Monty Johnstone: Trotsky y el debate sobre el socialismo en un solo país

El objeto del presente ensayo es examinar un aspecto del debate sostenido recientemente en NLR entre Nicolás Krassó y Ernest Mandel: la cuestión del “socialismo en un solo país”. Esta gran controversia histórica se desarrolló desde el comienzo en términos algo elusivos y – desfigurada hoy por décadas de distorsiones polémicas de ambos lados – tiene particular importancia para hacer una estimación objetiva y equilibrada de la posición de Trotsky, sin intención ideológica o psicológica alguna de ”reivindicar” a una de las partes en contra de la otra.

Un examen serio de lo que Trotsky dijo realmente acerca de la construcción del socialismo en Rusia revela una contradicción fundamental y no resuelta en su posición, que no aparece en la mutilada versión de Mandel. Por una parte, como Mandel afirma correctamente, Trotsky no discutió nunca la necesidad de “comenzar” la tarea de construir el socialismo y adelantó proposiciones para alcanzar un creciente índice de crecimiento económico, con este fin.[1]

Al ser atacado, negó tener la ”actitud pesimista hacia el programa de nuestro trabajo de construcción socialista, en vista del demorado proceso de la revolución en Occidente”, y aceptó que “a pesar de todas las dificultades que surgen de nuestro medio capitalista, los recursos económicos y políticos de la dictadura soviética son muy grandes”.[2]

Por otra parte, permaneció fiel a las ”dos proposiciones fundamentales de la teoría de la revolución permanente”: en primer lugar que, a pesar de que “la revolución puede transferir el poder a manos del proletariado ruso antes de que el proletariado de los países avanzados sea capaz de obtenerlo”, no obstante – y en segundo término – la única “manera de salir de aquellas contradicciones que sobrevendrán a la dictadura del proletariado en un país atrasado, rodeado por un mundo de enemigos capitalistas, se encontrara en la arena de la revolución mundial”.[3]

Krassó tiene razón al demostrar que la base fundamental de la argumentación de Trotsky contra la posibilidad de completar la construcción del socialismo en la Unión Soviética era una falta de confianza en su capacidad para sobrevivir ni siquiera como un Estado de los trabajadores si la revolución no se extendía a países más avanzados. Dado que Mandel no sólo no reconoce la verdad que hay en esto sino que habla oscuramente de “distorsiones históricas” en la presentación de Krassó, tal vez sería conveniente dejar a Trotsky hablar por sí mismo, no en citas incidentales y poco representativas, tomadas fuera de su contexto, sino en formulaciones que representen el contenido principal de su pensamiento sobre esta cuestión. 

Sin el directo apoyo estatal del proletariado europeo, la clase obrera de Rusia no puede permanecer en el poder y convertir su dominación temporal en una dictadura socialista estable”, escribió Trotsky en 1906.[4] En 1928, defendió vigorosamente esta formulación contra la crítica de Radek, quien sostuvo que al hablar de apoyo estatal Trotsky había exagerado el planteamiento de la indudable necesidad de que la Unión Soviética contara con la ayuda de los obreros de otros países.[5]

En El programa de paz, publicado en forma de folleto en junio de 1917 y reeditado con un apéndice en 1922 y 1924, Trotsky afirmó, acerca de la revolución socialista en Rusia: ”Sin esperar a los otros, comenzamos y continuamos la lucha en nuestro propio suelo nacional con la absoluta certeza de que nuestra iniciativa proporcionará el impulso para la lucha en otros países; y si así no fuese, sería inútil creer – de acuerdo con la experiencia histórica y las consideraciones teóricas- que la Rusia revolucionaria, por ejemplo, fuera capaz de mantenerse frente a la Europa conservadora, o que la Alemania socialista pueda permanecer aislada dentro de un mundo capitalista”.[6]

Al esbozar la teoría de la revolución permanente en un prólogo escrito en 1922 (y defendido sin reservas en 1928), para su libro 1905, Trotsky habló de la vanguardia proletaria durante las primeras etapas de su dominación y de sus incursiones contra la propiedad capitalista. “Con esto entrará en un choque hostil no sólo con todas las agrupaciones de la burguesía que la apoyaron en las primeras etapas de su lucha revolucionaria sino también con las grandes masas del campesinado con cuya ayuda llegó al poder. Las contradicciones que existen en la situación de un gobierno de los trabajadores en un país atrasado con una mayoría campesina, sólo pueden ser resueltas a escala internacional, en la arena de la revolución proletaria mundial”.[7]

En 1937, el tema continúa siendo fundamentalmente el mismo: Sin una victoria más o menos rápida del proletariado en los países avanzados, el gobierno de los trabajadores no sobrevivirá en Rusia. Dejado a sí mismo, el régimen soviético debe caer o deteriorarse. Más exactamente, se deteriorará primero y caerá después. Yo mismo he escrito acerca de esto más de una vez, desde 1905” [8]

La subestimación del crecimiento económico

La subestimación de las fuerzas internas del socialismo ruso se puso particularmente en evidencia en su falta de confianza en el desarrollo independiente de una economía socialista en la URSS. En su apéndice a su Programa de paz, escrito en 1922, escribió: “El socialismo sólo es concebible sobre la base del crecimiento y el florecimiento de las fuerzas productivas… Mientras la burguesía permanezca en el poder en otros Estados europeos, nos veremos obligados, en la lucha contra el aislamiento económico, a buscar acuerdos con el mundo capitalista; al mismo tiempo, puede afirmarse con certeza que estos acuerdos nos ayudarán, en el mejor de los casos, a curar ésta o aquella herida económica, a dar éste o aquel paso adelante, pero el genuino surgimiento de la economía socialista en Rusia sólo se tornará posible después de la victoria del proletariado en los países más importantes de Europa”.[9]

En 1927, le vemos afirmando que el Estado soviético estaba “siempre, directa o indirectamente, bajo el relativo control del mercado mundial. Allí reside la raíz de la cuestión. El índice de desarrollo no es arbitrario, sino que está determinado por el desarrollo mundial general, porque, en última instancia, la industria mundial controla cada una de sus partes, aun cuando esa parte se encuentre bajo la dictadura del proletariado y esté construyendo la industria socialista”.[10]

En su crítica al Programa de la Comintern, al año siguiente, va aún más lejos: “En la medida en que la productividad del trabajo y la productividad de un sistema social como un todo estén medidas en el mercado por la correlación de los precios”, escribió entonces, “no es tanto la intervención militar como la intervención de las mercancías capitalistas más baratas lo que quizás constituya la mayor amenaza inmediata a la economía soviética”.[11]

No existe pues, justificación alguna para la negativa de Mandel acerca de que Trotsky haya hablado nunca de que la economía planificada de la URSS hubiese de ser subvertida por el mercado capitalista mundial. El monopolio del comercio exterior – que, según Stalin y la mayoría del partido destacaron correctamente, era el medio de que disponía la Unión Soviética para protegerse de tal subversión económica – se convirtió para Trotsky en la “prueba de la severidad y el carácter peligroso de nuestra dependencia”.[12]

El consideraba que el destino de la economía mundial como un todo tenía una ”decisiva significación” contra la significación subsidiaria de la construcción socialista de Rusia.[13] Y llegó aún, con un absoluto derrotismo, a sugerir la posibilidad de que la productividad del trabajo creciera más rápidamente en los principales países capitalistas que en Rusia.[14]

Los éxitos de los Planes Quinquenales soviéticos probaron lo erróneo de este enfoque. Como viejo revolucionario que era, Trotsky no pudo evitar alegrarse en 1936 cuando vio “el vasto alcance de la industrialización en la Unión Soviética, comparada con el panorama de estancamiento y decadencia de casi todo el mundo capitalista”, según lo indicaban los índices comparativos de la producción industrial.[15]

Pero, a pesar de reconocer que “es imposible negar el hecho de que aun cuando las fuerzas productivas estén desarrollándose en la Unión Soviética a un ritmo que ningún otro país del mundo ha igualado nunca hasta ahora” [16], jamás habría de admitir que ello constituyera una refutación directa de sus pesimistas predicciones de fines de la década de los años veinte, que a su vez contrastaban extrañamente con los planes de superindustrialización que él había propugnado en un período anterior. (Son estos planes los que los defensores de Trotsky destacan ahora siempre, al mismo tiempo que olvidan convenientemente sus manifestaciones anteriores).

Y menos aún estaba Trotsky dispuesto a intentar un análisis marxista de la fuente de sus errores, tarea ésta que sin embargo estaba siempre dispuesto a exigir de sus adversarios políticos. Extraería más bien la extraña conclusión de que estos éxitos, aun cuando significaran que “la premisa técnica ha significado un enorme paso adelante para el socialismo”, no estaban conduciendo a la sociedad soviética hacia el socialismo sino hacia “la resurrección de las clases, el aniquilamiento de la economía   planificada y la restauración de la propiedad capitalista”. Y en tal caso, agregaba, “el Estado se tornará, inevitablemente, fascista”.[17]

¿Debate para comentaristas?

Isaac Deutscher comparó la lógica de la disputa acerca del socialismo en un solo país, mantenida en los años veinte, con una disputa acerca de si sería posible colocarle techo a un edificio, sostenida por dos partes que estuvieran a favor de comenzar el trabajo y se hubieran puesto ya de acuerdo acerca de su forma y de los materiales a utilizar.[18]

Fuera de las implicaciones – representativas de diferencias de carácter o de énfasis – que subyacían bajo el apasionamiento que suscitó, tal debate aparece como altamente escolástico. Con una aparente conciencia de este hecho, el New International, principal órgano trotskista americano de la década de los años treinta (elogiado por Trotsky a causa de su elevado nivel teórico), expresó abiertamente la esencia de la posición de Trotsky, en un editorial fechado el 30 de enero de 1935:

”A la luz de la actual situación mundial, la teoría del “socialismo en un solo país”, este evangelio de la burocracia, se nos aparece con toda su limitación nacionalista y su jactanciosa falsedad. Nos referimos, naturalmente, no a la posibilidad o imposibilidad puramente abstractas de construir una sociedad socialista dentro de ésta o aquella zona geográfica (ese es un tema para comentaristas) sino a la cuestión mucho más inmediata y concreta, viviente e histórica, y no metafísica: ¿es posible para un Estado soviético aislado mantenerse durante un período indeterminado de tiempo dentro de un medio imperialista, dentro del opresivo círculo de las contrarrevoluciones fascistas? La respuesta del marxismo es: ¡No! La respuesta de la situación interna de la URSS es: ¡No!… Fuera de la revolución mundial, no hay salvación posible”.[19]

Si aceptamos la cuestión planteada en esta forma, la historia ha demolido completamente la posición de Trotsky. Pero si definimos al socialismo, tal como lo hace Mandel, como “una sociedad sin clases, mercancías, dinero ni Estado”, entonces los términos mismos de esta definición nos conducen a una conclusión diferente. Si hemos de hacer una estimación que tenga sentido de las actitudes políticas de Trotsky, debemos evitar las definiciones arbitrarias que aíslan a los problemas de su contexto histórico y provocan ociosos altercados semánticos. El hecho es que la definición de Mandel difiere de la concepción leninista que era generalmente aceptada por el Partido Comunista ruso. En El Estado y la revolución, Lenin escribió sobre el socialismo considerándolo como sinónimo de la primera fase del comunismo de Marx, que representa la “conversión de los medios de producción en la propiedad común de toda la sociedad”. “El socialismo”, continuaba Lenin, “no suprime los defectos de la distribución y la desigualdad del ‘derecho burgués’, el cual sigue imperando, por cuanto los productos son distribuidos ‘según el trabajo’… El principio socialista ‘a igual cantidad de trabajo, igual cantidad de productos’ … se ha realizado ya… persiste todavía la necesidad del Estado… Para que el Estado se extinga completamente, hace falta el comunismo completo”.[20]

Esta distinción fue ampliada en El ABC del comunismo, de Bujarin y Preobrazhenski, que había sido el texto básico del partido desde 1919. ”En la sociedad socialista, que es inevitable como etapa intermedia entre el capitalismo y el comunismo”, escribían, “el dinero es  necesario, porque debe desempeñar un papel en la economía de las mercancías… En la sociedad socialista, esta economía de las mercancías perdurará, en alguna medida”.[21]

La sociedad sin mercancías, dinero y Estado que Mandel define como socialismo contiene muchas de las características que el partido identificaba tradicionalmente con la etapa superior del comunismo. Es arbitrario introducir este concepto en la discusión, porque no designa lo que los comunistas rusos entendían cuando se proponían el objetivo de crear una economía socialista; y por economía socialista entendían la organización de la producción cooperativa en gran escala, que es la definición que Trotsky dio del socialismo en 1906.[22]

Tampoco podrá justificar Mandel su afirmación de que ”hasta Stalin y Bujarin” estaban de acuerdo acerca de que la economía socialista que ellos creían posible en Rusia ”debía tener una productividad de trabajo más elevada que la más desarrollada economía capitalista” – a diferencia del nivel de productividad mucho más elevado que Rusia había conocido bajo el capitalismo, y del objetivo de alcanzar y superar al mundo capitalista en cuanto a productividad –, lo cual constituiría la garantía de la victoria del socialismo a escala mundial.[23]

La posición de Lenin

Mandel sostiene que la concepción del “socialismo en un solo país” representa un rechazo de la teoría marxista-leninista fundamental, de ”toda la herencia de Lenin”. Esta es una verdad parcial y particularmente engañosa. Lo cierto es que cuando los bolcheviques llegaron al poder en 1917 lo hicieron en la creencia de que se encontraban, según las palabras de Lenin, ”en el umbral de una revolución proletaria mundial”.[24]

Durante cierto tiempo, después de la Revolución de Octubre, Lenin y los bolcheviques pensaron (y Trotsky era muy dado a ordenar citas para probarlo) [25] “O bien estalla la revolución en los otros países, en los países capitalistas más desarrollados, inmediatamente, o al menos muy pronto, o bien pereceremos”.[26]

No obstante, con el realismo que le caracterizaba, Lenin advirtió ya en marzo de 1918, exigiendo la ratificación de los humillantes términos del Tratado de Paz de Brest-Litovsk, del cual Trotsky dijo que sería “una traición en el sentido más amplio de la palabra”,[27] que aun cuando ellos pudieran, eventualmente, ver la revolución mundial, ”por el momento eso es un hermoso cuento de hadas”.[28]

Dado que hacia 1921 era evidente para él que internacionalmente “los acontecimientos no seguían una línea tan recta como esperábamos” y que se “había demostrado la imposibilidad de provocar la revolución en otros países capitalistas” [29] ,se dedicó cada vez más a considerar el nuevo problema de la construcción del socialismo en Rusia dentro del contexto de una revolución internacional indefinidamente postergada. El 15 de marzo de 1921 había destacado dos condiciones sobre las cuales la revolución socialista podría ser “completamente exitosa” en Rusia: primero, “que reciba un apoyo oportuno de uno o varios países adelantados”, y segundo, que se mantuviera ”el acuerdo entre el proletariado… y la mayoría de la población campesina”.[30]

Menos de un 55 mes después, advertía: “Veinte años de correctas relaciones con el campesinado, y estará asegurada la victoria a escala mundial (aun con un retraso de las revoluciones proletarias, que están creciendo)”.[31] Dos años después, en sus últimos artículos, Lenin estaba aún más preocupado por el problema. ”¿Qué pasaría si lo desesperado de la situación [de Rusia en el mundo M. J.], al intensificar diez veces las energías de los trabajadores y campesinos, nos ofreciera la posibilidad de proceder a crear los requisitos fundamentales de la civilización de una manera diferente a la de los países de Europa occidental?”, se preguntaba en enero de 1923. ”…Si para la creación del socialismo se requiere un determinado nivel de cultura (aunque nadie pueda decir qué es ese determinado nivel de cultura), ¿por qué no podemos comenzar por reunir los requisitos previos para ese determinado nivel de cultura de una forma revolucionaria y entonces, con ayuda de un gobierno de los obreros y los campesinos y un sistema soviético, proceder a alcanzar a las otras naciones? Vosotros decís que la civilización es necesaria para la creación del socialismo. Muy bien. Pero, ¿por qué no podríamos nosotros haber comenzado por crear en nuestro país ciertos prerrequisitos de civilización, tales como la expulsión de los terratenientes y la expulsión de los capitalistas rusos, y empezar entonces a avanzar hacia el socialismo? ¿Dónde, en qué libros, habéis leído que tales variaciones del acostumbrado orden histórico de los hechos estén prohibidas o sean imposibles?”.[32]

Finalmente, en su artículo Sobre la Cooperación, Lenin escribió: “El poder del Estado sobre todos los medios de producción a gran escala, el poder del Estado en manos del proletariado, la alianza de este proletariado con los numerosos millones de pequeños y muy pequeños campesinos, la segura dirección del campesinado por parte del proletariado, etc.; ¿no es acaso esto lo único que falta para que las cooperativas… construyan la sociedad socialista completa? Esto no es todavía la construcción de la sociedad socialista, pero es todo lo que es necesario y suficiente para esta construcción… Un sistema de cooperadores civilizados, regido por la propiedad social de los medios de producción y con la victoria de clase del proletariado sobre la burguesía, es socialismo”.[33]

¿Fue logrado el socialismo?

La idea de que Rusia debiera aspirar a completar la construcción del socialismo por su cuenta si la revolución internacional continuaba demorándose, representó un alejamiento de la teoría tradicional de los bolcheviques, que no habían previsto que su país pudiera ser un Estado de los trabajadores aislados durante tanto tiempo como para que la cuestión pudiera plantearse. Pero aunque esta idea no fue jamás elaborada teóricamente por Lenin, ya hemos visto cómo en el último período de su vida activa se estaba aproximando cada vez más en la práctica a adoptar tal punto de vista. Estaba perfectamente de acuerdo con la teoría marxista de que, después de su muerte, el partido debería acomodarse a la nueva situación y expresar su confianza en que “la Rusia capitalista se tranformará en la Rusia socialista” [34] por sus propios medios, si la revolución que todos esperamos no se produjera en otros países y aliviara sus problemas.

¿Qué significaba este punto de vista? Lenin había enumerado cinco elementos constitutivos de las formas socio-económicas que existían en Rusia después de la Revolución de Octubre y durante el período de la Nueva Política Económica introducida en 1921: 1) economía campesina patriarcal, predominantemente autosuficiente; 2) escasa producción de mercancías  (incluyendo a la mayoría de los campesinos que vendían sus granos); 3) capitalismo privado; 4) capitalismo de Estado; y 5) socialismo. 

La transición al socialismo era vista como significando la transformación de Rusia de un territorio campesino atrasado en un país con una moderna industria estatal con planificación central y una agricultura colectiva y estatal, acompañadas de grandes adelantos educativos y culturales. Ello significaba la eliminación efectiva de las primeras cuatro categorías socio-económicas de Lenin, vinculando la desaparición de los kulaks (burguesía rural) y de los nepmen (comerciantes capitalistas) a un vasto crecimiento de la quinta categoría, que comprendía una industria estatalizada y granjas estatales por un lado y granjas colectivas por otro.[35]

Definida la situación en estos términos, Stalin pudo decir correctamente, después de 1935, que Trotsky había estado equivocado y que “nuestra burguesía ha sido ya liquidada y lo fundamental del socialismo ha sido ya construido. Esto es lo que nosotros llamamos la victoria del socialismo, para ser más exactos, la victoria de la Construcción Socialista en un país”.[36]

Sin embargo, abandonar allí el problema sería demasiado fácil. No sólo la colectivización de la agricultura había sido llevada a cabo de una manera innecesariamente costosa y dura, que dejó profunda desconfianza en importantes sectores del campesinado y del Estado soviético, sino que también la iniciativa y el poder político fueron sacados de las manos de los trabajadores y concentrados efectivamente en las de Stalin y un pequeño e irresponsable grupo gobernante, reemplazando paternalistamente a los primeros por estos últimos.[37]

Stalin, en una situación internacional extraordinariamente difícil, condujo el desarrollo y la defensa de los fundamentos económicos y culturales del socialismo, lo cual constituye su gran mérito histórico. Pero al mismo tiempo, atropelló brutalmente los derechos democráticos y los órganos del partido y del pueblo, cometiendo grandes persecuciones, brutales y arbitrarias, en las cuales encontraron trágico fin muchos de los mejores revolucionarios rusos y extranjeros; y ello constituye su gran crimen, que la Unión Soviética y el movimiento comunista internacional están pagando caro aún hoy.

Dado que los marxistas han considerado siempre que el socialismo y la democracia van unidos, Trotsky pisaba un terreno mucho más firme cuando, cambiando su principal línea de razonamiento, llegó – en la segunda mitad de la década de los años treinta – a hacer de ésta su objeción central a la afirmación de que el socialismo había sido construido en Rusia. El señaló entonces el terror policial, los juicios falsos a que fueron sometidos en Moscú los viejos  bolcheviques y la supresión general de la libertad política, precedida y acompañada por un gran aumento del poder del deteriorado aparato burocrático tanto del partido como del Estado.

Lo que Trotsky no entendió fue que, para un determinado período (que puede ser bastante prolongado) es posible una incómoda y antagónica coexistencia de una economía socialista y una superestructura no democrática y no socialista. Tarde o temprano el desarrollo de la primera tenderá a empujar a la sociedad (aunque tortuosa e irregularmente y de ninguna manera “automáticamente”) hacia la reforma de la superestructura y su progresiva alineación con la base económica, y con los deseos de su clase obrera y su intelectualidad, progresivamente más desarrolladas y educadas.

Lo que de una economía socialista se había alcanzado en los años treinta era, por supuesto, sólo los elementos del socialismo, que necesitaban aún varias décadas más de pacífico crecimiento antes de que pudieran superar totalmente el terrible legado del atraso ruso y convertirse en una sociedad socialista totalmente desarrollada, armoniosa y culta. La Unión Soviética de hoy, aunque enormemente más adelantada que en la década de los años treinta, tiene aún un buen tramo que recorrer antes de completar este estado del desarrollo socialista. Los discursos acerca de una transición hacia el comunismo en un futuro previsible, pronunciados en las épocas de Stalin y de Jruschev, son considerados actualmente como expresiones cargadas de afirmaciones pomposas y exageradas.

Es honesto decir que los escritos de Trotsky proporcionan un correctivo útil para esta suerte de hipérbole, que fue descrita por Togliatti como “una preponderante tendencia a la exageración, a la exaltación de los logros, sobre todo en la propaganda de aquella época pero también en la presentación general, y a considerar resueltos todos los problemas y superadas todas las contradicciones objetivas, junto con las dificultades y conflictos que son siempre inherentes a la construcción de la sociedad socialista y que pueden llegar a ser muy serios e insuperables, a menos que sean admitidos abiertamente”.[38] [39]

Al criticar las manifestaciones de superioridad nacional, y la vanidad y la estrechez de miras que las acompañan, Trotsky apelaba correctamente a las tradiciones fundamentalmente internacionales del marxismo, pero al mismo tiempo sostenía, erróneamente, que lo que él estaba atacando surgía inevitablemente de la teoría del socialismo e La Revolución traicionada, escrita por Trotsky en 1936, muestra tanto la fuerza como las debilidades de su posición en aquella época.

Al analizar el desarrollo de la Unión Soviética hasta la mitad de la década de los años treinta no tuvo en cuenta algunos aciertos en su exposición de los efectos negativos del stalinismo sobre tantos aspectos de la vida rusa. Sin embargo, muchas de sus críticas fueron capciosas y malintencionadas, como su ataque a los términos de la Constitución de 1936, cuya debilidad no residió en sus medidas extremadamente democráticas sino en su inaplicabilidad a la situación real de la Unión Soviética en ese momento, cuando Stalin podía pisotearlas, como lo hizo.

Por ejemplo, Trotsky describió la introducción del voto universal, igual y directo, en sustitución del sistema indirecto – el peso de la representación en favor de la clase obrera contra el campesinado y la negación del voto a los miembros de las antiguas clases explotadoras – como “jurídicamente aniquilador de la dictadura del proletariado”.[40] La Constitución como un todo, afirmó, representaba ”un inmenso paso atrás desde los principios socialistas a los burgueses” y creaba ”las premisas políticas para el nacimiento de una nueva clase dominante”.[41]

Los dogmáticos lemas de Trotsky acerca de la imposibilidad de construir el socialismo en un solo país lo condujeron aun entonces a subestimar cuán profundamente atrincherado y elástico era el sistema socialista en Rusia, a pesar de los estragos causados por las purgas de Stalin. Sin la aparición de una revolución en Occidente, afirmaba, si estallara la guerra, “las bases sociales de la Unión Soviética serían destruidas, no sólo en caso de derrota, sino también en caso de victoria”.[42]

Trotsky llegó a escribir que “la burocracia soviética ha avanzado mucho en la preparación de una restauración burguesa” y “debe inevitablemente, en etapas futuras, buscar apoyo en las relaciones de propiedad”, asegurando así ”su conversión en una nueva clase dominante”.[43]

En realidad, la victoria de la Unión Soviética en la guerra (Trotsky había predicho la derrota)[44] no fue seguida por el más ligero signo de un avance hacia una ”contrarrevolución burguesa” [45] sino, por el contrario, por el establecimiento – bajo la dirección de los partidos comunistas pretendidamente ”contrarrevolucionarios” – de relaciones de propiedad socialistas en otros trece países y por el surgimiento de un sistema socialista mundial en competencia con el sistema capitalista.

Además, desde la muerte de Stalin en 1953, los rasgos negativos del stalinismo denunciados por Trotsky habían desaparecido. Esta “desestalinización” no se produjo a través de la ”inevitable” revolución política violenta, para derrocar a la burocracia, conducida por la Cuarta Internacional, tal como pronosticaba y recomendaba La Revolución traicionada, [46] sino fundamentalmente a través de la iniciativa de fuerzas dentro del partido comunista (del cual Trotsky había escrito que estaba desintegrado,[47] “muerto”,[48] y que ”no era ya la vanguardia del proletariado”)[49] y dentro de ”la burocracia” que, según la definición de Trotsky[50], incluía al partido, al Estado y a los dirigentes de las granjas colectivas, administradores, técnicos y capataces, extraídos de entre los sectores más avanzados de la clase obrera y del campesinado.

Queda aún por hacer una crítica fundamental al stalinismo. Pero ésta no procederá de las premisas de Trotsky, aunque sus escritos debieran ser estudiados por contener para nosotros numerosas lecciones valiosas tanto positivas como negativas. Sin embargo, aun cuando sus ideas alcanzan gran brillantez, se presentan dentro del marco de un modelo sociológico fundamentalmente falso que le impidió comprender las leyes del desarrollo de la sociedad soviética o captar el fenómeno (a todas luces nuevo y sin precedentes) del estalinismo en toda su complejidad y pluralidad. De allí el rigor con que la historia ha tratado a las principales predicciones que hemos citado en el curso de este artículo.  

La fuente de la mayor parte de los errores de Trotsky con relación a Rusia estaba ya presente en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. “A veces parecía ver el pasado y el presente de Rusia casi como un vacío”, destacó Deutscher. ”Esta era la debilidad subyacente bajo su llamamiento a la europeización y también en los errores de sus actitudes frente al bolchevismo. La fuerza de Lenin consistió en que él tomó la realidad rusa tal como era, y se dedicó a cambiarla. El partido de Lenin tenia profundas raíces en el suelo ruso y absorbió todo lo que ese suelo podía proporcionar de fuerza y rigor revolucionario, de impetuoso coraje y de primitiva rudeza.[51]

Trotsky no se unió a ese partido hasta las vísperas de la Revolución de octubre y nunca absorbió esa tradición, sino que permaneció en gran medida siendo un intelectual revolucionario occidental. Su pesimismo acerca de las perspectivas de una Rusia socialista se complementaba con su muy declamado “optimismo revolucionario” acerca de las perspectivas de la revolución en Occidente y por una extraña creencia en que “el optimismo con respecto a un Estado proletario aislado implicaría pesimismo con respecto a la revolución internacional”.[52]

Según demostró Lunatcharsky, en su benévolo perfil de Trotsky, su “sendero hacia la revolución… seguía una línea recta”.[53] Cuando la historia desmintió sus pronósticos o produjo situaciones nuevas e imprevistas, Trotsky careció del “sentido de la realidad” que poseía Lenin y “que conduce a alterar de vez en cuando las propias tácticas” y que llevó a Lenin, dada su “enorme sensibilidad a las exigencias de la época” , “en cierto momento a afilar ambas hojas de su espada y en otros a envainarla”.[54]


[1]

[2]

[3] L. Trotsky, The Third International After Lenin (New York, 1957), p. 40.

[4] L. Trotsky. Permanent Revolution and Results and Prospect (New York, 1965), p. 237. Subrayado en el original.

[5] Ibid., p. 138.

[6] L. Trotsky, The Programe of Peace (Colombo, 1956), p. 18

[7] L. Trotsky, 1905, (Moscow, 1922), p. 4.

[8] L. Trotsky, Stalinism and Bolshevism (London, 1956) p. 9. Subrayado en el original.

[9] L. Trotsky, The Programme of Peace, pp. 20-21.

[10] Where is Trotsky Going? (London, 1928), pp. 53-54.

[11] L. Trotsky, Third International After Lenin, p. 47.

[12] Ibid., p. 49. En un reciente folleto, Ernest Germain, de la IV Internacional, ridiculiza a aquellos que utilizan actualmente los mismos argumentos que utilizó Trotsky acerca de la ”subordinación” del… monopolio del comercio exterior! (E. Germain, Marxism vs. Ultra Leftism, París, 1967, p. 69 ss.)

[13] L. Trotsky, Third International After Lenin, p. 47.

[14] Ibid.

[15] L. Trotsky, The Revolution Betrayed (New York, 1957), pp. 6 ss.

[16] L. Trotsky, en Workers International News. London, July 1938, p. 1

[17] Ibid., p. 2.

[18] I. Deutscher, Stalin: A political Biography, London, 1949, pp.. 286-87 [hay edic. en esp.].

[19] New International. New York, March 1935, p. 40.

[20] V. I. Lenin Selected Works, en adelante S. W. (Moscow, 1937), VII, pp. 85-87. Subrayado en el original. Cf. también S. W., VII, p. 239.

[21] N. Bukharin and E. Preobrazhensky, An A. B. C. of Communism (London, 1924), pp. 345-346.

[22] L. Trotsky, Results and Prospects, p. 220.

[23] Actualmente la productividad media del trabajo en la URSS es igual y aún mayor que la de la mayoría de los países capitalistas, aunque está todavía por debajo de la de los Estados Unidos.

[24] S. W., VI, p. 225.

[25] Véase, por ejemplo, Historia de la Revolución Rusa, III, apéndice I.

[26] S. W., IX, p. 227.

[27] Citado por Lenin, S. W., VII, p. 309.

[28] S. W., VII, p. 297.

[29] S. W., IX, p. 277.

[30] S. W., IX, p. 277.

[31] V. I. Lenin, Polnoe Sobranie Sochineniy (Mossov, 1963), XLIII, p. 383.

[32] W., VI, pp. 511-512. Subrayado de Lenin.

[33] S. W., IX, pp. 403, 406.

[34] Ibid., p. 381.

[35] S. W., VII, p. 361. Por capitalismo de Estado, Lenin quería decir aquí el control, por parte del Estado de los trabajadores, de los productores y comerciantes capitalistas, a quienes se le permitía operar “dentro de ciertos límites”. Lenin distinguía agudamente ésto del “capitalismo de Estado que existe en los sistemas capitalistas donde el Estado toma el control directo de ciertas empresas capitalistas”. (Véase S. W., volumen IX, pp. 165-174, 338-339). Nada hay en común entre el concepto de Lenin acerca del capitalismo estatal como una forma de transición progresiva que preparaba el camino para el avance de Rusia hacia el socialismo en este primer período, y las concepciones del capitalismo de Estado que han sido expuestas para dar una caracterización básica de la URSS por, entre otros, Karl Kautsky, el Partido Socialista de Gran Bretaña, el grupo del Socialismo Internacional y Milovan Djilas.

[36] En el artículo Sobre la cooperación Lenin caracteriza este tipo de propiedad cooperativa, basada en la nacionalización de la tierra, como socialista.

[37] J. V. Stalin, The final Victory of Socialism in the Soviet Union, Reply to Ivanov, February 2nd., 1938 (London, n.d.), pp. 3, 6. En esta carta Stalin reitera su posición anterior acerca de “la victoria final del socialismo en el sentido de que una garantía total contra la restauración de las relaciones de propiedad burguesas, sólo es posible a escala internacional”, y no mientras la Unión Soviética esté rodeada por numerosos países capitalistas.

38 No puedo estar totalmente de acuerdo con Krassó en su total rechazo del concepto de “sustitutismo”, que me parece demasiado vasto. Si un individuo, grupo o partido actúa en nombre de la clase trabajadora al mismo tiempo que la priva de su política, eso es sustitución.

[39] P. Togliatti, Questions Posed by the 20th. Congress of the C.P.S.U., entrevista con Nuovi Argomenti (London, 1956), p. 8.

[40] Revolution Betrayed, p. 261.

[41] Ibid., p.272.

[42] Ibid., p. 229. Es interesante destacar que después de la última guerra, la IV Internacional trotskista, lejos de hacer una autocrítica o analizar este error, ensalzó su propio “acierto” y repitió su torpeza. En su Manifiesto de 1949, bajo el encabezamiento “El poder de predicción del marxismo”, su Conferencia Internacional afirmó que ”en todas las cuestiones de importancia, el análisis de la IV Internacional ha resistido la prueba del tiempo”, (Worker’s International News, London, April-May 1946, p. 271) y expresó en una resolución que “solo la intervención de la revolución proletaria puede evitar un resultado fatal para la URSS en su actual prueba de fuerzas con el imperialismo”. (Quatrieme Internationale, París, Abril-mayo, 1946, p. 18).

[43] Revolution Betrayed, pp. 253-254.

[44] Ibid., p. 227.

[45] Ibid., p. 290.

[46] Ibid., pp. 284-290.

[47] Stalinism and Bolshevism, p. 8.

[48] Ibid., p. 13.

[49] Revolution Betrayed, p. 138.

[50] Ibid., pp. 135 ss.

[51] I. Deutscher, El profeta armado.

[52] L. Trotsky, Carta sobre el XV aniversario de la Revolución de Octubre, 13 de octubre de 1932, reproducido por el Bolletin of Balham (Trotskyst) group, London, 1932.

[53] A. V. Lunacharsky, Revolutionary Silhouettes (London, 1967), p. 67.

[54] Loc. cit.

Nicolás Krassó: Respuesta a Ernest Mandel

La respuesta de Ernest Mandel a mi crítica del marxismo de Trotsky exige algunos comentarios. Quizás lo más conveniente sea considerar las tres cuestiones fundamentales que él plantea y centrar en ellas la discusión. La mayoría de los detalles que se discuten se resolverán al hacerlo. El objetivo general de mi análisis era examinar y reconstruir la unidad del pensamiento y la práctica de Trotsky como marxista, su singular carácter y coherencia. La respuesta de Mandel renuncia a toda tentativa de buscar tal unidad. Cronológicamente, separa al Trotsky de 1904 del de 1905 y al Trotsky de 1912 del de 1917. El Trotsky de 1926 es disociado del de 1922.

Estructuralmente el pensamiento de Trotsky está divorciado de su práctica como político. Mi propósito era demostrar que las differentia specifica de la actividad de Trotsky considerada como un todo no puede ser meramente identificada con principios abstractos. Mandel no hace virtualmente referencia alguna, a través de todo su artículo, al estilo de liderazgo de Trotsky dentro del partido, a su papel como comandante militar o a su actuación como administrador estatal.

Así, es importante destacar desde el comienzo que Mandel ha proporcionado críticas selectivas de las tesis del ensayo original, pero no ha elaborado una contra-teoría del marxismo de Trotsky. Al optar por este procedimiento, ha corrido el riesgo del empirismo. Consecuencia de esto es la reiterada tendencia de Mandel a volver a la tradicional comparación Trotsky-Stalin, mientras que uno de los propósitos de mi ensayo era librar al debate de la insuperable dificultad que entraña.

