Ética y estética en la política electoral de la izquierda salvadoreña. Roberto Pineda. 2020

¿Se trueca la ética por la estética, se propagandiza al candidato adornado de cualidades que no posee, atractivo para el consumo, desideologizado y señor de promesas imposibles?   Frei Betto. La mosca azul.

“En cualquier lugar que la muerte nos sorprenda, bienvenida sea, siempre que ese, nuestro grito de guerra haya llegado hasta un oído receptivo…”   Ernesto “Che” Guevara. Mensaje a la Tricontinental

“El principal combate ideológico deberá dirigirse contra el mezquino interés electorero y la ambición de adquirir poder personal, contra la corrupción, el oportunismo y el arribismo.” Schafik  Handal. El FMLN y la vigencia del pensamiento revolucionario

Introducción

Las próximas elecciones legislativas y municipales de febrero de 2021, aparecen en el horizonte político como una prueba decisiva en la definición del futuro de la izquierda salvadoreña y de su principal expresión, el FMLN, luego de dos sonadas derrotas electorales en 2018 y 2019, con profundas implicaciones políticas e ideológicas.  

Los diversos escenarios que puedan avizorarse nos indican la urgente necesidad de revisar entre otros, la validez del camino electoral como forma principal de lucha,  sea para alcanzar el poder formal o para construir poder popular.

Desde su nacimiento hace un siglo en los trashumantes talleres artesanales de San Salvador, la izquierda  ha recorrido un atribulado camino de hondonadas y cerros, de cárceles y proclamas, que pueden analizarse a partir de las categorías de ética y estética  como faros que han iluminado su accionar.

La izquierda salvadoreña en sus permanentes viajes por la política ha transitado por el camino electoral en cinco ocasiones. La primera como Partido Comunista de El Salvador, PCS –la más breve- en 1932, en la que participa el motorista Joaquín Rivas como candidato a  Alcalde por San Salvador[1]; la segunda como Unidad Nacional de Trabajadores, UNT,  en 1944, en la que el entonces dirigente comunista Alejandro Dagoberto Marroquín cede su candidatura  a la presidencia para respaldar al Dr. Arturo Araujo[2]; la tercera como Partido Acción Renovadora, PAR Nueva Línea y como Unión Nacional Opositora  de 1967 a 1977, llevando como candidatos a la presidencia en 1967, 1972 y 1977 respectivamente al Dr. Fabio Castillo Figueroa, al Ing. José Napoleón Duarte y al Coronel Ernesto Claramount; la tercera como UDN en 1991 llevando como candidato a diputado al contador Mario Aguiñada, y la cuarta como FMLN –la más prolongada-de 1994 al presente. 

En cada una de estas cinco ocasiones  las jornadas electorales han significado claros enfrentamientos entre las visiones autoritarias y elitistas de los sectores oligárquicos y  nuestra visión popular, democrática y antiimperialista. Por otra parte, han constituido a lo interno, particularmente en la quinta etapa,  escenarios de disputa entre ética y estética.

Usamos las categorías filosóficas de ética y estética para interpretar los diversos momentos históricos que han marcado el desempeño electoral de la izquierda en nuestro país. Entendemos la ética como el espacio social vinculado a los valores, en nuestro caso a los valores revolucionarios y la estética como el espacio social relacionado con lo atractivo, con la belleza, con lo hermoso, y con la imagen.

Ambos conceptos se relacionan con la política y la ideología, y con la política y la ideología revolucionaria, y con la vía electoral en este caso, aunque pueden asimismo ser utilizados en un abordaje de la vía armada, u otras modalidades de lucha social. 

Finalmente, se reflexiona sobre la necesidad de precisar con claridad la visión y mecanismos que permitan evitar que la estética se apodere de la ética en nuestra política electoral y de esta forma rechazar que como izquierda nos convirtamos en un instrumento funcional a la democracia liberal  y logremos recuperar nuestra visión y misión revolucionaria.

La figura mítica de Jano, el dios romano de las dos caras (anverso y reverso), de las puertas (entrar o salir), del tiempo (pasado y futuro) y de las transiciones ( de lo viejo y lo nuevo) puede conducirnos simbólica y dialécticamente  en esta navegación por el tiempo y los conceptos de ética y estética.

Walter Benjamín y la estatización de la política

El concepto de estetización de la política[1], utilizado por el pensador alemán Walter Benjamín[2] en el marco del ascenso del fascismo, nos permite descubrir e  identificar las diversas modalidades como desde la estética se condiciona la naturaleza de la política, alejándola de sus postulados éticos.

Benjamín condenó categóricamente la glorificación fascista de la guerra y “la transferencia de criterios estéticos al campo de lo político…”[3] Benjamín relacionaba el ascenso  del fascismo directamente con los procesos industriales vinculados a la reproducción técnica.[4] Lo que importaba en el planteamiento fascista es el arte por el arte, y no la destrucción, el dolor y la desolación que pudiera ocasionar la guerra.

En el capitalismo la estética del mercado y de los intereses elitistas se impone sobre la ética de los intereses populares y de la lucha por la justicia, en particular en estos tiempos de globalización neoliberal. Y es precisamente esa influencia ideológica la que penetra y condiciona la práctica política de partidos de izquierda que se ven determinados por el pragmatismo y las apariencias del marketing en sus campañas electorales y gestión gubernamental.

Las ideas de Benjamín han quedado validadas en la actualidad e incluso rebasadas por las tendencias sociales  surgidas con la revolución científica tecnológica en marcha. Los sectores populares enfrentan hoy los riesgos derivados de sociedades de la imagen[5]  o sociedades del espectáculo[6] en las cuales predominan lo visual, las imágenes, las apariencias y estas terminan determinando los procesos sociales y políticos, incluyendo las elecciones.

En los procesos electorales de los últimos tiempos se impone el uso de los rituales derivados de la mercadotecnia[7], basados en campañas publicitarias orientadas a persuadir y engañar a los consumidores-electores, “educar su gusto” para votar por determinado candidato  independientemente de su programa o compromiso real. El fin es la venta de un producto, servicio o candidato, hacerlo parecer como útil, bueno, interesante, etc. Manipular la voluntad del consumidor-elector.

En el universo simbólico del capitalismo la estetización de la política se manifiesta como  la proyección de imágenes de gobernantes y programas desligados de su subjetividad; sistemas políticos, candidatos y gobernantes sin ningún compromiso real con la justicia ni la democracia sino con  su apariencia, con su imagen, con su estética.


[1] http://www.lecturalia.com/libro/30219/la-obra-de-arte-en-la-epoca-de-su-reproductibilidad-tecnica

[2] http://www.lecturalia.com/autor/4462/walter-benjamin

[3] Ver Paredes, Diego. De la estetización de la política  a la política de la estética.” http://www.scielo.org.co/pdf/res/n34/n34a09.pdf

[4] Ibid.

[5] Ver La sociedad de la imagen por Jenny Fraser. “Vivimos en la sociedad de la imagen, qué duda cabe, pero no de la imagen como medio, ni siquiera la imagen como símbolo, sino de la imagen como pura virtualidad, como sustituto de muchos ingredientes vitales. Hemos pasado en un breve espacio de tiempo de una sistema de producción a un sistema de representación, donde cobra mucha más importancia lo aparente que lo real, hasta el punto que la una acaba ocupando el lugar del otro y la imagen se muestra como etiqueta visible de objetos, valores humanos (¿?) y otras abstracciones que otrora se movieran en el dominio de la ideología. https:// es.scribd.com/document/401189570/La-imagen-en-la-sociedad-actual-docx+&cd=3&hl=es-419&ct=clnk&gl=sv

[6] https://psicologiaymente.com/social/sociedad-del-espectaculo

[7] https://www.improma.com/que-estudia-la-mercadotecnia-y-publicidad/

Ernesto Che Guevara y la ética en política

La vida y obra del Che es un rechazo categórico a la estetización de la política. En su mensaje a la Tricontinental  nos enseña que “en cualquier lugar que la muerte nos sorprenda bienvenida sea, siempre que ese, nuestro grito de guerra haya llegado a un oído receptivo.”[1] La personalidad del Che y su trayectoria política refleja de manera univoca un ejemplo universal de compromiso ético en política, de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre el pensar y el actuar.

En política y también en la izquierda se abren siempre dos veredas: la de aquel que por principios éticos entrega sus pensamientos y energías  a la búsqueda del bien común, a la lucha popular, y la de aquel que siempre va en búsqueda del beneficio personal,  de su propios intereses. 

El Che advierte en su escrito El socialismo y el hombre en Cuba[2] que “persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etcétera), se puede llegar a un callejón sin salida. Y se arriba allí tras de recorrer una larga distancia en la que los caminos se entrecruzan muchas veces y donde es difícil percibir el momento en que se equivocó la ruta.”

Y agrega que “para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo. De allí que sea tan importante elegir correctamente el instrumento de movilización de las masas. Este instrumento debe ser de índole moral, fundamentalmente, sin olvidar una correcta utilización del estímulo material, sobre todo de naturaleza social. Como ya dije, en momentos de peligro extremo es fácil potenciar los estímulos morales; para mantener su vigencia, es necesario el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas. La sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigante escuela.»

En la carta de despedida del Che a sus hijos, cuando parte a Bolivia,  manifiesta: “Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario.”

El Che nos deja una herencia de coherencia ética, de compromiso revolucionario. De predominio de la ética sobre la estética. Y su pensamiento y trayectoria debe de acompañarnos en el desarrollo de nuestras labores, sean estas en las diversas modalidades que adopta la lucha popular, incluyendo la lucha electoral, que es válida en la medida en que nos  permite acumular fuerzas y educar políticamente a los sectores populares.

Schafik Handal y la lucha electoral: entramos al sistema, para cambiar al sistema

Somos como izquierda herederos de Farabundo Martí y de Schafik Handal. Schafik  nos dejó una valiosa herencia ética, política, ideológica  y teórica que nos permite iluminar el camino de la lucha.

Durante su discurso en la firma de la paz[1], el 16 de enero de 1992, Schafik luego de doce años de lucha armada, a nombre del FMLN  expreso:

“Fue necesario que nos alzáramos empuñando las armas para abrirlas y no nos arrepentimos de ello; la lucha armada revolucionaria en las condiciones de El Salvador ha sido necesaria y legítima; la voluntad de llevarla inclaudicable hasta el final es el mérito de miles de combatientes del FMLN, apoyados en todos los momentos y circunstancias por el pueblo civil, a costa de inmensos sacrificios y sufrimientos; es el mérito del movimiento popular que mantuvo en alto su lucha y sus banderas reivindicativas, a pesar de todas las adversidades.”

Y proclamó luego con firmeza ética: “nosotros no estamos llegando a este momento como ovejas descarriadas que vuelven al redil, sino como maduros y enérgicos impulsores de los cambios hace mucho tiempo anhelados por la inmensa mayoría de los salvadoreños. El FMLN se enorgullece de prestar este servicio a la Patria y a su prestigio internacional…” En su testamento político, El FMLN y la vigencia del pensamiento revolucionario[2] Schafik  explica 13 años después a finales del 2005, que: “fundamentados en esa visión, definimos entonces nuestra misión, la cual podría resumirse así: dejábamos las armas, nos convertíamos en un partido legal para participar activamente en la lucha política, entrábamos así dentro del sistema con la decisión de mantener una lucha persistente para consumar la revolución democrática inconclusa, orientada a cambiar el sistema, asegurar el desarrollo social, en un curso más o menos duradero rumbo a una sociedad socialista.»

Y más adelante subraya que: “abandonamos las armas, entramos en el sistema, para cambiar el sistema, no para que el sistema nos cambie a nosotros.”

Luego Schafik hace un relato sobre la conformación del partido político FMLN; y como al interior de este: “comenzaron así a aparecer al interior del Frente, lenguaje, conceptos y categorías propios del pensamiento en boga del capitalismo neoliberal y globalizante. Esto desembocaría, a finales de 1994, en la crisis que creó Joaquín Villalobos y llevaría a su salida del FMLN para crear el «Partido Demócrata».”

Y entonces evalúa que  “el Partido en su conjunto se convirtió así en un espacio sumamente favorable y casi permanente para las prácticas electoreras. Por otra parte, nuestra llegada a los primeros cargos públicos engendró o despertó motivaciones, aspiraciones y ambiciones personales y grupales.”

Y añade que “la incursión del FMLN a los espacios de poder institucional, con el subsiguiente acceso a privilegios e influencias, no podía dejar de hacer mella en la textura ideológica de algunos cuadros. El sistema reaccionó, comprendiendo a dónde podía llevarnos esta situación. Desde los primeros momentos en que hubo diputados del FMLN, la derecha dominante empezó a subir el salario de este cargo…”

Reconoce que  “algunos alcaldes que querían ser reelectos, empezaron a utilizar el poder de su alcaldía para generar una incidencia fuerte al interior del Partido. Es así como los cuerpos de promotores y los proyectos de beneficio comunitario han sido usados por algunos para afiliar nuevos miembros, y el ingreso de nuevos miembros se volvió decisivo en las elecciones internas.”

Y subraya que “nuestro mayor distanciamiento de la gente y sus problemas son estos viciados y frecuentes procesos electorales partidarios. Casi siempre estamos inmersos en uno de ellos, a lo largo de 4 a 6 meses, durante los cuales la militancia y sus dirigentes se absorben en los enfrentamientos internos, haciendo las delicias de los medios de derecha; dejamos de escuchar a la gente, abandonamos la elaboración de propuestas, la organización y la movilización social para enfrentar la problemática que aqueja a la población.”

Y enfatiza que “para transformar la realidad en El Salvador necesitamos un Partido que siga fiel a la misión revolucionaria de cambiar este sistema. Su composición, su organización y funcionamiento deben ser coherentes con esa misión ¡Porque, hay que admitirlo, se rompió la coherencia entre la misión, la estructura y el funcionamiento del Partido!”

Schafik no logró presenciar nuestra participación de diez años en el ejecutivo, 2009-2019, pero había indicado con  mucha sabiduría que “para nosotros es indispensable llegar al gobierno, pero no es suficiente; es necesario preparar las condiciones que hagan posible que emprendamos verdaderas transformaciones estructurales, capaces de superar las causas que dan origen a la injusticia social, a la pobreza y al sistema político autoritario.”

Y denunció en ese entonces que “se necesita combatir la corrupción en las estructuras de poder en que estamos participando. Para eso estoy proponiendo crear una Contraloría Política y Administrativa del Partido para evaluar el funcionamiento de las Alcaldías, en relación con el cumplimento de las plataformas ofrecidas, la práctica o la ausencia de los métodos participativos de la población, el trato a la gente, el abordaje de la problemática social, la administración de los recursos, la honestidad, la probidad.”

Asimismo condenó “los métodos de intolerancia y verticalismo, que yo los llamaría monárquicos, en distintos niveles. Por ejemplo numerosos Coordinadores Departamentales o Municipales, suelen considerarse dueños del partido en su Departamento o Municipio: todo lo que se haga allí debe tener la autorización de él o ella.”

Y nos dejó Schafik el siguiente mandamiento: “el principal combate ideológico deberá dirigirse contra el mezquino interés electorero y la ambición de adquirir poder personal, contra la corrupción, el oportunismo y el arribismo. El sistema seduce, influye, logra confundir y ganar a las personas débiles en sus ideas, incluso a militantes nuestros como lo hemos podido ver.”

La crisis actual de la izquierda salvadoreña

Las elecciones del  3 de febrero del 2019 revelaron claramente que se había abierto una brecha entre el FMLN y su base social, y que una importante parte de esta había emigrado hacia el partido Nuevas Ideas, NI y su dirigente Nayib Bukele, exalcalde de  Nuevo Cuscatlán y San Salvador por el mismo FMLN.

Esta situación incide negativamente en el proceso de acumulación de fuerzas, por la vía electoral, iniciado a partir de los Acuerdos de Paz en 1992 y que tuvo como momento cumbre la conquista en 2009 de la presidencia de la república. Esta es una crisis de la disputa entre ética y estética, entre los valores y principios revolucionarios y el acomodamiento al sistema.   

Esta crisis tiene diversos componentes y coincide en muchos aspectos con la crisis que atraviesa la izquierda latinoamericana y caribeña. Tiene aspectos estructurales y coyunturales. Entre los estructurales se encuentra los de naturaleza teórica, orgánica y programática.  Entre los coyunturales los relativos a lo que se ha dado en llamar el “fin de la marea rosa.” Estos son de carácter político, ideológico y ético. Su resolución es un proceso y de carácter nacional y continental.

a)Los laberintos de la teoría

El marxismo es una construcción básicamente europea. Sus principales categorías fueron pensadas a partir de sociedades europeas. Incluso anteriormente, las categorías liberales de las luchas independentistas  del siglo XIX surgieron  de las ideas de la Ilustración y de las revoluciones estadounidense y francesa. 

Posteriormente los diversos momentos de las luchas populares del siglo XX estuvieron  acompañadas por la influencia  inicial del anarquismo, y luego de la Gran Revolución Socialista de Octubre en Rusia, por el sandinismo, por la lucha antifascista europea, por las revoluciones  china, cubana, argelina, el Chile de Allende, nicaragüense, vietnamita  y últimamente ya en el siglo XXI por las experiencias del PT y Lula en Brasil y Chávez y la Revolución bolivariana en Venezuela. Y últimamente regresa China con su “socialismo de mercado” como referente.

Cada uno de estos procesos le imprimió su sello epistemológico y político a la lucha de los sectores populares e izquierda salvadoreña. Como ejemplo,  en el 32 nos propusimos la creación de soviet, y hubo el soviet de Juayúa, Tacuba, Izalco, Nahuizalco, etc; contra la dictadura de Martínez asumimos las 4 libertades de Roosevelt; la línea de masas de Mao; el foco guerrillero guevarista, la guerra popular prolongada, etc.

A la par de esto, debe señalarse que es muy débil la producción  de teoría, orientada a explicarnos la génesis, evolución y características de la formación económico-social, del capitalismo dependiente en nuestro país. Carecemos de una trayectoria de escuelas de pensamiento desde la izquierda, de pensamiento propio, por lo que la regla ha sido la extrapolación de modelos. Somos especialistas en el análisis de coyuntura, pero fallamos en la construcción de horizontes estratégicos. Y nos falta incorporar la visión de género, la mirada feminista y el abordaje de lo racial, entre otros.   

b) Los laberintos del programa político

El desafío que sigue planteado es un programa a largo plazo, de naturaleza alternativa al capitalismo, que rebase las necesidades de la coyuntura electoral. Este programa o planteamiento debe tener como características  su naturaleza rigurosa, resultado de un proceso de consulta  en dos vías: a nivel popular recogiendo los saberes de nuestra gente y a nivel académico, con procesos sistemáticos, científicos.

Y debe ser alternativo, radical, orientado a trasformaciones s profundas de nuestro sistema social. No podemos continuar con medidas para administrar la crisis del sistema, para irla pasando hasta la próxima elección. Debemos de reconocer que en diez años no pudimos elaborar una propuesta de una democracia participativa, de una economía alternativa, de una reforma educativa, de salud, de pensiones, de lo cultural.

c) Los laberintos de la vanguardia política

Desde 1930 hasta 1995, durante 65 años el modelo leninista de organización acompañó los avatares de los marxistas salvadoreños. En 1995 con la disolución de los 5 partidos leninistas existentes y su inmersión en el FMLN termino formalmente, institucionalmente ese modelo. Pero los estilos y a veces hasta las agrupaciones subsistieron y de una forma u otra siguen existiendo como poderosos fantasmas ideológicos 25 años después. Esto se explica en parte porque la dirección del FMLN guerrillero (1980-1992) se mantuvo en el FMLN partido político (1992-2019), garantizando esa continuidad de pensamiento.

La existencia del modelo de  vanguardia leninista tiene dos aspectos. Por una parte, garantizo bajo las más difíciles condiciones de represión la subsistencia de un núcleo, de un remanente militante indestructible, heroico, que mantuvo erguidas las banderas rojas de la revolución. Pero por otra parte el vanguardismo reprodujo durante décadas y hasta la actualidad estilos de dirección basados -en las primeras generaciones- en el verticalismo y el dogmatismo, y -en las últimas- en el sectarismo y hegemonismo. Y ya en el siguiente modelo de partido de masas, a partir de 1995 ha dado lugar al pragmatismo ideológico y al electoralismo. Y últimamente al partidismo, al autoanálisis freudiano, al retraimiento interno.

Nos queda como desafío en lo orgánico saber combinar la dirección colectiva con la responsabilidad individual; promover la horizontalidad, la construcción de nuevas formas de militancia y de vinculación orgánica relacionada incluso con y desde las redes sociales; la búsqueda de espacios con los nuevos movimientos sociales, y lo fundamental, el acompañamiento respetuoso a la organización y la lucha social, garantizando su autonomía. Y construir una organización fraterna y abierta al diálogo y el debate, donde la militancia sea fuente de lucha, pero a la vez de disfrute y alegría.

d) Los laberintos de la política

La superación del pragmatismo y del electoralismo es un complejo proceso de resultados desconocidos. De realizarse mediante métodos incorrectos puede conducir a una división, pero de no realizarse conducirá a una mayor brecha entre izquierda y sectores populares. Debe por lo tanto ser un proceso cuidadoso, respetuoso, gradual, pero con agenda y compromisos, para garantizar la ética sobre la estética. No podemos promover la democracia en el país si no somos democráticos en nuestro partido, en nuestros hogares.

