida precarias son causa de la expropiación de los ejidos y sucesiva explotación de los indígenas: “Pensé, si esto lo hacen sumidos en la más inicua miseria por la explotación de los bárbaros que les han arrebatado sus tierras (…) y como serían de felices cuando fueron dueños de ellas” (Ibarra, 1947: 191).

Esta enunciación arroja una luz sobre varios aspectos interesantes. Por un lado Ibáñez, a partir de la valorización de la cultura indígena, le adscribe a dicha población una posición constituyente en una nueva sociedad. Los atributos con los cuales Ibáñez describe a los indígenas en Nahuizalco – “el banquete proletario”, “como un solo hombre”, “la unión colectiva de aborígenes”, “solidaridad” – recuerdan al indigenismo marxista de corte Mariáteguiano, según el cual el pasado comunal indígena, continuamente presente en la sierra peruana, anticipa la modernidad comunista y se convierte en pilares para un nuevo proyecto de nación (Mariátegui, 1979).

En la siguiente cita, Jorge Ibáñez se refiere a la nueva cultura, sin embargo al mismo tiempo explica como esa  cultura  fue  devorada:  “Pero  los  bárbaros  caníbales  de  mi  país,  militares  perros  fascistas,  que  dan  sus  gritos feroces histéricos de liquidar hasta el último indio. Me recuerda aquellos días de infierno en mí país en donde la banda de fascistas gritaban y asesinaban hasta el último indio, aquí se ve la canalla conservadora, no olvida las enseñanzas de los bárbaros de Castilla de la conquista, que vinieron a destruir el embrión de la nueva cultura indiana que hubiese sido grandiosa por su auténtico criollismo (…)” (Ibarra, 1947:194-195).

Al lado de las descripciones de la matanza que Ibáñez comprende fueron cometidas desde una perspectiva “neocolonial”  y  racista  por  parte  de  los  “ladinos”,  terratenientes  y  militares,  coexiste  como  otro  factor  de  deterioro de la comunidad indígena, germen de la nueva cultura, la expropiación de tierras comunales.

Ahora bien, uno de los argumentos en contra de la influencia de organizaciones comunistas en el 32, es que la orientación política del PC y sus organizaciones adjuntas no elaboraron una estrategia que tomara en cuenta la complejidad étnica y la brecha cultural entre las zonas rurales y urbanas, sino más bien se fijaba en la unidad de conciencia de clase. Es más, en una correspondencia a la oficina internacional socialista caribeña, un representante del PCS explicaba que “aquí en El Salvador no existían ni indígenas ni negros” (Lindo-Fuentes  et  al.,  2007:  49)[4]

Sin  embargo  el  militante  y  simpatizante  del  PCS,  FRTS  y  SRI,  Miguel  Ángel  Ibarra, narra una versión pluriétnica. Esta mirada incluyente corresponde a los lineamientos políticos del SRI que fue la organización clave en el occidente del país y que “(…) sí enfatizaban el apremio de los negros y de los indígenas” (Gould; Lauria Santiago, 2008:148).

Sin  embargo  la  visión  interétnica  también  podría  ser  expresión  de  la  identidad  cultural  del  escritor  Ibarra  quien como nacido en Atiquizaya, reconoce su descendencia africana. Ibarra escribe de tal manera desde la  periferia,  desde  la  localidad,  otra  visión  de  los  aconteceres  históricos  de  la  nación.  Ya  se  ha  señalado  que  a  través  de  la  ideología  del  mestizaje  sectores  medios  valorizaban  los  aportes  de  los  indígenas  a  la  sociedad, historia y cultura, y buscaban una mayor inclusión de indígenas. Es más, la apreciación idealizada del indígena contribuyó a la aproximación solidaria que culminó en el movimiento interétnico (Gould; Lauria Santiago,  2005:309). 

Igualmente,  la  coyuntura  en  la  construcción  de  la  nación  a  principios  del  siglo  20,  giró la mirada hacia lo propio que era definido por medio del indígena y lo rural y que fue expresado en la literatura (López Bernal, 2002: 40-41), pero también en periódicos y revistas culturales en El Salvador.

