Transnacionalización de la sociedad salvadoreña, producto de las migraciones

Transnacionalización de la sociedad salvadoreña, producto de las migraciones
Elsa Ramos
San Salvador, 2012, Universidad Tecnológica de El Salvador
Índice
Introducción………………………………………………… 5
Aspectos metodológicos…………………………. 8
1.1 Trabajo de campo…………………….. 8
Globalización, migración y transnacionalización.. 13
2.1 De qué va la cultura………………………….. 15
2.2 La globalización y la transnacionalización…………. 17
Procesos de transnacionalización……………….. 20
3.1 Arquitectura de las remesas…………… 28
3.2 Las comunicaciones y la transnacionalización…………………… 38
3.3 Graffiti………………………… 44
Conclusiones…………………………………. 49
Referencias bibliográficas…………………. 51
Anexos……………………… 54
Agradecimientos

La presente investigación no hubiera sido posible sin la ayuda y cooperación de los señores alcaldes, encargados de las casas de la cultura y otros funcionarios de las municipalidades objeto de estudio, por ello, la investigadora agradece profundamente dicha colaboración.
Se les agradece también a los ayudantes de investigación: Edwin Roberto Hernández y Gerson Bernabé Herrera González, por su decidido apoyo y colaboración en las tareas asignadas para la realización del trabajo de campo de la presente investigación.
Resumen
El presente trabajo consiste en un esfuerzo desde la visión histórica y antropológica (método etnográfico) para ofrecer una descripción y análisis acerca de las transformaciones que ha sufrido el país a consecuencia del fenómeno social de las migraciones. La principal transformación observada en este trabajo es la transnacionalización de varias esferas del quehacer de la sociedad salvadoreña. Entre ellas se puede señalar las comunicaciones electrónicas (llamadas también e-comunicaciones) entre los migrantes y sus familiares; la transformación de los espacios urbanos y rurales a partir de la arquitectura de las remesas; los cambios ocurridos en los modelos de la familia salvadoreña; el surgimiento de una señalética bilingüe en varias carreteras y municipios; los aportes de los migrantes a las celebraciones de las fiestas patronales; la difusión del arte callejero llamado graffiti, en especial en San Salvador.
Palabras claves: migración, globalización, transnacionalización.
Introducción
El siglo XXI por todas las características que tiene actualmente se le considera el siglo de las migraciones, las cuales han sido generadas principalmente por el proceso de globalización por el cual atraviesa la humanidad desde finales de la década de los 60 del siglo XX, cuando se inicia la Revolución Científico-Tecnológica (Rasner, 2008), que dio lugar al surgimiento de las computadoras y del internet, y con ello el mundo moderno se transforma en un sistema interactivo en un sentido llamativamente nuevo (Appadurai, 2001).
Desde ese momento desde el cual el mundo en su conjunto no volvió a ser el mismo, se revolucionaron no solo la producción económica, sino también todo el espectro social de la humanidad. Los cambios económicos, llevaron al capitalismo a formular una nueva corriente económica, considerada también una ideología económica (Ciepac, s/f), y que es el neoliberalismo, llamado también capitalismo corporativo, globalización corporativa o simplemente globalización.
Algunas de las características del neoliberalismo-globalización son: la deslocalización laboral, flexibilización del mercado laboral, precariedad laboral, la formación de capitales transnacionales; aplicación del darwinismo social en todas las esferas de la vida social, no solo en el aspecto económico. La aplicación del neoliberalismo conllevó al debilitamiento del Estado como ente regulador de las relaciones entre el capital y el trabajo. La distribución de la riqueza se volvió cada vez más inequitativa, sumiendo a grandes masas de población alrededor del mundo en la pobreza extrema.
Estas personas, al no encontrar alternativas de una vida digna para ellos y sus familias se ven en la necesidad de emigrar. De acuerdo con Appadurai (1993), los flujos mediáticos, a través de las fronteras nacionales, producen imágenes de bienestar que no pueden ser satisfechas por los estándares nacionales de vida y capacidad de consumo. Lo anterior se puede considerar también como un elemento de la sociedad global que impulsa a dejar su país de origen a las personas para alcanzar ese bienestar.
De acuerdo a Rasner (2008), el neoliberalismo transforma el sistema económico vigente en una economía global, que tiene la capacidad de funcionar como una unidad en tiempo real a escala planetaria, gracias a una nueva infraestructura proporcionada por las tecnologías de la información y la comunicación.
En este mundo globalizado, altamente desigual por la aplicación a fondo del neoliberalismo, entre ellas la libre circulación de los capitales transnacionales y la restricción a la libre circulación del capital humano, la población sumida en la miseria se ve obligada a buscar una forma de sobrevivir fuera de las fronteras nacionales; se ve atrapada en una dinámica perversa, pues los Estados de tránsito les prohíben cruzar libremente sus fronteras y alcanzar el país de destino programado por ellos. Los que alcanzan a llegar al país de destino, se enfrentan con leyes discriminatorias, pérdida del derecho a la salud, a la educación y a ser víctimas de la xenofobia y otros.
Para contrarrestar lo anteriormente señalado, varios organismos internacionales, como la Organización de las Naciones Unidas (ONU); la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), y otras, conjuntamente con varios países desarrollados han propuesto la gobernanza de las migraciones, que no es más que la implementación de una migración laboral regulada.
En el año 2012, la empresa canadiense Maple Leaf Foods, le solicitó a la oficina de OIM en El Salvador, reabrir el Proyecto de Trabajadores Temporales a Canadá (OIM, 2012), para que trabajarán en sus plantas ubicadas en Lethbridge y Brandon.
Sin embargo, la implementación de este proyecto no es más que es una gota de agua en el desierto, pues, de acuerdo a noticias en los medios locales, solamente se aceptaron 135 solicitudes de trabajo, ante la avalancha de 4.500 solicitudes. Claro, también los requisitos que requerían eran difíciles de llenar; por ejemplo: tener entre 20 y 35 años de edad; bachillerato aprobado; experiencia laboral de tres años en el área de cárnicos; aprobación de prueba de inglés de nivel medio y otros. El cuestionamiento que surge es el siguiente: ¿Puede realmente la gobernanza de las migraciones detener el flujo miles de migrantes indocumentados?
En la presente investigación se busca evidenciar los cambios culturales que están transcurriendo en El Salvador, encontrar qué elementos de transnacionalización se están desarrollando actualmente y cómo están incidiendo para que la sociedad salvadoreña se transforme. No se trata de juzgar si los cambios están jugando un papel positivo o negativo. Es importante comprender que la cultura es histórica, dialéctica, y que está en constante movimiento y transformación. La práctica le indicará a la sociedad qué es lo que debe de preservar y que desechar.
Este trabajo contiene una gran cantidad de imágenes, teniendo en cuenta que la fotografía es un testigo fidedigno de lo que pasó, en donde se deja plasmado un momento histórico preciso, sin ninguna interpretación; y es el lector-observador el que se formará su propio juicio individual, y a su vez colectivo, para entender y comprender más fácilmente los cambios y las transformaciones que están sucediendo en la sociedad salvadoreña.
Aspectos metodológicos
La presente investigación desde el inicio se diseñó como una investigación de tipo cualitativo, en donde principalmente se utilizaría el método etnográfico, el cual no solo incluye descripción, sino también procesos de interpretación y teorización (Aguerre, 1995). Dentro de las técnicas escogidas para la realización del trabajo de campo están la observación, entrevistas semiestructuradas (ver anexo 1), conversaciones informales con habitantes de las comunidades objeto de estudio, como por ejemplo los dueños de los comedores en donde se desayunaba o almorzaba, personas que estaban en los parques; toma de fotografías de los diferentes aspectos culturales transnacionalizados.
En lo que se refiere a la señalética no sólo es la de los municipios objeto de estudio, sino también la señalética encontrada en las carreteras que se recorrían para llegar a dichos municipios. Hay que entender que la señalética bilingüe no surge necesariamente por el desarrollo del turismo en el país, sino como una forma de reproducción de las habilidades lingüísticas adquiridas y de trasladar de alguna forma el entorno en que viven las personas migrantes en el país de destino. La señalética es en inglés, pues la mayoría de las personas migrantes residen en los Estados Unidos.
Otro elemento importante de la transnacionalización, y quizá el más llamativo, es la arquitectura de las remesas, que ha transformado los paisajes rurales, llegando incluso a dar la sensación, al ver estas construcciones que no se está en El Salvador.
Otro elemento que se ha tomado en consideración es el graffiti en la ciudad de San Salvador, que en la década de 1990 aproximadamente resurge, pero ya con elementos transnacionales, pues fue traído este nuevo modelo por algunas personas deportadas, y, por último se han tomado en cuenta sitios y lugares que se consideraron simbólicos para los procesos de la transnacionalización en marcha en el país. También se realizó una serie de tomas de video en vista de la realización de un documental, en donde quede plasmado el actual proceso de transnacionalización y de hibridación cultural en el país.
1.1 Trabajo de campo
De acuerdo con lo escrito e investigado sobre el fenómeno social de las migraciones en el país, se conoce que en la actualidad no hay departamento de este, que no cuente con personas migrantes; y es muy raro que una familia no tenga parientes fuera del país. A pesar de que El Salvador es un país muy pequeño, desde el punto de vista territorial, es imposible cubrir, para una investigación de tipo cualitativo los 262 municipios con que cuenta.
Por ello se optó escoger como objeto de estudio a los diez municipios que reciben más remesas, de acuerdo con los datos proporcionados por el PNUD en el año 2011. Vale aclarar que de estos diez municipios no se visitó uno de ellos, específicamente Meanguera del Golfo, que es una isla ubicada en el golfo de Fonseca, por lo difícil que se hace transportarse hasta ese sitio. Sin embargo, se decidió incluir a dos municipios más, que se han convertido en iconos de la migración en El Salvador, dichos municipios son: Intipucá y Santa Rosa de Lima, ambos ubicados en el departamento de La Unión.
A continuación, la tabla 1 en donde se especifican los 11 municipios objeto del estudio de campo:
Tabla 1
Municipios objeto de estudio
Nº Municipio Departamento % remesas
1 San Antonio Pajonal Santa Ana 28,0
2 Sta. Rosa Guachipilín Santa Ana 30,7
3 Nombre de Jesús Chalatenango 27,7
4 El Carrizal Chalatenango 28,2
5 Agua Caliente Chalatenango 28,1
6 Yoloaiquín Morazán 28,7
7 Concepción de Oriente La Unión 43,9
8 Bolívar La Unión 30,4
9 Pasaquina La Unión 29,7
10 Sta. Rosa de Lima La Unión s/d
11 Intipucá La Unión s/d
Tabla propia, elaborada con datos del Mapa de Migraciones de PNUD (2011).
Debe de tomarse en cuenta que los municipios señalados en la Tabla 1 corresponden a datos de 2011, ya que no siempre ha sido los mismos municipios con el mayor índice de recepción de remesas. Así, por ejemplo, para el año 2004, de acuerdo con datos del PNUD (2005) consignados en el Informe de Desarrollo Humano, El Salvador 2005, se señala que esos municipios eran: Polorós, Bolívar, El Sauce, Anamorós, Meanguera del Golfo y Concepción de Oriente (estos seis municipios ubicados en el Departamento de La Unión); los siguientes tres municipios eran El Divisadero, Yoloaiquín y Sociedad (ubicados los tres en el departamento de Morazán); y el décimo municipio señalado era San Gerardo, en el departamento de San Miguel. Como se observa, todos sin excepción están ubicados en la zona oriental del país.
Sin embargo, como se puede ver en la tabla 1, esta composición se ha diversificado. Así, se tiene que dos municipios están ubicados en el departamento de Santa Ana y tres en Chalatenango, lo que indica que la mitad de los diez municipios que reciben más remesas están en la zona occidental del país, cuando para el 2004 no figuraba ninguno; y los restantes municipios siguen ubicados en la zona oriental del país.
También es importante señalar que, de acuerdo con el VI Censo de población del año 2007, realizado por la Dirección General de Estadística y Censo (Digestyc), los departamentos que más contribuyen al fenómeno social de las migraciones son: San Salvador, San Miguel y Santa Ana.
El equipo de investigación estaba conformado por una investigadora y dos ayudantes de investigación, ambos estudiantes de la Licenciatura en Antropología. Las tareas asignadas a cada miembro del equipo de investigación se definieron desde el principio, y se iban haciendo ajustes de acuerdo con las necesidades que se iban presentando. La investigadora se encargaba de organizar toda la logística necesaria, establecer los contactos de antemano (cuando se podía) con las personas que se entrevistarían en cada municipio, normalmente el o la encargada de la casa de la cultura, el alcalde o cualquier otro funcionario que conociera a fondo la situación migratoria y los cambios culturales provocada por esta. La mayoría de las entrevistas a los funcionarios y funcionarias fueron realizadas por la investigadora.
En cuanto a los ayudantes de investigación, se encargaban de hacer un recorrido lo más completo posible en el casco del municipio para observar el ambiente, la gente, su comportamiento, su forma de vestir; hacer fotografías y realizar entrevistas a los encargados de los ciber cafés y sostener platicas con algunos de los habitantes de la localidad. Una vez concluido el proceso de entrevistado a los funcionarios, se reunía el equipo; y en algunas ocasiones se visitaba uno o dos cantones que se hubieran sugerido en las entrevistas, porque había muchas muestras de arquitectura de las remesas, señalética o símbolos de la transnacionalización de la cultura. Los ayudantes de investigación debían entregar un reporte de su diario de campo después de cada visita.
Tabla 2
Municipios y entrevistas
Nº Municipio Entrevistas
1 San Antonio Pajonal Alcaldesa Encargada Casa de cultura Platicas en el parque con habitantes
2 Santa Rosa Guachipilín Encargada de agencia de viajes y turismo, que colabora activamente con la alcaldía
3 Nombre de Jesús Alcalde
4 El Carrizal Alcalde Síndico
5 Agua Caliente Alcalde
6 Yoloaiquín Encargado de sociales de la alcaldía
Señora que descubrió virgen de Guadalupe en árbol de mango
7 Concepción de Oriente Alcalde Exalcalde de la década de los 60 Dos pobladores
8 Bolívar Encargada de juventud y turismo
Encargado de proyectos
9 Pasaquina Encargada de casa de la cultura y su auxiliar
10 Santa Rosa de Lima Encargado de pastoral social de la iglesia de SRL
11 Intipucá Alcalde Coordinador de proyectos Coordinadora de turismo Conversación con el síndico de la alcaldía

Como se observa en la tabla 2, se logró realizar 20 entrevistas en los 11 municipio que se visitaron, cabe aclarar que en muchos municipios fue muy difícil establecer contacto días previos a la visita de campo, por fallas en las líneas telefónicas, o porque los teléfonos ya no existían y las páginas web de los municipios no las actualizan de forma permanente y tampoco la página web del Instituto Salvadoreño de Desarrollo Municipal (Isdem), a tal punto que tampoco se encontraban los nombres de los nuevos alcaldes.
El trabajo de campo en su mayoría se realizó en los meses de mayo, junio y julio, cuando recién los alcaldes y sus concejos municipales habían tomado posesión de sus cargos; por ejemplo, en la alcaldía de Santa Rosa de Lima el alcalde no quiso recibirnos, pues supuestamente lo habían amenazado de muerte por el solo hecho de haber ganado las elecciones de marzo de 2012.
En relación con las entrevistas que se debían realizar a los encargados de los ciber cafés, se suspendió de realizarlas pues, dada la expansión de las compañías privadas de cable y televisión al interior del país hasta los cantones más alejados cuentan con el servicio de cable y los ciber cafés has dejado de ser utilizados como principal medio de comunicación entre las personas migrantes y sus familiares en el país.
Dichas compañías han promovido la venta de paquetes promocionales que incluyen línea de teléfono fijo, internet residencial, televisión por cable y la venta de una laptop, hecho que ha incidido en que cada vez menor número de personas acudan a requerir los servicios de los ciber cafés para comunicarse con sus familiares en el exterior. Ahora ya se pueden comunicar, desde y hacia el exterior, desde la comodidad de sus hogares. Las promociones para llamar telefónicamente hacia Estados Unidos y Canadá, casi permanentemente están en oferta, que, después de cierta cantidad de minutos al aire, el tiempo sin límite “es completamente gratis”.
En cuanto al proceso de fotografiado de la arquitectura de las remesas, la señalética y otros elementos de transnacionalización, mientras la investigadora tomaba las entrevistas, los ayudantes de investigación se dedicaban a realizar el proceso de fotografiado.
Al terminar las entrevistas, la investigadora se integraba al proceso de fotografiado, y además se hacía un breve recorrido de inspección; y si había algún elemento llamativo en relación con el transnacionalismo y no se había fotografiado, se procedía a hacerlo. Así, se logró, por ejemplo fotografiar unos graffitis en contra de la población nicaragüense. Como se observa, cada quien hacía sus propias tomas; de estas se utilizarán las mejor logradas. También se usó este mecanismo para evitar que el trabajo de todo un día se echara a perder, en caso de algún desperfecto o que el aparato fuera atacado por un virus informático.
Acerca de la globalización, la migración y la transnacionalización
En los últimos años se ha vuelto frecuente, en los medios de comunicación social del país, repetir hasta el cansancio que la población salvadoreña carece de cultura, de identidad nacional, pero no especifican qué entienden por cultura y por identidad nacional. Estos signos de alarma están relacionados principalmente con el hecho de que los jóvenes salvadoreños actualmente, y por ser producto de la época que les ha tocado vivir, forman parte de la llamada generación “Y” , o sea, jóvenes acostumbrados desde que nacen a tener, en sus hogares, todo tipo de aparatos electrónicos y digitales; son dependientes de sus teléfonos celulares, que ya no solo sirven para comunicarse telefónicamente, sino que tienen integrado el servicio de internet; y de ahí que, las muchachas y muchachos estén integrados a las redes sociales transnacionales.
Los programas de televisión que ven son también de factura transnacional, y, en gran medida son tv adictos y celular adictos, los mayores se preocupan e imaginan que estos jóvenes no saben nada de su país y están adoptando más los patrones de conducta y valores que reciben a través de los medios de comunicación transnacional. Un ejemplo claro de dicha situación fue el boom de los adolescentes emos, que tanto revuelo levantó en el sistema de educación, las iglesias de todas las denominaciones y los medios de comunicación. Pero el tiempo mostró que fue solo un evento pasajero, una moda. Lo anteriormente expresado está relacionado con que gran parte de los jóvenes que tienen parientes fuera del país, son abastecidos por estos de los modelos de última generación en teléfonos celulares, iPod, tablets. En ese sentido, la parentela en el exterior contribuye a la globalización y transnacionalización de esta nueva generación.
Cabe interrogarse acerca de qué tan ciertas son las afirmaciones de que carecemos de cultura, de identidad, y de que lo poco con que se cuenta se está perdiendo por la globalización.
El Salvador, al no contar con un proyecto de Estado-Nación, desde su nacimiento al concluirse el proceso de independencia y después al fracasar en 1839 el proyecto de la República Federal de Centroamérica, no ha logrado la clase hegemónica concretar tampoco lo que se ha dado en llamar la identidad nacional.
Al introducirse la producción de café a gran escala, la oligarquía cafetalera en formación intentó un proyecto de Estado-Nación, la creación de una identidad, pero desde una perspectiva excluyente (Lara Martínez, 2009), siempre con la vista hacia Europa como lo civilizado, lo moderno y despreciando las profundas raíces indígenas y los aportes africanos. A lo sumo, sólo se crearon los símbolos formales de esa identidad: el escudo, la bandera, el himno, la oración a la bandera, hacia finales del siglo XIX y principios del XX.
La construcción de la nación como una comunidad política imaginada, inherentemente limitada y soberana, de acuerdo con lo postulado por Anderson (1991), aún no ha concluido. Y en un país en donde a la fecha no se cuenta con políticas culturales y que está inmerso en el siglo XXI, en un amplio proceso de globalización y transnacionalización, es más que natural que se planteen dudas acerca de la cultura y la identidad nacional.
De acuerdo con lo expresado por García Canclini (2001), la identidad es la forma en que las comunidades se imaginan y construyen relatos sobre su origen y desarrollo. Al no concluir el proceso de construcción de la nación imaginada en el país, tampoco se ha terminado la construcción de la identidad nacional. Lo anterior se puede ver como oportunidad o como desventaja.
Como oportunidad, porque da espacio a una construcción más democrática, más horizontal y direccionada también desde abajo; una construcción en donde se tomen en cuenta todos los retazos de las identidades locales y regionales acumuladas y enriquecidas por el tiempo; pero que aún los gobiernos en turno, sean del signo que sean, no se han dado a la tarea de desarrollar políticas públicas para esa construcción.
Como desventaja, quizá porque se está inmerso en la globalización y, conjuntamente con esta, en la transnacionalización de nuestra sociedad. Lo anterior es relativo, pues se ha observado que muchas de las comunidades organizadas, de la diáspora, están en la tarea de preservar y transmitir a la segunda y tercera generación de salvadoreños en el exterior (sus hijos y nietos), el español salvadoreño, las comidas tradicionales, eso al interior de los hogares. Al exterior, en el país receptor, las celebraciones del Divino Salvador del Mundo ya no sólo en la ciudad de Los Ángeles, sino en otras comunidades; colaboran activamente en algunos municipios de origen en El Salvador a la celebración de las fiestas patronales.
2.1 De qué va la cultura
Cabe aclarar que dentro de un país, por pequeño que sea, como es el caso de El Salvador, no se puede ni se debe de afirmar que no hay cultura, que no hay identidad. La cultura es parte consustancial a la naturaleza humana. De acuerdo con lo que expresa Kottac (2011), la cultura es una característica del ser humano. La cultura es todo lo que producimos los seres humanos en nuestro quehacer material y espiritual; la cultura es histórica; a cada período histórico, a cada coyuntura tempo-espacial le corresponde uno o varios tipos de cultura.
No existen culturas puras; el ser humano, por naturaleza y necesidad es social, por ende, se interrelaciona en su misma comunidad, con comunidades vecinas cercanas y con el desarrollo de los medios de transporte y de comunicación, con comunidades y países de su región y extra regionales. Dichos intercambios comerciales en principio se convierten en los medios idóneos de conocer otras culturas y adoptar aquellos elementos que se consideren beneficiosos para la sociedad.
La cultura es dialéctica, nunca esta estática, siempre está en constante movimiento y transformación, de acuerdo a las necesidades que se deben satisfacer y que las sociedades vayan afrontando. Por ello, en el momento actual, que se está en pleno proceso de globalización y transnacionalización, la cultura salvadoreña de forma no planificada o inconscientemente se está transformando, y los cambios se dan a una velocidad que anteriormente no se observaba; y esa velocidad corresponde al alto ciclo de renovación e innovación científico-tecnológica.
Cuando se escuchan esas voces de que no tenemos cultura, identidad nacional, de que estamos perdiendo nuestros valores, costumbres y tradiciones, por el influjo de las migraciones y de los medios de comunicación social se podría considerar que no se entiende el proceso de cambio; que se pretende quedar con lo viejo y conocido; pero no por ello útil en estas nuevas circunstancias.
Se puede añadir, también, que es relativamente reciente la producción de investigaciones sobre el desarrollo cultural en el país. Recuérdese que no ha habido una política pública desde el Estado para crear las escuelas de historia, antropología y arqueología en el país. No es sino hasta la primera década del siglo XXI que se crean estas tres carreras; y ya los primeros egresados unidos con los profesionales que se formaron en el exterior y se han incorporado a la academia y a los centros de investigación, han empezado a generar una serie de estudios culturales; que están informando de una forma más profunda y científica de lo que ha pasado y está pasando en el país desde el punto de vista de la cultura.
De acuerdo con Kottac (2011), Lara Martínez (2009) y otros, no existe una sola cultura, una sola identidad, sino que hay culturas e identidades. En el Salvador, como en cualquier otro país, se puede hablar de una cultura e identidad rural y una urbana por cada región (occidental, central y oriental); departamental, cantonal, de barrio y colonias; clasista (burguesía-oligarquía, clase media, clase trabajadora) y otras. Estas culturas conviven juntas, y en ese convivir se mezclan, se sincretizan, se creolizan, se estereotipan, en fin, como afirma García Canclini (2001), se hibridan y dan lugar a nuevas expresiones culturales, a nuevas identidades, a nuevos imaginarios.
“Imaginario social es el conjunto de representaciones (imágenes, símbolos, discursos) del orden social en los cuales los individuos se reconocen (o se desconocen) a sí mismos como parte de un grupo social. Lo imaginario tiene carácter histórico y no se dan al margen de las relaciones sociales.” (PNUD, 2008).
Como ya se mencionó en párrafos anteriores, no existen culturas puras; y mucho menos en la actualidad, cuando todos los países del mundo viven inmersos en el proceso de globalización, que trae aparejado, entre otros elementos, a la migración internacional, formándose una complicada red de interrelaciones entre migración, globalización, medios de comunicación social, telefonía digital, que han transformado radicalmente las formas de ver, pensar, percibir lo que está sucediendo en la sociedad actual.
En el caso que nos interesa, que es la transnacionalización de la sociedad salvadoreña, esto se manifiesta en diferentes áreas y ámbitos. A partir de la migración internacional, las estructuras tradicionales de la familia han cambiado y han surgido las familias transnacionales.
Parte de la cultura intangible está reflejada en la música; se escuchan y se reproducen ritmos musicales influenciados por diferentes partes y regiones. Así, la música andina es común escucharla no solo en la radio, sino que también en los conciertos populares o en el servicio de transporte público; en los festivales e incluso en fiestas patronales. En los espacios juveniles se han hecho comunes las batucadas (música proveniente de Brasil); y en los municipios del área rural, es frecuente escuchar la música grupera y de banda, también llamada música norteña, además de la música comercial venida de los grandes consorcios transnacionales. ¿Cómo entender toda esta proliferación de manifestaciones culturales? ¿Cómo interpretarlas? ¿Acaso hay que oponerse a ellas, resistirse?
En la década de 1990 del recién pasado siglo, varios intelectuales hablaban de que había una especie de “angustia”, pues se consideraba que la globalización iba a homogenizar las culturas nacionales. El tiempo ha pasado y nada de esto ha ocurrido. No se puede hacer borrón y cuenta nueva en la cultura. Lo importante es entender los procesos de cambio que ocurren, Néstor García Canclini, en varias de sus obras sobre cultura, propone estudiar los nuevos eventos culturales bajo el concepto de hibridación cultural.
Así, García Canclini (2001) afirma que la hibridación son procesos socio-culturales en los que estructuras o prácticas discretas, que existían de forma separada, se combinan para generar nuevas estructuras, objetos y prácticas. Este concepto ayuda a entender qué es lo que está sucediendo en el país, a raíz del impacto en todos los ámbitos de la sociedad por el fenómeno social de las migraciones internacionales y la globalización.
Así, este mismo autor, considera que la hibridación es un término de traducción entre mestizaje, sincretismo y fusión, de los otros vocablos empleados para designar mezclas particulares; o sea, estamos hablando de un término o concepto polisintético, que abre varios caminos de análisis para emprender el estudio de las transformaciones culturales de la sociedad actual.
2.2 La globalización y la transnacionalización
Como ya se ha mencionado en múltiples ocasiones en este trabajo, estamos en pleno proceso de globalización y transnacionalización; pero qué son y cómo se entienden estos procesos. En relación con la globalización, se debe de acotar, que a la fecha, existen varios conceptos y que, además, aún no existe un acuerdo de cuándo y cómo se inició o surgió (García Canclini, 2000).
Para iniciar, en este trabajo, se considera que la globalización es una etapa más del desarrollo del capitalismo; o sea, no se está haciendo referencia a un nuevo sistema socioeconómico y político. La globalización no solo abarca el espacio económico, sino que transversaliza todos los ámbitos de la sociedad mundial, ninguno queda fuera de ella. Así, la globalización es aquel proceso económico, político, ideológico, social y cultural en donde todas las economías están interrelacionadas y son interdependientes; una sociedad ampliamente informatizada, que da lugar a que, tanto las transacciones económicas, sociales, políticas y culturales se afecten mutuamente, que se conozcan de inmediato. Todo lo anterior ha dado lugar a que autores, como McLuhan, hayan considerado que el mundo actual es una aldea global (McLuhan y Powers, 1993).
En cuanto a los orígenes de la globalización, se coloca como punto de partida en este trabajo la Revolución científico-técnica (RCT), que se inicia después de la Segunda Guerra Mundial, con los avances de la electrónica, que a su vez propiciaron el surgimiento de la computadora y más tarde el surgimiento de la internet. Se considera que, si bien es cierto ya se había desarrollado un proceso de internacionalización de la economía y la cultura desde inicios del siglo XX, pero no se había creado los vínculos de interdependencia necesarios para la globalización; y que esta solo se inicia con las computadoras personales (PC) y la Internet.
García Canclini (2000) dice que “la transnacionalización es un proceso que se va formando a través de la internacionalización de la economía y la cultura, pero da algunos pasos más desde la primera mitad del siglo XX al engendrar organismos, empresas y movimientos cuya sede no está exclusiva ni principalmente en una nación. No obstante, en este segundo movimiento, las interconexiones llevan la marca de las naciones originarias”.
El Salvador, como país en vías de desarrollo, con una economía terciarizada, deprimida por la aplicación exhaustiva del neoliberalismo, ha llegado a la zaga de la globalización; y se ha comentado que la única participación del país en este proceso ha sido el flujo masivo de personas migrantes hacia diferentes partes del mundo, a Estados Unidos de América principalmente (PNUD; 2005)
Como producto de la globalización y del fenómeno social de las migraciones, el país ha sufrido cambios importantes en todas las esferas de la sociedad, inclusive en el Idhes 2005, del PNUD, se habla de “un nuevo nosotros”. El país se ha convertido en un país de tránsito, de destino y expulsor de migrantes; la fisonomía de los municipios pueblos y cantones del país se ha transformado gracias a la arquitectura de las remesas; la familia también se ha transformado para convertirse en familias transnacionales, en donde uno o varios de sus miembros poseen doble ciudadanía; varios miembros de una familia residen en diferentes países, en donde han aprendido nuevas costumbres y tradiciones, un nuevo idioma, una cultura laboral diferente, una cultura política también diferente; han aprendido en los países de destino, que las leyes sí se cumplen estrictamente y al regresar al país de visita, se extrañan que aquí sea todo lo contrario.
El país, como destino de personas migrantes, alberga cada día más centroamericanos; las calles de San Salvador se ven adornadas con los trajes propios de diferentes regiones de Guatemala; se escuchan diferentes lenguas nativas de los pueblos guatemaltecos; los mismos salvadoreños junto con sus familias, cuando vienen de visita al país, ya no hablan el español con sus hijos e hijos, sino el idioma de su país de destino (inglés, francés canadiense, italiano, sueco). En oriente, específicamente en Santa Rosa de Lima, cada 7 y 8 de diciembre, se celebra la fiesta de la purísima con bailes y cantos tradicionales de Nicaragua y a la par la gigantona de Jocoro municipio del departamento de La Unión (Ramos, 2008).
Somos una sociedad en pleno proceso de transnacionalización.
La transnacionalización en El Salvador
Como ya se mencionó al inicio de este trabajo, el siglo XXI es considerado como, el siglo de las migraciones, pues la población migrante, a pesar de los obstáculos naturales (ruta del migrante, océano, ríos, desiertos), los obstáculos sociales (delincuencia común y organizada, corrupción de autoridades migratorias) y los obstáculos legales (leyes excluyentes y xenófobas, violaciones a los derechos humanos), ha seguido creciendo de forma ininterrumpida. Así, según datos de la ONU y de la OIM (datos y cifras), para el año 2000, a escala mundial habían 150 millones de personas migrantes; para el año 2010 esa cifra se elevó a 214 millones, y se espera que para el año 2050 la cifra de personas migrantes alcance los 405 millones.
De acuerdo con cifras presentadas en el Mapa de las Migraciones de El Salvador (PNUD, 2011), El Salvador cuenta con 2.950.126 personas migrantes en varios países del mundo; de ellas, 2.587.767 millones radican en Los Estados Unidos de América. Si se realiza una simple operación matemática, entre el total de población (de acuerdo al VI Censo de Población) y la cantidad total de personas migrantes se obtiene que un 32.17 % de la población salvadoreña reside fuera de las fronteras nacionales.
Si bien es cierto que la crisis económica que ha venido afectando a los Estados Unidos. a partir del año 2007, y que tuvo su punto más álgido en el año 2009, provocó que los flujos migratorios hacia ese país se mermaran, las migraciones no se suspendieron del todo o casi del todo, como ha sucedido con los migrantes mexicanos, cuyas autoridades incluso hablan de una tasa “cero” de migración.
Para el caso específico de El Salvador, la mayoría de personas que emigran hacia los Estados Unidos lo hace de forma indocumentada, utilizando los múltiples puntos ciegos existentes en el país. De esto nunca se ha contado con una estadística fidedigna; con lo que cuenta la Dirección de Migración y Extranjería es con los saldos migratorios de las personas que atraviesan de forma documentada las fronteras nacionales, pero esos saldos no reflejan realmente la magnitud del fenómeno migratorio.
Otra forma de cálculo indirecto es a través de las personas que son deportadas vía terrestre y vía aérea, que fueron retenidas en territorio mexicano o atravesando la frontera México-Estados Unidos. De acuerdo, con el testimonio del padre Alejandro Solalinde, director de la Casa del Migrante “Hermanos en el Camino”, de la ciudad de Ixtepeque (Oaxaca, México), durante la Sexta Semana del Migrante, realizada en septiembre de 2012 en la Utec, comentaba que, a partir del 2009, a causa de la crisis económica que sufrió los Estados Unidos, bajó el flujo de personas migrantes salvadoreñas hacia el Norte, pero no paró. Añadiendo que, a partir del mes de junio del 2012, el flujo había comenzado a aumentar paulatinamente de nuevo.
Bien. Pero por qué la población salvadoreña ha migrado masivamente desde hace un poco más de tres décadas. Debe de recordarse que migración siempre ha habido, pero los flujos no han sido masivos. No es sino hasta finales de la década de los 70, toda la década de los 80, hasta el año de 1992 en que el país se vio en la vorágine de la represión política y de la guerra civil, que obligó a grandes sectores de la población salvadoreña a inmigrar, primero a otras zonas del país que no estaban afectadas por el conflicto armado; pero con el transcurrir del tiempo, y no avizorarse una pronta finalización del conflicto, cientos de miles decidieron emigrar fuera de las fronteras nacionales, dirigiéndose a países vecinos de Centroamérica, a México, a Canadá y a algunos países europeos, y en mayor cantidad hacia los Estados Unidos.
Tres años antes de que finalizara el conflicto armado, en el país se inicia la aplicación de Planes de Ajuste Estructural (PAE), que formaron parte de la dinámica de instauración desde fuera del neoliberalismo. Lo anterior, contrario a lo que se prometió, que iba a sacar al país de la pobreza y la desigualdad a través de la teoría del rebalse, solo ha profundizado la histórica e inequitativa distribución de la riqueza; desmejoró la calidad de vida de la población salvadoreña, que, aunada a los desastres naturales y al clima de violencia social que prevalece en el país, ha permitido que los flujos migratorios, en lugar de disminuir, sean constantes, y que no se ve que a corto plazo se detengan; o sea, el fenómeno social de las migraciones, en el país, no se detendrá, mientras no se solucionen los problemas estructurales que lo afectan.
El Salvador, al igual que la mayoría los países del mundo, está dentro del proceso histórico multidimensional de la globalización, que no solo abarca la economía, transformándola, sino que a su vez, cambiando todos los procesos socioculturales, políticos e ideológicos; o sea, si un componente de la sociedad cambia, todos los demás factores cambian también (Kottak, 2011).
Los seres humanos y las diferentes culturas, de forma permanente o esporádica, han tenido contactos, se han influido mutuamente, y de esos encuentros han surgido nuevas formas de pensamiento, nuevas expresiones culturales. La globalización, al impactar todas las aristas de una sociedad, las está transformando, no uniformando, como algunos autores afirman. Las nuevas manifestaciones culturales pueden ser parecidas pero no iguales, cada pueblo le da su propia vida.
El país, después de más de tres décadas de intensos flujos migratorios, se ha transformado gracias a estos. De acuerdo con el Informe sobre Desarrollo Humano 2005 (PNUD), se diagnosticó que el país requería la construcción de un nuevo nosotros. Se podría considerar que ese nuevo nosotros no ha esperado, ya se está construyendo. La historia no espera se hace día a día, minuto a minuto, son las propias fuerzas sociales; o sea, las personas migrantes y sus familiares que se quedan en el país, la población en general; el influjo de los medios de comunicación social; las fuerzas económicas nacionales y transnacionales, las que están realizando esa transformación-construcción, la cuestión, es que hay que estudiarlo para comprenderlo.
A continuación se presenta el gráfico 1, en donde se quiere representar, grosso modo el proceso de globalización y transnacionalización.
Gráfico 1
En 5 círculos concéntricos, inicia con Globalización, sigue Neoliberalismo, sigue Capital transnacional, sigue Capital humano transnacional, sigue y concluye Cultura transnacional.
Elaboración propia.
Con el gráfico 1, lo que se pretende es mostrar gráficamente la íntima relación que existe entre la globalización económica, difundida a través del neoliberalismo como agente de expansión económico, aparejado con el surgimiento de los capitales transnacionales, que están conformados por alianzas estratégicas entre empresarios, industriales, banqueros, capital especulativo; y que no se adscriben a un país específico de origen, de ahí su nombre. }
A la par, se da también el desarrollo del capital humano transnacional (personas migrantes de todas partes del mundo, distribuidas así mismo a escala mundial, en donde encuentren cabida, en donde los necesiten como mano de obra barata). Por último, y como consecuencia de los demás procesos globalizantes, el surgimiento de una cultura transnacional en los ámbitos local, nacional, regional y mundial, toda la cultura transnacional íntimamente relacionada. En esta relación, aunque se han colocado en un orden, no significa que una fue dando lugar a la otra, sino que son procesos simultáneos.
Con este gráfico se quiere mostrar la íntima relación que tienen todos los procesos de transnacionalización generados por la globalización; o sea, es seguro que si no hubiere globalización, los demás procesos no tendrían lugar.
Continuando. La ilusión de toda persona al partir es mejorar la calidad de vida de su familia, la alimentación, la educación y la salud, en primera instancia; en segunda instancia está mejorar la casa, si es que ya se tiene una, o comprar el terreno para construirla.
Es así que se ha formado una economía de la migración, que engloba actividades como la construcción, los bienes raíces, el mercado de los usados (vehículos, ropa, repuestos, llantas, etc.), el transporte aéreo; los servicios profesionales, como médicos, odontológicos y legales; la exportación de productos nostálgicos (PNUD, 2005).
Es precisamente en relación con y alrededor de esa economía migratoria que se van originando los componentes de la transnacionalización de la sociedad salvadoreña. En lo económico, de acuerdo con la cantidad de remesas que recibe anualmente el país, se considera que estas representan aproximadamente el 17% del producto interno bruto. Si en el país disminuyen las remesas, el país entra en crisis; las remesas son mayores que toda la inversión extranjera anual.
Gracias a las remesas han surgido en el país grandes centros comerciales (malls), sobre todo en Santa Ana, San Miguel y San Salvador, en donde se puedan gastar las remesas. Se puede presentar, como hipótesis de futuros trabajos, que incluso el Tratado de Libre Comercio firmado con Estados Unidos, República Dominicana, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica (DR-CAFTA, por sus siglas en inglés), fue para facilitar la venta de los productos nostálgicos a los compatriotas que residen en los Estados Unidos.
Desde el gobierno, y por la importancia de la población migrante, en el año 2004 se crea el Viceministerio para la Atención de los Salvadoreños en el Exterior, el cual no solamente se encarga de la defensa de los derechos humanos de la población migrante en tránsito, en labores de tipo humanitario como la gestión para el pronto regreso de las personas deportadas y la repatriación de salvadoreños fallecidos fuera del país, sino para promocionar y fortalecer los lazos culturales y el fortalecimiento de la identidad entre las primeras, segundas y demás generaciones de salvadoreños nacidos en el exterior.
Un hito importante dentro del imaginario de los que se quedan y de los que se van ha sido la creación, por un reconocido medio escrito, del “Departamento 15” (la República de El Salvador está compuesta por catorce departamentos), dedicado a toda la población migrante. Este un “departamento” que solo existe en el imaginario, y que está totalmente desterritorializado. Es como decirle a la población migrante dispersa en varios países del mundo: “Ustedes no están físicamente, pero están aquí, presentes en el país”.
En ese sentido, la mayoría de los canales de televisión del país difunden sus transmisiones no solo a escala nacional, sino también internacional. Es más, los presentadores de los noticieros estelares siempre les dedican un saludo a los compatriotas en el exterior. Tanto los periódicos escritos como los digitales contemplan una sección especial dedicada a las migraciones. En algunos periódicos virtuales, en la sección de opinión, escriben sus pareceres varios compatriotas que viven en el exterior.
Ciudadanía transnacional
Uno de los efectos de la migración internacional en El Salvador, y fuera de este, es que la población que migra contrae matrimonio con personas de otras nacionalidades. Así, se pueden observar parejas de salvadoreñas con mexicanos, guatemaltecos, puertorriqueños, con suecos, alemanes y otras nacionalidades; lo mismo ocurre con los hombres salvadoreños, lo que a la postre genera que las hijas e hijos de estas parejas binacionales puedan optar, si las leyes de los respectivos países lo permiten, tener doble y triple nacionalidad y, por ende, triple ciudadanía.
Así, por ejemplo, si un niño o una niña es producto de una pareja de salvadoreña(o) con extranjero(a), y nace en los Estados Unidos, por derecho de ius soli, ese recién nacido es de facto estadounidense-salvadoreño; y si la pareja es de origen mexicano, la constitución de ese país permite la doble nacionalidad, y en el caso salvadoreño, se permite la múltiple nacionalidad.
Culturalmente ese recién nacido, en la medida que va creciendo, adquirirá rasgos culturales del país en que nació, y de su padre y madre. Estamos hablando en ese caso de una multiculturalidad o cultura transnacional, así como de una identidad y nacionalidad transnacional.
Claro, la oportunidad de tener el privilegio de optar por una doble o múltiple nacionalidad, en el caso de las personas migrantes salvadoreñas, la obtuvieron a partir del momento en que pudieron legalizar su situación migratoria en el país receptor, pues la mayoría se ha visto en la necesidad de vivir en el anonimato por el hecho de ser indocumentado, pero después de muchas luchas en los países de destino, han logrado regularizarse e iniciar los trámites para la reunificación familiar.
En el trabajo de investigación “La nacionalidad de las personas en El Salvador (Orantes, 2003), la autora ofrece un recorrido histórico de la evolución de la nacionalidad en el país a través de las trece constituciones que ha tenido el país, pero no es sino hasta la décimo tercera, o sea, aprobada en el año de 1983, que por primera vez, se le otorga a las personas salvadoreñas por nacimiento el derecho a optar por la doble o múltiple nacionalidad. Lo anterior está consagrado en el artículo 91, de la Constitución de la República de El Salvador.
La familia transnacional
Dentro del aspecto de la transnacionalidad, es importante señalar también que la familia salvadoreña se ha transnacionalizado. Es raro encontrar una familia salvadoreña que no tenga parientes en el exterior, de tal forma que uno o más miembros de una sola familia residan en uno o varios países, y que utilizan las fiestas patronales de los pueblos como punto de encuentro de todos los parientes dispersos en varios países con los familiares que se han quedado.
Otro aspecto de la familia transnacional es que, como se mencionaba en el párrafo anterior, la familia esta segmentada en varias partes, de acuerdo con los países a donde haya migrado. Muchas de ellas, son familias en movimiento, van y vienen del país receptor a su comunidad de origen y viceversa. Lo anterior, hace referencia a que, cuando los hijos o parientes han logrado regularizar su situación migratoria e incluso obtener la ciudadanía, pueden invitar a sus padres o madres y demás parientes a visitarlos en su nuevo país.
Normalmente los y las progenitoras, cuyos hijos les hayan logrado obtener la residencia, estos prefieren solo ir de visita, pues normalmente no se adaptan a una nueva sociedad en donde pasan solos la mayoría del tiempo, pues los hijos se van al trabajo la mayor parte del tiempo. Entonces, son familias en constante movimiento.
Se encontró que, en varios municipios que formaron parte de la muestra para el trabajo de campo, los familiares que están en el exterior construyen casas en el centro de los municipios con el objetivo de fundar comercios, y son sus familiares en el país los que se los administran. Casos concretos se encontraron en Intipucá, San Antonio Pajonal, Agua Caliente y Pasaquina.
Otro elemento que ha pasado a contener rasgos transnacionales son las fiestas patronales, en donde un día en especial se le dedica a las personas migrantes: se las agasaja normalmente con un almuerzo o cena en donde se sirven platillos propios de cada pueblo, los gastos generalmente corren por cuenta de la alcaldía. También, para las fiestas patronales, las comunidades organizadas en el exterior recogen fondos para enviarlos a sus comunidades de origen y contribuir a la compra de pólvora para las alboradas; renovar los ropajes del santo patrono del pueblo. También se ha desarrollado la costumbre de los compatriotas en el exterior, como réplica de lo que se hace en el país, la elección de sus reinas de belleza allá, y las trasladan para las fiestas patronales de acá. Ejemplos concretos se encontraron en Santa Rosa de Guachipilín, Intipucá, Bolívar y Agua Caliente.
Las fiestas patronales también sirven de escenario propicio para observar los cambios de comportamiento y uso de vestimenta, que es diferente a la que normalmente se usa en el país, pero que poco a poca ha ido permeando en la población que se queda, pues también envían o traen como presente para sus parientes en el país. No es raro por ello ver en los municipios más apartados del país a jóvenes sobre todo, vistiendo a la usanza de los Estados Unidos principalmente. Sucedió, que cuando se realizaba el trabajo de campo, cuando entramos al desvío que conduce al municipio Agua Caliente, se detuvo el transporte y de repente, como una aparición, se logró visualizar a una adolescente con unos zapatos de tacón y plataforma de unos diez centímetros, maquillada a la moda, blusa ceñida al cuerpo y minifalda, en medio de una gran polvareda; todos los miembros del equipo y los trabajadores que reparaban la calle como que nos quedamos paralizados ante esa figura. ¿Qué hacía allí y vestida de esa forma? La respuesta podría ser, que esta muchacha es producto de la moda global y, seguramente, el atuendo o se lo envían desde fuera o recibe suficiente dinero en remesas para poder comprárselo en el país.
A continuación se presenta la tabla 3 con algunos elementos del proceso de transnacionalización que se está desarrollando en el país producto de las migraciones:
Tabla 3
Elementos de transnacionalización cultural
Municipio Arquit. remesas TV por cable Ciber café Señalética
Agenc. viaje/ Línea aérea Bcos./ Agenc. transfer. Bandera EE.UU./ESA y otros Sitios
Web
San Antonio Pajonal x x x x x x
Sta. Rosa Guachipilín x x x x x
Nombre de Jesús x x x x habían X
El Carrizal X x x x x
Agua Caliente x x x x x x
Yoloaiquín x x x x x
Pasaquina x x x x x
Bolívar x x x x x x
Concepción de Oriente x x x x x
Sta. Rosa de Lima x x x x x
Intipucá x x x x x x
Tabla: elaboración propia, a partir de los datos recolectados en el trabajo de campo.
Como se desprende de la tabla 3, hay cuatro elementos de la transnacionalización que se encuentran presentes en todos los municipios estudiados, estos son:
1) la arquitectura de las remesas; 2) la presencia de los servicios de TV por cable y telefonía; 3) las representaciones de agencias de viajes; y 4) los bancos y/o agencias de transferencias de remesas.
En cuanto a la señalética, como se observa en la tabla 3, solo fue encontrada en tres de los municipios objeto de estudio: San Antonio Pajonal; Bolívar e Intipucá.
Al observar los programas o series de televisión de procedencia estadounidense es común constatar que una costumbre bastante difundida en aquel país es la colocación de la bandera estadounidense en el portal o zaguán (porch) de las casas o en el frontispicio de estas. Este elemento de la transnacionalización fue observado en tres municipios: Agua Caliente, Yoloaiquín y Concepción de Oriente.
El alcalde de Nombre de Jesús hacía el comentario que cuando él asumió el mando hace 9 años, era frecuente que en las casas hubiera banderas estadounidenses, pero que él, les había hecho el comentario que eso era una tontería y es por eso que ya no se ven en este momento.
En cuanto a la presencia de sitios web y radioemisoras, que se consideran en este trabajo como parte del proceso de transnacionalización, dedicadas a la intercomunicación entre las comunidades de origen y las personas migrantes originarias de estas, se comprobó que la mayoría de los municipios cuentan con ellas.
3.1 Arquitectura de las remesas
Quizá el elemento más llamativo de los cambios culturales (hibridación cultural) y la transnacionalización en el país es la arquitectura de las remesas, pues han cambiado radicalmente el paisaje de los municipios. Cuentan los alcaldes y alcaldesas y encargadas de las casas de la cultura, que se entrevistaron, que al inicio de los procesos migratorios eran en su mayoría pueblos muy pequeños, en donde las casas estaban construidas de adobe, bahareque y muy pocas de sistema mixto, pero a la vuelta de diez a quince años, desde que se inició el proceso migratorio, los pueblos ya eran otros, por la construcción de casas de nuevo tipo.
De acuerdo con el estudio realizado por la Aecid (2010), “Arquitectura de remesas”, se afirma que las casas construidas a partir de la recepción de remesas, son con una arquitectura sin arquitectos, y en donde los no estilos se convirtieron en una norma.
En este trabajo se procura ver la arquitectura de las remesas como el reflejo de la hibridación cultural, en donde los migrantes dejan plasmada la construcción de la casa de sus sueños a partir de la fusión de varios estilos arquitectónicos, de las muchas casas que ellos han contribuido con su trabajo a levantar en el exterior, o han copiado el estilo de las casas en donde han trabajado en el área de servicios (jardineros, pintores, restauradores), le han sumado también elementos arquitectónicos de los diferentes lugares de los Estados Unidos en que han laborado, o sea, en las casas dejan plasmado su imaginario de la casa ideal.
En esta parte del trabajo, y en otras secciones, se utilizará la fotografía (Rodríguez, 1995; en Aguirre B. 1995), a partir de dos de sus tres grandes funciones: 1) documental (reflejo, testimonio y representación de la realidad), 2) artística (busca crear emociones), pues se considera que se hace más comprensible para el lector (ra)-observador (ra), saborear y asimilar esta parte del trabajo.
Es importante señalar que en este estudio no sólo se toma en cuenta las viviendas, sino, también los cementerios como parte de esa arquitectura de las remesas.
Así, otro elemento arquitectónico que llama la atención, y que aún no ha sido estudiado en profundidad, es la arquitectura desarrollada en los cementerios, en donde también se pone de manifiesto que hay una transformación en los mausoleos que edifican a las personas migrantes fallecidas. Se podría decir que las personas aún en la muerte quieren manifestar lo que se poseyeron en vida.
De acuerdo con Milla (2007), a través de los cementerios se pueden conocer las características sociales, influencias arquitectónicas, económicas, entre otras, de una época y sociedad determinada.
También Sermeño (2011) señala que todas las expresiones del urbanismo y la arquitectura, en los cementerios, refleja la división en clases sociales que se observa en la sociedad en que han vivido los difuntos.
Imagen Nº 1 Imagen N°2
Cementerio de Agua Caliente. Cementerio de Santa Rosa de Lima.
A través de las imágenes 1 y 2, se puede observar, que la construcción de los mausoleos, han cambiado sus estilos tradicionales y reproducen los modelos de las casas fabricadas con las remesas enviadas por las personas migrantes.
Otro elemento importante de acotar, es que estos mausoleos se construyen tanto para los familiares que se quedan, así como para aquellas personas migrantes que no han querido que sus restos reposen en los Estados Unidos. La construcción de mausoleos se ha convertido en una fuente de trabajo para los lugareños.
Continuando con la arquitectura de las viviendas construidas a partir del envío de remesas, se les preguntaba a las personas entrevistadas, que cómo se realizaban los diseños de las casas, y contestaban que en un inicio enviaban, ya fuera fotografías de cómo querían sus casas, más tarde cuando aprendieron el oficio de construcción, ellos mismos dibujaban los planos. Lo antes mencionado, es porque gran cantidad de hombres migrantes salvadoreños trabajan en la construcción, pues es de los oficios mejor pagados en los Estados Unidos. Ramos (2009), en el estudio sobre las competencias laborales de los deportados, encontró que un 53.21% de los entrevistados para dicho estudio había laborado en la industria de la construcción.
Así, los mismos migrantes dibujaban los planos y los enviaban, o envían a la fecha. En Intipucá, que es uno de los municipios más emblemáticos, los mismos intipuquenses que se han regresado de forma voluntaria, o los han deportado, plotean los planos de las nuevas casas a partir de las indicaciones que reciben normalmente vía telefónica. Así, estas personas, han encontrado un nicho de trabajo en su propio país y están utilizando las competencias que adquirieron fuera, y no se ven obligadas a reemigrar a los Estados Unidos.
Al observar la arquitectura de las remesas, surgen muchos interrogantes, y entre esos está: ¿Por qué construir casas tan grandes y hermosas para ser habitadas normalmente solo una vez al año? Quizá para darle respuesta se puede utilizar el estudio realizado por Lara Martínez (2002) sobre los salvadoreños en Calgary. Menciona que, de acuerdo con la interpretación simbólica, hay símbolos dominantes, que son los siguientes:
EL SALVADORTIERRA DE OPRESIONTIERRA DE VIOLENCIA Y CARENCIAS
CANADÁ → TIERRA SANTATIERRA DE PAZ, LECHE Y MIEL
Al observar esta simbología, si las personas migrantes salvadoreñas, al esforzarse tanto en sus trabajos en el extranjero y enviar remesas para la construcción de hermosas casas, parecidas a las que ellos ven y algunos trabajan en su construcción, tanto en Estados Unidos como en Canadá, quizás quieran reproducir esa tierra de paz, leche y miel en El Salvador.
Otro interrogante que surgió es el siguiente: ¿Qué siente o se imagina un niño o una niña sumido(a) en la pobreza al ver estas hermosas casas? Acaso la arquitectura de las remesas está sirviendo de acicate, para que estos niños y niñas, al crecer, quieran marcharse del país y poder construir casas así para ellos y sus familias? Creemos que sí. Los medios de comunicación realizan reportajes sobre los municipio con alto índice de migración y muestran la arquitectura de las remesa, pero esas imágenes transmitidas en esos reportajes, producen cierta sensación de lejanía, como algo que no pasa en la vida real, de algo inalcanzable. Pero, ver estas casas todos los días y saber que son producto de las migraciones, es obvio que lo más probable es que quiera migrar. De la observación de la arquitectura de las remesas, se constata que se ha creado un nuevo tipo de diferenciación social (PNUD, 2005): los que reciben remesas y los que no, de lo cual hasta en los cementerios se deja constancia.
San Antonio Pajonal Imagen 3 Imagen 4
Muestra de la arquitectura de las remesas en el municipio de San Antonio Pajonal, que había estado prácticamente aislado hasta el 2012, pues no contaba con una buena carretera; pero con la construcción de la carretera Longitudinal del Norte, desde Sonsonate se llega en aproximadamente una hora; pero ese aislamiento no fue obstáculo para que las remesas contribuyeran a construir esas residencias, como se ve en las imágenes 3 y 4.
Sta. Rosa Guachipilín Imagen 5 Imagen 6
Al igual que San Antonio Pajonal, el municipio de Santa Rosa Guachipilín estaba aislado, pero siempre llegaron las remesas y la muestra se refleja en las imágenes 5 y 6. Además, es curioso que en estos dos municipios de acuerdo con los testimonios recogidos, el proceso de emigración también se inicie durante la Guerra Civil, aunque estos municipios no fueron escenario de dicha guerra.
Nombre de Jesús Imagen 7 Imagen 8
En las imágenes 7 y 8 quedan plasmadas muestras de la arquitectura de las remesas del municipio Nombre de Jesús. En la imagen 7 se ve el contraste entre una casa de migrantes y una que no recibe remesas.
El Carrizal Imagen 9 Imagen 10
El Carrizal es otro de los municipios fronterizos con Honduras. Cuando se llega da la sensación de un pueblo semifantasmal, casi no se ve a la gente; lo más evidente son las casas producto de las remesas, como se observa en las imágenes 9 y 10. El casco del municipio es pequeño en relación a otros municipios que se visitaron, ni siquiera hay tiendas, un lugar en donde se pueda detener a tomar alimentos.
Agua Caliente Imagen 11 Imagen 12
Municipio ubicado en el departamento de Chalatenango, aunque pequeño se denota una intensa actividad comercial, como se refleja en la imagen 11 existen boutiques en donde se oferta no solo productos de manufacturas nacionales sino también procedentes de Estados Unidos. De acuerdo a conversaciones con los habitantes, muchos de ellos emigraron solo por un tiempo suficiente para ahorrar los recursos necesarios y suficientes para construir casas destinadas a colocar un negocio en la primera planta y las otras para habitación.
Yoloaiquín Imagen 13 Imagen 14
El municipio de Yoloaiquín se caracteriza por ser quizás el más pequeños de los que se visitaron. Cuenta con apenas dos calles principales, a orillas de las cuales se erigen las casas del municipio; pero al igual que los otros municipios receptores de remesas: las construcciones se caracterizan por un gran despliegue de detalles arquitectónicos fusionados; como se puede observar en las imágenes 13 y 14.
Concepción de Oriente Imagen 15 Imagen 16
Las imágenes 15 y 16, del municipio de Concepción de Oriente, como se observa, no tienen nada que envidiarle a otros municipios más cercanos a las cabeceras departamentales. Este municipio colinda con Honduras y la línea divisoria es el río Goascorán. La imagen 16 corresponde a una casa que está ubicada en la pendiente que lleva a dicho río. Lo más probable es que este terreno ya lo poseían los dueños antes de emigrar, y allí construyeron su casa. Otro elemento a destacar, es el difícil acceso al municipio, se lograron contabilizar 36 riachuelos (quebradas), seguramente, debido a esa situación en el pueblo no se observan automóviles sencillos, solamente pick up de doble tracción, los cuales se pueden obtener gracias a las remesas recibidas.
El alcalde se lamenta que a pesar de ser uno de los municipios que más remesas percibe, y de las múltiples solicitudes giradas a diversas entidades gubernamentales para que les construyan una buena carretera de acceso, hasta el momento de realizar este trabajo de campo, las solicitudes no habían tenido eco.
Bolívar Imagen 17 Imagen 18
Las imágenes 17 y 18, correspondientes al municipio de Bolívar, no necesariamente corresponden al casco urbano, pues en este municipio las casas más ostentosas no están en dicho casco, sino en los cantones y caseríos, es especial en el cantón de Guadalupe.
Pasaquina Imagen 19 Imagen 20
Municipio que siempre ha figurado entre los que más remesas reciben en el país, por ello se caracteriza por la abundancia de casas construidas por las remesas. Comentaba el alcalde que a raíz de lo anterior, el precio de los terrenos en el casco del municipio aumenta constantemente. Pero hay que destacar, que dicha situación no es particular de Pasaquina sino común a todos los municipios que reciben grandes volúmenes de remesas.
Sta. Rosa de Lima Imagen 21 Imagen 22
En las imágenes 21 y 22 se refleja el tipo de construcciones de Santa Rosa de Lima, que a partir de la percepción de la autora, se distinguen por ser mucho más grandes en extensión que las de otros municipios que fueron objeto de estudio. Estas casas se encuentran en las afueras del pueblo. Como se puede observar, las calles no son pavimentadas y la mayoría no cuenta con servicio de aguas negras. Otro punto importante que se debe destacar, es que, de acuerdo con el informante, es bien común que las casas en Santa Rosa de Lima no son cuidadas por los parientes de los dueños de las casas, sino que contratan a nicaragüenses; pero estos no pueden ocupar ninguna de las habitaciones, sino que deben de “construir” una champita en donde guarecerse de las inclemencias del clima. También, en Santa Rosa de Lima no todas las casas grandes y modernas son producto de las remesas, se conoció a través de un informante clave, que hay casas producto de las remesas, casas producto del contrabando y casas producto del lavado de dólares y casas obtenidas gracias al trabajo honesto de los comerciantes. Lo anterior, aunque difícil de estudiar, debería ser tema de investigación.
Intipucá Imagen 23 Imagen 24
La imagen 23, tomada en el municipio de Intipucá, no solo es reflejo de uno de los tantos tipos de arquitectura que se está desarrollando en dicho municipio, sino que también refleja que las personas migrantes, no todas, van a quedarse para siempre a los Estados Unidos, pues, a decir de uno de los entrevistados, la dueña de dicha vivienda-negocio, trabajó aproximadamente quince años en aquel país, ahorró lo todo lo que pudo para construir y se regresó al país, ella habita en la segunda planta, y en la primera hay una tienda miscelánea muy bien abastecida, la cual es atendida por los parientes de dicha señora.
También ella es la dueña de la esquina comercial más céntrica, la cual alquila a diferentes personas. En cuanto a la imagen 24, es parte de la muestra de las casas de habitación de las personas migrantes, estas normalmente se encuentran solas casi todo el año, los dueños solo vienen en la época de las fiestas patronales, que se conjuntan con las celebraciones de Navidad y Año Nuevo.
3.2 Las comunicaciones y la transnacionalización.
Un elemento fundamental para el proceso de transnacionalización de la sociedad salvadoreña son las comunicaciones Mahler (2001), citadas en PNUD (2005), relata cómo el proceso de comunicación entre los migrantes y sus familiares es extremadamente precario, a pesar de todos los avances tecnológicos que comprimen el espacio y el tiempo. El hecho de que en las comunidades de origen el servicio telefónico sea limitado, genera costos de tiempo y esfuerzo para las familias de los migrantes.
De acuerdo con Benítez (2011), las tecnologías de la información y comunicación (TIC) posibilitan las formas de comunicación que transforman las maneras de dar y recibir apoyo emocional; de sentir que estos miembros de la familia están presentes a pesar de las fronteras del tiempo y el espacio, y asegurar que son tomados en cuenta en las decisiones importantes dentro de su círculo familiar.
Al iniciar el trabajo de campo, teníamos como objetivo observar el papel de los ciber cafés en la comunicación con los familiares en el exterior, pero bastó la visita a unos tres municipios para constatar que los ciber cafés ya no juegan un papel importante para esa comunicación familiar; esta ha sido sustituida por la laptop, pues las compañías de telefonía y televisión por cable están promocionando paquetes que incluyen teléfono fijo y celular, televisión por cable, internet residencial y la laptop.
Gracias a las remesas, los familiares de las personas migrantes pueden adquirir estos paquetes, y ya no se ven obligados a hacer uso de los ciber cafés, pues desde la comodidad de sus hogares se pueden comunicar vía chat, Skype, video conferencia y otros.
Benítez (2011), también expresa que las TIC han modificado el envío de remesas de los migrantes hacia sus familiares en sus comunidades de origen y el uso que se hace del teléfono celular como mecanismo de banca electrónica para transferencia de remesas.
La internet y los medios de comunicación social también están jugando un papel de primer orden en las comunicaciones, entre las comunidades de origen y las de destino. En muchas páginas web se deja reflejado todo lo que pasa en una comunidad: quién contrajo matrimonio, quién se murió, a quién le celebraron los quince años, quién logró graduarse el bachillerato; pueden enviar mensajes a sus amigos y vecinos, decirles cuánto los extrañan, cuánto los recuerdan. O sea, las personas migrantes se marchan físicamente a los Estados Unidos u otros países de destino; pero no se van, están presentes desde la distancia, aunque sea de forma virtual.
A continuación se presentan ejemplos de los sitios web detectados. El objetivo de colocar todas estas direcciones electrónicas, es que la lectora o lector, pueda ingresar a ellos y constatar por sí mismas(os) el contenido de cada una de estas direcciones, cuya característica principal es que procuran abarcar todos los aspectos relevantes para mantener informadas a las personas migrantes, logrando así que que no se rompan los vínculos afectivos y el arraigo.
Santa Rosa Guachipilín
Alcaldía de Santa Rosa de Guachipilín
http://www.santarosagua.byethost13.com/alcaldia.php
Intipucá
Portal cibernético oficial de Intipucá
http://www.intipucacity.com/
Sitio web fundado en diciembre de 2001
Facebook: recibe 1 millón de click al mes
http://www.skyscraperlife.com/el-salvador/23053-intipuca.html
En este sitio web se ha colocado una pequeña monografía del municipio y además una galería de fotografías del casco urbano y de los lugares turísticos con que cuenta.
http://intipucatours.com/
operaciones@intipucatours.com
Este sitio se dedica principalmente a promocionar un recorrido por la amplia zona de manglares con que cuenta el municipio de Intipucá, en la playa conocida como El Esterón. Durante la visita de campo, el síndico municipal, Don Santos, nos acompañó y explicaba que la alcaldía, con la cooperación de la agencia japonesa de ayuda, Jica, está desarrollando un proyecto de turismo ecológico, dirigido no solo al turismo local, sino también regional e internacional. Precisamente cuando ingresábamos al espacio público, nos encontramos con unos turistas provenientes de Guatemala.
En El Esterón se realizan los festivales durante la celebración de las fiestas patronales y en Semana Santa, con una gran afluencia de intipuquenses que residen en EE.UU.
Sitio El Salvador sin fronteras.com
http://2011.www.elsalvadorsinfronteras.com/fiestas/2012/823-coronacion-reinas-de-fiestas-de-intipuca-2012.html
http://www.upec-intipuca.com/
Municipio de Santa Rosa de Lima (departamento de La Unión)
http://www.skyscraperlife.com/el-salvador/17492-santa-rosa-de-lima.html
Sitio web en donde se muestra el mapa del municipio de Santa Rosa de Lima (departamento de La Unión), se realiza una breve presentación histórica y después una muestra fotográfica del casco urbano.
http://www.viajes-a.net/ciudad/Santa_Rosa_de_Lima-13508.htm
Sitio web en donde se presenta, bajo el rubro de información de interés, los datos generales de este municipio, y también hay información turística.
Radio La Fabulosa Santa Rosa de Lima El Salvador 94.1 FM Online
www.emisoraelsalvador.com/radio-la-fabulosa-santa-r…
http://www.emisoraselsalvador.com/radio-la-fabulosa-santa-rosa-de-lima-el-salvador-941-fm-online
http://www.verfotosde.org/el-salvador/imagenes-de-Santa-Rosa-de-Lima-21.html
Nombre de Jesús (departamento de Chalatenango).
Este municipio no encontramos pagina web, pero si varios videos en You Tube colocados por diferentes personas que dan cuenta de las actividades culturales que se realizan en dicho municipio.
El Carrizal (departamento de Chalatenango)
http://www.guanacos.tv/chalatenango-el-salvador-el-carrizal-chalatenango-el-salvador-video_a1180ab31.html
http://es-es.facebook.com/pages/El-Carrizal-Chalatenango-El-Salvador/113120398715076
http://es.getamap.net/mapas/el_salvador/chalatenango/_municipio_de_el_carrizal/
San Antonio Pajonal
http://alcaldiaelpajonal.com/?_p=Ym9keS9vcmlnZW4ucGhw
http://amigosguanacos.org/blog/el-pajonal/
UNIDOS SAN ANTONIO PAJONAL
http://elpajonal.com/qsomos.html
Esta asociación de apoyo, de acuerdo con el testimonio de la alcaldesa actual de San Antonio Pajonal, ha dejado de funcionar. Sin embargo, su página web aún funciona y muestra parte de la obra realizada por esta y lo cotidiano del San Antonio Pajonal y de Los Ángeles.
Municipio de Agua Caliente (departamento de Chalatenango).
http://www.facebook.com/pages/Agua-Caliente-Chalatenango-El-Salvador/108899185798424
http://www.mipuebloysugente.com/apps/blog/show/6487458-agua-caliente-chalatenango
Concepción de Oriente (departamento de La Unión)
http://es-es.facebook.com/pages/Concepcion-De-Oriente-La-Uni%C3%B3n-El-Salvador/300628393311574
Municipio de Pasaquina (departamento de La Unión)
BIENVENIDOS A LA PÁGINA OFICIAL DE PASAQUINA, LA UNIÓN, EL SALVADOR.
Esta página está dedicada a todos los pasaquinenses, especialmente a los compatriotas que residen en el extranjero.
http://www.pasaquina.net/
Pasaquina City. El sitio de todos los pasaquinenses
www.pasaquinacity.net
Radio Pasaquina USA 102.9 FM
http://www.radiopasaquinausa.net/
http://www.pasaquina.net/committee.aspx
Este es un sitio web del Comité Pro-Pasaquina USA-Canadá, en donde se explica por qué se formó la organización, cuáles son sus objetivos, realizando a su vez un llamado a incorporarse a esta para dignificar a la ciudad de Pasaquina.
Pasaquina, La Unión-SkyscraperCity
http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=555279
http://www.pasaquina.net/News2.aspx?ID=238
http://www.cuscatla.com/pasaquina.htm
Municipio de Bolívar (departamento de La Unión)
Alcaldía de Bolívar
https://es-la.facebook.com/alcaldia.bolivar
No se encontraron sitios web de Bolívar pero si hay varios videos sobre este municipio en You Tube.
Municipio de Yoloaiquín (departamento de La Unión)
Blog sobre Yoloaiquín
http://yoloaiquin.blogspot.com/2011/05/imagenes-de-yoloaiquin-morazan-el.html
Imagen 25 Imagen 26
En las imágenes 25 y 26 se muestra que aún las casas construidas de forma modesta en relación con las que se han dejado plasmadas en páginas anteriores, el consumo de televisión por cable, internet residencial y teléfono celular, les facilita a sus moradores estar comunicados con sus familiares en el exterior y entrar a la era de la e-comunicación. Es evidente, también, que el pago por estos servicios se puede cubrir a través de las remesas que reciben.
3.3 Graffitis
El graffiti ha existido desde los inicios de la sociedad humana, en cada época histórica ha tenido diferentes connotaciones que de alguna forma reflejan situaciones políticas, sociales, y otras por las que atraviesa una sociedad determinada.
De acuerdo con García Canclini (2001), el graffiti es expresión de una escritura territorial y simbólica, que ha sido utilizada por grupos que no tienen acceso a los grandes medios y otros espacios oficiales para expresarse. Se puede añadir que, en la actualidad, el graffiti forma parte de un movimiento globalizado y transnacional que expresa expresiones y sentimientos de la juventud que no encuentra espacios no solo de expresión, sino tampoco oportunidades para satisfacer sus necesidades tanto materiales como espirituales.
En el caso particular de El Salvador, hay dos posiciones acerca de cómo el graffiti ingreso al país, por un lado, en el blogspot de Ricardo octubre rojo, se afirma que los primeros tags (firmas) que proliferaron fueron los de Dusk, del crew FNR (Fumando Nuestras Raíces), muchacho que había sido deportado de los Estados Unidos a finales de los años noventa. Por otro lado, en el blogspot visualizarte2012, se afirma que fue otro grafitero llamado Ariano, miembro del crew ASK (art street king), quien en el año de 1994, inicio la introducción del graffiti en el país.
Como sea, el graffiti en su nueva modalidad llega para quedarse en los años 90 del siglo pasado.
El graffiti, en el país, para desarrollarse, ha tenido muchos problemas, pues a la par del graffiti como expresión de la juventud de lo civil, por llamarlo de alguna forma, se ha desarrollado paralelamente el graffiti de las maras, que sí, es una expresión para marcar territorios y que se diferencia del primero, en que casi solo dibujan los símbolos de cada mara, y además, el color que utilizan es el negro o de tonalidades oscuras. La mayoría de las personas, y algunas autoridades edilicias sostienen, que todos los graffitis son expresión de las maras. También, el graffiti se ve con malos ojos, pues la mayoría se pintan en las paredes sin tener la autorización de los propietarios.
De los años 90 a la fecha, el graffiti ha tenido un gran despliegue y ha desarrollado varios estilos (no se tocan en esta investigación). En este trabajo se colocan algunos ejemplos, pero el que más interesa es el graffiti en donde se refleja la Ruta del Migrante. Infelizmente, cuando se realizó la sesión de fotos, el actual edil capitalino (2012-2015), ya los había borrado, de tal suerte que se recurrió al trabajo de Miguel Huezo Mixco “Un pie aquí y otro allá” (2009); para dejar constancia de éste. La fotografía se dividió en tres partes para poder visualizarla.
Imagen 27
Fotografías de Nina Álvarez. Tomadas de: Huezo Mixco, Miguel (2009), “Un pie aquí y otro allá: los migrantes y la crisis de la identidad salvadoreña”. San Salvador, Centro Cultural de España en El Salvador.
En la imagen 27, el autor o autores dejaron plasmada la Ruta del Migrante hacia los Estados Unidos, representando, todos los obstáculos que deben superarse para llegar a ese país, quedando también de manifiesto los horrores de esa ruta.
Imagen 28 Imagen 29
En la imagen 28, si se observa atentamente se ve, cómo los autores han querido dejar plasmada parte de la identidad de los pueblos originarios de El Salvador, al ver estampada a una mujer con rasgos indígenas y unas volutas que significaban el habla en los códices o memoriales de diferentes etnias mesoamericanas rescatados; el símbolo del pez, que siempre ha representado la vida. Como podrá deducirse, el graffiti no solo es imagen abstracta, también llevan un mensaje de recuperación de la memoria histórica del pueblo salvadoreño.
En la imagen 29, es claro ejemplo de la concepción de la vida que tiene el autor o los autores de ese graffiti: “Yo disfruto mi momento porque es eterno”, claro en una sociedad que se caracteriza por la violencia social en todos los ámbitos. Es común escuchar entre la población, que todos salen de casa vivos, pero que no saben si regresaran pero muertos.
Un elemento importante de señalar en relación a los crews de graffiteros de El Salvador, es que a pesar de nacer bajo la influencia del exterior, ellos han desarrollado sus propios estilos, y, a diferencia de los graffiteros de otros países, los salvadoreños no usan plantillas para elaborar sus obras, solo esbozos que directamente los plasman en las paredes para luego pintarlos.
En El Salvador, producto de las migraciones, son diferentes las manifestaciones de tipo cultural que están reflejando este fenómeno. Como las mismas autoridades contribuyen a reforzar el imaginario acerca de la importancia de las personas migrantes, a continuación se observa (en las imágenes 30 y 31) el monumento al “Hermano Lejano” (calificativo que no les gusta en absoluto a las y los migrantes salvadoreños, pues aducen que están muy cerca del país gracias a las contribuciones materiales y espirituales que aportan), fue reinaugurado a finales del 2012 , en donde queda plasmado el centro capitalino y el infaltable “Salvador del Mundo”, que se ha convertido en símbolo de los salvadoreños tanto dentro como fuera del país.
Imagen 30 Imagen 31
Imagen 32
Como se observa en la imagen 32, la calle ha sido renombrada como calle Los Ángeles, seguramente haciendo alusión al hecho de que en dicha ciudad estadounidense residen más de un millón de salvadoreños y salvadoreñas emigrantes.
Conclusiones
1- Las evidencias encontradas a través del trabajo de campo dan muestra clara de que la sociedad salvadoreña se encuentra en un proceso de abierta transnacionalización.
2- Entre los elementos de transnacionalización más importantes encontrados, se pueden mencionar la presencia de familias transnacionales en todos los municipios visitados.
3- La presencia a lo largo y ancho del país, de las compañías privadas de cable, que posibilitan en gran medida la globalización y la transnacionalización de la sociedad salvadoreña en su conjunto.
4- La proliferación de la arquitectura de remesas, que en el imaginario de niños, niñas y adolescentes (NNA), podría jugar un papel alentador a que emigren ellos también.
5- Casi todos los municipios visitados cuentan con página web, Facebook, emisoras de radio digitales que se oyen tanto en El Salvador como en los países de destino, siendo grandes vasos comunicantes entre los que se van y los que se quedan.
6- Los emigrantes salvadoreños visitan generalmente el país durante las fiestas patronales y estas sirven de escenario para que ellos ostenten su éxito a través del consumo.
7- Las migraciones han creado un nuevo tipo de desigualdad: los que reciben remesas y tienen una mejor calidad de vida y las que no la reciben y tienen la esperanza de emigrar y hacer realidad el sueño americano.
8- Queda claro que las migraciones están cambiando la cultura tradicional salvadoreña y que eso amerita dedicar más estudios para comprender dichos cambios.
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ANEXOS
ANEXO 1.
GUÍA DE PREGUNTAS GENERADORAS
1- Datos generales (edad, sexo, cargo, nombre no acostumbro pedirlo, a menos que se le pregunte si da la autorización para mencionarla/o).
2- ¿En general, cómo era el pueblo antes de las migraciones y cómo se ha transformado?
3- ¿Por qué no hay mercado en el pueblo?
4- Preguntas sobre la evolución de las fiestas patronales
a- Contribuyen las personas migrantes a la celebración de las fiestas patronales.
b- ¿A partir de qué fecha? (aproximadamente)
c- ¿Hay un día dedicado a las personas migrantes?
d- ¿Hay una carroza alusiva a las migraciones?
e- ¿Eligen una reina de los migrantes en el pueblo, o traen desde EE.UU, la reina?
f- ¿Contribuyen las personas migrantes a la compra de la pólvora?
5- ¿Cómo participan las personas migrantes a la celebración de la Semana Santa?
g- ¿Compra de los vestidos del santo?
h- ¿Hacen alfombra para el Santo Entierro?
6- ¿Cuáles son las épocas en que llegan al municipio las personas migrantes?
7- Describir el comportamiento de las personas migrantes al regresar al municipio.
8- ¿Cuáles son los regalos que traen a los familiares?
9- ¿Cuál es la derrama económica que dejan en el municipio las personas migrantes cuando están de visita? (un aproximado per cápita)
10- ¿Prefieren irse a vacacionar a otros lugares del país, cuáles?
11- ¿Ha cambiado el comportamientos de las personas jóvenes?
12- ¿Hay personas jóvenes cuyos padres hayan emigrado y que han caído en problemas sociales (alcoholismo, drogas, maras)?
13- ¿Las casas que construyen, están solas o dejan a familiares viviendo en ellas para que les den mantenimiento?
56
14- ¿La construcción de las casas por dentro, guardan algunas características de las casas tradicionales del municipio? Describir.
15- ¿Cuándo se nombró el parque como plaza de los migrantes? (caso Intipucá nada más)
16- ¿A qué se debe el nombre de las calles William Walker y George Washington, quien decidió nombrarlas así y por qué? (Intipucá)
17- ¿En qué estados de EE.UU. esta la mayoría de las personas migrantes?
18- ¿De qué cantón han emigrado más personas?
19- ¿Hay presencia de inmigrantes nicas y hondureños? (solo en caso de municipios fronterizos). Si la respuesta es positiva, en dónde cantones y caseríos) y que trabajos desempeñan.
20- ¿Hay en el municipio nuevas comidas o comercios de comidas traídas por las personas migrantes salvadoreñas?
21- ¿Hay personas que hayan regresado y con sus ahorros han instalado negocios?
22- ¿Han regresado personas ya jubiladas (cuántas), a qué se dedican?
23- ¿Hay caso de personas receptoras de remesas qué hayan logrado desarrollar un comercio, compra de tierras y las tengan produciendo y otros?
24- ¿Hay coyotes en el municipio?
25- ¿Hay viajeras/os en municipio, cuántas?
26- ¿Cuántos ciber café hay en el municipio?
PREGUNTAS PARA LAS/OS ENCARGADOS DE CIBER CAFÉ
1- El ciber ha sido abierto gracias a las remesas (en caso que le envíen remesas, el dueño es una persona migrante, o él o ella es la dueña…)
2- Visitan el ciber personas cuyos parientes están en EE.UU.; si la respuesta es positiva hacerlas siguientes preguntas:
a- Cuántas personas con parientes visitan el ciber
b- Con que frecuencia
c- Como se comunican (vía chat, a través del Skype u otra forma)
d- ¿Cuánto cuesta el servicio por una hora?
PREGUNTAS PARA LAS VIAJEROS
1- Datos generales
2- ¿Desde cuándo se dedica a este oficio?
3- Que describa cómo se involucró en este negocio
4- ¿Qué lleva a los EE.UU.?
5- ¿Qué trae de los EE.UU.?
6- Que describa los cambios que ha notado en las familias que reciben las encomiendas, cartas y demás.
ANEXO 2
INVESTIGACIÓN: “LA TRANSNACIONALIZACIÓN DE LA SOCIEDAD SALVADOREÑA…”
NOMBRE DEL MUNICIPIO:
NOMBRE:
ELEMENTOS DE LA TRANSNACIONALIZACIÓN ENCONTRADOS.
¿Cuántos ciber café hay en el municipio?
Nombre del ciber café:
Preguntas para el encargado o responsable del ciber:
1. ¿Cuántas personas asisten diariamente el ciber café con el objetivo de comunicarse con sus familiares en el extranjero? Esta es la pregunta general, seguramente ellos les informarán la periodicidad y demás pormenores.
2. ¿Cuántas mujeres?___________
3. ¿Cuántos hombres? _________
4. ¿Asisten grupos familiares? Si___ No ___
5. Si asisten grupos familiares, ¿cada cuánto van al ciber y cuánto tiempo más o menos dura la sesión?
6. ¿Qué medio utilizan? Chat________ Skype______ Ambos ______
COMUNIDAD
7. ¿Cuántas agencias y/o bancos (enumerar los nombres) realizan transferencias de remesas? ________
8. ¿Cuántas viajeras/os hay en el municipio?
9. ¿Existen comunidades de oriundos en el exterior? Sí__ No___
10. Realice una lista de esas comunidades y en qué estados se encuentran:
(las preguntas 9 y 10 se averiguarán vía internet)
11. ¿Hay presencia de arquitectura de remesas? Sí___ No___
12. ¿Qué compañías telefónicas tienen presencia en el municipio? Nombres
13. ¿Hay agencias de viaje o representación de alguna compañía aérea en el municipio? Sí___ No___ Mencione los nombres, en caso de que la respuesta sea positiva:
14. ¿Tiene el municipio página web o blog dedicado a las personas migrantes? Sí___ No____ Mencione las direcciones electrónicas.
15. ¿Existe alguna estación de radio que transmita a escala nacional e internacional? (Web)
16. ¿Qué cantidad de familias transnacionales hay en la comunidad?
17. ¿Existe señalética en inglés y español? Sí____ No____
18. ¿Cómo se han transformado las celebraciones de las fiestas patronales, por el aporte de los migrantes? ¿Cómo eran antes y cómo son hoy? (esta es para las entrevistas)
19. ¿Cómo se visten las personas? Elementos que denoten la influencia de las migraciones.
20. ¿Existe algún parque dedicado a las personas migrantes?
21. ¿Existe algún monumento dedicado a las personas migrantes?
22. ¿Imaginarios? Trabajo de campo.