Una de las ideas básicas que debe dilucidarse es que no debemos  seguir siendo en la práctica y en el discurso, los guardianes del sistema, no debemos contribuir a administrar la crisis del sistema. Somos alternativa  y alternativa radical. Somos socialistas. Somos partidarios de la ruptura con el sistema capitalista. No somos la socialdemocracia y no practicamos la realpolitik.  Esto debe ser claro como las madrugadas.

e) Los laberintos de la ideología

El marxismo nos permitió cohesionar nuestras fuerzas e ideas. Nuestras ideas de cambio social, de revolución social inspiraron al sacrificio y a  la lucha a miles de salvadoreños y salvadoreñas. En sentido contrario, las beneficios y privilegios inspirados por el acceso a puestos de gobierno ha conducido a compañeros y compañeras –históricos y nuevos- a abandonar los principios por los cuales lucharon y a abrazar las llamadas “mieles del poder.”

Este es un problema de naturaleza ideológica. Significa que el sistema tuvo la capacidad de asimilarnos y que al final fueron más poderosas las ideas del individualismo y el enriquecimiento, que las ideas de la lucha por la justicia. Por otra parte, universidades e iglesias latinoamericanas han sido arrebatadas por las fuerzas de la derecha, por las ideas de la derecha con su  teología de la prosperidad y la noción de neutralidad y supuesta apoliticidad de la ciencia.

f) Los laberintos de la ética

El compromiso ético y político, la militancia se asume como un rechazo a las estructuras de opresión y explotación del sistema capitalista. Hoy tristemente las acusaciones de corrupción tiñen ya el bermellón de las banderasde la izquierda incluso a nivel latinoamericano. Y si bien algunas veces estas acusaciones obedecen a campañas del imperio, otras veces derivan de evidentes prácticas de la estética sobre la ética.-



[1] https://www.marxists.org/espanol/handal/1990s/1992ene16.htm

[2] https://www.marxists.org/espanol/handal/2005/dic01.htm



[1] https://www.marxists.org/espanol/guevara/04_67.htm

[2] https://www.marxists.org/espanol/guevara/65-socyh.htm



[1] Anderson, Thomas. El Salvador, 1932. Los sucesos políticos. http://biblio.udb.edu.sv/library/index.php?title=96708&query=@title=Special:GSMSearchPage@process=@field1=encabezamiento@value1=EL%20SALVADOR%201932%20@mode=advanced&recnum=3

[2] https://www.alainet.org/es/active/72906

[3] http://www.lecturalia.com/libro/30219/la-obra-de-arte-en-la-epoca-de-su-reproductibilidad-tecnica

[4] http://www.lecturalia.com/autor/4462/walter-benjamin

La encrucijada de la izquierda latinoamericana: tres dimensiones de una crisis. 2016. Guillermo Marín Vargas

La derrota de Evo Morales en el referéndum por la reforma constitucional que autorizaba al Presidente boliviano a postularse una vez más a la presidencia de su país en el 2019; el triunfo de Macri en Argentina, que puso fin a 12 años de Gobiernos kirchneristas; los complejos momentos que vivió Dilma Rousseff en el proceso de impeachment y su posterior destitución; y la complicada situación de desconfianza y pérdida de apoyo ciudadano de Michelle Bachelet producto de escándalos relacionados con casos de corrupción, marcan el contexto latinoamericano de los últimos tiempos. Los proyectos de izquierda otrora exitosos –ya sea en su vertiente bolivariana, como en su versión reformista o socialdemócrata– viven momentos críticos.

La característica transversal de este escenario es la pérdida de una importante parte de la base de apoyo ciudadano, situación que se ha expresado en consecutivas encuestas con cifras históricas de desaprobación. En algunos casos, estos resultados han sido acompañados de intensas movilizaciones sociales en las que la demanda central ha sido la salida de la élite «corrupta» del poder. La retórica que expresan esas movilizaciones es recurrente en la historia latinoamericana y puede expresarse de la siguiente manera: «somos nosotros, los ciudadanos; contra ellos, los políticos».

En países como Brasil, Argentina y Bolivia, el agotamiento de las élites en el poder, los casos de corrupción, el tráfico de influencias y el agotamiento de los ciclos económicos, han generado el ascenso del malestar, la desconfianza y la indignación, dando lugar a un nuevo ciclo de gobiernos de derecha en la región.

El caso chileno, sin embargo, tiene ciertas particularidades. Chile vive, desde hace años, un escenario de retorno de la centro-izquierda al poder, después de un gobierno de derecha con Sebastián Piñera a la cabeza. El nuevo proceso de Bachelet contó con una nueva coalición política que logró integrar a actores políticos y movimientos que estuvieron fuera de la Concertación durante 20 años, particularmente el Partido Comunista. El programa de esa nueva coalición (la Nueva Mayoría) era profundamente reformista.

Sin embargo, a pesar de un alto nivel de confianza y adhesión durante los momentos iniciales, desde el segundo año el gobierno de la Nueva Mayoría compartió elementos comunes al resto de experiencias descritas: la pérdida de confianza generalizada de la ciudadanía hacia el gobierno, los partidos, el poder judicial, el Congreso, el estancamiento económico, la crítica a las instituciones producto de escándalos de corrupción, la colusión y las irregularidades en el financiamiento de campañas políticas.

Sin perjuicio de las particularidades de cada caso e intentando aportar una mirada global del asunto, es posible identificar tres elementos o dimensiones transversales que dan cuenta del proceso de agotamiento o fin de ciclo de los gobiernos de izquierda y centroizquierda de la región.

Agotamiento de los mapas cognitivos

La expresión «mapa cognitivo» es uno de los conceptos más interesantes que empleó el intelectual chileno-alemán Norbert Lechner para dar cuenta de las subjetividades en político-culturales. El concepto da cuenta de aquellos mecanismos con los que generamos cierta delimitación de lo posible y valoramos e interactuamos con la realidad social. En palabras del propio Lechner «son las coordenadas mentales y los códigos interpretativos mediante los cuales hacemos inteligible la realidad social».

Los mapas cognitivos son la hoja que ruta que define los límites del accionar de los proyectos políticos, el camino a seguir, generando matices éticos en la toma de decisiones. Además, a través de ellos, las formaciones políticas proponen a la ciudadanía un proyecto de sociedad deseada, sus valores y características ideológicas.

Evaluar su agotamiento supone evidenciar la pérdida o el vaciamiento de ideas y proyecciones al interior de las élites de izquierda y centroizquierda en América Latina. Todas las opciones progresistas han perdido poco a poco su capacidad de reflexión interna. El ascenso y la permanencia en el poder han generado dificultades para la creación y promoción de ideas. La burocratización y estatización de los partidos los ha relegado a posiciones reactivas en materia de propuestas, más que a colocarse en lugares de vanguardia o de avanzada respecto de las ideas y programas para construir una América Latina más justa y democrática.

Cambio social y nuevas demandas

El triunfo de Macri en Argentina y la consecuente derrota del Frente para la Victoria ha sido uno de los procesos políticos que han precisado de análisis que hicieran foco en los cambios experimentados por la sociedad argentina durante los años de gobiernos kichneristas. El descenso sistemático de los índices de pobreza, el crecimiento de sectores medios, el aumento del gasto público y la apuesta por la integración social, generaron nuevas demandas de sectores históricamente ignorados.

Como otros países de la región, las élites que lideraron los procesos de reforma y cambio social, con amplias mayorías y aceptables niveles de confianza, han perdido su capacidad de continuar por el camino reformista.

Esas mismas capas medias que lograron importantes niveles de bienestar, hoy condenan enérgicamente la gestión de las dirigencias. Aunque los motivos son diversos, pueden apuntarse dos que resultan centrales: 1) los escándalos de corrupción que afecta transversalmente a la izquierda latinoamericana; y 2) la incapacidad de traducir la demanda de recambio, probidad, transparencia y más democracia, en una propuesta política renovadora, de cambio y continuidad.

El cambio social y progreso de la región ha permitido constituir una sociedad civil más activa y vigilante de los procesos políticos. En este sentido, el desafío estaría en interpretar estos nuevos sentidos comunes de sociedades más modernas, más conectadas, con mayor poder de fiscalización, producto del aumento estrepitoso del volumen de información que puede manejar un ciudadano a través de las redes sociales. La demanda por saber más y, a la vez, la capacidad de criticar y opinar libremente, han abierto un nuevo escenario de disputa por el poder, donde los estándares de comportamiento y transparencia, son cada vez más exigentes.

Legitimidad y crisis de las instituciones

El resultado de las elecciones municipales de Chile y del proceso de paz en Colombia, han levantado alertas acerca del estado de la participación electoral en la región. Los altos índices de abstención electoral, en conjunto con elevados niveles de desafección hacia las instituciones democráticas, han generado un ambiente de preocupación en la izquierda de la región. Es una constatación que, por distintos motivos y contextos, la ciudadanía desconfía y sospecha de todo aquel que se vincule de una u otra forma con la política. Desde funcionarios públicos hasta militantes: todos están bajo constante vigilancia, producto de la frecuencia y la publicidad de prácticas vinculadas a la corrupción y al enriquecimiento.

En este contexto se ha llegado cuestionar la capacidad representativa de las instituciones democráticas tradicionales. Así, se ha intensificado la pérdida de la centralidad de la política en la vida cotidiana de las y los ciudadanos, y se ha producido una sobrevaloración de la realización personal por sobre la colectiva, consecuencia de la instalación de sociedades donde el excesivo consumo y la amplia valoración negativa de lo público, se instaló para quedarse.

En el ámbito de las relaciones sociopolíticas, es posible constatar un quiebre en las formas de comunicación entre ciudadanos y partidos políticos, organizaciones que tradicionalmente procesan demandas a través de la formulación de programas y políticas públicas. Así, los incentivos para personalizar los proyectos políticos en la figura presidencial o a través de caudillos locales son altos. Si los partidos no cumplen ese rol, el camino fácil es dejar atrás las instancias orgánicas partidarias con vínculo territorial y cierta tradición, y alcanzar posiciones de poder sólo con la figuración de personajes con alto conocimiento público, pero sin vínculo partidario y de matriz ideológica y ética volátil.

Posibles salidas

En este contexto, es posible identificar un regreso de gobiernos con élites de derecha en el poder –tanto en sus versiones populistas como tecnocráticas–, frente al agotamiento y la incapacidad de la izquierda latinoamericana de recuperar su base de apoyo en sectores medios y populares.

Aceptar que en algún momento se ha de perder con el adversario es parte del juego democrático. Sin embargo, es importante el cómo y por qué se pierde, algo que se trata de visualizar en éste análisis. Como en toda crisis, también se genera una oportunidad. Al desprenderse de los gobiernos y las funciones estatales, se genera más tiempo para la reflexión política, la búsqueda de nuevos sincretismos y la construcción de proyectos.

Este fenómeno se en los países anteriormente mencionados, donde el malestar generalizado contra las élites en el poder, podría generar la emergencia de «alternativas ciudadanas» a las formaciones de izquierda a través de movimientos o partidos de causas que miran con simpatía a España y el proceso de Podemos. Estas nuevas expresiones políticas, con formas de organización más horizontales y esporádicas, no han logrado, sin embargo, generar un nuevo clivaje o una ruptura que les permita interpretar la falta de representación y el descontento, en especial por la escasa densidad ideológica de sus propuestas y su baja penetración territorial.

Por otro lado, en el caso de las organizaciones políticas de izquierda y progresistas tradicionales, está meridianamente claro que para continuar siendo alternativas políticas de mayoría con vocación de poder, deberán generar nuevas ideas que refresquen las hojas de ruta o mapas cognitivos de éstas formaciones. Precisarán, además, renovar sus cuadros dirigentes y modernizar sus estructuras orgánicas.

No es necesario dirigir la vista únicamente hacia Europa para buscar referentes de sentido. Es preciso revisar la rica tradición del pensamiento indoamericano, observar procesos políticos como el surgimiento y las formas de acción política del APRA peruano, el Partido de los Trabajadores brasileño, o el Partido Socialista Chileno, para analizar e interpretar el escenario actual. Todo ello con el objetivo de fortalecer y ampliar la democracia, asumir la probidad y la transparencia como valores esenciales, buscar convergencias económicas donde sea posible y garantizar mínimos sociales de protección y derechos a través de gobiernos de coaliciones mayoritarias y fuertes.

La crisis de la izquierda latinoamericana. Esteban Valenti

No hay ninguna duda de que la tendencia de principios de este siglo de un avance importante de las ideas de izquierda y de los gobiernos de izquierda en América Latina se ha revertido y coleccionamos graves derrotas, no solo por la pérdida de gobiernos, algunos de dudosa orientación de izquierda, sino por la profundidad ideológica y política de las derrotas sufridas.

De acuerdo al método más elemental, básico del pensamiento y de las verdaderas organizaciones de izquierda, tendríamos que asistir a un profundo análisis crítico sobre las causas de estas derrotas y de este avance electoral, ideológico y político de la derecha, con la excepción de México.

Es también cierto que los análisis críticos sobre los avances de la izquierda en su momento, no merecieron ni mucha atención, ni mucha profundidad, ni aportes originales. Más bien descripciones, en las que muchas veces se suplantaba la consideración sobre el juego de las fuerzas sociales, de los bloques que se fueron creando en los diversos países, su nivel de elaboración programática, por euforias camiseteras y sentencias sobre la superioridad moral de la izquierda y poco más. No sucedió lo mismo a nivel de la academia, pero la fractura entre los intelectuales y los partidos y organizaciones de izquierda es cada día más evidente.

Ahora se insiste en repetir los mismos errores, en lugar de interrogarnos a fondo sobre las causas del cambio de tendencia y el avance de las ideas y de los gobiernos de derecha, todo es responsabilidad del despertar del imperialismo y las oligarquías locales y, si cuadra, echarle la culpa a los grandes medios de prensa. En Brasil, la paradoja es que Jair Bolsonaro, el adalid de la extrema derecha, también cargó a fondo contra la gran prensa tradicional y buena parte de su campaña se motorizó a través de un juego entre las redes sociales y la movilización en las calles y sin la presencia física del candidato.

Comencemos por reconocer que asistimos a un momento de crisis muy importante de la izquierda latinoamericana y que esa es la causa principal de las serias derrotas sufridas. Es una crisis política, ideológica que afecta seriamente nuestra moral de lucha y nuestra capacidad de reacción.

Esta no es la única causa, también los adversarios juegan y aprendieron de las duras derrotas sufridas y se dispusieron a conocer y aprovechar nuestras debilidades, nuestros errores y nuestro desgaste. La derecha no hizo autocrítica, no la necesita, lleva el poder y su ejercicio en su ADN y en la propia identidad del bloque de los sectores sociales que le han dado sustento durante toda la historia de nuestras naciones.

Tomemos un ejemplo, en diversas derrotas figura el papel de las iglesias evangélicas, Aunque es contradictorio, porque en México aportaron de manera importante al triunfo de López Obrador. Pero en Brasil no hay ninguna duda de su aporte organizado, ideológico y popular al triunfo de Bolsonaro. Su aporte militante y comprometido.

La iglesia católica es la primera que debería interrogarse sobre la creciente influencia de estas nuevas iglesias y el papel que tuvo la destrucción por parte de Juan Pablo II el papa polaco, de la teología de la liberación, creando un vacío, que al decir de Buenaventura de Sousa Santos está siendo ocupado por la llamada teología de la prosperidad de las iglesias evangélicas de influencia norteamericana.

Es una compleja batalla ideológica, donde los pobres son los culpables de sus desgracias por no acudir adecuadamente a un ser superior que les dará la prosperidad, un gobierno inspirado en esa teología es interpretado como el camino hacia la prosperidad personal, a través de dios.

Y sería muy negativo simplificarla y cortar todas las iglesias protestantes con el mismo racero, cuando hay fuertes corrientes con una amplia sensibilidad social en su seno.

En ese plano la izquierda alimentó ese proceso de cambio de tendencia a través de dos corrientes simultáneas, la igualación moral con los partidos tradicionales de derecha o centro derecha, a través del festival de la corrupción y por otro lado el fracaso en la lucha contra la delincuencia y de esa manera la explosión de la inseguridad. Esos dos factores combinados, con importancias diferentes en los diversos países, no es una maldición de la providencia, es una debilidad estructural e ideológica y política de la izquierda. Los errores no fueron solo prácticos, de gestión, sino sobre todo ideológicos. Y luego políticos.

Pasamos de la vieja época en la que le regalamos la bandera de la democracia a la derecha a regalarle nada menos que la moralidad y la seguridad a la ultra derecha y de esa manera alimentar la post política.

Cuando las izquierdas a la salida del largo ciclo de las dictaduras, comenzado por el golpe de estado en Brasil en 1964 y culminado con la caída del pinochetismo en Chile, se fueron apropiando de la bandera de la democracia, de su defensa y promoción, no solo en el plano metodológico-electoral, sino de sus instituciones y de sus valores esenciales, fue logrando una larga lista de victorias electorales y políticas.

Ese ciclo se ha cerrado, la democracia hoy está amenazada, no por los golpes de estado, sino por una combinación de corrupción del sector privado y público (muchas veces en manos de fuerzas de izquierda); de una actividad criminal organizada y masiva que tiene en la droga, la trata de armas y de blancas sus soportes fundamentales y por rumbos zigzagueantes en materia económica y social y en una muy pobre labor cultural de parte de las izquierdas.

A todo ello se agrega la tragedia de que gobiernos originalmente iniciados bajo el signo de la izquierda se han transformado en tragedias económicas, sociales, represivas para sus pueblos, como los casos emblemáticos de Venezuela y Nicaragua. Y las izquierdas en su conjunto no han terminado de hacer las cuentas con estas aberraciones, que niegan los valores fundamentales de la propia izquierda.

Una crítica profunda de la crisis de la izquierda en América Latina, que no incluya como elemento central las causas del fracaso y la deriva autoritaria de estos regímenes, será siempre una parodia de un análisis.

No alcanza simplemente con condenar a Maduro y los Ortega, hay que interrogarse sobre las causas de estas criaturas deformes, porque nacieron nuestras, fueron revindicadas como nuestras y todavía lo son por varias izquierdas. ¿Cómo llegaron hasta allí? ¿Por qué caminos, de la mano de que horrores teóricos y políticos?

Sin duda el caudillismo más ramplón es un fenómeno que jugó su papel destructivo de las fuerzas que originalmente fueron de izquierda y ya no tienen ninguno de sus rasgos. También el militarismo de izquierda jugó su trágico papel, tanto en Venezuela como en Nicaragua.

Hay también causas económico-sociales en estos retrocesos electorales, incluso en casos como Brasil, que en los que los primeros gobiernos del PT lograron sin duda avances importantes, en crecimiento y en redistribución. Es notorio que no alcanzaron y no calaron tan hondo como para revertir los ciclos económicos y sus consecuencias. La izquierda tiene un nivel bajo de elaboración teórico-práctica de sus proyectos nacionales.

Incluso en países como Chile y Uruguay que tuvieron muy buenos resultados, el proceso se agotó o se viene agotando. ¿Cómo se sigue, cual es nuestro proyecto productivo, educativo-productivo, educativo ciudadano, cultural, de políticas sociales refinadas y de alto impacto, de reformas del Estado y su adecuación al Proyecto Nacional y a las metas de desarrollo con mayor justicia social?

Todavía no construimos el Proyecto Nacional para transformar a nuestros países en países desarrollados en todos los planos, incluso en el nivel de cultura de nuestras sociedades.

Hoy debemos considerar necesariamente la estructura económica mundial, con las 5 compañías financieras que mueven 50 trillones de dólares, de los 90 trillones del PBI Mundial. Si queremos ser más modernos y llamarlo el oligopolio financiero, está bien, pero esto es la nueva etapa del imperialismo norteamericano, que ahora se encuentra amenazado por China. Es en este mundo que debemos elaborar, criticar, proponer y luchar.

La crisis no puede determinar un interminable lamento y una mea culpa plañidera, o peor aún un prolongado silencio a la espera que cambien los vientos. Los vientos hay que cambiarlos, a ideas, a inteligencia, a lucha, a esfuerzo, a decencia y moral republicana.

No estamos en el mejor de los mundos para emprender estas tareas, con las actuales tendencias dominantes en el planeta en esta nueva fase de la globalización helada, tan próxima a la guerra comercial y al desmoronamiento de la UE y ahora a la crisis del BRICS, mientras en los EE.UU. gobiernan las fuerzas más retrogradas que hayamos conocido, incluso partiendo del propio nivel político cultural.

Hoy un último aspecto que resalta, pues se impone como un tema prioritario: el uso del poder. Abraham Lincoln, dijo «Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder» Los pueblos nos dieron mucho poder en muchos países ¿Cómo lo utilizamos? ¿Cómo cambiamos las cosas y como el poder nos cambió a nosotros?

La crítica debe incluir la verificación de que el poder, no nos devora y nos deglute por su voluntad o por alguna fatalidad, sino por nuestras debilidades, y es una prueba maravillosa e inexorable. El poder nos pone a prueba como ningún otro elemento y muestra nuestras grandezas y nuestras bajezas, nuestra moral y nuestra inmoralidad, nuestras capacidades y nuestras ignorancias. Lo que tendríamos que haber aprendido es que tiene pocos matices.

(*) Periodista, escritor, director de UYPRESS y BITACORA. Uruguay

Ética Política. 2000. Rosendo Bolívar Meza

En el presente artículo partimos del supuesto de que en las sociedades contemporáneas hace falta una instancia última y legitimadora de lo que hacemos, y la ética parece estar en condiciones de decir siempre la última palabra. Por esta razón, la ética ha de ser imaginativa, pues nadie tiene la seguridad total y absoluta sobre lo que se debe hacer, aunque es indudable que las normas éticas aspiran a ser universales, sin que jamás lleguen a serlo. –

Está claro que el sujeto de la ética somos nosotros, los mismos sujetos que estamos implicados en la vida política, económica, profesional o simplemente cotidiana, y que en nuestra convivencia diaria debemos buscar el bien común, es decir, el interés colectivo.