La lucha entre Stalin y Trotsky en los años veinte es considerada a menudo como una lucha de principios. Sin embargo, la polarización Trotsky-Stalin fue un desastre, tal como Lenin lo había vaticinado en su testamento. Actualmente, el punto de partida necesario para examinar a Trotsky y a Stalin, es Lenin. Este es el axioma que rigió todo el desarrollo de la argumentación. Al dividir el pensamiento de Trotsky en episodios aislados, separándolo de la práctica, y relacionándolo con una antípoda abstracta, Mandel ha omitido situar correctamente a Trotsky dentro de la historia del marxismo.

1. Trotsky y el partido

Mandel niega que Trotsky demostrara un sociologismo consecuente y una constante subestimación del papel autónomo de las instituciones políticas. El período inicial de la carrera de Trotsky (1902-1917) es crucial aquí. La argumentación de Mandel es doble. Niega que el modelo de Trotsky del partido revolucionario derivara del PSD alemán, es decir de la idea de un partido coextensivo con la clase trabajadora, a diferencia del modelo propuesto por Lenin en ¿Qué hacer? Sin embargo la única ocasión en la cual él escribió sobre el partido como tal fue en su virulento ataque a Lenin en 1904 (Nuestras tareas políticas).

Deutscher comenta explícitamente: “A esta concepción del partido que actuaba como un locum tenens del proletariado (es decir, la caricatura que Trotsky hiciera de la concepción de Lenin-NK.), él oponía el plan de Axelrod de un ”partido con base amplia” concebido según el modelo de los partidos socialdemócratas europeos”.[1]

El mismo folleto abundaba en elogios de las dirigentes mencheviques, principales protagonistas de un modelo semejante para Rusia. Dos años después, al escribir Balance y perspectivas, Trotsky expresó una gran desconfianza hacia los partidos social-demócratas occidentales, pero esto no le llevó a revisar su concepto del partido revolucionario, sino a olvidarlo. El resultado fue la confianza inmediata en la fuerza de las masas, el “fatalismo social-revolucionario”, algo que él mismo confesó más tarde.[2]  

Mandel sostiene, sin embargo, que fue Lenin y no Trotsky quien se inspiró en gran medida en los teóricos de la social-democracia alemana y austríaca para su teoría de la organización del partido. Tal afirmación es sorprendente, si se tiene en cuenta que todo el énfasis de la teoría de Lenin estaba puesto en la creación de un partido de revolucionarios profesionales dedicados a hacer la revolución, noción que era un anatema para Kautsky y Adler.

¿Sobre qué otra cosa se basó la histórica ruptura con los mencheviques? No es accidental que Trotsky fuera incapaz de comprender la significación de ésto en aquel momento. No hay pruebas de que en ninguna etapa posterior Trotsky aprendiera verdaderamente la lección de la teoría del partido de Lenin. En 1917, se unió decididamente a los bolcheviques y desempeñó un papel predominante durante la Revolución de Octubre.

Pero Mandel mismo demuestra involuntariamente la constante limitación de su pensamiento político cuando dice que: ”Trotsky comprendió que la unidad con los mencheviques era imposible cuando la política conciliadora (la bastardilla es suya) de los mencheviques en la revolución de 1917 se tornó evidente para él”.

Precisamente, Trotsky se unió a Lenin, no a causa de su teoría organizativa del partido, que era la necesaria formulación histórica de su ruptura con los mencheviques, sino a causa de su política insurreccional de 1917. Nadie debe subestimar la importancia de esta conversión. Pero fue precisamente la diferencia entre los dos lo que originó la persistente desconfianza hacia Trotsky dentro del Partido Bolchevique después de la Revolución de Octubre.

Toda la historia posterior de la lucha interna del partido resulta bastante incomprensible a menos que se acepte este hecho fundamental. Mandel no examina la cuestión en ningún momento. La única referencia que hace a ella es una cita de Lenin en el sentido de que después de 1917  “no hubo mejor bolchevique que Trotsky”. Sucede, sin embargo, que esta “cita” es un mero rumor, según aclara Deutscher (a quien Mandel cita como su fuente).[3]

No existen pruebas contundentes de que Lenin hiciera jamás semejante afirmación en el transcurso de una conversación. Existen, por el contrario, pruebas negativas: el hecho es que en todos sus voluminosos escritos posteriores a 1917, Lenin no comentó nunca el marxismo de Trotsky o el carácter de su conversión al bolchevismo. Este silencio de Lenin, que tuvo tantas oportunidades de ser explícito, es sin duda curioso. Su lacónico comentario sobre Trotsky en su testamento es el único juicio seguro que poseemos.

Por supuesto, durante los años treinta, Trotsky puso un enorme énfasis en el papel del partido en el desarrollo de la historia. Pero, como ya he señalado, este énfasis, que tomó la forma de una tentativa de iniciar una cuarta internacional, sólo reflejó su incapacidad de lograr una verdadera comprensión de la teoría de Lenin. Pero la conciencia de los errores pasados tendió a producir errores nuevos. Trotsky nunca estudió o experimentó profundamente la teoría de Lenin del partido o su relación con la sociedad. Cuando trató de reproducirla, en los arios treinta, la caricaturizó, dándole un giro voluntarista e idealista, en concordancia con el carácter anterior de su marxismo pero totalmente alejado del de Lenin.

Tanto es así que, en la misma frase citada por Mandel, Trotsky afirma que: ”La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria”. Los colosales obstáculos sociales, económicos y políticos de los años treinta se reducen a una cuestión de  “dirección”. Semejante formulación idealista es sin duda incompatible con el pensamiento de Lenin; su subjetivismo y su monismo son evidentes.

Como corolario de la noción de dirección surge, en el pensamiento posterior de Trotsky, la fetichización del programa. Éste se convierte así en la instancia suprema de la eficacia revolucionaria, lo cual está fundamentalmente disociado de la estructura del partido, que era el soporte del pensamiento de Lenin. El programa así concebido se convierte en una virtud idealista acerca de la política, mientras que, por el contrario, la insistencia de Lenin sobre la organización, lo vinculaba constantemente con la estructura social y las contradicciones objetivas que actúan dentro de ella. De aquí entonces las enormes diferencias en los resultados prácticos de las dos experiencias de “construcción del partido”. Una de ellas estaba ligada al más profundo movimiento interno de la sociedad rusa de su época. La otra no alcanzó jamás logro alguno en Occidente. Hacia el final de su vida, Trotsky recordó al Lenin que había ignorado al comienzo. Pero nunca logró seguir sus pasos.

2. La lucha en la década de los años veinte

El curso concreto de la lucha interna del partido sólo es inteligible a la luz del pasado no leninista de Trotsky. Porque fue esto lo que no sólo le aisló de la Vieja Guardia sino que le condujo también a numerosos errores tácticos dentro del partido. Los resultados objetivos y subjetivos de su larga ausencia de la vida interna del partido fueron en este sentido decisivos.

Mandel arguye que es contradictorio afirmar que Trotsky cometiera un error tras otro en su lucha contra Stalin y que organizativamente Stalin era ya el amo del partido en 1923. “¿Pero acaso es seguro que estas dos líneas de pensamiento sean mutuamente excluyentes? En el primer caso, la victoria de Stalin sería el resultado de los errores de su oponente. En el segundo caso, era inevitable”.

De hecho, el argumento era que organizativamente Stalin era el amo del partido en 1923, pero que la unidad política de la Vieja Guardia contra él era la única fuerza que podría haberlo derrotado. El amo organizativo del partido no era ya el gobernante absoluto del país. Stalin, presentándose como el representante del liderazgo colectivo, podría haber sido desafiado con éxito por un conductor colectivo genuino. Porque es indudable que, en 1923, una alianza de Bujarin, Trotsky, Zinóviev y Kámenev hubiera triunfado.[4]

Esta formulación dialéctica define la cuestión central ¿por qué esa unidad política no se produjo nunca? Mandel admite implícitamente que es ésta la pregunta que hay que formular pero él mismo la propone de manera desesperada y agnóstica: “Lo trágico fue que los otros conductores del Partido Bolchevique no vieron a tiempo el peligro de la burocracia y de que Stalin se encaramara en el poder absoluto como representante de la burocracia soviética. Todos terminaron por ver el peligro, en un momento o en otro, pero no lo vieron al mismo tiempo ni lo suficientemente pronto. Esta es la explicación básica para la aparente facilidad con que Stalin conquistó el poder”.

Es esta formulación la que no proporciona explicación alguna para el hecho que admite. Una vez aceptado que se trata meramente de que los otros conductores bolcheviques  “no vieron a tiempo” el peligro del ascenso de Stalin al poder, los únicos factores causales posibles son el accidente o la aberración. Mi explicación, por el contrario, torna inmediatamente explicable la división de la Vieja Guardia. Trotsky no era considerado por los otros dirigentes bolcheviques como un aliado sino como la principal amenaza, a causa de su pasado no leninista, de su supremacía militar, de su papel autoritario durante el comunismo de guerra y de su concepción militarista en los debates sobre los sindicatos.

El bonapartismo no fue, como Mandel parece sugerir, una categoría marxista redescubierta por Trotsky durante la década del treinta: fue, por el contrario, el peligro que  

Trotsky nunca comprendió esta idea. El resultado fue una serie de torpezas políticas – documentadas en mi ensayo – que aseguraron la victoria de Stalin. Bujarin, Zinóviev y los otros vieron en Trotsky. Al mismo tiempo, la carencia misma de experiencia partidaria que provocó estas sospechas hacia Trotsky fue lo que impidió que él las comprendiera y superase. Estaba completamente inmerso en un combate de facción que él tendió siempre a interpretar como la expresión ideológica de los conflictos sociológicos dentro de la sociedad considerada como un todo. De allí entonces que viera a Zinóviev primero y a Bujarín después como a sus enemigos, porque ellos eran los “ideólogos” de la coalición dominante en diferentes momentos: ello fue un error simétrico. Trotsky se convirtió durante largo tiempo en el líder principal de una oposición que no se dio cuenta de que su principal enemigo era Stalin. El resultado fue que, en realidad, tendió a unificar al partido en su contra. El miedo a un tigre de papel hizo que los funcionarios del partido alimentaran a un tigre real; pero lo advirtieron diez años después. Durante la década de los años veinte, Trotsky, como centro negativo, aceleró las tendencias autoritarias y burocráticas del partido. La “primitiva acumulación” del poder de Stalin nació de la autodefensa de la Vieja Guardia contra Trotsky. Para Trotsky, la Vieja Guardia estaba cediendo tímidamente a la presión social de la Rusia retrógrada. Para los funcionarios del partido Trotsky era un peligroso aventurero. De allí entonces que la tendencia de Trotsky a dividir al partido según “principios” puros, creara, irónicamente, una alianza “ sin principios” contra él. Stalin ganó adhesiones por su realismo, porque la maquinaria del partido era muy consciente de que estaba aislada de las masas. Stalin nunca fue un derechista ni un izquierdista, y los hombres del aparato del partido adivinaban instintivamente que tampoco era un centrista. Para ellos, Stalin representaba una idea unilateral y elemental que tenía un tremendo atractivo: el poder debía conservarse. La necesidad relativa para Stalin era la vis inertiae de la situación. Esa era la vía que ofrecía menor resistencia para conservar el poder y para desarrollarse de manera no capitalista, Stalin llegó así a identificarse con la esencia del poder, aun para sus oponentes. Bujarin decía a Kamenev en 1928: “ ¿Acaso nuestra situación no es desesperada? Si el país es aplastado, nosotros (es decir el partido) seremos aplastados con él; y si logra recuperarse y Stalin cambia el rumbo con el tiempo, también así seremos aplastados”.[5]

La crucial importancia del problema de la Vieja Guardia fue un producto del contexto socio-político de Rusia en aquel momento. Porque, después de la Guerra Civil, la institución política del partido se desenvolvía dentro de un virtual vacío social. Esto es lo que importa para el carácter decisivo de los errores de Trotsky dentro del partido, que fueron la expresión natural de su general subestimación de la autonomía de las instituciones políticas.

El sociologismo es siempre un error teórico, pero fue especialmente desastroso en la Rusia de la década de los años veinte. Porque la dialéctica de la fuerza social de las masas había quedado temporariamente anulada en la Guerra Civil. La desintegración de la clase trabajadora prácticamente excluyó a ésta como protagonista del proceso político.

Después de Krondstadt nadie se atrevió a pensar en apelar a las masas (tal como haría Mao en China durante la década de los años sesenta, en una situación histórica muy diferente) . Así, el destino del socialismo fue súbitamente trasladado a la cúpula de la revolución, mientras su base se desgastaba. La errónea comprensión básica que Trotsky tuvo de esta situación puede verse en la contradictoria explicación que da Mandel de su perspectiva general durante la década de los años veinte. Por una parte, Mandel dice que el programa político de Trotsky era “irreal” porque ” las condiciones subjetivas (la bastardilla es suya) para su implementación no existían. El proletariado soviético permanecía pasivo y atomizado.

Contemplaba el programa de la  Oposición de Izquierda con simpatía pero, dado su agotamiento, carecía de la necesaria militancia para luchar por él. Contrariamente a lo que Krassó parece pensar, Trotsky no alimentó en ningún momento la más leve ilusión acerca de ésto”. Pero a continuación Mandel afirma lo contrario. La lucha de Trotsky no fue sólo una cuestión de honor para “salvar el programa”, con lúcida conciencia de que la derrota era inevitable porque ”la clase trabajadora soviética era pasiva pero su pasividad no estaba mecánicamente predeterminada para un largo período. Cualquier surgimiento de la revolución internacional, cualquier cambio en la relación soviética interna de las fuerzas sociales podría haber ocasionado su despertar. El instrumento inmediato para estos cambios sólo podía ser la Comintern y el Partido Comunista de la Unión Soviética”.

Estas dos afirmaciones son irreconciliables. Indican meramente la dificultad de cualquier justificación ex post facto de la trayectoria de Trotsky. La verdad es que Trotsky no creía que su programa fuera “irreal”. Su disputa con Rakovski en 1928 lo pone absolutamente en evidencia, porque Rakovski sí lo creía. Su Carta a Valentinov destaca tal vez como el más clarividente análisis social de la década y Trotsky lo rechazó enfáticamente. La razón de que lo hiciera fue, por supuesto, que él creía en la inmediata capacidad combativa del proletariado soviético; y esta creencia explica por supuesto, toda su conducta en la lucha interna del partido. Lo que él subestimó de forma crucial fue el grado de desintegración de la clase trabajadora después de la Guerra Civil. Lenin, por el contrario, fue, una vez más, extremadamente consciente de éste hecho. Su formulación del problema fue característicamente radical: ”¿Dónde está vuestra industria en gran escala? ¿Qué clase de proletariado es éste? ¿Dónde está vuestra industria? ¿Por qué está ociosa?” se preguntaba en 1921. Esta era la raíz del problema: no la “pasividad” del proletariado (frase de Mandel), es decir, un estado subjetivo y coyuntural, sino su desintegración y dispersión, o sea una situación objetiva y estructural. Su número se había reducido en dos tercios y su composición se había transformado, con los mejores militantes muertos o transferidos a funciones partidarias. Este es el fondo sociológico de la lucha interna del partido, que Lenin al comienzo de la década y Rakovski al final, percibieron. Trotsky, creyendo en el predominio inmediato de las fuerzas sociales, no lo advirtió.

¿Acaso significa ésto que el PCUS era un ente político completamente divorciado de la estructura social objetiva de la Rusia soviética? Por supuesto que no. El pensamiento de Marx fundó tanto la autonomía de la instancia política dentro de la compleja totalidad social como su determinación a largo plazo por medio de la economía. El error opuesto al de Trotsky consiste en creer en el papel todopoderoso de las instituciones políticas como tales, abstraídas de la formación socio-económica dentro de la cual se articulan necesariamente.[6]

Mandel proporciona una excelente definición de las consecuencias de tal creencia, cuando escribe: ”La pura política del poder degrada a sus actores precisamente hasta el punto de hacerles perder todo control sobre sus actos. Los vínculos entre el propósito consciente y las consecuencias objetivas de sus actos se desvanecen. Los marxistas, por el contrario, otorgan gran valor a la acción consciente; y conciencia implica conciencia del papel decisivo de las fuerzas sociales y de las limitaciones que este papel impone inevitablemente a toda acción individual… La creencia de Stalin en las posibilidades autónomas de la “política del poder” se convirtió en su “nemesis” porque lo transformó en un instrumento inconsciente de fuerzas sociales, cuya existencia no pareció advertir hasta el fin de su vida”.

Aquí está el germen de una explicación nueva y científica del papel histórico de Stalin, libre de la personalización que tanto sus discípulos como sus enemigos han ejercido hasta ahora.[7] Tal explicación debiera establecer una relación significativa entre su fácil victoria dentro del partido en la década de los años veinte y las furiosas purgas de la década de los años treinta. Porque Stalin temía, por cierto, la consolidación de un nuevo grupo social dentro del aparato del partido y del Estado, y no vaciló en diezmar a sus propios seguidores cuando advirtió el peligro (poco antes de su muerte) .

Como ya lo señalé, fue como si en la década de los años treinta hubiera tomado con absoluta seriedad las advertencias de Trotsky sobre una “restauración burocrática”.[8]

Lo que importa enfatizar aquí es que el problema de la burocracia fue – como lo expresa Mandel – una preocupación central para Lenin durante sus últimos años. En los años veinte la estabilización temporal del capitalismo se había convertido en un hecho. Lenin repitió constantemente, cada vez con más énfasis, que la política revolucionaria debía unir una intransigencia respecto a los principios unido a la capacidad de llegar a compromisos.

Ya en 1918 Lenin habló en su artículo Sobre el infantilismo de “izquierda” y el espíritu pequeño-burgués de la debilidad rusa que hace que ”(en nuestro país) no exista un alto nivel cultural ni la costumbre de los compromisos”.[9]

Es evidente que mientras menos dispuesto esté un político a comprometerse con la realidad de una situación, menos capaz será de contribuir a su solución. Es difícil aceptar que sea una mera coincidencia el hecho de que varios de los militantes de la Oposición Obrera, menos comprometidos, y los de pensamiento más unilateral en su rechazo a la burocracia, llegaran más tarde a convertirse en funcionarios de la administración de Stalin y hasta lograron librarse de las purgas. Sus principios eran tan elevados que no había posibilidad de vivir de acuerdo con ellos (una situación humana que llegó a interesar mucho a Dostoievski). De allí entonces que, más tarde, nada les viniera bien. Fue realista la oposición de Lenin al estatismo, a la organización burocrática y administrativa del Estado, representada al comienzo principalmente por Trotsky. Pero estos representantes de la Oposición Obrera, una vez que advirtieron que sus objetivos eran irreales, encontraron mucho más fácil que otros aceptar la versión del realismo de Stalin.

Esto tiene una gran importancia para lo que Mandel llama ”la principal preocupación y la batalla final de Lenin durante el último período de su vida”: la lucha contra la burocracia.  

Porque precisamente Lenin nunca planteó el problema de modo idealista a tenor del romanticismo político de “o bien… o”. Para Lenin, no se trataba de una cuestión de burocracia o no. Lenin era agudamente consciente de las insuperables contradicciones que dominaban tanto la política interna como la externa y creía que la única manera de abordarlas era desarrollar una política de experimentación deliberada. Las tendencias burocráticas y autoritarias debían ser combatidas, pero los compromisos eran inevitables a lo largo de esta lucha. El objetivo de Lenin no era el triunfo completo sobre la burocratización, un objetivo imposible, sino que consistía más bien en buscar correctivos para tal fin. Este fue el significado del papel crucial que desempeñó en los debates sobre los sindicatos, cuando se opuso resueltamente a la política de Bujarin y Trotsky e insistió en que los sindicalistas debían estar en situación de defender a los trabajadores contra el Estado Soviético real: “El camarada Trotsky habla del Estado de los trabajadores. Permitidme decir que esto es una abstracción… Nuestro Estado actual es tal que el proletariado organizado incluso debe defenderse y debe utilizar estas organizaciones de los trabajadores para la defensa de los trabajadores contra el Estado y para la defensa de nuestro Estado a favor de los trabajadores”.

Lenin jamás idealizó a este Estado. En 1921 escribió que: “El Estado de los trabajadores es una abstracción. En realidad, tenemos un Estado de los trabajadores con los siguientes rasgos característicos: 1. Son los campesinos y no los obreros quienes predominan en la población; 2. Se trata de un Estado de los trabajadores con deformaciones burocráticas”. Se puede advertir que Lenin encontró necesario calificar la noción de “Estado de los trabajadores” indicando sus deformaciones burocráticas. Era muy consciente de la necesidad de captar la especificidad de la situación rusa. La “burocracia” tout court era una noción tan abstracta como la de un ”Estado de los trabajadores”. Pero el marxismo vulgar dominaba el pensamiento de los cuadros dirigentes del partido. Ninguna situación histórica nueva puede ser correctamente captada por medio del marxismo vulgar; pero difícilmente habría habido otra circunstancia para la cual fuese tan inadecuado como la circunstancia de Rusia en la década de los años veinte. Desde el punto de vista del marxista vulgar no había solución: el partido debiera haber desistido. Bujarin y muchos otros buscaron refugio en zig-zags entre posiciones de extrema derecha y de extrema izquierda, mientras prevalecía como fondo una especie de desesperación. Bujarin lloró en 1918 cuando el partido resolvió aceptar alimentos de los americanos, y dijo a Trotsky: ”Están convirtiendo al partido en un estercolero”.[10]

Trotsky y Stalin reaccionaron de manera diferente frente a esta situación, según el carácter de sus respectivos marxismos. En comparación con los otros dirigentes su irresistible voluntarismo les otorgaba una ventaja. Pero este voluntarismo tomaba formas opuestas. Lo único que importa destacar aquí es que el marxismo de Trotsky no puede ser definido como el reverso positivo del de Stalin. La comparación mecánica de los dos no contribuye necesariamente a nuestra comprensión de ambos. Había una némesis en el marxismo de Stalin pero ello no modifica ni disminuye la némesis de Trotsky. Tanto el “sociologismo” como la “política del poder” son desviaciones fundamentales del leninismo.  

3. Rusia y la revolución mundial

El debate  “socialismo en un país versus revolución permanente” forma el núcleo de los comentarios finales de Mandel sobre mi ensayo. Estos comentarios proporcionan una oportunidad para aclarar algunos reiterados errores acerca de la historia del movimiento revolucionario internacional desde la década de los años veinte. Mandel sostiene que Trotsky tenía una política interna y una política internacional coherentes, basadas en las tesis fundamentales de la “revolución permanente”.

Por otra parte, no objeta explícitamente mi análisis de las confluencias sobre las cuales fue construida la noción de revolución permanente. Siendo así, puede suponerse que el análisis se sostiene. Lo que sí discute Mandel es que las polémicas de Trotsky contra el socialismo en un solo país implicaran la creencia de que la Unión Soviética se derrumbaría a causa de la “subversión” del mercado mundial o de la agresión militar. También sostiene que la política económica de industrialización acelerada propiciada por Trotsky iba acompañada de una línea política para las diferentes clases sociales en la URSS, es decir, por un correcto “manejo de las contradicciones del pueblo”.

Pero en ambas cuestiones la evidencia es abrumadora. En su folleto La revolución permanente Trotsky dice:  “Las crisis de la economía soviética no son meramente enfermedades propias del crecimiento, es decir, una especie de dolencia infantil, sino algo mucho más significativo: las rígidas restricciones del mercado mundial”.[11]

En este punto, toda su argumentación da por supuesto que el mercado mundial capitalista es el sistema económico que hace imposible el socialismo en un solo país , aunque nunca explica por qué ni cómo. Lo mismo puede decirse de su discurso sobre la intervención militar desde el exterior. Trotsky escribe: “O el proletariado llega al poder o la burguesía, por medio de una serie de demoledores golpes, debilita la presión revolucionaria a fin de recobrar su libertad de acción, sobre todo en la cuestión de la guerra y la paz. Sólo un reformista puede imaginar la presión del proletariado sobre el Estado burgués como un factor permanentemente creciente y como una garantía contra la intervención”.[12]

Se desprende del texto de este folleto que Trotsky pensaba en un colapso económico o militar de la URSS, tal como lo demuestra la condición curiosamente jruschevista que agregó: ”El ejemplo de un país atrasado, que en el transcurso de varios Planes Quinquenales fue capaz de construir con sus propias fuerzas una poderosa sociedad socialista, significa en sí un golpe mortal para el capitalismo mundial y reduciría al mínimo, si no a cero, los riesgos de la revolución proletaria mundial”. Stalin, por supuesto, no sostuvo jamás algo semejante.[13] Una vez más, la idea de que el Estado soviético aislado no era viable a largo plazo es la única que da sentido a esta afirmación.

Aceptado esto, es bastante lógico que la política de Trotsky con respecto a la industrialización interna haya sido tan vaga: se trataba de una suerte de medida de emergencia hasta que el advenimiento de la revolución internacional salvara la situación. Mandel mismo lo prueba al citar la alternativa propuesta por la Oposición de Izquierda ante el desastre masivo que supuso la industrialización de Stalin: ”un impuesto especial sólo para los campesinos ricos y una reducción radical de los gastos administrativos, economizando un billón de rublos de oro  anuales”.

El carácter académico, si no demagógico, de tal proposición, es evidente. Financiar la acumulación reduciendo los gastos del Estado es un sueño utópico para todo país atrasado. Resulta difícil creer que el mismo Trotsky tomara en serio tal propuesta. Por cierto que ello no tenía relación alguna con la desesperada situación económica de 1928, que fue de bloqueo virtual de las ciudades por parte de los kulaks, tal como E. H. Carr ha destacado recientemente en estas páginas (Revolution from Above, NLR, N9 46).

El programa de industrialización de Trotsky, a pesar de toda su trascendencia económica, no contiene solución política alguna para el problema del campesinado. De allí que éste estuviera siempre expuesto a la confiscación por Stalin y a comprometerse en una guerra contra los kulaks. Prueba de ello es el rápido realineamiento de Preobrazhenski y Piatakov en 1929; si hubiera habido una fórmula política, aceptada de común acuerdo para el programa de industrialización de la oposición, este desplazamiento no habría ocurrido.

La perspectiva internacional de la “revolución permanente” era un razonamiento fundamental para esta incompletada política interna. Debemos considerar ahora la interpretación que hace Mandel de esta idea. Rechaza la idea de que este concepto pueda esencialmente identificarse con la creencia en la inminencia y la ubicuidad de la insurrección. Por el contrario, afirma que lo único que sostiene es que la época histórica es una época de frecuentes réplicas de situaciones revolucionarias, ninguna de las cuales debe necesariamente producir una toma exitosa del poder. Los límites geográficos de este concepto permanecen indefinidos, pero presumiblemente se extienden a todo el globo. Ahora bien: si es ésta la interpretación que ha de darse al concepto de “revolución permanente”, entonces este concepto deja de ser erróneo para convertirse meramente en banal. Porque ¿quién en la Comintern hubiera negado nunca que la época histórica se caracterizaba por el surgimiento periódico de situaciones revolucionarias? Ninguna afirmación podía ser más segura o menos discutible. Una “época” comprende muchos años, se cuenta por décadas. Dentro de tal lapso, las erupciones pueden ser muy espaciadas sin dejar de ser “periódicas”. Diluir la idea de la revolución permanente equivale a tornarla banal.

La explicación que Mandel da del concepto incluye, sin embargo, un corolario polémico. Mandel afirma que dado que hubo numerosas situaciones revolucionarias en Europa después de 1919 y dado que ninguna produjo una revolución socialista, la responsabilidad de estos fracasos debía ser atribuida fundamentalmente, a la Comintern y al Partido soviético que la controlaba. ”La principal responsabilidad de las derrotas de la clase trabajadora en los años veinte, en los treinta y en los comienzos de la década del cuarenta puede ser lisa y llanamente imputada a una conducción inadecuada”.

La revolución permanente se convierte aquí en la explicación racional para una denuncia histórica de la política exterior soviética. No hay duda de que ésta es una interpretación correcta de la visión de Trotsky durante la década del treinta. Pero ¿es también una interpretación correcta de la historia? Mandel critica muy bien las explicaciones psicológicas de la política de Stalin, y reclama explicaciones sociológicas. Pero no advierte que, al tratar de atribuir todas las importantes derrotas revolucionarias acaecidas desde 1922 a la política de la URSS, está simplemente repitiendo el mismo error, a otro nivel.

Este fue precisamente el error de Trotsky, y este error derivó de su constante sobrestimación de la importancia de la nación como institución política.[14]

Porque el hecho es que, en última  instancia, la Comintern no determinó el destino de los movimientos revolucionarios de todos los países del mundo. Esto debiera ser obvio para todo marxista. Creer otra cosa sería exagerar desproporcionadamente la importancia y la influencia del naciente Estado soviético sobre los asuntos mundiales. La convicción anticomunista vulgar de que el “Kremlin” era responsable de todas las explosiones de descontento social o de revolución en todas partes del mundo encuentra aquí su contraparte marxista vulgar: el Kremlin se torna responsable de toda represión de descontento social y de todas las victorias de la contrarrevolución. Esta idea es incompatible con cualquier apreciación racional de la historia mundial y está precisamente basada en el monismo sociológico por el cual yo critiqué a Trotsky y que consiste en dar por sentada la existencia de “una estructura social universal que planea sobre sus manifestaciones en cualquier sistema internacional concreto”. La consecuencia voluntarista de tal suposición consiste en atribuir a la URSS una omnipotencia maléfica. Así, Mandel no vacila en escribir que “los cincuenta millones de víctimas de la Segunda Guerra Mundial” fueron el ”resultado” de la política de la Comintern. El idealismo de esta línea de pensamiento, y su distancia del marxismo, son evidentes.

Una vez que la dominación contrarrevolucionaria ha sido internacionalmente atribuida a Stalin, no existe ya restricción objetiva alguna para la ubicación de las “situaciones revolucionarias” cuyo triunfo se pretende que la Unión Soviética ha evitado. Los cuasi-fracasos se multiplican en el texto de Mandel: nada menos que cuatro para Alemania, tres para España, tres para Francia y hasta uno, quizás, para Gran Bretaña. Y a todos ellos se les llama “situaciones revolucionarias”.

Basta arrojar una mirada a la lista para advertir cuán alejada de la historia está tal afirmación. La huelga general inglesa fue saludada por Trotsky, en aquel momento, como la señal de un levantamiento general revolucionario. Sin embargo, la organizada clase trabajadora inglesa no pudo mostrar un “impulso instintivo para tomar en sus manos el destino de la sociedad”, sino que luchó por objetivos estrictamente limitados y se resignó a no alcanzarlos. (El Partido Comunista inglés demostró una correcta apreciación de la coyuntura, lo cual contrasta con el error de Trotsky).

La situación de 1945 en Francia y en Italia hacían muy problemática una tentativa armada de tomar el poder por parte de los partidos comunistas nacionales. El destino de Grecia lo prueba. Allí, la izquierda era mucho más fuerte que en Francia o en Italia, y el país era mucho menos vital para el imperialismo que cualesquiera de estas dos naciones. No obstante, la revolución griega fue brutalmente aplastada por la invasión anglo-americana. Thorez y Togliatti tenían muchas menos posibilidades que el KKE.

La Guerra Civil española es otro ejemplo. Mandel sugiere que los comunistas españoles podrían haber hecho una revolución exitosa dentro de la República en guerra en 1936-37 y haber intentado después una victoria militar sobre Franco. Pero eran sólo una pequeña minoría dentro de las fuerzas republicanas, y éstas a su vez tenían pocas posibilidades de ganar la guerra una vez que la correlación de fuerzas miñitares cristalizara en  1936.

Las posibilidades de una revolución socialista en Alemania también eran remotas. El KPD no tuvo en ningún momento algo semejante a las fuerzas necesarias para enfrentarse a la Wehrmacht, armada y equipada por los socialdemócratas con el deliberado propósito de sostener la contrarrevolución en 1918, y constantemente incrementada desde entonces. Esta situación estratégica era previa a cualquier consideración sobre el nazismo. Un control exitoso del nazismo era una cosa, y una revolución proletaria, otra bastante diferente.

Por supuesto, la política de Stalin fue errónea en Francia, en Italia y – sobre todo – en Alemania. Yo enfaticé en mi ensayo las sucesivas torpezas de la Tercera Internacional. Además, la crítica de Trotsky a la política de la Comintern en Alemania fue excelente (quizás sea significativo destacar, a este respecto, que sus mejores polémicas de estos años fueron escritas desde una posición “derechista”, paralela a la de Brandler, y no desde la posición ”izquierdista” que adoptó en la etapa de los Frentes Populares).

Pero en todos estos casos la política internacional de Stalin era, en última instancia, un factor secundario dentro de una lucha sostenida y decidida a nivel nacional. La unidad primaria de la lucha de clases era la nación; la promulgación de la política de la Comintern en Moscú no hizo nada para alterar este hecho. La política internacional de Stalin se tornó decisiva sólo cuando la nación fue abolida como tal, es decir, en la guerra. Fue entonces, precisamente, con la eliminación de las fronteras nacionales y la disolución temporal de las estructuras sociales que encerraban que el papel de las acciones soviéticas se tornó fundamental. El Ejército Rojo en Europa Oriental, al crear un cordon sanitaire a manera de contraste, logró lo que ninguna directiva de la Comintern tuvo jamás posibilidad de lograr.

El error fundamental que Trotsky cometió al subestimar la autonomía de la institución política del Estado-nación se hace evidente en su idea general de que, a causa de la ”política incorrecta de la Comintern”, no era posible revolución alguna dentro de las filas de los partidos leales a la Tercera Internacional. Sin embargo, fue precisamente esta creencia la que se vio refutada espectacularmente, confirmando así – por el contrario – cuán secundaria era la influencia de esta política sobre la lucha revolucionaria dentro de cualquier país dado. El monumental levantamiento de la Revolución China – para no hablar de otras victorias en Vietnam, Yugoeslavia y Albania – lo demostraron definitivamente. La Revolución China, giro fundamental de la historia mundial de las últimas décadas, concentra todos los principales errores que acosaban al pensamiento de Trotsky. Fue una revolución victoriosa conducida por un partido que nunca desafió abiertamente a la Comintern o a Stalin. Esto era algo que a Trotsky le parecía imposible: de allí su decisión de crear una nueva Internacional. Dicha revolución estaba basada en el campo y su fuerza principal fue el campesinado, a pesar de lo cual nunca abandonó su programa o su ideología socialista. Trotsky condenó explícitamente a Mao y al partido chino por retirarse a la China rural después de 1927, y predijo que degenerarían en un mero movimiento campesino. Imposible concebir prueba más evidente del sociologismo de Trotsky.[15]

Este fue su juicio acerca del fenómeno político más decisivo de la época, y revela con la mayor claridad su constante tendencia a trasladar inmediatamente las instituciones políticas a las fuerzas sociales, como así también los enormes errores a que tal desviación teórica conduce. (Puede agregarse que los escritos de Trotsky sobre China demuestran su incomprensión de la potencia revolucionaria de la guerra de guerrillas, a la que él había sabido someter como Comandante del Ejército Rojo. En este punto, tanto Lenin como Mao fueron – en diferentes momentos – superiores a él.) Así, Trotsky no tuvo nunca una plena conciencia de las formidables victorias de la Larga Marcha y de la guerra antijaponesa. Las categorías de su marxismo le impedían comprender la importancia de estos acontecimientos. De allí en adelante, la experiencia china, que llegaría a ser el vértice de la revolución mundial hacia la mitad del siglo, se le escapó.  

También se le escapó a Stalin, por supuesto. Pero de eso precisamente se trata. La política de Stalin no era frenética, con poder de vida y muerte sobre el movimiento revolucionario mundial. Fueron los movimientos cautelosos y conservadores del Estado soviético los que necesariamente tendrían sólo una influencia limitada sobre los acontecimientos que se producían en otros lugares, excepto cuando ese Estado sobrepasó sus fronteras nacionales, como en 1944-45.

La política de Stalin no fue más responsable del fracaso de la revolución en Occidente que lo fue del éxito de la revolución en Oriente. Aquellos partidos con suficiente vitalidad como para ignorar las directivas de la Comintern fueron los que tuvieron suficiente poder combativo como para ganar la revolución; aquellos que se sometieron dócilmente a las erróneas directrices de la Comintern no fueron los más aptos para derrotar a la burguesía. El hecho de que Stalin se equivocara con tanta frecuencia en esos años no significa, por el contrario, que Trotsky estuviera siempre en lo cierto. El leninismo había desaparecido con su autor, y las acusaciones mutuas hechas en estas décadas resonaban en el abismo de su ausencia.

