El mestizaje y la disyunción étnica de la plurinación: una visión personal del caso boliviano (2015). Javier Sanjinés

El tema del mestizaje –la mezcla cultural, étnica y racial de españoles e indígenas– dominó mi agenda intelectual durante las últimas décadas, junto al proyecto académico desarrollado alrededor de la modernidad/colonialidad/ decolonialidad.

En lo fundamental, afirmo a lo largo de mis dos últimos libros que el discurso del mestizaje se refiere a un proceso que es ficticiamente homogéneo porque encubre el hecho de que las sociedades latinoamericanas, particularmente las andino-amazónicas que investigo, no producen identidades que convivan entre ellas en pie de igualdad.

Por el contrario, el discurso forjado a propósito del mestizaje es la representación local de una perspectiva eurocéntrica que los letrados mestizos y criollos crearon para excluir las formas indígenas de concebir el mundo.

En efecto, tanto la “cultura del antimestizaje”, de principios del siglo XX, como el posterior “mestizaje cultural”, plasmado durante las siguientes décadas por intelectuales reformistas mestizos, fueron proyectos antagónicos que tuvieron un propósito común: construir la modernidad en Bolivia desde profundas desigualdades étnicas y raciales.

Pero a pesar de dominar el pensamiento del siglo pasado, el debilitamiento de ambos discursos tiene hoy mucho que ver con la “disyunción étnica” (Rodríguez, 2013) que vienen experimentando las sociedades pluriculturales.

Mi trabajo registra esta disyunción como un mestizaje “puesto de cabeza” por los pensadores y activistas indígenas del presente.

Por otra parte, debo señalar que mi investigación más reciente se abre a la exploración de futuros imprevisibles, todavía dominados por duros remezones étnicos y culturales que siguen sacudiendo nuestro horizonte de conocimientos.

Así como no creo prudente seguir celebrando el mestizaje como proyecto de unidad nacional, tampoco me parece oportuno continuar reciclando un latinoamericanismo que no pudo interpelar a la población “real” de América Latina. Así, desde los “rescoldos del pasado”, desde esa historia detrás de la historia que Walter Benjamin teoriza, afirmo la necesidad de perseverar en el estudio de la otredad, hecho que devela las limitaciones de una modernidad todavía preñada del acontecimiento colonial. Dichas limitaciones se hallan en lo medular del discurso mestizo que, desde el poder, sigue generando espejismos.

Complicado y esquivo, el mestizaje da lugar a múltiples interpretaciones. Es una suerte de espejismo, de refracción, que experimenta este debate identitario, y que parece influir incluso en la aritmética de los censos. De indudable importancia para la construcción de las identidades, los censos pueden, sin embargo, terminar siendo fácil presa de las políticas étnicas urdidas por grupos que pugnan por el poder. Pero de dicho forcejeo ideológico tampoco se libran los ensayos fundacionales que piensan la organización de la nación, y que constituyen el tema central de mi propuesta decolonial.

Publicado en 2004, bajo el título de Mestizaje Upside-Down. Aesthetic Politics in Modern Bolivia (Pittsburgh University Press), traducido al castellano en 2005, como El espejismo del mestizaje (PIEB), y reeditado en 2014 por el propio Proyecto de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB), este mi libro se aboca al estudio de la producción ensayística y de la cultura visual que, surgidas en diálogo, dominaron la construcción elitista de la nación boliviana durante la mayor parte del siglo pasado.

Al desconstruir este discurso hegemónico del mestizaje, al observarlo “desde abajo”, desde la propuesta subalterna indígena de principios del presente siglo, el libro cuestiona el mestizaje como modelo identitario de asimilación cultural impuesto por la cultura letrada relacionada con el poder.

El espejismo del mestizaje me permite resaltar cuatro aspectos que observan críticamente la modernidad desarrollista. Los tres primeros aspectos ayudan a ver que mi trabajo decolonial es un híbrido que se afianza en ejemplos visuales y literarios de cómo la estética dominante urdió el mestizaje. El cuarto aspecto, auténtico a priori de mi investigación, es la mirada crítica del telos histórico. La exploro más a fondo en mi nuevo libro, que reeditado bajo el título de Embers of the Past. Essays in Times of Decolonization (Duke University Press, 2013), fue originalmente publicado en castellano, como Rescoldos del pasado. Conflictos culturales en sociedades poscoloniales (PIEB, 2009).

En primer lugar, debo disipar algunas dudas surgidas de la lectura de El espejismo del mestizaje. Esta investigación no pretende ser una explicación histórica o sociológica del mestizaje. Fiel a la retórica de los ensayos fundacionales, diferencio mi investigación del análisis de los historiadores, sociólogos y politólogos en general.

En efecto, los cientistas[1] sociales abordan el tema de la identidad desde disciplinas nomotéticas e ideográficas que frecuentemente olvidan las figuras retóricas (sobre todo las metáforas, las metonimias y los símiles) de las novelas y de los ensayos que constituyen el corpus letrado de la primera mitad del siglo XX.

Los ensayos que aquí exploro eran representaciones primordialmente imaginarias de la realidad –entre lo real y lo imaginario, más que los hechos en sí mismos, importaba la manera de organizarlos y de representarlos–, pero no el resultado de encuestas censales ni de documentos históricos directamente explicativos de la realidad. Mediados por símbolos y por metáforas, la mayor parte de los ensayos que conforman este libro eran discursos ideológicos, es decir, representaciones imaginarias de cómo determinados grupos y clases sociales reproducían su existencia, siguiendo o rompiendo con patrones establecidos por el poder político y hegemónico.

Si, por ejemplo, se toma en cuenta la ensayística de la élite criolla que afirmaba el “antimestizaje” de principios del siglo XX, se observa que dichos ensayos no eran una explicación “objetiva” de la realidad boliviana de esa época, sino una mirada “controlada” del mestizaje que impedía a los letrados imaginar ese “nosotros” colectivo que se necesitaba para darle sentido a la Nación-Estado.

Es difícil comprender el significado de la metáfora central de estos ensayos –la enfermedad era la que predominaba– si quien los observa se concentra exclusivamente en el tema ideográfico del movimiento de las identidades de la época, y olvida o relega a un segundo plano la propuesta metafórica: homogeneizar, bajo la representación de la enfermedad, a toda una sociedad “amestizada” que, según la élite de la época, había perdido su vigor.

Téngase muy en cuenta que los intelectuales no observaban directamente la sociedad, sino que la disfrazaban y envolvían en la metáfora de los supuestos males que imposibilitaban su ordenamiento social. Dichos ensayos pretendían hallar la “cura” del mal que aquejaba a Bolivia a partir de doctos sistemas logocéntricos de observación que no eran endógenos, sino importados desde Europa.

De este modo, el “encholamiento” –término que los criollos, descendientes de españoles, empleaban para referirse despectivamente al mestizaje– estudiado desde las corrientes naturalistas europeas que divulgaban, entre otros, los textos de los franceses Gabriel Tarde y Gustavo LeBon, era la enfermedad del mestizaje, barómetro de la degeneración humana que afectaba a toda la sociedad boliviana, y que representaba la degeneración psico-biológica casi imposible de erradicar.

Pero los intelectuales mestizos de la primera mitad del siglo XX, también fundadores de la cultura, no solo letrada, sino visual de la modernidad (siguiendo el trabajo teórico de Martin Jay, me refiero en el libro al “régimen escópico de la modernidad”), contrarrestaron con su mestizaje utópico, ideal, el antimestizaje de las élites oligárquico-liberales.

Esta construcción letrada y visual del mestizaje tampoco se apoyó en cifras y censos. Su modelo de observación, tan eurocéntrico como el de los criollos, creó, sin embargo, una “visión mestiza” irracional, voluntarista, igualmente colonialista que la de aquéllos. Corrió esta visión, aparentemente ajena a las disciplinas sociales, por un carril alejado del análisis histórico de las identidades, sin recurrir necesariamente a los registros empleados por historiadores, sociólogos y cientistas sociales en general.

En segundo lugar, los ensayos fundacionales de criollos y de mestizos arrimados al poder, plantearon una lucha ideológica tenaz que no dejó las posiciones in medias res. De igual manera como el antimestizaje fue contrarrestado por una visión que, a contracorriente, idealizaba al mestizo, posteriormente el nacionalismo de mediados del siglo XX desbarató la “anti-nación” que representaba el viejo régimen oligárquico-liberal, relacionado con el coloniaje.

Argumento en este libro que las posiciones ideológicas de los ensayos no necesariamente superaron las miradas colonialistas de los acontecimientos sociales. Lo que sí hicieron es introducir, en el fragor de la lucha ideológica, cambios importantes en las representaciones simbólicas.

Obsérvese, por ejemplo, que la visión del “mestizaje ideal” no superó la mirada colonialista que relegaba al indio a cumplir las tareas de una servidumbre humana, pero planteó un cambio metafórico que, me atrevo a afirmar, es muy actual porque su visualización del mestizaje, tan ideal y abstracta como a muchos cientistas sociales seguramente les parece, tiene hoy tanta importancia como la discusión en torno a la vigencia del nacionalismo.

Los intelectuales mestizos crearon un “sistema representacional” que visualizó, dentro de los registros del colonialismo interno, una metáfora corporal –el cuerpo esbelto del indio gobernado por la inteligencia del mestizo– que, como se puede apreciar, aún hoy, en los debates ideológicos en torno a las identidades, exaltó al indio como “depositario de la energía nacional”, pero le dio preferencia a la inteligencia mestiza.

En estos cambios metafóricos en torno a la construcción de identidades se hace patente la necesidad de tomar conciencia de que lo étnico no corresponde exclusivamente a lo cívico. Ya en la construcción de la nación étnica, que los mestizos letrados prosiguieron con su mirada colonialista y logocéntrica de la modernidad, se pudo evidenciar que las diferencias entre el indio y el mestizo podían ser superadas si se aplicaban a ambas razas roles pedagógicos diferentes: la educación del indio demandaba una pedagogía de amorosa paciencia; la instrucción del mestizo, una disciplina que le permitiese desarrollar su intelecto.

Como puede verse, ambas razas tenían pedagogías diferentes que se complementaban de una manera interesante: la del indio operaba desde la voluntad y desde la regia contextura de su cuerpo; la del mestizo, desde la cabeza, desde la inteligencia. Esta propuesta configura la imagen del mestizaje “ideal”, que relacionó al indio con el mestizo acriollado, occidentalizado, pero que, dentro de los límites impuestos por el colonialismo interno, impidió, mediante el riguroso control del imaginario social, que el indio se transformase en mestizo y ascendiese política y socialmente.

Resulta interesante comprobar que en la representación del mestizo y del indio, elaborada tanto por criollos, como por mestizos, apareciese siempre el homúnculo que la organiza: era el ego moderno, el homúnculo de la occidentalidad, que relegaba al indio y lo ubicaba en un segundo plano.

De estas observaciones en torno a la cultura letrada, se ha podido ver que mi investigación explora el mestizaje como una “fábula de identidad” que busca desentrañar los mecanismos simbólicos de la construcción y negación de la identidad mestiza. Como discurso del poder que poco o nada tiene que ver con el tema de los mestizajes reales, pero sí con la indudable presencia del mestizaje en el discurso hegemónico que aquí exploro, El espejismo del mestizaje se entrelaza con el proceso de formación y de institucionalización del Estado-Nación durante el siglo XX, y con su más reciente crisis desde que los movimientos sociales y originario-campesinos se volvieron las fuerzas sociales y políticas más importantes del presente.

La presencia actual de lo originario-campesino no ha logrado erradicar del todo el hecho de que el indio sigue siendo tenido por un otro en la política real de aquéllos que detentan el poder. Como bien vio Jean Baudrillard, “el poder solo existe en virtud de la capacidad simbólica que tiene para crear al otro” (1990: 82). En efecto, la manía de etiquetar al otro sigue siendo, quiérase o no, parte integral de los proyectos urdidos desde el poder. Así, y aunque su retórica lo disimule, los poderosos siguen encontrando en ese otro un peligroso contrincante que, “desde abajo”, cuestiona su dominación ¿Acaso no son las luchas de los originarios amazónicos un ejemplo actualizado de este otro que, visto como enemigo del progreso, se opone a que la construcción de una carretera estatal parta en dos una de las reservas forestales más importantes de América Latina?

Si mestizaje y antimestizaje nacieron como tropos literarios que, desde el punto de vista de las élites de finales del siglo XIX y principios del XX, concibieron al indio como un ser inferior, poco apto para el ejercicio de la ciudadanía, la defensa indígena, en revueltas y en sendos congresos que tuvieron lugar a lo largo del siglo pasado, mostró que el discurso del poder fue siempre el producto de un desencuentro entre la tenaz pulsión hegemónica por darle al país una identificación y la respuesta popular que socavaba desde abajo ese efecto de identificación.

Por ello, toda presencia de indios y mestizos en el texto de la cultura –lo comprobamos incluso hoy con las disputas censales– lleva la huella del conflicto, no el feliz arribo de la entidad homogénea a una meta que, por el contrario, parece nunca llegar.

La misma razón que establece la identidad del otro como la de un subordinado, también registra aquello que escapa el control material y simbólico del discurso elitista. A fin de prevenir dichos escapes, no existe discurso dominante que deje de ocuparse de “controles del imaginario”, para emplear el feliz concepto que Luiz Costa-Lima acuñó en su explicación de la modernidad y de los excesos que la desbordan.

Como el lector podrá apreciar, los excesos aparecen con particular fuerza en la cultura visual que acompaña la crítica de los ensayos fundacionales. Ellos desnaturalizan la identidad hegemónica y sus mecanismos de representación, mostrando las grietas, las fisuras, que la desgarran.

En otras palabras, el mestizaje, una figura retórica, imaginada, y no solamente un hecho real en movimiento, en constante cambio, es testimonio de la dominación, pero también de la resistencia y de la ansiedad que ella genera al interior del poder. De este modo, podría decirse que el mestizaje encapsula en metáforas los poderes mitopoéticos de la élite, pero también las capacidades mitopoéticas de aquellas fuerzas “salvajes”, de aquellos poderes constituyentes que hoy se llaman “multitud”.

Como se evidencia de lo que hasta aquí arguyo, la propuesta de mi investigación, a la que le sigue la mirada crítica del tiempo histórico occidental de Rescoldos del pasado, tiene poco que ver con la historia del mestizaje; con el proceso que éste siguió desde la Colonia, o con el movimiento identitario registrado en censos y en otro tipo de mediciones ideográficas.

En tanto que discurso del poder, ligado a la construcción de una cultura nacional homogénea, me interesa repasar la historia de su representación. Como lo expresé, éste es un campo de observación que revela conflictos y sentidos encontrados que el Estado debe dominar simbólica, metafóricamente, imponiendo su representación imaginaria en los sectores urbanos y rurales de la sociedad civil.

De este modo, postulo que la representación del mestizaje es tan importante como lo son los mestizajes reales, los mestizajes concretos. Puesto que realidad y representación son temas no necesariamente afines, el diálogo entre ensayos fundaciones y visualizaciones pictóricas genera “regímenes escópicos” que tampoco son objeto de estudio de los historiadores del arte.

Por ello, la perspectiva decolonial de mi trabajo explora “estrategias retóricas” diseñadas para desconstruir el mestizaje, para observar cómo el discurso del poder siempre intenta “territorializarlo”, es decir, fijarlo, a fin de que su sentido no se “deslice” y cree “significantes flotantes” que pongan en entredicho su cerrazón ideológica.

La función del otro será precisamente la inversa: conflictuar y “desterritorializar”, a fin de que de las grietas y fracturas del discurso dominante surja la voz del sojuzgado, del subalterno que no fue convidado al festín del poder. En tal sentido, los ensayos fundacionales de El espejismo del mestizaje son prácticas hegemónicas que revelan inevitablemente insuficiencias y limitaciones.

Stuart Hall puntualizó apropiadamente que “la Nación-Estado nunca fue simplemente una entidad política. También fue una formación simbólica, un ‘sistema de representación’” (2000: 38). Fiel a este postulado, mi investigación reconstruye el mestizaje como un importante segmento del “sistema de representación” al que alude Hall.

En tercer lugar, me parece que el lector debe estar consciente de que la desconstrucción del mestizaje, de su manera exógena de observar lo local, no puede coincidir con la historia lineal, con el telos urdido por la modernidad europea.

Por este motivo, mi investigación, tanto en El espejismo del mestizaje, como en Rescoldos del pasado, se ubica a contracorriente de las grandes narrativas de la modernidad, en el borde mismo –de ahí la necesidad de crear un “pensamiento de frontera”, en el decir de Walter Mignolo (2000)– de las maneras opuestas y encontradas de pensar lo que nuestra hibridez revela; de nuestra imposibilidad de asir la realidad si el pensamiento no se mueve más allá de las categorías creadas o impuestas por la epistemología occidental que ha regulado nuestra manera de ver la realidad.

Mi mirada crítica del tiempo lineal dialoga con algunas de las más importantes investigaciones de los estudios culturales. Como es sabido, la producción académica dedicada al estudio literario y cultural de la modernidad latinoamericana de los siglos XIX y XX, fue profundamente transformada y reorientada por el trabajo crítico del uruguayo Ángel Rama, particularmente por su obra inconclusa La ciudad letrada, publicada póstumamente en 1984, y por una serie de artículos del crítico peruano Antonio Cornejo Polar, escritos en las décadas de los años ochenta y noventa.

La generación que continuó en la senda de estos trabajos revisionistas, ayudó a profundizar aún más la tesis elaborada por Rama acerca de las estrechas relaciones existentes entre la élite política y la literatura, tanto en la época colonial, como en la etapa republicana. Como John Beverley observara más concretamente en su libro sobre la subalternidad y la representación (1999), La ciudad letrada fue concebida como una auténtica genealogía de la institución literaria latinoamericana.

En esta obra, Rama mostraba cuan imbricada estaba la literatura con la formación de las élites coloniales y republicanas. Por ello, la obra de Rama ofrecía una anatomía de los mestizo-criollos encaramados en el poder. Original en sus hallazgos, Rama también mostraba su ceguera en lo concerniente a las culturas locales porque su punto de vista solamente contemplaba los cambios que la modernidad europea debió experimentar para poder adaptarse a la realidad latinoamericana. Esta reflexión exógena tenía poco que decir a propósito de las culturas indígenas, dominadas y colonizadas por una cultura letrada que no las representaba.

A diferencia de Rama, grande fue la importancia que Antonio Cornejo Polar dio a la “heterogeneidad cultural” de la zona andina, particularmente del Perú. En “Una heterogeneidad no dialéctica: sujeto y discurso migrante en el Perú moderno” (1996), publicado poco antes de su muerte, Cornejo Polar introdujo un importante cambio en el análisis de la realidad peruana.

En él, Cornejo modificó el tema de la “transculturación” –expresión acuñada por el cubano Fernando Ortiz para analizar el contacto cultural entre grupos socioculturales diferentes– y lo sustituyó por el discurso migrante esquizofrénico y descentrado que “se construye alrededor de ejes varios y simétricos, de alguna manera incompatibles y contradictorios de un modo no dialéctico” (844-845).

Cornejo afirmaba que este discurso “doble y múltiplemente situado” acogía no menos de “dos experiencias de vida que la migración, contra lo que se supone es el uso de la categoría de mestizaje, y en cierto sentido es el concepto de transculturación, no intenta sintetizar en un espacio de resolución armónica” (844-845).

Me acojo a esta “heterogeneidad no dialéctica” cuando pienso en el tiempo no lineal que define las culturas indígenas iletradas, aunque también pienso que en la vasta producción de Cornejo primó el modelo del intelectual letrado, ejemplo excelso de la cultura nacional. Así, tanto en Rama, como en Cornejo Polar, la literatura siempre ocupó la cúspide de la cultura.

Al pensar sobre todo en el trabajo de Rama, El espejismo del mestizaje no pretende dar un paso adelante que continúe su línea de análisis, sino desviarse de ella, ubicarse “al costado”, buscando intencionalmente transgredir la forma del ensayo; salir del carril histórico para así invertir la imagen del mestizaje: darle una dimensión visual que se aparte conscientemente de los proyectos letrados tradicionales de construcción nacional.

De este modo, no fue la descripción del mestizaje, entendida como una representación letrada de la realidad, que me indujo a escribir el libro, sino la necesidad de ponerlo “de cabeza”, de interpretar una serie de acontecimientos visuales que conflictuaban el mestizaje desde abajo, desde la mirada subalterna que encontré en una acuarela del pintor Darío Antezana. En efecto, Complicidad de Antezana que analizo en el último capítulo, dio inicio a mi investigación porque los personajes grotescos de esta acuarela me indujeron a pensar críticamente el mestizaje.

Cuatro meses pasé en la Universidad de Chicago analizando el modo cómo la acuarela se apartaba críticamente del régimen visual de la modernidad. A propósito de ella, Terry Smith, entonces director del Power Institute de la Universidad de Sydney, observaba que la ausencia de la identidad mestiza no era otra cosa que el oscurecimiento de la “ideología de la modernidad, contrarrestada por la pragmática carnal del colonialismo no superado (2001: 29).

A continuación, Smith se pregunta: “¿qué del arte y de las culturas visuales de aquéllos que no han ingresado plenamente en la modernidad?” (29), pregunta sin duda útil porque me ayudó a encontrar en lo cholo y en lo indio la crisis de la mirada criollo-mestiza; a cuestionar la representación, dudosamente uniforme, de lo nacional. En efecto, ¿qué imagen estaba siendo reemplazada por estos grotescos e irónicos cuerpos rebeldes?

Por otra parte, ¿dónde se originaba aquella imagen ideal, sublime, del mestizaje que quedaba ahora desplazada, cuestionada e ironizada? Encarar estas preguntas me significó revisar no solo la literatura fundacional de la Nación-Estado, sino también aquellos ejemplos pictóricos que mejor representaban y cuestionaban el carácter ideal y sublime de los sectores sociales supuestamente encargados de liderar la historia de Bolivia.

Pues bien, El espejismo del mestizaje modifica la percepción que se tiene de que el mestizaje, como discurso integrador de la nación, habría gravitado exclusivamente en la órbita del nacionalismo revolucionario, relacionándose exclusivamente con la ideología oficial del Estado nacionalista que surgió de la Revolución de 1952.

Por el contrario, afirmo que dicho proceso integrador ya estuvo presente en el discurso republicano de la primera década del siglo XX, momento en el cual quedó establecida la escisión entre el discurso liberal positivista de la oligarquía y el discurso étnico reformista que nació como contraoferta de las élites mestizas. Mi libro la destaca en los primeros capítulos como el “discurso sobre lo autóctono”. Dicha propuesta me ayudó a diferenciar las dos vertientes del discurso del poder: el “antimestizaje” y el “mestizaje”.

Es claro que El espejismo del mestizaje sigue cronológicamente, linealmente, el trayecto que va del discurso del mestizaje a las propuestas de los movimientos indígenas de principios del presente siglo. El lector no puede perder de vista, sin embargo, que, conceptualmente, el libro se emplaza en la lógica alternativa, es decir, en aquélla que estudia la “disyunción étnica”, según el comentario que Ileana Rodríguez hace a propósito de Rescoldos del pasado.

Al explicar que “disyunción étnica” significa la violenta separación entre lo cívico y lo étnico, Rodríguez dice: “Por disyunción étnica o ‘contemporaneidad no contemporánea’, para decirlo con las palabras de Ernst Bloch, esto es, la presencia simultánea de lo no moderno dentro de lo moderno, ciertamente atormenta las ideas occidentales” (2013: 34).

Rodríguez añade: “El gesto de Sanjinés consiste en rescatar el pasado de un tipo de trama ignominiosa, para recobrar las experiencias anteriores, indispensables y valiosas para entender los procesos históricos” (34). Y, finalmente, puntualiza que “su esfuerzo es conectar el presente con las experiencias pasadas, el ‘aquí y ahora’ crucial para entender la desconstrucción de la nación” (34).

Las anteriores observaciones, válidas también para El espejismo del mestizaje, muestran que los movimientos indígenas hoy día introducen quiebres profundos en la cultura política de países que, como Bolivia, tienen múltiples etnicidades.

Estos movimientos también permiten explorar los remezones que se producen

en las políticas académicas de los estudios latinoamericanos. En mi criterio, la disyunción étnica planteada en El espejismo del mestizaje es la siguiente: desde principios del siglo XX el reformismo social nacionalista buscó, hasta nuestros días, integrar al indígena, mientras que el positivismo social darwinista, que no ha desaparecido por completo, sigue encontrando en el indígena estigmas y atavismos que impiden la plena construcción de lo plurinacional.

De esta manera, el mestizaje, promovido primero con criterio reformista y, posteriormente, con criterio nacionalista, fue siempre una movida de élites. La disyunción étnica radica en el hecho de que los movimientos de las últimas décadas se niegan a aceptar que la política de las identidades originario-campesinas sean dádivas provenientes del poder, y exigen que se les reconozca lo que en justicia les pertenece.

Disyunción es, pues, el resultado de un movimiento radical que ya no puede ser controlado porque los ideales de la modernidad (emancipación, liberación, ciudadanía) fueron siempre concebidos como una entrega, como un don que cristianos, liberales y marxistas, hacían a los desposeídos, considerando incorrecto e inoportuno que éstos decidiesen actuar directamente, o se apartasen de la representación de las vanguardias políticas e intelectuales.

La encrucijada histórica que originó mi libro, y que antecedía al descalabro del Estado-Nación, planteaba ya la necesidad de que el rol mediador de los intelectuales fuese repensado, y que, de igual manera, las lógicas indígenas dejasen de ser “explicadas” por las disciplinas establecidas, incluidos los estudios culturales. Se abrían nuevas “nociones epistémicas” a partir de las cuales los estudios culturales debían ser reinterpretados y enjuiciada su complicidad con las ideologías de la modernidad.

Las propias nociones de telos histórico, de futuros predecibles y perfectibles, que se hallaban en el meollo mismo del concepto de “cultura nacional”, tenían que ser repensadas desde el nuevo paradigma de la modernidad/colonialidad/ decolonialidad. Y es precisamente este paradigma que guió mi proyecto intelectual, tanto en El espejismo del mestizaje, como, después, en Rescoldos del pasado.

La disyunción étnica invocada por Ileana Rodríguez plantea dos puntos teóricos que coinciden con lo que acabo de manifestar: uno, el cambio del concepto de ciudadano por el de multitud; dos, el cambio de historia lineal por el de mito.

Si la multitud se concibe como un actor espontáneo, desterritorializado, e incluso antinacional, “el cambio de la linealidad histórica al mito se efectúa mediante el reconocimiento de los poderes movilizadores del segundo” (35). En efecto, y tal como lo expreso en mi libro sobre el mestizaje, como también en el que enderezo mi crítica del tiempo histórico, el mito complejiza la modernidad, muestra su lado oscuro, y rearticula el poder de las masas.

Ofrece, pues, la desconstrucción del pensamiento cultural-progresista-nacionalista. Su poder movilizador obliga a repensar la posibilidad letrada, dándole una capacidad transgresora que, en Rescoldos del pasado, identifico con las nuevas posibilidades del ensayo, género que debería ser repensado más allá de la rearticulación de lo nacional.

No puedo dejar de referirme, como último tema, a las críticas que ha suscitado la dimensión temporal de mi investigación. Mi crítica del tiempo histórico se aparta de las nociones de continuidad y de progreso que caracterizan a la modernidad.

Como dije anteriormente, este aspecto es el a priori en el que se fundan mis dos libros.

Pero la crítica a todos “los amantes de la continuidades ancestrales”, que privilegian en su investigación “la tradicional búsqueda de espacios no contaminados por la modernidad liberal/ occidental” (Stefanoni, 2010: 36), olvida voluntariamente que la lucha con la modernidad desarrollista no pretende hallar “espacios no contaminados” por la modernidad, sino poner en diálogo los “tiempos en conflicto” que caracterizan nuestra vida actual, y que problematizan una modernidad que no puede ser tenida como simple copia del mundo occidental.

Precisamente ése es el a priori de mi investigación, la ruptura temporal que los pensadores desarrollistas se niegan a aceptar.

Los desarrollistas –se puede hablar de ellos como “neoestructuralistas” (Webber, 2011)– que se afirman en el continuum histórico de las etnicidades, critican rupturas epistemológicas como las que introduzco en mi investigación, sobre todo la “puesta de cabeza” del mestizaje. En efecto, es llegado el momento del “vuelco de la metáfora” cuando se me relaciona críticamente con “los análisis abstractos sobre el retorno del indio” (32). En mi criterio, este reparo implica un desconocimiento del pensamiento decolonial, que nada tiene que ver con la función ideográfica de cómo evolucionaron las lógicas organizativas de las identidades, tanto en sus relaciones comerciales, como personales.

Le molesta a la crítica las rupturas epistemológicas que apartan mi investigación de las continuidades que, supuestamente, se registrarían en la realidad. En mi caso, ello tendría que ver con el hecho de que ignoro por completo la continuidad existente entre el nuevo nacionalismo popular de Evo Morales y el nacionalismo forjado como resultado de la Revolución de 1952.

Aunque toco el tema solo tangencialmente en Rescoldos del pasado, me parece que habría mucho que decir a propósito de este giro “posneoliberal” que el “evismo” habría dado con su nuevo nacionalismo popular. Me limito a mencionarlo brevemente solo para relevar, también críticamente, el hecho de que el neoestructuralismo desarrollista promueve dicho giro para apaciguar cualquier violencia epistemológica que podría haberse dado en lo más hondo de la subalternidad.

También parece molestar a mis críticos que hable de un “ahora, carajo”, es decir, que me refiera a una ruptura que aparta al movimiento indígena del “todavía no” que, por el contrario, estaría más a tono con la continuidad del nacionalismo popular promovido por el nuevo Estado plurinacional.

Ellos encuentran, en mi inobservancia de la continuidad del “espacio público plebeyo”, que mi análisis esquiva las dinámicas políticas, económicas y sociológicas concretas, y que pierde la recomposición del movimiento nacional-popular de matriz campesina, plasmada con la llegada de Evo Morales al poder. De haber acatado esta “continuidad”, no habría tenido necesidad, en el criterio de mis críticos, de invocar la supuestamente falaz “ruptura epistemológica” de lo indígena. Si no procedo así en mi investigación, es porque dudo mucho de que estemos totalmente inmersos en una etapa “posneoliberal” de continuidad nacional-popular.

Sin embargo, el lector encontrará, en el último capítulo de Rescoldos del pasado, mi desconstrucción del tan mentado “retorno de lo plebeyo”. En dicho capítulo, también hallará una crítica del imaginario urdido por los cultores del nuevo Estado plurinacional.

En conclusión, los tiempos en conflicto a los que me refería en el momento de escribir El espejismo del mestizaje, no solo presentaban el vuelco metafórico del mestizaje, sino que anunciaban el final del Estado-Nación. Diez años después de su publicación en castellano, hoy podríamos seguir afirmando que vivimos tiempos en conflicto que, al reavivar los rescoldos del pasado, tornan visibles las insuficiencias del presente, particularmente las desavenencias entre el discurso socialista comunitario oficial y el modelo de desarrollo capitalista que lo conflictúa en la realidad. Seguirle el trazo a esta incongruencia será tarea de la que deberá continuar ocupándose el pensamiento crítico, y, fundamentalmente, el ensayo en tanto género literario capaz de ahondar en el tema de la descolonización.

Bibliografía

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[1] La palabra “cientista” no existe en español. El término en inglés es “scientist”, es decir, “científico”. También puede traducirse como “sociólogo” o “politólogo”, dependiendo del contexto.

Ensayo histórico sobre el Partido Socialista Nicaraguense, PSN. Rafael Casanova Fuertes

