Un texto en tres duraciones: Braudel y El Mediterráneo

Un texto en tres duraciones: Braudel y El Mediterráneo

Emiliano Canto Mayen

Temas Antropológicos, Revista Científica de Investigaciones Regionales, volumen 34, número 2, 2012, Universidad Autónoma de Yucatán, ISSN 1403-843X, pp. 155-178.

Abstract

This article analyzes the method that Braudel used in his text The Mediterranean and the Mediterranean World in the Age of Philip II. This methodological analysis proposes to appreciate the principal conceptual and theoretical contributions of the French historian. Therefore, this essay propounds the study and rehabilitation of Braudel historiographical model to interpret some of the social and historical issues of History discipline.

Key words: Fernand Braudel, The Mediterranean and the Mediterranean World in the Age of Philip II, French historiography, Methodology.

Resumen

El presente artículo analiza el método que utilizó Fernand Braudel al redactar El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Este planteamiento de análisis metodológico permite apreciar las principales
aportaciones conceptuales y teóricas del historiador francés. Así pues, este
ensayo propone el estudio y la rehabilitación del modelo historiográfico de Braudel para la interpretación de algunas de las realidades sociales e históricas que conforman las problemáticas de estudio de la disciplina histórica.

Palabras claves: Fernand Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, Historiografía francesa, metodología.

El autor

Fernand Braudel nació en 1902 en Lumeville-en-Ornois, localidad ubicada
al norte de Francia. De esta población, tan ajena a las costas mediterráneas, Fernand −hijo de un maestro− pasó a París donde cursó sus estudios básicos y superiores hasta obtener su título en letras, en 1923, en la Universidad de la Sorbonne. El recién titulado profesor anhelaba obtener un puesto como maestro de secundaria en una escuela cercana a su ciudad natal, pero para decepción suya, “la burocracia central” decidió enviarlo a Argelia (Ruiz Martín, 1999: 10).

Entonces se dio el primer contacto de Braudel con el mar Mediterráneo
y ahí surgió el germen de su obra magna; este personaje poseía una
sensibilidad diferente a la de aquellos investigadores originarios de este
medio geográfico, el pasar del norte de Francia a la costa de África le hizo
sufrir una impresión violenta que −en sus propias palabras− lo enamoró
“apasionadamente al Mediterráneo” y le obligó a explorar sus archivos
(Braudel, 1987, Tomo I: 12).

La pasión por los viajes que se despertó en Braudel desde su estadía en
Argelia, y que le hizo pasar tres años enseñando en la Universidad de Sao
Paolo, representó una coyuntura en su vida que lo desprendió del ámbito
geográfico en que había nacido y que le hizo desafiar la rutina de sus
ancestros, campesinos de la región de Lorraine (Ruiz Martín, 1999: 11).

Ahora bien, si Braudel rompió con su herencia geográfica por haber dejado
su región con el afán de ganar experiencias ¿habrán tenido la misma
coyuntura los hombres del Mediterráneo que continuamente se veían
obligados a entablar viajes prolongados con tal de intercambiar sus
productos? La historia del Mar Interior, desde sus inicios más remotos, se
haya plagada de intercambios, por lo que la naturaleza misma del hombre
mediterráneo es el continuo desplazamiento e interrelación con los demás
puntos de la costa mediterránea.

Para ahondar en esta tesis, Braudel recurrió a investigadores que habían propuesto teorías y soluciones acerca de la relación entre el hombre y el espacio. Así, desde finales del siglo XIX, Friedrich Ratzel con su Antropogeographie y su Politische Geographie, había intentado armar una visión de análisis totalizador que veía al hombre como un ser que basa los cimientos de sus sociedades y arma sus estructuras políticas según las
características específicas de su medio ambiente.

En Francia, la obra de este alemán había sido duramente criticada por
un maestro de Braudel, Paul Vidal de la Blache, el cual se opuso a que la
ecología política determinaba la formación de las sociedades humanas,
acuñando el concepto de geografía humana, que en lugar de afirmar que
las relaciones entre los hombres son afectadas invariablemente por su
geografía, asegura que la geografía es afectada invariablemente por las
relaciones que se entablan entre los hombres (Braudel, 1987, Tomo II: 836
y Ewald, 1986: 11).

El autor del Mediterráneo, conocedor de las propuestas de Ratzel y de
Vidal de la Blache, retomó la importancia que la situación geográfica y
ambiental ejerce sobre las formaciones políticas, pero −cuidándose de no
caer en un determinismo− tuvo siempre en cuenta que en el
desenvolvimiento histórico las relaciones humanas configuran una
geografía muy particular. En este sentido Braudel definió a la Geohistoria
como “el estudio de las relaciones económicas, culturales y de intercambio
que los hombres entablan −trazando rutas, forjando alianzas− en un
espacio geográfico a través de una duración muy larga” (Cornette, 2002:
51 y 52).

Braudel y la Escuela de los Annales

Después de haber visto de qué autores Braudel se sirve a la hora de
construir su aparato de interpretación histórica a través de la geografía
humana, expondremos a continuación las aportaciones teóricas de otros
dos investigadores que marcaron profundamente el pensamiento del autor
del Mediterráneo: Marc Bloch y Lucien Fevbre (Bloch, 1988 y Febvre,
1959).

Estos historiadores habían creado en 1929 una nueva escuela historiográfica en torno de la revista Annales, publicación que rechazaba en sus páginas la estéril erudición factual del Historicismo en boga que veía al hecho histórico como “el objetivo supremo, tal vez el único, para el historiador” (Fontana, 1985: 111). Fevbre y Bloch −maestros de Braudel a su regreso de Argelia− habían dado tres principales postulados que más tarde recogería nuestro autor, exponiéndolos en su Mediterráneo.

