INTRODUCCION DE 1891 por F. Engels a La Guerra Civil en Francia

El requerimiento para reeditar el manifiesto del Consejo General de la Internacional sobre «La guerra civil en Francia» y para escribir una introducción para él, me cogió desprevenido. Por eso sólo puedo tocar brevemente aquí los puntos más importantes.

Hago preceder al extenso trabajo arriba citado los dos manifiestos más cortos del Consejo General sobre la guerra franco-prusiana [*] . En primer lugar, porque en «La guerra civil» se hace referencia al segundo de estos dos manifiestos, que, a su vez, no puede ser completamente comprendido si no se conoce el primero. Pero además, porque estos dos manifiestos, escritos también por Marx, son, al igual que «La guerra civil», ejemplos elocuentes de las dotes extraordinarias del autor -manifestadas por vez primera en «El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte» [**] – para ver claramente el carácter, el alcance y las consecuencias inevitables de los grandes acontecimientos históricos, cuando éstos se desarrollan todavía ante nuestros ojos o acaban apenas de producirse. Y, finalmente, porque en Alemania estamos aún padeciendo las consecuencias de aquellos acontecimientos, tal como Marx los había pronosticado.

En el primer manifiesto se declaraba que si la guerra defensiva de Alemania contra Luis Bonaparte degeneraba en una guerra de conquista contra el pueblo francés revivirían con redoblada intensidad todas las desventuras que Alemania había experímentado después de la llamada guerra de liberación [3]. ¿Acaso no ha sucedido así? ¿No hemos padecido otros veinte años de dominación bismarquiana, con su Ley de Excepción [4] y su batida antisocialista en lugar de las persecuciones de demagogos [5] con las mismas arbitrariedades policíacas y la misma, literalmente la misma, interpretación indignante de las leyes?

¿Y acaso no se ha cumplido al pie de la letra el pronóstico de que la anexión de Alsacia y Lorena «echaría a Francia en brazos de Rusia» y de que Alemania con esta anexión se convertiría abiertamente en un vasallo de Rusia o tendría, que prepararse, después de una breve tregua, para una nueva guerra, para «una guerra de razas, una guerra contra las razas eslava y latina coligadas»? [***] ¿Acaso la anexión de las provincias francesas no ha echado a Francia en brazos de Rusia? ¿Acaso Bismarck no ha implorado en vano durante veinte años los favores del zar, y con servicios aún más bajos que aquellos con que la pequeña Prusia, cuando todavía no era la «primera potencia de Europa», solía postrarse a los pies de la santa Rusia? ¿Y acaso no pende constantemente sobre nuestras cabezas la espada de Damocles de otra guerra, que, al empezar, convertirá en humo de pajas todas las alianzas de los soberanos selladas por los protocolos, una guerra en la que lo única cierto es la absoluta incertidumbre de sus consecuencias; una guerra de razas que entregará a toda Europa a la obra devastadora de quince o veinte millones de hombres armados, y que si no ha comenzado ya a hacer estragos es simplemente porque hasta la más fuerte entre las grandes potencias militares tiembla ante la completa imposibilidad de prever su resultado final?

De aquí que estemos aún más obligados a poner al alcance de los obreros alemanes esta brillante prueba, hoy medio olvidada, de la profunda visión de la política internacional de la clase obrera en 1870.

Y lo que decimos de estos dos manifiestos también es aplicable a «La guerra civil en Francia». El 28 de mayo, los últimos luchadores de la Comuna sucumbían ante la superioridad de fuerzas del enemigo en las faldas de Belleville. Dos días después, el 30, Marx leía ya al Consejo General el texto del trabajo en que se esboza la significación histórica de la Comuna de París, en trazos breves y enérgicos, pero tan precisos y sobre todo tan exactos que no han sido nunca igualados en toda la enorme masa de escritos publicados sobre este tema.

Gracias al desarrollo económico y político de Francia desde 1789, la situación en París desde hace cincuenta años ha sido tal que no podía estallar en esta ciudad ninguna revolución que no asumiese en seguida un carácter proletario, es decir, sin que el proletariado, que había comprado la victoria con su sangre, presentase sus propias reivindicaciones después del triunfo conseguido. Estas reivindicaciones eran más o menos oscuras y hasta confusas, a tono en cada período con el grado de desarrollo de los obreros de París, pero se reducían siempre a la exigencia de abolir los antagonismos de clase entre capitalistas y obreros. A decir verdad, nadie sabía cómo se podía conseguir esto. Pero la reivindicación misma, por vaga que fuese la manera de formularla, encerraba ya una amenaza contra el orden social existente; los obreros que la mantenían estaban aún armados; por eso, el desarme de los obreros era el primer mandamiento de los burgueses que se hallaban al frente del Estado. De aquí que después de cada revolución ganada por los obreros se llevara a cabo una nueva lucha que acababa con la derrota de éstos.

Así sucedió por primera vez en 1848. Los burgueses liberales de la oposición parlamentaria celebraban banquetes abogando por una reforma electoral que había de garantizar la dominación de su partido. Viéndose cada vez más obligados a apelar al pueblo en la lucha que sostenían contra el Gobierno, no tenían más remedio que tolerar que los sectores radicales y republicanos de la burguesía y de la pequeña burguesía tomasen poco a poco la delantera. Pero detrás de estos sectores estaban los obreros revolucionarios, que desde 1830 [6] habían adquirido mucha más independencia política de lo que los burgueses e incluso los republicanos se imaginaban. Al producirse la crisis entre el Gobierno y la oposición, los obreros comenzaron la lucha en las calles. Luis Felipe desapareció, y con él la reforma electoral, viniendo a ocupar su puesto la república, y una república que los mismos obreros victoriosos calificaban de república «social». Nadie sabía a ciencia cierta, ni los mismos obreros, qué había que entender por república social. Pero los obreros tenían ahora armas y eran una fuerza dentro del Estado. Por eso, tan pronto como los republicanos burgueses, que empuñaban el timón del Gobierno, sintieron que pisaban terreno un poco más firme, su primera aspiración fue desarmar a los obreros. Para lograrlo se les empujó a la insurrección de Junio de 1848 [7], por medio de una violación manifiesta de la palabra dada, lanzándoles un desafío descarado e intentando desterrar a los parados a una provincia lejana. El Gobierno había cuidado de asegurarse una aplastante superioridad de fuerzas. Después de cinco días de lucha heroica, los obreros sucumbieron. Y se produjo un baño en sangre con prisioneros indefensos como jamás se había visto en los días de las guerras civiles con que se inició la caída de la República Romana [8]. Era la primera vez que la burguesía ponía de manifiesto a qué insensatas crueldades de venganza es capaz de acudir tan pronto como el proletariado se atreve a enfrentarse con ella, como clase aparte con intereses propios y propias reivindicaciones. Y, sin embargo, lo de 1848 no fue más que un juego de chicos, comparado con la furia de la burguesía en 1871.

El castigo no se hizo esperar. Si el proletariado no estaba todavía en condiciones de gobernar a Francia, la burguesía ya no podía seguir gobernándola. Por lo menos en aquel momento, en que su mayoría era todavía de tendencia monárquica y se hallaba dividida en tres partidos dinásticos [9] y el cuarto republicano. Sus discordias intestinas permitieron al aventurero Luis Bonaparte apoderarse de todos los puestos de mando -ejército, policía, aparato administrativo- y hacer saltar, el 2 de diciembre de 1851 [10], el último baluarte de la burguesía: la Asamblea Nacional. Así comenzó el Segundo Imperio, la explotación de Francia por una cuadrilla de aventureros políticos y financieros, pero también, al mismo tiempo, un desarrollo industrial como jamás hubiera podido concebirse bajo el sistema mezquino y asustadizo de Luis Felipe, en que la dominación exclusiva se hallaba en manos de un pequeño sector de la gran burguesía. Luis Bonaparte quitó a los capitalistas el poder político con el pretexto de defenderles, de defender a los burgueses contra los obreros, y, por otra parte, a éstos contra la burguesía; pero, a cambio de ello, su régimen estimuló la especulación y las actividades industriales; en una palabra, el auge y el enriquecimiento de toda la burguesía en proporciones hasta entonces desconocidas. Cierto es que fueron todavía mayores las proporciones en que se desarrollaron la corrupción y el robo en masa, que pululaban en torno a la Corte imperial y se llevaban buenos dividendos de este enriquecimiento.

Pero el Segundo Imperio era la apelación al chovinismo francés, la reivindicación de las fronteras del Primer Imperio, perdidas en 1814, o al menos las de la Primera República [11]. Era imposible que subsistiese a la larga un Imperio francés dentro de las fronteras de la antigua monarquía, más aún, dentro de las fronteras todavía más amputadas de 1815. Esto implicaba la necesidad de guerras accidentales y de ensanchar las fronteras. Pero no había zona de expansión que tanto deslumbrase la fantasía de los chovinistas franceses como las tierras alemanas de la orilla izquierda del Rin. Para ellos, una milla cuadrada en el Rin valía más que diez en los Alpes o en cualquier otro sitio. Proclamado el Segundo Imperio, la reivindicación de la orilla izquierda del Rin fuese de una vez o por partes, era simplemente una cuestión de tiempo. Y el tiempo llegó con la guerra austro-prusiana de 1866. Defraudado en sus esperanzas de «compensaciones territoriales» por el engaño de Bismarck y por su propia política demasiado astuta y vacilante, a Napoleón no le quedaba ahora más salida que la guerra, que estalló en 1870 y le empujó primero a Sedán y después a Wilhelmshöhe [12].

La consecuencia inevitable fue la revolución de París del 4 de septiembre de 1870. El Imperio se derrumbó como un castillo de naipes y nuevamente fue proclamada la república. Pero el enemigo estaba a las puertas. Los ejércitos del Imperio estaban sitiados en Metz sin esperanza de salvación o prisioneros en Alemania. En esta situación angustiosa, el pueblo permitió a los diputados parisinos del antiguo Cuerpo Legislativo constituirse en un «Gobierno de la Defensa Nacional». Estuvo tanto más dispuesto a acceder a esto, cuanto que, para los fines de la defensa, todos los parisinos capaces de empuñar las armas se habían enrolado en la Guardia Nacional y estaban armados, con lo cual los obreros representaban dentro de ella una gran mayoría. Pero el antagonismo entre el Gobierno, formado casi exclusivamente por burgueses, y el proletariado en armas no tardó en estallar. El 31 de octubre los batallones obreros tomaron por asalto el Hôtel de Ville y capturaron a algunos miembros del Gobierno. Mediante una traición, la violación descarada por el Gobierno de su palabra y la intervención de algunos batallones pequeñoburgueses, se consiguió ponerlos nuevamente en libertad y, para no provocar el estallido de la guerra civil dentro de una ciudad sitiada por un ejército extranjero, se permitió seguir en funciones al Gobierno constituido.