Il mito della globalizzazione linguistica

Il mito della globalizzazione linguistica
Di Giancarlo Schirru Lunedì 01 Aprile 2002 02:00 Stampa

In molte delle discussioni sul fenomeno della globalizzazione accanto a considerazioni di tipo economico-finanziario si evoca spesso una presunta omologazione di dimensione mondiale, a riprova della quale si cita generalmente il processo di concentrazione dell’industria culturale e dell’informazione. Fin dal conio della celebre espressione global village non è chiaro il carattere normativo o realistico di simili scenari: difficilmente infatti si riesce a comprendere se tali discussioni descrivano uno stato di cose, previsioni future o la formulazione di un modello ottimale di comunicazione planetaria.

Accogliendo come vera la globalizzazione culturale, sarebbe secondo alcuni lecito prevedere anche la nascita di una lingua comune all’intera umanità, ruolo cui è stato effettivamente candidato l’inglese. L’esistenza di una lingua globale non basterebbe a cancellare le differenze tra le comunità dei cinque continenti, dal momento che, almeno teoricamente, culture distinte possono servirsi di una medesima lingua.
Avrebbe però un peso simbolico indubitabile: se l’uscita dal giardino dell’Eden è fatta coincidere nella Genesi con la prima differenziazione linguistica tra i tre figli di Adamo, la nascita di una lingua globale avrebbe il sapore di un ritorno alla condizione metastorica del paradiso terrestre. Troppe sono infatti le prove del fortissimo valore ideologico delle diversità linguistiche come elemento di identificazione delle comunità.
Possiamo quindi affermare che la diversità linguistica sia destinata a finire? Tale giudizio ha senso solo se relativamente a un tempo talmente lontano da rendere inutile qualsiasi previsione. Sarebbe pertanto molto pericoloso attribuire un qualsiasi ruolo normativo alla globalizzazione linguistica: se infatti la politica assumesse questo scenario come regolativo per le sue preferenze (per esempio distinguendo tra favorevoli e contrari alla formazione di una lingua mondiale) rischierebbe di non accorgersi di una delle maggiori sfide della contemporaneità, costituita dalla comunicazione tra grandi universi linguistico-culturali profondamente diversi tra loro.
È difficile portare prove a sostegno di qualsiasi argomento in questa discussione. Ci limitiamo così a fare un’operazione che è poco più di un gioco. Confronteremo, e discuteremo, alcuni dati provenienti dai due maggiori osservatòri sulla diffusione mondiale delle lingue. Soltanto cifre largamente indicative: non è facile infatti compiere un conto anche approssimativo dei parlanti di una lingua dato il carattere sfuggente di alcuni concetti.
Cosa significa infatti una lingua? La varietà di italiano parlata a Palermo e quella usata a Venezia sono la stessa lingua o due lingue diverse? E il croato rispetto al serbo, visto che queste lingue sono molto simili e reciprocamente comprensibili, salvo il ricorso a un sistema di scrittura distinto (latino e cirillico)?
È chiaro come a domande di questo tipo si possa rispondere solo ricorrendo ad argomenti di tipo extralinguistico, per esempio interrogando i parlanti sulla loro percezione: ma tale percezione è destinata a mutare nel tempo, come mostra proprio la vicenda jugoslava. Molto complesso è anche decidere sulla diffusione di una lingua come seconda (o terza ecc.) varietà: quale competenza infatti è necessario raggiungere per essere un parlante non nativo?
Cominciamo con l’osservare che secondo «Ethnologue» nel mondo contemporaneo sono parlate 6809 lingue. Molte di queste in realtà contano soltanto poche migliaia, se non centinaia, di parlanti e gran parte dell’umanità è concentrata in grandi lingue che hanno una dimensione nazionale o sovranazionale.
«Linguasphere» elenca così ottantatré «macrolingue», parlate cioè da più di dieci milioni di individui. Anche però se si considerano le lingue con almeno sessanta milioni di parlanti, quindi un centesimo della popolazione mondiale complessiva, seguendo «Linguasphere» si arriva comunque al computo piuttosto elevato di venticinque varietà: arabo, bengali, cinese mandarino, cinese wu, cinese yue, coreano, indonesiano, inglese, italiano, francese, giapponese, giavanese, hindi-urdu, marathi, panjabi, portoghese, russo, spagnolo, swahili, tamil, tedesco, telegu, turco, ucraino–bielorusso, vietnamita.
Se consideriamo però le varietà di dimensione maggiore, quelle che superano i 200 milioni di parlanti, e che abbiano una buona diffusione veicolare arriviamo a selezionare sei lingue. L’inglese occupa in questa ipotetica classifica una posizione rilevante; secondo i diversi computi il terzo, il secondo o il primo posto. Crediamo però che almeno queste sei lingue siano destinate ad avere un ruolo di grande importanza in questo secolo, se non oltre, come varietà di riferimento di grandi regioni del mondo.
Avanziamo in proposito alcune osservazioni a commento dei semplici numeri.
Inglese
Le statistiche sul numero dei parlanti inglesi sono molto oscillanti e vanno da circa mezzo miliardo («Ethnologue») al miliardo («Linguasphere»), o addirittura una cifra compresa tra 1200 e 1500 milioni. L’inglese è presente come lingua madre in tutti e cinque i continenti, raccogliendo l’eredità del vasto impero coloniale britannico.
Dalla Gran Bretagna si è diffuso in Irlanda, in Nord America (Stati Uniti e Canada), nei Caraibi (dove è presente come lingua ufficiale, per esempio in Giamaica, e come base di numerose varietà creole), in Australia, Nuova Zelanda, Sud Africa.
Il colonialismo ne ha inoltre consentito la diffusione come lingua di assimilazione, seconda lingua o lingua veicolare in un’area straordinariamente vasta, comprendente l’Asia meridionale (Pakistan, India, Bangladesh, Sri Lanka), l’Africa equatoriale occidentale (Sierra Leone, Ghana, Gambia, Nigeria, Camerun; diverso è ovviamente il caso della Liberia), l’Africa orientale (Kenya, Tanzania, Uganda, Malawi, Zambia, Zimbabwe), il Sud-Est asiatico e il Pacifico (Singapore, Malesia, Hong Kong, Papua Nuova Guinea, Filippine).
L’inglese svolge inoltre il ruolo di lingua veicolare internazionale in alcuni ambiti professionali, come il traffico aereo, la comunicazione scientifica, la politica e le relazioni internazionali, l’ambiente economico-finanziario; è inoltre associato a un elevato prestigio per il suo legame con l’industria culturale americana e in generale con il potere economico dell’Occidente.
Dati i caratteri di questa diffusione Crystal propone persuasivamente di dividere i parlanti inglesi in tre cerchi concentrici: il primo, quello più interno, costituito dai parlanti madrelingua, ammonterebbe a circa 337 milioni di individui; il secondo, relativo alla diffusione come lingua straniera nelle antiche aree coloniali, conterebbe circa 235 milioni di unità. Il totale di queste due prime categorie sarebbe quindi di 562 milioni di parlanti: Crystal propone però di correggere verso l’alto questi numeri, giungendo a una somma di circa 800 milioni di parlanti, per tenere conto della dispersione inevitabile dei calcoli in un’area linguistica così diffusa e del rapido incremento demografico di molte delle regioni considerate (India, Malesia, Filippine, Nigeria ecc.).
Il terzo cerchio infine è costituito dalla diffusione nel mondo industriale (in Europa, Russia, Giappone, Cina ecc.) dell’inglese come lingua di prestigio, sia per esigenze professionali sia come lingua di cultura (ad esempio insegnata nel sistema scolastico): si afferma che questa categoria potrebbe variare dai cento milioni al miliardo di individui, e si valuta comunque che una buona competenza sarebbe raggiunta da circa 400-700 milioni di questi.
Tale cifra ci sembra francamente ottimistica: da un recente rapporto sulla diffusione delle lingue nell’Unione europea si evince che solo il 53% dei cittadini dell’Unione (purtroppo) afferma di parlare una seconda lingua, che, per il 41% di questi, è rappresentata dall’inglese (per inciso solo il 47% di questa restante porzione dichiara di possedere una competenza buona o molto buona). Per superare i 400 milioni di parlanti (compresi quelli con un livello elementare) sarebbe pertanto necessario che la diffusione dell’inglese tra i cittadini non madrelingua dell’Unione europea fosse estesa all’intero continente europeo, Russia compresa, a tutta la Cina e al Giappone: la cosa sembra francamente difficile considerati i livelli di scolarizzazione difformi, l’alfabetizzazione primaria in diversi sistemi di scrittura, l’assenza di una tradizione nell’insegnamento di questa lingua negli stati ex socialisti e in Cina, le maggiori difficoltà di quanti hanno come lingua madre una varietà non europea, come il cinese e il giapponese, ad apprendere l’inglese per l’assenza di lessico comune e di affinità tipologiche.
Quella di Crystal sembra quindi una previsione a breve-medio termine, e non è pertanto confrontabile con i dati qui discussi per le altre lingue. La sola cosa che ci sentiamo di affermare è che la «massa parlante» inglese può essere compresa attualmente tra il mezzo miliardo e il miliardo di individui, e pertanto è in un ordine di grandezza simile a quello del cinese e della somma di hindi e urdu.
Cinese
I parlanti cinesi sono più di un miliardo, che cosa si intende però con cinese? Generalmente in Occidente si fa riferimento al cinese comune mediante la dicitura mandarino: questa parola ha una storia piuttosto bizzarra dal momento che si è diffusa in Europa dal portoghese mandarim con cui si rendeva la parola malese (a sua volta di origine sanscrita) māntārâ «consigliere»: corrisponde quindi al cinese guânghuà, la «lingua degli ufficiali», ovvero la lingua della burocrazia dell’impero Ming, basata sulla varietà di Pechino e diffusasi dal XV secolo soprattutto come lingua scritta.
Dal momento però che la scrittura cinese ha un carattere fondamentalmente ideografico (ogni segno indica grosso modo una parola primitiva) a un’unica lingua scritta corrispondevano tradizionalmente diverse varietà parlate, soprattutto nell’area costiera meridionale. Alcune di queste hanno tuttora una grande diffusione: per fare un esempio la varietà wu (per cui si calcolano più di 77 milioni di parlanti) propria della città di Sciangai e del delta del fiume Jangtse, l’area più fertile e popolosa della Cina.
Le numerose varietà cinesi (han) non sono però le sole presenti nella Cina attuale, e convivono a fianco di numerose minoranze che sommano complessivamente circa 91 milioni di parlanti (il 6,5% della popolazione).
La Cina insomma è uno Stato costituito da numerose nazionalità (con una preponderante presenza han) ma tenuto assieme da una tradizione straordinariamente antica di unità politica e centralizzazione. Per far fronte a questa complessa situazione il governo socialista, fin dal 1955-1956, ha attuato una politica linguistica molto simile a quella perseguita dall’Unione Sovietica: promozione attraverso il sistema scolastico di una lingua unitaria, denominata pŭtonghuà «lingua comune»; ma anche salvaguardia delle identità: le lingue di minoranza (cinquantacinque sono riconosciute ufficialmente) e le maggiori varietà locali.
Il cinese ha statuto di ufficialità anche a Taiwan, Hong Kong e Singapore ed è notevolmente diffuso in Tailandia e nel Pacifico (Indonesia, Malesia, Brunei, Filippine) e costituisce anche un’importante lingua franca commerciale in tutta l’area.
Hindi e Urdu
L’hindi e l’urdu sono due lingue indoarie con un lessico largamente comune e un buon grado di intercomprensibilità: potrebbero quindi essere considerate due varietà della medesima lingua, anche se le forti divisioni religiose e politiche tra le due comunità di parlanti (rispettivamente indiana settentrionale e pakistana) tendono a enfatizzare le differenze più che le somiglianze.
Questa storia complessa è visibile anche nel ricorso a diversi sistemi di scrittura: l’urdu è scritto in grafia arabopersiana, l’hindi in devanagari, utilizzato in gran parte dell’India anche per il sanscrito, la lingua dei testi induisti. Sia il Pakistan sia l’India sono Stati multinazionali: nella Repubblica Islamica del Pakistan l’urdu condivide lo status di lingua nazionale con il sindhi (un’altra lingua indoaria) e l’inglese; nel paese sono presenti numerose minoranze linguistiche (circa settanta), soprattutto di varietà iraniche (tra cui il pashto e il baluci).
L’urdu così è madrelingua solo per il 7,57% della popolazione, ma a questa va aggiunta una quota molto vasta dei 148 milioni di abitanti che hanno appreso l’urdu come lingua di prestigio. Inoltre una folta comunità linguistica è presente in India (ben 48 milioni di parlanti e status di lingua ufficiale), mentre in Sud Africa e Mauritius l’urdu ha una certa diffusione per la presenza di comunità pakistane con ruoli sociali elevati.
Ancora più complessa è la situazione dell’India, che con il suo miliardo di abitanti rappresenta una vera e propria confederazione di nazionalità diverse: la grande attenzione per le autonomie è visibile anche nella politica linguistica attuata dalla Repubblica che riconosce ben quindici lingue ufficiali (più l’inglese considerato lingua ufficiale aggiunta): tra queste c’è anche l’hindi, che ha inoltre un ruolo di lingua veicolare almeno nella parte superiore del subcontinente, quella in cui sono diffuse lingue indo-arie.
Solo nell’India meridionale, in cui sono preponderanti lingue dravidiche, ci sono resistenze all’adozione dell’hindi per la comunicazione tra parlanti di lingue diverse, e a questo è preferito il tamil, se non l’inglese nella comunicazione con gli indiani del Nord. Numerosi indicatori comunque convergono nel registrare continui progressi dell’hindi come lingua veicolare e di prestigio della Repubblica Indiana. Si calcola così che circa metà dei cittadini di questo grande paese abbiano una competenza in hindi come lingua madre o come seconda lingua. Minoranze hindi sono inoltre presenti in Nepal, Sud Africa e Uganda.
Spagnolo
Anche l’area ispanica eredita, come l’inglese, i vasti territori di un impero coloniale. Comprende gran parte dell’America centrale e meridionale, il Marocco, la Guinea equatoriale e le Filippine. Inoltre, secondo il censimento del 1990, più di 22 milioni di statunitensi (l’8,9% del totale) sono madrelingua spagnoli: questa lingua ha infatti negli USA una sua tradizione dal momento che i territori Sud-occidentali del paese devono la loro prima colonizzazione europea a popolazioni ispanofone. Nello stato del Nuovo Messico ad esempio, fino agli anni Trenta del Novecento, lo spagnolo è stato la lingua ufficiale, usata nell’amministrazione e nel sistema scolastico, e grandi minoranze ispaniche sono tradizionalmente presenti in California e in Texas.
Questa componente della società americana è in continua crescita, tra l’altro, per il continuo afflusso di migranti dall’America centrale e dai Caraibi. Lo spagnolo ha inoltre una certa diffusione nel mondo come lingua di cultura: in Europa ad esempio è indicata dall’1% (al pari dell’italiano) di quanti conoscono una lingua straniera.
Russo
I parlanti madrelingua russi sono circa 153 milioni nei territori dell’ex URSS. Una cifra quindi già alta che però si accresce notevolmente considerando la presenza di minoranze russe all’esterno della madrepatria e l’uso di questa lingua come veicolare in una vasta regione del mondo. Quest’area fino al 1989 si estendeva a tutta la sfera di influenza dell’ex Unione Sovietica, ma, com’è noto, si è fortemente ridotta con la fine della guerra fredda.
Il russo ha perso così molto del suo prestigio nell’antica Europa comunista, dove comunque continua ad essere diffuso come lingua straniera (per esempio nel sistema scolastico). È tuttora la lingua veicolare all’interno della Comunità di Stati indipendenti, e di fatto in tutto il territorio su cui si estese l’URSS con la significativa eccezione di Lituania, Lettonia ed Estonia, in cui sono però presenti folte minoranze russe. È bene ricordare che il territorio della sola Russia comprende numerosissime nazionalità e che a queste vanno aggiunte le antiche repubbliche sovietiche autonome, tutti Stati solo in parte mononazionali.
Quest’area, estremamente intricata linguisticamente, è stata in parte centralizzata dall’URSS mediante l’insegnamento del russo nella scuola come prima o seconda lingua. La politica bolscevica delle nazionalità è stata però complessa, e ha avuto orientamenti non univoci. Accanto alla centralizzazione va infatti ricordato il grande impegno per l’alfabetismo, compiuto in genere nella varietà primaria dei singoli parlanti, con un notevole rispetto, soprattutto in alcune fasi, per gran parte delle lingue presenti sul territorio dell’Unione. Comunità russe sono inoltre presenti in Mongolia, Cina, Israele e Stati Uniti.
Arabo
Le ragioni di diffusione dell’arabo sono storicamente molto stratificate: al territorio della grande espansione islamica – penisola arabica, Medio Oriente e Nord-Africa – si aggiungono progressi continui in Africa e in Asia per ragioni economico-commericali, religiose e di cultura. Più difficile è però determinare cosa si intenda con arabo. «Ethnologue» ad esempio censisce più di trenta varietà di questa lingua, compresi i numerosi creoli, per un numero complessivo di 195 milioni di parlanti.
La lingua unificante, il cosiddetto arabo standard, rappresenta una variante modernizzata dell’arabo classico: è insegnata nelle scuole, usata come lingua scritta e nel parlato formale. In «Ethnologue» però si afferma che ben 100 milioni dei parlanti madrelingua di una varietà di arabo, non hanno competenza dello standard.
Se dalle lingue di più ampia diffusione giriamo lo sguardo sul complesso delle più di seimila varietà presenti attualmente nel globo ci accorgiamo che il numero medio di parlanti per lingua è compreso tra cinquemila e seimila unità.
Gran parte di queste quindi sono ristrette a piccole comunità e possono pertanto considerarsi «a rischio» di assimilazione da parte delle varietà più popolose. Un gruppo più ristretto è inoltre molto prossimo all’estinzione: secondo «Ethnologue» ben 417 lingue nel mondo contemporaneo sono destinate a sparire alla morte dei loro ultimi parlanti.
L’estinguersi di una lingua rappresenta una tragedia culturale irrimediabile: può essere paragonata, fatte le dovute differenze, alla distruzione di un museo d’arte, d’un sito archeologico, di una biblioteca, o, per ragioni diverse, alla scomparsa di una specie biologica.
Ogni lingua infatti è connaturata a una visione del mondo e a una cultura non direttamente traducibili in un’altra lingua: non accorgersi quindi del danno costituito dalla morte di una lingua, con l’argomento che «le lingue sono scomparse in tutta la storia dell’umanità», equivale a considerare normale radere al suolo le rovine di Pompei perché la distruzione di una città da parte di un vulcano rappresenta in definitiva un evento assolutamente naturale.
La modernità si è fondata anche sulla riscoperta dei classici, la catalogazione delle testimonianze del passato, la comparazione delle diverse culture dell’umanità. Va quindi registrato un ritardo culturale nella coscienza contemporanea di fronte a questo problema: nessuno metterebbe in discussione l’utilità di conservare le testimonianze scritte del greco antico o dell’aramaico in archivi e biblioteche, il mantenimento di una pinacoteca con opere tardomedievali e rinascimentali, o, per altri versi, gli sforzi compiuti per il ripopolamento delle balene o di altre specie naturali a rischio. Eppure, in gran parte del mondo, poco o nulla si fa per mantenere vitali lingue ristrette a gruppi molto esigui, e che quindi sono sul punto di scomparire.
Accanto a queste considerazioni vanno tenuti presenti i diritti soggettivi di quelle comunità destinate a perdere la loro lingua: un gruppo assimilato è per molti versi un gruppo dimezzato politicamente, condannato all’insicurezza linguistica e a un ruolo marginale. Ci vuole poco, al contrario, per aiutare quel gruppo a diventare bi- o trilingue, consapevole della sua identità e contemporaneamente inserito in una grande lingua e cultura nazionale.
Senza considerare poi che l’indifferenza della coscienza collettiva o dei poteri pubblici verso le minoranze linguistiche, se non addirittura le politiche attive volte alla loro assimilazione, raggiungono in alcuni casi l’effetto opposto a quello desiderato: i gruppi sufficientemente forti infatti si ri-etnicizzano e avviano una riscoperta delle loro tradizioni linguistiche in chiave meramente localistica e aggressiva. E tale rinascita delle piccole patrie è una delle cifre che caratterizza questo difficile passaggio di secolo.
Se solleviamo il problema delle lingue in via di estinzione in questa sede è però per un altro motivo: vogliamo cioè chiederci se si può scorgere in tale fenomeno la prova di una presunta globalizzazione linguistica, come alcuni sostengono. Poniamo quindi il problema in questa forma: i membri delle comunità che stanno perdendo la loro lingua sono tutti assimilati dall’inglese, nuova lingua «globale»? o comunque entrano sempre a far parte dei parlanti di una delle lingue «mondiali» precedentemente illustrate?
Per molte delle lingue in via di estinzione «Ethnologue» registra anche l’eventuale bilinguismo degli ultimi parlanti rimasti: si può notare quindi come l’assimilazione sia in atto verso l’inglese solo in quegli Stati in cui questa lingua, o una sua varietà creola, sia stabilmente in uso come lingua madre: quindi per le lingue amerindiane presenti negli Stati Uniti e in Canada e per le lingue originarie dell’Australia e della Nuova Guinea.
Un fenomeno assolutamente parallelo è in atto per le altre lingue di maggiore diffusione: le lingue native del Centro e Sud America, quando scompaiono, sono generalmente assimilate dallo spagnolo o dal portoghese (in Brasile). L’isola di Taiwan rappresenta una realtà linguistica estremamente complessa: su un fondo molto variegato di lingue del gruppo austronesiano si sono infatti sovrapposte varietà cinesi. Attualmente alcune delle varietà austronesiane (babuza, kavalan, pazeh, thao) stanno morendo per assimilazione alla comunità han.
Gli ultimi parlanti dell’a-pucikwar, in India, sono bilingui hindi. Allo stesso modo l’arabo ha quasi completamente assorbito due lingue presenti in Ciad: il berakou e il massalat. Al di fuori però delle aree popolate da una maggioranza di parlanti nativi delle lingue mondiali l’assimilazione procede seguendo diverse vie: nella penisola scandinava i parlanti pite saami sono stati quasi totalmente assimilati dal norvegese o da lo svedese. I mogholi afghani sono bilingui farsi, la lingua nazionale iraniana diffusa nel nord dell’Afghanistan.
E in Vietnam la lingua nazionale è parlata anche dagli ultimi arem. In molti casi inoltre le esigue comunità linguistiche residue mostrano di accogliere una lingua che non ha un ruolo nazionale o ufficiale. Esemplari in questo senso sono alcune situazioni africane: in Guinea ci sono due lingue ufficiali, il fuuta jalon (parlato da circa il 40% della popolazione) e il francese: due delle lingue parlate nel paese sono in via di estinzione, il baga koga e il baga mboteni, e i loro parlanti sono bilingui non con una delle lingue ufficiali, ma con il susu, lingua che annovera circa 950.000 parlanti tra Guinea e Sierra Leone.
Il Camerun ha come lingue ufficiali l’inglese e il francese: di alcune lingue – bikya, bis-huo e busuu – si contano solo una manciata di parlanti in quanto le loro comunità parlano ora comunemente varietà jukun, una piccola famiglia (annovera circa 70000 parlanti in tutto) di lingue usate soprattutto per la comunicazione tra tribù diverse. Singolarmente anche in Nigeria, che pure ha ben nove lingue ufficiali (tra cui l’inglese), queste varietà jukun mostrano di assimilare le comunità bete e lufu, le cui lingue sono considerate prossime a estinguersi.
Da queste considerazioni ci sembra di poter concludere che l’imminente estinzione di molte lingue è una tragedia che non sembra connessa con la formazione, nel XX secolo, dell’evocato villaggio globale: questa rimanda piuttosto a fenomeni di più lunga durata, come la brutalità del colonialismo europeo nelle Americhe e in Australia, la difficoltà che hanno le comunità di cacciatori-raccoglitori a mantenere un’identità culturale in economie agricoloindustriali, le modalità della formazione degli Stati moderni e le loro politiche linguistiche, i preconcetti di molti operatori del sistema scolastico, e altre questioni ancora.
Il linguista britannico David Crystal ha compiuto nel libro citato una meditata previsione sulla futura ascesa dell’inglese al ruolo di lingua globale. La sua argomentazione procede in questo modo: innanzi tutto si osserva come nel mondo contemporaneo si siano raggiunte le condizioni per la diffusione globale di una lingua; poi si registra la prossima ascesa dell’inglese a prima lingua mondiale per prestigio, numero di parlanti e diffusione territoriale; infine si ritiene che il ruolo di lingua globale possa essere raggiunto nella storia dell’umanità una sola volta.
Se una varietà raggiungerà la «massa critica» per diventare la lingua di riferimento dell’intero mondo, questa impedirà un parallelo sviluppo di altre varietà: e pertanto l’inglese, volenti o nolenti, sarebbe la lingua che si è trovata «al punto giusto nel momento giusto». Crystal ipotizza quindi che fra cinquecento anni tutti gli esseri umani si troveranno, al momento della nascita, inevitabilmente esposti all’inglese.

Appunto, tra cinquecento anni. Da parte nostra crediamo che sia profondamente sbagliato affidare a tale previsione un qualsiasi ruolo sugli orientamenti della politica attuale. Crystal svolge, da eminente studioso, un ragionamento che risponde a una curiosità intellettuale circa il futuro remoto. Possiamo essere d’accordo con le sue argomentazioni o no (in particolare con l’ultimo passaggio del suo ragionamento). Questa previsione ci distoglie però inevitabilmente da quella che ci sembra la maggiore sfida per l’umanità contemporanea.
Abbiamo visto come almeno sei lingue, se non più, siano destinate ad avere, almeno in questo secolo, un ruolo molto forte per l’identità e la comunicazione veicolare di grandi parti dell’umanità. Si tratta di lingue molto diverse tra loro che usano, tra l’altro, cinque diversi sistemi di scrittura difficilmente traslitterabili l’uno nell’altro: ideografico cinese, arabo, devanagari (questi due a base fondamentalmente sillabica), cirillico e latino.
Come si renderà possibile la comunicazione tra queste grandi aree dell’umanità del XXI secolo? Attraverso quali risorse linguistiche mondi molto diversi tra loro possono comprendersi reciprocamente? Crediamo che questi siano i veri interrogativi che la politica contemporanea deve porsi.
L’anno 2500 ci sembra invece francamente sottratto a ogni previsione. Non possiamo sapere se l’attuale posizione di predominio dell’Occidente sul mondo sia destinata a durare tanto a lungo da rendere possibile un ritorno dell’umanità al paradiso terrestre della lingua globale. Ci limitiamo però ad osservare che il passato è pieno di profezie sullo sviluppo delle lingue che si sono dimostrate inconsistenti alla prova dei fatti.
Lo stesso Crystal cita il giudizio formulato nel 1873 da Isaac Pitman, allora curatore del «Phonetic Journal», circa la diffusione delle lingue nel mondo dell’anno 2000. Pitman prevedeva all’incirca la seguente gerarchia: 1. inglese (1.800 milioni di parlanti); 2. spagnolo (505 milioni); 3. tedesco (157 milioni); 4. russo (130 milioni); 5. francese (72 milioni); 6. italiano (53 milioni).
È palese l’incapacità di prevedere l’ascesa delle lingue dell’Asia, secondo un canone vittoriano per cui nel Novecento il mondo sarebbe stato ancora interamente organizzato dal colonialismo europeo. Non possiamo escludere che anche noi guardiamo al domani con gli occhi di uomini del secolo dell’americanismo.
Inoltre, le maggiori lingue del mondo mostrano non solo di diffondersi, ma anche di diversificarsi al loro interno. Questo fenomeno è vero anche per l’inglese contemporaneo malgrado questa lingua, almeno nella coscienze degli intellettuali americani, sia stata spesso associata a un’«eccezionale» uniformità, dovuta alla mobilità e alla democraticità della società civile statunitense.
Possiamo ricordare in proposito il giudizio di Timoty Dwight, poligrafo e presidente del College di Yale tra il 1795 e il 1817, e dello stesso Alexis de Toqueville, concordi nel rilevare l’assenza di dialetti negli USA. Non stupisce quindi se John Adams, rivolgendosi al Congresso nel 1780, fosse convinto di una sorta di missione unificatrice dell’umanità affidata all’inglese, la lingua che nel Nuovo Mondo era riuscita a rendere unitario un insieme di popoli e classi estremamente disomogeneo.
Per effetto di tale preconcetto, quando si riscontrarono differenze geografiche nell’inglese statunitense, queste furono interpretate come il risultato del complesso processo di colonizzazione, e si immaginò la loro scomparsa imminente. L’omogeneità del General American English si è rivelata poco più di un mito alla prova della successiva ricerca linguistica che anzi, soprattutto nei contributi degli ultimi venti anni, ha mostrato chiaramente come nell’inglese del Nord America siano rintracciabili almeno quattro grandi aree dialettali formatesi per l’evoluzione divergente del Sud, della regione dei grandi laghi, dell’Ovest e del Canada negli anni successivi al 1875. La lingua destinata, secondo i fondatori degli Stati Uniti, a far sparire minoranze e dialetti si sta quindi diversificando al suo interno e questo fatto ci sembra di buon auspicio per un futuro dell’umanità ricco di diversità linguistica.
Bibliografia

Las culturas y la globalización

Las culturas y la globalización
Mario Vargas Llosa
16 ABR 2000

Uno de los argumentos más frecuentes contra la globalización se lo escuchó en los alborotos contestatarios de Seattle, Davos y Bangkok es el siguiente:La desaparición de las fronteras nacionales y el establecimiento de un mundo interconectado por los mercados internacionales infligirá un golpe de muerte a las culturas regionales y nacionales, a las tradiciones, costumbres, mitologías y patrones de comportamiento que determinan la identidad cultural de cada comunidad o país.

Incapaces de resistir la invasión de productos culturales de los países desarrollados o, mejor dicho, del superpoder, los Estados Unidos, que, inevitablemente, acompañan como una estela a las grandes trasnacionales, la cultura norteamericana (algunos arrogantes la llaman la “subcultura”) terminará por imponerse, uniformizando al mundo entero, y aniquilando la rica floración de diversas culturas que todavía ostenta. De este modo, todos los demás pueblos, y no sólo los pequeños y débiles, perderán su identidad vale decir, su alma y pasarán a ser los colonizados del siglo XXI, epígonos, zombies o caricaturas modelados según los patrones culturales del nuevo imperialismo, que, además de reinar sobre el planeta gracias a sus capitales, técnicas, poderío militar y conocimientos científicos, impondrá a los demás su lengua, sus maneras de pensar, de creer, de divertirse y de soñar.

Esta pesadilla o utopía negativa, de un mundo que, en razón de la globalización, habrá perdido su diversidad lingüística y cultural y sido igualado culturalmente por los Estados Unidos, no es, como algunos creen, patrimonio exclusivo de minorías políticas de extrema izquierda, nostálgicas del marxismo, del maoísmo y del guevarismo tercermundista, un delirio de persecución atizado por el odio y el rencor hacia el gigante norteamericano. Se manifiesta también en países desarrollados y de alta cultura, y la comparten sectores políticos de izquierda, de centro y de derecha. El caso tal vez más notorio sea el de Francia, donde periódicamente se realizan campañas por los gobiernos, de diverso signo ideológico, en defensa de la “identidad cultural” francesa, supuestamente amenazada por la globalización. Un vasto abanico de intelectuales y políticos se alarman con la posibilidad de que la tierra que produjo a Montaigne, Descartes, Racine, Baudelaire, fue árbitro de la moda en el vestir, en el pensar, en el pintar, en el comer y en todos los dominios del espíritu, pueda ser invadida por los McDonald’s, los Pizza Huts, los Kectucky Fried Chicken, el rock y el rap, las películas de Hollywood, los blue jeans, los sneakers y los polo shirts. Este temor ha hecho, por ejemplo, que en Francia se subsidie masivamente a la industria cinematográfica local y que haya frecuentes campañas exigiendo un sistema de cuotas que obligue a los cines a exhibir un determinado número de películas nacionales y a limitar el de las películas importadas de los Estados Unidos. Asimismo, ésta es la razón por la que se han dictado severas disposiciones municipales (aunque, a juzgar por lo que ve el transeúnte por las calles de París, no son muy respetadas) penalizando con severas multas los anuncios publicitarios que desnacionalicen con anglicismos la lengua de Molière. Y no olvidemos que José Bové, el granjero convertido en cruzado contra la malbouffe (el mal comer), que destruyó un McDonald’s, se ha convertido poco menos que en un héroe popular en Francia.

Aunque creo que el argumento cultural contra la globalización no es aceptable, conviene reconocer que, en el fondo de él yace una verdad incuestionable. El mundo en el que vamos a vivir en el siglo que comienza va a ser mucho menos pintoresco, impregnado de menos color local, que el que dejamos atrás. Fiestas, vestidos, costumbres, ceremonias, ritos y creencias que en el pasado dieron a la humanidad su frondosa variedad folclórica y etnológica van desapareciendo, o confinándose en sectores muy minoritarios, en tanto que el grueso de la sociedad los abandona y adopta otros, más adecuados a la realidad de nuestro tiempo. Éste es un proceso que experimentan, unos más rápido, otros más despacio, todos los países de la Tierra. Pero, no por obra de la globalización, sino de la modernización, de la que aquélla es efecto, no causa. Se puede lamentar, desde luego, que esto ocurra, y sentir nostalgia por el eclipse de formas de vida del pasado que, sobre todo vistas desde la cómoda perspectiva del presente, nos parecen llenas de gracia, originalidad y color. Lo que no creo que se pueda es evitarlo. Ni siquiera los países como Cuba o Corea del Norte, que, temerosos de que la apertura destruya los regímenes totalitarios que los gobiernan, se cierran sobre sí mismos y oponen toda clase de censuras y prohibiciones a la modernidad, consiguen impedir que ésta vaya infiltrándose en ellos y socave poco a poco su llamada “identidad cultural”. En teoría, sí, tal vez, un país podría conservarla, a condición de que, como ocurre con ciertas remotas tribus del África o la Amazonía, decida vivir en un aislamiento total, cortando toda forma de intercambio con el resto de las naciones y practicando la autosuficiencia. La identidad cultural así conservada retrocedería a esa sociedad a los niveles de vida del hombre prehistórico.

Es verdad, la modernización hace desaparecer muchas formas de vida tradicionales, pero, al mismo tiempo, abre oportunidades y constituye, a grandes rasgos, un gran paso adelante para el conjunto de la sociedad. Es por eso que, en contra a veces de lo que sus dirigentes o intelectuales tradicionalistas quisieran, los pueblos, cuando pueden elegir libremente, optan por ella, sin la menor ambigüedad.

En verdad, el alegato a favor de la “identidad cultural” en contra de la globalización, delata una concepción inmovilista de la cultura que no tiene el menor fundamento histórico. ¿Qué culturas se han mantenido idénticas a sí mismas a lo largo del tiempo? Para dar con ellas hay que ir a buscarlas entre las pequeñas comunidades primitivas mágico-religiosas, de seres que viven en cavernas, adoran al trueno y a la fiera, y, debido a su primitivismo, son cada vez más vulnerables a la explotación y el exterminio. Todas las otras, sobre todo las que tienen derecho a ser llamadas modernas es decir, vivas, han ido evolucionando hasta ser un reflejo remoto de lo que fueron apenas dos o tres generaciones atrás. Ése es, precisamente, el caso de países como Francia, España e Inglaterra, donde, sólo en el último medio siglo, los cambios han sido tan profundos y espectaculares, que, hoy, un Proust, un García Lorca y una Virginia Woolf, apenas reconocerían las sociedades donde nacieron, y cuyas obras ayudaron tanto a renovar.

La noción de “identidad cultural” es peligrosa, porque, desde el punto de vista social representa un artificio de dudosa consistencia conceptual, y, desde el político, un peligro para la más preciosa conquista humana, que es la libertad. Desde luego, no niego que un conjunto de personas que hablan la misma lengua, han nacido y viven en el mismo territorio, afrontan los mismos problemas y practican la misma religión y las mismas costumbres, tenga características comunes. Pero ese denominador colectivo no puede definir cabalmente a cada una de ellas, aboliendo, o relegando a un segundo plano desdeñable, lo que cada miembro del grupo tiene de específico, la suma de atributos y rasgos particulares que lo diferencian de los otros. El concepto de identidad, cuando no se emplea en una escala exclusivamente individual y aspira a representar a un conglomerado, es reductor y deshumanizador, un pase mágico-ideológico de signo colectivista que abstrae todo lo que hay de original y creativo en el ser humano, aquello que no le ha sido impuesto por la herencia ni por el medio geográfico, ni por la presión social, sino que resulta de su capacidad para resistir esas influencias y contrarrestarlas con actos libres, de invención personal.

En verdad, la noción de identidad colectiva es una ficción ideológica, cimiento del nacionalismo, que, para muchos etnólogos y antropólogos, ni siquiera entre las comunidades más arcaicas representa una verdad. Pues, por importantes que para la defensa del grupo sean las costumbres y creencias practicadas en común, el margen de iniciativa y de creación entre sus miembros para emanciparse del conjunto es siempre grande y las diferencias individuales prevalecen sobre los rasgos colectivos cuando se examina a los individuos en sus propios términos y no como meros epifenómenos de la colectividad. Precisamente, una de las grandes ventajas de la globalización, es que ella extiende de manera radical las posibilidades de que cada ciudadano de este planeta interconectado la patria de todos construya su propia identidad cultural, de acuerdo a sus preferencias y motivaciones íntimas y mediante acciones voluntariamente decididas. Pues, ahora, ya no está obligado, como en el pasado y todavía en muchos lugares en el presente, a acatar la identidad que, recluyéndolo en un campo de concentración del que es imposible escapar, le imponen la lengua, la nación, la iglesia, las costumbres, etcétera, del medio en que nació. En este sentido, la globalización debe ser bienvenida porque amplía de manera notable el horizonte de la libertad individual.

El temor a la americanización del planeta tiene mucho más de paranoia ideológica que de realidad. No hay duda, claro está, de que, con la globalización, el impulso del idioma inglés, que ha pasado a ser, como el latín en la Edad Media, la lengua general de nuestro tiempo, proseguirá su marcha ascendente, pues ella es un instrumento indispensable de las comunicaciones y transacciones internacionales. ¿Significa esto que el desarrollo del inglés tendrá lugar en menoscabo de las otras grandes lenguas de cultura? En absoluto. La verdad es más bien la contraria. El desvanecimiento de las fronteras y la perspectiva de un mundo interdependiente se ha convertido en un incentivo para que las nuevas generaciones traten de aprender y asimilar otras culturas (que ahora podrán hacer suyas, si lo quieren), por afición, pero también por necesidad, pues hablar varias lenguas y moverse con desenvoltura en culturas diferentes es una credencial valiosísima para el éxito profesional en nuestro tiempo. Quisiera citar, como ejemplo de lo que digo, el caso del español. Hace medio siglo, los hispanohablantes éramos todavía una comunidad poco menos que encerrada en sí misma, que se proyectaba de manera muy limitada fuera de nuestros tradicionales confines lingüísticos. Hoy, en cambio, muestra una pujanza y un dinamismo crecientes, y tiende a ganar cabeceras de playa y a veces vastos asentamientos, en los cinco continentes. Que en Estados Unidos haya en la actualidad entre 25 y 30 millones de hispanohablantes, por ejemplo, explica que los dos candidatos, el gobernador Bush y el vicepresidente Gore, hagan sus campañas presidenciales no sólo en inglés, también en español.

¿Cuántos millones de jóvenes de ambos sexos, en todo el globo, se han puesto, gracias a los retos de la globalización, a aprender japonés, alemán, mandarín, cantonés, árabe, ruso o francés? Muchísimos, desde luego, y ésta es una tendencia de nuestra época que, afortunadamente, sólo puede incrementarse en los años venideros. Por eso, la mejor política para la defensa de la cultura y la lengua propias, es promoverlas a lo largo y a lo ancho del nuevo mundo en que vivimos, en vez de empeñarse en la ingenua pretensión de vacunarlas contra la amenaza del inglés. Quienes proponen este remedio, aunque hablen mucho de cultura, suelen ser gentes incultas, que disfrazan su verdadera vocación: el nacionalismo. Y si hay algo reñido con la cultura, que es siempre de propensión universal, es esa visión parroquiana, excluyente y confusa que la perspectiva nacionalista imprime a la vida cultural. La más admirable lección que las culturas nos imparten es hacernos saber que ellas no necesitan ser protegidas por burócratas, ni comisarios, ni confinadas dentro de barrotes, ni aisladas por aduanas, para mantenerse vivas y lozanas, porque ello, más bien, las folcloriza y las marchita. Las culturas necesitan vivir en libertad, expuestas al cotejo continuo con culturas diferentes, gracias a lo cual se renuevan y enriquecen, y evolucionan y adaptan a la fluencia continua de la vida. En la antigüedad, el latín no mató al griego, por el contrario la originalidad artística y la profundidad intelectual de la cultura helénica impregnaron de manera indeleble la civilización romana y, a través de ella, los poemas de Homero, y la filosofía de Platón y Aristóteles, llegaron al mundo entero. La globalización no va a desaparecer a las culturas locales; todo lo que haya en ellas de valioso y digno de sobrevivir encontrará en el marco de la apertura mundial un terreno propicio para germinar.

En un célebre ensayo, Notas para la definición de la cultura, T. S. Eliot predijo que la humanidad del futuro vería un renacimiento de las culturas locales y regionales, y su profecía pareció entonces bastante aventurada. Sin embargo, la globalización probablemente la convierta en una realidad del siglo XXI, y hay que alegrarse de ello. Un renacimiento de las pequeñas culturas locales devolverá a la humanidad esa rica multiplicidad de comportamientos y expresiones, que es algo que suele olvidarse o, más bien, que se evita recordar por las graves connotaciones morales que tiene a partir de fines del siglo XVIII y, sobre todo, en el XIX, el Estado-nación aniquiló, y a veces en el sentido no metafórico sino literal de la palabra, para crear las llamadas identidades culturales nacionales. Éstas se forjaron a sangre y fuego muchas veces, prohibiendo la enseñanza y las publicaciones de idiomas vernáculos, o la práctica de religiones y costumbres que disentían de las proclamadas como idóneas para la Nación, de modo que, en la gran mayoría de países del mundo, el Estado-nación consistió en una forzada imposición de una cultura dominante sobre otras, más débiles o minoritarias, que fueron reprimidas y abolidas de la vida oficial. Pero, contrariamente a lo que piensan esos temerosos de la globalización, no es tan fácil borrar del mapa a las culturas, por pequeñas que sean, si tienen detrás de ellas una rica tradición que las respalde, y un pueblo que, aunque sea en secreto, las practique. Y lo vamos viendo, en estos días, en que, gracias al debilitamiento de la rigidez que caracterizaba al Estado-nación, las olvidadas, marginadas o silenciadas culturas locales, comienzan a renacer y dar señales de una vida a veces muy dinámica, en el gran concierto de este planeta globalizado.

Está ocurriendo en Europa, por doquier. Y quizás valga la pena subrayar el caso de España, por el vigor que tiene en él este renacer de las culturas regionales. Durante los cuarenta años de la dictadura de Franco, ellas estuvieron reprimidas y casi sin oportunidades para expresarse, condenadas poco menos que a la clandestinidad. Pero, con la democracia, la libertad llegó también para el libre desarrollo de la rica diversidad cultural española, y, en el régimen de las autonomías imperante, ellas han tenido un extraordinario auge, en Cataluña, en Galicia, en el País Vasco, principalmente, pero, también, en el resto del país. Desde luego, no hay que confundir este renacimiento cultural regional, positivo y enriquecedor, con el fenómeno del nacionalismo, fuente de problemas y una seria amenaza para la cultura de la libertad.