Resumen

Para resumir: la indiferencia de Trotsky hacia las instituciones políticas lo alejó de Lenin antes de la Revolución de Octubre y lo excluyó del partido bolchevique. Su teoría y su práctica anteriores lo aislaron luego dentro del partido, en la década de los años veinte y aseguraron finalmente su derrota. En los años treinta su internacionalismo abstracto le impidió comprender la compleja dinámica intra-nacional que regía al desarrollo fundamental de los diferentes desprendimientos del movimiento revolucionario mundial.

El sociologismo de Trotsky forma una unidad coherente. Resulta innecesario decir que una crítica a su práctica teórica y política no disminuye, de ninguna manera, sus extraordinarios logros durante la Revolución de Octubre y la Guerra Civil. Por el contrario, como mi ensayo destaca, ambas estaban orgánicamente unidas: Trotsky tenía todas las virtudes de sus vicios.

Esto se aplica también al último período de su vida. Expresé en mi ensayo que estos años estuvieron  “dominados por su simbólica relación con el gran drama de la década anterior, que para él se había convertido en un trágico destino. Sus actividades se tornaron sumamente insignificantes”.

Pero esta insignificancia no era la de los gestos teatrales y las adaptaciones tácticas de la década de los años veinte. No se trataba ya de una falta de perspectiva. En su nuevo impasse, Trotsky alcanzó cierta grandeza. La escisión entre el “deber” y el “ser” tuvo una base histórica objetiva en la década de los años treinta. El “deber” de Trotsky fue sin embargo válido por cuanto la unión del socialismo con el nacionalismo y con un sistema autocrático es un absurdo. Pero por entonces no había posibilidad de que él lograra una existencia histórica definida.

Trotsky se convirtió en un mito identificándose con su “deber”. Fue Engels quien escribió que, mientras los socialistas utópicos estaban errados en un sentido económico, representaban una verdad en un sentido último, vinculado a la historia universal. Algo similar puede decirse de Trotsky. Mandel afirma que él representaba los “principios de  la democracia soviética y del internacionalismo revolucionario”.

Sin embargo, la realidad no es nunca una mera cuestión de principios. El precio que Trotsky debió pagar por su estatura fue tornarse irreal, convertirse en un mito romántico y en un símbolo. Era revolucionario en una escala clásica. Su tragedia consistió en sobrevivir en una época y en un campo de batalla post-clásicos. Está bien restaurar esta categoría fundamental. Porque el marxismo no es un optimismo beatífico es la comprensión de una época intolerable y la acción para transformarla.

1 No puedo examinar, dentro de la extensión de este artículo, hasta dónde las proposiciones de Trotsky de 1923-24 para la introducción de un plan central en 1925-27 para la industrialización correspondían a las posibilidades reales existentes en eI momento en que fueron formuladas. Uno de los mitos del trotskismo vulgar es que la implementación por parte de Stalin después de 1928,de planes de mucho mayor alcance que los que habían sido propuestos por la oposición prueba per se que estos últimos eran correctos. Según escribe Maurice Dobb, ”no se deduce que lo que puede haber sido practicable en 1928-29 fuera necesariamente practicable en una fecha anterior, cuando tanto la industria como la agricultura eran más débiles” (M. Dobb, Soviet Economic Development since 1917, London, 1948, pp. 206-207). Véase también R. W. Daves. ”The Inadequacies of Russian Trotskysm”, en Labour Review (London) July-August 1957. Sin embargo, yo aceptaría el argumento de que si el partido hubiera tenido en cuenta antes las advertencias de la oposición contra el peligroso crecimiento del poder de los kulaks en el campo, el proceso de colectivización de 1929-30 podría haber sido menos violento.

2 Carta de Trotsky al Plenarium del CC del PCR. enero 15 de 1925. En J. Murphy (ed.) Errors of Trotskysm (London, 1925), p. 374.


[1] El profeta armado, p. 14.

[2] La revolución permanente, p. 49 de la edic. inglesa.

[3] El profeta armado, p. 243.

[4] En mi primer ensayo, destaqué la complementariedad objetiva de las políticas de la izquierda y de la derecha, y ello constituye una tesis central que Mandel ignora. El problema que enfrentaba al partido era la forma que adquiriera la síntesis. De hecho, la unidad de izquierda-derecha que los derechistas y los izquierdistas no lograron fue fomentada por Stalin de tres maneras. Primero, por la elemental amalgama de derechismo e izquierdismo de la zigzagueante política oficial soviética. Segundo, dando origen al mito de que tal bloque antipartidario existía realmente. Y tercero, llevando a cabo la unidad de izquierdistas y derechistas en las prisiones.

[5] El profeta desarmado. p. 411. [Por error en el original inglés figura El profeta armado. N. del E].

[6] Es extraño que se me acuse de reducir todo a una lucha por el poder dentro del marco de la organización. No admiro la política del poder. Aun la política en un sentido más amplio, mientras tenga una relativa autonomía estructural es algo más que mera política para los revolucionarios socialistas, aquellos que lo son conscientemente.

[7] Es incorrecto que Mandel sugiera que Stalin era una persona mediocre comparada con Napoleón III. Tampoco era un “gigante entre enanos”. Sus características personales fueron, por supuesto, una condición necesaria de su papel histórico, pero fue el contexto político lo que determinó su impacto. Es posible que las características negativas de Trotsky fueran más significativas que las características positivas de Stalin – el momento übergreifendes – en la génesis del ascenso de Stalin.

[8] Es evidente que en la década de los años treinta, la forma en que la colectivización fue conducida como campaña hizo que muchos de los funcionarios de Stalin dudaran de su dirigente. Fue entonces cuando Stalin eliminó a aquellos de los cuales él era una creación, y los sustituyó por los que eran una creación suya. De esta manera puede decirse que él llevó a cabo parte del programa de Trotsky. Los jóvenes, la mayoría de ellos provenientes de la clase obrera, ocuparon los puestos de la Vieja Guardia. (Más tarde se convirtieron en dirigentes del país: Jruschev, Malenkov y otros). La abrumadora mayoría en el Congreso de 1934, el Congreso de los Triunfadores, fue víctima de las purgas. Sociológicamente éste fue el principal cambio, camuflado de hecho por los procesos espectaculares de la anterior oposición de izquierda y de derecha, es decir por el proceso a los que se habían transformado en políticamente insignificantes. Con Stalin, los funcionarios del partido y del Estado no tuvieron nunca la oportunidad de convertirse en un grupo social permanente y estable.

[9] Fue en este mismo artículo de 1918 que Lenin escribió en contra de aquellos que creían que era un error haber tomado el poder: “Así argumentan… (quienes) olvidan que jamás se dará la “correspondencia”, que no lo puede haber en el desarrollo de la naturaleza ni de la sociedad, y que solamente por medio de una serie de tentativas – cada una de ellas, tomada por separado, será unilateral y adolecerá de cierta falta de correspondencia – se creará el socialismo integral, producto de la colaboración revolucionaria de los proletarios de todos los países”.

[10] Lunatcharski comentó cierta vez, acerca de la personalidad de Trotsky: “Trotsky atesora su papel revolucionario y probablemente estaría dispuesto a hacer cualquier sacrificio personal, sin excluir el mayor sacrificio, el de su vida, a fin de perdurar en la memoria de los hombres provisto de la aureola de un genuino líder revolucionario”. Algo de verdad hay en ello. Trotsky era dado a las actitudes y a las afirmaciones  “dramáticas”, que, para criterios más mesurados, no siempre estaban justificados. Podría decirse que su tragedia fue una tragedia de tipo schilleriano, a diferencia de la tragedia de los últimos años de Lenin. Se recordará que Marx y Engels criticaron el drama Sickingen de Lasalle, calificándolo de schilleriano en comparación con el drama shakesperiano.

[11] La revolución permanente, p. 30 de la edic. inglesa.

[12] Ibid., p. 143 de la edic. inglesa.

[13] Ibid., p. 26. Dije en mi primer ensayo que la perspectiva de Stalin en esta cuestión fue superior a la de Trotsky. El aislamiento de Rusia era un hecho. Pero eso no fue el objeto de la cuestión. Durante la discusión del Comité Central acerca del Tratado de Paz con Alemania en enero de 1918, Stalin dijo que en lo que concernía a los movimientos revolucionarios occidentales, no había hechos sino sólo posibilidades, y que las posibilidades no podían ser tenidas en cuenta. “¿No pueden ser tenidas en cuenta?” preguntó Lenin. Esto fue una diferencia decisiva entre los dos, entonces y después. Lenin nunca ignoró los hechos, pero siempre tuvo en cuenta las posibilidades.

[14] Hay aquí un significativo contraste entre Trotsky y Lenin. Puede verse un buen ejemplo de ello en sus actitudes hacia Noruega y Serbia respectivamente en las dos guerras mundiales. En 1940, cuando los alemanes habían invadido Noruega, Trotsky escribió: “Dos gobiernos luchan en Noruega: el gobierno de los nazis europeos, apoyado por las tropas alemanas en el sur, y el antiguo gobierno socialdemócrata con su rey en el norte. Lo que se da en Noruega es el enfrentamiento directo e inmediato entre dos campos imperialistas, en cuyas manos los gobiernos noruegos en guerra son sólo instrumentos auxiliares. En el escenario mundial, no apoyamos ni el campo de los aliados ni al de Alemania. En consecuencia no tenemos la menor razón ni justificación para apoyar a ninguno de sus instrumentos temporales dentro de Noruega”. In defence of marxism. pp. 171-172 [hay versión en esp.]. En otras palabras, Trotsky se negó a reconocer la relativa justicia de la causa nacional noruega contra los alemanes. Repitió mecánica y abstractamente las posiciones revolucionarias clásicas de la Primera Guerra Mundial a pesar de las evidentes diferencias entre ellas. En 1914 Lenin por el contrario basó toda su política en una absoluta condena de la Guerra Mundial como una lucha interimperialista, pero dijo que había una relativa justicia en la lucha nacional serbia contra los imperios austro-húngaro y alemán. Habló de su expedición expoliadora contra Serbia. Su marxismo fue siempre dialéctico: integró tanto las contradicciones principales como las secundarias.

[15] El desconocimiento de Trotsky de la Revolución China contrasta de manera reveladora con la importancia que asignó a intelectuales americanos insignificantes y a los pequeños grupos políticos que ellos representaban. El sociologismo que lo indujo a desdeñar al partido chino como un fenómeno campesino lo indujo también a creer que la clase obrera americana – por representar al proletariado del país capitalista más avanzado – era una fuerza histórica decisiva en la década de los años treinta y, por lo tanto, las disputas ideológicas acerca de ella tenían una enorme importancia. De allí lo oprobioso de sus debates con Burnham. Schachtman y otros (agravados por la conciencia que Trotsky tenía de su nulidad ).

Ernest Mandel: Crítica de una Crítica

La crítica de Nicolás Krassó al pensamiento y las actividades políticas de Trotsky nos ofrece una buena ocasión para debatir algunas concepciones erróneas y algunos prejuicios que siguen preocupando a buen número de intelectuales de izquierda no alineados. Las raíces de estas concepciones falsas son fáciles de descubrir. La revelación y denuncia públicas de los peores crímenes de Stalin por parte de los dirigentes soviéticos actuales no se ven acompañadas en absoluto por la adopción de la política por la que Trotsky luchó durante los últimos quince años de su vida. Ni en la organización interna de los países “socialistas” ni en su política internacional (excepción hecha de Cuba) han vuelto los dirigentes de esos países a los principios de la democracia soviética y del internacionalismo proletario defendidos por Trotsky.

Sin embargo, históricamente, el hecho de que Stalin haya sido derribado de su pedestal y de que muchas de las acusaciones lanzadas contra él por Trotsky se reconozcan como ciertas constituye una formidable rehabilitación histórica para quien fuera asesinado por un agente de Stalin, el 20 de agosto de 1940, en Coyoacán.

Todos aquellos que permanecen fuera de la lucha por hacer triunfar finalmente el programa de Trotsky – por su completa rehabilitación política – tratarán, por consiguiente, de justificar su abstención en base a los fallos, errores y debilidades de este programa. Para ello, no irán a repetir las burdas exageraciones y falsificaciones forjadas por los estalinistas en los años treinta, cuarenta y cincuenta, según las cuales Trotsky fue un contrarrevolucionario y un agente del imperialismo, y deseó, o, al menos favoreció objetivamente la restauración del capitalismo en la URSS.

Tendrán que decantarse, pues, por los argumentos propuestos por los adversarios más refinados e inteligentes, que reprochaban a Trotsky, durante los años veinte, de no ser en realidad un bolchevique, sino un socialdemócrata de izquierda que no había comprendido en absoluto las particularidades de Rusia, ni las sutilezas de la teoría leninista de la organización ni la dialéctica compleja de la lucha proletaria tanto de Occidente como de Oriente. Esto es precisamente lo que está haciendo Krassó.

1. Clases, partidos y autonomía de las instituciones políticas

La tesis central de Krassó es sencilla: el pecado capital de Trotsky era su falta de comprensión del papel de un partido revolucionario; creía que las fuerzas sociales podían, directa e inmediatamente, modelar la historia, que eran transportables, tal cual, en organizaciones políticas. Esto, según parece, le impidió llegar nunca a comprender la teoría leninista de la organización, y le condujo a un sociologismo vulgar y al voluntarismo.

Su salida del bolchevismo en 1904, su papel en la revolución de octubre, su creación del Ejército rojo, su derrota en las luchas internas del partido en 1923-27, su concepción de la historia, su  “vano intento” de edificar la IV Internacional, todo ello está condicionado por el sociologismo y el voluntarismo. El marxismo de Trotsky, según Krassó, “forma una unidad coherente y característica desde la primera juventud hasta la vejez”.

Nadie discutirá que, antes de 1917, Trotsky rechazó lo esencial de la teoría de la organización de Lenin[1]. No discutiremos que el partido, la ideología y la psicología de las clases sociales pueden adquirir un determinado grado de autonomía en el proceso histórico, ni que el marxismo, por citar a Krassó (y no sólo el marxismo-leninismo, sino todas las demás interpretaciones fieles a la doctrina de Marx), “queda, en verdad, definido por la noción de una  totalidad compleja en la que todos los niveles – el económico, el social, el político y el ideológico – son siempre operacionales y se relevan como foco principal de las contradicciones”.

Pero ésta es una base muy pobre para justificar la tesis de Krassó. Si tratamos de analizar el verdadero pensamiento de Trotsky y su desarrollo a lo largo de casi cuarenta años, tropezaremos, a cada paso, con la insuficiencia y la infidelidad del cuadro esbozado por Krassó.

Ante todo, es falso que Trotsky, al rechazar la teoría leninista de la organización, tomara su propio modelo del partido socialdemócrata alemán en tanto que  “partido que englobaba a la clase obrera en su conjunto”. Históricamente, sería mucho más exacto sostener lo contrario, y poner de relieve que la teoría leninista de la organización fue tomada en gran medida de los teóricos de la socialdemocracia alemana y austríaca, Kautsky y Adler[2].

La oposición injustificada de Trotsky a la teoría de Lenin se basaba en su desconfianza frente al aparato social-demócrata occidental, considerado como esencialmente conservador. El propio Krassó admite, unas páginas más adelante, que Trotsky, ya en 1905, tenía una actitud más crítica que Lenin respecto a la socialdemocracia occidental. ¿Cómo hubiera podido calcar su idea del partido sobre esa socialdemocracia[3]?

En segundo lugar, es totalmente falsa la insinuación de que Trotsky siguió haciendo caso omiso o rechazando la teoría leninista de la organización tras haber reconocido, en 1917, que, finalmente, Lenin había tenido razón. Esta hipótesis carece de fundamento; el propio Lenin declaró – tras haber comprendido Trotsky que la unión con los mencheviques era imposible[4] – que “no había mejor bolchevique que Trotsky”[5].

Todos los escritos de Trotsky posteriores a 1917 insisten en el papel decisivo, en nuestra época, del partido revolucionario. En todos los puntos de inflexión de su carrera: en 1923, con Lecciones de octubre y Nuevo curso; en 1926, con la Plataforma de la oposición de izquierda; en su crítica a la desastrosa política de la Comintern en China, en Alemania, en España y en Francia; en el curso de los años treinta, en su Historia de la revolución rusa y en sus testamentos políticos, el Programa de transición de la IV Internacional y el Manifiesto de la conferencia extraordinaria de la IV Internacional (mayo de 1940), subrayó, incansablemente, que la cuestión de la construcción de los partidos revolucionarios era el problema clave de esta época:

“La crisis histórica de la humanidad se resume en la crisis de la dirección revolucionaria.” [6] Extraño modo, en verdad, de “olvidar” el papel de la vanguardia y de creer que las fuerzas sociales pueden modelar directa e inmediatamente la historia…

Es cierto que, para Trotsky, una vanguardia revolucionaria no era simplemente una máquina política hábilmente construida y bien engrasada. Semejante concepción – que, como se sabe, tiene su origen en la política burguesa americana, a menudo difícil de distinguir del gangsterismo – era totalmente extraña a Lenin, al bolchevismo y a todo el movimiento obrero internacional, hasta el día en que Stalin la introdujo y la puso en práctica en la Comintern.

Para Trotsky, así como para Lenin y para toda tendencia marxista, un partido revolucionario de vanguardia debe juzgarse objetivamente, ante todo, a la luz de su programa explícito y de su política real. En todos los casos en que el partido, por bien que funcione, por fuerte que sea, se pone a actuar contra los intereses de la revolución y de la clase obrera, hay que desarrollar una lucha para enderezarlo.

Cuando sus acciones se convierten en contrarias, de modo no episódico y durante todo un período, a los intereses del proletariado, no puede de ningún modo ser considerado como un partido revolucionario de vanguardia, y entonces se impone inmediatamente la tarea de construir uno nuevo.[7]

Naturalmente, ni Lenin ni Trotsky identificaron nunca un partido revolucionario con un programa correcto. Lenin declaró explícitamente que una política correcta no podía demostrar su justeza, durante un largo período, más que por su capacidad para ganarse a una parte importante de la clase obrera, o, de hecho, a su mayoría.[8]

Pero ambos elementos son los complementos indispensables para la construcción de un partido revolucionario de vanguardia. En ausencia de un programa y una política correcta, un partido puede convertirse objetivamente en contrarrevolucionario, sea cual sea la amplitud de su influencia en la clase obrera. Si no adquieren, a la larga, una influencia de masas en el seno de la clase obrera, los revolucionarios armados con el mejor de los programas degenerarán en una secta estéril.

Vemos, pues, en tercer lugar, que, lejos de resolver el problema con la afirmación de “la autonomía de las instituciones políticas”, que, según se nos dice, Trotsky no comprendió, Krassó plantea sencillamente una pregunta sin aportar ninguna respuesta. Ya que el problema consiste precisamente en comprender a la vez la autonomía de las instituciones políticas y el carácter relativo de esta autonomía. Después de todo, fueron Marx y Engels, y no Trotsky, los que dijeron que toda historia es, en último análisis, la historia de la lucha de clases.[9]

Las instituciones políticas son organismos funcionales. Si se separan de las fuerzas sociales a las que supuestamente sirven, pierden muy rápidamente su eficacia y su poder, a menos que otras fuerzas sociales las utilicen.[10]Esto fue precisamente lo que ocurrió con Stalin y su fracción en el seno del Partido bolchevique.

La  “pura” política de poder que tanto parece admirar Krassó degrada a sus protagonistas hasta el punto de que pierden todo control sobre sus propias acciones. El vínculo entre los fines conscientes y las consecuencias objetivas de estas acciones se difumina y finalmente desaparece. Los marxistas, por el contrario, conceden la mayor importancia a la acción consciente; y tal conciencia implica reconocer el papel decisivo de las fuerzas sociales y de los límites que este papel impone inevitablemente a la acción de todo individuo. La incomprensión por parte de Krassó de esta relación dialéctica entre partido y clase, su desconocimiento del problema, están en el origen de la debilidad fundamental de su ensayo.

La clase obrera no puede triunfar sin partido de vanguardia. Pero el partido de vanguardia es, a su vez, producto de la clase obrera, aunque no tan sólo de ella. No puede desempeñar su papel más que si cuenta con el apoyo de la parte más activa, de esta clase.[11]

Por otra parte, en ausencia de condiciones favorables, la clase obrera no puede producir ese partido de vanguardia, ni el partido de vanguardia puede conducir a la clase obrera a la victoria. Por último, a falta de una clara comprensión de estos problemas, no surgirá ningún partido de vanguardia, aun cuando las condiciones sean favorables, y se perderán irrevocablemente, por largo tiempo, las oportunidades de victoria de la revolución.

Desde 1916, Trotsky comprendió perfectamente esta relación dialéctica y la aplicó a distintas situaciones concretas de un modo tan magistral que es absurdo afirmar, como hace Krassó, que  “no supo discernir el poder autónomo de las instituciones políticas”. El propio Krassó define los ensayos de Trotsky sobre el fascismo alemán como  “los únicos escritos marxistas de aquella época, en los que se prevén las catastróficas consecuencias del nazismo y de la política demente que la Comintern, en su Tercer Período, practicó al respecto”. Pero, ¿cómo pudo Trotsky alcanzar un análisis tan correcto de la evolución de la sociedad alemana entre 1929 y 1933 sin un examen detallado y sin una comprensión no sólo de las clases sociales y de las fracciones de clase, sino también de sus partidos? ¿No demuestran esos brillantes escritos su capacidad de apreciar correctamente la importancia de los partidos, sobre todo de aquellos que ejercen influencia sobre la clase obrera? ¿No quedan resumidas sus advertencias en este grito de Casandra: ”O bien el partido comunista y la socialdemocracia combatirán juntos a Hitler, o bien Hitler aplastará a la clase obrera alemana por un largo período”? ¿No se basaba este llamamiento, precisamente, en la comprensión por parte de Trotsky de la incapacidad de la clase obrera para enfrentarse a la amenaza fascista sin la unión de los partidos obreros? ¿No iba emparejado todo este análisis con un estudio, igualmente minucioso, de la evolución de las instituciones políticas burguesas, análisis que permitió a Trotsky descubrir el valor universal, en nuestra época, de la categoría marxista del bonapartismo? A la luz de todos estos hechos, ¿qué queda de la tesis de Krassó según la cual Trotsky ”subestimó el poder autónomo de las instituciones políticas” hasta el fin de sus días?

2. La lucha por el poder y los conflictos sociales en la Unión Soviética (1923-1927)

Al estudiar la ”lucha por el poder” en el seno del partido comunista soviético entre 1923 y 1927, Krassó se divide en dos líneas de pensamiento contradictorias. Por un lado, pretende que Trotsky cometió error tras error por subestimar la autonomía de las instituciones políticas. No quiso aliarse con la derecha de Stalin y, con ello, le proporcionó a Stalin la victoria, ya que el único medio de impedir tal victoria era el de unir contra Stalin a todos los viejos bolcheviques.

Por otro lado, sostiene que Trotsky no tenía ninguna posibilidad de victoria, dada la actitud de toda la vieja guardia bolchevique, virtualmente unida contra él en 1923: ”En efecto, Stalin era ya dueño de la organización del partido en 1923.” Estas dos líneas de pensamiento son contradictorias. En el primer caso, la victoria de Stalin es consecuencia de los errores de su adversario; en el segundo, esta victoria es inevitable.

La debilidad del análisis de Krassó se evidencia claramente por el hecho de que ninguna de las dos versiones aporta ninguna explicación; los hechos – o, mejor dicho, la interpretación parcialmente falsa que Krassó da de ellos –, sencillamente, se presuponen. Según la primera versión, y quién sabe por qué razón, no sólo Trotsky, sino también todos los viejos bolcheviques desatendieron las advertencias de Lenin sobre el poder de Stalin, y se unieron a éste contra Trotsky en vez de unirse a Trotsky en su lucha contra Stalin. Según la segunda versión, sin que se sepa tampoco por qué, Stalin se adueña repentinamente del partido ya en 1923, estando aún en vida Lenin. ¿Obedeció ello tan sólo a su habilidad para maniobrar en el seno del partido, a su “capacidad de persuadir a los individuos y a los grupos para que aceptaran la política que preconizaba”, o, incluso, a su “gran paciencia”? Pero si así fue, eso quiere decir que Stalin surgió como un gigante entre enanos, y que incluso Lenin se dejó manipular por el astuto secretario general…

En este caso, la historia se hace completamente incomprensible para la ciencia social, y se reduce, en un vacío social, a un escenario por la “conquista del poder”. Los millones de víctimas de la colectivización forzosa y de la Yejovchtchina; la conquista del poder por Hitler; la derrota de los republicanos españoles y los cincuenta millones de víctimas de la segunda guerra mundial, todo ello parece deberse al accidente genético de la concepción de José Djugashvili.

Vemos aquí el resultado final de la insistencia en una autonomía absoluta de las instituciones políticas, separadas de las fuerzas sociales, y de la negativa a considerar las luchas políticas como reflejo, en último análisis, de los intereses contradictorios de las fuerzas sociales. Marx, en su prefacio a la segunda edición de El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, señala que Víctor Hugo, al considerar la toma del poder por Luis Bonaparte como golpe de fuerza de un individuo, “lo engrandecía en vez de disminuirlo, atribuyéndole un poder de iniciativa personal sin precedente en la historia”.[12] Y las consecuencias de la toma del poder por Luis Bonaparte parecen minúsculas en comparación a las que tuvo la toma del poder por Stalin.

El método correcto para comprender y explicar lo que ocurrió en Rusia entre 1923 y 1927, o, más bien, entre 1920 y 1936, consiste en exponer, tal como sugiere Marx en el prefacio antes mencionado, “cómo la lucha de clases ha podido crear unas circunstancias y una situación en que un personaje mediocre” pudo convertirse en héroe y dictador.

En este contexto, lo importante, según el método no marxista de Krassó, no es únicamente el que considere las luchas internas del partido “focalizadas en el ejercicio del poder como tal”, es decir, en cierta medida, separadas incluso de las cuestiones políticas que suscitaron. Lo importante es, sobre todo, el negarse a vincular, directa o indirectamente, las contradicciones sociales con la lucha política tal como se expresa, especialmente, cuando entran en juego  ideas o programas divergentes. Aquí, la idea de autonomía de las instituciones políticas es llevada hasta un punto en que se hace incompatible con el materialismo histórico.

De hecho, cuando Krassó echa en cara a Trotsky el haber escrito que “incluso divergencias episódicas y matices de opinión pueden expresar la presión oculta de intereses sociales distintos” (subrayado nuestro), ¡lo que le echa en cara es ser marxista! Ya que esta frase en concreto no plantea, como parece suponer Krassó, ninguna ”identidad” eventual entre los partidos y las clases, sino sencillamente el hecho de que los partidos, en último análisis, representan intereses sociales, y no pueden ser entendidos históricamente más que como portavoces de distintos intereses sociales. Esto es, a fin de cuentas, lo que Marx expuso detalladamnte en La lucha de clases en Francia, 1848-1850, y en El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, por no citar más que las obras más conocidas.

Nada tiene de sorprendente que, en estas condiciones, Krassó no mencione ni siquiera una sola vez a la capa social que convierte en inteligible, en términos sociohistóricos, toda la historia rusa de los años veinte: la burocracia. No debe considerarse como una idiosincrasia personal la reiterada insistencia de Trotsky sobre el papel de la burocracia como fuerza social con intereses separados[13] de los del proletariado. Ya en 1871, Marx y Engels, en sus escritos sobre la Comuna de París, llamaron la atención sobre el peligro de que una burocracia pudiera dominar un Estado proletario, y enumeraron una serie de normas sencillas para eludir este peligro[14]. Kautsky, en el mejor período de su madurez, cuando Lenin se consideraba su discípulo, señaló este peligro, en 1898, de modo profético.[15] Lenin, en El Estado y la revolución y en el primer programa bolchevique tras la revolución de octubre, subraya la gravedad de este problema.[16]

Hubiera podido esperarse que un escritor como Krassó, que se considera un gran admirador de Lenin, prestara, al menos, alguna atención a aquello que se convirtió en el principal combate final de Lenin, en la preocupación obsesiva de la última parte de su vida: la lucha contra la burocracia. Ya en 1921, se negaba a definir a la Unión Soviética como Estado obrero, declarando, en cambio, que Rusia era un “Estado proletario con deformaciones burocráticas”. Su aprensión y su inquietud fueron creciendo mes a mes. Puede seguirse esta evolución de artículo en artículo en todos sus últimos escritos, hasta llegar a las sombrías profecías de su último ensayo y de su Testamento.[17]  

Lenin comprendió, sin la menor duda, la interacción concreta entre el proceso socialpasividad política creciente de la clase obrera y poder creciente de la burocracia en el aparato del partido y en la sociedad, junto a una creciente burocratización del aparato del partido – y las luchas internas en el partido. Trotsky, empleando el mismo método, comprendió, indudablemente – al cabo de cierto tiempo –, esta interacción, y actuó en consecuencia.[18]

Lo trágico fue que los demás miembros del Partido bolchevique no vieron a tiempo el peligro de la burocracia y de la ascensión de Stalin como representante de la burocracia soviética. Todos acabaron por ver el peligro, en un momento u otro, pero no lo hicieron ni a la vez ni lo bastante pronto. Esta es la razón fundamental de la aparente facilidad con que Stalin conquistó el poder.

Está fuera de toda duda de que Trotsky cometiera errores tácticos en la lucha, errores particularmente evidentes hoy para autores como Krassó, dotados de esa fuente única de inteligencia política que es la perspicacia retrospectiva.[19] Pero también Lenin cometió errores. Después de todo, fue Lenin el que creó el aparato del partido que ahora empezaba a degenerar.

Fue Lenin el que no se opuso a la elección de Stalin para el cargo de secretario general. Fue Lenin el que avaló con su autoridad personal una serie de medidas institucionales y administrativas que favorecieron poderosamente la victoria de la burocracia, y que hoy sabemos – también por perspicacia retrospectiva – que hubieran podido evitarse sin destruir la revolución: la norma de la autoridad única del director de fábrica; la excesiva importancia concedida a los estímulos materiales; la exagerada identificación entre el partido y el Estado; la supresión de los vestigios de partidos o agrupamientos soviéticos que no fueran el Partido bolchevique cuando ya la guerra civil había terminado (y cuando esos mismos agrupamientos habían sido tolerados, durante la guerra civil, a condición de no pactar con la contrarrevolución); la supresión del derecho tradicional de los miembros del Partido bolchevique a formar fracciones.[20]

Puede decirse, de forma mucho más general, que, después de la guerra civil y al comienzo de la NEP, Lenin exageró el peligro inmediato que podía resultar del relajamiento de la disciplina en el partido, y que subestimó el peligro de que la supresión de las libertades civiles (de las que hasta entonces gozaban las tendencias no bolcheviques) y la reducción de la democracia interna del partido aceleraran el proceso de burocratización que tan justificadamente temía.

El origen de este error reside, precisamente, en una identificación demasiado estrecha entre el partido y el proletariado, y en la creencia de que el partido defendía de modo autónomo las conquistas del proletariado. Algunos años más tarde, Lenin comprendió hasta qué punto se había equivocado; pero era ya tarde para eliminar el germen del peligro de burocratización del aparato del partido.

Krassó se equivoca por completo cuando opina que Trotsky subestimó la autonomía del poder de las instituciones políticas durante su dramática lucha en el seno del partido entre 1923 y 1927. Lo cierto es todo lo contrario. Su estrategia política, en el curso de aquel período, sólo puede entenderse a la luz de cómo entendió la relación dialéctica particular entre las condiciones objetivas de la sociedad soviética, rodeada de Estados capitalistas hostiles, la fuerza correspondiente de los agrupamientos sociales en la sociedad soviética y el papel autónomo del Partido bolchevique en ese período particular y en esas condiciones concretas.

Debido a que Krassó no comprende esta estrategia, y que desea, evidentemente, explicar las posiciones de Trotsky a través de su supuesto pecado original de éste, se sorprende y denuncia su total incoherencia. “Trotsky, nos dice, nunca abordó de modo concreto el problema de la puesta en práctica de su política económica en el curso de los años veinte.” Esta política económica, según Krassó, no era más que el resultado del “talento administrativo” de Trotsky, y no el de una elaboración política correcta que tomara en cuenta las diferentes fuerzas sociales de la URSS.

Además, esta política no provenía de su teoría de la revolución permanente, que implicaba que ”no es viable el socialismo en un solo país” ya que sucumbiría bajo los efectos de la ”subversión” que desencadenara el mercado mundial y de la agresión imperialista extranjera… Ante tantas deformaciones de la historia, nos preguntamos si acaso las incoherencias que Krassó imputa a Trotsky no existirán tan sólo en la mente de Krassó.

Resulta incoherente, en efecto, contraponer el programa económico de urgencia de Trotsky a su concepto de “revolución permanente”.[21] ¿Cómo podía un marxista, que, según Krassó, les daba a las ideas tanta preponderancia y las vinculaba de forma tan ”inmediata” a las fuerzas sociales, luchar por un crecimiento económico acelerado de la Unión Soviética y, al mismo tiempo, sostener que todo dependía de una revolución internacional inminente sin la cual la Unión Soviética se hundiría? ¿Acaso la segunda afirmación no convierte en ilusoria la lucha económica? He aquí una contradicción implícita de la versión falsificada de la teoría de la revolución permanente, que ni los críticos estalinistas de ayer y de hoy ni algunos estúpidos seudodiscípulos de extrema izquierda han sido nunca capaces de resolver. El misterio es de fácil elucidación cuando se plantea el problema en unos términos correctos: todo lo que afirmó Trotsky en su tercera “ley de la revolución permanente” fue que una sociedad socialista acabada, es decir, una sociedad sin clases, sin comercio, sin moneda y sin Estado, nunca podrá ser realizada dentro de las fronteras de un solo Estado (entonces más atrasado que la mayoría de los Estados capitalistas avanzados de la época.[22] Ni por un solo instante negó la necesidad de empezar a edificar el socialismo o de lograr, con este objeto, un crecimiento económico acelerado que debería proseguirse durante todo el tiempo en que la revolución sólo se hubiera realizado en un único país. Al fin y al cabo, él fue el primero en proponer concretamente una política de aceleración de la industrialización.

Si todo el debate se redujera al problema teórico abstracto de la terminación del socialismo (distinto del comunismo, que se caracteriza por la desaparición total de la división social del trabajo), cabría entonces preguntarse: ¿por qué fue la discusión tan encarnizada? ¿No cometería Trotsky un grave error táctico al entrar personalmente en un combate tan difícilmente comprensible para la gran mayoría de los miembros del partido?

Lo cierto es que no fue ni mucho menos Trotsky el que levantó el problema, sino Stalin y su fracción. Se trató, sin duda, de un “hábil” movimiento táctico orientado a separar a Trotsky y sus partidarios de los más pragmáticos de los cuadros bolcheviques. Sin embargo, la mayoría de la vieja guardia, incluyendo a la viuda de Lenin, se alineó con la oposición de izquierda unida; Zinoviev y Kamenev, en particular, se lanzaron a la batalla. La oposición de Trotsky a la teoría del  “socialismo en un solo país” se convirtió, de este modo, en el terreno de su más estrecha colaboración con la vieja guardia después de la guerra civil.

Ni los malabarismos ideológicos de Stalin ni la resistencia que les opuso la vieja guardia fueron accidentales. En la teoría del  “socialismo en un solo país”, la burocracia expresaba la conciencia naciente de su poder, y volvía arrogantemente la espalda a los principios elementales del marxismo-leninismo. Se  “emancipaba” no sólo de la revolución mundial, sino también de toda la herencia teórica de Lenin, e incidentemente pensaba tener otras cosas por hacer que contar con la acción consciente de la clase obrera soviética y mundial. Al oponerse a este rechazo de la más elemental teoría marxista, la vieja guardia demostraba sus cualidades fundamentales.

Estaba dispuesta a seguir a Stalin para  “preservar la unidad del partido”, para “no comprometer la dictadura del proletariado”; pero se resistía a llegar hasta el abandono de los principios básicos de la teoría de Lenin. Tal como antes hemos dicho, la tragedia de los años veinte fue, de hecho, la tragedia de esta vieja guardia, es decir, del partido de Lenin sin Lenin. Pero Stalin le rindió el supremo homenaje de un total exterminio físico, revelando con ello su convicción de que la vieja guardia era, por naturaleza, “irrecuperable” para la siniestra dictadura burocrática de los años treinta y cuarenta.