Por fin, el 28 de enero de 1871, la ciudad de París, vencida por el hambre, capituló. Pero con honores sin precedente en la historia de las guerras. Los fuertes fueron rendidos, las murallas desarmadas, las armas de las tropas de línea y de la Guardia Móvil entregadas, y sus hombres fueron considerados prisioneros de guerra. Pero la Guardia Nacional conservó sus armas y sus cañones y se limitó a sellar un armisticio con los vencedores. Y éstos no se atrevieron a entrar en París en son de triunfo. Sólo osaron ocupar un pequeño rincón de la ciudad, una parte en que no había, en realidad, más que parques públicos, y, por anadidura, ¡sólo lo tuvieron ocupado unos cuantos días! Y durante este tiempo, ellos, que habían tenido cercado a París por espacio de 131 días, estuvieron cercados por los obreros armados de la capital, que montaban la guardia celosamente para evitar que ningún «prusiano» traspasase los estrechos límites del rincón cedido a los conquistadores extranjeros. Tal era el respeto que los obreros de París infundían a un ejército ante el cual habían rendido sus armas todas las tropas del Imperio. Y los junkers prusianos, que habían venido a tomarse la venganza en el hogar de la revolución, ¡no tuvieron más remedio que pararse respetuosamente a saludar a esta misma revolución armada!

Durante la guerra, los obreros de París habíanse limitado a exigir la enérgica continuación de la lucha. Pero ahora, sellada ya la paz [13] después de la capitulación de París, Thiers, nuevo jefe del Gobierno, tenía que darse cuenta de que la dominación de las clases poseedoras -grandes terratenientes y capitalistas- estaba en constante peligro mientras los obreros de París tuviesen en sus manos las armas. Lo primero que hizo fue intentar desarmarlos. El 18 de marzo envió tropas de línea con orden de robar a la Guardia Nacional la artillería que era de su pertenencia, pues había sido construida durante el asedio de París y pagada por suscripción pública. El intento no prosperó; París se movilizó como un solo hombre para la resistencia y se declaró la guerra entre París y el Gobierno francés, instalado en Versalles. El 26 de marzo fue elegida, y el 28 proclamada la Comuna de París. El Comité Central de la Guardia Nacional, que hasta entonces había desempeñado las funciones de gobierno, dimitió en favor de la Comuna, después de haber decretado la abolición de la escandalosa «policía de moralidad» de París. El 30, la Comuna abolió la conscripción y el ejército permanente y declaró única fuerza armada a la Guardia Nacional, en la que debían enrolarse todos los ciudadanos capaces de empuñar las armas. Condonó los pagos de alquiler de viviendas desde octubre de 1870 hasta abril de 1871, incluyendo en cuenta para futuros pagos de alquileres las cantidades ya abonadas, y suspendió la venta de objetos empeñados en el monte de piedad de la ciudad. El mismo día 30 fueron confirmados en sus cargos los extranjeros elegidos para la Comuna, pues «la bandera de la Comuna es la bandera de la República mundial». El 1 de abril se acordó que el sueldo máximo que podría percibir un funcionario de la Comuna, y por tanto los mismos miembros de ésta, no podría exceder de 6.000 francos (4.800 marcos). Al día siguiente, la Comuna decretó la separación de la Iglesia del Estado y la supresión de todas las partidas consignadas en el presupuesto del Estado para fines religiosos, declarando propiedad nacional todos los bienes de la Iglesia; como consecuencia de esto, el 8 de abril se ordenó que se eliminase de las escuelas todos los símbolos religiosos, imágenes, dogmas, oraciones, en una palabra, «todo lo que cae dentro de la órbita de la conciencia individual», orden que fue aplicándose gradualmente. El día 5, en vista de que las tropas de Versalles fusilaban diariamente a los combatientes de la Comuna capturados por ellas, se dictó un decreto ordenando la detención de rehenes, pero esta disposición nunca se llevó a la práctica. El día 6, el 137 Batallón de la Guardia Nacional sacó a la calle la guillotina y la quemó públicamente, entre el entusiasmo popular. El 12, la Comuna acordó que la Columna Triunfal de la plaza Vendôme, fundida con el bronce de los cañones tomados por Napoleón después de la guerra de 1809, se demoliese, como símbolo de chovinismo e incitación a los odios entre naciones. Esta disposición fue cumplida el 16 de mayo. El 16 de abril, la Comuna ordenó que se abriese un registro estadístico de todas las fábricas clausuradas por los patronos y se preparasen los planes para reanudar su explotación con los obreros que antes trabajaban en ellas, organizándoles en sociedades cooperativas, y que se planease también la agrupación de todas estas cooperativas en una gran Unión. El 20, la Comuna declaró abolido el trabajo nocturno de los panaderos y suprimió también las oficinas de colocación, que durante el Segundo Imperio eran un monopolio de ciertos sujetos designados por la policía, explotadores de primera fila de los obreros. Las oficinas fueron transferidas a las alcaldías de los veinte distritos de París. El 30 de abril, la Comuna ordenó la clausura de las casas de empeño, basándose en que eran una forma de explotación privada de los obreros, en pugna con el derecho de éstos a disponer de sus instrumentos de trabajo y de crédito. El 5 de mayo, dispuso la demolición de la Capilla Expiatoria, que se había erigido para expiar la ejecución de Luis XVI.

Como se ve, el carácter de clase del movimiento de París, que antes se había relegado a segundo plano por la lucha contra los invasores extranjeros, resalta con trazos netos y enérgicos desde el 18 de marzo en adelante. Como los miembros de la Comuna eran todos, casi sin excepción, obreros o representantes reconocidos de los obreros, sus acuerdos se distinguían por un carácter marcadamente proletario. Una parte de sus decretos eran reformas que la burguesía republicana no se había atrevido a implantar sólo por vil cobardía y que echaban los cimientos indispensables para la libre acción de la clase obrera, como, por ejemplo, la implantación del principio de que, con respecto al Estado, la religión es un asunto de incumbencia puramente privada; otros iban encaminados a salvaguardar directamente los intereses de la clase obrera, y, en parte, abrían profundas brechas en el viejo orden social. Sin embargo, en una ciudad sitiada lo más que se podía alcanzar era un comienzo de desarrollo de todas estas medidas. Desde los primeros días de mayo, la lucha contra los ejércitos levantados por el Gobierno de Versalles, cada vez más nutridos, absorbió todas las energías.

El 7 de abril, los versalleses tomaron el puente sobre el Sena en Neuilly, en el frente occidental de París; en cambio, el 11 fueron rechazados con grandes pérdidas por el general Eudes, en el frente sur. París estaba sometido a constante bombardeo, dirigido además por los mismos que habían estigmatizado como un sacrilegio el bombardeo de la capital por los prusianos. Ahora, estos mismos individuos imploraban al Gobierno prusiano que acelerase la devolución de los soldados franceses hechos prisioneros en Sedán y en Metz, para que les reconquistasen París. Desde comienzos de mayo, la llegada gradual de estas tropas dio una superioridad decisiva a las fuerzas de Versalles. Esto se puso ya de manifiesto cuando, el 23 de abril, Thiers rompió las negociaciones, abiertas a propuesta de la Comuna, para canjear al arzobispo de París [****] y a toda una serie de clérigos, presos en la capital como rehenes, por un solo hombre, Blanqui, elegido por dos veces a la Comuna, pero preso en Clairvaux. Y se hizo más patente todavía en el nuevo lenguaje de Thiers, que, de reservado y ambiguo, se convirtió de pronto en insolente, amenazador, brutal. En el frente sur, los versalleses tomaron el 3 de mayo el reducto de Moulin Saquet; el día 9 se apoderaron del fuerte de Issy, reducido por completo a escombros por el cañoneo; el 14 tomaron el fuerte de Vanves. En el frente occidental avanzaban paulatinamente, apoderándose de numerosos edificios y aldeas que se extendían hasta el cinturón fortificado de la ciudad y llegando, por último, hasta la muralla misma; el 21, gracias a una traición y por culpa del descuido de los guardias nacionales destacados en este sector, consiguieron abrirse paso hacia el interior de la ciudad. Los prusianos, que seguían ocupando los fuertes del Norte y del Este, permitieron a los versalleses cruzar por la parte norte de la ciudad, que era terreno vedado para ellos según los términos del armisticio, y, de este modo, avanzar atacando sobre un largo frente, que los parisinos no podían por menos que creer amparado por dicho convenio y que, por esta razón, tenían guarnecido con escasas fuerzas. Resultado de esto fue que en la mitad occidental de París, en los barrios ricos, sólo se opuso una débil resistencia, que se hacía más fuerte y más tenaz a medida que las fuerzas atacantes se acercaban al sector del Este, a los barrios propiamente obreros. Hasta después de ocho días de lucha no cayeron en las alturas de Belleville y Ménilmontant los últimos defensores de la Comuna; y entonces llegó a su apogeo aquella matanza de hombres desarmados, mujeres y niños, que había hecho estragos durante toda la semana con furia creciente. Ya los fusiles de retrocarga no mataban bastante de prisa, y entraron en juego las ametralladoras para abatir por centenares a los vencidos. El Muro de los Federados del cementerio de Père Luchaise, donde se consumó el último asesinato en masa, queda todavía en pie, testimonio mudo pero elocuente del frenesí a que es capaz de llegar la clase dominante cuando el proletariado se atreve a reclamar sus derechos. Luego, cuando se vio que era imposible matarlos a todos, vinieron las detenciones en masa, comenzaron los fusilamientos de víctimas caprichosamente seleccionadas entre las cuerdas de presos y el traslado de los demás a grandes campos de concentración, donde esperaban la vista de los Consejos de Guerra. Las tropas prusianas que tenían cercado el sector nordeste de París recibieron la orden de no dejar pasar a ningún fugitivo, pero los oficiales con frecuencia cerraban los ojos cuando los soldados prestaban más obediencia a los dictados de humanidad que a las órdenes de superioridad; mención especial merece, por su humano comportamiento, el cuerpo de ejército de Sajonia, que dejó paso libre a muchas personas, cuya calidad de luchadores de la Comuna saltaba a la vista.* * *

Si hoy, al cabo de veinte años, volvemos los ojos a las actividades y a la significación histórica de la Comuna de París de 1871, advertimos la necesidad de completar un poco la exposición que se hace en «La guerra civil en Francia».