En toda sociedad o comunidad política se presentan relaciones de poder, en cuyo ejercicio se cumplen o no principios éticos. Por ello, en una definición general, podríamos considerar al poder como la capacidad de algo o alguien para causar efectos alterando la realidad. Un hombre posee poder si tiene la capacidad de satisfacer sus deseos y cumplir sus fines, cualesquiera que sean éstos.

Tiene poder quien es capaz de dominar las fuerzas naturales para obtener de ellas lo que quiere, tiene poder quien puede sacar provecho de sus propias facultades e imponerse sobre los demás para realizar sus propósitos. Poder es dominio sobre sí mismo y sobre el mundo para alcanzar lo deseado; es el medio privilegiado para lograr un fin. Se desea el poder para obtener, gracias a él, otra cosa. Vale en la medida en que contribuya a la realización de un fin valioso por sí mismo.

Para entender la esencia y el ejercicio del poder, es necesario comprender qué es el hombre y cómo su actuar se da mediante una interrelación con sus semejantes, lo que configura su comportamiento normativo y de las instituciones que se desarrollan en cualquier comunidad, entre las que destaca el poder político como instancia del control social.

La vida social es resultado de una multiplicidad de factores que tienden a consolidar ya institucionalizar diferentes normas de comportamiento que inciden en una comunidad. De estos factores destaca la compleja configuración del individuo, por lo que el estudio del hombre debe analizarse como una unidad en la cual sus características biológicas, psicológicas y sociales son inseparables y mutuamente condicionantes.

Desde el punto de vista de la antropología del poder, Jorge Sánchez Azcona[1] tipifica, como necesidades fundamentales y motivaciones básicas del actuar de las personas, las siguientes: necesidad de seguridad física, de seguridad emocional, de reconocimiento social (estatus) y de triunfo. Estas dos últimas son las fuerzas impulsoras decisivas que mueven al hombre tanto para el goce de lo económico como para la búsqueda del poder.

En una situación más compleja, la sociedad no puede subsistir si no se organiza y estructura desde el punto de vista político. Alguien tiene que mandar, organizar, conciliar o hasta imponerse a las diferentes voluntades particulares de otros miembros de la comunidad. Ese alguien es el detentador del poder. El poder tiene la función de organizar una comunidad, establecer un orden, una jerarquía normativa a través de la cual se limita, reprime y canaliza tanto el actuar individual como colectivo, sobre todo en la búsqueda y en el ejercicio del propio poder.

El poder es una expresión de la vida en sociedad que despierta gran inquietud e interés no sólo en cuanto a su estudio académico, sino por ser un espacio existencial en donde concurren las pasiones más intensas del hombre, en su búsqueda, ejercicio o sometimiento.

La búsqueda del poder es una tendencia innata que viene de lo más profundo del ser humano. El poder, junto con la religión, es una expresión que le permite al hombre ir más allá de los límites que normalmente le impone la vida; al tener poder el individuo siente que trasciende, que su finitud se relativiza, que se afirma en su yo individual. Piensa que si logra tenerlo y ejercerlo pasa a formar parte de los selectos, de los escogidos, de los importantes.

La ambición de poder descansa sobre el deseo personal de perpetuarse, de alargar su finitud, de sentir que trasciende los límites fatales de su propia muerte.

El poder no sólo es un medio por el cual la persona que ocupa cierta posición obtiene compensaciones psicológicas y existenciales, sino además, es un camino que facilita el logro de grandes éxitos económicos, factor de la más alta cotización en la historia de la humanidad. En este sentido, la posición del político le permite adquirir enormes ventajas que no tiene el ciudadano común y corriente, por sus obligadas relaciones, la información privilegiada de que dispone y por el desempeño de su propia función está forzado a vincularse con los intereses económicos preponderantes de su época.[2]

En este sentido, la acción política se rige por dos principios: la política regida propiamente por principios éticos caracterizados por la búsqueda del beneficio colectivo, y la política sustentada en intereses personales o de grupo basada en criterios de conveniencia y oportunidad, donde el éxito se mide por el logro del propósito ligado a la obtención de poder y riqueza y no tanto por la búsqueda y el logro del bien común.

Antes de abordar el análisis de la ética política, pasaremos a las definiciones de ética y moral, así como a sus respectivas diferencias.

Ética y moral

La ética se ocupa de investigar el ámbito humano denominado moral. En este sentido, la ética es una ciencia encargada de estudiar o reflexionar sobre la moral, es decir, estudia el comportamiento moral del hombre en sociedad. El fenómeno moral es una creación exclusiva del hombre. Sólo ciertos actos humanos pueden ser calificados de buenos o malos desde el punto de vista de la moral, ya que solamente el hombre tiene un sentido ético o una conciencia moral. La moral es un fenómeno eminentemente social, puesto que rige o regula la vida del hombre en sociedad. Ello significa que la moral no tendría sentido para un hombre que estuviera completamente aislado o desvinculado del medio social.

Así pues, el objeto de estudio de la ética es la moral. Esto significa que la moral no es ciencia, pero ello no impide que pueda convertirse en el objeto de estudio de una investigación científica. Es muy importante reparar en esta diferencia, ya que a menudo se suele afirmar que la moral es ciencia, o bien, utilizar la palabra «ética» como sinónimo de moral. La moral está constituida por una serie de normas, costumbres y formas de vida que se presentan como obligatorias, valiosas y orientadoras de la actividad humana.

La ética no se propone expresamente dirigir la vida humana, sino explicar la moral; no intenta decir a cada cual lo que ha de hacer u omitir en cada caso concreto de la vida.

La moral es un conjunto de normas aceptadas libre y conscientemente, que regulan la conducta individual y social del hombre; es el conjunto de reglas que la sociedad exige que un hombre observe dentro de ella. Un hombre moral es aquel que vive en concordancia con las costumbres de su sociedad y cuyo castigo es la separación de ella.

A través de la moral el hombre aspira a realizar el valor de lo bueno.

Las normas morales tienen como propósito regular la conducta del hombre en la sociedad; deben ser realizadas en forma consciente y libre, e interiorizadas por el sujeto.

Ningún individuo construye sus creencias morales en el vacío, puesto que desde que nace se encuentra en un espacio social que comprende comportamientos, actitudes y creencias compartidas. Le son inculcadas costumbres, reglas de conducta y adhesión a valores. Primero los sigue por imitación, luego los intemaliza hasta hacerlos suyos. El individuo se desarrolla en un ámbito de moralidad aceptada por la sociedad a la que pertenece y como uno de los rasgos que constituyen la vida en común.

Esto da origen a la moralidad social, término acuñado por Hegel en La Filosofía del Derecho, la cual está constituida por un conjunto de reglas de comportamiento, la mayoría aceptadas sin discusión. Las acciones de cada individuo en el espacio social no podrían llevarse a cabo sin reglas variadas que le señalen cómo debe comportarse en cada situación, desde las de simple cortesía, hasta las que indican las obligaciones y prerrogativas correspondientes a cada posición social, enuncian lo que se espera de cada función y prohíben comportamientos nocivos.

La moralidad social incluye también reglas generales, aplicables a todo miembro de la sociedad considerado ciudadano. Adquiere entonces una dimensión política. Dichas reglas señalan el comportamiento debido por todos ante la cosa pública, indican lo que la sociedad espera de cada quien para la realización de un bien común.[3]

La política se relaciona con la rectitud y la moralidad como aspectos personales. La conciencia, el sentimiento de lo correcto e incorrecto, forman parte de la personalidad e integridad de los individuos. Un individuo se denigra si no sigue los dictados de su conciencia y si no defiende sus creencias.

En el caso concreto que nos ocupa, podemos ver que la política, en tanto ejercicio del poder, tiene sus razones y sus justificaciones, diferentes a las del individuo que actúa con vistas a sus propios intereses, por lo que la moral del político no corresponde con la moral del individuo común y corriente. En muchos sentidos las acciones de los políticos son ostensiblemente contrarias a las de la moral común.

Una cosa es realizar la acción política entendida como relación de poder, y otra cosa es cómo se conduce quien actúa políticamente. Una cosa es el criterio con base en el cual se estima buena o mala una acción política y otra cosa es el criterio por medio del cual se juzga buena o mala una acción moral.[4] He allí la diferencia entre política y moral.

En el capítulo XVIII de El príncipe,[5]Nicolás Maquiavelo, padre de la ciencia política, hace referencia al problema de la política y la moral al preguntarse si el hombre de Estado está obligado a respetar los pactos. El que los pactos sean observados y se cumplan las promesas es un principio fundamental de la moral.

Sobre esto Maquiavelo no tiene ninguna duda, pero advierte que realizaron grandes cosas los gobernantes que no cumplieron los pactos ni sus promesas, de lo que se deduce de Maquiavelo que para ser considerados buenos gobernantes se deben violar las normas de la moral. Por ello Maquiavelo afirma que para juzgar sobre la bondad o maldad de una acción política es preciso mirar el fin, es decir, el resultado de la acción, por lo que recomienda que todo gobernante debe procurar conservar el Estado y el poder, pues los medios para conseguirlo siempre serán considerados honorables.

En suma, el fin de un hombre político es la victoria contra el enemigo y luego la conservación del poder y del Estado conquistado. Para lograr este fin debe emplear todos los medios adecuados, de ahí la máxima que preside la acción política y la distingue de la acción moral: el fin justifica los medios.

II. Moral y política

Una diferencia sustancial entre moral y política se refiere a que la primera está en función de los principios y la segunda en función de los resultados. La bondad de una acción política se juzga por el éxito, y se califica como buen político al que logra tener el efecto deseado.

De esta forma, el hombre político puede comportarse de manera diferente e inclusive discordante de la moral común, es más, lo que es ilícito moralmente puede ser considerado y apreciado como lícito en política, de lo que se confirma que la política obedece a un código de reglas o sistemas normativos diferentes al de la conducta moral y en parte incompatible con él.

Aunque la cuestión moral se presenta en todos los campos de la conducta humana, cuando se plantea en la esfera de la política asume un carácter muy particular.

La moral y la política tienen dos sistemas normativos diferentes pero no  independientes por completo. La moral del político se califica con base en el éxito o el fracaso, en los fines y en la obtención de resultados. La moral del individuo común y corriente se mide por sus actos buenos o malos.[6]

Quien sabe apreciar los medios necesarios a la acción política y los pone en práctica, no es por ello bueno o malo moralmente, sino que es racional, ya que obra acertadamente para lograr el fin que quiere. Hay actos moralmente condenables que son racionales políticamente. La hipocresía y el engaño son perversos moralmente, pero pueden ser «buenos» políticamente. No cuenta la intención de los actos, sino su dimensión social y su resultado efectivo en una relación de poder.

Importa la imagen que el pueblo tiene de su gobernante, cómo se deja ver, no lo que sea en su subjetividad. No interesa que sea justo, sino que lo parezca ante los demás: no es pertinente que sea, en realidad, humanitario o fuerte, sino que así lo crea el pueblo. La buena intención puede llevar a perder el Estado; la correcta apariencia, aun engañosa, puede salvarlo. El criterio en política no es entonces el bien o el mal, sino la eficacia.

De ahí que, como dice Luis Villoro, una acción «mala» conforme a la moral individual puede ser considerada «buena» según la moral política si y sólo si:

1. Es dirigida hacia un fin bueno (la «utilidad de los gobernados»);

2. Es un medio necesario para la obtención de ese fin, y

3. Se reduce a producir ese resultado, es decir, no se acompaña de actos superfluos que rebasen los estrictamente necesarios para lograr el fin.[7]

III. Ética Política

La ética pretende determinar qué debe hacerse en cada situación y está interesada principalmente en la formulación de principios generales, dentro de los que pueden encuadrarse aspectos particulares. Tal es el caso, por ejemplo, del principio ético de utilidad que sostiene que las acciones son justas en la medida en que tiendan a fomentar la felicidad.

De esta forma, la ética determina y recomienda la adopción de ciertos principios generales, reglas, normas o ideas de conducta.

Toda ética política busca el bien común y se caracteriza por tener -al menos- los cuatro principios de acción que a continuación se presentan:

1. Una voluntad ética, en política, postula valores objetivos cuya realización constituirá el bien común, más allá de los bienes específicos de cada grupo. Proyecta una sociedad diferente que debe ser construida. Prescribe normas generales que responden a esos valores y rebasa, por ende, las reglas de la moralidad social existente.

2. Una voluntad ética, en política, está orientada por la sociedad proyectada. Los valores objetivos no son fijos ni inmutables, por lo que siempre están en un constante proceso de renovación.

3. Una voluntad ética, en política, quiere la realización de bienes sociales. No le bastan las buenas intenciones y los elevados pensamientos,sino que lo que quiere es transformar el mundo y a nosotros en él.

4. Una voluntad ética, en política, considera los valores objetivos por realizar en cada caso. Sus elecciones y decisiones son concretas.[8]

La ética comprende enunciados morales y de valor. Los juicios morales se refieren a las acciones buenas, mientras que los juicios de valor se refieren a las cosas justas.

En el caso concreto que nos incumbe, la ética política se enfoca  a determinar cómo deben actuar los hombres en su calidad de ciudadano; o funcionarios gubernamentales u hombres vinculados con el ejercicio del poder. La mayor parte de los pensadores políticos sostienen que la rectitud de las acciones políticas depende esencialmente de lo deseable y que, en gran medida, está dentro del poder de los actores políticos establecer y mantener los sistemas políticos deseables.[9]

La ética política es la de quien realiza la actividad política. No es el ejercicio del poder en cuanto tal, sino el poder, cuyo fin es el bien común, el interés colectivo o general. No es llegar al gobierno, sino realizar un buen gobierno. Buen gobierno es el que persigue el bien común, mal gobierno es el que pretende el beneficio propio. [10]

Existen valores básicos a todos los cuales aspiran los individuos, aunque con distinto grado de interés, ninguno de los cuales debe ser ignorado por completo en la política o en la vida; éstos son los siguientes: poder, ilustración, riqueza, bienestar (o salud), habilidad, afecto, rectitud (que incluye la moralidad y la justicia) y deferencia (o respeto).

Los individuos quieren ser poderosos; tienen una curiosidad y deseo natural de aumentar sus conocimientos; desean la riqueza; aprecian la salud y el disfrute sensual del bienestar; disfrutan un sentimiento de habilidad, de realización correcta de un trabajo difícil; necesitan afecto; sentirse justos en términos de su propia conciencia; así como también desean ser respetados y recibir la debida deferencia.

Estos valores gustan de ser disfrutados con seguridad y libertad. En el primer aspecto se busca que la seguridad sea presente y futura. En el segundo, referente a la libertad, se busca mantener la capacidad para actuar de acuerdo con nuestra propia personalidad, sin tener que hacer un gran esfuerzo de autonegación o autocontrol y sin quedar sujeto a restricciones externas.

La búsqueda de estos valores es legítima siempre y cuando un valor no sea excesivo y dañe a los otros. [11]

La ética política se rige también por una serie de valores o normas, que son las siguientes:

1. Tienen validez en un ámbito público, no privado. Por tal motivo, hay que distinguir entre los valores personales, que forman parte del plan de vida de un individuo, y valores integrantes de un bien colectivo, de carácter social. Los primeros son características de la imagen ideal con que una persona se identifica; pertenecen a su mundo privado. Los segundos tienen que ver con la representación del orden social, en el que se relacionan los distintos miembros de una asociación política, por lo que pertenece al ámbito público. Valores públicos y privados no siempre se concilian. Puede haber oposición entre ellos. Una acción personal puede cumplir normas de una moral privada y faltar a los deberes de la vida pública.

2. No son solamente individuales, también son comunes. El único agente moral es el individuo, puesto que sólo él tiene libertad y conciencia personal. Los valores de que trata la política corresponden a relaciones sociales y son, por lo tanto, compartidos por las personas inmersas en esas relaciones. No son exclusivos de individuos, sino comunes a muchos. Un comportamiento moral, en política, es el que intenta realizar en la sociedad valores que son objeto de un interés colectivo. En este sentido, una ética política trata específicamente de los valores que satisfacen el interés general de la asociación política.

3. Están en relación con el poder. No todas las relaciones sociales son propiamente políticas, ya que éstas tienen que ver con el poder. Por ello, una ética política no puede prescindir de estudiar las relaciones que debería tener el poder con las reglas de una moralidad social efectiva.

4. Son realizables. Una acción moral, en política, no consiste sólo en la proyección y disposición de realizar el bien común, sino en su realización efectiva en la sociedad. Los valores políticos tienen que cumplirse.[12]

Conclusiones

En el estudio del poder y la política no sólo se debe dar su descripción y análisis; por las implicaciones sociales que tiene, hay que buscar y utilizar el conocimiento científico para limitarlo, controlarlo, normarlo y, sobre todo, para que la comunidad sobre la que se impone dicho poder lo someta a aspectos jurídicos, institucionales y éticos para su manejo.

Todos los movimientos de raíz ética, en el campo de la política, han querido poner límites al poder estatal. Las revoluciones liberales tuvieron por fin principal proteger al individuo del poder del gobierno. El equilibrio de poderes en el Estado, los derechos humanos individuales, etcétera, tienen ese propósito. Otros proyectos fueron más radicales, plantearon la abolición del Estado como medio para realizar una sociedad auténticamente liberada.

El ejercicio del poder debe ser dignificado por medio de la ética política, mediante el desarrollo de una cultura democrática y la incorporación de un marco ético en el orden jurídico, que reconozca como fundamento de la sociedad a la que rigen dichas normas, principalmente los valores de justicia y libertad.

El poder lo representan y ejercen personas con intereses políticos y económicos muy precisos y, por tanto, hay que evitar en la medida de lo posible que lo ejerzan en forma indiscriminada, distorsionada, en función de beneficios particulares.

Existe una enorme complejidad para entender el poder, sobre todo para someterlo a valores, a normas jurídicas que protejan su ejercicio en un marco ético que sea reconocido y respetado por la comunidad, particularmente por los políticos. Hay que propugnar por un contenido ético de la política.

Resumen

A la política se le relaciona con la conquista y el ejercicio del poder, entendiendo por poder la capacidad de influir, condicionar o determinar el comportamiento ajeno. Sin embargo, una cosa es definir el ámbito de la política como ejercicio del poder y otra es, mediante la ética política, analizar la forma en que debe comportarse el hombre dedicado a ella.


[1] Jorge Sánchez Azcona, Ética y poder, México, Editorial Porrúa, 1998, pp. 2-3.

[2] Ibidem, pp. 22-23, 29 Y 33-34.

[3] Luis Villoro, El poder y el valor. Fundamentos de una ética política, México, Fondo de Cultura Económica-El Colegio Nacional, 1997, pp. 175-176

[4] Karl W. Deutsch, Política y gobierno, México, Fondo de Cultura Económica, 1976, pp. 47-48 Y Norberto Bobbio, El filósofo y la política, México, Fondo de Cultura Económica, 1996, pp. 144-147.

[5] Nicolás Maquiave10, El príncipe, México, Editorial Porrúa, colección «Sepan cuantos», número 152, séptima edición, 1981, p. 53.

[6] Norberto Bobbio, op. cit., pp. 148, 156-159, 166 Y 170.

[7] Luis Villoro, op. cit., pp. 99-100. La cita corresponde a la p. 109.

[8] lbidem, pp. 246-247.

[9] Félix Oppenheim, Ética y filosofía política, México, Fondo de Cultura Económica, 1976, pp. 20-24.

[10] Norberto Bobbio, op. cit., p. 174.

[11][11] Karl Deutsch, op. cit., pp. 26-27.

[12] Luis Villoro, op. cit., pp. 71-74.

Para una nueva declaración universal de los derechos humanos (I). Boaventura de Sousa Santos. 2020

El gran filósofo del siglo XVII, Baruch Spinoza, escribió que los dos sentimientos básicos del ser humano (afectos, en su terminología) son el miedo y la esperanza. Y sugirió que es necesario lograr un equilibrio entre ambos, ya que el miedo sin esperanza conduce al abandono y la esperanza sin miedo puede conducir a una autoconfianza destructiva.

Esta idea puede extrapolarse a las sociedades contemporáneas, especialmente en una época en la que, con el ciberespacio, las comunicaciones digitales interpersonales instantáneas, la masificación del entretenimiento industrial y la personalización masiva del microtargeting comercial y político, los sentimientos colectivos son cada vez más “parecidos” a los sentimientos individuales, aunque siempre sean agregaciones selectivas.

Es por ello que actualmente la identificación con lo que se oye o se lee resulta tan inmediata (“eso es precisamente lo que pienso”, aunque nunca antes se haya pensado sobre “eso”), al igual que la repulsión (“tenía buenas razones para odiar eso”, a pesar de que nunca se haya odiado “eso”). De este modo, los sentimientos colectivos se convierten fácilmente en una memoria inventada, en el futuro del pasado de los individuos.

Por supuesto, esto solo es posible porque, a falta de una alternativa, la degradación de las condiciones materiales de vida se vuelve vulnerable a una reconfortante ratificación del statu quo.

Si convertimos los sentimientos de esperanza y miedo en sentimientos colectivos, podemos concluir que tal vez nunca haya habido una distribución tan desigual del miedo y la esperanza a escala global. La gran mayoría de la población mundial vive dominada por el miedo: al hambre, a la guerra, a la violencia, a la enfermedad, al jefe, a la pérdida del empleo o a la improbabilidad de encontrar trabajo, a la próxima sequía o a la próxima inundación.