El primer postulado de Bloch y Fevbre asegura que la historia es una
ciencia con una teoría y métodos propios, que estudia las diversas
creaciones de los hombres de todos los tiempos, y que no puede reducirse
solamente a la “historia política del acontecimiento” (Braudel, 1987, vol. II:
335); la segunda afirmación de los fundadores de esta Nueva Historia
insiste que esta ciencia debe estudiar todos los elementos de un espacio y
de un tiempo determinados con tal de descubrir la manera en que estas
condiciones humanas se armonizan y se relacionan; y por último −el
postulado más polémico− hace un llamado a los historiadores
contemporáneos a modernizar los métodos concretos de la ciencia
histórica a través de una colonización de sus vecinas: las demás ciencias;
en palabras de Fevbre, “volver a la Historia la reina de las ciencias
sociales” (Braudel, 1987, vol. II: 794).

Fernand Braudel, que conoció a los fundadores de la Nueva Historia y
que a la muerte de Fevbre heredará el cargo de director de los Annales,
siguió de cerca los trabajos de sus maestros interesándose en la manera
en que tanto Bloch como Fevbre habían subyugado a la sociología, la
geografía (Bloch) y la psicología (Fevbre) en dos estudios de mentalidades
colectivas1, para terminar tomando los primeros dos postulados de Bloch y
de Fevbre al experimentar en su Mediterráneo con un método total que
abarcara todas las creaciones y conductas humanas a través de un estudio histórico que mezclara la información de variadas disciplinas científicas.

1 Los Reyes Taumaturgos (1988) de Bloch y El Problema de la Incredulidad en el siglo XVI. La Religión de Rabelais (1959) de Fevbre.

Ahora bien, en cuanto al último de los postulados de Fevbre y Bloch que
pugnaba por la creación de un Imperio regido por la ciencia histórica, la
cual sería la única encargada de dictar los métodos de las demás
disciplinas humanas, con el derecho de arrebatarle sus innovaciones a las
otras, Braudel se apasiona menos y considera que en el intercambio entre
las ciencias sociales no debe haber disciplinas superiores a las demás;
pues afirma que:
Desearía que las ciencias sociales dejaran provisionalmente de discutir
tanto sobre sus fronteras recíprocas” y que “la sabiduría consistiría en que
todos juntos rebajáramos nuestros tradicionales derechos de aduana. La
circulación de ideas y de técnicas se vería favorecida, y las ideas y técnicas,
al pasar de una a otra de las ciencias del hombre, sin duda se modificarían
pero crearían, esbozarían un lenguaje común (Braudel, 1991: 75).

He ahí la mayor diferencia entre Braudel y sus maestros Bloch y Fevbre, ya
que pese a que en el prefacio de la primera edición del Mediterráneo sigue
hablando de expandir el Imperio de la Historia, no lo hace con el objetivo de
introducir a la Historia dentro de las demás ciencias con el afán de
imponerles su lenguaje técnico; no, Braudel desea −a través de la Historia
Total− compartir conceptos históricos con disciplinas como la sociología,
antropología, psicología, lingüística, matemáticas, etcétera, y tomar
términos de éstas con el afán de hallar un lenguaje común que permitiera a
todos estos científicos entenderse entre ellos.

Entonces El Mediterráneo se planea y redacta con el afán de permitir
que tanto demógrafos, geógrafos, economistas y antropólogos se
sumerjan en sus páginas, buceen en su estructura buscando las perlas
conceptuales de la Nueva Historia y tomen de ésta los métodos que
consideren más valiosos y útiles en sus respectivas áreas.

Esta nueva postura dentro de la Escuela de los Annales no representa
una ruptura con los postulados originales de Bloch y Fevbre, sino más bien
un enriquecimiento y apertura más amplia de esta corriente a los otros
campos del saber científico que permita a la Historia ser auxiliar de otras
ciencias, así como servirse de éstas a la hora de hacer sus retrospectivas.

El mismo Braudel lo expresó en su última entrevista:
En la época de Bloch y de Fevbre el gran problema era el asimilar a la
historia todas las ciencias humanas que la rodean. Anexarlas a la historia
aun a riesgo de transformarlas en ciencias auxiliares. En Fevbre y Bloch
había un evidente imperialismo, un proyecto de colonización de las ciencias humanas: economía, geografía, etc. Yo no tenía el mismo punto de vista. Para mí el problema no es asimilar la historia a las ciencias humanas. Lo
más importante sería crear una especie de interciencia que comprendiera
la historia y todas las otras ciencias. El problema de las vinculaciones, las
mezclas es lo que me apasiona…. La historia no tiene por qué ser dominante. Es solamente una disciplina de una utilidad extraordinaria que enriquece a las demás. No hay una ciencia humana que no esté obligada a tener perspectivas históricas… (Robitaille, 1986:3 y 4).

El Mediterráneo surgido de la sensibilidad de Braudel, está en deuda con
numerosas corrientes que le prestaron sus útiles postulados: Bloch y Fevbre le despertaron el deseo de crearle a la Historia una nueva metodología y le señalaron que todas las creaciones humanas son fuentes confiables del pasado; Vidal de la Blanche le hizo tomar conciencia del papel determinante que juegan las relaciones humanas en el plano geográfico y, Ratzel le aconsejó no despegar la vista del espacio en el cual se desenvuelve un pueblo.