Los miembros de la Comuna estaban divididos en una mayoría integrada por los blanquistas, que habían predominado también en el Comité Central de la Guardia Nacional, y una minoría compuesta por afiliados a la Asociación Internacional de los Trabajadores, entre los que prevalecían los adeptos de la escuela socialista de Proudhon. En aquel tiempo, la gran mayoría de los blanquistas sólo eran socialistas por instinto revolucionario y proletario; sólo unos pocos habían alcanzado una mayor claridad de principios; gracias a Vaillant, que conocía el socialismo científico alemán. Así se explica que la Comuna dejase de hacer, en el terreno económico, muchas cosas que, desde nuestro punto de vista actúal, debió realizar. Lo más difícil de comprender es indudablemente el santo temor con que aquellos hombres se detuvieron respetuosamente en los umbrales del Banco de Francia. Fue éste además un error político muy grave. El Banco de Francia en manos de la Comuna hubiera valido más que diez mil rehenes. Hubiera significado la presión de toda la burguesía francesa sobre el Gobierno de Versalles para que negociase la paz con la Comuna. Pero aún es más asombroso el acierto de muchas de las cosas que se hicieron, a pesar de estar compuesta la Comuna de proudhonianos y blanquistas. Por supuesto, cabe a los proudhonianos la principal responsabilidad por los decretos económicos de la Comuna, lo mismo en lo que atañe a sus méritos como a sus defectos; a los blanquistas les incumbe la responsabilidad principal por los actos y las omisiones políticos. Y, en ambos casos, la ironía de la historia quiso -como acontece generalmente cuando el poder cae en manos de doctrinarios- que tanto unos como otros hiciesen lo contrario de lo que la doctrina de su escuela respectiva prescribía.

Proudhon, el socialista de los pequeños campesinos y maestros artesanos, odiaba positivamente la asociación. Decía de ella que tenía más de malo que de bueno; que era por naturaleza estéril y aun perniciosa, como un grillete puesto a la libertad del obrero; que era un puro dogma, improductivo y gravoso, contrario por igual a la libertad del obrero y al ahorro de trabajo; que sus inconvenientes crecían más de prisa que sus ventajas; que, por el contrario, la libre concurrencia, la división del trabajo y la propiedad privada eran otras tantas fuerzas económicas. Sólo en los casos excepcionales -así calificaba Proudhon la gran industria y las grandes empresas como, por ejemplo, los ferrocarriles- estaba indicada la asociación de los obreros. (Véase «Idée générale de la révolution», 3er estudio.)

Pero hacia 1871, incluso en París, centro del artesanado artístico, la gran industria había dejado ya hasta tal punto de ser un caso excepcional, que el decreto más importante de cuantos dictó la Comuna dispuso una organización para la gran industria e incluso para la manufactura, que no se basaba sólo en la asociación de obreros dentro de cada fábrica, sino que debía también unificar a todas estas asociaciones en una gran Unión; en resumen, en una organización que, como Marx dice muy bien en «La guerra civil», forzosamente habría conducido en última instancia al comunismo, o sea, a lo más antitético de la doctrina proudhoniana. Por eso, la Comuna fue la tumba de la escuela proudhoniana del socialismo. Esta escuela ha desaparecido hoy de los medios obreros franceses; en ellos, actualmente, la teoría de Marx predomina sin discusión, y no menos entre los «posibilistas» [14] que entre los «marxistas». Sólo quedan proudhonianos en el campo de la burguesía «radical».

No fue mejor la suerte que corrieron los blanquistas. Educados en la escuela de la conspiración y mantenidos en cohesión por la rígida disciplina que esta escuela supone, los blanquistas partían de la idea de que un grupo relativamente pequeño de hombres decididos y bien organizados estaría en condiciones, no sólo de adueñarse en un momento favorable del timón del Estado, sino que, desplegando una acción enérgica e incansable, sería capaz de sostenerse hasta lograr arrastrar a la revolución a las masas del pueblo y congregarlas en torno al puñado de caudillos. Esto llevaba consigo, sobre todo, la más rígida y dictatorial centralización de todos los poderes en manos del nuevo Gobierno revolucionario. ¿Y qué hizo la Comuna, compuesta en su mayoría precisamente por blanquistas? En todas las proclamas dirigidas a los franceses de las provincias, la Comuna les invita a crear una Federación libre de todas las Comunas de Francia con París, una organización nacional que, por vez primera, iba a ser creada realmente por la misma nación. Precisamente el poder opresor del antiguo Gobierno centralizado -el ejército, la policía política y la burocracia-, creado por Napoleón en 1798 y que desde entonces hahía sido heredado por todos los nuevos gobiernos como un instrumento grato, empleándolo contra sus enemigos, precisamente éste debía ser derrumbado en toda Francia, como había sido derrumbado ya en París.

La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no podía seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tenía, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento. ¿Cuáles eran las características del Estado hasta entonces? En un principio, por medio de la simple división del trabajo, la sociedad se creó los órganos especiales destinados a velar por sus intereses comunes. Pero, a la larga, estos órganos, a la cabeza de los cuales figuraba el poder estatal, persiguiendo sus propios intereses específicos, se convirtieron de servidores de la sociedad en señores de ella. Esto puede verse, por ejemplo, no sólo en las monarquías hereditarias, sino también en las repúblicas democráticas. No hay ningún país en que los «políticos» formen un sector más poderoso y más separado de la nación que en Norteamérica. Allí cada uno de los dos grandes partidos que alternan en el Gobierno está a su vez gobernado por gentes que hacen de la política un negocio, que especulan con las actas de diputado de las asambleas legistativas de la Unión y de los distintos Estados federados, o que viven de la agitación en favor de su partido y son retribuidos con cargos cuando éste triunfa. Es sabido que los norteamericanos llevan treinta años esforzándose por sacudir este yugo, que ha llegado a ser insoportable, y que, a pesar de todo, se hunden cada vez más en este pantano de corrupción. Y es precisamente en Norteamérica donde podemos ver mejor cómo progresa esta independización del Estado frente a la sociedad, de la que originariamente debía ser un simple instrumento. Allí no hay dinastía, ni nobleza, ni ejército permanente -fuera del puñado de hombres que montan la guardia contra los indios-, ni burocracia con cargos permanentes o derechos pasivos. Y, sin embargo, en Norteamérica nos encontramos con dos grandes cuadrillas de especuladores políticos que alternativamente se posesionan del poder estatal y lo explotan por los medios y para los fines más corrompidos; y la nación es impotente frente a estos dos grandes cártels de políticos, pretendidos servidores suyos, pero que, en realidad, la dominan y la saquean.

Contra esta transformación del Estado y de los órganos del Estado de servidores de la sociedad en señores de ella, transformación inevitable en todos los Estados anteriores, empleó la Comuna dos remedios infalibles. En primer lugar, cubrió todos los cargos administrativos, judiciales y de enseñanza por elección, mediante sufragio universal, concediendo a los electores el derecho a revocar en todo momento a sus elegidos. En segundo lugar, todos los funcionarios, altos y bajos, estaban retribuidos como los demás trabajadores. El sueldo máximo abonado por la Comuna era de 6.000 francos. Con este sistema se ponía una barrera eficaz al arribismo y la caza de cargos, y esto sin contar con los mandatos imperativos que, por añadidura, introdujo la Comuna para los diputados a los cuerpos representativos.

En el capítulo tercero de «La guerra civil» se describe con todo detalle esta labor encaminada a hacer saltar el viejo poder estatal y sustituirlo por otro nuevo y realmente democrático. Sin embargo, era necesario detenerse a examinar aquí brevemente algunos de los rasgos de esta sustitución por ser precisamente en Alemania donde la fe supersticiosa en el Estado se ha trasplantado del campo filosófico a la conciencia general de la burguesía e incluso a la de muchos obreros. Según la concepción filosófica, el Estado es la «realización de la idea», o sea, traducido al lenguaje filosófico, el reino de Dios en la tierra, el campo en que se hacen o deben hacerse realidad la eterna verdad y la eterna justicia. De aquí nace una veneración supersticiosa del Estado y de todo lo que con él se relaciona, veneración supersticiosa que va arraigando en las conciencias con tanta mayor facilidad cuanto que la gente se acostumbra ya desde la infancia a pensar que los asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no pueden gestionarse ni salvaguardarse de otro modo que como se ha venido haciendo hasta aquí, es decir, por medio del Estado y de sus funcionarios bien retribuidos. Y se cree haber dado un paso enormemente audaz con librarse de la fe en la monarquía hereditaria y entusiasmarse por la república democrática. En realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la república democrática que bajo la monarquía; y en el mejor de los casos, es un mal que se transmite hereditariamente al proletariado triunfante en su lucha por la dominación de clase. El proletariado victorioso, lo mismo que hizo la Comuna, no podrá por menos de amputar inmediatamente los lados peores de este mal, entretanto que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo este trasto viejo del Estado.

Ultimamente, las palabras «dictadura del proletariado» han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado!

Londres, en el vigésimo aniversario de la Comuna de París, 18 de marzo de 1891

F. Engels


Publicado en la revista «Die «Neue Zeit», Bd. 2, Nº 28, 1890-1891
y en el libro: Karl Marx. «Der Bürgerkrieg in Frankreich», Berlin, 1891.


Se publica de acuerdo con el texto del libro

traducido del alemán.


NOTAS

[*] págs. 200-205, 206-213.

[**] Véase el Obras escogidas en 3 tomos, t. 1, págs. 408-498.

[***] Véase el Obras escogidas en 3 tomos, t. 1, pág. 210. (N. de la Edit.)

[****] Darboy (N. de la Edit.)

[1] La guerra civil en Francia es una de las más importantes obras del marxismo, en la que, sobre la base de la experiencia de la Comuna de París, se desarrollan las principales tesis de la doctrina marxista sobre el Estado y la revolución. Fue escrita como Manifiesto del Consejo General de la Internacional a todos los miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Europa y los Estados Unidos.
En este trabajo se confirma y se desarrolla la tesis expuesta por Marx en «El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte» acerca de la necesidad de que el proletariado destruya la máquina estatal burguesa. Marx saca la conclusión de que «la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines»
El proletariado debe destruirla y sustituirla con un Estado del tipo de la Comuna de París. Esta conclusión de Marx acerca del Estado de nuevo tipo -del tipo de la Comuna de París- como forma estatal de la dictadura del proletariado constituye el contenido principal de su nueva aportación a la teoría revolucionaria.
La obra de Marx «La guerra civil en Francia» tuvo gran propagación. En los años de 1871-1872 fue traducida a varias lenguas y publicada en diversos países de Europa y en los EE.UU.