Este miedo casi siempre se vive sin la esperanza de que se pueda hacer algo para que las cosas mejoren. Por el contrario, una diminuta fracción de la población mundial vive con una esperanza tan excesiva que parece totalmente carente de miedo. No teme a los enemigos porque considera que estos han sido anulados o desarmados; no teme la incertidumbre del futuro porque dispone de un seguro a todo riesgo; no teme las inseguridades de su lugar de residencia porque en cualquier momento puede trasladarse a otro país o continente (e incluso comienza a barajar la posibilidad de ocupar otros planetas); no teme la violencia porque cuenta con servicios de seguridad y vigilancia: alarmas sofisticadas, muros electrificados, ejércitos privados.

La división social global del miedo y la esperanza es tan desigual que fenómenos impensables hace menos de treinta años hoy parecen características normales de una nueva normalidad. Los trabajadores “aceptan” ser explotados cada vez más a través del trabajo sin derechos; los jóvenes emprendedores “confunden” la autonomía con la autoesclavitud; las poblaciones racializadas se enfrentan a prejuicios racistas que a menudo provienen de aquellos que no se consideran racistas; las mujeres y la población LGTBI siguen siendo víctimas de violencia de género, a pesar de todas las victorias de los movimientos feministas y antihomofóbicos; los no creyentes o creyentes de religiones “equivocadas” son víctimas de los peores fundamentalismos.

En el plano político, la democracia, concebida como el gobierno de muchos en beneficio de muchos, tiende a convertirse en el gobierno de pocos en beneficio de pocos, el estado de excepción con pulsión fascista se va infiltrando en la normalidad democrática, mientras que el sistema judicial, concebido como el Estado de derecho para proteger a los débiles contra el poder arbitrario de los fuertes, se está convirtiendo en la guerra jurídica de los poderosos contra los oprimidos y de los fascistas contra los demócratas.

Es urgente cambiar este estado de cosas o la vida se volverá absolutamente insoportable para la gran mayoría de la humanidad. Cuando la única libertad que le quede a esta mayoría sea la libertad de ser miserable, estaremos ante la miseria de la libertad. Para salir de este infierno, que parece programado por un plan voraz y poco inteligente, es necesario alterar la distribución desigual del miedo y la esperanza. Es urgente que las grandes mayorías vuelvan a tener algo de esperanza y, para ello, es necesario que las pequeñas minorías con exceso de esperanza (porque no temen la resistencia de quienes solo tienen miedo) tengan miedo de nuevo.

Para que esto ocurra, se necesitarán muchas rupturas y luchas en los terrenos social, político, cultural, epistemológico, subjetivo e intersubjetivo. El siglo pasado comenzó con el optimismo de que rupturas con el miedo y luchas por la esperanza estaban cerca y serían eficaces. Este optimismo tuvo el nombre inicial e iniciático de socialismo o comunismo. Otros nombres-satélite se unieron a ellos, como republicanismo, secularismo, laicismo. A medida que el siglo avanzaba se unieron nuevos nombres, como liberación del yugo colonial, autodeterminación, democracia, derechos humanos, liberación y emancipación de las mujeres, entre otros.

Hoy, en la primera mitad el siglo XXI, vivimos entre las ruinas de muchos de esos nombres. Los dos primeros parecen reducirse, en el mejor de los casos, a los libros de historia y, en el peor, al olvido. Los restantes subsisten desfigurados o, como mínimo, se ven confrontados ante la perplejidad de acumular tantas derrotas como victorias protagonizan. Por estas razones, las rupturas y las luchas contra la distribución torpemente desigual del miedo y la esperanza serán una tarea ingente, porque todos los instrumentos disponibles para llevarlas a cabo son frágiles.

Además, esta discrepancia constituye en sí misma una manifestación del desequilibrio contemporáneo entre el miedo y la esperanza. La lucha contra tal desequilibrio debe comenzar por los instrumentos que reflejan este mismo desequilibrio. Solo a través de luchas eficaces contra este desequilibrio será posible señalar la expansión de la esperanza y la retracción del miedo entre las grandes mayorías.

Cuando los cimientos se derrumban, se convierten en ruinas. Cuando todo parece estar en ruinas, no hay más alternativa que buscar entre las ruinas, no solo el recuerdo de lo que fue mejor, sino especialmente la desidentificación con lo que al diseñar los cimientos contribuyó a la fragilidad del edificio. Este proceso consiste en transformar las ruinas muertas en ruinas vivas. Y tendrá tantas dimensiones cuantas sean exigidas por la predictora socioarqueología. Comencemos hoy, al inicio de año, por los derechos humanos.

Los derechos humanos tienen una doble genealogía. A lo largo de su vasta historia desde el siglo XVI, fueron sucesivamente (a veces de manera simultánea) un instrumento de legitimación de la opresión eurocéntrica, capitalista y colonialista, y un instrumento de legitimación de las luchas contra esa opresión.

Pero siempre fueron más intensamente instrumento de opresión que de lucha contra ella. Por eso contribuyeron a la situación de extrema desigualdad de la división global del miedo y la esperanza en la que nos encontramos hoy. A mediados del siglo pasado, tras la devastación de las dos guerras en Europa (con impacto mundial debido al colonialismo), los derechos humanos tuvieron un momento alto con la proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que vino a sustentar ideológicamente el trabajo de la ONU.

El 10 de diciembre pasado se conmemoraron los 71 años de la Declaración. No es aquí el lugar para analizar en detalle este documento, que en su origen no es universal (de hecho, es cultural y políticamente muy eurocéntrico) pero que gradualmente se fue estableciendo como una narrativa global de dignidad humana.

Es posible decir que entre 1948 y 1989, los derechos humanos fueron predominantemente un instrumento de la guerra fría, lectura que durante mucho tiempo fue minoritaria. El discurso hegemónico de los derechos humanos fue usado por los gobiernos democráticos occidentales para exaltar la superioridad del capitalismo en relación al comunismo del bloque socialista de los regímenes soviético y chino.

Según tal discurso, las violaciones de los derechos humanos solamente ocurrían en ese bloque y en todos los países simpatizantes o bajo su influencia. Las violaciones que había en los países “amigos” de Occidente, crecientemente bajo influencia de los Estados Unidos, eran ignoradas o silenciadas. El fascismo portugués, por ejemplo, se benefició durante mucho tiempo de esa “sociología de las ausencias”, tal como sucedió con Indonesia durante el período en que invadió y ocupó Timor Oriental, o con Israel desde el inicio de la ocupación colonial de Palestina hasta hoy. En general, el colonialismo europeo fue por mucho tiempo el beneficiario principal de esa sociología de las ausencias.

Así se fue construyendo la superioridad moral del capitalismo en relación al socialismo, una construcción en la que colaboraron activamente los partidos socialistas del mundo occidental.

Esta construcción no estuvo libre de contradicciones. Durante este período, los derechos humanos en los países capitalistas y bajo la influencia de los Estados Unidos fueron muchas veces invocados por organizaciones y movimientos sociales en la resistencia contra violaciones flagrantes de esos derechos. Las intervenciones imperiales del Reino Unido y de los Estados Unidos en el Medio Oriente, y de los Estados Unidos en América Latina, a lo largo de todo el siglo XX, nunca fueron consideradas internacionalmente violaciones de derechos humanos, aunque muchos activistas de derechos humanos sacrificasen su vida defendiéndolos.

Por otro lado, sobre todo en los países capitalistas del Atlántico Norte, las luchas políticas llevaron a la ampliación progresiva del catálogo de derechos humanos: los derechos sociales, económicos y culturales se juntaron a los derechos civiles y políticos. Surgió entonces cierta disociación entre los defensores de la prioridad de los derechos civiles y políticos sobre los demás (corriente liberal), y los defensores de la prioridad de los derechos económicos y sociales o de la indivisibilidad de los derechos humanos (corriente socialista o socialdemócrata).

La caída del Muro de Berlín en 1989 fue vista como la victoria incondicional de los derechos humanos. Pero la verdad es que la política internacional posterior reveló que, con la caída del bloque socialista, cayeron también los derechos humanos. Desde ese momento, el tipo de capitalismo global que se impuso desde la década de 1980 (el neoliberalismo y el capital financiero global) fue promoviendo una narrativa cada vez más restringida de derechos humanos. Comenzó por suscitar una lucha contra los derechos sociales y económicos.

Y hoy, con la prioridad total de la libertad económica sobre todas las otras libertades, y con el ascenso de la extrema derecha, los propios derechos civiles y políticos, y con ellos la propia democracia liberal, son puestos en cuestión como obstáculos al crecimiento capitalista. Todo esto confirma la relación entre la concepción hegemónica de los derechos humanos y la guerra fría.

Ante este escenario, se imponen dos conclusiones paradójicas e inquietantes, y un desafío exigente. La aparente victoria histórica de los derechos humanos está derivando en una degradación sin precedentes de las expectativas de vida digna de la mayoría de la población mundial. Los derechos humanos dejaron de ser una condicionalidad en las relaciones internacionales. Cuando mucho, en vez de sujetos de derechos humanos, los individuos y los pueblos se ven reducidos a la condición de objetos de discursos de derechos humanos.

A su vez, el desafío puede formularse así: ¿será todavía posible transformar los derechos humanos en una ruina viva, en un instrumento para transformar la desesperación en esperanza? Estoy convencido que sí. En la próxima crónica intentaré rescatar las semillas de esperanza que habitan la ruina viva de los derechos humanos.

– Boaventura de Sousa Santos es académico portugués. Doctor en sociología, catedrático de la Facultad de Economía y Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra (Portugal). Profesor distinguido de la Universidad de Wisconsin-Madison (EE.UU) y de diversos establecimientos académicos del mundo. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. Artículo enviado a OtherNews por el autor, el 20.01.20

Crisis hegemónica en la izquierda latinoamericana. 2006. Michel Brie

Con los gobiernos de Lula en Brasil y Tabaré Vázquez en Uruguay, la crisis hegemónica que afecta a las sociedades latinoamericanas desde el agotamiento del modelo neoliberal llega de lleno a la izquierda. Gobiernos elegidos en el marco de la oposición a las políticas neoliberales, que han ocupado históricamente el espacio de la izquierda en sus países, triunfan, derrotan los partidos que habían puesto en práctica políticas neoliberales, pero no salen del modelo eje de esas políticas.

No vamos a prejuzgar los eventuales gobiernos de López Obrador en México y de Evo Morales en Bolivia, no podemos dejar de considerar los riesgos que esos posibles gobiernos de la izquierda corren, aún más después que en un país como Brasil la izquierda no sale del modelo neoliberal. Aun con sus particularidades, debemos decir que, a pesar de iniciativas audaces –como la reestructuración de sus deudas externas y la resistencia al intento de alza del precio de la gasolina–, el gobierno argentino de Nestor Kirchner tampoco implementa una política económica distinta, en lo esencial, del modelo neoliberal.

Pero hacen también parte de esa crisis los callejones sin salida a que intentos de sustitución de las fuerzas políticas por movimientos sociales. Ecuador es el mejor ejemplo de un país donde movimientos sociales tumban gobiernos con políticas antipopulares, llegan a las puertas del palacio presidencial, delegan el gobierno, más de una vez, a otros, se sienten traicionados y retornan a la oposición.

Los problemas de división en el movimiento indigenista, así como las diferencias en la izquierda boliviana, revelan dilemas planteados entre incluir la vía institucional, articulando movimientos sociales con fuerzas políticas o buscando alternativas antiinstitucionales. La misma reconversión de los zapatistas a una línea de acción que vincula directamente la emancipación de los pueblos indígenas de Chiapas a la emancipación de todo el pueblo mexicano, lo cual significa también el reconocimiento de la necesidad de una acción política nacional –de nuevo orden, pero, al fin y al cabo, un reconocimiento de la necesidad de construcción de un modelo hegemónico alternativo de poder de carácter nacional. Es un intento más de buscar llenar el vacío producido por la crisis hegemónica en el continente.

El modelo hegemónico en el capitalismo contemporáneo es el neoliberal. La izquierda se recicló hacia la resistencia y la lucha en contra del neoliberalismo, a punto que ser de izquierda en estas décadas es, ante todo, ser antineoliberal (además de ser antiimperialista). Los distintos matices dentro de la izquierda apuntan para la identificación del antineoliberalismo con el anticapitalismo o con otras formas de posneoliberalismo. Pero tienen en común el marco del antineoliberalismo. No es por casualidad que el Forum Social Mundial, reagrupando a fuerzas tan amplias y diferenciadas, puso el antineoliberalismo como su elemento unificador.

El modelo neoliberal promovió la hegemonía del capital financiero, en su modalidad especulativa, prácticamente en todas las sociedades latinoamericanas. Se desarrolló un proceso de financiarizacion de nuestros países, que se extendió prácticamente por todos los poros de nuestras sociedades, incluido el Estado. Se debilitó la capacidad de financiamiento y de control por parte del Estado, se multiplicó el desempleo y las distintas formas de precarización de las relaciones laborales –todas formas de superexplotación del trabajo.

Se produjeron cambios radicales en la relación de fuerza entre las clases sociales, en favor del gran capital –en particular del gran capital internacionalizado y del capital financiero– y en contra del mundo del trabajo. La derecha renovó sus valores, sus planteamientos, sus formas de acción, imponiendo una hegemonía como nunca antes lo había logrado.

El capital financiero no crea las bases sociales de apoyo suficientes para su legitimación en el poder. No genera empleos; al contrario, tiende a eliminar empleos. No distribuye renta; al contrario, intensifica la concentración de renta. No amplía los derechos sociales; al contrario, los debilita. La financiarización hace víctimas a los pequeños y medianos empresarios. Las bases materiales de su proceso de reproducción permiten, máximo, arrastrar a sectores del gran capital volcado hacia la exportación y hacia altas esferas del consumo.

¿Cómo busca ese modelo su base de apoyo? En primer lugar, por el apoyo cohesionado del gran capital, que participa total o parcialmente del proceso de acumulación financiera. De la consolidación de capas privilegiadas entre los estratos medianos, agregados al gran capital internacionalizado, en distintos niveles. En tercer lugar, por las enormes dificultades que genera para la organización de los sectores sociales, atomizados y con grandes dificultades de volverse fuerza social y política. Además, cuenta con la dictadura ideológica de los grandes monopolios privados de los medios –con la televisión desempeñando un papel determinante.

Hay así un triple apoyo: de las capas privilegiadas económicamente; que a su vez disponen de la ideología propagada por los grandes medios monopólicos; contando además con la fragmentación, especialmente de los sectores vinculados al mundo del trabajo. Tratase así de una hegemonía que tiene en los mecanismos de fragmentación social y en los mecanismos ideológicos sus puntos esenciales de apoyo.

En su ciclo de implementación, el modelo tuvo éxitos económicos inmediatos, dispuso de la iniciativa con sus planes de contrarreformas, valiéndose de la desregulación económica, para transferir la inflación para el inmenso déficit público que, al llevar los Estados latinoamericanos a la quiebra, a su vez refuerza su dependencia a los organismos financieros internacionales. Sus ejes de apoyo son la estabilidad monetaria lograda, después de procesos inflacionarios descontrolados; el sostén del bloque dominante, tanto el gran empresariado, cuanto los organismos financieros y comerciales internacionales, así como el apoyo activo y decisivo de los grandes medios privados.

Cuentan también con la cooptación de sectores –mayoritarios– de la izquierda tradicional – como mencionamos antes–, así como con la fragmentación social de las clases populares, con el desempleo, el subempleo y la precarización generalizada de las relaciones de trabajo.

Sin embargo, a pesar del clima eufórico con que contó – especialmente a mediados de la década de los 90, valiéndose también del final del campo socialista y del nuevo ciclo corto de expansión de la economía norteamericana, con las ilusiones de que se generaba una “nueva economía”–, la secuencia de crisis llevó al agotamiento del modelo. En primer lugar, la crisis mexicana de 1994, seguida por la brasileña de 1999 y por la argentina de 2001.

Las tres principales economías del continente desembocaban en crisis por la aplicación del modelo neoliberal, después de México haber sido elevado a “caso modelar” por los organismos internacionales y de Argentina haberse vuelto el modelo más ortodoxamente neoliberal del continente.

Varios gobiernos –más de diez– fueron sustituidos en los últimos años en América Latina y el Caribe –en países distintos como Argentina, Ecuador, Bolivia, Perú–, como efecto del agotamiento del modelo neoliberal. Gobiernos que prometieron salir del modelo, pero no lo han hecho o que simplemente lo mantienen. Todos pierden legitimidad rápidamente, sufren gran presión bajo las movilizaciones de los movimientos sociales, hasta que terminan renunciando.

Esas crisis llevaron al agotamiento del modelo, que contaba con bases sociales relativamente restringidas, porque la hegemonía del capital financiero no produce bases sociales suficientemente amplias como para basar en ellas su legitimidad. Al contrario, modelos centrados en la especulación financiera, en la exportación y en el consumo de las altas esferas del mercado, no requieren distribución de renta, ampliación de la capacidad de consumo de las capas populares, ni siquiera de todos los sectores de las capas intermedias.

Genérase así una crisis de hegemonía en América Latina, una disputa entre lo viejo y lo nuevo, entre un modelo agotado, que persiste en sobrevivir, y un mundo nuevo, que no encuentra todavía formas de existencia para sustituirlo. Es por ello que América Latina se ha vuelto la región más inestable del mundo en términos económicos, sociales y políticos, con la sustitución de más de diez gobiernos en los últimos años, ninguno por efecto de golpes militares, todos por pérdida de legitimidad social, cuestionado por los movimientos populares, dentro de las legalidades existentes.

La izquierda tradicional de América Latina se dividió respecto a los modelos neoliberales. Inicialmente, cuando la propuesta estaba en manos de la derecha –y de la extrema derecha, en el caso de Pinochet– la izquierda se pronunciaba en contra del modelo. Pero, a partir del momento en que la social-democracia europea –a partir de los partidos socialistas de Francia y de España– asumió el modelo, como que afirmando el carácter universal del Consenso de Washington, la izquierda latinoamericana, especialmente en sus versiones nacionalista y socialdemócrata, adhirieron al modelo.

Fue un proceso que tuvo su punto de partida en la adhesión de Carlos Menem, de Carlos Andrés Pérez y de Salinas de Gortari. Los socialistas chilenos, a su vez, aliados a los democratacristianos, sucediendo a Pinochet en el gobierno, mantuvieron el modelo heredado. La adhesión del gobierno de Fernando Henrique Cardoso, en Brasil, complementó ese proceso. Así, casi todos los partidos del espectro político se asociaron a ese consenso neoliberal.

Pero fue la victoria de Lula en Brasil y de Tabaré Vázquez en Uruguay, que terminó cerrando el ciclo de adhesiones, ahora por parte de dos fuerzas que habían protagonizado la resistencia al modelo neoliberal en las décadas anteriores. Con ello, América Latina quedó como la región en el mundo en que más se ha generalizado la aplicación del modelo neoliberal. Con pocas excepciones –como los casos de Cuba y Venezuela–, se puede decir que el modelo se extendió a lo largo y a lo ancho de todo el continente, haciendo de América Latina el laboratorio de experiencias neoliberales, al inicio, y posteriormente una región privilegiada de aplicación del modelo.

La izquierda, como ha existido hasta ahora en América Latina, revela así no disponer todavía de un proyecto alternativo al modelo neoliberal o no tener fuerza para ponerlo en práctica. Las excepciones vienen de gobiernos sui géneris –el de Cuba y el de Venezuela, con sus particularidades. El gobierno cubano es resultado de un proceso revolucionario, que destruyó las bases mismas del capitalismo y de la dominación imperial en el país. El gobierno bolivariano de Venezuela se apoya sobre dos factores particulares –los recursos petrolíferos y el apoyo de las FFAA. Asimismo, en Venezuela no llegó a cuajar un modelo neoliberal –a pesar de los intentos, frustrados, de los gobiernos de Carlos Andrés Pérez y de Rafael Caldera.

Para dar cuenta de los problemas enfrentados por la izquierda en el periodo histórico dominado por la hegemonía imperial estadounidense y por el modelo neoliberal, hay que mencionar que la lucha de la izquierda tiene en el enfrentamiento esa hegemonía. Ella se combina con el neoliberalismo, para configurar los dos ejes del poder dominante en el mundo de hoy –el poder del dinero y el poder de las armas. Un proyecto hegemónico alternativo tiene que dar cuenta de esos dos ejes. Se puede decir que el gobierno brasileño da cuenta del segundo de ellos, con su política externa –aun con problemas, de los cuales la posición respecto a Haití es el más grave. No así en lo que atañe al proyecto mercantil, que caracteriza al neoliberalismo.

Sin entrar a analizar la posibilidad de reproducción de esos modelos en otros países de América Latina, busquemos las razones por las cuales las vertientes tradicionales de la izquierda del continente se encuentran en la situación apuntada. ¿Y qué perspectivas se presentan para la lucha antineoliberal de la izquierda latinoamericana?

La conversión de fuerzas nacionalistas y socialdemócratas al neoliberalismo, así como los impasses enfrentados en el presente por los gobiernos del PT y del Frente Amplio, revela un fenómeno mucho más amplio que ser diagnosticado como “traición” o algún otro enfoque más o menos similar. Hay que encarar este capítulo reciente de la historia de la izquierda latinoamericana en el marco de los profundos cambios en la relación de fuerzas acaecidas en el mundo en las últimas décadas.