En Atiquizaya, por ejemplo, se publicó en 1929 la revista “Los Panunes”. En su primera publicación, los editores explican: “Panunes es el nombre de pila de nuestro quincenario; porque los primeros moradores de lo que hoy  es  Atiquizaya,  fueron  los  Panunes,  individuos  traídos  de  Honduras  (…)”  (Avilés  in  Vallecillos,  1964:256). 

Ese  marco  discursivo  no  solamente  comenzaba  a  valorizar  lo  indígena  sino  a  través  de  un  enfoque  local  también  lo  “afroamericano”  como  lo  propio.  Esa  visión  sociocultural  diferente  emanaba  de  intelectuales,  estudiantes  y  artesanos.  Así,  al  contrario  de  la  opinión  y  documentación  que  destaca  la  brecha  entre  el  partido y la población rural y la ausencia de una visión étnica del contexto rural (Ching, 2007: 69), las citas de Ibarra apuntan a lo que ha sido señalado también por Jeffrey Gould y Lauria Santiago. La distancia entre ciudad y campo se disminuye.

Tanto  de  grupos  indígenas  como  no-indígenas,  afrodescendientes  y  mestizos,  emergieron  activistas  que  durante  meses  realizaron  un  trabajo  de  organización  (Gould;  Lauria  Santiago,  2008:28-29,  2005:292).  En  una  reunión  con  campesinos,  Ibarra  confirma  justo  ese  papel  de  los  activistas  indígenas:  “(…)  se  les  dio  una conferencia sobre cultura y socialismo; tanto ha penetrado en el campesinado nuestra orientación y disciplina  que  en  estos  organismos  han  surgido  sus  dirigentes  propios,  ya  con  una  orientación  capaz  (…)”  (Ibarra, 1947:161).

A pesar de la existencia de un discurso homogeneizador al inicio de la campaña del SRI que generalizaba a todos los indígenas bajo el término campesinos, ocultando así “(…) la cada vez más profunda dimensión étnica del movimiento” (Gould; Lauria Santiago, 2008:147) y a la vez reproduciendo el racismo “ladino” en contra de los indígenas (Gould; Lauria Santiago, 2008:130), los investigadores destacan que el vocabulario marxista  facilitó  a  los  ladinos  urbanos  y  rurales  así  como  a  los  indígenas  un  instrumento  para  trascender  antagonismos  culturales  y  de  esta  manera  poder  articular  objetivos  comunes  (Gould;  Lauria-  Santiago,  2005:292;311-316; 2008: 147-149; 168).

Es más, el empleo de la palabra campesino en varios discursos de la izquierda reflejaba también una nueva visión igualitaria del movimiento: “(…) los trabajadores y campesinos eran todos iguales dentro de un movimiento revolucionario que luchaba para alcanzar una sociedad en la cual las diferencias raciales y de clase no tendrían significado.” (Gould; Lauria Santiago, 2008:149) Además el  carácter  festivo  de  las  reuniones  organizativas  en  el  área  rural  generó  un  sentimiento  de  comunitas  anticipando así una sociedad más igualitaria (Gould, Lauria Santiago, 2008: 120).

Estas circunstancias están presentes en varios momentos de la novela “Cafetos en Flor” (Ibarra, 1947: 95, 124,129, 171).

Una asamblea en el cantón Cerro Blanco en Ahuachapán a la cual asistieron el indígena Juan Chachagua, Alfonso  Luna  y  Jorge  “el  negro”  Ibáñez  es  descrita  como  “fiesta  de  confraternidad”  (Ibarra,  1947:165);  participantes de la reunión explican: “estas reuniones para nosotros son hermosas fiestas” (Ibarra, 1947:171).