Fernand Braudel tomará estas ideas y muchas más2, y se propondrá
construir una historia del Mar Interior que permita la entrada de todas las
ramas del saber humano, que rompa las barreras entre las ciencias,
aceptando disciplinas como las matemáticas, sociales, biológicas,
nutrición y medicina.

2 De sus maestros Georges Pagès, Albert Demangeon y Henri Hausser; de su colega argelino Emile-Fèlix Gautier, autor de Siècles obscurs du Moghreb-Le passé de l’Afrique du Nord ; del belga Henri Pirenne autor de Les villes du Moyen Age-Mahomet et Charlemagne; de Marcel Bataillon, Benedetto Croce y Ernest Labrousse.

Ahora bien ¿cómo iba a lograr unir a todas estas disciplinas Braudel? En su vida profesional lo hizo debatiendo, combatiendo y fundando en
1970 la Maison des sciences de l’homme en la cual se trabaja desde
entonces interdisciplinariamente; y en su obra lo hizo armando
interpretaciones que englobasen a las ciencias humanas dentro de una
visión total del devenir histórico y que observasen todos los actos humanos
bajo la lupa de tres distintas velocidades: la larga en la que se cobijan la
geografía, la antropología y las ramas biológicas; la mediana en la que
marca el ritmo la economía; y la corta en la cual entra la sociología
intentando entender lo instantáneo, veloz y agitado de la superficie (Le Petit, 1995: 17).

La obra

Desde que en 1929 presentó el proyecto de tesis doctoral Felipe II y el
Mediterráneo hasta que en 1947 publicó El Mediterráneo y el mundo
mediterráneo en la época de Felipe II, Braudel hizo un gran número de
cambios estructurales a su obra que fueron mucho más allá del nuevo
título.

En un inicio su proyecto siguió la técnica y metodología tradicional que
daba más importancia a los hechos y a los personajes; pero sus viajes y
prospecciones en archivos, le demostraron que la realidad de aquel vasto mundo mediterráneo en la época del poderoso Felipe II era muy diferente a
la que clásicamente se creía, ya que los documentos que salían de las
Cancillerías y despachos afectaban muy poco la amplia realidad
mediterránea y, en más de una ocasión, el mismo monarca del Escorial se
vio obligado a ceder ante la avasalladora y aplastante fuerza del conjunto
(Ruiz Martín, 1999: 10).

Después de haber descubierto esta debilidad del método de la historia
del acontecimiento, hubo otro incidente en su vida que le hizo abandonar
definitivamente los postulados que lo seguían uniendo a la historia clásica:
la Segunda Guerra Mundial, ya que después de enrolarse en el ejército
francés cayó prisionero de los alemanes.

Durante su cautiverio, Braudel reflexionó en torno a la naturaleza de
este conflicto internacional y concluyó que este tipo de enfrentamientos no
era algo nuevo, ya que sus prospecciones en los acervos de Argelia, Italia y
España le habían demostrado que aquellas guerras mediterráneas habían
envuelto a pueblos tanto de África, Europa y Asia, protagonistas muy
similares a los que en pleno siglo XX luchaban ante sus ojos, y potencias
herederas de los reinos de Francia, España e Inglaterra.

La Segunda Guerra Mundial influyó en la teoría de Braudel al inspirarle
su más grande aportación: las tres duraciones, pues al caer prisionero y
comprobar que este conflicto −que estalló en un momento económicamente crucial− envolvía países descendientes de los antiguos reinos mediterráneos, descubre que tres duraciones se mueven en el
tiempo: un ritmo largo ha formado desde mucho atrás a las potencias
mediterráneas, una velocidad media hace que regresen cíclicamente las
crisis económicas, y una corta duración lo ha hecho a él reo de su presente.

Esta concepción del tiempo dividido en tres duraciones −producto de
las reflexiones del prisionero− van a reflejarse en el escrito redactado
dentro de aquella cárcel, ya que en cada una de las partes en las cuales
Braudel divide su obra contará el mismo relato abordado desde diferente
duración −como si el francés se hubiera propuesto tomar fotografías
instantáneas del mismo objeto con diferentes velocidades de obturación−.
Pero aún no se ha explicado cuáles son estas tres duraciones que van
rápida, moderada y lentamente ¿qué características tienen? ¿en qué se
diferencian una de la otra? y ¿cómo funcionan y se relacionan?

El tiempo largo es el que transcurre a la velocidad más lenta y en él las
transformaciones duran milenios; en palabras de Braudel, esta velocidad
construye una “historia casi inmóvil del hombre en sus relaciones con el
medio que le rodea; historia lenta en fluir, hecha no pocas veces de
insistentes reiteraciones y de ciclos incesantemente reiniciados” (Braudel,
1987, Tomo I: 17).

El tiempo medio es el que lleva una velocidad moderada de apenas
siglos. Este tiempo sustituye los rasgos de un proceso, objeto o
comportamiento, alterando su superficie pero dejando vestigios muy
visibles que permiten identificar su naturaleza primigenia. Braudel
ejemplifica magistralmente esta duración al hablar de los navíos que eran
comprados fuera de Venecia por los comerciantes de esta República:
Era bastante habitual en el siglo XVI que una nave comprada fuera de
Venecia se trajese a esta ciudad y se la revisase de proa a popa,
encargándose hábiles carpinteros de las reformas y alteraciones
aconsejables… pero, pese a todo ello, continuaba siendo el mismo barco de
siempre: un barco salido de los arsenales de Dalmacia u Holanda, y su
origen identificable a la primera mirada” (Braudel, 1987, Tomo II: 787).