[2] Engels escribió esta introducción para la tercera edición alemana del trabajo de Marx «La guerra civil en Francia» publicada en 1891 en conmemoración del 20 aniversario de la Comuna de París. En dicha edición, Engels incluye el primer y el segundo manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de Trabajadores, escritos por Marx, acerca de la guerra franco-prusiana, manifiestos que en las ediciones posteriores en diferentes lenguas se publican también junto con «La guerra civil en Francia».

[3] Se alude a la guerra de liberación nacional del pueblo alemán contra la dominación napoleónica en 1813-1814.

[4] La Ley de Excepción contra los socialistas fue promulgada en Alemania el 21 de octubre de 1878. En virtud de la misma quedaron prohibidas todas las organizaciones del Partido Socialdemócrata, las organizaciones obreras de masas y la prensa obrera. Fueron confiscadas las publicaciones socialistas y se sometió a represiones a los socialdemócratas. Bajo la presión del movimiento obrero de masas, la ley fue derogada el 1º de octubre de 1890.

[5] Se denominaban demogagos en Alemania en los años 20 del siglo XIX a los participantes en el movimiento oposicionista de los intelectuales alemanes que se pronunciaban contra el régimen reaccionario en los Estados alemanes y reivindicaban la unificación de Alemania. Los «demagogos» eran víctimas de crueles persecuciones por parte de las autoridades alemanas.

[6] Trátase de la revolución burguesa de julio de 1830 en Francia.

[7] La insurrección de Junio, heroica insurrección de los obreros de París el 23-26 de junio de 1848, reprimida con inaudita crueldad por la burguesía francesa, fue la primera gran guerra civil entre el proletariado y la burguesía.

[8] Se alude a las guerras civiles de los años 44 a 27 a. de n. e., que desembocaron en la instauración del Imperio Romano.

[9] Trátase de los legitimistas, los orleanistas y los bonapartistas.
Legitimistas, partidarios de la dinastía de los Borbones, derrocada en Francia en 1792; representaban los intereses de la gran aristocracia propietaria de tierras y del alto clero; constituyeron partido en 1830, después del segundo derrocamiento de la dinastía. En 1871, los legitimistas se incorporaron a la cruzada común de las fuerzas contrarrevolucionarias para combatir a la Comuna de París.
Orleanistas, partidarios de los duques de Orleáns, rama menor de la dinastía de los Borbones, que se mantuvo en el poder desde la revolución de julio de 1830 hasta la de 1848; representaban los intereses de la aristocracia financiera y la gran burguesía.

[10] Alusión al golpe de Estado de Luis Bonaparte efectuado el 2 de diciembre de 1851, con el que comienza el régimen bonapartista del Segundo Imperio.

[11] La Primera República fue proclamada en 1792, durante la Gran Revolución burguesa de Francia. Le siguieron en 1799 el Consulado y, luego, el Primer Imperio de Napoleón I Bonaparte (1804-1814). En ese período, Francia sostuvo numerosas guerras, ampliando considerablemente los límites del Estado.

[12] El 2 de setiembre de 1870, el ejército francés fue derrotado en Sedán, quedando prisioneras las tropas, con el mismo emperador. Del 5 de setiembre de 1870 al 19 de marzo de 1871, Napoleón III y el mando se hallaban en Wilhelmshöle (cerca de Kassel), castillo de los reyes de Prusia. La catástrofe de Sedán precipitó la caída del Segundo Imperio y desembocó el 4 de setiembre de 1870 en la proclamación de la república en Francia. Se formó un Gobierno nuevo, el llamado «Gobierno de la Defensa Nacional».

[13] Se alude al tratado preliminar de paz entre Francia y Alemania firmado en Versalles el 26 de febrero de 1871 por Thiers y J. Favre, de una parte, y Bismarck, de otra. Según las condiciones del tratado, Francia cedía a Alemania el territorio de Alsacia y la parte oriental de Lorena y le pagaba una contribución de guerra de 5 mil millones de francos. El tratado definitivo de paz fue firmado en Francfort del Meno el 10 de mayo de 1871.

[14] Los posibilistas formaban una corriente oportunista en el movimiento socialista de Francia. Sus dirigentes, entre otros, Brousse y Malon, provocaron en 1882 la escisión del Partido Obrero Francés. Los líderes de esta corriente proclamaron el principio reformista de procurar nada más que lo «posible».

América Latina: La izquierda y la derecha en la coyuntura actual. Claudio Katz. Mayo de 2019

Webber: Estoy acá en Buenos Aires, 5 de mayo de 2019, con Claudio Katz. Para empezar: ¿podrías describir brevemente los aspectos más importantes de tu formación política y tu formación intelectual?

Katz: Bueno, yo soy un típico exponente de la generación del 70 en América Latina. Comencé a militar en la izquierda cuando tenía 16 años, atravesé la dictadura militando en un partido de izquierda, en una actividad semiclandestina, pero también profesional. Fui periodista, después volví a la universidad y ya en la universidad desarrollé mi actividad en los últimos años, en las últimas décadas.

Y después hubo un nuevo momento, que fue la rebelión del 2001 que volvió a modificar mi acción política y creamos una red de economistas de izquierda, estuvimos bastante involucrados en ese proceso de las asambleas del 2001 y del 2002. Y después con el cambio en América Latina hice muchos viajes a Venezuela, Cuba, Brasil, a los distintos países de América Latina, participé bastantes en las distintas iniciativas que hubo en este periodo. Y bueno, todo lo que yo escribo está, como es usual actualmente, en mi página web, como todo el mundo.

Webber: Para contextualizar la historia de la ola de las nuevas izquierdas en la región, en el principio del siglo 21, ¿podrías explicar las causas principales de la insurgencia de los movimientos populares en muchos países en el fin de la década de los noventa y el principio de los años 2000?

Katz: Hubo varias oleadas de resistencia popular que estuvieron, en mi opinión, todas muy determinadas por los grandes cambios estructurales que se registraron en América Latina en los últimos 40 años.

Las resistencias fueron reacciones contra los grandes cambios. En primer lugar, la primarización, el extractivismo, que modificó la estructura social de la región, muy complementario fue el retroceso de la industria en Sudamérica y la reorganización de la industria en Centroamérica. Y el papel, siempre, de la deuda que por momentos se dieron situaciones de alivio, pero se recrea como pesadilla en la región, por esos cambios subyacentes en la estructura productiva, por esa regresión en la estructura productiva de la región.

Y esto ha generado crisis muy profundas, que son más graves que las crisis tradicionales de la región. En dos planos: en el plano externo por el déficit externo por las debilidades financieras; y por la fuerte contracción del poder adquisitivo de la población.

Estos dos hechos han creado situaciones de crisis social muy grande y muy novedosa en América Latina. Es tradicionalmente la región más desigual del mundo, es una región subdesarrollada, pero lo nuevo es el cambio en el mundo campesino, en el mundo agrario, por un proceso de capitalización agraria del agro-business en las tierras se ha producido una modificación de toda la estructura social del agro, un empobrecimiento, una migración a las ciudades y esta migración a las ciudades, sin empleo, ha generado la precarización que en América Latina es distinta, es mucho más seria, que la precarización neoliberal general del mundo y la evidencia, el dato, de esto es el nivel de marginalidad, criminalidad que tiene índices fuera de serie en toda la región.

Entonces, yo creo que este cambio en la estructura generó que se retomarán las tradiciones de lucha, que han sido muy profundas durante la segunda mitad del siglo 20. Y entonces, en la década del 90 tuvimos 4 grandes rebeliones populares: Bolivia, Ecuador, Venezuela y Argentina, que tuvieron varias novedades, sobre todo en los sujetos sociales.

Si bien estuvo la clase obrera presente, no estuvo de la manera tradicional o con el protagonismo clásico que tenía en el pasado, en países como Bolivia, en países como Argentina, en países como Brasil. Nuevos sujetos populares, jóvenes precarizados informales, también parte de la clase media pauperizada. Entonces, se generaron nuevas alianzas populares con nuevos sujetos populares que le dieron, también, a estas rebeliones un clima de radicalidad y de convulsión muy profunda.

Yo creo, igualmente… yo utilicé el término en este momento de «rebelión popular», para distinguirlo de lo que fueron las clásicas revoluciones en América Latina. Nosotros tuvimos cuatro grandes revoluciones en México, en Bolivia, en Cuba y en Nicaragua y, a diferencia de esas revoluciones sociales, estas rebeliones no incluyeron un desafío frontal al Estado, no incluyeron la construcción de un poder popular autónomo y no tuvieron un desenlace militar.

En ese sentido, la revolución está aquí, la rebelión está aquí, es un proceso muy profundo pero comparado con tradiciones más… con lo que fue la experiencia revolucionaria de América Latina no llegaron a ese punto. Y así surgió el ciclo progresista. El ciclo progresista es el resultado de estos dos grandes procesos: la transformación económica social de América Latina y la reaparición de un tipo de insurgencia, clásico en el sentido de las tradiciones, novedoso en el tipo de sujetos y en el tipo de movilización.

Yo creo que el ciclo progresista, claramente, fue el efecto de esta irrupción popular y yo creo que su principal consecuencia fue modificar las relaciones sociales de fuerza en toda la región. No en toda la región, en Sudamérica, siempre es un vicio que tenemos acá… nosotros acá tendemos a ver a Centroamérica como si fuera lo mismo y es muy distinto.

Te lo digo una sola vez, siempre voy a hablar de Sudamérica. Voy a hacer alguna mención, pero todo este periodo pasado está muy centrado en Sudamérica. Al contrario, Centroamérica estuvo viviendo un proceso distinto. Lo que pasa es que fue tan fuerte el ciclo progresista, que impactó sobre Centroamérica y tiñó a toda la región.

Bueno, yo creo que cambiaron las relaciones de fuerza, los proyectos neoliberales originales quedaron muy shoqueados, perdieron el timón, perdieron sus gobiernos más directos y la combinación de esto con un escenario económico internacional favorable a América Latina, por la apreciación de las materias primas, generó un contexto de alivio económico y social muy importante.