Hasta los tiempos actuales, salvo los trabajos del historiador norteamericano Jeffrey Gould poco conocidos en el país (Amigos mortales enemigos peligrosos (1944-1946); y por su resistencia y pericia : las relaciones laborales en el ingenio de San Antonio (1912-1936), las obras de Guevara-Pérez Bermúdez y la tesis de Gustavo Mayorga, los estudios e interpretaciones serias sobre el papel de esta corriente,- que estuvo representada por el Partido Socialista, en buena parte de la historia contemporánea-, son casi inexistentes, lo más que hacen los autores que mencionan algunos hechos concatenados al socialismo marxista, lo hacen a partir de fuentes secundarias, pero sobre todo en las que predominan los criterios negativos, que se vertieron en tiempos polémicos, por parte de los rivales político-ideológicos de los socialistas criollos. Incluso en algunos trabajos históricos, se omite totalmente, a esta corriente, como si nunca hubiera existido. Esto último puede resultar incomprensible cuando aún sobreviven muchos protagonistas, que fueron parte integrante de sus filas y de sus gremios, algunos de los cuales, ostentan suficiente criterios para hacer al menos alguna referencia sobre su experiencia en las filas del socialismo nicaragüense. Se ha tenido la tendencia a presentar al Frente Sandinista de Liberación Nacional, como la única fuerza de izquierda que enfrentó a la dictadura somocista hasta 1979.Sin embargo en el mismo periodo de lucha contra la dictadura y en los mismos años ochenta, hubo puntos de vista que por el contrario visualizaron y caracterizaron al socialismo marxista, de una forma más objetiva. El dirigente sandinista de origen obrero José Benito Escobar Pérez asegura al final de su folleto “El Principio del fin” escrito en 1976, que las dos únicas fuerzas revolucionarias que enfrentaban a la dictadura en ese momento eran: el Frente Sandinista de Liberación Nacional y el Partido Socialista Nicaragüense. En esta misma dirección, Amaru Barahona sostiene en sus estudios sobre historia contemporánea que “la expresión política autónoma de las clases populares (desde el inicio de la 2ª generación dinástica hasta 1971) giró en torno a dos organizaciones políticas: el Partido Socialista Nicaragüense (PSN) y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN)”.(Barahona 1987 p.70).Estos están entre los pocos (dirigente revolucionario, el primero y escritor el segundo) exponentes que se alejan de la visión sesgada y sectaria, que ha predominado hasta los tiempos actuales. Razón por la cual, hay distintas motivos para abordar con la debida objetividad la proyección del socialismo y al Partido Socialista Nicaragüense.En perspectiva histórica, las relaciones entre ambas organizaciones, nunca fueron las mejores, porque aunque ambas se identificaban como marxistas leninistas, competían por ganar una misma clientela que eran los sectores populares. La primera le dio énfasis al trabajo político-organizativo como medio de acumulación de fuerzas y consideró la lucha armada como una expresión final de la lucha política, para plantearse la toma del poder. El FSLN por el contrario consideró que la lucha armada debería ser lo principal como frente de lucha y eje aglutinante de las masas, para lograr este mismo objetivo. El triunfo del pueblo contra la dictadura dirigida por el FSLN, puede dejar en entredicho el papel de su principal rival mejor dicho que este hecho, restó razón histórica al PSN. Aunque hay que destacar que las versiones de los historiadores o relatores oficiales de los años ochenta descansaron por un lado en apologías al Frente Sandinista y por el otro a desnaturalizar u omitir lo no vinculado al sandinismo histórico (1927-1933) y con el mismo FSLN (1961-1979). Pero esta conducta, está alejada de la objetividad científica con la que se deben abordar los procesos históricos, razón por la cual hemos considerado necesario, hacer una excepción al referirnos a esta corriente, en particular en este caso vamos a hacer un poco de historia.¿Cuando y como surgieron los socialistas?El desarrollo de las ideas marxistas, estuvo íntimamente vinculado al también surgimiento del movimiento sindical. Por tanto el nacimiento del primer partido obrero como el segundo partido obrero se dio en el marco de relativos auges de la lucha sindical, el Partido Trabajador Nicaragüense PTN en los años treinta y el mencionado PSN en los años cuarenta. El PTN surgió en el año de 1931 y su fundación fue gestada por un grupo de jóvenes artesanos, simpatizantes del socialismo, algunos profesionales e intelectuales y desprendidos de los partidos tradicionales. Entre sus fundadores se pueden mencionar Manuel Vivas Garay, Carlos Pérez Bermúdez, Alejandro Bermúdez Alegría, Andrés Castro Wassmer, Jesús Maravilla, Emilio Quintana, Efraín Rodríguez, Andrés Murillo y otros. Algunos de ellos tuvieron una relación personal con las ideas marxistas como Jesús Maravilla y Roberto González, dado tuvieron vínculos en El Salvador, con el Partido Comunista Salvadoreño. En el proceso de desarrollo de la actividad del PTN, se vinieron definiendo dos posiciones una de izquierda representada por los antes mencionados y una de derecha y colaboracionista encabezada por el poeta Emilio Quintana, Absalón González y Jesús Maravilla Almendarez.Este esfuerzo organizativo llegó a su fin en el año de 1938 al darse una vasta represión en este año por parte de el aparato represivo somocista, la mayoría de los integrantes de la izquierda petenista fueron encarcelados, pero algunos pudieron huir a Costa Rica. Estos últimos serían el principal núcleo de fundadores del segundo partido obrero de Nicaragua, el Partido Socialista Nicaragüense (en lo adelante PSN). Los historiadores, en su mayoría establecen como punto de partida oficial el PSN, el 3 de julio de 1944, aunque su proceso gestativo se inició en 1939, su formación –como expresamos anteriormente- estuvo a cargo, de los artesanos y obreros progresistas sobrevivientes a la mencionada experiencia organizativa del primer partido obrero socialista: el Partido Trabajador Nicaragüense (PTN) de 1931 y 1938. Este núcleo que sumaba menos de una decena de integrantes, una vez refugiado en Costa Rica, bajo la sombra de los comunistas costarricenses del Partido: Vanguardia Popular Costarricense (VPC), Arnoldo Ferreto, Eduardo y Manuel Mora Valverde, formaron el núcleo inicial, del PSN. Una vez terminado su “adiestramiento” los integrantes del grupo, asumirían la misión de divulgar las ideas marxistas-leninistas entre la población nicaragüense y organizar a los sectores populares, para prepararlos estratégicamente hacia la toma del poder político, por parte de “la clase obrera”. Esto pasaba necesariamente por la formación del partido, al que llamaron inicialmente: Partido Comunista de Nicaragua. A su retorno al país en 1939, los novatos comunistas, coincidieron con otro grupo de dirigentes que ya trabajaban tanto en la formación del movimiento sindical, así como en la creación de un órgano de difusión de la clase obrera el semanario “Hoy”. El núcleo en total llegó a estuvo conformado por: Efraín Rodríguez, Manuel Pérez Estrada, los hermanos Juan y Augusto Lorío, Francisco Hernández Segura, Armando Amador Flores, Manuel Herrera, Carlos Pérez Bermúdez, Alejandro Bermúdez Alegría, Pedro Turcios y otros. Desde su ingreso a las fronteras nicaragüenses, los bisoños organizadores también se dieron cuenta de que el nombre de “comunista” no era adecuado para las condiciones de Nicaragua y optaron por llamar –aunque sin constituirse- a su naciente organización: Partido Socialista de Nicaragua. Desde 1940 se dio un amplio proceso de crecimiento organizativo de los sectores populares urbanos en las nacientes industrias textiles, talleres artesanales de zapatería, imprentas, puertos y enclaves mineros del Pacífico- Centro del país. Esto causado entre otras cosas, por las mismas consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, cuando en todo el Subcontinente americano surgieron las llamadas industrias sustitutivas, al ser bloqueadas las vías de acceso marítimo de los productos industriales europeos, por los submarinos alemanes. Las huelgas y manifestaciones obreras demandaban reivindicaciones económicas, libertad de organización sindical, derecho de reunión, etc. Somoza García, desde entonces vio el potencial que representaba esta fuerza social organizada, y con sus propios agentes los sindicalistas somocistas Roberto González, Absalón González, Jesús Maravilla y otros, trató por todos los medios de ejercer control sobre el naciente movimiento obrero. El dictador, trataba de imitar el modelo populista de Juan Domingo Perón, razón por la cual no solo toleró las actividades organizativas de los obreros, sino que también, llegó a presentarse en mítines obreros y referirse a los capitalistas nicaragüenses como “sus enemigos” y reiterar su compromiso con la “clase trabajadora nicaragüense”.Empero, los sindicatos, las federaciones y la proyectada Central de Trabajadores de Nicaragua, se convirtieron en escenarios de confrontación entre socialistas y somocistas, los primeros lograron ejercer el control de las bases y los intermedios, los somocistas acapararon la mayoría de los cargos directivos de la CTN, sin tener contacto con las bases. En síntesis el naciente socialismo, en estas circunstancias, logró extender su actividad, a las principales ciudades del Pacífico-Centro Norte del País.El PSN y el sindicalismo independiente, se vieron fortalecidos por la participación e ingreso de una membrecía más joven y combativa tales como: Mario Flores Ortiz, Domingo Sánchez Salgado, Fernando Centeno, Guillermo Briceño, Rigoberto Palma, Ernesto Martinez Robelo, Alejandro Bermúdez Alegría, Jorge Galo Espinoza, Alejandro Dávila Bolaños, Onofre Guevara, Miguel Medina, etc.En la cuerda floja de julio de 1944. El clímax de este proceso se dio el 3 de julio de 1944, al gestarse la fundación del Partido lo cual se dio en un momento histórico muy complejo, en medio del auge de los movimientos antisomocistas, y de crecimiento del movimiento popular. El PSN, que se reconocía como producto de las clases populares y de la lucha de clases, habría de pasar por muchas pruebas. La complejidad de este momento, estuvo dictada por circunstancias en que se tenía que escoger, entre sumarse al vasto movimiento antisomocista que encabezaban los estudiantes o abstenerse de participar en las manifestaciones, que significaba un apoyo tácito al Dictador. El movimiento, demandaba la renuncia de Somoza García, había participación masiva del pueblo, y jugaban un rol beligerante los estudiantes universitarios, pero estaba encabezado principalmente por la oposición conservadora, cuyos dirigentes lanzaban lo mismo consignas antisomocistas, como clichés anticomunistas contra el naciente movimiento obrero, es decir que era un movimiento opositor, que expresaba abiertamente más prejuicios anticomunistas y anti obreros, que el mismo dictador Somoza García. En estas circunstancias, el Partido optó por aceptar la oferta social demagógica del dictador Anastasio Somoza García, quien hasta ese momento no solo “se había hecho de la vista gorda” con el trabajo político-organizativo de los trabajadores, sino que ofrecía a los trabajadores la introducción de una reforma para imponer constitucionalmente el “Código del Trabajo”. Dentro de esta lógica, el Partido a través del Consejo Ínter gremial Obrero (CIO), optó por no apoyar a la oposición. Gracias a esto Somoza García estuvo en capacidad de reprimir con la GN, las masivas manifestaciones encabezadas por los opositores: liberales independientes y conservadoresEsto, fue aprovechado por la oposición conservadora para endilgarles el cliché de colaboracionistas y aunque posteriormente, el PSN buscó un acercamiento en los años de 1946,1947 y 1948 con otras fuerzas antisomocistas en movimientos, no se lograron superar por parte de los dirigentes opositores, incluido los del PLI, los prejuicios anticomunistas y antipesenistas. Razón por la cual, en situaciones como la campaña electoral de 1946, el PSN participó por su cuenta, no en unidad, porque la oposición siempre rechazó un entendimiento formal con los socialistas; tanto, que éstos hicieron su propia campaña electoral en el 46 y lanzaron sus propias pre-candidaturas para diputados: Juan Lorío, Ricardo Zeledón, Mario Flores Ortiz y Fernando Centeno Zapata, estos últimos estudiantes entonces de medicina y derecho, respectivamente. Aunque en los frustrados intentos armados de 1947 y 1948, los socialistas, pudieron realizar alianzas de hecho, con sectores progresistas del exilio y sobrevivientes del sandinismo. La falta de estudios sobre el particular, influyen todavía para que algunos escritores contemporáneos, omitan a los socialistas o no haya un manejo correcto de estas situaciones. Ejemplo: el político René Herrera Zúñiga en su tesis: Relaciones Internacionales y poder político, prolonga hasta los años sesenta “la colaboración o alianzas tácticas del PSN con el somocismo”, sin evidencia de fuentes, que fundamenten, estas afirmaciones. Es totalmente cierto que los primeros años de la década de los cuarenta, el dictador Somoza García, dentro de sus aires social demagógicos se hizo de la “vista gorda” de la labor de sus dirigentes y activistas, mientras trató de controlarlos, por medio de sus títeres obreristas. Pero, cuando esto se hizo imposible, en el marco de las políticas anticomunistas de Guerra Fría y la histeria anticomunista que propagandizaban los Estados Unidos y los medios libero-conservadores, procedió a reprimirlos, violentamente. En 1948, desató una vasta represión encarcelando a 80 dirigentes y 300 militantes socialistas en todo el país. El dictador, hizo efectiva, la prohibición del Partido como organización comunista, unos pocos lograron escapar o refugiarse en embajadas y no volvieron a regresar al país. A los encarcelados, les propuso la firma de un documento de compromiso, de no involucrarse más en ningún tipo de actividad política y conexa al Partido, so pena de continuar encerrados de forma indefinida. Los dirigentes y militantes socialistas tomaron la decisión de retar al dictador, firmaron el documento y se comprometieron a reunirse dentro de unos meses en un punto señalado de la Capital para reorganizarse sindical y partidariamente. Así lo hicieron, aunque a esta convocatoria hubo quienes por temor a las amenazas, ya nunca regresaron ni a la reunión, ni al Partido en los años subsiguientes. Por lo que la misma represión somocista, propició una suerte de depuración en las filas socialistas.Hay dos elementos externos, que pesaron en la conducta de los socialistas de esos años : La línea del comunista norteamericano Earl Browder quien confundió la alianza táctica internacional contra el fascismo preconizada por la URSS, con el llamado a la colaboración de clases, en lo interno de los países, porque el enemigo inmediato era el fascismo, es decir que era un abandono de la lucha de clases en lo interno de los países ; y la influencia inmediata de los comunistas costarricenses, quienes en circunstancias muy particulares para su país, establecieron una hábil política de alianzas con el Partido Republicano de Rafael Ángel Calderón Guardia (de tendencia reformista) y el jefe de la iglesia Monseñor Sanabria. Esto les permitió a los comunistas ticos, ampliar sus espacios de participación y ser protagonistas de las garantías sociales (Reforma Política de 1943) en beneficio de los sectores populares y continuar hasta los sucesos de 1948 realizando su trabajo político- organizativo en un marco jurídico político, adecuado a las condiciones particulares de Costa Rica.Como notamos, el planteamiento de Browder, no es la línea de la Internacional Comunista, (desaparecida en 1943) de los frentes únicos antifascistas, que llamaba a la alianza con todos los sectores antifascistas, incluidas las burguesías locales, para luchar contra el enemigo común. Esta corriente (la de Browder) afectó en estos años, la línea política de algunos de los partidos comunistas de America Latina y el Caribe. Un ejemplo de estos fue el caso colombiano, en que el Partido además de cambiar de nombre, rechazó la alianza con los sectores radicales anti oligárquicos como el “populismo gaitanista” al calificarlos de fascistas, en tanto era el momento de la “unidad nacional contra el fascismo” a nivel internacional. Entonces en Nicaragua los novatos socialistas de esta época, descalificaban como fascistas a los opositores a Somoza García, encabezados por el Partido Conservador.Pero el error de algunos de sus críticos, es asegurar, que el PSN surgió en 1944 inspirado por Browder. Esto es borrar de un plumazo la experiencia interna de las clases populares, desde los años treinta, en que se hicieron los primeros sindicatos como producto de una reacción interna de las clases oprimidas contra las clases opresoras. En el caso de la lucha del Gral. Sandino los principales protagonistas fueron los campesinos, en este caso fueron los sectores urbanos de la población, quienes desde los años veinte se venían organizando en gremios artesanales y que a su vez protagonizaron dramáticos –y poco conocidos- movimientos huelguísticos en los enclaves madereros y mineros. Por tanto el PTN y el PSN, dentro de las limitaciones que se le señalan, fueron parte del desarrollo dialéctico de la lucha de clases dentro en el país, influenciadas a su vez, por las distintas corrientes internacionales, las que a su vez fueron asimiladas dentro del atraso político y cultural de la época. Esto también, lo puede dejar claro otra interrogante ¿Pasada la II Guerra mundial y desaparecidas los argumentos de Browder en medio de la persecución que siguió a la política de Guerra Fría, desapareció el PSN? Los acontecimientos demostraron lo contrario. En síntesis el PSN con independencia de sus limitaciones, fue la segunda fuerza política construida por las clases populares del país y su surgimiento –aunque parezca reiterativo-es producto de una reacción interna de las clases explotadas contra las clases explotadoras. Aunque también es válido denotar, que ya los socialistas, en el señalado año de 1948 habían guardado distancia de Somoza, pero además a nivel latinoamericano, los partidos comunistas en su totalidad se habían desprendido de las tesis de Browder, una vez finalizadas las condiciones que propició la Segunda Guerra Mundial.Los socialistas de esta generación lograron avances muy importantes en el proceso organizativo de las masas, presentándose como los primeros marxistas leninistas, tuvieron logros muy importantes, entre los que se pueden mencionar: la divulgación de las ideas socialistas en un amplio segmento de la población; la organización de los sectores populares en sindicatos que por primera vez presentaron batallas a las patronales capitalistas demandando reivindicaciones sociales.Pero los socialistas, no definieron un programa de lucha claro de lucha y de igual modo, los métodos correctos para ejecutar en términos estratégicos, la toma del poder político por parte de los trabajadores y su “partido de clase”. Por otro lado, el PSN también siguió las formas organizativas artesanales de los partidos tradicionales del país. Por ejemplo, las organizaciones de bases eran los “Comités de Barrio” integrados por decenas de personas y a pesar de no ser legales funcionaban de forma casi abierta en sus reuniones y actividades, la integración según lo reconocen fuentes de la misma Embajada Norteamericana, fue numerosa para su tiempo (de más de 1.200 miembros) aunque carecía de selectividad.Del reflujo de 1948 al auge de 1959.Entre 1948 y 1957 el Partido pasó por una especie de reflujo, en donde de más de un millar de militantes entre 1944 y 1948 -por razones antes explicadas- se redujo a una plantilla básica de unas pocas centenas de militantes, en todo el país, porque también existía la idea de dotar a las estructuras, de un carácter propiamente clandestino. (Entrevista a Efraín Rodríguez Vanegas. San José Costa Rica 5 de abril de 1994)). En estos años, el PSN creó la Unión General de Trabajadores (UGT) y se mostraron muy activos lo sindicatos de zapateros, de choferes y la Liga de Inquilinos. En la segunda oleada organizativa que se inició entre los años de 1957 y 1959 en que surgió una nueva generación de dirigentes y activistas, quienes empezaron a romper con los viejos métodos artesanales de trabajo de los dirigentes de los años de 1940, los comités de base o células –por ejemplo- aunque se siguen organizando por barrios, son estructurados de forma selecta y clandestina. En estas circunstancias el Partido se había recuperado de los golpes de 1940 con una nueva camada de militantes que habrían de prosperar en el futuro como la siguiente generación de dirigentes y hasta fundadores y dirigentes de otras organizaciones revolucionarias. Entre estos se pueden mencionar: Carlos Fonseca, Tomás Borge, Miguel Somarriba, Juan Ramón Chávez, Silvio Mayorga, Eleuterio Téllez, Pablo Martinez, Roger Cabezas, Álvaro Ramírez González, Noel Guerrero, Heriberto Carillo, Gonzalo Navarro, Manuel Domínguez, Gustavo Tablada, Guadalupe Téllez, Arnoldo Pastrán, Nicolás Arrieta .Cabe destacar que es en este lapso, en que se establecieron los vínculos internacionales con el Partido Comunista de la Unión Soviética y demás partidos comunistas del mundo, las que se oficializaron en 1959. En 1957 fue enviado a Moscú, el joven Carlos Fonseca al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, quien una vez finalizado el Festival, se trasladó a Leipzig, Alemania para participar, en el Congreso de la Federación Sindical Mundial, representando a los trabajadores nicaragüenses. Fonseca asume esta última representación, al no lograrse la salida clandestina (desde Costa Rica) de Jorge Galo Espinoza, joven dirigente de Unión General de Trabajadores (UGT). En los años subsiguientes se envían cuadros del Partido, Juventud, movimientos sindicales campesinos y femeniles a eventos y cursos de capacitación a la URSS. De igual modo que al fundarse la Universidad Patricio Lumumba en Moscú, en 1960, se empezaron a enviar a jóvenes a cursar carreras profesionales.Pero fue sobre todo la influencia de la Revolución Cubana en enero de 1959, la que incidió sustancialmente en un cambio de mentalidad y estilo, en las formas de actuar y de pensar de la nueva generación de revolucionarios socialistas, ejemplo se empezó a darle el carácter de organización clandestina al Partido, las células tuvieron un carácter más cerrado y se hizo una captación más rigurosa y selectiva de la militancia. Aunque en lo interno de Nicaragua hubo una especie de despertar de nuevos movimientos sociales como la liga de inquilinos y las huelgas de chóferes y de zapateros a partir de 1957. El auge revolucionario se expresó también a través de movimientos guerrilleros, juveniles, huelgas obreras, masivas manifestaciones. Los sindicatos se organizan en federaciones departamentales de trabajadores, adquirió un carácter territorial, el movimiento campesino, el femenil y juvenil. En estas circunstancias el PSN se va a nutrir de elementos jóvenes que van a desarrollar más agresividad no solo en las tareas organizativas, sino también que empiezan a plantearse la necesidad de proponerse nuevos métodos de lucha para derrotar a la dictadura. El PSN a su vez logró un tendido organizativo en la mayoría de los departamentos del país. Entre estos se pueden mencionar: Oscar Danilo Rosales, Jorge Navarro, Francisco Buitrago, Roberto Amaya, Guillermo y Félix Baltodano, Miguel Bejarano, Abdul Sirker, Carlos y Salvador Lara, Dámaso Picado, Doris Tijerino Haslam, Gladis Báez, Gladis Avilés, Julio Briceño Dávila, Roger Cabezas, Enrique Ruiz, Adolfo y Alberto Everts, Alfredo Valencia, Salvador Suárez, Félix Contreras, Faustino Aragón Pichardo, Bernardino Díaz Ochoa, Catalino Flores, Oscar Benavides, Denis Enrique Romero, Augusto Gutiérrez y otros. Se incorporan al PSN, hasta quienes habían adversado al partido como los sindicalistas: Guillermo Aguirre, Guillermo Pérez y otrosLos elementos jóvenes que pasan a las filas del PSN van a reforzar, a quienes desde dentro de las estructuras del Partido tienen una posición diferente, al grupo dirigente tradicional, una tendencia radical, que tuvo, entre otros, como representantes a: Rigoberto Palma, Abdul Sirker, Nicolás Arrieta (quien regreso al país en 1956-57, después del ajusticiamiento de Somoza García), Julio Briceño Dávila, César Cortés Téllez, Álvaro Montoya Lara, Guillermo y Félix Baltodano Serrano, Roberto Arévalo, Luís Sánchez Sancho. Algunos como Everts, Palma y Cortez, habían sido participantes en experiencias armadas como las guerrillas del Chaparral y la de Julio Alonso Leclair. Se dio el caso de elementos como Abdul Sirker que había sido preparados militarmente en Cuba e ingresado al país en 1960. Este grupo que puede considerarse el ala radical del PSN va a presionar primero desde los inicios de 1960, para que el Partido optara por la lucha armada. Finalmente, van a romper con el grupo conservador, que conservaba el control de la dirección del Partido en 1967. Entre los conservadores se pueden mencionar a: Manuel Pérez Estrada (Srio General), los hermanos Augusto y Ramón Lorío, Miguel Ángel Flores, Eliseo Altamirano y Ariel Bravo Lorío. En medio de esta situación surgió con la influencia del embajador cubano: Quintín Pino Machado, la Juventud Patriótica Nicaragüense (JPN). Esta organización que logra extenderse por todos los rincones del país, va a ser de corta duración (1959-1960) al disolverse, y convertirse en la nutriente de dos organizaciones revolucionarias: 1º del naciente Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y 2ºdel ya existente PSN, formando el núcleo fundamental de la Juventud Socialista Nicaragüense (JSN) en todos los territorios.la JSN se constituyó el 5 de noviembre de 1961, después de un año de trabajo organizativo en todo el país iniciado a finales de 1960.Del triunfo de la Revolución Cubana a la división de 1967.Los socialistas lograron en este lapso fundar la Confederación General de Trabajadores Independientes (CGTi), la Federación de Mujeres de Nicaragua (FMN), el Frente Estudiantil Revolucionario (FER), Los Comités de Defensa Popular (CDP) la Central de Campesinos y Trabajadores Agrícolas de Nicaragua (CCTAN). Algunas de estas cambiaron de nombre como la FMN que pasó a denominarse Organización de Mujeres Democráticas de Nicaragua (OMDN).La organización se extendió de forma considerable se fundaron seccionales en todos los departamentos del país, exceptuando Madriz, Río San Juan y la Costa Atlántica (esta última hasta 1974). De igual modo fundaron en las estructuras territoriales la Juventud Socialista Nicaragüense (JSN), para mantener una cantera partidaria y su influencia en los sectores juveniles. Entre 1961- 1963 al darse las contradicciones por diferencias de línea político ideológica, jóvenes socialistas encabezados por Noel Guerrero, Carlos Fonseca Amador, Tomás Borge Martínez Silvio Mayorga y otros, se separaron del PSN y tras varios intentos organizativos fundaron, el Frente de Liberación Nacional (FLN). Esta organización que a partir de 1964 se denominaría Frente Sandinista de Liberación Nacional, planteó la lucha armada como el eje fundamental para la toma del poder político. Válido es anotar que la principal fuerza en el movimiento estudiantil, el FER, pasaría desde entonces a ser regido por la línea política del FSLN y una buena parte de la naciente JSN entre los que se encontraban dirigentes fundadores, como Jorge Navarro y Francisco Buitrago, pasaron a ser parte de la nueva organización en los inicios de 1963. Otros, en este proceso de indefinición conservarían una especie de doble militancia hasta los años de 1967 tal como fueron los casos de Oscar Danilo Rosales y Roberto Amaya. De igual modo, muchos militantes y dirigentes intermedios del PSN, se convirtieron en colaboradores de la nueva organización.El PSN por su parte, sostuvo que el eje fundamental era el político-organizativo, basado en tres principales formas de lucha: la económica, para organizar a las masas en contra de la patronal capitalista; la ideológica para educar a los sectores populares en la ideología socialista revolucionaria; la lucha política era el planteamiento de la lucha por el poder político, esta implicaba el fortalecimiento del Partido, el desarrollo de una política de alianzas tácticas como el impulso de coaliciones anti dictatoriales que deberían involucrar a los sectores opuestos al somocismo, incluida la burguesía opositora; y estratégicas como era la consolidación de la alianza Obrero-campesina y la unidad con las otras fuerzas revolucionarias. La lucha armada era vista como la expresión más desarrollada de la lucha política, para plantearse la toma del poder político por la clase obrera, esta debería ser por medio de la insurrección popular de las masas, con una interrelación muy estrecha con las demás formas de lucha y debería impulsarse cuando las condiciones objetivas y subjetivas estuvieran lo suficientemente maduras. La experiencia de las FARNEn 1967 la situación demandaba cambios, el proceso de discusión de la línea política condujo a la primera división del partido, siendo desplazados de la dirección los hermanos Lorío y Manuel Perez Estrada, pasando a ocuparla una nueva generación de socialistas encabezada por Onofre Guevara, Álvaro Ramírez, Abdul Sirker y otros. El detonante de esta división fue la manifestación del 22 de enero, por la causa siguiente: los primeros, en una reunión de urgencia la noche del 21 de enero, se mostraron partidarios de denunciar públicamente los planes insurreccionales de un grupo dirigido por los conservadores para el día 22; los segundos se opusieron a eso, porque aparecerían como soplones del régimen con esa denuncia en un somocismo, más bien acordaron ir a la manifestación a prevenir a las masas sobre el peligro a que se exponía a la gente desarmada e ignorante de la maniobra conservadora, para evitar al máximo la masacre que efectivamente se produjo. Este esfuerzo fue insuficiente, la gente del partido fue rebasada por las masas agitadas, e incluso lamentó la muerte del compañero militante Manuel Aburto, obrero de la construcción. Valga reiterar que una denuncia pública, implicado una mayor preparación del aparato represivo GN, y la masacre hacia el pueblo hubiera sido mucho mayor.Los desplazados pasaron a formar lo que sería primero: el Partido Obrero socialista (POSN) entre 1967 y después el Partido Comunista de Nicaragua (PC de N) en 1970. Este partido tendría una proyección muy limitada, su actividad se limitó principalmente a la capital Managua, en algunos talleres artesanales (particularmente los metalúrgicos). Lograron conservar algunos organismos de base en León y Matagalpa después de la división, pero su militancia quedó reducida a un poco más de cien militantes a nivel nacional. Aunque hacia fines de los años setenta sobre todo a partir de 1978, en que la lucha antisomocista se acrecentó, lograron un relativo crecimiento. A pesar de que invadía de documentos a las representaciones de Partidos Comunistas afines en el Continente y el Campo Socialista, principalmente el PCUS de la URSS, no logró obtener ningún reconocimiento internacional. Tras el triunfo revolucionario de 1979, mientras el FSLN pasó a ocupar las responsabilidades en el Estado y otras fuerzas de izquierda se encontraban dentro del dilema de fusionarse o actuar como aliados u opositores del nuevo sistema, el PC de N actuó como fuerza independiente, aprovechó los nuevos espacios para extender su red organizativa por todo el territorio, organizando sindicatos y otros frentes de masas. Una situación que lo llevó a confrontarse con el Estado Revolucionario a lo largo de los años ochenta, pasando desde 1985 a ser parte de las alianzas opositoras antisandinistas. En los años noventa, tras el triunfo reaccionario de la derecha opositora se inició su proceso de defunción, al pasar algunos de sus líderes a ser cuadros de las nuevas opciones de la derecha y la pérdida de control de las bases creadas en los ochenta, lo llevaron a una situación más, reducida que la de los años setenta. Desde el surgimiento de esta fracción su principal dirigente ha sido Eliseo AltamiranoEl ala radical de los socialistas dirigida primero por Álvaro Ramírez y después por Onofre Guevara, experimentó con la actividad armada a través de lo que se conoció como Fuerzas Armadas Revolucionarias de Nicaragua (FARN). Esta fue concebida como un brazo armado que debería realizar acciones que no deberían desnaturalizar el eje fundamental de la estrategia del partido, sustentado en el trabajo político-organizativo de las masas para educarlas y prepararlas para la toma del poder, por la clase obrera. Con la caída de Jacinto Baca Jerez, el jefe de operaciones militares de esta organización, en 1969, el partido fue objeto de una vasta represión, que se prolongó hasta 1971. Todo esto, propició el ascenso de Luís Sánchez Sancho, representante de una nueva tendencia conservadora a la dirección del Partido*, él y su círculo asumieron que la lucha armada como estaba planteada en el partido era una aventura, que la forma en cómo también la llevaba a cabo el Frente Sandinista, era una aventura. Que había que preparar seriamente, la lucha armada. Estos argumentos incidieron para que se procediera a desmantelar las FARN, en lo adelante Sánchez Sancho y su grupo, como los Lorío y Pérez Estrada en los inicios de los sesenta, pospusieron la lucha armada y la preparación militar de sus cuadros.Del auge del sindicalismo en 1973 hasta el triunfo de julio de 1979.Sin embargo el Partido Socialista desde 1971, hasta 1977 experimentó un proceso de crecimiento interno y externo. A pesar de las duras represiones que incluyeron el asesinato de dirigentes nacionales como Bernardino Díaz Ochoa, Rommel López y Efraín González en 1971, logró mantener la plantilla de más de 2.000 militantes en todo el país, las relaciones internacionales con los partidos comunistas, las organizaciones gremiales y colaboración con el PCUS; ampliar su base social en el campo y la ciudad, el crecimiento del movimiento sindical pasando a dirigir los sindicatos más combativos como el de las Construcciones (SCAAS) y el de los hospitalarios (compartido con la CTN en Managua)desarrollando huelgas y otros movimientos en las principales poblaciones del Pacífico. Siendo por añadidura los dirigentes de las principales movimientos huelguísticos del país en los años setenta (construcciones en 1973 y 1975, las hospitalarias de 1974 y 1975). Además, fueron integrantes de alianzas opositoras antisomocistas, como la Unión Democrática de Liberación (UDEL) en 1974, una unidad, muy criticada por su rival en la izquierda: el FSLN. Hubo un tendido organizativo en casi todos los departamentos del país incluido la región Caribe. El órgano juvenil del Partido, la JSN a crecentó su acción en los departamentos tales como: Chinandega, Matagalpa, Carazo, Rivas, Chontales, Y Río San Juan. En la Universidad logra insertarse como la segunda fuerza política entre los años de 1971 y 1974 y se extiende en la secundaria y movimientos juveniles de los departamentos del interior., tales como los de Matagalpa, Carazo y Rivas.La división de 1976-1977A fines de 1975, en medio de la represión contra las estructura del Partido tras la acción del FSLN contra la Casa de Chema Castillo empezaron a asomar las diferencias de posiciones, lo que condujo a una división definitiva en 1977, entre una nueva tendencia conservadora encabezada por Luís Sánchez Sancho y la tendencia progresista encabezada primero por Julio Briceño Dávila y después por Álvaro Ramírez González. A diferencia de la anterior división de 1967 este fraccionamiento se dio en dos partes más o menos iguales, tanto a nivel de estructuras internas intermedias como en organizaciones de masas. Los primeros (los Sánchez) alegaron ser representantes de la línea socialista proletaria pura, contra el espíritu pequeño burgués y aventurero de los segundos y que era necesario darle un carácter estratégico a la alianza opositora UDEL, de mantener la autonomía del movimiento sindical de la línea partidista. Los segundos Briceño-Ramírez)acusaron a los primeros de liquidacionistas, de abandonar totalmente la preparación del Partido para otras formas de lucha (lucha armada) de convertir el gremialismo en un fin y no en medio de organizar a la clase obrera para el fin estratégico que era la toma del poder político, bajo la dirección del Partido; de privilegiar la alianza tácticas con la derecha antisomocista y alejarse de las alianzas estratégicas: las fuerzas progresistas y revolucionarias (el FSLN) de la sociedad y el aliado natural de la clase obrera, el campesinado. Estas acusaciones y contra acusaciones iban acompañados en concordancia con la subcultura política del país de los llamados “golpes bajos” es decir señalamientos individuales. Los Briceño-Ramírez acusaban a los Sanchez de “mal manejo de los fondos del Partido, de mal aprovechamiento de la cooperación y convenios internacionales; de favoritismos familiares y personales en la distribución de responsabilidades y recursos”. Los Sanchez a su vez exaltaban los vicios y el aventurerismo pequeño burgués, de algunos de los dirigentes de los Briceño-Ramírez.” Ambos siguieron usando la misma denominación y siglas: PSN, con los apodos de mencheviques (los Sánchez) y bolcheviques (los Briceño- Ramírez), desarrollaron una vasta propaganda internacional (con resultados parciales) para ser reconocidos cada uno por los partidos homólogos de otros países, como la fuerza legítima. Algunos de los partidos como el PVC de Costa Rica optó por abstenerse de tomar una decisión, porque alegaron “no ver diferencia de líneas entre las tendencias”; otros como el mexicano una posición mediadora para la “reunificación”. En el Campo Socialista se optó por mantener el no reconocimiento de los dos grupos, pero manteniendo mejores relaciones con el de los Briceño- Ramírez, principalmente el Partido Comunista Cubano. Ejemplo de esto último, fue el convenio de becas en 1977 y el entrenamiento militar de de dos contingentes de jóvenes socialistas, entre 1978 y 1979 en campamentos guerrilleros cubanos.En lo interno el grupo de Briceño – Ramírez pasó a fundar la alianza de Izquierda: Movimiento Pueblo Unido (MPU) en alianza con los organismos intermedios de las tendencias del Frente Sandinista y el Grupo: P. C. de N. Además de ello en 1978, activó los viejos fierros y cuadros de la antigua FARN y empezó a actuar y configurar la Organización Militar del Pueblo OMP bajo la dirección de Álvaro Montoya, grupo que en 1979 se integró como fuerza operativa socialista a las columnas y frentes guerrilleros del FSLN en el Occidente, Oriente, Norte, Sur del país y Managua. En el Norte del País los socialistas (Matagalpa y Jinotega) siguieron manteniendo la sigla FARN y fueron muy activos en la toma de Jinotega. En Managua se destacaron en los combates de Bello Horizonte, la toma de Sierra Trece y el Aserrío de Morales en Carretera Norte; En los combates de la Inca y el Coyotepe en Masaya; en el Frente Sur los “especialistas”, dirigidos por Álvaro Montoya Lara.Mientras que el de los Sánchez, continuó en UDEL y después en el FAO apoyando hasta julio de 1979 en plena insurrección final, propuestas conservadoras como el plebiscito, para librarse del somocismo, por la vía pacífica, por un gobierno de unidad nacional incluidas las fuerzas de la derecha más extremista del país. Esto le granjeó el rechazo nacional de toda la izquierda nacional e internacional.La fusión con el FSLN en 1980.Tras el triunfo revolucionario de 1979 el grupo de Ramírez terminó fusionándose con el FSLN en 1980, sus cuadros, militantes (unas 1.000 personas) y candidatos (unos 4.000 registrados) disueltos en las estructuras del Estado Revolucionario, desapareciendo de forma definitiva del escenario político, buena parte del contingente histórico del antiguo PSN. Cuadros nacionales de este grupo como Federico López, Álvaro Ramírez y Nathán Sevilla pasaron a ocupar altos cargos en el Gobierno, el Partido y el Estado, otros cuadros y militantes, a pesar de que su perfil era político-organizativo fueron ubicados en las fuerzas armadas (policía y ejército). En general los “disueltos integrados” del PSN fueron vistos como advenedizos por los cuadros y militantes del FSLN, quienes en algunos casos, vieron la oportunidad de seguirles echando en cara su “pacifismo-reformismo” de los años anteriores. Una conducta, que fue facilitada por tres razones fundamentales: a)A los dirigentes del Partido en estas condiciones se les hizo difícil enfrentar una dualidad de direcciones en las condiciones del triunfo revolucionario la mayoría de sus cuadros y militantes integrados a la alianza política MPU(desaparecida en esos días) y la militar a través de la OMP con el FSLN estaban inmersos desde julio de 1979 por un lado en las tareas del Partido cuyo crecimiento lo concebían en estas condiciones como fundamental para el fortalecimiento de la Revolución y por otro lado el propio cumplimiento de las responsabilidades en el Estado Revolucionario Sandinista, que se les impuso como parte de la alianza política con el FSLN. Esto creo no solo dificultades, sino roces abiertos con miembros de base y las estructuras intermedias del Frente en el poder. Ejemplo: en la Escuela de Instrucción Militar “Oscar Turcios”, hubo choques sobre todo con cuadros de la Tendencia Proletaria quienes “confundieron” las reuniones y asambleas ordinarias de los instructores y cuadros socialistas, como una “labor proselitista” dentro del Ejército Sandinista y de esto los acusaron. El proceso de consolidación y reorganización de los sindicatos en los territorios por parte de los socialistas, quienes volcaron su experiencia a acometer esta labor, se encontraron con la oposición de los nuevos cuadros del Estado Revolucionario quienes carentes de experiencia en este sentido (además de su inmadurez política), recurrieron en muchos casos a la represión militar sin distinguir al resto de “enemigos” a los “aliados socialistas”. La documentación sobre este particular es abundante entre agosto de 1979 y marzo de 1980.b) Aún con todos los problemas de esos días, los miembros de la dirección de esta fracción no estuvieron en capacidad de calcular o avizorar de que los prejuicios sectarios en contra del PSN los iban a afectar en el futuro, tampoco estuvieron en capacidad (ni tuvieron la debida autoridad) de condicionar que se respetara políticamente a sus cuadros y militantes. Por el contrario insistir en que se debía aprovechar la experiencia organizativa y madurez ideológica de los socialistas para beneficio del mismo Frente, y la construcción del Proyecto Socialista en el país. Sino que en un acto voluntarista, entregaron sus cuadros y militantes confiando, que en las filas intermedias y dirección del FSLN ya existían suficientes condiciones, para asimilar de forma madura su integración al sandinismo. Los mencionados incidentes fueron el termómetro, de lo que podría ser más adelante. La experiencia demostró que la fusión debió ser producto de una decisión serena y meditada entre las dos organizaciones y no el resultado de una decisión precipitada. Pero además no existió un acuerdo de compromisos, firmado entre las partes. Los altos dirigentes de esta fracción pasaron a ocupar los cargos y entregaron al FSLN un listado de cuadros nacionales y territoriales, de militantes, acompañado de la especificación de sus capacidades. En estas circunstancias, los integrados, fueron ubicados en distintas estructuras del Estado, Gobierno, Partido y su tratamiento y proyección, fue en lo adelante, determinada por su relación subordinal a las propuestas y práctica del FSLN, en la construcción del nuevo Estado Revolucionario.c) La dirección del FSLN en medio de la euforia triunfalista, no había adquirido la debida madurez para impulsar una correcta política de alianzas en este nuevo contexto nacional, que demandaba de una amplia política de unidad popular, revolucionaria, progresista, y sobre todas las cosas: audaz, para aislar a las fuerzas de la derecha interna y externa. Pero además, la asimilación de otra organización entre sus filas, era también una experiencia desconocida en la historia del FSLN como organización, su práctica había sido, más orientada a la captación individual de cuadros de otras organizaciones, que a la fusión e integración de colectivos a sus filas. En la práctica consideraron como suficiente ceder algunas posiciones a los dirigentes de los integrados, desentendiéndose de las bases de estos. Afectando sin pretenderlo la perspectiva estratégica de la unidad popular. A las bases del Partido Sandinista, tampoco se le informó de esta integración desprendida de los socialistas y los cuadros socialistas fueron ubicados en cargos del Estado y el Partido según el criterio o nivel de madurez de los responsables inmediatos en los territorios, organizaciones e instituciones. En casos muy particulares como el del Frente Femenino, se tomó en cuenta la experiencia acumulada de las compañeras, pero fueron casos muy excepcionales.Para un observador cuidadoso de esa época y con la óptica serena que da el paso del tiempo, puede parecer contradictorio que quienes se encargaron de hacer los materiales de propaganda histórica del FSLN no cejaron sus ataques a las fuerzas antisomocistas no sandinistas incluidos los socialistas, sin medir que dentro de sus filas estuvieran “los integrados socialistas” quienes en algunos casos extremos, fueron objeto hasta de “puyas” por los nuevos compañeros. Las quejas, cuando se hicieron llegar sobre este comportamiento, nunca fueron atendidas debidamente, es mas “siempre hubo cosas más importantes que atender” en todo el universo de la Revolución, que resolver “problemas de poca importancia como la inmadurez de algunos compañeros”. La mayoría de los integrados socialistas a pesar de todo, continuaron hasta el final con el proyecto revolucionario, derrotando con estoicismo, los sectarismos y malos entendidos. Algunos (y algunas) pasaron a ocupar cargos, en las organizaciones específicas del Partido u organizaciones gremiales, en el Estado y el Gobierno. Onofre Guevara pasó a co- editorialista y a ocupar la página de opinión del órgano oficial “Barricada”; las conocidas hermanas Dávila Navarrete, en el movimiento femenil AMLAE. En algunos casos llegaron a alcanzar posiciones de mando en la policía, como el caso de Roger Cabezas (único que alcanzó el rango de Comandante del MINT) alcanzando rangos de subcomandantes, posteriormente Comisionados, algunos de ellos (como Eva Sacasa, Arnoldo Pastrán, Nubia Obando y Guillermo Vallecillo); otros estuvieron en posiciones claves en órganos intermedios de inteligencia (DGSE, Dirección 5ª, etc.), en menor grado en el ejército, donde algunos como el ex dirigente juvenil Bolívar Téllez, Francisco Medrano lograron obtener rangos de mayores, por debajo de personas de menor trayectoria, capacidad y méritos, y escala de valores revolucionarios La Fracción Socialista de los Sánchez.El grupo de Sánchez pasó primero entre 1979 y 1987 a una alianza primero con el FSLN y después a una oposición crítica y finalmente a una oposición total al proyecto revolucionario hasta ser parte de la alianza opositora UNO que ganó las elecciones en 1990. Algunos de sus cuadros como Adolfo Everts, Luís Sánchez y Gustavo Tablada pasaron a ocupar ministerios y diputaciones en el Gobierno de Violeta Barrios. Por estos años como se conoce, se produjo la disolución del Campo Socialista debilitándose las ya deterioradas relaciones internacionales del Partido. A diferencia del grupo Ramírez estos conservaron su independencia durante los años ochenta, pero si bien rechazaron el “hegemonismo sectario” del sandinismo, su posición no fue la de mantenerse como opositores de izquierda y que pudo ser una actitud de presión sobre el sandinismo para incidir en la radicalización del proceso. Por el contrario su posición crítica se hizo cada vez coincidente con los sectores más conservadores de la sociedad, hasta llegar a ser parte de la mencionada alianza UNO, instrumento de la derecha internacional para liquidar el proyecto revolucionario del sandinismo, sin percatarse que un triunfo de la derecha nacional e internacional, iba obrar en su propio deterioro y no solo del proyecto revolucionario, por lo que su liquidación política como fuerza beligerante, fue también, cuestión de tiempo. ¿Sobrevivieron los socialistas?Al margen de que como individuos, ni como cuadros, pudieron influir sustancialmente -por las características de su integración- en la línea de la revolución, una gran mayoría de socialistas quedaron disueltos en las estructuras territoriales del FSLN. De los antiguos dirigentes nacionales, solo figuraron en los últimos tiempos, el Dr. Ramírez González y Nathán Sevilla. El primero como precandidato a la nominación por el FSLN en 1996 y el segundo quien se destacó como legislativo del mismo FSLN hasta el año de 2006. Otro caso, fue el del conocido periodista Onofre Guevara, quien pasó a ser un disidente del FSLN desde 1995, reconociéndose en esta posición, como escritor en la página de opinión de El Nuevo Diario. En las filas del FSLN actual, no quedaron recuerdos del socialismo integrado y del socialismo en general, tan solo se manejan -cuando alguien los recuerda- las cansadas muletillas, con las que se les atacaba desde los años sesenta y que continuaron inalterables en los ochenta. Razón por la cual a algunos de los viejos ex -militantes socialistas, ni se les ocurre mencionar su pasado socialista, ante los nuevos compañeros. Finalizado la administración Barrios en 1996, se inició una especie de diáspora en la otra facción del socialismo. Años antes de su retiro Sánchez, como -Secretario General- le imprimió al partido un perfil socialdemócrata renunciando a las posiciones marxistas –leninistas, lo que no fue aceptado por la generalidad de la militancia. Por esta misma época, Sánchez renunció al partido y terminó siendo el encargado de la página editorial del diario conservador “La Prensa”. El Partido Socialista (de los Sánchez) pasó entonces a ser dirigido por el médico psiquiatra Dr. Gustavo Tablada, bajo cuya gestión a fines de los años noventa se produjo la dolorosa disolución del histórico PSN. Sin embargo sobreviven aún fracciones del mismo: la encabezada por el mencionado Dr. Tablada, quien mantiene hasta ahora una alianza con el Partido Liberal Constitucionalista del Dr. Arnoldo Alemán, lo forman un reducido núcleo de ex dirigentes que defienden esta alianza alegando el maltrato que históricamente han sufrido a manos del FSLN y que al menos el liberalismo –a diferencia del sandinismo- les ofrece la oportunidad de sobrevivir. Está el otro grupo de socialistas, el PSN que encabeza Enrique Ruiz Mendoza quien logró reunir parte de la antigua membresía de Managua, Rivas, Carazo y otros departamentos, participando hasta ahora en la alianza con la disidencia del FSLN (el MRS y Movimiento por el Rescate del Sandinismo) y con el Movimiento Patriótico por la República, MPR, a nivel internacional han logrado mantener relaciones con el Partido Comunista Cubano y con el Partido Socialista Obrero Español. Estos últimos coinciden en proclamar la reivindicación de las posiciones históricas y revolucionarias del antiguo PSN y su propuesta es reconstruir y reorganizar las estructuras nacionales del mismo. En esta dirección también se podrían señalar los intentos que desde 1990 realizó un grupo de militantes sandinistas provenientes del histórico socialismo fusionado de 1980. Quienes pretendieron desde dentro y fuera del FSLN constituir una tendencia marxista-leninista con la instancia: los Amigos del Socialismo y la Paz. Posteriormente con algunas decenas de ex militantes, lograron estructurar una organización que llamaron el Partido Unidad Popular (PUP) de efímera duración. El principal dirigente fue el médico Julio Briceño Dávila, acompañado de cuadros ex socialistas dirigentes como Federico Krauddy, Fernando Zúñiga, Porfirio García, Francisco Brenes, Lombardo Aburto y los fallecidos dirigentes: Mauricio Lacayo, Jorge Galo Espinosa y Abdul Sirker. Sus ejes de justificación estuvieron orientados primero a preservar los valores morales del proyecto revolucionario sandinista desde adentro del FSLN y después (en la década del 2.000) a la construcción de un verdadero partido marxista leninista, fuera de la estructura del Frente. En los últimos años, solo se conocen algunas reflexiones críticas personales, que ha presentado en los medios de difusión el Dr. Briceño, pero no se presume actividad de esta agrupación. Como tendencia general estas iniciativas han tenido hasta ahora serias dificultades para recuperar el brillo de las décadas anteriores, el derrumbe de la RPS en 1990, la caída del Campo Socialista entre 1989 y 1991, el discurso de la derecha moderada y recalcitrante contra las ideas socialistas, los triunfos de la derecha mundial, que “demuestran la inconsistencia del socialismo” como proyecto y a la vez el discurso apologético al nuevo orden neocapitalista. Todo esto, entre otras cosas, hace difícil aglutinar a nuevas generaciones de jóvenes, convertidos en consumidores de discursos distorsionados sobre los valores y las propuestas del socialismo.Los postulados ideológicos de los socialistas.Desde su surgimiento en 1944, los socialistas dijeron ser marxistas leninistas. “La lucha de clases es el motor que impulsa el progreso social y material de los pueblos” (Juan Lorío en prólogo a: Socialcristianismo. Su forma y su contenido de Onofre Guevara. Managua 1964,P 5). Así como esta expresión que los identificaba con los llamados partidos de nuevo tipo de orientación socialista el PSN a través de su historia se consideraba a sí mismo como el partido de los comunistas de Nicaragua, es decir dentro de una concepción mesiánica como el llamado a dirigir la revolución socialista en el país, la cual era considerada como algo inevitable “Justamente, nuestra época, en la que se resumen las mejores y más grandes creaciones del hombre en millones de años, está definida como la época en que se opera revolucionariamente la transición del capitalismo al socialismo”(Guevara Onofre 1965. P6).Los socialistas se proponían la toma del poder (siguiendo el modelo leninista de la revolución por etapas) pero en los años sesenta dentro de su concepción etapista, este objetivo lo dejaban demasiado implícito como lo deja entrever la siguiente cita “desde luego que los socialistas nicaragüenses no pretendemos en las actuales condiciones histórico- sociales hacer la socialización científica y verdadera. Creemos, y en eso encaminamos nuestras luchas, que en lo inmediato es necesario luchar por los derechos sociales para los trabajadores (seguro social, aplicación y ampliación de las conquistas laborales, mejores salarios, reducción del costo de la vida), por la democratización de nuestra vida pública y por la liberación nacional del tutelaje extranjero. Pero esas conquistas las planteamos no como el objetivo final, sino como un medio de aliviar las miserables condiciones económico –sociales en que el capitalismo sume a los trabajadores, mientras logran estos la liberación social definitiva.(Guevara 1965,p.30-31). Esta postura va a irse transformando, es la época que los socialistas llamaban el loriismo en donde el economicismo o la lucha sindical estaba en el centro y se obviaba públicamente en lo posible la contradicción clasista con el sistema, para definir que se perseguía como objetivo estratégico, la toma del poder político por la clase obrera.. Esto lo sustituían al plantear que la lucha inmediata era entre otras cosas por la democratización de nuestra vida pública y por la liberación nacional del tutelaje extranjero. Es decir la democracia que no al definían como democracia popular o democracia burguesa y la liberación nacional del dominio imperialista. En el otro objetivo se plantean las conquistas anteriores para mejorar las condiciones de los trabajadores (seguro social, aplicación y ampliación de las conquistas laborales, mejores salarios, reducción del costo de la vida), dentro del sistema capitalista mientras logran estos la liberación social definitiva. Es decir que la lucha por el socialismo debería de pasar necesariamente por las dos etapas anteriores. En 1972 en medio de una profunda confrontación con las posturas del FSLN, en una de sus publicaciones argumentaban sus puntos de vista defendiendo las tesis de los tres frentes, que según su concepción eran en los que descansaban los postulados básicos del marxismo – leninismo. Valga destacar que esta fue un planteamiento de los socialistas a través de la CGT(i) su frente sindical, es decir que desde esta posición gremial sustentan la toma del poder a partir de la lucha en las tres dimensiones que veremos a continuación. “La enconada lucha por resolver el antagonismo existente entre la burguesía y el proletariado y que unas veces adquiere las características de un enfrentamiento solapado y otras veces toma formas de huelga, de choques sangrientos y crueles, se desarrolla de manera permanente y tenaz en tres frentes fundamentales: el ideológico, el político y el económico.La lucha ideológica. Se manifiesta en el esfuerzo que desarrolla la burguesía (…) por mantener sometido al proletariado a sus concepciones idealistas del mundo y la sociedad (…) el desarme ideológico de los explotados (…) con la introducción del conformismo y demás sedantes a la lucha de la clase obrera. Esto por una parte y, por la otra (…) el esfuerzo del proletariado revolucionario por arrancar a las masas de la sumisión a la ideología reaccionaria de la burguesía y dotarlo de su propia ideología que es la concepción materialista de los fenómenos del mundo y de la sociedad con el objeto de transformarse en ella para transformar el mundo y la sociedad.(La Lucha de Clases, el sindicalismo y Revolucionarismo Pequeño Burgués. Folleto CGT(i) Managua,1972 s.p.i. p. 4)Esta concepción lo llevaba a una lucha en un escenario difícil de librar en una población en su mayoría analfabeta, con fuerte influencia religiosa, con una jerarquía eclesiástica fuertemente arraigada a una alianza con la burguesía y el capital, pero además aferrada a concepciones anticomunistas, que propagandizaban en los púlpitos la amenaza del comunismo ateo, como un nuevo demonio. Es decir que la confrontación más que contra los teóricos del capitalismo, era contra el atraso cultural, sin negar la ideología conformista e individualista que el somocismo y los medios del sistema trasmitían y reproducían a la población. Con respecto a la lucha política siguen diciendo en el material que el escenario de lucha es la que desarrolla …la burguesía como clase dominante para mantener su dominio en el poder estatal y utilizarlo para someter y reprimir al proletariado y demás sectores sociales oprimidos y que a su vez el también el proletariado y todos los oprimidos utilizan la lucha política con el propósito de arrebatarle a la burguesía el poder estatal y convertirlo en instrumento para ejercer su voluntad y concluyen que El problema central de la lucha política es la toma del poder político.(La Lucha de Clases, el Sindicalismo y Revolucionarismo Pequeño Burgués. Folleto CGT(i) Managua,1972..La lucha económica vista en esta época 7 años después, se diría que no presenta cambios sustanciales con respecto a lo planteado por Onofre en 1965 aunque no hablan de mejorar condiciones de vida de los trabajadores, sino de confrontar a los patronos capitalistas y derrotarlos.La lucha económica es la que llevan a cabo los capitalistas contra los trabajadores con el objeto de vencer la resistencia de estos a la explotación asalariada; y de la que se valen los trabajadores para “oponer resistencia a los capitalistas” para obtener condiciones ventajosas de venta de fuerza de trabajo(lucha exclusivamente sindical)en sus relaciones con grupos determinados de la clase patronal, pero no solo eso; la lucha económica es la que conocemos comúnmente como “tradeunionista”gremial o sindical. (La Lucha de Clases, el sindicalismo y Revolucionarismo Pequeño Burgués. Folleto CGT(i) Managua,1972 s.p.i. p. 5).Esta posición fue criticada por sus rivales, principalmente el FSLN, señalándole que aunque controlaran los sindicatos, solo planteaban la reivindicación salarial y que desde 1974 habían claudicado al pasar a ser parte de la unión opositora UDEL, encabezada por el Dr. Pedro Joaquín Chamorro. Los socialistas, se defendieron de estos ataques planteando que para la situación de Nicaragua la etapa de la lucha contra la dictadura se justificaba la unidad de todas las fuerzas anti dictatoriales y que rebasada esta etapa se pasaba a la de liberación nacional que la llevaría a chocar con los sectores burgueses de la oposición y que de aquí devendría la unidad estratégica con las fuerzas revolucionarias, de igual modo esta alianza debería continuar en la construcción del socialismo. Además, es evidente que la confrontación en el plano de la lucha económica no cesó con la alianza con la burguesía, en los años setenta las huelgas de la construcción y las hospitalarias se dieron entre los años de 1973 y 1975, contra las patronales capitalistas, se dieron de forma más cruda, cuando ya se había conformado la unión opositora UDEL.Aunque ha pasado mucho tiempo, los críticos de esta posición no establecen diferencias entre las posturas socialistas de una etapa y otra. Ejemplo no separan en sus análisis a la corriente de los Lorío que predominó hasta el año de 1967 y la que surgió de esta división. No explican la división -señalada anteriormente- que se dio entre los conservadores (el grupo de Sánchez) que plantearon que era necesario “respetar los derechos del aliado burgués” y concibieron el gremialismo en un fin y los radicales (Briceño-Ramírez) rompieron con los primeros y fueron a una alianza con las tendencias del FSLN y terminaron fusionándose con el mismo Frente en 1980, integrando su contingente y las organizaciones intermedias que estaban bajo su control. Pero sus críticos de la izquierda no actualizaron su pensamiento, para diferenciar la postura y práctica de los Briceño – Ramírez, de los Sánchez, cuando eran evidentes las diferencias, en concepciones y prácticas. Los rivales del PSN también ligaron la postura internacional de la Coexistencia Pacífica, enunciada por el Congreso partidario del PCUS en 1955 y aseguraban que esta fue impuesta por el PCUS a los Partidos Comunistas del mundo y que esta era la línea la que seguían los socialistas nicaragüenses. La coexistencia política, fue una política enunciada por el PCUS en su proceso de distensión mundial con el sistema capitalista para evitar una conflagración mundial con las potencias capitalistas y procurar el desarrollo pacífico de su sistema socialista, en plena Guerra Fría. La URSS tenía en su poder el la bomba atómica y la bomba H y según su dirigente N. Kruschev la distensión consistía entre otras cosas, en evitar la confrontación directa y aminorar los focos de tensión entre ambos sistemas. En un periodo de paz menor de veinte años la URSS iba a superar económicamente al Mundo Capitalista. Por esa razón y no por otras se lanzó propuesta de coexistencia pacífica de estados con distintos régimen, pero no se observa en la documentación una negación de las contradicciones internas de clase de cada país y las contradicciones antagónicas del socialismo de la URSS con el Capitalismo Mundial.Lo mayoría de las veces, se aplicaron de forma mecánica, las contradicciones chino-soviéticas en el campo internacional que se dieron a la largo de los años sesentas y setentas. Porque al plantearse la línea de la coexistencia pacífica, fue considerado por el Partido Comunista Chino como una traición a la Revolución Mundial de la dirigencia soviética. Las contradicciones entre estas dos propuestas propiciaron la primera división en el Campo Socialista y se denominaron: la línea maoísta y la línea pro-soviética.Los socialistas nicaragüenses, que proclamaban su eterna amistad y admiración por el PCUS y el papel rector de la URSS en el Movimiento Revolucionario Mundial y su lucha por la paz, condenaban las posiciones del Partido Comunista Chino y el Maoísmo. Alegaban que la posición y actuación de cada partido, obedecía a las particularidades internas de cada país y estos tenían su propia estrategia, totalmente independientes de la línea del PCUS y que no se debían confundir las contradicciones internas con las contradicciones mundiales. En Guatemala, Colombia y Filipinas, los Partidos Comunistas encabezaban la lucha armada contra los regímenes y gobiernos derechistas, siendo apoyados moral y materialmente por la URSS. Esto se dio, en la misma época de Coexistencia Pacífica, en que paralelo a ello la URSS desarrolló dentro de este afán una vasta ofensiva político-diplomática, para conjurar las provocaciones de los sectores más extremistas del Capitalismo Mundial. Pero no abandonó en ningún momento a los mencionados partidos. Valga reseñar en estas líneas, que Los partidos comunistas de Venezuela, Brasil, El Salvador, incluido el de Nicaragua (con las FARN), también organizaron algunos experimentos armados, en plena vigencia de la Coexistencia Pacífica. Razón por la cual quedan en entredichas, estas afirmaciones. Los socialistas del PSN por su parte, negaron que la URSS y el PCUS les trazaran la línea interna que deberían seguir en Nicaragua:“A la URSS íbamos a la Escuela de Cuadros del Partido en Moscú, estudiábamos filosofía y otros materiales, nos entrevistábamos con funcionarios de Partido Comunista de la URSS que atendían América Latina, hablábamos de nuestra experiencia interna, del trabajo político, ellos hacían algunas recomendaciones sobre la base de su experiencia, pero es falso,..son habladurías, eso que dicen, de que nos decían, lo que teníamos que hacer en Nicaragua”. (Entrevista a Jorge Galo Espinosa 19 de enero de 1996) Consideraban dentro de esta misma lógica que desde la desaparición de la Internacional en 1943, que orientaba una dirección vertical a los partidos comunistas, dado su falta de funcionalidad e inconsistencia el PCUS no estuvo, desde entonces (ni fue su objetivo) en capacidad de implantar líneas específicas, acerca de cómo debería orientarse la estrategia de un partido a nivel interno, aún cuando hubiesen, objetivamente, líneas generales, relación y colaboración entre estos y el PCUS. Los Partidos actuaban acertaban y se equivocaban, según su propia proyección y actuación interna.A pesar de la abundante documentación que existe sobre el particular en archivos públicos y privados no hay estudios empíricos que se orienten más al terreno de los hechos. Algunos escritores al momento aludir a este tema, se limitan a dar una explicación esquemática, prejuiciada y desfasada. Resultado entre otras cosas de las limitaciones de aquel tiempo histórico, en que se pensaba mas en el quehacer revolucionario, que en profundizar en los estudios. Aún no se alcanza a comprender en la actualidad, de que tales afirmaciones fueron producto de las fuertes contradicciones que existieron en la diferencia de líneas y de prácticas contrapuestas. El reto lo pueden asumir, nuevas generaciones de investigadores ajenos a los prejuicios que hemos señalado. ¿Hubo o no aportes de los socialistas a la sociedad nicaragüense? Para finalizar estas notas orientadas a realizar una aproximación al estudio de los partidos políticos en Nicaragua, y en particular el papel de los socialistas nicaragüenses y la corriente socialista, se hace necesaria una sustancial aclaración. es válido advertir que no solo el Partido Socialista representó a la corriente socialista, hubo tras agrupaciones identificadas con el socialismo marxista, sobre todo las surgidas en los años setenta, como el mencionado Partido Comunista de Nicaragua (PC de N), El Movimiento de Acción Popular (MAP), la Liga Marxista Revolucionaria (LMR), o Partido Trabajador Nicaragüense (PRT de filiación troskquista), aunque su proyección fue muy limitada con relación al PSN en los años que estudiamos, lograron aprovechar los espacios de los años ochenta para tener un crecimiento relativo. Pero a partir de de los años noventa se redujeron al mínimo o desaparecieron por completo de la escena política. Las mismas deben, de ser objeto de estudio en una ampliación de este mismo trabajo o posteriores estudios. Finalmente consideramos pertinente señalar que este trabajo va dirigido a la sociedad en general y es un modesto aporte para romper desde la perspectiva de la izquierda, con los esquemas sectarios que aún nos restringen y no nos permiten ver con la debida amplitud e integralidad, los procesos históricos contemporáneos. En esta dirección consideramos: Que con independencia de sus errores y limitaciones, fueron los socialistas organizados en el Partido Socialista Nicaragüense (PSN), los primeros en divulgar desde los años cuarenta, las ideas redentoras del socialismo en Nicaragua e imprimirle un contenido organizativo territorial a los movimientos populares de obreros, empleados, campesinos, mujeres, jóvenes etc. Que es evidente, que fue la presión de los trabajadores organizados en los sindicatos y organizaciones de los socialistas, los que hicieron posible conquistas sociales en distintas etapas de la historia, tales como el mencionado Código del Trabajo en 1945, la Ley de Inquilinato en 1957, los distintos ajustes salariales logrados en las mencionadas huelgas de 1973,1974 y 1975, etc. Que contrario a lo que se ha reafirmado el PSN, participó en la lucha armada a partir de dos experiencias político-militares las FARN entre 1966- 1971) y la OMP entre 1978-1979, aunque es válido señalar que no tuvieron las debidas dimensiones que se requirió para confrontar efectivamente al sistema. La primera muy efímera y la segunda fue el aporte de una de las fracciones en que se dividieron los socialistas, entre 1976-1977 y se integró a la lucha armada hasta el año de 1978. Esta organización aunque más extensa y mas experimentada que la primera, realizó pocas actividades como fuerza independiente al coordinar y realizar sus actividades con las tres tendencias del FSLN.Que las divisiones y contradicciones internas, las conductas inestables y vacilantes de sus máximos dirigentes a lo largo de su existencia (dejaron en evidencia el vacío de liderazgo y carisma individual que se requería para una dirección revolucionaria), no permitieron al Partido Socialista jugar un rol más beligerante en torno a vanguardizar la toma del poder, pero no se puede desconocer que los movimientos sociales no armados de mayor consistencia durante la dictadura, los dirigió el Partido Socialista Nicaragüense. Ejemplo de ello fueron: el movimiento de los inquilinos, las huelgas de los zapateros, y los transportistas en los años 50s y 60s, los movimientos campesinos en el Norte del país, tomas de tierras, como las de Mancarrón y Virgen Morena en Rivas en 1965, Sirama y Tonalá en 1978, las grandes huelgas de la construcción, y las hospitalarias en 1973 y 1975. Participación en los movimientos estudiantiles de 1966, 1967, 1971-1972, 1978-1978.Los movimientos comunales de los años 50s, 60s y 70s. Luchas que fueron dirigidas en la práctica por organización sociales intermedias del PSN, tales como JSN, la CCTAN, la CGT(i). , la OMDN, la FES, y los CDP, etc.Que fue también esta fuerza política -a partir de ser la primera organización realmente definida como izquierda- el principal semillero de todas las fuerzas de izquierda del país siendo el principal beneficiado el FSLN. Porque fue el trabajo paralelo en escenarios ajenos a la lucha armada de los socialistas -de lo que no se debe excluir a las otras tendencias marxistas- las que alimentaron al FSLN y le permitieron encontrar bases sociales politizadas tanto en la insurrección armada antisomocista de 1978- 1979, así como en la ejecución del proyecto revolucionario de los años ochenta.Bibliografía y otras fuentes consultadas y utilizadas.1-Barahona Amarú. Estudio sobre la Historia contemporánea de Nicaragua. INIES.1987. 2-Documento 3-20 OSN de 7 de noviembre de 1977. Archivo de Rafael Casanova Fuertes.3-Entrevista a Abdul Sirker diciembre de 1993. Ciudad Jardín, Managua4-Entrevista a Jorge Galo Espinosa 17 de enero de 1996).5- Socialcristianismo. Su forma y su contenido, de Onofre Guevara. Managua, 1964.(Publicación de la Comisión Política del PSN en forma de folleto)6-Entrevista a Efraín Rodríguez Vanegas. San José Costa Rica 5 de abril de 1994)).7-Entrevista a Miguel Bejarano Ruiz12 y 13 de septiembre de 1997).8-Entrevista a Fernando Zuñiga 1992- 1993.León)9-Gould, Jefrey. Amigos mortales enemigos peligrosos (1944-1946); y por su resistencia y pericia: las relaciones laborales en el ingenio de San Antonio (1912-1936).En: Anuario de Estudios Centroamericanos. UCR 13 (1) 25-42.1987. 10-Informe de la Comisión Internacional del Centro Universitario de la Universidad Nacional CUUN, al V Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua p. 25 León 6 de agosto de 1971). 11-La Lucha de Clases, el Sindicalismo y Revolucionarismo Pequeño Burgués. (Publicación de la Confederación General del Trabajadores independiente CGT(i) Managua,1972 s.p.i. ).. *El ascenso de Sánchez ocurrió de la forma siguiente: Álvaro Ramírez, renunció a la secretaría general en a finales de de 1967, por lo cual no participó nadie del PSN en el 70 aniversario de la revolución bolchevique en la URSS en noviembre de ese año; en febrero de 1968, el Comité Central sustituyó a Ramírez por Onofre Guevara y de inmediato fue enviado al exterior para representar al partido en la conferencia internacional de partido comunistas y obreros en Budapest en abril; así como para informar sobre las causas de la división del 67 y la renuncia de Álvaro y el nombramiento de otro secretario general. El régimen le negó el pasaporte a Onofre, y este salió por tierra, a pie, hacia Costa Rica, por uno de los puntos ciegos guiado por Rubén Jiménez–llamado “El Manco”—.Una vez en Costa Rica, Vanguardia Popular le proporcionó pasaporte tico, para asistir a Budapest y a Moscú. Logró en estas entrevistas, arreglar el reconocimiento oficial del PSN.El retorno fue de igual modo: a pie desde Honduras, en el mes de marzo, adonde lo fue a traer el dirigente campesino Pedro Rigby, siendo capturado el 5 de mayo y condenado a seis meses de cárcel. Al salir libre en noviembre del 68, fue avisado por Luis Sánchez y Carlos Salgado, del cambio operado en la dirección del partido de acuerdo “al principio de la dirección colectiva”: en consecuencia, Guevara le asignaron la representación oficial del PSN y la edición del semanario Tribuna: a Luis le recetaron las funciones políticas internas y las relaciones políticas del partido con otras organizaciones, o sea, las funciones del secretarlo general.En julio de 1969 se produjo la renuncia de Guevara, desde la cárcel, tras la represión que siguió al secuestro del terrateniente chinandegano Venerio Plazaola, y el ascenso de Luis Sánchez a la secretaría general del PSN. (Aclaraciones de Onofre Guevara, por correo electrónico Managua, febrero de 2012).
Rafael Casanova Fuertes Historiador y Ex-Miembro del P.S.N.