Allí donde Krassó fragmenta el pensamiento de Trotsky, en el curso de los años veinte, en otros tantos pedazos dispersos e incoherentes, lo que hay en realidad es unidad dialéctica y coherencia. Trotsky estaba convencido de que la sociedad soviética, que estaba pasando del capitalismo al socialismo, no podría, en el marco de la NEP, resolver gradualmente sus problemas.

Rechazaba la idea de la coexistencia pacífica entre una pequeña producción mercantil y una industria socialista, anverso ya conocido de lo que era la “coexistencia pacífica” del capitalismo y el Estado obrero en el escenario mundial. Estaba convencido de que, tarde o temprano, las fuerzas sociales antagónicas se enfrentarían en los planos nacional e internacional. Su política puede resumirse de este modo: favorecer toda tendencia que, en el  plano nacional o en el internacional, fortalezca al proletariado, su poder numérico y cualitativo, su confianza en sí mismo y su dirección revolucionaria; debilitar todas las tendencias que, en el plano nacional o en el internacional, tiendan a dividir a la clase obrera o a disminuir su capacidad y su voluntad de autodefensa.

Desde esta óptica, todo se vuelve coherente y desaparece todo misterio. Trotsky es partidario de la industrialización porque es indispensable para el fortalecimiento del proletariado en el seno de la sociedad soviética. Es partidario de la colectivización gradual del campo para atenuar la presión de los campesinos ricos sobre el Estado proletario y el chantaje que pueden llegar a ejercer sobre las ciudades con la amenaza de cortar las entregas de grano. Es partidario de combinar la industrialización acelerada con la colectivización gradual de la tierra porque es preciso crear la infraestructura técnica de las granjas colectivas (tractores y maquinaria agrícola[23]), sin la cual la colectivización podría llegar a provocar el hambre en las ciudades.

Es partidario de una ampliación de la democracia de los soviets con objeto de estimular la actividad y la conciencia políticas de la clase obrera. Es partidario de eliminar el paro y de aumentar los salarios reales porque la industrialización, si va acompañada de un descenso del nivel de vida de los obreros, hace bajar la actividad política autónoma del proletariado en vez de aumentarla.[24] Es partidario de una línea de la Comintern que saque provecho de todas las condiciones favorables para la victoria proletaria en otros países, porque ello mejoraría la relación internacional de fuerzas a favor del proletariado. La combinación de estas medidas no hubiera evitado una primera prueba de fuerza con el enemigo; pero hubiera tenido lugar en unas condiciones mucho más favorables que en 1928-32, en el interior, y en 1941-45 en el exterior.

¿Era ””irreal” este programa? No, ya que existían las condiciones objetivas para su realización. Ningún historiador sin prejuicios puede hoy dudar de que si se hubiera seguido esa otra línea, el proletariado y el pueblo soviéticos se hubieran ahorrado innumerables sacrificios y sufrimientos, y que la humanidad se hubiera evitado, sino una guerra, sí al menos el azote del fascismo victorioso extendido por Europa, con sus decenas de millones de muertos. Pero este programa sí era irreal en el sentido de que las condiciones subjetivas para su realización eran inexistentes. El proletariado soviético estaba pasivo y fragmentado. Veía con simpatía el programa de la oposición de izquierda, pero no tenía la suficiente energía militante para luchar por él. En contra de lo que parece pensar Krassó, Trotsky no se hizo jamás la menor ilusión al respecto.

Abandonar de inmediato el Partido bolchevique, fundar un nuevo partido (ilegal), significaba contar demasiado exclusivamente con una clase obrera cada vez más pasiva. Contar con el ejército, organizar un golpe de Estado, significaba, de hecho, sustituir un aparato burocrático por otro y condenarse a convertirse en prisionero de la burocracia. Aquellos que echan en cara a Trotsky el no haber adoptado una de estas dos vías no comprenden la situación en términos de fuerzas sociales y políticas fundamentales. La tarea de un revolucionario proletario no consiste en “hacerse con el poder” empleando los medios que sean y en las condiciones que sean, sino en tomar el poder para poner en marcha un programa socialista.

Si el poder no puede obtenerse más que en unas condiciones que nos alejan de los objetivos de tal programa en vez de acercarnos a ellos, es preferible mil veces permanecer en la oposición. Los admiradores no marxistas del poder en abstracto, desvinculado de la realidad social, ven ahí una “debilidad”. Cualquier marxista convencido verá en ello, por el contrario, la mayor fuerza de Trotsky y su aportación a la historia, y no la grieta de su coraza.

¿Fue acaso la lucha de Trotsky durante los años veinte tan sólo una “pose” que adoptó ante la historia, con objeto de ”salvar el programa”? Dicho sea de paso, aunque así hubiera sido, Trotsky quedaría, históricamente, totalmente justificado. Hoy, debería resultar evidente que la reapropiación del auténtico marxismo por parte de la nueva vanguardia revolucionaria mundial se ve enormemente facilitada por el hecho de que Trotsky, casi solo, salvara la herencia y la continuidad del marxismo durante los ”oscuros años treinta”.   

En realidad, sin embargo, la lucha de Trotsky tuvo un objetivo más concreto. La clase obrera soviética estaba pasiva, pero no estaba predeterminada su pasividad durante un largo período. Cualquier impulso de la revolución internacional, cualquier modificación en la relación entre las fuerzas sociales en el interior podía determinar un renacimiento. Los instrumentos inmediatos para emprender estos cambios no podían ser otros que la Comintern y el Partido comunista de la Unión Soviética. Trotsky luchó para que el partido detuviera el proceso de degeneración burocrática, cosa que Lenin le había encomendado.

La historia ha revelado, a posteriori, que el aparato del partido se había burocratizado ya hasta el punto de actuar como motor y no como freno en el proceso de expropiación política del proletariado. A priori, el resultado de esta lucha dependía de las opciones políticas concretas de la dirección del PCUS, de los viejos bolcheviques. Un giro hacia la orientación correcta, en el momento oportuno, hubiera podido invertir el proceso; no hasta el punto de eliminar por completo a la burocracia (lo cual era imposible en un país subdesarrollado y amenazado por el capitalismo), pero sí hasta el de disminuir su nefasta influencia y reinfundir confianza en sí mismo al proletariado.

El ”fracaso” de Trotsky fue también el de la vieja guardia, que comprendió demasiado tarde la verdadera naturaleza del monstruoso parásito que la revolución había engendrado. Pero este mismo “fracaso” evidencia que Trotsky había comprendido las relaciones complejas entre fuerzas sociales, instituciones políticas e ideas durante los años veinte.

3. ¿Era imposible una extensión internacional de la revolución entre 1919 y 1949?

Llegamos ahora al tercer panel de la crítica de Krassó, el más importante, pero también el más débil: su reproche a Trotsky de haber esperado y previsto revoluciones extranjeras después de 1923.

Toda esta parte del ensayo de Krassó está dominada por una curiosa paradoja. Krassó empieza por acusar a Trotsky de haber subestimado el papel del partido. Ahora, sin embargo, Krassó declara que la esperanza de Trotsky en revoluciones victoriosas en Europa occidental se basaba en su incapacidad  “para comprender las diferencias fundamentales entre las estructuras sociales rusas y las de Europa occidental”.

En otros términos, las condiciones objetivas hacían imposible una revolución mundial, al menos entre las dos guerras. Por oposición al “voluntarismo” que le echa en cara a Trotsky, Krassó defiende en este punto un burdo determinismo económico y social: puesto que las revoluciones no han triunfado (hasta el momento) en Occidente, esto quiere decir que no podían vencer; y si no podían vencer, ello se debe a unas ”estructuras sociales específicas” de Occidente.

El papel del partido, de la vanguardia, de la  dirección, la “autonomía de las instituciones políticas”, todo ello es ahora borrado del mapa; y por el propio Krassó, polemizando contra Trotsky. Una curiosa inversión de términos, la verdad…

Pero, ¿y Lenin? ¿Cómo explica Krassó que Lenin, el cual, por citar a Krassó, ”estableció la teoría de la relación necesaria entre partido y sociedad”, estuviera tan apasionadamente convencido como Trotsky de la necesidad de fundar partidos comunistas y una Internacional Comunista? ¿Considera Krassó esta posición de Lenin como un “vano voluntarismo”? ¿Cómo explica que, años después de Brest-Litovsk (en este punto, Krassó deforma la historia, insinuando lo contrario), Lenin siguiera pensando que era inevitable una extensión internacional de la revolución hacia Occidente y hacia Oriente? [25]

Krassó es incapaz de establecer una diferencia entre la posición de Lenin y la de Trotsky en lo que se refiere a la relación dialéctica entre la Revolución de octubre y la revolución internacional como no sea atribuyendo a Trotsky tres ideas mecanicistas e infantiles: la de que era ”inminente” que hubiera revoluciones en Europa; la de que en todos los países capitalistas (o al menos en los de Europa) se cumplían las condiciones para una revolución; y la de que era ”indudable” la victoria de estas revoluciones. No hace falta decir que Krassó no podría apuntalar ni una sola de estas alegaciones. Es fácil encontrar pruebas abrumadoras de lo contrario.

Ya en el tercer congreso de la Comintern (1921), Trotsky y Lenin (ambos estaban en el “ala derecha” de ese congreso) declaraban, con razón, que, tras la primera oleada revolucionaria de la posguerra, el capitalismo había logrado un respiro en Europa. No era la ”revolución inmediata” la que estaba a la orden del día, sino la preparación de los partidos comunistas para la revolución futura, es decir, la elaboración de una política justa destinada a conquistar la mayoría de la clase obrera y a crear unos cuadros y una dirección capaces de conducir a esos partidos a la victoria cuando se presentaran nuevas situaciones revolucionarias.[26]

Criticando el Proyecto de programa de la Internacional Comunista de Bujarin y Stalin, Trotsky declaró explícitamente, en 1928: “El carácter revolucionario de la época no consiste en que permita, en todo momento, realizar la revolución, es decir, tomar el poder. Este carácter revolucionario viene dado por unas oscilaciones profundas y bruscas, por unos cambios frecuentes y brutales: se pasa de una situación francamente revolucionaria, en que el partido comunista puede aspirar a arrebatar el poder, a la victoria de la contrarrevolución fascista o semifascista, y de esta última al régimen provisional de justo medio (‘bloque de izquierda’, entrada de la socialdemocracia en la coalición, acceso al poder del partido de MacDonald, etc.), que hace que luego las contradicciones se afilen como una navaja de afeitar y plantea claramente el problema del poder).” [27]

En sus últimos escritos, describe una y otra vez nuestra época como una rápida sucesión de revoluciones, de contrarrevoluciones y de ”estabilizaciones temporales”, sucesión que crea, precisamente, las condiciones objetivas para la edificación de un partido revolucionario de vanguardia de tipo leninista.

Ahí está, naturalmente, el nudo de la cuestión, que Krassó no ha planteado siquiera; he aquí por qué no podía, evidentemente, darle respuesta. ¿Cuál es la hipótesis de base sobre la que se fundamenta el concepto de la organización de Lenin? Como con tanta exactitud dijo Georg Lukacs, es la hipótesis de la actualidad de la revolución[28], es decir, la disposición consciente y deliberada del proletariado para tomar el poder cuando se presenten condiciones revolucionarias, y la convicción profunda, basada en las leyes objetivas de la evolución de la sociedad rusa, de que tales situaciones tienen que presentarse tarde o temprano.

Lenin, cuando escribió su libro sobre el Imperialismo, influenciado por el Finanzkapital de Hilferding[29], y cuando hizo un inventario de la primera guerra mundial, extendió, justamente, esta noción de la actualidad de la revolución al conjunto del sistema del mundo imperialista; los eslabones más débiles serán los primeros en romperse, y toda la cadena iría rompiéndose progresivamente.[30] Ésta era la justificación de su llamamiento para la formación de la III Internacional. Tal era el programa de la naciente Comintern.

Ahora bien, ésta es una concepción central con la que no se puede jugar. O bien es teóricamente exacta y está confirmada por la historia, y, en este caso, no sólo es exacta la “tercera ley de la revolución permanente”, sino que las derrotas de la clase obrera entre 1920 y 1943 deben imputarse resueltamente a las insuficiencias de la dirección revolucionaria; o bien aquello que fue la concepción fundamental de Lenin después del 4 de agosto de 1914 era erróneo, viniendo la experiencia a demostrar que no estaban maduras las condiciones objetivas para la aparición periódica de situaciones revolucionarias en el resto de Europa, y, en este caso, no es tan sólo la “tercera ley de la revolución permanente” la que, según dice Krassó, es un ”error teórico”, sino que también todos los esfuerzos de Lenin para edificar partidos comunistas y organizarlos con objeto de conducir al proletariado a la conquista del poder tendría que condenarse entonces como una criminal actividad escisionista.

Después de todo, ¿no es acaso esto lo que los socialdemócratas han sostenido desde hace más de cincuenta años, empleando el mismo argumento de que las ”condiciones político-sociales” en Occidente no estaban ”maduras” para la revolución, y de que Lenin era incapaz de comprender las diferencias fundamentales entre las estructuras sociales de Rusia y las de Europa occidental?

Puede hacerse un inventario muy rápidamente, al menos en lo que se refiere a las experiencias históricas. Si dejamos de lado a las pequeñas naciones, hubo situaciones revolucionarias, en Alemania, en 1918-19, en 1920 y 1923, y grandes oportunidades para que una defensa victoriosa contra la amenaza nazi derivara en una nueva situación revolucionaria a comienzos de los años 30; en España, hubo situaciones revolucionarias en 1931, 1934, 1936 y 1937; hubo situaciones revolucionarias en Italia en 1920, en 1945 y en 1948 (en el momento del atentado contra Togliatti); hubo situaciones revolucionarias en Francia en 1936 y en 1944 y 1947.

Incluso en Gran Bretaña hubo una huelga general, en 1926… Numerosos escritos, incluso de no comunistas y no revolucionarios, atestiguan que, en todas las situaciones, la negativa de las masas a seguir soportando el sistema capitalista y su deseo instintivo de tomar en sus manos el destino de la sociedad coincidían con la confusión, la división, por no decir la parálisis, de las clases dirigentes, lo cual, según Lenin, es la definición misma de una situación revolucionaria clásica.

Si aplicamos el esquema al resto del mundo, para poder incluir en él a la revolución china de los años veinte, la insurrección vietnamita de comienzos de los años treinta, y la onda expansiva de una y otra, al final de la segunda guerra mundial, en dos revoluciones poderosas que estimularon el movimiento revolucionario en todos los  países coloniales, entonces la definición de ese medio siglo como la ”era de la revolución permanente” – título elegido por Isaac Deutscher y George Novack para una antología de textos de Trotsky[31] – da cuenta perfectamente de este balance histórico.

Vayamos ahora a la afirmación más extravagante de Krassó: los fracasos de la revolución europea en los años veinte, treinta y comienzos de los cuarenta demuestran, según parece, que  “es innegable la superioridad de la óptica de Stalin respecto a la de Trotsky”. Y ello debido a que Trotsky preveía revoluciones victoriosas, mientras que Stalin “no hacía demasiado caso de las posibilidades de victoria de las revoluciones en Europa”.

Pero, ¿la situación no era a la inversa? Trotsky no creía en absoluto en revoluciones automáticamente victoriosas, ni en Europa ni en ningún sitio. Nunca dejó de luchar por una política correcta del movimiento comunista, que, a fin de cuentas, hubiera hecho posible – si no en la primera ocasión, sí al menos en la segunda o la tercera – la transformación de situaciones revolucionarias en victorias revolucionarias. Stalin, al sostener una política incorrecta, contribuyó enormemente al fracaso de esas revoluciones.

Prescribió a los comunistas chinos la confianza en Chang Kai-chek y, en un discurso público, en la misma víspera de la matanza de los trabajadores de Shangai, ordenada por Chang Kai-chek, expresó su entera confianza en su verdugo, calificándolo de ”aliado fiel”.[32] Decretó que la socialdemocracia era el peor enemigo de los comunistas alemanes, y que Hitler o bien sería incapaz de conquistar el poder, o bien de conservarlo, no sería sino por unos pocos meses: pronto los comunistas serían los auténticos vencedores. Aconsejó a los comunistas españoles que detuvieran su revolución y que se “ganara antes la guerra” mediante una alianza con la burguesía ”liberal”. Aconsejó a los comunistas franceses e italianos que edificaran una ”nueva democracia” que no sería ya totalmente burguesa por cuanto habría algunos ministros comunistas y algunas nacionalizaciones.

Esta política se saldó en todas partes con desastres. Sin embargo, Krassó, incluso cuando hace balance de las catástrofes, concluye que la visión de Stalin era innegablemente superior a la de Trotsky, ¡porque Stalin  “no hacía demasiado caso de las posibilidades de victoria de las revoluciones en Europa”! Tal vez la dirección por parte de Stalin de la III Internacional, la transformación de la Comintern, originariamente instrumento de la revolución mundial, en herramienta diplomática del gobierno soviético, y la teoría del socialismo en un solo país tuvieron algo que ver con el fracaso de las revoluciones en Europa, ¿no es cierto? ¿O acaso Krassó podría llegar a decir que Stalin organizó deliberadamente estas derrotas para  “demostrar” la ”superioridad” de sus puntos de vista respecto a los de Trotsky?

Como marxistas, hemos de plantear una última pregunta. No se pueden explicar los “errores” cometidos por Stalin en la dirección de la Internacional Comunista diciendo que fueron resultados accidentales de su ”falta de comprensión” o de su “provincialismo ruso”, como tampoco pueden explicarse los desastrosos resultados de su política interior por la fórmula esencialmente no marxista del ”culto de la personalidad”.[33]

Nunca coincidieron sus “errores” tácticos con los intereses del proletariado soviético o internacional. Costaron millones de vidas que hubieran podido salvarse, años de sacrificios inútiles, y horribles sufrimientos bajo la opresión fascista. ¿Cómo puede explicarse que, durante treinta años y en todas partes, excepto en la zona de influencia del ejército rojo, Stalin se opusiera sistemáticamente a todas las tentativas de los partidos comunistas de adueñarse del poder, o las saboteara?[34]

Existe, indudablemente, una explicación social de este curioso hecho. Una política tan sistemática no puede explicarse más que como expresión de los intereses particulares de un grupo social determinado en el seno de la sociedad soviética: la burocracia.

Este grupo no es una nueva clase. No desempeña ningún papel particular ni objetivamente necesario en el proceso de producción. Es una casta privilegiada del proletariado, nacida después de la conquista del poder, en unas condiciones objetivamente desfavorables para el florecimiento de la democracia socialista. Igual que el proletariado, está fundamentalmente apegado a la propiedad colectiva de los medios de producción y en oposición al capitalismo: por esto Stalin acabó por aplastar a los kulaks y se levantó contra la invasión nazi. La burocracia no ha destruido las conquistas socioeconómicas fundamentales de la Revolución de octubre sino que, por el contrario, las ha conservado, aun cuando lo haya hecho por medios cada vez más opuestos a los objetivos fundamentales del socialismo.

El modo de producción socializado nacido de la Revolución de octubre ha resistido con éxito todos los asaltos del exterior y todos los sabotajes del interior. Ha demostrado su superioridad ante cientos de millones de hombres. Es este hecho histórico fundamental el que también explica por qué la revolución mundial, en lugar de retrasarse por varios decenios – como afirman los pesimistas –, pudo resurgir con tanta facilidad y lograr victorias importantes después de la Segunda Guerra mundial.

Pero a diferencia del proletariado, la burocracia es esencialmente conservadora y le tiene miedo a cualquier nuevo impulso de la revolución mundial, que, al estimular la combatividad obrera en el interior, podría amenazar su poder y sus privilegios. La teoría y la práctica del  “socialismo en un solo país”, y luego la teoría y la práctica de la ”coexistencia pacífica”, reflejan perfectamente la naturaleza, socialmente contradictoria, de esta burocracia. Se defiende resueltamente cuando se ve amenazada de exterminio por el imperialismo; intenta extender su zona de influencia cuando con ello no pone en peligro el equilibrio social de fuerzas a escala mundial. Pero está fundamentalmente apegada al statu quo. Los estadistas americanos han terminado por darse cuenta de ello. Krassó debería, por lo menos, dar cuenta de esta continuidad de la política exterior soviética después de la muerte de Lenin, y tratar de darle una explicación social. No encontrará otra que la formulada por Trotsky.

La burocracia y sus defensores pueden, indudablemente, tratar de racionalizar esta política y sostener que sólo perseguía la defensa de la Unión Soviética contra la amenaza de todos los países capitalistas, que se hubieran coligado contra ella si se hubieran sentido ”provocados” en uno u otro sitio por revoluciones. De igual modo los socialdemócratas han ido sosteniendo que sólo se oponían a las revoluciones para defender las organizaciones y conquistas de las clase obrera, que se verían aplastadas por la reacción si la burguesía se sintiera “provocada”  por un activismo revolucionario.

Pero Marx nos ha enseñado precisamente a no juzgar a los partidos y grupos sociales por lo que dicen de sí mismos ni por sus intenciones, sino por su papel objetivo en el seno de la sociedad y por los resultados objetivos de sus acciones. También la verdadera naturaleza social de la burocracia queda reflejada en la suma de sus acciones; y de igual modo, según Lenin, la verdadera naturaleza social de la burocracia sindical y de los cuadros superiores pequeñoburgueses de la socialdemocracia en los países imperialistas explica su oposición lógica a la revolución socialista.

Y hemos vuelto ahora a nuestro punto de partida. Los marxistas comprenden la autonomía relativa de las instituciones políticas, pero esta comprensión implica una análisis constante de la raigambre social de estas instituciones y de los intereses sociales a los que sirven en último análisis: Esto implica que cuanto más se elevan estas instituciones por encima de las clases sociales a las que supuestamente sirven en un principio, más tienden a la autodefensa y a la autoconservación y más fácilmente entran en conflicto con los intereses históricos de la clase de la que han surgido.

Así fue como entendieron el problema Marx y Lenin. En este sentido, cuando Krassó acusa a Trotsky de haber ”subestimado” la posibilidad de autonomía de los ”partidos” y las ”naciones”, le acusa, en definitiva, de haber sido marxista y leninista, Estamos convencidos de que Trotsky hubiera aceptado sin quejarse esta acusación.  


[1]

[2] El programa de Hainfeld de la socialdemocracia austríaca, de 1889, afirma claramente que la “conciencia socialista es, por consiguiente, algo que debe introducirse desde el exterior a la lucha de clase proletaria”. Kautsky dedicó un artículo en Die Neue Zeit del 17 de abril de 1901 (“Akademiker und Proletarier”) al problema de la relación entre intelectuales y obreros revolucionarios, en el que formuló la mayor parte de los conceptos de la organización leninista. Es indudable, dada su fecha de publicación, que este artículo (uno de una serie de dos) inspiró directamente el ¿Qué hacer? de Lenin.

[3] Habría que añadir que la desconfianza instintiva de Trotsky hacia los intelectuales dilettantes que entran en un partido obrero, desconfianza que heredaba de Marx, se veía totalmente compartida por Lenin, punto que Krasso olvida hábilmente. Cf. Marx-Engels, carta circular a Bebel, Liebknecht, Bracke, etc., del 17-18 de septiembre de 1879 (Marx-Engels, Ausgewählte Schriffen, vol. II, pp. 45556, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1950), así como V. I. Lenin, Un paso adelante, dos pasos atrás, donde estigmatiza a ”los intelectuales burgueses que temen la disciplina y la organización del proletariado”. Krasso ve una  “ironía suprema” en el hecho de que Trotsky, al final de su vida, tuviera que discutir con ”intelectuales de salón”, a los que siempre había detestado, como Burnham y Shachtman; se olvida de que Engels tuvo que discutir con Dühring, y Lenin con Bulgakov, que, ciertamente, no eran superiores a Burnham o Shachtman. Es Krasso el que no entiende la función que tienen estas polémicas educativas en la construcción del partido, función que ha sido bien comprendida por todos los maestros del marxismo.

[4] Tal como evidencia claramente el texto de Trotsky citado por Krasso, Trotsky comprendió que “la unión con los mencheviques era imposible” a partir del momento en que tomó conciencia de la política conciliadora de los mencheviques durante la revolución de 1917.

[5] Isaac Deutscher, El profeta armado, Ed. Era, México.

[6] The Founding Conference of the Fourth International, publicado por el Socialist Workers Party, New York, 1939, p. 16.

[7] Ya el 7 de noviembre de 1914, Lenin escribía : ”La II Internacional ha muerto, vencida por el oportunismo… La III Internacional tiene el deber de organizar las fuerzas del proletariado con vistas al asalto revolucionario contra los gobiernos capitalistas.” (Lenin-Zinoviev, Gegen den Strom, p. 6, Verlag der Kommunistischen Internationale, 1912.)

[8] Ya en 1908, Lenin escribe: ”La condición previa fundamental para este éxito es, naturalmente, que la clase obrera, cuya élite ha creado la socialdemocracia, se distinga de todas las demás clases de la sociedad capitalista, por razones económicas objetivas, por su capacidad para organizarse. Sin esta condición previa, la organización de los revolucionarios profesionales no sería otra cosa que un juego, una aventura…” El folleto ¿Qué hacer? subraya constantemente que la organización de los revolucionarios profesionales que en él se preconiza no tiene sentido más que en relación con  “la clase realmente revolucionaria que surge de modo elemental para la lucha”.

[9] “Fue precisamente Marx el primero en descubrir la ley según la cual todas las luchas históricas, ya se libren en el plano político, religioso, filosófico o en cualquier otro terreno ideológico, no son, de hecho, más que expresión más o menos clara de la pugna entre clases sociales : ley en virtud de la cual la existencia de esas clases y, consiguientemente, también sus enfrentamientos, están, a su vez, condicionados por el grado de desarrollo de su situación económica, por su modo de producción y de cambio…” (Engels, prefacio a la 3a. edición alemana de El 18 de brumario de Luis Bonaparte.)

[10] Uno de los documentos más patéticos de los años veinte es precisamente el folleto de Stalin Preguntas y respuestas, escrito en 1925, en el que declara que la degeneración del partido y del Estado son posibles, ”si es que” la política exterior del gobierno soviético abandona el internacionalismo proletario, reparte, junto con el imperialismo, el mundo en esferas de influencia, o disuelve la Comintern; eventualidades que, por supuesto, descartaba completamente, pero que él mismo realizaría al cabo de dieciocho años.

[11] En El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, Lenin insiste en la necesidad, para la vanguardia comunista, de conquistar el apoyo de “la clase trabajadora entera”, de las  “más amplias masas”, antes de poder conquistar victoriosamente el poder.

[12] Marx-Engels,  Selected Works, vol. I, p. 244, Ed. en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1958.

[13] No totalmente separados, sin embargo, como tampoco la burocracia fascista puede llegar a separarse por entero del capitalismo monopolista. Sin embargo, en ambos casos, la defensa de los intereses históricos de clase (propiedad colectiva en el primer caso, propiedad privada en el segundo) se combina con una profunda expropiación política de la clase, e incluso con grandes sufrimientos individuales de muchos de sus miembros.

[14] Marx-Engels, La guerra civil en Francia, introducción de Engels a la edición alemana de 1891.

[15] Kautsky, Der Ursprung des Christentums, 13.a edición, Dietz Verlag, Stuttgart, 1923, p. 499

[16] En su discurso sobre el programa del partido, antes del VIII congreso del Partido comunista de la Unión Soviética (19 de marzo de 1919), Lenin recuerda varias veces el problema de la burocracia: ”La carencia de cultura de Rusia… corrompe el poder soviético y recrea la burocracia… la burocracia se camufla en comunistas… combatir el burocratismo hasta el fin, hasta la victoria total, es imposible si el pueblo entero no participa en la administración del país…”

[17] Ejemplos: ”Vemos surgir el mal ante nosotros (el burocratismo) de un modo más claro, más preciso y más amenazador” (21 de abril de 1921); ”el recurso de la huelga en un Estado en que el poder político pertenece al proletariado no puede explicarse ni justificarse más que por las deformaciones burocráticas del Estado proletario…” (17 de enero de 1922); ”sin embargo, si consideramos Moscú – 4.700 responsables comunistas –, y si consideramos esta máquina burocrática, esta montaña, ¿quién gobierna y quién es gobernado? Dudo mucho que pueda decirse que los comunistas gobiernan esta montaña. En realidad, no gobiernan, sino que son gobernados” (2 de marzo de 1923). En el tercer codicilo añadido a su Testamento, redactado el 26 de diciembre de 1922, Lenin propone que entren en el Comité central varias decenas de trabajadores, y que no se elijan entre aquellos que han trabajado ya en el aparato soviético, ya que estarían ya infectados por el virus burocrático.

[18] Es inexacto que, como dice Krasso, Lenin, en su Testamento, “no le concediera una especial confianza” (a Trotsky). El Testamento presenta a Trotsky como el miembro más capaz del Comité central. Subraya, eso es cierto, lo que según Lenin constituyen sus debilidades, pero también pronostica un agudo conflicto entre Trotsky y Stalin, y propone eliminar a Stalin de su posición central en la organización.

[19] La enumeración de estos errores es inexacta en muchos aspectos. Krasso atribuye falsamente a Trotsky la idea de la “militarización de la mano de obra”, que fue, en realidad, una decisión colectiva del partido, adoptada en el IX congreso del PCUS. Alega que Trotsky no luchó por la publicación del Testamento de Lenin; en realidad, en este punto, Trotsky fue derrotado por la dirección del partido, y no quiso quebrantar la disciplina por razones que veremos más adelante. Trotsky, afirma Krasso, “fue totalmente incapaz de ver que Stalin estaba decidido a separarlo del partido”. Puede que esto fuera cierto en 1923, pero entonces nadie se daba cuenta de ello, ni, probablemente, siquiera Stalin debía pensar en recurrir a esta medida extrema. En cambio, Trotsky se dio cuenta antes que ningún otro dirigente bolchevique de la gravedad de la situación en el partido y en el Estado, situación que, dado el carácter de Stalin, tenía que conducir a expulsiones, y luego a represiones sangrientas. Krasso escribe que Trotsky no le prestó atención alguna a la ruptura de la troika Stalin-Kamenev-Zinoviev. Se olvida de añadir que fue de esta ruptura de donde nació la oposición conjunta de la izquierda entre Trotsky, por un lado, y Zinoviev y Kamenev por otro, y que este frente unido no fue roto, en 1927-28, por Trotsky y sus amigos, sino por los partidarios de Zinoviev.

[20] Para hacer justicia a Lenin, hay que añadir que, al mismo tiempo que cometía estos errores, trataba de introducir una serie de medidas cautelares destinadas a frenar el proceso de burocratización del Estado y del partido. El sistema de la troika limitó realmente la autoridad de los directores en las fábricas. Los derechos de los sindicatos fueron aumentados (en este punto, Lenin criticó justificadamente las propuestas de Trotsky referentes a los sindicatos). Se mantuvo el principio de “salario máximo” para los cuadros del partido. Al mismo tiempo que se suprimían las fracciones, se consolidó el derecho a formar tendencias, y Chliapnikov recibió la promesa de que sus ideas opositoras se imprimirían en cientos de miles de ejemplares. Pero la historia ha demostrado que cuanto más pasivo se hace el proletariado tanto más se extiende el poder de la burocracia, y tanto más fácil le resulta a ésta abolir estas medidas cautelares mediante algunos ataques-relámpago; cosa que hizo entre 1927 y comienzos de los años treinta.

[21] Krasso dice que la fórmula de “revolución permanente” es ”impropia e indica una falta de precisión científica incluso en sus más profundas intuiciones”. Parece ignorar que esta fórmula la inventó el propio Marx.

[22] En uno de los capítulos de su crítica del Proyecto de programa de la Comintern, Trotsky expone muy detalladamente el hecho de que Stalin y sus aliados han confundido deliberadamente el problema de la posibilidad de una victoria de la revolución socialista en un solo país – que implica la necesidad de un inicio de organización socialista y de construcción socialista de la economía – con el problema de la victoria final del socialismo, es decir, el establecimiento de una sociedad socialista plenamente desarrollada (Cf. La Internacional Comunista después de Lenin; ed. de PUF, París, 1969, pp. 94-129). Resulta interesante observar que, aún en 1924, en la primera edición rusa de Lenin y el leninismo, el propio Stalin escribía: “Para la victoria final del socialismo, para la organización de la producción socialista, son insuficientes los esfuerzos de un solo país, en especial de un país campesino como Rusia.” Las razones económicas expuestas por Trotsky sobre la imposibilidad del “socialismo en un solo país”, confusas en Krasso, se hacen perfectamente inteligibles si se las considera desde el punto de vista de la ”victoria final” y no del ”comienzo de la edificación”. Evidentemente, una economía socialista llegada a la madurez debe poseer una productividad del trabajo mayor que las economías capitalistas más avanzadas; en este punto, incluso Stalin y Bujarin estuvieron de acuerdo. Trotsky sostenía, sencillamente, que, en una economía esencialmente autárquica, sería imposible alcanzar un nivel de productividad superior al que los países imperialistas alcanzan gracias a su división internacional del trabajo. En ningún momento pretende que esto deba conducir a una inevitable  “subversión” de la economía planificada de la Unión Soviética. Declara, sencillamente, que esto podría convertirse en una fuente de conflictos violentos y de contradicciones que no permitirían a la Unión Soviética la realización de una sociedad sin clases. La historia ha confirmado plenamente este diagnóstico.

[23] Este no es más que un ejemplo del hecho de que Stalin no adoptó el programa de Trotsky, sino tan sólo partes de tal programa, sin consideración a su lógica interna. A partir de 1923, la oposición luchó por la construcción de una fábrica de tractores en Tsaritsyn. El proyecto fue aceptado. Pero la fábrica no se construyó hasta 1928. Si se hubieran producido tractores desde 1924-25, y los koljoses se hubieran desarrollado gradualmente, atrayendo a los campesinos pobres, en base a la voluntariedad, gracias a la más elevada productividad del trabajo y a los ingresos más altos en el sector cooperativo, la combinación de la industrialización y de la colectivización de la agricultura hubiera llevado a una situación totalmente distinta de la trágica situación de los años 1928-32, de la que la Unión Soviética sigue hoy sufriendo los efectos.

[24] La oposición propuso, como otras fuentes de acumulación, que, en vez del inexorable descenso del nivel de vida de los obreros y de los campesinos ordenado por Stalin, se gravara con un impuesto especial tan sólo a los campesinos ricos, y que se decidiera una reducción radical de los gastos administrativos, todo ello hubiera supuesto un ahorro de mil millones de rublos-oro anuales. Si los objetivos del primer plan quinquenal se hubieran extendido a ocho o diez años a partir de 1923-24, en vez dé a cinco años, hubieran impuesto unas restricciones mucho menos pesadas para las masas populares.

[25] Dos citas tan sólo: “la primera revolución bolchevique liberó al primer centenar de millones de hombres de la opresión de la guerra imperialista, de la opresión del mundo imperialista. Las futuras revoluciones liberarán a la humanidad entera de la opresión de esas guerras y de ese mundo” (14 de octubre de 1921). ”Tenéis que aprender de un modo especial a entender realmente la organización, la construcción, el método y el contenido del trabajo revolucionario. Si lo conseguís, entonces estoy convencido de que la revolución mundial no sólo será buena, sino excelente” (15 de noviembre de 1922). (Cit. según Oeuvres, Moscú-París, t. 33, pp. 50 y 444).

[26] He aquí un ejemplo típico de “subestimación de la autonomía de las instituciones políticas”, sin duda…

[27] Trotsky, La Internacional Comunista después de Lenin, cit., p. 179.

[28] Georg Lukacs, Lenin. Cit. según la ed. de EDI, París, 1965, pp. 28-29.

[29] Rudolf Hilferding, Das Finanzkapital, Wiener Volksbuchhandlung, Viena. En pág. 447 de esta edición, Hilferding concluye con un párrafo sobre las finanzas como dictadura perfecta de las grandes empresas, y predice “una formidable colisión de intereses [sociales] antagónicos” que, finalmente, transformará la dictadura de las grandes empresas en dictadura del proletariado.