Durante la asamblea, a Jorge Ibáñez le llama la atención la fisonomía del dirigente local, llamado Reginito, que le parece idéntica al aspecto de un atiquizayense “de origen negro” quien a causa de la condiciones de trabajo y de vida encontró una muerte trágica en su pueblo (Ibarra, 1947:167- 171). Antes de conocer más sobre la vida de Regino, “descendiente de los Panunes”, precisamos que antes del trágico mes de enero de 1932 en los cantones y caseríos de Ahuachapán y Sonsonate se encuentran reunidos indígenas, mestizos y afrodescendientes para elaborar estrategias articuladas y pensar en cambios sociales en la sociedad.

Etnografía Imaginaria II: Dos fragmentos- sobre la situación de afrodescendientes en los años 30 en El Salvador

Recurrimos  a  la  novela  “Cafetos  en  Flor”  por  su  alto  contenido  etnográfico  y  sustrato  etnohistórico.  Para  acercarnos a las motivaciones de los afrodescendientes de Atiquizaya y Turín a participar en la insurrección, volvemos la mirada a la descripción de las situaciones de vida de este pueblo que nos manifiesta tanto el contexto de la etnografía que apertura la novela como diversos momentos al transcurrir la narrativa. En el primer y segundo capítulo encontramos que el campesinado que Ibarra identifica como “afroamericano” experimenta también, como el pueblo indígena, la pérdida de los ejidos o tierras colectivas. Cierta colectividad también está presente en las descripciones de la situación de vida de la población “afroamericana”. En la etnografía  sobre  la  gente  de  Atiquizaya,  el  pasado  de  ese  grupo  es  representado  por  fiestas  colectivas  insertadas en ciclos agrarios a principios del siglo 20 (Ibarra, 1947: 15-18).

“Allá por el año de 1908, estas gentes vivían felices en este país. Se debía a que en esa época había mucha tierra nacional y los trabajadores hacían grandes cultivos pagando una pequeña cuota al Municipio y ellos recolectaban hermosas cosechas que  beneficiaban  a  todo  el  pueblo  (…)  Allá  por  esos  tiempos  estas  gentes  hacían  sus  fiestas  colectivas”  (Ibarra, 1947:15).

Esta época se opone a los tiempos subsiguientes en los cuales predominan explotación e injusticia: “Este pasado hermoso de nuestros pueblos ya no vuelve; hoy todo es miseria, toda la tierra se la usurparon todos los ricos; una mezcla de avaros extranjeros y nacionales han dejado a nuestros campesinos sin tierra donde puedan hacer su cultivo (…)” (Ibarra, 1947:18).

Sin  embargo,  si  bien  se  confirma  que  después  de  la  abolición  de  tierras  comunales,  el  proceso  de  concentración y subsiguiente proletarización se da en los años 20 (Lauria Santiago, 2003:346-353), la cita deja una duda acerca de la transición de tierras comunales a propiedades individuales, ya que habrá la posibilidad, a pesar de que en Atiquizaya todas las tierras ejidales habían sido tituladas antes de 1896 (Lauria Santiago, 2003: 287-288), de cierta forma de organización colectiva alrededor de “tierras nacionales” como lo llama Ibarra, muy probables municipales para el comienzo del siglo 20 (1908).

La pequeña cuota que menciona Ibarra parece ser una forma de la renta al usar las tierras municipales plasmadas en las leyes que regulaban las municipalidades. Lauria Santiago expone en su investigación “Una República Agraria” que (…) las  municipalidades  debían  alquilar  las  tierras  a  los  residentes  locales  que  las  solicitaran  y  cobrar  por  ello  una pequeña renta (Lauria Santiago, 1999: 84). Además el investigador explica que a partir de mediados del siglo 19 se comienza a concretizar la exacción: ” Uno de los aspectos más importantes del uso de las tierras municipales por campesinos y agricultores era el cobro de alquiler.(…) Aunque el pago del canon era obligatorio, poco pueblos lo cobraban regularmente hasta la década de 1860, cuando las mejoras en la organización del estado nacional y la creciente importancia del comercio estimularon la recaudación tanto de los impuestos municipales en general como de los cobros por el alquiler de los ejidos. (Lauria Santiago, 1999: 110).