La Administración Bukele y la crisis del sistema político neoliberal Roberto Pineda

Introducción

Una gran alegría estar con ustedes, un abrazo de saludo.[1]  Voy a ser breve, y ojala podamos luego tener un diálogo o lo que sería mejor un debate, porque la verdad se construye mediante el intercambio de ideas, de visiones.

Voy a intentar presentarles un cuadro más que de coyuntura, de lo que percibo como las principales tendencias de la situación política internacional y nacional, esta última a partir de los cambios provocados por las últimas elecciones presidenciales del 3 de febrero de este año[2], la llegada al gobierno de Nayib Bukele el 1 de junio y sus primeros cien días de gobierno. Estamos en un nuevo momento como izquierda y país, con sus respectivos reacomodamientos, desplazamientos, y el surgimiento de nuevas contradicciones.

Antes de esto tocare algunos aspectos generales de orden teórico, que nos permitirán orientarnos en lo que a veces se percibe como un torbellino de acontecimientos que ameritan de nuestro interés y análisis. Y finalmente planteare algunos escenarios de futuro y desafíos. Intentare separar del análisis el manejo propagandístico, porque terminamos muchas veces creyéndonos nuestras propias invenciones, demonios y fantasmas.

Aspectos generales

El punto de partida de esta reflexión es el marxismo[3], la doctrina de la lucha de clases y del socialismo, de la estrategia y la táctica de la conducción revolucionaria. La estrategia y táctica de un partido es -nos enseñaba Lenin- «su conducta política, es decir, el carácter, la orientación y los procedimientos, de su actuación política.”[4]

Entenderemos por estrategia[5] en el campo político de la lucha de clases, la definición primero del enemigo principal a derrotar, segundo, de las alianzas para vencerlo. La estrategia trata del enemigo principal y a la vez de lo que hoy llamamos el sujeto de la revolución[6].  Para definir la estrategia se requiere de un análisis de país[7], de su economía, de su sistema político, de su cultura, de sus luchas. Esto nos permite definir en qué etapa de la revolución nos encontramos.  Nos da claridad, nos da rumbo, nos da certeza. Algunos consideramos que nos encontramos en la etapa de la revolución democrática antiimperialista.[8] 

Con respecto al enemigo principal es fundamental definir al enemigo concreto e inmediato y no al enemigo en general, distinguir al enemigo principal del enemigo secundario, así como aislar al enemigo principal, y aprovechar las contradicciones internas de los enemigos.

Pero no podemos quedarnos solo ahí, hay que pasar también a definir la táctica. Entenderemos por táctica la definición del objetivo a seguir en cada momento de auge o declive de la lucha popular, lo que Schafik llamaba flujo y reflujo[9], así como las formas de lucha y de organización, las consignas de propaganda y agitación en cada momento.

Y entender que al cambiar la situación cambia la táctica, el perfil táctico. Y ojo, nuestra situación ha cambiado. Ejemplos de estos cambios: de las formas de lucha de masas en los setentas[10] pasamos a la lucha armada en los ochentas[11], luego a la lucha electoral[12] en los noventas hasta hoy. De estar en la oposición a ARENA durante veinte años (1989-2009) , pasamos a estar en el gobierno durante diez años (2009-2019), y hoy pasamos de nuevo a la oposición.   

Y ¿por qué estamos hablando de estrategia y de táctica en una ponencia sobre coyuntura, sobre tendencias del país? Por una razón fundamental: una táctica revolucionaria no puede basarse en los sentimientos, en las emociones, en los lamentos, en culpar a la gente por nuestras debilidades, sino en un análisis del estado de ánimo de los sectores populares, de la correlación de fuerzas a nivel nacional e internacional, de los interés de clase en pugna, de nuestras fuerzas y las del enemigo, debe ser un análisis con cabeza fría aunque su posterior implementación requiera de un corazón ardiente. Es por esto que Lenin, el dirigente de la revolución rusa, insistía en el análisis concreto de la situación concreta.

Situación del mundo y del país

Es importante –lo dice la Biblia-separar el grano de la paja. Lo esencial de lo complementario en el análisis. Así como identificar los intereses de clase –lo dice Marx- ocultos detrás de los discursos, de las promesas, de las declaraciones, de las situaciones.  

El panorama internacional.

El aspecto principal de la situación internacional es que el balance de fuerzas se está modificando. Los Estados Unidos cada vez más ven limitadas sus posibilidades de definir a su favor las diversas temáticas del enfrentamiento global. Esto explica la situación de Siria, Corea del Norte, Venezuela, Afganistán, etc., pero también de las protestas en Hong Kong, en la que China tuvo que ceder. China aparece como una gran potencia económica, en disputa por la hegemonía del sistema capitalista. Y lo mismo la Rusia de Putin.

El presidente Trump y su lema de “Primero América” pretenden detener esta tendencia a la multipolaridad y restaurar la hegemonía estadounidense, desde una visión aislacionista, racista  y guerrerista, priorizando la guerra comercial contra China, y en general la fuerza militar sobre la diplomacia, lo que presenta un serio peligro a la paz mundial, en particular su campaña –calurosamente aplaudida por Israel y Arabia Saudita- contra Irán.

Por esto son importantes las elecciones de 2020 en Estados Unidos, que fortalecerán o derrotaran el proyecto de Trump. Ojala que las fuerzas democráticas estadounidenses logren detener este proyecto ultra reaccionario. Trump está preocupado al respecto.

Una de las peores pesadillas de  Trump, como supremacista blanco,  y su equipo ultraderechista es el inevitable cambio demográfico que ocurrirá pronto en Estados Unidos y que colocara a los hispanos/latinos como la mayoría electoral. Esto explica el odio de clase, racista, xenófobo, contra la emigración mexicana y centroamericana, en su esfuerzo por revertir esta tendencia[13]

Asistimos al nacimiento de un nuevo orden mundial multipolar diferente del unipolar surgido luego de la caída de la Unión Soviética, en el que Estados Unidos dictaba y ordenaba. La historia  no se terminó, como lo suponía en su libro Francis Fukuyama[14].

Por otra parte, el modelo neoliberal  global amenaza de nuevo con una crisis similar a la  sufrida en el 2007-2009. Este modelo vigente desde hace más de 30 años ha logrado revertir -mediante la flexibilización laboral, privatizaciones, tratados comerciales, etc.- los logros alcanzados durante décadas de lucha por los trabajadores en el norte y el sur global. La actual revolución tecnológica ha venido a fortalecer esta globalización neoliberal, en particular en lo ideológico a través del impacto de las grandes cadenas de comunicación, como CNN. 

Y en América Latina y el Caribe asistimos a una ofensiva imperial y de la derecha que ha logrado revertir las tendencias conocidas como ciclo progresista iniciadas a partir de la llegada de Hugo Chávez en 1999 al gobierno en Venezuela y que se expresa en derrotas electorales sucesivas de los gobiernos de izquierda  y de centro-izquierda, siendo nuestro país el último vagón de este tren. No obstante esto, que es la tendencia principal,  vemos emerger con interés la derrota reciente de Macri en la Argentina que ojala se repita en octubre, y logremos mantenernos en los gobiernos de Uruguay y Bolivia. Por otra parte, Venezuela y Nicaragua continúan sitiadas, bajo un ataque brutal.

Este es el escenario internacional en el que llega y gobierna Nayib Bukele.

El panorama nacional

Caracterización del régimen Bukele

A nivel nacional les comparto de entrada esta reflexión:

“Nayib es el resultado del agotamiento del modelo político instaurado en 1992 y a la vez expresión de una ramificada cultura política autoritaria, naturalizada e internalizada en los sectores populares e incluso en la izquierda; es la creencia que el “hombre fuerte”, el líder, el caudillo, define los destinos de la patria clasista, racista y patriarcal. Autoridad y obediencia son las vigas maestras de esta cultura autoritaria.”

“Comprender, descifrar  este complejo fenómeno es parte de la recuperación del respaldo y la confianza popular, que no es automático y no debe de serlo. Y en un delicado marco en que compartiremos la oposición política con la derecha oligárquica  y su poderoso aparato ideológico, y teniendo a las puertas en 2021 un nuevo enfrentamiento electoral.” 

“En este movedizo terreno, interpretar y acompañar de manera permanente el sentir popular es la clave, el corazón de nuestra conducta, y a partir de ahí establecer nuestra táctica de lucha es uno de nuestros desafíos como izquierda, por el contrario, pretender dictar de manera autoritaria “la línea” a ser obedecida por los sectores populares, seguramente nos conducirá a nuevas derrotas, porque los tiempos han cambiado, y lo que pudo ser válido en otros momentos, -en estilos de conducción- hoy podría estar ya claramente desfasado. Surge la necesidad de escuchar, acompañar,  preguntar, explicar, convencer en vez de mandar y ordenar.”[15]

Asimismo les comparto este otro planteamiento de abril de este año:

“Nos encontramos claramente ante una nueva recomposición del bloque hegemónico, -ante el colapso del bloque anterior surgido en 1992-que fue iniciada desde el gobierno de Saca y hoy se cristaliza en el triunfo de Bukele, y que es el resultado en el plano político de los profundos cambios económicos y sociales que por una parte, han desplazado a los viejos poderes oligárquicos y por la otra, del fracaso en consolidar por la vía electoral un poder popular.”

“Representará una vía de centro-izquierda y pro mercado (socialdemócrata) en oposición a la izquierda de los gobiernos nucleados en el ALBA. Es además un bonapartismo sui generis el que presenciaremos del 2019 al 2024. El gobierno Bukele será anti oligárquico pero no antiimperialista; pro empresarial pero no necesariamente neoliberal.”

“Y sucede en el marco de una ofensiva planetaria conservadora que llevó a la presidencia de Estados Unidos a Trump, que ha barrido con gobiernos de izquierda y centro-izquierda en Sudamérica (Brasil, Argentina, Chile) y que mantiene en jaque a los gobiernos de Venezuela y Nicaragua, integrantes del ALBA.”[16]

Nayib Bukele, nacido en 1981,  representa los intereses de un sector de la pequeña burguesía empresarial de origen árabe palestino. Viene de una familia progresista. Su papá, Armando Bukele, fue un opositor a la dictadura militar, amigo cercano de Schafik.  No viene de la derecha. Es el propietario de la distribuidora de motocicletas Yamaha y otras compañías que ofrecen servicios de publicidad. No viene ni es un gobierno de la oligarquía. Ni viene de la derecha ni de la oligarquía.

Esto es clave. Es importante su identificación de clase  porque esto explica su naturaleza bonapartista, de creerse salvador de la nación, mesías criollo, que al lograr hacer estallar el sistema de partidos políticos, pretende colocarse más allá de las ideologías, más allá del bien y del mal, de la derecha y de la izquierda. Es un gobierno mesiánico, icónico pero a la vez pragmático. Es un gobierno en disputa entre sus promesas de campaña de donde deriva  su respaldo popular y las necesidades de su estabilidad garantizadas por sus alianzas. 

En este marco, existen aspectos esenciales del proyecto político de Nayib Bukele, desde su campaña para la alcaldía de Nuevo Cuscatlán en el 2011,  luego en la alcaldía de San Salvador (2015-2018) , en la construcción de su partido Nuevas Ideas a partir de octubre de 2017 y durante estos tres meses en el Ejecutivo, hay los siguientes rasgos:

Elevado respaldo popular

Esto es lo esencial, lo determinante  y para nuestros intereses y futuro como izquierda es lo más preocupante, ya que pesca en nuestras aguas, en las correntadas  de los sectores populares, y con caña de pescar nueva. Como izquierda nos encontramos en situación de disputa de estos sectores populares, que son nuestra razón de ser. Y debemos registrar que el estado de ánimo de la gente ha cambiado.

Ya habían ocurrido antes diversas situaciones parecidas.

En 1961 surge el Partido Demócrata Cristiano, PDC  y con un dirigente muy carismático, el Ing. José Napoleón Duarte (con Duarte aunque no me harte decía la gente)   y logra conquistar la alcaldía de San Salvador en 1964. En esa época no teníamos instrumento electoral. Nos disputaba los sectores populares, en particular las vendedoras de los mercados, que eran muy combativas, estaban enamoradas de él, asimismo nos disputaba el magisterio.

En ese periodo nosotros andábamos en la onda insurreccional con el FUAR y en la onda obrerista, haciendo huelgas y construyendo sindicatos. Luego este mismo personaje ya como presidente en los ochentas forma la Unión Nacional Obrero Campesina, UNOC, que entra en disputa con  la UNTS, que era influenciada por el FMLN. Por otra parte, ARENA durante 30 años nos ha disputado los sectores populares. Su base social es popular. Pero hoy hay aspectos diferentes. Venimos de una gran derrota política y electoral. Perdimos más de un millón de votos.[17]

Este respaldo ciudadano ha incluso paralizado el accionar de  los diversos integrantes del movimiento popular, que además de unas cuantas declaraciones, no han logrado de manera articulada movilizarse de forma contundente alrededor  de los miles de despidos injustos en los ministerios, o el cierre de programas sociales.

No logramos convertir la sorpresa en protesta. Y esto es preocupante porque también es el resultado de una década de  desmovilización popular. Y es clave para las batallas futuras contar con un movimiento popular fuerte y combativo. Únicamente los excombatientes han salido a las calles, así como los ya tradicionales cierres populares de calles por  la falta de agua.[18]                                                          

Focalización en la juventud.

En particular en los millenials, le ayuda para esto su edad, 37 años, y su correspondiente manejo de la tecnología digital.  Logra comunicarse con este sector, de los nacidos entre finales de los ochentas y el 2000, y a la vez lo representa en sus rasgos culturales.  La generación anterior, -a la que pertenezco- es la de los baby boomers, que nacen luego de la Segunda Guerra Mundial. El último censo poblacional fue en el 2007, identifica a los jóvenes o adolescentes, entre 15 y 24 años, con el 20 por ciento de la población. [19]  Pero la juventud no solo es número, es potencialidad de transformación social, es radicalidad, es creatividad, etc.

Estilo autoritario.

Es un rasgo de su personalidad que encaja en el imaginario popular de lo que debe ser un gobernante. En nuestro caso no pudimos cumplir ese estándar, se percibía como un gobierno débil.  Esto explica el gobernar a través de twitter, los fatídicos “Yo ordeno…”, los despidos de familiares de dirigentes del FMLN, de empleados públicos, etc. [20]  Esto es muy peligroso y debemos enfrentarlo enérgicamente porque puede conducir a la limitación progresiva de nuestros derechos políticos y sociales.

Estilo pragmático.

Importan los resultados. Delincuencia (el Plan de Control Territorial, bajar los índices de muertes), corrupción (la CICIES), política internacional (las visitas de funcionarios, incluyendo a Nancy Pelosi y a Warren Buffett). Y en política, sepámoslo, las percepciones son realidades. Si no revisen la última encuesta sobre gobierno, partidos políticos y seguridad de la Prensa Gráfica. [21]

Estilo virtual.