Y además, sorprendente para lo que pasaba en el resto del mundo. Eso fue, quizá, lo que tornó a Sudamérica en un foco de atracción tan importante para el progresismo internacional. Que es que mientras los ajustes, el ciclo de ajustes estaba a pleno en Estados Unidos, en Europa, en Oriente, en Sudamérica se vivió como un pequeño oasis que llamó la atención, pero que fue efectivo, un desahogo no sólo económico y social, es decir, no sólo que la mejor oferta internacional permitió en este contexto recomponer ingresos populares, sino que el otro dato importante del ciclo progresista fueron, lo que yo diría, lo que son las conquistas democráticas, tanto en el plano inmediato de la calle, de las relaciones de fuerzas, del retroceso de los aparatos represivos, la época previa fue muy represiva, el ciclo progresista fue un período de alivio en el plano democrático.

Y, también, importantes conquistas legislativas y constitucionales. Hasta hechos simbólicos como que un presidente de origen indio en Bolivia, modificación de la tradición racista de la región, constituciones muy, muy avanzadas en Venezuela, en Bolivia.

Bueno, yo creo que todo esto fue el efecto del ciclo progresista, pero retomó tradiciones previas, tradiciones políticas ideológicas populares previas de América Latina. Yo creo que hubo como un reencuentro con la Revolución Cubana y un reencuentro con la tradición antiimperialista previa. Y aquí también hay una originalidad de América Latina, el hecho que la revolución cubana haya persistido, en situaciones de una adversidad y un aislamiento inédito, en vez de haber sufrido el declive de Europa del este o las modificaciones de Vietnam o China, que es otra historia, el hecho de que haya persistido, al recrearse esto, se reconectó. Y Cuba fue… participó, reingreso en la región y las tradiciones de la Revolución Cubana se reencontraron.

Entonces, en síntesis, yo creo que hubo un periodo de un ciclo progresista, parece mentira que lo diga, pero ahora hay gente que piensa que no hubo, que no existió, que fue una fantasía, no… no fue una fantasía, existió fue un ciclo, fue un cambio, fue el resultado de un proceso político. Yo no estoy de acuerdo con el concepto del «consenso de commodities», en el sentido de la idea de que no… de que en el fondo fue todo igual, porque como todos los países continuaron dependiendo de la exportación de productos básicos.

Hay intelectuales que piensan que, bueno, que como Venezuela vende petróleo y Colombia vende combustibles y cualquier país vende bananas, la derecha es igual que la izquierda, pero esa es una mirada economicista, es una mirada reductiva. Si un país como Bolivia vende gas, y un país como Colombia vende gas, no son iguales porque vendan gas, si uno tiene un gobierno reaccionario y el otro un gobierno progresista, no importa que vendan gas… no se puede nivelar a los países por lo que están vendiendo.

Entonces, sí hubo un ciclo progresista, sí hubo cambios importantes. El ciclo progresista justamente se ve por contraste a los gobiernos que se mantuvieron de derecha, es decir hubo un ciclo progresista y hubo un ciclo anti o no progresista en Colombia, en Chile, Perú, en México antes… en lo previo… es decir, todo un segmento que se mantuvo ajeno y hostil, pero esa hostilidad confirma lo que ocurrió aquí, confirma que Piñera no es lo mismo que Chávez.

Pero yo te añadiría que fue un ciclo progresista, pero no fue un ciclo pos-liberal. Yo no concuerdo con el término pos-liberal. Pero no concordé en ese momento, tampoco ahora, porque pos-liberal implica que las transformaciones son lo suficientemente importantes como para dejar definitivamente atrás una etapa. Yo creo que fueron transformaciones importantes, pero que no dejaron atrás esa etapa. Entonces, fue un ciclo progresista, pero no fue pos-liberal. Esa sería mi visión de qué consistió ese cambio.

Webber: ¿Cómo caracterizas las debilidades, al lado de estas fortalezas de estos gobiernos y cuáles fueron los casos en los cuales los cambios populares fueron más sólidos, más avanzados?

Katz: Yo distingo… la entrevista es el tema de dos libros míos ¿No? En este libro, Neoliberalismo, neodesarrollismo, socialismo, del 2016, yo ahí distinguí, dentro del ciclo progresista entre los gobiernos digamos de centro izquierda y los gobiernos más radicales. Entre Kirchner, Lula y Chávez, Evo Morales ¿no?

A mí me parece que no son los mismos, hubo como dos peritos subclasificaciones distintas. Los gobiernos de centro izquierda ampliaron derechos, pero mantuvieron sin cambios el sistema político, sin ningún cambio relevante del sistema político. Y además, fueron gobiernos que se asustaron cada vez que apareció una movilización popular importante. Entonces eran gobiernos que aceptaban cambios y mejoras, pero siempre con un gran temor a la acción popular.

En Argentina con Kirchner se vio cuando hubo marchas, y en Brasil es muy nítido por la actitud que tuvo el gobierno frente a las marchas del 2013, que fueron las que cambiaron el escenario brasileño, a partir de esas marchas el PT no quiso saber nada de eso y por eso la derecha aprovechó.

En el plano económico, estos gobiernos fueron los que yo llamo gobiernos neodesarrollistas, en el sentido que intentaron una recomposición de la industria, una restauración de la regulación estatal, pero sin modificar lo que había cambiado el neoliberalismo. El neoliberalismo reorientó las economías, puso en el centro el agronegocio y la exportación de productos básicos como eje.

Y el neodesarrollismo intentó limitar eso pero sin buscar una modificación sustancial de eso. En Argentina eso fue muy visible con el peso del agronegocio y en Brasil con el sistema financiero. Es decir, los dos grandes cambios que había que hacer en estos dos países: acá en Argentina manejar el comercio exterior y en Brasil manejar el sistema financiero, ni el kirchnerismo, ni Lula quisieron avanzar en ese sentido.

Entonces, lo que hubo fue, en ambos casos, una mejora en el consumo. Pero una mejora muy frágil en el consumo, porque si vos mejoras el consumo sin ningún cambio en la estructura productiva, cuando cambia al escenario eso es muy vulnerable, ¿no?

Y el efecto de eso, yo creo que ha sido… el efecto de esas limitaciones, de esos gobiernos de centro izquierda ha sido lo que vino después. Yo creo que en el caso de Brasil el PT tiene mucha responsabilidad en la llegada de Bolsonaro, responsabilidad en el sentido que, especialmente en el último período, en el período de Dilma defraudó por completo a los sectores que lo seguían. Por eso perdió peso en la clase media, perdió peso en la clase obrera y sólo mantuvo autoridad de los estados del norte. Temer fue el vicepresidente de Dilma, el ministro de economía era un neoliberal extremo. Y, entonces, me parece que generó una desmoralización, una defraudación que se coronó cuando Dilma abandonó el gobierno sin lucha, aceptó el golpe de estado y eso permitió la llegada de la derecha.

Argentina es distinto, Argentina es muy distinto. Porque si bien en Argentina hubo también un proceso de defraudación, un proceso de malestar, Cristina se retiró con una amplísima simpatía popular, enorme, y además de eso durante todos estos años las diferencias han sido enormes entre Brasil y Argentina, es como negro y blanco.

Allí hubo desmovilización popular, aquí hubo movilización popular, allí hubo retorno de los militares, aquí es imposible al retorno de los militares. Allí hubo una desmoronamiento del sistema político, acá hay una recomposición o mantenimiento del sistema político. Aquí hubo nuevas formas de acción popular, como por ejemplo las marchas de las mujeres por el aborto, millones de personas, un mantenimiento del peso de los sindicatos…

Argentina es un país que ha tenido 40 huelgas generales desde el principio de los ochenta y cuatro huelgas generales con Macri y cuando acá hay huelga general, hay huelga general. Pasaba en Europa en los años 80 y 70… Entonces, la tradición de la Argentina como un país convulsionado y de Brasil como un país del orden se mantuvo.

Entonces, esto es quizás interesante porque un mismo tipo de gobierno da un resultado diferente en el plano político, aunque no en el plano económico, en el plano económico los dos se enfrentaron con los mismos límites, pero una cosa lo que pasa ahí y otra cosa es lo que pasa acá.

Quizás hay un tercer caso que es muy interesante, que es el de Ecuador y es muy interesante porque Correa, sin ser… más o menos uno le podría situar como Lula, como Kirchner en ese mismo espectro, aunque con algunos rasgos mucho más autoritarios de los que vimos acá y en Brasil. De choque con el movimiento social, muchísimo más fuerte que lo que vivimos en Brasil o en Argentina.

Ese nivel de irritación que generó Correa en muchos movimientos populares no se dio ni acá, ni en Brasil. Pero lo interesante, a mí me parece de Ecuador, es que allí Lenin Moreno, el que terminó ganando las elecciones era un hombre de Correa. Ganó las elecciones con una bandera contra la derecha y generó el gobierno más derechista de América Latina, un gobierno que es igual que Macri, en la política con el Fondo Monetario Internacional, es decir el hombre que acaba de permitir la entrega de Julian Assange, le ha quitado la posibilidad de defenderse algo escandaloso.

Lo importante es que su nombre del propio proceso, o sea qué es lo que nos está diciendo, que tanto en Brasil como en Argentina también dentro del proceso, dentro del propio proceso, había elementos de plena derecha, puro de la derecha, que no llegaron… Temer sería como la expresión de Lenin Moreno en Brasil.

Aquí no llegó a notarse. Pero también es otro elemento bastante ilustrativo de los límites de estos procesos.

El otro tipo de gobiernos, yo los denominó radicales, pero para usar un término. Que es la línea: Venezuela, Bolivia en parte de Cuba. El punto complejo ahí es el chavismo, probablemente el fenómeno más relevante de toda la historia contemporánea de América Latina. El chavismo no tiene parangón con el kirchnerismo, con Lula, yo creo que ni siquiera con Evo Morales en Bolivia.

En primer plano porque el nivel empoderamiento popular que generó el chavismo no se vio, quizás en Bolivia, pero seguro no en Brasil y Argentina. El nivel de intervención, la red de organizaciones populares, la creación… El despertar político.

Probablemente es tan llamativo porque Venezuela no tuvo, a diferencia de Argentina, de Brasil y de Bolivia, o de Ecuador, procesos previos, no existió peronismo, no existió el MNR, no tuvo esa historia… Al no tener esa historia, con ciertas décadas es como que concentró lo que ya muchos países habían hecho previamente. Entonces eso lo hizo más revulsivo todavía y, sobre todo, generó una reacción de las clases dominantes venezolanas que no hubo en otra región.

Porque la clase dominante en la Argentina conoce al peronismo desde hace 70 años, en Brasil antes de Lula ya hubo una experiencia con Prestes, ni que hablar con la experiencia que hay en Bolivia con la sucesión de procesos políticos. Bueno, como Venezuela no tuvo nada de eso es como que la clase dominante reaccionó como si estuviera en los años 30 o 40, como si descubriera por primera vez que existe el pueblo. Entonces eso lo hizo un proceso tan crítico.