No se trata de cambios cualesquiera. Fue, en primer lugar, el cierre del período histórico abierto con el final de la Segunda Guerra Mundial, de equilibrio de fuerzas entre los campos capitalista y socialista. Considerando que los avances antiimperialistas y anticapitalistas de las décadas anteriores se habían apoyado –y, a la vez, reforzado– en esa polarización, en un período que revirtió la situación de defensiva en que se encontraban las fuerzas de izquierda. Éstas, después de agotado el impulso del triunfo bolchevique, con la estabilidad política restaurada en Europa y el aislamiento correspondiente de la URSS, fue seguida del ascenso de los fascismos en Europa y del paso de la izquierda a la defensiva –explicitada en la línea de los frentes populares antifascistas.

La derrota de los países del eje en la segunda guerra, la constitución del campo socialista en Europa oriental, el triunfo de la revolución china, el proceso de descolonización en Asia y en África, produjeron un nuevo campo de enfrentamientos –con la oposición de los campos socialista y capitalista– y una nueva relación de fuerzas, con el equilibrio entre las dos grandes fuerzas. La constitución del campo del “tercer mundo” contribuía asimismo a una perspectiva futura favorable a la lucha antiimperialista y anticapitalista.

Ese período histórico, con una determinada constitución y relación de fuerzas entre ellas, fue cerrado bruscamente con la autodisolución del campo socialista y todos sus efectos políticos e ideológicos. De inmediato representó la introducción de un mundo unipolar, bajo un fuerte impacto de una nueva ofensiva política, ideológica y militar de EE UU.

Entre sus consecuencias más inmediatas –consecuencias también del paso del capitalismo de su modelo keynesiano al neoliberal– en el plano político están el debilitamientos de los partidos comunistas, la adhesión de los partidos socialdemócratas a modelos neoliberales, con la ruptura de la unidad de la izquierda, además del debilitamiento de los Estados y su capacidad de promover tanto políticas de desarrollo como la extensión de los derechos sociales dela masa de la población.

A esos factores hay que agregar el triunfo del liberalismo, en el plano internacional, con consecuencias directas dentro de cada país, incluso sobre el perfil ideológico de la misma izquierda. En el embate entre el campo capitalista y el socialista, había dos diagnósticos sobre la contradicción fundamental en el plano mundial. Para el campo socialista, la contradicción se daba entre el socialismo y el capitalismo. Para el campo capitalista, se trataba de la oposición entre democracia y totalitarismo.

El triunfo del bloque capitalista representó también el triunfo de su interpretación, extendida hacia la visión según la cual el siglo XX habría representado la lucha entre la democracia y el totalitarismo – éste representado, inicialmente, por el nazismo y el fascismo, posteriormente por el comunismo (teniendo el nacionalismo y el islamismo como variantes). Triunfa igualmente la identificación entre democracia y liberalismo, fundamental para su hegemonía política e ideológica.

Otro aspecto de la hegemonía ideológica neoliberal está dado por la asimilación del fracaso del modelo soviético con la crisis fiscal del Estado, valiéndose de ambos para descalificar al Estado. Para sus ideólogos más recalcitrantes, a ella se contrapone la valorización del mercado –aunque, bajo la polarización que imponen, entre estatal y privado, buscan esconder el mercado y apropiarse de la categoría privado, con ambigüedad de privatización y de esfera privada.

Para una interpretación que se pretende libertaria, se busca contraponer la sociedad civil al Estado. Son dos interpretaciones que no son incompatibles, pero que remiten a dos vertientes con sus particularidades. Una, derechamente al mercado, a la mercantilización, a las fuerzas que predominan en el mercado; la otra, a las ONG, al “tercer sector”, etc.

La izquierda latinoamericana no quedó ajena a esa influencia. Incorpora la identificación de democracia con democracia liberal. Acepta la crisis fiscal del Estado como señal del agotamiento definitivo del Estado como agente político, económico y social, pasando a valorar, en contraposición a la sociedad civil –con todas sus otras connotaciones: ciudadanía, consumidor, redes, etc. Esta visión es contemporánea a la aceptación de la tesis de la pérdida de centralidad del trabajo, con la sustitución de las interpretaciones centradas en las contradicciones de clase por las teorías de la exclusión social –de corte claramente funcionalista.

La novedad representada por los gobiernos de Lula y de Tabaré Vázquez da es un paso nuevo –y definidor– en la incorporación del liberalismo de parte de fuerzas de izquierda –de políticas económicas de carácter liberal. El gobierno brasileño inicialmente mantiene la política heredada de Cardoso, como una forma de neutralizar la posibilidad de una desestabilización económica en la transición hacia el nuevo gobierno, pero rápidamente esa política pasó a ser adoptada como permanente, incluso con un ajuste fiscal todavía más duro que en el gobierno anterior. El gobierno de Tabaré, habiendo escogido a un economista conservador del Frente Amplio –Danilo Astori–, incorpora el modelo heredado, que privilegia el ajuste fiscal y la estabilidad monetaria sobre las metas sociales.

Considerando que el principal efecto concreto de las políticas neoliberales es la retracción de los derechos sociales de la gran mayoría de la población, políticas económicas que chocan con la posibilidad de promoción de la prioridad de metas sociales. Lo cual significa no solamente no salir del modelo económico neoliberal, sino restringir las políticas sociales a políticas focalizadas, emergenciales, en lugar de políticas de universalización de los derechos.

Después de dividirse frente al neoliberalismo, con algunas de sus fuerzas poniendo en práctica esas políticas, mientras otras resistían desde la oposición, queda claro, cuando algunas de estas fuerzas llegan al gobierno –como son los casos de Brasil y Uruguay– y reproducen el modelo económico, eje de las políticas neoliberales, la izquierda latinoamericana se encuentra en una profunda crisis. Una crisis de identidad ideológica, de proyecto político, pero también de bases sociales de identificación.

Identidad ideológica, porque los partidos de izquierda que han asumido gobiernos no han roto ni con los modelos neoliberales, ni tampoco con sus valores. No han demostrado firmeza ideológica para poner en práctica políticas con valores distintos y contrapuestos a los que orientan al ideario neoliberal. La influencia liberal ha contribuido seguramente para el debilitamiento de las fuerzas de izquierda, al hacerlas abandonar posiciones anticapitalistas, así como las referencias al mundo del trabajo, a las contradicciones de clase, al proceso de acumulación de capital, a las alianzas sociales. Al igual que han sido influenciados por las tesis sobre la crisis irreversible del Estado y la necesidad del ajuste fiscal para sanear la moneda, como condición preliminar para la retomada de un supuesto crecimiento sostenible”.

Al no cuestionar el tipo de Estado por su financiarización en el plano económico, por el debilitamiento de su capacidad de decisión por la abertura y la desregulación económica, por el poder de generación de los consensos ideológicos en las manos de los grandes medios privados. Se aceptó el diagnóstico neoliberal sobre la crisis fiscal del Estado, con las necesarias consecuencias, que terminan priorizando el ajuste fiscal y las medidas de estabilización monetaria. Se abandona la centralidad de la reforma tributaria con fuerte contenido redistributivo, para financiar las políticas públicas. Porque la prioridad de metas monetarias implica el abandono de políticas monetarias como palanca del desarrollo y de la redistribución de renta. Los déficit públicos apuntan entonces, como alternativa, hacia los préstamos internacionales, con los condicionamientos respectivos, además de un camino del cual no se suele salir.

Particularmente ausentes son las ideas-fuerza de la izquierda de universalización de los derechos sociales y la reforma democrática del Estado centrada en la esfera pública. Si el neoliberalismo busca imponer la polarización entre las categorías de estatal y privado, la izquierda tiene que reimponer los términos reales de enfoque de la realidad social: público versus mercantil. Éste es el esquema que identifica el movimiento posneoliberal.

Las fuerzas tradicionales de la izquierda no se han mostrado, hasta ahora, capaces de salir de ese modelo, sin lo cual ninguno de los grandes problemas del continente –que sólo han aumentado bajo la aplicación de las políticas neoliberales– puede ser resuelto ni siquiera aminorado. Cuando nos planteamos la definición del campo de la izquierda en el período histórico contemporáneo como el de todas las fuerzas antineoliberales –reflejando no sólo el nuevo modelo hegemónico capitalista, sino también el retroceso que ha significado para la izquierda el paso del período anterior a éste–, definimos el límite inapelable para la definición de la izquierda: el antineoliberalismo.

Al no romper con ese modelo, gobiernos y partidos originarios de la izquierda desertan del campo de la izquierda, inducen la influencia liberal –en el plano político, económico e ideológico– en el seno de la izquierda, reafirmando la hegemonía neoliberal, en lugar de cuestionarla y luchar por su superación.

Lo que podemos denominar como crisis hegemónica en la izquierda latinoamericana –que, a lo mejor, se extiende a otras regiones del mundo– se caracteriza por algunos rasgos centrales:

a) la ausencia prácticamente de fuerzas políticas en condición de dirigir la construcción de un proyecto y un bloque de fuerzas posneoliberales;

b) el debilitamiento de las bases sociales tradicionales de la izquierdamovimiento sindical, trabajadores del sector público, intelectualidad de la esfera pública–, aunado al proceso de fragmentación y atomización del mundo del trabajo;

c) la hegemonía de las ideas liberales en el campo de la izquierda, expresadas en la identificación mecánica de democracia con democracia liberal, en la ausencia de cuestionamiento anticapitalista, en la aceptación de modelos económicos de carácter mercantil, en la sustitución de políticas universalizantes por políticas focalizadas y emergenciales, la retracción del Estado, como consecuencia de la prioridad de políticas de ajuste fiscal.

La construcción de un proyecto hegemónico posneoliberal requiere, ante todo, un análisis de las transformaciones acaecidas en las décadas de aplicación de políticas neoliberales.

a) Éste tiene, primeramente, que descubrir la nueva geografía de la fuerza de trabajo, con su nueva morfología, especialmente en todo el universo de los que sobreviven en los multiplicados espacios informales de la sociedad. Sin ello, el tema del trabajo –que sigue siendo estratégico– quedará reducido a las dimensiones de la fuerza de trabajo formal y de los sindicatos. Sin esa reconstitución no se superará el aislamiento de la izquierda, de sus fuerzas políticas y movimientos sociales, respecto a las nuevas generaciones de jóvenes pobres.

b) Tiene, asimismo, que definir la naturaleza del período histórico con claridad –de hegemonía neoliberal–, con todos sus elementos de fuerza y de debilidad. Para lo cual se necesita comprender la capacidad hegemónica mayor del neoliberalismo, que reside en su capacidad de influencia ideológica, a partir del llamado “American Way of Life”, que disputa la mente de personas en prácticamente todos los países del mundo, de todas las edades, género y etnias.

c) Tendría, además, que construir la fuerza social, política, ideológica y organizativa para poder sustentar esa alternativa posneoliberal.

El listado de requerimientos podría alargarse demasiado. Para poder resumirlos, diríamos que dos principios fundamentales tienen que orientar la acción de una fuerza de izquierda hoy: el de “sin teoría revolucionaria, no hay práctica revolucionaria” y el de “en las sociedades de clase, la ideología dominante es la ideología de las clases dominantes”.

Son principios porque están hondamente anclados en la realidad y, aunque a veces se quiera olvidarlos, reaparecen frente a nosotros como constitutivos de la lucha en contra de las sociedades capitalistas, como vectores incontornables de cualquiera práctica social que se pretenda de transformación de la realidad. El primero remite a la idea de que la práctica es implacable frente a los errores teóricos o a su falta de elaboración teórica. Que sin descifrar los nudos que articulan la realidad concreta, no es posible transformar la teoría en instrumento de trasformación. Aún más con fuertes presiones institucionales y de los medios, vía hegemonía del ideario liberal, la ausencia de formulaciones teóricas que anclen las propuestas programáticas, estratégicas y tácticas, condena inevitablemente a las fuerzas de izquierda a la cooptación frente a esas presiones.

El segundo representa la necesidad de construir proyectos alternativos, para no facilitar una tendencia que hoy por hoy es dominante: la adaptación a las políticas existentes, a la institucionalidad existente, a los consensos fabricados por los grandes medios privados. Representa el reconocimiento de la fuerza de la hegemonía liberal, tanto a nivel económico y político, cuanto social, como instrumento de diseminación de los valores de la forma de vivir estadounidense, que penetra prácticamente en todos los sectores de la sociedad.

En lo esencial, se trata de reconocer la dimensión de la tarea por delante: la de elaborar un proyecto posneoliberal y construir la fuerza –social, política, cultural y moral– capaz de hacerlo realidad.

Politólogo alemán con doctorado en Ciencias Políticas. Actualmente se desempeña como jefe del equipo de análisis político de la Fundación Rosa de Luxemburgo de la Republica Federal de Alemania. Forma parte de la junta de Directores de esa Fundación. brie@rosalux.de

Resumen

El texto está organizado en cuatro partes. En la primera se aborda la crisis del modelo neoliberal en América Latina y como esa crisis llegó de lleno a la izquierda. Siendo que en las últimas décadas la condición de izquierda parte de su resistencia al neoliberalismo, gobiernos electos por fuerzas de izquierda, no salen del modelo eje de esas políticas. Se argumenta que gobiernos como los de Lula en Brasil o el de Tabaré Vázquez en Uruguay, son ejemplos de esto. En la segunda parte se hace un apretado recuento histórico del proceso vivido por la izquierda latinoamericana con la implementación del modelo neoliberal en la región. En la tercera parte se pone ese proceso en un contexto más amplio, revisando históricamente lo que ha pasado en el mundo con las fuerzas de izquierda en su lucha contra el capitalismo. En la cuarta y última parte se aborda la aguda crisis que vive hoy la izquierda latinoamericana. Crisis que se diagnostica como ideológica, política y de identificación con bases sociales. Se plantean así mismo los requerimientos que el autor considera indispensables para la construcción de un proyecto hegemónico posneoliberal. Se sostiene que se vive una crisis de hegemonía en América Latina, una disputa entre lo viejo y lo nuevo, entre un modelo agotado, que persiste un sobrevivir, y un mundo nuevo, que no encuentra todavía formas de existencia para sustituirlo. Es por ello que América Latina se ha vuelto hoy en día en la región más inestable del mundo en términos económicos, sociales y políticos.

Palabras clave: América Latina, izquierda, neoliberalismo, proyecto hegemónico.

Los desafíos de la izquierda latinoamericana.1997.Marta Harnecker

La situación de América Latina y del mundo ha cambiado enormemente en relación con la época que le tocó vivir al Che y en la que dimos nuestros primeros pasos militantes. Y como estoy convencida de que si la izquierda quiere tomar el cielo por asalto debe tener los pies muy firmes en la tierra, considero que para abordar los desafíos que hoy se nos presentan debemos comenzar por analizar brevemente cuál es la situación del mundo en que nos toca vivir. Los desafíos que enfrentó el Che ayer no son los mismos que los que hoy debería enfrentar si pudiese estar todavía entre nosotros.

En los últimos decenios del siglo XX estamos atravesando por una etapa ultraconservadora. No sólo fracasó el socialismo en Europa del Este, sino que el capitalismo demostró una sorprendente capacidad para adaptarse a las nuevas circunstancias y para utilizar en beneficio propio los avances de la nueva revolución científico técnica; mientras los países socialistas de Europa del Este, luego de haber alcanzado un notable desarrollo económico, fueron cayendo en el estancamiento hasta terminar en el desastre que conocemos. A esto se agregan las dificultades que comenzaron a sufrir los gobiernos socialdemócratas europeos y sus regímenes de «estado de bienestar»: detención del crecimiento económico, inflación, ineficiencia productiva.

Junto a esto, en América Latina, se agotaba el modelo cepaliano de desarrollo hacia adentro o sustitutivo de importaciones. En la mayoría de los casos esta crisis del desarrollismo populista desembocó en dictaduras militares contrarrevolucionarias.

Y cuando éstas terminan no se regresa al sistema político democrático pre dictadura. Se establece un sistema de democracia restringida, tutelada, donde las decisiones fundamentales acerca de la dirección de los procesos económicos, sociales y culturales se construyen fuera del sistema político formal de los partidos, quedan en manos de grupos de presión más conocidos como «poderes fácticos» (fuerzas armadas, grupos empresariales, iglesias, entidades internacionales como el FMI y el Banco Mundial, conglomerados que controlan los medios de comunicación, etcétera).

Tanto la izquierda latinoamericana del sur, que ya venía muy golpeada por largos años de dictadura militar, como la izquierda de Centroamérica, que estuvo a la vanguardia de la lucha desde el triunfo de la revolución sandinista, se ven muy afectadas por los últimos acontecimientos mundiales.

Tenemos que aceptar que vivimos en un mundo en que el capitalismo ha demostrado una vitalidad mucho mayor de la que esperábamos, logrando sobrevivir y recuperarse hasta ahora de sus crisis. Pero al mismo tiempo, no podemos dejar de constatar que ha creado situaciones inaceptables que parecen no ser superables dentro de sus límites. La brecha entre el capitalismo desarrollado y el llamado Tercer Mundo no cesa de agrandarse; que no da señales de detenerse el derroche del enorme potencial productivo alcanzado por la humanidad debido a los avances de la ciencia y la técnica; que continúa el funcionamiento de la economía sobre la base del deterioro del entorno natural del hombre y de la destrucción de los supuestos físicos y biológicos en los que se sustenta la civilización actual; que sigue y seguirá estando presente el peligro de guerra, incluso nuclear.

A pesar de los avances en la marcha hacia la paz, la distensión y el desarme, hasta que no sean erradicadas para siempre las causas que brotan de la naturaleza capitalista del orden internacional y socioeconómico imperantes. Todo esto constituye la más elocuente expresión de la irracionalidad que subyace en el trasfondo de la sociedad contemporánea.

Una opción alternativa socialista o como se la quiera llamar se hace más urgente que nunca si no estamos dispuestos a aceptar esta cultura integral del desperdicio, material y humano que, como dice un economista cubano no sólo genera basura no reciclable por la ecología, sino también desechos humanos difíciles de reciclar socialmente al empujar a grupos sociales y naciones enteras al desamparo colectivo.

Son enormes los desafíos que se nos plantean y no estamos en las mejores condiciones para enfrentarlos.

Producto de todo lo que señaláramos anteriormente, la izquierda latinoamericana quedó desconcertada y sin proyecto alternativo; está viviendo una profunda crisis que abarca tres terrenos: el teórico, el programático y el orgánico.

Crisis teórica

La crisis teórica de la izquierda latinoamericana tiene, a mi entender, un doble origen: por un parte, su incapacidad histórica de elaborar un pensamiento propio, que parta del análisis de la realidad del subcontinente y de cada país, de sus tradiciones de lucha y de sus potencialidades de cambio.

Salvo escasos esfuerzos en este sentido entre los que cabe destacar muy especialmente los de Mariátegui en los años veinte y los del Che Guevara en los años sesenta, la tendencia de la izquierda latinoamericana fue más bien la de extrapolar modelos de otras latitudes: el soviético, el chino. Se analizaba la realidad con parámetros europeos: se aplicaba, por ejemplo, el esquema de análisis clasista europeo a países que tenían una población mayoritariamente indígena, lo que llevaba a desconocer la importancia del factor étnico cultural.

Otra de los elementos que la explican es la inexistencia de un estudio crítico del capitalismo de fines del siglo XX el capitalismo de la revolución electrónico informática. No estoy hablando de estudios parciales sobre determinados aspectos de la producción capitalista actual que sin duda existen, me estoy refiriendo a un estudio con la integralidad y la rigurosidad con la que Marx estudió el capitalismo de la revolución industrial.

Un análisis de este tipo es fundamental, porque una sociedad alternativa no puede surgir sino de las potencialidades que emerjan en la actual sociedad en que vivimos. Y no veo cómo hacer este análisis si no es con el propio instrumental científico que Marx nos legó.

Por desgracia, algunos sectores de la izquierda han sido excesivamente permeables a la propaganda antimarxista del neoliberalismo que responsabiliza indebidamente a la teoría de Marx por lo ocurrido en los países socialistas de Europa del Este; nadie, sin embargo, le echaría la culpa a la receta de cocina por el flan que se quemó al poner muy fuerte el horno. Reconozco que la imagen no es muy feliz, porque los aportes de Marx no pretendieron nunca ser receta de nada, pero la uso porque creo que ilustra lo que quiero decir. La crisis del socialismo no significa como muchos ideólogos burgueses se han esforzado por pregonar, la muerte del marxismo.

Y quiero hacer una aclaración: de aquí en adelante ocuparé el término «marxismo» sólo para simplificar mi exposición, ya que no olvido que Marx fue reacio a usar ese término para denominar sus investigaciones científicas y con toda razón, porque un dogma puede reclamar derechos de autor, pero jamás una ciencia.

Se habla de matemática, de física, de antropología, de sicoanálisis, pero esas ciencias no se denominan: galileísmo, newtonismo, levystraussismo, freudismo, porque toda ciencia tiene un desarrollo que trasciende su fundador. Puede hablarse de los descubrimientos de uno u otro autor, pero la ciencia como tal no lleva apellido, es siempre una construcción colectiva.

Por otra parte, cuando me refiero al marxismo estoy pensando únicamente en los aportes científicos de Marx, es decir, en lo que Louis Althusser considera su gran descubierto científico: la ciencia de la historia y no en otras acepciones como aquella que se refiere al movimiento histórico al que dio origen.

Ahora, si consideramos el aporte de Marx como una ciencia, es lógico que su desarrollo deba ser permanente y que si éste se detiene, la ciencia entre en crisis. Si su objeto es la sociedad y su cambio, y se han producido cambios notables en este terreno desde Marx hasta hoy, es lógico que se vayan creando nuevos instrumentos para dar cuenta de las nuevas realidades y que para crearlos se tenga presente los más recientes descubrimientos científicos de todas las disciplinas del saber. Es esto lo que no se ha hecho.