En el tiempo medio de Braudel, al iniciarse un nuevo ciclo económico se
modifican las cosas, transformándose y sustituyéndose sus elementos
obsoletos sin alterar su función; todo con tal de satisfacer las demandas
que le imponen las nuevas empresas capitalistas.

¿Qué es lo que produce este movimiento de velocidad moderada? Según Braudel los ciclos económicos, los cuales se reinician cada determinado tiempo. La ventaja de esta duración media es que nos permite a través del estudio de las coyunturas económicas, armar una historia más próxima al individuo en base a la reconstrucción de las transformaciones de los grupos, que comparten un destino colectivo y se mueven conjuntamente (Braudel, 1987, Tomo I: 471).

La última de las duraciones propuestas por Braudel es la corta, en ella
todos los cambios son tan acelerados −se dan en meses, días, segundos−
que es muy difícil comprenderlos y más aún registrarlos. A esta alta
velocidad pasan cambios de poder, guerras, reyes y presidentes.

Braudel con su muy característica manera de escribir, dice que los
acontecimientos que forman esta duración “son el efímero polvo de la
Historia: cruzan su escenario, brillan un momento, para inmediatamente,
volver a la oscuridad y tal vez al olvido” (Braudel, 1987, Tomo II: 335).

Pero no porque se exprese de esta manera, debemos creer que nuestro autor
menosprecia la importancia de absolutamente todos los acontecimientos,
no, él los interpreta y éstos lo ayudan a explicar sus planteamientos pues
“cada uno de ellos por muy breve que sea, aporta un testimonio, ilumina
algún oscuro rincón de la escena o, incluso, una vasta panorámica de la
historia” (Braudel, 1987, Tomo II: 335).

Después de haber explicado la naturaleza y las características de estas
tres duraciones, debemos ejemplificar la manera en que estas tres
dimensiones históricas o duraciones temporales funcionan
relacionándose entre sí, para ello entraremos de lleno en El Mediterráneo,
explicando desde un principio cuál es el objetivo que se propone cumplir
Braudel y cuál es la pregunta que planea responder a lo largo de su libro.

La historia tradicional, aquella que se hallaba reflejada en los manuales básicos de los tiempos de Braudel y que sigue todavía impresa en nuestros
textos básicos, asegura que el Mediterráneo es el
[…] gran mar interior comprendido entre Europa meridional, África del Norte
y Asia Occidental. Comunica con el océano Atlántico por el estrecho de
Gibraltar y con el mar Rojo por el canal de Suez… este mar fue el centro vital de la Antigüedad… perdió parte de su importancia a causa de los grandes descubrimientos de los s. XV y XVI; recuperó su categoría de ruta mundial de la navegación gracias a la construcción del canal de Suez en 1869 (Larrousse, 1983: 1432 y 1433)3.

3 En la edición de 1997 de este diccionario la definición sigue siendo exactamente la misma salvo por el hecho de que dice “perdió parte de su importancia tras los descubrimientos de los s. XV y XVI” en lugar de “a causa”. (Larrousse, 1997: 1507). Este cambio no es fortuito, y más adelante en el tercer apartado señalaremos que puede ser consecuencia del legado de nuestro autor. Las negritas son del autor.

Braudel, con el bagaje que carga sobre sus espaldas, pronto se vuelve
enemigo de esta versión de los hechos, ya que la geografía humana que le
ha enseñado Vidal de la Blanche le impide ver al Mar Interior limitado por el
Sur de Europa, el Este de Asia y el Norte de África, ya que si el Mediterráneo no es únicamente el volumen de sus aguas sino también las relaciones que entablan sus hombres, las fronteras de este océano son mucho más dilatadas que las que aseguran los geógrafos convencionales.

Además, Braudel está en desacuerdo con la tesis que sitúa la decadencia mediterránea en el XVI, ya que sus consultas en los archivos más neurálgicos de Europa, Asia y África le han demostrado que las más fuertes transacciones y las más grandes riquezas del mundo se siguieron concentrando en el Mar Interior hasta bien entrado el siglo XVII.

¿Cómo comprobar entonces esta teoría y cómo esbozar un modelo de Geohistoria que aclare la situación del Mediterráneo del siglo XVI? Muy simple, abordando la época del más poderoso soberano europeo de esta época: Felipe II. Este rey de Castilla, señor de España y de las Américas, heredero de Portugal y de sus colonias africanas y asiáticas, ha apasionado a una inmensa cantidad de historiadores y biógrafos, los cuales en infinidad de
estudios han elogiado la victoria de Lepanto y llorado la pérdida de la
Armada Invencible.

Esta colmena de estudiosos tradicionales tenían forjada en bronce una
incuestionable versión: Felipe II era −según ella− el culpable de la sustitución del Mar Interior por las rutas del Atlántico, ya que su gran triunfo sobre el Turco no había generado ningún resultado palpable, y también porque su catastrófica derrota ante los ingleses había acelerado la ya acentuada decadencia del Mediterráneo.

Braudel sabía perfectamente que esta versión se basaba en fuentes e
interpretaciones de la escuela clásica, y como ya conocía de antemano los
riesgos y desventajas del método constituido únicamente en el estudio de
los acontecimientos: la simplificación de la materia y el monopolio de los
hechos de la alta política (Braudel, 1987, Tomo II: 336-337), se declaró
escéptico a esta explicación tradicional.

Para romper entonces con la tradicional historia que se contenta con
citar fechas y batallas, y con tal de acabar con el monopolio de los eventos
de la alta política en los estudios históricos, decide dedicar por entero la
primera parte de la obra al planteamiento y justificación de su Geohistoria.