Uso de redes establece un nuevo estándar de relación entre gobernantes y gobernados. Lo mismo sucedió en la campaña electoral, nosotros suponíamos que por no contar con estructura organizada territorial Bukele iba a fracasar y no fue así.  Las redes, el Facebook, el Instagram, el Twitter, le resolvieron este difícil problema. Debemos tomarlo en cuenta.

Estilo espectacular.

A la gente le gusta el espectáculo, el ilusionismo, el show, el estilo relajado, cool, bromista. Así somos, la gente rechaza lo solemne, lo adocenado. Hasta las corbatas, hasta las guayaberas, la gente lo relaciona con burocracia, con  dilapidación de recursos.

Nueva relación con Estados Unidos.

Viene a satisfacer la necesidad de seguridad económica de un sector de la diáspora y población en general. Acordémonos de las remesas y por esto goza de amplio apoyo popular. La gente lo aplaude. Esto nos afecta como izquierda ya que contribuye diplomáticamente al bloqueo de  Cuba, de Venezuela, de Nicaragua. Nos afecta porque la soberanía y la independencia se convierten en monedas de cambio  del juego político.

El combate a la delincuencia.

En tres meses logra disminuir los índices de asesinatos. Y de esta forma satisface una –quizás- la necesidad más sentida de la población, la necesidad de seguridad en sus comunidades. Esto es el corazón de la estrategia ya como gobierno. Existe un odio popular a la delincuencia que a veces nos cuesta interpretar por nuestra formación humanista.  A futuro, como izquierda nos corresponde diseñar una política que asegure mediante la organización popular la seguridad ciudadana y el rechazo a la militarización vigente.

Lucha contra la corrupción.

La gente apoya la CICIES. La clase política la rechaza. Es un pulso político en el que si se establece Nayib gana y si no se establece también gana porque le echara la culpa a los partidos políticos, a los que él llama los “mismos de siempre” acusándolos de proteger la corrupción. Se acuerdan de lo poderoso del lema: “devuelvan lo robado.” Y de nuevo, en política, las percepciones son realidades.

Rechazo del sistema político.

Bukele es el producto de la crisis del sistema político neoliberal, que surge de los Acuerdos de Paz de 1992, y de la Constitución dabuisoniana de 1983.  La gente no se siente representada por los partidos políticos, ni por todo el andamiaje institucional. No confía en los jueces, ni en  los diputados, ni en los magistrados, ni en los generales, ni en los gobernantes en general.

¿Dónde estamos?

Les comparto unas reflexiones realizadas en marzo de este año:

“La derrota del 3 de febrero es de carácter estratégico global; incorpora los diversos niveles de la conducción estratégica partidaria, implica una ruptura epistemológica-política con el quehacer actual caracterizado por el electoralismo interno, y el clientelismo político de cara a los sectores populares.”

“Entre las salidas a la crisis existen dos extremos que debemos de evitar. Por una parte se encuentra la nostalgia de girar hacia la izquierda, de regresar a nuestras “seguras” raíces obreristas y marxistas-leninistas, que fueron la característica de nuestra izquierda por más de sesenta años, desde la creación del PCS en 1930 hasta los Acuerdos de Paz de 1992. Por otra parte, se encuentra la tentación de morder la manzana socialdemócrata, girar hacia la derecha.”

“En el primer caso, la ventaja sería contar con fórmulas ideológicas definidas pero a la vez el peligro el de convertirnos en una nueva secta, minoritaria y marginal, como algunas de nuestras formaciones en la izquierda. En el segundo caso, la perspectiva es la de transformarnos -quizás profundizar aún más en el camino ya recorrido-en un partido apéndice del sistema político, integrado y funcional al sistema capitalista vigente.”

“Y entonces el dilema a resolver radica en como conservar lo acumulado en cantidad y en calidad, -que no es poco y es realmente valioso-, pero damos el viraje hacia nuevos teatros de lucha que nos permita recuperar la confianza popular, el principal objetivo a lograr para superar esta crisis de credibilidad. La magia está en buscar un camino propio, con audacia, como lo hemos hecho a lo largo de estos 100 años.”

“El problema principal radica en que amplios sectores han perdido confianza en nuestra naturaleza revolucionaria. Este es un problema grave, inédito y complejo. Recuperar esa confianza llevara tiempo y exigirá mostrar no a través de discursos rimbombantes, sino mediante evidencias concretas que este viraje hacia la lucha se está realizando.”[22]

Escenarios a futuro

Podemos dibujar tres grandes escenarios:

Consolidación del nuevo modelo.

Nayib Bukele tiene tres grandes  fortalezas: la principal es el respaldo popular el cual podría manifestarse en el 2021 como conquista del legislativo. Esto vendría a fortalecer su proyecto político, y a concluir el desmontaje del sistema  vigente.

Otro pilar es el respaldo internacional, que incluye el de la clase política estadounidense, no solo de Trump sino también de Pelosi, no solo entonces del elefante sino también del burro. Agreguemos la Unión Europea. Y el México de López Obrador.

Y quizás hasta de China, ya que la ruta de la seda no hace distinciones ideológicas, negocios son negocios.  4 grandes pilares internacionales. Y a la vez tres adversarios regionales como  Guatemala, Honduras y Nicaragua, cada uno de estos por sus propias razones.  Y probablemente el respaldo de las fuerzas armadas, dado el reciente relevo generacional en sus filas.   Y como adversarios internos están los partidos políticos, los medios de comunicación  y la empresa privada.

Coexistencia del nuevo modelo con la oligarquía. 

Otra variable es que el gobierno de Nayib Bukele podría –únicamente de necesitarlo- extender una “mano amiga” hacia la empresa privada, hacia la oligarquía en general y en particular hacia su sector árabe, que recientemente abrió su propio banco, el  Abank, antes Banco Azteca y hoy propiedad  de la familia Salume; así como darles un reconocimiento a los medios de comunicación y tratar con respeto a los partidos políticos. Esto tendría costos electorales por lo que sería más viable a partir de los resultados del 2021. Los Estados Unidos seguramente empujaran junto con su nuevo embajador Johnson, por este desenlace, de ser posible incluso antes del 2021. Esto les permitiría mayores niveles de incidencia sobre Bukele.

Otra posibilidad hipotéticamente posible,  aunque muy difícil  por los roces habidos,  es la de un acercamiento entre Nayib Bukele y el FMLN, la cual sería altamente preocupante no solo para Estados Unidos, sino también para la oligarquía y el partido ARENA, que confía en que sea el FMLN el que de la batalla principal contra  el actual presidente.

Fracaso del  nuevo modelo.

También existe esta posibilidad. Es muy difícil mantener de manera permanente niveles altos de aceptación popular, al final, la gestión gubernamental desgasta. Si el presidente Bukele y su administración cometen errores graves la factura será alta. Diversos temas podrían ser catalistas de este viraje como son la lucha contra la corrupción, contra la delincuencia, baja súbita de niveles de vida, trato hacia los migrantes, rechazo al autoritarismo, etc. Todas esta son granadas con espoletas activadas. Y los partidos políticos, medios de comunicación  y empresa privada esperan ansiosos este desenlace.

Las amenazas  a los diversos actores de esta obra

Bukele enfrenta como Edipo, el enigma de la esfinge esta vez de la historia. Para mantener sus  niveles de popularidad debe necesariamente romper con el modelo neoliberal pero si lo hace perderá aliados estratégicos como el gobierno estadounidense y la Unión Europea.

Políticamente, la principal amenaza para los Estados Unidos, es la reanudación de la alianza entre fuerzas democráticas y progresistas, rota inexplicablemente en octubre de 2017, y que fue la alianza que garantizó el inicio del ciclo de gobiernos progresistas en El Salvador en el 2009 y continuado en el 2014.

En el caso de la derecha o sea de ARENA, PCN, PDC, Vamos, Nuevos Tiempos  e incluso algunos sectores de GANA, es la de ser barridos del mundo de la política y que sus financistas, los dueños de estos partidos,  decidan buscar otros horizontes, incluso el de tocar a  las puertas de Nuevas Ideas.

En relación al FMLN, la principal amenaza consiste en que su política de oposición sea interpretada por los sectores populares como un imperdonable apoyo a la delincuencia y a la corrupción; y además sirva para hacerle el trabajo político a ARENA, que esperara confiada los resultados de  estas acciones. La experiencia de estos dos años nos indica que este tipo de acciones se revierten. Se requiere afinar el abordaje político frente a Bukele, no caer en su juego.

En el caso de los medios de comunicación tradicionales seguramente buscaran una coexistencia pacífica con el régimen Bukele, tuvieron ya diez años de gobiernos del FMLN para aprender el arte de la simulación. Esto mismo aplica en el caso de la Iglesia Católica Romana y las demás iglesias evangélicas. 

Los desafíos

Ante la complejidad de esta situación se vuelve necesario hoy más que nunca impulsar la lucha ideológica, educar políticamente en un pensamiento emancipador tanto a la militancia de izquierda como a los sectores populares, que reúna diversas características. Y digo emancipador no digo marxista, porque debemos incorporar otras miradas, otras lecturas, como la feminista, la teología de la liberación, la poscolonial, etc.

Entre las características de este pensamiento emancipador está la de ser crítico,  no aferrarse a dogmas, reivindicar la audacia; estratégico, manejarnos con un horizonte a mediano y largo plazo, y no permitir que la inmediatez – la próxima elección, la próxima huelga- nos ahogue. ¿Cómo nos vemos de aquí  a diez, veinte, treinta años? Esto es clave porque frecuentemente el torbellino de acontecimientos nos impide ver el bosque.

Un pensamiento histórico, debemos conocer y profundizar sobre la rica y variada historia revolucionaria de nuestro país, es una tradición ya bicentenaria. Un pensamiento que vincule lo local con lo global. El internacionalismo. Nuestras luchas forman parte de las luchas por la dignidad, por la igualdad, por la justicia que hombres y mujeres efectúan en todos los rincones de este mundo. No somos una isla, somos parte de un continente, nos decía el epígrafe de John Donne en la introducción de la novela Por quién doblan las campanas de Hemingway.

Un pensamiento ecológico, que tome conciencia que el capitalismo está destruyendo el planeta en el que vivimos; miren los incendios provocados en el Amazonas;  miren los destrozos causados por Dorian en las Bahamas; y finalmente un pensamiento tecnológico, que tome en cuenta los avances de este nuevo mundo del internet y los smartphones, de la inteligencia artificial y  los hologramas.

No es fácil la tarea, pero como decía el Che el presente es de lucha, el futuro es nuestro. Y como decía nuestro querido Schafik, la lucha…continúa.

Gracias!


[1] Ponencia realizada el 7 de agosto en Escuela de Cuadros de Planes de Renderos, invitado por secretaría de Educación del FMLN

[2] Pineda, Roberto. El desafío urgente de la izquierda en El Salvador. Febrero de 2019. https://www.alainet.org/es/articulo/198013

[3] Pineda, Roberto. Pensamiento y praxis del marxismo en El Salvador. Abril 2014. https://www.alainet.org/es/active/72906

[4] V.I. Lenin. Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática.  Editorial Progreso. Moscú. 1980.  Pag.18

[5] Tomo como referencia la parte relativa  a estrategia y táctica del libro Marxismo Vietnamita de Truong Chinh. Colección 70. Ediciones Grijalbo. México D. F. 1970.

[6] https://ecumenico.org/mpties-realiza-charla-sobre-el-sujeto-revolucionar/

[7] Un ejemplo de esto son las Tesis del VII Congreso del PCS, de marzo de 1979. https://ecumenico.org/segunda-parte-de-tesis-y-fundamentos-del-pcs-1979/

[8] Ibid.

[9] Pineda, Roberto. Schafik Handal y la conducción estratégica de la guerra circa 1985. https://www.alainet.org/es/articulo/171135

[10] Pineda, Roberto. Lucha de masas, lucha electoral y represión política en El Salvador de 1975. https://ecumenico.org/lucha-de-masas-lucha-electoral-y-represion-politic/

[11] Santacruz, Domingo. La construcción del Partido FMLN y el aporte de las cinco organizaciones históricas que lo constituyeron. https://www.marxists.org/espanol/tematica/elsalvador/reflecciones/index.htm

[12] Handal, Schafik. El FMLN y la vigencia del pensamiento revolucionario  en El Salvador. 2005. https://www.marxists.org/espanol/handal/2005/dic01.htm

[13] Los hispanos serán mayoría en EEUU la próxima década. https://www.elmundo.es/america/2013/03/19/estados_unidos/1363730296.html

[14] https://www.academia.edu/28455906/F._Fukuyama_End_of_History_and_the_world_after_the_end_of_Cold_War.pdf

[15] Introducción a libro del autor El primer gobierno de Izquierda en El Salvador,  Ediciones Prometeo Liberado. San Salvador, 2019 próximo a  ser publicado.

[16] Pineda, Roberto. El proyecto político de Nayib Bukele y sus perspectivas. Abril de 2019. https://www.alainet.org/es/articulo/199202

[17] https://elmundo.sv/fmln-perdio-1-1-millon-de-votos-presidenciales-y-arena-perdio-657000/

[18] https://lanoticiasv.com/protestas-por-falta-de-agua-potable-colapsan-el-trafico-en-distintos-puntos-de-san-salvador

[19] https://actualidad.rt.com/actualidad/316640-bukele-presidente-millennial-salvador

[20] https://www.elsalvadortimes.com/articulo/politicos/nayib-bukele-dictador-potencia/20171031003055030826.html

[21] https://www.laprensagrafica.com/lpgdatos/Nuevas-Ideas-crece-en-simpatias-20190901-0290.html

[22] Pineda, Roberto. Algunos apuntes sobre la actual crisis de .a izquierda salvadoreña. Marzo de 2019. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=253419

San salvador, 7 de agosto de 2019

El significado histórico de Salvador Cayetano Carpio Roberto Pineda

Ponencia presentada en presentación del libro El rostro oculto del Comandante Marcial, realizada  en el Centro Cultural Nuestra América, el 27 de agosto de 2019.

  1. Agradecimiento y felicitaciones

En primer lugar deseo agradecerle a Domingo por permitirme comentar su interesante libro  El rostro oculto del Comandante Marcial. Considero que es importante en este momento de mucha confusión, el buscar en nuestra trayectoria historica los valores y las experiencias que nos permitan enfrentar los complejos desafíos que  se alzan ante los sectores populares y la izquierda en El Salvador.

  • Sobre el papel de la personalidad en la historia

El marxismo nos enseña que existe una estrecha relación entre las personalidades destacadas, los dirigentes y los sectores populares. Si bien el ser social determina la conciencia social, o sea las condiciones sociales determinan las ideas, las visiones de las personas, de los individuos, pero estos a su vez pueden con su práctica y con sus proyectos, ponerse al frente de los acontecimientos e impulsarlos, para transformar la realidad.

Así funciona la dialéctica de la vida y de la historia. Hay personas que por sus capacidades y cualidades excepcionales se convierten en personalidades, aunque actúan en el marco de sus realidades históricas, en el que los sectores populares desempeñan el papel decisivo.

Las personalidades son por lo tanto producto del desarrollo social, del nivel alcanzado por la lucha de clases en determinada sociedad. Reflejan las peculiaridades de su clase o grupo social. Son personalidades destacadas, porque reflejan las demandas históricas, y contribuyen al progreso social. Todo esto fue abordado magistralmente por Jorge Plejanov en su conocida obra “El papel del individuo en la historia.”

Las personalidades inciden fuertemente en los procesos sociales, que se caracterizan por su complejidad contradictoria, por el choque de intereses entre clases opuestas. Las aspiraciones de estas personalidades, sus necesidades, sus luchas, sus fortalezas y debilidades reflejan precisamente este choque de intereses. No podemos explicar la historia exclusivamente mediante la psicología individual sino que debemos remitirnos al conflicto de clases, de fuerzas sociales en pugna. Salvador Cayetano Carpio, sin duda alguna, fue una de estas personalidades.

  • Sobre el libro acerca de Salvador Cayetano Carpio

Es en este marco global que debe ubicarse la trayectoria histórica de Salvador Cayetano Carpio, su destacada participación sindical y militancia política en el Partido Comunista por 25 años y su conducción de las Fuerzas Populares de Liberación por 13 años y el desenlace trágico, inesperado, doloroso de su vida.

El libro de Domingo se divide en diez capítulos y tres anexos. Nos acercan a la década de los sesenta, setenta y ochenta  del siglo pasado, tratan sobre el papel primero de Saúl y luego de Marcial, pseudónimos de Salvador Cayetano Carpio,  con relación al FUAR, al PCS, al movimiento sindical, a las FPL  y al FMLN.

El primer capítulo trata sobre  antecedentes históricos, su captura en 1952 narrada en la clásica obra de su autoría, Secuestro y Capucha. Domingo también rescata del olvido el papel de Ana Rosa Ochoa y su librería Claridad, ubicada en el centro de San Salvador en esa época, y que distribuía literatura marxista.

Salvador Cayetano Carpio nace en Santa Tecla el 6 de agosto de 1918. Se suicida en 1983 a los 64 años de edad. Su papá, de nombre José, originario de Chalatenango, era zapatero, y nunca lo conoció. Su mamá, Marcos Cerro, empleada doméstica, era de Cojutepeque. Su niñez la vive inicialmente con su abuela en el Mercado Central y luego, con monjas.

Y en su temprana adolescencia asiste al seminario de los somascos, el Emiliani, frente a la iglesia de Guadalupe. A los 13 años, siendo un niño,  en respuesta a maltratos huye del seminario y comienza ganarse la vida, en diversos oficios. Como aprendiz de zapatero experimenta los castigos crueles de la época; participa en las cortas de café en santa Ana; luego se va a Guatemala,  ahí se encuentra en 1932; ingresa como aprendiz de panificador y aprende ese oficio en el hospital de Antigua Guatemala.

En 1941, a los 21 años regresa a El Salvador y trabaja en diversas panaderías. En junio de 1943 encabeza una exitosa huelga por aumento salarial y mejores condiciones de trabajo. En 1945 el régimen militar de Salvador Castaneda Castro lo captura por su actividad sindical. Ese mismo año, a los 27 años de edad, ingresa al PCS reclutado por el abogado Toni Vasiliu Hidalgo. Rápidamente asciende en el PCS y se convierte en secretario de organización. Y se esfuerza por reorganizar el movimiento obrero. Es de nuevo capturado en septiembre de 1952 junto con su compañera Tulita Alvarenga. Es liberado en 1956 y parte hacia la URSS a la Escuela de Cuadros y asimismo realiza una estancia en la recién liberada República Popular China. Regresa al país en 1961. Y ahí empieza la historia narrada en el libro.

El segundo capítulo del libro es sobre el Frente Unidos de Acción Revolucionaria, FUAR. El tercer capítulo sobre el V Congreso del Partido Comunista de El Salvador, PCS. El cuarto capítulo sobre la huelga de los panificadores de 1967.  Debo reconocer que es primera vez que escucho sobre este episodio de los rompe dedos.

El quinto capítulo sobre la renuncia de Saúl al PCS, marzo de 1970. El sexto capítulo trata sobre frecuentes cambios de conducta en Saúl. El séptimo capítulo trata sobre la construcción inicial de la unidad revolucionaria.  El octavo capítulo sobre la visión de Marcial sobre la unidad. El noveno capítulo sobre el asesinato de Ana María y el suicido de Marcial. El décimo capítulo trata sobre la Comandante Ana María.

  • Conclusiones

Es importante establecer los principales y valiosos aportes de la práctica política  de Marcial, que abarcaron más de 40 años, y que permitieron hacer avanzar el proceso revolucionario salvadoreño. Entre estos se encuentran los siguientes:

1.27 años (1943-1970) dedicado al fortalecimiento del movimiento obrero.     2. La cárcel y la tortura contra él y su compañera Tulita en 1952 no le hicieron desistir de sus ideas revolucionarias. Se mantuvieron ambos firmes.                                                                                     3. El mérito histórico de identificar la lucha armada como vía principal para la derrota de la dictadura militar.                                                                                                           4. La construcción sacrificada de una poderosa y ejemplar organización político-militar, las Fuerzas Populares de Liberación, FPL Farabundo Martí. Reivindicando el nombre de Farabundo Martí, de la insurrección de 1932.                                                                                               5. La construcción de un poderoso y combativo movimiento de masas, el Bloque Popular Revolucionario, BPR. El más grande movimiento popular de nuestra historia.

Es importante también profundizar sobre las raíces del pensamiento que estuvo a la base de la práctica de Marcial. Considero que el pensamiento de Salvador Cayetano Carpio, de raigambre artesanal, porque esa era su procedencia social, que estuvo influenciado fuertemente por tres visiones: el dogmatismo, el sectarismo y el mesianismo. 

La mezcla explosiva de estas tres visiones le condujo finalmente al asesinato como medio para resolver diferencias políticas.  Este asesinato, el de Melida Anaya Montes, su segunda al mando, lamentablemente, dolorosamente, vino a borrar de tajo una brillante hoja de servicios a la revolución salvadoreña.

El caso de Marcial tiene un parangón histórico, la personalidad de Stalin. Stalin fue de los primeros bolcheviques, vivió la clandestinidad, estuvo desterrado en Siberia, impulsó la industrialización de la Unión Soviética, derrotó a los ejércitos nazis en la Segunda Guerra Mundial, pero a la vez como lo denunció Jruschov en el XX Congreso del PCUS, en febrero de 1956, fue el responsable de múltiples crímenes y violaciones a la legalidad socialista, de los famosos juicios de Moscú, lo que determinó que fuera borrado, eliminado del listado de héroes de la revolución rusa.

Hablamos de dogmatismo refiriéndonos a lo que Marcial -quizás por su formación marxista- consideraba categorías del marxismo como fetiches, como verdades intocables. Partía de una concepción lineal, determinista, mecanicista (necesidad histórica, inevitabilidad del socialismo). Entre estos dogmas se encontraba el de la clase obrera (obrerismo); la alianza obrero-campesina, el papel de vanguardia del proletariado, etc.  Esta situación determinó que él no pudiera avanzar y cambiar, su pensamiento se rezagó con respecto a  la realidad, no tuvo siempre la capacidad de plantear nuevas respuestas ante nuevas situaciones.

El obrerismo fue muy dañino y ya Lenin había explicado que en el seno del partido revolucionario de nuevo tipo desaparecen las diferencias entre obreros e intelectuales y se pasa a ser militantes. Marcial no comprendió esto.

Caracterizamos como sectarismo a que las FPL se presentaban como las únicas dueñas de la verdad revolucionaria, como la indiscutible “vanguardia proletaria”, única organización consecuente y las demás eran “desviadas”, “revisionistas”; “pequeño burguesas”; aparecía como la única con una estrategia correcta: la guerra popular prolongada, etc.

Esta visión sectaria en las FPL fue trasladada a la praxis desarrollada por el Bloque Popular Revolucionario, BPR,  y sus fuerzas integrantes, lo que bloqueó en aquella época cualquier posibilidad de unidad con otros sectores populares y afectó la construcción de alianzas con sectores democráticos. E incluso esta visión sectaria predominó en los primeros años de la Guerra Popular Revolucionaria, allá en Chalatenango.

Algunos de los que estamos aquí y que militamos sea en el PC o en las FPL, vivimos esas experiencias. En mi caso, a principios de  los años setentas, como dirigente de AES, la Asociación de Estudiantes de Secundaria, en esa época, experimenté la frustración por las actitudes sectarias de los compañeros del MERS, del Movimiento de Estudiantes Revolucionarios de Secundaria, hubo muchas huelgas en institutos nacionales que pudimos haberlas hecho conjuntamente y obtenido mejores resultados. Pero el MERS si bien era muy combativo a la vez era muy sectario, en seguimiento a la línea  que recibía.

Y también existió en la conducta política de Marcial, rasgos de mesianismo, particularmente  en los últimos años en los que él construyó alrededor de su persona un enfermizo culto a la personalidad, una alta concentración de poder, y tuvo promotores internos y hasta externos para esto, como el mexicano Mario Menéndez, director del diario Por esto! que lo bautizó como el Ho Chi Minh de América Latina.

En el caso reseñado en el libro del FUAR, por su dogmatismo, Saúl no pudo comprender, a inicios de los años sesenta la necesidad de pasar a nuevas formas de lucha, entre estas la armada y se aferró a la lucha sindical. Fue hasta el final de la década que rectifica esta posición y  se lanza a la lucha armada.

En el caso del V Congreso del PCS de marzo de 1964, en su dogmatismo Saúl en vez de fortalecer al PCS llevando “obreros” a su dirección, asumiendo como secretario general y desplazando a Daniel Castaneda, termina debilitándolo ya que estos vienen a reproducir sus estilos de trabajo artesanal y economicista. 

En el caso de la huelga de los panificadores de 1967, Saúl no toma en cuenta el estado de ánimo de los sectores populares, y se ve obligado a  utilizar métodos de lucha que no vienen a promover mayores niveles de organización y conciencia, sino que generan rechazo y aislamiento.

En el caso de la ruptura del PCS, en los años 69-70 prevaleció una visión sectaria, en la que de manera maniquea se acusaba a un sector de pequeño burgués y derechista, cuando esta fractura pudo haberse evitado y con esto se hubiera hecho avanzar el proceso revolucionario, que luego llevo diez años de agudas polémicas entre una izquierda dispersa, hasta lograr la unidad, la reunificación, en diciembre del 79.

En el caso del proceso de unidad de la izquierda de finales de los 70 y principios de los 80, el sectarismo propiciado por Marcial atrasó pasar a nuevos niveles de unidad en la izquierda salvadoreña, en el FMLN y desembocó en los impensables sucesos de abril de 1983, en los que el principal dirigente de las FPL, Marcial se consideró con el derecho de arrebatarle la vida a la segunda dirigente de las FPL, Mélida Anaya Montes, la Comandante Ana María

Monty Johnstone: Trotsky y el debate sobre el socialismo en un solo país

El objeto del presente ensayo es examinar un aspecto del debate sostenido recientemente en NLR entre Nicolás Krassó y Ernest Mandel: la cuestión del “socialismo en un solo país”. Esta gran controversia histórica se desarrolló desde el comienzo en términos algo elusivos y – desfigurada hoy por décadas de distorsiones polémicas de ambos lados – tiene particular importancia para hacer una estimación objetiva y equilibrada de la posición de Trotsky, sin intención ideológica o psicológica alguna de ”reivindicar” a una de las partes en contra de la otra.

Un examen serio de lo que Trotsky dijo realmente acerca de la construcción del socialismo en Rusia revela una contradicción fundamental y no resuelta en su posición, que no aparece en la mutilada versión de Mandel. Por una parte, como Mandel afirma correctamente, Trotsky no discutió nunca la necesidad de “comenzar” la tarea de construir el socialismo y adelantó proposiciones para alcanzar un creciente índice de crecimiento económico, con este fin.[1]

Al ser atacado, negó tener la ”actitud pesimista hacia el programa de nuestro trabajo de construcción socialista, en vista del demorado proceso de la revolución en Occidente”, y aceptó que “a pesar de todas las dificultades que surgen de nuestro medio capitalista, los recursos económicos y políticos de la dictadura soviética son muy grandes”.[2]

Por otra parte, permaneció fiel a las ”dos proposiciones fundamentales de la teoría de la revolución permanente”: en primer lugar que, a pesar de que “la revolución puede transferir el poder a manos del proletariado ruso antes de que el proletariado de los países avanzados sea capaz de obtenerlo”, no obstante – y en segundo término – la única “manera de salir de aquellas contradicciones que sobrevendrán a la dictadura del proletariado en un país atrasado, rodeado por un mundo de enemigos capitalistas, se encontrara en la arena de la revolución mundial”.[3]

Krassó tiene razón al demostrar que la base fundamental de la argumentación de Trotsky contra la posibilidad de completar la construcción del socialismo en la Unión Soviética era una falta de confianza en su capacidad para sobrevivir ni siquiera como un Estado de los trabajadores si la revolución no se extendía a países más avanzados. Dado que Mandel no sólo no reconoce la verdad que hay en esto sino que habla oscuramente de “distorsiones históricas” en la presentación de Krassó, tal vez sería conveniente dejar a Trotsky hablar por sí mismo, no en citas incidentales y poco representativas, tomadas fuera de su contexto, sino en formulaciones que representen el contenido principal de su pensamiento sobre esta cuestión. 

Sin el directo apoyo estatal del proletariado europeo, la clase obrera de Rusia no puede permanecer en el poder y convertir su dominación temporal en una dictadura socialista estable”, escribió Trotsky en 1906.[4] En 1928, defendió vigorosamente esta formulación contra la crítica de Radek, quien sostuvo que al hablar de apoyo estatal Trotsky había exagerado el planteamiento de la indudable necesidad de que la Unión Soviética contara con la ayuda de los obreros de otros países.[5]

En El programa de paz, publicado en forma de folleto en junio de 1917 y reeditado con un apéndice en 1922 y 1924, Trotsky afirmó, acerca de la revolución socialista en Rusia: ”Sin esperar a los otros, comenzamos y continuamos la lucha en nuestro propio suelo nacional con la absoluta certeza de que nuestra iniciativa proporcionará el impulso para la lucha en otros países; y si así no fuese, sería inútil creer – de acuerdo con la experiencia histórica y las consideraciones teóricas- que la Rusia revolucionaria, por ejemplo, fuera capaz de mantenerse frente a la Europa conservadora, o que la Alemania socialista pueda permanecer aislada dentro de un mundo capitalista”.[6]

Al esbozar la teoría de la revolución permanente en un prólogo escrito en 1922 (y defendido sin reservas en 1928), para su libro 1905, Trotsky habló de la vanguardia proletaria durante las primeras etapas de su dominación y de sus incursiones contra la propiedad capitalista. “Con esto entrará en un choque hostil no sólo con todas las agrupaciones de la burguesía que la apoyaron en las primeras etapas de su lucha revolucionaria sino también con las grandes masas del campesinado con cuya ayuda llegó al poder. Las contradicciones que existen en la situación de un gobierno de los trabajadores en un país atrasado con una mayoría campesina, sólo pueden ser resueltas a escala internacional, en la arena de la revolución proletaria mundial”.[7]

En 1937, el tema continúa siendo fundamentalmente el mismo: Sin una victoria más o menos rápida del proletariado en los países avanzados, el gobierno de los trabajadores no sobrevivirá en Rusia. Dejado a sí mismo, el régimen soviético debe caer o deteriorarse. Más exactamente, se deteriorará primero y caerá después. Yo mismo he escrito acerca de esto más de una vez, desde 1905” [8]

La subestimación del crecimiento económico

La subestimación de las fuerzas internas del socialismo ruso se puso particularmente en evidencia en su falta de confianza en el desarrollo independiente de una economía socialista en la URSS. En su apéndice a su Programa de paz, escrito en 1922, escribió: “El socialismo sólo es concebible sobre la base del crecimiento y el florecimiento de las fuerzas productivas… Mientras la burguesía permanezca en el poder en otros Estados europeos, nos veremos obligados, en la lucha contra el aislamiento económico, a buscar acuerdos con el mundo capitalista; al mismo tiempo, puede afirmarse con certeza que estos acuerdos nos ayudarán, en el mejor de los casos, a curar ésta o aquella herida económica, a dar éste o aquel paso adelante, pero el genuino surgimiento de la economía socialista en Rusia sólo se tornará posible después de la victoria del proletariado en los países más importantes de Europa”.[9]

En 1927, le vemos afirmando que el Estado soviético estaba “siempre, directa o indirectamente, bajo el relativo control del mercado mundial. Allí reside la raíz de la cuestión. El índice de desarrollo no es arbitrario, sino que está determinado por el desarrollo mundial general, porque, en última instancia, la industria mundial controla cada una de sus partes, aun cuando esa parte se encuentre bajo la dictadura del proletariado y esté construyendo la industria socialista”.[10]

En su crítica al Programa de la Comintern, al año siguiente, va aún más lejos: “En la medida en que la productividad del trabajo y la productividad de un sistema social como un todo estén medidas en el mercado por la correlación de los precios”, escribió entonces, “no es tanto la intervención militar como la intervención de las mercancías capitalistas más baratas lo que quizás constituya la mayor amenaza inmediata a la economía soviética”.[11]

No existe pues, justificación alguna para la negativa de Mandel acerca de que Trotsky haya hablado nunca de que la economía planificada de la URSS hubiese de ser subvertida por el mercado capitalista mundial. El monopolio del comercio exterior – que, según Stalin y la mayoría del partido destacaron correctamente, era el medio de que disponía la Unión Soviética para protegerse de tal subversión económica – se convirtió para Trotsky en la “prueba de la severidad y el carácter peligroso de nuestra dependencia”.[12]

El consideraba que el destino de la economía mundial como un todo tenía una ”decisiva significación” contra la significación subsidiaria de la construcción socialista de Rusia.[13] Y llegó aún, con un absoluto derrotismo, a sugerir la posibilidad de que la productividad del trabajo creciera más rápidamente en los principales países capitalistas que en Rusia.[14]

Los éxitos de los Planes Quinquenales soviéticos probaron lo erróneo de este enfoque. Como viejo revolucionario que era, Trotsky no pudo evitar alegrarse en 1936 cuando vio “el vasto alcance de la industrialización en la Unión Soviética, comparada con el panorama de estancamiento y decadencia de casi todo el mundo capitalista”, según lo indicaban los índices comparativos de la producción industrial.[15]

Pero, a pesar de reconocer que “es imposible negar el hecho de que aun cuando las fuerzas productivas estén desarrollándose en la Unión Soviética a un ritmo que ningún otro país del mundo ha igualado nunca hasta ahora” [16], jamás habría de admitir que ello constituyera una refutación directa de sus pesimistas predicciones de fines de la década de los años veinte, que a su vez contrastaban extrañamente con los planes de superindustrialización que él había propugnado en un período anterior. (Son estos planes los que los defensores de Trotsky destacan ahora siempre, al mismo tiempo que olvidan convenientemente sus manifestaciones anteriores).

Y menos aún estaba Trotsky dispuesto a intentar un análisis marxista de la fuente de sus errores, tarea ésta que sin embargo estaba siempre dispuesto a exigir de sus adversarios políticos. Extraería más bien la extraña conclusión de que estos éxitos, aun cuando significaran que “la premisa técnica ha significado un enorme paso adelante para el socialismo”, no estaban conduciendo a la sociedad soviética hacia el socialismo sino hacia “la resurrección de las clases, el aniquilamiento de la economía   planificada y la restauración de la propiedad capitalista”. Y en tal caso, agregaba, “el Estado se tornará, inevitablemente, fascista”.[17]

¿Debate para comentaristas?

Isaac Deutscher comparó la lógica de la disputa acerca del socialismo en un solo país, mantenida en los años veinte, con una disputa acerca de si sería posible colocarle techo a un edificio, sostenida por dos partes que estuvieran a favor de comenzar el trabajo y se hubieran puesto ya de acuerdo acerca de su forma y de los materiales a utilizar.[18]

Fuera de las implicaciones – representativas de diferencias de carácter o de énfasis – que subyacían bajo el apasionamiento que suscitó, tal debate aparece como altamente escolástico. Con una aparente conciencia de este hecho, el New International, principal órgano trotskista americano de la década de los años treinta (elogiado por Trotsky a causa de su elevado nivel teórico), expresó abiertamente la esencia de la posición de Trotsky, en un editorial fechado el 30 de enero de 1935:

”A la luz de la actual situación mundial, la teoría del “socialismo en un solo país”, este evangelio de la burocracia, se nos aparece con toda su limitación nacionalista y su jactanciosa falsedad. Nos referimos, naturalmente, no a la posibilidad o imposibilidad puramente abstractas de construir una sociedad socialista dentro de ésta o aquella zona geográfica (ese es un tema para comentaristas) sino a la cuestión mucho más inmediata y concreta, viviente e histórica, y no metafísica: ¿es posible para un Estado soviético aislado mantenerse durante un período indeterminado de tiempo dentro de un medio imperialista, dentro del opresivo círculo de las contrarrevoluciones fascistas? La respuesta del marxismo es: ¡No! La respuesta de la situación interna de la URSS es: ¡No!… Fuera de la revolución mundial, no hay salvación posible”.[19]

Si aceptamos la cuestión planteada en esta forma, la historia ha demolido completamente la posición de Trotsky. Pero si definimos al socialismo, tal como lo hace Mandel, como “una sociedad sin clases, mercancías, dinero ni Estado”, entonces los términos mismos de esta definición nos conducen a una conclusión diferente. Si hemos de hacer una estimación que tenga sentido de las actitudes políticas de Trotsky, debemos evitar las definiciones arbitrarias que aíslan a los problemas de su contexto histórico y provocan ociosos altercados semánticos. El hecho es que la definición de Mandel difiere de la concepción leninista que era generalmente aceptada por el Partido Comunista ruso. En El Estado y la revolución, Lenin escribió sobre el socialismo considerándolo como sinónimo de la primera fase del comunismo de Marx, que representa la “conversión de los medios de producción en la propiedad común de toda la sociedad”. “El socialismo”, continuaba Lenin, “no suprime los defectos de la distribución y la desigualdad del ‘derecho burgués’, el cual sigue imperando, por cuanto los productos son distribuidos ‘según el trabajo’… El principio socialista ‘a igual cantidad de trabajo, igual cantidad de productos’ … se ha realizado ya… persiste todavía la necesidad del Estado… Para que el Estado se extinga completamente, hace falta el comunismo completo”.[20]

Esta distinción fue ampliada en El ABC del comunismo, de Bujarin y Preobrazhenski, que había sido el texto básico del partido desde 1919. ”En la sociedad socialista, que es inevitable como etapa intermedia entre el capitalismo y el comunismo”, escribían, “el dinero es  necesario, porque debe desempeñar un papel en la economía de las mercancías… En la sociedad socialista, esta economía de las mercancías perdurará, en alguna medida”.[21]

La sociedad sin mercancías, dinero y Estado que Mandel define como socialismo contiene muchas de las características que el partido identificaba tradicionalmente con la etapa superior del comunismo. Es arbitrario introducir este concepto en la discusión, porque no designa lo que los comunistas rusos entendían cuando se proponían el objetivo de crear una economía socialista; y por economía socialista entendían la organización de la producción cooperativa en gran escala, que es la definición que Trotsky dio del socialismo en 1906.[22]

Tampoco podrá justificar Mandel su afirmación de que ”hasta Stalin y Bujarin” estaban de acuerdo acerca de que la economía socialista que ellos creían posible en Rusia ”debía tener una productividad de trabajo más elevada que la más desarrollada economía capitalista” – a diferencia del nivel de productividad mucho más elevado que Rusia había conocido bajo el capitalismo, y del objetivo de alcanzar y superar al mundo capitalista en cuanto a productividad –, lo cual constituiría la garantía de la victoria del socialismo a escala mundial.[23]

La posición de Lenin

Mandel sostiene que la concepción del “socialismo en un solo país” representa un rechazo de la teoría marxista-leninista fundamental, de ”toda la herencia de Lenin”. Esta es una verdad parcial y particularmente engañosa. Lo cierto es que cuando los bolcheviques llegaron al poder en 1917 lo hicieron en la creencia de que se encontraban, según las palabras de Lenin, ”en el umbral de una revolución proletaria mundial”.[24]

Durante cierto tiempo, después de la Revolución de Octubre, Lenin y los bolcheviques pensaron (y Trotsky era muy dado a ordenar citas para probarlo) [25] “O bien estalla la revolución en los otros países, en los países capitalistas más desarrollados, inmediatamente, o al menos muy pronto, o bien pereceremos”.[26]

No obstante, con el realismo que le caracterizaba, Lenin advirtió ya en marzo de 1918, exigiendo la ratificación de los humillantes términos del Tratado de Paz de Brest-Litovsk, del cual Trotsky dijo que sería “una traición en el sentido más amplio de la palabra”,[27] que aun cuando ellos pudieran, eventualmente, ver la revolución mundial, ”por el momento eso es un hermoso cuento de hadas”.[28]

Dado que hacia 1921 era evidente para él que internacionalmente “los acontecimientos no seguían una línea tan recta como esperábamos” y que se “había demostrado la imposibilidad de provocar la revolución en otros países capitalistas” [29] ,se dedicó cada vez más a considerar el nuevo problema de la construcción del socialismo en Rusia dentro del contexto de una revolución internacional indefinidamente postergada. El 15 de marzo de 1921 había destacado dos condiciones sobre las cuales la revolución socialista podría ser “completamente exitosa” en Rusia: primero, “que reciba un apoyo oportuno de uno o varios países adelantados”, y segundo, que se mantuviera ”el acuerdo entre el proletariado… y la mayoría de la población campesina”.[30]

Menos de un 55 mes después, advertía: “Veinte años de correctas relaciones con el campesinado, y estará asegurada la victoria a escala mundial (aun con un retraso de las revoluciones proletarias, que están creciendo)”.[31] Dos años después, en sus últimos artículos, Lenin estaba aún más preocupado por el problema. ”¿Qué pasaría si lo desesperado de la situación [de Rusia en el mundo M. J.], al intensificar diez veces las energías de los trabajadores y campesinos, nos ofreciera la posibilidad de proceder a crear los requisitos fundamentales de la civilización de una manera diferente a la de los países de Europa occidental?”, se preguntaba en enero de 1923. ”…Si para la creación del socialismo se requiere un determinado nivel de cultura (aunque nadie pueda decir qué es ese determinado nivel de cultura), ¿por qué no podemos comenzar por reunir los requisitos previos para ese determinado nivel de cultura de una forma revolucionaria y entonces, con ayuda de un gobierno de los obreros y los campesinos y un sistema soviético, proceder a alcanzar a las otras naciones? Vosotros decís que la civilización es necesaria para la creación del socialismo. Muy bien. Pero, ¿por qué no podríamos nosotros haber comenzado por crear en nuestro país ciertos prerrequisitos de civilización, tales como la expulsión de los terratenientes y la expulsión de los capitalistas rusos, y empezar entonces a avanzar hacia el socialismo? ¿Dónde, en qué libros, habéis leído que tales variaciones del acostumbrado orden histórico de los hechos estén prohibidas o sean imposibles?”.[32]

Finalmente, en su artículo Sobre la Cooperación, Lenin escribió: “El poder del Estado sobre todos los medios de producción a gran escala, el poder del Estado en manos del proletariado, la alianza de este proletariado con los numerosos millones de pequeños y muy pequeños campesinos, la segura dirección del campesinado por parte del proletariado, etc.; ¿no es acaso esto lo único que falta para que las cooperativas… construyan la sociedad socialista completa? Esto no es todavía la construcción de la sociedad socialista, pero es todo lo que es necesario y suficiente para esta construcción… Un sistema de cooperadores civilizados, regido por la propiedad social de los medios de producción y con la victoria de clase del proletariado sobre la burguesía, es socialismo”.[33]

¿Fue logrado el socialismo?