De ahí que podamos hablar de una crisis del marxismo o crisis de la ciencia de la historia inaugurada por Marx. Esta crisis ha sido más profunda en los países socialistas debido a que desde la época de Stalin se transformó al marxismo en ciencia oficial, es decir, en una anticiencia, en un dogma, permaneciendo estancada durante décadas.

La crisis del marxismo no significa, sin embargo, que lo fundamental del instrumental teórico creado por Marx haya perdido validez como instrumento analítico de la sociedad y su cambio. ¿Quién ha hecho una crítica más profunda y acertada del capitalismo de su época? ¿Quién mejor que él fue capaz de vislumbrar dentro de lo que era posible en su época hacia dónde marchaba la humanidad sujeta a las relaciones capitalistas de producción?

Es interesante además observar que la ciencia social contemporánea no puede prescindir de sus aportes. Es paradójico, pero los capitalistas usan más el marxismo para elaborar su estrategia contrarrevolucionaria que nosotros para nuestra estrategia revolucionaria. Basta examinar a fondo la estrategia de la guerra de baja intensidad para ver cuán útiles les han sido las categorías marxistas, y más aún si se examinan las reflexiones que plantea el documento Santa Fe II acerca de las instituciones permanentes del Estado.

Pero reivindicar los aportes de Marx es reivindicar también el determinismo histórico, y quiero aclarar que cuando hablo de determinismo, este determinismo nada tiene que ver con el evolucionismo mecanicista de las ciencias naturales aunque algunas de sus afirmaciones aisladas del contexto global de su pensamiento se presten a ello.

Se trata de un determinismo de nuevo tipo, que deja un espacio para la acción del hombre en la historia. Lo que Marx hace es proporcionarnos los conocimientos que nos permiten ver en qué lugar tenemos que combatir para que nuestro actuar sea más eficaz, porque sí debemos combatir para transformar el mundo contra lo que parece deducirse de la tesis evolucionistas, mecanicistas, que esperaban el advenimiento del socialismo como fruto de las contradicciones inherentes al capitalismo.

Negar el determinismo marxista es negar todo el andamiaje teórico que el autor de El Capital construyó con tanta pasión y esfuerzo con el único objetivo de poner a disposición de la clase obrera las armas conceptuales de su liberación. Haciéndole entender cómo funciona el régimen de producción capitalista, qué leyes lo rigen, cuáles son sus contradicciones internas, le permite organizar su lucha contra la explotación de una manera mucho más eficaz.

Si nosotros queremos transformar el mundo tenemos que ser capaces de elaborar una estrategia y una táctica, ¿y qué son la estrategia y la táctica sino el fruto del análisis de una realidad objetiva?

Tenemos que ser capaces de detectar las potencialidades de lucha de los distintos sectores sociales que van a conformar el sujeto del cambio social: ¿dónde está hoy ese potencial?, ¿dónde tenemos que trabajar?, ¿cómo tenemos que organizarlo?, ¿dónde están las contradicciones del sistema?, ¿cuál es el eslabón más débil? Y sólo podremos dar una respuesta seria a estas preguntas si hacemos un análisis científico de esta sociedad.

Por último, quiero aclarar que mi defensa del aporte de Marx no significa que considere que todo lo que escribió Marx es un dogma de fe.

La izquierda debe, según mi opinión, revalorizar la teoría como un arma imprescindible para la transformación social: destinando tiempo a la formación teórica, reconquistando a cuadros intelectuales, formando comunidades científicas de investigadores, realizando escuelas populares permanentes de cuadros.

Crisis programática

Por otro lado, la izquierda latinoamericana vive una profunda crisis programática, que no es ajena a la crisis teórica anteriormente descripta. Luego del fracaso del desarrollismo populista en América Latina, de la caída del socialismo y del éxito del neoliberalismo, la izquierda no ha elaborado un programa alternativo que, partiendo de las nuevas características del mundo, permita hacer confluir en un solo haz a todos los sectores sociales afectados por el régimen imperante.

Sabemos, sin embargo, que las alternativas no se elaboran de un día para otro en un congreso o en una mesa de trabajo, porque cualquier alternativa tiene que incluir consideraciones técnicas cada vez más complejas que requieren de conocimientos especializados. Y hoy la izquierda latinoamericana cuenta con pocos intelectuales orgánicos dispuestos a realizar este trabajo.

Dificultades para un perfilamiento alternativo

Junto a la ausencia de una propuesta alternativa rigurosa y creíble, dos otros elementos dificultan el perfilamiento alternativo de la izquierda. Por una parte, el que ésta suela adoptar una práctica política muy poco diferenciada de la práctica habitual de los partidos tradicionales, sean de derecha o de centro y, por otra, el hecho de que la derecha se haya apropiado inescrupulosamente del lenguaje de la izquierda, lo que es particularmente notorio en sus formulaciones programáticas.

Peligro de ser sólo buenos administradores de la crisis

A pesar de este déficit programático no es descartable que, en algunos países de América Latina, la izquierda llegue a conquistar importantes gobiernos locales y, aún más, sea capaz de acceder al gobierno de la nación, entre otras cosas debido al creciente descontento popular producido por las medidas neoliberales que afectan a sectores sociales cada vez más amplios. Pero existe el peligro de que una vez en el gobierno se limite a administrar la crisis y hacer la misma política que los partidos de derecha.

Pero aceptar que existe una crisis programática ¿significa quedarse con los brazos cruzados? ¿Puede la izquierda levantar una alternativa a pesar de la inmensamente desfavorable correlación de fuerzas que existe a nivel mundial? Por supuesto que la ideología dominante se encarga de decir que no existe alternativa, y los grupos hegemónicos no se quedan sólo en declaraciones, hacen todo lo posible por hacer desaparecer toda alternativa que se les cruce en el camino, como ocurrió con la Unidad Popular en Chile, la revolución sandinista en Nicaragua y como ha tratado de hacerlo durante treintiocho años sin éxito con la heroica revolución cubana.

Por desgracia, algunos sectores de la izquierda latinoamericana han terminado por caer en la trampa de considerar que la política es el arte de lo posible y al constatar la imposibilidad inmediata de cambiar las cosas debido a la tan desfavorable correlación de fuerzas hoy existente, consideran que no les queda otro camino que ser realistas y reconocer esa imposibilidad adaptándose oportunistamente a la situación existente. La política así concebida excluye de hecho todo intento por levantar una alternativa frente al capitalismo realmente existente.

La política no es el arte de lo posible, es el arte de descubrir las potencialidades que existen en la situación concreta para hacer posible lo que en ese momento aparece como imposible. La política entonces no puede ser realpolitik, porque eso significa de hecho resignarse a no actuar sobre la realidad, limitarse a adaptarse a ella; renunciar de hecho a hacer política y doblegarse a la política que otros hacen.

A la realpolitik debemos oponer una política que sin dejar de ser realista, sin negar la realidad, vaya creando las condiciones para la transformación de esa realidad, es decir, para que lo imposible hoy se vuelva posible mañana.

Por ejemplo, partiendo del dato objetivo de que hoy en América Latina ha disminuido enormemente el poder de negociación de la clase obrera, tanto por el fantasma del despido, son privilegiados los que pueden acceder a un trabajo asalariado estable, como por la fragmentación que ha sufrido con el nuevo modelo de desarrollo neoliberal, hay quienes predican la imposibilidad de luchar en esas condiciones. Es evidente que la clásica táctica de lucha sindical: la huelga que se basa en la unidad de la clase obrera industrial y su capacidad de parar las empresas no parece dar hoy frutos positivos y los oportunistas se aprovechan de ello para tratar de inmovilizar al movimiento obrero y convencerlo de que debe aceptar pasivamente sus actuales condiciones de sobre explotación.

El arte de la política, por el contrario, consiste en descubrir a través de qué vías se pueden superar las debilidades actuales de la clase obrera industrial, que son debilidades reales, para ir cambiando la correlación de fuerzas. Ahí surge una nueva táctica: ya no se trata de la solidaridad de clase del Siglo XIX, si entonces era fundamental la unidad de los proletarios explotados por el capital, hoy es fundamental la unidad de los explotados por el capital con el resto de los sectores sociales perjudicados por el sistema neoliberal. Sólo así se puede lograr ese poder de negociación que la clase obrera por sí sola ya no tiene, y que mucho menos tiene el resto de la población.

Esta salida ya ha sido probada en la práctica. Los sindicalistas argentinos han logrado avances en su lucha justamente cuando han sabido involucrar en su movimiento a amplios sectores de la sociedad, como lo hicieron los sindicalistas de Río Turbio en la provincia de Santa Cruz. .

Esta ha sido también la experiencia del Movimiento Sin Tierra de Brasil. Mientras este movimiento trabajó sólo a nivel campesino, estaba aislado y no tenía gran fuerza; pero cuando muy lúcidamente comprendió que tenía que hacer un viraje en su forma de trabajar, y que era necesario lograr que los habitantes de la ciudad comprendiesen que la lucha por la tierra no era sólo la lucha a favor de unos pocos campesinos, sino que significaba la solución de muchos problemas críticos de la propia ciudad, comenzó a tener un apoyo cada vez más amplio y hoy se ha transformado en un punto de referencia de todas las luchas sociales en Brasil. Hoy está proponiendo acciones que permitan organizar a todos los excluidos de Brasil.

El programa alternativo tiene que elaborarse entonces teniendo en cuenta las cosas anteriormente señaladas.

Por otra parte, en cuestiones programáticas, la izquierda no se encuentra con las manos vacías, existen formulaciones y prácticas de proyectos alternativos, sólo que no están acabadas, pero ya se pueden dibujar aquellas cosas que no pueden estar ausentes.

Así como la comuna de París permitió hacer ciertas sistematizaciones, igual ocurre, estima Raúl Pont, con la experiencia en los gobiernos locales.

Por otra parte, coincido con Helio Gallardo en criticar a quienes plantean que no puede haber protesta sin propuesta, porque la protesta es ya una propuesta popular. El mero hecho de resistir al neoliberalismo es plantear un rechazo a este modelo de sociedad y empezar a caminar por otro sendero.

La resistencia organizada ha logrado de hecho frenar la aplicación del modelo en algunos países de América Latina.

¿Qué sino eso fue el plebiscito organizado por el Frente Amplio de Uruguay en 1992 para derogar la ley aprobada en 1991 que autorizaba la privatización de las más grandes empresas públicas del país?

Crisis orgánica e Instrumento político adecuado a los nuevos desafíos

Pero la izquierda no vive sólo una crisis teórica y programática, sino también una crisis orgánica. Esta crisis se da en un contexto de un cada vez mayor escepticismo popular en relación con la política y los políticos. La gente está harta de las prácticas partidarias poco transparentes y corruptas; ya no quiere saber más de mensajes que se quedan en meras palabras, que no se traducen en actos; exige prácticas coherentes con el discurso.

Esta decepción de la política y los políticos no es grave para la derecha, pero para la izquierda sí lo es. La derecha puede perfectamente prescindir de los partidos políticos, como lo demostró durante los períodos dictatoriales, pero la izquierda en la medida en que busca transformar cualitativamente la sociedad no puede prescindir de un sujeto organizador, necesita de un instrumento político sea éste un partido, un frente político u otra fórmula.

Y esto por una doble razón: en primer lugar, porque la transformación no se produce espontáneamente, las ideas y valores que prevalecen en la sociedad capitalista y que racionalizan y justifican el orden existente invaden toda la sociedad e influyen muy especialmente en los sectores menos provistos de armas teóricas de distanciamiento crítico.

En segundo lugar, porque es necesario ser capaz de vencer a fuerzas inmensamente más poderosas que se oponen a esa transformación, y ello no es posible sin una instancia política formuladora de propuestas, capaz de dotar a millones de hombres de una voluntad única , es decir, de una instancia unificadora y articuladora de las diferentes prácticas emancipadoras.

Esa instancia política es, como decía Trotsky, el pistón que comprime al vapor en el momento decisivo y permite que éste no sea desperdiciado y se convierta en fuerza impulsora de la locomotora.

Reconociendo la importancia de la organización política para conseguir los objetivos de cambio social, la izquierda, sin embargo, ha hecho muy poco por adecuarla a las exigencias de los nuevos tiempos.

Durante un largo período esto tuvo mucho que ver con la copia acrítica del modelo de partido bolchevique, ignorando lo que el propio Lenin planteaba al respecto. Esto se tradujo en América Latina en la construcción de organizaciones prepotentes, que se sentían dueñas de la verdad, que funcionaban siguiendo un modelo militar, que proclamaban ser organizaciones obrera aunque la mayor parte de sus cuadros provenían de otros sectores sociales, que se autoproclamaban la única vanguardia con todo lo que ello significa de actitud sectaria, dogmática, hegemonista y verticalista. Este modelo parece haber caducado definitivamente. La gente dispuesta a luchar por un cambio social profundo se siente cada vez menos motivada a militar en una organización de este tipo.

Esta crisis orgánica aparece a su vez acompañada de una crisis de militancia bastante generalizada, no sólo en los partidos de izquierda sino también en los movimientos sociales y en las comunidades cristianas de base y no es ajena a los cambios que ha sufrido el mundo y, entre ellos, los sujetos sociales del cambio.

En América Latina, durante las últimas décadas, se han producido cambios muy importantes dentro de las fuerzas populares: una reducción absoluta del campesinado; una reducción de la población laboral empleada en la industria, amenazada constantemente de quedar excluida del proceso industrial; precarización de la fuerza laboral y fragmentación social, acentuada por los proceso de maquila en varios países, con la consecuente pérdida de identidad; crecimiento enorme del trabajo informal.

Han aparecido igualmente nuevos sujetos sociales: las mujeres han adquirido una importancia creciente en las distintas esferas: económicas, sociales y políticas; la juventud ha adquirido una mayor autonomía; los indígenas han llegado a representar un papel protagónico en algunos países; los cristianos progresistas y sus organizaciones de base han ido desempeñando un papel significativo en las luchas populares; los jubilados han aumentado notablemente en número y en muchos países han pasado a ser uno de los sectores más combativos; crecen los movimientos ecológicos, étnicos, raciales, por la libertad sexual; de la misma manera crece el número de emigrados que llegan a constituir verdaderas colonias en algunos países más desarrollados.

Y al mismo tiempo que se modifican los sujetos sociales se producen importantes cambios culturales. Los medios masivos de comunicación, especialmente la televisión, difunden la omnipresente ideología neoliberal con su cultura individualista, egocéntrica, del sálvese quien pueda: la telenovela se han transformado en el opio del pueblo del mundo de hoy. Por otra parte, todo conduce a fomentar el consumismo: el «hombre tarjeta de crédito»: la servidumbre de fines del siglo XX.

Sin embargo, parece interesante constatar que, junto a esta crisis de militancia en muchos de nuestros países se da un crecimiento de la influencia de la izquierda en la sociedad y aumenta la sensibilidad de izquierda en los sectores populares.

Esto me hace pensar que, además de los factores expuestos anteriormente que pueden estar en su origen, es muy probable que también influya en la crisis de militancia el tipo de exigencias que se plantean a la persona para que ésta se pueda incorporar a una práctica militante organizada. Habría que examinar si la izquierda ha sabido abrir cauces de militancia adecuados para hacer fértil esa creciente sensibilidad de izquierda en la sociedad.

La izquierda necesita, entonces, urgentemente un instrumento político adecuado a los nuevos desafíos.

Sin embargo, me parece necesario advertir que no se trata de tirar todo por la borda y empezar desde cero. Existe una tendencia muy grande, especialmente en la juventud, a criticar destructivamente todo lo que existe y a pensar que se puede llegar a construir algo perfecto si se empieza todo de nuevo, evitando mirar al pasado.

Olvidar el pasado, no aprender de las derrotas, dejar de lado las propias tradiciones de lucha, es hacerle el juego a la derecha porque esa es la mejor forma de no acumular fuerzas, de volver a reincidir en los mismos errores.

Por ello mismo, antes de crear una nueva organización política habría que examinar muy bien la capacidad de transformación que tienen las organizaciones políticas actualmente existentes. Tal vez no se requiera construir una nueva organización, a lo mejor de lo que se trata es de fundir varias organizaciones ya existentes en una sola siempre que ésta se estructure de una manera diferente.

Algunas ideas sobre organización para los nuevos desafíos

A continuación señalaré algunas ideas acerca de cómo la izquierda latinoamericana podría organizarse para enfrentar los nuevos desafíos.

Muchas de estas ideas han surgido de la propia práctica y de las reflexiones que de ella han hecho varios de los dirigentes políticos de nuestro continente en entrevistas que les hiciera desde el ’79 en adelante, y de los escritos de dos compañeros con los cuales me siento muy identificada en esta materia: Clodomiro Almeyda dirigente socialista chileno, ex canciller de Salvador Allende, recientemente fallecido y el uruguayo Enrique Rubio dirigente de la Vertiente Artiguista y diputado nacional .

No se trata, de manera alguna, de un nuevo recetario, debemos recordar nuevamente que lo que debemos buscar es ser eficaces en la conducción de la lucha de clases para transformar nuestras sociedades particulares insertas hoy, es cierto, en un marco mucho más globalizado que antaño.

Reunir a su militancia en torno a un proyecto de sociedad y a un programa concreto

La aceptación o no aceptación del programa debe ser la línea divisoria entre los que están dentro de la organización y los que se excluyen de ella. Puede haber disenso en muchas cosas, pero debe existir consenso en las cuestiones programáticas. El programa político debe ser el elemento aglutinador y unificador por excelencia y es lo que debe dar coherencia a su accionar político.

Mucho se habla de la unidad de la izquierda. Sin duda ésta es fundamental para avanzar, pero se trata de unidad para la lucha, de unidad para resistir, de unidad para transformar. No se trata de una mera unidad de siglas de izquierda porque entre esas siglas puede haber quienes hayan llegado al convencimiento que no queda otra cosa que adaptarse al régimen vigente y si es así restarán fuerzas en lugar de sumar.

No hay que olvidar que hay sumas que suman, sumas que restan, éste sería el caso recién mencionado, y sumas que multiplican. El más claro ejemplo de este último tipo de suma es el Frente Amplio de Uruguay, coalición política que reúne a todos los partidos de la izquierda uruguaya y cuya militancia rebasa ampliamente la militancia que adhiere a los partidos que lo conforman. Ese gesto unitario de la izquierda logró convocar a una gran cantidad de personas que anteriormente no militaban en ninguno de los partidos que conformaron dicha coalición y que hoy militan en los Comités de Base del Frente Amplio. Los militantes frenteamplistas sin bandera partidista constituyen dos tercios del Frente y la militancia partidista el tercio restante.

Contemplar variadas formas de militancia

No todas las personas tienen la misma vocación militante ni se sienten inclinadas a militar en forma permanente. Eso fluctúa dependiendo mucho de los momentos políticos que se viven. No estar atentos a ello y exigir una militancia uniforme es autolimitar y debilitar a la organización política.

Hay, por ejemplo, quienes están dispuestos a militar en una área temática: salud, educación, cultura, y no en un núcleo de su centro de trabajo o en una estructura territorial. Hay otros que se sienten llamados a militar sólo en determinadas coyunturas (electorales u otras) y que no están dispuestos a hacerlo todo el año. Tratar de encasillar a la militancia en una norma única, igual para todos, en una militancia de las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana, es dejar fuera a todo este potencial militante.

Las estructuras orgánicas deben abandonar su rigidez y flexibilizarse para optimizar este compromiso militante diferenciado, sin que se establezca un valor jerárquico entre ellas.

Pero la organización política no sólo debe trabajar con la militancia que adquiere un compromiso partidario, debe también lograr incluir en muchas tareas a los no militantes. Una forma de hacerlo es la de propiciar la creación o la utilización de entidades fuera de las estructuras internas del partido, que sean útiles a la organización política y que le permitan aprovechar las potencialidades teóricas o técnicas existentes: centros de investigación, de difusión y propaganda, etcétera.

Por otra parte, el militante de la nueva organización debería ocupar la mayor parte de su tiempo en vincular al partido con la sociedad. Las actividades internas deberían reducirse a lo estrictamente necesario.

Considero que también debe cambiar la incorrecta relación entre militancia y sacrificio. Para ser militante en décadas pasadas había que tener espíritu de mártir: sufrir era revolucionario, gozar era visto como algo sospechoso. De alguna manera eran los ecos de la desviación colectivista del socialismo real: el militante era un tornillo más de la máquina partidaria; sus intereses individuales no eran considerados. Esto no quiere decir que desvaloricemos el espíritu de renuncia que debe tener el militante, pero éste debe buscar, dentro de lo posible, combinar sus tareas militantes con el desarrollo de una vida humana lo más plena posible.

Abandono de los métodos autoritarios

Los partidos de izquierda fueron durante mucho tiempo muy autoritarios, la cúpula del partido era la que decidía y los militantes acataban órdenes que nunca discutían y muchas veces no comprendían. Al criticar esta desviación se ha tendido a rechazar la utilización del método del centralismo democrático. Personalmente no veo cómo se puede concebir una acción política unificada y exitosa sin emplear este método, salvo que se decida actuar por consenso, método aparentemente más democrático porque busca el acuerdo de todos, pero que en la práctica a veces es mucho más antidemocrático, porque otorga de hecho derecho a veto a una minoría: al extremo que una sola persona puede impedir que se lleguen a implementar acuerdos con apoyo inmensamente mayoritario.

La izquierda tiene que aceptar que los problemas que se le plantean son cada vez más complejos y que ella no es dueña de la verdad, que la otra parte también puede tener parte de la verdad. En el diálogo siempre tiene que otorgar al otro al menos el beneficio de la duda y debe a aprender a construir el consenso y no a manipular el consenso como muchas veces se ha hecho.

Para que una organización tenga una vida interna democrática es fundamental que ésta cree espacios para el debate, la construcción de posiciones, el enriquecimiento mutuo mediante el intercambio de opiniones.