La globalización plantea muchos retos, de índole política, jurídica, administrativa, sin duda. Y ella, si no viene acompañada de la mundialización y profundización de la democracia la legalidad y la libertad, puede traer también serios perjuicios, facilitando, por ejemplo, la internacionalización del terrorismo y de los sindicatos del crimen. Pero, comparados a los beneficios y oportunidades que ella trae, sobre todo para las sociedades pobres y atrasadas que requieren quemar etapas a fin de alcanzar niveles de vida dignos para los pueblos, aquellos retos, en vez de desalentarnos, deberían animarnos a enfrentarlos con entusiasmo e imaginación. Y con el convencimiento de que nunca antes, en la larga historia de la civilización humana, hemos tenido tantos recursos intelectuales, científicos y económicos como ahora para luchar contra los males atávicos: el hambre, la guerra, los prejuicios y la opresión.

De la frustración al fracaso

De la frustración al fracaso

1 diciembre, 2018

Joaquín Villalobos
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Joaquín Villalobos

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“Soy un aventurero, pero de los que exponen el pellejo para demostrar sus verdades”, este pensamiento del Che Guevara establece que la voluntad es un valor sagrado para que los revolucionarios hagan “posible lo imposible”. Sin embargo, el nombramiento del Che como presidente del Banco Nacional de Cuba fue el inicio del gran desastre que ahora es la economía cubana. Cuando el continente era gobernado mayoritariamente por dictaduras, dominaba la creencia de que los guerrilleros éramos la solución, pero en realidad solo éramos un síntoma del conflicto que generaban las propias dictaduras. El marxismo leninismo se generalizó como religión entre los insurgentes porque procuraba la ilusión de que, al tomar el poder, sería posible transformar la sociedad fácil y rápido.

Pensando en las lecciones negativas que la izquierda salvadoreña podría aportar a terceros hay, entre muchas, tres que podemos destacar: la voluntad convertida en culto a la ignorancia, el Estado tomado por militantes partidarios y, ante el problema de seguridad, la creencia de que la prevención sirve para evitar lo que ya pasó. Estos errores tienen orígenes ideológicos, pero en la vida real sus consecuencias han sido fatales. Los dos primeros condujeron a un gobierno estructuralmente ineficaz y el tercero al fortalecimiento exponencial de la delincuencia.

Ilustraciones: Patricio Betteo

La idea de que la voluntad es más importante que el conocimiento, la inteligencia y la experiencia ha sido una receta generalizada para el fracaso de la extrema izquierda en todas partes, y eso mismo ocurrió en El Salvador. Sin duda la voluntad puede ser importante, pero sin inteligencia, sin conocimiento y sin un contexto histórico que le dé viabilidad a un proyecto político, es simplemente ingenuidad. En este pensamiento extremista coindicen quienes piensan que para resolver un problema basta tener fe.

Una rebelión armada surge siempre de forma fragmentada, anárquica y con visiones fundamentalistas. En El Salvador todos los alzados pasamos por el marxismo, pero el marxismo no pasó por todos. En nuestra experiencia, hubo dos momentos en el proyecto de la izquierda. El primero fue la amplia coalición que luchó contra la dictadura militar en la cual participaron socialdemócratas y socialcristianos sin armas junto a grupos armados, que incluían desde comunistas ortodoxos hasta guerrilleros que simpatizábamos con la socialdemocracia. La coalición histórica que enfrentó a la dictadura mostró audacia y creatividad para hacer la guerra y capacidad política para transformar a El Salvador en una democracia liberal mediante una negociación pragmática que acabó con el poder político de los militares, dio poder real a la Justicia, a la Fiscalía, al Parlamento y al voto de los ciudadanos. Antes de eso lo único importante eran los cambios de posiciones de los generales y coroneles dentro de la Fuerza Armada.

Sin embargo, para los comunistas de la coalición, el acuerdo de paz había sido una derrota y un error que dejaba pendiente el desenlace revolucionario. El conflicto entre el dogmatismo marxista y el centroizquierda fue permanente durante la guerra, pero se agravó cuando ésta terminó. Los comunistas, muchos de los cuales habían sido irrelevantes en la guerra, terminaron tomando control del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) ya convertido en partido político. La hegemonía del extremismo de izquierda acabó dando preminencia a la voluntad y al fundamentalismo ideológico sobre el conocimiento y el pragmatismo. Se produjo en la izquierda una transición de la inteligencia a la incompetencia. Miles de excombatientes que aportaron creatividad y audacia en la guerra, junto a centenares de profesionales y potenciales tecnócratas que tenían capacidad de gobernar, abandonaron al frente y otros fueron expulsados. En el camino, algunos personajes de centroizquierda fueron utilizados para ganar posiciones y luego desechados, tal como tradicionalmente han hecho los partidos marxistas en muchas partes. Así, instrumentalizando a terceros que no eran del partido, el FMLN ganó la alcaldía de la capital y el primer período presidencial. Estos terceros fueron la táctica para lograr el propósito estratégico de que gobernaran los comunistas que supuestamente “habían puesto el pellejo”.

Por ese camino, Salvador Sánchez Cerén un profesor de primaria, activista sindical, sin carisma, sin capacidad de comunicar, con escasos méritos en la guerra y poseedor de una extrema pobreza intelectual se convirtió por sólo 6 mil votos en presidente de El Salvador. Como candidato lo escondieron y como presidente se escondió. Para los izquierdistas bastó su voluntad y su historia de sacrificio. Pero lo central es que este presidente fue el símbolo del asalto al Estado por parte de la militancia y activistas del FMLN. En nuestro continente todos los partidos usan el Estado para dar empleo a algunos militantes, pero solo los proyectos de extrema izquierda toman masivamente el aparato de gobierno con sus militantes y arrasan con cualquier vestigio de meritocracia. Esto ha ocurrido en Venezuela, Nicaragua y Cuba, donde la lealtad al partido es más importante que la inteligencia.

La explicación ideológica a este problema reside en que el reconocimiento a los pobres como clase acaba convertido en culto a la ignorancia y a la pobreza como valores permanentes, más que en estados de atraso que deben superarse. Se trata de una visión religiosa aparentemente inocente y compasiva, pero que le sirve perversamente a un proyecto político que requiere obediencia total. Esta obediencia es incompatible con la naturaleza crítica, por lo tanto, el talento es considerado peligroso y la superación personal un valor derechista contrario a sus ideas. El carácter religioso de esta visión puede generar adeptos incluso entre personajes educados que se subordinan a quienes representan la voluntad, el sacrificio, la lucha o el heroísmo, no importa que se trate de líderes ignorantes, fundamentalistas o intransigentes equivocados. El culto a Chávez, padre de la hambruna venezolana, sería el ejemplo más reciente y la santificación del Che Guevara el caso más clásico.

Las pandillas centroamericanas son una catástrofe social que acabó convertida en un problema criminal masivo que tiene poca o ninguna conexión con el narcotráfico, pero que domina territorios en los que extorsiona, viola mujeres, asesina sistemáticamente a quienes se les oponen, impide el libre tráfico de personas, recluta a los jóvenes bajo amenaza y mantiene aterrorizadas a millones de personas. Su fuerza es tal, que son la causa de la segunda emergencia humanitaria del continente, después de la venezolana, con las caravanas de migrantes. La explicación de este fenómeno no es la pobreza que siempre ha estado presente. Guatemala, Honduras y El Salvador reciben cada año más de 17 mil millones de dólares en remesas que son un subsidio directo a la pobreza. Lo que provoca que la gente huya es la incapacidad de los gobiernos de establecer su autoridad y brindar seguridad a los habitantes de extensos espacios urbanos y rurales en los cuales las pandillas deciden a su antojo quién vive y quién muere.

Algunos pensamos que el FMLN iba a fracasar en todo menos en la seguridad. Su pasado como fuerza guerrillera le permitía entender el carácter territorial del problema y diseñar una estrategia para recuperar el territorio y liberar a la población. Sin embargo, la ineficiencia estructural también le pasó factura en este tema. En general las derechas tienden a poner el énfasis en las víctimas y priorizan la represión, mientras que las izquierdas suelen considerar a los delincuentes como víctimas sociales y dan prioridad a la prevención. En El Salvador, cuando las pandillas eran un problema más social que delictivo, los gobiernos de derecha aplicaron planes de mano dura que contribuyeron a que los pandilleros se convirtieran en una amenaza criminal. La extorsión y la armamentización nacieron tras el encarcelamiento de miles de jóvenes sólo por pertenecer a las pandillas. La cárcel los organizó y graduó como delincuentes; antes de la “mano dura” utilizaban puñales, piedras y garrotes, después pasaron a usar pistolas, armas automáticas y hasta explosivos.

Cuando el FMLN llegó al gobierno, las pandillas ya eran un fenómeno criminal homicida de gran escala. Sin embargo, el gobierno del FMLN decidió actuar en dirección opuesta a la derecha y se propuso prevenir la matanza en medio de la matanza. Esto condujo a otro error más grave, intentaron una tregua y un acuerdo de paz que le permitió a los delincuentes presentarse como personajes con vida pública, realizar conferencias de prensa y dar largas entrevistas por televisión. El mensaje fue claro: si el Estado negociaba con pandilleros, los ciudadanos víctimas debían pagar las extorsiones, obedecer y aceptar su autoridad. La idea surgió como un intento de copiar el acuerdo de paz entre el Estado y los insurgentes. El punto de partida moral fue considerar a la pobreza como la causa principal del incremento delictivo y establecer que los delincuentes son más víctimas que victimarios. Pero hay una enorme distancia moral y política entre delincuentes e insurgentes. Con una fuerza rebelde, a pesar de las diferencias ideológicas, existen valores básicos compartidos porque su propósito es político y su enemigo es el Estado. Con los delincuentes no existen valores compartidos porque, independientemente de que se origine en la pobreza, su motivación es la codicia y su enemigo son los ciudadanos que el Estado debe proteger.

Otro argumento utilizado para justificar la tregua fue decir que Estados Unidos negociaba con los delincuentes, con lo cual confundieron negociación política con sometimiento a la justicia. Lo primero supone reconocimiento político y alguna forma de amnistía, lo segundo es una estrategia judicial para destruir organizaciones criminales. Esto supone ofrecer reducción de penas a cambio de: confesar delitos, ayudar a capturar capos y entregar información y recursos. La utilización de una narrativa pública de tregua y negociación hacia las pandillas tuvo gravísimas consecuencias porque multiplicó el poder de los delincuentes y el miedo de los ciudadanos. Lo paradójico fue que la tregua se volvió tan impopular que el gobierno del FMLN tuvo que abandonarla y viró radicalmente hacia una estrategia de confrontación con las pandillas que ha sido juzgada por algunos como política de exterminio. El resultado actual de todo esto son centenares de policías, soldados y pandilleros muertos sin haber logrado recuperar los territorios ni liberado a los ciudadanos que continúan sometidos a la autoridad de las pandillas.

La izquierda marxista del FMLN vive una severa crisis de identidad. Pensaron que harían una revolución como la cubana cuando esto ya no era posible, luego se asumieron como socialistas bolivarianos y esto tampoco fue posible. En teoría se han mantenido leales al marxismo leninismo, a Cuba y a Maduro, pero siendo comunistas trataron de volverse empresarios. Con el dinero venezolano fundaron una financiera, una línea aérea, tuvieron el 30% de la distribución de combustible, una generadora de energía y muchos otros negocios, pero en todos quebraron. Sufrieron una aparatosa derrota en las elecciones parlamentarias de este año y las encuestas recientes los mandan a tercera posición en las presidenciales del 2019. A pesar de su retórica extremista, el baño de realidad los terminó acomodando al poder porque, en sentido estricto, se puede decir que no han sido un gobierno ni de izquierda, ni de centro, ni de derecha. Hace algunos años Gerardo Le Chevalier, ex dirigente democratacristiano, me dijo que el FMLN marxista de la posguerra tenía vocación de sindicato, eran maestros de la queja y especialistas en exigirle al poder, pero sin vocación para ejercerlo. Transitaron así de la frustración ideológica al fracaso político. Con mucha soberbia se creyeron buenos en todo pero una vez gobernando, demostraron que eran unos buenos para nada.

Joaquín Villalobos
Ex jefe guerrillero salvadoreño, consultor en seguridad y resolución de conflictos. Asesor del gobierno de Colombia para el proceso de paz.

Las representaciones sociales: Ejes teóricos para su discusión

Las representaciones sociales: Ejes teóricos para su discusión (2002)
Sandra Araya Umaña

CUADERNO DE CIENCIAS SOCIALES 127
© Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO)
Sede Académica Costa Rica
Apartado 11747-1000, San José, Costa Rica
Primera edición: octubre 2002
ÍNDICE
Presentación……………………………………………9
I. ¿Qué son las representaciones sociales?……11
II. ¿Por qué estudiar las representaciones sociales?…….12
III. Los alcances conceptuales………12
3.1 La realidad social………………13
3.2 Su devenir histórico…………………………….19
3.3 Las influencias teóricas………………20
3.3.1 Los aportes de la sociología clásica durkeimiana 21
3.3.2 Lucien Lévy-Bruhl……………….22
3.3.3 La sicología genética piagetiana..23
3.3.4 El psicoanálisis freudiano……………23
3.3.5 Los aportes de Fritz Heider…………..25
3.3.6 Berger & Luckmann……..25
3.4 El concepto………26
3.4.1 El alcance de lo social……………31
3.5 Formación de las representaciones sociales……………………………………………33
3.5.1 La objetivación……………….35
3.5.2 El anclaje…….36
3.6 Funciones de las representaciones sociales…………….37
3. 7 Sus condiciones de emergencia………………….38
3.8 Sus dimensiones………………39
3.8.1 La actitud…………………..39
3.8.2 La información……..40
3.8.3 El campo de representación……………41
3.9 Conceptos afines…………………….42
3.9.1 Las ideologías………………43
3.9.2 Las creencias……………………44
3.9.3 La percepción……………………..44
3.9.4 Los estereotipos……………………..45
3.9.5 La actitud…………………….45
3.9.6 La opinión……………45
3.9.7 La imagen…………46
IV. ¿Cómo se estudian las representaciones sociales?……….47
4.1 Las escuelas……………………….47
4.2 El enfoque procesual……………………..49
4.2.1 Presupuestos epistemológicos y ontológicos…………50
4.3 El enfoque estructural………………………..51
4.3.1 Presupuestos epistemológicos y ontológicos…..53
V. Técnicas de recolección………………54
5.1 Las técnicas interrogativas……………54
5.1.1 La entrevista……………………55
5.1.2 El cuestionario..57
5.1.3 Las tablas inductoras……………57
5.1.4 Dibujos y soportes gráficos……………58
5.1.5 Técnicas etnográficas………..58
5.2 Las técnicas asociativas…………………….59
5.2.1 La asociación libre………..59
5.2.2 La carta asociativa……………….60
5.3 Métodos de identificación de la organización y de la
estructura de una representación …..62
5.3.1 Técnicas de identificación de los lazos
entre elementos de la representación ………63
5.3.1.1 Construcción de pares de palabras..63
5.3.1.2 Comparación pareada………………..63
5.3.1.3 Constitución de conjunto de los términos…..63
5.3.2 Técnicas de jerarquización de los ítemes…..64
5. 3.2.1 Los tris jerarquizados sucesivos……………….64
5. 3.2.2 Las elecciones sucesivas por bloques…………..65
5.3.3 Técnicas de control de la centralidad………66
5.3.3.1 Técnica de cuestionamiento del núcleo central……..66
5.3.3.2 Técnica de inducción por guión ambiguo (ISA)………67
5.3.3.3 Técnica de los esquemas cognitivos de base (SCB)….68
VI. Métodos y técnicas de análisis…………………69
6.1 Análisis cualitativo según la Grounded Theory..70
6.1.1 Las etapas de análisis………..71
6.2 Análisis de procedencia de la información……74
6.3 Análisis gráfico de los significantes…….76
Bibliografía………….79

Presentación

(Serge) Moscovici propuso el concepto de representación social en 1961. Desde entonces, se ha pasado de la elaboración del concepto a un desarrollo de la teoría que ha permeado las ciencias sociales porque constituye una nueva unidad de enfoque que unifica e integra lo individual y lo colectivo, lo simbólico y lo social; el pensamiento y la acción.

La teoría de las Representaciones Sociales es una valiosa herramienta dentro y fuera del ámbito de la sicología social porque ofrece un marco explicativo acerca de los comportamientos de las personas estudiadas que no se circunscribe a las circunstancias particulares de la interacción, sino que trasciende al marco cultural y a las estructuras sociales más amplias como, por ejemplo, las estructuras de poder y de subordinación.
La mayor parte de las investigaciones sobre representación social son producciones europeas. En América Latina son México, Brasil y Venezuela los países con mayor producción en este campo. Este escrito cuyo propósito es ofrecer un instrumento que sintetice los principales aportes teóricos y metodológicos que hasta la actualidad se han desarrollado, es producto de una pasantía de investigación doctoral realizada en México en el año 2000.
Sandra Araya es Trabajadora Social (Universidad de Costa Rica, UCR), con un Doctorado en Educación por la misma casa de enseñanza. Se desempeña como docente del Programa de Posgrado de Trabajo Social (UCR) e Investigadora del Instituto de Investigación para el Mejoramiento de la Educación Costarricense (IIMEC) y consultora en temas de educación, trabajo infantil y familia y pobreza para la UNICEF. Ha publicado en México y en Costa Rica acerca de temas relacionados con género y educación y género y representaciones sociales.

I. ¿Qué son las representaciones sociales?
Cuando las personas hacen referencia a los objetos sociales, los clasifican, los explican y, además, los evalúan, es porque tienen una representación social de ese objeto.
Esto significa, como bien lo señala Jodelet (1984), que representar es hacer un equivalente, pero no en el sentido de una equivalencia fotográfica sino que, un objeto se representa cuando está mediado por una figura. Y es solo en esta condición que emerge la representación y el contenido correspondiente.
Las personas conocen la realidad que les circunda mediante explicaciones que extraen de los procesos de comunicación y del pensamiento social. Las representaciones sociales (R S) sintetizan dichas explicaciones y en consecuencia, hacen referencia a un tipo específico de conocimiento que juega un papel crucial sobre cómo la gente piensa y organiza su vida cotidiana: el conocimiento del sentido común.
El sentido común es, en principio, una forma de percibir, razonar y actuar (Reid, 1998). El conocimiento del sentido común es conocimiento social porque está socialmente elaborado. Incluye contenidos cognitivos, afectivos y simbólicos que tienen una función no solo en ciertas orientaciones de las conductas de las personas en su vida cotidiana, sino también en las formas de organización y comunicación que poseen tanto en sus relaciones interindividuales como entre los grupos sociales en que se desarrollan.
Las R S, en definitiva, constituyen sistemas cognitivos en los que es posible reconocer la presencia de estereotipos, opiniones, creencias, valores y normas que suelen tener una orientación actitudinal positiva o negativa. Se constituyen, a su vez, como sistemas de códigos, valores, lógicas clasificatorias, principios interpretativos y orientadores de las prácticas, que definen la llamada conciencia colectiva, la cual se rige con fuerza normativa en tanto instituye los límites y las posibilidades de la forma en que las mujeres y los hombres actúan en el mundo.
II. ¿Por qué estudiar las representaciones sociales?
¿Por qué las personas no usan preservativo, a pesar de las evidencias de su carácter preventivo del VIH/SIDA y otras enfermedades de transmisión sexual? ¿Por qué las mujeres víctimas de violencia doméstica, esperan — algunas, dolorosamente, hasta su muerte— la conversión del agresor? ¿Cuál es la representación social de “amor”, “cuerpo” “violencia” o “sexo” que está acompañando estas prácticas?
Emprender estudios acerca de la representación de un objeto social —VIH/SIDA; relaciones entre mujeres y hombres, por ejemplo— permite reconocer los modos y procesos de constitución del pensamiento social, por medio del cual las personas construyen y son construidas por la realidad social.
Pero además, nos aproxima a la “visión de mundo” que las personas o grupos tienen, pues el conocimiento del sentido común es el que la gente utiliza para actuar o tomar posición ante los distintos objetos sociales.
El abordaje de las RS posibilita, por tanto, entender la dinámica de las interacciones sociales y aclarar los determinantes de las prácticas sociales, pues la representación, el discurso y la práctica se generan mutuamente (Abric, 1994).
De lo anterior se deriva la importancia de conocer, desentrañar y cuestionar el núcleo figurativo de una RS alrededor del cual se articulan creencias ideologizadas, pues ello constituye un paso significativo para la modificación de una representación y por ende de una práctica social. (Banchs, 1991).
III. Los alcances conceptuales
En 1961, tras diez años de investigaciones empíricas y de elaboraciones teóricas, Serge Moscovici publicó su tesis doctoral “La psychanalyse, son imàge et son public”.
Aunque el psicoanálisis era el principio organizador de la obra, el contenido de la misma no se dirigía a la comprensión del psicoanálisis, sino al entendimiento de la naturaleza del pensamiento social.
En su trabajo teórico, Moscovici introduce la noción de representación social y aunque sus planteamientos iniciales intuían la relevancia de las nociones derivadas de las teorías constructivistas, es en la obra rubricada en 1976 (traducida al castellano en 1979) cuando introduce las aportaciones teóricas de los estudios de Berger y Luckmann .
Moscovici estudió cómo las personas construyen y son construidas por la realidad social y a partir de sus elaboraciones propuso una teoría cuyo objeto de estudio es el conocimiento del sentido común enfocado desde una doble vía: desde su producción en el plano social e intelectual y como forma de construcción social de la realidad (Banchs, 1988).
En este sentido la noción de realidad social y su proceso de construcción es un elemento clave para la comprensión de esta teoría.
3.1 La realidad social
La construcción social de la realidad es una idea fundante de la sociología. Durkheim fue quien más la desarrolló y posteriormente Schutz “sociologiza” los aportes filosóficos de la fenomenología de Husserl y desarrolla su teoría de la importancia de los significados sociales (Ritzer, 1 9 9 7).
A partir de los planteamientos de Schutz, Peter Berger y Thomas Luckmann son quienes más desarrollan el concepto.
Para Berger y Luckmann (1991), la construcción social de la realidad hace referencia a la tendencia fenomenológica de las personas a considerar los procesos subjetivos como realidades objetivas. Las personas aprehenden la vida cotidiana como una realidad ordenada, es decir, las personas perciben la realidad como independiente de su propia aprehensión, apareciendo ante ellas objetivada y como algo que se les impone.
El mundo de la vida cotidiana es aquel que se da por establecido como realidad. El sentido común que lo constituye se presenta como la “realidad por excelencia”, logrando de esta manera imponerse sobre la conciencia de las personas pues se les presenta como una realidad ordenada, objetivada y ontogenizada.
¿Cómo se forma en las personas la visión de la realidad? ¿Se forma individualmente o socialmente? ¿Cómo incide esta visión en sus conductas cotidianas? Sin duda, cada persona forma su propia opinión y elabora una particular visión de la realidad sin que, de modo alguno, esto signifique que dicha elaboración constituya un proceso individual e idiosincrásico.
Las inserciones de las personas en diferentes categorías sociales y su adscripción a distintos grupos, constituyen fuentes de determinación que inciden con fuerza en la elaboración individual de la realidad social, y esto es, precisamente, lo que genera visiones compartidas de la realidad e interpretaciones similares de los acontecimientos.
La realidad de la vida cotidiana, por tanto, es una construcción intersubjetiva, un mundo compartido. Ello presupone procesos de interacción y comunicación mediante los cuales las personas comparten y experimentan a los otros y a las otras. En esta construcción, la posición social de las personas así como el lenguaje juegan un papel decisivo al posibilitar la acumulación o acopio social del conocimiento que se transmite de generación en generación.
En resumen, el medio cultural en que viven las personas, el lugar que ocupan en la estructura social, y las experiencias concretas con las que se enfrentan a diario influyen en su forma de ser, su identidad social y la forma en que perciben la realidad social.
El anterior planteamiento goza del consenso en un amplio sector de quienes realizan investigación en las ciencias sociales (Ibáñez,1988). No obstante, dicho consenso empieza a desvanecerse cuando el análisis es referido a las propiedades objetivas de la realidad.
Efectivamente, en este aspecto existen puntos de vista divergentes. Por un lado, hay quienes señalan que las propiedades objetivas pueden ser descritas por observadores objetivos y observadoras objetivas. Agregan, además, que dichas propiedades pueden ser reconstruidas de forma incompleta y sesgada por los distintos protagonistas sociales en función de sus intereses particulares, de sus posiciones sociales, de sus experiencias culturales y de sus influencias culturales. De esta forma, la realidad objetiva se convierte en las realidades personales, siguiendo un proceso de distorsión que responde, él también, a determinaciones perfectamente objetivables.
En otras palabras, quienes se adscriben a estos planteamientos admiten que la realidad varía con las personas, pero consideran que es en el proceso de tratamiento de la información proporcionada por la realidad objetiva donde radica el mecanismo responsable de la existencia de realidades plurales (Ibáñez, op.cit.).
Otra posición, por el contrario, señala que la realidad presenta una serie de propiedades que, aun y siendo “realmente” constitutivas de la misma, no dejan de ser absolutamente subjetivas. O sea, son propiedades que conforman la realidad objetiva, pero que resultan de las actividades cognitivas y, en términos más generales, de las actividades simbólicas desarrolladas por las personas. Esto implica que la realidad tal y como es está parcialmente determinada por la realidad tal y como es para las personas. Significa ello que, en cierta medida, la realidad pasa a ser el resultado —o el producto— de la construcción subjetiva que de la misma realizan las personas.
Según está posición, no es que existan diferentes realidades porque existan diferentes maneras de tratar la misma realidad objetiva, sino que existen diferentes realidades porque la propia realidad incorpora en sí misma, y como parte constitutiva de sí misma, una serie de características que provienen de la actividad desarrollada por las personas en el proceso que les lleva a formar su propia visión de la realidad. (Ibáñez, op.cit.).
El punto álgido de la discusión es entonces la existencia de diversas realidades subjetivas y en particular lo que respecta a la descripción de sus características o la lógica de su elaboración. Y son estos aspectos, precisamente, los que quieren resolver las investigaciones sobre las R S.
Efectivamente, el estudio sobre los razonamientos que hacen las personas en su vida cotidiana y sobre las categorías que utilizan espontáneamente para dar cuenta de la realidad, ha permitido la aproximación a las leyes y a la lógica del pensamiento social.
Es decir, del tipo de pensamiento que las personas utilizan como miembros de una sociedad y de una cultura, para forjar su visión de mundo (de las personas, de las cosas, de los acontecimientos y de la vida en general).
La teoría de las R S constituye tan solo una manera particular de enfocar la construcción social de la realidad. La ventaja de este enfoque, sin embargo, es que toma en consideración y conjuga por igual las dimensiones cognitivas y las dimensiones sociales de la construcción de la realidad. Ello hace que su óptica de análisis; la elección de aspectos relevantes a investigar y la interpretación de los resultados difieran en gran medida de la cognición social .
En cuanto a la óptica de análisis, la cognición social centra su interés en los mecanismos de respuesta social, mientras que en las representaciones sociales se busca entender los modos de conocimiento y los procesos simbólicos en relación con la conducta ( Gilly, cfr. Banchs, 1994: 11).
Una condición inherente en los estudios de representación social es la identificación del contexto social en el cual se insertan las personas que elaboran las R S, pues se busca detectar la ideología, las normas y los valores de personas e instituciones y los grupos de pertenencia y referencia. En los estudios de cognición se manipulan variables independientes a fin de observar sus efectos sobre los mecanismos mentales individuales independiente de los contextos sociales.
Mientras que a la sicología cognitiva le interesa identificar los mecanismos de los que se valen las personas para procesar y combinar informaciones, con las representaciones sociales lo que se busca es entender en qué medida sus contenidos reflejan los substratos culturales de una sociedad, de un momento histórico y de una posición dentro de la estructura social (Banchs, 1994).
De lo que se trata, en palabras de Moscovici, (cfr. Banchs, 1988) es de pasar de la cognición social a la representación social, lo cual implica tres pasos decisivos:
• Cambiar el foco de nuestro interés y de nuestras investigaciones del plano individual al plano colectivo, lo cual nos conduce a dar prioridad a los lazos intersubjetivos y sociales más que a los lazos sujeto-objeto.
• Acabar con la separación existente entre los procesos y los contenidos del pensamiento social y siguiendo el ejemplo de la antropología y el psicoanálisis, elucidar los mecanismos viendo el contenido que de ellos resulta y deducir los contenidos partiendo de los mecanismos.
• Revertir el rol de laboratorio y el rol de observación, es decir, emprender el estudio de las representaciones sociales en su propio contexto preocupándonos por nuestras realidades (Moscovici, cfr. Banchs, 1988: 369).
El énfasis en lo colectivo y en la comprensión de la realidad social a partir de su construcción social, son elementos centrales de la teoría de las R S. Moscovici (1991) indica que en la interacción sujeto-objeto, no existe un solo sujeto, sino que intervienen otros sujetos, a los que el autor les llama Alter (A), que además de relacionarse estrechamente entre ellos y ellas, guardan también íntima relación con el objeto social.
Con este planteamiento, Moscovici trasciende de un esquema diádico, donde sujeto (S) y objeto (O) interactúan, para pasar a un esquema triádico donde los otros sujetos también interactúan e inciden en la relación sujeto-objeto. Expresado en forma esquemática sería:
A
S O = (triangulo)
El esquema triádico de Moscovici da supremacía a la relación de sujeto – grupo (otros sujetos), porque: a) Los otros y las otras son mediadores y mediadoras del proceso de construcción del conocimiento y b) La relación de los y las otras con el objeto —físico, social, imaginario o real— es lo que posibilita la construcción de significados.
Esta concepción, a su vez, ilustra sobre la posición epistemológica en la que se inscribe quien estudia las representaciones sociales. En primer término, se parte de que el conocimiento no es solo comprensible desde la tradicional concepción que señala la existencia de un conocimiento científico y de un conocimiento cotidiano o del sentido común.
En esta concepción se comprende el conocimiento como fenómeno o fenómenos complejos que se generan en circunstancias y dinámicas de diversa índole y cuya construcción está multideterminada por relaciones sociales y culturales.
Por su parte, las personas son concebidas como seres que piensan autónomamente y que producen y comunican constantemente representaciones y no como meras receptoras pasivas, por lo que cualquier determinismo social es rechazado. En la construcción de la realidad social el papel del Alter es significativo. Las personas se relacionan entre sí y en esta relación con los otros y las otras, elaboran observaciones, críticas, comentarios y “filosofías” no oficiales que tienen una influencia decisiva sobre sus escogencias, formas de educar a sus hijos e hijas, en la elaboración de sus planes, etcétera.
Por lo anterior, la teoría de las R S hace énfasis en la importancia de los procesos inferenciales presentes en la construcción de la realidad y en la insistencia de que la realidad es “relativa” al sistema de lectura que se le aplica. De ahí que para acceder al conocimiento de las representaciones sociales se deba partir de un abordaje hermenéutico.
Al concebir a las personas como productoras de sentidos, el análisis de las R S focaliza en las producciones simbólicas, en los significados y en el lenguaje a través de los cuales las personas construyen el mundo en que viven. Por esta focalización, la teoría de las R S y la corriente hermenéutica se intersectan y presentan algunos puntos de afinidad.
No obstante, entre ambas hay diferencias.
Para la corriente hermenéutica la realidad siempre actúa a través de la interpretación de los seres sociales, de modo que no hay más realidad que la realidad tal y como es descifrada por las personas. Son los significados que se le atribuyen los que van a constituirla como la única realidad que, efectivamente, existe para las personas: La realidad tal y como la interpretamos es la única realidad que puede tener, por consiguiente, unos efectos sobre nosotros (Ibáñez, op.cit: 26).
La teoría de las R S también enfatiza la importancia de los significados; el papel de los aspectos simbólicos y de la actividad interpretativa de las personas, sin embargo, no admite que la construcción de la realidad pueda resumirse a su interpretación.
Desde la teoría de las R S, la realidad social impone a su vez las condiciones de su interpretación por los sujetos, sin que ello implique un determinismo estricto. Esto significa que las matrices socioestructurales y los entramados materiales en los que están inmersas las personas definen su lectura de la realidad social, sus claves interpretativas y reinyectan en su visión de la realidad una serie de condicionantes que reflejan sus inserciones en la trama socioeconómica y en el tejido relacional.
Así pues, si bien es cierto que gran parte de los efectos que produce la realidad social pasan por la interpretación que de ella hacemos, también es cierto que nuestra actividad hermenéutica está determinada en buena medida por factores que son independientes de cualquier interpretación (Ibáñez, 1988: 26).
3.2 Su devenir histórico
En la década del sesenta, a excepción de los trabajos de M.J. Chombart de Lauwe (1963), Rene Käes (1968) y Claudine Herzlich (1969) (cfr. en Banchs, 1990) no se presentan reacciones a las propuestas de Moscovici. Es a mediados de la década del setenta, cuando dichas proposiciones son retomadas por diversos autores y autoras, entre los que sobresalen Denise Jodelet, Robert Farr, Irwuin y Deutsh (cfr. Banchs,1986).
Este período de latencia por 10 años es explicado, fundamentalmente, por cuatro razones (Ibáñez.op.cit.):
• El predominio del conductismo: pese al declive que empezaba a experimentar el conductismo, su predominio en la década del sesenta era aún significativo. Por ello, las referencias de Moscovici a entidades de tipo mental que nacían a través de un proceso colectivo, eran inadmisibles. Su postura, desde el punto de vista epistemológico, era abiertamente crítica al conductismo y al positivismo. Aunado a ello, la metodología utilizada por Moscovici —entrevistas y análisis de contenido— no gozaban “del respeto” que tenían los experimentos de laboratorio.
• La influencia del psicologismo: una vez que el conductismo se fue debilitando era de esperar que desaparecieran las resistencias a la teoría de las R S. Sin embargo, ello no fue así. Una de las razones es el privilegio que la sicología social concede al estudio de los procesos individuales, considerando lo social como un valor añadido. Las aportaciones de Moscovici, por lo tanto, eran consideradas claramente “sociologizantes” .
• La imagen que prevalece en los Estados Unidos sobre los trabajos de procedencia europea y más concretamente los de origen francés. En efecto, se considera que estos trabajos caen fácilmente en el verbalismo, por lo que el lenguaje metafórico utilizado por Moscovici, en su primera obra, contribuyó aún más con esta imagen.
• La cuarta razón obedece a un mecanismo que es explicado precisamente por la teoría de las representaciones sociales, el mecanismo de anclaje. Según Moscovici, las innovaciones son asimiladas por el pensamiento social a través de un proceso de reducción a los esquemas que ya están establecidos en dicho pensamiento.
En este sentido, se tiende a utilizar el concepto de actitud como aproximación al concepto de RS.
3.3 Las influencias teóricas
Moscovici (1989) identifica cuatro influencias teóricas que lo indujeron a plantearse la teoría de las R S: Emile Durkheim y su concepto de representaciones colectivas; Lucien Lévy-Bruhl y su estudio sobre las funciones mentales en sociedades primitivas; Jean Piaget y sus estudios sobre la representación del mundo en los y las niñas y las teorías de Sigmund Freud sobre la sexualidad infantil.
Asimismo, Fritz Heider con sus estudios sobre sicología del sentido común y Berger y Luckmann, con su propuesta de la construcción social del conocimiento ejercieron influencia directa en la obra de Moscovici.
3.3.1 Los aportes de la sociología clásica durkeimiana
Emile Durkheim es el pionero de la noción de representación. Este autor acuñó el concepto de representaciones colectivas para designar de esta forma el fenómeno social a partir del cual se construyen las diversas representaciones individuales. Las primeras son variables y efímeras, en tanto las segundas son universales, impersonales y estables, y corresponden a entidades tales como mitos, religiones y arte, entre otras.
Para Durkheim, las representaciones colectivas son una suerte de producciones mentales sociales, una especie de “ideación colectiva” que las dota de fijación y objetividad.
Por el contrario, frente a la estabilidad de trasmisión y reproducción que caracteriza a las representaciones colectivas, las representaciones individuales serían variables e inestables o, si se prefiere, en tanto que versiones personales de la objetividad colectiva, sujetas a todas las influencias externas e internas que afectan al individuo ( Elejaba-rrieta, 1991:257).
Las representaciones colectivas, según Durkheim se imponen a las personas con una fuerza constrictiva, ya que parecen poseer ante sus ojos, la misma objetividad que las cosas naturales. Por lo tanto, los hechos sociales —por ejemplo, la religión— se consideran independientes y externos a las personas, quienes, en esta concepción, son un reflejo pasivo de la sociedad.
La influencia del positivismo es observable en los postulados de este autor y es precisamente el determinismo sociológico de Durkheim uno de los desacuerdos fundamentales de Moscovici.
Según Moscovici, la sociedad no es algo que se le impone desde fuera al individuo, los hechos sociales no determinan las representaciones como una fuerza externa (social) que hace impacto sobre los individuos que la componen. La sociedad, los individuos y las representaciones son construcciones sociales.
Resumiendo, mientras que las representaciones colectivas, de acuerdo con la concepción clásica de Durkheim, son un término explicativo que designa una clase general de conocimientos y creencias (ciencia, mitos, religión, etc.), desde nuestro punto de vista, son fenómenos ligados con una manera especial de adquirir y comunicar conocimientos, una manera que crea la realidad y el sentido común. Enfatizar esta diferencia fue mi propósito al sustituir el “colectiva” de Durkheim por “social”…
Las representaciones colectivas han cedido el lugar a las representaciones sociales. Vemos fácilmente porqué. De un lado hacía falta tomar en cuenta una diversidad de origen, tanto en los individuos como en los grupos. Del otro lado, era necesario desplazar el acento hacia la comunicación que permite converger sentimientos e individuos, de suerte que algo individual puede devenir social, o viceversa.
Al reconocer que las representaciones son al mismo tiempo generadas y adquiridas, le quitamos ese lado preestablecido, estático que ellas tenían en la visión clásica. Lo que cuenta no son los substratos sino las interacciones. De allí la observación enteramente exacta acerca de que lo que permite calificar de sociales las representaciones, es menos sus soportes individuales o grupales que el hecho de que ellas sean elaboradas en el curso del proceso de intercambios y de interacciones [el resaltado no es del original] (Moscovici, cfr. Banchs, 2000:8-9).
3 . 3 . 2 Lucien Lévy-Bruhl
Los estudios sobre los mitos o formas de pensamiento de las sociedades primitivas, provenientes de la sociología y la antropología, descubrían un tejido de supersticiones y absurdos que eran atribuidos a las limitaciones de las personas y a su incapacidad de razonar como las personas de sociedades “no primitivas”. Lévy-Bruhl revierte esta posición al considerar que no son los actos y pensamiento atomizados los que deben retener nuestra atención, sino el conjunto de creencias y de ideas que tienen una coherencia propia (cfr. Moscovici, 1989).
De esta forma, Lévy-Bruhl, abandona la oposición entre lo individual y lo colectivo e insiste sobre la oposición de mecanismos psicológicos y lógicos en dos tipos de sociedades, la primitiva y la civilizada. Según sus proposiciones teóricas, la primera se orienta hacia lo sobrenatural, la segunda se funda sobre siglos de ejercicios rigurosos de la inteligencia y la reflexión. Esta distinción, permitió a otros teóricos, entre ellos Moscovici, focalizar la atención sobre las estructuras intelectuales y afectivas de las representaciones.
Con las representaciones colectivas, Durkheim revela el elemento simbólico de la vida social. Con Lévy-Bruhl se entra en una segunda fase del estudio de la representación.
El acento se desplaza del adjetivo al sustantivo. En una palabra, la dinámica de la representación cuenta más que su carácter colectivo (Moscovici, 1989) .
3 . 3 . 3 La sicología genética piagetiana
J. Piaget también fue influenciado por Lévy-Bruhl. De la misma manera que éste no consideraba inferior el pensamiento primitivo, aquel postulaba que el pensamiento del niño era esencialmente diferente al de los adultos, pero no inferior. Su aporte, según Moscovici (1989), es que su análisis establece la especificidad de las representaciones en términos psíquicos.
La importancia del lenguaje en los procesos de construcción de la inteligencia son los aportes que en particular rescata Moscovici de la teoría piagetiana. No obstante, Piaget estudió la construcción de la representación desde su desarrollo individual – social y no desde su desarrollo social – grupal. Por esta razón, según Moscovici, sus aportes son insuficientes como criterios para analizar las situaciones sociales globales. En este sentido, algunos estudios sobre la teoría de las R S (López,1999) señalan, como hipótesis, que también los aportes de la sicología sociocultural de Vygotski influyeron en la obra de Moscovici .
3.3.4 El psicoanálisis freudiano
Sigmund Freud, en su obra “Sicología de la masas y análisis del yo” escrita en 1921, anota un aspecto que impactó a Moscovici:
La sicología individual se concreta, ciertamente, al hombre aislado e investiga los caminos por los que él mismo intenta alcanzar la satisfacción de sus instintos, pero sólo muy pocas veces y bajo determinadas condiciones excepcionales le es dado prescindir de las relaciones del individuo con sus semejantes. En la vida anímica individual aparece integrado siempre , efectivamente “el otro”, como modelo, objeto, auxiliar, o adversario, y de este modo, la sicología individual es al mismo tiempo y desde un principio sicología social, en un sentido amplio, pero plenamente justificado (Freud, cfr. López, 1999: 43).
La teoría de las R S no se ocupa del inconsciente, no es esta su preocupación. Sin embargo, el análisis de Freud del ser humano como ser social fue lo que ejerció gran influencia en las reflexiones de Moscovici. Dicha influencia se evidencia en los comentarios del psicoanálisis como objeto de conocimiento y como teoría generadora de explicaciones diversas sobre el sujeto y su mundo social:
Más allá de la figura de ese gran sabio, ciertas palabras —complejo, represión—, ciertos aspectos particulares de la existencia —la infancia, la sexualidad— o de la actividad psíquica —el sueño, los lapsus— cautivaron la imaginación de los hombres y afectaron profundamente su manera de ver. Provistas de esas palabras o apoyándose en esa manera de ver, la mayoría de las personas interpretan lo que les llega, se hacen una opinión sobre su propia conducta o la conducta de su prójimo, y actúan en consecuencia.
Entre las categorías utilizadas en la descripción de las cualidades o la explicación de las intenciones o motivos de una persona o de un grupo, las derivadas del psicoanálisis, sin duda, desempeñan un papel importante. Componen el número de esas teorías implícitas, de esas “teorías profanas” de la personalidad de la que somos portadores y que, a la luz de muchas investigaciones, determinan las impresiones que nos formamos del otro, de sus actitudes en el trato social [el entrecomillado es del original] (Moscovici, 1979: 12).
Cuando Moscovici decide integrar su concepto representación a lo social, es decir, cuando adjetiviza la representación como una representación social está remitiendo a un elemento básico de su teoría: toda representación social contribuye al proceso de formación de las conductas y de orientación de las comunicaciones sociales, elemento que, sin lugar a dudas, retomó de los aportes de Freud.
3.3.5 Los aportes de Fritz Heider
Conocida también como la sicología ingenua (Aroldo, 1987; Morales, 1995; Mugnne, 1990, Elejabarrieta, 1992 y Deutsch y Krauss, 1990; cfr. López, op.cit.), la sicología del sentido común es desarrollada por Fritz Heider.
Heider se proponía descubrir cómo los seres humanos perciben y explican el comportamiento y el de los demás en situaciones de la vida cotidiana. Consideraba importante el conocimiento ordinario— en oposición al pensamiento prevaleciente en su época (1958)— debido a su papel fundamental para comprender y explicar las conductas. Su tesis fundamental es que y construye así una sicología ingenua, muy parecida a lo que es una ciencia. Conceptos importantes derivados de la teoría de Heider son “atribución” y “equilibrio” .
La concepción “heideriana”, ejerció influencia sobre el pensamiento de Moscovici, en particular, en su planteamiento de que las representaciones sociales, implican un pensamiento social cuyo valor está fundado en la vida cotidiana de los sujetos sociales.
Asimismo, las posturas de la sicología común de Heider guardan cercanía con las posturas del interaccionismo simbólico y con los enfoques cualitativos en la investigación que, a su vez, fueron fuente de apoyo teórico en la propuesta de Moscovici.
3.3.6 Berger & Luckmann
Para la formulación de sus propuestas teóricas estos autores parten de un supuesto básico: la realidad se construye en la vida cotidiana y la sociología del conocimiento debe estudiar los procesos por medio de los cuales se genera el conocimiento.
La realidad de la vida cotidiana se me presenta además como un mundo intersubjetivo, un mundo que comparto con otros. Esta intersubjetividad establece una señalada diferencia entre la vida cotidiana y otras realidades de las que tengo conciencia. Estoy sólo en el mundo de mis sueños, pero sé que el mundo de la vida cotidiana es tan real para los otros como lo es para mí. En la realidad, no puedo existir en la vida cotidiana sin interactuar y comunicarme continuamente con otros.
Sé que mi actitud natural para con este mundo corresponde a la actitud natural de otros, que también ellos aceptan las objetivaciones por las cuales este mundo se ordena, que también ellos organizan este mundo en torno de “aquí y ahora” de su estar en él y se proponen actuar en él” [El entrecomillado es del original] ( Berger y Luckmann, 1991:40-41).
Para Elejabarrieta (op.cit.), el trabajo de Berger y Luckmann aporta tres elementos fundamentales a la propuesta teórica de Moscovici:
• El carácter generativo y constructivo que tiene el conocimiento en la vida cotidiana. Es decir, que nuestro conocimiento más que ser reproductor de algo preexistente, es producido de forma inmanente en relación con los objetos sociales que conocemos.
• Que la naturaleza de esa generación y construcción es social, esto es, que pasa por la comunicación y la interacción entre individuos, grupos e instituciones.
• La importancia del lenguaje y la comunicación como mecanismos en los que se transmite y crea la realidad, por una parte, y como marco en que la realidad adquiere sentido, por otra (Elejabarrieta, 1991: 259).
Estos aspectos contribuyeron de manera significativa en la teoría de las R S. Las aproximaciones al conocimiento cotidiano, considerando seriamente el carácter productor más que reproductor de los significados de la vida social es un elemento claramente visible en la teoría.
3.4 El concepto
Son múltiples los conceptos que tratan de definir las representaciones sociales. Ello ocurre porque las R S son fáciles de captar, pero su definición conceptual no comporta la misma facilidad debido a la complejidad de los fenómenos de los que da cuenta.
Por lo anterior se despliegan a continuación diversas propuestas que pretenden evidenciar y, a la vez, aclarar la complejidad del concepto.
Moscovici (1979) define las R S como:
(…) una modalidad particular del conocimiento, cuya función es la elaboración de los comportamientos y la comunicación entre los individuos… La representación es un corpus organizado de conocimientos y una de las actividades psíquicas gracias a las cuales los hombres hacen inteligible la realidad física y social, se integran en un grupo o en una relación cotidiana de intercambios, liberan los poderes de su imaginación (Moscovici, 1979:17-18).
Jodelet (1984), indica que el campo de representación designa al saber de sentido común, cuyos contenidos hacen manifiesta la operación de ciertos procesos generativos y funcionales con carácter social. Por lo tanto, se hace alusión a una forma de pensamiento social.
(las representaciones sociales son)… la manera en que nosotros sujetos sociales, aprehendemos los acontecimientos de la vida diaria, las características de nuestro medio ambiente, las informaciones que en él circulan, a las personas de nuestro entorno próximo o lejano. En pocas palabras el conocimiento “espontáneo”, ingenuo (…) que habitualmente se denomina conocimiento de sentido común o bien pensamiento natural por oposición al pensamiento científico. Este conocimiento se constituye a partir de nuestras experiencias, pero también de las informaciones, conocimientos y modelos de pensamiento que recibimos y transmitimos a través de la tradición, la educación y la comunicación social. De este modo, ese conocimiento es en muchos aspectos un conocimiento socialmente elaborado y compartido. Bajo sus múltiples aspectos intenta dominar esencialmente nuestro entorno, comprender y explicar los hechos e ideas que pueblan nuestro universo de vida o que surgen en él, actuar sobre y con otras personas, situarnos respecto a ellas, responder a las preguntas que nos plantea el mundo, saber lo que significan los descubrimientos de la ciencia y el devenir histórico para la conducta de nuestra vida, etc. [el resaltado en el original] (Jodelet, 1984:473).
Por su parte, Robert Farr ofrece su versión de la noción de representaciones sociales señalando que, desde una perspectiva esquemática, aparecen las representaciones sociales cuando los individuos debaten temas de interés mutuo o cuando existe el eco de los acontecimientos seleccionados como significativos o dignos de interés por quienes tienen el control de los medios de comunicación. Agrega además que las representaciones sociales tienen una doble función: “Hacer que lo extraño resulte familiar y lo invisible perceptible”, ya que lo insólito o lo desconocido son amenazantes cuando no se tiene una categoría para clasificarlos. Parafraseando a Moscovici, Farr señala que las representaciones sociales son:
Sistemas cognoscitivos con una lógica y un lenguaje propios. No representan simplemente “opiniones acerca de”, “imágenes de”, o “actitudes hacia” sino “teorías o ramas del conocimiento” con derechos propios para el descubrimiento y la organización de la realidad. Sistemas de valores, ideas y prácticas con una función doble: primero, establecer un orden que permita a los individuos orientarse en su mundo material y social y dominarlo; segundo, posibilitar la comunicación entre los miembros de una comunidad proporcionándoles un código para el intercambio social y un código para nombrar y clasificar sin ambigüedades los diversos aspectos de su mundo y de su historia individual y grupal ( Farr, 1984: 496).
María Auxiliadora Banchs las define como:
La forma de conocimiento del sentido común propio a las sociedades modernas bombardeadas constantemente de información a través de los medios de comunicación de masas (…) en sus contenidos encontramos sin dificultad la expresión de valores, actitudes, creencias y opiniones, cuya sustancia es regulada por las normas sociales de cada colectividad. Al abordarlas tal cual ellas se manifiestan en el discurso espontáneo, nos resultan de gran utilidad para comprender los significados, los símbolos y formas de interpretación que los seres humanos utilizan en el manejo de los objetos que pueblan su realidad inmediata ( Banchs, 1 9 8 6 : 3 9 ) .
Ivana Marková retoma en su definición la interdependencia entre lo individual y lo social.
La teoría de las representaciones sociales es fundamentalmente una teoría del conocimiento ingenuo. Busca describir cómo los individuos y los grupos construyen un mundo estable y predecible partiendo de una serie de fenómenos diversos y estudia cómo a partir de ahí los sujetos “van más allá” de la información dada y qué lógica utilizan en tales tareas. . .
Son parte de un entorno social simbólico en el que viven las personas. Al mismo tiempo ese entorno se re – construye a través de las actividades de los individuos, sobre todo por medio del lenguaje… Estos dos componentes de las representaciones sociales, lo social y lo individual, son mutuamente interdependientes. Además estos dos elementos son rasgos fundamentales de todos los fenómenos socioculturales institucionalizados, como por ejemplo los idiomas, los paradigmas científicos o las tradiciones.
Si no fuese por las actividades llevadas a cabo por los individuos, el entorno social simbólico no pertenecería a nadie y por consiguiente no existiría como tal [el resaltado es del original] (Marková, 1996: 163).
Es posible encontrar otras exposiciones acerca de lo que son las RS en autores como Di Giacomo (1987) quien resalta su papel práctico en la regulación de los comportamientos intra e intergrupales; y Páez et al (1987) quienes indican que las RS se refieren a:
Las estructuras cognitivo-afectivas que sirven para procesar la información del mundo social, así como para planificar las conductas sociales.
Si bien todo conocimiento es social, al ser una resultante de la socialización, las representaciones sociales, en particular, son las cogniciones o esquemas cognitivos complejos generados por colectividades que permiten la comunicación y que sirven para orientar las interacciones (Páez, et al 1987: 18) .
Doise (cfr. Díaz, 1998) acentúa la conexión entre la representación social y los factores socioestructurales, tales como los estatus socialmente definidos. Este autor resalta, por lo tanto, la relación directa que mantienen las R S con la ubicación social de las personas que las comparten.
Las representaciones sociales constituyen principios generativos de tomas de postura que están ligados a inserciones específicas en un conjunto de relaciones sociales y que organizan los procesos simbólicos implicados en esas relaciones (Doise, cfr. Díaz, 1998: 32).
Como puede observarse, existen diferentes énfasis según sea la posición del autor o la autora. Sin embargo, todas las definiciones guardan en común su referencia a las funciones que cumplen las R S. Es decir, su importancia para la comunicación, la interacción y la cohesión de los grupos sociales.
Es importante recordar, por último, la noción de construcción social de la realidad implicada en la conceptualización de las R S. En este sentido, es significativa la definición proporcionada por Tomás Ibáñez (op.cit.).
“La representación social es, a la vez, pensamiento constituido y pensamiento constituyente. En tanto que pensamiento constituido, las representaciones sociales se transforman efectivamente en productos que intervienen en la vida social como estructuras preformadas a partir de las cuales se interpreta, por ejemplo, la realidad. Estos productos reflejan en su contenido sus propias condiciones de producción, y es así como nos informan sobre los rasgos de la sociedad en las que se han formado. En tanto que pensamiento constituyente, las representaciones no solo reflejan la realidad sino que intervienen en su elaboración… La representación social constituye en parte el objeto que representa. No es el reflejo interior, es decir, situado en la cabeza de los sujetos, de una realidad exterior, sino que es un factor constitutivo de la propia realidad…La representación social es un proceso de construcción de la realidad y debemos entender esta afirmación en un doble sentido: primero , en el sentido de que las representaciones sociales forman parte de la realidad social, contribuyen pues a configurarla y, como parte sustancial de la realidad, producen en ella una serie de efectos específicos. Segundo, en el sentido de que las representaciones sociales contribuyen a construir el objeto del cual son una representación. Es porque la representación social construye en parte su objeto por lo cual este objeto es, en parte, realmente tal y como aparece a través de su representación social [El resaltado es del original] (Ibáñez, 1988: 37).
En resumen, las representaciones sociales son “filosofías” surgidas en el pensamiento social que tienen vida propia. Las personas, al nacer dentro de un entorno social simbólico lo dan por supuesto de manera semejante como lo hacen con su entorno natural y físico. Igual que las montañas y los mares, los lenguajes, las instituciones sociales y las tradiciones forman un panorama del mundo en que viven las personas, por tanto, ese entorno social simbólico existe para las personas como su realidad ontológica, o como algo que tan solo se cuestiona bajo circunstancias concretas.
Sin embargo, las personas también son agentes. Tienen maneras específicas de comprender, comunicar y actuar sobre sus realidades ontológicas. Una vez que comprometen su pensamiento, las personas ya no reproducen su entorno social simbólico de manera habitual y automática sino que lo incorporan a su esquema cognitivo. En otras palabras, no solo reproducen sus realidades ontológicas sino que se comprometen en procesos epistemológicos y como resultado de ello cambian sus realidades ontológicas al actuar sobre ellas (Marková, op.cit.).
3.4.1 El alcance de lo social
Según Moscovici (1979) para calificar de social a una representación es necesario poner el acento en la función, más que en el agente que la produce.
Así, lo social de una representación proviene de su contribución al proceso de formación de las conductas y de orientación de las comunicaciones sociales.
Las representaciones son sociales en la medida en que facilitan, a su vez, la producción de ciertos procesos claramente sociales. Las comunicaciones sociales, por ejemplo, serían difícilmente posibles si no se desenvolvieran en el contexto de una serie, suficientemente amplia, de representaciones compartidas. En la medida en que crean una visión compartida de la realidad y un marco referencial común, las representaciones sociales posibilitan, entre otros muchos procesos sociales, el proceso de las conversaciones cotidianas.
En este sentido, las conversaciones se pueden definir como el lugar donde las personas, provistas de unos esquemas interpretativos socialmente adquiridos, construyen y negocian el sentido de la interacción (Criado, 1991).
Lo colectivo impregna también un carácter social a las representaciones. Es decir, son sociales porque son compartidas por conjuntos más o menos amplios de personas. No obstante, no es porque cierta característica es compartida por diversas personas, grupos, o entidades de más amplio abasto, que una propiedad es social. Lo social es una propiedad que se imprime en determinados objetos con base en la naturaleza de la relación que se establece con ellos, y es precisamente la naturaleza de esa relación la que es definitoria de lo social.
Veámoslo con un ejemplo: el agua de los ríos, el agua bendita y el agua para beber. La segunda por la implicación simbólica que tiene para los y las actoras sociales, y la tercera por la relación vitalmente relevante que se establece con ella, pueden considerarse objeto social, mientras que el agua de los ríos —a excepción de que provoque un desastre social— puede considerarse como algo irrelevante y sin entidad social (Wagner y Elejabarrieta, 1998).
Lo social en las RS no se polariza ni hacia lo micro ni hacia lo macro: existe una determinación social central (macro) y otra, social lateral (micro) de las representaciones (Moscovoci, 1979). La primera se refiere a la cultura global de la sociedad en la que se insertan los grupos, los actores y las actoras sociales y la segunda al grupo en particular en el cual se insertan las personas.
Estas dos formas de determinación social no tienen un sentido unidireccional: las personas se constituyen y constituyen sus RS y en forma paralela también constituyen un mundo social y construyen y reconstruyen permanentemente su propia realidad social y su propia identidad social.
Todos estamos insertos en una sociedad con una historia y un fondo de conocimiento culturales, pero todos estamos insertos en una parcela de esa sociedad. Es decir, en grupos que manejan una ideología y poseen normas, valores e intereses comunes que de alguna manera los distinguen como grupos de otros sectores sociales. A su vez, esos grupos están compuestos de individuos, hombres y mujeres que en el proceso de socialización primaria y secundaria van construyendo una historia impregnada de emociones, afectos, símbolos, reminiscencias personales, procesos motivacionales, pulsiones, contenidos conscientes e inconscientes, manifiestos y latentes (Banchs, 1991: 13).
El papel, por último, que desempeñan las representaciones en la configuración de los grupos sociales, y especialmente en la conformación de su identidad, las instituyen como fenómenos sociales. Si bien no se puede afirmar que un grupo es tal por el hecho de compartir determinadas representaciones sociales, sí es evidente que, en ocasiones, la denominada cultura grupal define intensamente al grupo y está vinculada no sólo con una memoria y con un lenguaje compartidos, sino también con representaciones comunes.
En resumen, las representaciones son sociales por:
• Las condiciones de producción en que emergen (medios de comunicación, interacción cara a cara, comunicación, lenguaje).
• Las condiciones de circulación de las RS (intercambio de saberes y ubicación de las personas en grupos naturales y de los grupos sociales naturales en contextos sociales particulares dentro de una estructura social).
• Las funciones sociales: construcción social de la realidad en el intercambio social, desarrollo de una identidad personal y social, búsqueda de sentidos o construcción del conocimiento del sentido común.