La idea de que Rusia debiera aspirar a completar la construcción del socialismo por su cuenta si la revolución internacional continuaba demorándose, representó un alejamiento de la teoría tradicional de los bolcheviques, que no habían previsto que su país pudiera ser un Estado de los trabajadores aislados durante tanto tiempo como para que la cuestión pudiera plantearse. Pero aunque esta idea no fue jamás elaborada teóricamente por Lenin, ya hemos visto cómo en el último período de su vida activa se estaba aproximando cada vez más en la práctica a adoptar tal punto de vista. Estaba perfectamente de acuerdo con la teoría marxista de que, después de su muerte, el partido debería acomodarse a la nueva situación y expresar su confianza en que “la Rusia capitalista se tranformará en la Rusia socialista” [34] por sus propios medios, si la revolución que todos esperamos no se produjera en otros países y aliviara sus problemas.

¿Qué significaba este punto de vista? Lenin había enumerado cinco elementos constitutivos de las formas socio-económicas que existían en Rusia después de la Revolución de Octubre y durante el período de la Nueva Política Económica introducida en 1921: 1) economía campesina patriarcal, predominantemente autosuficiente; 2) escasa producción de mercancías  (incluyendo a la mayoría de los campesinos que vendían sus granos); 3) capitalismo privado; 4) capitalismo de Estado; y 5) socialismo. 

La transición al socialismo era vista como significando la transformación de Rusia de un territorio campesino atrasado en un país con una moderna industria estatal con planificación central y una agricultura colectiva y estatal, acompañadas de grandes adelantos educativos y culturales. Ello significaba la eliminación efectiva de las primeras cuatro categorías socio-económicas de Lenin, vinculando la desaparición de los kulaks (burguesía rural) y de los nepmen (comerciantes capitalistas) a un vasto crecimiento de la quinta categoría, que comprendía una industria estatalizada y granjas estatales por un lado y granjas colectivas por otro.[35]

Definida la situación en estos términos, Stalin pudo decir correctamente, después de 1935, que Trotsky había estado equivocado y que “nuestra burguesía ha sido ya liquidada y lo fundamental del socialismo ha sido ya construido. Esto es lo que nosotros llamamos la victoria del socialismo, para ser más exactos, la victoria de la Construcción Socialista en un país”.[36]

Sin embargo, abandonar allí el problema sería demasiado fácil. No sólo la colectivización de la agricultura había sido llevada a cabo de una manera innecesariamente costosa y dura, que dejó profunda desconfianza en importantes sectores del campesinado y del Estado soviético, sino que también la iniciativa y el poder político fueron sacados de las manos de los trabajadores y concentrados efectivamente en las de Stalin y un pequeño e irresponsable grupo gobernante, reemplazando paternalistamente a los primeros por estos últimos.[37]

Stalin, en una situación internacional extraordinariamente difícil, condujo el desarrollo y la defensa de los fundamentos económicos y culturales del socialismo, lo cual constituye su gran mérito histórico. Pero al mismo tiempo, atropelló brutalmente los derechos democráticos y los órganos del partido y del pueblo, cometiendo grandes persecuciones, brutales y arbitrarias, en las cuales encontraron trágico fin muchos de los mejores revolucionarios rusos y extranjeros; y ello constituye su gran crimen, que la Unión Soviética y el movimiento comunista internacional están pagando caro aún hoy.

Dado que los marxistas han considerado siempre que el socialismo y la democracia van unidos, Trotsky pisaba un terreno mucho más firme cuando, cambiando su principal línea de razonamiento, llegó – en la segunda mitad de la década de los años treinta – a hacer de ésta su objeción central a la afirmación de que el socialismo había sido construido en Rusia. El señaló entonces el terror policial, los juicios falsos a que fueron sometidos en Moscú los viejos  bolcheviques y la supresión general de la libertad política, precedida y acompañada por un gran aumento del poder del deteriorado aparato burocrático tanto del partido como del Estado.

Lo que Trotsky no entendió fue que, para un determinado período (que puede ser bastante prolongado) es posible una incómoda y antagónica coexistencia de una economía socialista y una superestructura no democrática y no socialista. Tarde o temprano el desarrollo de la primera tenderá a empujar a la sociedad (aunque tortuosa e irregularmente y de ninguna manera “automáticamente”) hacia la reforma de la superestructura y su progresiva alineación con la base económica, y con los deseos de su clase obrera y su intelectualidad, progresivamente más desarrolladas y educadas.

Lo que de una economía socialista se había alcanzado en los años treinta era, por supuesto, sólo los elementos del socialismo, que necesitaban aún varias décadas más de pacífico crecimiento antes de que pudieran superar totalmente el terrible legado del atraso ruso y convertirse en una sociedad socialista totalmente desarrollada, armoniosa y culta. La Unión Soviética de hoy, aunque enormemente más adelantada que en la década de los años treinta, tiene aún un buen tramo que recorrer antes de completar este estado del desarrollo socialista. Los discursos acerca de una transición hacia el comunismo en un futuro previsible, pronunciados en las épocas de Stalin y de Jruschev, son considerados actualmente como expresiones cargadas de afirmaciones pomposas y exageradas.

Es honesto decir que los escritos de Trotsky proporcionan un correctivo útil para esta suerte de hipérbole, que fue descrita por Togliatti como “una preponderante tendencia a la exageración, a la exaltación de los logros, sobre todo en la propaganda de aquella época pero también en la presentación general, y a considerar resueltos todos los problemas y superadas todas las contradicciones objetivas, junto con las dificultades y conflictos que son siempre inherentes a la construcción de la sociedad socialista y que pueden llegar a ser muy serios e insuperables, a menos que sean admitidos abiertamente”.[38] [39]

Al criticar las manifestaciones de superioridad nacional, y la vanidad y la estrechez de miras que las acompañan, Trotsky apelaba correctamente a las tradiciones fundamentalmente internacionales del marxismo, pero al mismo tiempo sostenía, erróneamente, que lo que él estaba atacando surgía inevitablemente de la teoría del socialismo e La Revolución traicionada, escrita por Trotsky en 1936, muestra tanto la fuerza como las debilidades de su posición en aquella época.

Al analizar el desarrollo de la Unión Soviética hasta la mitad de la década de los años treinta no tuvo en cuenta algunos aciertos en su exposición de los efectos negativos del stalinismo sobre tantos aspectos de la vida rusa. Sin embargo, muchas de sus críticas fueron capciosas y malintencionadas, como su ataque a los términos de la Constitución de 1936, cuya debilidad no residió en sus medidas extremadamente democráticas sino en su inaplicabilidad a la situación real de la Unión Soviética en ese momento, cuando Stalin podía pisotearlas, como lo hizo.

Por ejemplo, Trotsky describió la introducción del voto universal, igual y directo, en sustitución del sistema indirecto – el peso de la representación en favor de la clase obrera contra el campesinado y la negación del voto a los miembros de las antiguas clases explotadoras – como “jurídicamente aniquilador de la dictadura del proletariado”.[40] La Constitución como un todo, afirmó, representaba ”un inmenso paso atrás desde los principios socialistas a los burgueses” y creaba ”las premisas políticas para el nacimiento de una nueva clase dominante”.[41]

Los dogmáticos lemas de Trotsky acerca de la imposibilidad de construir el socialismo en un solo país lo condujeron aun entonces a subestimar cuán profundamente atrincherado y elástico era el sistema socialista en Rusia, a pesar de los estragos causados por las purgas de Stalin. Sin la aparición de una revolución en Occidente, afirmaba, si estallara la guerra, “las bases sociales de la Unión Soviética serían destruidas, no sólo en caso de derrota, sino también en caso de victoria”.[42]

Trotsky llegó a escribir que “la burocracia soviética ha avanzado mucho en la preparación de una restauración burguesa” y “debe inevitablemente, en etapas futuras, buscar apoyo en las relaciones de propiedad”, asegurando así ”su conversión en una nueva clase dominante”.[43]

En realidad, la victoria de la Unión Soviética en la guerra (Trotsky había predicho la derrota)[44] no fue seguida por el más ligero signo de un avance hacia una ”contrarrevolución burguesa” [45] sino, por el contrario, por el establecimiento – bajo la dirección de los partidos comunistas pretendidamente ”contrarrevolucionarios” – de relaciones de propiedad socialistas en otros trece países y por el surgimiento de un sistema socialista mundial en competencia con el sistema capitalista.

Además, desde la muerte de Stalin en 1953, los rasgos negativos del stalinismo denunciados por Trotsky habían desaparecido. Esta “desestalinización” no se produjo a través de la ”inevitable” revolución política violenta, para derrocar a la burocracia, conducida por la Cuarta Internacional, tal como pronosticaba y recomendaba La Revolución traicionada, [46] sino fundamentalmente a través de la iniciativa de fuerzas dentro del partido comunista (del cual Trotsky había escrito que estaba desintegrado,[47] “muerto”,[48] y que ”no era ya la vanguardia del proletariado”)[49] y dentro de ”la burocracia” que, según la definición de Trotsky[50], incluía al partido, al Estado y a los dirigentes de las granjas colectivas, administradores, técnicos y capataces, extraídos de entre los sectores más avanzados de la clase obrera y del campesinado.

Queda aún por hacer una crítica fundamental al stalinismo. Pero ésta no procederá de las premisas de Trotsky, aunque sus escritos debieran ser estudiados por contener para nosotros numerosas lecciones valiosas tanto positivas como negativas. Sin embargo, aun cuando sus ideas alcanzan gran brillantez, se presentan dentro del marco de un modelo sociológico fundamentalmente falso que le impidió comprender las leyes del desarrollo de la sociedad soviética o captar el fenómeno (a todas luces nuevo y sin precedentes) del estalinismo en toda su complejidad y pluralidad. De allí el rigor con que la historia ha tratado a las principales predicciones que hemos citado en el curso de este artículo.  

La fuente de la mayor parte de los errores de Trotsky con relación a Rusia estaba ya presente en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. “A veces parecía ver el pasado y el presente de Rusia casi como un vacío”, destacó Deutscher. ”Esta era la debilidad subyacente bajo su llamamiento a la europeización y también en los errores de sus actitudes frente al bolchevismo. La fuerza de Lenin consistió en que él tomó la realidad rusa tal como era, y se dedicó a cambiarla. El partido de Lenin tenia profundas raíces en el suelo ruso y absorbió todo lo que ese suelo podía proporcionar de fuerza y rigor revolucionario, de impetuoso coraje y de primitiva rudeza.[51]

Trotsky no se unió a ese partido hasta las vísperas de la Revolución de octubre y nunca absorbió esa tradición, sino que permaneció en gran medida siendo un intelectual revolucionario occidental. Su pesimismo acerca de las perspectivas de una Rusia socialista se complementaba con su muy declamado “optimismo revolucionario” acerca de las perspectivas de la revolución en Occidente y por una extraña creencia en que “el optimismo con respecto a un Estado proletario aislado implicaría pesimismo con respecto a la revolución internacional”.[52]

Según demostró Lunatcharsky, en su benévolo perfil de Trotsky, su “sendero hacia la revolución… seguía una línea recta”.[53] Cuando la historia desmintió sus pronósticos o produjo situaciones nuevas e imprevistas, Trotsky careció del “sentido de la realidad” que poseía Lenin y “que conduce a alterar de vez en cuando las propias tácticas” y que llevó a Lenin, dada su “enorme sensibilidad a las exigencias de la época” , “en cierto momento a afilar ambas hojas de su espada y en otros a envainarla”.[54]


[1]

[2]

[3] L. Trotsky, The Third International After Lenin (New York, 1957), p. 40.

[4] L. Trotsky. Permanent Revolution and Results and Prospect (New York, 1965), p. 237. Subrayado en el original.

[5] Ibid., p. 138.

[6] L. Trotsky, The Programe of Peace (Colombo, 1956), p. 18

[7] L. Trotsky, 1905, (Moscow, 1922), p. 4.

[8] L. Trotsky, Stalinism and Bolshevism (London, 1956) p. 9. Subrayado en el original.

[9] L. Trotsky, The Programme of Peace, pp. 20-21.

[10] Where is Trotsky Going? (London, 1928), pp. 53-54.

[11] L. Trotsky, Third International After Lenin, p. 47.

[12] Ibid., p. 49. En un reciente folleto, Ernest Germain, de la IV Internacional, ridiculiza a aquellos que utilizan actualmente los mismos argumentos que utilizó Trotsky acerca de la ”subordinación” del… monopolio del comercio exterior! (E. Germain, Marxism vs. Ultra Leftism, París, 1967, p. 69 ss.)

[13] L. Trotsky, Third International After Lenin, p. 47.

[14] Ibid.

[15] L. Trotsky, The Revolution Betrayed (New York, 1957), pp. 6 ss.

[16] L. Trotsky, en Workers International News. London, July 1938, p. 1

[17] Ibid., p. 2.

[18] I. Deutscher, Stalin: A political Biography, London, 1949, pp.. 286-87 [hay edic. en esp.].

[19] New International. New York, March 1935, p. 40.

[20] V. I. Lenin Selected Works, en adelante S. W. (Moscow, 1937), VII, pp. 85-87. Subrayado en el original. Cf. también S. W., VII, p. 239.

[21] N. Bukharin and E. Preobrazhensky, An A. B. C. of Communism (London, 1924), pp. 345-346.

[22] L. Trotsky, Results and Prospects, p. 220.

[23] Actualmente la productividad media del trabajo en la URSS es igual y aún mayor que la de la mayoría de los países capitalistas, aunque está todavía por debajo de la de los Estados Unidos.

[24] S. W., VI, p. 225.

[25] Véase, por ejemplo, Historia de la Revolución Rusa, III, apéndice I.

[26] S. W., IX, p. 227.

[27] Citado por Lenin, S. W., VII, p. 309.

[28] S. W., VII, p. 297.

[29] S. W., IX, p. 277.

[30] S. W., IX, p. 277.

[31] V. I. Lenin, Polnoe Sobranie Sochineniy (Mossov, 1963), XLIII, p. 383.

[32] W., VI, pp. 511-512. Subrayado de Lenin.

[33] S. W., IX, pp. 403, 406.

[34] Ibid., p. 381.

[35] S. W., VII, p. 361. Por capitalismo de Estado, Lenin quería decir aquí el control, por parte del Estado de los trabajadores, de los productores y comerciantes capitalistas, a quienes se le permitía operar “dentro de ciertos límites”. Lenin distinguía agudamente ésto del “capitalismo de Estado que existe en los sistemas capitalistas donde el Estado toma el control directo de ciertas empresas capitalistas”. (Véase S. W., volumen IX, pp. 165-174, 338-339). Nada hay en común entre el concepto de Lenin acerca del capitalismo estatal como una forma de transición progresiva que preparaba el camino para el avance de Rusia hacia el socialismo en este primer período, y las concepciones del capitalismo de Estado que han sido expuestas para dar una caracterización básica de la URSS por, entre otros, Karl Kautsky, el Partido Socialista de Gran Bretaña, el grupo del Socialismo Internacional y Milovan Djilas.

[36] En el artículo Sobre la cooperación Lenin caracteriza este tipo de propiedad cooperativa, basada en la nacionalización de la tierra, como socialista.

[37] J. V. Stalin, The final Victory of Socialism in the Soviet Union, Reply to Ivanov, February 2nd., 1938 (London, n.d.), pp. 3, 6. En esta carta Stalin reitera su posición anterior acerca de “la victoria final del socialismo en el sentido de que una garantía total contra la restauración de las relaciones de propiedad burguesas, sólo es posible a escala internacional”, y no mientras la Unión Soviética esté rodeada por numerosos países capitalistas.

38 No puedo estar totalmente de acuerdo con Krassó en su total rechazo del concepto de “sustitutismo”, que me parece demasiado vasto. Si un individuo, grupo o partido actúa en nombre de la clase trabajadora al mismo tiempo que la priva de su política, eso es sustitución.

[39] P. Togliatti, Questions Posed by the 20th. Congress of the C.P.S.U., entrevista con Nuovi Argomenti (London, 1956), p. 8.

[40] Revolution Betrayed, p. 261.

[41] Ibid., p.272.

[42] Ibid., p. 229. Es interesante destacar que después de la última guerra, la IV Internacional trotskista, lejos de hacer una autocrítica o analizar este error, ensalzó su propio “acierto” y repitió su torpeza. En su Manifiesto de 1949, bajo el encabezamiento “El poder de predicción del marxismo”, su Conferencia Internacional afirmó que ”en todas las cuestiones de importancia, el análisis de la IV Internacional ha resistido la prueba del tiempo”, (Worker’s International News, London, April-May 1946, p. 271) y expresó en una resolución que “solo la intervención de la revolución proletaria puede evitar un resultado fatal para la URSS en su actual prueba de fuerzas con el imperialismo”. (Quatrieme Internationale, París, Abril-mayo, 1946, p. 18).

[43] Revolution Betrayed, pp. 253-254.

[44] Ibid., p. 227.

[45] Ibid., p. 290.

[46] Ibid., pp. 284-290.

[47] Stalinism and Bolshevism, p. 8.

[48] Ibid., p. 13.

[49] Revolution Betrayed, p. 138.

[50] Ibid., pp. 135 ss.

[51] I. Deutscher, El profeta armado.

[52] L. Trotsky, Carta sobre el XV aniversario de la Revolución de Octubre, 13 de octubre de 1932, reproducido por el Bolletin of Balham (Trotskyst) group, London, 1932.

[53] A. V. Lunacharsky, Revolutionary Silhouettes (London, 1967), p. 67.

[54] Loc. cit.

Nicolás Krassó: Respuesta a Ernest Mandel

La respuesta de Ernest Mandel a mi crítica del marxismo de Trotsky exige algunos comentarios. Quizás lo más conveniente sea considerar las tres cuestiones fundamentales que él plantea y centrar en ellas la discusión. La mayoría de los detalles que se discuten se resolverán al hacerlo. El objetivo general de mi análisis era examinar y reconstruir la unidad del pensamiento y la práctica de Trotsky como marxista, su singular carácter y coherencia. La respuesta de Mandel renuncia a toda tentativa de buscar tal unidad. Cronológicamente, separa al Trotsky de 1904 del de 1905 y al Trotsky de 1912 del de 1917. El Trotsky de 1926 es disociado del de 1922.

Estructuralmente el pensamiento de Trotsky está divorciado de su práctica como político. Mi propósito era demostrar que las differentia specifica de la actividad de Trotsky considerada como un todo no puede ser meramente identificada con principios abstractos. Mandel no hace virtualmente referencia alguna, a través de todo su artículo, al estilo de liderazgo de Trotsky dentro del partido, a su papel como comandante militar o a su actuación como administrador estatal.

Así, es importante destacar desde el comienzo que Mandel ha proporcionado críticas selectivas de las tesis del ensayo original, pero no ha elaborado una contra-teoría del marxismo de Trotsky. Al optar por este procedimiento, ha corrido el riesgo del empirismo. Consecuencia de esto es la reiterada tendencia de Mandel a volver a la tradicional comparación Trotsky-Stalin, mientras que uno de los propósitos de mi ensayo era librar al debate de la insuperable dificultad que entraña.

La lucha entre Stalin y Trotsky en los años veinte es considerada a menudo como una lucha de principios. Sin embargo, la polarización Trotsky-Stalin fue un desastre, tal como Lenin lo había vaticinado en su testamento. Actualmente, el punto de partida necesario para examinar a Trotsky y a Stalin, es Lenin. Este es el axioma que rigió todo el desarrollo de la argumentación. Al dividir el pensamiento de Trotsky en episodios aislados, separándolo de la práctica, y relacionándolo con una antípoda abstracta, Mandel ha omitido situar correctamente a Trotsky dentro de la historia del marxismo.

1. Trotsky y el partido

Mandel niega que Trotsky demostrara un sociologismo consecuente y una constante subestimación del papel autónomo de las instituciones políticas. El período inicial de la carrera de Trotsky (1902-1917) es crucial aquí. La argumentación de Mandel es doble. Niega que el modelo de Trotsky del partido revolucionario derivara del PSD alemán, es decir de la idea de un partido coextensivo con la clase trabajadora, a diferencia del modelo propuesto por Lenin en ¿Qué hacer? Sin embargo la única ocasión en la cual él escribió sobre el partido como tal fue en su virulento ataque a Lenin en 1904 (Nuestras tareas políticas).

Deutscher comenta explícitamente: “A esta concepción del partido que actuaba como un locum tenens del proletariado (es decir, la caricatura que Trotsky hiciera de la concepción de Lenin-NK.), él oponía el plan de Axelrod de un ”partido con base amplia” concebido según el modelo de los partidos socialdemócratas europeos”.[1]

El mismo folleto abundaba en elogios de las dirigentes mencheviques, principales protagonistas de un modelo semejante para Rusia. Dos años después, al escribir Balance y perspectivas, Trotsky expresó una gran desconfianza hacia los partidos social-demócratas occidentales, pero esto no le llevó a revisar su concepto del partido revolucionario, sino a olvidarlo. El resultado fue la confianza inmediata en la fuerza de las masas, el “fatalismo social-revolucionario”, algo que él mismo confesó más tarde.[2]  

Mandel sostiene, sin embargo, que fue Lenin y no Trotsky quien se inspiró en gran medida en los teóricos de la social-democracia alemana y austríaca para su teoría de la organización del partido. Tal afirmación es sorprendente, si se tiene en cuenta que todo el énfasis de la teoría de Lenin estaba puesto en la creación de un partido de revolucionarios profesionales dedicados a hacer la revolución, noción que era un anatema para Kautsky y Adler.

¿Sobre qué otra cosa se basó la histórica ruptura con los mencheviques? No es accidental que Trotsky fuera incapaz de comprender la significación de ésto en aquel momento. No hay pruebas de que en ninguna etapa posterior Trotsky aprendiera verdaderamente la lección de la teoría del partido de Lenin. En 1917, se unió decididamente a los bolcheviques y desempeñó un papel predominante durante la Revolución de Octubre.

Pero Mandel mismo demuestra involuntariamente la constante limitación de su pensamiento político cuando dice que: ”Trotsky comprendió que la unidad con los mencheviques era imposible cuando la política conciliadora (la bastardilla es suya) de los mencheviques en la revolución de 1917 se tornó evidente para él”.

Precisamente, Trotsky se unió a Lenin, no a causa de su teoría organizativa del partido, que era la necesaria formulación histórica de su ruptura con los mencheviques, sino a causa de su política insurreccional de 1917. Nadie debe subestimar la importancia de esta conversión. Pero fue precisamente la diferencia entre los dos lo que originó la persistente desconfianza hacia Trotsky dentro del Partido Bolchevique después de la Revolución de Octubre.

Toda la historia posterior de la lucha interna del partido resulta bastante incomprensible a menos que se acepte este hecho fundamental. Mandel no examina la cuestión en ningún momento. La única referencia que hace a ella es una cita de Lenin en el sentido de que después de 1917  “no hubo mejor bolchevique que Trotsky”. Sucede, sin embargo, que esta “cita” es un mero rumor, según aclara Deutscher (a quien Mandel cita como su fuente).[3]

No existen pruebas contundentes de que Lenin hiciera jamás semejante afirmación en el transcurso de una conversación. Existen, por el contrario, pruebas negativas: el hecho es que en todos sus voluminosos escritos posteriores a 1917, Lenin no comentó nunca el marxismo de Trotsky o el carácter de su conversión al bolchevismo. Este silencio de Lenin, que tuvo tantas oportunidades de ser explícito, es sin duda curioso. Su lacónico comentario sobre Trotsky en su testamento es el único juicio seguro que poseemos.

Por supuesto, durante los años treinta, Trotsky puso un enorme énfasis en el papel del partido en el desarrollo de la historia. Pero, como ya he señalado, este énfasis, que tomó la forma de una tentativa de iniciar una cuarta internacional, sólo reflejó su incapacidad de lograr una verdadera comprensión de la teoría de Lenin. Pero la conciencia de los errores pasados tendió a producir errores nuevos. Trotsky nunca estudió o experimentó profundamente la teoría de Lenin del partido o su relación con la sociedad. Cuando trató de reproducirla, en los arios treinta, la caricaturizó, dándole un giro voluntarista e idealista, en concordancia con el carácter anterior de su marxismo pero totalmente alejado del de Lenin.

Tanto es así que, en la misma frase citada por Mandel, Trotsky afirma que: ”La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria”. Los colosales obstáculos sociales, económicos y políticos de los años treinta se reducen a una cuestión de  “dirección”. Semejante formulación idealista es sin duda incompatible con el pensamiento de Lenin; su subjetivismo y su monismo son evidentes.

Como corolario de la noción de dirección surge, en el pensamiento posterior de Trotsky, la fetichización del programa. Éste se convierte así en la instancia suprema de la eficacia revolucionaria, lo cual está fundamentalmente disociado de la estructura del partido, que era el soporte del pensamiento de Lenin. El programa así concebido se convierte en una virtud idealista acerca de la política, mientras que, por el contrario, la insistencia de Lenin sobre la organización, lo vinculaba constantemente con la estructura social y las contradicciones objetivas que actúan dentro de ella. De aquí entonces las enormes diferencias en los resultados prácticos de las dos experiencias de “construcción del partido”. Una de ellas estaba ligada al más profundo movimiento interno de la sociedad rusa de su época. La otra no alcanzó jamás logro alguno en Occidente. Hacia el final de su vida, Trotsky recordó al Lenin que había ignorado al comienzo. Pero nunca logró seguir sus pasos.

2. La lucha en la década de los años veinte

El curso concreto de la lucha interna del partido sólo es inteligible a la luz del pasado no leninista de Trotsky. Porque fue esto lo que no sólo le aisló de la Vieja Guardia sino que le condujo también a numerosos errores tácticos dentro del partido. Los resultados objetivos y subjetivos de su larga ausencia de la vida interna del partido fueron en este sentido decisivos.

Mandel arguye que es contradictorio afirmar que Trotsky cometiera un error tras otro en su lucha contra Stalin y que organizativamente Stalin era ya el amo del partido en 1923. “¿Pero acaso es seguro que estas dos líneas de pensamiento sean mutuamente excluyentes? En el primer caso, la victoria de Stalin sería el resultado de los errores de su oponente. En el segundo caso, era inevitable”.

De hecho, el argumento era que organizativamente Stalin era el amo del partido en 1923, pero que la unidad política de la Vieja Guardia contra él era la única fuerza que podría haberlo derrotado. El amo organizativo del partido no era ya el gobernante absoluto del país. Stalin, presentándose como el representante del liderazgo colectivo, podría haber sido desafiado con éxito por un conductor colectivo genuino. Porque es indudable que, en 1923, una alianza de Bujarin, Trotsky, Zinóviev y Kámenev hubiera triunfado.[4]

Esta formulación dialéctica define la cuestión central ¿por qué esa unidad política no se produjo nunca? Mandel admite implícitamente que es ésta la pregunta que hay que formular pero él mismo la propone de manera desesperada y agnóstica: “Lo trágico fue que los otros conductores del Partido Bolchevique no vieron a tiempo el peligro de la burocracia y de que Stalin se encaramara en el poder absoluto como representante de la burocracia soviética. Todos terminaron por ver el peligro, en un momento o en otro, pero no lo vieron al mismo tiempo ni lo suficientemente pronto. Esta es la explicación básica para la aparente facilidad con que Stalin conquistó el poder”.

Es esta formulación la que no proporciona explicación alguna para el hecho que admite. Una vez aceptado que se trata meramente de que los otros conductores bolcheviques  “no vieron a tiempo” el peligro del ascenso de Stalin al poder, los únicos factores causales posibles son el accidente o la aberración. Mi explicación, por el contrario, torna inmediatamente explicable la división de la Vieja Guardia. Trotsky no era considerado por los otros dirigentes bolcheviques como un aliado sino como la principal amenaza, a causa de su pasado no leninista, de su supremacía militar, de su papel autoritario durante el comunismo de guerra y de su concepción militarista en los debates sobre los sindicatos.

El bonapartismo no fue, como Mandel parece sugerir, una categoría marxista redescubierta por Trotsky durante la década del treinta: fue, por el contrario, el peligro que  

Trotsky nunca comprendió esta idea. El resultado fue una serie de torpezas políticas – documentadas en mi ensayo – que aseguraron la victoria de Stalin. Bujarin, Zinóviev y los otros vieron en Trotsky. Al mismo tiempo, la carencia misma de experiencia partidaria que provocó estas sospechas hacia Trotsky fue lo que impidió que él las comprendiera y superase. Estaba completamente inmerso en un combate de facción que él tendió siempre a interpretar como la expresión ideológica de los conflictos sociológicos dentro de la sociedad considerada como un todo. De allí entonces que viera a Zinóviev primero y a Bujarín después como a sus enemigos, porque ellos eran los “ideólogos” de la coalición dominante en diferentes momentos: ello fue un error simétrico. Trotsky se convirtió durante largo tiempo en el líder principal de una oposición que no se dio cuenta de que su principal enemigo era Stalin. El resultado fue que, en realidad, tendió a unificar al partido en su contra. El miedo a un tigre de papel hizo que los funcionarios del partido alimentaran a un tigre real; pero lo advirtieron diez años después. Durante la década de los años veinte, Trotsky, como centro negativo, aceleró las tendencias autoritarias y burocráticas del partido. La “primitiva acumulación” del poder de Stalin nació de la autodefensa de la Vieja Guardia contra Trotsky. Para Trotsky, la Vieja Guardia estaba cediendo tímidamente a la presión social de la Rusia retrógrada. Para los funcionarios del partido Trotsky era un peligroso aventurero. De allí entonces que la tendencia de Trotsky a dividir al partido según “principios” puros, creara, irónicamente, una alianza “ sin principios” contra él. Stalin ganó adhesiones por su realismo, porque la maquinaria del partido era muy consciente de que estaba aislada de las masas. Stalin nunca fue un derechista ni un izquierdista, y los hombres del aparato del partido adivinaban instintivamente que tampoco era un centrista. Para ellos, Stalin representaba una idea unilateral y elemental que tenía un tremendo atractivo: el poder debía conservarse. La necesidad relativa para Stalin era la vis inertiae de la situación. Esa era la vía que ofrecía menor resistencia para conservar el poder y para desarrollarse de manera no capitalista, Stalin llegó así a identificarse con la esencia del poder, aun para sus oponentes. Bujarin decía a Kamenev en 1928: “ ¿Acaso nuestra situación no es desesperada? Si el país es aplastado, nosotros (es decir el partido) seremos aplastados con él; y si logra recuperarse y Stalin cambia el rumbo con el tiempo, también así seremos aplastados”.[5]

La crucial importancia del problema de la Vieja Guardia fue un producto del contexto socio-político de Rusia en aquel momento. Porque, después de la Guerra Civil, la institución política del partido se desenvolvía dentro de un virtual vacío social. Esto es lo que importa para el carácter decisivo de los errores de Trotsky dentro del partido, que fueron la expresión natural de su general subestimación de la autonomía de las instituciones políticas.

El sociologismo es siempre un error teórico, pero fue especialmente desastroso en la Rusia de la década de los años veinte. Porque la dialéctica de la fuerza social de las masas había quedado temporariamente anulada en la Guerra Civil. La desintegración de la clase trabajadora prácticamente excluyó a ésta como protagonista del proceso político.

Después de Krondstadt nadie se atrevió a pensar en apelar a las masas (tal como haría Mao en China durante la década de los años sesenta, en una situación histórica muy diferente) . Así, el destino del socialismo fue súbitamente trasladado a la cúpula de la revolución, mientras su base se desgastaba. La errónea comprensión básica que Trotsky tuvo de esta situación puede verse en la contradictoria explicación que da Mandel de su perspectiva general durante la década de los años veinte. Por una parte, Mandel dice que el programa político de Trotsky era “irreal” porque ” las condiciones subjetivas (la bastardilla es suya) para su implementación no existían. El proletariado soviético permanecía pasivo y atomizado.

Contemplaba el programa de la  Oposición de Izquierda con simpatía pero, dado su agotamiento, carecía de la necesaria militancia para luchar por él. Contrariamente a lo que Krassó parece pensar, Trotsky no alimentó en ningún momento la más leve ilusión acerca de ésto”. Pero a continuación Mandel afirma lo contrario. La lucha de Trotsky no fue sólo una cuestión de honor para “salvar el programa”, con lúcida conciencia de que la derrota era inevitable porque ”la clase trabajadora soviética era pasiva pero su pasividad no estaba mecánicamente predeterminada para un largo período. Cualquier surgimiento de la revolución internacional, cualquier cambio en la relación soviética interna de las fuerzas sociales podría haber ocasionado su despertar. El instrumento inmediato para estos cambios sólo podía ser la Comintern y el Partido Comunista de la Unión Soviética”.

Estas dos afirmaciones son irreconciliables. Indican meramente la dificultad de cualquier justificación ex post facto de la trayectoria de Trotsky. La verdad es que Trotsky no creía que su programa fuera “irreal”. Su disputa con Rakovski en 1928 lo pone absolutamente en evidencia, porque Rakovski sí lo creía. Su Carta a Valentinov destaca tal vez como el más clarividente análisis social de la década y Trotsky lo rechazó enfáticamente. La razón de que lo hiciera fue, por supuesto, que él creía en la inmediata capacidad combativa del proletariado soviético; y esta creencia explica por supuesto, toda su conducta en la lucha interna del partido. Lo que él subestimó de forma crucial fue el grado de desintegración de la clase trabajadora después de la Guerra Civil. Lenin, por el contrario, fue, una vez más, extremadamente consciente de éste hecho. Su formulación del problema fue característicamente radical: ”¿Dónde está vuestra industria en gran escala? ¿Qué clase de proletariado es éste? ¿Dónde está vuestra industria? ¿Por qué está ociosa?” se preguntaba en 1921. Esta era la raíz del problema: no la “pasividad” del proletariado (frase de Mandel), es decir, un estado subjetivo y coyuntural, sino su desintegración y dispersión, o sea una situación objetiva y estructural. Su número se había reducido en dos tercios y su composición se había transformado, con los mejores militantes muertos o transferidos a funciones partidarias. Este es el fondo sociológico de la lucha interna del partido, que Lenin al comienzo de la década y Rakovski al final, percibieron. Trotsky, creyendo en el predominio inmediato de las fuerzas sociales, no lo advirtió.

¿Acaso significa ésto que el PCUS era un ente político completamente divorciado de la estructura social objetiva de la Rusia soviética? Por supuesto que no. El pensamiento de Marx fundó tanto la autonomía de la instancia política dentro de la compleja totalidad social como su determinación a largo plazo por medio de la economía. El error opuesto al de Trotsky consiste en creer en el papel todopoderoso de las instituciones políticas como tales, abstraídas de la formación socio-económica dentro de la cual se articulan necesariamente.[6]

Mandel proporciona una excelente definición de las consecuencias de tal creencia, cuando escribe: ”La pura política del poder degrada a sus actores precisamente hasta el punto de hacerles perder todo control sobre sus actos. Los vínculos entre el propósito consciente y las consecuencias objetivas de sus actos se desvanecen. Los marxistas, por el contrario, otorgan gran valor a la acción consciente; y conciencia implica conciencia del papel decisivo de las fuerzas sociales y de las limitaciones que este papel impone inevitablemente a toda acción individual… La creencia de Stalin en las posibilidades autónomas de la “política del poder” se convirtió en su “nemesis” porque lo transformó en un instrumento inconsciente de fuerzas sociales, cuya existencia no pareció advertir hasta el fin de su vida”.