A esto se suma la radicalidad política de Chávez. Chávez fue un personaje muy especial, fue una combinación de la trayectoria antiimperialista de América Latina, pero con una enorme absorción de la revolución cubana y este es un rasgo que tampoco estuvo presente… es casi el ideario de la Revolución Cubana estuvo presente como organizador del ideario de Chávez. Y sumale a eso que Venezuela es el país que tiene el petróleo y que por lo tanto tiene para Estados Unidos un papel que no tiene ningún otro país.

Entonces Venezuela se terminó convirtiendo en el punto de explosión de la región, por esta combinación; pero incluso si no hubiera existido nada de lo que yo te cuento sólo el hecho de que Venezuela tenga las mayores reservas petroleras del mundo, hace con que los Estados Unidos la vea como Irak o Libia, algo que no ocurre con el resto de los países. Ninguno tiene esa relevancia estratégica… el hecho que CITGO, la empresa venezolana de petróleo actúe en los Estados Unidos con una subsidiaria e incide tan determinantemente en el precio del petróleo interno de los Estados Unidos te da la pauta de lo estratégico que es ese país.

Bueno, esto transformó al chavismo en el gran proceso que lo ubican dentro del ciclo progresista, pero al mismo tiempo como algo cualitativamente diferente al ciclo progresista, ejerció relativamente un liderazgo sobre el ciclo progresista, pero fue un ensayo de otra cosa. De algo muchísimo más radical que el ciclo progresista. Eso se verificó, también, en el plano de la economía porque hubo una redistribución de la renta petrolera, mucho más importante que la distribución de ingresos que hubo en Argentina, Ecuador o en Brasil, pero paradójicamente sobre una economía terriblemente más frágil, más dependiente de un solo producto y por lo tanto sujeta a tensiones muchas mayores.

Bueno, por ese combo, Venezuela sigue siendo el centro de la conflictividad latinoamericana, una vez que el ciclo progresista ya no está más. Es tan relevante lo que pasó ahí, que con ciclo progresista, sin ciclo progresista, con esta reacción derechista, con lo que quieras Venezuela… si bien la muerte de Chávez cambió muchas cosas y si bien el procesos sufrió cambios muy grandes, y sobre todo la guerra económica generó prácticamente una degradación del país, la crisis económica de Venezuela sólo es comparable con la del 30 en Estados Unidos, el mismo porcentaje de caída del producto bruto, emigración masiva de la población, colapso económico. Un escenario que combina la guerra económica, la hostilidad de las clases dominantes, con un nivel de improvisación, irresponsabilidad y corrupción dentro del gobierno venezolano, que ha creado una situación completamente explosiva.

Ahora, yo creo que así como el ciclo progresista no está, pero Venezuela está, Venezuela define lo que va a pasar en el futuro en América Latina y qué es lo que finalmente puede terminar ocurriendo con el ciclo progresista. Si Venezuela ya hubiera desaparecido, bueno estaríamos en una conversación de balance del ciclo progresista y nada más que eso… por qué pasó, qué no pasó… Pero Venezuela es tan relevante que hace que todo lo que pasó no está terminado, porque queda pendiente un eje de lo anterior y el eje más radical de lo anterior y el problema más irresoluble de lo anterior.

Yo creo que, por estas razones, lo que pase en Venezuela va a definir el futuro. Bueno, ahora hay un nuevo intento de golpe de estado, de nuevo hay casi un discurso enfermizo de los medios de comunicación por el grado de doble vara… digamos Venezuela es una tragedia humanitaria, pero Colombia que tiene 6 millones de desplazados o la masa de centroamericanos que se va a Estados Unidos no es crisis humanitaria. Es una tragedia para la prensa pero en México asesinaron a 100 periodistas, en Colombia desde los acuerdos de paz creo que hay, ya no sé si 100 o 200 líderes sociales asesinados, en Venezuela no hay ni uno solo. Resulta un poco complicado discutir Venezuela porque la propaganda enceguece el debate, no la pasión, o sea la pasión es lógica… pero no se puede hablar de los datos, porque la realidad está anulada.

Entonces, yo creo que hay un tema clave de cómo se va a resolver la cuestión venezolana, es una lucha en dos frentes, es una lucha contra el golpe, es una lucha contra Estados Unidos y es una lucha dentro del chavismo para ver si hay una recuperación o no del chavismo.

Efectivamente, yo comparto todas las críticas del sector crítico del chavismo, en todos los terrenos. Me parece que los errores, para llamarlos en forma suave, que se han cometido en el terreno económico son completamente inadmisibles. Pero, al mismo tiempo, hay un nivel de resistencia popular que es completamente sorprendente. Ningún otro país podría resistir lo que le están haciendo y, en parte, eso se explica por una construcción tan fuerte desde abajo. Quienes hemos vivido otros procesos, y acá en Argentina, sabemos lo que son las conquistas populares, es algo que no se borra, dura décadas…

Es algo que queda en la conciencia popular. Entonces, quien ha vivido, quien conoce la Argentina, puede entender por qué el venezolano se agarra, sostiene con tanta fuerza… sino es inexplicable que no caiga Maduro, el proceso allí. Así que, veremos… Es difícil hablar de la coyuntura, pero en dos meses fracasó la autoproclamación de Guaidó, fracasó el intento de la crisis humanitaria de ingresar camiones, fracasaron dos o tres intentos de golpe de Estado, fracasó la guerra eléctrica… o sea, es llamativo, ¿no?

Y bueno, entonces es interesante en contraste con Bolivia. Porque sería casi un tema para indagar con mucha serenidad. Porque la radicalidad discursiva e ideológica es muy semejante. Evo Morales, los discursos de Evo Morales son parecidos a los de Chávez. Y sin embargo, ha logrado una estabilidad macroeconómica, una mejora, una recomposición del nivel de ingresos, hasta suscita la envidia de los gobiernos derechistas lo que ha logrado Bolivia con la renta petrolera. Esto habla, me atrevo a decir, de un dato objetivo y de una conducción. El dato objetivo, para mí, es que Bolivia no es una amenaza, entonces hay una tendencia cuando un país no es una amenaza a ignorarlo.

Nadie en el Departamento de Estado mira a Bolivia, si le va mal le va mal, si le va bien le va bien. Eso le ha dado un margen que no tiene Venezuela. Parte de un piso de subdesarrollo mucho mayor que cualquier otro país, entonces cualquier mejora es más significativa.

Y después, finalmente, han sabido gestionar, con probablemente… la tradición campesina, localista, cerrada, de altiplano de Evo Morales lo haya llevado a ser tan conservador, es la antítesis de la exuberancia caribeña de Chávez, que se lanzaba a grandes proyectos.

Al mismo tiempo, Bolivia nunca fue una referencia para toda América Latina, mientras Venezuela sí. Entonces, bueno, son destinos históricos diferenciados.

Y bueno Cuba es un caso aparte. Pero lo interesante de Cuba es que Cuba tiene algo como de Bolivia estabilizada, en el sentido que por esos milagros que no puede entender la gente de derecha, un país que no tiene absolutamente nada, nada de nada de nada, que es una isla… que solo tiene turismo, algún mineral, nada… tiene los niveles de escolaridad y los niveles de alimentación y sobre todo de salud más admirados de la región.

Y, sobre todo, un dato que llama muchísimo la atención: un nivel de delincuencia irrelevante, que es algo impensable en el resto de América Latina. O sea un país al que llega un millón de turistas al año y que ese turismo no contamina… ese mismo turismo en Puerto Rico, en el Caribe mexicano o en Belice produce desastres y ahí no. Entonces, ahí se ve el efecto de la construcción de largo plazo, en la conciencia de la población, los valores de una sociedad, lo cual también es muy llamativo, es un ejemplo bastante interesante para toda América Latina. Pero igual sería… es como otro tema, no…

Por lo tanto… te cierro con esto… el escenario del ciclo progresista ahora se concentra en lo que pasa en Venezuela y según lo que pase en Venezuela seguirá de distinta forma el futuro.

Webber: En términos económicos y geopolíticos: ¿por qué no ha habido una ruptura con la dependencia del capitalismo extractivo más fuerte y la inserción subordinada de la región en el mercado mundial?

Katz: Mirá, ese es el tema de este segundo libro, La teoría de la dependencia, cincuenta años después. Vos sabés que este libro salió a fin del año pasado, hicimos varias presentaciones, acá, pero también en Brasil, y hay un resurgimiento del debate sobre la teoría de la dependencia, para responder a estos problemas. La teoría de la dependencia fue como la teoría latinoamericana más original, más interesante, de los años de gloria de los años 70 y ¿por qué hay tanto interés ahora? Porque, más o menos, existe la percepción que los problemas de esa época son los problemas de ahora.

O sea que los problemas de un ciclo de reproducción dependiente, de exportaciones básicas, una industria muy dependiente y contraída, la novedad de una dependencia financiera mayor que en el pasado, de una dependencia tecnológica mayor que en el pasado. Hace que todos los países latinoamericanos sean más vulnerables que en los años 70. Y esto es importante porque lo que ha pasado con América Latina, es que ha quedado muy afectada por la globalización neoliberal. O sea, es de las regiones más perdedoras de todas las transformaciones de los últimos cuarenta años.

Porque la globalización generó situaciones muy distintas: desindustrializó Detroit, pero impulsó el Sylicon Valley. En cada lugar hizo fenómenos muy contradictorios. Pero en América Latina fue un desplazamiento de un bloque hacia atrás, en bloque… prácticamente sin excepción. Y esto tiene que ver con que, en la división global del trabajo actual, América Latina quedó como la gran proveedora de productos básicos y perdió la industrialización que se fue a Asia.

Entonces, mientras Corea del Sur en los años 60 era un país que estaba muy por debajo de la Argentina, ahora está muy por arriba de Argentina o de Brasil. El Sudeste asiático subió, a la par que América Latina caía. Porque el modelo con el cual se industrializó América Latina, de sustitución de importaciones, perdió gravitación en la globalización. Y América Latina no tiene la fuerza de trabajo barata de China… tiene materias primas. Entonces el lugar que le tocó a la región en el capitalismo mundial es totalmente adverso y por esa razón se agravaron todos los problemas. Todos los viejos problemas de América Latina se agravaron.