3.5 Formación de las representaciones sociales
Las R S se construyen a partir de una serie de materiales de muy diversas procedencias:
• El fondo cultural acumulado en la sociedad a lo largo de su historia. Dicho fondo está constituido por las creencias ampliamente compartidas, los valores considerados como básicos y las referencias históricas y culturales que conforman la memoria colectiva y la identidad de la propia sociedad. Todo ello se materializa en las diversas instituciones sociales, por ejemplo en la lengua y en general en todos los objetos materiales. De acuerdo con Ibáñez (op.cit.), las fuentes de determinación de las R S se encuentran en el conjunto de condiciones económicas, sociales e históricas que caracterizan a una sociedad determinada y en el sistema de creencias y de valores que circulan en su seno.
• Los mecanismos de anclaje y objetivación. Ambos son mecanismos que provienen de la propia dinámica de las representaciones sociales. El primero de ellos concierne a la forma en que los saberes y las ideas acerca de determinados objetos entran a formar parte de las R S de dichos objetos mediante una serie de transformaciones específicas. El segundo da cuenta de cómo inciden las estructuras sociales sobre la formación de las representaciones sociales, y de cómo intervienen los esquemas ya constituidos en la elaboración de nuevas representaciones .
• El conjunto de prácticas sociales que se encuentran relacionadas con las diversas modalidades de la comunicación social. Es, en efecto, en los procesos de comunicación social donde se origina principalmente la construcción de las R S. En este sentido, los medios de comunicación de masas tienen un peso preponderante para transmitir valores, conocimientos, creencias y modelos de conductas. Tanto los medios que tienen un alcance general, la televisión o los que se dirigen a categorías sociales específicas como las revistas de divulgación científica, por ejemplo, desempeñan un papel fundamental en la conformación de la visión de la realidad que tienen las personas sometidas a su influencia. La comunicación interpersonal y en particular la de las innumerables conversaciones en las que participa toda persona durante el transcurso de un día cualquiera de su vida cotidiana, es otra modalidad de la comunicación social cuya influencia es igualmente significativa.
Es importante recordar que la inserción social o la ubicación de las personas en la estructura social, no solo interviene para la exposición selectiva de distintos contenidos conversacionales, sino que ejerce también una influencia sobre el tipo de experiencia personal que se establece con relación al objeto de la representación. Esta experiencia, variable según las distintas ubicaciones sociales, condiciona la relación con el objeto así como la naturaleza del conocimiento que se alcanza sobre él.
Todos estos elementos contribuyen a la configuración de la representación social, entrelazando sus efectos con los que provienen de las comunicaciones sociales.
3 . 5 . 1 La objetivación
El amor, la amistad, la educación, son entre otras, muchas de las cosas de las que no se tiene una realidad concreta y, sin embargo, en forma consuetudinaria las personas las incluyen en sus comentarios de manera concreta y tangible. Esta concretización de lo abstracto se lleva a cabo por el proceso de objetivación por lo que dicho proceso es fundamental en el conocimiento social.
El análisis del proceso de objetivación no es exclusivo del campo de las representaciones sociales, sino que también se ha desarrollado en la sociología del conocimiento ( Berger y Luckmann, op.cit.); en lingüística (Lakoff y Johnson, 1995) o en la cognición social (Zinder y Swann cfr. Wagner y Elejabarrieta, op.cit.).
En la teoría de las representaciones sociales, el proceso de objetivación se refiere a la transformación de conceptos abstractos extraños en experiencias o materializaciones concretas. Por medio de él lo invisible se convierte en perceptible.
Este proceso implica a su vez tres fases (Jodelet, 1984):
• La construcción selectiva: es decir, la retención selectiva de elementos que después son libremente organizados. Dicha selección se da junto a un proceso de descontextualización del discurso y se realiza en función de criterios culturales y normativos.
Se retiene solo aquello que concuerda con el sistema ambiente de valores. De ahí que las informaciones con igual contenido, sean procesadas diferencialmente por las personas.
• El esquema figurativo: el discurso se estructura y objetiviza en un esquema figurativo de pensamiento, sintético, condensado, simple, concreto, formado con imágenes vividas y claras, es decir, las ideas abstractas se convierten en formas icónicas.
Estas imágenes estructuradas es lo que Moscovici (1979, 1981,1984 a, b) ha denominado núcleo figurativo, o sea, una imagen nuclear concentrada, con forma gráfica y coherente que captura la esencia del concepto, teoría o idea que se trate de objetivar. Esta simplificación en la imagen es lo que le permite a las personas conversar y también comprender de forma más sencilla las cosas, a los demás y a ellas mismas y a través de su uso, en diferentes circunstancias, se convierte en un hecho natural.
Wagner y Elejabarrieta (op.cit.) ilustran el núcleo figurativo con la expresión bíblica: “Y Dios creo al hombre a su imagen y semejanza”. Esta expresión no es solo una explicación religiosa sobre el origen del hombre, sino también una forma que permite disponer de una imagen de Dios, materializar la entidad abstracta en una figura concreta. A ello, debo agregar que con dicha expresión el rostro femenino de Dios es de difícil representación para sus creyentes, quienes en esencia vinculan su representación con un hombre.
• La naturalización: la transformación de un concepto en una imagen pierde su carácter simbólico arbitrario y se convierte en una realidad con existencia autónoma.
La distancia que separa lo representado del objeto desaparece de modo que las imágenes sustituyen la realidad. Lo que se percibe no son ya las informaciones sobre los objetos, sino la imagen que reemplaza y extiende de forma natural lo percibido.
Sustituyendo conceptos abstractos por imágenes, se reconstruyen esos objetos, se les aplican figuras que parecen naturales para aprehenderlos, explicarlos y vivir con ellos, y son esas imágenes, las que finalmente constituyen la realidad cotidiana.
3 . 5 . 2 El anclaje
El proceso de anclaje, al igual que el proceso de objetivación, permite transformar lo que es extraño en familiar. Sin embargo, este proceso actúa en una dirección diferente al de objetivación. Si lo propio de la objetivación es reducir la incertidumbre ante los objetos operando una transformación simbólica e imaginaria sobre ellos, el proceso de anclaje permite incorporar lo extraño en lo que crea problemas, en una red de categorías y significaciones por medio de dos modalidades:
• Inserción del objeto de representación en un marco de referencia conocido y preexistente.
• Instrumentalización social del objeto representado o sea la inserción de las representaciones en la dinámica social, haciéndolas instrumentos útiles de comunicación y comprensión.
Si bien el proceso de anclaje permite afrontar las innovaciones o el contacto con objetos que no son familiares para las personas, hay que advertir que las innovaciones no son tratadas por igual por todos los grupos sociales, lo cual evidencia el enraizamiento social de las representaciones y su dependencia de las diversas inserciones sociales.
En efecto, los intereses y los valores propios de los diversos grupos actúan con fuerza sobre los mecanismos de selección de la información, abriendo más o menos los esquemas establecidos para que la innovación pueda ser integrada. Si el nuevo objeto que ha aparecido en el campo social es susceptible de favorecer los intereses del grupo, este se mostrará mucho más receptivo.
En definitiva, la integración cognitiva de las innovaciones está condicionada tanto por los esquemas de pensamiento ya constituidos como por la posición social de las personas y de los grupos.
El proceso de anclaje, a su vez, se descompone en varias modalidades que permiten comprender:
• Cómo se confiere significado al objeto representado, con relación al sentido que se le otorga a la representación.
• Cómo se utiliza la representación en tanto sistema de interpretación del mundo social y marco e instrumento de conducta. Esta modalidad permite comprender cómo los elementos de la representación no sólo expresan relaciones sociales, sino que también contribuyen a constituirlas (Jodelet, 1984:486).
• Cómo opera su integración dentro de un sistema de recepción y la conversión de los elementos de este último relacionados con la representación. Los sujetos se comportan según las representaciones; los sistemas de interpretación proporcionados por la representación guían la conducta.
Actuando conjuntamente y por su función integradora, el anclaje y la objetivación sirven para guiar los comportamientos. La representación objetivizada, naturalizada y anclada, es utilizada para interpretar, orientar y justificar los comportamientos.
3.6 Funciones de las representaciones sociales
Sandoval (1997) señala que las R S tienen cuatro funciones:
• La comprensión, función que posibilita pensar el mundo y sus relaciones.
• La valoración, que permite calificar o enjuiciar hechos.
• La comunicación, a partir de la cual las personas interactúan mediante la creación y recreación de las representaciones sociales.
• La actuación, que está condicionada por las representaciones sociales.
Los intercambios verbales de la vida cotidiana exigen algo más que la utilización de un mismo código lingüístico. Exigen que se comparta un mismo trasfondo de representaciones sociales, aunque sea para expresar posturas contrapuestas. Este trasfondo común suple el estricto rigor discursivo que es necesario para transmitir sin ambigüedades los significados adecuados, rigor que es obviamente imposible mantener en las improvisaciones espontáneas de la vida cotidiana.
Es así como a partir de las representaciones sociales, las personas producen los significados que se requieren para comprender, evaluar, comunicar y actuar en el mundo social.
3. 7 Sus condiciones de emergencia
Según Moscovici (1979), las R S emergen determinadas por las condiciones en que son pensadas y constituidas, teniendo como denominador el hecho de surgir en momentos de crisis y conflictos. De manera convergente, Tajfel (cfr. www.geocities.com 1999) propone que las representaciones sociales responden a tres necesidades: a ) clasificar y comprender acontecimientos complejos y dolorosos; b ) justificar acciones planeadas o cometidas contra otros grupos; y c ) para diferenciar un grupo respecto de los demás existentes, en momentos en que pareciera desvanecerse esa distinción. En suma, causalidad, justificación y diferenciación social.
Moscovici (1979) infiere tres condiciones de emergencia: la dispersión de la información, la focalización del sujeto individual y colectivo y la presión a la inferencia del objeto socialmente definido.
• Dispersión de la información. Según Moscovici, la información que se tiene nunca es suficiente y por lo regular está desorganizada. En este sentido, los datos de que disponen la mayor parte de las personas para responder a una pregunta, para formar una idea a propósito de un objeto preciso son, generalmente a la vez, insuficientes y superabundantes. Es decir, nunca se posee toda la información necesaria o existente acerca de un objeto social que resulte relevante.
• Focalización. Una persona o una colectividad se focalizan porque están implicadas en la interacción social como hechos que conmueven los juicios o las opiniones.
Aparecen como fenómenos a los que se debe mirar detenidamente.
Para Banchs (1988, 1990) y Herzlich (1975) la focalización es señalada en términos de implicación o atractivo social de acuerdo con los intereses particulares que se mueven dentro de la persona inscrita en los grupos de pertenencia. La focalización será diversa y casi siempre excluyente.
•Presión a la inferencia. Socialmente se da una presión que reclama opiniones, posturas y acciones acerca de los hechos que están focalizados por el interés público.
Esto significa que la vida cotidiana, las circunstancias y las relaciones sociales exigen del individuo o del grupo social que sean capaces, en todo momento, de estar en situación de responder.
Las exigencias grupales para el conocimiento de determinado evento u objeto se incrementan a medida que su relevancia crece. El propósito fundamental es entonces no quedar excluido/a del ámbito de las conversaciones, sino poder realizar inferencias rápidas, opiniones al respecto y un discurso más o menos desarrollado.
Estas tres condiciones de emergencia —dispersión de la información, grado de focalización y presión a la inferencia— constituyen la base que permite la aparición del proceso de formación de una representación social y, en mayor o menor grado, al conjugarse hacen posible la génesis del esquema de la representación.
3.8 Sus dimensiones
Las R S como forma de conocimiento aluden a un proceso y a un contenido.
En tanto proceso las R S refieren a una forma particular de adquirir y comunicar conocimientos.
Como contenido, a una forma particular de conocimiento, que constituye un universo de creencias en el que se distinguen tres dimensiones: la actitud, la información y el campo de representación (Moscovici, 1979).
3.8.1 La actitud
Consiste en una estructura particular de la orientación en la conducta de las personas, cuya función es dinamizar y regular su acción. Es la orientación global positiva o negativa, favorable o desfavorable de una representación. Su identificación en el discurso no ofrece dificultades ya que las categorías lingüísticas contienen un valor, un significado que por consenso social se reconoce como positivo o negativo, por tanto, es la más evidente de las tres dimensiones.
La actitud expresa el aspecto más afectivo de la representación, por ser la reacción emocional acerca del objeto o del hecho. Es el elemento más primitivo y resistente de las representaciones y se halla siempre presente aunque los otros elementos no estén. Es decir, una persona o un grupo puede tener una reacción emocional sin necesidad de tener mayor información sobre un hecho en particular.
La concepción unidireccional de las actitudes considera que ellas se componen básicamente de un elemento afectivo. La concepción bidimensional añade al anterior, el elemento cognoscitivo. Finalmente, un punto de vista tridimensional la complementa con una tendencia comportamental.
Es esta última visión sobre la actitud la que más se aproxima al concepto de R S. Sin embargo, el origen del término actitud es eminentemente psicológico y aunque se usa en el campo social, no ofrece la estructura dinámica que tiene el de representación. Se puede decir entonces que las R S contienen a las actitudes y no a la inversa, ya que aquellas van más allá del abordaje tradicional de las actitudes y acercan mucho más el concepto al campo social.
3.8.2 La información
Concierne a la organización de los conocimientos que tiene una persona o grupo sobre un objeto o situación social determinada. Se puede distinguir la cantidad de información que se posee y su calidad, en especial, su carácter más o menos estereotipado o prejuiciado, el cual revela la presencia de la actitud en la información. Esta dimensión conduce, necesariamente, a la riqueza de datos o explicaciones que sobre la realidad se forman las personas en sus relaciones cotidianas. Sin embargo, hay que considerar que las pertenencias grupales y las ubicaciones sociales mediatizan la cantidad y la precisión de la información disponible.
El origen de la información es, asimismo, un elemento a considerar pues la información que surge de un contacto directo con el objeto, y de las prácticas que una persona desarrolla en relación con él, tiene unas propiedades bastante diferentes de las que presenta la información recogida por medio de la comunicación social.
3.8.3 El campo de representación
Refiere a la ordenación y a la jerarquización de los elementos que configuran el contenido de la R S. Se trata concretamente del tipo de organización interna que adoptan esos elementos cuando quedan integrados en la representación.
En suma, constituye el conjunto de actitudes, opiniones, imágenes, creencias, vivencias y valores presentes en una misma representación social.
El campo de representación se organiza en torno al esquema figurativo o núcleo figurativo que es construido en el proceso de objetivación. Este esquema o núcleo no sólo constituye la parte más sólida y más estable de la representación, sino que ejerce una función organizadora para el conjunto de la representación pues es él quien confiere su peso y su significado a todos los demás elementos que están presentes en el campo de la representación.
La teoría del esquema figurativo tiene importantes implicaciones para el cambio social.
En efecto, las actuaciones tendientes a modificar una representación social no tendrán éxito si no se dirigen prioritariamente a la modificación del esquema puesto que de él depende el significado global de la representación.
En síntesis, conocer o establecer una representación social implica determinar qué se sabe (información), qué se cree, cómo se interpreta (campo de la representación) y qué se hace o cómo se actúa (actitud). Estas tres dimensiones, halladas por Moscovici, forman un conjunto que tan sólo puede escindirse para satisfacer las exigencias propias del análisis conceptual.
No cabe duda que el campo de representación constituye la dimensión más interesante y más original y quizás la más difícil de captar. Es importante, por lo tanto, tener claridad —dado que las tres dimensiones refieren al análisis de contenido de los discursos— que el campo de una representación es una dimensión que debe analizarse en función de la totalidad del discurso y no sólo en un párrafo o en una frase (Banchs,1986).
Por ejemplo, puede ser que la R S de un objeto carezca de campo, debido a que el discurso de la persona se expresa a través de elementos dispersos que carecen de organización y en los cuales se observa que la representación no está aún estructurada.
Para ilustrar lo anterior se exponen los extractos de dos entrevistas cuyo objetivo era conocer las representaciones del feminismo. Las respuestas que se consignan se produjeron ante la pregunta ¿Qué es el feminismo?
R e s p u e s t a 1: el feminismo… no sé… una mujer que tiene que estar preparada tanto para la sociedad como para el matrimonio ( ¿ Y cómo es eso?) La sociedad debe prepararse para la vida, la vida es muy difícil.
Respuesta 2: Yo pienso que el feminismo es una corriente organizada en el mundo de hoy y sus organizaciones se van extendiendo a muchos países desarrollados y no desarrollados; que tienen planteamientos muy interesantes porque reivindican el papel de la mujer en cuanto a su papel en la sociedad en los distintos niveles, pues, en el mismo nivel de igualdad que los hombres.
En la 1: Esta respuesta textual de una entrevistada comienza con una frase que refleja una idea lejana de lo que es el feminismo. Cuando la entrevistadora le pide precisar información, la sujeto se extiende en un discurso que se aleja del concepto de feminismo, para luego volver a referirse a ideas que se relacionan con la realidad de ese objeto de representación.
En este caso no existe campo o una estructura en la representación, sin embargo se habla de una representación porque la persona puede expresarse sobre el feminismo con idas y venidas en su discurso alejándose del objeto. En los casos en que las entrevistadas respondieron que el feminismo era “ser femenina” o “tiene que ver con lo afeminado”, no existe representación del objeto. En la respuesta 2, observamos el campo estructurado de la representación (Banchs, 1986: 33-34).
3.9 Conceptos afines
Las R S no son las únicas producciones mentales que tienen un origen social. Otras modalidades del pensamiento surgen también del trasfondo cultural acumulado a lo largo de la historia. Tampoco son las únicas que se forman con base en instancias sociales estructuralmente definidas y que tienen un modo de existencia social.
Las R S, por último, no tienen la exclusiva de desempeñar funciones sociales específicas.
Otras producciones mentales de tipo social cumplen también funciones pragmático-sociales, orientando la interpretación-construcción de la realidad y guiando tanto las conductas como las relaciones sociales. Las ideologías son algunas de las modalidades de pensamiento social que reúnen, al igual que las R S, estas características.
3 . 9 . 1 Las ideologías
La estrecha relación conceptual que une a las R S y a las ideologías ha hecho que algunos autores (Robert y Faugeron, cfr. Ibáñez, op.cit.) afirmen que las R S no son sino la manifestación concreta y objetivada de las ideologías que las engendran. Según este punto de vista, las R S constituyen la forma concreta en que se manifiestan las ideologías cuando éstas se encaran con un objeto social específico.
Moscovici, que coincide en este particular con Althusser, considera que las R S y las ideologías se encuentran en una relación de inclusión. Una ideología es, en esta perspectiva, el sistema constituido por un conjunto de representaciones sociales y la relación entre ambas pertenece por lo tanto al tipo de relación que une a las partes con el todo.
De acuerdo con Ibáñez, (op.cit.) en la primera versión se reconoce la importancia de las R S, pero se les sitúa en una relación de dependencia con respecto a las ideologías, lo cual minimiza el concepto de R S pues su interés sería el de facilitar el acceso a las ideologías implícitas. En la versión de Moscovici, sin embargo, se anula la utilidad del concepto de ideología, la cual se ve reducida a un concepto englobador, que se queda vacío si se le restaran las representaciones sociales.
Una perspectiva que no reduce un concepto a otro y que trata de mantener la potencia explicativa de ambos conceptos es la enunciada por Ibáñez (op.cit.). Para este autor, las R S se refieren siempre a un objeto particular y pueden ser asignadas a agentes sociales específicos. Es decir, las R S son siempre representaciones de algo y de alguien y siempre son construidas por grupos o personas, lo cual excluye la existencia de representaciones sociales genéricas y socialmente indiferenciadas en cuanto a sus portadores.
En oposición con estas características, la ideología sí tiene un carácter de generalidad que la asimila a un código interpretativo o a un dispositivo generador de juicios, percepción, actitudes, sobre objetos específicos, pero sin que el propio código esté anclado en un objeto particular sino que atraviesa todos los objetos, además de que no es atribuible a un agente particular.
No obstante, se puede afirmar que la ideología —al igual que las conversaciones, las vivencias, la ubicación de las personas en la estructura social—, es una de las condiciones de producción de las R S. Es decir, la ideología es uno de los elementos de causalidad que interviene en la génesis de las R S, pero esta relación de causalidad es de tipo circular, puesto que las R S pueden modificar a su vez los elementos ideológicos que han contribuido a su propia formación.
En definitiva las ideologías y las representaciones sociales son objetos distintos pero estrechamente vinculados entre sí por relaciones de causalidad de tipo circular.
El estudio de cada uno de estos dos fenómenos es relevante para la comprensión del otro…(y) nos informa sobre la ideología que subyace a la representación social. Es preciso estudiar las representaciones sociales para esclarecer los fenómenos ideológicos (Ibáñez, 1988: 60).
Existen otros conceptos de menos alcance que el de ideología y aunque no son formas del pensamiento social en el pleno sentido de la expresión, mantienen una proximidad con las RS, por lo que es necesario precisar sus puntos de similitud y de diferenciación.
3 . 9 . 2 Las crencias
Según Rokeach (cfr. Gallego, 1991:297) las creencias son proposiciones simples, conscientes o inconscientes, inferidas de lo que las personas dicen o hacen, capaces de ser precedidas por la frase: “Yo creo que…”
El contenido de una creencia puede: a ) describir el objeto de la creencia como verdadero o falso, correcto o incorrecto; b ) evaluarlo como bueno o malo o, c) propugnar un cierto curso de acción o un cierto estado de existencia como indeseable. Entre creencia y actuación existe una relación, pero no como causa-efecto, sino como tendencia, predisposición o prescripción, en el sentido de orientación o norma para la acción.
Si bien no es común que creencia y R S se confundan, el concepto de creencia es uno de los elementos que conforman el campo de representación, sin que ello signifique que los estudios sobre las creencias sean estudios de R S.
3 . 9 . 3 La percepción
La percepción y R S aluden a la categorización de personas u objetos por lo que ambos conceptos se tienden a confundir. Sin embargo los estudios de percepción social se centran en los mecanismos de respuestas sociales y de procesamiento de la información y los de R S en los modos de conocimiento y los procesos simbólicos en su relación con la visión de mundo y la actuación social de los seres humanos (Gilly cfr. Banchs, 1986).
3 . 9 . 4 Los estereotipos
Los estereotipos son categorías de atributos específicos a un grupo que se caracterizan por su rigidez. En este sentido son más dinámicas las R S pues éstas se modifican constantemente en la interacción diaria de las personas. Asimismo la R S se diferencia de los estereotipos por su función: los estereotipos son el primer paso en el origen de una representación; cuando se obtiene información de algo o de alguien se adscribe en el grupo o situación a las cuales ese grupo o situación pertenece, o sea los estereotipos cumplen una función de “economía psíquica” en el proceso de categorización social.
3 . 9 . 5 La actitud
Una de las principales diferencias entre el concepto de actitud y el concepto de R S estriba en que la actitud se sitúa exclusivamente en el polo de las respuestas. El concepto de actitud implica la existencia de un estímulo “ya constituido” hacia el cual se reacciona según el tipo de disposición interna que se haya construido hacia él. Por el contrario, la R S se sitúa en ambos polos o, mejor dicho, entrelaza la respuesta y el estímulo de forma indisociable (Ibáñez, op.cit.).
La respuesta que las personas dan ante un objeto determinado está prefigurada ya en la forma en que construyen ese objeto. El estímulo provoca efectivamente un cierto tipo de respuesta, pero se construye el estímulo con base en las respuestas que las personas son susceptibles de dar. Las R S actúan simultáneamente sobre el estímulo y sobre la respuesta. En otras palabras, la actitud determina, orienta la respuesta frente a cierto estímulo; la R S constituye el estímulo y la respuesta que se da.
La disposición a responder de cierta forma no se adquiere, por lo tanto, como un fenómeno separado de la elaboración del estímulo.
3 . 9 . 6 La opinión
Según Moscovici (1979), la opinión es una fórmula socialmente valorizada a la que las personas se adhieren y, por otra parte, una toma de posición acerca de un problema controvertido de la sociedad o de objetos sociales cuyo interés es compartido por el grupo.
La opinión propicia la utilización de conceptos; no obstante, ella no es el origen de tales conceptos porque los significados que los originan provienen de las R S que se confrontan en el contexto de la comunicación y la divergencia (Rodríguez, 1997). Es decir, la diferencia entre la opinión y la R S es que esta última informa del contexto, de los criterios de juicio y de los conceptos subyacentes en la opinión, mientras que la opinión solo informa sobre la reacción de las personas hacia los objetos dados desde afuera independientemente de los y las actoras sociales.
Los estudios de opinión se refieren a la toma de posición frente a cuestiones sociales de relevancia. En cambio, el estudio de las R S considera las relaciones y las interacciones sociales, pues son ellas las que generan los cambios de opinión de las personas frente a circunstancias distintas: personas, lugares, situaciones.
3 . 9 . 7 La imagen
La imagen es el concepto que más se utiliza como sinónimo de R S.
Tanto la imagen como la representación social hacen referencia a ciertos contenidos mentales fenomenológicos que se asocian con determinados objetos, supuestamente reales.
La imagen, sin embargo, es una reproducción pasiva de un exterior en un interior. Esto equivale a decir que la imagen se construye esencialmente como reproducción mental de un objeto exterior y se relaciona básicamente con los mecanismos perceptivos.
La RS, lejos de constituir una reproducción especular de cierto objeto exterior, consiste en un proceso de construcción mental de un objeto cuya existencia depende en parte del propio proceso de representación. Es decir, aunque la representación alude a imágenes y figuras, la representación es algo más que un puro reflejo del mundo exterior por el marcaje social que contiene y por la función que cumple en la interacción social (Ibáñez, op.cit.).
Reproducir y producir pertenecen a distintos ámbitos y denotan la distancia entre ambos conceptos. Si bien, al igual que ocurre con el concepto de actitud, la R S integra el concepto de imagen en su propia formulación; es necesario insistir que cuando se habla de R S se parte de que no hay un corte entre el universo exterior y el universo de las personas o de los grupos y de que, en el fondo, el sujeto y el objeto no son heterogéneos en su campo común. El objeto está inscrito en un contexto activo, móvil, puesto que, en parte, fue concebido por la persona o la colectividad como prolongación de su comportamiento y solo existe para ellas en función de los medios y los métodos que permiten conocerlo.
Los conceptos de imagen, de opinión y de actitud no tienen en cuenta esas vinculaciones, ni la apertura que las acompaña. Se considera a los grupos en forma estática, no por lo que crean y lo que comunican, sino porque utilizan una información que circula en la sociedad.
En resumen, las R S son conjuntos dinámicos, su característica es la producción de comportamientos y de relaciones con el medio, en una acción que modifica a ambos y no una reproducción de esos comportamientos, o de estas relaciones, ni una reacción a un estímulo exterior dado (Moscovici, 1979:31).
IV. ¿Cómo se estudian las representaciones sociales?
La metodología de recolección de las R S es un aspecto clave para determinar el valor de los estudios sobre representación. Es posible hacer estudios sobre opinión, actitudes o creencias, entre otros, pero éstos no constituyen estudios de representación social, aunque dichos tópicos sean constitutivos de las R S.
No es discutible que la elección de la metodología (tanto de recolección como de análisis) está (o debería estar) en estrecha vinculación con los supuestos epistemológicos y ontológicos de la investigación —y del investigador o investigadora—.
De ahí que la primera cuestión a resolver para estudiar la representación social de un objeto sea tener claridad sobre estos supuestos, recordando, no obstante, que la opción por la teoría de las R S ya contiene una posición epistemológica.
4.1 Las escuelas
De acuerdo con Pereira de Sá (1998) existen tres líneas de investigación de las R S que se han ido perfilando a través del tiempo:
• Escuela clásica: desarrollada por Denise Jodelet en estrecha cercanía con la propuesta de Serge Moscovici. El énfasis está más en el aspecto constituyente que en el aspecto constituido de las representaciones. Metodológicamente recurre, por excelencia, al uso de técnicas cualitativas, en especial las entrevistas en profundidad y el análisis de contenido.
• Escuela de Aix-en- Provence: esta escuela es desarrollada desde 1976 por Jean Claude Abric y está centrada en los procesos cognitivos. Se le conoce como el enfoque estructural de las R S. Por excelencia recurre a las técnicas experimentales.
• Escuela de Ginebra. El máximo exponente es Willen Doise. Es conocida como la escuela sociológica pues se centra en las condiciones de producción y circulación de las R S.
Las dos primeras escuelas o líneas de investigación evidencian los dos enfoques en que han sido abordadas las R S: el procesual y el estructural.
Para la comprensión de estos dos enfoques es preciso recordar que las R S son pensamiento constituyente y a la vez pensamiento constituido. Es decir, al ser parte de la realidad social, la R S contribuye a su configuración y producen en ella una serie de efectos específicos. Pero también, las R S contribuyen a construir el objeto del cual son una representación, por lo que este objeto es, en parte, realmente tal y como aparece a través de su representación social (Ibáñez, op.cit).
Aunque ambos enfoques significan una manera diferente de apropiarse de la teoría esta separación tiene una connotación heurística y de ninguna manera debe conducir a una falsa dicotomía entre ellos. Sin embargo, se puede afirmar que el aspecto constituyente del pensamiento son los procesos y el constituido son los productos o contenidos.
El enfoque que se centra en el primer aspecto es el procesual y el estructural se centra en el segundo aspecto.
El enfoque procesual descansa en postulados cualitativos y privilegia el análisis de lo social, de la cultura y de las interacciones sociales, en general. El estructural, privilegia el funcionamiento cognitivo y el del aparato psíquico y para ello recurre a los postulados que se derivan del método experimental así como a sofisticados análisis multivariados.
La discusión en torno a estos dos pensamientos es análoga a la discusión acerca de la investigación cualitativa y la cuantitativa (Spink, 1999), pues no se trata de definir qué métodos tienen más posibilidades de traducir las cosas como de hecho “son”, pues desde la metodología cualitativa como de la cuantitativa se producen versiones sobre el mundo que no son “puras”. Es decir, ninguna de las dos escapa al carácter “construido” de los conocimientos y en ninguna se está en condiciones de asegurar que el conocimiento producido es, esencialmente, producto de un contacto “exitoso” con la “realidad” (Araya, 2001).
La afiliación a un método no garantiza per se la superación de los sesgos investigativos o la incorporación del punto de vista de los y las actoras sociales. Las posibles distorsiones investigativas de las que constantemente son acusados los métodos cuantitativos (manipulación de la realidad, por ejemplo) podrían estar presentes también en la investigación cualitativa.
De igual manera, no se puede generalizar que todos los trabajos de RS autodefinidos como procesuales (de tendencia cualitativa) integran los contenidos sociales de la teoría ni todos los trabajos estructurales (de tendencia cuantitativa) ignoran lo social (Banchs, 2000).
4.2 El enfoque procesual
Para acceder al contenido de una representación, el procedimiento clásico utilizado por este enfoque es la recopilación de un material discursivo producido en forma espontánea (conversaciones), o bien, inducido por medio de entrevistas o cuestionarios. Los discursos cristalizados en obras literarias, soportes periodísticos, grabaciones de radio pueden ser también objeto de análisis. Independientemente de su modo de producción, este material discursivo es sometido a tratamiento mediante las clásicas técnicas de análisis de contenido. Este tratamiento proporciona una serie de indicadores que permiten reconstruir el contenido de la representación social.
Tiene en común con el Interaccionismo Simbólico:
• Conciencia de la reactividad, efectos experimentales, efectos del entrevistador o entrevistadora, no como artefactos metodológicos indeseables, sino como partes normales del proceso de interacción social y de la definición de la situación que entra en toda investigación.
• Un foco de análisis en unidades micro o sociopsicológicas más que sobre sociedades o instituciones.
• Una visión de la sociedad como empresa simbólica.
• Una visión de la sociedad más como proceso que como estado.
• Una concepción de los seres humanos como interactores autónomos y creativos más que como reactores pasivos abofeteados por las fuerzas externas sobre las cuales no tienen control.
• La suposición de que lo que es real y que amerita ser estudiado es lo que los miembros de una sociedad definen como real ya que es eso sobre lo que ellos actúan.
• Un compromiso con los métodos que reflejan y detectan las definiciones de los miembros más que los constructos de los científicos (Deutscher, cfr. Banchs, 2000:5).
Estas convergencias, sin embargo, no significan que el interaccionismo simbólico y el enfoque procesual sean equivalentes pues el segundo trasciende del primero hacia una postura socioconstruccionista, ciertamente originada en los postulados del interaccionismo simbólico y claramente influenciada por la literatura foucaultiana, sobre todo en términos de análisis del discurso. El énfasis está en el proceso social, en el contenido de la R S y no en los mecanismos cognitivos.
4.2.1 Presupuestos epistemológicos y ontológicos
• El acceso al conocimiento de las R S es por medio de un abordaje hermenéutico, en el que el ser humano es visualizado como un productor de sentidos.
• Focaliza en el análisis de las producciones simbólicas, de los significados, del lenguaje, a través de los cuales los seres humanos construyen el mundo en que viven.
• Privilegia dos formas de acceso al conocimiento: una, a través de métodos de recolección y análisis cualitativo de los datos. Otra, la triangulación combinando múltiples técnicas, teorías e investigaciones para garantizar una mayor profundización y ampliación del objeto de estudio.
• La naturaleza del objeto de estudio que se intenta aprehender por esta vía, alude a un conocimiento del sentido común versátil, diverso y caleidoscópico.
Este enfoque, en resumen, se distingue por ser una aproximación cualitativa, hermenéutica, centrada en la diversidad y en los aspectos significantes de la actividad representativa; por tener un uso más frecuente de referentes teóricos procedentes de la filosofía, lingüística y la sociología; por un interés focalizado sobre el objeto de estudio en sus vinculaciones sociohistóricas y culturales específicas y por una definición del objeto como instituyente más que instituido.
4.3 El enfoque estructural
Asume características cercanas a la sicología social cognitiva de la línea estadounidense.
Desde este enfoque, el análisis de una R S y la comprensión de su funcionamiento necesitan obligatoriamente una doble identificación: la de su contenido y la de su estructura. Es decir, los elementos constitutivos de una representación son jerarquizados, asignados de una ponderación y mantienen entre ellos relaciones que determinan la significación y el lugar que ocupan en el sistema representacional. Esto implica, necesariamente, una metodología específica de recolección (Abric, 1994).
Según Abric (op.cit), todos los autores después de Moscovici están de acuerdo con la definición de la representación como conjunto organizado. Sin embargo, quienes se inscriben en el enfoque estructural parten del supuesto de que toda representación tiene una estructura específica que le es propia, cuya característica central es que está organizada alrededor de un núcleo central y que éste es el que determina su organización y significación.
Y es precisamente la Teoría del Núcleo la que distingue el enfoque estructural del procesual.
Por núcleo central se entiende el elemento o conjunto de elementos que dan a la representación su coherencia y su significación global.
El núcleo tiene dos funciones: la generadora, que crea o transforma la función de los demás elementos de la representación, es decir le da sentido a la significación de esos elementos y la organizadora que organiza los elementos de la representación.
Cuenta además con dos dimensiones: normativa y funcional. En la primera se expresan dimensiones socioafectivas, sociales o ideológicas, dentro de las cuales pueden incluirse normas, estereotipos o actitudes. En la funcional se encuentran las situaciones con una finalidad operativa o aquellas que se refieren al funcionamiento del objeto (Uribe et al, 1997).
El núcleo central es el elemento que más resistirá al cambio, pues una modificación del núcleo produce la transformación completa de la representación. Está protegido, por tanto, por los sistemas periféricos, los cuales permiten, esencialmente, la adaptación de la representación a las evoluciones del contexto.
Los elementos periféricos están en relación directa con el núcleo, lo cual equivale a decir que su presencia, su ponderación, su valor y su función están determinados por el núcleo. Están jerarquizados: pueden estar muy cerca de los elementos centrales y en este caso juegan un importante papel en la concreción del significado de la representación.
Distantes de los elementos centrales, ilustran, aclaran y justifican esta significación.
Cumplen tres funciones:
• Función concreción: directamente dependientes del contexto, resultan del anclaje de la representación en la realidad permitiendo su investidura en términos concretos, comprensibles y trasmisibles de inmediato. Integran los elementos de la situación en la que la representación se produce, refieren el presente y lo vivido por las personas.
• Función regulación: por su mayor flexibilidad en relación con los elementos centrales, los elementos periféricos desempeñan un papel esencial en la adaptación de la representación a la evolución del contexto. De esta forma, cualquier información nueva o transformación del entorno se integra a la periferia. Elementos susceptibles de poner en duda fundamentos de la representación podrán ser integrados ya sea otorgándoles un estatus menor, sea reinterpretándolos o concediéndoles un carácter de condicionalidad. Frente a la estabilidad del núcleo central, constituyen el aspecto móvil y evolutivo de la representación (Abric, op.cit.).
• Función defensa: el sistema periférico cumple una función de “parachoques” al proteger al núcleo central de su eventual transformación. Si el núcleo central cambia es porque el sistema periférico es poco resistente o porque las nuevas informaciones contienen mucha fuerza. En todo caso, es el sistema periférico el que soporta las primeras transformaciones: cambios de ponderación, interpretaciones nuevas, deformaciones funcionales defensivas, integración de condicional de elementos contradictorios. Es por ello, que las contradicciones aparecen y se sostienen, en primer término, en el sistema periférico.
El polo estructural ha sido desarrollado no solo por Abric, sino también por Codol, Flament, Plon, Apfelbaum y dentro de la escuela psicosocial vasca, por Páez y colaboradores (cfr. Banchs, 2000).
4.3.1 Presupuestos epistemológicos y ontológicos
• El estudio se centra sobre los procesos y mecanismos de organización de los contenidos de la R S independientemente de su significación.
• Los estudios que hablan de procesos casi siempre son estudios cognitivos que buscan identificar estructuras representacionales.
• Las vías más utilizadas para acceder al conocimiento del objeto de estudio son técnicas correlacionales y análisis multivariados o ecuaciones estructurales.
• Desde el punto de vista ontológico, se busca aprehender tanto los mecanismos cognitivos de constitución, como las funciones, dimensiones y elementos de una estructura cognitiva.
Algunas de las técnicas utilizadas en el enfoque estructural (análisis de similitud y análisis de correspondencia, por ejemplo) han recibido críticas por no dar cuenta del valor simbólico ni del tipo de relaciones entre los elementos representacionales.
Según Ibáñez (op.cit.) la opción por estos procedimientos es producto de la reticencia que los procedimientos cualitativos —propios del enfoque procesual— generan en un sector de la comunidad de investigadores e investigadoras.
No obstante lo anterior, según mi criterio, la existencia de un doble sistema en las R S impone que ambos enfoques sean pertinentes. Debe recordarse que una de las características esenciales de la R S es que son, a la vez, estables y móviles; rígidas y flexibles. Estables y rígidas porque están determinadas por un núcleo central profundamente anclado a la memoria de un pueblo y a su sistema de creencias. Móviles y flexibles porque son alimentadas de las experiencias individuales e integran los datos de lo vivido y de la situación específica, la evolución de las relaciones y de las prácticas en que las personas están inmersas.
Así, si las R S deben ser abordadas desde un contexto histórico y social es justamente en los elementos estables del núcleo donde se podría rastrear su genealogía. Si se abordaren solo en términos constituyentes y procesuales, no se daría cuenta del carácter histórico de la R S, lo cual necesariamente nos hace perder la visión de totalidad.
Acertadamente Banchs lo sintetiza de la manera siguiente:
Lo saludable sería, independientemente del modo de aproximación que adoptemos, preguntarnos no solo qué entendemos por social cuando hablamos de representaciones sociales, sino sobre todo cómo lo abordamos, cómo lo integramos a nivel cognitivo, metodológico, empírico; con cuáles contenidos llenamos el adjetivo histórico y el adjetivo social. Se trata de que honremos el carácter histórico social de las representaciones, estudiando en su estructura no solo los mecanismos sino los contenidos en tanto que memoria social y huella cultural y analizando los procesos sociales de su construcción en la interacción cara a cara (Banch, 2000: 13).
V. Técnicas de recolección
En América Latina, las mayores producciones sobre R S se encuentran en México, Brasil y Venezuela, países en que las ideas de Moscovici se difundieron desde finales de la década del setenta. Si bien en estas investigaciones se encuentra la presencia de ambos polos, el énfasis mayor es el enfoque procesual (Banchs, 2000).
Sin embargo, es en Europa donde se concentra la producción mayor (más del 90% de las publicaciones) las cuales, en su gran mayoría, se perfilan más hacia el enfoque estructural (Ibáñez, op.cit).
Como consecuencia de lo anterior, para el abordaje de las R S, las técnicas de investigación más utilizadas en América Latina son las de naturaleza cualitativa.
5.1 Las técnicas interrogativas
El análisis de la R S privilegia el análisis de los discursos y, por tanto, la entrevista abierta junto con el cuestionario se convierten en las técnicas que mayormente se utilizan.
5.1.1 La entrevista
La entrevista en profundidad (E P) constituye una técnica de reiterados encuentros cara a cara con la investigadora/or y las/os informantes. Dichos encuentros están dirigidos hacia la comprensión de las perspectivas que tienen los y las informantes respecto de sus vidas, experiencias o situaciones, tal como se expresan con sus propias palabras. Con esta técnica, la propia investigadora o investigador es el instrumento de la investigación y no el protocolo o guión de la entrevista. El rol implica no sólo obtener respuestas, sino también aprender qué preguntas hacer y cómo hacerlas (Taylor y Bodgan, 1992).
Por lo anterior, si bien las características externas de la persona entrevistadora —el sexo, la edad, la apariencia física y social— y otras menos aparentes —actitud o personalidad y de aptitud o conocimiento de la materia— juegan un papel importante en el éxito de la entrevista, son otros los rasgos a los que se debe poner atención. La persona entrevistadora debe poseer una personalidad flexible y ser lo suficientemente perspicaz para evaluar críticamente la información que recibe e indagar en busca de mayor claridad y exhaustividad en las respuestas.
Existen tres niveles relacionales que determinan el sentido del discurso que se genera a partir de la aplicación de la entrevista:
1 El contrato comunicativo
2 La interacción verbal
3 El universo social de referencia.
El contrato comunicativo
Hace alusión al carácter paradójico de la entrevista: por un lado, se solicita por ser una forma de producir expresiones de carácter íntimo pero, por el otro, al producirse, dejan de ser íntimos. El establecimiento de un contrato de comunicación es, entonces, fundamental para el funcionamiento del dispositivo de comunicación porque diluye o elude esta situación paradójica al remitir el uso de la información y la comunicación a un contexto exterior al propio encuentro, o sea, al informe escrito de la investigación en el cual se desbloquea y da salida a la misma situación de la entrevista (Alonso, 1998).
Lo anterior se traduce en que E P se debe someter a las reglas de la pertinencia y a la renegociación permanente de las reglas implícitas y explícitas, lo cual no significa que los y las participantes conozcan con exactitud los objetivos de la investigación, por los posibles sesgos que de esta situación se podrían derivar. Sin embargo, es un imperativo que conozcan las condiciones de la investigación, sus fines y propósitos en forma general y los usos que, una vez finalizada la investigación, se le dará.
La interacción verbal
La interacción se fundamenta en la apertura de las personas a la comunicación y la aceptación de las reglas. El mínimo marco pautado es un guión temático previo, que recoge las temáticas que interesan a la investigadora o al investigador. No obstante, tal guión no está estructurado secuencialmente, pues lo que interesa es que, durante la entrevista, la persona produzca información sobre todos los temas de la investigación, pero sin inquirir sobre cada uno ellos en un orden prefijado.
El universo social de referencia
Más que analizar la situación particular de la persona entrevistada, este nivel relacional de la E P remite a la determinación central y lateral de las R S. Esto significa que, cuando se analiza el discurso elaborado por la persona entrevistada, su situación personal es vista a la luz del entramado social y cultural en la que está inserta, por lo que dicho análisis no se orienta por las características de su situación personal, sino por los condicionamientos ideológicos de su proceso motivacional típico.
Por lo anterior, y de acuerdo con Ibáñez (1988), cuando las personas revelan sus representaciones mediante sus producciones verbales, no están efectuando la descripción de lo que está en su mente, sino que están construyendo activamente la imagen que se forman del objeto con el cual les confronta las preguntas de la investigadora o investigador.
En este sentido, la entrevista se instituye y desenvuelve a partir de su capacidad para dar cuenta de la vivencia individual de la persona entrevistada (manifiesta o latente) y del sistema de marcadores sociales que encuadran su vida social.
El discurso que se produce por medio de la entrevista es, por lo tanto, un relato en que la situación implicativa genera “una inversión de la persona” que al verse en sí misma en la realidad observa el sistema de etiquetas sociales que la enmarcan (Alonso, op.cit.).
5.1.2 El cuestionario
Consiste en un conjunto de preguntas respecto de uno o más tópicos. Puede contener preguntas cerradas o abiertas.
Las preguntas cerradas contienen categorías o alternativas de respuesta que han sido delimitadas por la investigadora o el investigador: Pueden ser dicotómicas o incluir varias alternativas de respuesta. En cambio las preguntas abiertas no delimitan de antemano las alternativas de respuesta. (Hernández et al, 1998).
Dentro de sus ventajas está la estandarización que no solo reduce los costos, sino también los riesgos que se derivan de las posturas subjetivas de las personas que entrevistan.
Sin embargo la estandarización es también una limitante pues inhibe la expresión libre de las personas al sujetarlas a las interrogantes que les son propuestas y al limitar sus propias interrogaciones.
Por lo anterior, para el estudio de las R S, el cuestionario debe ser concebido de manera que permita y valorice la actividad de la persona interrogada, por medio de la inclusión de un número mayor de preguntas abiertas y proponiendo a la persona entrevistada un amplio abanico de respuestas, es decir: ofreciéndole la posibilidad de emplear su propia gestión.
5.1.3 Las tablas inductoras
Esta técnica de recolección de las representaciones ha sido utilizada hasta el momento en estudios dirigidos a poblaciones con dificultades para apropiarse de los modos de interrogación clásicos (entrevistas o cuestionarios).
Se inspira en las aproximaciones proyectivas, pues consiste en presentar a las personas una serie de dibujos, elaborados por la investigadora o el investigador, ilustrando los temas principales procedentes de una pre – encuesta, y se les pide que se expresen libremente a partir de la tabla propuesta.
Se trata de una variante de la entrevista semidirectiva cuyas reactivaciones son constituidas no por una forma oral, sino por una estimulación gráfica.
Ha demostrado ser muy efectiva (Abric, 1994b) pues este tipo de apoyos favorece ampliamente la expresión de las personas en relación con las respuestas obtenidas por medio de entrevistas clásicas.
Requiere, no obstante, un análisis previo que limite el alcance, la selección de los temas y su formulación figurativa. Por otro lado, el análisis de las respuestas obtenidas, además de las dificultades clásicas de análisis de contenido, se torna más complejo por la necesidad de proporcionar expresión a los elementos figurativos frecuentemente caracterizados de manera deliberada por la ambigüedad (para permitir el proceso de proyección) sin que su lectura se pueda basar en normas y marcos de referencia cuya estandarización sea establecida claramente como en la práctica de los tests en que se inspiran.
Es un modo de aproximación de las R S que —en la condición de ser elaborado y relacionado cuidadosamente con otras maneras de interrogar —puede facilitar la emergencia explícita de las dimensiones implícitas además de que permite profundizar en ciertas dimensiones o categorías de apuntalamiento de la representación.
5.1.4 Dibujos y soportes gráficos
Esta técnica abarca tres fases: a) la producción de un dibujo (o de una serie de dibujos), b) la verbalización de las personas a partir de esos dibujos, c) un análisis —cuantificable— de los elementos constituyentes de la producción gráfica.
El interés de este análisis es —además de poner en evidencia elementos constitutivos de la representación— penetrar con cierta facilidad en los elementos organizadores de la producción, es decir en la significación central de la representación producida.
Efectivamente, en la mayoría de los casos, los dibujos no son, por supuesto, una yuxtaposición de elementos, sino un conjunto estructurado y organizado alrededor de elementos o significaciones centrales que permiten identificar el contenido y formular hipótesis sobre los elementos centrales de la representación.
5.1.5 Técnicas etnográficas
La aproximación monográfica es la vía más enriquecedora para el estudio de las R S.
Sin embargo es mucho más lenta y difícil de ejecutar que los métodos precedentes.
Inspirada en los métodos de la antropología, permite recoger el contenido de una representación social, referirla directamente a su contexto y estudiar sus relaciones con las prácticas sociales establecidas por el grupo. De esta manera es posible combinar las técnicas etnográficas, entre otras, con encuestas; cuestionarios y análisis históricos.
5 . 2 Las técnicas asociativas
5.2.1 La asociación libre
A partir de un término inductor (o de una serie de términos), se les pide a las personas que produzcan todos los términos, expresiones o adjetivos que se les “ocurran”.
El carácter espontáneo —por lo tanto menos controlado— y la dimensión proyectiva de esa producción deberían permitir así tener acceso, mucho más rápido y fácil que en una entrevista, a los elementos que constituyen el universo semántico del término o del objeto estudiado.
La asociación libre permite actualizar elementos implícitos o latentes que serían ahogados o enmascarados en las producciones discursivas.
Abric (op.cit) considera que la asociación libre es probablemente una técnica capital para recolectar los elementos constitutivos dcl contenido de la representación. No obstante, insiste en que la producción obtenida por asociación libre es difícil de interpretar a priori, por la dificultad de distinguir en las asociaciones producidas, las que tienen un carácter prototípico de las que son centrales y organizadoras de la representación.
En este sentido, Grize, Vergés y Silem (cfr. Abric, 1994) propusieron y validaron un procedimiento para analizar el material resultante de esta técnica. Se trata en un primer tiempo de situar y analizar el sistema de categorías utilizado por las personas que permita delimitar el contenido mismo de la representación.
Después, en un segundo tiempo, de extraer los elementos organizadores de ese contenido. Se pueden utilizar entonces tres indicadores: la frecuencia del ítem en la población, su rango de aparición en la asociación (definido por el rango medio calculado sobre el conjunto de la población), y finalmente la importancia del ítem para las personas (se obtiene pidiendo a cada persona que designe los dos términos más importantes para ella).
A partir de ahí un coeficiente significativo entre las dos clasificaciones permite confirmar o reforzar la hipótesis de que se está en presencia de elementos organizadores de la representación. La congruencia de los dos criterios (frecuencia y rango) constituye un indicador de la centralidad del elemento.
No obstante Abric (1994) insiste en que este método tampoco asegura confiabilidad, pues uno de sus postulados más fuertes señala que en una asociación de palabras los términos citados primero son más importantes que los otros y más bien pareciera que lo pertinente es enfocar el rango medio —obtenido en el conjunto de la población—.
En un artículo más reciente, Vergés (1992) propone completar este análisis verificando si los términos más frecuentes permiten crear un conjunto de categorías, organizadas en torno de esos términos, confirmando así las indicaciones sobre su papel organizador de la representación.
La riqueza del material asociativo consiste en que puede constituir la base de un análisis más profundizado, como se verá en la presentación de los métodos de análisis de la estructura de una representación.
5.2.2 La carta asociativa
Una de las dificultades de la asociación libre, que necesita precisamente de la utilización de técnicas complementarias, tiende a la dificultad de interpretación de los términos producidos por las personas. Si se sabe que el término producido es, en efecto, un elemento de la representación y su significación en cambio no aparece, es por falta de contexto semántico. La presencia de un mismo término puede tener así significaciones radicalmente diferentes.
Por ejemplo, el término “jerarquía” es asociado a la palabra inductora “Hospital” ¿Qué significa jerarquía para la persona? ¿Qué hay demasiada jerarquía? ¿Insuficiente? ¿Que la jerarquía plantea un “problema?” ¿Que es necesaria o útil?
Para mitigar, al menos parcialmente esa dificultad, los investigadores y las investigadoras del enfoque estructural han empezado a utilizar un nuevo método de asociaciones libres, inspirado en la técnica de la carta mental de H. Jaoui, que identifican con el nombre de carta asociativa.
1 . En una primera fase y a partir de un término inductor, son producidas asociaciones libres: ejemplos de cadenas asociativas con respecto al término inductor
“Función de enfermera”:
Función enfermera Tarea Repartición Delegación
Función enfermera Escucha Formación I n s u f i c i e n t e
Función enfermera Escucha Papel propio Cuidados de calidad
Función enfermera R e l a c i o n e s Cuidar de otra forma Promoción profesional
Función enfermera Cuidados Técnica Competencia profesional
2 . Después de esta clásica recolección de asociaciones se pide a la persona que produzca una segunda serie de asociaciones pero esta vez a partir de un par de palabras que contengan, por una parte, el término inductor inicial y cada uno de los términos asociados producidos por ella en la primera fase.
Si por ejemplo a partir del término inductor “función de enfermera”, la persona propone como asociaciones: “cuidados”, “relación”, “tarea”, “escucha”, se le pide entonces asociar de nuevo y sucesivamente cada uno de los pares siguientes: “función de enfermera-cuidados”, “función de enfermera-relación”, “función de enfermera tarea”, “función de enfermera-escucha”. Se obtiene entonces una segunda serie de asociaciones. Se recoge así una serie de cadenas asociativas de tres elementos.
3 . Cada una de estas cadenas asociativas es utilizada entonces para solicitar nuevas asociaciones por parte de la persona. Si por ejemplo al par “función enfermera-escucha” le son asociados los términos siguientes: “papel propio”, “disponibilidad”, “formación”, se pedirá a la persona asociar con las siguientes series: “función enfermera-escucha-papel propio”, “función enfermera-escucha-disponibilidad”, “función enfermera-escucha-formación”. Se recolectan así cadenas asociativas de cuatro elementos al explorar todos los elementos proporcionados por la persona.
El método puede ser desarrollado para obtener cadenas de cinco, incluso seis elementos, pero varias experiencias llevadas a cabo para someter a prueba este método demuestran que es difícil ir más allá de las tres fases descritas (Abric, 1994).
Este método tiene varias ventajas: necesita poco tiempo y esfuerzo por parte de la persona; permite recoger un conjunto de asociaciones más elaborado e importante que con la asociación libre y, sobre todo, identificar lazos significativos entre los elementos del corpus. Requiere, no obstante, de parte del investigador o investigadora una actitud activa de reactivación y estimulación.
Es fundamental recordar que la asociación (salvo para la palabra inicial) debe referirse siempre a los pares o tríos resultantes de la asociación. No se trata, por ejemplo, en la ilustración presentada de la segunda fase de obtener asociaciones del término “Escucha”, sino específicamente acerca de la relación asociativa “Función enfermera-escucha” que es la única pertinente en el análisis de la representación estudiada.
El análisis de una carta asociativa se puede realizar como el que se practica en la asociación libre. Sobre la primera serie de asociaciones, después sobre el conjunto, primera y segunda series, finalmente sobre el conjunto completo de las asociaciones producidas. Los índices de frecuencia y los de rango pueden ser calculados, así como su correlación. Un análisis de las categorías del corpus también puede completar ese trabajo.
5 . 3 Métodos de identificación de la organización y de la estructura de una representación
Para la escuela del enfoque estructural poner en evidencia el núcleo central de la representación es más fácilmente realizable desde las técnicas desarrolladas por este enfoque que desde las técnicas clásicas (entrevistas y cuestionarios). Tal y como se anotó en líneas precedentes, esta disyuntiva no está resuelta y por el contrario concita los intereses de quienes se dedican al estudio de la R S.
Según el enfoque estructural, todas sus técnicas se fundan en un solo principio: pedir a la persona que efectúe un trabajo cognitivo de análisis, comparación y jerarquización de su propia producción (Abric, 1994: 64).
Esto permite, según los postulados de este enfoque, reducir en gran medida la parte de interpretación o elaboración de la significación del investigador o de la investigadora y hacer así más fácil y pertinente el análisis de los resultados.
No obstante, según mi criterio y de acuerdo con lo anotado supra, esta postura está ignorando el carácter construido del conocimiento y por ende la imposibilidad de realizar investigaciones “neutrales”. De ahí que definir cuál método es mejor sea una tarea bastante riesgosa y, en todo caso, infructuosa, pues como lo señala Ortí (1998), no se trata de definir cuáles métodos son mejores que otros, pues los procesos de interacción social y del comportamiento personal implican tanto aspectos simbólicos como medibles (número de actores intervinientes, tamaño de los grupos, características o tipos objetivos, etc.).
Realizadas estas consideraciones observemos las técnicas desarrolladas por el enfoque estructural.
5.3.1 Técnicas de identificación de los lazos entre elementos de la representación
5.3.1.1 Construcción de pares de palabras
Consiste en solicitar a la persona, a partir de un corpus que ella misma ha producido (por asociaciones libres, por ejemplo), que constituya un conjunto de pares de palabras que, según su criterio, deben “ir juntas”. El análisis de cada par permite especificar el sentido de los términos utilizados por las personas (como en la carta asociativa), reduciendo la eventual polisemia.
Un término puede ser elegido varias veces y ello favorece la identificación de los vocablos polarizadores o términos bisagra asociados a múltiples elementos de la representación, que pueden ser los organizadores.
La recolección se completa, finalmente, con una entrevista y así, de esta manera, la lista de los pares revela el tipo de procedimiento utilizado por la persona, o sea, el tipo de relaciones que usó para asociar dos términos: similitud del sentido; implicación; contraste; etcétera.
5.3.1.2 Comparación pareada
La técnica de las comparaciones pareadas se inspira de un proceso muy cercano al de los pares de palabras. Consiste en proponer a la persona todos los pares posibles de un corpus de términos (si es posible, producidos por ella misma), sea n (n-I) / 2 pares, pidiéndole para cada par que lo sitúe en una escala de similitud entre los dos términos (de “muy semejante” a “muy diferente”). A partir de ahí se pueden construir matrices de similitud que permitan un tratamiento estadístico por medio de los métodos multidimensionales.
5.3.1.3 Constitución de conjunto de los términos
Esta técnica consiste en pedir a la persona que agrupe en “paquetes” los ítemes que ha producido, o que se le propongan, “poniendo juntos los términos que van bien juntos”, y después interrogarla acerca de los motivos de esa reagrupación y solicitarle que otorgue un título a cada uno de los conjuntos constituidos.
El objetivo aquí es aprehender las estructuras esquemáticas de la representación al analizar los recortes efectuados por las personas y sus fundamentos, a partir de los vínculos de similitud. Es decir, abordar los “principios de construcción” de la representación.
Se pueden extraer, por ejemplo, los eventuales ejes de articulación entre conjuntos diferentes (la misma palabra puede estar presente en varias categorías) y situar familias de términos bisagra. Se puede prestar atención también a la copresencia de los términos en cada “paquete”, y construir el grado de similitud que proporciona frecuentemente una información esencial acerca de la organización interna de la representación.
5.3.2 Técnicas de jerarquización de los ítemes
En las técnicas precedentes, el peso respectivo de los ítemes en la representación es de alguna manera identificado indirectamente por el análisis de los pares de palabras o de los reagrupamientos. A continuación se presentan dos técnicas que pretenden hacer emerger esta jerarquía incitando a la persona a producirla directamente, efectuando ella misma series sucesivas de tris.
5. 3.2.1 Los tris jerarquizados sucesivos
Debe recordarse que el análisis de la producción de asociaciones libres consistía en cruzar dos informaciones: la frecuencia de aparición de un término y su rango en la producción.
Recuérdese también la reserva de Abric (1994) concerniente a la utilización de este último índice que supone que los ítemes más importantes son citados en primer lugar cuando la persona asocia.
Para suprimir esta dificultad se propone calcular el rango (valor de un ítem) a partir de una actividad de jerarquización de elementos realizada por la persona misma. A este proceso se le denomina técnica de “los tris jerárquicos sucesivos”.
El principio de la técnica consiste en recolectar, en un primer tiempo, un conjunto de asociaciones concernientes al objeto de representación estudiado. Se dispone así para un grupo dado, un conjunto de N ítemes, entre los cuales se retendrán los más frecuentemente producidos, teniendo la atención de elegir un número importante de ítemes (en general treinta y dos) con el fin de disponer de un amplio corpus que contenga ítemes poco frecuentes.
En un segundo tiempo se propone a la persona esta lista de ítemes, en forma de treinta y dos fichas correspondientes a los treinta y dos ítemes, y se le pide que los separe en dos: un paquete con los dieciséis ítemes más característicos del objeto estudiado, y un paquete con los dieciséis ítemes menos característicos.
A partir de los dieciséis ítemes más característicos retenidos por la persona, se debe repetir la operación: elección de ocho ítemes más representativos y de otros ocho con los ítemes menos representativos, y así sucesivamente con los otros más característicos, y después con los dos ítemes seleccionados (fig.1) .
32 ítemes
Fuente Fig. 1: Abric, Jean-Claude (1994). Metodología de recolección de las representaciones sociales. En Practiques sociales et Représentations.
Se obtiene así, en una población determinada, una clasificación por orden de importancia, y para cada persona, del conjunto de los ítemes propuestos, se puede calcular el rango medio de cada ítem. Entonces se puede volver a los análisis clásicos de las asociaciones libres y considerar que la correlación positiva frecuencia-rango medio es un indicador de primera importancia para identificar los elementos centrales de la representación en el grupo estudiado.
5. 3.2.2 Las elecciones sucesivas por bloques
La técnica anterior permite un análisis de similitud tradicional pero difícilmente permite calcular los índices que pueden ser reveladores para el estudio de las representaciones, en particular el de distancia. Este índice permite estudiar a la vez las relaciones de similitud y antagonismo o exclusión y su procedimiento es el siguiente:
A partir de una lista de veinte ítemes, se pide a las personas efectuar una elección por bloques. Primero seleccionan los cuatro ítemes que les parecen más importantes y que reciben el valor +2. Luego se les pide escoger de entre los dieciséis restantes los cuatro ítemes menos representativos, asignándoles el valor -2. Seguidamente, entre los doce ítemes restantes, ellas designan sucesivamente los cuatro más importantes (valor +1) y los cuatro menos importantes (valor -1). A los cuatro ítemes restantes se les asigna el valor 0.
16-
16+
8-
8+
4-
4+
2-
2+
1-
1+
Cada ítem recibe así un valor en una escala variable de (+2) a (-2) a partir de la cual se puede calcular un índice de distancia que, como una correlación, varia de (+1) (similitud máxima) a (-1) (exclusión máxima).
Esta técnica proporciona las ventajas propias del análisis de similitud y además da pie a una aproximación cuantitativa que permite comparar en grupos diferentes la importancia relativa de ciertos elementos de la representación.
5.3.3 Técnicas de control de la centralidad
Una cantidad importante de técnicas hasta aquí presentadas permite identificar un cierto tipo de organización de la representación y, en algunos casos, poner en evidencia los elementos centrales.
La verificación es una etapa privilegiada de este enfoque y con este afán se elaboraron recientemente técnicas de validación del núcleo central, con el fin de intentar confirmar la hipótesis de la centralidad.
5.3.3.1 Técnica de cuestionamiento del núcleo central
La aplicación de esta técnica supone que los elementos constitutivos de la representación de un objeto o de una situación sean conocidos por medio de un estudio previo.
Se elabora entonces una lista de los elementos sobre los que se plantea la hipótesis de que ellos pueden constituir el núcleo central de la representación. Posteriormente se presenta a las personas un pequeño texto inductor del que se ha verificado la correspondencia con su representación del objeto estudiado.
Se puede pasar entonces a la fase de control de la centralidad, siendo necesario para ello proporcionar una nueva información a la persona o, una información que pone en “jaque” el elemento estudiado (por ejemplo, luego de describir un buen grupo, se le informa que hay un jefe; estudio del elemento «ausencia de jerarquía» que destacaba como un ítem importante).
Se pide entonces a la persona si, teniendo en cuenta esta nueva información, su representación del objeto ha cambiado o no, o sea, si sostiene su rejilla de lectura. Poniendo sucesivamente en causa los diferentes elementos estudiados, se puede distinguir entonces el o los elementos cuyo cuestionamiento ocasiona un cambio de representación:
Son los elementos del núcleo central. Y aquellos cuyo cuestionamiento no provoca cambios: los elementos periféricos.
5.3.3.2 Técnica de inducción por guión ambiguo (ISA)
Moliner (cfr. Abric, 1994) siguiendo la preocupación por la investigación acerca de los métodos y técnicas de identificación y verificación del núcleo central ha elaborado una técnica que permite detectar y controlar de manera conjunta los elementos centrales de una representación.
En su propuesta para la identificación del núcleo central, Moliner retoma el principio de que una representación es un proceso activo de construcción de la realidad y a partir de ello, presenta la técnica de inducción por guión ambiguo.
Consiste en proponer a la persona una descripción ambigua del objeto de representación en estudio. La ambigüedad del escenario propuesto resulta del hecho de que puede o no referirse al objeto de la representación y proporcionar así dos tipos diferentes de descripción. Es entonces el análisis y la comparación de esas descripciones lo que permitirá identificar los elementos centrales.
A continuación se describen las diferentes fases de esta técnica por medio del trabajo del propio Moliner acerca de la representación de la empresa en estudiantes (cfr. Abric, op.cit.):
A . En primer lugar se pide a las personas redactar un texto sobre su propia concepción de la empresa. El análisis del mismo permite advertir los ítemes que reflejan las diferentes opiniones (en este ejemplo, se levantan catorce ítemes).
B . Se construye entonces el escenario ambiguo que debe respetar dos reglas: 1) Nunca referirse explícitamente al objeto estudiado (en este caso la empresa); 2) No utilizar ninguno de los catorce ítemes que reflejan las opiniones de las personas.
C . Ese guión ambiguo se presentará entonces a las personas bajo dos modalidades diferentes, haciendo referencia al objeto de representación: se concluye en un primer caso: “Es una empresa”, y en el otro “no es una empresa” (de ahí la importancia de la ambigüedad del guión, que debe permitir esas dos formulaciones contradictorias).
D . Posteriormente se propone a las personas los catorce ítemes identificados como característicos de la representación del objeto, preguntándole si el objeto presentado en el guión posee o no esas peculiaridades.
E . El análisis de las respuestas permite entonces extraer dos tipos de ítemes:
• Los ítemes correspondientes a las características escogidas indiferentemente en las dos modalidades del guión (es una empresa o no lo es) y que no pueden por lo tanto ser considerados como específicos del objeto dc representación.
Estos son los elementos periféricos.
• Los ítemes que únicamente son escogidos en los casos en que se hace referencia explícita al objeto (la empresa) y no en la otra situación (no es una empresa). Esos ítemes aparecen entonces como específicos del objeto de representación estudiado. Constituyen el núcleo central, puesto que ellos determinan la significación de la situación.
5.3.3.3 Técnica de los esquemas cognitivos de base (SCB)
A partir de un conjunto de pares de ítemes surgidos de una asociación libre se estudiará el tipo de relación que esos términos sostienen entre sí, utilizando una lista de operadores de las relaciones, definida y formalizada, estando organizados esos operadores en familias denominadas esquemas cognitivos de base. Se puede delimitar así el tipo de relaciones que sostiene un ítem con otros elementos de la representación, estudiar el número más o menos importante de relaciones que lo unen a otros ítemes definiendo su “valencia” y considerar que esa valencia define la importancia o la centralidad del ítem.
Además de que constituye una buena representación, el método de los SCB ofrece la ventaja de permitir con cierta facilidad una comparación entre dos representaciones según los tipos de relaciones y esquemas que movilizan.
VI. Métodos y técnicas de análisis
La información recolectada por medio de las técnicas que son características del enfoque estructural recurre, para su análisis, a técnicas cuantitativas (Flament, 1986), y en particular descansa en un análisis multidimensional de tipo factorial.
Debido a que este tipo de análisis debe seguir un tipo particular de procedimiento según la herramienta estadística seleccionada, en la mayoría de las ocasiones, la investigadora o el investigador no se enfrenta al volumen de “datos” que se produce al utilizar métodos y técnicas cualitativas.
En efecto, por las técnicas que son utilizadas en la investigación cualitativa (la entrevista, la observación, las preguntas abiertas, los diarios, etc.), el tipo de dato recogido suele expresarse en cadenas verbales y no mediante valores numéricos. De ahí, que la mayor parte de los datos cualitativos poseen como una de sus características más conocidas la de ser expresados en forma de textos. Dado su carácter polisémico, su naturaleza predominantemente verbal, su irrepetibilidad y el gran volumen que suele recogerse, el análisis de datos es visto como una de las tareas de mayor dificultad en el proceso de la investigación cualitativa.
Y aunque hay autores como Abric (op.cit.) que reconocen la utilización ineludible de la entrevista, de la misma manera desmerecen su uso exclusivo en el estudio de las R S, argumentando precisamente las limitaciones que devienen del material cualitativo.
No obstante, si bien ninguna técnica, hasta ahora, permite recoger conjuntamente el contenido, la estructura interna y el núcleo central , es necesario aclarar que el material cualitativo producido por medio de entrevistas y cuestionarios puede ser sometido a rigurosos procedimientos de análisis y de esta manera reconstruir la estructura interna de las R S. A ellos me referiré en los siguientes apartados.
6.1 Análisis cualitativo según la Grounded Theory
Según Strauss y Corbin (1990) las metodologías cualitativas son, básicamente, una construcción de conocimiento que ocurre sobre la base de conceptos y son precisamente dichos conceptos los que permiten la necesaria reducción de la complejidad de la realidad social. Mediante el establecimiento de relaciones entre estos conceptos es que se genera la coherencia interna del producto científico.
El método comparativo constante (MCC) —forma en que se conoce el procedimiento de la Grounded Theory— constituye un método privilegiado para realizar el anterior proceso, justamente porque busca construir modelos teóricos acerca de las interrelaciones de los diferentes aspectos del fenómeno estudiado.
Estos autores concluyen que una teoría fundada empíricamente deberá explicar al mismo tiempo de describir, lo que hace de esta metodología una alternativa indicada para el estudio de las R S, ya que permite tanto el estudio de sus contenidos (aspecto descriptivo) como de su estructura interna (aspecto explicativo). Sus procedimientos de análisis, efectivamente, permiten reconstruir las representaciones en dos etapas: 1) análisis descriptivo y 2 ) análisis relacional.
Por medio del primero se reconstruyen inductivamente categorías generales a partir de elementos particulares, así como contenidos socialmente compartidos por medio de comparaciones de representaciones singulares. Al finalizar esta etapa se obtiene una descripción exhaustiva de los contenidos de las R S del grupo social investigado. Sin embargo, el aporte esencial de esta metodología se expresa en la segunda etapa, el análisis relacional. A través de éste se reconstruye la estructura interna de las R S, es decir las relaciones y jerarquías existentes entre sus diferentes contenidos (Krause, 1998).
6.1.1 Las etapas de análisis
Al aplicar los procedimientos de la Grounded Theory, la investigadora o el investigador debe realizar una labor inductiva, disponiendo para ello de un diseño metodológico flexible que le permita integrar información inesperada y contrastar sucesivas hipótesis (Strauss y Corbin, op.cit.).
En esta metodología se trabaja con categorías emergentes, con lo cual se maximizan las posibilidades de descubrir aspectos acerca del objeto de estudio.
La primera etapa es el análisis descriptivo, el cual consiste en construir códigos abstractos a partir de datos particulares. Para ello, el primer paso es la codificación de los datos obtenidos. La codificación incluye todas las operaciones a través de las cuales los datos son fragmentados, conceptualizados y luego articulados analíticamente de un modo nuevo. Los conceptos y códigos generados a través de la codificación tienen un carácter provisional. Este tipo de codificación se denomina codificación abierta y su objetivo principal es abrir la indagación.
Para realizar lo anterior, el material a ser analizado, es fragmentado, a fin de examinarlo línea por línea. Cada unidad de sentido es conceptualizada y nominada, es decir se le adscribe una “etiqueta verbal” que interprete el significado de la información recogida.
Los conceptos obtenidos luego se agrupan en categorías, las que se organizan jerárquicamente. El producto final de este proceso inductivo será un conjunto de conceptos relacionados entre sí, que permite dar cuenta de las cualidades del objeto de estudio.
La estrategia que se aplica a los datos codificados es la comparación permanente o constante. Los resultados que se van generando a partir de estas comparaciones se registran verbal y gráficamente y se van desarrollando e integrando a medida que progresa el análisis.
En esta etapa, así como en las sucesivas, es conveniente el uso de las notas de análisis para registrar las ideas que vayan surgiendo.
Por medio del análisis descriptivo se puede presentar todo el abanico de contenidos o significados implicados en una representación (todos los conceptos). Asimismo, este análisis permite identificar los principales componentes representacionales (las categorías principales) y organizar sus contenidos jerárquicamente.
La segunda etapa es el análisis relacional o reconstrucción del núcleo figurativo. Este análisis incluye dos pasos sucesivos: la codificación axial y la codificación selectiva.
Su objetivo es establecer relaciones o conexiones entre los diferentes contenidos que arrojan los resultados descriptivos. Para el establecimiento de estas relaciones los autores de esta escuela metodológica proponen lo que han denominado “paradigma de codificación”, el cual contiene los siguientes elementos, en función de los cuales se podrán establecer las relaciones entre los contenidos representacionales: fenómeno, contexto de aparición, antecedentes, condiciones en las que varía; estrategias de acción e interacción de los y las actoras y las principales consecuencias.
El análisis intenso al que se somete una categoría en términos de las propiedades del paradigma de codificación se denomina codificación axial o desarrollo de categorías conceptuales.
Es este el primer paso del análisis relacional y su objetivo es generar diversos modelos comprensivos sobre diferentes aspectos que se destacan en los resultados.
El segundo paso de esta etapa es la codificación selectiva por medio de la cual se construye un modelo comprensivo general, que articula los aspectos esenciales de los resultados en torno a un fenómeno central. Esto implica un mayor refinamiento analítico, el cual junto con la comparación constante, conlleva un proceso de reducción de categorías ya sea por descarte; por fusión o transformación en otras categorías de nivel conceptual superior. La identificación del fenómeno central constituye el eje significativo articulador del modelo y, aplicado a las RS, representa el núcleo central de éstas.
En resumen, el procedimiento de la Grounded Theory implica las siguientes operaciones:
1. La codificación abierta: comporta dos momentos. El primero se refiere al tratamiento de los datos brutos, los cuales se comparan constantemente. Posteriormente se les asigna un código común a los fragmentos de una entrevista que comparten una misma idea, advirtiendo que en este momento cualquier interpretación es provisional.
El segundo es el desarrollo de categorías iniciales, es decir la búsqueda sistemática de las propiedades de la categoría. Es fundamental que ambos momentos se acompañen del registro de notas teóricas, analíticas e interpretativas. Este segundo momento es el puente con la siguiente operación.
2 . La codificación axial. significa el análisis intenso de una categoría en términos de los elementos del paradigma de la codificación, el cual a su vez implica el análisis de las propiedades de la categoría (antecedentes, condiciones en las que varía, las interacciones de los y las actoras, estrategias y tácticas de estos y consecuencias).
La codificación axial permite develar las relaciones entre las categorías permitiendo, por lo tanto, avanzar hacia el paso siguiente que es la integración de categorías y sus propiedades.
3 . La codificación selectiva: implica la integración de la categoría y sus propiedades, o sea el proceso de reducción de categorías por descarte, por fusión o transformación conceptual en otras categorías de nivel superior.
El procedimiento, por último, sugiere el trazado de esquemas gráficos para facilitar no solo la descripción, sino también la explicación de los elementos que se relacionan alrededor del fenómeno que es objeto de estudio. En el plano de la teoría de las R S dichos esquemas cumplen la función de visualizar los componentes que se organizan y jerarquizan alrededor del núcleo central de una representación social.
Gráfico 1
Contexto hacia Antecedentes Fenómeno hacia Propiedad Dimensión
Fenómeno hacia Consecuencias Estrategias de acción e intervención
Condiciones en las que varía
Fuente: Krause, M. (1998) La reconstrucción de la estructura interna de las Representaciones Sociales a través de un análisis cualitativo descriptivo y relacional. En Memorias de la IV Conferencia Internacional sobre Representaciones Sociales. La era de la psicología social. México-Francia: Universidad Autónoma Metropolitana – Leps- Ehess.
6.2 Análisis de procedencia de la información
Por sí sola permite una aproximación a los aspectos procesuales de una representación. Triangulada con el MCC contribuye con la identificación del núcleo central y facilita la codificación axial (Araya, op.cit).
El objetivo de esta técnica es detectar, independientemente del contenido expresado, los diferentes tipos de fuentes de información de las cuales procede un contenido. En lugar de intentar explorar “el qué dice”, se busca responder al “de dónde obtuvo la información” de lo que dice.
Al enfocar los datos de esta perspectiva, se pone el énfasis en los fundamentos y la forma de organización de las representaciones.
Jodelet propone cuatro fuentes globales de procedencia de información extendidas en un continuum que va de lo personal a lo más impersonal:
1. Las informaciones procedentes de las experiencias vividas por las propias personas.
2. Las informaciones procedentes acerca de lo que las personas piensan, expresado en términos de roles.
3. Las informaciones obtenidas de la comunicación social y de la observación.
4. Las informaciones sacadas de conocimientos adquiridos en medios formales como los estudios, las lecturas, los medios de comunicación de masas.
Esta clasificación es elaborada por Jodelet (cfr. Banchs, 1990) a partir de un estudio que realizó sobre la representación del cuerpo.
Así la información proveniente de lo vivido resultó aquella en que las personas usaron pronombres personales (yo, mí, me, conmigo) o bien el indeterminado “uno” e igualmente por medio de algunos verbos como sentir, gozar, sufrir, etc. El sujeto de la oración es la persona misma. Por ejemplo, “a mí me gusta hacer el amor” (Banchs, 1990: 198).
La segunda categoría es producto de los papeles que las personas le atribuyeron al cuerpo como condición necesaria para la existencia y realización de sí mismas. En estos casos, el sujeto de la oración es el cuerpo. Por ejemplo, “el cuerpo es el medio a través del cual expresamos nuestra sexualidad” (Banchs, op.cit).
En la tercera categoría el sujeto de la oración son los amigos y las amigas, la familia y la gente que se observa. Asimismo agrupa los contenidos procedentes de refranes y creencias populares. Por ejemplo, “cuando arriban sobran canas, abajo faltan ganas” (Banchs, op.cit). .
En la cuarta categoría el sujeto es más abstracto, pues refiere a un concepto, una idea, una teoría, problemas de orden científico, moral, cultural, filosófico o técnico. Por ejemplo, “en nuestra cultura somos socializados bajo una represión de lo sexual”.
Es posible que un mismo contenido adquiera significados diferentes según se exprese de manera más cercana o más lejana de la persona entrevistada.
Según la experiencia de Banchs (1990) estas técnicas parecen ser más aplicables para el estudio de los objetos que refieren aspectos íntimos o personales ya que cuando respectan a entes abstractos, como por ejemplo los partidos políticos, las fuentes de información son casi siempre impersonales.
6.3 Análisis gráfico de los significantes
Esta técnica ha sido desarrollada en Brasil por Silvia Friedman (cfr. Banchs, 1990) y es aplicable a discursos, ya sea producidos por entrevistas o por materiales escritos o audiovisuales.
Tiene como limitación que es aplicable solo a un número reducido de personas, pues exige una cantidad considerable de tiempo y de “metros de papel”. Su gran ventaja es que permite no fragmentar el discurso.
Friedman utilizó esta técnica en un estudio acerca de la génesis de la tartamudez.
Con base en él se ejemplifica el procedimiento de esta técnica .
• Con las entrevistas transcritas, el primer paso consiste en enumerar las unidades de significación (en general, sujeto y predicado). Por ejemplo:
“Yo hablaba poco/ siempre que yo hablaba/yo temblaba.
• El segundo paso es dividir y enumerar las palabras, según sea su orden de aparición en el discurso. Posteriormente se identifican cuáles son las que más se repiten.( En el ejemplo anterior, “yo” tres veces y “hablaba” dos veces).
• El tercer paso consiste en reproducir gráficamente, como en un sociograma, todas las palabras y por medio de flechas se debe señalar la relación que originalmente se establecía entre ellas en el discurso.
Los anteriores pasos son mecánicos. El último requiere de sucesivos ensayos y errores ya que se trata de colocar las palabras más frecuentes en lugares céntricos (como en una estrella sociométrica) con el fin de poderlas vincular con todas las otras palabras o frases con las que fueron asociadas.
Lo que se busca es obtener la forma gráfica más ilustrativa de las relaciones entre las palabras. En el ejemplo en cuestión sería:
(Hay una gráfica: YO Poco Temblaba Siempre que…)
Conforme Friedman avanzaba en este laborioso trabajo de reproducción gráfica del discurso y a medida que los gráficos se configuraban en metros de papel, se constataron núcleos de pensamiento, los cuales son equivalentes al conjunto de significados alrededor de los cuales se estructuran las representaciones. Una vez identificados, se analizaron las relaciones entre unos y otros, observándose que se articulaban en categorías que efectivamente constituían la génesis de la tartamudez.
Es posible que las categorías surgidas en el estudio de Friedman no siempre se presenten con la misma nitidez, lo cual exigirá al investigador o investigadora una mayor organización abstracta e interpretativa de los contenidos de los núcleos en categorías.
Las anteriores técnicas constituyen formas innovadoras de realizar el análisis y de superar, en alguna medida, las limitaciones del clásico análisis de contenido (A C) .
Si bien como un conjunto de técnicas de análisis de comunicaciones, el A C puede ser utilizado para el análisis de todo lo que se escribe o se dice, no existe un acuerdo sobre su naturaleza, esencialmente, cuantitativa. En este sentido es posible distinguir diferentes líneas dentro de la perspectiva cuantitavista.
Unos sostienen que el análisis de contenido cuantitativo debe limitarse al sentido manifiesto, como lo ha hecho Berelson (1952), uno de los autores clásicos del tema; mientras que Krippendorff (1990) y Bardin (1996) representan la línea opuesta, que defiende el análisis de contenido cuantitativo, pero enfatizando en lo oculto, en el sentido latente y en la inferencia.
En cualquiera de las dos anteriores concepciones, en la utilización del A C – y, en general de otras técnicas— el investigador o la investigadora debería tener presente que la metodología de recolección es un factor que, en buena parte, contribuye con el éxito de la investigación de las representaciones sociales.
Dicho éxito estará valorado según se recolecte el contenido de la representación; se detecte la estructura y el núcleo central; se identifiquen los lazos de las relaciones y la jerarquía entre los elementos; se pongan en evidencia los elementos centrales, es decir los elementos que organizan y proporcionan su significación a la representación.
Finalmente, un estudio de R S deberá restituir la representación revelada en su contexto y captar los lazos entre la representación y el conjunto de los factores psicológicos, cognitivos y sociales que la determinaron.
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La extraña agonía del FMLN