Para trazar esta innovadora geografía Braudel se olvida de los mares,
meridianos y paralelos que conforman y limitan al Mediterráneo y vuelve su
principal delimitador a las relaciones de los hombres que viven en el Mar
Interior y que son afectados por los intercambios que se dan en este océano: es decir, las fronteras del Mar Interior llegarán hasta el último de los individuos que reciba hasta la más mínima influencia mediterránea en su existencia.

Al escoger este estándar de medición, traza un mapa mucho más amplio que el de los geógrafos tradicionales ya que en este mundo mediterráneo entran montañas, cordilleras, estepas, llanuras, desiertos, ríos y regiones costeras ¡del Atlántico!

¿Cómo es posible esto? Muy simple, Braudel considera primero a los hombres que han venido a poblar las ciudades costeras del Mediterráneo, los que habitan desde siempre en ellas y los que viven de ellas. La mayor parte de los habitantes de las ciudades costeras provienen de las montañas que contienen al mundo mediterráneo como los bordes de un plato hondo; estos hombres se han visto obligados a abandonar sus lugares de origen ya que las montañas pese a ofrecer una vida más natural no poseen la seguridad del trabajo bien organizado de las ciudades de la llanura. Este movimiento de trabajadores del campo, hace que las ciudades se enriquezcan y empiecen a comerciar con los demás puertos del Mar Interior a través de rutas comerciales que no sólo navegan dentro del amplio océano sino que también se aventuran a atravesar canales y ríos que llevan los preciados productos hasta el Báltico y Alemania.

El mundo mediterráneo de Braudel es entonces una red compleja de
intercambios en la que los montañeses y los nómadas de los desiertos
formarán los límites y el Atlántico Norte y las murallas de Pekín serán las
salidas.

Todo aquel hombre que reciba un producto vital para su subsistencia
del Mediterráneo, que se beneficie de su comercio y que trabaje, siembre y
viva dentro del descomunal encadenamiento forma parte de este mundo;
por lo que Braudel concluye que el hecho de que durante los siglos XV y XVI
se hayan dado aquellos asombrosos descubrimientos, lejos de marcar el
inicio de una época de decadencia iniciarían tiempos de mayor bonanza, en los que la plata del Potosí pagaría en Génova las deudas de Carlos V y
Felipe II, y Venecia podría financiar aquellos bellos edificios marmóreos
que algún crítico llamó signos de un “florido ocaso barroco” (Fleming,
1989: 193).

¿Ocaso? ¿decadencia en el siglo XVI? −se pregunta Braudel− ¿dónde?
Los palacios se construyen más lujosos que antes y en las peores épocas
de carestía las grandes ciudades pueden comprar de contado trigo a más
del cien por ciento de su precio original, ahora bien, no porque la ruta de la
seda y de las especias se encuentre momentáneamente interrumpida se
debe creer por ello que languidecen las ciudades mediterráneas, no, éstas
se las han arreglado para cambiar hábilmente sus inversiones y en lugar
de arriesgar sus fortunas en prolongados viajes a las Indias prefieren
volverse agiotistas de los reyes europeos que, con tal de centralizar sus
estados y cimentar sus monarquías, realizan préstamos a la hora de iniciar
sus guerras.

Con lo anterior, pasamos de la larga duración que a lo largo de milenios
se ha entablado, tejido y mantenido en las relaciones entre los puertos, las
montañas y los nómadas mediterráneos, a la mediana, ya que la Geohistoria braudeliana ha iniciado un juego de intercambios comerciales sometido al ritmo de coyunturas cíclicas de la economía.

Los primeros capitalistas que habían amasado sus fortunas desde las
pequeñas ciudades independientes del Mediterráneo, al ver cómo se
cerraba ante ellos la posibilidad de continuar con su vieja manera de
existencia al ser tomada Constantinopla por los turcos, cambian sus
estrategias habituales y empiezan a destinar el grueso de sus inversiones
en empresas guerreras; ya que ante la necesidad continua de combatir que tienen los monarcas europeos, éstos piden prestadas fuertes sumas a
cambio de grandes concesiones y privilegios.

Los magnates de las ciudades independientes mediterráneas invierten
en la que será la desgracia y el fin de los pequeños dominios donde vieron
la luz, ya que al patrocinar las grandes guerras del siglo, fortalecen a los
grandes estados que, en un futuro asfixiarán la autonomía de las urbes de
las que han salido. Pero, curiosamente, estos prestamistas salen
beneficiados ya que al dejar las veleidades y contratiempos del Mar Interior
se van adueñando de tierras, bienes y propiedades del continente,
transformándose en los futuros hombres de empresa de los grandes
estados centralizados.

Ahora bien, si estos cambios económicos caracterizan al siglo XVI y estos reacomodos van preparando la sustitución del Mediterráneo por el
Atlántico a mediados del XVII como afirma Braudel ¿qué hay de los
acontecimientos? ¿qué papel juegan los reyes en este desarrollo? y ¿qué
impacto producen los grandes conflictos entre las civilizaciones e imperios
en el relevo del Mar Interior por las rutas que prefieren el Índico o el
Atlántico?

Braudel empieza la parte final de su obra recordándonos dos definiciones que nos ayudarán a entender el último confrontamiento que el Islam y el Cristianismo entablaron en las aguas del Mar Interior: la de civilización, de Maus, y la de imperio, de Pirenne.

Una civilización se compone de un gran número de pueblos y sociedades que comparten un pasado que sus miembros consideran compartido, y que son herederos de rasgos legados de tiempos remotos y tienen sistemas políticos muy similares.