Por eso en el ciclo progresista hubo tanto debate de alternativas y, por primera vez, se plantearon alternativas a escala regional. Ese fue el gran cambio respecto del pasado. Argentina no discutió Argentina, Brasil… sino que hubo un gran consenso, primero en el Mercosur, después Unasur, y tratar de estructurar y avanzar en la integración latinoamericana. Yo creo que ese fue el gran cambio y, al mismo tiempo, fue la gran percepción que es la única vía que tienen América Latina en la globalización actual. O sea, la captación que una región que ha quedado desplazada así, solamente actuando en bloque puede negociar a escala mundial e intentar un proceso de reindustrialización que ya no puede hacerse a nivel de cada mercado local.

Lo que pasa es que en el ciclo progresista, todo el intento por esa vía falló. Falló por completo, falló el Banco del Sur, falló Unasur, falló el intento de un manejo común de las reservas monetarias, todos los proyectos de integración, coordinar los tipos de cambio… todo eso tuvo la limitación del ciclo progresista. Hubo un intento más radical, que tampoco prosperó que fue el ALBA. El ALBA tiene importancia más política, porque el ALBA fue el gran intento de un proyecto radical a escala latinoamericana y con ideas ya muy consistentes de cómo forjar la soberanía monetaria, la soberanía alimenticia, la soberanía energética.

El ALBA no era un proyecto comercial como el Mercosur, era un intento de un plan de desarrollo integrado. Bueno, por el devenir de los procesos políticos no prosperó, pero a mí me parece que de la misma manera que Venezuela se mantiene, el ALBA persiste como una vía, como una idea, como un proyecto de cual es, a mi juicio el único camino, el único, no ese… por ese lado, el único camino para que América Latina pueda ponerse en pie, de otra manera es completamente imposible.

Webber: Desde tu perspectiva ¿cuándo y por qué empezó el fin del llamado fin de ciclo?

Katz: Mirá, con la restauración conservadora. Uno puede decir, eso terminó a medida que se impuso la restauración conservadora y los momentos centrales han sido el golpe de Estado en Brasil, y después Bolsonaro, y el triunfo de Macri en Argentina. En realidad, la restauración conservadora es una mezcla de elecciones y golpes. El gran cambio que se está produciendo es en el sistema político latinoamericano.

Todas las formas de constitucionalismo están perdiendo peso frente a las formas más autoritarias. Y, a pasos muy acelerados, está ganando peso la estructura de poder. Y las elecciones son como un elemento secundario. Por eso en los países donde está más firmemente está asentada la derecha: Colombia, Perú, Chile, las elecciones son irrelevantes. El nivel de participación popular es bajísimo, se habla mucho en contra de Venezuela, pero en Venezuela el número de votantes en cualquiera de las elecciones es infinitamente superior al de Colombia, Perú o Chile.

La restauración conservadora gobierna sobre la base de la anulación de la política, el disciplinamiento social más extremo. Entonces, el problema acá es hasta qué punto la restauración conservadora se ha estabilizado. Nosotros podemos decir que el ciclo progresista, tal como lo conocimos, ya está… Pero ¿hay una restauración conservadora o es frágil? Yo creo que es muy frágil. Yo creo que es muy frágil… genera símbolos importantes, por ejemplo anulan Unasur e intentan crear el Prosur, forjan la cumbre de Lima para hacer un golpe de Estado en Venezuela. Pero son proyectos, muy, muy, muy inconsistentes. Por ejemplo, han perdido uno de sus pilares clave que es México, con el triunfo de López Obrador.

Pero la base por la cual yo pienso que son frágiles, es que el proyecto económico neoliberal clásico de los años 90, de los años 2000, en América Latina ahora choca con el escenario internacional cambiado. Entonces los neoliberales están desconcertados, desubicados, no saben qué hacer. Y eso erosiona mucho el proyecto político de la restauración conservadora… o sea, hay un gran problema, porque el neoliberalismo es privatización, apertura comercial, pero ¿cómo vas a hacer apertura comercial en medio de las guerras comerciales que estamos viendo en el mundo? ¿Qué sentido tiene decir yo soy neoliberal frente a Trump?

El más aliado sería China, pero ahí hay una contradicción bastante evidente, el neoliberalismo es una doctrina americanista, proyanqui, con la impronta de Estados Unidos… no puede decir que su ídolo va a ser el libre comercio de China. Entonces, sumado a que las principales inversiones son de China, eso hace que a diferencia de los 90, de los 2000, a diferencia de los neoliberales anteriores, acá hay un neoliberalismo sin norte, sin estrategia. Entonces sus expresiones políticas son muy frágiles. Porque no se sabe muy bien qué es lo que querrían, cuál sería su proyecto.

Por lo tanto, yo te diría que acá estamos como en una restauración conservadora con un neoliberalismo zombi y, entonces, está muy abierto, el resultado está muy abierto. Está muy abierto por esta combinación de circunstancias y por el choque… el ciclo progresista tenía un proyecto latinoamericano que no caminó, pero acá no hay un proyecto neoliberal, más allá de hacerle un golpe de Estado a Venezuela, pero eso no es un proyecto. Incluso cuando ellos dicen «anulamos Unasur y creamos otra cosa»… crearon otra cosa para hacer un golpe de Estado no porque «tenemos tal estrategia». Entonces, yo creo que no podemos todavía hablar de un ciclo de restauración conservadora nítido.

Webber: Y esto explica la debilidad de, por ejemplo, Bolsonaro y Macri en la coyuntura actual.

Katz: Sí. Yo creo que el gran test de la derecha es Bolsonaro. La pregunta de qué son los regímenes derechistas en América Latina, Bolsonaro nos va a dar la respuesta. Lo que pase con Bolsonaro nos dice qué ocurre con la nueva derecha en América Latina .

Porque Bolsonaro es la representación pura de la nueva derecha, muy familiar a todo lo que estamos viendo en Europa, es la representación latinoamericana de ese discurso derechista extremo, muy provocador, contra las conquistas democráticas, alineamiento directo con los Estados Unidos, política económica neoliberal, y lo que hemos estado discutiendo el año pasado: hasta qué punto Bolsonaro es fascista o no es fascista.

Yo creo que uno puede decir que Bolsonaro tiene ingredientes, elementos fascistas pero el fascismo es un proceso y lo que sería el proceso de fascistización de Brasil es una incógnita. Bolsonaro sería sólo el punto de partida.

Para que haya un régimen fascista en Brasil tendría que asentarse la represión y tener un liderazgo derechista muy nítido. Hay dos antecedentes de lo que sería el fascismo, la primera es Pinochet. Bolsonaro tendría que alcanzar primero el nivel de Pinochet, ese nivel de represión y ese nivel de autoridad contrarrevolucionaria en la clase media, ante el peligro… como reacción frente a Salvador Allende, tener eso. Y esa ideología anticomunista asentada y esa solidez de un régimen y tendría que alcanzar las bases sociales que tiene Uribe en Colombia. No sólo una estructura de paramilitares, sino también un voto de un sector de clase media derechizada en la tradición de la oligarquía colombiana. Bueno, Bolsonaro está muy lejos de empezar alcanzar esas dos cosas.

Y el problema es que el gobierno de Bolsonaro, los tres meses o dos meses de Bolsonaro son una payasada, son una risa, es un récord de tonterías. Hasta en el carnaval de Brasil hubo comparsas riéndose de Bolsonaro, porque parece un programa cómico, es un delirio, lo que él dice, pero es un delirio sobre un gobierno que está en plena inacción, porque podría ser delirante como Trump , pero Bolsonaro no es Trump, es un gobierno que no hace nada. La burguesía brasileña está descontenta con Bolsonaro.

Ni siquiera el plan básico, que es la reforma previsional, ni siquiera eso lo han puesto en marcha. Y es un desgobierno, o sea no sabe el ABC de como manejar la gestión pública. Incluso las aventuras internacionales: ir a Jerusalén, ir a Israel, provoca problemas porque Brasil depende mucho de China y depende incluso de ventas al exterior a los Países Árabes

Entonces, Bolsonaro está jugando con las exportaciones brasileñas, la clase dominante no se lo va a permitir. Por esa razón el gobierno de Brasil está en el ejército, el ejército es el…y si sigue esto así, el ejército va a terminar reemplazándolo a Bolsonaro, el vicepresidente va a terminar ejercicio de las funciones. Por lo tanto si la derecha, la nueva derecha en América Latina es Bolsonaro, no hay nueva derecha. Si es eso no hay nueva derecha… veremos, igual son tres meses todavía es prematuro.

Pero el otro dato interesante es que no hay otros Bolsonaros en América Latina, hay derecha reaccionaria como Uribe, tradicional, pero Bolsonaros… incluso es interesante que en México ganó López Obrador, es decir hay un giro importante en el otro país importante de la región, una crisis muy grande de la vieja derecha mexicana y yo te diría que, además, de las elecciones de Colombia y de Chile hay un crecimiento importante de la centroizquierda. O sea en los dos, otros dos países que serían el bastión, más bien lo que está creciendo es Petro en Colombia y las nuevas formaciones de centroizquierda en Chile, entonces muy abierto el tema de la derecha.

Webber: ¿Cuál ha sido el papel del imperialismo dentro de todo eso y ha sido reducible a los Estados Unidos o cuál es el papel de China en todo eso, también?

Katz: Es evidente que Trump es un intento de recuperar la hegemonía estadounidense frente el desafío de China en el mundo. En eso consiste Trump. El problema que en esa estrategia de recuperar peso frente a China, América Latina es una pieza clave. Es una pieza clave porque para Estados Unidos, América Latina es su patio trasero, o sea, es propia. Y el desafío de China no es en el mundo, es en América Latina, o sea para Estados Unidos el problema de China no solo es el problema de China en el mundo, es el problema de China en su dominio.

Por eso la actitud de Trump en América Latina es la de recuperar dominio en forma muy burda, en forma muy tosca. Volver a lo que se llamaba la política del garrote, yo domino y todos se me subordinan. Por eso Trump insulta a los mexicanos, construye el muro, insulta a los caribeños, desprecia a América Latina, no tiene una política para intentar forjar un bloque, sino que los considera como los vasallos que se someten. Trump está jugando con fuego en esto, porque tiene gobiernos conservadores que lo siguen, pero hay algo un poco complejo en lo que está haciendo Trump. Porque Trump trata a América Latina como si fueran sus colonias, pero no puede, no está en condiciones de actuar como una potencia militar frente a sus colonias.