Por otra parte, pienso que no es malo sino deseable que se reconozca y legalice la existencia, dentro de una misma organización política, de diversas corrientes de opinión. Comparto con Tarso Genro la idea de que ello permite que dentro de una misma organización se expresen las distintas sensibilidades políticas de la militancia. Pienso que el agrupamiento de la militancia en torno a determinadas tesis puede contribuir a profundizar el pensamiento de la organización.

Lo que hay que evitar es que estas tendencias se conviertan en agrupamientos estancos, en fracciones, en verdaderos partidos dentro del partido y que los debates teóricos sean el pretexto para imponer correlaciones de fuerzas que nada tienen que ver con las tesis que se debaten. Por otra parte, si de lo que se trata es de democratizar el debate, lo lógico sería que no hubiese tendencias permanentes, o que, al menos en algunos temas, especialmente en temas nuevos, las personas pudiesen reagruparse de diferente manera. No siempre, por ejemplo, tendrían que coincidir en un mismo agrupamiento las personas que tienen una determinada posición frente al papel del Estado en la economía, con las que tienen una determinada posición respecto a la forma en que el partido debe estimular la participación política de la mujer.

Respecto a este tema de las tendencias y al respeto a las posiciones de los demás, me parece que en Porto Alegre se da una ejemplar práctica democrática. En el gobierno de la ciudad ganado por tercera vez consecutiva por el Partido de los Trabajadores las distintas tendencias del PT se van alternando en el cargo de alcalde y estos alcaldes forman sus equipos de gobierno con representantes de las diversas tendencias.

Según Tarso Genro, ex alcalde de Porto Alegre, esto sólo es posible si se parte del presupuesto de que las posiciones de la corriente a la que uno pertenece tendrán que ser complementadas por la dialéctica del diálogo y debate con las otras. Si se partiera de la vieja posición tradicional de que uno es el representante del proletariado y el resto es el enemigo, la actitud necesariamente sería diferente: ese resto tendría que ser neutralizado o aplastado.

Ahora bien, ser abierto, respetuoso y flexible en el debate no significa de ninguna manera renunciar a luchar porque las ideas propias triunfen si uno queda en minoría. Si luego del debate interno uno sigue convencido que ellas son las correctas, debe continuar defendiéndolas con el único requisito de que esa defensa respete la unidad de acción del partido en torno a las posiciones que fueron mayoritarias.

Y, hablando de debate, creo importante que se tenga en cuenta de que hoy es casi imposible que un debate interno deje de ser al mismo tiempo público y, por lo tanto, la izquierda tiene que aprender a debatir tomando en cuenta esa realidad.

La nueva cultura de la izquierda debe reflejarse también en un forma diferente de componer la dirección de la organización política. Durante mucho tiempo se pensó que si una determinada corriente o sector del partido ganaba las elecciones internas en forma mayoritaria, eran los cuadros de esa corriente los que debían ocupar todos los cargos de dirección. De alguna manera primaba entonces la concepción de que la gobernabilidad se lograba teniendo una dirección lo más homogénea posible.

Hoy tiende a primar un criterio diferente: una dirección con representación proporcional, que refleje la correlación de fuerzas dentro de ella, parece ser más adecuada porque eso ayuda a que la militancia se sienta más involucrada en las tareas. Pero este criterio sólo puede ser eficaz si el partido ya ha logrado adquirir esa nueva cultura democrática, porque si no es así, se produce una olla de grillos y el partido se hace ingobernable.

Por otra parte, me parece muy conveniente la participación directa de los militantes en la toma de las decisiones más relevantes, a través de consultas o plebiscitos internos. Y subrayamos «decisiones más relevantes», ya que no tiene sentido y sería absolutamente inoperante estar consultando a la militancia sobre decisiones que se deben adoptar en la gestión política cotidiana, de alta dedicación, que corresponde a opciones necesariamente no masivas. Estas consultas directas a las bases son una manera bastante efectiva de democratizar las decisiones partidarias.

Consultas del tipo recién mencionado podrían realizarse no sólo con los militantes, sino también con los simpatizantes o a lo que pudiéramos llamar el ámbito electoral del partido. Pienso que este método es especialmente útil para designar a los candidatos de izquierda a los gobiernos locales, si de lo que se trata es de ganar el gobierno y no de usar las elecciones sólo para propagandizar las ideas del partido. Una consulta popular al electorado acerca de los varios candidatos que la organización política propone, puede ser un método muy conveniente para no errar el tiro. A veces se han perdido elecciones por levantar candidatos usando un criterio netamente partidista: prestigio interno, expresión de una determinada correlación de fuerzas internas, sin tener en cuenta la opinión de la población sobre ese candidato.

Consultas a la población se han realizado con éxito en América Latina. La Causa R de Venezuela realizó un plebiscito sobre el parlamento y logró que se acercaran a votar en improvisadas urnas en la calle cerca de 500 mil personas. Otro ejemplo es la Consulta Nacional por la Paz y la Democracia, realizada por el Movimiento Civil Zapatista en el segundo semestre de 1995: una consulta muy original acerca de varios temas de interés, entre otros, si la organización debería unirse a otras y conformar un frente político, o si debía mantenerse como una organización independiente.

Cosas como éstas nos hacen pensar que la izquierda suele moverse en la dicotomía entre lo legal y lo ilegal, y no tiene suficientemente en cuenta un sinnúmero de otros espacios que yo denominaría alegales , porque no entran en la dicotomía antes señalada, que pueden ser aprovechados para concientizar, movilizar y hacer participar a la población.

Necesidad de construir una relación de respeto al movimiento popular

Hay que reconocer que ha existido una tendencia a considerar a las organizaciones populares como elementos manipulables, como meras correas de transmisión de la línea del partido. Esta posición se ha apoyado en la tesis de Lenin en relación con los sindicatos de los inicios de la revolución rusa, cuando parecía existir una muy estrecha relación entre clase obrera-partido de vanguardia-Estado.

Esta concepción fue abandonada por Lenin en los años finales de su vida, cuando en medio de la aplicación de la Nueva Política Económica (NEP) y sus consecuencias en el ámbito laboral, prevé el surgimiento de posibles contradicciones entre los trabajadores de las empresas estatales y los directores de dichas empresas y sostiene que el sindicato debe defender los intereses de clase de los trabajadores contra los empleadores, utilizando, si considera necesario: la lucha huelguística que, en un estado proletario no estaría dirigida a destruirlo sino a corregir sus desviaciones burocráticas.

Este cambio pasó desapercibido para los partidos marxistas leninistas quienes hasta hace muy poco pensaban que la cuestión de la correa de transmisión era la tesis leninista para la relación partido-organización social.

Esta tesis mal digerida fue aplicada por la izquierda en su trabajo con el movimiento sindical primero, y luego con los movimientos sociales. La dirección del movimiento, los cargos en los organismos de dirección, la plataforma de lucha, en fin, todo, se resolvía en las direcciones partidarias y luego se bajaba la línea a seguir por el movimiento social en cuestión, sin que éste pudiese participar en la gestación de ninguna de las cosas que más le atañían.

Esta situación fue cambiando. De alguna manera la crisis de las organizaciones políticas de izquierda, producto del terrorismo de los gobiernos militares que se ensañó contra ellas, y el auge simultáneo de muchos movimientos sociales contribuyeron a ello. Los movimientos sociales maduraron, cobraron confianza en sus propias fuerzas, se dieron cuenta que con sus propias iniciativas -más cercanas a su realidad que las que podían promover dirigentes políticos que decidían el destino de sus luchas sentados en un escritorio- podían lograr con más facilidad sus objetivos reivindicativos. Los dirigentes políticos, a su vez, fueron dándose cuenta de que el estilo verticalista de conducción funcionaba cada vez menos y rendía cada vez menos frutos.

Comenzaron a entender que los ritmos, los momentos de la lucha de cada movimiento no puede estar completamente subordinada a su proyecto político, porque existen dinámicas distintas y que es importante respetar estas dinámicas y encauzarlas en un gran movimiento contra el enemigo común. Se han ido convenciendo que esto no se logra imponiendo desde arriba una línea, sino ganando desde abajo la conducción.

Por otra parte, se han ido dando cuenta de que la organización política no es la única que tiene ideas y propuestas y que, por el contrario, el movimiento popular tiene mucho que ofrecerle, porque en su práctica cotidiana de lucha va también aprendiendo, descubriendo caminos, encontrando respuestas, inventando métodos, que pueden ser muy enriquecedores.

Por otra parte, es un error garrafal pretender conducir al movimiento de masas desde arriba, por órdenes, porque la participación popular no es algo que se pueda decretar desde arriba. Sólo si se parte de las motivaciones de la gente, sólo si se le hace descubrir a ella misma la necesidad de realizar determinadas tareas, estas personas estarán dispuesta a comprometerse plenamente con las acciones que emprendan.

Esta revalorización de los movimientos sociales y la comprensión de que la conducción se gana y no se impone, ha llevado a algunos sectores de la izquierda a buscar nuevas fórmulas para conformar los frentes políticos que no sean una mera alianza entre partidos políticos, sino que, a su vez, den cabida a la expresión de los movimientos sociales.

Después de lo dicho hasta aquí podemos comprender por qué los cuadros políticos de la nueva época no pueden ser cuadros con mentalidad militar: hoy no se trata de conducir a un ejército, ni tampoco demagogos populistas porque no se trata de conducir a un rebaño de ovejas ; los cuadros políticos deben ser fundamentalmente pedagogos populares, capaces de potenciar toda la sabiduría que existe en el pueblo, tanto la que proviene de sus tradiciones culturales y de lucha, como la que adquiere en su diario bregar por la subsistencia a través de la fusión de ésta con los conocimientos más globales que la organización política pueda aportar. Debe fomentar la iniciativa creadora la búsqueda de respuestas.

La organización política no debería buscar contener en su seno a los representantes legítimos de todos los que lucha por la emancipación social, sino esforzarse por articular sus prácticas en un único proyecto político.

Adecuar su lenguaje a los nuevos tiempos

La militancia y los mensajes de la izquierda de hoy, de la era de la televisión, no pueden ser los mismos que los de la década del 60; no son los de la época de Gutenberg, el inventor de la tipografía que dio origen a la imprenta, estamos en la época de la imagen y de la telenovela. La cultura del libro, la cultura de la palabra escrita, como dice Atilio Borón , es hoy una cultura de élite, ya no es una cultura de masas. La gente hoy lee muy poco o no lee, para poder comunicarnos con el pueblo debemos dominar el lenguaje audiovisual. Y la izquierda tiene el gran desafío de buscar cómo hacerlo cuando los principales medios audiovisuales están absolutamente controlados por grandes empresas monopólicas nacionales y transnacionales.

Muchas veces se quiere competir en el eslabón más fuerte de la cadena y eso es evidentemente imposible, no sólo por los recursos financieros que eso significa, sino también porque, aunque se dispusiese de esos recursos, como es el caso de la CUT en Brasil, los grupos económicos que monopolizan esos medios impiden cualquier tipo de incursión de la izquierda en éstos. La CUT ha querido tener un espacio propio y no se le ha otorgado.

Pero hay otras formas alternativas de comunicación en nuestro subcontinente que no han sido suficientemente trabajadas por la izquierda, como las radios comunitarias, los periódicos barriales, los canales municipales de televisión, y más accesibles aún a cualquier grupo que trabaja en el ámbito comunitario: el uso de videocasseteras para llevar a pequeños grupos de personas experiencias de interés que les permitan aprender y formarse una conciencia crítica frente a los mensajes e informaciones que transmiten las grandes trasnacionales de la información.

Aquí también está el desafío de crear videos pedagógicos que permitan intercambiar experiencias y aprender de otras experiencias populares.

Y en este intercambio de experiencias empiezan a jugar hoy un papel importante las radios populares conectadas a redes que transmiten por satélite y permiten que los actores populares se comuniquen entre sí de un país a otro y puedan dialogar sobre sus experiencias.

Organización política de los explotados por el capitalismo y de los excluidos

Si, como veíamos anteriormente, la clase obrera industrial ha ido disminuyendo en América Latina, en contraste con el sector de los marginados o excluidos por el sistema que está en constante aumento, parece necesario que la organización política tome en cuenta esta realidad y que deje de ser una instancia que reúna sólo a la clase obrera clásica para transformarse en la organización de todos los trabajadores y sectores sociales oprimidos.

Una organización política no ingenua, que se prepara para todas las situaciones

La posibilidad actual que tiene la izquierda de disputar abierta y legalmente muchos espacios, no debe hacerle perder de vista que la derecha respeta las reglas del juego sólo hasta donde le conviene. Hasta ahora no se ha visto ninguna experiencia en el mundo en que los grupos dominantes estén dispuestos a renunciar a sus privilegios.

El hecho de que estén dispuestos a retirarse de la arena política cuando consideran que su repliegue puede ser más conveniente, no debe llevarnos a engaño. Pueden perfectamente tolerar y hasta propiciar la presencia de un gobierno de izquierda, siempre que éste se limite a administrar la crisis. Lo que no permitirán nunca y en eso no hay que ser ilusos, es que se pretenda construir una sociedad alternativa.

En la medida en que crezca y acceda a posiciones de poder, la izquierda debe estar preparada para hacer frente a la fuerte resistencia que opondrán los núcleos más apegados al capital financiero, más apegados a privilegios de toda índole, que se van a valer de medios legales o ilegales para evitar que se lleve adelante un programa de transformaciones democráticas y populares.

De ahí que la izquierda, como toda fuerza política que tiene el poder en la mira, no puede dejar de incluir en su estrategia la constitución de una fuerza material que le permita defender las conquistas alcanzadas democráticamente.

Una nueva práctica internacionalista en un mundo globalizado

En un mundo en que el ejercicio de la dominación se realiza a escala global, parece aún más necesario que ayer establecer coordinaciones y estrategias de lucha a nivel regional y supra regional.

Encarnación de los valores éticos de la nueva sociedad que se pretende construir

Por último, En un mundo en que reina la corrupción y existe, como veíamos anteriormente, un creciente descrédito en los partidos políticos y, en general, en la política, es fundamental que la organización de izquierda se presente con un perfil ético netamente diferente, que sea capaz de encarnar en su vida cotidiana los valores que dice defender, que su práctica sea coherente con el discurso político. De ahí el auge que ha tenido la figura del Che.

Es fundamental, por otra parte, que la organización que construyamos encarne los valores de la honestidad y de la transparencia. En este terreno no puede permitirse el más leve comportamiento que pueda empañar su imagen. Debe crear condiciones para mantener una estricta vigilancia en cuanto a la honestidad de sus cuadros y mandatarios.

Debe luchar también contra todo tipo de discriminación de raza, etnia, género, sexo, empezando por casa.

Por último, además de las banderas enarboladas por la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, que conservan toda su vigencia, pienso que habría que agregar una cuarta bandera: la de la austeridad. Y no por un sentido ascético cristiano, sino para oponerse al consumismo suicida y alienante de fines de siglo.

Conclusión

Desde el ’95 comenzaron a sentirse la primeras protestas masivas contra los desastrosos efectos del neoliberalismo, y lo interesante es que varias de ellas se dieron en los propios países desarrollados. Francia no veía una huelga general desde el ’68. La ciudad canadiense de Toronto fue conmovida, en noviembre de 1996, por la manifestación popular más grande de su historia: cerca de doscientas mil personas recorrieron disciplinadamente las calles de la ciudad durante largas horas.

Más recientemente este rechazo se refleja en los resultados electorales en varios países: mientras en Europa los laboristas en Inglaterra y los socialistas apoyados por los comunistas en Francia, ganaban las elecciones; en América Latina el FMLN ganaba la alcaldía de San Salvador y varias de las principales ciudades del país, disputando muy de cerca la correlación de fuerzas con ARENA; y Cuauhtémoc Cárdenas ganaba las elecciones del Distrito Federal.

También han crecido las protestas populares en América Latina en los últimos meses: la gran marcha del MST en Brasil, las manifestaciones contra el gobierno en Nicaragua, el inicio de protestas estudiantiles en Chile, las recientes manifestaciones masivas contra Fujimori en Perú, las explosiones urbanas en varias ciudades argentinas.

Todo esto hace pensar a algunos que la situación está cambiando, que estamos entrando a una nueva ola expansiva. Sea cual fuera la interpretación, los desafíos para la izquierda son enormes, porque si no se logra canalizar esta creciente resistencia en una voluntad única, sus efectos se desvanecerán como pompas de jabón.

Cuando iniciábamos este trabajo decíamos que aunque la revolución no se veía en el horizonte cercano, la revolución era ahora más necesaria que nunca, no sólo para los pobres de este mundo sino para la humanidad toda. Quizá la revolución no sea hoy el motor de la historia, como afirmaba Marx, sino el «freno de emergencia» de la historia, como dice el historiador Walter Benjamin; un freno que nos impida caer en el abismo al que nos conduce inexorablemente el neoliberalismo.

Martha Harnecker es educadora popular chilena. Autora de numerosos trabajos de investigación sobre la izquierda latinoamericana.

Las crisis de la izquierda latinoamericana.2016. Emir Sader

Se puede decir que hay dos izquierdas en América Latina y que ambas padecen de crisis, cada una a su manera. Una es la que llegó a los gobiernos, empezó procesos de democratización de las sociedades y de salida del modelo neoliberal y que hoy se enfrenta a dificultades –de distinto orden, desde afuera y desde adentro– para dar continuidad a esos procesos. La otra es la que, aun viviendo en países con continuados gobiernos neoliberales, no logra siquiera constituir fuerzas capaces de ganar elecciones, llegar al gobierno y empezar a superar el neoliberalismo.

 La izquierda posneoliberal ha tenido éxitos extraordinarios, aún más teniendo en cuenta que los avances en la  lucha contra la pobreza y la desigualdad se han dado en los marcos de una economía internacional que, al contrario, aumenta la pobreza y la desigualdad. En el continente más desigual del mundo, cercados por un proceso de recesión profunda y prolongada del capitalismo internacional, los gobiernos de Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y Ecuador han disminuido la desigualdad y la pobreza, han consolidado procesos políticos democráticos, han construido procesos de integración regional independientes de Estados Unidos y han acentuado el intercambio Sur-Sur.

Mientras que las otras vertientes de la izquierda, por distintas razones, no han logrado construir alternativas a los fracasos de los gobiernos neoliberales, de las cuales los casos de México y de Perú son los dos más evidentes, mostrando incapacidad, hasta ahora, de sacar lecciones de los otros países, para adaptarlas a  sus condiciones específicas.

 ¿En qué consiste la crisis actual de las izquierdas que han llegado al gobierno en América Latina? Hay síntomas comunes y rasgos particulares a cada país. Entre ellos están la incapacidad de contrarrestar el poder de los monopolios privados de los medios de comunicación, aun en los países en los que se ha avanzado en leyes y medidas concretas para quebrar lo que es la espina dorsal de la derecha latinoamericana. En cada uno de esos países, en cada una de las crisis enfrentadas por esos gobiernos, el rol protagónico ha sido de los medios de comunicación privados, actuando de forma brutal y avasalladora en contra de los gobiernos, que han contado con  éxitos en su gestión y un amplio apoyo popular.

 Los  medios han ocultado los grandes avances sociales en cada uno de nuestros países, los han censurado, han tapado los nuevos modelos de vida que los procesos de democratización social han promovido en la masa de la población. Por otro lado, destacan problemas aislados, dándoles proyecciones irreales, difundiendo incluso falsedades, con el propósito de deslegitimar las conquistas logradas y la imagen de sus líderes, sea negándolas, sea intentando destacar aspectos secundarios negativos de los programas sociales.

 Los medios han promovido sistemáticamente campañas de terrorismo y de pesimismo económico, buscando bajar la autoconfianza de las personas en su propio país. Como parte específica de esa operación están las sistemáticas denuncias de corrupción, sea a partir de casos reales a los que han dado una proporción desmesurada, sea inventando denuncias por las cuales no responden cuando son cuestionados, pero los efectos ya han sido producidos.

Las reiteradas sospechas sobre el accionar de los gobiernos producen, especialmente en sectores medios de la población, sentimientos de crítica y de rechazo, a los que pueden sumarse otros sectores afectados por esa fabricación antidemocrática de la opinión pública.  Sin ese factor, se puede decir que las dificultades tendrían su dimensión real, no serían transformadas en crisis políticas, movidas por la influencia unilateral que los medios tienen sobre sectores de la opinión pública, incluso de origen popular.

 No es que sea un tema de fácil solución, pero no considerar como un tema fundamental a enfrentar es subestimar el nivel en que la izquierda está en mayor inferioridad: la lucha de las ideas. La izquierda ha logrado llegar al gobierno por el fracaso del modelo económico neoliberal, pero ha recibido, entre otras herencias, la hegemonía de los valores neoliberales diseminados en la sociedad.

“Cuando finalmente la izquierda llegó al gobierno, había perdido la batalla de las ideas”, según Perry Anderson. Tendencias a visiones pre-gramscianas en la izquierda han acentuado formas de acción tecnocráticas, creyendo que hacer buenas políticas para la gente era suficiente como para producir automáticamente conciencia correspondiente  al apoyo a los gobiernos. Se ha subestimado el poder de acción de los medios de información en la conciencia de las personas y los efectos políticos de desgaste de los gobiernos que esa acción promueve.