Aquí está el germen de una explicación nueva y científica del papel histórico de Stalin, libre de la personalización que tanto sus discípulos como sus enemigos han ejercido hasta ahora.[7] Tal explicación debiera establecer una relación significativa entre su fácil victoria dentro del partido en la década de los años veinte y las furiosas purgas de la década de los años treinta. Porque Stalin temía, por cierto, la consolidación de un nuevo grupo social dentro del aparato del partido y del Estado, y no vaciló en diezmar a sus propios seguidores cuando advirtió el peligro (poco antes de su muerte) .

Como ya lo señalé, fue como si en la década de los años treinta hubiera tomado con absoluta seriedad las advertencias de Trotsky sobre una “restauración burocrática”.[8]

Lo que importa enfatizar aquí es que el problema de la burocracia fue – como lo expresa Mandel – una preocupación central para Lenin durante sus últimos años. En los años veinte la estabilización temporal del capitalismo se había convertido en un hecho. Lenin repitió constantemente, cada vez con más énfasis, que la política revolucionaria debía unir una intransigencia respecto a los principios unido a la capacidad de llegar a compromisos.

Ya en 1918 Lenin habló en su artículo Sobre el infantilismo de “izquierda” y el espíritu pequeño-burgués de la debilidad rusa que hace que ”(en nuestro país) no exista un alto nivel cultural ni la costumbre de los compromisos”.[9]

Es evidente que mientras menos dispuesto esté un político a comprometerse con la realidad de una situación, menos capaz será de contribuir a su solución. Es difícil aceptar que sea una mera coincidencia el hecho de que varios de los militantes de la Oposición Obrera, menos comprometidos, y los de pensamiento más unilateral en su rechazo a la burocracia, llegaran más tarde a convertirse en funcionarios de la administración de Stalin y hasta lograron librarse de las purgas. Sus principios eran tan elevados que no había posibilidad de vivir de acuerdo con ellos (una situación humana que llegó a interesar mucho a Dostoievski). De allí entonces que, más tarde, nada les viniera bien. Fue realista la oposición de Lenin al estatismo, a la organización burocrática y administrativa del Estado, representada al comienzo principalmente por Trotsky. Pero estos representantes de la Oposición Obrera, una vez que advirtieron que sus objetivos eran irreales, encontraron mucho más fácil que otros aceptar la versión del realismo de Stalin.

Esto tiene una gran importancia para lo que Mandel llama ”la principal preocupación y la batalla final de Lenin durante el último período de su vida”: la lucha contra la burocracia.  

Porque precisamente Lenin nunca planteó el problema de modo idealista a tenor del romanticismo político de “o bien… o”. Para Lenin, no se trataba de una cuestión de burocracia o no. Lenin era agudamente consciente de las insuperables contradicciones que dominaban tanto la política interna como la externa y creía que la única manera de abordarlas era desarrollar una política de experimentación deliberada. Las tendencias burocráticas y autoritarias debían ser combatidas, pero los compromisos eran inevitables a lo largo de esta lucha. El objetivo de Lenin no era el triunfo completo sobre la burocratización, un objetivo imposible, sino que consistía más bien en buscar correctivos para tal fin. Este fue el significado del papel crucial que desempeñó en los debates sobre los sindicatos, cuando se opuso resueltamente a la política de Bujarin y Trotsky e insistió en que los sindicalistas debían estar en situación de defender a los trabajadores contra el Estado Soviético real: “El camarada Trotsky habla del Estado de los trabajadores. Permitidme decir que esto es una abstracción… Nuestro Estado actual es tal que el proletariado organizado incluso debe defenderse y debe utilizar estas organizaciones de los trabajadores para la defensa de los trabajadores contra el Estado y para la defensa de nuestro Estado a favor de los trabajadores”.

Lenin jamás idealizó a este Estado. En 1921 escribió que: “El Estado de los trabajadores es una abstracción. En realidad, tenemos un Estado de los trabajadores con los siguientes rasgos característicos: 1. Son los campesinos y no los obreros quienes predominan en la población; 2. Se trata de un Estado de los trabajadores con deformaciones burocráticas”. Se puede advertir que Lenin encontró necesario calificar la noción de “Estado de los trabajadores” indicando sus deformaciones burocráticas. Era muy consciente de la necesidad de captar la especificidad de la situación rusa. La “burocracia” tout court era una noción tan abstracta como la de un ”Estado de los trabajadores”. Pero el marxismo vulgar dominaba el pensamiento de los cuadros dirigentes del partido. Ninguna situación histórica nueva puede ser correctamente captada por medio del marxismo vulgar; pero difícilmente habría habido otra circunstancia para la cual fuese tan inadecuado como la circunstancia de Rusia en la década de los años veinte. Desde el punto de vista del marxista vulgar no había solución: el partido debiera haber desistido. Bujarin y muchos otros buscaron refugio en zig-zags entre posiciones de extrema derecha y de extrema izquierda, mientras prevalecía como fondo una especie de desesperación. Bujarin lloró en 1918 cuando el partido resolvió aceptar alimentos de los americanos, y dijo a Trotsky: ”Están convirtiendo al partido en un estercolero”.[10]

Trotsky y Stalin reaccionaron de manera diferente frente a esta situación, según el carácter de sus respectivos marxismos. En comparación con los otros dirigentes su irresistible voluntarismo les otorgaba una ventaja. Pero este voluntarismo tomaba formas opuestas. Lo único que importa destacar aquí es que el marxismo de Trotsky no puede ser definido como el reverso positivo del de Stalin. La comparación mecánica de los dos no contribuye necesariamente a nuestra comprensión de ambos. Había una némesis en el marxismo de Stalin pero ello no modifica ni disminuye la némesis de Trotsky. Tanto el “sociologismo” como la “política del poder” son desviaciones fundamentales del leninismo.  

3. Rusia y la revolución mundial

El debate  “socialismo en un país versus revolución permanente” forma el núcleo de los comentarios finales de Mandel sobre mi ensayo. Estos comentarios proporcionan una oportunidad para aclarar algunos reiterados errores acerca de la historia del movimiento revolucionario internacional desde la década de los años veinte. Mandel sostiene que Trotsky tenía una política interna y una política internacional coherentes, basadas en las tesis fundamentales de la “revolución permanente”.

Por otra parte, no objeta explícitamente mi análisis de las confluencias sobre las cuales fue construida la noción de revolución permanente. Siendo así, puede suponerse que el análisis se sostiene. Lo que sí discute Mandel es que las polémicas de Trotsky contra el socialismo en un solo país implicaran la creencia de que la Unión Soviética se derrumbaría a causa de la “subversión” del mercado mundial o de la agresión militar. También sostiene que la política económica de industrialización acelerada propiciada por Trotsky iba acompañada de una línea política para las diferentes clases sociales en la URSS, es decir, por un correcto “manejo de las contradicciones del pueblo”.

Pero en ambas cuestiones la evidencia es abrumadora. En su folleto La revolución permanente Trotsky dice:  “Las crisis de la economía soviética no son meramente enfermedades propias del crecimiento, es decir, una especie de dolencia infantil, sino algo mucho más significativo: las rígidas restricciones del mercado mundial”.[11]

En este punto, toda su argumentación da por supuesto que el mercado mundial capitalista es el sistema económico que hace imposible el socialismo en un solo país , aunque nunca explica por qué ni cómo. Lo mismo puede decirse de su discurso sobre la intervención militar desde el exterior. Trotsky escribe: “O el proletariado llega al poder o la burguesía, por medio de una serie de demoledores golpes, debilita la presión revolucionaria a fin de recobrar su libertad de acción, sobre todo en la cuestión de la guerra y la paz. Sólo un reformista puede imaginar la presión del proletariado sobre el Estado burgués como un factor permanentemente creciente y como una garantía contra la intervención”.[12]

Se desprende del texto de este folleto que Trotsky pensaba en un colapso económico o militar de la URSS, tal como lo demuestra la condición curiosamente jruschevista que agregó: ”El ejemplo de un país atrasado, que en el transcurso de varios Planes Quinquenales fue capaz de construir con sus propias fuerzas una poderosa sociedad socialista, significa en sí un golpe mortal para el capitalismo mundial y reduciría al mínimo, si no a cero, los riesgos de la revolución proletaria mundial”. Stalin, por supuesto, no sostuvo jamás algo semejante.[13] Una vez más, la idea de que el Estado soviético aislado no era viable a largo plazo es la única que da sentido a esta afirmación.

Aceptado esto, es bastante lógico que la política de Trotsky con respecto a la industrialización interna haya sido tan vaga: se trataba de una suerte de medida de emergencia hasta que el advenimiento de la revolución internacional salvara la situación. Mandel mismo lo prueba al citar la alternativa propuesta por la Oposición de Izquierda ante el desastre masivo que supuso la industrialización de Stalin: ”un impuesto especial sólo para los campesinos ricos y una reducción radical de los gastos administrativos, economizando un billón de rublos de oro  anuales”.

El carácter académico, si no demagógico, de tal proposición, es evidente. Financiar la acumulación reduciendo los gastos del Estado es un sueño utópico para todo país atrasado. Resulta difícil creer que el mismo Trotsky tomara en serio tal propuesta. Por cierto que ello no tenía relación alguna con la desesperada situación económica de 1928, que fue de bloqueo virtual de las ciudades por parte de los kulaks, tal como E. H. Carr ha destacado recientemente en estas páginas (Revolution from Above, NLR, N9 46).

El programa de industrialización de Trotsky, a pesar de toda su trascendencia económica, no contiene solución política alguna para el problema del campesinado. De allí que éste estuviera siempre expuesto a la confiscación por Stalin y a comprometerse en una guerra contra los kulaks. Prueba de ello es el rápido realineamiento de Preobrazhenski y Piatakov en 1929; si hubiera habido una fórmula política, aceptada de común acuerdo para el programa de industrialización de la oposición, este desplazamiento no habría ocurrido.

La perspectiva internacional de la “revolución permanente” era un razonamiento fundamental para esta incompletada política interna. Debemos considerar ahora la interpretación que hace Mandel de esta idea. Rechaza la idea de que este concepto pueda esencialmente identificarse con la creencia en la inminencia y la ubicuidad de la insurrección. Por el contrario, afirma que lo único que sostiene es que la época histórica es una época de frecuentes réplicas de situaciones revolucionarias, ninguna de las cuales debe necesariamente producir una toma exitosa del poder. Los límites geográficos de este concepto permanecen indefinidos, pero presumiblemente se extienden a todo el globo. Ahora bien: si es ésta la interpretación que ha de darse al concepto de “revolución permanente”, entonces este concepto deja de ser erróneo para convertirse meramente en banal. Porque ¿quién en la Comintern hubiera negado nunca que la época histórica se caracterizaba por el surgimiento periódico de situaciones revolucionarias? Ninguna afirmación podía ser más segura o menos discutible. Una “época” comprende muchos años, se cuenta por décadas. Dentro de tal lapso, las erupciones pueden ser muy espaciadas sin dejar de ser “periódicas”. Diluir la idea de la revolución permanente equivale a tornarla banal.

La explicación que Mandel da del concepto incluye, sin embargo, un corolario polémico. Mandel afirma que dado que hubo numerosas situaciones revolucionarias en Europa después de 1919 y dado que ninguna produjo una revolución socialista, la responsabilidad de estos fracasos debía ser atribuida fundamentalmente, a la Comintern y al Partido soviético que la controlaba. ”La principal responsabilidad de las derrotas de la clase trabajadora en los años veinte, en los treinta y en los comienzos de la década del cuarenta puede ser lisa y llanamente imputada a una conducción inadecuada”.

La revolución permanente se convierte aquí en la explicación racional para una denuncia histórica de la política exterior soviética. No hay duda de que ésta es una interpretación correcta de la visión de Trotsky durante la década del treinta. Pero ¿es también una interpretación correcta de la historia? Mandel critica muy bien las explicaciones psicológicas de la política de Stalin, y reclama explicaciones sociológicas. Pero no advierte que, al tratar de atribuir todas las importantes derrotas revolucionarias acaecidas desde 1922 a la política de la URSS, está simplemente repitiendo el mismo error, a otro nivel.

Este fue precisamente el error de Trotsky, y este error derivó de su constante sobrestimación de la importancia de la nación como institución política.[14]

Porque el hecho es que, en última  instancia, la Comintern no determinó el destino de los movimientos revolucionarios de todos los países del mundo. Esto debiera ser obvio para todo marxista. Creer otra cosa sería exagerar desproporcionadamente la importancia y la influencia del naciente Estado soviético sobre los asuntos mundiales. La convicción anticomunista vulgar de que el “Kremlin” era responsable de todas las explosiones de descontento social o de revolución en todas partes del mundo encuentra aquí su contraparte marxista vulgar: el Kremlin se torna responsable de toda represión de descontento social y de todas las victorias de la contrarrevolución. Esta idea es incompatible con cualquier apreciación racional de la historia mundial y está precisamente basada en el monismo sociológico por el cual yo critiqué a Trotsky y que consiste en dar por sentada la existencia de “una estructura social universal que planea sobre sus manifestaciones en cualquier sistema internacional concreto”. La consecuencia voluntarista de tal suposición consiste en atribuir a la URSS una omnipotencia maléfica. Así, Mandel no vacila en escribir que “los cincuenta millones de víctimas de la Segunda Guerra Mundial” fueron el ”resultado” de la política de la Comintern. El idealismo de esta línea de pensamiento, y su distancia del marxismo, son evidentes.

Una vez que la dominación contrarrevolucionaria ha sido internacionalmente atribuida a Stalin, no existe ya restricción objetiva alguna para la ubicación de las “situaciones revolucionarias” cuyo triunfo se pretende que la Unión Soviética ha evitado. Los cuasi-fracasos se multiplican en el texto de Mandel: nada menos que cuatro para Alemania, tres para España, tres para Francia y hasta uno, quizás, para Gran Bretaña. Y a todos ellos se les llama “situaciones revolucionarias”.

Basta arrojar una mirada a la lista para advertir cuán alejada de la historia está tal afirmación. La huelga general inglesa fue saludada por Trotsky, en aquel momento, como la señal de un levantamiento general revolucionario. Sin embargo, la organizada clase trabajadora inglesa no pudo mostrar un “impulso instintivo para tomar en sus manos el destino de la sociedad”, sino que luchó por objetivos estrictamente limitados y se resignó a no alcanzarlos. (El Partido Comunista inglés demostró una correcta apreciación de la coyuntura, lo cual contrasta con el error de Trotsky).

La situación de 1945 en Francia y en Italia hacían muy problemática una tentativa armada de tomar el poder por parte de los partidos comunistas nacionales. El destino de Grecia lo prueba. Allí, la izquierda era mucho más fuerte que en Francia o en Italia, y el país era mucho menos vital para el imperialismo que cualesquiera de estas dos naciones. No obstante, la revolución griega fue brutalmente aplastada por la invasión anglo-americana. Thorez y Togliatti tenían muchas menos posibilidades que el KKE.

La Guerra Civil española es otro ejemplo. Mandel sugiere que los comunistas españoles podrían haber hecho una revolución exitosa dentro de la República en guerra en 1936-37 y haber intentado después una victoria militar sobre Franco. Pero eran sólo una pequeña minoría dentro de las fuerzas republicanas, y éstas a su vez tenían pocas posibilidades de ganar la guerra una vez que la correlación de fuerzas miñitares cristalizara en  1936.

Las posibilidades de una revolución socialista en Alemania también eran remotas. El KPD no tuvo en ningún momento algo semejante a las fuerzas necesarias para enfrentarse a la Wehrmacht, armada y equipada por los socialdemócratas con el deliberado propósito de sostener la contrarrevolución en 1918, y constantemente incrementada desde entonces. Esta situación estratégica era previa a cualquier consideración sobre el nazismo. Un control exitoso del nazismo era una cosa, y una revolución proletaria, otra bastante diferente.

Por supuesto, la política de Stalin fue errónea en Francia, en Italia y – sobre todo – en Alemania. Yo enfaticé en mi ensayo las sucesivas torpezas de la Tercera Internacional. Además, la crítica de Trotsky a la política de la Comintern en Alemania fue excelente (quizás sea significativo destacar, a este respecto, que sus mejores polémicas de estos años fueron escritas desde una posición “derechista”, paralela a la de Brandler, y no desde la posición ”izquierdista” que adoptó en la etapa de los Frentes Populares).

Pero en todos estos casos la política internacional de Stalin era, en última instancia, un factor secundario dentro de una lucha sostenida y decidida a nivel nacional. La unidad primaria de la lucha de clases era la nación; la promulgación de la política de la Comintern en Moscú no hizo nada para alterar este hecho. La política internacional de Stalin se tornó decisiva sólo cuando la nación fue abolida como tal, es decir, en la guerra. Fue entonces, precisamente, con la eliminación de las fronteras nacionales y la disolución temporal de las estructuras sociales que encerraban que el papel de las acciones soviéticas se tornó fundamental. El Ejército Rojo en Europa Oriental, al crear un cordon sanitaire a manera de contraste, logró lo que ninguna directiva de la Comintern tuvo jamás posibilidad de lograr.

El error fundamental que Trotsky cometió al subestimar la autonomía de la institución política del Estado-nación se hace evidente en su idea general de que, a causa de la ”política incorrecta de la Comintern”, no era posible revolución alguna dentro de las filas de los partidos leales a la Tercera Internacional. Sin embargo, fue precisamente esta creencia la que se vio refutada espectacularmente, confirmando así – por el contrario – cuán secundaria era la influencia de esta política sobre la lucha revolucionaria dentro de cualquier país dado. El monumental levantamiento de la Revolución China – para no hablar de otras victorias en Vietnam, Yugoeslavia y Albania – lo demostraron definitivamente. La Revolución China, giro fundamental de la historia mundial de las últimas décadas, concentra todos los principales errores que acosaban al pensamiento de Trotsky. Fue una revolución victoriosa conducida por un partido que nunca desafió abiertamente a la Comintern o a Stalin. Esto era algo que a Trotsky le parecía imposible: de allí su decisión de crear una nueva Internacional. Dicha revolución estaba basada en el campo y su fuerza principal fue el campesinado, a pesar de lo cual nunca abandonó su programa o su ideología socialista. Trotsky condenó explícitamente a Mao y al partido chino por retirarse a la China rural después de 1927, y predijo que degenerarían en un mero movimiento campesino. Imposible concebir prueba más evidente del sociologismo de Trotsky.[15]

Este fue su juicio acerca del fenómeno político más decisivo de la época, y revela con la mayor claridad su constante tendencia a trasladar inmediatamente las instituciones políticas a las fuerzas sociales, como así también los enormes errores a que tal desviación teórica conduce. (Puede agregarse que los escritos de Trotsky sobre China demuestran su incomprensión de la potencia revolucionaria de la guerra de guerrillas, a la que él había sabido someter como Comandante del Ejército Rojo. En este punto, tanto Lenin como Mao fueron – en diferentes momentos – superiores a él.) Así, Trotsky no tuvo nunca una plena conciencia de las formidables victorias de la Larga Marcha y de la guerra antijaponesa. Las categorías de su marxismo le impedían comprender la importancia de estos acontecimientos. De allí en adelante, la experiencia china, que llegaría a ser el vértice de la revolución mundial hacia la mitad del siglo, se le escapó.  

También se le escapó a Stalin, por supuesto. Pero de eso precisamente se trata. La política de Stalin no era frenética, con poder de vida y muerte sobre el movimiento revolucionario mundial. Fueron los movimientos cautelosos y conservadores del Estado soviético los que necesariamente tendrían sólo una influencia limitada sobre los acontecimientos que se producían en otros lugares, excepto cuando ese Estado sobrepasó sus fronteras nacionales, como en 1944-45.

La política de Stalin no fue más responsable del fracaso de la revolución en Occidente que lo fue del éxito de la revolución en Oriente. Aquellos partidos con suficiente vitalidad como para ignorar las directivas de la Comintern fueron los que tuvieron suficiente poder combativo como para ganar la revolución; aquellos que se sometieron dócilmente a las erróneas directrices de la Comintern no fueron los más aptos para derrotar a la burguesía. El hecho de que Stalin se equivocara con tanta frecuencia en esos años no significa, por el contrario, que Trotsky estuviera siempre en lo cierto. El leninismo había desaparecido con su autor, y las acusaciones mutuas hechas en estas décadas resonaban en el abismo de su ausencia.

Resumen

Para resumir: la indiferencia de Trotsky hacia las instituciones políticas lo alejó de Lenin antes de la Revolución de Octubre y lo excluyó del partido bolchevique. Su teoría y su práctica anteriores lo aislaron luego dentro del partido, en la década de los años veinte y aseguraron finalmente su derrota. En los años treinta su internacionalismo abstracto le impidió comprender la compleja dinámica intra-nacional que regía al desarrollo fundamental de los diferentes desprendimientos del movimiento revolucionario mundial.

El sociologismo de Trotsky forma una unidad coherente. Resulta innecesario decir que una crítica a su práctica teórica y política no disminuye, de ninguna manera, sus extraordinarios logros durante la Revolución de Octubre y la Guerra Civil. Por el contrario, como mi ensayo destaca, ambas estaban orgánicamente unidas: Trotsky tenía todas las virtudes de sus vicios.

Esto se aplica también al último período de su vida. Expresé en mi ensayo que estos años estuvieron  “dominados por su simbólica relación con el gran drama de la década anterior, que para él se había convertido en un trágico destino. Sus actividades se tornaron sumamente insignificantes”.

Pero esta insignificancia no era la de los gestos teatrales y las adaptaciones tácticas de la década de los años veinte. No se trataba ya de una falta de perspectiva. En su nuevo impasse, Trotsky alcanzó cierta grandeza. La escisión entre el “deber” y el “ser” tuvo una base histórica objetiva en la década de los años treinta. El “deber” de Trotsky fue sin embargo válido por cuanto la unión del socialismo con el nacionalismo y con un sistema autocrático es un absurdo. Pero por entonces no había posibilidad de que él lograra una existencia histórica definida.

Trotsky se convirtió en un mito identificándose con su “deber”. Fue Engels quien escribió que, mientras los socialistas utópicos estaban errados en un sentido económico, representaban una verdad en un sentido último, vinculado a la historia universal. Algo similar puede decirse de Trotsky. Mandel afirma que él representaba los “principios de  la democracia soviética y del internacionalismo revolucionario”.

Sin embargo, la realidad no es nunca una mera cuestión de principios. El precio que Trotsky debió pagar por su estatura fue tornarse irreal, convertirse en un mito romántico y en un símbolo. Era revolucionario en una escala clásica. Su tragedia consistió en sobrevivir en una época y en un campo de batalla post-clásicos. Está bien restaurar esta categoría fundamental. Porque el marxismo no es un optimismo beatífico es la comprensión de una época intolerable y la acción para transformarla.

1 No puedo examinar, dentro de la extensión de este artículo, hasta dónde las proposiciones de Trotsky de 1923-24 para la introducción de un plan central en 1925-27 para la industrialización correspondían a las posibilidades reales existentes en eI momento en que fueron formuladas. Uno de los mitos del trotskismo vulgar es que la implementación por parte de Stalin después de 1928,de planes de mucho mayor alcance que los que habían sido propuestos por la oposición prueba per se que estos últimos eran correctos. Según escribe Maurice Dobb, ”no se deduce que lo que puede haber sido practicable en 1928-29 fuera necesariamente practicable en una fecha anterior, cuando tanto la industria como la agricultura eran más débiles” (M. Dobb, Soviet Economic Development since 1917, London, 1948, pp. 206-207). Véase también R. W. Daves. ”The Inadequacies of Russian Trotskysm”, en Labour Review (London) July-August 1957. Sin embargo, yo aceptaría el argumento de que si el partido hubiera tenido en cuenta antes las advertencias de la oposición contra el peligroso crecimiento del poder de los kulaks en el campo, el proceso de colectivización de 1929-30 podría haber sido menos violento.

2 Carta de Trotsky al Plenarium del CC del PCR. enero 15 de 1925. En J. Murphy (ed.) Errors of Trotskysm (London, 1925), p. 374.


[1] El profeta armado, p. 14.

[2] La revolución permanente, p. 49 de la edic. inglesa.

[3] El profeta armado, p. 243.

[4] En mi primer ensayo, destaqué la complementariedad objetiva de las políticas de la izquierda y de la derecha, y ello constituye una tesis central que Mandel ignora. El problema que enfrentaba al partido era la forma que adquiriera la síntesis. De hecho, la unidad de izquierda-derecha que los derechistas y los izquierdistas no lograron fue fomentada por Stalin de tres maneras. Primero, por la elemental amalgama de derechismo e izquierdismo de la zigzagueante política oficial soviética. Segundo, dando origen al mito de que tal bloque antipartidario existía realmente. Y tercero, llevando a cabo la unidad de izquierdistas y derechistas en las prisiones.

[5] El profeta desarmado. p. 411. [Por error en el original inglés figura El profeta armado. N. del E].

[6] Es extraño que se me acuse de reducir todo a una lucha por el poder dentro del marco de la organización. No admiro la política del poder. Aun la política en un sentido más amplio, mientras tenga una relativa autonomía estructural es algo más que mera política para los revolucionarios socialistas, aquellos que lo son conscientemente.

[7] Es incorrecto que Mandel sugiera que Stalin era una persona mediocre comparada con Napoleón III. Tampoco era un “gigante entre enanos”. Sus características personales fueron, por supuesto, una condición necesaria de su papel histórico, pero fue el contexto político lo que determinó su impacto. Es posible que las características negativas de Trotsky fueran más significativas que las características positivas de Stalin – el momento übergreifendes – en la génesis del ascenso de Stalin.

[8] Es evidente que en la década de los años treinta, la forma en que la colectivización fue conducida como campaña hizo que muchos de los funcionarios de Stalin dudaran de su dirigente. Fue entonces cuando Stalin eliminó a aquellos de los cuales él era una creación, y los sustituyó por los que eran una creación suya. De esta manera puede decirse que él llevó a cabo parte del programa de Trotsky. Los jóvenes, la mayoría de ellos provenientes de la clase obrera, ocuparon los puestos de la Vieja Guardia. (Más tarde se convirtieron en dirigentes del país: Jruschev, Malenkov y otros). La abrumadora mayoría en el Congreso de 1934, el Congreso de los Triunfadores, fue víctima de las purgas. Sociológicamente éste fue el principal cambio, camuflado de hecho por los procesos espectaculares de la anterior oposición de izquierda y de derecha, es decir por el proceso a los que se habían transformado en políticamente insignificantes. Con Stalin, los funcionarios del partido y del Estado no tuvieron nunca la oportunidad de convertirse en un grupo social permanente y estable.

[9] Fue en este mismo artículo de 1918 que Lenin escribió en contra de aquellos que creían que era un error haber tomado el poder: “Así argumentan… (quienes) olvidan que jamás se dará la “correspondencia”, que no lo puede haber en el desarrollo de la naturaleza ni de la sociedad, y que solamente por medio de una serie de tentativas – cada una de ellas, tomada por separado, será unilateral y adolecerá de cierta falta de correspondencia – se creará el socialismo integral, producto de la colaboración revolucionaria de los proletarios de todos los países”.

[10] Lunatcharski comentó cierta vez, acerca de la personalidad de Trotsky: “Trotsky atesora su papel revolucionario y probablemente estaría dispuesto a hacer cualquier sacrificio personal, sin excluir el mayor sacrificio, el de su vida, a fin de perdurar en la memoria de los hombres provisto de la aureola de un genuino líder revolucionario”. Algo de verdad hay en ello. Trotsky era dado a las actitudes y a las afirmaciones  “dramáticas”, que, para criterios más mesurados, no siempre estaban justificados. Podría decirse que su tragedia fue una tragedia de tipo schilleriano, a diferencia de la tragedia de los últimos años de Lenin. Se recordará que Marx y Engels criticaron el drama Sickingen de Lasalle, calificándolo de schilleriano en comparación con el drama shakesperiano.

[11] La revolución permanente, p. 30 de la edic. inglesa.

[12] Ibid., p. 143 de la edic. inglesa.

[13] Ibid., p. 26. Dije en mi primer ensayo que la perspectiva de Stalin en esta cuestión fue superior a la de Trotsky. El aislamiento de Rusia era un hecho. Pero eso no fue el objeto de la cuestión. Durante la discusión del Comité Central acerca del Tratado de Paz con Alemania en enero de 1918, Stalin dijo que en lo que concernía a los movimientos revolucionarios occidentales, no había hechos sino sólo posibilidades, y que las posibilidades no podían ser tenidas en cuenta. “¿No pueden ser tenidas en cuenta?” preguntó Lenin. Esto fue una diferencia decisiva entre los dos, entonces y después. Lenin nunca ignoró los hechos, pero siempre tuvo en cuenta las posibilidades.

[14] Hay aquí un significativo contraste entre Trotsky y Lenin. Puede verse un buen ejemplo de ello en sus actitudes hacia Noruega y Serbia respectivamente en las dos guerras mundiales. En 1940, cuando los alemanes habían invadido Noruega, Trotsky escribió: “Dos gobiernos luchan en Noruega: el gobierno de los nazis europeos, apoyado por las tropas alemanas en el sur, y el antiguo gobierno socialdemócrata con su rey en el norte. Lo que se da en Noruega es el enfrentamiento directo e inmediato entre dos campos imperialistas, en cuyas manos los gobiernos noruegos en guerra son sólo instrumentos auxiliares. En el escenario mundial, no apoyamos ni el campo de los aliados ni al de Alemania. En consecuencia no tenemos la menor razón ni justificación para apoyar a ninguno de sus instrumentos temporales dentro de Noruega”. In defence of marxism. pp. 171-172 [hay versión en esp.]. En otras palabras, Trotsky se negó a reconocer la relativa justicia de la causa nacional noruega contra los alemanes. Repitió mecánica y abstractamente las posiciones revolucionarias clásicas de la Primera Guerra Mundial a pesar de las evidentes diferencias entre ellas. En 1914 Lenin por el contrario basó toda su política en una absoluta condena de la Guerra Mundial como una lucha interimperialista, pero dijo que había una relativa justicia en la lucha nacional serbia contra los imperios austro-húngaro y alemán. Habló de su expedición expoliadora contra Serbia. Su marxismo fue siempre dialéctico: integró tanto las contradicciones principales como las secundarias.

[15] El desconocimiento de Trotsky de la Revolución China contrasta de manera reveladora con la importancia que asignó a intelectuales americanos insignificantes y a los pequeños grupos políticos que ellos representaban. El sociologismo que lo indujo a desdeñar al partido chino como un fenómeno campesino lo indujo también a creer que la clase obrera americana – por representar al proletariado del país capitalista más avanzado – era una fuerza histórica decisiva en la década de los años treinta y, por lo tanto, las disputas ideológicas acerca de ella tenían una enorme importancia. De allí lo oprobioso de sus debates con Burnham. Schachtman y otros (agravados por la conciencia que Trotsky tenía de su nulidad ).

Ernest Mandel: Crítica de una Crítica

La crítica de Nicolás Krassó al pensamiento y las actividades políticas de Trotsky nos ofrece una buena ocasión para debatir algunas concepciones erróneas y algunos prejuicios que siguen preocupando a buen número de intelectuales de izquierda no alineados. Las raíces de estas concepciones falsas son fáciles de descubrir. La revelación y denuncia públicas de los peores crímenes de Stalin por parte de los dirigentes soviéticos actuales no se ven acompañadas en absoluto por la adopción de la política por la que Trotsky luchó durante los últimos quince años de su vida. Ni en la organización interna de los países “socialistas” ni en su política internacional (excepción hecha de Cuba) han vuelto los dirigentes de esos países a los principios de la democracia soviética y del internacionalismo proletario defendidos por Trotsky.

Sin embargo, históricamente, el hecho de que Stalin haya sido derribado de su pedestal y de que muchas de las acusaciones lanzadas contra él por Trotsky se reconozcan como ciertas constituye una formidable rehabilitación histórica para quien fuera asesinado por un agente de Stalin, el 20 de agosto de 1940, en Coyoacán.

Todos aquellos que permanecen fuera de la lucha por hacer triunfar finalmente el programa de Trotsky – por su completa rehabilitación política – tratarán, por consiguiente, de justificar su abstención en base a los fallos, errores y debilidades de este programa. Para ello, no irán a repetir las burdas exageraciones y falsificaciones forjadas por los estalinistas en los años treinta, cuarenta y cincuenta, según las cuales Trotsky fue un contrarrevolucionario y un agente del imperialismo, y deseó, o, al menos favoreció objetivamente la restauración del capitalismo en la URSS.

Tendrán que decantarse, pues, por los argumentos propuestos por los adversarios más refinados e inteligentes, que reprochaban a Trotsky, durante los años veinte, de no ser en realidad un bolchevique, sino un socialdemócrata de izquierda que no había comprendido en absoluto las particularidades de Rusia, ni las sutilezas de la teoría leninista de la organización ni la dialéctica compleja de la lucha proletaria tanto de Occidente como de Oriente. Esto es precisamente lo que está haciendo Krassó.

1. Clases, partidos y autonomía de las instituciones políticas

La tesis central de Krassó es sencilla: el pecado capital de Trotsky era su falta de comprensión del papel de un partido revolucionario; creía que las fuerzas sociales podían, directa e inmediatamente, modelar la historia, que eran transportables, tal cual, en organizaciones políticas. Esto, según parece, le impidió llegar nunca a comprender la teoría leninista de la organización, y le condujo a un sociologismo vulgar y al voluntarismo.

Su salida del bolchevismo en 1904, su papel en la revolución de octubre, su creación del Ejército rojo, su derrota en las luchas internas del partido en 1923-27, su concepción de la historia, su  “vano intento” de edificar la IV Internacional, todo ello está condicionado por el sociologismo y el voluntarismo. El marxismo de Trotsky, según Krassó, “forma una unidad coherente y característica desde la primera juventud hasta la vejez”.

Nadie discutirá que, antes de 1917, Trotsky rechazó lo esencial de la teoría de la organización de Lenin[1]. No discutiremos que el partido, la ideología y la psicología de las clases sociales pueden adquirir un determinado grado de autonomía en el proceso histórico, ni que el marxismo, por citar a Krassó (y no sólo el marxismo-leninismo, sino todas las demás interpretaciones fieles a la doctrina de Marx), “queda, en verdad, definido por la noción de una  totalidad compleja en la que todos los niveles – el económico, el social, el político y el ideológico – son siempre operacionales y se relevan como foco principal de las contradicciones”.

Pero ésta es una base muy pobre para justificar la tesis de Krassó. Si tratamos de analizar el verdadero pensamiento de Trotsky y su desarrollo a lo largo de casi cuarenta años, tropezaremos, a cada paso, con la insuficiencia y la infidelidad del cuadro esbozado por Krassó.

Ante todo, es falso que Trotsky, al rechazar la teoría leninista de la organización, tomara su propio modelo del partido socialdemócrata alemán en tanto que  “partido que englobaba a la clase obrera en su conjunto”. Históricamente, sería mucho más exacto sostener lo contrario, y poner de relieve que la teoría leninista de la organización fue tomada en gran medida de los teóricos de la socialdemocracia alemana y austríaca, Kautsky y Adler[2].

La oposición injustificada de Trotsky a la teoría de Lenin se basaba en su desconfianza frente al aparato social-demócrata occidental, considerado como esencialmente conservador. El propio Krassó admite, unas páginas más adelante, que Trotsky, ya en 1905, tenía una actitud más crítica que Lenin respecto a la socialdemocracia occidental. ¿Cómo hubiera podido calcar su idea del partido sobre esa socialdemocracia[3]?

En segundo lugar, es totalmente falsa la insinuación de que Trotsky siguió haciendo caso omiso o rechazando la teoría leninista de la organización tras haber reconocido, en 1917, que, finalmente, Lenin había tenido razón. Esta hipótesis carece de fundamento; el propio Lenin declaró – tras haber comprendido Trotsky que la unión con los mencheviques era imposible[4] – que “no había mejor bolchevique que Trotsky”[5].

Todos los escritos de Trotsky posteriores a 1917 insisten en el papel decisivo, en nuestra época, del partido revolucionario. En todos los puntos de inflexión de su carrera: en 1923, con Lecciones de octubre y Nuevo curso; en 1926, con la Plataforma de la oposición de izquierda; en su crítica a la desastrosa política de la Comintern en China, en Alemania, en España y en Francia; en el curso de los años treinta, en su Historia de la revolución rusa y en sus testamentos políticos, el Programa de transición de la IV Internacional y el Manifiesto de la conferencia extraordinaria de la IV Internacional (mayo de 1940), subrayó, incansablemente, que la cuestión de la construcción de los partidos revolucionarios era el problema clave de esta época:

“La crisis histórica de la humanidad se resume en la crisis de la dirección revolucionaria.” [6] Extraño modo, en verdad, de “olvidar” el papel de la vanguardia y de creer que las fuerzas sociales pueden modelar directa e inmediatamente la historia…

Es cierto que, para Trotsky, una vanguardia revolucionaria no era simplemente una máquina política hábilmente construida y bien engrasada. Semejante concepción – que, como se sabe, tiene su origen en la política burguesa americana, a menudo difícil de distinguir del gangsterismo – era totalmente extraña a Lenin, al bolchevismo y a todo el movimiento obrero internacional, hasta el día en que Stalin la introdujo y la puso en práctica en la Comintern.

Para Trotsky, así como para Lenin y para toda tendencia marxista, un partido revolucionario de vanguardia debe juzgarse objetivamente, ante todo, a la luz de su programa explícito y de su política real. En todos los casos en que el partido, por bien que funcione, por fuerte que sea, se pone a actuar contra los intereses de la revolución y de la clase obrera, hay que desarrollar una lucha para enderezarlo.

Cuando sus acciones se convierten en contrarias, de modo no episódico y durante todo un período, a los intereses del proletariado, no puede de ningún modo ser considerado como un partido revolucionario de vanguardia, y entonces se impone inmediatamente la tarea de construir uno nuevo.[7]

Naturalmente, ni Lenin ni Trotsky identificaron nunca un partido revolucionario con un programa correcto. Lenin declaró explícitamente que una política correcta no podía demostrar su justeza, durante un largo período, más que por su capacidad para ganarse a una parte importante de la clase obrera, o, de hecho, a su mayoría.[8]

Pero ambos elementos son los complementos indispensables para la construcción de un partido revolucionario de vanguardia. En ausencia de un programa y una política correcta, un partido puede convertirse objetivamente en contrarrevolucionario, sea cual sea la amplitud de su influencia en la clase obrera. Si no adquieren, a la larga, una influencia de masas en el seno de la clase obrera, los revolucionarios armados con el mejor de los programas degenerarán en una secta estéril.

Vemos, pues, en tercer lugar, que, lejos de resolver el problema con la afirmación de “la autonomía de las instituciones políticas”, que, según se nos dice, Trotsky no comprendió, Krassó plantea sencillamente una pregunta sin aportar ninguna respuesta. Ya que el problema consiste precisamente en comprender a la vez la autonomía de las instituciones políticas y el carácter relativo de esta autonomía. Después de todo, fueron Marx y Engels, y no Trotsky, los que dijeron que toda historia es, en último análisis, la historia de la lucha de clases.[9]

Las instituciones políticas son organismos funcionales. Si se separan de las fuerzas sociales a las que supuestamente sirven, pierden muy rápidamente su eficacia y su poder, a menos que otras fuerzas sociales las utilicen.[10]Esto fue precisamente lo que ocurrió con Stalin y su fracción en el seno del Partido bolchevique.