Entonces, Trump dice, pero no hace. Entonces, hay un contraste… fijate el golpe de Estado de Venezuela, es la típica de Estados Unidos: Abrams, Spence, Bolton, Rubio, Pompeo, actúan como en la época de Roosevelt, del primer Roosevelt, de Theodore Roosevelt, se consideran directamente los dueños para hacer lo que quieren. Pero, sin embargo, hasta ahora no hay una invasión, como fue Granada en 1983, Panamá en 1989… incluso el golpe de Zelaya en el 2009.

O sea, hay un divorcio entre lo que Estados Unidos dice y lo que Estados Unidos puede hacer efectivamente. Estados Unidos es muy improbable que pueda repetir en Venezuela lo que hizo en Libia, o lo que hizo en Irak. Entonces, es una política bastante aventurera la de Trump, y que hasta ahora, es muy temprano para hacer un balance, hasta ahora no tiene un resultado nítido.

Yo creo que un hecho importante es que, lo único que logró Trump, es la renegociación del NAFTA. Y eso sí es un dato importante, porque eso es lo que buscan los Estados Unidos. Trump no quiere irse de la globalización, lo que Trump quiere es renegociar acuerdos multilaterales, transfromándolos en bilaterales. Y al hacerlos bilaterales, hacer que los servicios de los Estados Unidos tengan más peso, que se cobre el copyright, que haya mayor favoritismo para las empresas estadounidenses y eso lo logró en el NAFTA. Entonces, es contradictorio, porque no puede usar la fuerza militar, pero el único tratado en el mundo que logró rearmar es, justamente, el de México. Por eso, curiosamente tiene una actitud cauta hacia López Obrador. Por lo tanto, yo te diría que en este terreno hay que separar mucho lo que se dice, de lo que se hace.

Me parece que la prioridad económica de los Estados Unidos, renegociar tratados, aumentar exportaciones, limitar la presencia China y competir con China, eso es lo que ellos están buscando. Y para lograr eso, ellos necesitarían cambiar el gobierno de Venezuela. Venezuela es importante para Estados Unidos, no sólo porque está el petróleo, sino porque sería el mensaje de que China y Rusia, en este caso, no ingresan acá. Por eso lo que pase ahí define todo, Venezuela es como… ahí se concentra todo, todo, todo, todo.

Es decir, si Estados Unidos no lo logra, si el chavismo se mantiene, va a ser como en Siria, donde Rusia va a afianzar su rol militar, tiene militares en Venezuela y si, Estados Unidos no modifica esa situación Rusia se afianzó como una potencia que llega a América Latina.

Y si no logra cambiar esa situación, este ingreso de China así, de a poquito, tampoco se va a revertir. Entonces, hasta ahora estamos ahí, viendo lo que ocurre, pero el dato estructural es que China penetra y Estados Unidos retrocede y Estados Unidos quiere recuperar.

El gran problema que tiene Estados Unidos es que su aliado para eso que serían los gobiernos derechistas de América Latina, son gobiernos cuyas clases dominantes tienen relaciones ya muy estrechas con China y Estados Unidos no le ofrece nada a cambio. La Argentina y Brasil le venden soja a China, pero Estados Unidos no es que no le va a comprar soja… Estados Unidos vende soja, o sea es competidor…

Entonces qué puede ganar el agrobussines de Argentina o de Brasil haciendo un acuerdo con su competidor, que es Estados Unidos, y no con su cliente que es China. Entonces, lo que está intentando hacer Estados Unidos es muy difícil. Y al mismo tiempo, cada clase dominante de América Latina buscar mantener sus negocios, mantener sus negocios en un equilibrio que es muy inestable porque no tiene estrategia. O sea, Bolsonaro va a reconocer a Israel, pero hay que venderle a China y ahí hay un conflicto; Macri apoya el golpe, pero aquí Argentina no sólo le vende a China, las reservas del Banco Central dependen de un préstamo de China, entonces ¿cómo manejarse?

Yo veo que es una situación muy crítica, que te insisto, cuya definición así drástica la da Venezuela. O sea, si pasa algo en un sentido o en el otro, ordena que el que va ganando es este o el que va ganando es el otro.

Así que, para mí China es la gran novedad. Y en ese sentido América Latina se parece bastante a África, pero es distinto a África. Se parece al África porque ha sido los dos lugares donde China ha concentrado sus inversiones en materias primas y depende de las materias primas. Y las dos regiones donde China está invirtiendo en infraestructura. El problema es que América Latina tiene un desarrollo mayor y una experiencia política muy superior al África y América Latina es el patio trasero de los Estados Unidos, el África fue el patio trasero de Europa. O sea, es distinto…

Yo creo que acá hay un problema… en el ciclo progresista de la década pasada, hubo cierta conciencia que hay que negociar con China de otra manera, porque hasta ahora el gran perdedor de la relación América Latina/China es América Latina. En el sentido que América Latina vende bienes primarios, China vende manufacturas, hay un déficit comercial enorme y la región está recreando la dependencia. Hubo una conciencia, pero no una acción, por ejemplo, hubo muchas ideas de que había que negociar con China en bloque, pero nunca se llevó a la práctica. Y nunca se llevó a la práctica, porque negociar en bloque implica reducir la autonomía de cada grupo nacional, de cada burguesía nacional. Si negociamos en bloque somos Unasur con China y, en ese caso, no es que el grupo exportador argentino va ahí y vende a China. Y como las clases dominantes son tan fuertes frente a los Estados, no se logró armar eso. Pero esa es la única vía de un desarrollo para América Latina, la única.

Yo no creo que China sea igual a Estados Unidos para América Latina, me parece que es una simplificación. Es una idea fuera de la política, una idea del mundo intelectual, imperialismo 1, imperialismo 2, estoy mirando el mundo de afuera. Yo estoy en el América Latina, si yo quiero un proceso progresista de desarrollo de nuestra región, no es lo mismo. Uno es el opresor tradicional, el otro es una posibilidad de contrapeso que dependerá de cómo la región actúa. Entonces América Latina podría tener un socio en China, en un proyecto de emancipación. Hasta ahora es una idea, pero es importante tomar el registro para no hacer, me parece a mí, la simplificación de que pasamos de una dependencia a otra. Yo creo que no, que es más complejo el tema.

Webber: En la coyuntura actual en América Latina, ¿cuáles son las perspectivas por la izquierda en términos de capacidad de lucha social y en términos electorales?

Bueno, mirá, lo primero es la lucha, la lucha popular. En estos momentos la derecha tiene la iniciativa, pero América Latina sigue siendo una de las regiones de mayor movilización popular del mundo, no como en el ciclo progresista, pero sigue siendo una región con niveles de acción política mayores al resto del mundo.

Yo creo que hay que tener cuidado, hay que tener cuidado con dos errores: es un error pensar que no cambió nada y que ahora estamos igual que la década pasada, no.

Los efectos de esas cuatro rebeliones que generaron el ciclo progresista se agotaron y no apareció una nueva oleada como esa. Tenemos resistencias, pero no hubo 4 rebeliones como las de ese período. Entonces, hay un cambio pero al mismo tiempo no está sepultado lo anterior, no se ha vivido un proceso como se vivió por ejemplo en los años 70, con el golpe de Pinochet, con el golpe de Videla, o sea procesos de contrarrevolución, no habido nada así.

Entonces, como no ha habido una contrarrevolución hay un proceso de avance de la derecha, pero de resistencia popular. Y creo que tenemos que situarnos en ese plano, la lucha está en ese terreno y donde hay una nueva generación, que es interesante, hay una nueva generación, o sea los que están en la lucha ahora ya no son los del ciclo anterior. Y los que están en la lucha ahora han procesado la experiencia del ciclo progresista.

Veremos cómo se traduce políticamente, no sabemos… pero al ciclo anterior la generación llegó sin experiencia, llegó desde el neoliberalismo puro, ahora la nueva generación llega de este proceso. Entonces, veremos… veremos qué resultado tiene esto en el futuro. Es una incógnita, por el momento es una incógnita.

El otro plano es el electoral… con el otro plano hay un sólo país que importa, Argentina. Lo que pase acá es definitorio, así como Venezuela determina todo el escenario geopolítico y social. El resultado de la elección en la Argentina, en octubre, es lo determinante. Es la elección clave. Y es tan importante, en un momento en el cual Macri está en un declive total, Trump sigue apostando todas sus cartas a que Macri pueda ser reelecto. Por eso el Fondo Monetario está haciendo estos préstamos insólitos, donde a un país que va a la cesación de pagos, un país que no va a poder pagar la deuda, le otorga préstamos que amenazan el propio equilibrio financiero del Fondo Monetario. O sea, esto va a pasar a la historia como la aventura del Fondo Monetario para salvar a Macri.

Mi impresión es que no lo va a lograr. Vos estuviste acá y habrás notado que es muy improbable que Macri logre… muy improbable, no descartable. Y entonces, el cambio de ciclo en la Argentina, la llegada de un gobierno distinto y, ni que hablar, si la que llega es Cristina, bueno, va a modificar todos los datos de la región.

Cristina tiene una actitud muy conservadora, muy conservadora, trata de… pero la llegada de ella… no importa lo que ella diga o lo que ella vaya a ser, su llegada implicaría un cambio muy, muy, significativo. Así que los próximos meses de la Argentina son claves, por el escenario electoral y porque la Argentina muy probablemente va a una crisis económica, a un default de la deuda o algo parecido muy grande que va a impactar sobre toda la región. En un país donde los niveles de movilización social son menores que lo que uno está acostumbrado aquí, pero muy mayores a lo que es común en cualquier parte. Entonces, en los próximos meses la Argentina está en el centro.

Y bueno, y después finalmente habrá que ver qué ocurre en el plano ideológico, en el plano de la construcción de alternativas. Que, bueno, también ahí hay un periodo difícil, pero todas las construcciones de la izquierda latinoamericana de la última década están en pie. Y veremos cuál es su traducción… está en pie el ALBA, está en pie el MST (Movimiento de los sin tierra) de Brasil, están en pie todas las redes intelectuales de la izquierda latinoamericana, está vivo el marxismo latinoamericano… yo creo que quizás, en el terreno teórico es donde ha habido… ha sido una década muy provechosa, muy provechosa. Hay muchos intelectuales latinoamericanos que han escrito cosas muy interesantes, muy originales y, por lo tanto, reflejando el contexto revulsivo de América Latina. Así que, en el plano intelectual creo que también podemos ser optimistas por lo que se está haciendo.

Jeffery R. Webber es profesor de economía política en Goldsmiths, Universidad de Londres y coautor de Los gobiernos progresistas latinoamericanos del siglo XXI. Ensayos de interpretación histórica, con Franck Gaudichaud y Massimo Modonesi (UNAM, 2019).