Un otro factor condicionante, en principio a favor  y luego en contra, fue el relativamente alto precio de los commodities durante algunos años, del que los gobiernos se aprovecharon no para promover un reciclaje en los modelos económicos, para que no dependieran tanto de esas exportaciones. Para ese reciclaje habría sido necesario formular y empezar a poner en práctica un modelo alternativo basado en la integración regional. Se ha perdido un período de gran homogeneidad en el Mercosur, sin que se haya avanzado en esa dirección. Cuando los precios bajaron, nuestras economías sufrieron los efectos, sin tener como defenderse, por no haber promovido el reciclaje hacia un modelo distinto.

Había también que comprender que el período histórico actual está marcado por profundos retrocesos a escala mundial, que las alternativas de izquierda están en un posición defensiva, que de lo que se trata en este momento es de salir de la hegemonía del modelo neoliberal, construir alternativas, apoyándose en las fuerzas de la integración regional, en los Brics y en los sectores que dentro de nuestros países se suman al modelo de desarrollo económico con distribución de renta, con prioridad de las políticas sociales.

En algunos países no se ha cuidado debidamente el equilibrio de las cuentas públicas, lo cual ha generado niveles de inflación que han neutralizado, en parte, los efectos de las políticas sociales, porque los efectos de la inflación recaen sobre asalariados. Los ajustes no deben ser  trasformados en objetivos, pero si en instrumentos para garantizar el equilibrio de las cuentas públicas y eso es un elemento importante del éxito de las políticas económicas y sociales.

Aunque los medios de información hayan magnificado los casos de corrupción, hay que reconocer que no hubo control suficiente de parte de los gobiernos del uso de los recursos públicos. El tema del cuidado absoluto de la esfera pública debe ser sagrado para los gobiernos de izquierda, que deben ser los que descubran eventuales irregularidades y las castiguen, antes de que lo hagan los medios de información. La ética en la política tiene que ser un patrimonio permanente de la izquierda, la transparencia absoluta en el manejo de los recursos públicos tiene que ser una regla de oro de parte de los gobiernos de izquierda. El no haber actuado siempre así hace que los gobiernos paguen un precio caro, que puede ser un factor determinante para poner en riesgo la continuidad de esos gobiernos, con daños gravísimos para los derechos de la gran mayoría de la población y para el destino mismo de nuestros países.

Por último, para destacar algunos de los problemas de esos gobiernos, el rol de los partidos en su condición de partidos de gobierno nunca ha sido bien resuelto en prácticamente ninguno de esos países. Como los gobiernos tienen una dinámica propia, incluso con alianzas sociales y políticas con la centro izquierda,  en varios casos, esos partidos deberían representar el proyecto histórico de la izquierda, pero no han logrado hacerlo, perdiendo relevancia frente al rol preponderante de los gobiernos.

Se debilitan así la reflexión estratégica, más allá de las coyunturas políticas, la formación de cuadros, la propaganda de las ideas de la izquierda y la misma lucha ideológica.

Nada de eso autoriza a hablar de “fin de ciclo”. Las alternativas a esos gobiernos están siempre a la derecha y con proyectos de restauración conservadora, netamente de carácter neoliberal. Los gobiernos posneoliberales y las fuerzas que los han promovido son los elementos más avanzados que la izquierda latinoamericana dispone actualmente y que funcionan también como referencia para otras regiones de mundo, como España, Portugal y Grecia, entre otros. 

 Lo que se vive es el final del primer periodo  de la construcción de  modelos alternativos al neoliberalismo. Ya no se podrá contar con el dinamismo del centro del capitalismo, ni con precios altos de las commodities. Las clave del paso a un segundo período tienen que ser: profundización y extensión del mercado interno de consumo popular; proyecto de integración regional; intensificación del intercambio con los Brics y su Banco de Desarrollo.

Además de superar los problemas apuntados anteriormente, antes que todo crear procesos democráticos de formación de la opinión pública, dar la batalla de las ideas, cuestión central en la construcción de una nueva hegemonía en nuestras sociedades y en el conjunto de la región.

Hay que construir un proyecto estratégico para la región, no solo de superación del neoliberalismo y del poder del dinero sobre los seres humanos, sino de construcción de sociedades justas, solidarias, soberanas, libres, emancipadas de todas las formas de explotación, dominación, opresión y alienación.

Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).

Las 100 empresas más valiosas del mundo, 2019. Guadalupe Hernández

Las grandes tecnológicas estadounidenses acaparan el ‘top 10’ de las compañías más cotizadas del mundo en 2019, con una capitalización total de $9,000 millones, pese a que la petrolera Aramco se hace del primer lugar. Las 100 compañías más valiosas del mundo suman hoy una capitalización de más de $25,400 millones de dólares, una cifra equivalente a casi dos veces la economía China.

En términos comparativos, se trata de un 33% más de capitalización que el año pasado y el doble que hace una década, según datos de Bloomberg, publicados por Expansión de España.

En el top 10 del ranking destaca el poderío del sector tecnológico, con siete representantes: Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Facebook, Alibaba y Tencent, que juntas suman una capitalización de $5,960 millones de dólares, esto es, un 45% más que a cierre de 2018, lo que supone una subida histórica.

Sin embargo, la gran protagonista del año es la petrolera estatal saudí Aramco, que al cerrar en diciembre pasado tuvo la salida a Bolsa más grande de la historia y se posicionó así como la mayor empresa cotizada de los mercados globales.

Aramco, en concreto, suma una capitalización de casi 1,900 millones, y es la primera vez desde 2011 que una petrolera escala a la primera posición, un puesto que durante los últimos siete años había correspondido a grupos tecnológicos.

La petrolera logró posicionarse en el puesto número uno, a pesar de los ataques que sufrió en septiembre del año pasado.

Cabe destacar que entre 2012 y 2017 ese primer lugar fue conquistado por Apple. En 2018 el oro fue para Microsoft.

El triunfo de las tecnológicas y financieras

Las tecnológicas son, de nuevo, el sector dominante en 2019. En el ranking de las 100 empresas con mayor cotización suman casi $9,000 millones de dólares lo que supone el 35% de la valoración total de esa elite.

Apple cerró la década en segunda posición tras acabar 2019 con una valoración de casi $1,300 millones de dólares. Este importe es un 61% superior al del ejercicio anterior y le sirve para superar de nuevo a Microsoft, que es ahora tercera, con $1,200 millones de dólares.

Con Alphabet en cuarto lugar $933,269 millones de dólares; Amazon en el quinto con $927,042 millones de dólares; Facebook en el sexto, $593,448 millones de dólares, y Alibaba en el séptimo, $578,046 millones.

El segundo puesto corresponde al sector financiero, con $4,200 millones de dólares, esto es, el 16.6% del total.

En su caso, se trata de una representación algo menor que el pasado ejercicio, lo que se explica por la pujanza de otras dos industrias: la energía -gracias al debut de Aramco y su paso a la historia bursátil mundial – y el sector de farmacia y química, que también gana peso. Ambas rondan hoy los $3,000 millones.

Es así como el octavo puesto del top ten con $552,718 millones de dólares corresponde a Berkshire Hathaway -el brazo inversor de Warren Buffett-, que se mantiene por delante de la china Tencent con $471,080 millones de dólares.

Cierra esa elite bursátil de nuevo el sector financiero con JPMorgan, con $436,411 millones de dólares, lo que supone una escalada de casi el 50%, una de las más elevadas del ejercicio junto a Apple.

Fuera del top ten, Johnson & Johnson pierde dos puestos para quedar ahora undécima, con una valoración a cierre de 2019 de más de $383,595 millones de dólares.

Exxon, que en 2019 era décima, está ahora en el puesto 18º, con lo que le han adelantado, además de JPMorgan, firmas como Visa, Bank of América o Mastercard, mostrando así la pujanza del sector financiero en 2019.

Estados Unidos, al frente

El mercado bursátil dejó un panorama dispar para la geografía mundial.

Estados Unidos sigue siendo líder del top 100 de firmas más valiosas, pues sus empresas en la lista suman una capitalización de $15,500 millones lo que supone el 60.6% del total.

Se trata, no obstante, de cuatro puntos menos que el año pasado, lo que se explica por el auge de Asia y Europa.

En concreto, la capitalización de las firmas asiáticas pasa de $3,600 a $6,000 millones, lo que representa el 23.3% del acumulado de capitalización global.

La escalada llega sobre todo de la mano de su gran embajador, Aramco, acompañada de grandes firmas en primeras posiciones como Alibaba (cuya valoración escala un 37%), Tencent (sube un 21%) o, ya en puestos inferiores, ICBC, Samsung o TSMC .

En la lista van en detrimento de Europa, donde Suiza, Reino Unido, Francia, Países Bajos, Alemania, Bélgica, Dinamarca y España son, por este orden, los países con representantes en la lista las cien empresas más valiosas.

En el caso español, Inditex es el único representante: figura en el puesto 98º con una capitalización a cierre del pasado ejercicio de $112,254 millones de dólares.

Se trata de una mejora respecto al año pasado (cuando era la 110º), si bien no supone su mejor desempeño en esta clasificación.

En 2017, por ejemplo, llegó a colocarse en el puesto 73º y en 2018 ocupaba el 78º. Hay que ampliar el foco hasta las 200 firmas más valiosas del mundo para encontrar más empresas españolas: Banco Santander e Iberdrola. Ambas, no obstante, siguen elevando sus cifras particulares al igual que Inditex, aunque a menor ritmo que otros grandes titanes mundiales.

En la historia

Tanto tecnología como energía han sido protagonistas en el podio de empresas más valiosas desde 1992, si bien con representantes distintos a los actuales. Entonces, en el año de los Juegos Olímpicos de Barcelona, el líder mundial en términos bursátiles era Exxon Mobil, que ahora ocupa la posición 18º. Exxon sumaba entonces $75,000 millones, una capitalización que tiene hoy una empresa como Mitsubishi, que está en el puesto 150º. Exxon dio el relevo a Nippon Telegraph, que se llevó el oro como la compañía más valiosa del planeta entre 1993 y 1995.

En 1996 estrenó el liderato General Electric, primera cotizada durante ocho ejercicios (1996 a 1998, 2000, 2001, 2003, 2004 y 2005).

El reinado de este titán norteamericano -que, sin embargo, queda hoy relegado al puesto 119º- sólo se vio interrumpido por dos empresas: Microsoft, que fue líder en 1999 con el auge de las puntocom para recuperar ese puesto en 2002 y de nuevo en 2018; y Exxon, que reeditó su oro de 1992 en 2006, 2010 y 2011 y que este año ha pasado el relevo del sector energético a Aramco.

En esta lista solo falta Apple, cuyo reinado es más reciente: fue la más valiosa de 2012 a 2017. Nadie se atreve a vaticinar qué pasará en las próximas décadas.

Máxime si se echa la vista atrás, pues el podio de Apple en los últimos ejercicios contrasta con el puesto 70º que ocupaba en 2007 con su primer iPhone, justo en el momento en que Amazon ocupaba la posición 377º y Facebook ni siquiera cotizaba en Bolsa.

El enfoque basado en los derechos humanos y cooperación en favor de los niños.UNICEF

Desde 1988, UNICEF ha sido el principal arquitecto y promotor del enfoque a la programación basado en los derechos humanos para realizar los derechos de las mujeres y los niños descritos en la Convención y en la Convención sobre la eliminación de todo tipo de discriminación contra la mujer. Los programas de país de la organización se rigen por los principios de derechos humanos aplicados en todas las fases y sectores.

El enfoque basado en los derechos humanos se deriva de una serie de principios que son la base de ambas convenciones: rendición de cuentas, universalidad y no discriminación, indivisibilidad y participación. Está firmemente enraizado en la labor de las Naciones Unidas, que en 2003 aprobó una declaración titulada “Enfoque basado en los derechos humanos en la cooperación para el desarrollo: hacia un entendimiento común”.

De conformidad con este paradigma, uno de los objetivos subyacentes de todos los programas de las Naciones Unidas es promover la realización de los derechos humanos tal como se describen en la Declaración Universal de Derechos Humanos y otros instrumentos fundamentales sobre los derechos humanos.

Principios del enfoque basado en los derechos humanos

Universalidad: Todas las personas nacen con derechos humanos independientemente de su origen étnico, sus creencias y sus prácticas, su ubicación geográfica, su género o su nivel de ingresos. Sin embargo, a pesar de los sólidos marcos jurídicos internacionales y nacionales que apoyan los derechos humanos, los grupos sociales que tradicionalmente han sufrido las consecuencias de la marginación y de la discriminación dentro de sus países y sociedades son los que siguen corriendo un mayor riesgo de que sus derechos se conculquen o no se cumplan, una situación que ocurre sistemáticamente.

Un enfoque basado en los derechos humanos selecciona específicamente a los grupos más marginados –y a los miembros más vulnerables de esos grupos, que por lo general son las mujeres y los niños– en los países y las comunidades más necesitados.

El enfoque tiene consecuencias para el presupuesto de los programas y para su planificación, ya que por lo general resulta más difícil alcanzar a los grupos marginados o a las personas que viven en lugares remotos de las zonas rurales o en tugurios urbanos, que a quienes se hallan en zonas más integradas. La vacunación es un ejemplo, ya que el costo por unidad que supone vacunar a recién nacidos en las zonas rurales es bastante más elevado que el costo de vacunar a los recién nacidos que viven en ciudades.

Si se aplica a la inmunización un enfoque basado en los derechos humanos, puede que sea necesario emplear una medida alternativa para determinar las prioridades programáticas y asignar los recursos.

Al utilizar como factor determinante en la asignación de recursos el número de muertes que se han evitado (o los años saludables conseguidos) por inmunización, en lugar de los costos por unidad, cambia inmediatamente la ecuación entre costos y beneficios, ya que los grupos más pobres o más marginados tienen más probabilidades de beneficiarse de la ampliación de los servicios esenciales. A menudo es necesario aplicar soluciones innovadoras para defender los derechos de los niños marginados y desfavorecidos y de sus familias. Por ejemplo, el Gobierno de la India y UNICEF se han asociado en una iniciativa de divulgación para enviar a la escuela a más de 300.000 niños y niñas desfavorecidos utilizando técnicas como los centros móviles de aprendizaje para facilitar que los niños que se encuentran en lugares de difícil acceso puedan recibir una educación.

Rendición de cuentas: Según un enfoque basado en los derechos humanos, se reconoce que los niños y las mujeres son titulares de derechos y no sujetos pasivos de un acto de caridad. Los Estados partes, los firmantes de las dos convenciones, tienen la obligación de trabajar en favor de la realización de los derechos humanos de todos sus ciudadanos. En los tratados y marcos de derechos humanos, los más vulnerables, especialmente los niños y las mujeres, reciben una protección especial.

Los ciudadanos  con autonomía y los organismos creados en virtud de tratados pueden responsabilizar a los gobiernos por cualquier violación de los derechos humanos, y evaluar sus progresos en la aplicación de los acuerdos relativos a los derechos humanos. En términos prácticos, el enfoque basado en los derechos humanos incluye la necesidad de prestar asistencia a todos los niveles de la comunidad y de la sociedad para que cumplan sus obligaciones en favor de los niños y las mujeres.

En Colombia, por ejemplo, UNICEF ha prestado apoyo a una serie de foros sobre políticas y rendición de cuentas en los cuales se preguntó a los funcionarios locales electos sobre sus logros y los desafíos que supone la aplicación de los derechos de la infancia.

Indivisibilidad: Todos los derechos humanos son indivisibles e interdependientes, lo que significa que no se debe conceder un carácter prioritario a ninguno de los derechos.

Para los niños y niñas, la indivisibilidad significa garantizar que los derechos relacionados con la personalidad integral del niño se cumplan mediante la satisfacción de sus necesidades físicas, psicológicas, de desarrollo y espirituales, y no solamente concentrándose en la prestación de servicios esenciales como la atención básica de la salud y la educación. También exige trabajar en asociación con otras organizaciones que dispongan de aptitudes y conocimientos técnicos complementarios para satisfacer estas necesidades.

El enfoque basado en los derechos humanos ha generado un mayor hincapié en conceptos de amplia base como el desarrollo durante la primera infancia, la continuidad de la atención de la salud para la madre, el recién nacido y el niño y la creación de un entorno protector para la infancia. También ha ampliado la gama de compromisos básicos en favor de los niños en situaciones de emergencia, que incluyen la educación, la protección de la infancia y la terapia y orientación psicosocial para los afectados por desastres naturales, pandemias o conflictos armados.

En Viet Nam, por ejemplo, la aplicación constante del enfoque basado en los derechos humanos en la esfera de la cooperación para el desarrollo ha dado como resultado que los funcionarios formulen políticas intersectoriales integradas y holísticas para la salud, la educación y la protección.

Participación: Un elemento central de un enfoque basado en los derechos humanos es la premisa de que la cooperación para el desarrollo es más eficaz cuando los usuarios a quienes se dirige –tanto los individuos como las comunidades– participan en su planificación, aplicación y evaluación. La promoción de la autonomía del individuo y de la comunidad es tanto el objetivo para la realización de los derechos humanos como un medio en favor de los mismos. La adaptación de los programas al contexto local ha demostrado ser fundamental para su aceptación, ampliación y sostenibilidad.

Por ejemplo, en Rwanda, el Gobierno y UNICEF han apoyado instituciones nacionales y locales para llevar a cabo consultas de base con niños sobre la Estrategia de desarrollo económico y reducción de la pobreza. Gracias esta consulta, las recomendaciones de los niños se incorporaron al documento final.

Abordar las disparidades en relación a los derechos de la infancia

El enfoque de la cooperación basado en los derechos humanos ofrece un marco holístico e integrado para abordar las disparidades en la realización de los derechos de la infancia. En los últimos años, se ha hecho cada vez más evidente que las privaciones de los derechos de los niños a la supervivencia, el desarrollo y determinados tipos de protección (como por ejemplo contra el trabajo infantil) se concentran especialmente en determinados continentes, regiones y países. Dentro de las naciones, las disparidades también son notables en la realización de los derechos de la infancia sobre la base de circunstancias como la pobreza en el hogar, la ubicación geográfica, el origen étnico, el género y la discapacidad.

Aumentar el acceso y proporcionar servicios esenciales a la población marginada y excluida es fundamental para realizar los derechos de la infancia a la supervivencia y el desarrollo.

El enfoque basado en los derechos aborda las disparidades identificando las zonas y los grupos más vulnerables y excluidos dentro de los países, utilizando análisis de situación sobre las causas directas y subyacentes

y las causas básicas de las disparidades a las que hacen frente en materia de supervivencia, desarrollo y protección. Este enfoque contribuye también a articular las denuncias de las poblaciones pobres y marginadas por medio de la promoción y la movilización social. Exige una rendición de cuentas por parte de los titulares de obligaciones a la hora de hacer realidad los derechos de las mujeres y los niños, y garantizar que sus denuncias se codifiquen en la legislación y las políticas nacionales y locales y reciban el apoyo de unos presupuestos adecuados.

También procura sacar el máximo rendimiento de los recursos –financieros, humanos, de información o materiales– en apoyo a políticas para reducir las disparidades en la mayor medida posible con respecto al nivel de desarrollo de un país.

El Programa Buen comienzo en la vida del Perú es un ejemplo de un programa basado en los derechos humanos que aborda las causas directas de las disparidades, en este caso el acceso inadecuado a una atención de la salud de calidad y a información sobre prácticas de nutrición e higiene mejoradas, que contribuye a las altas tasas de emaciación y de carencia de micronutrientes entre los niños menores de tres años de las poblaciones indígenas más pobres de la cordillera de los Andes y de la selva del Amazonas en ese país.

La aplicación de un conjunto de intervenciones eficaces con respecto a sus costos –que incluye el seguimiento del crecimiento, la orientación a las madres en materia de nutrición y de salud, la administración de suplementos de micronutrientes y la promoción de la higiene, junto a una firme participación de la comunidad– contribuyó reducir las tasas de emaciación del 54% en 2000 al 34% en 2004, y reducir la carencia de vitamina A del 30% a alrededor del 5% durante el mismo período.

Los programas y las políticas tratan también de abordar las causas subyacentes y básicas que menoscaban el cumplimiento de los derechos. Por ejemplo, las disparidades en los ingresos se pueden abordar por medio de estrategias de reducción de la pobreza, que incluyen medidas de protección social como las transferencias de efectivo a los hogares pobres para apoyar el gasto en bienes sociales como la atención de la salud y la educación de los niños. En América Latina es posible encontrar con frecuencia este tipo de programas, y los ejemplos más conocidos son la iniciativa Bolsa Escola del Brasil y el programa Oportunidades de México. Pero otras regiones están logrando también progresos en la prestación de programas de apoyo con ingresos: por ejemplo, en Malawi se ha introducido un mecanismo de transferencia de efectivo en seis distritos para proporcionar apoyo a los huérfanos y a los niños y niñas vulnerables, y en particular a los hogares encabezados por niños.

También es posible abordar la desigualdad de género aumentando la concienciación sobre las prácticas discriminatorias y promoviendo reformas jurídicas y sociales. Las disparidades en la prestación de servicios esenciales debido a la ubicación geográfica se pueden reducir mediante la aplicación de servicios integrados y servicios móviles. Por ejemplo, en el sur del Sudán, los programas de inmunización de la infancia se han combinado eficazmente con la vacunación del ganado contra la peste bovina.

Ampliar las oportunidades educativas a las madres es fundamental para mejorar la supervivencia y el desarrollo de los niños, ya que las investigaciones han demostrado que las mujeres que han recibido una educación tienen menos probabilidades de morir en el parto y más probabilidades de enviar a sus hijos a la escuela.

Un desafío fundamental es supervisar y evaluar la eficacia de los programas basados en los derechos humanos, no solamente a la hora de producir mejores resultados para la supervivencia, el desarrollo, la protección y la participación de los niños, sino también a la hora de transformar las actitudes, prácticas, políticas, leyes y programas que apoyan el cumplimiento de los derechos de la infancia.