La  “pura” política de poder que tanto parece admirar Krassó degrada a sus protagonistas hasta el punto de que pierden todo control sobre sus propias acciones. El vínculo entre los fines conscientes y las consecuencias objetivas de estas acciones se difumina y finalmente desaparece. Los marxistas, por el contrario, conceden la mayor importancia a la acción consciente; y tal conciencia implica reconocer el papel decisivo de las fuerzas sociales y de los límites que este papel impone inevitablemente a la acción de todo individuo. La incomprensión por parte de Krassó de esta relación dialéctica entre partido y clase, su desconocimiento del problema, están en el origen de la debilidad fundamental de su ensayo.

La clase obrera no puede triunfar sin partido de vanguardia. Pero el partido de vanguardia es, a su vez, producto de la clase obrera, aunque no tan sólo de ella. No puede desempeñar su papel más que si cuenta con el apoyo de la parte más activa, de esta clase.[11]

Por otra parte, en ausencia de condiciones favorables, la clase obrera no puede producir ese partido de vanguardia, ni el partido de vanguardia puede conducir a la clase obrera a la victoria. Por último, a falta de una clara comprensión de estos problemas, no surgirá ningún partido de vanguardia, aun cuando las condiciones sean favorables, y se perderán irrevocablemente, por largo tiempo, las oportunidades de victoria de la revolución.

Desde 1916, Trotsky comprendió perfectamente esta relación dialéctica y la aplicó a distintas situaciones concretas de un modo tan magistral que es absurdo afirmar, como hace Krassó, que  “no supo discernir el poder autónomo de las instituciones políticas”. El propio Krassó define los ensayos de Trotsky sobre el fascismo alemán como  “los únicos escritos marxistas de aquella época, en los que se prevén las catastróficas consecuencias del nazismo y de la política demente que la Comintern, en su Tercer Período, practicó al respecto”. Pero, ¿cómo pudo Trotsky alcanzar un análisis tan correcto de la evolución de la sociedad alemana entre 1929 y 1933 sin un examen detallado y sin una comprensión no sólo de las clases sociales y de las fracciones de clase, sino también de sus partidos? ¿No demuestran esos brillantes escritos su capacidad de apreciar correctamente la importancia de los partidos, sobre todo de aquellos que ejercen influencia sobre la clase obrera? ¿No quedan resumidas sus advertencias en este grito de Casandra: ”O bien el partido comunista y la socialdemocracia combatirán juntos a Hitler, o bien Hitler aplastará a la clase obrera alemana por un largo período”? ¿No se basaba este llamamiento, precisamente, en la comprensión por parte de Trotsky de la incapacidad de la clase obrera para enfrentarse a la amenaza fascista sin la unión de los partidos obreros? ¿No iba emparejado todo este análisis con un estudio, igualmente minucioso, de la evolución de las instituciones políticas burguesas, análisis que permitió a Trotsky descubrir el valor universal, en nuestra época, de la categoría marxista del bonapartismo? A la luz de todos estos hechos, ¿qué queda de la tesis de Krassó según la cual Trotsky ”subestimó el poder autónomo de las instituciones políticas” hasta el fin de sus días?

2. La lucha por el poder y los conflictos sociales en la Unión Soviética (1923-1927)

Al estudiar la ”lucha por el poder” en el seno del partido comunista soviético entre 1923 y 1927, Krassó se divide en dos líneas de pensamiento contradictorias. Por un lado, pretende que Trotsky cometió error tras error por subestimar la autonomía de las instituciones políticas. No quiso aliarse con la derecha de Stalin y, con ello, le proporcionó a Stalin la victoria, ya que el único medio de impedir tal victoria era el de unir contra Stalin a todos los viejos bolcheviques.

Por otro lado, sostiene que Trotsky no tenía ninguna posibilidad de victoria, dada la actitud de toda la vieja guardia bolchevique, virtualmente unida contra él en 1923: ”En efecto, Stalin era ya dueño de la organización del partido en 1923.” Estas dos líneas de pensamiento son contradictorias. En el primer caso, la victoria de Stalin es consecuencia de los errores de su adversario; en el segundo, esta victoria es inevitable.

La debilidad del análisis de Krassó se evidencia claramente por el hecho de que ninguna de las dos versiones aporta ninguna explicación; los hechos – o, mejor dicho, la interpretación parcialmente falsa que Krassó da de ellos –, sencillamente, se presuponen. Según la primera versión, y quién sabe por qué razón, no sólo Trotsky, sino también todos los viejos bolcheviques desatendieron las advertencias de Lenin sobre el poder de Stalin, y se unieron a éste contra Trotsky en vez de unirse a Trotsky en su lucha contra Stalin. Según la segunda versión, sin que se sepa tampoco por qué, Stalin se adueña repentinamente del partido ya en 1923, estando aún en vida Lenin. ¿Obedeció ello tan sólo a su habilidad para maniobrar en el seno del partido, a su “capacidad de persuadir a los individuos y a los grupos para que aceptaran la política que preconizaba”, o, incluso, a su “gran paciencia”? Pero si así fue, eso quiere decir que Stalin surgió como un gigante entre enanos, y que incluso Lenin se dejó manipular por el astuto secretario general…

En este caso, la historia se hace completamente incomprensible para la ciencia social, y se reduce, en un vacío social, a un escenario por la “conquista del poder”. Los millones de víctimas de la colectivización forzosa y de la Yejovchtchina; la conquista del poder por Hitler; la derrota de los republicanos españoles y los cincuenta millones de víctimas de la segunda guerra mundial, todo ello parece deberse al accidente genético de la concepción de José Djugashvili.

Vemos aquí el resultado final de la insistencia en una autonomía absoluta de las instituciones políticas, separadas de las fuerzas sociales, y de la negativa a considerar las luchas políticas como reflejo, en último análisis, de los intereses contradictorios de las fuerzas sociales. Marx, en su prefacio a la segunda edición de El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, señala que Víctor Hugo, al considerar la toma del poder por Luis Bonaparte como golpe de fuerza de un individuo, “lo engrandecía en vez de disminuirlo, atribuyéndole un poder de iniciativa personal sin precedente en la historia”.[12] Y las consecuencias de la toma del poder por Luis Bonaparte parecen minúsculas en comparación a las que tuvo la toma del poder por Stalin.

El método correcto para comprender y explicar lo que ocurrió en Rusia entre 1923 y 1927, o, más bien, entre 1920 y 1936, consiste en exponer, tal como sugiere Marx en el prefacio antes mencionado, “cómo la lucha de clases ha podido crear unas circunstancias y una situación en que un personaje mediocre” pudo convertirse en héroe y dictador.

En este contexto, lo importante, según el método no marxista de Krassó, no es únicamente el que considere las luchas internas del partido “focalizadas en el ejercicio del poder como tal”, es decir, en cierta medida, separadas incluso de las cuestiones políticas que suscitaron. Lo importante es, sobre todo, el negarse a vincular, directa o indirectamente, las contradicciones sociales con la lucha política tal como se expresa, especialmente, cuando entran en juego  ideas o programas divergentes. Aquí, la idea de autonomía de las instituciones políticas es llevada hasta un punto en que se hace incompatible con el materialismo histórico.

De hecho, cuando Krassó echa en cara a Trotsky el haber escrito que “incluso divergencias episódicas y matices de opinión pueden expresar la presión oculta de intereses sociales distintos” (subrayado nuestro), ¡lo que le echa en cara es ser marxista! Ya que esta frase en concreto no plantea, como parece suponer Krassó, ninguna ”identidad” eventual entre los partidos y las clases, sino sencillamente el hecho de que los partidos, en último análisis, representan intereses sociales, y no pueden ser entendidos históricamente más que como portavoces de distintos intereses sociales. Esto es, a fin de cuentas, lo que Marx expuso detalladamnte en La lucha de clases en Francia, 1848-1850, y en El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, por no citar más que las obras más conocidas.

Nada tiene de sorprendente que, en estas condiciones, Krassó no mencione ni siquiera una sola vez a la capa social que convierte en inteligible, en términos sociohistóricos, toda la historia rusa de los años veinte: la burocracia. No debe considerarse como una idiosincrasia personal la reiterada insistencia de Trotsky sobre el papel de la burocracia como fuerza social con intereses separados[13] de los del proletariado. Ya en 1871, Marx y Engels, en sus escritos sobre la Comuna de París, llamaron la atención sobre el peligro de que una burocracia pudiera dominar un Estado proletario, y enumeraron una serie de normas sencillas para eludir este peligro[14]. Kautsky, en el mejor período de su madurez, cuando Lenin se consideraba su discípulo, señaló este peligro, en 1898, de modo profético.[15] Lenin, en El Estado y la revolución y en el primer programa bolchevique tras la revolución de octubre, subraya la gravedad de este problema.[16]

Hubiera podido esperarse que un escritor como Krassó, que se considera un gran admirador de Lenin, prestara, al menos, alguna atención a aquello que se convirtió en el principal combate final de Lenin, en la preocupación obsesiva de la última parte de su vida: la lucha contra la burocracia. Ya en 1921, se negaba a definir a la Unión Soviética como Estado obrero, declarando, en cambio, que Rusia era un “Estado proletario con deformaciones burocráticas”. Su aprensión y su inquietud fueron creciendo mes a mes. Puede seguirse esta evolución de artículo en artículo en todos sus últimos escritos, hasta llegar a las sombrías profecías de su último ensayo y de su Testamento.[17]  

Lenin comprendió, sin la menor duda, la interacción concreta entre el proceso socialpasividad política creciente de la clase obrera y poder creciente de la burocracia en el aparato del partido y en la sociedad, junto a una creciente burocratización del aparato del partido – y las luchas internas en el partido. Trotsky, empleando el mismo método, comprendió, indudablemente – al cabo de cierto tiempo –, esta interacción, y actuó en consecuencia.[18]

Lo trágico fue que los demás miembros del Partido bolchevique no vieron a tiempo el peligro de la burocracia y de la ascensión de Stalin como representante de la burocracia soviética. Todos acabaron por ver el peligro, en un momento u otro, pero no lo hicieron ni a la vez ni lo bastante pronto. Esta es la razón fundamental de la aparente facilidad con que Stalin conquistó el poder.

Está fuera de toda duda de que Trotsky cometiera errores tácticos en la lucha, errores particularmente evidentes hoy para autores como Krassó, dotados de esa fuente única de inteligencia política que es la perspicacia retrospectiva.[19] Pero también Lenin cometió errores. Después de todo, fue Lenin el que creó el aparato del partido que ahora empezaba a degenerar.

Fue Lenin el que no se opuso a la elección de Stalin para el cargo de secretario general. Fue Lenin el que avaló con su autoridad personal una serie de medidas institucionales y administrativas que favorecieron poderosamente la victoria de la burocracia, y que hoy sabemos – también por perspicacia retrospectiva – que hubieran podido evitarse sin destruir la revolución: la norma de la autoridad única del director de fábrica; la excesiva importancia concedida a los estímulos materiales; la exagerada identificación entre el partido y el Estado; la supresión de los vestigios de partidos o agrupamientos soviéticos que no fueran el Partido bolchevique cuando ya la guerra civil había terminado (y cuando esos mismos agrupamientos habían sido tolerados, durante la guerra civil, a condición de no pactar con la contrarrevolución); la supresión del derecho tradicional de los miembros del Partido bolchevique a formar fracciones.[20]

Puede decirse, de forma mucho más general, que, después de la guerra civil y al comienzo de la NEP, Lenin exageró el peligro inmediato que podía resultar del relajamiento de la disciplina en el partido, y que subestimó el peligro de que la supresión de las libertades civiles (de las que hasta entonces gozaban las tendencias no bolcheviques) y la reducción de la democracia interna del partido aceleraran el proceso de burocratización que tan justificadamente temía.

El origen de este error reside, precisamente, en una identificación demasiado estrecha entre el partido y el proletariado, y en la creencia de que el partido defendía de modo autónomo las conquistas del proletariado. Algunos años más tarde, Lenin comprendió hasta qué punto se había equivocado; pero era ya tarde para eliminar el germen del peligro de burocratización del aparato del partido.

Krassó se equivoca por completo cuando opina que Trotsky subestimó la autonomía del poder de las instituciones políticas durante su dramática lucha en el seno del partido entre 1923 y 1927. Lo cierto es todo lo contrario. Su estrategia política, en el curso de aquel período, sólo puede entenderse a la luz de cómo entendió la relación dialéctica particular entre las condiciones objetivas de la sociedad soviética, rodeada de Estados capitalistas hostiles, la fuerza correspondiente de los agrupamientos sociales en la sociedad soviética y el papel autónomo del Partido bolchevique en ese período particular y en esas condiciones concretas.

Debido a que Krassó no comprende esta estrategia, y que desea, evidentemente, explicar las posiciones de Trotsky a través de su supuesto pecado original de éste, se sorprende y denuncia su total incoherencia. “Trotsky, nos dice, nunca abordó de modo concreto el problema de la puesta en práctica de su política económica en el curso de los años veinte.” Esta política económica, según Krassó, no era más que el resultado del “talento administrativo” de Trotsky, y no el de una elaboración política correcta que tomara en cuenta las diferentes fuerzas sociales de la URSS.

Además, esta política no provenía de su teoría de la revolución permanente, que implicaba que ”no es viable el socialismo en un solo país” ya que sucumbiría bajo los efectos de la ”subversión” que desencadenara el mercado mundial y de la agresión imperialista extranjera… Ante tantas deformaciones de la historia, nos preguntamos si acaso las incoherencias que Krassó imputa a Trotsky no existirán tan sólo en la mente de Krassó.

Resulta incoherente, en efecto, contraponer el programa económico de urgencia de Trotsky a su concepto de “revolución permanente”.[21] ¿Cómo podía un marxista, que, según Krassó, les daba a las ideas tanta preponderancia y las vinculaba de forma tan ”inmediata” a las fuerzas sociales, luchar por un crecimiento económico acelerado de la Unión Soviética y, al mismo tiempo, sostener que todo dependía de una revolución internacional inminente sin la cual la Unión Soviética se hundiría? ¿Acaso la segunda afirmación no convierte en ilusoria la lucha económica? He aquí una contradicción implícita de la versión falsificada de la teoría de la revolución permanente, que ni los críticos estalinistas de ayer y de hoy ni algunos estúpidos seudodiscípulos de extrema izquierda han sido nunca capaces de resolver. El misterio es de fácil elucidación cuando se plantea el problema en unos términos correctos: todo lo que afirmó Trotsky en su tercera “ley de la revolución permanente” fue que una sociedad socialista acabada, es decir, una sociedad sin clases, sin comercio, sin moneda y sin Estado, nunca podrá ser realizada dentro de las fronteras de un solo Estado (entonces más atrasado que la mayoría de los Estados capitalistas avanzados de la época.[22] Ni por un solo instante negó la necesidad de empezar a edificar el socialismo o de lograr, con este objeto, un crecimiento económico acelerado que debería proseguirse durante todo el tiempo en que la revolución sólo se hubiera realizado en un único país. Al fin y al cabo, él fue el primero en proponer concretamente una política de aceleración de la industrialización.

Si todo el debate se redujera al problema teórico abstracto de la terminación del socialismo (distinto del comunismo, que se caracteriza por la desaparición total de la división social del trabajo), cabría entonces preguntarse: ¿por qué fue la discusión tan encarnizada? ¿No cometería Trotsky un grave error táctico al entrar personalmente en un combate tan difícilmente comprensible para la gran mayoría de los miembros del partido?

Lo cierto es que no fue ni mucho menos Trotsky el que levantó el problema, sino Stalin y su fracción. Se trató, sin duda, de un “hábil” movimiento táctico orientado a separar a Trotsky y sus partidarios de los más pragmáticos de los cuadros bolcheviques. Sin embargo, la mayoría de la vieja guardia, incluyendo a la viuda de Lenin, se alineó con la oposición de izquierda unida; Zinoviev y Kamenev, en particular, se lanzaron a la batalla. La oposición de Trotsky a la teoría del  “socialismo en un solo país” se convirtió, de este modo, en el terreno de su más estrecha colaboración con la vieja guardia después de la guerra civil.

Ni los malabarismos ideológicos de Stalin ni la resistencia que les opuso la vieja guardia fueron accidentales. En la teoría del  “socialismo en un solo país”, la burocracia expresaba la conciencia naciente de su poder, y volvía arrogantemente la espalda a los principios elementales del marxismo-leninismo. Se  “emancipaba” no sólo de la revolución mundial, sino también de toda la herencia teórica de Lenin, e incidentemente pensaba tener otras cosas por hacer que contar con la acción consciente de la clase obrera soviética y mundial. Al oponerse a este rechazo de la más elemental teoría marxista, la vieja guardia demostraba sus cualidades fundamentales.

Estaba dispuesta a seguir a Stalin para  “preservar la unidad del partido”, para “no comprometer la dictadura del proletariado”; pero se resistía a llegar hasta el abandono de los principios básicos de la teoría de Lenin. Tal como antes hemos dicho, la tragedia de los años veinte fue, de hecho, la tragedia de esta vieja guardia, es decir, del partido de Lenin sin Lenin. Pero Stalin le rindió el supremo homenaje de un total exterminio físico, revelando con ello su convicción de que la vieja guardia era, por naturaleza, “irrecuperable” para la siniestra dictadura burocrática de los años treinta y cuarenta.

Allí donde Krassó fragmenta el pensamiento de Trotsky, en el curso de los años veinte, en otros tantos pedazos dispersos e incoherentes, lo que hay en realidad es unidad dialéctica y coherencia. Trotsky estaba convencido de que la sociedad soviética, que estaba pasando del capitalismo al socialismo, no podría, en el marco de la NEP, resolver gradualmente sus problemas.

Rechazaba la idea de la coexistencia pacífica entre una pequeña producción mercantil y una industria socialista, anverso ya conocido de lo que era la “coexistencia pacífica” del capitalismo y el Estado obrero en el escenario mundial. Estaba convencido de que, tarde o temprano, las fuerzas sociales antagónicas se enfrentarían en los planos nacional e internacional. Su política puede resumirse de este modo: favorecer toda tendencia que, en el  plano nacional o en el internacional, fortalezca al proletariado, su poder numérico y cualitativo, su confianza en sí mismo y su dirección revolucionaria; debilitar todas las tendencias que, en el plano nacional o en el internacional, tiendan a dividir a la clase obrera o a disminuir su capacidad y su voluntad de autodefensa.

Desde esta óptica, todo se vuelve coherente y desaparece todo misterio. Trotsky es partidario de la industrialización porque es indispensable para el fortalecimiento del proletariado en el seno de la sociedad soviética. Es partidario de la colectivización gradual del campo para atenuar la presión de los campesinos ricos sobre el Estado proletario y el chantaje que pueden llegar a ejercer sobre las ciudades con la amenaza de cortar las entregas de grano. Es partidario de combinar la industrialización acelerada con la colectivización gradual de la tierra porque es preciso crear la infraestructura técnica de las granjas colectivas (tractores y maquinaria agrícola[23]), sin la cual la colectivización podría llegar a provocar el hambre en las ciudades.

Es partidario de una ampliación de la democracia de los soviets con objeto de estimular la actividad y la conciencia políticas de la clase obrera. Es partidario de eliminar el paro y de aumentar los salarios reales porque la industrialización, si va acompañada de un descenso del nivel de vida de los obreros, hace bajar la actividad política autónoma del proletariado en vez de aumentarla.[24] Es partidario de una línea de la Comintern que saque provecho de todas las condiciones favorables para la victoria proletaria en otros países, porque ello mejoraría la relación internacional de fuerzas a favor del proletariado. La combinación de estas medidas no hubiera evitado una primera prueba de fuerza con el enemigo; pero hubiera tenido lugar en unas condiciones mucho más favorables que en 1928-32, en el interior, y en 1941-45 en el exterior.

¿Era ””irreal” este programa? No, ya que existían las condiciones objetivas para su realización. Ningún historiador sin prejuicios puede hoy dudar de que si se hubiera seguido esa otra línea, el proletariado y el pueblo soviéticos se hubieran ahorrado innumerables sacrificios y sufrimientos, y que la humanidad se hubiera evitado, sino una guerra, sí al menos el azote del fascismo victorioso extendido por Europa, con sus decenas de millones de muertos. Pero este programa sí era irreal en el sentido de que las condiciones subjetivas para su realización eran inexistentes. El proletariado soviético estaba pasivo y fragmentado. Veía con simpatía el programa de la oposición de izquierda, pero no tenía la suficiente energía militante para luchar por él. En contra de lo que parece pensar Krassó, Trotsky no se hizo jamás la menor ilusión al respecto.

Abandonar de inmediato el Partido bolchevique, fundar un nuevo partido (ilegal), significaba contar demasiado exclusivamente con una clase obrera cada vez más pasiva. Contar con el ejército, organizar un golpe de Estado, significaba, de hecho, sustituir un aparato burocrático por otro y condenarse a convertirse en prisionero de la burocracia. Aquellos que echan en cara a Trotsky el no haber adoptado una de estas dos vías no comprenden la situación en términos de fuerzas sociales y políticas fundamentales. La tarea de un revolucionario proletario no consiste en “hacerse con el poder” empleando los medios que sean y en las condiciones que sean, sino en tomar el poder para poner en marcha un programa socialista.

Si el poder no puede obtenerse más que en unas condiciones que nos alejan de los objetivos de tal programa en vez de acercarnos a ellos, es preferible mil veces permanecer en la oposición. Los admiradores no marxistas del poder en abstracto, desvinculado de la realidad social, ven ahí una “debilidad”. Cualquier marxista convencido verá en ello, por el contrario, la mayor fuerza de Trotsky y su aportación a la historia, y no la grieta de su coraza.

¿Fue acaso la lucha de Trotsky durante los años veinte tan sólo una “pose” que adoptó ante la historia, con objeto de ”salvar el programa”? Dicho sea de paso, aunque así hubiera sido, Trotsky quedaría, históricamente, totalmente justificado. Hoy, debería resultar evidente que la reapropiación del auténtico marxismo por parte de la nueva vanguardia revolucionaria mundial se ve enormemente facilitada por el hecho de que Trotsky, casi solo, salvara la herencia y la continuidad del marxismo durante los ”oscuros años treinta”.   

En realidad, sin embargo, la lucha de Trotsky tuvo un objetivo más concreto. La clase obrera soviética estaba pasiva, pero no estaba predeterminada su pasividad durante un largo período. Cualquier impulso de la revolución internacional, cualquier modificación en la relación entre las fuerzas sociales en el interior podía determinar un renacimiento. Los instrumentos inmediatos para emprender estos cambios no podían ser otros que la Comintern y el Partido comunista de la Unión Soviética. Trotsky luchó para que el partido detuviera el proceso de degeneración burocrática, cosa que Lenin le había encomendado.

La historia ha revelado, a posteriori, que el aparato del partido se había burocratizado ya hasta el punto de actuar como motor y no como freno en el proceso de expropiación política del proletariado. A priori, el resultado de esta lucha dependía de las opciones políticas concretas de la dirección del PCUS, de los viejos bolcheviques. Un giro hacia la orientación correcta, en el momento oportuno, hubiera podido invertir el proceso; no hasta el punto de eliminar por completo a la burocracia (lo cual era imposible en un país subdesarrollado y amenazado por el capitalismo), pero sí hasta el de disminuir su nefasta influencia y reinfundir confianza en sí mismo al proletariado.

El ”fracaso” de Trotsky fue también el de la vieja guardia, que comprendió demasiado tarde la verdadera naturaleza del monstruoso parásito que la revolución había engendrado. Pero este mismo “fracaso” evidencia que Trotsky había comprendido las relaciones complejas entre fuerzas sociales, instituciones políticas e ideas durante los años veinte.

3. ¿Era imposible una extensión internacional de la revolución entre 1919 y 1949?

Llegamos ahora al tercer panel de la crítica de Krassó, el más importante, pero también el más débil: su reproche a Trotsky de haber esperado y previsto revoluciones extranjeras después de 1923.

Toda esta parte del ensayo de Krassó está dominada por una curiosa paradoja. Krassó empieza por acusar a Trotsky de haber subestimado el papel del partido. Ahora, sin embargo, Krassó declara que la esperanza de Trotsky en revoluciones victoriosas en Europa occidental se basaba en su incapacidad  “para comprender las diferencias fundamentales entre las estructuras sociales rusas y las de Europa occidental”.

En otros términos, las condiciones objetivas hacían imposible una revolución mundial, al menos entre las dos guerras. Por oposición al “voluntarismo” que le echa en cara a Trotsky, Krassó defiende en este punto un burdo determinismo económico y social: puesto que las revoluciones no han triunfado (hasta el momento) en Occidente, esto quiere decir que no podían vencer; y si no podían vencer, ello se debe a unas ”estructuras sociales específicas” de Occidente.

El papel del partido, de la vanguardia, de la  dirección, la “autonomía de las instituciones políticas”, todo ello es ahora borrado del mapa; y por el propio Krassó, polemizando contra Trotsky. Una curiosa inversión de términos, la verdad…

Pero, ¿y Lenin? ¿Cómo explica Krassó que Lenin, el cual, por citar a Krassó, ”estableció la teoría de la relación necesaria entre partido y sociedad”, estuviera tan apasionadamente convencido como Trotsky de la necesidad de fundar partidos comunistas y una Internacional Comunista? ¿Considera Krassó esta posición de Lenin como un “vano voluntarismo”? ¿Cómo explica que, años después de Brest-Litovsk (en este punto, Krassó deforma la historia, insinuando lo contrario), Lenin siguiera pensando que era inevitable una extensión internacional de la revolución hacia Occidente y hacia Oriente? [25]

Krassó es incapaz de establecer una diferencia entre la posición de Lenin y la de Trotsky en lo que se refiere a la relación dialéctica entre la Revolución de octubre y la revolución internacional como no sea atribuyendo a Trotsky tres ideas mecanicistas e infantiles: la de que era ”inminente” que hubiera revoluciones en Europa; la de que en todos los países capitalistas (o al menos en los de Europa) se cumplían las condiciones para una revolución; y la de que era ”indudable” la victoria de estas revoluciones. No hace falta decir que Krassó no podría apuntalar ni una sola de estas alegaciones. Es fácil encontrar pruebas abrumadoras de lo contrario.

Ya en el tercer congreso de la Comintern (1921), Trotsky y Lenin (ambos estaban en el “ala derecha” de ese congreso) declaraban, con razón, que, tras la primera oleada revolucionaria de la posguerra, el capitalismo había logrado un respiro en Europa. No era la ”revolución inmediata” la que estaba a la orden del día, sino la preparación de los partidos comunistas para la revolución futura, es decir, la elaboración de una política justa destinada a conquistar la mayoría de la clase obrera y a crear unos cuadros y una dirección capaces de conducir a esos partidos a la victoria cuando se presentaran nuevas situaciones revolucionarias.[26]

Criticando el Proyecto de programa de la Internacional Comunista de Bujarin y Stalin, Trotsky declaró explícitamente, en 1928: “El carácter revolucionario de la época no consiste en que permita, en todo momento, realizar la revolución, es decir, tomar el poder. Este carácter revolucionario viene dado por unas oscilaciones profundas y bruscas, por unos cambios frecuentes y brutales: se pasa de una situación francamente revolucionaria, en que el partido comunista puede aspirar a arrebatar el poder, a la victoria de la contrarrevolución fascista o semifascista, y de esta última al régimen provisional de justo medio (‘bloque de izquierda’, entrada de la socialdemocracia en la coalición, acceso al poder del partido de MacDonald, etc.), que hace que luego las contradicciones se afilen como una navaja de afeitar y plantea claramente el problema del poder).” [27]

En sus últimos escritos, describe una y otra vez nuestra época como una rápida sucesión de revoluciones, de contrarrevoluciones y de ”estabilizaciones temporales”, sucesión que crea, precisamente, las condiciones objetivas para la edificación de un partido revolucionario de vanguardia de tipo leninista.

Ahí está, naturalmente, el nudo de la cuestión, que Krassó no ha planteado siquiera; he aquí por qué no podía, evidentemente, darle respuesta. ¿Cuál es la hipótesis de base sobre la que se fundamenta el concepto de la organización de Lenin? Como con tanta exactitud dijo Georg Lukacs, es la hipótesis de la actualidad de la revolución[28], es decir, la disposición consciente y deliberada del proletariado para tomar el poder cuando se presenten condiciones revolucionarias, y la convicción profunda, basada en las leyes objetivas de la evolución de la sociedad rusa, de que tales situaciones tienen que presentarse tarde o temprano.

Lenin, cuando escribió su libro sobre el Imperialismo, influenciado por el Finanzkapital de Hilferding[29], y cuando hizo un inventario de la primera guerra mundial, extendió, justamente, esta noción de la actualidad de la revolución al conjunto del sistema del mundo imperialista; los eslabones más débiles serán los primeros en romperse, y toda la cadena iría rompiéndose progresivamente.[30] Ésta era la justificación de su llamamiento para la formación de la III Internacional. Tal era el programa de la naciente Comintern.

Ahora bien, ésta es una concepción central con la que no se puede jugar. O bien es teóricamente exacta y está confirmada por la historia, y, en este caso, no sólo es exacta la “tercera ley de la revolución permanente”, sino que las derrotas de la clase obrera entre 1920 y 1943 deben imputarse resueltamente a las insuficiencias de la dirección revolucionaria; o bien aquello que fue la concepción fundamental de Lenin después del 4 de agosto de 1914 era erróneo, viniendo la experiencia a demostrar que no estaban maduras las condiciones objetivas para la aparición periódica de situaciones revolucionarias en el resto de Europa, y, en este caso, no es tan sólo la “tercera ley de la revolución permanente” la que, según dice Krassó, es un ”error teórico”, sino que también todos los esfuerzos de Lenin para edificar partidos comunistas y organizarlos con objeto de conducir al proletariado a la conquista del poder tendría que condenarse entonces como una criminal actividad escisionista.

Después de todo, ¿no es acaso esto lo que los socialdemócratas han sostenido desde hace más de cincuenta años, empleando el mismo argumento de que las ”condiciones político-sociales” en Occidente no estaban ”maduras” para la revolución, y de que Lenin era incapaz de comprender las diferencias fundamentales entre las estructuras sociales de Rusia y las de Europa occidental?

Puede hacerse un inventario muy rápidamente, al menos en lo que se refiere a las experiencias históricas. Si dejamos de lado a las pequeñas naciones, hubo situaciones revolucionarias, en Alemania, en 1918-19, en 1920 y 1923, y grandes oportunidades para que una defensa victoriosa contra la amenaza nazi derivara en una nueva situación revolucionaria a comienzos de los años 30; en España, hubo situaciones revolucionarias en 1931, 1934, 1936 y 1937; hubo situaciones revolucionarias en Italia en 1920, en 1945 y en 1948 (en el momento del atentado contra Togliatti); hubo situaciones revolucionarias en Francia en 1936 y en 1944 y 1947.

Incluso en Gran Bretaña hubo una huelga general, en 1926… Numerosos escritos, incluso de no comunistas y no revolucionarios, atestiguan que, en todas las situaciones, la negativa de las masas a seguir soportando el sistema capitalista y su deseo instintivo de tomar en sus manos el destino de la sociedad coincidían con la confusión, la división, por no decir la parálisis, de las clases dirigentes, lo cual, según Lenin, es la definición misma de una situación revolucionaria clásica.

Si aplicamos el esquema al resto del mundo, para poder incluir en él a la revolución china de los años veinte, la insurrección vietnamita de comienzos de los años treinta, y la onda expansiva de una y otra, al final de la segunda guerra mundial, en dos revoluciones poderosas que estimularon el movimiento revolucionario en todos los  países coloniales, entonces la definición de ese medio siglo como la ”era de la revolución permanente” – título elegido por Isaac Deutscher y George Novack para una antología de textos de Trotsky[31] – da cuenta perfectamente de este balance histórico.

Vayamos ahora a la afirmación más extravagante de Krassó: los fracasos de la revolución europea en los años veinte, treinta y comienzos de los cuarenta demuestran, según parece, que  “es innegable la superioridad de la óptica de Stalin respecto a la de Trotsky”. Y ello debido a que Trotsky preveía revoluciones victoriosas, mientras que Stalin “no hacía demasiado caso de las posibilidades de victoria de las revoluciones en Europa”.

Pero, ¿la situación no era a la inversa? Trotsky no creía en absoluto en revoluciones automáticamente victoriosas, ni en Europa ni en ningún sitio. Nunca dejó de luchar por una política correcta del movimiento comunista, que, a fin de cuentas, hubiera hecho posible – si no en la primera ocasión, sí al menos en la segunda o la tercera – la transformación de situaciones revolucionarias en victorias revolucionarias. Stalin, al sostener una política incorrecta, contribuyó enormemente al fracaso de esas revoluciones.

Prescribió a los comunistas chinos la confianza en Chang Kai-chek y, en un discurso público, en la misma víspera de la matanza de los trabajadores de Shangai, ordenada por Chang Kai-chek, expresó su entera confianza en su verdugo, calificándolo de ”aliado fiel”.[32] Decretó que la socialdemocracia era el peor enemigo de los comunistas alemanes, y que Hitler o bien sería incapaz de conquistar el poder, o bien de conservarlo, no sería sino por unos pocos meses: pronto los comunistas serían los auténticos vencedores. Aconsejó a los comunistas españoles que detuvieran su revolución y que se “ganara antes la guerra” mediante una alianza con la burguesía ”liberal”. Aconsejó a los comunistas franceses e italianos que edificaran una ”nueva democracia” que no sería ya totalmente burguesa por cuanto habría algunos ministros comunistas y algunas nacionalizaciones.

Esta política se saldó en todas partes con desastres. Sin embargo, Krassó, incluso cuando hace balance de las catástrofes, concluye que la visión de Stalin era innegablemente superior a la de Trotsky, ¡porque Stalin  “no hacía demasiado caso de las posibilidades de victoria de las revoluciones en Europa”! Tal vez la dirección por parte de Stalin de la III Internacional, la transformación de la Comintern, originariamente instrumento de la revolución mundial, en herramienta diplomática del gobierno soviético, y la teoría del socialismo en un solo país tuvieron algo que ver con el fracaso de las revoluciones en Europa, ¿no es cierto? ¿O acaso Krassó podría llegar a decir que Stalin organizó deliberadamente estas derrotas para  “demostrar” la ”superioridad” de sus puntos de vista respecto a los de Trotsky?

Como marxistas, hemos de plantear una última pregunta. No se pueden explicar los “errores” cometidos por Stalin en la dirección de la Internacional Comunista diciendo que fueron resultados accidentales de su ”falta de comprensión” o de su “provincialismo ruso”, como tampoco pueden explicarse los desastrosos resultados de su política interior por la fórmula esencialmente no marxista del ”culto de la personalidad”.[33]

Nunca coincidieron sus “errores” tácticos con los intereses del proletariado soviético o internacional. Costaron millones de vidas que hubieran podido salvarse, años de sacrificios inútiles, y horribles sufrimientos bajo la opresión fascista. ¿Cómo puede explicarse que, durante treinta años y en todas partes, excepto en la zona de influencia del ejército rojo, Stalin se opusiera sistemáticamente a todas las tentativas de los partidos comunistas de adueñarse del poder, o las saboteara?[34]

Existe, indudablemente, una explicación social de este curioso hecho. Una política tan sistemática no puede explicarse más que como expresión de los intereses particulares de un grupo social determinado en el seno de la sociedad soviética: la burocracia.

Este grupo no es una nueva clase. No desempeña ningún papel particular ni objetivamente necesario en el proceso de producción. Es una casta privilegiada del proletariado, nacida después de la conquista del poder, en unas condiciones objetivamente desfavorables para el florecimiento de la democracia socialista. Igual que el proletariado, está fundamentalmente apegado a la propiedad colectiva de los medios de producción y en oposición al capitalismo: por esto Stalin acabó por aplastar a los kulaks y se levantó contra la invasión nazi. La burocracia no ha destruido las conquistas socioeconómicas fundamentales de la Revolución de octubre sino que, por el contrario, las ha conservado, aun cuando lo haya hecho por medios cada vez más opuestos a los objetivos fundamentales del socialismo.

El modo de producción socializado nacido de la Revolución de octubre ha resistido con éxito todos los asaltos del exterior y todos los sabotajes del interior. Ha demostrado su superioridad ante cientos de millones de hombres. Es este hecho histórico fundamental el que también explica por qué la revolución mundial, en lugar de retrasarse por varios decenios – como afirman los pesimistas –, pudo resurgir con tanta facilidad y lograr victorias importantes después de la Segunda Guerra mundial.

Pero a diferencia del proletariado, la burocracia es esencialmente conservadora y le tiene miedo a cualquier nuevo impulso de la revolución mundial, que, al estimular la combatividad obrera en el interior, podría amenazar su poder y sus privilegios. La teoría y la práctica del  “socialismo en un solo país”, y luego la teoría y la práctica de la ”coexistencia pacífica”, reflejan perfectamente la naturaleza, socialmente contradictoria, de esta burocracia. Se defiende resueltamente cuando se ve amenazada de exterminio por el imperialismo; intenta extender su zona de influencia cuando con ello no pone en peligro el equilibrio social de fuerzas a escala mundial. Pero está fundamentalmente apegada al statu quo. Los estadistas americanos han terminado por darse cuenta de ello. Krassó debería, por lo menos, dar cuenta de esta continuidad de la política exterior soviética después de la muerte de Lenin, y tratar de darle una explicación social. No encontrará otra que la formulada por Trotsky.

La burocracia y sus defensores pueden, indudablemente, tratar de racionalizar esta política y sostener que sólo perseguía la defensa de la Unión Soviética contra la amenaza de todos los países capitalistas, que se hubieran coligado contra ella si se hubieran sentido ”provocados” en uno u otro sitio por revoluciones. De igual modo los socialdemócratas han ido sosteniendo que sólo se oponían a las revoluciones para defender las organizaciones y conquistas de las clase obrera, que se verían aplastadas por la reacción si la burguesía se sintiera “provocada”  por un activismo revolucionario.

Pero Marx nos ha enseñado precisamente a no juzgar a los partidos y grupos sociales por lo que dicen de sí mismos ni por sus intenciones, sino por su papel objetivo en el seno de la sociedad y por los resultados objetivos de sus acciones. También la verdadera naturaleza social de la burocracia queda reflejada en la suma de sus acciones; y de igual modo, según Lenin, la verdadera naturaleza social de la burocracia sindical y de los cuadros superiores pequeñoburgueses de la socialdemocracia en los países imperialistas explica su oposición lógica a la revolución socialista.

Y hemos vuelto ahora a nuestro punto de partida. Los marxistas comprenden la autonomía relativa de las instituciones políticas, pero esta comprensión implica una análisis constante de la raigambre social de estas instituciones y de los intereses sociales a los que sirven en último análisis: Esto implica que cuanto más se elevan estas instituciones por encima de las clases sociales a las que supuestamente sirven en un principio, más tienden a la autodefensa y a la autoconservación y más fácilmente entran en conflicto con los intereses históricos de la clase de la que han surgido.