[30] El panfleto El hundimiento de la Segunda Internacional, escrito por Lenin en 1915, está centrado en la idea de que se desarrolla en Europa una situación revolucionaria, y que los socialistas deben actuar con objeto de estimular los sentimientos y las acciones revolucionarias de las masas. Sus declaraciones a los dos primeros congresos de la Internacional Comunista extienden este análisis a todos los países bajo régimen colonial o semicolonial.

[31] Ed. Laurel, Dell Publishing Company, New York, 1964.

[32] La dirección maoísta del Partido comunista chino, deformando deliberadamente la verdad histórica, sigue presentando a Chen Du-siu, jefe del Partido comunista chino en el período 1925-27, como responsable de estos ”errores”; omite decir que actuaba bajo las indicaciones directas y apremiantes de la Internacional Comunista y, ante todo, bajo las del propio Stalin.

[33] Muchos se preguntan (como Krasso) si la política de Stalin no queda justificada por la victoria de la URSS en la Segunda Guerra mundial. Ver así las cosas significa presentar un cuadro falseado de la realidad y pasar completamente por alto el precio espantoso que se tuvo que pagar por esta victoria, las innumerables víctimas innecesarias, las innumerables derrotas (incluyendo las derrotas militares: en la Unión Soviética ha surgido toda una literatura sobre este tema). Un hombre que vive en un quinto piso no quiere ni tomar el ascensor ni apretar el botón de la escalera para tener luz. Tropieza, tal como era de esperar, pero, gracias a su robusta constitución, no se rompe el cráneo, sino tan sólo los brazos y las piernas, y, al cabo de cuatro años, puede ya andar con muletas. Esto demuestra, evidentemente, una fuerte constitución; pero, ¿sirve de argumento para no usar los ascensores?

[34] Ahora sabemos que Stalin también intentó influenciar a los comunistas yugoslavos y chinos, desaconsejándoles la toma del poder. Dio instrucciones al partido comunista vietnamita para que permaneciera en el seno del imperio colonial francés, rebautizado con el nombre de  “Unión francesa”. El partido cubano, educado por él, rehusó obstinadamente, durante años, comprometerse con Fidel Castro con vistas a una revolución socialista victoriosa en Cuba. ¿Necesitan estos hechos una explicación sociológica, o tan sólo sicológica?

Changing world balance of forces in new stage of globalization August 15, John Bachtell

Capitalism is a crisis-ridden system. A crisis anywhere in the global capitalist system can become a world contagion. It is only a matter of time before a new one occurs, perhaps even more destructive than the 2007 financial crisis.

Neoliberalism is the current set of economic policies defining globalization. The extreme right originated these policies to undo the New Deal and Great Society gains and reverse the falling rate of profit.

Domestically the result was deregulation, privatization, and austerity. Globally the result was a race to the bottom for the working class and the widening gap between the North and South, between developed capitalist and developing economies. Everywhere it resulted in extreme wealth concentration, industry oligopolies, and attacks on democracy and national sovereignty.

The scientific, technological, and mass communications revolutions have facilitated globalization and the creation of far-flung production chains. Financial and economic crises originating in one place can quickly spread globally.

The mass communications revolution has also elevated the battle of ideas. Cyberwarfare and mass disinformation, including “deep fakes,” are seemingly impossible to stop and can bring down governments, affect politics, and alter election outcomes.

Cyberwarfare is also aimed at a nation’s infrastructure, military installations, and critical industries, geared to disrupt and disable the natural functioning of the economy, government, media, and social media. They present new challenges to democracy and national sovereignty.

The world is a smaller, more complex, and interconnected place.

A new global order on the horizon

After WWII, a new global order with the U.S. as the dominant capitalist power was established. Alliances, institutions, and rules comprise what is called the “liberal international order.” Both the Democratic and Republican Party establishments have generally supported this order.

However, the world is changing rapidly, and the old global order is increasingly battered by crisis and contradiction. Has the current phase of neoliberal globalization exhausted itself? Is a new global balance of forces and new stage emerging, perhaps one that is not capitalist but not yet socialist-oriented?

U.S. imperialism is a descending superpower in today’s world. The ability of the U.S. and other capitalist powers to define globalization and dominate the global order has weakened. Globalization is increasingly shaped by the rise of China, emerging economies, and alternative global institutions and blocs.

Other factors include:

1. The inclusion of China, Russia, the Eastern European, and newly emerging economies in the global capitalist market system. China and Russia are increasingly challenging the current global order.

2. Growing trade between China and emerging economies and between emerging economies themselves, and the creation of new alliances and trade blocs (BRICS).

3. Greater integration and sharpening competition between capitalist powers, and Russia, also a global capitalist power.

4. Growing resistance to U.S. foreign policy in response to the history of regime change, military aggression, and occupation in the Korean peninsula, Vietnam, Iraq, and Afghanistan.

How will U.S. capitalism respond to this new reality, shifts in the world balance of forces, and growing infeasibility of the post-World War II global order? Will U.S. ruling circles adjust or seek to regain a dominant status by military force, as happened in the invasion and occupation of Iraq?

Trump foreign policy

Trump’s foreign policy is shaped first and foremost by Wall Street and U.S. capitalist corporations, primarily the banks, fossil fuel, and military corporations.

Its goal is to restore the unchallenged dominant status of U.S. imperialism. However, the Trump foreign policy has specific new features producing instability, turmoil, chaos, and an elevated war danger.

The policy is shaped by extreme right sections of capital, administration officials rife with contradictions and competing interests, and Trump family members and their circle of cronies who unabashedly seek to expand their business empire.

The State Department and national security apparatus are run by extreme right officials with lineage to Joe McCarthy, Barry Goldwater, and Dick Cheney, including John Bolton and the war criminal Eliot Abrams.

These forces include individuals with links to Tea Party right-wing evangelicalism (Pompeo, Pence) who seek to impose their religious views on policy and economic nationalists like Steve Bannon.

What unites these forces with Trump and economic advisor Peter Navarro is “America First” nationalism. This foreign policy despises global institutions. It favors military might and regime change over diplomacy, nuclear supremacy, the “preventative war doctrine” based on self-defense, and the notion that accommodation is surrender.

It embraces free-market capitalism and the elimination of socialism.

Bolton, Pompeo, and some sections of U.S. capital, in alliance with the right-wing governments in Israel, Saudi Arabia, and the UAE, are obsessed with carrying out regime change in Iran. The provocations toward Iran could quickly spiral out of control, escalating into a regional conflict and possibly nuclear war.

The refusal by Israel to recognize the right of Palestinian people to national self-determination, the occupation of Palestine, and its annexation through an expansion of settlements has created an explosive situation. The right-wing extremist alliance of the Trump administration, Netanyahu government, and the Middle East feudal monarchies have created new dangers of war without end.

Solving this crisis begins with the ouster of both Trump and Netanyahu, the extreme right forces backing them, and the Middle East feudal monarchies. Then a two-state solution, still supported by majorities in Israeli and Palestine, the UN, and the U.S. Jewish community, may be possible.

In the end, it will be up to the Israeli people, both Jews, and Arabs, to change their government and its policies, win equal rights for Israeli Arabs, and end the occupation of Palestinian territories.

U.S. foreign policy and ruling class splits

Finance capital, energy, and military corporations dominate the U.S. foreign policy establishment, spanning both Democratic and Republican Parties. However, “conflicts of interest” and splits in the ruling class play out in the foreign policies promoted by these parties. Unilateralism over multilateralism, military force over diplomacy, and addressing climate change over denying it are some critical policy differences.

Trump’s “America First” demagogy is geared to mobilize his base of supporters. Racism and white supremacy, anti-immigrant hate, Islamophobia, anti-Semitism, anti-communism, and nationalism infuse this demagogy.

Immigration, foreign policy, and militarization intersect at the U.S.-Mexico border. The goal of Trump and the extreme right is to slow down, halt, and reverse changing racial demographics. Trump is trampling on U.S. and international law on migration, refugees, asylum, and religious freedom.

The Trump administration sees China as the chief strategic and competitive rival and is building a global front against China through the military encirclement and the trade war. Although it differs in significant ways, some aspects of Trump’s policy echo Obama’s approach to isolate China by the “Pivot to Asia” and now-defunct Trans-Pacific Partnership (TPP). Undermining China’s socialist orientation, its ability to compete scientifically and technologically, and increasing profits for key US corporations is Trump’s goal.

The U.S. seeks to restore its single dominant power status in the Western hemisphere, through regime change in Venezuela, Cuba, and Nicaragua, the defeat of anti-imperialist center-left governments and reverse increasing economic, diplomatic, and cultural ties and cooperation with Russia and China.

The global fight for peace

But the rest of the world is not going along with Trump. He finds little support for his efforts to foster regime change in Iran and Venezuela, and nearly every country continues to support the Paris Climate Accords.

Building a broad global democratic alliance for peace, sustainable development, and a new democratic global order is the only way to counter U.S. and global imperialism, and especially the extreme right, and fascist circles connected to the Trump administration.

This alliance includes every force possible to isolate the global extreme right, including global public opinion, non-militarized states, socialist-oriented, and independent developing nations and blocs.

Global working-class unity and solidarity of all peace, environmental, and democratic forces are critical.

Unity of communist, socialist, and revolutionary left democratic forces, and currents are also critical.

Employing splits in the U.S. and global ruling circles, isolating the most reactionary sectors and regimes, is crucial.

A people’s foreign policy and 2020 elections

The purpose of the Communist Party USA is to help build broad working-class unity and international solidarity with every democratic and social movement; to challenge U.S. ruling class ideological seepage of great-power chauvinism and other ideological poisons into the U.S. working class.

Moreover, to win support for a new pro-people, demilitarized foreign policy linked to an advanced pro-people, pro-working-class domestic policy.

The CPUSA and other democratic movements need to challenge the embrace of increased military spending and the dominant pro-corporate foreign policy by these forces in the Democratic Party.

Nevertheless, if Trump and the GOP are successfully ousted in 2020 and a broad center-left governing alliance elected in their place, the terrain will be altered. A victory will be possible only through the vehicle of the Democratic Party and those in its orbit. And with the working class and democratic forces and movements independent of the Democratic Party itself working in more or less close alliance. The working class, its allies, and mass democratic movements can then gain leverage to shape a new peaceful foreign policy.

The mass democratic upsurge and the fight for unity August 7, John Bachtell

The mass democratic and social movements have grown over the past ten years and are now a significant factor in U.S. politics. These movements, including an openly socialist current, have mobilized and educated the grassroots and helped shift public opinion, in some cases dramatically.

The #MeToo movement helped transform the national conversation on institutionalized sexism and sexual and domestic abuse.

The Black Lives Matters movement helped transform the national conversation on institutionalized racism and white supremacy, criminal justice reform, and police brutality and murder.

Alaska Marine Highway System workers strike with the Inlandboatmen’s Union of the Pacific after failing to reach agreement on a contract with the state of Alaska, July 24, 2019, in Ketchikan, Alaska. | Dustin Safranek / Ketchikan Daily News via AP

The Dreamers and immigrant rights movement helped transform the national conversation on immigration, bringing the undocumented out of the shadows and demanding a path to citizenship.

Transformative campaigns to win a $15 minimum wage helped shift public opinion and won victories in states and municipalities across the country.

Teachers walkouts and strikes transformed the national conversation from demonizing teachers to raising wages and challenging right-wing austerity policies.

Government workers, TSA agents, and airline flight attendants put an end to the 35-day Trump government shutdown when they threatened to shut down the air traffic system nationwide.

Taxing the rich is now taking hold on the state and municipal levels.

The Sunrise and climate justice movements helped transform the national conversation on the climate crisis with the Green New Deal.

Students, parents, and victims of gun violence and their families have helped shift public opinion on gun control and put the NRA is on the defensive.

The Medicare for All movement has helped transform the national conversation on healthcare, which is now seen as a universal right.

The democratic upsurge exploded with the election of Trump. In particular, it was the socially transformative mass movements against sexism and misogyny led by women which intersected with movements against racism and for worker’s rights and other movements.

These movements converged in the 2018 elections, which recorded the highest voter turnout in a midterm election in 50 years as well as the most racially diverse turnout ever. Latino voter turnout doubled, and youth turnout increased by 16%.

A record number of activists, women, people of color, trade unionists, LGBTQ activists, socialists, and now communists, were elected. These newly elected officials are helping transform public opinion and legislative bodies.

Class unity and “identity politics”—no worker left behind

The ruling class understands that the growing unity of organized labor, the nationally and racially oppressed, and women create a powerful foe, capable of radically transforming society.

People of color and women are also fighters, organizers, and unifiers; they bridge the main sectors of the people’s movement.

Trump and the extreme right are aiming their sites directly at this growing unity. They are using anti-immigrant hysteria, Islamophobia, racism, sexism, anti-communism, anti-Semitism, anti-socialism, massive lies, and disinformation in a desperate attempt to drive a wedge in our multi-racial working class and people.

The criminalization of reproductive rights and voting rights and outlawing collective bargaining go hand in hand.

Abortion has been effectively outlawed in 89% of counties. These are many of the same places that have passed voter suppression laws and adopted “surgically gerrymandered” maps and the same states that have passed right to work laws.

Trump and his allies are cynically betting that they can win enough white working-class and male voters and suppress enough people of color, particularly African-American and Latinx voters, and young voters to win key battleground states.

A debate has roiled progressive and democratic movements over the best way to win in 2020. Some say to defeat Trump the democratic movements must focus on economic issues to reach white workers who they view as the key constituency to be won over.

Others argue white male workers are a declining share of the electorate and Democrats should focus on so-called identity politics by focusing on people of color (who will soon constitute the majority and are the most loyal Democratic constituencies), women, LGBTQ voters, and millennials.

It is true that people of color, particularly the African-American and Latinx working-class communities, and women of color, are the most consistent voters and activists for Democratic candidates. African-American women are a decisive voter block and were critical to electing Doug Jones in Alabama.

It is also true that to advance the working class and people as a whole, our entire multi-racial working class and people must be united and mobilized as one.

Therefore, identity politics shouldn’t be countered to working-class issues. These are not mutually exclusive. Instead, the interests of our multi-racial working class and core allies in people of color communities, women, and youth, are inseparable. The interconnection and interrelationship between class, race, and gender must be stressed.

When one speaks of ignoring identity politics, this is code for ignoring special oppression and the solutions necessary to achieve full equality. As Stacey Abrams so eloquently said, “Identity politics is America.”

And yet, jobs and living wages, universal health care, free education, criminal justice reform, and reproductive rights are issues that impact communities of color and women and can unite the entire working class and people.

This was the experience of Abrams’ campaign for governor in Georgia. Abrams made an appeal to the particular issues facing African-American, Latino, and Asian voters, but she also spoke to the urgent problems confronting all voters and campaigned in white working-class communities. By talking to every voter on the issues, turnout overall increased, including white voter turnout for Democrats.

Youth fighting gun violence—including mass shootings at high schools, on campuses, and in communities—had a similar experience. Students at Marjory Stoneman High school in Parkland, Fla., united with African-American youth from Chicago to build a multi-racial movement for gun control, including a national march on Washington, D.C.

In a fight against great odds, “cowboys” and “Indians” (ranchers and Native Americans) united to block the Keystone XL pipeline.

The U.S. working class and people have always been multi-racial, multi-cultural, and multi-lingual, including long before European settlers arrived. We are becoming more so. But the legacies of slavery, the genocide against Native Americans, and the theft of lands from Mexico course through every aspect of society. Inequality and special oppression based on race, nationality, gender, and sexual orientation and identity are interwoven in the capitalist system and have existed throughout U.S. history.

The fight for the unity of our multi-racial, multi-national, multi-gender, multi-generational U.S. working class and advancing equality has also been a common thread in our history. When issues of class, race, and gender are brought together, our working class and people have made their most significant advances. This includes during the Civil War and Reconstruction; the 1930s fights for workers’ rights; the 1960s Civil Rights and women’s equality movements and fight for the Great Society, and the 2008 election of President Barack Obama.

The working class can only play its historical role in bringing about a classless society if it is united. And to achieve unity, the ideologies and practices of racism and sexism must be acknowledged, fought, and addressed with special measures that overcome historic inequality, with the dismantlement of institutionalized racism and sexism.

Elevating the fight for equality; against racism and sexism

Our working class and its unity are under unprecedented and daily ideological assault by the extreme right and its corporate backers.

Racism causes working-class whites to ally with capitalists over their fellow workers of color. Xenophobia causes workers to ally with capitalists over their working-class brothers and sisters from other countries, and misogyny causes working-class men to ally with capitalists over working-class women.

A section of the U.S. working-class, consisting primarily of white workers, have been influenced by right-wing ideology. Forty percent of trade union families voted for Trump in 2016, voting against their own self-interests.

Our working class can never concede one section of workers to the extreme right and its corporate backers who are influenced by racism, sexism, xenophobia, anti-Semitism, or Islamophobia because it is immoral and divides and weakens the entire working class.

Organized labor is the most significant organization bringing together our diverse working class. Unions are often the leading mobilizer, unifier, and political educator.

In many areas, de-industrialization severely weakened industrial unions and their influence on members and their ties to social movements and community allies in key Midwest states. The Democratic Party, under the sway of its Wall Street wing, essentially abandoned many congressional districts and states.

The vacuum was too often filled by the right wing—including Fox News, the NRA, Tea Party, and right-wing Christian Evangelicalism—which then took over state governments and carried out a large-scale attack on fundamental rights.

The only way to counter this is to rebuild a mass organized labor movement allied with the African-American, Latinx, and other communities of color and democratic and social movements. The battle of ideas must be re-engaged.

Rebuilding organized labor and its multi-racial unity—and the unity of industrial unions, service unions, and the building trades—is a strategic imperative to advance a working-class and democratic agenda. And in fact, this is what is happening.

Teachers in “red” states, including many who voted for Trump, have shown how grassroots movements for better wages, working conditions, and education funding can unite diverse constituencies and affect state politics and elect teachers to office. These movements are challenging right-wing policies of underfunding education, regressive taxation, and attacks on public workers.

In many instances, these coalitions are also taking over the Democratic Party apparatus at the local level. These kinds of movements can and must be built in 3,000 counties, across all 50 states.

Our multi-racial working class and democratic movements must win a decisive majority among white workers, therefore advancing the fight against racism is essential. Anti-racist white workers have a special responsibility to engage other white workers.

The same is true for advancing the fight against sexism. Winning a decisive majority among working-class men is essential. Anti-sexist men have a special responsibility to engage other men.

This means engaging white workers who voted for Trump. But it’s also about activating large numbers of white voters who are anti-racist but don’t vote because they have lost confidence in the political system.

People are complicated and have many minds on many issues. A section of people are unmovable racists and misogynists, but a more significant share can be influenced by movements and events.

One example was the so-called “Obama-Trump” voters. Many voted for Democratic candidates in 2018 after experiencing two years of Trump and GOP misrule.

The fight against racism and sexism and for full equality go hand-in-hand. An essential element of class consciousness is the recognition of special oppression and the need to fight ruling class ideas and practices of racism, sexism, all forms of prejudice, and national chauvinism.

An injury to one is an injury to all. The working class and people either stand together, fight together, and rise together for a shared future—or they perish divided.

As Rev. Martin Luther King, Jr. once said the US working class and people were “caught in an inescapable network of mutuality, tied in a single garment of destiny.”

Defeating the extreme right – An opening for transformative change July 30, John Bachtell

An essential feature of the Communist Party’s work is our strategic policy. A strategic policy allows us to identify the most important political goal at this moment that, when achieved, will advance the whole working class and democratic struggle, and then to help organize and unite every force possible to make it happen.

The extreme right and the most reactionary section of the capitalist class backing it are concentrated in and around the Republican Party. Defeating this monster is the most critical thing the working class and people must do at this moment. It affects everything else, including the ability to win any social advances; this is the front line of the class struggle today.

The most decisive arena to accomplish this strategic task is the 2020 election. The aim is to oust Trump from the presidency, the GOP majority from the U.S. Senate, defend the Democratic majority in the House, and break GOP domination of governorships and state legislatures.

A majority of voters oppose Trump and Republican policies. An unprecedented voter registration, grassroots mobilization, education, and turnout, is required—and every vote must be counted.

The working-class led movement, its critical allies, all social movements, and the broad anti-right alliance are gearing up for this battle. The U.S. labor movement will no doubt play a crucial role in providing resources, mobilizing millions, and creating alliances with core groupings.

Maximum unity, or a popular front, is needed of our multi-racial, LGBTQ, multi-generational, native and foreign-born working class in alliance with all other democratic and core forces including communities of color, women, youth, immigrants, and every social movement, and left and center political currents.

The strategic policy also requires taking advantage of what Lenin called “conflicts of interest” and “the use of any, even the smallest, rift between the enemies, any conflict of interests among the bourgeoisie of the various countries and among the various groups or types of the bourgeoisie within the various countries.”

This is a necessary tactic at this moment, wrote Lenin, “even though this ally is temporary, vacillating, unstable, unreliable, and conditional,” to advance the interests of the working class.

Relationship to more advanced stages of struggle

Defeating the extreme right is the first stage of a more protracted fight for achieving full economic and political democracy and a government led by the multi-racial working class and its democratic allies and social movements—those who make up the vast majority of the people.

When the extreme right domination of government is broken, a new balance of forces and political situation will occur. A new strategic policy will be called for.

The objective of the current stage to defeat the domination of the extreme right dialectically intertwines with the next stage—confronting the entire monopoly section of the capitalist class. There are no clear lines of demarcation between these stages.

Defeating the extreme right will take multiple election cycles, mobilizing a stable majority in the electoral arena, in the streets and legislative chambers. A more significant, broader, deeper, and more united and conscious mass democratic upsurge is needed than exists now—one capable of extending its reach among alienated and non-voters.

Defeating the extreme right is strategic because it weakens the most reactionary section of capital and all its allies. The election of a left-center governing alliance creates new possibilities for radical reforms, new space to expand the organization and participation of the working class, every social movement, the left, socialists, and communists. It’s all part of the revolutionary process.

No advanced democratic reforms—including Medicare for All, free university education, criminal justice and electoral reform, reproductive rights, or the Green New Deal—can be won without a decisive victory in the 2020 elections.

The Communist Party’s role in 2020 elections

Our role in the 2020 elections is to assist the working class-led democratic upsurge to impact the entire process and outcome, to build this movement in unity, breadth, and grassroots depth, deepen consciousness, and expand the field of battle.

The overriding concern of the anti-extreme right alliance is to defeat Trump and the GOP. These forces are not united behind a single Democratic candidate in the primaries. Therefore, our role is to help build unity on the issues—not around personalities. In many cases, there is broad consensus on the goals, but differences on how to achieve them.

Our role is to build support for unity around defending the democratic gains already which are now being eroded by Trump and the extreme right. Also, as circumstances and conditions permit, we must fight for more advanced positions, working to build majority mass support, and, even better, overwhelming support as the struggle intensifies. This includes among independent and Republican voters.

Our role is to help find the intersection between issues and movements, to build maximum multi-racial working-class unity, and to build solidarity between the working class with other democratic allies and between left and center political currents.

Our role is to help heighten the level of class, and anti-racist, anti-sexist consciousness in the course of the struggle.

Our role is to assist in drawing more people into the political process. We should be among the most energetic volunteers to register voters, expand the field of battle into so-called “red states and districts,” and activate those on the sidelines.

Our role is to help strengthen the political independence of the working class, the core forces, and democratic allies. This includes helping build structures of political independence which at this moment often take place both through the Democratic Party and autonomous of it, and running candidates from their ranks, including Communists.

These independent structures will one day form the basis of a political party led by the multi-racial working class, its allies, and social and environmental justice movements.

People wait in line to cast their vote at a polling place during the U.S. midterm election, Nov. 6, 2018, in Silver Spring, Md. | Jose Luis Magana / AP

Our strategic policy is applied under unique circumstances of the two-party, winner takes all, electoral system. The history of political parties in the U.S. is a history of alliances. The GOP and Democratic Party are both dominated by capital, but they also represent different alliances of class and social forces.

The present electoral alliance within and alongside the Democratic Party includes critical organizations of the U.S. working class, first and foremost organized labor, communities of color, women, youth, and democratic and social movements, and a section of the capitalist class. Each force sees the Democratic Party as a vehicle to advance its interests at the present moment.

Naturally, there exist class contradictions and struggles within this alliance over direction and policies. Our challenge is to help the working class and mass democratic and social movements make this necessary alliance work in their interests, impact its policies, and assist it in emerging as the leader of the fight to defeat the right and win a revolutionary transformation of society.

Given our strategic policy, we do not see center political forces, including corporate and so-called establishment forces in the Democratic Party, as the main enemy. The center forces, including candidates they back, and the more extensive moderate set of voters in the country, are not static. They are shifting and adjusting to the issues in response to events.

We will never compromise on principles and ultimate goals. But here again, Lenin pointed out the need for momentary compromise on issues with “temporary and unstable” allies, given the current balance of forces, that still advance the working-class struggle. We will never hesitate to criticize these forces when they are wrong, but we will always do it in a way that does not break the temporary alliance brought together by the overriding goal of defeating the extreme right.

El marxismo de Trotsky

Por Nicolas Krassó

Durante muchos años, Trotsky constituía un anatema que un marxista no podía abordar. La lucha que tuvo lugar dentro del Partido Bolchevique en la década de los años veinte produjo una polarización tan violenta de su imagen dentro del movimiento obrero internacional que cesó toda discusión racional acerca de su persona y de sus obras. El anatema pronunciado contra él por Stalin convirtió a su nombre en sinónimo de traición para millones de militantes de todo el mundo.

Pero al mismo tiempo una minoría consagrada y selecta veneraba su memoria y creía que su pensamiento era el “leninismo de nuestro tiempo”. Y aún hoy, treinta años después de su muerte y una década después de la muerte de Stalin, pesa todavía un tabú sobre toda discusión acerca de Trotsky dentro del movimiento comunista. Aún persisten las actitudes mágicas hacia su figura, lo cual constituye un sorprendente anacronismo en el mundo actual.

La única excepción a esta regla es, por supuesto, la biografía en tres tomos de Isaac Deutscher, que es sólo una parte de un corpus mayor. Pero, paradójicamente, la grandeza del logro de Deutscher parece haber abrumado a los otros participantes potenciales de un debate – dentro del ámbito del marxismo – acerca del verdadero papel histórico de Trotsky.

Resulta sin duda significativo que no se haya hecho nunca una apreciación marxista de la obra de Deutscher que esté a la altura de la obra misma. El estudio de Deutscher se adelantó tanto a las actitudes contemporáneas que todavía no ha sido correctamente asimilado y, por lo tanto, debatido. Sin embargo, sus implicaciones sólo serán asimiladas por medio de una permanente discusión que examine diferentes aspectos de la historia soviética y en la cual se sostengan puntos de vista divergentes. Sería un error no referirse a problemas específicos por temor a no poder enfrentarse con toda la epopeya revolucionaria o con su historiador.

Este ensayo se propone abordar el siguiente problema: ¿Cómo debemos juzgar a Trotsky como marxista? Esto significa compararlo con Lenin (más bien que con Stalin) y tratar de descubrir cuál es la unidad específica que existe entre sus escritos teóricos y su actuación política. Con este propósito, la vida de Trotsky se divide en cuatro fases diferentes: 1879-1917, 1917-21, 1921-29, 1929-40. La tesis de este ensayo será que los cuatro períodos se entienden mejor dentro del marco de un solo problema: la relación de Trotsky con el partido como organización revolucionaria, y sus subyacentes fundamentos teóricos latentes. Se tratará también de demostrar que este enfoque ilumina todas las características básicas (los vicios y las virtudes) del pensamiento de Trotsky como marxista, y explica las vicisitudes de su carrera política.

1879-1917

De “Garrote de Lenin” a miembro fundador del menchevismo

Antes de la Revolución de Octubre, Trotsky no fue miembro disciplinado de ninguna facción del Partido Socialdemócrata Ruso, bolchevique o menchevique. Este hecho puede explicarse en parte por los desacuerdos políticos producidos, en diferentes coyunturas, con los bolcheviques y los mencheviques; pero es indudable que reflejó también una opción teórica más profunda, que rigió sus actos en este período.

Según Deutscher, uno de sus primeros escritos conocidos fue un ensayo sobre la organización del partido, escrito en Siberia. En este trabajo, Trotsky abogaba por un despiadado control disciplinario, ejercido por un fuerte Comité Central: “El Comité Central suspenderá sus relaciones con la organización indisciplinada y por consiguiente aislará a esa organización del resto del mundo revolucionario”.[1]

Consecuente con este criterio, Trotsky, al dejar Rusia en 1902, habría abogado inicialmente por un sistema disciplinario férreo, en la disputa suscitada entre Iskra y los economistas en el Tercer Congreso del POSDR, realizado en Bruselas en julio de 1903. Los estatutos del partido, sostenía Trotsky, deben expresar  “la desconfianza organizada de la dirección” hacia los miembros, desconfianza ejercida por medio de un control vigilante y vertical sobre el partido.

El espíritu de esta formulación es visiblemente diferente de lo que puede encontrarse en ¿Qué hacer? En esta etapa, Trotsky, recién salido de su exilio y nuevo para el movimiento revolucionario nacional, era conocido como ”el garrote de Lenin”; pero si comparamos los escritos de ambos en este periodo, se hace evidente – como veremos – que la etapa ”proto-bolchevique” de Trotsky se limitó a reproducir los aspectos exteriores y formales de la teoría de la organización del partido de Lenin, sin su contenido sociológico, caricaturizándola, por lo tanto, como una jerarquía de mando militarizada, concepción ésta totalmente ajena al pensamiento de Lenin.

Dado que no se basaba en una teoría orgánica del partido revolucionario, nada hay de sorprendente en el hecho de que Trotsky, en el mismo Congreso, se deslizara súbitamente hacia el extremo opuesto, llegando a denunciar a Lenin como “desorganizador del partido” y arquitecto de un plan para convertir al POSDR en una cuadrilla de conspiradores más que en el partido de la clase obrera rusa.

               Así, hacia fines de 1903, “el garrote de Lenin” se convirtió en miembro fundador del menchevismo. En abril de 1904, Trotsky publicó en Ginebra Nuestras tareas políticas, ensayo dedicado al menchevique Axelrod. En este trabajo, rechazaba frontalmente toda la teoría de Lenin acerca del partido revolucionario, negando explícitamente la tesis fundamental de Lenin: que el socialismo como teoría debía ser llevado a la clase obrera desde el exterior, a través de un partido que incluyera a la intelectualidad revolucionaria.

Trotsky atacó esta teoría llamándola ”sustitutismo” y la denunció enérgicamente: ”Los métodos de Lenin conducen a esto: la organización del partido sustituye al partido en general; a continuación el Comité Central sustituye a la organización ; y finalmente un solo ”dictador” sustituye al Comité Central”. Llegó también a denunciar a Lenin por su “suspicacia maliciosa y moralmente repugnante”[2].

Partido y clase

Su propio modelo del Partido Socialdemócrata fue tomado del partido alemán e implicaba un partido coexistente con la clase obrera. La crítica que – desde una perspectiva marxista – resulta obvio hacer a semejante formulación, es que los verdaderos problemas de la teoría revolucionaria y las relaciones entre partido y clase no pueden ser examinados científicamente con el concepto de “sustitución” y su opuesto implícito, “identidad”.

Partido y clase pertenecen a diferentes niveles de la estructura social y la relación entre ellos es siempre de articulación. No es posible entre ellos cambio alguno (”sustitución”), de la misma manera que tampoco es posible una identidad, porque partido y clase son necesariamente instancias diferentes de un conjunto social estratificado y no expresiones comparables o equivalentes de un nivel dado del mismo.

Los conceptos especulativos de “sustitución” o “identidad” impiden, ab initio, toda comprensión correcta de la naturaleza específica de la acción del partido revolucionario sobre la clase obrera (y dentro de ella), tal como lo teorizó Lenin. Estos conceptos implican una radical imposibilidad de comprender el papel inevitablemente autónomo de las instituciones políticas en general y del partido revolucionario en particular, autónomo en relación a las fuerzas de las masas dentro de una formación social que está determinada, en última instancia, desde luego, por la economía. [3]

Su fracaso en captar la especificidad de las organizaciones políticas y el papel del partido revolucionario – en otras palabras, la carencia de una teoría del partido – explica los súbitos y arbitrarios cambios de actitud de Trotsky hacia la organización del partido en aquellos años. Estos cambios tenían un significado meramente psicológico, eran expresiones de una ambivalencia entre las actitudes  “autoritarias” y las  “libertarias” (reproducidas más tarde en los súbitos cambios desde sus actitudes hacia el comunismo de guerra hasta el papel que desempeñó en el ataque a la ”burocracia”) cuya oposición abstracta indicaba un problema pre-marxista. No expresaban una verdadera posición teórica y, además, revelaban una ausencia, una zona vacía en el pensamiento de Trotsky.

No obstante, esta ausencia estaba unida a una intuición particularmente intensa de las fuerzas sociales de las masas como tales.

Hacia fines de 1904, Trotsky se separó de la facción menchevique y se asoció intelectualmente con Parvus, un emigrado ruso perteneciente al partido socialdemócrata alemán. Ello confirmó rápidamente la extrema inestabilidad de sus vinculaciones con toda agrupación organizativa.

Fue sin embargo esta posición inestable la que, paradójicamente, posibilitó su meteórico ascenso en la Revolución de 1905, erupción espontánea sobre la cual ninguna organización revolucionaria tuvo tiempo de lograr un control efectivo antes de que perdiera su oportunidad y fuera derrotada. La Revolución tomó por sorpresa tanto a los bolcheviques como a los mencheviques, y sus dirigentes llegaron a Rusia con cierto retraso.

Trotsky, que estaba en San Petersburgo desde el comienzo, se adaptó mucho más rápidamente a la insurrección popular de octubre – que no había sido estructurada según la orientación política de partido alguno – y no tardó en asumir la dirección del Soviet de San Petersburgo.

Deutscher señala, con razón, que precisamente con este éxito ”él encarnó la inmadurez del movimiento”. Por supuesto, esta falta de madurez produjo, cinco meses después, la rápida y decisiva derrota de la revolución, que fue, por así decirlo, el funeral de la espontaneidad en la historia del movimiento de la clase obrera rusa.

Balance y perspectivas

Sin embargo, esta experiencia sirvió de base a Trotsky para redactar el primero y más importante de todos sus trabajos: Balance y perspectivas, escrito en 1906, en la cárcel. Este trabajo contiene todos los elementos de los puntos de vista que él expondrá más tarde en un folleto polémico de 1928, La revolución permanente, pero es también mucho más que eso. Se trata, indiscutiblemente, de una brillante prefiguración de las principales características clasistas de la Revolución de Octubre de 1917. “En un país económicamente atrasado, el proletariado puede tomar el poder antes que en un país donde el capitalismo está desarrollado… La Revolución Rusa produce condiciones en las que el poder puede… pasar a las manos del proletariado antes de que los políticos del liberalismo burgués tengan la oportunidad de mostrar plenamente su genio de estadistas… El proletariado en el poder aparecerá ante el campesinado como su “libertador”.[4]

La revolución permanente

Trotsky predijo – correctamente – que la atomización del campesinado y la debilidad de la burguesía en Rusia harían posible la toma del poder por parte de la clase obrera, a pesar de que ésta era todavía una minoría en la nación. Una vez en el poder, tendría que ganar a toda costa el apoyo del campesinado y se vería obligada a pasar sin transición de las medidas”democráticas” a las ”socialistas”.

Trotsky llamó a este proceso “revolución permanente”, designación inapropiada que indica la falta de precisión científica de que adolecían aún sus   ideas más profundas. Al evocar la idea de una conflagración continua en todo tiempo y lugar – una suerte de carnaval metafísico de la insurrección – el término se prestaba a ser distorsionado en la polémica, tanto por los opositores de Trotsky como por sus partidarios. Aun en aquel momento, el carácter romántico-idealista de la fórmula generaba inevitablemente errores críticos en los propios pensamientos de Trotsky.

Sobre todo, esta fórmula confundía los dos problemas, completamente diferentes, del carácter de clase de la inminente revolución rusa (progresión ininterrumpida de las demandas democráticas a las socialistas) por una parte, y de la capacidad de esa revolución para mantenerse internacionalmente, por la otra. Porque en este ensayo Trotsky proclamaba, reiteradamente, la imposibilidad de que la revolución rusa pudiera resistir el asalto contrarrevolucionario sin la ayuda de revoluciones simultáneas en Europa occidental.