Braudel afirma que las civilizaciones han sido creadas por medio de la
larga duración y han sido transformadas por la media para afectar todos los
actos que se realizan desde la corta: en el mundo mediterráneo existen
dos grandes civilizaciones: la cristiana y la islámica; en la primera los
rasgos compartidos son, además de la religión católica, la fuerte herencia
latina que les hace hablar español, francés, italiano, rumano, etcétera; y el
mismo sistema monárquico que corona a sus reyes.

La civilización islámica comparte el árabe en que está el Corán −su
texto sagrado−, las prácticas de su culto, y el sistema gubernativo que
favorece la formación de pequeñas autonomías dominadas por los jeques
o visires.

Ahora bien, como todas las civilizaciones tienen la necesidad de propagarse y la urgencia de unificarse conciliando las diferencias que hay
entre sus diferentes sociedades componentes, la civilización cristiana
busca resolver sus conflictos por medio de una política intolerante que
expulsa y persigue a los que no comparten el legado latino y la religión
católica, mientras que la política de la civilización islámica acepta e inserta dentro de sí a cristianos y judíos, con tal de expandirse a lo largo y ancho del Mediterráneo.

Braudel asegura que históricamente ninguna de estas estrategias logró
su cometido ya que tanto España como Roma −atalayas de la civilización
cristiana− siempre estuvieron en pugna para volverse el centro de irradiación de la Cristiandad, como tampoco Turquía jamás logrará imponer su dominio absoluto sobre África del norte.

La segunda definición braudeliana en torno a la cual girará la tercera
parte del libro es la de los Imperios: un imperio para Braudel “es toda
entidad política poderosa que revistiéndose con la imagen de salvaguarda
y principal representante de su civilización justifica sus expansiones
territoriales por medio de la fuerza” (Braudel, 1987, Tomo II: 14).

Al igual que las civilizaciones mediterráneas son dos los Imperios que
se enfrentarán a causa de sus afanes expansionistas en las aguas del Mar
Interior: el Español y el Turco.

En este momento hace su aparición Felipe II, este rey vuelve en sus
prácticas a su Monarquía la más católica de Europa con el afán de ganarse el derecho a volverse el representante máximo de la civilización cristiana, y
poder dirigir una cruzada que le permita expandirse sobre el Norte de África, arreglando junto con el papa Sixto V y con el Dux, una Santa Alianza
con la cual intentaron calmar los conflictos que desde hacía mucho tiempo
entablaban los principales miembros de la cristiandad: Roma, España y la
República de Venecia.

Conformada esta Alianza, los navíos al mando de Juan de Austria logran la famosa victoria de Lepanto sobre la armada turca. Pero este triunfo sin botín, sin expansión territorial y sin consecuencias políticas convenció tanto a las potencias cristianas como al Imperio turco de que las grandes batallas ya eran demasiado perniciosas dentro del Mar Interior.

Los venecianos que desde hacía siglos comerciaban con los turcos, conviviendo conflictivamente con ellos, descubrieron que les dañaba
entablar una costosa guerra en su contra, ya que además de cerrarse ante
ellos les obligaba a tirar al mar sin ganancia alguna sus inversiones.

Por su parte Felipe II, el Monarca del Escorial, se daba cuenta que la
expansión sobre África sólo le generaría conflictos que, a la larga,
desequilibrarían sus dominios y la bien urdida economía de las demás
potencias cristianas del Mediterráneo; además, en vista de que el mundo
había crecido y se había expandido, las civilizaciones que había visto
nacer el Mediterráneo salían de sus márgenes y se instalaban cada vez
más y más lejos, la economía expandía los capitales fuera de sus playas, y
el aumento poblacional abismaba a los mediterráneos a emigrar y correr la
aventura hacia América o Asia.

Las nuevas rutas importantes que nacían en el Mediterráneo se
alargaban hacia América y la India, el negocio a partir de este momento no
sería dominar el Mar Interior sino monopolizar las rutas Atlánticas e
Índicas; entonces tanto el Sultán como el Castellano deciden entablar una
tregua que dejara en paz las aguas mediterráneas, importantes para
sostener el más grande intercambio de la época: el europeo, y que les
permitiera tanto al Imperio Español como Turco adueñarse del Atlántico y
del Índico.

No por este replanteamiento de prerrogativas imperiales y por este
cese de hostilidades debe creerse que el Mediterráneo pierde importancia,
al contrario, tanto el Gran Turco como el Castellano reconocen que las
rutas y relaciones tejidas en el Mar Interior son necesarísimas para el
mantenimiento del equilibrio entre las potencias mediterráneas, y que
también representan la base económica de sus expansiones hacia la India
y América; hasta el punto de volver al Mediterráneo, en la tregua hispanoturca, el lago tranquilo que sin grandes batallas y sobresaltos se volverá el sólido sostén de sus afanes imperialistas.

Entonces, luego de haber mostrado la manera en que las tres duraciones entran en acción a lo largo del devenir histórico, Braudel concluye afirmando ambiciosamente que aquel que desee dominar las rutas de todos los mares exteriores debe primero apoderarse del Mediterráneo; razón por la que no son fortuitos, la construcción del Canal del Suez en 1869 por los ingleses, y el estallido de un conflicto entre Israel, Francia, Gran Bretaña y Egipto cuando el presidente Nasser nacionalizó este canal, ya que los ingleses que sustituyeron a España en la América colonial y que suplantaron el dominio turco en la India no hacían más que repetir la estrategia que usó Felipe II, autonombrarse atalayas de una civilización con el afán de excusar sus expansiones. La larga, mediana y corta duración permean absolutamente todo en este mundo: Inglaterra sustituyendo a España en el dominio mundial es un relevo de mediana duración.

El legado

A Braudel y a la Escuela de los Annales que él dirigió a partir de la muerte
de Fevbre se le acusan principalmente de tres cosas: primero de que
carecen de un sistema fijo de interpretación, es decir, que sus obras son
dispersas y nunca encadenan una estructura lógica; la segunda acusación
con la que se ataca fuertemente la óptica braudeliana dice que el
Mediterráneo carece de un verdadero sistema metodológico pues no
teoriza explícitamente sobre el intercambio e interacción entre las tres
duraciones y, por último, se afirma que el autor de la obra es un
determinista que reduce absolutamente todas las creaciones, acciones,
movimientos y cambios a la influencia del medio geográfico (Fontana,
1985: 109-127).

Ahora bien, estas tres críticas que normalmente se hacen al trabajo y a
la escuela de Braudel, lejos de evidenciar las debilidades de la obra magna
del francés, demuestran los frecuentes errores de lectura en los que han
caído sus apasionados detractores.

Aquellos que aseguran que tanto Braudel como la Escuela de los Annales carecen de una estructura sistemática sobre la cual construir sus
trabajos, dirigir sus investigaciones y armar un cuerpo coherente, ignoran
uno de los principales postulados que fundaron esta corriente
historiográfica.

Los Annales iniciaron su vida convencidos de que absolutamente todas
las creaciones y manifestaciones humanas, bien criticadas, son fuentes
confiables de información del pasado, pues un poema me permite
adentrarme en la sexualidad de una época al mismo tiempo que me enseña la geografía, botánica y preocupaciones de una sociedad, así como los censos y demás documentos oficiales.

Ahora bien, si absolutamente toda manifestación humana que ha
llegado al presente desde el pasado es una fuente de información, es
imposible diseñar un molde en el cual los investigadores vacíen sus
estudios con tal de seguir una estructura uniforme.

Ciertamente la Escuela de los Annales es eminentemente práctica, pero no porque las investigaciones de sus científicos utilicen métodos que
respondan a la personalidad del investigador se debe creer que este
comportamiento representa un caos; no, al contrario, el afán de hallar un
método propio para la Historia es el que ha dado esta libertad a los
miembros de esta escuela.

Lo asistemático de los trabajos de la revista de los Annales no es
producto de una anarquía teórica, al contrario, la variedad y gama de
interpretaciones arrojadas por esta escuela responde a dos objetivos muy
bien planteados desde el principio: construir un nuevo método
auténticamente histórico y servirse de las numerosas fuentes no
necesariamente escritas que han sido ignoradas por los historiadores
clásicos.

Después de haber rebatido esta falta de sistematización y de haber
demostrado que en realidad es una libertad de experimentación de los
partidarios de la Nueva Historia, nos centraremos en las dos
equivocaciones en las que, supuestamente, incide Braudel en su
Mediterráneo: una falta de coherencia y su determinismo geográfico.

Braudel, al construir su obra, en ningún momento afirma que una
duración tiene mayor influencia en la Historia que las otras, no, ya que pese
a que asegura que se ha abusado del estudio centrado en la corta duración
jamás se declara enemigo del acontecimiento, y mucho menos dice que
centrarse únicamente en la larga duración es el mejor método histórico.

Para Braudel las tres duraciones se entrelazan en toda acción, proceso
y comportamiento. Ahora bien, Braudel se ha propuesto mostrarnos las
tres velocidades de manera independiente, congelando las tres
duraciones en la época de Felipe II, para luego mostrarnos cómo funciona
cada una en el mismo periodo.

Braudel toma tres negativos a diferentes velocidades y nos los muestra
en su obra con el afán de que nosotros los revelemos, descubramos la
relación entre estas duraciones y veamos cómo en una misma época
funcionan las tres diferentes velocidades del tiempo:

Este libro representa un triple relato del prestigioso Mediterráneo del s. XVI, pero las tres imágenes sucesivas, la de sus constantes, la de sus tardos
movimientos y la de su historia tradicional atenta a los acontecimientos y a
los hombres, los tres aspectos se refieren, en realidad, a una misma y única
existencia. El lector tendrá que combinar las sucesivas imágenes de este
libro y ayudar así al autor a reconstruir la unidad de un complicado destino,
que sólo le ha sido posible captar y evocar volviendo a él hasta tres veces
(Braudel, 1987, Tomo I: 9).

¿Acaso este afán de participar con el lector y de reconstruir junto con él a lo
largo de toda la obra la unidad histórica del Mediterráneo puede ser
acusado de carente de metodología interna? No, ya que la interpretación
braudeliana presenta objetivamente las tres duraciones al lector para
luego dejarle construir su propia conclusión; ciertamente, esta es una
complicada tarea pero, eso sí, permite al lector sumergirse de lleno en el libro, lo obliga a debatir continuamente con el autor y le permite formular su propia conclusión acerca del funcionamiento de las tres duraciones después de haber recorrido las páginas de Braudel.

Aquel que asegura que la pluma ágil de Braudel oculta una supuesta
incoherencia metodológica, no ha leído a profundidad la obra, e ignora que
la libertad lógica que propugnó la Escuela de los Annales guió a través de
cada capítulo la mano del francés.

Otra crítica asegura que Braudel es un determinista al estilo de Ratzel y
que reduce todas las formaciones políticas y comportamientos humano al
ámbito geográfico; a ello puede argumentarse que Braudel considerara
que la geografía, los límites y las fronteras son trazadas por los
intercambios humanos.

El autor afirma en su misma obra que el orden capitular en que ha
publicado El Mediterráneo podría ser alterado sin cambiar su estructura ya
que ha escrito sin darle más importancia a una duración que a las otras:
Cuando salió a la luz la primera edición de este libro, André Piganiol, me
escribió, diciendo que yo habría podido, perfectamente invertir el orden
escogido, es decir, comenzar por el acontecimiento, rebasar, a
continuación sus aspectos brillantes –con frecuencia falaces–, llegar a las
estructuras subyacentes, y, finalmente, a su fundamento sólido, La metáfora del reloj de arena, eternamente reversible, es quizás la imagen más adecuada” (Braudel, 1987, Tomo II: 337).

Ahora, después de responder a las principales críticas hechas a Braudel,
debemos exponer cuál es el impacto real de la obra y de los postulados del
francés.

En un ensayo que escribió en los años cincuenta, en el que hizo un
repaso de la situación de las ciencias sociales y la historia contemporánea
en Francia, Braudel suena desalentado, ya que al parecer su obra sólo
había sido leída por los historiadores; pues hasta el momento en que
escribió el ensayo los demás científicos sociales se habían abstenido de
hacerle alguna crítica a su trabajo. Sus alumnos: Le Roy Ladurie, Duby,
Chaunu, Ferro, Mandrou, habían preferido abordar temas de menor
envergadura que la problemática de su maestro. Ewald, a un año antes de
la muerte del autor, escribió que Braudel estaba solo en el panorama de la
Historia Global y que era así no por un fracaso de su método sino porque el
autor del Mediterráneo era alguien “único” (Ewald, 1986: 14).

Afirmo lo anterior por dos razones: primero, la misma libertad de
experimentar métodos innovadores que permitió la Nueva Historia, hizo
que los alumnos de Braudel siguieran nuevos caminos y, segundo, creo
que el legado braudeliano continúa hasta la actualidad porque la influencia
del uso de las tres duraciones puede hallarse en obras posteriores como la
Historia de la Civilización Francesa (1966) de Mandrou y Duby, que la
califican como obra esencial entre El problema de la incredulidad en el
siglo XVI. La religión de Rabelais (1959) y Los reyes taumaturgos (1988), o
en la totalizante Historia de la vida privada (1990) coordinada por Ariès y
Duby (Braudel y Duby, 1990: 163).

Ciertamente ninguno de los alumnos de Braudel emprendió una
investigación global y total de un espacio tan amplio como el Mediterráneo
Geohistórico; pero por muy específicos que estos trabajos hubieran sido
en ningún momento dejan de tener en cuenta que el devenir temporal
posee diferentes ritmos que producen, cambian y mantienen las cosas en
un momento coyuntural determinado. Es decir, si hoy en día nos
propusiéramos estudiar el desarrollo de la región conocida como el Caribe,
no necesariamente debemos escribir dos volúmenes dividido en tres
partes, no, eso no es rescatar el legado Braudeliano sino fotocopiar El
Mediterráneo; sus alumnos sabían esto, y entendiendo estas duraciones
las aplicaron sin tener que justificar su uso −como hizo Braudel en todas
las ediciones de su obra−.

Pero ¿el impacto del Mediterráneo se limita a los historiadores? no, ya
que la visión general de la suplantación del Mar Interior por el Atlántico y el
Índico se ha ido transformando; en 1983 el Larrousse ilustrado decía que
esta pérdida de importancia se dio “a causa de los descubrimientos del XV
y XVI”, y en la edición de 1997 una corrección tipográfica cambia la frase
por “Tras de los descubrimientos del XV y XVI” este cambio ha podido estar
motivado por la obra de Braudel (Larrouse, 1997: 1507).

Ha tardado bastante, pero Braudel ha hecho cuestionarnos si en verdad se dio la “decadencia” Mediterránea en el siglo XVI, ya que el vocablo tras, deja abierta la posibilidad a la tesis braudeliana que asegura que esta crisis no se dio sino hasta mediados del XVII y acaba al mismo tiempo con la versión oficial que responsabiliza de la pérdida de importancia de las rutas mediterráneas a los descubrimientos geográficos.

Para finalizar

Sólo falta agregar, que el legado braudeliano que podemos rescatar del
Mediterráneo puede darnos un método de interpretación histórico que
satisfaga la urgente necesidad de hacer trabajos interdisciplinarios en las
universidades, gobiernos e instituciones. Braudel, es innegable, aportó un
grueso grano de arena en la construcción del conglomerado de las
ciencias, al comprobar que el devenir histórico es como una ópera: las
breves notas de la voz humana representan a la corta duración, el leit
motiv continuo de la melodía de la orquesta es la mediana, y la partitura en
la que se compone uniformemente la música es la larga. Separadas,
notas, ejecución y partituras son un caos ruidoso, mientras que juntas y
bien concertadas son una sinfonía.

Nota del autor: Agradezco al doctor Jorge Castillo Canché y a mi padre sus comentarios y aportes a este ensayo historiográfico.

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Emiliano Canto Mayén. Maestro en estudios regionales por el Instituto
José María Luis Mora. Profesor de la Escuela de Escritores de Yucatán
Leopoldo Peniche Vallado. Colaborador de la sección Cultura del periódico
Por Esto! Líneas de investigación: historia regional yucateca.
Publicaciones recientes: prólogos a “Una historia a Pie: Mérida y sus
barrios” (2012) “Andrés Quintana Roo: patriota y literato” (2011), de Jorge
Ignacio Rubio Mañé; “Leona Vicario: la mujer fuerte de la Independencia”
de Carlos Echánove Trujillo (2010).
Correo electrónico: ecantomayen@gmail.com

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