Así fue como entendieron el problema Marx y Lenin. En este sentido, cuando Krassó acusa a Trotsky de haber ”subestimado” la posibilidad de autonomía de los ”partidos” y las ”naciones”, le acusa, en definitiva, de haber sido marxista y leninista, Estamos convencidos de que Trotsky hubiera aceptado sin quejarse esta acusación.  


[1]

[2] El programa de Hainfeld de la socialdemocracia austríaca, de 1889, afirma claramente que la “conciencia socialista es, por consiguiente, algo que debe introducirse desde el exterior a la lucha de clase proletaria”. Kautsky dedicó un artículo en Die Neue Zeit del 17 de abril de 1901 (“Akademiker und Proletarier”) al problema de la relación entre intelectuales y obreros revolucionarios, en el que formuló la mayor parte de los conceptos de la organización leninista. Es indudable, dada su fecha de publicación, que este artículo (uno de una serie de dos) inspiró directamente el ¿Qué hacer? de Lenin.

[3] Habría que añadir que la desconfianza instintiva de Trotsky hacia los intelectuales dilettantes que entran en un partido obrero, desconfianza que heredaba de Marx, se veía totalmente compartida por Lenin, punto que Krasso olvida hábilmente. Cf. Marx-Engels, carta circular a Bebel, Liebknecht, Bracke, etc., del 17-18 de septiembre de 1879 (Marx-Engels, Ausgewählte Schriffen, vol. II, pp. 45556, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1950), así como V. I. Lenin, Un paso adelante, dos pasos atrás, donde estigmatiza a ”los intelectuales burgueses que temen la disciplina y la organización del proletariado”. Krasso ve una  “ironía suprema” en el hecho de que Trotsky, al final de su vida, tuviera que discutir con ”intelectuales de salón”, a los que siempre había detestado, como Burnham y Shachtman; se olvida de que Engels tuvo que discutir con Dühring, y Lenin con Bulgakov, que, ciertamente, no eran superiores a Burnham o Shachtman. Es Krasso el que no entiende la función que tienen estas polémicas educativas en la construcción del partido, función que ha sido bien comprendida por todos los maestros del marxismo.

[4] Tal como evidencia claramente el texto de Trotsky citado por Krasso, Trotsky comprendió que “la unión con los mencheviques era imposible” a partir del momento en que tomó conciencia de la política conciliadora de los mencheviques durante la revolución de 1917.

[5] Isaac Deutscher, El profeta armado, Ed. Era, México.

[6] The Founding Conference of the Fourth International, publicado por el Socialist Workers Party, New York, 1939, p. 16.

[7] Ya el 7 de noviembre de 1914, Lenin escribía : ”La II Internacional ha muerto, vencida por el oportunismo… La III Internacional tiene el deber de organizar las fuerzas del proletariado con vistas al asalto revolucionario contra los gobiernos capitalistas.” (Lenin-Zinoviev, Gegen den Strom, p. 6, Verlag der Kommunistischen Internationale, 1912.)

[8] Ya en 1908, Lenin escribe: ”La condición previa fundamental para este éxito es, naturalmente, que la clase obrera, cuya élite ha creado la socialdemocracia, se distinga de todas las demás clases de la sociedad capitalista, por razones económicas objetivas, por su capacidad para organizarse. Sin esta condición previa, la organización de los revolucionarios profesionales no sería otra cosa que un juego, una aventura…” El folleto ¿Qué hacer? subraya constantemente que la organización de los revolucionarios profesionales que en él se preconiza no tiene sentido más que en relación con  “la clase realmente revolucionaria que surge de modo elemental para la lucha”.

[9] “Fue precisamente Marx el primero en descubrir la ley según la cual todas las luchas históricas, ya se libren en el plano político, religioso, filosófico o en cualquier otro terreno ideológico, no son, de hecho, más que expresión más o menos clara de la pugna entre clases sociales : ley en virtud de la cual la existencia de esas clases y, consiguientemente, también sus enfrentamientos, están, a su vez, condicionados por el grado de desarrollo de su situación económica, por su modo de producción y de cambio…” (Engels, prefacio a la 3a. edición alemana de El 18 de brumario de Luis Bonaparte.)

[10] Uno de los documentos más patéticos de los años veinte es precisamente el folleto de Stalin Preguntas y respuestas, escrito en 1925, en el que declara que la degeneración del partido y del Estado son posibles, ”si es que” la política exterior del gobierno soviético abandona el internacionalismo proletario, reparte, junto con el imperialismo, el mundo en esferas de influencia, o disuelve la Comintern; eventualidades que, por supuesto, descartaba completamente, pero que él mismo realizaría al cabo de dieciocho años.

[11] En El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, Lenin insiste en la necesidad, para la vanguardia comunista, de conquistar el apoyo de “la clase trabajadora entera”, de las  “más amplias masas”, antes de poder conquistar victoriosamente el poder.

[12] Marx-Engels,  Selected Works, vol. I, p. 244, Ed. en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1958.

[13] No totalmente separados, sin embargo, como tampoco la burocracia fascista puede llegar a separarse por entero del capitalismo monopolista. Sin embargo, en ambos casos, la defensa de los intereses históricos de clase (propiedad colectiva en el primer caso, propiedad privada en el segundo) se combina con una profunda expropiación política de la clase, e incluso con grandes sufrimientos individuales de muchos de sus miembros.

[14] Marx-Engels, La guerra civil en Francia, introducción de Engels a la edición alemana de 1891.

[15] Kautsky, Der Ursprung des Christentums, 13.a edición, Dietz Verlag, Stuttgart, 1923, p. 499

[16] En su discurso sobre el programa del partido, antes del VIII congreso del Partido comunista de la Unión Soviética (19 de marzo de 1919), Lenin recuerda varias veces el problema de la burocracia: ”La carencia de cultura de Rusia… corrompe el poder soviético y recrea la burocracia… la burocracia se camufla en comunistas… combatir el burocratismo hasta el fin, hasta la victoria total, es imposible si el pueblo entero no participa en la administración del país…”

[17] Ejemplos: ”Vemos surgir el mal ante nosotros (el burocratismo) de un modo más claro, más preciso y más amenazador” (21 de abril de 1921); ”el recurso de la huelga en un Estado en que el poder político pertenece al proletariado no puede explicarse ni justificarse más que por las deformaciones burocráticas del Estado proletario…” (17 de enero de 1922); ”sin embargo, si consideramos Moscú – 4.700 responsables comunistas –, y si consideramos esta máquina burocrática, esta montaña, ¿quién gobierna y quién es gobernado? Dudo mucho que pueda decirse que los comunistas gobiernan esta montaña. En realidad, no gobiernan, sino que son gobernados” (2 de marzo de 1923). En el tercer codicilo añadido a su Testamento, redactado el 26 de diciembre de 1922, Lenin propone que entren en el Comité central varias decenas de trabajadores, y que no se elijan entre aquellos que han trabajado ya en el aparato soviético, ya que estarían ya infectados por el virus burocrático.

[18] Es inexacto que, como dice Krasso, Lenin, en su Testamento, “no le concediera una especial confianza” (a Trotsky). El Testamento presenta a Trotsky como el miembro más capaz del Comité central. Subraya, eso es cierto, lo que según Lenin constituyen sus debilidades, pero también pronostica un agudo conflicto entre Trotsky y Stalin, y propone eliminar a Stalin de su posición central en la organización.

[19] La enumeración de estos errores es inexacta en muchos aspectos. Krasso atribuye falsamente a Trotsky la idea de la “militarización de la mano de obra”, que fue, en realidad, una decisión colectiva del partido, adoptada en el IX congreso del PCUS. Alega que Trotsky no luchó por la publicación del Testamento de Lenin; en realidad, en este punto, Trotsky fue derrotado por la dirección del partido, y no quiso quebrantar la disciplina por razones que veremos más adelante. Trotsky, afirma Krasso, “fue totalmente incapaz de ver que Stalin estaba decidido a separarlo del partido”. Puede que esto fuera cierto en 1923, pero entonces nadie se daba cuenta de ello, ni, probablemente, siquiera Stalin debía pensar en recurrir a esta medida extrema. En cambio, Trotsky se dio cuenta antes que ningún otro dirigente bolchevique de la gravedad de la situación en el partido y en el Estado, situación que, dado el carácter de Stalin, tenía que conducir a expulsiones, y luego a represiones sangrientas. Krasso escribe que Trotsky no le prestó atención alguna a la ruptura de la troika Stalin-Kamenev-Zinoviev. Se olvida de añadir que fue de esta ruptura de donde nació la oposición conjunta de la izquierda entre Trotsky, por un lado, y Zinoviev y Kamenev por otro, y que este frente unido no fue roto, en 1927-28, por Trotsky y sus amigos, sino por los partidarios de Zinoviev.

[20] Para hacer justicia a Lenin, hay que añadir que, al mismo tiempo que cometía estos errores, trataba de introducir una serie de medidas cautelares destinadas a frenar el proceso de burocratización del Estado y del partido. El sistema de la troika limitó realmente la autoridad de los directores en las fábricas. Los derechos de los sindicatos fueron aumentados (en este punto, Lenin criticó justificadamente las propuestas de Trotsky referentes a los sindicatos). Se mantuvo el principio de “salario máximo” para los cuadros del partido. Al mismo tiempo que se suprimían las fracciones, se consolidó el derecho a formar tendencias, y Chliapnikov recibió la promesa de que sus ideas opositoras se imprimirían en cientos de miles de ejemplares. Pero la historia ha demostrado que cuanto más pasivo se hace el proletariado tanto más se extiende el poder de la burocracia, y tanto más fácil le resulta a ésta abolir estas medidas cautelares mediante algunos ataques-relámpago; cosa que hizo entre 1927 y comienzos de los años treinta.

[21] Krasso dice que la fórmula de “revolución permanente” es ”impropia e indica una falta de precisión científica incluso en sus más profundas intuiciones”. Parece ignorar que esta fórmula la inventó el propio Marx.

[22] En uno de los capítulos de su crítica del Proyecto de programa de la Comintern, Trotsky expone muy detalladamente el hecho de que Stalin y sus aliados han confundido deliberadamente el problema de la posibilidad de una victoria de la revolución socialista en un solo país – que implica la necesidad de un inicio de organización socialista y de construcción socialista de la economía – con el problema de la victoria final del socialismo, es decir, el establecimiento de una sociedad socialista plenamente desarrollada (Cf. La Internacional Comunista después de Lenin; ed. de PUF, París, 1969, pp. 94-129). Resulta interesante observar que, aún en 1924, en la primera edición rusa de Lenin y el leninismo, el propio Stalin escribía: “Para la victoria final del socialismo, para la organización de la producción socialista, son insuficientes los esfuerzos de un solo país, en especial de un país campesino como Rusia.” Las razones económicas expuestas por Trotsky sobre la imposibilidad del “socialismo en un solo país”, confusas en Krasso, se hacen perfectamente inteligibles si se las considera desde el punto de vista de la ”victoria final” y no del ”comienzo de la edificación”. Evidentemente, una economía socialista llegada a la madurez debe poseer una productividad del trabajo mayor que las economías capitalistas más avanzadas; en este punto, incluso Stalin y Bujarin estuvieron de acuerdo. Trotsky sostenía, sencillamente, que, en una economía esencialmente autárquica, sería imposible alcanzar un nivel de productividad superior al que los países imperialistas alcanzan gracias a su división internacional del trabajo. En ningún momento pretende que esto deba conducir a una inevitable  “subversión” de la economía planificada de la Unión Soviética. Declara, sencillamente, que esto podría convertirse en una fuente de conflictos violentos y de contradicciones que no permitirían a la Unión Soviética la realización de una sociedad sin clases. La historia ha confirmado plenamente este diagnóstico.

[23] Este no es más que un ejemplo del hecho de que Stalin no adoptó el programa de Trotsky, sino tan sólo partes de tal programa, sin consideración a su lógica interna. A partir de 1923, la oposición luchó por la construcción de una fábrica de tractores en Tsaritsyn. El proyecto fue aceptado. Pero la fábrica no se construyó hasta 1928. Si se hubieran producido tractores desde 1924-25, y los koljoses se hubieran desarrollado gradualmente, atrayendo a los campesinos pobres, en base a la voluntariedad, gracias a la más elevada productividad del trabajo y a los ingresos más altos en el sector cooperativo, la combinación de la industrialización y de la colectivización de la agricultura hubiera llevado a una situación totalmente distinta de la trágica situación de los años 1928-32, de la que la Unión Soviética sigue hoy sufriendo los efectos.

[24] La oposición propuso, como otras fuentes de acumulación, que, en vez del inexorable descenso del nivel de vida de los obreros y de los campesinos ordenado por Stalin, se gravara con un impuesto especial tan sólo a los campesinos ricos, y que se decidiera una reducción radical de los gastos administrativos, todo ello hubiera supuesto un ahorro de mil millones de rublos-oro anuales. Si los objetivos del primer plan quinquenal se hubieran extendido a ocho o diez años a partir de 1923-24, en vez dé a cinco años, hubieran impuesto unas restricciones mucho menos pesadas para las masas populares.

[25] Dos citas tan sólo: “la primera revolución bolchevique liberó al primer centenar de millones de hombres de la opresión de la guerra imperialista, de la opresión del mundo imperialista. Las futuras revoluciones liberarán a la humanidad entera de la opresión de esas guerras y de ese mundo” (14 de octubre de 1921). ”Tenéis que aprender de un modo especial a entender realmente la organización, la construcción, el método y el contenido del trabajo revolucionario. Si lo conseguís, entonces estoy convencido de que la revolución mundial no sólo será buena, sino excelente” (15 de noviembre de 1922). (Cit. según Oeuvres, Moscú-París, t. 33, pp. 50 y 444).

[26] He aquí un ejemplo típico de “subestimación de la autonomía de las instituciones políticas”, sin duda…

[27] Trotsky, La Internacional Comunista después de Lenin, cit., p. 179.

[28] Georg Lukacs, Lenin. Cit. según la ed. de EDI, París, 1965, pp. 28-29.

[29] Rudolf Hilferding, Das Finanzkapital, Wiener Volksbuchhandlung, Viena. En pág. 447 de esta edición, Hilferding concluye con un párrafo sobre las finanzas como dictadura perfecta de las grandes empresas, y predice “una formidable colisión de intereses [sociales] antagónicos” que, finalmente, transformará la dictadura de las grandes empresas en dictadura del proletariado.

[30] El panfleto El hundimiento de la Segunda Internacional, escrito por Lenin en 1915, está centrado en la idea de que se desarrolla en Europa una situación revolucionaria, y que los socialistas deben actuar con objeto de estimular los sentimientos y las acciones revolucionarias de las masas. Sus declaraciones a los dos primeros congresos de la Internacional Comunista extienden este análisis a todos los países bajo régimen colonial o semicolonial.

[31] Ed. Laurel, Dell Publishing Company, New York, 1964.

[32] La dirección maoísta del Partido comunista chino, deformando deliberadamente la verdad histórica, sigue presentando a Chen Du-siu, jefe del Partido comunista chino en el período 1925-27, como responsable de estos ”errores”; omite decir que actuaba bajo las indicaciones directas y apremiantes de la Internacional Comunista y, ante todo, bajo las del propio Stalin.

[33] Muchos se preguntan (como Krasso) si la política de Stalin no queda justificada por la victoria de la URSS en la Segunda Guerra mundial. Ver así las cosas significa presentar un cuadro falseado de la realidad y pasar completamente por alto el precio espantoso que se tuvo que pagar por esta victoria, las innumerables víctimas innecesarias, las innumerables derrotas (incluyendo las derrotas militares: en la Unión Soviética ha surgido toda una literatura sobre este tema). Un hombre que vive en un quinto piso no quiere ni tomar el ascensor ni apretar el botón de la escalera para tener luz. Tropieza, tal como era de esperar, pero, gracias a su robusta constitución, no se rompe el cráneo, sino tan sólo los brazos y las piernas, y, al cabo de cuatro años, puede ya andar con muletas. Esto demuestra, evidentemente, una fuerte constitución; pero, ¿sirve de argumento para no usar los ascensores?

[34] Ahora sabemos que Stalin también intentó influenciar a los comunistas yugoslavos y chinos, desaconsejándoles la toma del poder. Dio instrucciones al partido comunista vietnamita para que permaneciera en el seno del imperio colonial francés, rebautizado con el nombre de  “Unión francesa”. El partido cubano, educado por él, rehusó obstinadamente, durante años, comprometerse con Fidel Castro con vistas a una revolución socialista victoriosa en Cuba. ¿Necesitan estos hechos una explicación sociológica, o tan sólo sicológica?

Changing world balance of forces in new stage of globalization August 15, John Bachtell

Capitalism is a crisis-ridden system. A crisis anywhere in the global capitalist system can become a world contagion. It is only a matter of time before a new one occurs, perhaps even more destructive than the 2007 financial crisis.

Neoliberalism is the current set of economic policies defining globalization. The extreme right originated these policies to undo the New Deal and Great Society gains and reverse the falling rate of profit.

Domestically the result was deregulation, privatization, and austerity. Globally the result was a race to the bottom for the working class and the widening gap between the North and South, between developed capitalist and developing economies. Everywhere it resulted in extreme wealth concentration, industry oligopolies, and attacks on democracy and national sovereignty.

The scientific, technological, and mass communications revolutions have facilitated globalization and the creation of far-flung production chains. Financial and economic crises originating in one place can quickly spread globally.

The mass communications revolution has also elevated the battle of ideas. Cyberwarfare and mass disinformation, including “deep fakes,” are seemingly impossible to stop and can bring down governments, affect politics, and alter election outcomes.

Cyberwarfare is also aimed at a nation’s infrastructure, military installations, and critical industries, geared to disrupt and disable the natural functioning of the economy, government, media, and social media. They present new challenges to democracy and national sovereignty.

The world is a smaller, more complex, and interconnected place.

A new global order on the horizon

After WWII, a new global order with the U.S. as the dominant capitalist power was established. Alliances, institutions, and rules comprise what is called the “liberal international order.” Both the Democratic and Republican Party establishments have generally supported this order.

However, the world is changing rapidly, and the old global order is increasingly battered by crisis and contradiction. Has the current phase of neoliberal globalization exhausted itself? Is a new global balance of forces and new stage emerging, perhaps one that is not capitalist but not yet socialist-oriented?

U.S. imperialism is a descending superpower in today’s world. The ability of the U.S. and other capitalist powers to define globalization and dominate the global order has weakened. Globalization is increasingly shaped by the rise of China, emerging economies, and alternative global institutions and blocs.

Other factors include:

1. The inclusion of China, Russia, the Eastern European, and newly emerging economies in the global capitalist market system. China and Russia are increasingly challenging the current global order.

2. Growing trade between China and emerging economies and between emerging economies themselves, and the creation of new alliances and trade blocs (BRICS).

3. Greater integration and sharpening competition between capitalist powers, and Russia, also a global capitalist power.

4. Growing resistance to U.S. foreign policy in response to the history of regime change, military aggression, and occupation in the Korean peninsula, Vietnam, Iraq, and Afghanistan.

How will U.S. capitalism respond to this new reality, shifts in the world balance of forces, and growing infeasibility of the post-World War II global order? Will U.S. ruling circles adjust or seek to regain a dominant status by military force, as happened in the invasion and occupation of Iraq?

Trump foreign policy

Trump’s foreign policy is shaped first and foremost by Wall Street and U.S. capitalist corporations, primarily the banks, fossil fuel, and military corporations.

Its goal is to restore the unchallenged dominant status of U.S. imperialism. However, the Trump foreign policy has specific new features producing instability, turmoil, chaos, and an elevated war danger.

The policy is shaped by extreme right sections of capital, administration officials rife with contradictions and competing interests, and Trump family members and their circle of cronies who unabashedly seek to expand their business empire.

The State Department and national security apparatus are run by extreme right officials with lineage to Joe McCarthy, Barry Goldwater, and Dick Cheney, including John Bolton and the war criminal Eliot Abrams.

These forces include individuals with links to Tea Party right-wing evangelicalism (Pompeo, Pence) who seek to impose their religious views on policy and economic nationalists like Steve Bannon.

What unites these forces with Trump and economic advisor Peter Navarro is “America First” nationalism. This foreign policy despises global institutions. It favors military might and regime change over diplomacy, nuclear supremacy, the “preventative war doctrine” based on self-defense, and the notion that accommodation is surrender.

It embraces free-market capitalism and the elimination of socialism.

Bolton, Pompeo, and some sections of U.S. capital, in alliance with the right-wing governments in Israel, Saudi Arabia, and the UAE, are obsessed with carrying out regime change in Iran. The provocations toward Iran could quickly spiral out of control, escalating into a regional conflict and possibly nuclear war.

The refusal by Israel to recognize the right of Palestinian people to national self-determination, the occupation of Palestine, and its annexation through an expansion of settlements has created an explosive situation. The right-wing extremist alliance of the Trump administration, Netanyahu government, and the Middle East feudal monarchies have created new dangers of war without end.

Solving this crisis begins with the ouster of both Trump and Netanyahu, the extreme right forces backing them, and the Middle East feudal monarchies. Then a two-state solution, still supported by majorities in Israeli and Palestine, the UN, and the U.S. Jewish community, may be possible.

In the end, it will be up to the Israeli people, both Jews, and Arabs, to change their government and its policies, win equal rights for Israeli Arabs, and end the occupation of Palestinian territories.

U.S. foreign policy and ruling class splits

Finance capital, energy, and military corporations dominate the U.S. foreign policy establishment, spanning both Democratic and Republican Parties. However, “conflicts of interest” and splits in the ruling class play out in the foreign policies promoted by these parties. Unilateralism over multilateralism, military force over diplomacy, and addressing climate change over denying it are some critical policy differences.

Trump’s “America First” demagogy is geared to mobilize his base of supporters. Racism and white supremacy, anti-immigrant hate, Islamophobia, anti-Semitism, anti-communism, and nationalism infuse this demagogy.

Immigration, foreign policy, and militarization intersect at the U.S.-Mexico border. The goal of Trump and the extreme right is to slow down, halt, and reverse changing racial demographics. Trump is trampling on U.S. and international law on migration, refugees, asylum, and religious freedom.

The Trump administration sees China as the chief strategic and competitive rival and is building a global front against China through the military encirclement and the trade war. Although it differs in significant ways, some aspects of Trump’s policy echo Obama’s approach to isolate China by the “Pivot to Asia” and now-defunct Trans-Pacific Partnership (TPP). Undermining China’s socialist orientation, its ability to compete scientifically and technologically, and increasing profits for key US corporations is Trump’s goal.

The U.S. seeks to restore its single dominant power status in the Western hemisphere, through regime change in Venezuela, Cuba, and Nicaragua, the defeat of anti-imperialist center-left governments and reverse increasing economic, diplomatic, and cultural ties and cooperation with Russia and China.

The global fight for peace

But the rest of the world is not going along with Trump. He finds little support for his efforts to foster regime change in Iran and Venezuela, and nearly every country continues to support the Paris Climate Accords.

Building a broad global democratic alliance for peace, sustainable development, and a new democratic global order is the only way to counter U.S. and global imperialism, and especially the extreme right, and fascist circles connected to the Trump administration.

This alliance includes every force possible to isolate the global extreme right, including global public opinion, non-militarized states, socialist-oriented, and independent developing nations and blocs.

Global working-class unity and solidarity of all peace, environmental, and democratic forces are critical.

Unity of communist, socialist, and revolutionary left democratic forces, and currents are also critical.

Employing splits in the U.S. and global ruling circles, isolating the most reactionary sectors and regimes, is crucial.

A people’s foreign policy and 2020 elections

The purpose of the Communist Party USA is to help build broad working-class unity and international solidarity with every democratic and social movement; to challenge U.S. ruling class ideological seepage of great-power chauvinism and other ideological poisons into the U.S. working class.

Moreover, to win support for a new pro-people, demilitarized foreign policy linked to an advanced pro-people, pro-working-class domestic policy.

The CPUSA and other democratic movements need to challenge the embrace of increased military spending and the dominant pro-corporate foreign policy by these forces in the Democratic Party.

Nevertheless, if Trump and the GOP are successfully ousted in 2020 and a broad center-left governing alliance elected in their place, the terrain will be altered. A victory will be possible only through the vehicle of the Democratic Party and those in its orbit. And with the working class and democratic forces and movements independent of the Democratic Party itself working in more or less close alliance. The working class, its allies, and mass democratic movements can then gain leverage to shape a new peaceful foreign policy.

The mass democratic upsurge and the fight for unity August 7, John Bachtell

The mass democratic and social movements have grown over the past ten years and are now a significant factor in U.S. politics. These movements, including an openly socialist current, have mobilized and educated the grassroots and helped shift public opinion, in some cases dramatically.

The #MeToo movement helped transform the national conversation on institutionalized sexism and sexual and domestic abuse.

The Black Lives Matters movement helped transform the national conversation on institutionalized racism and white supremacy, criminal justice reform, and police brutality and murder.

Alaska Marine Highway System workers strike with the Inlandboatmen’s Union of the Pacific after failing to reach agreement on a contract with the state of Alaska, July 24, 2019, in Ketchikan, Alaska. | Dustin Safranek / Ketchikan Daily News via AP

The Dreamers and immigrant rights movement helped transform the national conversation on immigration, bringing the undocumented out of the shadows and demanding a path to citizenship.

Transformative campaigns to win a $15 minimum wage helped shift public opinion and won victories in states and municipalities across the country.

Teachers walkouts and strikes transformed the national conversation from demonizing teachers to raising wages and challenging right-wing austerity policies.

Government workers, TSA agents, and airline flight attendants put an end to the 35-day Trump government shutdown when they threatened to shut down the air traffic system nationwide.

Taxing the rich is now taking hold on the state and municipal levels.

The Sunrise and climate justice movements helped transform the national conversation on the climate crisis with the Green New Deal.

Students, parents, and victims of gun violence and their families have helped shift public opinion on gun control and put the NRA is on the defensive.

The Medicare for All movement has helped transform the national conversation on healthcare, which is now seen as a universal right.

The democratic upsurge exploded with the election of Trump. In particular, it was the socially transformative mass movements against sexism and misogyny led by women which intersected with movements against racism and for worker’s rights and other movements.

These movements converged in the 2018 elections, which recorded the highest voter turnout in a midterm election in 50 years as well as the most racially diverse turnout ever. Latino voter turnout doubled, and youth turnout increased by 16%.

A record number of activists, women, people of color, trade unionists, LGBTQ activists, socialists, and now communists, were elected. These newly elected officials are helping transform public opinion and legislative bodies.

Class unity and “identity politics”—no worker left behind

The ruling class understands that the growing unity of organized labor, the nationally and racially oppressed, and women create a powerful foe, capable of radically transforming society.

People of color and women are also fighters, organizers, and unifiers; they bridge the main sectors of the people’s movement.

Trump and the extreme right are aiming their sites directly at this growing unity. They are using anti-immigrant hysteria, Islamophobia, racism, sexism, anti-communism, anti-Semitism, anti-socialism, massive lies, and disinformation in a desperate attempt to drive a wedge in our multi-racial working class and people.

The criminalization of reproductive rights and voting rights and outlawing collective bargaining go hand in hand.

Abortion has been effectively outlawed in 89% of counties. These are many of the same places that have passed voter suppression laws and adopted “surgically gerrymandered” maps and the same states that have passed right to work laws.

Trump and his allies are cynically betting that they can win enough white working-class and male voters and suppress enough people of color, particularly African-American and Latinx voters, and young voters to win key battleground states.

A debate has roiled progressive and democratic movements over the best way to win in 2020. Some say to defeat Trump the democratic movements must focus on economic issues to reach white workers who they view as the key constituency to be won over.

Others argue white male workers are a declining share of the electorate and Democrats should focus on so-called identity politics by focusing on people of color (who will soon constitute the majority and are the most loyal Democratic constituencies), women, LGBTQ voters, and millennials.

It is true that people of color, particularly the African-American and Latinx working-class communities, and women of color, are the most consistent voters and activists for Democratic candidates. African-American women are a decisive voter block and were critical to electing Doug Jones in Alabama.

It is also true that to advance the working class and people as a whole, our entire multi-racial working class and people must be united and mobilized as one.

Therefore, identity politics shouldn’t be countered to working-class issues. These are not mutually exclusive. Instead, the interests of our multi-racial working class and core allies in people of color communities, women, and youth, are inseparable. The interconnection and interrelationship between class, race, and gender must be stressed.

When one speaks of ignoring identity politics, this is code for ignoring special oppression and the solutions necessary to achieve full equality. As Stacey Abrams so eloquently said, “Identity politics is America.”

And yet, jobs and living wages, universal health care, free education, criminal justice reform, and reproductive rights are issues that impact communities of color and women and can unite the entire working class and people.

This was the experience of Abrams’ campaign for governor in Georgia. Abrams made an appeal to the particular issues facing African-American, Latino, and Asian voters, but she also spoke to the urgent problems confronting all voters and campaigned in white working-class communities. By talking to every voter on the issues, turnout overall increased, including white voter turnout for Democrats.

Youth fighting gun violence—including mass shootings at high schools, on campuses, and in communities—had a similar experience. Students at Marjory Stoneman High school in Parkland, Fla., united with African-American youth from Chicago to build a multi-racial movement for gun control, including a national march on Washington, D.C.

In a fight against great odds, “cowboys” and “Indians” (ranchers and Native Americans) united to block the Keystone XL pipeline.

The U.S. working class and people have always been multi-racial, multi-cultural, and multi-lingual, including long before European settlers arrived. We are becoming more so. But the legacies of slavery, the genocide against Native Americans, and the theft of lands from Mexico course through every aspect of society. Inequality and special oppression based on race, nationality, gender, and sexual orientation and identity are interwoven in the capitalist system and have existed throughout U.S. history.

The fight for the unity of our multi-racial, multi-national, multi-gender, multi-generational U.S. working class and advancing equality has also been a common thread in our history. When issues of class, race, and gender are brought together, our working class and people have made their most significant advances. This includes during the Civil War and Reconstruction; the 1930s fights for workers’ rights; the 1960s Civil Rights and women’s equality movements and fight for the Great Society, and the 2008 election of President Barack Obama.

The working class can only play its historical role in bringing about a classless society if it is united. And to achieve unity, the ideologies and practices of racism and sexism must be acknowledged, fought, and addressed with special measures that overcome historic inequality, with the dismantlement of institutionalized racism and sexism.

Elevating the fight for equality; against racism and sexism

Our working class and its unity are under unprecedented and daily ideological assault by the extreme right and its corporate backers.

Racism causes working-class whites to ally with capitalists over their fellow workers of color. Xenophobia causes workers to ally with capitalists over their working-class brothers and sisters from other countries, and misogyny causes working-class men to ally with capitalists over working-class women.

A section of the U.S. working-class, consisting primarily of white workers, have been influenced by right-wing ideology. Forty percent of trade union families voted for Trump in 2016, voting against their own self-interests.

Our working class can never concede one section of workers to the extreme right and its corporate backers who are influenced by racism, sexism, xenophobia, anti-Semitism, or Islamophobia because it is immoral and divides and weakens the entire working class.

Organized labor is the most significant organization bringing together our diverse working class. Unions are often the leading mobilizer, unifier, and political educator.

In many areas, de-industrialization severely weakened industrial unions and their influence on members and their ties to social movements and community allies in key Midwest states. The Democratic Party, under the sway of its Wall Street wing, essentially abandoned many congressional districts and states.

The vacuum was too often filled by the right wing—including Fox News, the NRA, Tea Party, and right-wing Christian Evangelicalism—which then took over state governments and carried out a large-scale attack on fundamental rights.

The only way to counter this is to rebuild a mass organized labor movement allied with the African-American, Latinx, and other communities of color and democratic and social movements. The battle of ideas must be re-engaged.

Rebuilding organized labor and its multi-racial unity—and the unity of industrial unions, service unions, and the building trades—is a strategic imperative to advance a working-class and democratic agenda. And in fact, this is what is happening.

Teachers in “red” states, including many who voted for Trump, have shown how grassroots movements for better wages, working conditions, and education funding can unite diverse constituencies and affect state politics and elect teachers to office. These movements are challenging right-wing policies of underfunding education, regressive taxation, and attacks on public workers.

In many instances, these coalitions are also taking over the Democratic Party apparatus at the local level. These kinds of movements can and must be built in 3,000 counties, across all 50 states.

Our multi-racial working class and democratic movements must win a decisive majority among white workers, therefore advancing the fight against racism is essential. Anti-racist white workers have a special responsibility to engage other white workers.

The same is true for advancing the fight against sexism. Winning a decisive majority among working-class men is essential. Anti-sexist men have a special responsibility to engage other men.

This means engaging white workers who voted for Trump. But it’s also about activating large numbers of white voters who are anti-racist but don’t vote because they have lost confidence in the political system.

People are complicated and have many minds on many issues. A section of people are unmovable racists and misogynists, but a more significant share can be influenced by movements and events.

One example was the so-called “Obama-Trump” voters. Many voted for Democratic candidates in 2018 after experiencing two years of Trump and GOP misrule.

The fight against racism and sexism and for full equality go hand-in-hand. An essential element of class consciousness is the recognition of special oppression and the need to fight ruling class ideas and practices of racism, sexism, all forms of prejudice, and national chauvinism.

An injury to one is an injury to all. The working class and people either stand together, fight together, and rise together for a shared future—or they perish divided.

As Rev. Martin Luther King, Jr. once said the US working class and people were “caught in an inescapable network of mutuality, tied in a single garment of destiny.”

Defeating the extreme right – An opening for transformative change July 30, John Bachtell

An essential feature of the Communist Party’s work is our strategic policy. A strategic policy allows us to identify the most important political goal at this moment that, when achieved, will advance the whole working class and democratic struggle, and then to help organize and unite every force possible to make it happen.

The extreme right and the most reactionary section of the capitalist class backing it are concentrated in and around the Republican Party. Defeating this monster is the most critical thing the working class and people must do at this moment. It affects everything else, including the ability to win any social advances; this is the front line of the class struggle today.

The most decisive arena to accomplish this strategic task is the 2020 election. The aim is to oust Trump from the presidency, the GOP majority from the U.S. Senate, defend the Democratic majority in the House, and break GOP domination of governorships and state legislatures.

A majority of voters oppose Trump and Republican policies. An unprecedented voter registration, grassroots mobilization, education, and turnout, is required—and every vote must be counted.

The working-class led movement, its critical allies, all social movements, and the broad anti-right alliance are gearing up for this battle. The U.S. labor movement will no doubt play a crucial role in providing resources, mobilizing millions, and creating alliances with core groupings.

Maximum unity, or a popular front, is needed of our multi-racial, LGBTQ, multi-generational, native and foreign-born working class in alliance with all other democratic and core forces including communities of color, women, youth, immigrants, and every social movement, and left and center political currents.

The strategic policy also requires taking advantage of what Lenin called “conflicts of interest” and “the use of any, even the smallest, rift between the enemies, any conflict of interests among the bourgeoisie of the various countries and among the various groups or types of the bourgeoisie within the various countries.”

This is a necessary tactic at this moment, wrote Lenin, “even though this ally is temporary, vacillating, unstable, unreliable, and conditional,” to advance the interests of the working class.

Relationship to more advanced stages of struggle

Defeating the extreme right is the first stage of a more protracted fight for achieving full economic and political democracy and a government led by the multi-racial working class and its democratic allies and social movements—those who make up the vast majority of the people.

When the extreme right domination of government is broken, a new balance of forces and political situation will occur. A new strategic policy will be called for.

The objective of the current stage to defeat the domination of the extreme right dialectically intertwines with the next stage—confronting the entire monopoly section of the capitalist class. There are no clear lines of demarcation between these stages.

Defeating the extreme right will take multiple election cycles, mobilizing a stable majority in the electoral arena, in the streets and legislative chambers. A more significant, broader, deeper, and more united and conscious mass democratic upsurge is needed than exists now—one capable of extending its reach among alienated and non-voters.

Defeating the extreme right is strategic because it weakens the most reactionary section of capital and all its allies. The election of a left-center governing alliance creates new possibilities for radical reforms, new space to expand the organization and participation of the working class, every social movement, the left, socialists, and communists. It’s all part of the revolutionary process.

No advanced democratic reforms—including Medicare for All, free university education, criminal justice and electoral reform, reproductive rights, or the Green New Deal—can be won without a decisive victory in the 2020 elections.

The Communist Party’s role in 2020 elections

Our role in the 2020 elections is to assist the working class-led democratic upsurge to impact the entire process and outcome, to build this movement in unity, breadth, and grassroots depth, deepen consciousness, and expand the field of battle.

The overriding concern of the anti-extreme right alliance is to defeat Trump and the GOP. These forces are not united behind a single Democratic candidate in the primaries. Therefore, our role is to help build unity on the issues—not around personalities. In many cases, there is broad consensus on the goals, but differences on how to achieve them.

Our role is to build support for unity around defending the democratic gains already which are now being eroded by Trump and the extreme right. Also, as circumstances and conditions permit, we must fight for more advanced positions, working to build majority mass support, and, even better, overwhelming support as the struggle intensifies. This includes among independent and Republican voters.

Our role is to help find the intersection between issues and movements, to build maximum multi-racial working-class unity, and to build solidarity between the working class with other democratic allies and between left and center political currents.

Our role is to help heighten the level of class, and anti-racist, anti-sexist consciousness in the course of the struggle.

Our role is to assist in drawing more people into the political process. We should be among the most energetic volunteers to register voters, expand the field of battle into so-called “red states and districts,” and activate those on the sidelines.

Our role is to help strengthen the political independence of the working class, the core forces, and democratic allies. This includes helping build structures of political independence which at this moment often take place both through the Democratic Party and autonomous of it, and running candidates from their ranks, including Communists.

These independent structures will one day form the basis of a political party led by the multi-racial working class, its allies, and social and environmental justice movements.

People wait in line to cast their vote at a polling place during the U.S. midterm election, Nov. 6, 2018, in Silver Spring, Md. | Jose Luis Magana / AP

Our strategic policy is applied under unique circumstances of the two-party, winner takes all, electoral system. The history of political parties in the U.S. is a history of alliances. The GOP and Democratic Party are both dominated by capital, but they also represent different alliances of class and social forces.

The present electoral alliance within and alongside the Democratic Party includes critical organizations of the U.S. working class, first and foremost organized labor, communities of color, women, youth, and democratic and social movements, and a section of the capitalist class. Each force sees the Democratic Party as a vehicle to advance its interests at the present moment.

Naturally, there exist class contradictions and struggles within this alliance over direction and policies. Our challenge is to help the working class and mass democratic and social movements make this necessary alliance work in their interests, impact its policies, and assist it in emerging as the leader of the fight to defeat the right and win a revolutionary transformation of society.

Given our strategic policy, we do not see center political forces, including corporate and so-called establishment forces in the Democratic Party, as the main enemy. The center forces, including candidates they back, and the more extensive moderate set of voters in the country, are not static. They are shifting and adjusting to the issues in response to events.

We will never compromise on principles and ultimate goals. But here again, Lenin pointed out the need for momentary compromise on issues with “temporary and unstable” allies, given the current balance of forces, that still advance the working-class struggle. We will never hesitate to criticize these forces when they are wrong, but we will always do it in a way that does not break the temporary alliance brought together by the overriding goal of defeating the extreme right.