En  los  relatos  de  Ibarra  sobre  la  vida  de  los  pueblos  indígenas  como  no-indígenas  a  principios  del  siglo  20 muestra que en la memoria del narrador existía en el pasado feliz aunado a una forma de acceso a tierras colectivas, todavía no predominaba la enajenación del campesinado. Así el pensamiento de Ibarra al parecer corresponde a la coyuntura y difusión de una memoria y un mito a partir de los finales de 1920 entre el campesinado e intelectuales de la época sobre un fácil acceso a la tierra promovido por el Estado a finales del siglo XIX (Gould; Lauria- Santiago, 2005:302,338; 2008:63:66-67).

Esa memoria se agudizó con el  aumento  de  la  precariedad  a  causa  de  la  pérdida  de  tierras  y  la  descomposición  del  campesinado  minifundista, así como a partir de las crisis económicas y las cada vez más miserables condiciones de vida y  trabajo  de  los  colonos  indígenas  y  ladinos  (mestizos,  negros,  mulatos,  blancos)  (Gould;  Lauria  Santiago,  2008: 37;56).

Los colonos y semi-proletarios que surgieron a partir de los cambios estructurales de principios del siglo 20 llegaron a ser “el sujeto social más crítico en la movilización en el occidente y el centro de El Salvador” (Gould; Lauria Santiago, 2008: 29). Los colonos que vivieron y trabajaron en las fincas cafetaleras comerciales,  en  condiciones  que  establecían  una  relación  patriarcal-diádica  entre  hacendado  y  colono  que, sin embargo, comienzan a romperse a partir de 1927 a causa del deterioro de los precios del café, constituyeron el 18% de la población rural del occidente de El Salvador (Gould; Lauria Santiago, 2008: 55-56). 

Si  en  el  auge  del  café  en  los  años  20,  los  trabajadores  del  café  ganaban  2  colones  al  día,  ya  para  1929 con la crisis económica el salario fue reducido a 30 centavos al día (Gould; Lauria Santiago, 2008:55).

A propósito de las circunstancias de los trabajadores rurales o más bien de los colonos, Ibarra expone: “A esta pobre gente la obligan a trabajar en los cultivos de la hacienda; para poderle dar un trecho de tierra, recibe inmensas tareas de quince brazadas en cuadro para ganar miserables 50, 30 y 25 centavos. Empieza su  labor  a  las  5  de  la  mañana  y  la  termina  a  las  dos  y  cinco  de  la  tarde.  Le  dan  un  famoso  desayuno  compuesto de dos chengas (tortillas), que llevan encima un puñado de frijoles rellenos de basuras y gorgojos chorreándoles el mugroso caldo por el codo; y para ser merecedor de esta miserable ración tienen que llevar un fuerte tercio de leña maciza al patio de la hacienda, en donde reciben una ficha sucia que se le entrega el mayordomo (…)” (Ibarra, 1947: 9-10).

Según Ibarra, los latifundistas son neo-colonizadores que perciben al trabajador como criatura menospreciada (Ibarra,  1947:  8).  Varios  investigadores  indican  que  la  mirada  hacia  los  campesinos  fue  construida  desde  una visión de raza y marginación (Lara Martínez, 2009: 28-42), y que esa actitud desconfiada impedía a las elites  comunicarse  y  negociar  con  los  sectores  subalternos  (Gould;  Lauria  Santiago,  2008:61,  Suter,  1996:  450- 452).

Esto a su vez, contribuía al surgimiento de una masiva movilización laboral para exigir, al principio incrementos salariales y una reforma agraria que cada vez más se estaba radicalizando, nutrido también por el recuerdo, como más arriba se ha mencionado, de un acceso a tierras promovido por el estado en el pasado. Las reivindicaciones se conyugaban a la vez con una tradición regional de lucha colectiva en defensa de los derechos comunales (Gould; Lauria Santiago, 2008:67).