La ”lógica” de esta suposición derivaba del confuso verbalismo de la ”revolución permanente”, fórmula que permitió a Trotsky pasar del carácter nacional de la revolución en Rusia a las condiciones internacionales de su supervivencia, como si se tratara de otros tantos peldaños en una escalera que ascendiera ”permanentemente”. La naturaleza ilegítima de este procedimiento es demasiado evidente, y vició las tesis fundamentales de Trotsky. Ello no disminuye la magnitud de su acierto al predecir correctamente la naturaleza básica de la Revolución de Octubre once años antes de que ocurriera, cuando ningún otro dirigente ruso había rechazado las predicciones clásicas de Plejanov: simplemente, lo sitúa dentro de las coordenadas específicas del marxismo de Trotsky.

La ausencia del partido

Balance y perspectivas es un extraordinario ensayo por su análisis de las fuerzas sociales, pero no lo es menos por su falta de todo análisis del papel de la organización política en la lucha socialista. Una vez más, el partido está ausente del escenario construido por Trotsky para la revolución rusa. Cuando analiza los requisitos previos del socialismo (producción planificada, predominio de las fábricas en gran escala y dictadura del proletariado) no menciona en absoluto al partido o al papel que éste debe desempeñar. Ataca a los blanquistas y a los anarquistas, pero se limita a expresar: ”Los socialdemócratas hablan de la conquista del poder como la acción consciente de la clase revolucionaria”.[5] Su vanguardia ha sido olvidada.

La única discusión acerca de los partidos en todo el ensayo – de cien páginas – es una perspicaz crítica de los partidos socialdemócratas de occidente, que fue un acertado comentario sobre estas organizaciones pero cuya aplicación general implicaba una completa hostilidad a la existencia misma de un partido revolucionario. En realidad, cuando Trotsky escribe acerca de la lucha política en Rusia, no se refiere nunca al papel de las organizaciones revolucionarias: sólo habla de fuerzas sociales.

Es necesario hacer aún otro comentario sobre este trabajo premonitorio. Hay en él un evidente desconocimiento del problema del partido en sí. Por el contrario, Trotsky demuestra poseer una gran conciencia del Estado como aparato burocrático y militar.

Trotsky incluye una extensa y gráfica relación del papel histórico del Estado ruso en la formación de la sociedad rusa moderna. Trotsky tomó gran parte de este análisis del historiador liberal Miliukov, y de su socio Parvus. Pero la elocuencia de esta digresión contrasta agudamente con su paralelo silencio sobre el partido. Esta polaridad no era accidental y resurgió en un contexto práctico crucial, en una fase posterior.  

Sin embargo, las consecuencias inmediatas de esta crítica ausencia en el pensamiento de Trotsky se evidenciaron concretamente después de su salida de la cárcel. Entre 1907 y 1914, la actuación política de Trotsky consistió en una serie de esfuerzos intermitentes e infructuosos  por unificar las facciones socialdemócratas opuestas y con ese propósito formó el efímero Bloque de Agosto, agrupación carente de principios. Tampoco desempeñó papel alguno en la decisiva tarea de construir el Partido Bolchevique, que Lenin emprendiera por aquellos años. Por lo tanto, no adquirió experiencia de la vida de partido, a diferencia de sus contemporáneos Stalin, Zinoviev y Bujarin, que sí acumularon esa experiencia durante este período formativo. Deutscher comenta, acertadamente: ”Los años de 1907 a 1914 constituyen en su vida un capítulo singularmente exento de logros políticos … Sus escritos… consistieron en brillantes trabajos periodísticos y de crítica literaria, sin incluir un solo texto significativo de teoría política … En esos años, sin embargo, Lenin, con la ayuda de sus seguidores forjaba su partido, y hombres como Zinóviev, Kámenev, Bujarin y más tarde Stalin iban alcanzando una estatura que les permitió desempeñar papeles destacados en el Partido en 1917. A la estatura que Trotsky había alcanzado en 1904-6, el presente período añadió poco o nada”.

La intelectualidad y el socialismo

Sería un error, sin embargo, pensar que Trotsky no produjo escritos importantes en este largo intervalo. Escribió un ensayo decisivo, que expresa con singular claridad la médula de su pensamiento político. Se trata de La intelectualidad y el socialismo, escrito en 1910.

En este trabajo Trotsky demuestra una amarga hostilidad hacia los intelectuales, dentro y fuera del movimiento socialista. Esta hostilidad era una expresión de sus ideas acerca de la intelectualidad. Es evidente, a través de sus escritos, que Trotsky veía a los intelectuales de una manera totalmente preleninista, como individuos de origen burgués, preocupados por las ”ideas” o la ”literatura” y esencialmente divorciados del proletariado y la lucha política.

En su obra, la imagen básica del intelectual es siempre la del literato de salón. Ahora bien, esta imagen es precisamente la que fue cultivada por la burguesía misma, que había separado el ”arte” y el ”pensamiento” de las actividades ”mundanas” (tales como la economía y la política) difundiendo el ideal del intelectual como un individuo consagrado a la vaga y esotérica búsqueda de ese arte y de ese pensamiento.

Además, el anti-intelectualismo vulgar de una clase obrera laborista u obrerista es un mero reflejo de esta concepción burguesa: el término ”intelectual” se convierte en una categoría peyorativa, que designa a los dilettantes, parásitos o renegados.

Desde luego, esta serie de concepciones nada tiene que ver con el marxismo, pero explica por qué fue tan formal y externa la aparente aproximación de Trotsky a la posición de Lenin sobre la organización del partido en 1903. Porque la teoría de Lenin sobre la organización del partido en ¿Qué hacer? era inseparable de su teoría sobre la función y naturaleza de los intelectuales en un partido revolucionario.

La esencia de ésto era que: I) los intelectuales de origen burgués son indispensables para la constitución de un partido revolucionario, porque sólo ellos capacitan a la clase obrera para dominar el socialismo científico; II) el trabajo del partido revolucionario elimina la distinción entre ”intelectuales” y ”trabajadores” dentro de sus filas.

Naturalmente, Gramsci desarrolló la teoría de Lenin en su famoso análisis del partido revolucionario como el ”moderno Príncipe”, cuyos miembros se convierten en intelectuales de un tipo nuevo.

Esta compleja concepción contrasta con la aceptación de Trotsky de las categorías tradicionales y los prejuicios que las acompañaban. Al escribir sobre los intelectuales, él pensaba en los esotéricos círculos literarios de Moscú a los cuales atacaría más tarde en  Literatura y Revolución y no en los nuevos intelectuales forjados en y por el Partido bolchevique, del cual eran miembros.

En una palabra, Trotsky carecía de una teoría marxista sobre los intelectuales y su relación con el movimiento revolucionario, y por ello se quedó meramente en las actitudes. En su ensayo de 1910, afirma lisa y llanamente que, a medida que el movimiento socialista crece en Europa, son cada vez menos los intelectuales que se le unen. Esta ley es aplicable también a los estudiantes: ”A lo largo de su historia… los estudiantes de Europa han sido meramente el barómetro sensible de las clases burguesas”.[6]

El meollo de su análisis de la relación entre los intelectuales y la clase obrera es una abrumadora negación de lo anterior, lo cual demostró el alcance de su incapacidad de asimilar ¿Qué hacer? [7]

Al respecto, escribe: ”Si la verdadera conquista del aparato de la sociedad dependiera del advenimiento previo de la intelectualidad al partido del proletariado europeo, las perspectivas del colectivismo serían por cierto bien miserables”. Dado este punto de vista general, resulta evidente el por qué su breve ”centralismo” de 1903 fue mecánico y deleznable. Fue una parodia del leninismo, una imitación militarizada de su disciplina, sin su significado interno: la transformación de ”obreros” e ”intelectuales” en revolucionarios por medio de una acción política unificada. El único papel político que Trotsky otorgó a los intelectuales fue el de ”sustitutismo”, en un ensayo dedicado específicamente a la intelectualidad rusa.[8]

Los decembristas, narodnikis y marxistas fueron condenados indiscriminadamente como grupos que reemplazaban a las clases sociales que afirmaban representar, en lo que Deutscher llama una ”sombría revisión” de la historia rusa. Una vez más, la falta de una teoría de las instancias o niveles diferenciados de la estructura social conduce a la idea de un intercambio horizontal entre ”intelectuales” y ”clases”, en el cual se hace posible una sustitución de unos por otros.

Así, la única posibilidad de los intelectuales para ingresar a la política es, necesariamente, una usurpación, dado que sólo puede realizarse a expensas del proletariado. Falta, una vez más, la idea del partido como estructura autónoma que combina y transforma dos fenómenos diferentes: la intelectualidad y la clase obrera. Dentro de esta concepción, no tiene sentido hablar de ”sustituir” un elemento por otro, ya que no son conmensurables para ser intercambiables. Son modificables, en una nueva acción política o sea, en un partido revolucionario.

Por lo tanto, la historia de Trotsky antes de 1917 puede asumirse de la siguiente manera: fue siempre un francotirador, fuera de las filas organizadas del movimiento de la clase obrera. Demostró poseer una singular comprensión intuitiva del carácter de clase de las fuerzas que estaban agrupándose para la Revolución Rusa. Pero ello iba acompañado de una profunda y consecuente falta de comprensión de la naturaleza y el papel de un partido revolucionario, falta ésta vinculada a su concepción pre-marxista de la teoría relativa a las organizaciones.

Aún en 1915, sus escritos evidencian la creencia de que el partido era un epifenómeno arbitrario en la lucha de clases: ”Entre la posición de un partido y los intereses del estrato social en que se apoya puede haber una cierta falta de armonía, que más tarde puede convertirse en una profunda contradicción. La conducta de un partido puede cambiar bajo la influencia o el temperamento de las masas. Esto es indiscutible. Tanto mayor es, por ende, nuestra razón, en nuestros cálculos, para dejar de depender de elementos menos estables y menos dignos de confianza, tales como las consignas y las tácticas de un partido.  Y para  recurrir a factores históricos más estables: la estructura social de la nación, la relación de las fuerzas de clase y las tendencias de desarrollo.” [9]

Esta incomprensión del papel del partido leninista explica que Trotsky se abstuviera de toda participación en la crucial formación del Partido Bolchevique de 1907 en adelante. Él mismo caracterizó más tarde su actitud durante esta etapa, con gran honradez y exactitud: ”Nunca me esforcé por crear un grupo sobre la base de las ideas de la revolución permanente. Mi postura interpartidista era conciliatoria, y cuando en ciertos momentos me esforcé por la formación de grupos, fue precisamente sobre esta base. Mi espíritu conciliador surgió de una especie de fatalismo socialrevolucionario. Yo creía que la lógica de la lucha de clases obligaría a ambas facciones a seguir la misma línea revolucionaria. La gran significación histórica de la política de Lenin era todavía confusa para mí en aquel entonces, su política de demarcación ideológica irreconciliable, y de división, cuando fuese necesario, con el propósito de unificar y templar el corazón del partido revolucionario, verdaderamente revolucionario… En todos los casos más importantes, cuando me puse en contradicción con Lenin, táctica y organizativamente, la razón estaba de su parte”.[10]

Ahora es posible ubicar la desviación teórica específica que está latente en el pensamiento de Trotsky. Tradicionalmente, el marxismo ha estado constantemente sujeto a la deformación llamada economicismo. Ello consiste en reducir todos los otros niveles de una formación social al movimiento de la economía, que se convierte así en una ”esencia” idealista, de la cual los grupos sociales, las instituciones políticas y los productos culturales son meras ”manifestaciones”.

Esta desviación, con todas sus consecuencias políticas prácticas, se difundió en la Segunda Internacional. Fue característica de la derecha, que predominaba en la Internacional. Lo que se ha advertido menos es que la izquierda de la Internacional exhibía a menudo una desviación análoga. Podemos llamar a ésto, por razones de conveniencia, sociologismo. No es la economía, sino las clases sociales las que son separadas de la compleja totalidad histórica e hipostasiadas, de manera idealista, como los demiurgos de cualquier situación política dada.

La lucha de clases se convierte en la “verdad” interna e inmediata de todo acontecimiento político y las fuerzas de las masas en los únicos agentes históricos. El economicismo conduce naturalmente a la pasividad y al taoísmo ; el sociologismo, por el contrario, tiende a conducir hacia el voluntarismo. Rosa Luxemburgo representa la lógica extrema de esta tendencia dentro de la Segunda Internacional, donde asume la forma de una explícita exaltación de la espontaneidad.

Trotsky representa una variante diferente de esta corriente, pero el principio rector es semejante. Sus escritos presentan a las fuerzas de las masas dominando constantemente a la sociedad, sin organizaciones políticas o instituciones que intervengan como niveles permanentes y necesarios de la formación social. El marxismo de Lenin, por el contrario, se define por la noción de una totalidad compleja, en la cual todos los niveles – económico, social, político e ideológico – son siempre operativos y hay entre ellos un intercambio del eje principal de las contradicciones. La extrapolación que hizo Trotsky de la fuerza de las masas, al aislarlas de esta compleja serie de niveles, constituyó el origen definitivo de sus errores teóricos, tanto antes como después de la Revolución.[11]

1917-21

Estadista

El estallido de la Revolución de febrero transformó las relaciones políticas dentro del movimiento socialdemócrata ruso. La nueva situación liberó súbitamente a Trotsky de su pasado. Al cabo de pocos meses, había abandonado a sus asociados mencheviques y se había alineado en las filas del bolchevismo. Surgía ahora como un gran revolucionario. Esta fue la etapa heroica de su vida, cuando cautivó la imaginación mundial como arquitecto de la insurrección de octubre y jefe militar de la Guerra Civil.

Más aún: se convirtió en el orador supremo de la revolución. Encarnaba tanto a Danton como a Carnot, era el gran tribuno del pueblo y el gran dirigente militar de la Revolución Rusa. Como tal, Trotsky era exactamente la clase de hombre que los observadores del exterior, benévolos u hostiles, creían que un revolucionario debía ser. Parecía la encarnación de la continuidad entre las revoluciones francesa y rusa.

Lenin, el cambio, era un hombre aparentemente prosaico, totalmente diferente a los declamatorios héroes de 1789. Representaba un nuevo tipo de revolucionario. La diferencia entre los dos hombres era fundamental y se advierte a lo largo de todo el período en que ambos trabajaron juntos. Trotsky nunca se aclimató totalmente dentro del Partido bolchevique.

En julio de 1917 descendió como en paracaídas sobre la cumbre de la organización bolchevique, el Comité Central, sin experiencia alguna de actuación o de vida partidista. Por eso, se le veía de manera muy diferente dentro de las filas del partido que fuera del mismo. Su imagen internacional no coincidió nunca con la que el partido tenía de él; en alguna medida, siempre se sospechó de él como advenedizo e intruso. Resulta significativo que en 1928, en medio de la lucha interna del partido, su colega y aliado Preobrazhenski pudiera hablar de ”nosotros, los viejos bolcheviques”, para distinguir su posición de la de Trotsky. Sin duda, los viejos bolcheviques no le aceptaron nunca como unos de los suyos. Ésta marginación se evidenció durante la Revolución y hasta en la Guerra Civil. Trotsky fue el dinamizador del Estado bolchevique militarizado en pie de guerra. Por aquellos años, no era un hombre de partido ni tenía responsabilidad alguna en el funcionamiento y movilización de la organización del partido. Fue criticado por muchos bolcheviques a causa de ciertas acti-tudes, tomadas dentro del ejército, que fueron verdaderamente hostiles al partido como tal. Así, Trotsky se decidió a fortalecer el poder de los oficiales de carrera con pasado zarista dentro del Ejército Rojo y se opuso a que fueran controlados por comisarios políticos desig-nados por el partido. La disputa acerca de esta cuestión – en la cual Trotsky chocaba ya con Stalin y Voroshilov – constituyó una importante controversia en el VIII Congreso del Partido, celebrado en 1919. Lenin apoyó a Trotsky, pero el resentimiento del partido contra éste se hizo evidente en las instrucciones secretas pasadas al Congreso. La exclamación de Mikoyan en el VII Congreso refleja fielmente la imagen que tenían de él los miembros permanentes de la dirección del partido: ”1 Trotsky es un hombre de Estado, no de Partido!”.12

El talento oratorio de Trotsky complementaba su talento como jefe militar, y ninguna de estas dos cualidades se vinculaba a una actuación específicamente partidista. El organizador de un partido político debe persuadir a individuos o a grupos de que acepten los planes de acción que propone así como su autoridad para llevarlos a cabo. Ello requiere gran paciencia y habilidad para maniobrar inteligentemente dentro de una compleja lucha política, en la cual los actores están igualmente equiparados para discutir como para actuar. Esta capacidad es totalmente diferente de la de un orador de masas. Trotsky estaba extraordinariamente dotado para la comunicación con las multitudes. Pero la índole de su atractivo era necesariamente 9

emocional, se basaba en una gran transmisión de urgencia y de militancia. Como orador, sin embargo, disfrutaba de una relación completamente unilateral con las multitudes: las arengaba para conducirlas hacia determinados fines, para movilizarlas en la lucha contra la contrarrevo-lución. Su don militar tenía características similares. No era un organizador de partido, no tenía experiencia en cuanto al verdadero funcionamiento de un partido, y tampoco parecía interesarse especialmente en esas cuestiones. Sin embargo, realizó la hazaña de crear un Ejército Rojo de cinco millones de hombres en dos años, sacándolos prácticamente de la nada, y de llevarlo a la victoria contra los ejércitos blancos y sus aliados extranjeros. Por lo tanto, su capacidad organizativa era de carácter esencialmente voluntarista. Tuvo autoridad ab initio para organizar el ejército; como Comisario del Pueblo para la Guerra contó con el respaldode todo el prestigio de Lenin y del Estado soviético. No tuvo que ganarse esta autoridad en el terreno político, convenciendo a sus iguales de que lo aceptaran. Era el jefe del comando militar y tenía autoridad para imponer estricta obediencia. Así, la afinidad entre el jefe militar y el tribuno popular se explican completamente. En ambos casos, el papel de Trotsky fue implícitamente voluntarista. Como orador público tenía que apelar a llamamientos emocionales para movilizar a las masas con propósitos definidos; como pilar del Estado soviético, tenia que dar órdenes a sus subordinados, también con propósitos definidos. En ambas tareas su función consistía en asegurar los medios para un fin previamente determinado. Esta tarea difiere de la de lograr que un nuevo fin prevalezca entre varias opiniones competitivas en una organización política. El voluntarista está en su elemento cuando se trata de arengar a multitudes o de mandar a la tropa, pero estas funciones no deben confundirse con la capacidad para dirigir un partido revolucionario.

De los problemas militares a los económicos

En 1921, la Guerra Civil había sido ganada. Con la victoria, el Partido bolchevique tuvo que desviar toda su preocupación, de los problemas militares a los económicos. La reconstrucción y reorganización de la economía soviética constituía ahora su principal objetivo estratégico. La adaptación de Trotsky a la nueva situación reveló cuán consecuente había sido toda su actuación política durante esta etapa. Simplemente, propuso la adopción de soluciones militares para los problemas económicos, reclamando un comunismo de guerra intensificado y la introducción del trabajo obligatorio. Este extraordinario episodio no fue sólo un paréntesis o una aberración en su carrera, sino que tenía profundas raíces teóricas y prácticas en su pasado. Su función de Comisario de guerra lo predisponía hacia una política económica concebida como una movilización estrictamente militar y, al defenderla, Trotsky estaba simplemente prolongando su actuación anterior. Al mismo tiempo, su propensión a una solución ”de mando” reflejaba su incomprensión del papel específico del partido y su consecuente tendencia a buscar soluciones políticas a nivel del Estado. Su consigna en el debate sindical de 1921 propugnaba, explícitamente, la ”nacionalización” de los sindicatos. Trotsky abogó también por una burocracia competente y permanente, con ciertos privilegios materiales; a causa de ello, Stalin le llamaría más tarde ”corifeo de los burócratas”.

Además Trotsky no justificó el trabajo obligatorio como una lamentable necesidad impuesta por la coyuntura política, como el resultado temporal de una emergencia. Trató, por el contrario, de legitimarlo sub specie aeternitatis, explicando que en todas las sociedades el trabajo era obligatorio, y que lo único que variaba era la forma en que se ejercía la compulsión. Combinaba esta abierta defensa de la coerción con una exaltada mística de la abnegación social, incitando a las brigadas de trabajo a entonar himnos socialistas mientras trabajaban. ”Desplegad una incansable energía en vuestro trabajo, como si estuviérais en marcha o en combate… Un desertor del trabajo es tan despreciable y tan indigno como un 10

13 El profeta armado, p. 413. Esta imagen recuerda al jesuita del Paraguay. Trotsky escribiría luego que la razón por la cual los filisteos burgueses detestaban tanto a los jesuitas residía en que éstos eran los soldados de la Iglesia, mientras que la mayoría de los presbíteros eran sus mercaderes. Lo cierto es, desde luego, que no existe razón alguna para hacer una discriminación entre ambos. Trotsky, sin embargo, parece haber preferido a los jesuitas. Es evidente que en un período revolucionario un militante socialista .ha de estar más cerca de un soldado que de un mercader, en sus puntos de vista. Pero ¿debe ese estado temporario de cosas hacer que un socialista olvide que la concepción militar es un producto de la sociedad de clases tanto como la mercantil?

desertor del campo de batalla. ¡ Severo castigo para ambos !.. . Comenzad y completad vuestro trabajo, dondequiera que sea posible, al son de himnos y canciones socialistas. Vuestro trabajo no es trabajo de esclavos, sino un elevado servicio a la Patria socialista”.13

Esta contradictoria amalgama era posible, por supuesto, gracias al idéntico voluntarismo de ambas nociones: la economía como imposición coercitiva o como servicio místico.

Al comienzo, Trotsky pudo ganar el apoyo de Lenin para sus planes de militarización del trabajo. Pero después del gran debate de los sindicatos en 1921 y al finalizar la guerra polaca, su propuesta de purgar en gran escala a los representantes electos en los sindicatos fue ásperamente repudiada por Lenin. El Comité Central del Partido denunció públicamente las formas de trabajo ”militarizadas y burocráticas”. Así, los planes de acción de Trotsky fueron rechazados por los bolcheviques, en medio de una reacción general en su contra, como ideólogo del comunismo de guerra. El resultado del debate económico evidenció la diferencia entre la idea de Lenin de un partido altamente disciplinado y la defensa de Trotsky de un estado militarmente organizado.

1921-29

Oposicionista

La lucha interna del partido durante los años veinte fue, evidentemente, la fase central de la vida de Trotsky. Durante algunos años, se produjeron hechos que fueron decisivos para la historia mundial en las décadas siguientes. Las decisiones fueron tomadas por muy pocas personas. No es frecuente que tales decisiones obtengan significación universal. ¿ Cuál fue el papel de Trotsky en el funesto drama de los años veinte?

La lucha por la supremacía dentro del Partido bolchevique debe ser separada, en alguna medida, de las cuestiones políticas que la provocaron. Durante la mayor parte del tiempo, el conflicto suscitado dentro del partido se concentró en el ejercicio del poder como tal, dentro del contexto, naturalmente, de las disputas ideológicas de los grupos antagónicos. Se advertirá, en efecto, que uno de los más graves errores teóricos y políticos de Trotsky fue una interpretación excesivamente ideológica de la situación interna del partido. Será conveniente, por lo tanto, considerar la cuestión de la década de los años veinte a dos niveles: el de la lucha político-táctica propiamente dicha y el del debate ideológico y estratégico sobre el destino de la Revolución.

La lucha político-táctica

A partir de 1921, Trotsky fue aislado en la cúpula del Partido bolchevique. Importa enfatizar aquí que la lucha contra Trotsky fue inicialmente una resistencia llevada a cabo virtualmente por toda la vieja guardia bolchevique contra la posibilidad de que Trotsky sucediera a Lenin. Esto explica la unanimidad con que todos los demás dirigentes del Politburó – Zinoviev, Kamenev, Stalin. Kalinin y Tomski – se opusieron a él aún en vida de Lenin. Trotsky parecía ser el dirigente revolucionario más destacado después de Lenin. Sin embargo, no era un miembro histórico del partido, dentro del cual se desconfiaba mucho de él. Su Preponderancia 11

14 Véase El profeta desarmado, p. 404.

militar y su papel en los debates sindicales parecía arrojar una sombra de bonapartismo potencial a través del panorama político. Fue esta situación la que permitió a Stalin en 1923. último año de la vida de Lenin, apoderarse del control del aparato del partido y, con ello, de todo el poder político de la URSS.

Evidentemente, Trotsky no advertía lo que esteba sucediendo en aquellos años. Creía que Zinoviev y Kamenev era más importantes que Stalin y no comprendió la significación del nuevo papel del Secretario General. Esta extraordinaria falta de lucidez puede ser comparada con la aguda conciencia que tuvo Lenin, aún enfermo, del curso de los acontecimientos. En diciembre de 1922 Lenin redactó sus notas sobre la cuestión de las nacionalidades. en las cuales denunciaba. con una violencia sin precedentes, a Stalin y Dzerzhinski por la represión que habían realizado en Georgia. Lenin dirigió estas notas a Trotsky con instrucciones específicas de forzar al Comité Central a tomar una resolución decisiva sobre la cuestión. Trotsky ignoró este pedido: creyó que Lenin había exagerado extremadamente el asunto. Un mes después Lenin redactó su famoso ”testamento”, en el cual se advierte claramente que él comprendía la significación del ascenso de Stalin y preveía que el partido podría dividirse entre los ”dos miembros de más talento” del Comité Central: Trotsky y Stalin. En aquel momento, Trotsky no advirtió nada de todo ésto. No luchó por la publicación del testamento cuando Lenin murió, un año después. No se sabe con certeza cuáles fueron sus razones para asumir esta actitud. No obstante, el testamento no era un documento muy halagador para ninguno de los dirigentes bolcheviques. Criticaba ásperamente a Stalin y trataba con muy poca ceremonia a Trotsky, (métodos administrativos) y también a Bujarin (falta de comprensión de la dialéctica). Nadie en el Politbur6 tenía un motivo poderoso para publicar este sombrío documento, con su virtual advertencia de desastres futuros. Lenin, arquitecto y líder del Partido bolchevique, demostró así tener plena conciencia de lo que estaba sucediendo dentro de él, demostró – un año antes de morir – que denunciaba en profundidad su situación interna. Para Trotsky, que tenía poca experiencia en la vida de partido y que nunca había reflexionado acerca de la naturaleza o el papel específico del partido, esta situación le pasó inadvertida.

Después de la muerte de Lenin, Trotsky se encontró solo en el Politburó. De allí en adelante, cometió un error tras otro. Desde 1923 hasta 1925 concentró su ataque sobre Zinoviev y Kamenev y. valiéndose del papel desempeñado por éstos en 1917, ayudó a Stalin a aislarlos más tarde. Pensaba entonces que Bujarin era su peor enemigo y dedicó todas sus energías a combatirlo. En 1927, Trotsky todavía consideraba la posibilidad de una alianza con Stalin contra Bujarin. No advirtió que Stalin estaba decidido a expulsarlo del partido y que la única manera de evitarlo consistía en crear una alianza de la izquierda y la derecha contra el centro. Bujarin se dio cuenta de ello en 1927, y dijo a Kamenev: ”es mucho más lo que nos separa de Stalin que lo que nos separa mutuamente”.14 En efecto, en 1923, organizativamente considerado, Stalin era ya el amo del partido. De allí entonces que gran parte de la lucha interna en el partido fuese como pelear con su propia sombra. Lo único que podría haber derrotado a Stalin era la unidad política de los otros viejos bolcheviques contra él. Zinoviev, Kamenev y Bujarin lo advirtieron demasiado tarde. Pero Trotsky, a causa del carácter teórico de su marxismo, no llegó a comprender jamás la verdadera situación. En este punto, su constante subestimación del poder autónomo de las instituciones políticas y su tendencia a subordinarlas a las fuerzas de las masas, que eran su presunta ”base social”, fueron su némesis. Porque a lo largo de toda la lucha interna del partido, interpretó siempre las 12

15 El nuevo curso. El subrayado me pertenece.

posiciones políticas adoptadas por los diversos participantes como meros signos visibles de tendencias sociológicas ocultas dentro de la sociedad soviética. Así, la derecha, el centro y la izquierda del partido se convirtieron, en los escritos de Trotsky, en categorías básicamente idealistas, divorciadas de la política como tal, es decir, alejadas del verdadero campo del poder y las instituciones. De este modo, a pesar de las advertencias de Lenin acerca de la importancia de Stalin y del alarmante poder organizativo que estaba acumulando, Trotsky siguió viendo en Kamenev y Zinóviev como la principal amenaza que existía contra él dentro del partido, dado que ellos eran los ideólogos del triunvirato que hablaban en el lenguaje convencional de las ideas. Esta constante correlación entre las ideas y las fuerzas sociales – con su falta de una teoría intermedia acerca del nivel político – condujo a Trotsky a cometer desastrosos errores en la prosecución de su propia lucha.

La publicación de la serie de artículos que forman El nuevo curso constituye un ejemplo especialmente claro de este hecho. En esos artículos (1923) declara explícitamente: ”Las diferentes necesidades de la clase obrera, del campesinado, del aparato estatal y sus miembros, actúan sobre nuestro partido, a través del cual tratan de encontrar una expresión política. Las dificultades y contradicciones inherentes a nuestra época, la discrepancia temporal de intereses en las diferentes capas del proletariado o del proletariado en su conjunto y el campesinado, actúan sobre el partido mediante las células obreras y campesinas, el aparato estatal y la juventud estudiantil. Incluso las diferencias episódicas de criterio y matices de opinión pueden expresar la remota presión de distintos intereses sociales…”.15

Se hace evidente aquí el anverso de la idea del ”sustitucionismo”, es decir, la hipótesis de una posible ”identidad” entre partidos y clases. El uso de este binomio oscurecía el hecho evidente de que las relaciones entre estos dos términos no pueden nunca simplificarse a uno solo de estos polos. En cierto sentido, un partido es siempre un ”sustituto” de una clase, en el sentido de que no coincide con ella – si coincidiera, no habría necesidad de un partido – y sin embargo actúa en su nombre. En otro sentido, nunca la ”sustituye” porque no puede abolir la naturaleza objetiva del proletariado y la relación global de las fuerzas de clase, que no cesan de existir ni siquiera cuando el proletariado está disperso y debilitado, como después de la Guerra Civil, o actúa en contra de los intereses inmediatos de la clase obrera como lo hizo durante la Nueva Política Económica. Las relaciones entre partido y clase forman un espectro de cambiantes y complejas posibilidades, que no son intercambiables con estas descripciones bipolares. Se pudo advertir, entonces, que la noción de ”sustitucionismo” no sirvió para esclarecer la conducta de Trotsky en la lucha interna del partido, precisamente en una etapa en la que la importancia de los aparatos políticos – el partido – había aumentado enormemente con relación al de la fuerza social de las masas (aunque sin abolirlas). Él fue el último en advertir lo que estaba sucediendo, a pesar de su percepción polémica. En efecto, dado que su opuesto implícito – la ”identidad” – era para él una noción reguladora, cometió gravísimos errores políticos toda vez que trató de determinar las relaciones entre partido y clase en esta etapa. El mismo Nuevo curso representa un ejemplo particularmente claro de este hecho. El credo del sociologismo citado anteriormente estuvo acompañado de una altisonante petición de proletarización en la composición del partido y de rejuvenecimiento por medio de la afluencia de la juventud. Esta confianza en las categorías sociológicas, idealísticamente concebidas, tuvo una consecuencia irónica. La política misma que Trotsky defendió para la renovación del partido y su desburocratización fue implantada por Stalin con resultados diametralmente opuestos. El reclutamiento realizado por Lenin en 1924 afirmó decisivamente 13

16 El mismo Trotsky habló con frecuencia de ”optimismo revolucionario” en los años posteriores. Optimismo y pesimismo son, por supuesto, actitudes emocionales que poco tienen que ver con el marxismo. La ideología burguesa (Weltanschauung) se ha empantanado tradicionalmente en tales categorías. El adjetivo ”revolucionario” no hace del ”optimismo” una categoría más profunda que la que el adjetivo ”heroico” hizo del ”pesimismo”.

el control de Stalin sobre el partido, al empantanar los viejos cuadros bolcheviques con una enorme masa de obreros manejables y carentes de formación política. Nació así la composi-ción proletaria del partido. El error de creer que las fuerzas sociales son inmediatamente ”transportables” a las organizaciones políticas era, por supuesto, inconcebible dentro de la teoría leninista del partido. No obstante, Trotsky nunca lo abandonó en estos años. En 1925, cuando la troika se escindió, él se mantuvo apartado, considerando a la lucha entre Stalin y Zinoviev como una vulgar disputa, en la cual no estaba en juego ningún principio. Cuando Zinoviev y Stalin se atacaban políticamente por medio de las respectivas organizaciones del partido de Leningrado y de Moscú, Trotsky escribió sarcásticamente a Kamenev: ” ¿Cuál es la base social de dos organizaciones obreras que se injurian mutuamente?”. Naturalmente, el abstencionismo en esta posición fue suicida. En cierto sentido, Trotsky nunca luchó en el plano político, a diferencia de Zinoviev, por ejemplo. Su preparación teórica no lo capacitaba para hacerlo. Su conducta en la lucha interna del partido fluctuó entre una truculencia agresiva (un gran dake, en el sentido judío del término), y una profunda pasividad (la única salvación de Rusia era la posibilidad de las revoluciones en el extranjero).16 Por ello, su conducta no adquirió nunca coherencia política táctica. El resultado fue que estuvo constantemente en manos de Stalin. Al presentar una amenaza sin fundamento sólido alguno, institucional o político, sólido, y con gran despligue de actitudes públicas, Trotsky proporcionó precisamente lo que el gobierno y Stalin, como su más destacado representante, necesitaban para convertir al partido en una máquina burocrática y autoritaria. Casi se podría decir que si Trotsky no hubiera existido, Stalin hubiera tenido que inventarlo (y, en cierto sentido, lo inventó).

La lucha ideológica y estratégica

Hasta aquí, hemos expuesto la lucha político-táctica dentro del Partido bolchevique. Es necesario considerar ahora en qué medida las grandes disputas ideológicas – acerca de las opciones estratégicas de la Revolución – reflejaron la misma constelación teórica en el pensamiento de Trotsky. Se advertirá que el paralelismo es, en realidad, muy próximo. Esto se evidencia en las dos controversias más importantes de estos años.

El socialismo en un sólo país contra la revolución permanente

La disputa sobre esta cuestión dominó los debates ideológicos de la década de los años veinte. Lenin había establecido una posición que, indudablemente, era correcta en la época de Brest-Litovsk. Él afirmaba que los bolcheviques debían pensar siempre en posibilidades variables y no en falsas certezas. Era ingenuo especular acerca de si se producirían o no revoluciones en occidente. La estrategia bolchevique no debía estar basada en la presunción de que se produjeran revoluciones en Europa, pero tampoco debía descartarse dicha posibilidad. Sin embargo, después de la muerte de Lenin esta posición dialéctica se desintegró en posiciones opuestas, polarizadas dentro del partido. Stalin descartó efectivamente la posibilidad de las revoluciones internacionales e hizo de la construcción del socialismo en un solo país la tarea exclusiva – necesaria y posible – del Partido bolchevique. Trotsky declaró que la Revolución de Octubre estaba condenada, a menos que las revoluciones internacionales vinieran en su ayuda, y predijo que estas revoluciones ocurrirían sin duda. La tergiversación de la posición de Lenin es evidente en ambos casos. 14

17 En un pasaje extraordinario. Trotsky dice realmente que si el socialismo fuera posible en Rusia, la revolución mundial sería innecesaria, porque Rusia era tan grande que el éxito de la construcción del socialismo en la URSS sería equivalente a la victoria internacional del proletariado mundial. El ejemplo de un país atrasado, que en el curso de varios planes quinquenales fuese capaz de construir una poderosa sociedad socialista con sus propias fuerzas, significaría un golpe mortal para el capitalismo mundial y reduciría al mínimo, si no a cero, los costos de la revolución proletaria mundial. Claro está que éste es precisamente el criterio defendido por Jruschov a principios de la década del sesenta. Su utilización en este caso demuestra cuán débil era la argumentación de Trotsky en La revolución permanente. Lo que argumentaba Trotsky contra el socialismo en un solo país no era que un socialismo auténtico fuese imposible en una sociedad con un nivel tan bajo de fuerzas productivas y acumulación cultural, sino que la Unión Soviética no podía sobrevivir a un ataque externo, tanto económica como militarmente. La calidad del socialismo soviético no era lo que interesaba en este caso. La cita demuestra que Trotsky aceptaba en el debate una ecuación sumaria entre el socialismo y el desarrollo económico soviético.