La extraña agonía del FMLN

Por Manuel Hinds

Dic 06, 2018- 06:56

La gráfica 1 muestra los cambios en las preferencias partidarias medidas por las encuestas de LPG Datos desde la primera vuelta de la última elección presidencial hasta el momento. Como puede verse, ARENA no se movió, de modo que el crecimiento de GANA más Nuevas Ideas (25% de los encuestados) se alimentó de una caída del FMLN de 16.0% y de Otros e Inciertos (los que no saben por quién van a votar, o si van a hacerlo, etc.), que cayeron 9.5%.

Pero, como se ve en la gráfica 2, ese 9.5% el FMLN ya lo había perdido al grupo de Otros e Inciertos entre 2009 (el momento máximo del FMLN) y el 2014. De este modo, la coalición de GANA + NI se ha alimentado casi exclusivamente de quitarle los votos que el FMLN había ganado de 2006 a 2009. Esto lo hizo en dos etapas: agarrando votos (9.5%) que el FMLN ya había perdido al grupo de Otros e Inciertos en 2014, y luego quitándole directamente 16% al FMLN en los últimos meses. Así, pues, GANA + NI le está robando el mandado al FMLN y, si tiene éxito, lo estaría reduciendo al 15% de los encuestados, un tamaño mucho más pequeño que GANA + NI y ARENA (cada uno con cerca de 26% de los encuestados). GANA + NI se convertiría en uno de los dos partidos principales y el FMLN se convertiría en un partido menor.

FUENTE: LPG Datos, encuesta publicada el 29 de noviembre de 2018 en las redes. Los datos de 2018 corresponden a noviembre de ese año.

De este modo las dos gráficas muestran una historia muy coherente: la migración de las bases de un partido a otro, efectuada en dos etapas—primero a través de un grupo grande de previos votantes del FMLN que prefiere no votar que votar por el FMLN, y luego un grupo de votantes más duros que se unen a los anteriores para votar por un nuevo partido.

FUENTE: LPG Datos, encuesta publicada el 29 de noviembre de 2018 en las redes. Los datos de 2018 corresponden a noviembre de ese año.

La estrategia de GANA + IN para extraerle los votantes al FMLN es muy clara. Busca convencer a éstos de que GANA + NI es el único que pueden ganarle a ARENA, de tal forma que los que voten por el FMLN están desperdiciando su voto. La cuchilla escondida debajo de este argumento es que mientras más gente se mueva en estas elecciones del FMLN a GANA + NI más se acercaría el FMLN al punto de no regreso—un nivel de votos tan pequeño que lo haría perder no solo una cantidad irrecuperable de los subsidios que da el gobierno a los partidos por voto obtenido sino también su credibilidad como factor de poder.

El poder de un partido y de sus partidarios y de sus cúpulas depende de que la gente crea que tienen poder. Eso es lo que atrae a nuevos partidarios y lo que hace que lo otros partidos y el país entero lo tomen en cuenta. Como toda reputación, es más fácil obtener la credibilidad del poder que recuperarla. Una vez que se ha tenido y se ha perdido, no se puede recuperar, ya que la imagen de decadencia permea todas las percepciones. Por esta razón, el FMLN no puede pensar que puede permitirle a GANA + IN que le quite sus votos pero que después los va a recuperar, sea que GANA + NI gane o pierda las elecciones.

El FMLN, que las encuestas dicen no llegará ni al 10% de los votos, pasaría a segunda categoría como partido. No sólo eso. Los votantes mismos, las estructuras y la base dura del FMLN que se pasen a GANA + NI se convertirían en ciudadanos de segunda clase en un partido que ya no sería de ellos.

Que esto esté pasando es bien extraño porque la cúpula y las estructuras del FMLN no están haciendo nada para detener el sangramiento excepto manejar una campaña presidencial que parece de entrada una aceptación de una derrota. Esto equivale a un abandono de sus propias bases, que no terminan de entender la diferencia entre perder unas elecciones y cometer un suicidio como partido. Es más extraño todavía porque ni siquiera hay convergencia ideológica entre el FMLN y GANA + NI, que si existiera podría pensarse que justificaría la negligencia con la que la cúpula del FMLN está dejando abandonado su partido. La transfusión de votantes se está dando de un partido que se definió como de izquierda hacia uno que nunca ha tenido el más mínimo trazo de una ideología y ha sido oportunista sin ambages desde que nació.

La única manera en la que el FMLN puede sobrevivir es mostrando una votación respetable, que indique que lo que está sufriendo no es un colapso total sino una fluctuación de un poder que se mantiene. Si saca sustancialmente menos que el 20% de los votos, el FMLN pasará a segunda categoría, asesinado no por otros partidos políticos, sino por la deserción de sus propios votantes. Quizás algunos se lamenten después de cómo se suicidaron políticamente.

Theories of Globalization

Theories of Globalization
William I. Robinson
THEORY AND THE RISE OF GLOBALIZATION STUDIES

Globalization is reshaping how we have traditionally gone about studying the social world and human culture and a field of globalization studies is now emerging across the disciplines (Appelbaum and Robinson, 2005). These globalization studies arose around several sets of phenomena that drew researchers’ attention from the 1970s onwards.

One was the emergence of a globalized economy involving new systems of production, finance and consumption and worldwide economic integration. A second was new transnational or global cultural patterns, practices and flows, and the idea of ‘global culture(s)’. A third was global political processes, the rise of new transnational institutions, and concomitantly, the spread of global governance and authority structures of diverse sorts. A fourth was the unprecedented multidirectional movement of peoples around the world involving new patterns of transnational migration, identities and communities. Yet a fifth was new social hierarchies, forms of inequality, and relations of domination around the world and in the global system as a whole.
The scholarly literature on these phenomena has proliferated, as have specific studies of the impacts of globalization on particular countries and regions and on gender and ethnicity, not to mention much pop treatment of the subject. Recent research agendas have branched out into an enormous variety of topics, from transnational sexualities, to global tourism, changes in the state, the restructuring of work, transnational care-giving, globalization and crime, the global media, and so on. This explosion of research points to the ubiquity of the effects of globalization.
All disciplines and specializations in the academy, it seems, have become implicated in globalization studies, from ethnic, area and women’s studies, to literature, the arts, language and cultural studies, the social sciences, history, law, business administration, and even the natural and applied sciences.
The proliferating literature on globalization reflects the intellectual enormity of the task of researching and theorizing the breadth, depth and pace of changes underway in human society in the early twenty-first century. We find two broad categories of research: (1) those studying specific problems or issues as they relate to globalization; (2) those studying the concept of globalization itself – theorizing the very nature of the process.
In a time when social relations and institutions are everywhere subject to rapid and dramatic change, and to the extent that this change is linked to globalization, theories of globalization are without doubt of major import to the contemporary world. How do we theorize this phenomenon which we will call globalization? What types of theories have been developed to explain twenty-first century social change? Are our existing theories adequate to capture this change, or do we need new theoretical models?
If it is true that globalization is one of the key concepts of the twenty-first century, it is also true that it is one of the most hotly debated and contested. There is no consensus on what has been going on in the world denoted by the term ‘globalization’; competing definitions will give us distinct interpretations of social reality.
Hence the very notion of globalization is problematic given the multitude of partial, divergent and often contradictory claims surrounding the concept. Considering the political implications of these claims it is clear that, at the least, globalization has become what we refer to as an essentially contested concept. The contending battleground of such concepts is a leading edge of political conflict since the meanings of such concepts are closely related to the problems they seek to discuss and what kind of social action people will engage in.
Knowledge claims are not neutral. They are grounded in situated social and historical contexts, often in competing social interests. Nowhere is this clearer than with globalization theories. We cannot here, given space constraints, take up the political and the normative dimensions of the globalization debate and the relationship of distinct theoretical discourses on globalization to these debates. Nonetheless, it would be impossible to speak of globalization without reference to the highly conflictive nature of the process.
Diverse actors have associated globalization with expanding worldwide inequalities, new modes of exploitation and domination, displacement, marginalization, ecological holocaust and anti-globalization.
Others have trumpeted the process as creating newfound prosperity, freedom, emancipation and democracy. These normative issues, whether or not they are foregrounded, will loom large in any survey of theories of globalization. How we define the process will very much depend on what theoretical perspectives we bring to bear on the definition. At the same time, our theories cannot but both shape and reflect normative and political signposts.
THE GLOBALIZATION DEBATE AND THEORETICAL DISCOURSES
While there is much disagreement among scholars on the meaning of globalization and on the theoretical tools that are best to understand it, we can identify a number of points with which, it is safe to say, most would agree.
First, the pace of social change and transformation worldwide seems to have quickened dramatically in the latter decades of the twentieth century, with implications for many dimensions of social life and human culture.
Second, this social change is related to increasing connectivity among peoples and countries worldwide, an objective dimension, together with an increased awareness worldwide of these interconnections, a subjective dimension. As well, most would agree that the effects of globalization – of those economic, social, political, cultural and ideological processes to which the term would allegedly refer – are ubiquitous, and that different dimensions of globalization (economic, political, cultural, etc.) are interrelated, ergo, that globalization is multidimensional.
At this point agreement ends and debates heat up. How different theoretical approaches address a set of basic assumptions – what we will call ‘domain questions’ – will tend to reveal the domain of each theory and the boundaries among distinct and often competing theories.
Theories consist of particular ontological assumptions and epistemological principles, both of which are of concern in examining globalization theories.
Perhaps the most important ‘domain question’, and one that cuts to the underlying ontological issue in globalization studies, is ‘when does globalization begin?’
The rise of globalization studies has served to reassert the centrality of historical analysis and the ongoing reconfiguration of time and space to any understanding of human affairs. How we view the temporal dimension will shape – even determine – what we understand when we speak of globalization.
Among globalization theories there are three broad approaches. In the first, it is a process that has been going on since the dawn of history, hence a 5,000–10,000 year time frame. In the second, it is a process coterminous with the spread and development of capitalism and modernity, hence a 500 year frame. In the third, it is a recent phenomenon associated with such processes of post-industrialization, postmodernization or the restructuring of capitalism, hence a 20–30 year frame.
A second ‘domain question’ is that of causal determination(s) in globalization.
Is the core of the process economic, political or cultural? Is there an underlying material or an ideational determinacy? Are there multiple determinations, and how would they be ordered? Whether distinct globalization theories choose to give a causal priority or empirical emphasis to the material or the ideational will depend on the larger metatheoretical and even philosophical underpinnings of particular theories, but as well on normative and political considerations.
Other major domain questions are:
• Does globalization refer to a process (as I have been assuming here) or to a condition? Most theories would see it as a process of transformation, and some theorists therefore refer to globalization as a process and globality as a
condition.
• How do modernity and postmodernity relate to globalization?
• What is the relationship between globalization and the nation-state? Is the nation-state being undermined? Has it retained its primacy? Or is it becoming transformed in new ways? Does globalization involve internationalization, seen as an increased intensity of exchanges among nation-states, or transnationalization, involving emerging structures, processes and phenomena that transcend the nation-state system?
• Relatedly, to what extent is the relationship between social structure and territoriality being redefined by globalization? Is there a deterritorialization of social relations under globalization? What is the relationship between the local and the global? How are space and time being reconfigured?
How different theories approach these ‘domain questions’ will reveal something of the core ontological and epistemological claims of each theory. Recall that there is not a single ‘theory of globalization’ but many theoretical discourses. These tend to be grounded in broader theoretical traditions and perspectives, such as Marxism, Weberianism, functionalism, postmodernism, critical and feminist theory, and involve a number of distinct approaches to social inquiry, such as cultural studies, international relations, post-colonial studies, literature and so on.
However, most theories draw on the distinctive contributions and traditions of multiple disciplines.
Indeed, one of the most refreshing hallmarks of globalization studies is its interdisciplinary – nay, transdisciplinary – character; a renewed holistic approach to the study of social structure and change. The traditional borders between disciplines have become blurred in both theories and empirical studies on globalization.
Rather than propose a classification of globalization theories I identify here a variety of theoretical discourses that typically serve as heuristic tools in concrete globalization studies. The focus is on key theories and theorists that have already – or are likely to – become markers across social sciences disciplines and humanities for the field of globalization studies. What follows is not a comprehensive review of extant theories, which would be impossible here, but a limited selection intended to provide a view of the range of theoretical discourse on which scholars researching globalization are likely to draw.
A SAMPLING OF THEORIES OF GLOBALIZATION
World-system theory
Some see the world-system paradigm as a ‘precursor’ to globalization theories, and indeed, as Arrighi has observed, ‘world-systems analysis as a distinctive sociological paradigm emerged at least 15 years before the use of globalization as a signifier that blazed across the headlines and exploded as a subject of academic research and publication’ (Arrighi 2005: 33). Yet what is distinctive to world-systems theory is not that it has been around longer than more recent globalization theories.
Rather, this paradigm – and certainly its principal progenitor, Immanuel Wallerstein – tends to view globalization not as a recent phenomenon but as virtually synonymous with the birth and spread of world capitalism, c. 1500.
World-systems theory shares with several other approaches to globalization a critique of capitalism as an expansionary system that has come to encompass the entire world over the past 500 years. As elaborated by Wallerstein, it is constituted on the proposition that the appropriate unit of analysis for macrosocial inquiry in the modern world is neither class, nor state/society, or country, but the larger historical system, in which these categories are located.
The capitalist world-economy that emerged c. 1500 in Europe and expanded outward over the next several centuries, absorbing in the process all existing minisystems and world-empires, establishing market and production networks that eventually brought all peoples around the world into its logic and into a single worldwide structure. Hence, by the late nineteenth century there was but one historical system that had come to encompass the entire planet, the capitalist worldsystem, a truly ‘global enterprise’ (1974). It is in this sense that world-system theory can be seen as a theory of globalization even if its principal adherents reject the term globalization (see below).
A key structure of the capitalist world-system is the division of the world into three great regions, or geographically based and hierarchically organized tiers. The first is the core, or the powerful and developed centres of the system, originally comprised of Western Europe and later expanded to include North America and Japan. The second is the periphery, those regions that have been forcibly subordinated to the core through colonialism or other means, and in the formative years of the capitalist world-system would include Latin America, Africa, Asia, the Middle East and Eastern Europe. Third is the semi-periphery, comprised of those states and regions that were previously in the core and are moving down in this hierarchy, or those that were previously in the periphery and are moving up. Values flow from the periphery to the semi-periphery, and then to the core, as each region plays a functionally specific role within an international division of labour that reproduces this basic structure of exploitation and inequality.
Another key feature of this world-system is the centrality and immanence of the inter-state system and inter-state rivalry to the maintenance and reproduction of the world-system. The world-system paradigm does not see any transcendence of the nation-state system or the centrality of nation-states as the principal component units of a larger global system. Other structural constants in the world-system are cyclical rhythms of growth and crisis, several secular trends such as outward expansion, increasing industrialization and commodification, struggles among core powers for hegemony over the whole system, and the oppositional struggles of ‘antisystemic forces’.
Some would consider the world-system approach not a theory of globalization but an alternative theory of world society. This, however, would depend on how we define the contested concept of globalization. If a bare-bones definition is intensified interconnections and interdependencies on a planetary scale and consciousness of them, then certainly world-system theory is a cohesive theory of globalization, organized around a 500 year time scale corresponding to the rise of a capitalist world-economy in Europe and its spread around the world, and must be included in any survey of globalization theories.
On the other hand, however, it is not self-identified as a theory of globalization, is not a theory of the worldwide social changes of the late twentieth and early twenty-first centuries, and there is no specific concept of the global in world-system literature. Wallerstein has himself been dismissive of the concept of globalization.
‘The processes that are usually meant when we speak of globalization are not in fact new at all. They have existed for some 500 years’ (2000: 250). Wallerstein has put forward an explanation of late twentieth/early twenty-first century change from the logic of world-system theory as a moment of transition in the system. In an essay titled ‘Globalization or the Age of Transition?’ (2000), he analyzes the late twentieth and early twenty-first century world conjuncture as a ‘moment of transformation’ in the world-system, a ‘transition in which the entire capitalist world-system will be transformed into something else’ (2000: 250).
In this analysis, the system has entered into a terminal crisis and will give way to some new, as of yet undetermined historical system by the year 2050. Wallerstein’s thesis on the terminal crisis of the system can be said to provide an explanation for social change in the age of globalization consistent with his own world-system theory.
Theories of global capitalism
Another set of theories, what I catalogue here as a global capitalism school, shares with the world-systems paradigm the critique of capitalism, an emphasis on the long-term and large-scale nature of the processes that have culminated in globalization, and the centrality of global economic structures. Yet this group of theories differs from the world-system paradigm in several essential respects. In particular, these theories tend to see globalization as a novel stage in the evolving system of world capitalism (hence these theorists tend to speak of capitalist globalization), one with its own, qualitatively new features that distinguish it from earlier epochs.
They focus on a new global production and financial system that is seen to supersede earlier national forms of capitalism, and emphasize the rise of processes that cannot be framed within the nation-state/inter-state system that informs world-system theory – and indeed, much traditional macrosocial theory.
Sklair (2000, 2002) has put forward a ‘theory of the global system’, at the core of which are ‘transnational practices’ (TNPs) as operational categories for the analysis of transnational phenomena. These TNPs originate with non-state actors and cross-state borders. The model involves TNPs at three levels: the economic, whose agent is transnational capital; the political, whose agent is a transnational capitalist class (TCC); and the cultural-ideological, whose agent is cultural elites.
Each practice, in turn, is primarily identified with a major institution. The transnational corporation is the most important institution for economic TNPs; the TCC for political TNPs; and the culture-ideology of consumerism for transnational cultural-ideological processes. Locating these practices in the field of a transnational global system, Sklair thus sets about to explain the dynamics of capitalist globalization from outside the logic of the nation-state system and critiques the ‘state-centrism’ of much extant theorizing. His theory involves the idea of the TCC as a new class that brings together several social groups who see their own interests in an expanding global capitalist system: the executives of transnational corporations; ‘globalizing bureaucrats, politicians, and professionals’, and ‘consumerist elites’ in the media and the commercial sector (Sklair 2000).
Robinson (2003, 2004) has advanced a related theory of global capitalism involving three planks: transnational production, transnational capitalists and a transnational state. An ‘epochal shift’ has taken place with the transition from a world economy to a global economy. In earlier epochs, each country developed a national economy that was linked to others through trade and finances in an integrated international market. The new transnational stage of world capitalism involves the globalization of the production process itself, which breaks down and functionally integrates what were previously national circuits into new global circuits of production and accumulation.
Transnational class formation takes place around these globalized circuits. Like Sklair, Robinson analyzes the rise of a TCC as the class group that manages these globalized circuits. Transnationally oriented fractions achieved hegemony over local and national fractions of capital in the 1980s and 1990s in most countries of the world, capturing a majority of national state apparatuses, and advancing their project of capitalist globalization.
Globalization creates new forms of transnational class relations across borders and new forms of class cleavages globally and within countries, regions, cities and local communities, in ways quite distinct from the old national class structures and international class conflicts and alliances.
However, in distinction to Sklair, for whom state structures play no role in the global system, Robinson theorizes an emergent transnational state (TNS) apparatus.
A number of globalization theories see the rise of such supranational political and planning agencies as the Trilateral Commission, the World Economic Forum, the Group of Seven and the World Trade Organization, as signs of an incipient transnational or global governance structure (see, inter alia, Held et al. 1999). Robinson, however, wants to get beyond what he sees as a national-global duality in these approaches.
This TNS is a loose network comprised of supranational political and economic institutions together with national state apparatuses that have been penetrated and transformed by transnational forces. National states as components of a larger TNS structure now tend to serve the interests of global over national accumulation processes. The supranational organizations are staffed by transnational functionaries who find their counterparts in transnational functionaries who staff transformed national states. These ‘transnational state cadres’ act as midwives of capitalist globalization.
The nature of state practices in the emergent global system ‘resides in the exercise of transnational economic and political authority through the TNS apparatus to reproduce the class relations embedded in the global valorization and accumulation of capital’.
Hardt and Negri’s twin studies, Empire (2000) and Multitude (2004), have been referred to by some as a postmodern theory of globalization that combines Marx with Foucault. They take the global capitalism thesis a step further, proposing an empire of global capitalism that is fundamentally different from the imperialism of European domination and capitalist expansion of previous eras. This is a normalized and decentred empire – a new universal order that accepts no boundaries and limits, not only in the geographic, economic and political sense, but in terms of its penetration into the most remote recesses of social and cultural life, and indeed, even into the psyche and biology of the individual.
While for Sklair and Robinson the TCC is the key agent of capitalist globalization, for Hardt and Negri there is no such identifiable agent. In more Foucaultian fashion, an amorphous empire seems to be a ubiquitous but faceless power structure that is everywhere yet centred nowhere in particular and squares off against ‘the multitude’, or collective agencies from below.
Other variants of the global capitalism thesis have been taken up by McMichael (2000), Ross and Trachte (1990), and Went (2002), among others. There is as well a considerable amount of theoretical work on globalization among international relations (IR) scholars, a subdiscipline that has come under special challenge by globalization given that it is centrally concerned – by definition – with the state system and the interstate system.
Here there is a tension between those theories that retain a national/international approach and view the system of nation-states as an immutable structural feature of the larger world or inter-state system, and those that take transnational or global approaches that focus on how the system of nationstates and national economies are becoming transcended by transnational social forces and institutions grounded in a global system rather than the interstate system.
Notable here is the ‘neo-Gramscian school’ in IR, so-called because these scholars have applied the ideas of Antonio Gramsci to attempt to explain changes in world power structures and processes from a global capitalism perspective. Scholars from the neo-Gramscian school have been closely identified with the works of Cox (see,esp., 1987), and have explored the rise of new global social forces and sets of transnational class relations, and internationalization of the state, and transnational hegemony and counter-hegemony in global society.
THE NETWORK SOCIETY
Manuel Castells’ groundbreaking trilogy, The Rise of the Network Society (1996, 1997, 1998), exemplifies a ‘technologistic’ approach to globalization. While his theory shares with world-system and global capitalism approaches an analysis of the capitalist system and its dynamics, it is not the logic of capitalist development but that of technological change that is seen to exercise underlying causal determination in the myriad of processes referred to as globalization.
Castells’ approach has been closely associated with the notion of globalization as representing a new ‘age of information’. In his construct, two analytically separate processes came together in the latter decades of the twentieth century to result in the rise of the network society. One was the development of new information technology (IT), in particular, computers and the Internet, representing a new technological paradigm and leading to a new ‘mode of development’ that Castells terms ‘informationalism’.
The other was capitalist retooling using the power of this technology and ushering in a new system of ‘information capitalism’, what Castells and others have alternatively referred to as the ‘new economy’.
This new economy is: (1) informational, knowledge-based; (2) global, in that production is organized on a global scale; and (3) networked, in that productivity is generated through global networks of interaction. Castells’ definition of the global economy is an ‘economy with the capacity to work as a unit in real time, or to choose time, on a planetary scale’, and involving global financial markets, the globalization of trade, the spread of international production networks, and the selective globalization of science and technology.
A key institution of this new economy is the ‘networked enterprise’, which Castells sees as the vanguard of a more general form of social organization, the network society itself. This involves a new organizational logic based on the network structure in interaction with the new technological paradigm. The network form of social organization is manifested in different forms in various cultural and institutional contexts.
Here Castells, along with global capitalism approaches, that of Harvey (see below), Lash and Urry (1987), Cox (1987), and others, draw on a number of strands of late twentieth-century political economy scholarship, especially that of post-Fordism and flexible accumulation, involving a breakdown of the old rigid, vertical corporate structures and the rise of new horizontal and flexible structures.
In Castells’ view, ‘the networked enterprise makes material the culture of the informational, global economy: it transforms signals into commodities by processing knowledge’ (1996: 188). Castells goes on to argue that the image of giant transnational corporations (TNCs) as centralized structures driving the global economy is ‘outdated’ and ‘should be replaced by the emergence of international networks of firms and of subunits of firms, as the basic organizational form of the informal, global economy’ (1996: 206–7).
Castells sees a close linkage between culture and productive forces in this informational mode of development due to the centrality of the symbolic order, of sign production, and of consumption to IT. Indeed, Castells’ approach can be seen as much a cultural as an economic theory of globalization.
Human society has moved from a verbal order in pre-literate societies to an alphabetic order and later an audiovisual system of symbols and perceptions. In the globalized age this gives way to the integration of various modes of communication into an interactive network involving the formation of hypertext and a meta-language integrating into a single system the written, oral and audiovisual (or text, image and sound) modalities of human communication.
This interaction takes place along multiple points in a global network, fundamentally changing the character of communications. In turn, ‘communication decisively shapes culture because we do not see . . . reality as it “is” but as our languages are’. He adds, ‘we are not living in a global village, but in customized cottages, globally produced and locally distributed’ (1996: 370).
The Internet, in this regard, constructs a new symbolic environment, global in its reach, which makes ‘virtuality a reality’. One of Castells’ core concepts that capture this image is the space of flows and timeless time. As a space of flows substitutes for the space of places, time becomes erased in the new communications systems, ‘when past present and future can be programmed to interact with each other in the same message’. The space of flows and timeless time become ‘the material foundations of a new culture’ (1996: 406).
While the normative structure of world-system and global capitalism approaches is decidedly critical of what those theories conceive of as globalization, Castells is more upbeat on the possibilities opened up by the global network society. Nonetheless, a central theme is the division of the world into those areas and segments of population switched on to the new technological system and those switched off or marginalized, giving rise to the oft-cited digital divide.
THEORIES OF SPACE, PLACE AND GLOBALIZATION
This notion of ongoing and novel reconfigurations of time and social space is central to a number of globalization theories. It in turn points to the larger theoretical issue of the relationship of social structure to space, the notion of space as the material basis for social practices, and the changing relationship under globalization between territoriality/geography, institutions, and social structures.
For Anthony Giddens, the conceptual essence of globalization is ‘time-space distanciation’. Echoing a common denominator in much, if not all, globalization theories, Giddens defines time-space distanciation as ‘the intensification of worldwide social relations which link distant localities in such a way that local happenings are shaped by events occurring many miles away and viceversa’ – social relations are ‘lifted out’ from local contexts of interaction and restructured across time and space (1990: 64).
In a distinct variant of this spatio-temporal motif, David Harvey, in his now classic 1990 study The Condition of Postmodernity, argues that globalization represents a new burst of ‘time-space compression’ produced by the very dynamics of capitalist development. While Harvey’s concept is similar to that of Giddens, the former’s involves a normative critique of the global capitalist order and its restructuring whereas the latter would seem to be almost celebratory. What Harvey means by time-space compression is the process whereby time is reorganized in such a way as to reduce the constraints of space, and vice-versa.
Here Harvey is close to the global capitalism thesis (although he does not refer specifically to a new epoch in the history of world capitalism), and as well to worldsystem theory, in that a key causal determinant in the new burst of time-space compression that started in the late twentieth century was the cyclical crises of capitalism. In particular, the world economic crisis that began in the early 1970s led to the breakdown of the old Fordist-Keynesian model and the development of flexible accumulation models.
Drawing on Marx’s analysis of accumulation crises, Harvey shows how each major crisis in the historical development of capitalism has been resolved, in part, with new forms of social organization of capitalism made possible by new technologies and predicated on successive waves of time-space compression. And Harvey also makes reference to Marx’s characterization of capitalist expansion as the ‘annihilation of time through space’.
The matter of a transformation in the spatial dynamics of accumulation and in the institutional arrangements through which it takes place is taken up by Saskia Sassen, whose works have generated new imageries of a restructuring of space and place under globalization. Sassen’s modern classic The Global City (1991) has had an exceptionally broad impact across the disciplines and left an indelible mark on the emergent field of globalization studies.
Sassen’s study is grounded in a larger body of literature on ‘world cities’ that view world-class cities as sites of major production, finances or coordinating of the world economy within an international division of labour, and more recent research on ‘globalizing cities’ (see, e.g., Marcuse and van Kempen 2000).
Sassen proposes that a new spatial order is emerging under globalization based on a network of global cities and led by New York, London and Tokyo.
These global cities are sites of specialized services for transnationally mobile capital that is so central to the global economy. This global economy has involved the global decentralization of production simultaneous to the centralization of command and control of the global production system within global cities. Here Sassen draws on the basic insight from the sociology of organization that any increase in the complexity of social activity must involve a concomitant increase in the mechanisms of coordination.
Global cities linked to one another become ‘command posts’ of an increasingly complex and globally fragmented production system. It is in these cities that the myriad of inputs, services and amenities are to be found that make possible centralized coordination. In Sassen’s words, ‘the combination of spatial dispersal and global integration has created a new strategic role for major cities’ (1991: 3).
Sassen identifies four key functions of the global city: (1) they are highly concentrated command posts in the organization of the world economy; (2) they are key locations for finances and for specialized service firms providing ‘producer services’, which are professional and corporate services inputs for the leading global firms such as finances, insurance, real estate, accounting, advertising, engineering and architectural design; (3) they are sites for the production and innovation of these producer services and also headquarters for producer-service firms; (4) they are markets for the products and innovations produced and in these cities. Sassen documents how New York, London and Tokyo as the quintessential global cities have restructured from manufacturing centres to producer service centres, and how producer service activities become ‘networked’ across global cities.
The social order of the global city shatters the illusions of the affluent service economy proposed by such commentators as Bell (1976) and Toffler (1980). Producer service jobs are global economy jobs, yet they involve a new class and spatial polarization, involving new high-income sectors involved in professional work such as investment management, research and development, administration and personnel, and so on, and enjoying affluent lifestyles made possible by the global economy.
On the other side are low income groups providing low-skilled services such as clerical, janitorial, security and personal services. These low-income groups are largely constituted by transnational migrants drawn from Third World zones. In these global cities we see a concentration of new gendered and racialized transnational labour pools increasingly facing the casualization and informalization of work.
What this all represents is ‘a redeployment of growth poles’ in the global economy. Global cities are new surplus extracting mechanisms vis-à-vis transnational hinterlands. ‘The spatial and social reorganization of production associated with dispersion makes possible access to peripheralized labor markets, whether abroad or at home, without undermining that peripheral condition’ (Sassen 1991: 31). This new transnational structure creates new forms of articulation between different geographic regions and transforms their roles in the global economy. It involves as well a global hierarchy of cities. The stock markets of New York, London and Tokyo, for example, are linked to those of a large number of countries, among them Hong Kong, Mexico City, Sao Paolo and Johannesburg.
Global cities draw our attention to another leading motif in globalization theory, how to conceive of the local and the global. Roland Robertson’s concept of glocalization suggests that the global is only manifest in the local. By glocalization, Robertson means that ideas about home, locality and community have been extensively spread around the world in recent years, so that the local has been globalized, and the stress upon the significance of the local or the communal can be viewed as one ingredient of the overall globalization process (Robertson 1995).
For Appadurai, locality is less a physical than ‘a phenomenological property of social life’ (1990: 182) and involves in the age of globalization new translocalities, by which he means local communities located in particular nation-states but culturally and phenomenologically existing beyond the local and national context (such as tourist localities). For others, the local-global link means identifying how global processes have penetrated and restructured localities in new ways, organically linking local realities to global processes.
Burawoy and his students have called for a global ethnography. Their diverse locally situated studies show how ‘ethnography’s concern with concrete, lived experience can sharpen the abstractions of globalization theories into more precise and meaningful conceptual tools’ (Burawoy et al. 2000: xiv).
THEORIES OF TRANSNATIONALITY AND TRANSNATIONALISM
Although limited in the questions it can answer, the study of global cities gives us a glimpse of how transnationalized populations reorganize their spatial relations on a global scale, a topic taken up as well, and with quite a different perspective, by theories of transnationality and transnationalism. The former refers to the rise of new communities and the formation of new social identities and relations that cannot be defined through the traditional reference point of nation-states. } The latter, closely associated, denotes a range of social, cultural and political practices and states brought about by the sheer increase in social connectivity across borders.
Transnationalism is referred to more generally in the globalization literature as an umbrella concept encompassing a wide variety of transformative processes, practices and developments that take place simultaneously at a local and global level. Transnational processes and practices are defined broadly as the multiple ties and interactions – economic, political, social and cultural – that link people, communities and institutions across the borders of nation-states.
Within the field of immigration studies, transnationalism came to refer to the activities of immigrants to forge and sustain multi-stranded social relations that link their societies of origin and settlement as a single unified field of social action (Basch et al. 1994: 7). Innovations in transportation and communications have made possible a density and intensity of links not previously possible between the country of origin and of settlement. This, in turn, has allowed for these communities to live simultaneously in two or more worlds or to create and live in ‘transnational spaces’ to a degree not previously known. Recognizing this new reality, the scholarly literature undertook a paradigm shift from international migration to transnational migration, and began to refer to these communities as transnational communities.
Such communities come in different varieties, including those formed by new immigrant groups migrating to First World countries, as well as those older diasporic populations whose status and attitude is continuously influenced by the accelerating pace of economic, cultural and institutional globalization.
Scholars such as Levitt (2001), Smith and Guarnizo (1998), and Portes and his colleagues (1999) point to the novel character of transnational links in the era of globalization. Transnational ties among recent immigrants are more intense than those of their historical counterparts due to the speed and relatively inexpensive character of travel and communications and that the impact of these ties is increased by the global and national context in which they occur (Levitt 2001, Portes 1995; Portes et al. 1999).
Transnational migration theorists have in this regard questioned seemingly dichotomous and mutually exclusive categories, such as external vs internal, national vs international, sending vs receiving countries, sojourner vs settler, citizen vs non-citizen, and to look for continuities and overlaps between and among them. Scholars working within the framework of transnationalism generally see transnational links, activities and spaces as both an effect of globalization and as a force that helps to shape, strengthen and fuel it. The immigrants and nonimmigrants who create these links and spaces are seen not only as objects upon which globalization acts but also as subjects who help to shape its course.
Another set of questions these theories take up is the extent to which, and in what ways, transnational practices increase the autonomy and power of the migrants and nonmigrants engaged in them; to what extent transnational ties or spaces are liberating or to what extent they reinforce or challenge existing power structures.
The concepts of transnationality and transnationalism have increasingly been given a broader interpretation beyond immigration studies. In acknowledgment of the broad and expanding range of experiences that are truly transnational, scholars have argued that the transnational experience should be conceived as involving several layers and that transnationality should be understood as a form of experience that cannot be restricted to immigrant groups (Roudometof 2005).
The experience involves, for instance, the transnational mobility of more affluent sectors, such as professional and managerial groups. Transnationality must be seen as constructed through class and racial boundaries and as a gendered process. Transnational social spaces can extend into other spaces, including spaces of transnational sexuality, musical and youth subcultures, journalism, as well as a multitude of other identities, ranging from those based on gender to those based on race, religion or ethnicity. They also involve communities constructed by members of professional and non-governmental associations (Kennedy and Roudometof 2002).
Members of cultural communities who live in different countries but remain connected to each other through their cultural taste or pastimes may also construct transnational communities. Transnational social spaces, hence, are constructed through the accelerated pace of transnational practices of actors worldwide. These practices become routine to social life and may involve transient as well as more structured and permanent interactions and practices that connect people and institutions from different countries across the globe.
Transnationalism/ality has also been central to theories of ethnic group formation and racialization in global society. These theories have focused on transnational immigrant labour pools and new axes of inequality based on citizenship and noncitizenship (see, e.g., Espiritu 2003). A popular motif in post-colonial theory is a view of globalization as a new phase in post-colonial relations (Wai 2002).
Similarly, studies of transnationalism have emphasized the gendered nature of transnational communities, changing gender patterns in transnational migration, and the impact of globalization and transnationalism on the family. There has been an explosion of research and theoretical reflection on women, gender and globalization. Predicated on the recognition that the varied processes associated with globalization are highly gendered and affect women and men differently, research has taken up such themes as young women workers in export-processing enclaves, the feminization of poverty, and the rise of transnational feminisms.
Notable here is Parreñas’s (2001) theory of the ‘international division of reproductive labor’. Women from poor countries are relocating across nation-states in response to the high demand for low-wage domestic work in richer nations. A global South to global North flow of domestic workers has emerged, producing a global economy of care-giving work and a ‘new world domestic order’ in which reproductive activities themselves become transnationalized within extended and transnationally organized households, in broader transnational labour markets, and in the global economy itself.
MODERNITY, POSTMODERNITY AND GLOBALIZATION
Another set of theoretical approaches to globalization refers to the process in terms of modernities and postmodernities. Some theories concluded we are living now in a postmodern world while others argue that globalization has simply radicalized or culminated the project of modernity. Robertson, Giddens, and Meyer and his colleagues take this latter view. For Robertson, an early pioneer in globalization theory, the process represents the universalization of modernity.
In his 1992 study, Globalization: Social Theory and Global Culture, Robertson provided perhaps the most widely accepted definition of globalization among scholars: ‘Globalization as a concept refers both to the compression of the world and the intensification of consciousness of the world as a whole . . . both concrete global interdependence and consciousness of the global whole in the twentieth century’ (Robertson 1992: 8).
In what appears as a clear application of the Parsonian social system to the globe as a whole, the ‘global field’ is constituted by cultural, social and phenomenological linkages between the individual, each national society, the international system of societies and humankind in general, in such a way that the institutions of modernity become universal. But Robertson’s particular theory is also centrally concerned with the subjective, cultural and phenomenological dimensions of globalization, to which I will return below.
For Giddens, who advances a similar construct, this universalization of modernity is central to the very concept of globalization. This process involves the universalization of the nation-state as the political form, the universalization of the capitalist system of commodity production, a Foucaultian surveillance by the modern state, and the centralization of control of the means of violence within an industrialized military order. Here Giddens views globalization, defined earlier as ‘time-space distanciation’, as the outcome of the completion of modernization – he terms it ‘late modernity’ – on the basis of the nation-state as the universal political form organized along the four axes of capitalism, industrialism, surveillance and military power. Hence the title of his noted 1990 publication, [globalization constitutes] The Consequences of Modernity.
Meyer and his colleagues put forward an institutional and network analysis to globalization that can be viewed as a cultural as well as an institutional theory of globalization, and they have alternatively referred to their approach in terms of ‘world polity’ and of ‘world society’, as distinct from global society (for a synthesis, see Lechner and Boli 2005). Globalization is seen as the spread and ultimate universalization of sets of modern values, practices and institutions through ‘isomorphic’ processes that operate on a global scale.
The growth of supranational institutional networks and of universal modern norms of organization bring about what they refer to as ‘world society’ (Boli and Thomas, 1999; Meyer et al. 1997). Educational institutions are singled out as central to the isomorphic transmission of culture and values that become global in scope.
For Albrow, in contrast, the transition from modern to postmodern society is the defining feature of globalization. A new ‘global age’ has come to supersede the age of modernity (Albrow 1997). Albrow argues that globalization signals the end of the ‘modern age’ and the dawn of a new historic epoch, the ‘global age’. In Albrow’s Weberian construct, the quintessence of the modern age was the nation-state, which was the primary source of authority, the centralized means of violence, and of identity among individuals, and hence the locus of social action. However, the contradictions of the modern age has resulted in the decentring of the nation-state, so that under globalization both individuals and institutional actors such as corporations relate directly to the globe, rendering the nation-state largely redundant.
As the nation-state is replaced by the globe, the logic of the modern age becomes replaced by a new logic in which the globe becomes the primary source of identity and arena for social action.
Much of the literature on modernity, postmodernity and globalization exhibits certain continuity with an earlier generation of modernization theories associated with development sociology, so that globalization is insinuated to be a continuation at the global level of the processes of modernization that were formally studied and theorized at the nation-state level.
Indeed, from this genealogical perspective, we could say that if mainstream modernization theory has metamorphized into theories of global modernity and postmodernity, early radical theories of development have metamorphized into theories of the world-system, global capitalism, time-space compression, global cities, and so on. Nonetheless, another striking feature of the set of theories associating globalization with modernity and postmodernity is the continued centrality accorded to the nation-state and the inter-state system, in contrast to propositions on the transcendence of the nation-state that constitute a core motif of competing theories.
THEORIES OF GLOBAL CULTURE
Finally, a number of theories are centrally, if not primarily, concerned with the subjective dimension of globalization and tend to emphasize globalizing cultural forms and flows, belief systems and ideologies over the economic and/or the political. Such approaches distinctively problematize the existence of a ‘global culture’ and ‘making the world a single place’ – whether as a reality, a possibility or a fantasy. They emphasize the rapid growth of the mass media and resultant global cultural flows and images in recent decades, evoking the image famously put forth by Marshall McLuhan of ‘the global village’.
Cultural theories of globalization have focused on such phenomena as globalization and religion, nations and ethnicity, global consumerism, global communications and the globalization of tourism.
For Robertson (1992), the rise of global or planetary consciousness, meaning that individual phenomenologies will take as their reference point the entire world rather than local or national communities, is part of a very conceptual definition of globalization. Such a global consciousness means that the domain of reflexivity becomes the world as a whole. Hence ‘the world has moved from being merely “in itself” to being “for itself” ’ (1992: 55).
In Robertson’s account, the gradual emergence of a global consciousness, an awareness of the world as a single place, signals a Durkheimian collective conscience that becomes now a global consciousness.
Cultural theories of globalization tend to line up along one of three positions (Tomlinson 1999; Nederveen Pieterse 2004). Homogenization theories see a global cultural convergence and would tend to highlight the rise of world beat, world cuisines, world tourism, uniform consumption patterns and cosmopolitanism. Heterogeneity approaches see continued cultural difference and highlight local cultural autonomy, cultural resistance to homogenization, cultural clashes and polarization, and distinct subjective experiences of globalization.
Here we could also highlight the insights of post-colonial theories. Hybridization stresses new and constantly evolving cultural forms and identities produced by manifold transnational processes and the fusion of distinct cultural processes. These three theses certainly capture different dimensions of cultural globalization but there are very distinct ways of interpreting the process even within each thesis.
Ritzer (1993, 2002) coined the now popularized term ‘McDonaldization’ to describe the sociocultural processes by which the principles of the fast-food restaurant came to dominate more and more sectors of US and later world society. Ritzer, in this particular homogenization approach, suggests that Weber’s process of rationalization became epitomized in the late twentieth century in the organization of McDonald’s restaurants along seemingly efficient, predictable and standardized lines – an instrumental rationality (the most efficient means to a given end) – yet results in an ever deeper substantive irrationality, such as alienation, waste, low nutritional value and the risk of health problems, and so forth.
This commodification and rationalization of social organization spreads throughout the gamut of social and cultural processes, giving us ‘McJobs’, ‘McInformation’, ‘McUniversities’, ‘McCitizens’ and so forth (Ritzer 2002; Gottdiener 2000). As McDonaldization spreads throughout the institutions of global society cultural diversity is undermined as uniform standards eclipse human creativity and dehumanize social relations.
Ritzer’s McDonaldization thesis is part of a broader motif in critical approaches to the cultural homogenization thesis that emphasize ‘coca colonization’, hyperconsumerism and a world of increasingly Westernized cultural uniformity (indeed, ‘McWorld’). Ritzer has himself more recently extended the McDonaldization thesis with the notion of the ‘globalization of nothing’ (2004), by which he means culturally meaningful institutions, sites and practices locally controlled and rich in indigenous content – ‘something’ – are being replaced by (corporate driven) uniform social forms devoid of distinctive substance – ‘nothing’.
Another recurrent theme among cultural theories of globalization is universalism and particularism. While some approaches see particularisms as being wiped out others see cultural resistance, fundamentalism and so on, a rejection of uniformity or universalism. A key problematic in these theories becomes identity representation in the new global age.
Appadurai’s thesis on the ‘global cultural economy’ refers to what he sees as the ‘central problem of today’s global interactions’, the tension between cultural homogenization and cultural heterogenization (1990: 296). To illustrate this tension he identifies ‘global cultural flows’ that ‘move in isomorphic paths’. These flows generate distinct images – sets of symbols, meanings, representations and values – that he refers to as ‘scapes’, or globalized mental pictures of the social world, perceived from the flows of cultural objects. These ‘scapes’ illustrate for Appadurai what he refers to as a disjunctive order, or a disjuncture between economy, culture and politics in the globalization age.
Ethnoscapes and produced by the flows of people (immigrants, tourists, refugees, guest workers, etc.). Technoscapes are produced from the flows of technologies, machinery and plant flows produced by TNCs and government agencies. Financescapes are produced by the rapid flows of capital, money in currency markets and stock exchanges. Mediascapes are produced by the flow of information and are repertoires of images, flows produced and distributed by newspapers, magazines, television and film.
Finally, ideoscapes involve the distribution of political ideas and values linked to flows of images associated with state or counter-state movements, ideologies of freedom, welfare, right, and so on. These different flows, in Appadurai’s view, create genuinely transnational cultural spaces and practices not linked to any national society and may be novel or syncretic; hence a disjuncture between culture and the economy and culture and politics.
A CONCLUDING COMMENT
As noted earlier, there are many theories I am unable to include in the preceding survey, intended only as a sample of the range of theoretical discourse on which scholars researching globalization may draw. These and other theories have informed empirical research into global processes, helped recast varied current social science agendas in light of globalization, and provided paradigmatic points of reference for studying social change in the twenty-first century.
If we contemplate more broadly the monumental changes sweeping the planet in the new century we can truly appreciate the real and potential contribution of globalization theory. Clearly, future theoretical work into globalization would do well to theorize more systematically changes in the nature of social action and power relations in the globalization age, and how globalization may extend the ‘limits of the possible’. Such urgent problems – indeed crises – as global terrorism, militarism, authoritarianism, ecological degradation and escalating social polarization make imperative the theoretical enterprise that has been the object of this chapter.
Acknowledgment
I would like to thank Christopher J. Kollmeyer and George Ritzer for their critical comments on an earlier draft of this chapter.
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Sobre aquellos diálogos para evitar la guerra…

Sobre aquellos diálogos para evitar la guerra…, recuerdos cuatro décadas después (I)

Por Alberto Arene
29 de Noviembre de 2018 – 00:00 HS
Alberto Arene / Economista/analista

Alberto Arene / Economista/analista

Hace una década, en el conocido “Blog de Neto Rivas”, publiqué estos “recuerdos” con una década menos en el título al que hoy le agrego una más, con algunos recortes por razones de espacio para poder compartirla con mis lectores en dos entregas.

Cinco años después del fraude electoral de 1972 que llevó a la Presidencia al coronel Arturo Armando Molina, el ejército salvadoreño y su Partido de Conciliación Nacional organizaron un masivo fraude electoral en marzo de 1977 que llevó a la Presidencia al general Carlos Humberto Romero. El régimen político salvadoreño, para entonces la dictadura militar más antigua del mundo, entró en un progresivo aislamiento nacional e internacional y en una crisis política que condujo al golpe de Estado del 15 de octubre de 1979 y a la 1.ª Junta de Gobierno, tres meses después del triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua.

Un año antes del golpe, se sostuvieron varias e interesantes reuniones de diálogo entre grupos de ciudadanos diversos que preocupados por la crisis nacional decidimos explorar caminos para la paz y la democracia en El Salvador. Estos son algunos de mis recuerdos…

Con varios fraudes electorales, el exilio y la persecución de los principales líderes de la oposición, y la represión cada vez más generalizada a lo largo de la década del setenta, el Partido Demócrata Cristiano, principal fuerza en la Unión Nacional Opositora (UNO), se debilitaba cada vez más mientras las organizaciones político-militares y sus frentes de masas se fortalecían. Su consigna “Electoreros al Basurero…” ganaba terreno y legitimidad.

A finales de 1977/principios de 1978, en ausencia de los líderes históricos del PDC, un grupo de jóvenes llegamos a formar parte de la dirección del partido: Marianella García Villas, Francisco Paniagua, Eduardo Colindres, Francisco Díaz, Óscar Menjívar y yo, Alberto Arene, el menor con solo 23 años. Le propusimos al Partido que impulsáramos un diálogo nacional que contribuyera a despolarizar al país y encontrar una salida democrática que evitara la guerra. Luego Óscar y yo visitamos a Fidel Chávez Mena en su oficina del último piso de la Torre Roble donde trabajaba con el grupo Poma. Fidel asumió el reto y habló con Neto Rivas y sus amigos del sector privado. Así celebramos varias reuniones en la linda oficina de Neto de su compañía naviera enfrente de la Cámara de Comercio, con la participación de don Chico de Sola, Roberto Palomo y Francisco Calleja, entonces presidente de ANEP. Este grupo fue conocido después como “la lotería grande”. Luego hubo reuniones con otros dos grupos más jóvenes del sector privado: Roberto Murray Meza, Rafael Castellanos y otros a quienes les llamaron “la lotería media”, y con Ricardo Boet, Alex Dutriz y Guillermo González llamados “la lotería chica”.

Un tiempo después, Fidel, Óscar y yo fuimos al encuentro de Monseñor Romero, monseñor Ricardo Urioste y monseñor Jesús Delgado quienes aceptaron reunirse conjuntamente con nosotros y el sector privado en la oficina de Neto. Más allá de algunas diferencias naturales, las coincidencias sobre la necesidad de buscar una salida pacífica democrática a la crisis ganaron espacio y fuerza. Recuerdo particularmente a Monseñor Romero, tan sencillo y profundo a la vez, tan firme en su denuncia pero tan esperanzado que estos diálogos pudieran eventualmente conducir a una salida que evitara el baño de sangre. Esta mesa de tres fue conocida como la mesa 1, particularmente la del PDC y los grandes del sector privado.

La mesa 2 fue conformada por los partidos políticos de la oposición, los sindicatos y otras organizaciones sociales. Guillermo Ungo, líder del Movimiento Nacional Revolucionario (MNR), jugó un rol de importancia en esta mesa de diálogo. En ella participaron activamente Mario Aguiñada Carranza y Norma Guevara, del UDN, brazo electoral del Partido Comunista de El Salvador. La activa participación de Memo en esta mesa, su liderazgo en el MNR y su amistad con Román Mayorga Quiroz a quien la juventud militar buscó para liderar la Junta días antes del Golpe del 15 de octubre de 1979, contribuyeron a su integración a la misma, junto con Mario Andino como interlocutor de la empresa privada, siendo los tres civiles que integraron la Primera Junta Cívico-Militar.

Chico Díaz y yo también nos reunimos algunas veces con Joaquín Villalobos (Atilio) por un lado, y con Eduardo Sancho (Fermán) por el otro, ambos en la clandestinidad. Cada quien tenía sus “preferidos”, con Chico coincidíamos más con Fermán (RN), a Marianella le gustaban más los “felipes” (FPL) mientras que a Mario Zamora Rivas le hacíamos bromas con el PC y con Schafik que como principal dirigente del PC seguía de cerca, con especial interés, los diferentes diálogos.

Algunos políticos y analistas sostienen que dichos diálogos, y particularmente aquellos con el gran capital, contribuyeron a debilitar al régimen militar e indirectamente al golpe de Estado mismo. Pero los jóvenes militares que lideraron el golpe perdieron progresivamente el poder frente a los coroneles y generales vinculados a los otros dos golpes que estaban en camino, uno de ellos apoyado por la estrategia del gobierno de los Estados Unidos que terminó imponiéndose.

Así se recompusieron las relaciones de poder en el liderazgo militar, abortándose el proyecto político original de la Juventud Militar recogida en su proclama, lo que a su vez condujo a una mayor represión y a la renuncia, primero de la Primera Junta de Gobierno los primeros días de enero de 1980, y de la Segunda Junta dos meses después. La Democracia Cristiana se dividió, una parte de los jóvenes líderes renunciamos del gobierno y del partido para integrarnos a la revolución primero y a la búsqueda de una solución político-democrática después, mientras el sector liderado por Napoleón Duarte impulsó con apoyo norteamericano y venezolano las reformas y la guerra contrainsurgente con elecciones para “impulsar la democracia”. Algunos de los prominentes empresarios de “las tres loterías” apoyarían primero el surgimiento de ARENA y de su líder histórico, y diez años después la negociación de la paz con Alfredo Cristiani de presidente.

Con Neto Rivas volvimos a coincidir por tercera vez en la vida unos años después del golpe de Estado, él como embajador en Estados Unidos del gobierno de Magaña primero y de Napoleón Duarte después. Él, adversado por una parte de la derecha y de sus antiguos amigos del gran capital, pero muy apreciado por la administración Reagan y por el liderazgo en el Congreso. Yo, junto con Francisco Altschul, como embajadores –sin cartera– del FDR-FMLN intentando abrir espacios en el establecimiento político de Washington para una futura solución política negociada del conflicto.

En esta nueva etapa de la vida democrática del país hemos vuelto a encontrarnos con Neto al igual que con varios participantes de aquellas mesas de diálogo. Nuestras lecturas de dichos diálogos y acontecimientos pueden ser más o menos diferentes o coincidentes, pero estoy seguro de que la mayor parte concluirá conmigo que más allá de la buena voluntad y de los esfuerzos realizados para encontrar una salida pacífica democrática que evitara la guerra, el país estaba perfectamente maduro y programado para desatar la guerra civil que nos dividiría y ensangrentaría durante los 12 años siguientes. Cuatro décadas de dictadura con la última de fraudes electorales y represión crecientes, con limitada cultura y organización democrática, en un nuevo contexto regional e internacional de exacerbación de la guerra fría, habrían hecho de El Salvador el diseño perfecto para la guerra civil que padeceríamos.

Muchos reconocen en el golpe de Estado de octubre de 1979, en la proclama de la Juventud Militar y en el gobierno de la Primera Junta, la última oportunidad que nos quedaba a los salvadoreños de realizar los cambios necesarios para evitar la guerra y enrumbar al país por nuevos caminos. Pero esta tesis contrasta con las realidades de la visión del país y del mundo de los liderazgos más importantes del sector privado, de los principales medios de comunicación social, de las organizaciones guerrilleras en ascenso y de la política de los Estados Unidos en Centroamérica. La historia de El Salvador, particularmente en la década del setenta, es la dramática crónica de una guerra anunciada.

Estos son algunos de mis recuerdos… Ojalá otros participantes de estos diálogos compartan los suyos.

El concepto del Estado capitalista en Poulantzas

El concepto del Estado capitalista en Poulantzas (2016)
Alberto Bonnet

I. Introducción al problema

Este trabajo analiza críticamente el concepto de Estado capitalista de Nicos Poulantzas/1.

La importancia de los aportes de Poulantzas a la crítica marxista del Estado alcanza para justificar nuestra empresa. La teoría del Estado formulada por Poulantzas entre fines de los sesenta y comienzos de los setenta sobre las bases del marxismo estructuralista francés de cuño althusseriano, junto con la formulada casi simultáneamente por los intelectuales reunidos en el denominado debate de la derivación del Estado dentro de la tradición más dialéctica del marxismo alemán, es en los hechos uno de los dos abordajes más sistemáticos de la problemática del Estado capitalista en el marxismo del siglo pasado/2.

Pero a esta justificación se agrega el hecho de que el pensamiento de Poulantzas suscita en nuestros días un renovado interés. La estrategia política de la “vía democrática al socialismo” propuesta por Poulantzas a fines de los setenta, en particular, ha sido rescatada por varios de los intelectuales vinculados con las nuevas fuerzas de izquierda emergentes de la crisis europea como Syriza y, en menor medida, Podemos.

Stathis Kouvelakis, miembro del Comité Central de Syriza y firmante de la Plataforma de Izquierda, por ejemplo, decía en una entrevista reciente: “por una parte, vemos una confirmación de la aptitud de la opción gramsciana-poulantziana de tomar el poder a través de elecciones, pero combinando esto con movilizaciones sociales, y rompiendo con el concepto del poder dual como un ataque insurreccional al Estado desde afuera –puesto que el Estado debe ser tomado desde adentro y desde afuera, desde arriba y desde abajo”/3.

El rescate de Poulantzas parece más acotado en la izquierda latinoamericana. Pero tampoco Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia, se privó en una reciente conferencia de recordar –aunque de una manera mucho más sui generis, por cierto- esa estrategia del último Poulantzas: “el socialismo, entendido como la transformación estructural de las relaciones de fuerzas entre las clases sociales, necesariamente tiene que atravesar al propio Estado, que por otra parte no es más que la institucionalización material e ideal, económica y cultural, de esa correlación de fuerzas sociales”/4.

L´etat, le pouvoir, le socialisme, en cuya conclusión Poulantzas ofreciera la versión más acabada de esta estrategia política, acaba de ser reeditado en francés por primera vez desde su edición original de 1978. En el prefacio a esta nueva edición, Ramzig Kecheyan explica dicha estrategia en los siguientes términos: “La ‘vía democrática al socialismo’ preconizada por Poulanzas combina radicalización de la democracia representativa con experiencias de autogestión en la sociedad civil, especialmente –aunque no únicamente- en el lugar de trabajo, y en el sector industrial tanto como en los servicios y la función pública.

Ella busca incidir en las contradicciones del Estado capitalista desde el interior y desde el exterior, es decir interviniendo en las instituciones vigentes cuando pueden obtenerse avances en ellas y a la vez presionando sobre los aparatos de Estado a partir de espacios que escapan a ellos, que se mantienen a distancia del poder del Estado” (Keucheyan 2013: 31). La academia, por su parte, acompañó en alguna medida este interés político y, tanto en Europa como en América Latina, se organizaron encuentros exclusivamente dedicados al pensamiento de Poulantzas/5.
Sin embargo, aun aceptando la importancia del pensamiento de Poulantzas así como el renovado interés que suscita en nuestros días, podríamos preguntarnos por qué razón este pensamiento y, más específicamente, su concepto de Estado capitalista, requiere un análisis crítico. La razón radica en que, dentro del pensamiento de Poulantzas, este concepto es clave y es también problemático.

En efecto, acaso su principal aporte a la historia del marxismo resida precisamente en su intento de construir una teoría marxista sistemática del Estado capitalista. El concepto de Estado está en el centro de toda su obra. Y, a pesar de que la trayectoria intelectual completa de Poulantzas se desarrolló en la escasa década y media que se extendió entre sus primeros escritos jurídicos de mediados de los sesenta y la publicación de su último libro, unos meses antes de su suicidio a fines de la década siguiente, esa trayectoria fue muy vertiginosa y, en consecuencia, ese concepto de Estado sufrió importantes cambios.
En las siguientes páginas nos valdremos prácticamente de todos los escritos publicados por Poulantzas. Pero no seguiremos la evolución del concepto de Estado a lo largo de ellos de una manera cronológica, sino que partiremos de la definición que propone Poulantzas en sus últimos escritos, que es la más influyente en nuestros días y la que más interesa discutir en estas páginas y, a partir de ella, reconstruiremos su evolución previa.
Esto equivale a partir de la definición del Estado propuesta en su último libro, el citado L´etat, le pouvoir, le socialisme (EPS) de 1978, en el que se distancia en mayor medida de su anterior marco estructuralista althusseriano.
Y vamos a comparar esta definición del Estado precisamente con la correspondiente a ese marco estructuralista previo, expuesta por excelencia en Pouvoir politique et classes sociales de l`état capitaliste de 1968 (PPCS), ambicioso escrito que contiene el resultado más acabado de su intento de construir una teoría marxista sistemática del Estado capitalista/6.
Estos dos son los escritos que ordenarán nuestra exposición porque polarizan la evolución de su concepto de Estado ‒y, en alguna medida, su pensamiento en general‒. Pero también deben considerarse otros escritos. En este sentido, en primer lugar, son complementarios de su concepción estructuralista del Estado algunos artículos escritos a mediados de los sesenta, tras su ruptura con su temprano marxismo fenomenológico-existencialista de cuño sartreano que había adoptado en su tesis de doctorado en derecho (Nature des choses et droit, publicada en 1964) y en una serie de artículos académicos acerca de diversas cuestiones de filosofía del derecho (publicados en la principal revista francesa de filosofía del derecho, los Archives de philosophie du droit, y en Les Temps Modernes de Sartre)/7.
En efecto, en la misma medida en que durante a mediados de los sesenta Poulantzas comenzó a interesarse por una problemática política más amplia, centrada en el Estado, empieza a advertirse su creciente interés por el pensamiento de Althusser/8. Los escritos en los que comienza a expresarse este interés por la teoría del Estado, notablemente su extenso ensayo sobre la hegemonía (Poulantzas 1965b) y su discusión del marxismo británico (Poulantzas 1967a), son ya escritos de transición hacia la concepción estructuralista de Estado que propondría poco después en PPCS.
Tenemos, en segundo lugar, los artículos mediante los cuales mantuvo el célebre debate con Ralph Miliband sobre las relaciones entre las clases dominantes y el Estado y otros problemas de teoría del Estado, en las páginas de la New Left Review, entre fines de 1969 y comienzos de 1976. Las intervenciones de Poulantzas en este debate –quizás como consecuencia de las duras críticas que Miliband le planteara- están crudamente polarizadas entre las concepciones del Estado del primer Poulantzas (véase Poulantzas 1969) y del segundo (véase Poulantzas 1976c). Más adelante volveremos sobre este debate con mayor detalle.
En tercer lugar, durante esos años en que debatía con Miliband y en estrecha relación con dicho debate, Poulantzas realizó una serie de análisis de procesos políticos concretos en cuyo centro estaba el Estado capitalista y, más específicamente, diversas transformaciones en las formas de Estado y en los correspondientes regímenes políticos. También estos análisis son decisivos, naturalmente, dentro de la evolución del concepto de Estado en Poulantzas.
Nos referimos a Fascisme et dictature de 1970 (FD), una extensa investigación acerca del ascenso del fascismo y del nazismo en la Italia y la Alemania de los años 1920-30, las relaciones que guardaron con las distintas clases sociales, las transformaciones en la forma de Estado y el régimen político que acarrearon y los errores de caracterización del fenómeno cometidos por la Comintern.
Ya en Fascisme et dictature, concluido apenas dos años y medio después de PPCS, como veremos, puede advertirse el comienzo de una evolución que alejaría su concepto de Estado del marco estructuralista. Y nos referimos también a La crise des dictatures, ya de 1975 (CD), un ensayo más breve en el que Poulantzas analizó las caídas de las dictaduras contemporáneas de Grecia (tomas del Politécnico de Atenas de 1973), Portugal (revolución de los claveles de 1974) y España (muerte de Franco en 1975). Aquí, como también veremos, esa evolución queda confirmada.
En cuarto y último lugar, existen también otros escritos en los cuales Poulantzas se interesó por un proceso político diferente. Los mencionados fascismos y dictaduras son, para Poulantzas, regímenes y formas de Estado de excepción. Pero Poulantzas también se interesó en el análisis de las transformaciones que estaba sufriendo la forma de Estado y el régimen normales, es decir, los vigentes en los Estados de los países capitalistas europeos más avanzados, que conceptualizó como una transición hacia un “estatismo autoritario”.
Este interés ya está presente en los primeros ensayos de Les clases sociales, de 1973, pero motivará más tarde algunos escritos específicos, como su intervención en el debate colectivo sobre la crise de l´état (Poulantzas 1976a) y la cuarta parte de EPS. En estos últimos análisis, el concepto de Estado que está en juego es ya, naturalmente, el del último Poulantzas/9.
La estructura de este trabajo es la siguiente. Después de este primer apartado, introductorio, en el segundo presentaremos y discutiremos el concepto de Estado del Poulantzas de EPS. En el tercer apartado, por su parte, presentaremos el concepto de Estado del Poulatzas de PPCS y relevaremos los usos del concepto de Estado en los trabajos escritos en el ínterin, para analizar críticamente la trayectoria que atravesó dicho concepto. En el cuarto y último apartado volvemos sobre el concepto de Estado capitalista del último Poulantzas, pero esta vez para discutir sus implicancias políticas.
II. El concepto de Estado del último Poulantzas
El último Poulantzas define al Estado capitalista como la condensación de una relación de fuerzas entre clases y fracciones de clase que se materializa en su aparato. Así sucede, con unas pocas variantes, a través de las páginas de EPS. Adoptemos la versión más acabada de esta definición: el Estado capitalista es “la condensación material de una relación de fuerza entre clases y fracciones de clase, tal como se expresa, siempre de manera específica, en el seno del Estado” (1978: 154 y 159)/10. Y analicemos esta definición.
Poulantzas no afirma, como suele atribuírsele en las lecturas más vulgares, que el Estado es una mera plasmación de unas relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase. Definir al Estado capitalista de esta manera sería recaer en la vieja concepción reformista del Estado como una arena neutra de la lucha de clases. Poulantzas afirma, en cambio, que esas relaciones de fuerzas entre clases y fracciones de clases se condensan materialmente en el aparato de Estado.
Aclaremos la diferencia antes de continuar. El Estado capitalista siempre está atravesado por relaciones de fuerzas entre clases y fracciones de clase, desde luego, pero no puede definirse simplemente como algo atravesado por esas relaciones de fuerza. La razón es sencilla. El Estado está atravesado por relaciones de fuerzas entre clases (y fracciones de clase) porque es uno de los modos de existencia de las relaciones sociales capitalistas y estas relaciones sociales son antagónicas (y competitivas). Pero el Estado no es el único modo de existencia de esas relaciones sociales.
El Estado es el modo de existencia de esas relaciones sociales capitalistas en tanto relaciones de dominación, más específicamente, junto con el propio capital en sentido estricto, como modo de existencia de esas relaciones sociales en tanto relaciones de explotación. Tanto el Estado como el capital, en pocas palabras, como modos de existencia diferenciados de unas mismas relaciones sociales antagónicas, están atravesados por relaciones de fuerzas entre clases.
Pongamos un ejemplo: en el establecimiento por ley de un salario mínimo se plasma (políticamente) una relación de fuerzas entre clases de la misma manera en que se plasma (económicamente) en el establecimiento de determinado nivel de salario en el mercado de trabajo como resultado de las negociaciones entre patronales y sindicatos. El atributo de plasmar relaciones de fuerza, en consecuencia, no es un atributo suficientemente específico como para definir el concepto de Estado. Definir al Estado exclusivamente como una plasmación de unas relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase, en pocas palabras, es como definir al perro como un ente movedizo.

Poulantzas nunca incurre en semejante trivialidad/11. Insiste, en cambio, en el hecho de que esa relación de fuerzas entre clases y fracciones de clases se condensa materialmente en el aparato de Estado. En este sentido, a continuación de la definición del Estado que acabamos de citar, insiste en que “el Estado no es pura y simplemente una relación, o la condensación de una relación; es la condensación material y específica de una relación de fuerzas entre clases y fracciones de clase” (1978: 155).
Y un poco más adelante: “[e]l Estado no es una simple relación, sino la condensación material de una relación de fuerzas” (idem: 184). E insistir en este punto es importante para Poulantzas porque quiere descartar desde el comienzo tanto una concepción instrumentalista del Estado, que reduce el aparato de Estado al poder del Estado, como una concepción tecnocrática del Estado, que imagina una doble naturaleza del Estado que redundaría en la existencia de un sector neutro dentro de su aparato.
Poulantzas sintetiza así: “el Estado presenta, desde luego, un armazón material propia, que no puede reducirse, en absoluto, a la sola dominación política. El aparato de Estado es algo especial, y por tanto temible, que no se agota en el poder del Estado. Pero la dominación política está, a su vez, inscripta en la materialidad institucional del Estado. Si el Estado no es producido de arriba abajo por las clases dominantes, tampoco es simplemente acaparado por ellas: el poder del Estado (el de la burguesía en el caso del Estado capitalista) está trazado en esa materialidad” (1978: 8-9).
O bien “el aparato de Estado no es una cosa ni una estructura neutra en sí y la configuración del poder de clase no interviene allí solamente como poder de Estado. Las relaciones que caracterizan al poder del Estado impregnan la estructura misma de su aparato, siendo el Estado la condensación de una relación de fuerzas. Precisamente esa naturaleza del Estado –del Estado como relación-, atravesada de lado a lado por contradicciones de clase, es la que les atribuye y permite a esos aparatos y a los agentes que los componen un papel propio y un peso específico” (1975: 104).

Sin embargo, antes de pasar a examinar esta condensación material en el aparato de Estado de aquellas relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase, es preciso advertir que, en cualquier caso, Poulantzas pone a estas relaciones de fuerza como contenido del Estado.
El concepto de relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase opera así, en su definición del Estado capitalista, como un sucedáneo del concepto de relación social, en el más estricto sentido del término. Un sucedáneo, como sucede, por ejemplo, con el indicio como sucedáneo de la prueba en el derecho, no es un sustituto arbitrario, sino un sustituto emparentado de alguna manera con lo sustituido, e incluso capaz de sustituirlo legítimamente en ciertas condiciones. Y aquí las relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase operan como un sucedáneo de la relación social.
El Estado capitalista no puede definirse a partir de las relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase que condensa en su aparato, sino a partir de la propia naturaleza de las relaciones sociales capitalistas, aun cuando es cierto que la naturaleza antagónica de estas relaciones sociales haga que el aparato de Estado siempre condense relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase. Volvamos a nuestro anterior ejemplo para aclarar este punto.
El salario no puede definirse a partir de las relaciones de fuerza entre clases que se condensa en cierto nivel de los salarios, sino de la relación de explotación involucrada en el trabajo asalariado, aun cuando es verdad que la naturaleza antagónica de esta relación de explotación haga que el nivel de los salarios siempre exprese las relaciones de fuerza entre capitalistas y asalariados. Esta sustitución de la relación social por las relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase es una manifestación específica, dentro de su definición del Estado, del sociologicismo que en términos más generales ya había encontrado Clarke (1991) en el pensamiento de Poulantzas.
Pasemos, ahora sí, a examinar esta condensación material en el aparato de Estado de las relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase, condensación en la que Poulantzas radica la especificidad del Estado capitalista. El concepto de condensación parece implicar ya por sí mismo cierta especificidad. Esto porque Poulantzas emplea este concepto en un sentido análogo al que Verdichtung reviste en psicoanálisis, a saber, la representación de varias cadenas asociativas por una única representación, o punto nodal, que se encuentra en la intersección entre ellas.
Pero en EPS Poulantzas sitúa esa especificidad más bien en la materialidad del aparato de Estado en el que tiene lugar dicha condensación/12. Es precisamente esta materialización de las relaciones de fuerzas en el aparato de Estado la dimensión de su definición del Estado capitalista gracias a la cual el objeto definido no permanecería indeterminado como una mera arena neutra de la lucha de clases, sino que sería determinado como un Estado capitalista propiamente dicho. El problema, como enseguida veremos, radica en que esta referencia a la materialización de las relaciones de fuerza en el aparato de Estado tampoco es suficiente para proveer un concepto adecuado del Estado capitalista.
Pero, antes de avanzar con esta crítica, sigamos analizando su definición del Estado capitalista. El concepto de aparato de Estado involucrado en esta definición parece haber permanecido sin grandes cambios desde sus escritos más estructuralistas/13.
El aparato de Estado era en dichos escritos un conjunto de instituciones de la superestructura, entre las cuales Poulantzas, en sintonía con Althusser, ubicaba tanto instituciones públicas (como las jurídico-políticas) como privadas (como la escuela, la iglesia, etc.) porque priorizaba la función que desempeñaban (la organización de la clase dominante y la desorganización de la clase dominada) por encima de la distinción jurídica entre lo público y lo privado.
Una institución era a su vez “un sistema de normas o de reglas socialmente sancionado”, estructurado a partir de una “matriz organizadora” (1968: 140, nota). Un poco más tarde volvería sobre esta definición para aclarar que había trazado esa distinción entre instituciones (o aparato) y matriz (o estructura) “para denunciar explícitamente la problemática ‘institucionalista’” (1970: 355, nota)/14.
Y que las “normas o reglas” remitían a la dimensión ideológica, mientras que la expresión “socialmente sancionadas” a la dimensión represiva de esos aparatos. Esa matriz organizadora hacía a los aparatos de Estado irreductibles a meros instrumentos de la clase que detentaba el poder de Estado -y, por consiguiente, era la depositaria de su materialidad.
El segundo Poulantzas sigue entendiendo al aparato de Estado como un conjunto de instituciones públicas y privadas ubicadas en la superestructura y que desempeñan esa función de organización de la clase dominante y desorganización de la clase dominada. (1978: 169)/15. Pero no enfatiza tanto en esa posición y función del aparato de Estado como en su condensación de relaciones de fuerza o, en sus propias palabras, en “la inscripción de la dominación política en la armazón material del Estado como condensación de una relación de fuerzas” (1978: 192).
“Las clases y fracciones dominantes –escribe en este sentido‒ existen en el Estado por intermedio de aparatos o ramas que cristalizan un poder propio de dichas clases y fracciones, aunque sea, desde luego, bajo la unidad del poder estatal de la fracción hegemónica. Por su parte, las clases dominadas no existen en el Estado por intermedio de aparatos que concentren un poder propio de dichas clases sino, esencialmente, bajo la forma de focos de oposición al poder de las clases dominantes” (1978: 172).
Pasemos, finalmente, al concepto de materialidad. Poulantzas, a pesar de insistir una y otra vez en esta característica del aparato de Estado, nunca define el concepto. Explica la manera en que se organizaría esta materialidad –monopolio del conocimiento por la burocracia, mecanismos de individualización y homogeneización, sistema legal, matriz espacio-temporal de la nación‒, pero en ningún momento parece considerar necesario definir el propio concepto de materialidad.
Sin embargo, puesto que Althusser ya había insistido en esta materialidad del aparato de Estado, especialmente a propósito de la correlación entre la materialidad de la ideología y de las prácticas ideológicas, por un lado, y la materialidad de los aparatos de Estado en los que se reproduce, por el otro (véase Althusser 1970: 126 y ss), quizás podamos recurrir a sus escritos para establecer su significado.

En sentido estricto, tampoco Althusser definía el concepto, pero proveía algunas pistas más: “[l]a existencia material de la ideología en un aparato y en sus prácticas no posee, por cierto, la misma modalidad de la existencia material de una acera o de un fusil. Pero, a riesgo de que se nos trate de ‘neoaristotélicos’ […] afirmamos que ‘la materia se dice de muchas maneras’ o, más bien, que existe bajo distintas modalidades y todas enraizadas en último término en la materia ‘física’” (idem: 127)/16.
En este ensayo suyo sobre los aparatos ideológicos de Estado, Althusser no abundaba en estas distintas maneras de existencia de la materia, pero la referencia a la ideología de los científicos que hacía en ese contexto nos conduce a otras pistas que se encuentran en otros escritos suyos. En efecto, en varios de sus escritos de la época asimilaba en los hechos el materialismo del marxismo (al que, valiéndose de la terminología ortodoxa, continuaba designando como materialismo dialéctico) con el materialismo de las ciencias naturales (el que emergía como filosofía espontánea de la práctica científica en dichas ciencias; véase Althusser 1966: 33 y ss.; 1969: 9 y ss.; 1974: 67 y ss. y 99 y ss.).
En las cabezas de los científicos naturales, argumentaba, esta filosofía materialista espontánea convivía con filosofías idealistas provenientes de la ideología dominante en la sociedad. El desafío del materialismo dialéctico consistiría entonces, según Althusser, en combatir estas filosofías idealistas para erigirse como el aliado filosófico más adecuado de esa práctica de los científicos naturales.
Y el ejemplo por excelencia del combate que Althusser tenía en mente había sido la crítica de Lenin a los empiriocriticistas de comienzos de siglo (Lenin 1908). Todo esto parece indicar, en síntesis, que Althusser compartía sin más la concepción vulgar del materialismo expuesta por Lenin en esa crítica. El marxista y el biólogo compartirían, simplemente, “la creencia en la existencia real, exterior y material del objeto del conocimiento científico” (Althusser 1974: 101)/17.

Ahora bien, si la materialidad del aparato de Estado en cuestión se reduce a la materialidad de un puñado de instituciones en este sentido vulgar de la palabra, la insistencia de Poulantzas en que las relaciones de fuerzas entre clases y fracciones de clases se condensan materialmente en el aparato de Estado no aporta nada a la determinación del concepto de Estado. Recurrir a la materialidad del aparato de Estado en este sentido para definir el concepto de Estado equivale a recurrir a la materialidad de la mercancía como cosa física para definir el concepto de mercancía. La mera invocación de la materialidad en este sentido es un mero gesto que no convierte a ninguna definición en materialista en el sentido marxista del término.
Pero aclaremos también esto antes de seguir avanzando. Las características del aparato de Estado siempre están determinadas, tal como afirma Poulantzas, por la plasmación más o menos duradera de relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clases en su seno. Y esto implica, tal como también afirma Poulantzas, que un cambio en esas relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase nunca se expresa de manera automática en el aparato de Estado preexistente ‒y que, en caso de que la clase trabajadora tomara el poder de Estado, no podría emplear ese aparato de Estado como un simple instrumento para la transición al socialismo‒.
El ascenso de un gobierno de izquierda “no significa, ni forzosa ni automáticamente, que la izquierda controle los aparatos de Estado, y ni siquiera algunos de ellos” (Poulantzas 1978: 166). La izquierda debe abandonar, en consecuencia, la creencia de que ese Estado “podría ser utilizado de otra manera por la clase obrera, mediante un cambio del poder de Estado, para una transición al socialismo” (idem: 155).
“Las modificaciones en la relación de fuerzas no se traducen, en el aparato económico del Estado menos que en ningún otro, de manera automática: este aparato posee una materialidad marcada, en el más alto grado, por la continuidad del Estado” (idem: 239). Todas estas afirmaciones de Poulantzas son correctas e importantes y, sin embargo, la referencia a esa materialidad del aparato de Estado tampoco alcanza para completar una definición adecuada del Estado capitalista.

En efecto, sucede que también el concepto de aparato de Estado opera como un sucedáneo en la definición poulantziana del Estado capitalista, esta vez respecto del concepto de forma. Pues, el Estado no puede definirse como el aparato en el que se institucionaliza, sino como forma, aun cuando la existencia del Estado como forma guarda una relación con su existencia como aparato.
En este sentido, hay que distinguir entre el Estado como forma, es decir, como modo de existencia de las relaciones sociales capitalistas en tanto relaciones de dominación, diferenciado del modo de existencia de esas mismas relaciones sociales capitalistas en tanto relaciones de explotación, y el Estado como aparato, esto es, como institucionalización de esa existencia particularizada de las relaciones de dominación. Y la diferencia tiene implicancias.
El carácter capitalista del Estado no depende de esas relaciones de fuerza particulares entre clases y fracciones de clases que cristalizan en su aparato, sino de su existencia misma como relación de dominación separada de la relación de explotación. El Estado capitalista, en consecuencia, no puede definirse a partir de su aparato, sino de su forma.
Y la insistencia de Poulantzas en la materialidad del aparato de Estado, cualquiera sea el ambiguo significado que revista esta expresión, no modifica un ápice este asunto. La materialidad de la mercancía incide en su valor de uso, por ejemplo, pero no es esta materialidad, sino su forma el punto de partida para su definición. La materialidad del capital también incide en la competitividad, por ejemplo, pero no es esta materialidad sino su forma el punto de partida para su definición. La crítica marxiana de la economía política no apunta a rendir cuenta de la materialidad de las cosas, sino del modo de existencia de las relaciones sociales en el capitalismo.
En la definición poulantziana del Estado capitalista, esta sustitución de la forma Estado por el aparato de Estado no es sino la contrapartida de la antes mencionada sustitución del capital como relación social por las relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase. Y esto es inevitable, porque contenido y forma son inseparables. El institucionalismo es la contrapartida del sociologicismo. Y el resultado es que, así como el Estado capitalista no podía definirse a partir de la relación de fuerzas entre clases y fracciones de clase, tampoco puede definirse como la condensación material de esa relación de fuerzas entre clases y fracciones de clase en un conjunto de aparatos.
Agreguemos ahora que los participantes del debate alemán sobre la derivación del Estado (el Staatsableitungsdebatte) de los años setenta fueron los primeros en encarar sistemáticamente una crítica del Estado capitalista como forma de las relaciones sociales. Y, en algunos momentos de su argumentación, tanto el primer como el segundo Poulantzas se acercan sorprendentemente a los argumentos de algunos derivacionistas.
Contra la idea marxiana-hegeliana de una sociedad civil integrada por individuos como punto de partida para pensar el Estado, por ejemplo, el primer Poulantzas se refería a la separación entre lo económico y lo político en los siguientes términos: “[e]sa autonomía específica de lo político y de lo económico del M.P.C. –descriptivamente opuesta por Marx a una pretendida ‘mezcla’ de las instancias del modo de producción feudal‒ se refiere finalmente a la separación del productor directo de sus medios de producción […] Esta separación del productor directo y de los medios de producción es la combinación que regula y distribuye los lugares específicos de lo económico y de lo político, y que señala los límites de la intervención de una de las estructuras regionales en la otra, no tiene estrictamente nada que ver con la aparición real, en las relaciones de producción, de los agentes en cuanto ‘individuos’” (1968: 155)/18. Este argumento parece cercano al que poco después encontraríamos entre algunos derivacionistas, como Joachim Hirsch, para la derivación de la forma Estado/19.
Sin embargo, significativamente, para el segundo Poulantzas esa separación entre productor y medios de producción ya no aparece como el punto de partida para fundamentar la propia separación entre lo económico y lo político, sino más bien para fundamentar la existencia y las características del aparato de Estado. “En lo concerniente al Estado capitalista, su separación relativa de las relaciones de producción, instaurada por éstas, es el fundamento de su armazón organizativa y configura ya su relación con las clases y la lucha de clases bajo el capitalismo” (1978: 24).
La materialidad del aparato de Estado “se debe a la separación relativa entre el Estado y las relaciones de producción bajo el capitalismo. El fundamento de esta separación, principio organizador de las instituciones propias del Estado capitalista y de sus aparatos (justicia, ejército, administración, policía, etcétera), de su centralismo, de su burocracia, de sus instituciones representativas (sufragio universal, parlamento, etcétera), de su sistema jurídico, consiste en la especificidad de las relaciones de producción capitalistas y la división social del trabajo inducidas por aquellas: separación radical entre el trabajador directo y sus medios y objeto de trabajo en la relación de posesión, en el proceso mismo de trabajo” (idem: 54).
Las relaciones de producción “constituyen el basamento primero de la materialidad institucional del Estado y de su separación relativa de la economía, que caracteriza a su armazón como aparato: son la única base de partida posible de un análisis de las relaciones del Estado con las clases y la lucha de clases” (idem: 58).
Y aquí vuelve a evidenciarse que el concepto de aparato de Estado opera en su argumentación como un sucedáneo del concepto de forma Estado. En efecto, esa separación entre el productor y los medios de producción es el fundamento de la separación entre lo económico y lo político. Pero el hecho de que lo político, que asume así la forma Estado, cristalice en un aparato de Estado con determinadas características no se sigue inmediatamente de esa misma forma/20.
Es cierto que la separación entre lo económico y lo político es, en última instancia, una condición de posibilidad necesaria para la existencia de un aparato de Estado como el descripto por Poulantzas –y por esta razón, insistimos, el concepto de aparato de Estado es en sus argumentos un sucedáneo y no un sustituto arbitrario del concepto de forma Estado. Pero, si saltamos directamente de aquella separación entre lo económico y lo político constitutiva de las relaciones sociales capitalistas a este aparato de Estado existente en los Estados nacionales de los países capitalistas más o menos avanzados, perdemos en el camino la propia definición del Estado capitalista.
El Estado capitalista no puede definirse a partir de su aparato, en síntesis, sino del modo en que existen las relaciones de dominación como relaciones particularizadas, es decir, de su forma.
El problema subyacente, naturalmente, radica en que este concepto de forma y el concepto de derivación, empleados por los derivacionistas alemanes en su crítica del Estado capitalista y provenientes de la crítica de la economía política marxiana, son completamente ajenos al marco estructuralista de pensamiento de Poulantzas.
Y esto se pone de manifiesto, de manera privilegiada, en su cabal incomprensión de esa empresa derivacionista/21. Poulantzas afirma por ejemplo, en tres líneas: “[s]e trata de hacer ‘derivar’ –digamos, deducir- las instituciones propias del Estado capitalista de las ‘categorías económicas’ de la acumulación del capital” (1978: 56). Y comete así a razón de un error por cada línea. Las categorías de la crítica de la economía política marxiana, punto de partida de la derivación, no son meras “catégories économiques” sino formas, modos de existencia de las relaciones sociales capitalistas, elevadas a concepto.
La derivación no consiste en una “déduction” sino en una exposición de esos conceptos que avanza de los más simples a los más complejos a través de las contradicciones que los encadenan. Y, por encima de todas las cosas, lo derivado no son las “institutions propres de l’État” sino la forma Estado (1978bis: 92)/22.
III. La trayectoria del concepto de Estado en Poulantzas
Comparemos brevemente la concepción del Estado capitalista de este último Poulantzas con la del primero. A nuestro entender, entre ambas no media una ruptura completa, sino un desplazamiento de énfasis. Hay momentos en la argumentación del último Poulantzas que recuerdan al primero. Por ejemplo, cuando intenta anclar la existencia misma del aparato de Estado en las relaciones de producción y, más exactamente, en la división del trabajo entre trabajo manual y trabajo intelectual.
“El Estado encarna en el conjunto de sus aparatos –es decir, no sólo en sus aparatos ideológicos sino también en sus aparatos represivos o económicos-, el trabajo intelectual en tanto separado del trabajo manual […] Esto se traduce en la materialidad misma del Estado. Ante todo, en la especialización-separación de los aparatos del Estado respecto del proceso de producción: tal separación se realiza principalmente mediante una cristalización del trabajo intelectual” (1978: 61). O bien, cuando vincula las características de ese aparato de Estado con las funciones que desempeña: “[l]as funciones del Estado se encarnan en la materialidad institucional de sus aparatos: la especificidad de las funciones implica la especialización de los aparatos que las realizan y da lugar a formas particulares de división social del trabajo en el seno mismo del Estado” (1978: 205). Y más adelante: “el contenido político de dichas funciones [del Estado] está inscrito en la materialidad institucional y la armazón organizativa del aparato del Estado” (ídem: 231).
Sin embargo, en este último Poulantzas, a la hora de definir el Estado capitalista, tanto la posición como la función del aparato de Estado ceden su puesto a la mencionada característica suya de condensar materialmente relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase.
Pero no sucedía así en el primer Poulantzas. Este Poulantzas más althusseriano definía al Estado capitalista a partir de su función (de cohesión) y de su posición dentro de la estructura (el modo de producción): “en el interior de la estructura de varios niveles separados por un desarrollo desigual, el Estado posee la función particular de constituir el factor de cohesión de los niveles de una formación social. Esto es precisamente lo que el marxismo expresó al concebir el Estado como factor de ‘orden’, como ‘principio de organización’, de una formación, no ya en el sentido corriente de orden político, sino en el sentido de la cohesión del conjunto de los niveles de una unidad compleja, y como factor de regulación de su equilibrio global, en cuanto sistema” (1968: 43-44).
El Estado desempeñaba esta función de cohesión entre niveles de distintas maneras según el modo de producción (y la formación social) del que se tratara. En el modo de producción capitalista, el Estado la ejercía a través de su separación o, en términos poulantzianos, de su autonomía relativa. “Esa función [de cohesión] del Estado se convierte en una función específica, y que lo especifica como tal, en las formaciones dominadas por el M.P.C., caracterizado por la autonomía específica de las instancias y por el lugar particular que allí corresponde a la región del Estado” (ídem: 46).
Puesto que el Estado lidiaba con las distintas instancias de la estructura, desempeñaba funciones técnico-económicas al nivel de lo económico, funciones políticas al nivel de lo político y funciones ideológica al nivel de lo ideológico (1968: 52). Sin embargo, todas las intervenciones del Estado eran políticas porque la función específicamente política del Estado sobredeterminaba a las restantes: “el papel global del Estado es un papel político” (ibídem).
Y esta función política era, precisamente, la de mantener la cohesión de una sociedad dividida en clases: “ese papel [del Estado] reviste un carácter político en el sentido de que mantiene la unidad de una formación en cuyo interior las contradicciones de los diferentes niveles se condensan en una dominación política de clase” (1968: 56). Así, la función de cohesión y la posición dentro del modo de producción alcanzaban, para el primer Poulantzas, para definir al Estado capitalista.
Ciertamente, en su calidad de factor de cohesión entre niveles, el Estado también condensaba las contradicciones propias de esos niveles. El Estado, decía Poulantzas, en tanto “factor de cohesión de la unidad de una formación, es también la estructura en la que se condensan las contradicciones de los diversos niveles de una formación” (ídem: 44). Pero esta condensación de contradicciones revestía características distintas de la posterior condensación de relaciones de fuerzas entre clases y fracciones de clase: era una simple consecuencia de su función de cohesión.
“El Estado está en relación con las contradicciones propias de los diversos niveles de una formación, pero en cuanto representa el lugar en que se refleja la articulación de esos niveles, y el lugar de condensación de sus contradicciones” (ídem: 49). Agreguemos que esta condensación de contradicciones en el Estado se reproducía por su parte en una suerte de condensación de la lucha de clases en su conjunto –es decir, precisamente, de las prácticas de clase desarrolladas en esos distintos niveles de la estructura: lucha económica, política e ideológica‒ en la lucha de clases específicamente política, es decir, en la lucha que tenía por objetivo la conquista del poder de Estado (véase 1968: 87-88 y 108-109)/23.
Poulantzas afirmaba así, a propósito de esta relación del Estado con la lucha política de clases, que “se deberá, pues, tener presente constantemente que esta última relación refleja en realidad la relación con las instancias, porque es efecto de estas, y que la relación del Estado con la lucha política de clases concentra en sí la relación con los niveles de las estructuras y con el campo de las prácticas de clase” (1968: 334).
Sin embargo, en la medida en que el último Poulantzas tiende a sustraer esta idea de condensación de contradicciones de su anterior marco estructuralista de referencia y, además, a situarla en el centro de su definición del Estado capitalista, su concepto de Estado capitalista tiende a quedar indeterminado.
Esta trayectoria del concepto de Estado capitalista poulantziano no puede menos que resultar paradójica para quienes (como nosotros) somos muy críticos respecto de ese marxismo estructuralista que el primer Poulantzas había adoptado de Althusser. Aquí no vamos a desarrollar una crítica de ese marxismo estructuralista. Nos limitamos a plantear esta paradoja: mientras que el concepto de Estado capitalista aparece perfectamente determinado dentro del marco de referencia estructuralista del primer Poulantzas (que consideramos muy cuestionable) la tendencia del último Poulantzas a abandonar dicho marco de referencia estructuralista (tendencia que a priori deberíamos aplaudir) tiende sin embargo a arrojar a su concepto de Estado en la indeterminación/24.
Y esta trayectoria resulta especialmente paradójica para quienes (de nuevo: como nosotros mismos) creemos que una de las mayores deficiencias de ese marxismo estructuralista es, precisamente, su relegamiento de la lucha de clases. El precio que Poulantzas parece pagar a cambio de que la lucha de clases ingrese dentro de su concepto de Estado es, paradójicamente, la indeterminación de dicho concepto.
Agreguemos ahora, sin embargo, que durante los años en que se registraba esta trayectoria de su concepto de Estado, Poulantzas emprendía además una serie de análisis de procesos políticos concretos en los que ponía en juego su concepto de Estado. Se destacan entre ellos sus análisis de dos casos diferentes de lo que consideraba como regímenes y formas de Estado de excepción: el ascenso de los regímenes nazi y fascista en la Alemania y la Italia de los años 1920-30 (Poulantzas, 1970) y la crisis de las dictaduras militares de Portugal, Grecia y España de mediados de los 1970 (Poulantzas, 1975).
Y, aunque acaso menos sistemáticamente, en algunos otros escritos suyos también abordaba las mutaciones que consideraba que estaba atravesando el régimen y la forma de Estado democrático-parlamentario normal vigente en los países europeos centrales y que conceptualizaba en términos de la transición hacia un estatismo autoritario (especialmente en Poulantzas, 1974: 84 y ss.; 1976a y 1978: 247 y ss.). Aquí vamos a concentrarnos en los dos primeros y, especialmente, en el papel que atribuye Poulantzas a la lucha de clases en sus explicaciones de los procesos de ascenso del fascismo y de crisis de las dictaduras, para ampliar nuestro análisis de las consecuencias de ese ingreso de la lucha de clases en su teoría del Estado.
El primer análisis relevante es el referido al ascenso del nazismo y el fascismo en la Alemania y la Italia de los años 1920-30. En principio, FD sigue aún la orientación estructuralista de PPCS, libro que Poulantzas había acabado apenas dos años y medio antes y al que remite en reiteradas ocasiones. El Estado capitalista, en particular, sigue siendo definido como “la instancia central cuyo papel es el mantenimiento de la unidad y de la cohesión de una formación social, el mantenimiento de las condiciones de la producción y, así, la reproducción de las condiciones sociales de la producción; es, en un sistema de lucha de clases, el fiador de la dominación política de clase” (1970: 357).
Empero, significativamente, Poulantzas comienza la parte de su análisis dedicado al Estado fascista con una serie de críticas al citado ensayo sobre los aparatos ideológicos de Estado que Althusser (1970) había publicado en el ínterin. El eje de estas críticas está justamente en que, para Poulantzas, la concepción de Althusser se desentiende de la lucha de clases/25.
Dice Poulantzas: “creo que este texto de Althusser peca, en cierta medida, por su abstracción y su formalismo; en él, la lucha de clases no ocupa el lugar a que tiene derecho” (1970: 355). Y un poco más adelante agrega que, en consecuencia, Althusser considera a los aparatos ideológicos de Estado como monolíticos y carentes de autonomía relativa: “la ‘unidad’ de los aparatos ideológicos está abstractamente reducida, y sólo por el rodeo de la ‘ideología’, a la del poder de Estado. Ahora bien, este análisis es abstracto y formal ya que no toma (concretamente) en consideración la lucha de clases”, es decir, no tiene en cuenta ni la existencia de “varias ideologías de clase contradictorias y antagónicas” ni “los desajustes presentes en el poder de Estado” (ídem: 362-3, nota).
Pero más importante que este distanciamiento explícito respecto de Althusser es la distancia respecto del estructuralismo que, en los hechos, comienzan a guardar sus análisis concretos. En el caso de este análisis del fascismo, el punto de partida de Poulantzas son las características del estadio imperialista del desarrollo del modo de producción capitalista y de las funciones desempeñadas por el Estado intervencionista en su seno.
El fascismo se instauró en los eslabones siguientes (Alemania e Italia) al eslabón más débil (Rusia) de la cadena imperialista durante la transición hacia el predominio del capital monopolista. Una vez planteadas estas coordenadas generales del fenómeno, sin embargo, Poulantzas advierte que el fascismo no emergió como un mero resultado necesario de la evolución del Estado democrático-parlamentario, como sostuvo en algunos momentos la Comintern, sino que emergió de una “crisis política, situación de condensación de contradicciones, que rompe con un ritmo ‘gradual’ de desarrollo y que desemboca en el fascismo” (1970: 59).
Una crisis que no puede analizarse sino como efecto de la lucha de clases: “esta ‘crisis de las instituciones’, sin dejar de ejercer sus propios efectos sobre la lucha de clases, no es ella misma sino el efecto. No son las instituciones las que determinan los antagonismos sociales, es la lucha de clases la que impone las modificaciones de los aparatos de Estado” (ídem: 64). “Si se puede hablar de proceso de fascistización es en la medida misma en que no se trata de un simple autodesarrollo de los ‘gérmenes’ contenidos en la democracia parlamentaria, sino de una diferencia importante con ésta, correspondiente a una crisis política. El proceso de fascistización no puede, pues, ser comprendido sino rompiendo enteramente con la tesis del ‘proceso orgánico y continuo’, de factura evolutivo-lineal, entre democracia parlamentaria y fascismo” (ídem: 66).
El desafío que enfrenta Poulantzas en este sentido es el de explicar, siempre a partir de la lucha de clases, el surgimiento del fascismo en una coyuntura en la cual la modificación fundamental de la relación de fuerzas entre clases ya había tenido lugar, aunque subsistían agudas contradicciones dentro del bloque en el poder que impedían la consolidación de una hegemonía del capital monopolista.
“El proceso de fascistización y el advenimiento del fascismo corresponden a una situación de profundización y de exacerbación aguda de las contradicciones internas entre las clases y fracciones de clase dominantes” (1970: 71). El fascismo, argumenta así Poulantzas, es una ofensiva de la burguesía, posterior a una derrota de la clase obrera en el ascenso de la lucha de clases de la salida de la Primera Guerra y a un período de estabilización de la relación de fuerzas ya favorable a la burguesía.
Durante los procesos revolucionarios de 1919-20 en Italia y 1918-23 en Alemania, aunque derrotada en sus metas revolucionarias, la clase obrera había obtenido importantes conquistas. “Puede decirse así que esas conquistas persistían aun cuando la relación de las fuerzas sobre la cual estaban fundadas se hallaba ya modificada a favor de la burguesía. Esto es paradójico sólo en apariencia, salvo si se considera, lo cual es eminentemente falso, que todo cambio en la relación de fuerzas va acompañado automáticamente en cierto modo por una reorganización y redistribución mecánica de las posiciones ocupadas por los adversarios. En lo que concierne, en particular bajo este aspecto, a la estrategia de la burguesía respecto de la clase obrera se podría incluso aventurar la proposición siguiente: cuando semejantes conquistas se arrancan por medio de crisis graves, la burguesía se dedica en primer lugar a modificar la relación real de las fuerzas sobre la cual se han fundado esas conquistas, y sólo después pasa al ataque directo de las conquistas mismas” (ídem: 158).
Todo su análisis del proceso de fascistización y, más tarde, de las vicisitudes del fascismo una vez que accede al poder de Estado, descansa sobre la evolución de esta compleja correlación de fuerzas entre clases y fracciones de clase/26. Evolución que signa, naturalmente, la forma de Estado y el régimen y que acarrea en consecuencia una radical reorganización del aparato de Estado –emergencia y consolidación de un partido fascista de masas como partido único, supresión del sufragio, predominio de la policía política como rama del aparato represivo dentro del aparato de Estado en su conjunto, conflictos palaciegos entre camarillas, ascenso del aparato de propaganda y de la familia, y así sucesivamente.
El segundo análisis relevante de procesos políticos concretos es el de la crisis de las dictaduras militares de Portugal, Grecia y Españas de mediados de los 1970/27. En CD, Poulantzas parte del modo de inserción de las economías en cuestión en el mercado mundial (en términos de una industrialización dependiente del capital monopolista extranjero, donde compiten los EEUU con el entonces Mercado Común Europeo) y la estructura de clases resultante (en particular, la distinción entre la burguesía compradora tradicional, predominantemente comercial y financiera, completamente subordinada a ese capital extranjero y principal soporte de las dictaduras, y la burguesía interior vinculada a ese proceso de industrialización que no alcanza a ser una burguesía nacional autónoma, capaz de dirigir una proceso de liberación nacional, pero alberga mayores contradicciones con el curso adoptado por las dictaduras)/28.
Y, a continuación, Poulantzas pasa a la explicación de la propia crisis de las dictaduras. La clave de esta explicación radica en la desestabilización de los bloques en el poder involucrados, producto de la incapacidad de los regímenes dictatoriales de regular los conflictos entre esas distintas fracciones de la burguesía mediante su representación orgánica en el aparato de Estado (Poulantzas 1975: 33 y ss.).
El aparato de Estado de las dictaduras, aunque no monolítico, resultaba demasiado rígido como para canalizar esos conflictos. Dice Poulantzas: “la situación en su conjunto producía una profundización de las contradicciones en el seno mismo del bloque en el poder. De ahí la necesidad de una forma de Estado que hubiera podido permitir una solución negociada y permanente mediante el recurso de una representación orgánica de las diversas clases y fracciones de clase del bloque en el poder, es decir, por medio de sus organizaciones políticas propias” (ídem: 53).
Pero esta conflictividad interburguesa está sobredeterminada por la lucha de clases, aun cuando no hubiera un ascenso de las luchas sociales de características insurreccionales. “No hubo entonces un movimiento de masas frontal contra el régimen: lo subrayo tanto más, y categóricamente, porque si las luchas populares no fueron el factor directo o principal, ellas fueron (o serán), sin ningún género de duda, el factor determinante. Quiero decir con eso que los factores que gravitaron directamente en esos derrocamientos (las contradicciones internas de los regímenes) fueron ellos mismos determinados por las luchas populares” (ídem: 87-88)/29.
Este es el punto en que el análisis del Estado se vuelve central. El interesante desafío que enfrenta Poulantzas aquí es el de explicar la manera en que los conflictos interburgueses y la lucha de clases que los sobredetermina atraviesan el aparato de Estado de unos regímenes que ‒a diferencia del nazismo y el fascismo clásicos antes mencionados‒ no gozaban de bases de apoyo de masas y, por consiguiente, aparecían como un aparato aislado de la sociedad.
Su punto de partida para abordar este desafío es ya explícitamente su segunda definición del Estado: “en ningún caso, el Estado es un Sujeto o una Cosa, sino que, por su naturaleza y en igual medida que el ‘capital’, el Estado es una relación: más precisamente, la condensación de la relación de fuerzas entre las clases tal como se expresa, de manera específica, en el seno del Estado. Así como el ‘capital’ contiene ya en sí la contradicción capital / trabajo asalariado, las contradicciones de clase atraviesan siempre, de lado a lado, el Estado porque este, por su naturaleza de Estado de clase, reproduce en su seno mismo esas contradicciones” (ídem: 91-92).
Y esto vale también, afirma Poulantzas, a propósito del aparato de Estado en manos de las dictaduras. “Como para todo Estado burgués, su relación con las clases populares se ha manifestado por las contradicciones internas que se refieren a diversas medidas políticas y económicas que hay que tomar respecto de aquellas, es decir, de modalidades concretas de acumulación de capital. En efecto, las contradicciones mismas entre las diversas fracciones de la burguesía siempre expresan, en última instancia, las tácticas y modalidades diferenciales que conciernen a la explotación y dominación de las masas populares: lo que no es otra cosa que formular, en términos de clase, el hecho de que las contradicciones de la acumulación capitalista se deben, finalmente, a la lucha de clases y el hecho de que el ciclo mismo de reproducción de capital ya contiene, en sí, la contradicción entre el capital y las clases explotadas. Sismos internos muy graves en el seno de los diversos aparatos y del personal político dirigente de las dictaduras militares de los que se podrían dar múltiples ejemplos y que no pueden ser apreciados en su justa medida si no se percibe, detrás de tal o cual medida o política a favor de tal o cual fracción del capital, el espectro de la lucha de las masas populares” (ídem: 92-93)/30.
Poulantzas retoma así su punto de partida: “la lucha de las masas populares, aun cuando no tome la forma de un levantamiento general y frontal contra los regímenes, ha tenido siempre, en último término, un papel determinante en su derrocamiento, porque interviene, inicialmente, en las contradicciones internas mismas de esos regímenes, que son las que motivan que se desencadene el proceso de su derrumbe” (ídem: 96). Y dedica el último capítulo de su libro en su conjunto a un análisis pormenorizado de las características de esos aparatos de Estado en manos de las dictaduras, con todas sus contradicciones internas, y de las modificaciones que estaba introduciendo en ellos el movimiento democratizador.
La distancia respecto del estructuralismo que, entendemos, guardan estos análisis del ascenso de los regímenes fascistas y de la crisis de las dictaduras queda ratificada explícitamente en algunos momentos del debate que, mientras tanto, Poulantzas venía desarrollando con Miliband. Ya en su primera intervención en dicho debate (su reseña de The state in capitalist society de Miliband) insistía legítimamente en la necesidad de contar con una adecuada teoría del Estado para analizar las relaciones entre las clases dominantes y el Estado/31.
Pero también advertía acerca de la importancia de encarar análisis concretos del Estado como el realizado por Miliband (“soy tanto más consciente de la necesidad de análisis concretos, cuanto que he descuidado relativamente este aspecto de la cuestión en mi propia obra”; 1969: 75) y aludía en varias ocasiones al caso del fascismo. Esta concesión de Poulantzas no impediría que Miliband, en su respuesta, después de reconocer que su investigación “puede que sea insuficientemente ‘teórica’”, objetara que la investigación de Poulantzas “peca por la tendencia opuesta” (Miliband 1970: 95).
La teoría detrás de este “teoricismo” de Poulantzas era el estructuralismo de Althusser. Y, en este sentido, agregaba Miliband, su concepción “conduce directamente a una especie de determinismo estructural o más bien a un superdeterminismo, que hace imposible una consideración verdaderamente realista de la relación dialéctica entre el Estado y ‘el sistema’” (ídem: 99). La imposibilidad de distinguir entre distintas formas de Estado concretas era, según Miliband, una de las consecuencias de esa concepción superdeterminista de las relaciones entre las clases dominantes y el Estado. En palabras de Miliband: “se sigue que no existe en realidad ninguna diferencia entre un Estado dirigido, pongamos por caso, por burgueses constitucionalistas, ya sean conservadores o socialdemócratas, y uno dirigido, por ejemplo, por fascistas” (ídem: 100).
Ejemplo paradójico, porque apenas unos meses más tarde Poulantzas publicaba FD, donde identificaba minuciosamente las características distintivas del Estado fascista como forma de Estado de excepción. Pero Miliband haría caso omiso de esto y, en su reseña de la edición en inglés de PPCS, insistiría en sus cargos de teoricismo y de determinismo o, en sus nuevas palabras, de “abstraccionismo estructuralista”: “el mundo de las ‘estructuras’ y de los ‘niveles’ que él [Poulantzas] habita tiene tan pocos puntos de contacto con la realidad histórica o contemporánea que le aparta de toda posibilidad de llegar a hacer lo que él describe como ‘análisis político de una coyuntura concreta’. […] ‘La lucha de clases’ hace su aparición, como es debido, pero en forma de un ballet de sombras evanescentes, excesivamente formalizado” (Miliband 1973: 110).
Pero esta mera insistencia en su crítica inicial al determinismo estructuralista de PPCS –por entonces ampliamente justificada- ya no rendía cuenta del hecho –que, en realidad, la reforzaría‒ de que en sus posteriores análisis del ascenso del fascismo y de otros procesos políticos concretos Poulantzas ya había relajado ese determinismo estructuralista y otorgado mayor centralidad a la lucha de clases –y, por consiguiente, había podido proponer análisis mucho más finos de esos procesos‒/32.
La última intervención de Poulantzas en el debate es muy reveladora en este sentido. Comenzaba señalando que, para que la discusión no se estancara, era necesario incorporar en ella los libros que había publicado después de PPCS, pues ya en FD y más tarde en CD había rectificado sus posiciones iniciales (Poulantzas 1976c: 155-56). Reconocía, en este sentido, un teoricismo inicial, derivado precisamente de la rígida concepción epistemológica althusseriana, que lo había conducido a presentar los análisis concretos como meros ejemplos de la teoría, a descuidar esos análisis empíricos y a emplear una jerga innecesaria.
Pero el punto que nos interesa remarcar es que, después de reconocer que no había otorgado suficiente centralidad a la lucha de clases, redefinía al Estado en los términos ya examinados de sus últimos escritos. “Me inclino a pensar, en efecto, que no subrayé suficientemente la primacía de la lucha de clases frente al aparato de Estado. […] Aun tomando la separación de lo político y lo económico bajo el capitalismo, incluso en su fase presente, como punto de partida, el Estado debería ser contemplado (del mismo modo que lo debería ser el capital, de acuerdo con Marx) como una relación, o, más precisamente, como la condensación de una relación de poder entre las clases en conflicto” (1976c: 170).
Y así volvemos a nuestro punto de partida. Pero, ahora, podemos apreciar la contrapartida de la paradoja que señalamos antes a propósito de la trayectoria de este concepto de Estado capitalista en Poulantzas. El paulatino abandono de su marco estructuralista althusseriano, aquí ya muy avanzado, que arroja su concepto de Estado capitalista en la indeterminación, parece emancipar al mismo tiempo a los conceptos de menor grado de abstracción de su teoría del Estado, multiplicando sus potencialidades para el análisis de formas y metamorfosis concretas de ese Estado desde la perspectiva de la lucha de clases/33.
IV. Las implicancias políticas del concepto de Estado

La trayectoria del concepto de Estado capitalista en Poulantzas, como señalara en su momento Jessop (1982: 177), se halla estrechamente vinculada con la trayectoria de las estrategias políticas que impulsara.
En efecto, el concepto de Estado capitalista determinado por su posición dentro del modo de producción y su función de cohesión del primer Poulantzas estaba acompañado por una estrategia política de conquista del poder de Estado deudora aún de la tradición leninista. Poulantzas se preguntaba en este sentido: “¿puede el Estado tener una autonomía tal respecto de las clases dominantes que pueda realizar el paso al socialismo sin que el aparato de Estado se rompa por la conquista de un poder de clase por la clase obrera?” (1968: 353).
Y su respuesta era negativa: la unidad del Estado, articulada con su autonomía relativa, cerraba esa posibilidad. El Estado, decía Poulantzas, “reviste una autonomía relativa respecto de esas clases [dominantes] en la medida precisamente en que constituye un poder político unívoco y exclusivo de éstas. Dicho de otra manera, esa autonomía respecto de las clases políticamente dominantes, inscrita en el juego institucional del Estado capitalista, no por eso autoriza de ningún modo una participación efectiva de las clases dominadas en el poder político, o una cesión a esas clases de ‘parcelas’ de poder institucionalizado” (ídem: 377).
Desde luego, en la misma medida en que su althusserianismo tendía a relegar a la lucha de clases, es decir, en la misma medida en que las prácticas aparecían como meras reproductoras de las estructuras y los agentes como meros soportes de esas estructuras, suprimiendo cualquier capacidad de intervención autónoma de la lucha de la clase trabajadora, esa conquista del poder de Estado aparecía como un acontecimiento inexplicable. Sólo la intervención del partido de vanguardia como una suerte de deus ex machina podía aspirar, aunque con dudoso éxito, a llenar el vacío dejado por la lucha de clase/34.

Quizás en el carácter aporético de esta propuesta estratégica de Poulantzas había dejado su impronta la relativa estabilidad del capitalismo europeo de posguerra previo al nuevo ascenso de la lucha de clases que se desencadenaría a fines de los sesenta. Quizás la conversión entera del marxismo, de crítica negativa y revolucionaria de la sociedad capitalista en ciencia positiva de la reproducción de esa sociedad capitalista, operada por el estructuralismo althusseriano había encontrado en esa estabilidad su sentido histórico/35.
Pero, en cualquier caso, no son tanto las implicancias del concepto de Estado de este primer Poulantzas las que nos interesan en estas páginas, sino las implicancias políticas del concepto de Estado del segundo. Y en este sentido hay que tener presentes más bien ciertos acontecimientos políticos que tuvieron lugar durante los setenta, pusieron en entredicho esa estabilidad relativa del capitalismo europeo de posguerra e influyeron sobre su posterior propuesta estratégica.
Se trata, fundamentalmente, de dos procesos: el de las mencionadas caídas de las dictaduras vigentes en algunos países europeos periféricos (la dictadura de los coroneles de Grecia, el Estado novo en Portugal y el franquismo en España) y el de las crisis políticas en los Estados de algunos países europeos más centrales (particularmente, en Italia y en Francia).
Podrían añadirse también algunos acontecimientos que tuvieron lugar en el ex Bloque del Este (como la Primavera de Praga) o en el llamado Tercer Mundo (como el gobierno de Allende en Chile), pero Poulantzas siempre parece haber centrado su atención en esos procesos europeos occidentales.
Y, si tuviéramos que escoger uno, deberíamos centrarnos en el viraje del Partido Comunista Francés dirigido por Marchais hacia el eurocomunismo y su firma del Programa Común con el Partido Socialista de Mitterrand, deriva que a comienzos de la década siguiente culminaría en el ascenso al poder de este último/36.
Pero, en cualquier caso, todos esos procesos compartían una característica: habían inaugurado, cada uno a su manera, escenarios en los que fuerzas políticas de izquierda podían acceder, o habían accedido en los hechos, electoralmente al poder de Estado.

La estrategia que Poulantzas defendería ante estos nuevos escenarios sería la de la llamada vía democrática al socialismo. Poulantzas presentó esta estrategia en sus últimos escritos y, especialmente, en la conclusión política del citado EPS/37, como una estrategia distinta tanto de la socialdemócrata como de la leninista, pero argumenta en su favor contrastándola específicamente con la estrategia de doble poder.
En este sentido, según Poulantzas, la más adecuada ya no era una estrategia que apuntara a la destrucción del Estado a través de la dualización del poder de Estado, sino una estrategia que combinara la transformación desde adentro del aparato de Estado mediante “la ampliación y la profundización de las instituciones de la democracia representativa y de las libertades” con “el despliegue de las formas de democracia directa de base y el enjambre de focos autogestionarios” por fuera de ese aparato de Estado (1978: 313-14). Pero conviene revisar su argumento en la conclusión política EPS paso a paso.
El primer paso de Poulantzas consiste en reducir ese fenómeno del doble poder a la estrategia política puesta en práctica por los bolcheviques, bajo la conducción de Lenin, durante la Revolución Rusa de 1917. “Los análisis y la práctica de Lenin tienen una línea principal: el Estado debe ser destruido en bloque mediante una lucha frontal en una situación de doble poder y ser reemplazado-sustituido por el segundo poder, los soviets, poder que no sería ya un Estado en sentido propio, pues sería ya un Estado en vías de extinción” (1978: 308).
Pero esta reducción es ilegítima. Los propios soviets rusos habían surgido durante la revolución de 1905, con independencia de cualquier estrategia bolchevique. Y experiencias parecidas de autoorganización de masas surgirían a continuación en los procesos revolucionarios que se desencadenarían a la salida de la guerra en Alemania, Hungría, Italia, sin intervención alguna de los bolcheviques.
Más aún: la emergencia de formas de autoorganización de masas y la tendencia de estas organizaciones a dualizar el poder del Estado capitalista signó a todos los procesos revolucionarios registrados desde entonces hasta nuestros días, desde la Rusia de 1917 y la Alemania de 1918 a la China de 1925-27, la España de 1936, la Bolivia de 1952, la Cuba de 1958, así como el Chile de 1973 y el Portugal de 1975, y así como la Chiapas de 1995. La dualidad de poderes, en síntesis, no es una invención de los bolcheviques sino una situación resultante del desarrollo de los propios procesos revolucionarios.
El segundo paso de Poulantzas consiste en asociar ese fenómeno del doble poder soviético con la posterior dictadura del partido de Estado. “Se quiera o no, la línea principal de Lenin fue originariamente, frente a la corriente socialdemócrata, a su parlamentarismo y a su pánico al consejismo, la de una sustitución radical de la llamada democracia formal por la llamada democracia real, de la democracia representativa por la democracia directa llamada consejista (en la época no se empleaba todavía el término autogestión). Lo que me lleva a plantear la verdadera cuestión: ¿no fue más bien esta misma situación, esta misma línea (sustitución radical de la democracia representativa por la democracia directa de base) la que constituyó el factor principal de lo que sucedió en la Unión Soviética, ya en vida de Lenin, y la que dio lugar al Lenin centralizador y estatista cuya posterioridad conocemos?” (1978: 309).
Una asociación completamente arbitraria, en la medida en que Poulantzas no explica en ningún momento mediante qué mecanismos la democratización del poder político a través de la organización soviética habría conducido a su contrario, es decir, a la monopolización de dicho poder político por parte del partido de Estado. Así como arbitraria en la medida en que, en los hechos, la instauración de esa dictadura del partido de Estado en la ex URSS no requirió sólo la supresión de la democracia burguesa, sino también la supresión de la propia democracia soviética, por parte de los bolcheviques.
Y en su tercer paso, como respuesta a esa pregunta, Poulantzas intenta apoyar su estrategia de una vía democrática al socialismo en la crítica que Rosa Luxemburgo había planteado a la revolución rusa: “lo que Luxemburgo reprocha a Lenin no es su negligencia o su desprecio por la democracia directa de base, es exactamente lo contrario: a saber, que se apoye exclusivamente en esta última (exclusivamente, pues según Rosa la democracia consejista sigue siendo esencial), eliminando pura y simplemente la democracia representativa, especialmente en el momento de la disolución de la Asamblea Constituyente elegida bajo el gobierno bolchevique, en beneficio exclusivo de los soviets” (1978: 309-10). Ahora bien, en su crítica a la Revolución Rusa, Luxemburgo (1918) no propuso, propiamente hablando, una estrategia de vía democrática al socialismo, es decir, una estrategia que combinara parlamento y consejos obreros, como sí proponían algunos austromarxistas de entonces/38.
Luxemburgo criticó, en cambio, la decisión de los bolcheviques, que se encontraban en minoría, de disolver la Asamblea Constituyente, porque interpretó esta decisión como una peligrosa sustitución autoritaria de las masas por el partido. Una interpretación coherente con las objeciones a la concepción leninista del partido que ya había planteado quince años antes (Luxemburgo 1904) y que la historia posterior convalidaría.
Ahora bien, estas objeciones nuestras al argumento de Poulantzas en favor de una estrategia de vía democrática al socialismo están enlazadas entre sí e incumben al concepto de Estado. Para advertir esto, dejemos de lado la crítica de Luxemburgo a la Revolución Rusa, que en definitiva no viene a cuento, y volvamos sobre las citadas experiencias de convivencia entre parlamento y consejos auspiciadas por otros socialdemócratas europeos a la salida de la guerra. Esta convivencia adoptó entonces la forma de una legalización de los consejos obreros a través de las nuevas constituciones republicanas y de leyes específicas (las Betriebsrätegesetzen) sancionadas en Alemania y Austria en 1919-20.
El resultado fue, como se sabe, la degradación de los consejos obreros a meros órganos consultivos encerrados dentro de las empresas, mientras afuera de las empresas los parlamentos seguían sancionando sus leyes. “La legalidad decía el joven Lukács (1919) mata a los consejos obreros”. Pero la clave aquí es advertir que lo se dirimió entonces bajo esta forma específica de una incorporación de los consejos obreros dentro de la legalidad burguesa fue una problema mucho más general: la inestabilidad de la dualidad de poderes.

Y así volvemos al comienzo. La emergencia de formas de autoorganización de masas y la tendencia de estas organizaciones a dualizar el poder del Estado resultan del desarrollo de los propios procesos revolucionarios. Esta dualidad de poderes es una situación inestable que tiende a resolverse en un sentido o en otro, es decir, en el sentido de la restauración del poder de Estado o de la destrucción del ese poder de Estado. Y tanto los casos alemán y austríaco (la restauración del poder del Estado capitalista bajo la forma de una república) como el propio caso ruso (la instauración de un nuevo poder de Estado por los bolcheviques) muestran que la restauración del poder de Estado es incompatible, y a muy corto plazo, con el desarrollo de esas formas de autoorganización de masas.
El propio Poulantzas reconoce que la combinación entre ambos aspectos de su estrategia es problemática y que puede conducir a “una oposición abierta entre los dos, con riesgo de eliminación de uno a favor del otro” (1978: 325) -como en el caso de Portugal. Pero, en la medida en que siga tratándose de una estrategia de transición hacia el socialismo, su viabilidad descansa sobre el supuesto de que dicha “oposición abierta” es una posibilidad y no una necesidad/39. El problema está en que la incompatibilidad entre la restauración del poder de Estado y el desarrollo de formas de autoorganización de masas está inscripta en la propia naturaleza del Estado capitalista.
También puede suceder, naturalmente, que las “formas de democracia directa de base” y los “focos autogestionarios” en cuestión no estén en condiciones de desafiar el poder del Estado y, en consecuencia, esa “oposición abierta” no exista -como en el caso de Francia. Esta parece una situación más acorde con la preocupación de Poulantzas por “los problemas a los cuales una estrategia de la Unión de la Izquierda se encuentra actualmente confrontada y que conciernen directamente a las transformaciones radicales de los aparatos del Estado que socialistas y comunistas deberán poner en marcha en el caso de su llegada al poder” (1976a: 76).
Sin embargo, en este caso, la vía democrática al socialismo parece quedar devaluada a un curso en el cual unos cuantos movimientos sociales presionan para que el gobierno, en manos de la Unión de la Izquierda, cumpla efectivamente con las reformas contempladas en su Programa Común (véase Jessop 1985: 300 y ss.). Y en este caso, como hubiera dicho la propia Luxemburgo, ya no estaríamos ante “una vía más tranquila, calma y lenta hacia el mismo objetivo”, sino ante “un objetivo diferente” (Luxemburgo 1899: 97).
Pero el punto importante aquí radica en que, en cualquier caso, la definición del Estado a partir del aparato de Estado, como una la relación de fuerzas entre clases y fracciones de clase materializada en ese aparato, opera como soporte de esta vía democrática al socialismo. Y el carácter capitalista del Estado, en esta estrategia, depende en definitiva de qué relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase se materializan en su aparato/40.
Pero las cosas resultan muy diferentes si el Estado es definido como forma de una relación social, como corresponde, y no a partir de las relaciones de fuerzas que se materializan en su aparato. En efecto, si es constitutiva del Estado capitalista en tanto forma, es decir, modo de existencia de las relaciones sociales capitalistas, la separación entre lo político y lo económico derivada de la separación entre los productores y los medios de producción, la existencia misma del Estado es incompatible con el desarrollo de formas de autoorganización de masas que tienden a impugnar, precisamente, esa separación entre lo económico y lo político.
No es casual en este sentido que, así como el carácter capitalista del Estado acaba dependiendo de las relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clase que se materializan en su aparato, la propia particularización de lo político en el Estado pierde su carácter específicamente capitalista/41. La dualidad de poderes rechazada por Poulantzas no es, en definitiva, sino la impugnación de esta particularización de lo político en el Estado capitalista.

Alberto Bonnet es miembro del Consejo de Redacción de la revista Cuadernos del Sur. Integrante de la Escuela de Economía Política de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, profesor en la Universidad de Quilmes. Marzo 2016

http://www.herramienta.com.ar/herramienta-web-18/el-concepto-de-estado-capitalista-en-el-pensamiento-de-poulantzas
Notas:
1/Agradezco a los participantes de la minuciosa discusión del borrador de este artículo que realizamos en el marco del Programa de Investigación: Acumulación, dominación y lucha de clases en la Argentina contemporánea, 1989-2011 de la Universidad Nacional de Quilmes.
2/ Nuestra propia crítica del concepto de Estado del Poulantzas, aunque aspira a ser una crítica interna, es deudora precisamente, como quedará en evidencia más adelante, de la perpectiva derivacionista (sobre esta perspectiva, menos conocida en nuestro medio que la estructuralista, puede consultarse: Bonnet, 2007).
3/ S. Kouvelakis: “Greece: phase one”, entrevista de S. Budgen publicada en Jacobin(www.jacobinmag.com/2015/01/phase-one/). Véase en este sentido Varela y Gutiérrez (2015).
4/ A. García Linera: “Estado, democracia y socialismo”, conferencia pronunciada en La Sorbona el 16/1/15 y publicada en Rebelión (www.rebelion.org/noticia.php?id=195607).
5/ Ténganse en cuenta el Coloquio Internacional realizado en La Sorbona (16-17/1/13) y las Jornadas Internacionales realizadas en la Universidad de Chile (2-4/10/13) y la Universidad de Buenos Aires (22-23/9/14).
6/ La distinción entre distintos períodos en la evolución del concepto de Estado de Poulantzas es controvertible. Adriano Codato (2008), por ejemplo, distingue tres períodos, considerando que los trabajos publicados entre esos dos libros justifican hablar de un período intermedio. Nosotros, en cambio, los consideraremos simplemente como trabajos de transición entre los conceptos de Estado expuestos en esos dos libros.
7/ Sus ensayos sobre el problema del derecho en la transición al socialismo (1964) y sobre los aportes de la Critique de la raison dialectique de Sartre a la filosofía del derecho (1965a) son representativos de esa adhesión al marxismo fenomenológico-existencialista. Acerca de la evolución del pensamiento de Poulantzas en su conjunto véase especialmente el estudio de Jessop (1985); aquí seguimos la síntesis que propusimos en Bonnet (2014).
8/ Véase en este sentido, especialmente, su extensa reseña del Pour Marx de Althusser publicada en Les Temps Modernes (Poulantzas 1966).
9/ Les clases sociales es menos relevante para nuestro análisis de la evolución del concepto de Estado de Poulantzas –pero no así para la evolución de su pensamiento político en términos más amplios porque, en realidad, Poulantzas nunca se interesó por las clases y fracciones de clase por sí mismas (de una manera, digamos, sociológica a secas), sino por las clases en su dimensión política (a la manera de una sociología política).
10/ Escribe Poulantzas: “la condensation matérielle d´un rapport de forces entre classes et fractions de classe, tel qu´il s´exprime, de façon spécifique toujours, au sein de l´État” (1978bis: 191). (Aquí emplearemos las versiones en español de sus escritos, pero las confrontaremos con las versiones originales en algunos casos.) Definiciones semejantes (aunque a veces con pérdida de alguna de sus dimensiones) se encuentran en otros pasajes. Entre otras: “condensación material y específica de una relación de fuerza, que es una relación de clase” (1978: 83); “condensación –desde el punto de vista de su naturaleza de clase- de una relación de fuerzas que es una relación de clase” (idem; 142); “condensación material de una relación de fuerzas” (idem: 163); “condensación de una relación de fuerzas, precisamente la de las luchas” (idem: 183); “condensación material de una relación de fuerzas entre las clases” (idem: 235); “condensación de una relación de fuerzas entre las diversas clases sociales” (idem: 316).
11/ Poulantzas mismo esboza este paralelismo entre el Estado y el capital en L´Etat… (1978: 154) y en otros textos. En su contribución al volumen colectivo sobre la crisis del Estado, por ejemplo, afirmaba que “el Estado capitalista no debe ser considerado como una entidad intrínseca sino, como por otra parte es el caso del `capital´, como una relación, más exactamente una condensación material (el Estado-aparato) de una relación de fuerzas entre las clases y las fracciones de clases tal como se expresan, siempre de manera específica (separación relativa del Estado y de la economía que da lugar a las instituciones propias del Estado capitalista), en el seno mismo del Estado” (1976: 54).
12/ Poulantzas se limita aquí a recordar su anterior empleo del concepto en PPCS, donde refería al “punto nodal en que se condensan las contradicciones de los diversos niveles de una formación social” (Poulantzas 1968: 39; véase sobre esto Bretthauer 2011). Quizás este último Poulantzas no quisiera seguir cargando con el marco estructuralista en el que se inscribía este concepto –recuérdese que en la interpretación lacaniana del psicoanálisis que había heredado de Althusser la condensación, como metáfora, remitía a una sustitución entre significantes dentro de una cadena y presuponía un inconsciente estructurado como lenguaje (véase Lacan 1966: 486). Y, en efecto, en el primer Poulantzas, debido a su posición dentro de la estructura, el Estado condensaba las contradicciones inherentes a las otras instancias de la estructura y esto le permitía desempeñar su función de cohesión del conjunto –ser, como decía Marx en su conocida carta a Annenkov de 1846, el “resumen oficial de la sociedad civil”.
13/ Esto sigue siendo cierto aunque Poulantzas se distancie de Althusser en algunos aspectos como, por ejemplo, la distinción entre aparatos ideológicos y represivos (1978: 28 y ss. y 205 y ss.).
14/ Poulantzas no aclara –y, como veremos más adelante, no es para nada clara‒ la diferencia entre su propia perspectiva y la perspectiva del institucionalismo que denuncia –y mientras tanto, su definición de institución como “système de normes ou règles socialement sancionné” (1968bis: 123 y 1970bis: 332) coincide en los hechos con la de Parsons (debo esta observación a Adrián Piva).
15/ Poulantzas advierte en este sentido que, aunque las relaciones de poder sólo pueden existir materializadas en aparatos, no todas las relaciones de poder son de clase (p. ej., las de género) y no todas las relaciones de poder de clase son estatales (p. ej., el despotismo patronal) (1978: 47).
16/ “L’existence matérielle de l’idéologie dans un appareil et ses pratiques ne possède pas la même modalité que l’existence matérielle d’un pavé ou d’un fusil. Mais, quitte à nous faire traiter de néo-aristotélicien (signalons que Marx portait une très haute estime à Aristote), nous dirons que « la matière se dit en plusieurs sens » ou plutôt qu’elle existe sous différentes modalités, toutes enracinées en dernière instance dans la matière « physique »” (Althusser 1976: 118-19) .
17/ Agreguemos, sin embargo, que, como en otros aspectos de su pensamiento, Althusser volvió autocríticamente sobre el concepto de materialismo en sus últimos escritos (véase en particular Althusser 1982).
18/ Antes de PPCS Poulantzas ya había abordado esta problemática de la separación entre lo económico y lo político, pero en textos transicionales como el citado ensayo sobre hegemonía, en los cuales todavía la presentaba valiéndose del par hegeliano y gramsciano de Estado – sociedad civil (véase Poulantzas 1965b).
19/ Esto dejando de lado dos aristas problemáticas de este razonamiento: en primer lugar, cabría preguntarse si la propiedad sobre la propia fuerza de trabajo que permite su venta, cualquiera sea el carácter colectivo que adquiera su consumo en los procesos de producción, no constituye ya un mecanismo individualizador que ya es inherente a esa separación entre productor y medios de producción referida por Poulantzas; en segundo lugar, si se radicaliza la correcta distancia que parece adoptar Poulantzas respecto de la idea marxiana de una “mixité” entre lo económico y lo político en el feudalismo, puede conducir a cuestionar asimismo la concepción althusseriana de los modos de producción como diferentes articulaciones de instancias transhistóricas. Pero estas dos cuestiones son externas a nuestro argumento.
20/ Estrictamente hablando, ni siquiera el propio hecho de que lo político, así particularizado, asuma la forma de Estado se sigue necesariamente de la separación entre lo económico y lo político. La forma Estado no se deriva inmediatamente de la separación entre lo económico y lo político, en términos lógicos, ni lo político coincide ni coincidió nunca sin más con el Estado, en términos históricos (véase Bonnet 2015).
21/ Incomprensión que se extiende también al pensamiento de quien, ya en los años treinta, había planteado de manera correcta la pregunta por la forma Estado, es decir, a Evgeny Pashukanis (véase Poulantzas 1964: 14 y ss.; 1967b: 109 y ss,.; 1978: 54 y ss. ).
22/ Esta misma respuesta y no casualmente vale para la crítica del debate de la derivación del Estado de Laclau (1981), como correctamente señalaron Alvater y Hoffmann (1990) en su retrospectiva sobre dicho debate.
23/ Es por esta razón que cohesión entre niveles de la estructura y cohesión entre clases entre “cohésion des niveaux d´une formation sociale” (1968bis: 43) y “cohésion d´une formation divisée en classes” (1968bis: 54) aparecían en realidad, dentro de dicho marco estructuralista, como dos caras de una misma moneda.
24/ Sería interesante, aunque también escapa a los límites de este trabajo, indagar hasta qué punto esta trayectoria del concepto de Estado de Poulantzas no es sino un caso más de la trayectoria de tantos otros conceptos de tantos otros intelectuales que transitaron este pasaje desde el determinismo estructuralista a la indeterminación postestructuralista que parecía estar transitando Poulantzas en sus últimos escritos.
25/ También objeta a Althusser que ignore la función económica del Estado y reduzca el Estado a sus funciones represiva e ideológica (1970: 358, nota) y que no tenga en cuenta el aparato económico (idem: 359, nota). Estas críticas son menos relevantes para nuestra argumentación, pero las mencionamos porque en todos los casos Poulantzas parece criticar su propio enfoque previo a través de la crítica a Althusser. Este, por su parte, en el postfacio de su ensayo sobre los aparatos ideológicos de Estado, ya reconoce el carácter “abstracto” de su concepción en la medida en que la reproducción se realiza a través de la lucha de clases y, por consiguiente de ideologías antagónicas (Althusser 1970: 139-41).
26/ Véase también, complementariamente, el análisis de las relaciones entre el fascismo y las distintas clases y fracciones de clases de Poulantzas (1976d).
27/ Aquí vamos a concentrarnos en CD, pero es importante advertir que el interés de Poulantzas por estas dictaduras y, en particular, por la griega, ya se había expresado en escritos anteriores. De hecho Poulantzas ingresó en el llamado Partido Comunista del Interior (el KKE-I), de orientación eurocomunista, cuando se escindió en 1968, es decir, un año después del golpe de Papadopoulos, y desde entonces se mantuvo vinculado con las disyuntivas políticas planteadas por la resistencia a la dictadura (véase 1979b). Y ya en un artículo muy temprano publicado en una revista griega (Poulantzas 1967c) había indicado las especificidades de la dictadura militar griega dentro de los regímenes de excepción en los mismos términos en que lo haría en sus análisis posteriores.
28/ En el primer ensayo reunido en Les classes sociales (1974; 36 y ss.) Poulantzas ya había analizado con mucho más detenimiento las consecuencias de la internacionalización del capital para la composición de las burguesías europeas.
29/ En su reseña de La crise des dictatures Bensaid observaba críticamente que la lucha de clases intervenía demasiado marginalmente en el análisis poulantziano. “D’abord, la lutte de classes y fait une entrée fort tardive, à la page 57 (sur les 137 que compte l’ouvrage). Au point que les luttes ouvrières apparaissent comme un effet second des contradictions interbourgeoises, comme la tentative de saisir une opportunité offerte. Et non comme le premier résultat du développement économique, développement profondément inégal, qui bouleverse les rapports sociaux, au point que les différenciations au sein de la bourgeoisie sont souvent plus des différenciations politiques face au mouvement ouvrier que des affrontements d’intérêts économiques (intérieurs contre compradores)”. Esto puede tomarse como un caso puntual de una objeción más general de fraccionalismo contra Poulantzas. Sin embargo, Poulantzas evita en alguna medida este fraccionalismo (que, dentro de su marco teórico, no es sino un corolario del citado sociologicismo) mediante esta interesante idea de determinación de los conflictos interburgueses por la lucha de clases en la crisis de las dictaduras (véase sobre este punto Bonnet 2012).
30/ El caso del franquismo plantea algunos problemas dentro del análisis de Poulantzas (quien ya lo había reconocido: “[e]l caso español, por ejemplo, difiere en la medida en que se presenta como una forma concreta combinada de fascismo y de dictadura militar, con predominio de esta última”; 1970: 424). Tanto en el mencionado caso del fascismo como en este de las dictaduras Poulantzas consideraba que el ascenso y la caída de los regímenes de excepción son mediados por grandes crisis institucionales. Esto lo condujo a un pronóstico acertado para los casos de las dictaduras portuguesa y griega, aunque erróneo para la española. Este error en sí mismo reviste una importancia menor, pero quizás sea indicador de algo más importante. En el postfacio a la segunda edición francesa de La crise des dictatures (Poulantzas 1976) reconocía que había subestimado el apoyo social al franquismo –aunque insiste en su pronóstico de una transición crítica‒. Y quizás haya un vínculo entre ambos factores, a saber, entre este apoyo social y la posibilidad de una transición democrática sin crisis institucional. La experiencia de la caída del pinochetismo parece semejante. Además el franquismo, más cercano a los regímenes fascistas, se diferencia de ellos en que no había ascendido al poder una vez que la clase trabajadora ya había sido derrotada como señala Poulantzas (1970), con razón, que sucedió en Alemania e Italia sino como emergente inmediato de esa derrota. También en este sentido la experiencia del pinochetismo es semejante. Y también en este sentido quizás haya un vínculo entre aquel persistente apoyo social y el proceso revolucionario en el que se alcanzó: el franquismo fue una expresión más inmediata del bando triunfador.
31/ La definición del Estado dentro de la teoría en cuestión seguía siendo, naturalmente, la del primer Poulantzas: “el factor de cohesión de una formación social y el factor de reproducción de las condiciones de producción de un sistema que, por su parte, determina la dominación de una clase sobre las demás” (1969: 82); “la instancia que mantiene la cohesión de una formación social y que reproduce las condiciones de producción de un sistema social mediante el mantenimiento de la dominación de clase” (ídem: 88).
32/ Por lo demás, este no es sino uno más de los puntos ciegos del célebre debate entre Miliband y Poulantzas (véase en este sentido Thwaites Rey 2007a).
33/ Esta emancipación de sus conceptos de menor grado de abstracción respecto de su original marco de referencia estructuralista quizás sea la condición de posibilidad para que su teoría del Estado “se reconcilie con un análisis de la forma Estado basado en la crítica de la economía política de Marx” (Hirsch y Kannankulam 2011: 57). Pero este es un problema muy complejo, que no podemos abordar en estas páginas.
34/ Esto es particularmente notorio en la privilegiada exterioridad de la que goza el partido de vanguardia respecto de los aparatos de Estado: “no pueden finalmente `escapar´ al sistema de los aparatos ideológicos de Estado más que las organizaciones revolucionarias y de lucha de clases. Este problema depende de la teoría marxista-leninista de la organización…” (1970: 365).
35/ Recordemos que todos escritos estrictamente estructuralistas de Poulantzas, incluído PPCS, son anteriores al mayo del 68 y que el propio Poulantzas posterior advertirá esto a menudo como una manera de tomar distancia respecto de ellos. Por ejemplo: “el desarrollo de los conflictos de clases en Europa desde 1968 no ha dejado de tener influencia en mis cambios de posición” (1976c: 161).
36/ En este sentido, naturalmente, la deriva política de Poulantzas acompañó el viraje de los partidos comunistas europeos hacía el eurocomunismo que, en el caso del PCF, inauguró el abandono de la dictadura del proletariado en su XXII Congreso de febrero de 1976. Recuérdese, en particular el debate sobre la denominada crisis del marxismo que mantuvo Poulantzas con los propios Althusser y Balibar, entre otros, en la segunda mitad de los setenta (véase Poulantzas 1979a y, para una reseña del debate, Motta 2014).
37/ Esta conclusión ya había sido publicada por separado por la New Left Review (“Towards a democratic socialism”, en NLR 109, mayo-junio de 1978) y alrededor de ella Poulantzas había organizado una discusión política en el seno de la revista, según informa Michel Löwy (2014), quien había sido asistente de Poulantzas durante años en París 8 – Vincennes.
38/ Véase, por ejemplo, Adler (1972). En este sentido, existe alguna semejanza entre la estrategia propuesta por Poulantzas y la propuesta por algunos dirigentes del ala izquierda del Partido Socialdemócrata Obrero (el SDAP) austríaco a la salida de la Primera Guerra; sin embargo, inexorablemente, esta última revestía en aquel escenario de revolución democrática que enfrentaban los socialistas austríacos y alemanes (y con más razón los rusos) de comienzos de siglo un carácter muy diferente del que podía revestir en la democracia burguesa francesa o italiana de los años setenta.
39/ Sobre este punto, véase la conocida entrevista de Henri Weber a Poulantzas (1977) y la reseña de EPS de Daniel Bensaid (1979).
40/ Poulantzas nunca afirma esto con semejante crudeza pero (como señala correctamente Javier Waiman 2015), Bob Jessop, su discípulo, extrae esta consecuencia de su definición tardía del Estado: “el carácter de clase del Estado depende de sus implicancias para las estrategias: no está inscripto como tal en la forma Estado” (1991: 269; advirtamos que Jessop asimila forma y aparato). “El poder estatal es la condensación material de un equilibrio variable de fuerzas políticas y sociales o de fuerzas ligadas al campo político. En otras palabras, es una relación social que se reproduce en y a través de la interacción entre la forma institucional del Estado (que le da su materialidad específica) y las fuerzas cambiantes que dan forma al ejercicio del poder estatal, tanto en el interior como desde el exterior del aparato de Estado. El Estado presenta necesariamente un carácter de clase porque sus instituciones, sus capacidades y sus recursos son más accesibles a ciertas fuerzas políticas y más fáciles de orientar hacia ciertos fines que hacia otros” (Jessop 2013: 374).
41/ Poulantzas sólo deja planteado este problema: “es claro que, en la medida en que hablamos de democracia representativa, la separación relativa entre las esferas pública y privada aún siga existiendo. Esto nos conduce al problema más complejo de que la separación relativa del Estado no sea simplemente una cuestión sólo vinculada con las relaciones de producción capitalistas” (1979b: 400). Pero aquí también sus discípulos tienen la última palabra: “la tesis marxista de la ‘extinción del Estado’ reposa sobre la idea de que el Estado es un instrumento de dominación y que la superación del capitalismo conducirá a término a la obsolescencia de este instrumento. Si en cambio, como piensa Poulantzas, el Estado capitalista ha sido en parte formado por luchas populares, la necesidad de su extinción en la transición hacia el socialismo de vuelve mucho menos evidente” (Keucheyan 2013: 19).
Referencias
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Neoliberales en América Latina

Neoliberales en América Latina: Ortodoxos y convencionales (2014)
Claudio Katz

RESUMEN

En América Latina el neoliberalismo comenzó antes y ha enfrentado mayores resistencias. Es una práctica reaccionaria, un pensamiento conservador y un modelo de acumulación basado en agresiones a los trabajadores, en un marco de mayor internacionalización del capital.

Hubo una etapa inicial del ajuste y otra fase posterior de privatizaciones durante las dictaduras y las transiciones posteriores. La aplicación del esquema neoclásico acentuó los desequilibrios financieros, cambiarios y productivos tradicionales y repitió los socorros estatales a los capitalistas a costa del erario público.

A diferencia de otras regiones, el neoliberalismo latinoamericano quedó afectado por el impacto de las sublevaciones populares. Mantiene el programa derechista, pero redujo su triunfalismo, atenuó sus ambiciones y acepta cierta intervención estatal. Puede ser visto como etapa del capitalismo, estrategia de libre-comercio, política económica o gobierno derechista. Para definir si se encuentra a la ofensiva o en repliegue hay que distinguir esas cuatro acepciones.

El librecambismo postula una imaginaria inserción natural en el mercado mundial y reproduce el subdesarrollo que genera la exportación primaria. Las brechas internacionales de productividad desmienten las fantasías de convergencia entre economías avanzadas y periféricas.

El neoliberalismo hereda viejas teorías de inferioridad de los nativos, atraso cultural hispanoamericano y supremacía de Occidente. Retoma los mitos positivistas de la modernización basados en la copia del capitalismo avanzado. Despotrica contra la injerencia estatal, ocultando los beneficios que obtienen los capitalistas y no explica la continuidad de esa intervención al cabo de tantos gobiernos pro-mercado. Es absurda su presentación de la informalidad laboral como una resurrección de la competencia empresaria.

Como creencia, programa o cosmovisión el neoliberalismo es la principal ideología actual de las clases dominantes. No ha sido internalizada por los oprimidos.
¿Cuáles son las peculiaridades del neoliberalismo en América Latina? ¿Alcanzó mayor penetración que en los países centrales? ¿Registra un declive superior al resto del mundo?

Es sabido que esta modalidad reaccionaria fue introducida en la región con cierta antelación. Las dictaduras del Cono Sur anticiparon en los años 70 la oleada derechista, que posteriormente se afianzó en el grueso del planeta. Pero Latinoamérica ha sido también el epicentro de grandes resistencias populares, que propinaron significativas derrotas a ese aluvión conservador. Una revisión de la trayectoria e ideología del neoliberalismo permite explicar muchas especificidades de la región.
CARACTERIZACIONES GENERALES
Las primeras discusiones internacionales sobre el neoliberalismo destacaron las raíces teóricas de esta corriente en el pensamiento económico neoclásico. También explicaron su aparición por el agotamiento del crecimiento keynesiano de pos-guerra y resaltaron sus objetivos políticos regresivos. El neoliberalismo fue definido en los años 80, como una ofensiva del capital sobre el trabajo para recomponer la tasa de ganancia. [1]
En la década siguiente se constató la hegemonía ideológica mundial alcanzada por esta vertiente. A pesar de los magros resultados económicos logrados durante ese decenio, la derecha se reforzó aprovechando el debilitamiento de los sindicatos y el desasosiego creado por la fractura social. El neoliberalismo expandió su influencia e implementó una drástica reconversión de la economía.
La expectativa en un rápido declive de esta corriente fue disipada por la implosión de la URSS y la crisis del horizonte socialista. Las tendencias conservadoras obtuvieron un impulso adicional con la anexión de Alemania Oriental, el amoldamiento de la Unión Europea a la globalización y la demolición del Estado de bienestar. [2]
La crisis económica iniciada en el 2008 abrió grandes interrogantes sobre la continuidad del modelo privatista. Esta convulsión superó las conmociones financieras precedentes e ilustró la magnitud de los desequilibrios creados por el neoliberalismo. Pero la preeminencia de este ciclo se mantuvo. [3]
Su persistencia se ha verificado en todos los acontecimientos de la coyuntura 2008-2014. La etapa que comenzó con el thatcherismo transformó el funcionamiento del capitalismo mediante privatizaciones, aperturas comerciales y flexibilizaciones laborales. Este esquema intensificó la competencia global por aumentos de la productividad desgajados del salario, que amplifican todas las tensiones de la producción, el consumo y las finanzas.
En los últimos años este modelo profundizó los atropellos contra los trabajadores en contextos recesivos que potencian el temor a la miseria. La desigualdad social alcanzó niveles sin precedentes, la pobreza se expandió en las economías centrales y la precarización laboral se masificó en todo el planeta.
El neoliberalismo converge con la internacionalización de la economía. La fragmentación mundial de los procesos de fabricación, el desplazamiento de la industria hacia al Oriente consolidan la primacía de las empresas transnacionales. Las grandes firmas utilizan las normas del libre-comercio y los bajos aranceles para desenvolver intercambios entre sus filiales. Estos movimientos apuntalan, además, la globalización financiera y el vertiginoso flujo de capitales entre los distintos países.
Las transformaciones neoliberales han generado un modelo que opera con parámetros muy distintos al keynesiano de posguerra. Ese esquema desencadena crisis muy específicas, que ya no irrumpen como arrastres de viejos desequilibrios de los años 70. Al cabo de tres décadas de reorganización capitalista se han creado nuevas contradicciones en múltiples esferas.
El neoliberalismo contrajo los ingresos populares, afectó la capacidad de consumo, incrementó la sobreproducción de mercancías y agravó varias modalidades de sobre-acumulación de capital. Acentuó, además, un deterioro del medio ambiente que amenaza desatar inéditos desastres ecológicos.
En el plano geopolítico este curso ha precipitado un rediseño de fronteras que contrasta con el congelado mapa de la guerra fría. Ya transitó por fases diferenciadas de bipolaridad, unipolaridad y multipolaridad en las relaciones que mantienen las grandes potencias. Pero todos los conflictos entre las clases dominantes se procesan en un nuevo marco de negocios globalizados.
El neoliberalismo perdura por el retroceso que impuso a los trabajadores. Se sostiene en el cansancio político que genera la alternancia de conservadores y socialdemócratas en la administración del mismo modelo. Todo indica que la reversión de esta etapa exigirá grandes victorias populares impuestas desde abajo. [4]
JUSTIFICACIONES Y PERÍODOS
A mitad de los años 70 el neoliberalismo latinoamericano anticipó todas las tendencias de los países desarrollados. Ese paradigma se forjó en Chile bajo Pinochet, con el asesoramiento económico ortodoxo de Hayek y Milton Friedman. Allí se experimentó la doctrina que posteriormente aplicaron otras dictaduras de la región.
Estos ensayos no se extinguieron con el fin de los gobiernos militares. El neoliberalismo fue convalidado por los regímenes constitucionales que sucedieron a las tiranías del Cono Sur. Esta continuidad afianzó las transformaciones estructurales introducidas por el modelo derechista.
La prioridad del neoliberalismo en la región fue desterrar la influencia alcanzada por la izquierda y el nacionalismo radical al calor de la revolución cubana. También arremetió contra la heterodoxia keynesiana de varios pensadores de la CEPAL.
Su cruzada contra las reformas sociales, la redistribución del ingreso y la defensa del patrimonio nacional signó todo el período de transición post-dictatorial. Con algunos cambios de formato fueron convalidadas las principales mutaciones regresivas impuestas por los militares.
En el plano económico el neoliberalismo latinoamericano atravesó por dos etapas diferenciadas. En los 80 prevalecieron las “reformas de primera generación” con prioridades de ajuste anti-inflacionario. En el decenio siguiente predominó el “Consenso de Washington” con transformaciones complementarias de apertura comercial, privatizaciones y flexibilización laboral.
En el primer período se introdujeron políticas de shock para recortar el gasto público social y elevar las tasas de interés. Estas medidas fueron justificadas con criterios neoclásicos de equilibrio, que realzaban la primacía del mercado en la asignación de los recursos. [5]
Estos postulados walrasianos fueron esgrimidos para exaltar el reinado de la oferta y la demanda y cuestionar la injerencia estatal. Todos los debates fueron encapsulados en conceptos neoliberales. Abundaron los estudios para mensurar el aporte de cada “factor” (tecnología, recursos naturales, capital humano) al crecimiento. Las evaluaciones de los procesos productivos fueron despojadas de sus fundamentos sociales y la enseñanza de economía quedó reducida a una indagación de relaciones funcionales entre variables inexplicadas. [6]
La ideología neoliberal incentivó esa fascinación con la formalización y el tratamiento de la economía como un sistema mecánico, sujeto a los ajustes aconsejados por los técnicos neoclásicos. Toda la tradición latinoamericana de estudios históricos-sociales quedó sepultada por el aluvión de especialistas llegados desde Washington y Chicago. El análisis de las contradicciones, desequilibrios o límites de la economía latinoamericana fue reemplazado por espejismos tecnocráticos.
En este clima se gestó la segunda fase neoliberal. Se afirmó que el saneamiento del escenario macroeconómico regional ya permitía abrir las compuertas de la eficiencia, desmantelando empresas estatales y eliminando protecciones arancelarias.
A partir de ese momento cobró más relevancia la vertiente austríaca de la teoría neoclásica. Las supersticiones en la mano invisible fueron complementadas con propuestas de darwinismo social competitivo. Se incentivó el remate de las propiedades del Estado y la apertura masiva a las importaciones. Con el pretexto de restaurar patrones de riesgo, esfuerzo y productividad se propició la reducción de los ingresos populares y el aumento de la desigualdad.
El establishment transformó estos principios en un libreto de toda la sociedad. El mismo relato fue expuesto por los gobernantes, transmitido en las escuelas, enaltecido en las universidad y popularizado por los medios de comunicación. La organización ultra-liberal Mont Pelerin Society y sus Centros de Estudios de la Libertad (CDEL) introdujeron muchas ideas para esta contrarreforma.
CRISIS Y FRACASOS
Al comienzo del nuevo siglo irrumpió la crisis del neoliberalismo latinoamericano. Los desequilibrios generados por ese modelo salieron a flote en toda la región, junto a la creciente primacía del sector exportador en desmedro del desenvolvimiento interno. Aumentó la heterogeneidad estructural de la economía y se concentraron las actividades más rentables en un puñado de empresas. La capacidad del Estado para priorizar las decisiones de inversión quedó muy debilitada. [7]
Las dos etapas neoliberales de ajuste y apertura no sólo deterioraron los ingresos populares. También provocaron la desintegración de la vieja industria local gestada durante la sustitución de importaciones. Se acentuó la vulnerabilidad de todas las economías ante la descontrolada afluencia o salida de capitales externos. También se intensificó la dependencia del vaivén internacional de los precios de las materias primas.
Las economías latinoamericanas volvieron a soportar la carencia estructural de divisas. No pudieron respaldar las reservas, ni mantener bajo control el tipo de cambio, la tasa de interés o el nivel de inflación. Cuando estos desequilibrios emergieron, los ministros pro-mercado abandonaron sus doctrinas y recurrieron al mismo endeudamiento que caracterizó a sus antecesores.
Todas las prédicas de ortodoxia fiscal, cuidado monetario y prudencia en la expansión de la deuda pública fueron archivadas. Se optó por el costoso crédito externo para lidiar con las asfixias generadas por el propio modelo. En muy poco tiempo los mitos del rigor neoliberal en el gerenciamiento del Estado quedaron desmentidos. Esta política desembocó en la misma asfixia de pagos que ha jaqueado repetidamente a la región. [8]
Varios años de privatizaciones y flexibilidad laboral recrearon las crisis financieras, los quebrantos fiscales, las fugas de capital y los colapsos cambiario-monetarios del pasado. El desplome de la Argentina en 2001 fue la expresión más dramática de esta repetición de viejas convulsiones.
El neoliberalismo mantuvo un bajo nivel de actividad económica. La ilusión en un repentino despegue por el simple efecto de políticas conservadoras quedó desmentida. El recorte de los salarios y del gasto social no incentivó la inversión. Tampoco las privatizaciones encendieron la mecha del crecimiento.
En todo el período estuvo ausente el esperado derrame de bienestar desde los acaudalados hacia el resto de la población. Sólo resurgieron los breves ciclos de mayor consumo de la clase media. Fue muy visible el acaparamiento de ingresos de los poderosos a costa de los trabajadores.
El balance del neoliberalismo es contundente en los propios términos de ese esquema. Pretendía revertir el bajo crecimiento y mantuvo un reducido nivel de expansión de la economía. Esperaba eliminar las crisis financiero-cambiarias y agravó esos desmoronamientos. Prometía erigir una plataforma duradera de inversión y acentuó la distancia de la región con los países que incrementaron su desarrollo.
Los intentos de remontar estos fallidos con alguna dosis de la misma medicina terminaron precipitando las crisis mayúsculas de principio de siglo XXI. Estas convulsiones confirmaron que las clases dominantes atropellaron las conquistas populares, sin convertir esos éxitos capitalistas en procesos sostenidos de acumulación. [9]
Los propios impulsores del liberalismo extremo quedaron defraudados por un retroceso económico que deterioró la incidencia de América Latina en el mercado mundial. La cohesión política inicial del proyecto derechista se diluyó y el modelo afrontó su desafío más directo a partir de las sublevaciones populares de 1999-2005.
REBELIONES Y VIRAJES
El neoliberalismo latinoamericano fue socavado por levantamientos sociales parcialmente exitosos. Este resultado determinó la principal singularidad de este proyecto en la región. Las protestas pusieron un límite a la ofensiva del capital, especialmente luego de cuatro alzamientos victoriosos (Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela) que tumbaron a los artífices del ajuste.
Las rebeliones no alcanzaron la envergadura de las revoluciones del siglo XX, pero modificaron las relaciones de fuerza y forzaron concesiones sociales que contradicen el programa de Thatcher-Hayek. Estas conquistas erosionaron el plan de la reacción y generaron un escenario que diferencia a Sudamérica de otras zonas con predominio neoliberal continuado. [10]
En este nuevo marco la derecha ajustó su estrategia e introdujo una variante más moderada del mismo modelo. Este curso incluye discursos éticos, cierta intervención del Estado y alguna sintonía con la síntesis neoclásico-keynesiana de posguerra. [11]
La retórica que adoptó el Banco Mundial es muy representativa de este cambio. Los promotores del ajuste han edulcorado sus recetas y esgrimen una hipócrita preocupación por la pobreza. Reconocen las “fallas de mercado” y promueven alguna regulación del Estado parar corregir los excesos de la concurrencia. [12]
Los informes de los organismos internacionales ya no presentan la radicalidad neoclásica de los años 80 o 90. Reconocen las imperfecciones mercantiles y destacan la primacía de la acción estatal en ciertas áreas (medio ambiente, capital humano, infraestructura). Estos mensajes combinan el acervo ortodoxo con la intervención pública y proponen nuevos remedios para las rigideces de los precios y las trabas en la circulación de la información.
Este neoliberalismo más atenuado también remarca la importancia del asistencialismo. Acepta el gasto público para contener la explosión de pobreza, como un precio a pagar durante la transición en curso. Supone que esa erogación será pasajera y se extinguirá cuando el modelo genere más empleo. En los hechos registra el enorme impacto de grandes sublevaciones que atemorizaron a los capitalistas.
El neoliberalismo del siglo XXI ha morigerado su entusiasmo inicial con la globalización. Ya no transmite el espíritu triunfalista de “fin de la historia” que anunciaba Fukuyama, ni se vanagloria por las “victorias de Occidente”. Acepta la existencia de una mayor variedad de caminos al bienestar que la simple imitación de Estados Unidos o Europa.
También destaca la incidencia de los valores imperantes en Oriente que facilitaron los despegues de China y el Sudeste Asiático. Resalta la centralidad cultural de la comunicación global y subraya su novedosa influencia para incentivar el desenvolvimiento de la periferia.
El neoliberalismo actual ha incorporado además varias teorías de crecimiento endógeno, que realzan la necesidad de inversiones públicas para financiar los procesos de innovación. La tecnología ya no es vista como un bien público, neutral y exógeno, que puede ser absorbida por cualquier concurrente atento a la señales del mercado.
Pero ninguno de estos agregados, sutilezas o complementos ha modificado las conclusiones regresivas del neoliberalismo. Estos corolarios se mantienen tan invariables como las convocatorias a garantizar los negocios de los poderosos. La prioridad de políticas “amigables” hacia el capital mediante aperturas comerciales, privatizaciones y flexibilidad laboral no ha cambiado. El mismo recetario persiste con un nuevo envase de presentación.
VARIEDAD DE SENTIDOS
Al comienzo del siglo XXI el neoliberalismo perdió la homogeneidad que caracterizó a su debut. El término adoptó múltiples connotaciones y la definición previa de ofensiva del capital sobre el trabajo quedó referida a cuatro problemas específicos.
En primer lugar existe una interpretación de este fenómeno como nueva etapa del capitalismo. Esta acepción alude al período transcurrido desde los años los 80 hasta la actualidad a escala global. La peculiaridad de América Latina en esta fase ha sido su inserción internacional como proveedora de materias primas.
El neoliberalismo aporta la justificación de este modelo exportador con primacía agro-minera, pilares extractivistas, fabricación maquiladora y servicios transnacionalizados. Todos los gobiernos de la región comparten este patrón de reproducción primario-exportador.
Un segundo sentido del neoliberalismo reúne a los países que han optado por estrategias de libre-comercio. México lidera este pelotón desde la suscripción del NAFTA/TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) con Estados Unidos y Canadá hace 20 años. Su economía ha quedado moldeada por las consecuencias de un tratado que reforzó la integración del país a la potencia del Norte, como proveedor de petróleo y mano de obra barata.
Pero el ambicioso proyecto estadounidense de forjar un mercado hemisférico para las grandes empresas (Área de Libre Comercio de las Américas, ALCA) se frustró. Las resistencias populares, la disconformidad de ciertos sectores empresarios y el rechazo de los gobiernos más autónomos alineados con el MERCOSUR neutralizaron ese intentó en el 2005 (Cumbre de Mar del Plata).
Desde ese momento la promoción imperial de un gran tratado de libre comercio (TLC) ha quedado sustituida por convenios bilaterales suscriptos con los gobiernos más afines. Varios TLC se consolidaron, otros se demoraron y algunos quedaron bloqueados. Pero un enjambre de acuerdos ya enlaza a Estados Unidos con el grueso de la región centroamericana y con varios países del Sur (Chile, Colombia o Perú).
En los últimos años Obama retomó la ofensiva para introducir un convenio general de libre-comercio (Tratado del Pacífico), tendiente a gestar cierta triangulación mundial con Europa y Asia. También las firmas europeas impulsaron sus propias negociaciones e intentan erosionar el MERCOSUR forjando acuerdos unilaterales con Brasil. [13]
Las mismas tratativas de Europa con Ecuador apuntan a extender el sometimiento comercial que ya impera en Perú o Colombia. En el caso de Uruguay las negociaciones incluyen un drástico compromiso de apertura comercial y equiparación de los proveedores nacionales del Estado con sus competidores externos. [14]
Esta oleada de presiones no sólo recrea las rivalidades entre europeos, estadounidenses y chinos por el control de los recursos naturales de la región. El libre comercio es un mecanismo de la mundialización que promueven todas las potencias. Cuanto más elevado sea el número de convenios suscriptos por la región, mayor será su subordinación a un modelo que bloquea el desarrollo latinoamericano.
La tercera acepción del neoliberalismo alude a una política económica de ortodoxia monetaria, fiscal y cambiaria con variantes monetaristas y ofertistas. Pero la crisis global del 2008 ha generado importantes cambios en esta práctica. Muchos neoliberales olvidaron los principios de riesgo y competitividad y justifican los auxilios estatales a los bancos.
Esta adaptación pragmática al temblor financiero no presenta hasta el momento la magnitud observada en las economías centrales. La región no padeció desmoronamientos bancarios, ni explosiones de endeudamiento. Persiste el ascenso de los precios de las commodities (en forma atenuada) y también la afluencia de inversiones extranjeras.
Por esta razón se implementan políticas contra-cíclicas de gasto público e impulso al consumo. Los ministros neoliberales han recurrido a estas recetas con el mismo fervor que sus adversarios heterodoxos, especialmente en Chile, Colombia, México o Perú.
Ciertamente existe un tipo de política económica singular del neoliberalismo que se contrapone al patrón keynesiano. El signo determinante de esta orientación no es la gravitación del Estado, sino la jerarquía asignada a las privatizaciones, la apertura comercial y la flexibilización laboral. También se prioriza el gerenciamiento privado y las inversiones extranjeras como sustitutos del ahorro interno.
¿Cuáles son los intereses sociales favorecidos por esa política? Es evidente que beneficia a los capitalistas en desmedro de los trabajadores, pero no es tan nítido su apuntalamiento de sectores burgueses específicos. Algunos autores subrayan las ventajas obtenidas por los rentistas financieros y otros resaltan el sostén general de los grupos concentrados. [15]
Es evidente que el neoliberalismo mejoró inicialmente el perfil de los sectores financieros y afianzó posteriormente los negocios agro-mineros volcados a la exportación. Ha obstruido, en cambio, los procesos de acumulación de las fracciones industriales más dependientes del mercado interno.
EVALUACIONES COMBINADAS
El cuarto sentido del neoliberalismo es su dimensión política. En este plano se identifica con los gobiernos derechistas subordinados a Estados Unidos, que recurren a la represión para apalear la protesta popular. Es la estrategia elegida por el PAN y el PRI que ensangrentaron a México en una guerra social bajo la cobertura de “erradicar el narcotráfico”. También aquí se ubican los mandatarios de Colombia que acumulan un récord de persecuciones y asesinatos de luchadores sociales.
En ese mismo campo deben ser situados los presidentes de Perú que privilegian la respuesta represiva frente a las resistencias al extractivismo. Es la misma política que han seguido en Chile los líderes de la Concertación, manteniendo los pilares de la Constitución pinochetista. El uso de la fuerza es también un rasgo compartido por los presidentes privatistas de Centroamérica.
Todos estos gobiernos desarrollan agendas reaccionarias apuntaladas por los medios de comunicación. Priorizan especialmente la difusión de valores conservadores, para oponer a las clases medias con los sectores más empobrecidos.
Pero este neoliberalismo político ha perdido el empuje triunfalista que exhibía en los años 90. Sólo mantiene una gran capacidad para lanzar contraofensivas. En los últimos años recurrió al golpismo con disfraz institucional, para derrocar a un presidente tibiamente reformista en Paraguay y para tumbar un mandatario aliado del chavismo en Honduras.
La derecha igualmente fracasó en las acciones destituyentes para desplazar a los presidentes de Venezuela y Bolivia. Esta incapacidad para imponerse en los principales países en disputa ilustra los límites de la reacción. Habrá que ver cómo impacta el reciente afianzamiento electoral de la derecha en Colombia, el giro conservador de varios gobiernos de centroizquierda y el resultado de importantes elecciones en curso.
El rumbo estadounidense es el principal condicionante de cualquier acción significativa del neoliberalismo regional. La primera potencia mantiene su influencia en la zona desplegando fuerzas militares en Colombia. El margen de intervención directa de los marines ha quedado recortado, pero la función geopolítica de América Latina para el imperio no ha cambiado. En la nueva realidad de UNASUR y CELAC el imperio ensaya distintos caminos para restablecer su injerencia.
El neoliberalismo regional debe ser analizado evaluando esta variedad de procesos. Presenta cuatro dimensiones diferenciadas como etapa, estrategia de libre-comercio, política económica y gobiernos derechistas. Es muy importante distinguir esos niveles a la hora de establecer un balance.
A diferencia de otras regiones no hay respuesta simple para definir si el modelo derechista se encuentra a la ofensiva o en repliegue. Existen varios gobiernos en conflicto con este curso y se han obtenido triunfos populares que limitaron su predominio. Pero todas las administraciones actuales comparten el mismo patrón primario exportador de inserción en la mundialización neoliberal.
Un gobierno derechista se amolda por completo al rumbo neoliberal, otro de centroizquierda no se aviene fácilmente a ese sendero y los procesos radicales chocan con sus fundamentos. En un caso prevalece la sintonía, en otro la convivencia y en un tercero la contraposición.
Esta desincronización deriva en última instancia del impacto generado por rebeliones populares victoriosas, que limitaron el alcance regresivo del neoliberalismo sin sepultarlo. Introdujeron grandes transformaciones políticas que incidieron en forma muy limitada sobre la esfera económica. Por esta razón es erróneo suponer que América Latina ha ingresado en una fase “pos-liberal”. Ese giro supondría que toda la etapa de las últimas tres décadas ha quedado atrás y hasta ahora ese viraje no se consumó.
LIBRE-COMERCIO Y GLOBALIZACIÓN
Los neoliberales contemporáneos retoman la vieja caracterización del libre-comercio como llave maestra del desarrollo. Afirman que es la manera más directa de reducir la pobreza y la inequidad.
Pero olvidan que la implementación de este principio en América Latina desembocó en la primacía de exportaciones agro-mineras e importaciones industriales. Esa asimetría condujo al subdesarrollo y a la inserción dependiente en el mercado mundial.
Los defensores del libre-comercio ignoran esta trayectoria histórica. Olvidan que Inglaterra optó por esa estrategia cuando ya era dominante a escala mundial. Tampoco recuerdan que el comercio irrestricto fue evitado por Estados Unidos, Japón o Alemania en el debut de su desenvolvimiento industrial. Sólo aceptaron parcialmente esa orientación cuando lograron alta productividad en los sectores sujetos a la competencia global. [16]
Todas las economías desarrolladas impusieron normas de libre-comercio a la periferia para asegurar la colocación de sus exportaciones industriales. Lejos de constituir un instrumento de prosperidad para las naciones atrasadas, esa apertura introdujo obstáculos a la diversificación económica y al crecimiento de la periferia. América Latina padeció el fortalecimiento de las oligarquías rentistas y el bloqueo a la acumulación sostenida de capital.
Los neoliberales contemporáneos retoman las viejas críticas al proteccionismo, señalando que impide aprovechar las ventajas comparativas de cada país. Sitúan esas conveniencias en la agricultura o en la minería, como si América Latina cargara con un mandato divino de provisión de materias primas a los países desarrollados.
No registran el evidente beneficio que aportó ese status internacional a las economías ya industrializadas y la adversidad que impuso a las naciones periféricas. Mientras que el primer tipo de países pudo desenvolver intensos procesos de expansión fabril, el segundo grupo quedó relegado a un estadio básico de exportador primario.
Es absurdo suponer que cualquier economía puede mejorar su perfil, reforzando su colocación “natural” en la división internacional del trabajo. El desarrollo exige lo contrario: lidiar con la adversidad de los condicionamientos externos.
Ningún país latinoamericano puede convertirse espontáneamente en una economía avanzada, sin modificar la matriz histórica que obstruyó su desenvolvimiento productivo. Esa estructura genera transferencias de recursos hacia los países desarrollados y reproduce distintas modalidades del atraso. [17]
Las ingenuidades librecambistas perdieron influencia durante la segunda mitad del siglo pasado con la industrialización de México, Brasil y Argentina. Pero las limitaciones y fracasos de los modelos de sustitución de importaciones reavivaron las creencias previas en los beneficios de la apertura comercial.
Esas ilusiones han encontrado un nuevo techo. Los efectos devastadores de la desprotección padecida por América Latina en las últimas dos décadas afectaron seriamente la credibilidad de los mitos libre-cambistas. Salta a la vista cómo la disminución de las tarifas aduaneras desmorona a las industrias locales, frente al aluvión de importaciones fabricadas en el exterior.
Los neoliberales igualmente realzan los beneficios de la globalización. Afirman que la apertura de las fronteras para la circulación del capital favorecerá a las economías relegadas, al inducir una traslación de fondos desde los países con altas dotaciones de capital hacia las economías subdesarrolladas.
Pero si esa tendencia fuera tan dominante ya habría irrumpido en el pasado. La existencia de un mercado mundial no es una novedad del siglo XX. Arrastra varias centurias de experiencias que nunca derivaron en equilibrios de la acumulación.
TEORÍAS DE LA CONVERGENCIA
El desenvolvimiento capitalista no está regulado por sencillos movimientos de capitales excedentes hacia los países empobrecidos. Es pura ensoñación suponer que las empresas transfieren espontáneamente fondos de Suiza hacia el Congo o de Alemania hacia Ceylán, en escenarios de capitales sobrantes en un polo y faltantes en el otro.
El sistema se reproduce siguiendo otros patrones de rentabilidad determinados por múltiples factores. La localización del capital es definida por los costos, los mercados y las expectativas en el comportamiento de las monedas, las tarifas o los salarios.
La fantasía globalista supone que esa compleja estructura histórica del capitalismo ha quedado abruptamente disuelta por el afianzamiento de idearios neoclásicos. Transforman esos imaginarios en realidades normativas que nadie logra corroborar. [18]
Es cierto que la liquidez global fluye con más rapidez e intensidad que en el pasado, pero de la mano de empresas transnacionales que relocalizan su producción en ciertas regiones ya enlazadas con el capital global. Sólo en esas condiciones usufructúan de la baratura, el adiestramiento o el sometimiento de la fuerza de trabajo.
Pero tampoco esos movimientos equiparan los acervos nacionales de capital. Generan fracturas y polarizaciones que segmentan al capitalismo en un nuevo orden de perdedores y ganadores, con centros, semiperiferias y periferias.
El esquema de las ventajas comparativas desconoce la existencia de obstáculos elementales al logro de equilibrios mundiales. Ignora la nueva secuencia de polaridades que caracteriza a cualquier reorganización del mercado global. Un hipotético curso de aproximación de África Sub-sahariana con Europa del Norte o de Centroamérica con Estados Unidos generaría fracturas de mayor alcance que las brechas a reducir. Estos desniveles serían propios de la acumulación y obstruirían los empalmes que imagina la teoría neoclásica.
El librecambismo neoliberal promueve políticas reaccionarias con supuestos banales. Reivindica la desigualdad social, celebra la mercantilización de la acción humana, glorifica el consumismo e incentiva un ejercicio despiadado de la competencia individualista.
También afirma que la revolución de las comunicaciones achicó el planeta, facilitando la concreción del ideal neoclásico de un mercado perfecto. Supone que una vez reducidas las barreras interpuestas por los estados nacionales, nada impedirá la plena circulación del capital, la transparencia total y la asignación óptima de los recursos a escala mundial.
En estas condiciones el libre-comercio aseguraría el desarrollo, al erradicar las trabas que en el pasado obstruyeron la movilidad del capital y del trabajo. Los economistas más ortodoxos (Barro, Sala i Martin, Williamson) y sus instituciones (FMI, Banco Mundial) recurren a esa teoría de la convergencia global, para justificar su promoción de políticas de apertura.
Pero esas afirmaciones no aportan ninguna novedad al conocido libreto de los rendimientos decrecientes en el centro, que deberían incentivar el despegue de la periferia. En esta hipótesis de convergencias entre economías atrasadas y adelantadas se inspiraron todas las teorías metropolitanas del desarrollo. [19]
Durante décadas los neoclásicos ensayaron una “econometría de la convergencia”, para intentar corroborar el achicamiento de las brechas estructurales entre el centro y la periferia. Pero con gran frecuencia esos estudios confundieron movimientos financieros coyunturales con tendencias de largo plazo.
Además, construyeron modelos muy arbitrarios, atribuyendo el secreto del empalme global al comportamiento virtuoso de cierto factor (educación, tecnología, gestión). Aislaban ese elemento de la dinámica general de la acumulación buscando demostrar la preeminencia de tendencias hacia la equivalencia global. Pero estos procesos sólo se verificaban en la nebulosa de un razonamiento abstracto.
Frente a las inconsistencias de ese procedimiento algunos teóricos neoclásicos optaron por introducir una tesis sustituta de “convergencia condicional”. Postularon únicamente el empalme entre países con parámetros tecnológicos, institucionales o legales similares.
Pero con esta enmienda diluyeron los interrogantes a dilucidar. Ya no se supo quién converge y cuál sería la explicación de ese proceso. Al introducir una restricción más acotada abandonaron de hecho el presupuesto previo. Recurrieron a una hipótesis de “segundo mejor”, para exponer tautologías de convergencias entre economías que ya empalmaban previamente. [20]
RAÍCES IDEOLÓGICAS REGIONALES
El pensamiento neoliberal contemporáneo combina fundamentos económicos neoclásicos con actualizaciones de la historiografía liberal. Esta concepción nutrió la ideología de las clases dominantes latinoamericanas desde la Independencia hasta la crisis de 1930. Recreó los mitos del colonialismo y retomó todos los supuestos de superioridad del colonizador europeo sobre los indígenas y los esclavos.
Las versiones más básicas de esa teoría repitieron los prejuicios iniciales propagados por los conquistadores de América. Esos enfoques concebían al nuevo continente como una región estructuralmente atrasada por la gravitación de imperativos climáticos adversos. Suponían que esos condicionamientos impedían a los nativos desenvolver la agricultura y el comercio. Por eso postulaban superar la barbarie regional con un padrinazgo externo.
Durante tres siglos esta concepción difundió creencias de supremacía occidental. Divulgó la imagen de un nuevo continente dotado de excepcionales riquezas y pobladores incapacitados para aprovecharlas. Europa quedó identificada con la introducción de la civilización en un continente previamente divorciado de la historia humana.
Con estas ideas colonialistas se justificó la explotación impuesta a los pueblos originarios. El indio era sinónimo de salvajismo y su evangelización era presentada como un correctivo de ese primitivismo. Esa redención incluía el trabajo servil en las minas y en todas las haciendas creadas a partir de la usurpación de las tierras comunales.
Estos mismos preceptos fueron utilizados para introducir esclavos africanos en las regiones con poblaciones originarias diezmadas. La brutalidad de estas prácticas era maquillada con mensajes de padrinazgo tutelar sobre las razas inferiores. [21]
El pensamiento radical del siglo XIX confrontó con estas teorías de glorificación colonial. Pero el liberalismo conservador de las oligarquías criollas retomó todos los diagnósticos de incapacidad de los nativos. Estos principios fueron utilizados por los terratenientes y comerciantes locales para afianzar su dominación. Con esos pilares gestaron naciones formalmente soberanas y económicamente dependientes del capitalismo británico.
La derrota de las corrientes democrático-radicales al concluir las guerras de la Independencia facilitó la consolidación de los prejuicios euro-centristas Aparecieron nuevas explicaciones que atribuían el subdesarrollo no sólo a la gravitación previa de culturas indígenas. También fue impugnado el débil liberalismo de la tradición española.
En ese contexto el desprecio por al retraso indígena fue combinado con cuestionamientos al proteccionismo hispánico. La fascinación por la cultura inglesa (y francesa) condujo al repudio de lo identitario y al rechazo de la propia singularidad mestiza de la región. [22]
La idealización del Viejo Continente se reforzó en todos los planos. Europa fue identificada con la racionalidad y el desarrollo de la ciencia. Con este bagaje de creencias se promovió la incorporación de los países latinoamericanos a un desenvolvimiento guiado por la locomotora europea. Estos mismos principios alimentaron la ideología positivista de la modernización.
El liberalismo se amoldó a las necesidades de las oligarquías agro-mineras. Justificó el incremento de sus fortunas y la instrumentación de un esquema de exportación de materias primas, a cambio de manufacturas provistas por la industria británica.
Las teorías librecambistas convalidaron el ahogo de la estructura productiva local y facilitaron la apropiación oligárquica de las rentas de la región. Fueron ideas muy persistentes hasta las primeras décadas del siglo XX. Presentaban los intereses de las minorías privilegiadas como conveniencias comunes de toda la sociedad latinoamericana.
Estas miradas perdieron influencia a partir de la Gran Depresión, pero resurgieron en los años 50-60 a través de nuevas teorías del desarrollo. La fascinación con el ejemplo europeo fue sucedida por el deslumbramiento con el modelo norteamericano. Mediante grandilocuentes llamados a la modernización se convocó a sustituir los patrones rutinarios de conducta por nuevos valores de riesgo, inversión y competencia. Se afirmó que ese cambio de costumbres encarrilaría a Latinoamérica por la senda del desarrollo. [23]
El salto de la pobreza hacia el bienestar, el consumo en gran escala y el trabajo especializado solamente requería insertar a la región en el despegue modernizador. El teórico estadounidense Rostow aportó los fundamentos de este guión. Utilizó también ese mensaje para contener la amenaza revolucionaria. El nuevo programa era motorizado por asesores del Departamento de Estado que intervenían activamente en la guerra fría y difundían sus concepciones como antídotos del comunismo. [24]
CONTRADICCIONES DE TODO TIPO
Desde los años 70-80 el neoliberalismo latinoamericano amalgamó viejas tradiciones de elitismo regional con un proyecto de ofensiva thatcherista. La hostilidad al estatismo (pre-colombino, colonial, pos-independentista o nacionalista) reapareció con nuevos discursos de demonización del Estado.
La crítica al intervencionismo hispánico y a la idiosincrasia pasiva de los pueblos originarios se transformó en objeciones a la ausencia de competencia, en sociedades subordinadas al despotismo de los funcionarios. Resurgieron los cuestionamientos al agobio que impone la burocracia a la vida de los ciudadanos.
Estos mensajes resumen el libreto neoliberal contemporáneo. Despotrican contra el Estado omnipresente, que impide desenvolver los negocios creados por los individuos. Convocan a eliminar esa opresión estimulando a las personas a valerse por sí mismas, con el mismo ingenio e individualismo que florecen en los países exitosos.
Pero esta visión omite que el Estado no es tan adverso a los capitalistas. Solventa activamente el enriquecimiento de los poderosos y convalida el desamparo de los desprotegidos. Nunca abandona a los dominadores a su propia suerte, ni asegura la subsistencia de los desamparados.
Los neoliberales atribuyen el atraso latinoamericano a ciertas estructuras culturales internas. Explican siglos de estancamiento regional y resignación frente al paternalismo estatal por la ausencia de un talante competitivo anglosajón.
Pero olvidan mencionar que el liberalismo fue la ideología constitutiva de las naciones latinoamericanas y que sus parámetros definieron el modelo agro-exportador prevaleciente desde mediados del siglo XIX. Al atribuir la falta de progreso a la inferioridad cultural de la zona, no explican cómo persistió esa tara en sociedades regidas por principios liberales. Suponen que las elites encarnaron ese espíritu mercantil frente a mayorías populares afectadas por el atontamiento estatista.
La versión actual de esa mirada aristocrática se concentra en la crítica al virus del populismo. La influencia de esta enfermedad es explicada por la conducta facilista que adoptan los funcionarios, para asegurarse el sostén de sus clientelas electorales. Imponen una dependencia de los votantes hacia el estado que frustra la preeminencia del mercado y recrea el estancamiento.
Pero también aquí omiten recordar a los grupos capitalistas beneficiados por este tipo de administración. En ese ocultamiento se fundamenta el hipócrita palabrerío que despliegan contra el gigantismo estatal. Proponen erradicar esa atrofia mediante la instalación de un “Estado mínimo”, que se desenvolvería mejorando la eficiencia del gasto y la eficacia de los funcionarios. [25]
Este mensaje suele olvidar que el neoliberalismo ya arrastra varias décadas de administración estatal y que en ningún lado ha logrado alcanzar esa meta de eficacia. A veces justifican este fracaso afirmando que la mayoría de las experiencias gubernamentales “no han sido genuinamente liberales”. Contrastan lo vivido con un ideal de pureza mercantil-competitiva que no existe en ninguna parte del mundo.
Pero lo más curioso de ese argumento es su complementaria impugnación del socialismo. Afirman que este proyecto es una “utopía irrealizable” cuando su propio modelo navega en la fantasía.
El neoliberalismo actual retoma también la teoría de la modernización como explicación de las dificultades afrontadas por el empresariado latinoamericano para desplegar sus potencialidades. Atribuye esa frustración a la preeminencia de patrones culturales tradicionales, que obstruyen el surgimiento de los valores característicos del emprendedor contemporáneo. Estiman que esas capacidades empresariales están presentes, pero no logran emerger en el agobiante clima de estatismo latinoamericano. [26]
Una idealización extrema de este individualismo empresario fue introducida en las últimas décadas por talibanes del neoliberalismo como Carlos Alberto Montaner, Martín Krause y especialmente Hernando de Soto. Presentan a los empobrecidos cuentapropistas como ejemplos de resurrección de la iniciativa privada. Afirman que los comerciantes precarizados del circuito informal han comenzado a liberar a la economía del estatismo, con acciones de racionalidad mercantil en universos de genuina competencia.
Pero esta exaltación de los desamparados como exponentes del ideal capitalista constituye una verdadera confesión de los resultados del neoliberalismo. Este esquema expropia a los trabajadores, expulsa a los campesinos de sus tierras y empobrece a las clases medias hasta desembocar en la miseria que padece América Latina.
Lo más insólito de la argumentación neoliberal es su enaltecimiento de estos efectos. Aunque atribuye la precarización al intervencionismo estatal, es evidente que la informalidad es consecuencia directa de un modelo que destruye empleos, mediante privatizaciones y aperturas comerciales. Sus artífices idealizan las desgracias causadas por la flexibilización laboral.
Las caricaturas de los empobrecidos como agentes transmisores de la mano invisible tuvieron cierto eco en el debut del neoliberalismo. Pero han perdido influencia en la última década, a medida que el empobrecimiento potenció la fractura social, masificó la delincuencia y acrecentó las tensiones de la marginalidad.
Este terrible escenario induce a la mayoría de los neoliberales a sustituir los elogios de la informalidad por la promoción de programas masivos de asistencialismo. Con teorías de auxilios transitorios (“hasta que el mercado genere empleo privado”) han incluido este tipo de gastos sociales en sus políticas de gobierno. Las administraciones derechistas destinan importantes erogaciones presupuestarias a contener la rebeldía que genera su modelo.
UNA IDEOLOGÍA DE LA DOMINACIÓN
La idealización del empresario es un pilar de la vertiente austríaca de la economía neoclásica, que se gestó con Menger y Bohm Bawerk y se afianzó con Von Mises y Hayek. Sus voceros propician la ampliación de las desigualdades sociales, la subordinación de la democracia a la propiedad y el reforzamiento de la supremacía irrestricta del mercado. Reivindican modalidades extremas de competencia, argumentando que aleccionan al consumidor y alientan la innovación del empresario.
A diferencia de la corriente walrasiana reconocen el carácter incierto de la inversión, la imperfección de la racionalidad individual y la fragilidad de las preferencias de los consumidores. Pero no deducen de estas dificultades ninguna propuesta de regulación de los mercados. Al contrario, proponen liberar el juego de la oferta y la demanda de cualquier interferencia, subrayando el carácter benéfico del orden mercantil y el efecto positivo del darwinismo social.
Con este tipo de concepciones, el neoliberalismo ha desenvuelto una influyente ideología en todos los sentidos del término. Aporta ideas que naturalizan la opresión para orientar la acción de los dominadores. Como creencia, cosmovisión o legitimación del grupo dominante, el neoliberalismo constituye un credo de gran peso para el funcionamiento actual del capitalismo. [27]
Es una ideología con fundamentos racionales que a su vez propaga sistemáticos engaños. Promueve ilusiones en el reinado del mercado y en la existencia de oportunidades para todos los individuos. Oculta la apabullante preeminencia de las grandes empresas y el estructural afianzamiento de la explotación. Difunde el mito de la obstrucción estatista del desarrollo latinoamericano, omitiendo la dependencia y la inserción primarizada de la región en el mercado mundial.
El neoliberalismo expande estas ideas al servicio de las clases dominantes. Sintetiza las conveniencias de los grupos privilegiados de América Latina. En el pasado expresaba los programas de los terratenientes exportadores y en la actualidad canaliza las demandas de los grandes bancos y las corporaciones agro-industriales con negocios internacionalizados.
Las ideas liberales son creencias colectivas propagadas por las clases capitalistas. Forman parte del pensamiento latinoamericano desde que esa cosmovisión emergió para cohesionar a las minorías opresoras. En las últimas décadas provee todos los argumentos que utiliza al establishment para justificar su primacía. Los pilares de esas creencias (modernización, progreso, imitación de Occidente) inciden en la subjetividad de los individuos educados en las reglas de la mitología liberal.
El grado de penetración de esas ideas entre los oprimidos es un tema de gran controversia. Aunque el liberalismo tuvo momentos de gran influencia social, siempre fue una concepción explícitamente hostil a los intereses, tradiciones y deseos de los explotados. Por esta razón nunca fue plenamente interiorizada por este sector. Logró cierta incidencia entre fines del siglo XIX y 1930, pero quedó estructuralmente relegada con la industrialización de posguerra y la expansión del nacionalismo.
Ha retornado en las últimas décadas de oleada neoliberal pero sin echar raíces en la mayoría de la población. Las resistencias y victorias parciales logradas contra la ofensiva derechista han limitado la gravitación de sus conceptos, abonando las teorías que remarcan la acotada penetración de las ideologías dominantes entre los sectores populares. [28]
Pero el liberalismo tradicional no es el único formato de esa concepción. También existen otras modalidades más sofisticadas que requieren evaluaciones específicas. Estas vertientes conforman el social-liberalismo que analizamos a continuación (ver segunda y tercera parte de este artículo).
11/09/2014
Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página web es: www.lahaine.org/katz
Notas :
[1] Ver: Hirsch, Joachim. “Globalización del capital y la transformación de los sistemas de Estado”. Cuadernos del Sur, n 28, mayo 1999.
[2] Ver balance en: Anderson, Perry. «Balance del neoliberalismo: lecciones para la izquierda». El Rodaballo n 3, verano 1995-1996, Buenos Aires. Anderson Perry, “Neoliberalismo: un balance provisorio”, en La trama del neoliberalismo. Mercado, crisis y exclusión social, CLACSO, Buenos Aires, Argentina. 2003. Anderson, Perry. The New Old World, Verso, Londres, 2009, (pag 47-79).
[3] Ver: Harvey, David. “El neoliberalismo como proyecto de clase” en www.vientosur.info/ (08/04/2013). Harvey, David, A brief history of Neoliberalism, Oxford University Press, Nueva York, 2005 (pag 1-39, 152-183).
[4] Nuestra visión de la etapa en: Katz Claudio, “Transformaciones de la era neoliberal”, Realidad Económica, n 284, mayo-junio 2014, Buenos Aires.
[5] Ver: Nahon, Cecilia; Rodríguez Enríquez, Corina; Schorr, Martín. “El pensamiento latinoamericano en el campo del desarrollo del subdesarrollo: trayectorias, rupturas y continuidades”, 2006, www.idaes.edu.ar/papelesdetrabajo/paginas
[6] Ver: Olivera, Margarita. “Las teorías del desarrollo desde la posguerra al nuevo milenio”, en Globalización, dependencia y crisis económica, FIM, Málaga, 2010, (pp 26-27).
[7] Ver: Vidal, Gregorio; Guillen, Arturo. “La necesidad de construir el desarrollo en América Latina”, en Repensar la teoría del desarrollo en un contexto de globalización. CLACSO, 2007, Buenos Aires.
[8] Ver: Guillén, Arturo. “La teoría latinoamericana del desarrollo”, en Repensar la teoría del desarrollo en un contexto de globalización, CLACSO, 2007, Buenos Aires
[9] Nuestro balance en: Katz, Claudio. El rediseño de América Latina, Alca, Mercosur y Alba. Ediciones Luxemburg, Buenos Aires, 2008 (págs. 9-35).
[10] Nuestra visión en: Katz, Claudio. Las disyuntivas de la izquierda en América Latina, Ediciones Luxemburg, Buenos Aires, 2008 (pag-9-27).
[11] Ver: Herrera, Remy. “El renacimiento neoliberal de la economía del desarrollo”, Globalización, dependencia y crisis económica, FIM, Málaga, 2010, (pp 23-24)
[12] Ver: Burkett, P; Hart-Landsberg, M, “A critique of catch-up theories of development”, en Journal of Contemporary Asia, 33(3), 2003.
[13] Ver: Hagman, Itai. “Un nuevo Alca se negocia en silencio”, disponible en: ww.rcci.net/globalizacion/ 13/6/2014.
[14] Ver: León, Magdalena. “Ecuador: Acuerdo con la Unión Europea: ¿Una capitulación inevitable?” alainet.org/active, 11/7/2014. Elías, Antonio. “Por qué Uruguay solicitó integrarse al TISA”, alainet.org/active, 11/7/2014
[15] Ver: Salama, Pierre. “Las nuevas causas de la pobreza en América Latina”, en Ciclos n 16, 2do. semestre, 1998, Buenos Aires.
Martins, Carlos Alberto. “Neoliberalismo e desenvolvimento na America Latina”, en La economía mundial y América Latina, CLACSO, 2005, Buenos Aires.
[16] Ver: Bairoch, Paul. Mythes et paradoxes de l´histoire économique. La découverte, París, 1999, (pp 7, 227-228, 234).
[17] Ver: Osorio, Jaime. Explotación redoblada y actualidad de la revolución. ITACA-UAM, México, 2009, (pag 37-40).

[18] Ver: Lipietz, Alain. “Pour un protectionnisme universaliste”, febrero 2013, en lipietz.net
[19] Ver: Weeks, John. “The expansión of capital and uneven Development on world Scale”, en Capital and Class, nº 74, 2001. También: Arrighi, Giovanni; Korzeniewicz, Roberto; Consiglio, David; Moran, Timothy. “Modeling zones of the world economy”, en Annual Meeting of the American Sociological Association, 1996
[20] Ver: Moncayo Jiménez, Edgard. “El debate sobre la convergencia económica internacional e interregional: enfoques teóricos y evidencia empírica”, en Economía y Desarrollo, V. 3 Nº. 2, septiembre, 2004.
[21] Ver: Chavolla, Arturo. La imagen de América en el marxismo, Buenos Aires, 2005, Prometeo (págs 42-53, 55-66, 72-74).
[22] Ver: Devés Valdés, Eduardo. El pensamiento latinoamericano en el siglo XX: entre la modernización y la identidad, Tomo III, Biblios. Buenos Aires, 2005, (pag 47-53).
[23] Ver: Marini, Ruy Mauro. “La sociología latinoamericana: origen y perspectivas”, en Proceso y tendencias de la globalización capitalista, CLACSO-Prometeo, Buenos Aires, 2007.
[24] Ver Bustelo, Pablo. Teorías contemporáneas del desarrollo económico, Síntesis, Madrid, 1998. (pp 139-143)
[25] Un ejemplo en: Mols, Manfred. “Sobre el Estado en América Latina”, en El Estado en América Latina, Ciedla, Buenos Aires, 1995.
[26] Ver descripción en: Reyes Giovanni, E, “Principales teorías sobre desarrollo económico y social”, www.ucm.es/info/nomadas, 2001
[27] Ver: Eagleton, Terry. Ideología, Paidós, Barcelona, 1997, (págs. 19-57, 275-279
[28] Ver: Abercrombie, Nicholas; Hill, Stephen; Turner Bryan, S. La tesis de la ideología dominante, siglo XXI, Madrid, 1987 (cap. 6). También: Therborn, Goran. La ideología del poder y el poder de la ideología. Siglo XXI, Madrid, 1987, (cap. 4, 5).
Neoliberales en América Latina (II) Pensamiento socio-liberal
El neoliberalismo de los años 80-90 sumó a varios mandatarios de la denominada Tercera Vía como Tony Blair o Felipe González. Provenían del keynesianismo de posguerra y del reformismo socialdemócrata, pero asumieron el discurso conformista que proclamó el ocaso de la ideología, la extinción de la era industrial y la obsolescencia de la lucha de clases. Postularon una mirada socio-liberal y repitieron los mensajes privatistas, silenciando los monumentales desequilibrios creados por la desregulación de la economía.
Los teóricos de este giro asumieron una reivindicación pragmática del capitalismo. Presentaron la globalización como un rumbo inexorable que exigía mayor apertura, eficiencia y competitividad. Pero ocultaron el atropello a las conquistas sociales que introducía este curso1.
EL ESCENARIO DE LA INVOLUCIÓN
En gran parte de América Latina este período correspondió a la transición de las dictaduras a los regímenes constitucionales. Este pasaje fue negociado por las cúpulas militares y los partidos políticos tradicionales. Los autores que se aproximaron al social-liberalismo justificaron esos pactos, realzando su conveniencia para gestar procesos de soberanía y democratización. Eludieron analizar cómo esos compromisos generaban sistemas políticos maniatados y subordinados a los acreedores externos2.
Esos condicionamientos afloraron en los años 80-90 cuando la crisis de la deuda masificó la miseria y pulverizó la estabilidad del constitucionalismo. Allí se verificó el carácter opresivo de las “democracias excluyentes” forjadas en los años previos. Esos regímenes convalidaron el empobrecimiento popular y consumaron una gran transferencia de ingresos a favor de los banqueros.

Estos regresivos efectos fueron minimizados por los autores que promovieron los acuerdos de transición pos-dictatorial. Suponían que el constitucionalismo abriría las compuertas del bienestar, desconociendo las consecuencias de perpetuar estructuras económico-sociales inequitativas y adversas al desarrollo. Concentraron sus estudios en la temática institucionalista evitando cualquier referencia a la desigualdad, a los intereses de clase o a la explotación capitalista. Sólo difundieron miradas conservadoras para apuntalar el orden vigente3.
Inspirados en el modelo de la transición española, los dirigentes del Partido Socialista de Chile implementaron el esquema más acabado de esa estrategia. Pactaron el sostenimiento de la Constitución pinochetista y compartieron el gobierno de la Concertación. Ese curso se convirtió en el arquetipo de una administración socio-liberal. Promovieron el libre-comercio, la flexibilización laboral y la privatización de la educación.
El social-liberalismo fue también auspiciado por algunas versiones de origen euro-comunista. Recurrieron a la autoridad de Gramsci para destacar la conveniencia de forjar sociedades civiles cimentadas en la influencia cultural de los trabajadores. Sostuvieron que este proceso permitiría suavizar las normas coercitivas del estado y contrarrestar la preeminencia del mercado, a través de un consenso de largo plazo entre el proletariado y la burguesía.
Pero la experiencia posterior demostró que las clases dominantes no comparten el poder. Sólo cooptan a ciertas capas de origen popular utilizando las prebendas del estado. Se demostró que los espacios gestionados por los asalariados distan mucho de reproducir la paulatina conquista del poder que consumó la burguesía bajo el feudalismo. Los trabajadores no acumulan riquezas, no controlan empresas, ni administran bancos. Por estas razones tienen obstruida la reiteración del camino que históricamente transitaron los capitalistas. Antes de asumir el control del estado esa clase se convirtió en acreedora de los gobernantes y dueña del poder económico [4].

El socio-liberalismo hizo suyos todos los conceptos de la Tercera Vía, la transición pactada y el gramscismo social-demócrata. Con ese arsenal teórico escaló posiciones en los estados, la academia y los círculos de poder de América Latina. Varios autores provenientes del marxismo se transformaron en voceros de un enfoque complementario del neoliberalismo tradicional.
La defensa del modelo derechista ya no quedó restringida sólo a Mario Vargas Llosa, Carlos Rangel o Alberto Montaner. Tres figuras de la izquierda intelectual como Fernando Henrique Cardoso, Jorge Castañeda y Juan José Sebreli sumaron su voz a este campo.
Estos tres autores se embarcaron en el giro derechista fascinados por la globalización. Elogiaron las ventajas del mercado y exaltaron las virtudes del capitalismo. Cuestionaron frontalmente la Teoría de la Dependencia y rechazaron todos los resabios culturales del “setentismo”. Esta involución sintonizó con una concepción afín a las tradiciones librecambistas de las elites latinoamericanas.
EL ITINERARIO DE CARDOSO
Fernando Henrique Cardoso ha sido el principal exponente de las mutaciones socio-liberales en América Latina. Se consagró como inspirador de la Teoría de la Dependencia y terminó como instrumentador de las grandes reformas reaccionarias de las últimas décadas.
Comenzó su gestión presidencial (1995-2002) anunciando que “olvidaba todo lo escrito en el pasado”. Posteriormente argumentó que un “político no puede actuar como intelectual”. Con este viraje el afamado crítico a la dependencia puso en marcha el mayor proceso de desnacionalización económica de Brasil [5].
Cardoso fue un importante artífice de la transición pos-dictatorial. Durante ese período anticipó el pragmatismo que signaría su gestión neoliberal. La concertación con los gobiernos militares preparó su resignación frente al capitalismo globalizado. Difundió la creencia que ese tipo de amoldamientos conducía al bienestar social.
Este intelectual trabajó en un conocido centro de estudios (CEPBRAP) y en el partido político que negoció los pactos con la dictadura (MDB). En esa época postuló que el desarrollo de Brasil requería una estrecha asociación con grandes empresas extranjeras. Propiciaba “internacionalizar el mercado interno” mediante la apertura comercial al mundo. Fue muy hostil al proteccionismo y al modelo de CEPAL de industrialización basada en el intervencionismo estatal. Encabezó una escuela sociológica en Sao Paulo con raíces cosmopolitas muy próximas al liberalismo [6].
Posteriormente Cardoso coronó su regresión adoptando posiciones explícitamente derechistas. Encubrió esta conducta con argumentos de defensa de las administraciones “republicanas” frente a los gobiernos “populistas”. Ubicó en el primer campo a los mandatarios conservadores y en el segundo a los presidentes en conflicto con el establishment.
Esta actitud actualmente incluye un giro pro-norteamericano y una furibunda oposición a cualquier manifestación de lucha popular. Cardoso participa en todas las campañas regionales “contra el autoritarismo”. Advierte especialmente esta desgracia en Venezuela, Bolivia o Cuba y enaltece el rumbo opuesto de Colombia o México.
Este contraste ilustra hasta qué punto asimila el denostado populismo con las reformas sociales, la participación popular o la resistencia antiimperialista. También confirma que su ideal republicano presupone la represión de la protesta.
Su mensaje es propagado por los medios de comunicación dominantes que propician acciones golpistas contra Venezuela, embargos contra Cuba o provocaciones contra Bolivia. Cardoso es un promotor activo de esas medidas desde el lobby belicista que comparte con otros 55 ex jefes de estado (“Club de Madrid”). Un intelectual que inició su carrera analizando la dependencia cierra su ciclo vital en un reducto de la reacción [7].
UNA DEPENDENCIA INVERTIDA
Cardoso abjuró de todas la visiones críticas que expuso en un difundido libro sobre la dependencia. En su viraje neoliberal reinterpretó ese texto como una polémica con las teorías del subdesarrollo, que sobre-dimensionan los efectos de la inserción periférica de América Latina. Señaló que esa restricción no impedía el crecimiento y pulió su viejo texto de cualquier connotación antiimperialista8.
En los años 80 divulgó una versión más conservadora de esa teoría en frontal oposición a las vertientes marxistas de la dependencia (Marini, Frank, Dos Santos). Esta mirada se amoldó al liderazgo que asumió en los procesos de transición pactada con las dictaduras [9].
Mediante la revisión de su propia teoría Cardoso edificó el puente con el neoliberalismo. Estimó que su versión inicial de la dependencia sólo implicaba caracterizaciones del desarrollo, como sucesivos procesos de asociación de los capitalistas locales con las empresas foráneas. Contrapuso ese enfoque con las visiones más corrientes, que resaltaban los obstáculos al desenvolvimiento latinoamericano generados por esos acuerdos.
En esta reelaboración Cardoso transformó su descripción inicial de un modelo burgués asociativo en una reivindicación de ese curso. Ya no se limitó a trazar un retrato histórico del desarrollo regional impulsado por el capital extranjero, sino que tomó partido por ese camino. Una interpretación confusamente afín al ideario liberal se transformó en un proyecto favorable a ese rumbo.
En el clima contestatario de los años 60 Cardoso había quedado erróneamente identificado como un crítico de la dependencia, cuando en realidad ya exponía una tesis opuesta a esa visión. No sólo rechazaba la interpretación del atraso regional como resultado de la dominación colonial-imperialista, sino que sugería exactamente lo contrario.
Cardoso destacaba la existencia de un desarrollo resultante de esa dependencia, como consecuencia del ingreso de empresas foráneas a los mercados latinoamericanos. En la década del 80 dejó atrás el tono confuso de sus postulados y explicitó la conveniencia de profundizar la extranjerización de la economía mediante políticas neoliberales.
La ambigüedad inicial de Cardoso sintonizaba con su resistencia a explicitar alguna teoría de la dependencia. Prefería encarar un análisis acotado a “situaciones concretas de dependencia”. También objetaba los diagnósticos de CEPAL que proponían emerger del subdesarrollo mediante modelos de sustitución de importaciones.
Cardoso realzaba la existencia de una vía opuesta hacia el crecimiento, basada en entrelazamientos con inversores externos y en la gestación de una clase media con creciente poder de compra. Presentaba el despunte el Sudeste Asiático como un ejemplo de ese sendero [10].
Estas ideas fueron ponderadas por muchos analistas como correctivos del enfoque estructuralista sin advertir su estrecha conexión con el credo neoliberal. Ese vínculo estaba opacado por el léxico crítico que utilizaba Cardoso, para presentar una teoría de la no dependencia bajo el rótulo de la dependencia.
Sus planteos iniciales tampoco quedaron esclarecidos en la polémica que encaró contra las vertientes marxistas. Se enredó en una maraña de acusaciones contra un “estancacionismo” económico que jamás exhibieron sus adversarios. En este flanco la real discrepancia giraba en torno a la definición de la dependencia, como una condición estructural de la jerarquía imperialista mundial o como una situación meramente pasajera, en el fluido escenario del capitalismo global. Cardoso postulaba este segundo enfoque anticipando su posterior deslumbramiento por la globalización [11].
La trayectoria de este personaje es un ejemplo extremo de las paradojas que han rodeado a muchos intelectuales latinoamericanos. Un adversario acérrimo de la soberanía nacional y de las luchas sociales mantuvo durante décadas una aureola de pensador crítico y sorprendió a muchos con su opción por el neoliberalismo.
Pero esta involución no expresó sólo una adaptación a las vientos regresivos de la era thatcherista. Las teorías de Cardoso siempre estuvieron imbuidas de razonamientos próximos al liberalismo. Esta familiaridad quedó explicitada cuando el contexto externo permitió transparentar esos vínculos.
LA MUTACIÓN DE CASTAÑEDA
El mexicano Castañeda ingresó en la vida política como militante comunista, postulando una estricta defensa de los puntos de vista de clase en las discusiones teóricas sobre la dependencia. Esa trayectoria quedó abruptamente modificada por un viraje conservador que lo condujo al gobierno derechista de Fox. Como secretario de Relaciones Exteriores asumió una fanática defensa del libre-comercio y reivindicó las virtudes de una alianza con Estados Unidos12.
Esta involución se consumó con furibundos cuestionamientos a toda la izquierda. Abjuró de la revolución y propuso abandonar el proyecto socialista. Auguró el éxito del capitalismo, previó el declive de la rebelión popular, pronosticó un “futuro sin marxistas” y consideró agotada la trayectoria de la revolución cubana13.
Este réquiem a la rebeldía social fue curiosamente expuesto al comienzo de la crisis del neoliberalismo, en pleno retroceso de los gobiernos conservadores y en el debut de grandes levantamientos. Sus elogios al libre-comercio contrastaron con el fracaso del ALCA y su fascinación por Estados Unidos chocó con la pérdida de iniciativa del Departamento de Estado.
Castañeda anunció el fin de la protesta popular en coincidencia con el “caracazo” y poco antes de la sublevación zapatista. Detectó gran pasividad entre los oprimidos cuando se preparaban las grandes rebeliones de Bolivia, Ecuador, Venezuela y Argentina. También su celebración de las ideas conservadoras chocó con la reactivación del pensamiento de izquierda.
El intelectual mexicano no sólo postuló el carácter inmutable del modelo neoliberal en contraposición a los horizontes anticapitalistas. Rechazó toda posibilidad de cambio del orden vigente y concentró sus expectativas de desarrollo latinoamericano en los Tratados de Libre Comercio. Por eso propuso perfeccionar esos convenios mediante una diplomacia de presión, en el universo de lobbies que rodean al Congreso estadounidense14.
Castañeda se desempeñó como ministro del gobierno más pro-imperialista de la historia mexicana reciente. Al igual que Cardoso arremetió contra la influencia del “populismo nacionalista” (Venezuela) y ponderó la benéfica acción de la “izquierda moderada, globalizada y pragmática” (Chile)[15].

Este contrapunto ha sido un repetido argumento de la prensa conservadora. Castañeda retomó la misma prédica subrayando el carácter intrascendente de la ideología contemporánea. Estimó que un voto de izquierda carece de significado distintivo frente a su equivalente de derecha. Señaló que ambas posturas han perdido relevancia ante las conductas prácticas que asumen los individuos16.
Pero esta visión es incompatible con su continuada actividad como escritor y propagandista de los valores del status quo. Si esos mensajes ya no cuentan; ¿Por qué tanto empeño en su difusión? Declarando el fin de las ideologías, Castañeda postuló la muerte del pensamiento crítico y la vigencia de las teorías que convalidan el orden vigente. Supuso que su propia involución política era un rasgo compartido por toda la sociedad.
Por eso imaginó un futuro contemplativo de clases medias ascendentes y satisfechas con el escenario latinoamericano. Esta mirada refleja su distanciamiento de los padecimientos populares que periódicamente desatan rebeliones sociales. Esos levantamientos sorprenden y desmienten al ex marxista.
UNIFORMIDAD GLOBAL CONTINUADA
Al igual que Cardoso, Castañeda afianzó su concepción neoliberal a través de una dura polémica con la Teoría de la Dependencia. Primero expuso su rechazo con severos argumentos marxistas de preeminencia del razonamiento de clase. Posteriormente mantuvo la misma objeción con fundamentos neoliberales. En ambos períodos recurrió a planteos muy simplificados.
Castañeda cuestionó inicialmente la familiaridad de la Teoría de la Dependencia con la ideología burguesa y la problemática desarrollista. Criticó su alejamiento de la temática de la explotación y consideró que el dependentismo divorciaba el análisis de las sociedades latinoamericanas de la extracción de plusvalía, mediante estudios altamente concentrados en las deformaciones del capitalismo periférico. Destacó que los mecanismos de expropiación del trabajo debían ser realzados como los únicos patrones explicativos de la dinámica socio-económica. Señaló que al enfatizar la sujeción externa de la región, el dependentismo perdía de vista la primacía analítica de la explotación17.
Pero estos planteos ya indicaron una mirada reductiva, que en cierta medida explica la atracción posterior que ejerció el reduccionismo neoliberal sobre su pensamiento. El capitalismo no se limita a operar como un sistema de extracción de plusvalía. Esa confiscación es el eje de numerosas contradicciones, que enlazan la explotación económica con mecanismos de dominación política, racial o nacional. Para comprender este complejo funcionamiento del sistema es necesario jerarquizar el análisis de esta variedad de desequilibrios sin oponerlos entre sí.
Castañeda no sólo optó por esa contraposición. Objetó cualquier indagación complementaria de la apropiación general de plusvalía y criticó a los teóricos como Marini, que estudiaban las formas específicas de superexplotación en la periferia. Los acusó de omitir la centralidad de la confrontación clasista [18].
Pero desconoció que las investigaciones impugnadas apuntaban a clarificar la complejidad que asumen las formas de explotación en las regiones subdesarrolladas. Los teóricos marxistas de la dependencia percibían la existencia de modalidades de sujeción diferenciadas entre economías centrales y periféricas, en oposición al principio de uniformidad postulado por su crítico. Posteriormente Castañeda transformó esta idea de equivalencia entre los distintos países en una justificación de la globalización.
En su etapa inicial de ultra-marxismo el intelectual mexicano también cuestionó el “economicismo” de la Teoría de la Dependencia. Consideró que ese defecto conducía a desvalorizar las caracterizaciones políticas y la intervención en la lucha de clases.
Con el paso del tiempo Castañeda eliminó esta significación de las batallas clasistas, pero mantuvo la primacía asignada a la esfera política, como excluyente instrumento para mejorar el funcionamiento de la sociedad. Consideró que esa órbita de acción es auto-suficiente y permite prescindir de complementos radicales en el plano económico-social. Dedujo que el mantenimiento del sistema capitalista no obstruye los cambios progresistas, si se acierta en el camino político para lograr esos avances.
Al igual que Cardoso, Castañeda objetó un inexistente “estancacionismo” económico entre sus adversarios (Marini, Dos Santos) y a partir de esa crítica resaltó las grandes potencialidades del capitalismo. Aunque inicialmente pretendía destacar las múltiples contradicciones de este sistema, en los hechos desatendió esos desequilibrios para ponderar la pujanza de este modo de producción. Siguiendo esa pista se deslizó hacia el elogio de la mundialización neoliberal [19].
Castañeda desechó todas las obstrucciones al desarrollo latinoamericano que la Teoría de la Dependencia observaba en la sujeción financiera, tecnológica o comercial. Remarcó la irrelevancia de esos lazos de subordinación.
También relativizó las diferencias entre potencias y países periféricos e incluso postuló que el imperialismo es un rasgo compartido por múltiples países. Supuso que opera por igual en economías centrales (Estados Unidos, Francia, Inglaterra) y en formaciones intermedias (como México, Brasil, Irán o Corea del Sur)[20].
Partiendo de esta equivalencia objetó cualquier demanda antiimperialista, planteo de soberanía o crítica a la expoliación de los recursos latinoamericanos por parte de las empresas transnacionales. Esta descalificación expuesta en nombre de un socialismo planetario se transformó luego en globalismo neoliberal.
LA RECONVERSIÓN DE SEBRELI
A diferencia de Cardoso y Castañeda, el argentino Sebreli adoptó el neoliberalismo como proyecto exclusivamente intelectual. Absorbió paulatinamente este planteo junto a otros ex marxistas, que redescubrieron las virtudes de la democracia burguesa durante la transición pos-dictatorial que lideró Alfonsín. Su visión se distingue por la descarnada exposición de las tesis socio-liberales. No ensaya ningún atenuante para justificar su adscripción a estas propuestas.
Sebreli nunca alcanzó la influencia lograda por el ex presidente brasileño o el ex ministro mexicano. Pero expuso la concepción socio-liberal con mayor amplitud que sus colegas. Incursionó en todas las esferas de ese pensamiento e intentó una ambiciosa exposición de sus fundamentos. Por esta razón conviene evaluar con atención todas las aristas de su enfoque.
Al igual que Castañeda, el escritor argentino sustituyó la defensa inicial de formas incontaminadas de socialismo por un crudo extremismo liberal. Reemplazó sus críticas a las desviaciones populistas de la izquierda por una reivindicación del mercado y un apasionado elogio de Occidente [21].
El rechazo de Sebreli a la insuficiente radicalidad del tercermundismo se convirtió en explícita defensa de la mundialización neoliberal. Este giro cuenta con numerosos antecedentes en la historia latinoamericana. Ha sido una regresión repetida por distintos intelectuales desde la revolución mexicana hasta la actualidad22.
Ese tránsito fue particularmente intenso entre los dirigentes socialistas afines a la tradición librecambista que inauguró el argentino Juan B. Justo. Se distanciaron de la protesta popular y sólo conservaron las referencias al socialismo en el campo de la cultura. Esta evolución estuvo signada por la adopción de una extraña variedad del marxismo, tan reacia a la beligerancia popular como hostil a cualquier convergencia con el nacionalismo revolucionario.
El devenir de Sebreli se inscribe en este legado y actualmente incluye intensas cruzadas a favor de los gobiernos derechistas. Ha transformado su disgusto con el caudillismo en una diatriba contra el populismo. Identifica ese tipo de acción política con el fascismo de masas. Mediante ese paralelo reaviva la vieja idealización de la democracia (equivalente a Estados Unidos) y de la república (equiparada con gobiernos conservadores)[23].
Pero esa mirada invierte la realidad de América Latina al detectar fascismo en Chávez o en Evo y no en Uribe o en los golpistas de Honduras y Paraguay. Los militantes que resisten las provocaciones mafiosas son acusados de promover la violencia y los causantes de repetidas sangrías son exculpados de sus crímenes.
Sebreli ya no logra distinguir lo más básico del posicionamiento político. Confunde al agresor con el agredido y al fascista con el antiimperialista. Padece una fuerte alergia a cualquier indicio de intervención popular. Se irrita especialmente con las “multitudes”, olvidando que las masas son protagonistas centrales de cualquier transformación social.
El pensador argentino ha dejado atrás el socialismo de salón para expresar su enemistad con el populacho, desde los diarios tradicionales de la oligarquía. Al igual que Cardoso y Castañeda recuperó su matriz liberal, sepultó su incursión por el marxismo y retomó los valores de la intelectualidad conformista.
DEPENDENCIAS DILUIDAS
El recorrido seguido por Sebreli desde el purismo marxista hasta el social-liberalismo extremo incluyó una crítica virulenta a la Teoría de la Dependencia. Consideró que esa concepción carecía de sustento político por su estrecha ligazón con planteos emotivos. Estimó que todas las demandas de liberación nacional habían perdido sentido en un escenario de países con independencia política ya consumada [24].
Pero ese cambio de status derivado de victorias anticoloniales nunca fue desconocido por el marxismo antiimperialista. Esta visión simplemente evitó la fantasía de colocar en un mismo plano a todos los países que comparten el atributo de la soberanía formal.
Esta igualdad es cotidianamente violada por las potencias imperialistas que dominan el tablero mundial. Basta observar como la independencia de Grecia es mancillada por los acreedores alemanes o de qué forma la soberanía de Honduras ha sido desconocida por los golpistas de la embajada estadounidense. La misma violación instrumentan las tropas francesas que se despliegan por Costa de Marfil. Este desconocimiento de soberanías se verifica justamente en países que ya dejaron atrás su condición colonial.
Ignorando estas realidades Sebreli estimó que el propio concepto de subdesarrollo había perdido sentido en un mundo diversificado y signado por distintas situaciones de crecimiento en la periferia o estancamiento en el centro25.

Con esta mirada tendió a uniformar al planeta por la simple complejidad de contextos, sugiriendo que en la intrincada red de conexiones actuales “todos dependen de todos”. Como no aportó ningún criterio para definir jerarquías, tampoco introdujo conceptos para explicar por qué razón Estados Unidos goza de un status tan diferente a Honduras. Simplemente retomó la mitología de la equivalencia que difunde el neoliberalismo contemporáneo.
Sebreli invalidó también la dependencia con argumentos históricos, afirmando que el desarrollo desigual nunca obedeció a la explotación de las colonias. Destacó que hubo imperios que decayeron (España, Portugal, Turquía) y países que se desarrollaron luego de haber sido colonias (Estados Unidos, Australia, Canadá). Señaló que otras naciones no tuvieron posesiones externas (Suiza) y muchas se desarrollaron con sujeción política (Noruega, Nueva Zelandia) [26].
Con esta presentación de especificidades históricas sugirió que el crecimiento de las distintas economías, siempre estuvo divorciado de su relación con otros países y dependió por completo de méritos o desaciertos internos.
Pero esa interpretación confunde trayectorias iniciales específicas de cada país con el devenir del sistema mundial. Lo ocurrido en las etapas de menor desarrollo del capitalismo resulta insuficiente para entender el entrelazamiento internacional posterior de todas las economías. La variedad de cursos seguidos por los distintos países no desmiente la consolidación contemporánea de una estructura imperial polarizada.
LAS FUERZAS PRODUCTIVAS COMO JUSTIFICACIÓN
La hostilidad de Sebreli hacia la Teoría de la Dependencia se basa en una concepción del desarrollo histórico muy afín al positivismo de la vieja socialdemocracia. Los teóricos de la II Internacional identificaban el progreso de la sociedad con la maduración de las fuerzas productivas. Suponían que ese desarrollo conduciría a cierto bienestar bajo el impulso de la competencia capitalista. Observaban esa pujanza como una condición insoslayable para el futuro socialista [27].

Sebreli compartió plenamente ese enfoque, remarcando que los países subdesarrollados debían alcanzar un desenvolvimiento equiparable a los avanzados, antes de embarcarse en proyectos de igualdad social. Estimó que las economías centrales precedían a las periféricas, definiendo el curso a seguir durante un largo período previo al intento socialista [28].
Esa mirada utilizaba la terminología del materialismo histórico para exponer una teoría del progreso muy semejante a la visión liberal. Afirmaba que ciertos motores económico-sociales empujan a la sociedad hacia estadios más provechosos, siguiendo una direccionalidad preestablecida.
Ese enfoque sólo actualizaba el generador del impulso progresista. En lugar del espíritu hegeliano, la clarividencia de la razón o la mano invisible de Adam Smith subrayaba el impulso de las fuerzas productivas. Esta categoría era observada como un instrumento de gran potencialidad autónoma para modernizar los modos de producción.
Frecuentemente esta visión objetivista era presentada con una norma auto-evidente, que no que requería mayores evaluaciones. Se soslayaba la inconsistencia de un planteo que reduce todo el movimiento histórico al comportamiento de cierta variable. Omitía la enorme complejidad de la evolución social y su estrecha dependencia de acciones humanas. Desconocía que los antagonismos sociales y las luchas políticas han jalonado el curso efectivo de la historia.
La fascinación con las fuerzas productivas retrató el deslumbramiento del marxismo liberal con el desarrollo capitalista. Elogiaba el crecimiento y evaluaba los sufrimientos de los oprimidos como un precio a pagar por las mejoras del futuro. La explotación era vista como una desventura que el propio sistema tendía a morigerar, a través de reformas sociales.
Este razonamiento fatalista conducía a propiciar modelos de crecimiento acelerado, para permitir la aproximación de América Latina a los países avanzadas. Convergía con la teoría metropolitana del desarrollo y con sus recetas para afianzar la maduración del capitalismo regional.

El principal corolario de este esquema era la desvalorización o el explícito rechazo de la lucha social. Sebreli oscilaba entre cuestionar la irrelevancia y la nocividad de esa acción. Consideraba inútiles las luchas zapatistas durante la revolución mexicana, señalando la inviabilidad de sus metas agrario-comunales. Con el mismo razonamiento descalificaba a todos los movimientos guerrilleros posteriores de la región, objetando su afinidad con utopías ruralistas29.
Esta mirada era el calco de las posturas conservadoras que siempre despreciaron la intervención de las masas, identificándolas con la ignorancia o la obstrucción del progreso. En las visiones más benévolas, esas resistencias sociales eran observadas como actos motivados por creencias primitivas.
Pero este enfoque implícitamente supone que la historia se desenvuelve mediante un proceso dual de avance de las fuerzas productivas y sometimiento de los pueblos. No registra que este patrón de opresión contradice cualquier esperanza de emancipación. Si se progresa con desgracias para las mayorías y beneficios para las minorías: ¿Cuál es el saldo positivo del pasaje hacia estadios sociales más avanzados?
La respuesta del marxismo liberal era muy semejante a un comodín repetido por todos los opresores: los sufrimientos de hoy permitirán gozar de los beneficios del mañana. Pero en la mirada del positivismo socialdemócrata ese porvenir tampoco era imaginable, puesto que el mandato de las fuerzas productivas exigía siglos de capitalismo antes de cualquier desemboque igualitarista. Estos irresolubles enredos condujeron a un abandono de todas las referencias al socialismo y a una explícita reivindicación del capitalismo liberal.
El enfoque de Sebreli desconoce que la progresividad de los acontecimientos históricos no debe evaluarse con parámetros de crecimiento, inversión o innovación tecnológica. Este avance radica en la experiencia de lucha acumulada por los oprimidos. Ese legado sedimenta la memoria de sucesivas generaciones que heredan tradiciones de resistencia, afianzando los niveles de conciencia requeridos para los proyectos de emancipación30.

Sólo este proceso permite generar idearios pos-capitalistas. El motor de la historia es una búsqueda de caminos para erradicar los sufrimientos de los explotados y se ubica en las batallas encaradas por todos los artífices de la acción popular: plebeyos, campesinos, desamparados, obreros.
Es cierto que la efectividad inmediata de esta resistencia es superior cuando es asumida por sectores con mayor gravitación económico-social (como la clase obrera). Pero las esperanzas de emancipación son comunes y la gestación de ideas para alcanzar ese objetivo es un proceso nutrido por todas las experiencias de lucha.
Por estas razones los socialistas consecuentes siempre se han ubicado junto a los desposeídos. Optaron por ese lugar antes de elucubrar cualquier razonamiento sobre el rol de las fuerzas productivas. Sólo esta actitud es congruente con un proyecto anticapitalista. Al desechar este terreno Sebreli sembró las semillas de su propia evolución hacia el derechismo neoliberal.
TRADICIONES DE RESISTENCIA
Con sus tesis fatalistas de las fuerzas productivas Sebreli definió cuales eran las sociedades que merecían sobrevivir y desaparecer en el curso de la historia. Sitúo a las sociedades pre-colombinas en el destino de extinción y estimó que las rebeliones indígenas del siglo XVI estaban condenadas al fracaso [31].
Con esta caracterización repitió las leyendas difundidas por todos los vencedores, para presentar sus victorias como desemboques inexorables. Ese argumento fue utilizado para justificar las masacres perpetradas de los pueblos originarios. Siempre se resaltó la inviabilidad de los sistemas caídos y la progresividad de sus reemplazantes. Pero este planteo contradice igualmente las centurias de estancamiento que sufrió la región. La destrucción de sociedades pre-colombinas nunca fue sinónimo de despegue económico.
Como el social-liberalismo se ubica en un campo adverso a los oprimidos, no puede registrar el legado que dejaron las batallas de los pueblos originarios por su supervivencia. Esa resistencia perduró, forjó una tradición y terminó pavimentado, por ejemplo, las conquistas democráticas actualmente logradas en Bolivia.
La valoración de la historia con el patrón objetivista de las fuerzas productivas, simplemente supone que el ganador estaba predestinado a vencer. Con ese criterio de finales predefinidos, Sebreli presenta a las civilizaciones precolombinas como un terreno baldío y administrado por teocracias sanguinarias. Afirma que su declive era inevitable frente a la superioridad de los conquistadores. Considera que en el conflicto entre dos sistemas sociales siempre triunfa el más avanzado [32].
Pero esta mirada no aporta interpretaciones sino simples convalidaciones de lo ocurrido. Cortes era mejor que Moctezuma, los piratas británicos dejaron atrás a los virreyes españoles, los terratenientes criollos superaban a los gauchos y los financistas estadounidenses eran más virtuosos que los campesinos centroamericanos.
En función de resultados conocidos a posteriori se supone que los triunfadores eran los portadores del progreso. Este esquema olvida los incontables ejemplos históricos de causas avanzadas que fueron derrotadas por regímenes más regresivos de esclavistas, oligarcas o colonialistas. Un ejemplo clásico de ese resultado fue la destrucción del Paraguay durante la guerra de la Triple Alianza.
El social-liberalismo desconoce estas evidencias porque reproduce los mitos del capitalismo europeo. Ensalza la modernidad y supone que el avance de Occidente permitió el triunfo del cambio sobre la tradición, del trabajo sobre el reposo, de la razón sobre la emoción y de la ciencia sobre la magia33.
Este mismo contraste difundió el liberalismo para contraponer la inferioridad de las culturas autóctonas con la superioridad del legado europeo. Sebreli retoma esa mitología para burlarse de todas las herencias culturales inspiradas en realismos mágicos, serpientes emplumadas y divinidades telúricas34.
Postula una burda contraposición que desconoce el enriquecimiento generado por el contacto entre tradiciones disimiles. La tradición latinoamericanista contribuyó a la cultura universal con conocimientos y prácticas originales que sus descalificadores elitistas nunca comprendieron.

LOS MITOS DEL EURO-CENTRISMO
Sebreli enaltece el patrón unívoco de Europa exaltando la modernidad y el racionalismo frente al relativismo cultural y la primacía de lo particular. Supone que el occidentalismo enriquece a todos los individuos con la difusión de reglas universales, en una batalla contra los particularismos étnicos, regionales y nacionales [35].
Con estos términos retoma el clásico antagonismo entre civilización y barbarie, que postularon las elites librecambistas para descalificar las tradiciones autóctonas de América Latina. Mediante una distinción entre iluministas y retrógrados presuponían la total primacía cultural de una civilización frente a otra.
El escritor argentino recrea esas polaridades sin notar que sólo pueden contrastarse con cierta lógica en el terreno político y social, en función de posicionamientos favorables u opuestos al colonialismo, el imperialismo o el capitalismo. Y en este plano el liberalismo conservador siempre se ubicó en el campo adverso a la emancipación. El abanderado de la modernidad sustituye este análisis político por consideraciones filosóficas.
Su mirada reproduce todos los defectos de los enfoques euro-centristas de las ciencias sociales. Esa tradición recurrió inicialmente a criterios de la antropología convencional, para observar el comportamiento de los pueblos primitivos y evaluar su grado de lejanía con la sociedad occidental. El mismo parámetro era aplicado para descifrar los textos de las civilizaciones orientales y para indagar su nivel de distanciamiento de la modernidad.
Este abordaje forjó un esquema de interpretación de la historia que colocaba a Europa en un status prominente de modelo a seguir y pensamiento a copiar. El Viejo Continente era presentado como el rostro general de la sociedad futura. En este razonamiento se basó la idea de progreso, asociada a un devenir inevitable o una cualidad de la civilización occidental [36].

En su estadio marxista Sebreli asumió esos presupuestos contradiciendo los principios básicos del materialismo histórico. Olvidó que Marx forjó su concepción en una crítica a la exaltación del capitalismo europeo. El pensador alemán destacó la incompatibilidad de este sistema con la realización del individuo y subrayó la transitoriedad histórica de un modo de producción basado en la explotación.
En su madurez intelectual, Marx polemizó también con el mito smithiano de Europa como transmisora de un modelo comercial de desarrollo. Remarcó que el epicentro de este sistema no se ubica en el intercambio, sino en las relaciones sociales de propiedad. Explicó cómo el propio surgimiento del capitalismo se consumó mediante la expropiación de los campesinos y la creación del trabajo asalariado [37].
Las mitologías euro-centristas sustituyeron estas caracterizaciones por alabanzas al origen del capitalismo en el viejo continente. Atribuyeron ese nacimiento a ciertas virtudes de la civilización occidental como la liberad del comercio, los incentivos a la propiedad, la austeridad de los inversores o el rigor en el trabajo. Postularon que esos méritos permitieron la expansión de las ciudades y el avance de la ciencia.
Pero esas idealizaciones no registran que Europa fue agraciada por una dinámica de desarrollo desigual, que premió más su retraso que su anticipada modernidad. Las flaquezas de una estructura feudal frente a los sistemas tributarios más avanzados de otras regiones, aportaron la flexibilidad requerida para el despegue de los procesos de acumulación originaria. En otras zonas estados centralizados y más poderosos se apropiaban de todo el excedente bloqueando esa gestación inicial del capital [38].
La comprensión de estos procesos exige indagar la historia sin los presupuestos de superioridad previa que inspiran al euro-centrismo.
CONVERGENCIAS CON LOS NEOCLÁSICOS
Al incorporarse al universo teórico del liberalismo, Cardoso, Castañeda y Sebreli terminaron repitiendo las banalidades de la ortodoxia económica. Estos lugares comunes incluyeron la vigencia de un mundo inter-dependiente, el aporte del capital extranjero al desarrollo y la responsabilidad de las economías atrasadas en su propio estancamiento.
Con descalificaciones al pensamiento crítico latinoamericano, el social-liberalismo retomó todos los cuestionamientos neoclásicos a la Teoría de la Dependencia. Recogió especialmente las visiones económicas ortodoxas de los años 70, que presentaban la dependencia como un rasgo compartido por el centro y la periferia. Esas miradas descartaban cualquier influencia de esa subordinación en el subdesarrollo latinoamericano. Afirmaban que ningún país es pobre por ser dependiente y rechazaban la existencia de jerarquías imperiales. Además, exaltaban al capitalismo como un sistema global flexible que siempre mejora la situación de sus integrantes [39].
Los social-liberales reflotaron estos enfoques. También recogieron los cuestionamientos que planteó el economista ortodoxo Lall al concepto de dependencia. Esta noción fue objetada por su incapacidad para aportar criterios de distinción entre las distintas economías del planeta. Lall afirmó que todos los países mantienen entre sí relaciones de dependencia, en un contexto de inserciones centrales, subordinadas o hegemónicas en el mercado mundial40.
Con este diagnóstico objetó y al mismo tiempo aceptó la existencia de relaciones internacionales diferenciadas. Su postura ilustró la actitud del pensamiento económico convencional frente a las desigualdades internacionales. Este enfoque siempre ha oscilado entre la negación abstracta y el reconocimiento pragmático de esos desniveles. Por un lado desconoce esas brechas, recurriendo a un imaginario de mercado global perfecto. Por otra parte constata esas asimetrías, a la hora de abordar el problema con alguna pizca de realismo.
En oposición a esas inconsistencias la Teoría de la Dependencia resaltó la existencia de una gran fractura mundial y ensayó ciertas explicaciones de esa brecha. Cualquiera sean las insuficiencias de su respuesta, buscó interpretaciones para un problema clave del capitalismo contemporáneo. Los neoclásicos nunca pudieron siquiera ubicarse en la discusión de este tema.

Lall impugnó la vigencia de relaciones de dependencia, señalando que los capitales extranjeros no generan mecanismos de subordinación. También cuestionó la inconveniencia de exportar sólo materias primas y rechazó la existencia de tendencias al deterioro de los términos de intercambio.
Pero si ninguno de estos procesos induce a la polarización económica global: ¿A qué obedece la estabilización de enormes desigualdades entre el centro y la periferia en la historia del capitalismo? Si todos compiten en condiciones semejantes: ¿Por qué razón Francia o Inglaterra siempre mantuvieron un lugar estable como países desarrollados? ¿Cómo se explica el afianzamiento del retraso estructural de Nicaragua o Somalia?
Lall simplemente sugirió que la respuesta debía ser investigada en terrenos opuestos a la Teoría de la Dependencia, pero no aportó ninguna pista para esa indagación. Como atribuyó un carácter pasajero a las desigualdades mundiales se limitó a postular que la expansión del capitalismo resolvería en algún momento esas asimetrías. En esta cancelación del enigma fue acompañado por todos los teóricos del social-liberalismo.
Con la misma actitud negadora Lall evaluó los bloqueos a la acumulación en la periferia o los cuellos de botella a la industrialización. Estimó que esas obstrucciones desaparecerían una vez superados los obstáculos naturales que enfrenta cualquier despegue económico.
También aquí fue seguido por los social-liberales. Actualizaron la vieja caracterización del desarrollo como un recorrido transitado por todos los países. Postularon la existencia de una secuencia biológica de maduración anticipada por las economías adelantadas.
Pero esta trayectoria no se ha verificado en ningún lado. El capitalismo global reproduce las polaridades entre economías prósperas y relegadas, sin universalizar las ventajas del crecimiento. Abre ciertos campos de acumulación obstruyendo otros y multiplica los sufrimientos de las víctimas en que se apoya el avance de los ganadores.

Es cierto que estas fracturas presentan una diversidad y complejidad muy superior a la simple dualización centro-periferia, que concibieron los primeros teóricos de la dependencia. Pero estas insuficiencias fueron corregidas por otros estudios que incorporaron conceptos suplementarios al enfoque inicial. Esta nueva secuencia de nociones (semiperiferia, sub-imperialismo, variedad de centros, situaciones de suma cero) contribuyó a esclarecer la dinámica de las desigualdades nacionales y regionales.
El social-liberalismo quedó al margen de esta clarificación porque profundizó su afinidad con la visión neoclásica, hasta converger plenamente con sus ilusiones de prosperidad capitalista global. Estas fantasías también incluyen insólitos supuestos de cosmopolitismo que abordamos en el próximo texto.

11-9-2014

RESUMEN

El social-liberalismo adoptó los postulados de la Tercera Vía y motorizó las transiciones pactadas con las dictaduras, siguiendo el modelo de la Concertación chilena. FH Cardoso fue un artífice de estos procesos. Comenzó en el progresismo y concluyó como abanderado del ajuste. Transparentó su visión del desarrollo como un proceso de asociación con el capital extranjero y eliminó todos los resabios de la Teoría de Dependencia.
Castañeda abandonó la izquierda para sumarse a un gobierno derechista, convalidando el orden capitalista y cuestionando la rebeldía popular. Sustituyó caracterizaciones dogmáticas de la plusvalía por elogios a la uniformidad globalista. Transformó su crítica al economicismo en una idealización de la política y convirtió su tesis de múltiples imperialismos en aprobaciones del status quo.

También Sebreli reemplazó su defensa inicial de un socialismo puro por adscripciones al neoliberalismo. Sus viejos cuestionamientos a la subsistencia de brechas entre el centro y la periferia devinieron en una aceptación de la globalización. Enalteció el desarrollo de las fuerzas productivas estableciendo una falsa identificación del progreso con el capitalismo. Desconoció que el motor la historia es la búsqueda de la emancipación social, a partir de legados de resistencia aportados por todos los sectores oprimidos.
El social-liberalismo repite los mitos del eurocentrismo. Avala la destrucción de las civilizaciones pre-capitalistas, desvaloriza las culturas autóctonas y justifica la expansión colonial. Ha incorporado las simplificaciones de la teoría neoclásica, relativiza las desigualdades internacionales e imagina que los países atrasados reproducirán el desarrollo de los avanzados.

Claudio Katz
Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página web es: www.lahaine.org/katz

[1]Una justificación de ese enfoque en: Giddens, Anthony. La tercera vía, Taurus, Buenos Aires, 2000, (pag 39-80, 85-107, 119-140).

[2]Varios ejemplos en: O’Donnell, Guillermo y Schmitter, Philippe 1988 Transiciones desde un gobierno autoritario: conclusiones tentativas, tomo 4, Buenos Aires, Paidós.
[3]Una crítica en: Osorio, Jaime. Explotación redoblada y actualidad de la revolución. ITACA- UAM, México, 2009, (pag 145-168, 237-239, 197-209).

[4]Nuestro enfoque en: Katz Claudio, “Las disyuntivas de la izquierda en América Latina”, Edición cubana: Editorial Ciencias Sociales La Habana, 2010, (pag 135-136).

[5] Ver: Kay, Cristóbal. “Teorías estructuralistas e teoría da dependencia na era da globalizacao neoliberal”, A América Latina e os desafíos da globalizacao, Boitempo, Rio, 2009. López Hernández, Roberto. “La dependencia a debate”, Latinoamérica 40, enero 2005, México.

[6]Ver: Martins Carlos Eduardo, Globalizacao, Dependencia e Neoliberalismo na América Latina, Boitempo, Sao Paulo, 2011, (pag 249-250, 253). Bresser Pereira, Luiz Carlos.“From the National-Bourgeoisie to the Dependency Interpretation of Latin America”, Latin American Perspectives,May 2011vol. 38 n 3.

[7]Cardoso Fernando, Henrique. A Suma e o resto, Editorial Civilización Brasileira, 2012, Rio de Janeiro, (pag 120-133, 154-156).

[8]Cardoso Fernando, Henrique; Faletto, Enzo. Desarrollo y dependencia en América Latina. Ensayo de interpretación sociológica, Siglo XXI, Buenos Aires, 1969. Cardoso Fernando, Henrique. A Suma e o resto, Editorial Civilización Brasileira, 2012, Rio de Janeiro, (pag 31).

[9]Ver: Correa Prado, Fernando. “História de um não-debate: a trajetória da teoria marxista da dependência no Brasil”, Comunicao Politica, vol 29, n 2, maio-agosto 2011.

[10]Ver: Vernengo, Matías. “Technology, Finance and Dependency: Latin American Radical Political Economy in Retrospect”, Review of Radical Political Economics, vol 38, n 4, fall 2006. Palma, Gabriel. “Dependencia y desarrollo: una visión crítica”, en Dudley Seers, La teoría de la dependencia: una evaluación crítica, FCE, México, 1987.

[11]Ver: Sotelo Valencia, Adrián. “Dependencia y sistema mundial: ¿convergencia o divergencia?”, Rebelión,www.rebelion.org/noticia,4-9-2005.

[12]Castañeda, Jorge; Morales Marco. Lo que queda de la izquierda, Taurus, 2010, México, (pag 33).

[13] Castañeda, Jorge G. La utopía desarmada, Ariel, Buenos Aires, 1993, (pag 7-29, 145-195). Nuestra crítica en Katz, Claudio. Las disyuntivas de la izquierda en América Latina, Edición cubana, Editorial Ciencias Sociales La Habana, 2010, (pag 195-196).

[14]Castañeda, Jorge; Morales Marco. Lo que queda de la izquierda, Taurus, 2010, México, (pag 294-298). Castañeda, Jorge G, La utopía desarmada, Buenos Aires, Ariel,1993, (pag 331-361).
[15]Castañeda, Jorge; Morales, Marco. Lo que queda de la izquierda, Taurus, 2010, México, (pag 287-292).
[16]Op. Cit. (pag 30-31).
[17] Castañeda, Jorge; Hett, Enrique. El economicismo dependentista, Siglo XXI, 1991, (pag 10-11, 28-44, 85, 95, 187, 191).

[18] Op. Cit. (pag 14-27, 51-66, 105, 131).

[19] Op. Cit. (pag 75, 79, 135).

[20] Op. Cit. (pag 14-27, 28-44, 44-50, 67, 188-191).
[21]Sebreli, Juan José. Tercer Mundo mito burgués, Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, 1975, (pag 11-19, 33-34, 197). Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992, (pag 321).
[22]Ver: Fernández Retamar, Roberto. Pensamiento de Nuestra América, CLACSO, Buenos Aires, 2006.
[23] Sebreli, Juan José. “El populismo rechaza la democracia”, La Nación, 4-11-2012.
[24] Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992, (pag 318-320).
[25] Op. Cit. (pag 320-321).
[26] Op. Cit. (pag 321-323).
[27]Ver: Day, Richard B; Gaido, Daniel. Discovering Imperialism: Social Democracy to World War I, Brill, 2011.

[28] Sebreli, Juan José. Tercer Mundo mito burgués, Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, 1975, (pag 215-242).

[29] Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992, (pag 130-139).

[30]Hemos expuesto varios lineamientos de este enfoque en Katz Claudio, “Necesitamos pensar la unidad de América Latina desde abajo y desde la lucha social”, 3/12/2013, www.rebelion.org/noticia

[31] Sebreli, Juan José. El asedio a la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992, (pag 263-266, 276-278, 287).
[32] Op. Cit. (pag 263-266, 276-278, 287).
[33] Op. Cit. (pag 205-239).
[34]Op. Cit. (pag 291-312).
[35] Op. Cit. (pag13-18, 25-40).
[36] Una crítica en: Wallerstein. Immanuel Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos: un análisis de sistemas- mundo, 2004, Akal, Madrid, (pag 11-20, 326-345).

[37]Ver: Wood, Ellen Meiskins, “Eurocentric anti-eurocentrism”, Against the current, 92, may-june 2001.

[38]Ver: Amin, Samir. Modernité, religion et démocratie, Critique de l´eurocentrisme, Parangon, Lyon, 2008, (pag 198-213, 216-217, 218-222).

[39] Una descripción en: Blomstrom, Magnus; Hettne Bjorn. La teoría del desarrollo económico en transición, México, Fondo de Cultura Económica, 1990, (pag 105-108).

[40]Lall, Sanya. Is dependence a useful concept in analysing underdevelopment?, World Development, 1975, Vol. 3, n 11-12, Pergamon Press.