Conjuntamente a la descripción implícita de los cambios sociales a los que se enfrentaron “afroamericanos” en un contexto rural, la extraordinaria novela Cafetos en Flor nos cuenta sobre trabajadores afrodescendientes en el casco urbano de Atiquizaya. Por medio del micro relato “Regino y su perro acompañante Quindinduy”, Ibarra  aporta,  a  la  par  de  la  biografía  de  Jorge  Ibañez,  al  retrato  de  las  experiencias  de  la  población afrodescendiente en Atiquizaya, cuyas características de marginación tienen todo el potencial para culminar en la apropiación de teorías y prácticas radicales de transformación social.

En  la  reunión  en  el  Cerro  Blanco,  ya  arriba  mencionado,  se  encuentran  indígenas  y  afrodescendientes,  uno  de  ellos  se  llama  Reginito,  cuyo  padre  Regino  fue  amigo  del  activista  Jorge  Ibáñez.  Él  cuenta  a  los  presentes  la  tragedia  que  vivió  el  padre  del  joven  compañero.  Jorge  describe  al  padre  atiquizayense  con  las  siguientes  palabras:  “Regino  murió  solo,  teniendo  como  compañero  un  hermoso  perro  llamado  “Kindinduy”. Era moreno, pelo colocho (chino).Usted me llamó la atención por su fisionomía que me pareció verla alguna vez y era la de su padre, pues son idénticos. (…) Regino era un muchacho popular, alegre, de genio agradable y de origen negro.” (1947: 166-167).

Regino, quien se crio sin padres, era herrero que por descuido y falta de protección en el trabajo perdió su vista. A causa de falta de ingresos tuvo que entregar su casa, dependiendo de la buena voluntad de sus amigos. En la miseria Regino fue sospechado por robos en la comunidad, se enfrentó al hambre, sin casa y sin salud. Desapareció y a los días encontraron los restos del herrero en un barranco descompuestos por zopilotes (Ibarra, 1947: 167-171). Después de escuchar la trágica muerte del padre de su compañero, los indígenas explicaban con entusiasmo que Reginito practicaba el oficio de sastre y que él les enseñaba a leer e instruir (Ibarra, 1947:164-166).

El papel importante en el trabajo organizativo y de concientización de Reginito como uno de los líderes locales en el cantón ahuachapaneco se comienza a evidenciar.

Conclusión:  aproximación  a  las  razones  participar  en  la  insurrección  por  parte  de  sujetos y grupos afrodescendientes

¿Se podría preguntar qué impacto tuvo en la conciencia del líder sindical local del cantón al escuchar la injustica social que se había sufrido y enfrentado su padre? A partir de la respuesta hipotética a la pregunta se encuentra una dimensión personal en el actuar insurgente, una dimensión que ha sido vislumbrada por diversos investigadores a partir de otros contextos, que señalaron que ante la ausencia de una legislación que demanda violaciones y abusos sexuales, las mujeres indígenas violadas por “ladinos”, dueños de las tierras en las cuales se vieron obligadas a trabajar las mujeres, utilizan las reivindicaciones de las organizaciones comunistas para vengarse y recuperar “la honra” (Lara Martínez, 2009: 48,54, 57-58; Gould; Lauria- Santiago, 2005: 321-322).

Se destaca que muchos “(…) activistas y simpatizantes del movimiento eran producto de tales uniones” (Gould; Lauria- Santiago, 2005: 322). La violación social y económica a la cual se enfrenta el padre del líder local marxista, influye en el anhelo a transformar la sociedad. El micro relato sobre Regino, el negro, herrero opera como sinécdoque narrativo de los desamparados y marginalizados. Los artesanos urbanos fuera de la capital viven inmersos en injusticias sociales estructurales, que es la ausencia de cualquier responsabilidad o política estatal o local para proteger o atender a la situación de vida de los trabajadores rurales y urbanos. Es más, a las respuestas desesperadas ante la miseria se les responde con armas y más violencias.

Ahora  bien,  la  decisión  de  describir  a  personas  “de  origen  negro”  es  una  estrategia  de  visibilización  que  entrelaza reivindicaciones de raza y de clase, como ya se ha señalado anteriormente, que corresponde a los planteamientos del SRI, los discursos de mestizaje y la valorización de lo propio del cual surgió la corriente literaria  regionalista.  Así  que  en  cuanto  al  papel  que  jugaron  afrodescendientes  en  el  levantamiento  se  destaca que los afrodescendientes, los mulatos en Nahuizalco, Reginito hijo de Regino “de origen negro” en  Ahuachapán, Jorge, el negro, y su doble Miguel Ángel Ibarra escritor-ebanista en Atiquizaya y sus alrededores,  aparecen  en  las  fuentes  consultadas  como  instructores  y  dirigentes  que  ejecutan u organizan al campesinado.

Los  afrodescendientes  instruyen  las  teorías  marxistas,  alfabetizan  a  los  campesinos  indígenas  y  “ladinos”  y  se  describen  como  actores  manifiestos  que  queman  los  símbolos  locales  de  poder.  Destaca  que  provienen  de  un  grupo  social  que  es  clave  en  la  organización  y  radicalización  del  levantamiento  social  de  los  30:  los  artesanos  (Gould;  Lauria-  Santiago,  2005:  325  326,  332). 

Los  “mulatos”  y  “negros”  en  los  textos son ebanistas, herreros y costureros. Desde 1880 los artesanos junto a los estudiantes e intelectuales, jugaron  un  papel  crítico  en  la  política  local  y  nacional,  exigiendo  reformas  sociales  y  políticas  urbanas.  A  principios  de  siglo  20,  desarrollaron  fuertes  críticas  reformistas,  conyugando  planteamientos  nacionalistas,  unionistas,  antimperialistas  y  anticapitalistas  (Gould;  Lauria-  Santiago,  2005:303). 

A  partir  de  la  valorización  de  lo  local  e  indígena  podemos  añadir  que  la  crítica  de  cierto  modo  se  extendía  a  los  discursos  racistas   de  los  liberales  decimonónicos  (Gould;  Lauria  Santiago,  2005:309;  Lopez  Bernal,  2002:  43).  Miguel  Ángel  Ibarra  como  escritor  y  ebanista,  y  el  protagonista  Jorge,  ebanista,  critican  las  asimetrías  económicas  que   se  configuran  en  la  novela  “Cafetos  en  Flor”  vinculado  a  una  jerarquía  étnicas-racial. 

Estas  jerarquías  se  sustentan  por  medio  de  violencias  políticas  y  estructuras  autoritarias  locales.  En  la  novela  se  codifica  el  eje rico-pobre, que equivale a la oposición entre extranjeros europeos (terratenientes) e indígenas, negros  y  mestizos  pobres  (colonos,  artesanos,  proletarios).  Esta  constelación  se  relaciona  a  la  expropiación  de  las  tierras  comunales,  son  los  extranjeros  que  posean  las  tierras  que  antes  pertenecían  al  campesinado  indígena,  además  como  se  interpreta  a  base  de  las  descripciones  en  la  novela  testimonial-etnográfica  también  existían  tierras  “colectivas”  relacionados  a  afrodescendientes. 

El  desplazamiento  se  configura  desde las tierras comunales en propiedad de colectividades “ladinas”, afrodescendientes e indígenas hacia formas de propiedad privada. Esta transformación de las tierras comunales en propiedad de colectividades “ladinas” y su transición hacia la acumulación privada está documentada para comunidades que todavía a  mediados  del  siglo  19  fueron  asociadas  por  su  ascendencia  negra. 

Lauria  Santiago  señala  como  los  “negros de Sonsonate” o la “comunidad de pardos” de Santa Ana construyen su cohesión social y étnica a  partir  del  acceso  a  tierras  comunales  (Lauria  Santiago,  1999:  18,  25,110-111).  Algunos  miembros  de  la  comunidad de los “ladinos” que vivieron en las aldeas situadas en las laderas del volcán Santa Ana lo largo del siglo 19, estaban involucrados en levantamientos, movilizaciones y derrocamientos de varios presidentes de El Salvador; también participaron en el levantamiento de 1932 (Santiago, 1999:110- 113; Gould; Lauria- Santiago, 2008: 116-117).

Podemos resumir cuidadosamente que el recuerdo de las tierras y la vida colectiva, la situación precaria en las fincas –los lugares de trabajo, la ausencia de condiciones básicas de supervivencia, y la visión de otra  sociedad  articulada  a  través  de  un  lenguaje  marxista  como  proyecto  libertador—impulsaron  a  las  personas,  en  diversos  niveles  conscientes  de  su  descendencia  africana,  y  que  por  otros  son  identificados  o “recordados” como tales, a participar por el lado de los insurrectos en el levantamiento.

De este grupo heterogéneo, como parte de la población de Atiquizaya también surge el conglomerado que, según Ibarra, inicia el levantamiento. Después de que el intento político de responder a la pregunta social y apertura hacia las demandas de los trabajadores y campesinos falló, la sucesiva y creciente política represiva agudiza el movimiento  y  la  participación  decisiva  de  la  población  rural.  Ibáñez  narra  esa  transición  que  culmina  en  varias  huelgas  y  manifestaciones. 

Tras  las  manipulaciones  de  las  elecciones  municipales  a  principios  de  enero 1932, en una manifestación en la Montañita y el Tortuguero, cerca de Atiquizaya y Ahuachapán, los manifestantes  son  aplastados  por  el  ejército,  masacrando  a  centenares  de  participantes.  No  cabe  duda  que entre ellos estaban los campesinos indígenas, afrodescendientes y mestizos. Según Ibáñez “este fue el principio de la revolución” (Ibarra, 1947:179).

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Tilley, Virginia (2005)

Seeing Indians: a study of race, nation, and power in El Salvador. University of New Mexico Press,

Wade, Peter (2000)  Raza y etnicidad en Latinoamérica. Ed. Abya Yala Quito Ecuador


[1] Los términos “negros”, “mulatos”, “indios” surgieron en un contexto colonial de dominación y deshumanización. Existe una discusión alrededor  del  uso  de  las  denominaciones  coloniales  en  la  diáspora  africana.  Para  la  discusión  véase  entrevista  a  Juan  de  Dios  Mosquera, líder del movimiento Cimarrón, de Colombia: http://www.africafundacion.org/spip.php/pagina/nerea_rubio@yahoo.es/spip.php?article11666, 31.10.12, 10.08am. Igualmente para la discusión recomiendo leer al sociólogo afrocolombiano Dr. Arturo Rodríguez Bobb: Exclusión e integración del sujeto negro en Cartagena de Indias en perspectiva histórica. Vervuert, 2005. Además “The Redness of Blackness: Revisiting Derek Walcott’s Mulatto Aesthetics” Caribbean Quarterly, March 1, 2006, escrito por Omotayo Olorun Toba-Oju.

[2] Los autores Lauria Santiago y Gould no muestran evidencia documentaria para dicha suposición, sin embargo, se entiende que la dicotomía entre indígenas y personas de origen africano se relaciona a la dicotomía y conflictos entre indígenas y “ladinos” a lo largo de la época colonial y siglo 19, cuyo discurso domina en la historiografía. No obstante habría que destacar igualmente desde la colonia las alianzas políticas y culturales interétnicas afroindígenas.

[3] El  concepto  Etnografia  Imaginaria  se  adoptó  del  trabajo  de  Erik  Camayd-Freixas.  Etnografía  imaginaria.  Historia  y  parodia  en  la   literatura hispanoamericana. Guatemala: F&G Editores, abril de 2012, 1a. edición.

[4] Rafael Lara Martínez interpreta en “Balsamera bajo la guerra fría. El Salvador-1932. Historia intelectual de un etnocidio” la novela “El oso ruso” del nicaragüense Gustavo Alemán Bolaños (1944). En un breve fragmento el novelista menciona la incidencia del activista afrodescendiente  Chinto,  quien  es  descrito  estereotípicamente  como  “el  tipo  negroide,  de  labios  gruesos  y  pelo  ensortijado”  (Lara  Martínez, 2009:57). Chinto levanta al pueblo de Juayúa  a la rebelión en un acto teatral de “poesía francamente bolchevique” (Lara Martínez, 2009:57).

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