Puede argüirse que Stalin, al descartar la posibilidad de revoluciones europeas exitosas, contribuyó efectivamente a su eventual derrota, acusación ésta que se le ha hecho a menudo, a propósito de su política hacia Alemania y España. Había, por cierto un elemento de satisfacción de las propias necesidades en la predicción del socialismo en un solo país. Sin embargo, dado este juicio crítico – que es precisamente que la política de Stalin representó una falsificación de la estrategia de Lenin – la superioridad de la perspectiva de Stalin sobre la de Trotsky es innegable. Ella forma todo el contexto histórico-práctico dentro del cual se desarrolló la lucha por el poder descrita más arriba. Por fuerte que hubiese sido la posición de Stalin dentro del aparato estatal, ello le habría servido de poco si su línea estratégica básica hubiese sido invalidada por el curso de los acontecimientos políticos. Pero esa línea estratégica fue, por el contrario, confirmada por la historia. En ello radicó la definitiva e inconmovible fortaleza de Stalin en la década de los años veinte.

La concepción de Trotsky

¿Cuál fue, en cambio, la concepción estratégica de Trotsky? ¿Qué quería decir con ”revolución permanente”? En su folleto de 1928, así titulado, incluía tres nociones totalmente separadas dentro de la misma fórmula: la continuidad inmediata entre las etapas democrática y socialista de la revolución en cualquier país ; la transformación permanente de la revolución socialista misma, una vez victoriosa y la inevitable vinculación del destino de la revolución en cualquier país con el de la revolución mundial en todas partes. La primera habría de implicar una generalización de su punto de vista sobre la Revolución de Octubre, que ya hemos analizado y que ahora se proclama como una ley en todos los países coloniales. La segunda era trivial e indiscutible: a nadie se le ocurría negar que el Estado soviético sufriría cambios incesantemente. La idea decisiva era la tercera: que la supervivencia de la revolución soviética dependía de la victoria de las revoluciones en el extranjero .Los argumentos de Trotsky para esta afirmación, base sobre la cual descansaba toda su posición política, eran asombrosamente débiles. Propone, en efecto, sólo dos razones por las cuales el socialismo en un solo país no era practicable. Ambas son extremadamente vagas: parecen afirmar que la inserción de Rusia en la economía mundial la tornaría inevitablemente vulnerable al bloqueo económico y a la subversión capitalista. Las ”rígidas restricciones del mercado mundial” son invocadas sin tener absolutamente en cuenta cuál sería el impacto preciso que tendrían sobre el naciente Estado soviético.17 En segundo lugar, Trotsky parece sostener que la URSS era militarmente indefensa y se derrumbaría ante una invasión externa, a menos que las revoluciones europeas acudieran en su ayuda. Es evidente que ninguno de estos argumentos se justificaba en su momento y que ambos fueron desmentidos por los hechos. El comercio exterior soviético fue el motor del desarrollo económico ; no un factor de regresión y capitulación sino un factor de progreso en la rápida acumulación de las décadas de los años veinte y treinta. Tampoco la 15

18 Trotsky sostuvo siempre que puesto que la contradicción entre capitalismo y socialismo era más fundamental que la existente entre los paises burgueses, éstos estaban llamados a unirse en un ataque contra la Unión Soviética. Este es un ejemplo clásico de la confusión central entre la contradicción determinante en última instancia y la contradicción dominante en una coyuntura determinada.

19 Gramsci comentaba sagazmente el internacionalismo de Trotsky, algunos años después : ”Es necesario ver si la famosa teoría de Trotsky sobre la permanencia del movimiento no es el reflejo político de la teoría de la guerra de maniobra … en última instancia, el reflejo de las condiciones generales económico-cultural-sociales de un país en el que los cuadros de la vida nacional son embrionarios y desligados y no pueden transformarse en ”trinchera y fortaleza”. En este caso se podría decir que Trotsky, que aparece como un ”occidentalista”, era en cambio un cosmopolita, es decir superficialmente nacional y superficialmente occidentalista o europeo. En cambio Lenin era profundamente nacional y profundamente europeo”. Notas sobre Maquiavelo. Lautaro, Buenos Aires, 1962, p. 95.

No había, por lo tanto, fundamentos válidos para la tesis trotskista de que el socialismo en un solo país estaba condenado al aniquilamiento. burguesía mundial se arrojó al unísono sobre la Unión Soviética ni envió ejércitos supranacionales sobre Moscú. Por el contrario, las contradicciones intercapitalistas fueron tales que retardaron el ataque imperialista a la URSS durante veinte años después de la guerra civil. Cuando Alemania invadió eventualmente a Rusia, el Estado soviético, industrializado y armado bajo el régimen de Stalin y ayudado por sus aliados burgueses, fue capaz de rechazar triunfalmente a los agresores.18

El error teórico

Lo que es importante aislar es el error teórico básico que subyacía bajo toda la idea de la revolución permanente. Trotsky partió, una vez más, desde un esquema de la fuerza social de las masas (hipostasiadas) – la burguesía contra el proletariado en alianza con el campesinado pobre – en un solo país, hacia una universalización de esta ecuación a través de su transposición directa en escala mundial, donde la burguesía ”internacional” se enfrenta al proletariado ”internacional”. La simple fórmula ”revolución permanente” efectuaba este enorme salto. Lo único que se omitía era la institución política de la nación, es decir, toda la estructura formal de las relaciones internacionales y el sistema que las mismas constituyen. Una ”mera” institución política – burguesa en este caso – se esfumaba como tantas otras fosforecencias ante la descomunal confrontación de clases dictada inexorablemente por las leyes sociológicas. El negarse a respetar la autonomía del nivel político, que había producido previamente un idealismo de acción de clase ajeno a toda organización partidista, producía ahora una coordinación (Gleichsaltung) global: ”una estructura social universal, que se cierne por encima de sus manifestaciones en cualquier sistema internacional concreto”. El nivel intermedio – partido o nación – simplemente se omite en ambos casos.

Este idealismo no tiene nada que ver con el marxismo. La idea de ”revolución permanente” no tenía un contenido auténtico. Era un concepto ideológico destinado a unificar problemas disimilares dentro de un mismo ámbito, al margen de una apreciación correcta de cada uno de ellos. La esperanza de que las revoluciones triunfantes fueran inminentes en Europa fue la consecuencia voluntarista de este monismo. Trotsky no fue capaz de comprender las diferencias fundamentales entre las estructuras sociales rusas y las de Europa occidental. Para él, el capitalismo era uno e indivisible y la agenda de la revolución era también una e indivisible, a ambos lados del Vístula. Este internacionalismo formal (que recuerda al de Rosa Luxemburgo) abolía de hecho las diferencias internacionales concretas entre los diversos países europeos.19 La instintiva desconfianza de Stalin hacia el proletariado de Europa occidental y su confianza en la individualidad rusa demostraban que tenía una conciencia más aguda – aunque estrecha y acrítica – de la naturaleza fragmentaria de Europa en los años veinte. Los hechos justificaron su creencia en la importancia permanente de la nación como 16

20 Lucio Magri comenta esto en ”Valori e lirniti delle esperienze frontiste”, Critica marxista, mayo-junio de 1965. Debe señalarse que la concepción posterior de Stalin acerca de la guerra fría como simple ”lucha de clases a nivel internacional”, igualando efectivamente a los Estados con las clases, representó un error opuesto pero idéntico al de Trotsky de los años veinte.

unidad que demarcara una estructura social de otra.20 Las agendas políticas no eran intercambiables a través de las fronteras geográficas en la Europa de Versalles. La historia señalaba momentos diferentes en París, Roma, Londres y Moscú.

Colectivización e industrialización

El segundo tema – subordinado al primero – que dominaba los debates ideológicos de la década de los años veinte era la política económica de la propia Rusia. Lo esencial de la disputa era la política agraria. Lenin había trazado una línea estratégica general para el sector agrario de la Unión Soviética. Él consideraba la colectivización como una política necesaria a largo plazo, que sólo tenía sentido, sin embargo, si iba acompañada por la producción de maquinaria agrícola moderna y por una revolución cultural en el campesinado. Pensaba que la competencia económica entre los sectores colectivo y privado era necesaria, no sólo para evitar el antagonismo del campesinado, sino también para asegurar que la labranza colectiva fuese eficiente. Defendía la experimentación con diferentes formas de agricultura colectiva. Estos proyectos piloto eran, por supuesto, la antitesis de la colectivización stalinista, en la cual se establecían plazos para la colectivización de determinadas provincias y la ”emulación socialista” estaba distribuida entre las organizaciones del partido de las diferentes zonas, para alcanzar sus metas antes que sus vecinos. Con la muerte de Lenin, sin embargo, se desintegró su estrategia dialéctica, para polarizarse en extremos opuestos. Bujarin abogaba por una polí-tica ultraderechista, de enriquecimiento privado de los campesinos, a expensas de las ciudades: ”Iremos hacia adelante con pasos lentos, muy lentos, empujando a nuestra zaga el gran carro de los campesinos”. Preobrazhenski urgía la explotación del campesinado (en el sentido económico técnico) a fin de acumular un excedente con miras a la industrialización rápida.

Estas fórmulas violentamente contradictorias ocultaban una complementación necesaria, que los planes de Lenin proyectaban precisamente proteger. Porque mientras más pobre fuese el campesinado, tanto menor sería el excedente para su propio consumo y tanto menos ”explotable” sería para la industrialización. La conciliación de Bujarin del campesinado con el proletariado y la contraposición de Preobrazhenski entre ambos eran, por igual, distorsiones de la política de Lenin, que pensaba colectivizar al campesinado pero no aplastarlo, no declararle la guerra. Ambos profesaban un marxismo vulgar que era endémico en muchos de los bolcheviques de la vieja guardia. Preobrazhenski insistía en que la acumulación originaria socialista era una férrea e inevitable ”ley” de la sociedad soviética. Acusaba a Bujarin de lukacsismo cuando proclamaba que la política económica de la Unión Soviética estaba sujeta a la elaboración de decisiones políticas. Bujarin, por su parte, escribió por entonces en su Manual de materialismo histórico que el marxismo era comparable a las ciencias naturales porque era potencialmente capaz de predecir acontecimientos futuros con la precisión de la física. La enorme distancia que existe entre formulaciones de esta índole y el marxismo es evidente. (Por supuesto, Lenin era el único dirigente bolchevique que había estudiado, desde el punto de vista de El capital, a Hegel, Feuerbach y al joven Marx, en Suiza durante la guerra).

Dada esta desintegración del leninismo no hay duda, sin embargo, de que – tal como en la controversia acerca del socialismo en un solo país – un criterio era superior al otro. En este 17

caso fueron, por supuesto, Preobrazhenski y Trotsky los que tuvieron razón al enfatizar la necesidad de contrarrestar la diferenciación social en el país y poner el excedente agrícola bajo control soviético. Preobrazhenski y Trotsky vieron la urgente necesidad de una industrialización rápida mucho antes y con más claridad que ningún otro miembro del partido. Ello constituyó su gran mérito histórico de aquellos años. Trotsky propuso la industrialización planificada y la acumulación socialista originaria ya en el XII Congreso del Partido, celebrado en 1923. La audaz previsión de su actitud contrasta con la adaptación de Bujarin a tendencias económicas retrógradas y con las vacilaciones de Stalin por aquellos años. La historia posterior de la Unión Soviética confirmó la relativa justicia de las medidas que él defendió entonces. ¿Cuál es la relación que existe entre sus méritos en el debate económico y sus errores en el debate acerca del socialismo en un solo país? ¿Se trata sólo de una relación contingente? La respuesta parece ser que mientras el debate sobre el socialismo en un solo país tenía que ver con las coyunturas políticas internacionales de la revolución, el debate económico se vinculaba a las opciones administrativas del Estado soviético. En esta ocasión Trotsky demostró sus dotes de administrador, que Lenin ya había advertido, y su especial sensibilidad hacia el Estado, que ha sido analizada anteriormente. Su lucidez en el debate económico estaba, entonces, en consonancia con el alcance general de su marxismo: tuvo plena conciencia de la aptitud económica del Estado Soviético, en un momento en que los otros bolcheviques se encontraban meramente preocupados con los problemas cotidianos de la Nueva Política Económica. No obstante, una estrategia económica para la URSS exigía algo más que una decisión administrativa por parte del Estado soviético. Su ejecución requería un adecuado plan de acción político del partido hacia las diferentes clases sociales: lo que después Mao llamaría, sugestivamente, ”manejo de las contradicciones en el seno del pueblo”.

Trotsky no pudo ofrecer en este caso un punto de vista coherente. Su falta de comprensión de los problemas del partido hizo que ello fuera prácticamente inevitable. El resultado fue que la ejecución efectiva de sus planes fue dispuesta – y desnaturalizada – por Stalin. Después de derrotar a Trotsky y a la izquierda, Stalin se volvió contra la derecha y puso en práctica la política económica de la oposición. Pero lo hizo con tal torpeza y violencia que precipitó una crisis agraria permanente, a pesar de los enormes logros de los Planes Quinquenales. Trotsky no se había enfrentado nunca concretamente al problema de la implementación política de sus planes económicos. Stalin resolvió el problema dándole una respuesta política concreta: la catástrofe de la colectivización forzosa. Trotsky, por supuesto, retrocedió horrorizado ante las campañas de colectivización y denunció a Stalin por llevar a cabo sus planes de manera totalmente opuesta a la concepción que él tenía de los mismos. Sin embargo, la semejanza era innegable. Esta relación se repitió en varias ocasiones. El reclutamiento leninista, ya citado, fue una de ellas. Más tarde, según comenta Deutscher, Stalin parece haber tenido muy seriamente en cuenta las constantes advertencias de Trotsky acerca del peligro de una restauración burguesa basada en el campesinado o de un golpe militar burocrático. Las medidas que adoptó para combatir estos peligros fueron campañas de asesinatos. Parecía en aquel momento que Stalin hiciera frente a Trotsky como Smerdiakov a Iván Karamazov, no precisamente en el sentido de que desnaturalizase la inspiración original al ponerla en práctica, sino en que la propia inspiración tenía fallas originales que hacían ésto posible. Ya hemos visto cuáles eran estas fallas. El hecho es que, en la década de los años veinte, el leninismo desapareció con Lenin. De allí en adelante el Partido bolchevique fue constantemente arrastrado de un extremo a otro por la lógica de los hechos, de suerte que, para manejarla, ningún líder o grupo tuvo la comprensión teórica necesaria. Una vez desintegrada la estrategia dialéctica de Lenin, las líneas políticas de la izquierda y de la 18

derecha se separaron de ella pero siguieron combinándose constantemente por las necesidades de la historia misma. Así, el socialismo en un solo país fue llevado a cabo, finalmente, con el programa económico de la oposición de izquierdas. Pero como éste no era más que una combinación de los planes de la izquierda y la derecha, y no una unidad dialéctica de estrategia, el resultado fue el crudo pragmatismo ad hoc de Stalin y los innumerables y costosos zig-zags de su política interior y exterior. La historia de la Comintern está particularmente colmada de estos cambios violentos, en los cuales las nuevas torpezas se agregaban simplemente a las torpezas anteriores, en un esfuerzo por superarlas. El partido se abrió paso a través de estos años valiéndose del elemental pragmatismo político de Stalin y de su habilidad para adaptarse y desviarse cuando las circunstancias cambiaban, o algo después. El hecho de que este pragmatismo triunfase no hace más que destacar cuán violenta fue la caída del marxismo bolchevique después de la desaparición de Lenin.

La tragedia de esta decadencia radicó en sus consecuencias históricas. Después de la revolución rusa, hubo una situación en la cual la comprensión teórica de un reducido grupo de dirigentes podría haber significado una inconmensurable diferencia para todo el futuro de la humanidad. Ahora, cuatro décadas después, podemos percibir en parte los frutos del proceso que tuvo lugar entonces, pero las últimas consecuencias están aún por verse.

1927-40

El mito

Trotsky había comenzado su vida política como francotirador, fuera de los destacamentos organizados del movimiento revolucionario. Durante la revolución, surgió como el gran tribuno popular y organizador militar. En la década de los años veinte fue el dirigente fracasado de la oposición en Rusia. Después de su derrota y su exilio, se convirtió en un mito. El último período de su vida estuvo dominado por su simbólica relación con el gran drama de la década anterior, que para él se había convertido en un trágico destino. Sus actividades se tornaron sumamente insignificantes. Era completamente ineficaz: dirigente de un imaginario movimiento político, indefenso mientras sus allegados eran exterminados por Stalin, detenido en dondequiera que se encontrase. Su principal función objetiva durante estos lamentables años consistió en proporcionar el centro negativo imaginario que Stalin necesitaba en Rusia. Cuando ya no existía oposición alguna en el seno del Partido bolchevique, después de las purgas de Stalin. Trotsky continuaba publicando su Boletín de la Oposición. Fue el principal acusado en los procesos de Moscú. Stalin instaló su férrea dictadura movilizando el aparato del partido contra la amenaza ”trotskista”. El mito de su nombre era tal que las burguesías de Europa occidental estaban constantemente temerosas de él. En agosto de 1939, el embajador francés Coulondre dijo a Hitler que en el caso de producirse una guerra europea, Trotsky podría ser el vencedor definitivo, a lo cual Hitler replicó que esa era una razón por la cual Francia y Gran Bretaña no debían declararle la guerra.

Esta etapa de la vida de Trotsky puede ser discutida a dos niveles. Sus esfuerzos por forjar organizaciones políticas – una Cuarta Internacional – estaban destinados al fracaso. Su desconocimiento de las estructuras socio-políticas de Occidente – ya evidente en el debate sobre la revolución permanente – . lo llevaron a creer que la experiencia rusa de la primera década del siglo veinte podría ser reproducida en Europa occidental y en los Estados Unidos en la década del treinta. Este error estaba vinculado, desde luego, a su paralela falta de comprensión de la naturaleza de un partido revolucionario. En su vejez, Trotsky llegó a pensar que su gran error había sido subestimar la importancia del partido, que Lenin había advertido. Pero él no había aprendido de Lenin. Una vez más, su tentativa de reproducir la construcción 19

21 Véase Historia de la Revolución Rusa, Tilcara, Buenos Aires, 1962

22 En La revolución traicionada [hay edic. en esp.].

del partido de Lenin condujo meramente a una caricatura de éste. Fue una imitación externa de sus formas organizativas, sin comprensión alguna de su naturaleza intrínseca. Inseguro acerca del carácter de las nuevas sociedades en que se encontró, y desconocedor de la relación necesaria entre partido y sociedad, según teorizó Lenin, sus aventuras organizativas cayeron en un voluntarismo fútil. Por una suprema ironía, al final de su vida se encontró con frecuencia precisamente entre aquellos intelectuales de salón, antítesis del revolucionario leninista, que siempre había detestado y despreciado. Porque muchos de ellos fueron reclutas de su causa, especialmente en los Estados Unidos: los Burnham, Schachtman y otros. Fue verdaderamente patético que Trotsky haya entrado en debates serios con seres como Burnham. Hasta su vinculación con ellos constituía una evidencia palpable de hasta qué punto se encontraba perdido y desorientado dentro del contexto extraño de Occidente.

Los escritos de Trotsky en el exilio tienen naturalmente más importancia que sus desafortunadas aventuras. No agregan nada fundamental a la constelación teórica ya descrita, pero confirman la estatura de Trotsky como pensador revolucionario clásico, atascado en una insuperable dificultad histórica. Su característica intuición de la fuerza social de las masas es la que – a pesar de su vaguedad – da mérito a sus últimos escritos. Tal como se ha señalado con frecuencia, La Historia de la Revolución Rusa es sobre todo un brillante estudio de la psicología de las masas y su opuesto complementario, el bosquejo individual. No es tanto una explicación del papel del Partido bolchevique en la revolución como una epopeya de las multitudes que dicho partido condujo a la victoria. El sociologismo de Trotsky encuentra aquí su más auténtica y poderosa expresión. El idealismo que necesariamente entraña produce una visión de la revolución que rechaza explícitamente la permanente importancia de las variables políticas o económicas. La psicología de la clase, combinación perfecta de los dos miembros del permanente binomio – fuerzas sociales e ideas – se convierte en la instancia determinante de la revolución:

”En una sociedad sacudida por la revolución, las clases están en conflicto. Está, perfectamente claro, sin embargo, que los cambios introducidos entre el principio y el fin de una revolución en las bases económicas de la sociedad y su sustrato social clasista, no son suficientes para explicar el curso de la propia revolución, que en un corto intervalo puede derribar viejas instituciones, crear otras nuevas y derribarlas nuevamente también. La dinámica de los acontecimientos revolucionarios está directamente determinada por los rápidos, intensos y apasionados cambios en la psicología de las clases, formadas ya antes de la revolución”.21

Los ensayos de Trotsky sobre el fascismo alemán son una verdadera patología de la naturaleza de clase de la pequeña burguesía desposeída y sus paranoias. Estos ensayos, con su tremendo presagio, se destacan como los únicos escritos marxistas de estos años que predicen las consecuencias catastróficas del nazismo y lo desatinado de las medidas políticas tomadas en el Tercer Período de la Comintern. La obra posterior de Trotsky sobre la Unión Soviética fue más seria que lo que el demagógico título bajo el cual se la publicó parecía indicar.22 En ella, el sociologismo sustentado durante toda su vida constituyó un acierto.

En la lucha política práctica, antes y después de la Revolución, su subestimación de la eficacia específica de las instituciones políticas le llevaría de error en error. Pero cuando finalmente trató de enfrentar el problema de la naturaleza de la sociedad soviética bajo el régimen de Stalin, esta subestimación lo salvó del escollo de juzgar a Rusia según los cánones de lo que después se convertiría en ”kremlinologia”. Cuando muchos de sus partidarios fabricaban a su 20

antojo nuevas ”clases dominantes” y ”restauraciones capitalistas” en la Unión Soviética, Trotsky recalcó, por el contrario, en su análisis del Estado soviético y el aparato del partido que éste no era una clase social.

Tal fue el marxismo de Trotsky. El constituye una unidad característica y consecuente, desde su juventud hasta su vejez. En la actualidad, Trotsky debiera ser estudiado junto con Plejanov, Kautsky, Luxemburgo, Bujarin y Stalin, porque la historia del marxismo no ha sido reconstruida nunca en occidente. Sólo entonces será asequible la estatura de Lenin, el único gran marxista de aquella época. 21

23 Para ser justos con Trotsky, conviene añadir que, antes de 1917, también Lenin había rechazado la necesidad de adoptar como objetivo estratégico de la revolución rusa que se avecinaba el establecimiento de la dictadura del proletariado. La victoria de la Revolución de octubre fue el resultado de una combinación histórica de la teoría y de la práctica leninistas del partido de la vanguardia revolucionaria con la teoría y la práctica trotskistas de la revolución permanente.


[1] Véase Isaac Deutscher, El profeta armado, Era, México, 1966, pp. 54-55. 

[2] Ibid., p. 94 y 95.

[3] Balance y perspectivas. [Véase Deutscher, op. cit., p. 149 y 150].

[4] Ibid.

[5] El profeta armado, p. 169.

[6] La intelectualidad y el socialismo. [Véase Deutscher, op. cit., p. 179].

[7] La teoría de Lenin sobre el partido revolucionario no estaba completamente desarrollada en ¿Qué hacer? La madurez de su teoría cristalizó poco después de la Revolución de 1905, en la práctica de la construcción del partido.

[8] Véase El profeta armado, p. 181.

[9] La lucha por el poder (el subrayado me pertenece). La actitud de Trotsky hacia el partido durante aquellos años puede ser comparada con la de Rosa Luxemburgo. Ésta fue consciente del revisionismo del partido alemán mucho antes que Lenin, pero no pudo dividir al partido socialdemócrata y retrasó con ello la tarea de construir un partido revolucionario. Las consecuencias fueron fatales: la derrota de la insurrección espartaquista en 1918. Tanto Trotsky como Luxemburgo confiaban en el entusiasmo de las masas y por ello dejaron de considerar el problema de su movilización desde una organización revolucionaria.

[10] La revolución permanente [hay varias edic. en esp.].

[11] El profeta desarmado, Era, México, 1968, p. 43.

El templo entre rejas: una historia de evangélicos y pandillas

El templo entre rejas: una historia de evangélicos y pandillas

Los miembros de pandillas y los creyentes evangélicos comparten una misma composición social, han abrevado de la misma fuente de adeptos. Este análisis explora esa historia en común que ha cristalizado en el Penal de San Francisco Gotera, donde ha ocurrido un milagro o un extraordinario experimento social cuyos alcances apenas se conocen.
Carlos Martínez
Martes, 5 de Marzo de 2019

El centro penal de San Francisco Gotera se convirtió en el año 2018 en la cristalización de décadas de simbiosis entre cristianos evangélicos y pandilleros. Desde dentro se repite con orgullo que lo que ahí ha pasado es, así, sin atenuantes, un milagro: la mano de dios todopoderoso haciendo de las suyas, “tocando corazones” y haciendo obras que para los hombres son imposibles. Así dicen.

Aquella es una cárcel dura. Durante los 80 se le consideró una cárcel de máxima seguridad y quienes la vivieron la recuerdan como una oscura pesadilla. Actualmente viven ahí más de 1 600 personas, aunque está hecha solo para 381. Escasea siempre el espacio, el agua y el aire. Se apodera de ella, día y noche, un calor apretado, que aviva los olores y los echa a flotar por cada pasillo, por cada patio y por cada celda. Ahí dentro, cada día, durante todo el día, la totalidad de internos –ex pandilleros todos– se entrega a una febril actividad religiosa donde cantan, bailan, celebran cultos, adoran, predican, tocan tambores hechos con barriles, aplauden, hablan en lenguas, interpretan las lenguas, leen la Biblia, estudian la Biblia, anuncian profecías, creen en profecías, se convierten, se reconvierten, se perdonan unos a otros, se perdonan a sí mismos.

Exmiembros de las pandillas MS-13 y Barrio 18 participan de un culto general en el Centro Penitenciario de San Francisco Gotera. 1 600 expandilleros habitan este penal diseñado para 381 reclusos. Todos aseguran ya no pertenecer a sus organizaciones criminales y se declaran evangélicos. Foto de El Faro: Víctor Peña.

Exmiembros de las pandillas MS-13 y Barrio 18 participan de un culto general en el Centro Penitenciario de San Francisco Gotera. 1 600 expandilleros habitan este penal diseñado para 381 reclusos. Todos aseguran ya no pertenecer a sus organizaciones criminales y se declaran evangélicos. Foto de El Faro: Víctor Peña.

La existencia de iglesias al interior de las cárceles salvadoreñas no es una novedad, ni siquiera lo es entre pandilleros. Sin embargo, los internos del penal de Gotera llevaron las cosas a un extremo inédito: en 2015, esa prisión fue destinada para contener a miembros de la facción Revolucionarios del Barrio 18. Entre ellos, llegaron también 300 internos que se declaraban cristianos. Con el paso del tiempo, cuando el número de “ovejas” creció, se les concedió un sector exclusivo para ellos. Pero su número volvió a crecer y se les concedió otro sector y luego otro y otro… hasta que el penal completo proclamó a quien quisiera escucharles que ellos ya no eran pandilleros, que abandonaban su vida anterior y la abominaban.

Como prueba máxima de su decisión, de que los odios y los afanes mortales que dirigieron sus existencias habían quedado atrás, los internos tatuados con el número 18 en la piel, dieron la bienvenida a otros, que habían escrito sobre sí mismos, la M y la S.

En el año 2018 el Estado dejó de considerar a Gotera como una cárcel de pandilleros activos y trasladó a ese recinto a un centenar de reclusos de la Mara Salvatrucha-13 que se autoproclamaban cristianos. Óscar Vladimir Martínez fue parte de esos traslados: durante su vida pandillera fue El Zarco de San Cocos y consiguió escalar hasta ser miembro de la ranfla de la MS-13, la cúpula de la pandilla. Cuando supo que iba a ser trasladado a un penal de dieciochos se temió lo peor y sus miedos crecieron cuando las rejas se abrieron y aparecieron aquellas caras llenas de tinta y de números.

Los recién llegados fueron recibidos con algarabía, se agradeció a dios por su presencia, se celebraron cultos en su honor y se les llamó hermanos. Los dieciocheros llamaron hermanos a los emeese. Entre los internos se repiten, se enseñan unos a otros, que tanta cantidad de prodigios solo puede explicarse a través de la mano amorosa y perdonera de dios.

    • *

Soy ateo. O sea, que en –casi– todos los casos me inclino a creer que no hay dios, que no hay un morador del misterio, que su poder no existe, que su proverbial misericordia no es más que una añoranza de hombres machacados por la realidad. Pero no siempre fui ateo.

Alguna vez incluso fui católico y como buen católico creí que la verdad mía era la verdad, a secas. Aprendí a ver, desde la inmensa altura de mi fe –que había parido a la Teología de la Liberación, a Óscar Romero, a los mártires jesuitas de la UCA– con un profundo, profundo, desprecio a los creyentes evangélicos.

Ellos tan estridentes, tan vacíos de filosofía y de una teología buena –como la mía– ; ellas con esas mantillas en la cabeza y sus faldones largos, tan dadas al llanto ceremonial, a la epilepsia ritual; unos y otros tan faltos de cimientos académicos, tan fanáticos y todos tan… tan… pobres. Porque una cosa es admirar la filosofía o la teología que habla de los pobres y los libros que los elevan a la categoría de hijos predilectos de dios y otra, más incómoda, más peligrosa, más mugrienta, calurosa y aburrida, es admirar a los propios pobres, e intentar comprender la forma –las formas– en que se las arreglan para resistir.

Pese a ello, este breve ensayo hace un recuento por una historia en la que aparecen unos pobres ofreciendo consuelo, salida y quizá redención a otros pobres. Es también una historia donde dios habla con voz clara, donde el misterio casi es palpable y donde los efectos colectivos de esas creencias son muy reales.

    • *

Exmiembros de las pandillas MS-13 y Barrio 18 participan de un culto general en el Centro Penitenciario de San Francisco Gotera, en la cabecera departamental de Morazán, un departamento a 200 kilómetros de la capital de El Salvador. En este recinto conviven miembros de ambas pandillas que han mantenido una rivalidad de muerte histórica por más de 25 años. En este centro penal, dos iglesias, La Final Trompeta y Torre Fuerte, lideran a los reclusos. Foto de El Faro: Víctor Peña.

Exmiembros de las pandillas MS-13 y Barrio 18 participan de un culto general en el Centro Penitenciario de San Francisco Gotera, en la cabecera departamental de Morazán, un departamento a 200 kilómetros de la capital de El Salvador. En este recinto conviven miembros de ambas pandillas que han mantenido una rivalidad de muerte histórica por más de 25 años. En este centro penal, dos iglesias, La Final Trompeta y Torre Fuerte, lideran a los reclusos. Foto de El Faro: Víctor Peña.

En El Salvador, luego de los conflictos bélicos de los 70 y 80, la Iglesia Católica fue perdiendo fuerza y penetración en las comunidades empobrecidas: fueron mermando, casi hasta la extinción, las comunidades eclesiales de base –combustible de los movimientos insurgentes– y comenzaron a escasear los sacerdotes en sandalias ávidos de “oler a pueblo” y de practicar esa alquimia tropicalísima que les permitió juntar a Jesús de Nazaret, a Carlos Marx y al Che Guevara en la misma doctrina.

Siete de cada diez salvadoreños se consideraban católicos en 1995; en 2017, esa proporción había bajado a cuatro de cada diez. En 1994, solo dos de cada diez salvadoreños eran cristianos evangélicos, veinte años después tenían un empate técnico con los católicos, que se mantiene hasta el día de hoy.

En el vacío que dejó “La” iglesia, comenzaron a prosperar a un ritmo asombroso “las” iglesias. Mucho antes de que predicadores/empresarios comprendieran el potencial millonario del negocio de la fe y del diezmo; mucho antes de que existieran grandes y lujosos templos con parqueos de tres plantas, aires acondicionados, marketing y cultos de gran producción, había ya pastores evangélicos predicando en garajes, en chabolas de lata, en canchas de fútbol, con micrófono, con megáfono o a grito pelado y fueron echando raíces sólidas en los barrios y comunidades, donde también comenzaba a crecer –al mismo asombroso ritmo– otro fenómeno: las pandillas.

Una vez que la guerra civil terminó, Estados Unidos deportó casi de inmediato a grandes cantidades de centroamericanos que guardaban prisión en sus cárceles. Entre ellos, cientos –miles quizá– de pandilleros que habían llegado al sur de California siendo niños, huyendo de la guerra y de sus horrores. Esos niños se las arreglaron para encajar en escuelas y calles hostiles y siempre ajenas, abrevando de la cultura de los marginados y aprendiendo a hacerse respetar. Una década después, siendo adultos, con el cuerpo tatuado, fueron obligados a retornar a un país del que apenas guardaban recuerdos turbios, al que llegaron con un diminuto arsenal de palabras en español y con el desconcierto de no saber si ahí –en esa tierra caliente, arrimados a veces en casas de parientes que jamás habían visto en persona– seguían siendo homeboys y si, junto a ellos, viajaban también los barrios a los que pertenecían.

Pese a los titubeos iniciales, la MS-13 y el Barrio 18 consiguieron sobreponerse al cambio abrupto de entorno, medrando en las sombras de países que se estaban lamiendo las heridas. Cuando como sociedades notamos su existencia, ya controlaban gran parte del territorio. Las iglesias evangélicas hicieron algo muy parecido: menospreciadas por el catolicismo, fueron ganando terreno hasta representar más o menos a la mitad de todos los creyentes. De manera que las pandillas y las iglesias evangélicas aprendieron a conocerse y a convivir desde los tiempos en que ambas eran basura bajo la alfombra.

Actualmente, evangélicos y pandillas comparten un mismo ADN, una misma composición social: según los datos recogidos por LPGDatos, que mide las convicciones religiosas de los salvadoreños desde 2004, se es más evangélico si se es más joven, si se vive en zonas urbanas y si se es más pobre. Se tiene más probabilidades de ser pandillero, aunque suene a perogrullo, si se es joven, si se vive en comunidades urbanas y, sobre todo, si se es pobre.

Por eso unos y otros se han aprehendido, se conocen, han convivido, conviven. De alguna manera confían unos en otros: en la actualidad, la principal vía por la cual un miembro de una pandilla puede abandonar su organización es si se convierte en “oveja”, en “aleluya”, en “hermano”. Los únicos que pueden gritar a voz en cuello –en medio de comunidades totalmente controladas por las pandillas– que la Mara Salvatrucha-13 o el Barrio 18 son el demonio y exhortar a los jóvenes a abandonarlas, son los pastores evangélicos. Son ellos los únicos autorizados para violar la compleja red de fronteras urbanas establecidas por estas organizaciones criminales.

Desde luego, esas afirmaciones admiten un gran número de matices: no es tan simple como darle un portazo a la vida pandillera y ser de pronto redimido por El Señor. Para ello es necesario pasar por un complejo entramado de trasvases: hay que vestirse de una manera, llamarse entre sí de una forma, someterse a determinados rituales y a determinada jerarquía. Así, si en la vida “mundana” se llevaban los Nike Cortés y los pantalones Dikies y Van Davis, en la vida cristiana se llevarán pantalones formales y camisas manga larga, cuando no corbata; si antes eran homies, luego serán hermanos; si antes había que cumplir misiones criminales y asistir a los “mirin”, los hermanos deberán dejarse ver en misiones de avivamiento y prédica de “la palabra”, en cultos semanales y en vigilias. Si antes respondían a un palabrero, a un corredor de programa o a una ranfla, luego estarán sometidos a la aprobación de diáconos, ancianos y pastores. Y estarán sometidos, unos y otros, a una estricta y permanente vigilancia, a un riguroso examen de conducta, que puede devenir en castigos: aislamiento y desprestigio social, si se es evangélico; o palizas y asesinatos, si se es pandillero. De los nuevos miembros –de pandillas y de iglesias– se esperará un fervor estridente, una manifestación explícita y rotunda de la nueva vida adquirida.

En El Salvador, hoy por hoy, las iglesias evangélicas tienen además el monopolio de la redención: dentro del imaginario pandillero, simbolizan la puerta más ancha, la más buscada, la más efectiva para abandonar una estructura a la que han jurado lealtad vitalicia. La Iglesia Católica prefiere no involucrarse en temas que en realidad no entiende, y el Estado renunció durante años, con descaro, a cualquier intento de rehabilitación. En El Salvador no existe ninguna ley de reinserción o de rehabilitación y las cárceles han sido desde siempre mazmorras de espanto, incapaces por sí mismas de generar en nadie el prurito de la conversión.

Durante años ha habido un corredor abierto entre pandillas y evangélicos: los he visto transitar, entrar y salir. He conocido a poderosos líderes pandilleros bregando por cambiar su vida con éxito; los he visto también abominar su vida pandillera con gran pompa para volver al cabo de unos meses, producto de necesidades más mundanas, a reintegrarse a sus barrios.

Sin embargo, lo ocurrido en la cárcel de Gotera marca un antes y un después en la relación entre ambos. En el enorme templo enrejado que es hoy esa prisión conviven miembros de todas las pandillas: aquellos que alguna vez fueron líderes poderosos de la guerra irregular que se libra en El Salvador desde hace décadas, abandonaron su poder y su influencia y pasan sus días alabando el poder redentor de Cristo al lado de hombres que años atrás fueron sus enemigos mortales.

Exmiembros de la MS-13 levantan la mano para identificarse ante la pregunta del fotoperiodista. Unos 150 ex emeeses conviven con más de 1 000 ex dieciocheros en el penal de Gotera. Foto de El Faro: Víctor Peña.

Exmiembros de la MS-13 levantan la mano para identificarse ante la pregunta del fotoperiodista. Unos 150 ex emeeses conviven con más de 1 000 ex dieciocheros en el penal de Gotera. Foto de El Faro: Víctor Peña.

Gotera es un experimento, una lección quizá, o una obra divina, según quien lo mire, capaz de sintetizar fenómenos complejos que han convivido durante años.

Pero he comenzado diciendo que soy ateo y agregaré que como tal no creo en milagros. Creo, eso sí, que esas 1 600 almas, con sus respectivos cuerpos, han señalado un camino que no les ha sido impuesto, sino uno que han elegido. Que ante la ausencia de puertas abiertas de parte del Estado, ellos recurrieron a una que conocían bien, que siempre había estado ahí, abierta de par en par y que se abrazaron a ella como un náufrago o un sediento. Pero sé que nadie vive de versículos bíblicos –al menos no mucho tiempo– y que el fervor es algo que naturalmente se apaga con el tiempo. Creo también que aquellos que han entregado su corazón a Cristo, en medio de aplausos y de fanfarrias, están llenos de necesidades muy humanas y que llegan ahí, precisamente, machacados por la realidad.

El milagro de la conversión masiva dentro de aquel templo enrejado, será, pienso, anecdótico, sin un Estado que tome nota de lo ocurrido, sin una academia que nos ayude a comprender las lecciones que la cárcel de Gotera enseña, sin una sociedad lista para creer que un hombre no es necesariamente el mismo para siempre y –como un gesto bueno, como un único pago– sin que demos un aplauso cerrado, o algo parecido, a aquellos que durante años, desde soledades difíciles de imaginar, han gritado en garajes, en chabolas de lata, en canchas de fútbol, un mensaje de amor en medio de una de las capitales del odio.

The Tragedy of Trump’s Foreign Policy

The Tragedy of Trump’s Foreign Policy
The U.S. president had some genuine insights about America’s international problems. Where did it all go wrong?
By Stephen M. Walt
| March 5, 2019, 6:59 AM
President Donald J. Trump returns to the White House on Feb. 28, 2019 in Washington, DC. (Chris Kleponis/Getty Images)
President Donald J. Trump returns to the White House on Feb. 28, 2019 in Washington, DC. (Chris Kleponis/Getty Images)

In a classic tragedy, the leading figure is usually a person with admirable qualities and even good intentions, drawn inexorably toward disaster by a tragic flaw. Othello is susceptible to jealousy, Macbeth is too ambitious, Hamlet cannot make up his mind, and Faust cannot resist an offer to trade his soul for knowledge and pleasure. In each case, a single flaw overwhelms their positive qualities and places them on the road to destruction.

From that perspective, it’s hard to see Donald Trump as a truly tragic figure. Far from being heroic but flawed, he’s just the spoiled, self-indulgent scion of a wealthy and odious father, with more deficiencies of character than one can count. Apart from a genuine gift for self-promotion, a decent golf game, and a practiced ability to connive on cue, he’s decidedly lacking in other virtues.

Yet there is an undeniably tragic quality to the Trump presidency, even if he manages to avoid impeachment, jail, or permanent disgrace. Why? Because Trump did have some valid and important insights into America’s current problems and he had a chance to do something about them when he got elected. That opportunity has been wasted, however, and Trump’s flaws as a politician, strategist, and human being are the main reason why.

What did Trump get right? In 2016, when he called U.S. foreign policy a “complete and total disaster” and blamed repeated foreign-policy failures on an out-of-touch and unaccountable elite, he was on to something. He was correct to accuse key U.S. allies of spending too little on defense—a complaint many previous presidents had made—and right on the money in denouncing open-ended and costly efforts at nation building in places like Afghanistan. Trump and Bernie Sanders were the only candidates to acknowledge that globalization was not delivering as promised, and his message resonated with lower- and middle-class Americans who were deeply worried about lost jobs, flat income growth, and lax immigration controls. Trump also recognized China as America’s principal long-term competitor and that Beijing would not stop its predatory trade practices if the United States just asked nicely. And Trump was nearly alone in recognizing that demonizing Russia was counterproductive and served only to drive Moscow closer to Beijing.

Moreover, Trump’s expressed views on international affairs suggested he had a more or less realist perspective on foreign policy that might have served him well—if he had really meant it and grasped its implications. Although he was hardly a sophisticated or knowledgeable thinker on such matters, he seemed to understand that 1) international politics were inherently competitive; 2) foreign policy was not about philanthropy; 3) all nations pursue their selfish interests; and 4) foreign adventures whose costs exceed the benefits are dumb.

After his surprising electoral victory, therefore, Trump was in a position to chart a more realistic course for the country, based on some—but not all—of the positions he had taken during the campaign. Republicans controlled both the House and Senate, and much of the public would have been receptive to a foreign policy that corrected the excesses and mistakes of the past quarter-century. Had he assembled an experienced team and insisted that it follow his vision, he might have improved America’s global position and won over many of his early critics. But as in a classic tragedy, Trump’s vanity, stubbornness, poor taste in advisors, and other deficiencies of character have led to repeated disappointments at home and abroad.

Let me count the ways.

With regard to Europe, Trump was correct in saying that Europe should get serious about its own defense and to stop relying on U.S. protection. Europe is wealthier, more populous, and spends a lot more on defense than Russia does, and there is no compelling reason for the United States to commit its own people to its defense. Accordingly, Trump could have proposed a gradual reduction in the U.S. commitment—say, over a period of 5-10 years—while making it clear that the United States wanted friendly relations with Europe and would continue to cooperate on areas of mutual interest. Indeed, Trump might even have tried to recruit Europe into a broader effort to check a rising China.

But that’s not what he has done. Instead, Trump has repeatedly insulted European leaders and embraced some of Europe’s most destructive political forces. He also increased the U.S. defense budget and the U.S. contribution to reassurance efforts in Eastern Europe, thereby giving NATO’s European members additional reason to free-ride some more. To be sure, some NATO members have maintained their Barack Obama-era commitments to increase defense spending but not by enough to lessen their dependence on Washington. With respect to NATO, in short, Trump has managed to weaken ties with key allies without reducing U.S. burdens.

In Asia, Trump understood that China was America’s primary long-term rival and it was time to get tough with Beijing about its economic practices. Unfortunately, he’s pursued that goal in a singularly inept way. He started off by unilaterally abandoning the Trans-Pacific Partnership, a multilateral trade deal that would benefited the U.S. economy in several ways and strengthened its strategic position in Asia. Instead of lining up other members of the Organization for Economic Cooperation and Development in a united front over China’s trade and investment policy, Trump threatened to launch trade wars with several of them simultaneously. And in recent weeks, Trump’s all-too-public eagerness for a deal with Beijing has undercut his own negotiating team, making meaningful progress on these issues less likely.

Trump is also singlehandedly responsible for the bungled U.S. approach to North Korea. To be sure, North Korea’s nuclear arsenal is a problem that would challenge the shrewdest strategist, but Trump’s handling of it has been a textbook case of wishful thinking and the antithesis of hardheaded realism. Experts inside and outside the U.S. government insisted that Pyongyang was not going to give up its hard-won nuclear weapons capability, which North Korean leader Kim Jong Un and the regime see as the ultimate guarantee of their own survival. Yet Trump deluded himself into thinking that his personal charm and self-proclaimed skills as a “master dealmaker” would somehow persuade Kim to do something that was obviously not in his own interest. Not only did Trump miss an opportunity to make tangible if limited progress on this vexing issue, but his bumbling gave America’s Asian partners yet another reason to question his judgment and competence.

In the Middle East, Trump’s policies have been a far cry from what realism would recommend. Instead of maximizing U.S. influence and leverage by establishing pragmatic working relationships with as many states as possible (as China and Russia do), Trump let himself get bamboozled by local potentates and repeated the same mistakes that have crippled U.S. Middle East policy for a long time. Instead of sticking to the nuclear deal with Iran and working with the P5+1 and other states to curtail Iran’s regional activities, he walked away from the deal and got nothing in return. He handed the Israeli-Palestinian peace process over to his unqualified son-in-law and turned a blind eye to Saudi Crown Prince Mohammed bin Salman’s increasingly erratic behavior.

Even when his instincts are correct—as when he announced he was going to pull U.S. troops out of Syria—he’s been a Hamlet-like portrait of indecision, and his off-the-cuff remarks about using bases in Iraq to keep an eye on Iran roiled U.S. relations with Baghdad to no good purpose. And having promised to get out of the nation-building business, he sent more troops to Afghanistan (like Obama did), where they are likely to still be fighting when he leaves office.

Then there’s Russia. Back in 2016, Trump recognized that ironing out America’s current differences with Russia would be good for Europe, good for Russia, and good for the United States, too. But instead of confronting Russia over its misdeeds—including its possible interference in U.S. elections—and beginning a serious dialogue to resolve issues like Ukraine, cyberattacks, and arms control, Trump’s conduct as president has reinforced doubts about his own relations with Moscow (and Russian President Vladimir Putin). Ironically, he is just about the last person who could even try to work things out with Russia because any serious effort to do so would lead critics to accuse him of being under Putin’s sway.

Finally, if the essence of realism is to deal with the world “as it really is” (rather than how we would like it to be), then Trump is more of a fabulist. A true realist would acknowledge the scientific reality of climate change and try to develop an effective policy response to it. Indeed, given his own background and prior statements, and the growing deference of the Republican Party itself, Trump was well-positioned to realign the party with the scientific consensus. Instead of continuing to deny the reality of climate change, he could have reversed course, said he now understood it was a serious problem, and called for something better than the Paris climate accord. If it took a Richard Nixon to go to China, maybe Trump could have restored environmental sanity to the Republicans.

It really is a tragedy. Not unlike Obama (whose popularity and dignity Trump clearly envies), Trump entered the Oval Office hoping to liquidate some of America’s counterproductive overseas commitments, pass the buck to local allies in Europe and the Middle East, focus laserlike on China, and do some much-needed nation building at home. Remember when he used to talk about a big infrastructure program, something that would provide jobs for lots of workers and prepare the United States to compete more effectively in the rest of this century? Sadly, the only building he ever talks about now is a pointless wall that most of the country doesn’t want, isn’t going to make the country safer, and probably won’t get built. More than two years into his first term, Trump most visible foreign-policy “achievement” is a steady and sharp decline in America’s global image.

And that’s the real tragedy. For unless Trump is eventually brought down by his legal troubles, he’ll probably live out the rest of life in comfort, surrounded by a retinue of sycophants, supplicants, and other lowlifes of the sort he cultivated throughout his life. It’s the rest of us who will end up footing the bill for this train wreck of a presidency.

Stephen M. Walt is the Robert and Renée Belfer professor of international relations at Harvard University.

Limitaciones de la pedagogía de John Dewey

LIMITACIONES DE LA PEDAGOGÍA DE JOHN DEWEY (2010)
Limitations of the pedagogy of John Dewey
MARCOS SANTOSMEZ
Universidad de Granada

Este es un trabajo teórico de revisión y reflexión acerca de la pedagogía de John Dewey y de ciertos elementos de su filosofía pragmatista. Argumentaremos que a pesar de su sincera preocupación por la democracia, junto con el carácter «progresista» y «social» de su pedagogía, Dewey no supera ciertas contradicciones propias del liberalismo con el que, hasta cierto punto, lo relacionaremos.
Además, mostraremos que aunque intenta superar las deficiencias de la modernidad que derivó en el positivismo, no acaba tampoco de lograr este objetivo. Podemos caracterizarlo, por tanto, como agudo reformista o propulsor de cambios, pero nunca como revolucionario, como se muestra con claridad al ser comparado con otras corrientes filosóficas y pedagógicas del siglo XX.
Introducción
Sobre John Dewey se ha señalado que aporta un pensamiento que lo convierte en un excelente autor para abordar cuestiones actuales en la educación, independientemente de que suscribamos o no todas sus conclusiones. Se ha afirmado esto, por ejemplo, para el campo de la educación moral en general (Dill, 2007) o también para replantearnos las implicaciones morales de la democracia, que Dewey entendió como modo de vida (Guichot, 2003: 316-319; Hytten, 2009)1.
Lo que vamos a realizar en las líneas que siguen es una discusión sobre la pedagogía de Dewey y aspectos de la filosofía pragmatista de la que parte (Dewey, 2000), para ir esbozando algunos problemas de tipo moral y político que el norteamericano resolvió solo a medias. En este sentido, argüiremos que a pesar de su sincera preocupación por la libertad junto con el carácter innegablemente «progresista» y «social» de su pedagogía (Dewey, 1930, 413-415; Cohen, 1998; Niebles, 2004), no acaba de eludir las contradicciones propias del liberalismo con el que, hasta cierto punto, lo relacionaremos. Podemos caracterizarlo, desde luego, como reformista o propulsor de cambios, pero nunca como un revolucionario, lo cual se muestra fácilmente al compararlo con otras corrientes filosóficas y pedagógicas del siglo XX.
Epistemología y pedagogía: experiencia y conocimiento
El pilar de la pedagogía deweyana es su noción de «experiencia». La «experiencia» incluye los distintos tipos de tanteo del individuo con su «medio ambiente» (que son los otros individuos, el medio social o la naturaleza) (Bernstein, 2010: 113-125). Remite, pues, a la relación del hombre con su sociedad y también con el medio natural (Dewey, 1930: 28).
Sin experiencia, en el sentido explicado por Dewey, no hay conocimiento. Esto no debe conducirnos a creer que Dewey separe razón y experiencia, sino que la distinción es, antes bien, entre «experiencia de carácter a-racional o irracional y experiencia racional fundada sobre la inteligencia » (Bernstein, 2010: 93). No es, por tanto, la experiencia algo necesariamente inmediato, como el punto de vista más empirista en la filosofía parece sugerir (Locke, Hume), sino que puede ser algo mediado y de tipo valorativo y cualitativo (Dewey, 1998: 36; Bernstein, 2010:127-137).
Lo que determina en Dewey qué es la verdad es, fundamentalmente, el método empleado para obtener la verdad (Hook, 2000: 70). No obstante, hemos de insistir en que, frente a posturas puramente relativistas, Dewey sí cree que hay verdades y posibilidad de hallarlas (a esto se encamina el método científico) (Dewey, 1930: 191-218). Lo que ocurre es que el conocimiento y la verdad (científica, moral, etc.) se vinculan, según Dewey, a la actividad y a la acción en el mundo, y no a un «lugar» fuera del ámbito de las experiencias como sugiere, por ejemplo, el platonismo.
Es en este aspecto en el que Dewey también ha supuesto una inspiración para filósofos actuales de corte posmoderno (Rorty). Aunque bien es cierto que el norteamericano Dewey conserva elementos propios de la epistemología fuerte de la modernidad, lo que es criticado por Rorty y otros como «metafísica» (Harris, 2007). Precisamente, en esta línea, Carr resalta que la propuesta de Dewey puede utilizarse para superar los planteamientos posmodernistas, los cuales Carr no acepta (Carr, 1995)2.
Respecto a la relación entre educación y experiencia, hemos de precisar que no todas las experiencias son educativas: «Pues algunas experiencias son antieducativas. Una experiencia es antieducativa cuando tiene por efecto detener o perturbar el desarrollo de ulteriores experiencias » (Dewey, 2004: 71-72). En la medida en que estamos continuamente reorganizando, reconstruyendo y transformando el medio ambiente, la educación es permanente (Dewey, 1964: 249; Guichot, 2003: 315).
Dewey entiende que la educación es un fin en sí misma, y que, por tanto, no debe concebirse como medio (Dewey, 1998, 46-55). Vivir, conocer y educar-se son sinónimos para Dewey. Un ser humano sería un individuo que se encuentra en crecimiento continuo y que interactúa con un medio ambiente que es en gran medida social. Su actividad es determinada por el contacto con este medio ambiente que va, de algún modo, dirigiendo su experiencia y ofreciendo o negando posibilidades de crecimiento (Dewey, 1998: 22-30).
A partir de esta idea de reconstrucción y elaboración de la experiencia en intercambio constante y creativo con el medio ambiente (social), se ha sugerido que Dewey anticipa, aunque no aparezca articulado y definido con claridad en su obra, bastantes aspectos de la epistemología y la pedagogía constructivistas (Popkewitz, 1998; Vanderstraeten, 2002; Kivinen y Ristela, 2003; Reich, 2007; Sutinen, 2008; Gordon, 2009), lo que, a juicio de Virginia Guichot da a su pensamiento pedagógico vigencia y gran actualidad (Guichot, 2003: 313).
Este intercambio, cuando es simbólico y en el contexto de la sociedad, es lo propio de la comunicación humana, que no pretende ser una pura descripción del mundo, sino un instrumento para la supervivencia en el mismo (Vanderstraeten, 2002: 240). La comunicación efectiva presupone cooperación y participación de todos los individuos (Vanderstraeten, 2002: 240).
Así, en un estilo constructivista, según Vanderstraeten, la educación es entendida por Dewey como comunicación y cooperación (Vanderstraeten, 2002: 241), siempre contando con unos efectos en el medio y la posibilidad de que este sea modificado en el proceso (Vanderstraeten, 2002: 241). John Dewey puede representar, pues, un fundamento teórico para una comprensión relacional y comunicativa de la educación (Sutinen, 2008: 12-13; Wahlstrom, 2010).
No podemos dejar de anotar que el planteamiento deweyano, a pesar de ciertas salvedades que pueden hacerse, posee algunas semejanzas con la ética dialógica de Jürgen Habermas (Ryan, 1995: 357; Festenstein, 2001;
Aboulafia, Bookman y Kemp, 2002). Como afirma Javier B. Seoane: «La ciencia deweyana, qua método para la vida social, se funda sobre una racionalidad comunicativa (Habermas, pero antes de este Dewey como indiscutible predecesor) lo más incluyente posible de la diversidad existente, en la que los actores participantes se encuentren en la menor asimetría posible de capitales (Bourdieu)» (Seoane, 2009:109). No obstante, Dewey ostenta un universalismo mucho menos marcado que el de Habermas o Apel.
Quizá debamos situar a Dewey, para ser exactos, en un término medio entre el universalismo de Habermas y el relativismo extremo de Rorty (Festenstein, 2001: 738).
La forma de pragmatismo deweyana se denomina «instrumentalismo» (Cadrecha, 1990: 70-71). Según Catalán: «El instrumentalismo defiende la tesis de que el conocimiento no implica una mera recepción pasiva de datos en un receptaculum mental, sino que el acto mismo de conocer expresa una acción, especialmente la acción instrumental de resolver problemas y de configurar, a ese fin, los resultados previsibles de las hipótesis (hipótesis que a su vez, se generan a la vista de un problema: no hay hipótesis sin problema previo).
Desde esta perspectiva mediadora de la razón, la vieja verdad evidente e incontrovertible, y con ello el ideal de la certeza, pasan a reducirse en Dewey, de una manera característicamente modesta, a una «afirmabilidad avalada» hasta el momento por los métodos inteligentes de previsión de consecuencias» (Catalán, 2001: 129). Es precisamente este anti-fundacionalismo lo que caracteriza a todos los autores pragmatistas (Mougán, 2006: 73). En realidad, lo que subyace a esto es la oposición al dualismo moderno de sujeto y objeto, de conciencia (res cogitans) y cosas (res extensa). Así, se sitúa el instrumentalismo a la vez contra el empirismo realista y contra el idealismo o racionalismo fundacionalistas (Mougán, 2000: 101-113). Dewey se opone también, por tanto, al positivismo burdo.
Así, su concepción puede ser traída a colación para una perspectiva holística en la pedagogía que supere a la pedagogía más positivista de raigambre cartesiana-newtoniana, como señala Santos Rego (Santos Rego, 2001: 221).
El mundo material se vincula con el simbólico y es necesario componente del pensamiento, en la medida en que este se realiza mediante la acción en el mundo. Así Dewey supera el enfoque cartesiano, sin que esto implique un escepticismo gnoseológico (Vanderstraeten, 2002: 242). «La tarea de Dewey es […] mostrar cómo es posible elaborar una teoría del conocimiento que evite la metáfora del espectador, una metafísica no comprometida con la existencia de sustancias fijas, precedentes, inmutables y una filosofía que no sea epistemología, que no sea entendida como teoría del conocimiento» (Mougán, 2000: 62).
Distingue los conceptos y el discurso intelectual que mantiene el sentido (la conexión con la experiencia vital) y, como lacra, un discurso teórico escindido de la experiencia vital y que carecería, por tanto, de sentido (Catalán, 2001: 130). En relación con esto, la escuela debe estar en estrecha conexión con la vida en general y no contradecir lo que ocurre fuera de ella. No obstante, Dewey se manifiesta como un convencido defensor de la institución escolar, a la cual intenta aplicar su teoría del hombre y de la sociedad (Dewey, 1998: 28-30).
Apunta a lo que él considera un papel fundamental de la escuela: la eliminación de las diferencias de clase social y la constitución de una educación que dote a todos del mismo protagonismo y oportunidades en la sociedad. Es una institución necesaria para el máximo aprovechamiento de las diferencias individuales que genera el progreso en el conocimiento, opuesta a las diferencias de clase.
La filosofía pragmatista de John Dewey lo conduce a ensalzar la interconexión entre teoría y práctica. Ya no es posible repetir la búsqueda de certezas más allá del ámbito donde actuamos que había efectuado la mayor parte de la tradición filosófica, aunque desde luego Dewey valora las distintas tradiciones y escuelas filosóficas como intentos de dar nuevo orden, expresión cultural y coherencia al mundo, seguramente en consonancia con su hegelianismo de partida (búsqueda de la síntesis unificadora) que solo parcialmente abandonó con el tiempo (Garrison, 2006; Bernstein, 2010: 44).
En consecuencia, critica los viejos dualismos, que relaciona con las sociedades aristocráticas de castas.
A su juicio, el dualismo cultura interior-teoría frente a cultura exterior-práctica es un derivado de una sociedad en la que continúan los privilegios de clase, bien sea por un origen noble o, hoy día, por un origen económicamente poderoso.
Esta tendencia dualista en el sistema educativo norteamericano cuando él escribía sus obras es denunciada por él como contraria a la democracia (Martínez Alemán, 2001: 394).
La educación, la escuela y la pedagogía
Dewey define la educación de este modo: «es aquella reconstrucción o reorganización de la experiencia que da sentido a la experiencia y que aumenta la capacidad para dirigir el curso de la experiencia subsiguiente» (Dewey, 1998: 74). Dicho en otras palabras, es la búsqueda de nuevas conexiones entre actividades relevantes para el presente, que se van desarrollando en interacción con un medio que se va reconstruyendo por la actividad del sujeto al tiempo que también incide en el proceso de crecimiento del sujeto (Dewey, 1930: 383-386).
Esta búsqueda constante de nuevas relaciones experienciales en el mundo se opone a toda rutinización de la enseñanza.
La educación en este enfoque deweyniano es un fin en sí misma, frente a concepciones teóricas que la consideran un medio (teorías del desenvolvimiento, teorías de la ejercitación externa de las facultades, teoría de la preparación para un futuro, teoría de la recapitulación de un pasado, etc.) (Dewey, 1998: 76).
Dewey critica dos excesos pedagógicos: el individualismo naturalista tendente al cosmopolitismo y a la ciudadanía universal, de la Ilustración del siglo XVIII (Dewey, 1998: 85-86), y la reacción idealista de la educación dentro de un estado en el cual el individuo se subordina a la institución, en el siglo XIX (Dewey, 1998: 86- 91). Frente a esto, propugna la mediación de un entorno que influye y es influido por la experiencia del niño. Es, por tanto, la educación algo propio del dinamismo humano, del ideal del progreso continuo de la democracia norteamericana.
Para Dewey la educación debe aspirar a facilitar comportamientos según fines del propio educando y que no sean, por tanto, fines ajenos y externos (Dewey, 1998: 92-100)3. Esto implica que lo ideal y lo material, o sea, los fines y los medios, vayan ligados (Dewey, 1952: 236-247).
Además de este requisito, en la obtención de fines ha de darse una actividad ordenada y consciente, es decir, ha de desarrollarse un proceso. Se precisa para ello de una inteligencia de tipo instrumental capaz de determinar los medios adecuados para un fin. El «espíritu», en palabras del propio Dewey, es aquello capaz de establecer relaciones temporales. Así, para el norteamericano la inteligencia es una suerte de iluminación que anticipa, observa, organiza y conecta la experiencia. Se da, por tanto, inextricablemente con la manipulación de la realidad.
La aplicación de esta concepción a la pedagogía es clara: hay que partir de la experiencia del alumno que se va reconstituyendo a lo largo del proceso de forja de planes para la obtención de fines propios (Dewey, 2007).
Democracia, individualismo y liberalismo
Hay en Dewey una estrecha relación entre moral y democracia (Mougán, 2000: 193-197; Seoane, 2009: 112-115; Bernstein, 2010: 169) que implica el relevante papel concedido a la ética como elemento para la regulación desde lo público (el Estado) del mercado, lo cual lo diferencia, ciertamente, del liberalismo más puro y radical de, entre otros, Hayek (Koopman,2009: 167).
Construye su idea desde su convicción en las bondades de una sociedad igualitaria en la que todos tengan la igualdad de oportunidades. Pero su tendencia liberal se nota en el valor concedido al individuo, a pesar de reconocer ampliamente el componente social que lo constituye y de distinguir entre «viejo» y «nuevo» individualismo (Dewey, 2003; Morán, 2009: 19-28), o entre individualismo (individualism) e individualidad (individuality).
El suyo es lo que Morán denomina un «individualismo democrático», consistente en que «si bien el pleno desarrollo de las capacidades individuales encuentra todo su potencial en el marco de una comunidad de cooperación entendida democráticamente, el individuo ni se disuelve en la comunidad ni se subordina a esta; antes al contrario, constituye el fin último de la vida comunitaria » (Morán, 2009: 37).
McBride (2006) defiende que en Dewey y MacIntyre, a pesar de sus diferencias, se debe hablar de un collectivistic individualism a diferencia del individualismo puro del liberalismo clásico. Se ha defendido entonces que en Dewey se da una forma de liberalismo, aunque enfatice aspectos relacionales, pluralistas y democráticos que significan una lectura «suave» y crítica del liberalismo clásico (Thayer-Bacon, 2006).
El bienestar individual depende del bienestar general en una sociedad (Martínez Alemán, 2001: 385), sin que se considere que un individuo pueda pretender su felicidad a espaldas de la prosperidad de su comunidad, a juicio de Dewey. Aunque mantenemos que Dewey no abandona un paradigma de corte básicamente liberal en su filosofía y en su pedagogía (Catalán, 2003), sí es cierto que criticó con énfasis el individualismo de la tradición clásica liberal de la modernidad (Catalán, 2003: 19).
Es cierto que Dewey a menudo denuncia en sus obras el desarrollo concreto del capitalismo que ha originado graves diferencias de oportunidades entre los miembros de la sociedad (Dewey, 2003). De hecho, según Dewey, el capitalismo habría pervertido el ideal de la individualidad tornándolo en individualismo (Martínez Alemán, 2001: 388). Para él, el capitalismo tal como se ha desarrollado es un sistema de poder que se autolegitima por la supuesta búsqueda del bien para el individuo (Martínez Alemán,2001: 389).
Por el contrario, el auténtico desarrollo del individuo requiere un igualitarismo democrático (Martínez Alemán, 2001: 381)4. Pero su liberalismo soterrado, del que le acusan autores marxistas o teóricos de la reproducción social como Gintis y Bowles (González Monteagudo, 2002: 34-35), sale a relucir en ocasiones.
Así, «el problema que encuentran Gintis y Bowles es que el liberalismo, ya sea clásico, ya sea progresivo, no cuestiona la racionalidad de las instituciones económicas capitalistas» (González Monteagudo, 2002: 34). En un excelente artículo, John J. Stuhr expresa precisamente que aun siendo crítico con el liberalismo clásico, Dewey puede ser considerado un liberal (reformador del liberalismo) (Stuhr, 2004:88-89).
Hay, pues, un componente liberal en Dewey (Catalán, 2003: 20-21). Aunque se puede señalar que se han utilizado sus ideas para defender la escuela pública como instrumento para la igualdad en la sociedad y la convivencia de credos diferentes (Pring, 2007), también se ha señalado que carece, en definitiva, de un análisis y detección de ideologías operantes, que patentice las desigualdades de partida difícilmente superables por la escuela (Stuhr, 2004: 96-97). Se trata de lo que en relación con la escuela e instituciones educativas analizan por ejemplo Bourdieu o Passeron (Santos, 2006a, 2008a: 141-167).
En otro aspecto, también podemos señalar que llega a una soterrada complacencia con el dominio técnico del mundo, que lo relaciona, para algunos, incluso con el pronóstico heideggeriano de la caída de occidente en lo técnico (Post, 2007). Además, en el apogeo de la educación que busca la utilidad, podemos incurrir en el olvido de la honda y tenebrosa corriente que recorre a la humanidad, frente a proyectos de tipo liberador-utopistas (Santos, 2008a: 91-116).
Horkheimer denunció, en esta línea, que Dewey representa una visión positivista que confía en el progreso científico y que reduce la discusión en torno a lo bueno y lo malo (la ética) a lo útil, en un triunfo del relativismo que acaba consagrando el presente y lo dado (Horkheimer, 2002: 75-87). En esta crítica coinciden Marcuse y Horkheimer, de quienes, sin embargo, puede afirmarse que en su desarrollo identifican erróneamente el pragmatismo con el positivismo (Mougán, 2000: 25-27).
Conclusión
En síntesis, cabe afirmar que es cierto que Dewey resulta un buen teórico para emprender reformas en la sociedad y en la escuela, pero que al ser contrastado con el nervio utópico de un Iván Illich (Santos, 2006b) e incluso con la empatía ante el sufrimiento del oprimido de un Paulo Freire (Santos, 2008b) parecería quedarse corto y no responder a estos anhelos radicales que también forman parte de la historia más dramática de la humanidad. Frente a estos proyectos, Dewey no deja de ser un moderado reformista a pesar de su progresismo o inquietudes sociales (González Monteagudo, 2002:20).
En definitiva, hemos resaltado finalmente que aun siendo un autor progresista y de nobles convicciones sociales, su filosofía pragmatista lo conduce a una suerte de miopía por la que solo entiende de lo dado en el presente (en este sentido sí sería cierta la acusación de positivismo por parte de Horkheimer).
Por tanto, del futuro solo puede hacer que sea una prolongación del presente, contra toda alternativa utópica. Según Dewey entiende la democracia, y a pesar de su insistencia en el dinamismo continuo y la proliferación de las experiencias (Dewey, 1930: 545-546), se ha señalado que tiende a algunos ocultamientos, a difuminar diferencias sociales subyacentes, no tan definidas como en los sistemas de castas que él critica, pero que están ahí operando.
No basta con establecer una igualdad abstracta para el diálogo, como en otro contexto, reprochará Dussel a Apel (Apel y Dussel, 2004). Esta carencia de la pedagogía deweyana sería la que debería ser contrarrestada por una nueva pedagogía que se responsabilizase de las víctimas que han sucumbido ante el «progreso», lo cual hemos propuesto en otro lugar (Santos, 2008a). En esto Dewey no parece haber superado en su época madura su inicial hegelianismo, tendente a una justificación de la totalidad (síntesis) de lo dado, que sin embargo pasa por alto las singularidades sufrientes que quedan sin resolver (Adorno).
Notas
1 También cabe señalar que Dewey ha hallado un fértil terreno actual para la aplicación de sus teorías en la corriente psico-pedagógica «Service-Learning» (Deans, 1999; Rhoads, 2000). Se ha partido de sus teorías para propugnar una universidad que incida eficazmente en la construcción de una sociedad más democrática y participativa (Benson, Harkavy y Puckett, 2007). Como reciente ejemplo de aplicación de la pedagogía de Dewey con excelentes resultados, en la Universidad de Granada, se ha llevado a cabo un modelo de tutorías inspirado en un planteamiento deweyano cuya eficacia se ha probado empíricamente (Fernández Martín, Arco, Justicia y Pichardo, 2010). También se ha publicado en Bordón muy recientemente un artículo que compara las pedagogías de Dewey y de Freire (Bruno-Jofré, 2010) que como expondremos en el cuerpo del texto, aunque se asemejan en ciertos elementos, difieren en un aspecto esencial. Dewey también ha influido notablemente en el popular autor estadounidense del programa de filosofía para niños Matthew Lipman (Catalán, 1997). En el caso concreto de España, es de señalar la influencia de Dewey en la Institución Libre de Enseñanza (Pereyra-García, 1979) o más recientemente también se ha señalado la aportación teórica de Dewey al proceso de adquisición de las competencias básicas (López Ruiz, 2009: 80). Cabe referir, por último, que los profesores Colom y Rincón lamentan que a Dewey no se lo haya tenido más en cuenta en la pedagogía contemporánea (Colom y Rincón, 2004, 40). 16254 Bordón 63.3 (F).qxd 1/8/11 10:00 Página 126
2 Sobre esto, podemos apuntar también al debate entre liberales (cosmopolitas) y comunitaristas (particularistas) (Vilafranca y Buxarrais, 2009) que nos serviría para definir la posición deweyana y determinar su grado de universalismo frente al relativismo.
3 Sobre la intervención de fines en los procesos educativos se ha escrito en abundancia. Nos parece esclarecedor y certero el artículo del profesor Gervilla, 1994, quien, además y como Dewey, entiende lo educativo como algo estrechamente ligado tanto a las aportaciones de la filosofía como a las aportaciones de la ciencia y su método (Gervilla, 1994, 308).
4 De esto cabe extraerse algunas consecuencias para la educación en la actualidad, en la línea de lo que afirma Rogelio Medina: «Una moral individualista, relativista, vacía de normas y contenidos comunes, junto al mal uso que, también, se ha hecho de los ideales de libertad, igualdad y tolerancia, para «justificar» cualquier modo de vivir y de pensar, por irresponsables que estos fueran, ha propiciado, en gran medida, la inseguridad axiológica en la educación de nuestro tiempo y de la conciencia valorativa de educadores y educandos» (Medina, 1999: 386).
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Perfil profesional del autor
Marcos Santos Gómez
Es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación (Filosofía) y doctor en Pedagogía por la Universidad de Granada. Ha publicado numerosos trabajos en prestigiosas revistas de carácter nacional e internacional, así como el libro La educación como búsqueda. Filosofía y Pedagogía, Biblioteca Nueva, Madrid, 2008. Es miembro activo del grupo de investigación «Valores emergentes y Educación social» HUM-580 reconocido por la Junta de Andalucía. Ha sido en varias ocasiones profesor visitante en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de El Salvador. En la actualidad es profesor contratado doctor en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada.