Paradoja americana Jorge Gómez Barata

Estados Unidos, donde el racismo es más crudo y cruel, uno de los primeros países en importar esclavos africanos (1619), de los últimos en abolir la esclavitud (1865) y el penúltimo en poner fin a la política de apartheid (1964), desde 1983 se dedica un día feriado nacional a homenajear a Martin Luther King, el más destacado de los líderes negros que arrancó al sistema concesiones sustantivas a escala social.

Ninguno de los siete “padres fundadores” de los Estados Unidos, prohombres de la revolución: George Washington, Thomas Jefferson, John Adams, John Jay, Benjamín Franklin, Alexander Hamilton y James Madison, ha mereció tal distinción. Tampoco lo hicieron ninguno de los

45 presidentes, ni los héroes de las numerosas guerras. No han sido siquiera nominados alguno de sus científicos, intelectuales y artistas ni deportistas destacados. ¿Por qué un negro?

A mi juicio, la exaltación de Luther King al “Salón de la fama” del cual es el único integrante, expresó una tendencia predominante en un momento en el cual la clase política y las elites sociales estadounidense intentaron resolver el más grave problema social de los Estados Unidos y, el único con potencial suficiente para provocar estallidos sociales cercanos a una guerra civil o de razas. Aunque el pragmatismo político y la buena fe de entonces no pueden considerarse fracasados, tampoco aportaron los resultados deseados.

Varias veces he confesado mi incapacidad para comprender por qué la profundidad de las raíces del racismo en los Estados Unidos, un país que es capaz de elegir a un presidente negro, descendiente en primera generación de un emigrante africano, pero no aceptar a los afroamericanos como parte de los suyos.

Tampoco comparto el punto de vista de que las clases políticas y las élites blancas, han hecho poco por beneficiar a la población negra y ponerla a salvo del racismo, prueba de ello es que cuatro ocasiones se han emitido pronunciamientos constitucionales al respecto.

El primero fue la disposición constitucional que estableció 1808 como la fecha a partir de la cual se prohibía la importación de personas, acción por la cual, con el paso del tiempo, la esclavitud se extinguiría. Las otras fueron las enmiendas 13º, 14º y 15º todas ligadas a las cuestiones de la esclavitud y los derechos de los negros a ser ciudadanos y a votar.

En 1957 para hacer cumplir la orden de la Corte Suprema relativa a la integración escolar, Eisenhower envió tropas del ejército a Arkansas y en 1962 Kennedy despachó efectivos militares y alguaciles federales para escoltar a James Meredith, primer estudiante negro matriculado en la universidad de Mississippi.

La enérgica oleada de protestas por la muerte de George Floyd, como antes ocurrió con Rodney King en California y otras, se caracterizan, además de por la violencia y la contaminación con acciones vandálicas, por su falta de articulación debida a la ausencia de liderazgo y de fundamentaciones definidas que formen una plataforma de metas que puedan ser compartidas por el pueblo americano o por una parte del mismo.

En 1968 Martin Luther King, paradigma de la no violencia, fue asesinado en Menfis, Tennessee y 15 años después, luego de intensas demandas, gestiones legislativas y acciones de masas, en 1983 el Congreso aprobó el establecimiento como festivo el Día Martin Luther King, adoptando para ello la fecha de su cumpleaños. El presidente Ronald Reagan promulgó la ley.

Tal vez, como ha sugerido el expresidente Barack Obama, una tarea común del momento es inscribirse y votar, para sumar los sufragios afroamericanos al de las fuerzas sociales que quisieran cambiar la actual orientación del país que, actualmente favorece el extremismo, el racismo y la exclusión. La oleada reaccionaria se frena mejor con votos que con rebeliones inconexas. Allá nos vemos.

La Habana, 9 de junio de 2020

Algunas valoraciones sobre el primer año de gobierno Bukele. Roberto Pineda. 31 de mayo de 2020

Introducción

Al llegar al primer año de gobierno del presidente Nayib Bukele, El Salvador atraviesa una situación de transición histórica, que iniciada en 2018-2019 se expresa en el agotamiento de las fuerzas políticas que hegemonizaron el periodo anterior –ARENA y FMLN- iniciado con los Acuerdos de Paz de enero de 1992, así como en la emergencia de una nueva fuerza política –Nuevas Ideas, que protagoniza desde la presidencia este nuevo momento. Es un momento de transición, de viraje del sistema político.  

Es una situación inédita, que abre nuevos desafíos a la izquierda política y social salvadoreña, en el marco de recuperar la primera la confianza popular perdida y la segunda, reorganizar el potencial organizativo  de los sectores populares hoy debilitado, atomizado  y en disputa por Nuevas Ideas.  Y a la vez es una situación con nuevos retos para la oligarquía y su hoy fuertemente disputada dominación de la sociedad y estado salvadoreños.

El actual momento político guarda algunas semejanzas con el existente en enero de 1980 cuando el Partido Demócrata Cristiano, PDC, dirigido por el entonces carismático Ing. José Napoleón Duarte, entra en alianza con las Fuerzas Armadas, en el contexto de una estrategia de contrainsurgencia dirigida por el gobierno estadounidense. En ese momento tanto la derecha oligárquica, en particular la ANEP así como el FMLN guerrillero se enfrentaron al bloque de poder integrado por el PDC-Fuerzas Armadas-Estados Unidos. 

Hoy existe un nuevo pacto político entre Nuevas Ideas-Fuerzas Armadas-Estados Unidos contrapuesto a la derecha oligárquica, encarnada en la ANEP y ARENA así como al partido político de izquierda FMLN. Tanto Duarte como Bukele han sido personalidades carismáticas del mundo de la política, su único antecedente histórico es el Dr. Arturo Romero, líder antimartinista  de los años cuarenta del siglo pasado.

Esta transición requiere un análisis lo más objetivo posible que permita definir la situación y las principales tareas del movimiento popular en esta nueva etapa. Un análisis que tenga dos características básicas: por un lado, que sea materialista, que asume la realidad en sus múltiples y complejas vertientes de clase y se cuide de la muy común  ilusión en la izquierda de considerar nuestros deseos como verdades, como realidades  y por otra parte, que tenga una perspectiva dialéctica, que se acerque a identificar los nuevos procesos que están surgiendo, en el cuadro de una realidad siempre en proceso de constante cambio.

Es clave saber reconocer tras los discursos los intereses y motivaciones de las clases y grupos sociales. Es en este espíritu materialista y dialéctico que realizamos estas pinceladas de este próximo 1 de junio, primer aniversario de la administración de Nayib Bukele.

1. Las fuerzas en pugna

Hemos presenciado estos doce meses un extraordinario enfrentamiento social y político que ha venido a modificar el paisaje político de la nación. La principal característica de este enfrentamiento en términos históricos radica en el desplazamiento de la pugna –primero  social 1974-1980 luego militar 1981-1992 y finalmente electoral 1994-2018/19- entre el proyecto oligárquico y el proyecto popular.

Esta pugna ha sido desplazada por una nueva contradicción esta vez entre los protagonistas anteriores, ARENA y el FMLN y un nuevo actor político emergente, el partido Nuevas Ideas, NI, del ahora presidente Nayib Bukele. En términos históricos presenciamos un retroceso a la etapa previa a la formación del FAPU en 1974, donde los actores principales del enfrentamiento eran sectores de la oligarquía en pugna con la burguesía. Este cambio de la situación plantea nuevos desafíos y tareas para la izquierda política y social.

Las derrotas políticas y electorales sufridas por la izquierda partidaria en 2018 y 2019 debilitaron y agotaron las posibilidades de la continuidad del enfrentamiento entre oligarquía y sectores populares como contradicción principal hasta una nueva situación en el futuro. Hoy es un enfrentamiento entre un sector de la oligarquía versus un sector de la burguesía y pequeña burguesía.

La oligarquía

En el periodo anterior 1992-2018/19, ANEP representaba los intereses de la oligarquía en su conjunto. Hablaba como clase dominante y lo mismo su instrumento político principal, el partido ARENA, no obstante la fractura sufrida en el 2009 con la creación de GANA. Durante este año, el presidente Bukele ya en el gobierno ha tenido la capacidad de romper esa granítica unidad.

Y lo determinante no son factores ideológicos, son claramente  intereses políticos y económicos.   Presenciamos hoy por una parte, una ARENA y ANEP al servicio del clan Simán, y sus allegados, orientado al enfrentamiento directo  contra el presidente Bukele  y por la otra un amplísimo sector oligárquico interesado en llegar a acuerdos con el ejecutivo, entre estos nada más y nada menos que los patriarcales apellidos Murray Meza, Poma, Kriete, Araujo, Salaverría, Calleja, Tesak, de Sola, Saca, entre otros, como lo evidenció la reunión entre estos y el presidente Bukele del pasado 19 de mayo. 

ARENA

Esta bifurcación política empresarial impacta fuertemente al interior del instrumento político ARENA provocando múltiples grietas y bloqueando la posibilidad de una línea única frente al gobierno. Esto explica en parte la anhelada asistencia  de los principales alcaldes de ARENA a una cita con el presidente Bukele en el marco de la pandemia del coronavirus, el pasado 20 de mayo.  Y esto de cara a un nuevo reto electoral para febrero de 2021. A esta situación debe agregarse el reconocimiento a la gestión edilicia desarrollada por Ernesto Muyshondt como alcalde capitalino.

Nuevas Ideas

Por otra parte, a nivel de clases dominantes, la emergencia de Nuevas Ideas les abre un nuevo canal de expresión política, pero bastante riesgoso por la acumulación de poder político lograda por el presidente Bukele -y su estilo autoritario- mediante alianzas con el capital transnacional, apoyo de las fuerzas armadas  y un abrumador respaldo popular. Hay que señalar que el capital transnacional controla en la actualidad los resortes principales de la economía, incluyendo la banca, seguros, energía, telecomunicaciones, pensiones, etc.

La Embajada

Un poderoso actor-aunque no determinante- de la realidad política es el embajador estadounidense. A los Estados Unidos les interesa contar con un aliado en la región que goce de popularidad, y que le colabore en darle continuidad a su estrategia regional, que incluye  aislamiento a Venezuela y Nicaragua y control en asuntos migratorios, independientemente de lo que sucede en noviembre de este año en ese país. Al presidente Bukele le interesa profundamente entenderse con la Administración Trump y dejar así en la orfandad política internacional a ARENA, a la vez que como gobierno mantiene relaciones con la Republica Popular China.  

Movimiento Popular

A nivel de movimiento popular debemos de comprender que nos encontramos en un momento de reflujo de la organización y la movilización, la iniciativa política ha pasado a sectores de las clases dominantes. Recuperar el protagonismo popular con banderas de lucha de naturaleza movilizadora es uno de los grandes desafíos y tareas.

Sumado a esto existe una  situación de debilidad y atomización y hoy incluso su contingente de avanzada, los sindicatos de empleados estatales, así como el sector de cooperativistas, son sujetos sociales en disputa entre las antiguas organizaciones gremiales vinculadas a la izquierda y las políticas de acercamiento y cooptación hacia Nuevas Ideas impulsadas desde el Ministerio de Trabajo por un exdirigente sindical.

Por otra parte, el amplio sector de trabajadores informales constituye una base social inclinada mayoritariamente hacia Nuevas Ideas.  El presidente Bukele se reunió el 28 de mayo a la vez con sectores sindicales que le expresaron su respaldo. Esta situación de desmovilización popular solo podrá ser superada en la medida que enlacemos con las necesidades más apremiantes de los sectores populares y nos involucremos en sus luchas. Y esto difícilmente se logra desde la lucha parlamentaria y el esfuerzo electoral.

FMLN

A nivel de la izquierda política, en su expresión principal como FMLN, durante este año, y desde una nueva dirección política,  se le ha dado continuidad a una visión de rechazo categórico a la administración Bukele. Parece que este es un punto de coincidencia principal entre las tres tendencias que integran este partido político de izquierda. No obstante esto, hacia futuro el FMLN enfrenta diversos retos.

El principal es el de recuperar la confianza perdida de su base social, parte importante de la cual se desplazó electoralmente hacia Nuevas Ideas. Da la impresión que se considera la lucha contra el gobierno Bukele, su desgaste político, como la estrategia que permitirá restablecer el vínculo con su antigua base social. Ojala que así sea, porque de no ser así, el FMLN y en general la izquierda, sufrirá seguramente una nueva derrota electoral en febrero de 2021.

2. Los escenarios del enfrentamiento

Existen tres grandes escenarios de conflicto, el político, el social y el económico. En el político el tema básico ha sido el de la preservación del desafiado orden político. En el social, los temas básicos han sido la salud y la lucha contra la delincuencia, al que hay que agregar hoy los estragos causados por la tormenta Amanda.  En el económico el tema clave es el del despegue de la economía. Alrededor de estas temáticas es que han girado estos doce meses los múltiples y diversos conflictos en el plano de la cotidianidad, de la siempre cambiante y hasta electrizante coyuntura.

Lo político

Es muy interesante como la derecha empresarial y política, ANEP y ARENA, pretenden  convertirse en los nuevos adalides de la democracia y defensores de las libertades públicas, de los derechos humanos del viejo orden capitalista.  Se pretende al agitar las banderas democráticas ocultar su pasado dictatorial, antidemocrático y confundir a la población.

En su estrategia política pretenden responsabilizar nacional e internacionalmente  al gobierno Bukele como violador de derechos humanos, como una dictadura emergente, como un régimen corrupto, carente  de transparencia, corrupto e incapaz. El principal argumento radica en la pretendida toma “militar” de la Asamblea legislativa del 19 de febrero.

Por su parte, el presidente Bukele recurre al respaldo popular para legitimar sus acciones autoritarias así como de rechazo contra la Asamblea Legislativa y la Corte Suprema de Justicia. Es claro que el propósito fundamental de la oposición política a Bukele es lograr el descarrilamiento de su gobierno, ahogándolo económicamente, desprestigiándolo, aislarlo nacional e internacionalmente, de cara a disminuir el seguro impacto del golpe electoral de febrero de 2021 en las elecciones municipales y legislativas.

Lo social

Es en este terreno vital para los intereses populares, donde se han desarrollado los principales combates, en particular los vinculados a la lucha contra la delincuencia (pandillas) y la emergencia provocada por el Covid-19. Como aspectos positivos es que en ambos se han realizado importantes avances, ha disminuido drásticamente el nivel de asesinatos y se ha logrado “aplanar la curva” del coronavirus.

Pero como elementos negativos y preocupantes, es de señalar que en ambos casos se ha recurrido fundamentalmente a mecanismos de naturaleza represiva, autoritaria, lo cual no contribuye a  una mayor democratización de nuestra sociedad, y reproduce los mismos patrones del modelo político que se pretende superar.

Lo económico

El proyecto populista y bonapartista de Bukele no precisa con claridad las líneas maestras de su plan económico. Es claro que beneficiara a su sector de clase no oligárquico, y al capital transnacional, pero es todavía muy confuso la manera en que lo realizara. Todavía no se define cual es el motor estratégico de su proyecto de desarrollo económico  y esto es muy preocupante.

Y esto se agrava en el marco de las graves consecuencias que provoca ya la pandemia del coronavirus en términos de aumento del desempleo y de los niveles de pobreza  y marginalización, los cuales indudablemente se multiplicaran y amenazaran cualquier proyecto de cambio político. 

A esto hay que sumar el desenlace del debate sobre las medidas para la reapertura económica en el marco de la pandemia, que podría desembocar en una salida pro oligárquica, en una apertura de los grandes centros comerciales y almacenes y el funcionamiento del transporte público, lo cual seguramente incrementará los fallecimientos a causa del coronavirus.

3. Las perspectivas

En el caso de la administración Bukele sino comete graves errores estratégicos, y mantiene sus alianzas y respaldo popular, seguramente tendrá garantizada el próximo año el control de la asamblea legislativa, desde donde impulsará cambios en beneficio de los intereses de su bloque de poder, pero por su naturaleza bonapartista estos cambios incluirán también medidas populistas, de rechazo al modelo neoliberal, las cuales agudizaran su conflicto con la oligarquía. 

El enfrentamiento de Bukele con la oligarquía pasa inevitablemente por golpear el modelo neoliberal, de no hacerlo y pronto y de manera visible su caudal político irá disminuyendo.

Y en la medida que Bukele siga chocando con la oligarquía conservará e incluso incrementará su respaldo popular. Esto forma parte del aprendizaje político  realizado por los sectores populares  que “olfatean” magistralmente por dónde va la jugada política. Al escuchar a ARENA y a  la ANEP se ubican, clarifican y definen posiciones.

Los sectores populares no son ni malagradecidos ni manipulables como piensan algunos intelectuales, incluso de izquierda. Han aprendido a pulso el difícil arte de pasar facturas electorales y políticas, humillaron a la ARENA de Avila (2009) Quijano (2014) y Calleja (2019), y al FMLN de Martínez (2019), y lo harán seguramente con Bukele si este no cumple sus promesas.

La correlación actual de fuerzas favorece al presidente Bukele y determinara el rumbo de la transición hacia un nuevo orden político y jurídico, que desde una visión neodesarrollista  fortalezca el papel del Estado en la economía.

Esta transición y transformación del régimen político puede tener dos desenlaces, el primero mediante acuerdos con la oligarquía para garantizar estabilidad y el segundo, más probable, mediante la agudización de su  enfrentamiento. Este segundo desenlace favorece en mayor medida a los sectores populares.

En el caso de la oligarquía empresarial y su instrumento político ARENA, su instrumento gremial ANEP y su instrumento de propuestas, FUSADES, no obstante que constituyen la expresión principal de oposición a Bukele, su acometida se irá debilitando en la medida que sus propuestas sean bloqueadas y que un importante sector se separe (vemos ya a la ESEN y al INCAE en esta línea) y decida negociar con el gobierno, como ya lo hemos visto, bajo la simpática mirada del poderoso padrino del norte.

En términos generales de la actual etapa de lucha, la oligarquía continúa siendo el principal obstáculo para el desarrollo del país y para el logro de un mayor bienestar de los sectores populares.  

En el caso de la izquierda social y política,  el peor escenario, el peligro principal para el  movimiento popular es ser cooptado por Nuevas Ideas y perder su identidad de organización y lucha popular, así como continuar desmovilizado, dejando a la espontaneidad el desarrollo de la lucha social, como es hoy el caso del movimiento de las banderas blancas pidiendo comida, y lo fue ayer el movimiento de cerrar calles para exigir agua.  

El movimiento popular no debe de transformarse en apéndice de las campañas de la oligarquía (ANEP) ni tampoco de la pequeña burguesía (Nuevas Ideas)  sino debe defender su independencia de clase, su esencia clasista y popular. En el caso del FMLN el peligro principal  es el de ser un mero auxiliar legislativo para la derecha oligárquica, y caer en la irrelevancia política.

En ambos casos es urgente una reorientación profunda desde una visión parlamentarista y desmovilizadora hacia una perspectiva  orientada a la lucha popular  desde abajo, desde las comunidades, desde los centros de trabajo y pensamiento, a la construcción de poder popular, a la acumulación de fuerzas, combinando los intereses inmediatos del movimiento popular (programa mínimo: empleo, salud, seguridad, transporte, AFP, incluso la consigna de una Asamblea Constituyente) con los objetivos finales de las batallas futuras por el socialismo (programa máximo).

Roberto Pineda, San Salvador 31 de mayo de 2020

Los paradigmas del coronavirus en El Salvador. Roberto Pineda. 18 de abril de 2020

La actual crisis sanitaria universal  provocada por la pandemia del Coronavirus viene a sumarse y catalizar un conjunto de procesos que venían desarrollándose en los diversos territorios de la vida nacional.

En este marco, en un esfuerzo por comprender el horizonte país de largo plazo se plantean cinco escenarios internos y uno externo, en donde se enfrentan, bifurcan y coinciden el final e inicio de ciclos históricos, de sus tendencias fundamentales así como de las transiciones en proceso, de los principales paradigmas dominantes y emergentes.

Los escenarios a analizar son los procesos de cambio en lo político, lo económico, lo social, lo ideológico y el a veces determinante territorio geopolítico de lo internacional.

El escenario político: el fin del sistema bipartidario

Durante el siglo XX el sistema político experimentó tres ciclos con sus respectivas fracturas. El primer ciclo, el de la dictadura civil oligárquica,  inicia en Santa Ana en 1894 y concluye en diciembre de 1931; el segundo ciclo comienza en Sonsonate en enero de 1932 y concluye en enero de 1992, y el tercer ciclo, inicia en Chapultepec con los Acuerdos de  Paz y sigue aún vigente, aunque en su fase final, ya en pleno siglo XXI.

El actual sistema bipartidario en crisis, inicia en 1992 con los Acuerdos de Paz, aunque con un importante antecedente en 1983 con la nueva Constitución contrainsurgente que estableció a los partidos políticos como los únicos autorizados para administrar el Estado, con las Fuerzas Armadas como reserva estratégica del sistema capitalista.

Este ciclo histórico está por concluir y la pandemia viene a agilizar este proceso.  Esta es la tendencia fundamental en el plano político, no obstante el actual equilibrio relativo de fuerzas existente entre el paradigma emergente de Nuevas Ideas y la Oposición (los anteriores partidos de gobierno ARENA, FMLN, PCN, PDC) a su proyecto.  

En 1992 concluyeron 60 años del ciclo anterior de dictadura militar que se remonta a 1932 e inicia un nuevo ciclo de democracia tutelada,  a partir de un sistema de intercambio en el Estado de dos partidos con sus respectivas alianzas, básicamente 20 años de ARENA con PCN y diez años de FMLN con GANA, y es precisamente este ciclo el que está en crisis, y concluyendo a partir de los procesos electorales de 2018, 2019 y seguramente 2021.

El nuevo ciclo que está por comenzar debe resolver esta crisis de legitimidad a partir de un nuevo bloque de poder, que desplace tanto al sector empresarial representado en ARENA/ANEP/FUSADES como al sector empresarial- partidario que fue nucleado, en este último periodo, alrededor de FMLN/Albapetróleo.

Las márgenes de maniobra de estas dos fuerzas desplazadas, ARENA y FMLN,  van a depender de su capacidad para reinventarse y recuperar algún nivel de caudal político que se traduzca en caudal electoral. En el caso de Nuevas Ideas  y su líder, el presidente Nayib Bukele, en su carácter de paradigma emergente, en el momento que controle ejecutivo y legislativo, iniciara probablemente su propio proceso de desarrollo y extinción.

Es muy ilustrativa en este caso con Nuevas Ideas, la experiencia del Partido Demócrata Cristiano, PDC y su líder José Napoleón Duarte,  apoyado por el gobierno estadounidense, en una situación de contra insurgencia, en la década de los años 80, en el que enfrentó tanto al poder oligárquico representado en ARENA como a las fuerzas de izquierda, representadas en el FMLN. Y en el que llegó a controlar tanto el ejecutivo como el legislativo (la aplanadora verde).

Por cierto, otra peculiaridad del proceso salvadoreño, es que ningún partido político que ha sido desalojado del gobierno –por la fuerza o por elecciones-ha logrado recuperarlo, como lo comprueban los casos del PRUD (octubre de 1960), PCN (octubre de 1979), PDC (junio de 1989) ARENA (junio de 2009) y FMLN (junio de 2019).

Es de señalar que todos los ciclos anteriores y el que está por comenzar se caracterizan más por el autoritarismo que por la hegemonía, como rasgo característico y asumido de la práctica del poder.  

El escenario económico: la crisis del modelo neoliberal

A partir de la llegada del primer gobierno de ARENA en junio de 1989 inicia un nuevo ciclo económico, caracterizado por un intenso y profundo proceso para revertir el anterior modelo de nacionalizaciones iniciado en marzo de 1980, que comprendió la realización de una reforma agraria y nacionalización de  la banca y del comercio exterior.

En este modelo de naturaleza neoliberal, impulsado por ARENA en los años noventa,  el paradigma dominante es el mercado, y desde esta nueva lógica se inicia un proceso de privatizaciones que además de revertir los procesos de los años ochenta, privatiza los principales activos del estado (telecomunicaciones, energía eléctrica, pensiones) y genera una apertura  al capital transnacional, el cual desde mediados de la primera década del siglo 21, desplaza a la oligarquía financiera, incluso apoderándose de los principales y emblemáticos bancos, hoy en propiedad de capitales colombianos y hondureños.  

Este modelo neoliberal siguió vigente y logró incluso reproducirse en el marco de los dos gobiernos de izquierda (2009-2019), pero esta crisis provocada por el coronavirus abrirá seguramente la posibilidad de su reforma, como medida para asegurar la sobrevivencia y una nueva fase de desarrollo del capitalismo, esta vez dependiente directamente de las corporaciones transnacionales. Probablemente el gobierno de Bukele realizara esta tarea de un nuevo ciclo de desarrollo económico de naturaleza neodesarrollista.   

El escenario social: trabajo informal masivo, delincuencia y una nación en dos territorios

La llegada al gobierno de ARENA  y su proyecto neoliberal en 1989 rompió con el ciclo de gobiernos partidarios de un estado fuerte ( gobiernos del Pro-patria, PRUD, PCN, PDC; 1932-1989) y vino a debilitar fuertemente la infraestructura de defensa social, de tal manera que ya el último gobierno de ARENA, el de Antonio Saca (2004-2009) tuvo que iniciar con programas sociales que sirvieran para desactivar la explosiva crisis social que se estaba incubando.

Los dos gobiernos del FMLN (2009-2019) detuvieron esta tendencia con el aumento de los programas sociales, pero no lograron revertirla con un nuevo modelo, por diversas causas (correlación política, acomodamiento, amenazas, etc.)  El actual gobierno bonapartista y autoritario de Nayib Bukele parece seguir por esta misma vía, la de detener pero no clausurar.  

La situación social tiene diversos componentes críticos, entre estos: el deterioro de los servicios sociales (educación, salud, pensiones., etc.); el desempleo disfrazado como trabajo informal, el crecimiento desproporcionado de la delincuencia (pandillas que controlan territorios) y una tercera parte de la población viviendo y trabajando en Estados Unidos.

El flujo migratorio hacia los Estados Unidos, -provocado en los años 80 por el conflicto militar- modificó radicalmente la estructura demográfica y colocó una gran cantidad de nuestra población en Estados Unidos.  Relacionado a esto, el país transitó de ser un país rural a ser un país urbano. Hoy una tercera parte de nuestra población vive en Estados Unidos y esta diáspora influye ya y su influencia seguirá creciendo en lo económico y lo político.

A esto debe sumarse que los gobiernos de ARENA gradualmente fueron eliminando programas sociales como el IRA, IVU,  algunos iniciados desde el  gobierno del coronel Osorio en los años cincuenta, otros a partir del gobierno contrainsurgente de José Napoleón Duarte, que por cierto fue el único gobierno del siglo XX que realizó cambios estructurales como una reforma agraria (marzo de 1980), que condujeron a la desaparición de la oligarquía agro/exportadora.

En este contexto, la crisis provocada por el coronavirus pone en evidencia el fuerte golpe recibido por la infraestructura hospitalaria y de salud como resultado de la aplicación a partir de 1989 del modelo neoliberal, con las privatizaciones de los principales activos del estado (telecomunicaciones, energía, pensiones, etc.), apertura al capital transnacional y debilitamiento de todo el sistema de protección social (educación, salud, agua, pensiones). 

En el caso del servicio público de salud fueron las luchas contra su privatización en los años 2002 -2003 los que evitaron que esta se consumara, lo cual habría sido catastrófico en el marco de la actual pandemia de coronavirus.

El escenario ideológico: la derecha recuperó su hegemonía  

Los años 70 presenciaron un renacimiento cultural insospechado de una cultura subversiva y contestataria, heredera de la Generación Comprometida de los años 60, y del surgimiento masivo de bandas de rock. El Bachillerato en Artes y la UES jugaron un papel destacado en la irrupción de juglares populares como William Armijo, grupos de teatro  como el Sol del Río 32, titiriteros, grupos musicales, pintores, escultores, muralistas, incluso organizaciones como el Movimiento de Cultura Popular, etc.

Este renacimiento cultural inédito estuvo vinculado estrechamente al surgimiento de un poderoso movimiento popular de izquierda que desafiaba y enfrentaba diariamente con su presencia artística en las calles  a  la dictadura  militar.  Fue la antesala cultural de los años 80.

El año 1980 no solo marca el nivel más alto de movilización popular y de posibilidad real de una insurrección triunfante, conducida por la izquierda unificada y sus poderosas organizaciones de masas, simbolizada por la Coordinadora Revolucionaria de Masas, CRM, sino también el inicio del desmantelamiento de los pilares de la hegemonía alcanzada por las ideas de izquierda en los sectores populares, mediante diversos mecanismos, entre estos la represión pero a la vez la construcción de sus propios referentes institucionales de derecha, entre universidades, iglesias y centros de investigación.   

En el caso de la iglesia, el asesinato de Monseñor Romero en marzo de 1980 debilitó fuertemente el proceso iniciado a partir de la década de 1960 de la teología de la liberación y logró que la derecha religiosa recuperara espacios perdidos en la Iglesia Católica así como la expansión masiva de iglesias neopentecostales, tributarias de la teología de la prosperidad.   

En el caso de los maestros estos inician sus procesos de concientización a partir de los años sesenta, construyen su organización ANDES 21 de Junio, libran dos huelgas victoriosas y pagan un alto precio en vidas por su compromiso popular, así como el cierre de la Casa del Maestro en 1980  marca otro golpe a la movilización popular. En el caso de los médicos,  una elite social, a principios de los 80s construyeron sus primeras organizaciones gremiales vinculadas a la insurgencia armada.

Lo mismo ocurre en el caso de la UES, que se cierra en junio de 1980 y se logra desmovilizar al sector estudiantil y bloquear un espacio estratégico para la lucha social así como para el arte y la cultura subversiva. Como resultado de este prolongado cierre, se crea una serie de universidades privadas. Y también los medios de comunicación alternativos como El Independiente y La Crónica del Pueblo, la emisora del Arzobispado, fueron dinamitados y silenciados.

En definitiva, los principales intelectuales de los sectores populares, entre maestros de secundaria y universitarios, sacerdotes, monjas y celebradores de la palabra, periodistas, intelectuales y artistas fueron neutralizados por el aparato represivo de la estrategia contrainsurgente. Los que quedaron vivos se integraron a los campamentos guerrilleros o se fueron al exilio.  Fueron muy pocos los que resistieron los años 81, 82,83 en San Salvador.

El cierre de los espacios de participación política y de movilización popular a partir de enero de 1981, y quizás desde agosto de 1981, permitió que los sectores conservadores lograran recuperar territorios ideológicos que habían sido ocupados por fuerzas progresistas, entre estos la educación media y superior, el arte y la cultura, los medios de comunicación y las iglesias católica e incluso protestante.

El escenario internacional: el fin de la hegemonía estadounidense

La crisis financiera de 2008 marca el fracaso de la doctrina neoliberal ya que fueron los Estados los que se encargaron de garantizar cubrir las deudas adquiridas por los principales bancos. Hoy la doctrina liberal y su retoño neoliberal han fracasado estrepitosamente y son los responsables de la actual crisis de todos los países capitalistas desarrollados para enfrentar la crisis provocada por el coronavirus, la que transcurre en un contexto de enfrentamiento global.

La disputa global abarca dos grandes escenarios, el de las grandes potencias y el de las grandes corporaciones. En el primer escenario se enfrentan  los Estados Unidos como el hegemon dominante y China como el hegemon emergente. Antes del coronavirus el enfrentamiento se realizaba en el plano comercial. Y a la vez, dentro de las principales potencias occidentales existe en enfrentamiento entre las corrientes globalistas y proteccionistas. Trump es proteccionista, además de racista y antiinmigrante. Obama y Biden son globalistas.

En el segundo escenario  se enfrentan las empresas occidentales contra las chinas, en todos los terrenos, pero la batalla estratégica transcurre en el campo de la tecnología de punta, esta pugna esta simbolizada por las compañías china Hawei y la estadounidense Apple.

El desenlace que tenga la batalla mundial contra el coronavirus probablemente va generar un nuevo orden mundial, conducido por aquella potencia que tenga la capacidad de superar esta crisis, con los menores costos y de proyectar un nuevo modelo de futuro. Este modelo de futuro podrá ser un modelo mucho más desigual e injusto que el actual o un modelo de mayor participación y democracia en la medida que las fuerzas progresistas incidan en esta batalla. Y entre estas fuerzas progresistas se encuentra el movimiento popular salvadoreño. San Salvador, 18 de abril de 2020

COVID-19 o el ocaso de un proyecto de sociedad que fracasó. 6 de abril 2020. Augusto Márquez.

En los últimos dos siglos hemos sido sometidos al proyecto de ingeniería social más ambicioso y rupturista de toda nuestra historia: la invención de la economía de mercado como el principio central de organización de la sociedad humana.

Como dice el refrán, la historia la han escrito los vencedores, y en consecuencia, la forma en que ha sido narrada transcurre en función de justificar no únicamente sus intereses, sino también el propósito de forjar una idea de continuidad “natural” que abarque cientos de años de procesos históricos y sociales.

A raíz de esto, la economía de mercado que organizará el naciente capitalismo comercial e industrial de los siglos XVII y XVIII en Europa occidental será presentada como un paso “lógico” de la sociedad hacia un “ideal” de progreso material y bienestar ya inscrito en la conciencia humana previamente.

Este “ideal”, a la vista de los ideólogos del liberalismo político de la época en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, sería tan material como un órgano o la misma piel. Es decir, sería constitutivo de lo humano; viene con nosotros desde que nacemos, dicen.

La operación intelectual otorgó el soporte ideológico a las revoluciones burguesas del siglo XVIII y XIX que construyeron un modelo político idóneo para organizar la creciente revolución industrial de la manufactura, el transporte y la energía. Pero fue más allá. El capitalismo en ascenso encontraba un proyecto político que expresara sus lógicas, abriéndose paso para organizar a la sociedad en función de sus normas y principios.

La tesis liberal omitió que la economía de mercado (y el capitalismo en general) fuese una invención, es decir, una construcción artificial. La dotó de esencia y “naturaleza humana”. Y lo haría estableciendo comparaciones con los sistemas económicos anteriores: en todas las sociedades previas a la capitalista existía el comercio, el dinero y el beneficio de unos pocos sobre el trabajo de la mayoría. Visto así, el mercado capitalista era una etapa de desarrollo más de la humanidad.

Y, ciertamente, el sistema capitalista no inventó la moneda, el comercio, la subyugación del trabajo o la concentración de las tierras en manos de una élite. Estos elementos ya estaban presentes antes de su irrupción definitiva. Sin embargo, los ideólogos del liberalismo evadieron un factor de ruptura que no estaba presente en sistemas anteriores: ninguno de ellos había transformado la tierra, el trabajo o el dinero en mercancías como lo hizo la economía de mercado en el capitalismo.

La forma más fácil de desenmascarar esta mentira de la tesis liberal radica en la imposibilidad de encontrar al denominado Homo Economicus, adicto al lucro y al beneficio material individual como máxima de vida en los imperios babilónico o romano o en la Antigua Grecia. Tampoco se tienen testimonios de que las sociedades antiguas o premodernas hayan colapsado por una caída en las bolsas de valores.

Como reflexionaba en su momento el filósofo autríaco Karl Polanyi, hasta la llegada de la economía de mercado moderna, la producción y consumo de bienes estaba mediado por instituciones sociales, políticas, religiosas y/o comunitarias. Es decir, la economía no estaba separada de la sociedad, al contrario, estaba dentro de sus instituciones.

Ni el dinero, ni la tierra ni el trabajo eran considerados como mercancías, ni tampoco el mundo social y cultural giraba en torno al principio de generar ganancias y beneficios individuales como resultado final del trabajo productivo.

Pero con la invención del mercado, la economía y la sociedad se comenzaron a tratar como esferas separadas y desconectadas entre sí. Ahora el mercado tendría “sus propias leyes” que organizarían a la sociedad en términos de oferta y demanda, producción, consumo, competencia y ganancia privadas. El mismo se “autorregularía” y sería tan perfecto en su diseño que sabría establecer una redistribución justa para todos sus participantes.

Despojado de instituciones y límites sociales, el mercado transformaría el trabajo, la tierra, la naturaleza y el dinero en mercancías que solo producirían beneficios, siendo cualquier intervención del Estado o de la sociedad un obstáculo para su desarrollo.

En resumen, las leyes del mercado tomaban el mando de la sociedad.

unque los ideólogos liberales fueron muy hábiles en presentar esta transformación social desde una perspectiva triunfalista, en realidad se trataba de un hecho catastrófico con implicaciones a gran escala. Por primera vez en toda su historia, la humanidad se organizaba en función de perseguir la ganancia privada y el beneficio material como regla única regla de vida.

Esta transformación ha supuesto un cúmulo explosivo de desarraigo y tensiones estructurales que han provocado grandes cataclismos políticos. La creencia de que el mercado es intocable y que todo lo resolvería, llevó a la sociedad a intervenir y a ponerle límites en varias épocas: por un lado surgió la revolución rusa y los primeros movimientos de liberación nacional en las periferias del sistema-mundo, y por otro, el fascismo y el New Deal de Roosevelt como respuestas a la crisis económica del capitalismo desregulado.

Estas convulsiones sociales y políticas de amplio espectro habían demostrado que el mandato de convertirlo todo en mercancía dejaría a la sociedad desnuda, desarraigada y sin ningún horizonte.

Ambos hechos, al decir del historiador británico Eric Hobsbawm, nos dejó un siglo XX donde las matanzas, las masacres, la hambruna, las pandemias y la guerra se convirtieron en el paisaje común de toda la humanidad.

El siglo XXI es todavía muy joven y conflictivo como para afirmar que se ha desembarazado de las tensiones que nos ha dejado el siglo anterior.

La idea de un mercado autorregulado y sin intervención no solo era utópica, sino altamente desgarradora en su propio planeamiento filosófico. Tratar el trabajo humano como mercancía implicaba su dependencia a las fluctuaciones de la oferta y la demanda de las que ningún factor humano tenía control efectivo.

En términos concretos, si las leyes del mercado indicaban que determinada fábrica o sistema de producción no era rentable, sea por una crisis económica o por la invención de sistemas de producción más eficientes, el trabajador era echado a la calle y se justificaba su infierno de hambre y penurias. Al fin y al cabo, ese trabajador es una mercancía más dentro de un mercado laboral, por ende, su suerte dependía de un incontrolable mercado que se dirige bajo el único principio de producir ganancias, sin escatimar en los costos sociales y económicos que genera.

Karl Polanyi afirmaba que el mercado era un “molino satánico” y que el miedo al hambre del obrero, como el deseo de lucro del patrón, mantuvieron este mecanismo durante su periodo de cristalización: la Europa occidental del siglo XIX.

Ese mismo “molino satánico” es aplicable a la naturaleza y a la tierra, que convertidas en mercancías pasaban a ser explotadas rebasando sus límites orgánicos hasta llevarnos a nuestra extrema crisis ecológica actual. A nivel humano, ese mismo molino fue derribando todos los lazos sociales y esquemas de solidaridad a medida que los absorbía la lógica del dinero y del consumismo. Todo ha pasado a ser un producto de consumo al que se puede acceder en un mercado.

La pandemia de la Covid-19 ha evidenciado el resultado catastrófico de aplicar la tesis liberal en todo el planeta. Por ejemplo, siendo la salud una mercancía que persigue su realización en el mercado, su objetivo no es salvar vidas sino perseguir mayores esquemas de rentabilidad. Las leyes del mercado indican que lo “lógico” es privatizar aún más la salud para que solo se salven quienes tengan el dinero para pagar.

Mayoritariamente, los países afectados por la pandemia han cerrado filas por una salud pública frente a la locura mercantilizadora, entendiendo que dejarla a la suerte del “molino satánico” nos depararía una mortandad incalculable.

Lo adelantado por la Covid-19 tiene la forma de una crisis particular del sistema capitalista. Por primera vez en la historia de este sistema se paraliza la producción, cunde la recesión y se revientan las finanzas globales sin que una guerra a gran escala intervenga.

Mientras tanto, un tercio de la población mundial ve desde sus casas cómo los mercados (desde el laboral hasta el financiero y el de materias primas) se estresan en una ola de anarquía a la baja y de rendimientos escasos, pero sin tener ninguna participación o capacidad de incidir en un rumbo de locura y desesperación que nos están llevando al abismo.

En estado de pánico, la economía de mercado indica que para salvar su propio proyecto son necesarios los despidos masivos, la reducción de plantillas y la transición de los flujos de inversión a otras áreas que reporten más ganancias, mientras millones de personas buscan el refugio de los gobiernos para no verse desechados como mano de obra redundante e innecesaria luego de que pase la crisis.

Polanyi también decía que la pobreza era tan solo la expresión económica de un asunto mucho más trágico. Y si algo seguramente nos dejará la Covid-19 es un nuevo ciclo de desempleo y recesión: las dos enfermedades congénitas del capitalismo.

Pero el problema va más allá. En tan solo un poco más de dos siglos, la tesis liberal y su proyecto de sociedad han desgarrado y desintegrado a la sociedad, barriendo sus lazos culturales y sociales y demoliendo sus estructuras colectivas, a tal extremo que hoy es imposible imaginarnos la vida sin Internet, televisión, teléfono inteligente y otros productos tecnológicos que no tienen más de 30 años de haberse creado.

Esta desintegración ha concluido en una amnesia total y en una disolución de todo lugar de retorno donde los valores del consumo y la ganancia no sean los valores centrales. Y es que simplemente no sabríamos cómo comportarnos en una sociedad que no esté hecha para eso y que no reproduzca el individualismo.

El estado de hibernación en el que se encuentra buena parte de la humanidad reproduce la imagen distópica adaptada a nuestro tiempo: el contacto social más elemental se ha transformado en peligroso producto de décadas de corrosiva y enloquecida globalización de productos, comercio, finanzas y prácticas de consumo, y algo llamado “mercado” hace sus cuentas, sin preguntarnos, para “resolver la situación” y “volver a una normalidad” que no sabemos bien qué nos deparará.

Una centena de multimillonarios juegan al casino con nuestra desgracia, otra vez, decidiendo en función de sus esquemas de rentabilidad quiénes quedarán en el mercado laboral y quiénes quedarán por fuera, ya que, “por mala suerte”, así lo ha decidido el mercado en medio de la pandemia.

Los principios de este proyecto vuelven a demostrar su impulso desintegrador de la sociedad humana y su enorme capacidad para convencernos de que no podemos hacer nada para cambiarlo.

La resistencia planetaria al capitalismo globalizado. Roberto Pineda. 28 de febrero de 2020

La complejidad del mundo se manifiesta en múltiples  procesos y situaciones,  de los cuales lo más significativo desde una óptica de transformación social, es el esfuerzo sostenido a lo largo del planeta por los sectores populares, que se alzan en rebeldía contra la globalización neoliberal interesada en  profundizar las desigualdades sociales mediante proyectos guerreristas y discriminatorios.

Es este el aspecto principal de la situación mundial y desde este  panorama abordamos diversos aspectos del horizonte internacional, nacional y de la izquierda salvadoreña.  

I.La globalización neoliberal en crisis

El enfrentamiento planetario se realiza entre diversas potencias y al interior de cada una de estas, así como entre diversas visiones sobre las características de la sociedad del futuro. En esta lid aparecen nuevos protagonistas como los movimientos feministas y su profunda fuerza transformadora, los movimientos por un internet democrático y por ciudades abiertas y verdes, junto con los movimientos de trabajadores, campesinos, indígenas, ambientalistas y otros. El desafío planteado es la construcción de alianzas y la búsqueda de consenso sobre estrategias de lucha.

Estos profundos cambios que experimenta el mundo nos impactan fuertemente. A continuación intentamos bosquejar algunos de estos cambios y sus repercusiones locales. Identificamos cinco tendencias mundiales y sus respectivos efectos en El Salvador, entre estas tendencias se encuentran las siguientes: el multilateralismo amenazado por  la Administración Bush y el conflicto China-USA; la revolución tecnológica; la migración; la crisis medio ambiental y las luchas antiglobalización.

1.El multilateralismo amenazado por la Administración Trump  y el conflicto China-USA

El multilateralismo amenazado  por la Administración Trump

Con la llegada en 2017 de Ronald Trump a la presidencia de Estado Unidos observamos el apoyo a las soluciones de fuerza y un creciente rechazo a todo tipo de acuerdos internacionales. Hemos presenciado un proceso acelerado de intentos por hacer retroceder legislación progresista, la promoción de políticas racistas,  así como la renuncia por parte del gobierno estadounidense de compromisos internacionales que habían sido el resultado de largos procesos de lucha y negociación.

Entre los compromisos abandonados se encuentran los del Pacto Mundial para la Migración Segura y el del Acuerdo de Paris sobre el Cambio Climático.  Ambas reflejan duros golpes para un planeta más seguro y justo.

Otro aspecto y quizás más peligroso de esta actitud es la decisión de impulsar y acrecentar el enfrentamiento con la República Popular China, limitado actualmente al área comercial pero que puede fácilmente trasladarse al campo militar. Y que se agudiza con la crisis provocada por el coronavirus.

El coronavirus podría sea la señal inequívoca del aparecimiento de una nueva crisis económica similar o peor a la de 2008, que va venir a ralentizar los procesos productivos y a provocar despidos masivos y cierres de empresas a nivel internacional.

El Conflicto China-USA

A mediados de los años setenta del siglo pasado se desarrollaron simultáneamente dos procesos históricos que impactan fuertemente la realidad internacional actual. Por una parte en las economías occidentales inicia un proceso de rearticulación productiva orientado por una visión de realizar privatizaciones de empresas públicas así como de trasladar las industrias hacia los países del tercer mundo, en búsqueda de reducir costos vía mano de obra barata; simultáneamente en la conducción política de la República Popular China logra imponerse una visión interesada en la promoción de la inversión extranjera y la ampliación capitalista del mercado interno.

En 1976, Deng Xiao Ping se hace de la conducción del Partido Comunista Chino y promueve la “apertura al mundo” del gigante asiático. Con esto la clase obrera china sufre un retroceso en sus derechos laborales, pero a la vez, posibilita la transferencia de tecnología y conocimiento de occidente hacia China.

Cincuenta años después China se ha convertido en la fábrica del mundo y le disputa a los Estados Unidos la supremacía alcanzada luego del derrumbe del campo socialista en 1989. Esta disputa se expresa en todos los terrenos, y en particular en los territorios del comercio (la Ruta de la Seda) y de la tecnología (la disputa con Huawei representa el conflicto por la disputa de los avances tecnológicos, principalmente de la tecnología 5G, con un gigante tecnológico no alineado a Estados Unidos).

Pero también en las relaciones internacionales, China se posiciona como una potencia que le disputa a Estados Unidos áreas de influencia política y comercial, incluso dentro del llamado “patio trasero”. En nuestro caso, la aunque tardía apertura de relaciones diplomáticas a finales del gobierno de Salvador Sanchez Cerén constituye un gesto de soberanía e independencia. 

2. El surgimiento de la economía  de plataforma, del capitalismo digital y su naturaleza antilaboral

Las corporaciones transnacionales que dominan el planeta experimentan un proceso de conversión acelerada hacia una economía de plataforma, o sea hacia la digitalización de sus procesos productivos y de circulación  con base a una nueva materia prima: los datos. Facebook y Google son pioneros en esta nueva fase del capitalismo.

Expresiones simbólicas de este proceso de capitalismo digital lo constituyen las empresas Uber y Airbnb, las cuales, obtienen ganancias mediante la explotación  “voluntaria” de miles de trabajadores y trabajadoras alrededor del mundo que en el caso de Uber ponen a disposición no solo su fuerza de trabajo sino incluso sus autos, sin ningún tipo de seguridad social y en un marco de fragilidad laboral.

Presenciamos como el mundo se transforma aceleradamente mediante las tecnologías de la información y la comunicación. Y como el capitalismo a nivel sistémico logra insertarse en este proceso, el cual da lugar a una nueva división del mundo, entre países productores de tecnología y países consumidores de tecnología, y que en estos mismos profundiza las brechas sociales y tecnológicas.  Además, el brillo de los teléfonos inteligentes oculta la explotación y condición inhumana a la que son sometidos los trabajadores que los ensamblan y que trabajan en la extracción de los metales.

Observamos como a  la par de las potencias mundiales, grandes compañías vinculadas a la revolución tecnológica pasan a convertirse en los nuevos dueños del planeta,  exportadores de tecnología, nos referimos a las empresas de punta en capitalización bursátil, en particular las 5 grandes empresas estadounidenses, Apple, Amazon, Alphabet (Google), Microsoft y Facebook. Pero por otra parte, el internet se convierte en un poderoso instrumento de movilización ciudadana, de protesta popular a nivel global. 

En nuestro país, el peso de la tecnología es creciente y como izquierda y movimiento popular debemos de penetrar en este territorio, que es un lugar de disputa. La fuerza política que controle este instrumento tendrá muchas ventajas sobre las demás fuerzas, en el marco del cambio político, social y económico provocado por la última revolución científica y tecnológica.

3.Las migraciones mundiales y el desafío a los centros capitalistas de poder

El modelo neoliberal al debilitar y destruir las economías de los países del Sur, afectarlos con sus guerras por recursos naturales, así como desarticular los mecanismos de protección social, ha provocado altos niveles de desempleo y marginación social, los cuales amenazan de manera creciente al mismo sistema capitalista.

Por lo anterior, Europa y los Estados Unidos enfrentan la creciente migración de los pueblos árabes, africanos, asiáticos, latinoamericanos y caribeños. Los pueblos en resistencia marchan hacia las metrópolis imperialistas en busca del empleo y las oportunidades que les son negadas en sus propios países de origen.

En nuestro caso, la migración a lo largo de la historia ha constituido una válvula de escape del sistema ante la presión social. En el pasado era hacia Honduras y a partir del conflicto armado de los años ochenta es hacia Estados Unidos, donde reside una tercera parte de nuestra población. Cada caravana de migrantes que abandona el país es expresión de la incapacidad de este sistema para darles el derecho a una vida digna.  Y como movimiento popular  y como izquierda debemos acompañarlos en este esfuerzo.

4.La crisis medio ambiental o un planeta con su civilización en peligro

El sistema capitalista en su búsqueda de ganancias está empujando al planeta al abismo.  La sociedad de consumo está llevando al mundo a una situación de no retorno. Cada día que pasa es evidente que de no parar este torbellino de productividad irracional, el planeta no será habitable para las próximas generaciones.

Esta crisis medio ambiental provocada por el capitalismo se refleja en el cambio climático, que provoca el aumento de la temperatura global; la extinción de la biodiversidad, la destrucción de la capa de ozono, el aumento del nivel del mar, la multiplicación de la energía de los huracanes, el aumento de lluvias extremas, inundaciones y sequias, etc.

En El Salvador, la crisis ambiental se manifiesta en el alto grado de deforestación de bosques, producto de la tala indiscriminada de árboles e incendios forestales; crecimiento demográfico urbano desordenado, producción creciente de desechos sólidos y de aguas fecales, e incremento del parque vehicular, entre otros. Frente a esto, la reforestación de las cuencas hidrográficas se vuelve una tarea estratégica.

5.Las luchas antiglobalización o la resistencia frente al modelo capitalista

La imposición del modelo neoliberal en el planeta generó el surgimiento de un poderoso y ramificado movimiento antiglobalización. La eclosión de este movimiento tuvo lugar en la ciudad estadounidense de Seattle a finales de 1999. En esa ciudad, sindicalistas, organizaciones de ambientalistas, mujeres y jóvenes, lograron descarrilar la reunión cumbre de la Organización Mundial del Comercio, OMC.

A partir de ese momento en diversos lugares del mundo se desarrollan alianzas y movilizaciones de la sociedad civil contra la globalización neoliberal, y en 2001 en este mismo espíritu se desarrolla en la ciudad brasileña de Porto Alegre el Foro Social Mundial.

En El Salvador, para esa época nace el Foro de la Sociedad Civil, FSC,  y diversas organizaciones se integran a SAPRIN, con lo que se establece un vínculo con las protestas a nivel mundial. En el 2004 fuimos sede del V Foro Mesoamericano de los Pueblos, en el que cerca de 700 organizaciones sociales de México, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica se reunieron para acordar acciones de resistencia al Plan Puebla Panamá (PPP), al Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y al Tratado de Libre Comercio de Centroamérica-Estados Unidos.

II. Los cambios en el horizonte de la sociedad salvadoreña

La sociedad salvadoreña experimenta profundas trasformaciones, que modifican aceleradamente su fisonomía a diversos niveles. Entre estas trasformaciones se encuentran las de su sistema político, y su entorno social, económico, cultural y ambiental. Veámoslo.

Nuevos actores políticos y nuevos desafíos

Los Acuerdos de Paz de enero de 1992 establecieron un sistema bipartidista de recambio político a nivel municipal, legislativo y del ejecutivo, basado en la participación de dos fuerzas principales, una de derecha y otra de izquierda, Alianza Republicana Nacionalista, ARENA y el partido Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN.

Alrededor de este sistema se ventilaron y resolvieron la construcción de la nueva institucionalidad de la posguerra; el modelo neoliberal de la economía, un sistema fiscal regresivo, la relación estratégica con Washington y la apertura al capital transnacional.

El 3 de febrero de 2019 este acuerdo político fue desafiado y rebasado por una imponente victoria electoral de una nueva fuerza política, Nuevas Ideas, que desde un claro bonapartismo, pasa a construir un nuevo bloque de poder, con rasgos autoritarios y populistas.

Es evidente la existencia casi posmoderna de una crisis de representatividad de los partidos políticos, la gente no se siente representada en estos, ni en sus grandes relatos ideológicos, sino en una persona. Y lo más preocupante, los sectores populares no se asumen como sujetos de cambio, con protagonismo histórico, sino que delegan en un supuesto mesías la conducción del proceso.

Esta situación inédita le plantea un complejo y difícil desafío a las fuerzas de izquierda, que únicamente podrá enfrentarse en la medida que se recupere e impulse el espíritu de lucha popular, que ha identificado a la izquierda desde su nacimiento hace un siglo en nuestro país.

Una nueva economía desigual y discriminatoria

La llegada al gobierno en 1989 de ARENA, encarnando a sectores de la oligarquía comprometidos con el impulso del modelo neoliberal de economía, coincidió luego en el tiempo con la ejecución de los Acuerdos de Paz de enero de 1992. Ambos proceso se mezclaron y terminaron fusionándose.

Entre los aspectos principales de este modelo económico se encuentran los de romper con el tradicional modelo agro-exportador en crisis, promover la exportación de granos básicos, destrucción de la industria, fomentar las privatizaciones de sectores estratégicos como la energía, las telecomunicaciones; y abrir la economía al capital transnacional y la hegemonía del capital financiero local.

A mediados de la primera década del siglo XXI y coincidiendo con la firma del Tratado de Libre Comercio la economía salvadoreña fue virtualmente tomada por el capital transnacional que hoy controla la banca, los seguros, fondos de pensiones, energía y telecomunicaciones.  Y están en disputa con planes de privatización el agua, la salud y la educación.

Por otra parte, la construcción de una economía alternativa desde los sectores populares tiene como uno de sus ejes el impulso del cooperativismo, como polo de poder que compita con la oligarquía y el capital transnacional. 

Una sociedad en crisis

La sociedad salvadoreña enfrenta una crítica situación, caracterizada por la pobreza y desigualdad acompañada de altos niveles de  control territorial (urbano y rural) por parte de pandillas, un altísimo porcentaje (72%) de la población trabajando en la informalidad; una tercera parte de la  población viviendo en Estados Unidos; con un trasporte colectivo colapsado, sistema privatizado de pensiones, escuelas acechadas por delincuentes y un deficiente sistema educativo, hospitales sin medicinas, y frágiles programas sociales por parte del Estado.  Y es fundamentalmente una sociedad desmovilizada y paralizada

Una de las causas de esta situación radica en el sistema capitalista predominante, en el cual la búsqueda del lucro, de la ganancia, de la competencia entre sectores populares, se convierte en el objetivo fundamental del sistema, por lo que la injusta distribución de la riqueza se convierte en su eje estructural principal.

Una sociedad segura y prospera que podríamos asumir como socialismo es el sueño de salvadoreños y salvadoreñas. Lograr esto será el resultado de esfuerzos de varias generaciones que asuman el compromiso de transformar las estructuras de esta realidad de injusticia y marginación.

Una cultura en disputa entre el autoritarismo y la democracia

Mientras el sistema político salvadoreño pretende ser formalmente democrático su modelo cultural tiene un profundo sello autoritario, desde la formación de la república y el pasado colonial.

Este talante autoritario se fortaleció durante los sesenta años de dictadura militar  y se vincula a actitudes discriminatorias hacia todo lo que sea diferente del modelo dominante de un capitalismo patriarcal y racista. Y hoy se ve fortalecido por visiones conservadoras desde la fuerza armada (militarismo), ejecutivo (populismo), academia (la neutralidad epistémica) y desde la religión (la teología de la prosperidad y el fundamentalismo).  

El desafío está planteado de construir una nueva cultura democrática, solidaria y de rebeldía que recoja las tradiciones emancipadoras de muchas generaciones que han soñado en un El Salvador libre, democrático y justo.

La lucha por el agua como bandera principal de un El Salvador verde                          

Entre los principales problemas que enfrentamos como país se encuentra el vinculado al agua y la necesidad de garantizar agua de calidad y enfrentar los planes para su privatización.

 La lucha por el agua es una lucha de vida o muerte. El agua es un recurso extremadamente vulnerable dado que enfrenta la creciente demanda residencial así como la derivada de la demanda agrícola (particularmente el cultivo de caña) e industrial.

Por otra parte es un recurso distribuido de manera desigual, ya que únicamente el 65% de la población tiene acceso a agua potable y esta es de muy mala calidad, como ha sido reconocido por los mismos funcionarios de ANDA. Debemos de asumir como izquierda el desafío de una campaña nacional de reforestación, a la par de evitar su privatización.

III. La crisis de la izquierda partidaria

En junio 2019 asume una nueva conducción política del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN, fundamentalmente integrada por hombres y mujeres jóvenes, una generación post-Acuerdos de Paz, con una visión de transformación tanto del partido, como de la sociedad salvadoreña.

Este relevo no solo es de orden generacional es también en el plano político, ya que se aspira a un rescate del espíritu revolucionario que dio origen a este partido revolucionario.

Como antecedente puede señalarse que el ascenso al gobierno de la izquierda partidaria representada en el FMLN, en 2009 abrió la oportunidad más desafiante para el cumplimiento de su misión: ser gobierno nacional y emprender la transformación del sistema. Sin embargo, los resultados obtenidos por el FMLN en las elecciones presidenciales del 3 de febrero de 2019 ponen en evidencia el incumplimiento de esa misión histórica, de su credibilidad ante la población salvadoreña y sus perspectivas como legitimo instrumento de lucha del pueblo.

En ese escenario planteado, se debaten al interior del FMLN tres posturas divergentes (una reformista, una revolucionaria autoritaria, y una revolucionaria democrática)  sobre su rumbo histórico, los métodos de organización y conducción, sus prioridades y énfasis políticos, contenidos ideológicos y relación con el pueblo. Estos temas deben ser parte de una amplia consulta y debate con las bases de este partido, que permita realizar los cambios que  necesita para recuperar la confianza del pueblo.

Las oportunidades se le reducen al FMLN en la medida no corrija las desviaciones y errores cometidos en la gestión del poder político estatal y en la conducción partidaria.

El FMLN sí tiene una última oportunidad de recuperar su legitimidad como instrumento de lucha del pueblo salvadoreño, que está en corregir lo que la misma base partidaria ha señalado por años, así como en volver a enraizarse en su base social, trascendiendo el clientelismo electorero que ha sido el tipo de relación que hasta la fecha ha cultivado, por un compromiso serio con las luchas populares: por la democracia, la justicia social y socialismo.

Sólo así puede el FMLN recuperar su prestigio, de lo contrario será el mismo pueblo el que deberá, como ha hecho en otros momentos de la historia, construir otro instrumento para enfrentarse a sus enemigos y emprender la conquista de su definitiva emancipación.

A  continuación y en el marco del interés por contribuir a este debate urgente, que rebasa la militancia partidaria, y es interés de la izquierda en general, presentamos las siguientes ideas al respecto

1.Sobre rumbo histórico

El rumbo histórico de un partido está determinado en el horizonte por su ideología y práctica, a la vez la definición del rumbo guarda un significado estratégico y de principio. En los partidos revolucionarios, es parte sustancial de su misión histórica.

En primer lugar, implica una ruptura, un quiebre con el sistema capitalista vigente en el país. La modalidad cómo esta ruptura transcurra, dependerá del nivel de oposición y resistencia de las clases dominantes y el sistema imperial, así como de los niveles de participación popular. Es precisamente este segundo aspecto, fundamental ya que únicamente se puede avanzar en este camino en la medida que exista una correlación de fuerzas que permita expresar la voluntad popular como voluntad de ir al socialismo, de un cambio profundo en los paradigmas de la producción, la distribución y el consumo.

Y en ese rumbo, los sectores populares únicamente aceptarán la conducción y acompañamiento en esta lucha por la democracia y el socialismo, de una fuerza política revolucionaria, en la medida que sea una fuerza con propuestas e ideas (proyecto), con organización y estrategia de lucha, y con compromiso ético (sacrificio). Así fue durante la experiencia de guerra vivida por el FMLN. La gente admiraba el sacrificio de los que estaban en la montaña. Eran una fuerza que amenazaba al sistema. Y la gente lo sabía, lo percibía.

Pero si la gente ve a dirigentes de izquierda negociando, cediendo posiciones, con intereses individuales, como empresarios exitosos, con viajes, guardaespaldas, lujo, pareciéndose a nuestros enemigos, viviendo en sus vecindarios, no ganaran el respeto popular y se irán aislando, y aquel probado instrumento de transformación social terminará como parte decorativa del sistema de dominación. Esta es su principal amenaza, y las próximas elecciones internas del FMLN  este año y externas del 2021 vendrán a fortalecer esta amenaza.

2.Sobre métodos de organización y conducción

Las modalidades que asume la organización revolucionaria están determinadas por las conquistas democráticas alcanzadas así como por las tradiciones históricas, en nuestro caso, se ha pasado de núcleos selectos en situación de clandestinidad a una extensa red territorial que desde la legalidad cubre todo el país. El carácter masivo del instrumento ha dado lugar a una variedad de pensamientos, y visiones, estilos de trabajo e intereses.  

Por otra parte, el autoritarismo como rasgo del modelo cultural del capitalismo dependiente existente, ha permeado desde su origen el estilo de conducción, fortaleciéndose aún más durante el periodo de guerra (asumiendo incluso facetas militaristas) y readecuándose exitosamente al periodo democrático iniciado en 1992. Estos tres elementos, carácter masivo, carácter ideológico pluralista y carácter autoritario definen en gran parte la fisonomía orgánica y política del partido de izquierda FMLN.

Una de las expresiones típicas de este autoritarismo radica en dictar planes y orientaciones sin consulta con las bases partidarias, que se vuelven simples “tareyeras”, ejecutoras de acuerdos. Y esta situación se agrava con la participación electoral, que de manera permanente provoca la disputa y el arreglo “consensuado” por los cargos públicos. De no modificarse este estilo autoritario que a la vez influye en el movimiento popular y social, nos iremos aislando de la gente.

En este contexto, existe el desafío hacia futuro de combinar altos niveles de disciplina con altos niveles de participación de las bases; promover el debate ideológico, enfrentar las ideas de la derecha, y democratizar el partido, o sea garantizar mecanismos que permitan mayores niveles de participación de las bases en la elaboración de la línea política. Y a la vez el contacto permanente de la dirección con la base partidaria.

3. Prioridades y énfasis políticos (la táctica)

Es importante y urgente para la izquierda y el movimiento popular definir las prioridades políticas del momento y del nuevo periodo abierto a partir del 3 de febrero de 2019, y dentro de estas identificar el eslabón fundamental, el eslabón que nos permitirá la sujeción de la cadena. Esta definición parte del criterio básico de cuáles son los problemas que más afectan a la población y por los cuales está dispuesta o debemos animarla a luchar.

Alrededor de estos problemas y en el marco de una nueva correlación política de fuerzas que nos coloca a la defensiva, debemos de hacer propuestas, lanzar consignas, crear instrumentos de lucha, organizar campañas, agitar y concientizar, educar, movilizar y sistematizar la experiencia (teorizar).  Y hacerlo de manera integral, fracción legislativa, alcaldías, y partido FMLN, izquierda en general, diáspora y movimiento popular.

Al evaluar la situación del país, la correlación política y social, el problema que sobresale por su complejidad y afectación popular es la delincuencia, el control territorial por parte de las pandillas. Se precisa que reevaluemos nuestra posición como izquierda al respecto, que nos ubica –interesadamente para desgastarnos- ante los ojos de la gente como defensores de la delincuencia. 

Es significativo que en el apartado sobre Principales desafíos del FMLN en la actual etapa de transición democrática revolucionaria” del documento Lineamientos para el Trabajo del Partido del 1er. Congreso del FMLN de 2015, se mencione ya esta idea:

“49. Debido a que las pandillas, el crimen organizado y el narcotráfico provocan una grave afectación a la seguridad ciudadana y la calidad de vida de la población, destruyen el tejido social y la unidad familiar e infligen considerable daño a la economía, todo lo cual constituye un serio obstáculo para el desarrollo económico, político, social y cultural de la nación, y por tanto, para el avance de la transición democrática revolucionaria impulsada por el FMLN, el principal desafío que tiene nuestro partido es brindarle todo nuestro apoyo político al combate contra estos flagelos. Ello es condición indispensable para enfrentar con éxito el resto de nuestros desafíos de la etapa…”

Y luego en el apartado “Principales desafíos inmediatos del FMLN” se indica que esta tarea de combate a la delincuencia “no es solo el primer desafío de nuestro partido a mediano o largo plazo, sino que es también nuestro primer desafío inmediato.”

Debemos de manera sistemática disputar y arrebatarle esta bandera de lucha por la seguridad ciudadana al gobierno Bukele. Esta bandera es una de las fuentes principales del actual desgaste político de la izquierda y debemos evitar que nos siga desangrando. La gente nos ve como opositores a planes que les benefician en su seguridad.

Otras temáticas pudieran ser defensa frente a los despidos, las pensiones y la salud (coronavirus, agua, etc.) La gente debe de vernos siempre defendiendo sus intereses, local y nacionalmente, no en arreglos con la derecha.  Bukele ha sido hábil en colocarnos, arrinconarnos como opositores irracionales.

Debemos con urgencia dar un viraje de nuestro enfoque táctico. De no hacerlo, seguiremos cosechando derrotas, electorales y a la vez políticas. 

4.Contenidos ideológicos

La formación ideológica de la militancia  de izquierda en este siglo XXI comprende, por una parte,  el acumulado histórico de rebeldías y revoluciones de los distintos proceso revolucionarios que han transcurrido alrededor del mundo, y que se han reflejado en elaboraciones teóricas, de naturaleza emancipadora. 

Y por la otra, el estudio de las tradiciones revolucionarias de los sectores de izquierda  salvadoreños, de sus dirigentes y sus organizaciones, tanto políticas como gremiales, a lo largo de un siglo. Es particularmente clave el estudio del pensamiento de Schafik Handal, nuestra principal herencia teórica revolucionaria.

Asimismo es importante conocer el pensamiento de la derecha internacional y local, sus visiones de futuro, sus valoraciones sobre el desarrollo del capitalismo y la globalización (Davos, OCDE, FUSADES, entre otros).

5.Relaciones con sectores populares y progresistas

La izquierda debe ir al encuentro de las diversas expresiones orgánicas de rebeldía popular antisistema neoliberal, que se manifiestan tanto a nivel nacional, regional como municipal. Estas relaciones deben estar basadas en el respeto mutuo, la cooperación y la solidaridad. En especial debe existir la voluntad de acompañar a las organizaciones y comunidades en sus luchas por reivindicaciones inmediatas de carácter económico, social o cultural. Este acompañamiento nos permitirá conocernos, crecer y desarrollarnos.

El pensamiento nuestro de Schafik

El pensamiento revolucionario de Schafik es nuestra herencia teórica y política. Nos permite identificar amenazas y caminar con firmeza hacia el cumplimiento de la misión revolucionaria de la izquierda, particularmente de la izquierda partidaria, del FMLN, como instrumento para transformar nuestro país.-

El coronavirus y la búsqueda de un nuevo orden mundial Roberto Pineda 20 de marzo de 2020

El mayor desafío al capitalismo globalizado

El capitalismo globalizado ha provocado con su afán insaciable de ganancias, la peor crisis conocida por la humanidad. Se desarrolla ante nuestros ojos y corazones -sorprendidos y atemorizados- las imágenes de ciudades desiertas,  la estampida en los supermercados, los cementerios repletos de cadáveres, la incertidumbre ante el futuro, los temores y los odios xenofóbicos. El coronavirus desafía al capitalismo globalizado. La civilización capitalista de consumo entra en crisis.

En la actual situación internacional se juntan diversas crisis, cada una de las cuales potencia y agudiza  a las demás. Existe una crisis sanitaria, una crisis financiera, una crisis tecnológica y una crisis política. La crisis principal es la provocada por el coronavirus, y no solo es sanitaria sino que está claramente vinculada a la disputa por el poder global.

Los anteriores desafíos al capitalismo

El capitalismo como sistema social en su historia de más de cinco siglos ha conocido múltiples desafíos de diferente naturaleza, de carácter político, económico, social, militar y ambiental entre otros. Pero ninguno hasta hoy había  de manera universal mostrado la necesidad urgente de su radical transformación.

Existen diversos eventos históricos que han amenazado al capitalismo. Este  fue amenazado políticamente por la Gran Revolución Socialista de Octubre en 1917, que dividió al mundo en dos sistemas políticos. Esta amenaza fue ampliada al final de la Segunda Guerra Mundial con la creación del campo socialista europeo y mucho más con la victoria del pueblo cubano en 1959 y el vietnamita en abril de 1973. Pero fue finalmente revertida en 1989 con el derrumbe del sistema socialista, encabezado por la Unión Soviética, y el hasta entonces impensable retorno al capitalismo.

Al inicio del siglo XXI, en septiembre del 2001 la ciudadela principal del capitalismo fue amenazada con el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York, el conflicto mundial se desplazó desde lo clasista hacia lo étnico cultural. Hoy en el 2020 la amenaza se da desde la salud y pone bajo sitio al capitalismo en su totalidad, iniciando e incluyendo su “fabrica mundial”, a la Republica Popular China.

El desafío actual

La crisis principal es la vinculada con la propagación de la pandemia del  coronavirus y esta se manifiesta globalmente en dos dimensiones. La primera, vinculada  a la competencia política-administrativa para garantizar la infraestructura logística que permita la prevención de la propagación del virus y la segunda, la competencia académica-científica para encontrar-producir una vacuna efectiva en el menor tiempo posible.

Alrededor de esta crisis principal  se mueven los intereses y la influencia de potencias mundiales y corporaciones transnacionales, las cuales  tratan de fortalecer sus posiciones y derrotar a sus adversarios. Del desenlace de esta fiera competencia dependerá el nuevo orden mundial, en el marco del histórico descenso del poderío estadounidense y el tránsito hacia un nuevo hegemon internacional.

Las compañías farmacéuticas y los laboratorios que descubran la vacuna contra el virus podrán generar una nueva fase de acumulación de capital que podría incluso rebasar la existente fase digital encabezada por el internet del capitalismo globalizado. Estas compañías farmacéuticas junto con los grandes productores de alimentos, aparecen como los grandes beneficiarios a futuro de esta crisis planetaria, desplazando e incluso hasta hundiendo, a otros sectores, en particular, el sector financiero (Wall Street) y el sector energético (quiebre de compañías de petróleo de esquisto y países productores).

Una visión popular y democrática

El capitalismo es el peor virus conocido por la humanidad,  porque coloca a la desigualdad como su paradigma central y condena al sufrimiento cotidiano a millones de personas  en todo el mundo. Pero esta pandemia de coronavirus permite conocerlo y desafiarlo.

El desafío está planteado desde los millones de personas que arriesgan su vida para salvar otras rompiendo con la ética individualista. No podemos seguir caminando desde un horizonte de progreso que provoca destrucción y dolor, por lo que existe la necesidad de construir una nueva cultura del cuidado que nos permita reconstruir nuestras ciudades y orden natural desde una óptica del respeto y la solidaridad. En este difícil momento, la Cuba de Fidel y de Haydee brilla desde su  esperanza.

Escenarios de futuro

Son previsibles tres grandes escenarios.

El primero y más probable es que el orden capitalista logre superar esta crisis global e incluso salga fortalecido, irrumpiendo un nuevo orden mundial con su correspondiente nueva fase de acumulación, incluyendo nuevas modalidades de dominación internacional, desigualdad social y explotación económica.

Un segundo escenario es una superación de esta amenaza pero con un sistema profundamente golpeado,  con altos niveles de desempleo y marginación social.

Un tercer escenario es el de un orden capitalista obligado a realizar reformas en su arquitectura global, particularmente en lo financiero. Esto último solo podrá realizarse en la medida que los trabajadores y las fuerzas progresistas marquen el terreno con propuestas y acciones de salida a la crisis.

En estos tres escenarios, que pueden combinarse, seguramente aumentara la desigualdad al agregar una nueva categoría universal de discriminación: los infectados, aislados y cruelmente condenados a morir mientras no se descubra la vacuna y después como personas vulnerables.  Asimismo presenciaremos una sociedad mundial más autoritaria  e intolerante,  que necesitara de mayores luchas por la democracia y la justicia social.

La Organización Mundial de la Salud, OMS,  se constituye en el árbitro mundial de este enfrentamiento planetario, que es la continuidad de la todavía no concluida disputa comercial entre Estados Unidos y la Republica Popular China.  

La posibilidad de una ruptura global del sistema no es realista dado que todavía no madura una alternativa programática y de fuerza que la respalde. Pero en eso estamos…

Izquierda tradicional y nueva izquierda: algunas aclaraciones.2014. Revista Herramienta

Introducción

Me propongo examinar un equívoco subyacente a la distinción entre las formaciones ideológico-políticas que en los últimos años suelen nombrarse como “izquierda tradicional” y “nueva izquierda”. Esa diferenciación entre izquierdas supone una divergencia en el modo de comprender su relación con la historia secular de la izquierda y con su siempre incierto porvenir. Pues si la izquierda tradicional (IT) se ajusta cómodamente con una parte de su pasado, la nueva izquierda (NI) se piensa como un cambio paradigmático, superador de lo agotado que conviene relegar.

Voy a explicar por qué –en nuestra situación histórico-política– la mencionada distinción es injustificable a la luz de un análisis riguroso del concierto conceptual que hermana a sus términos. La distinción entre IT y NI, al menos de acuerdo al modo en que se constituyó en Occidente durante las dos últimas décadas, es inadecuada.

Argumentaré que la NI procede a través de una lógica de la inversión, sin inquietar dicotomías básicas compartidas con la IT. Lo dañino es que la tenacidad de tales dicotomías menoscaba las chances de una reconstitución de la izquierda. Por lo tanto el propósito de construir una nueva izquierda no solo persiste como aspiración futura, sino que su consumación –que no puede hacerse sin tramitar de un modo no reactivo su relación con la IT– requiere un desplazamiento de la negativa en la NI a comprender de un modo no meramente negativo la historia de la izquierda en el último siglo.

No habrá una nueva izquierda real sin la autosuperación de la vieja izquierda y una revisión del carácter “antiguo” que subyace en la lógica política de la mal llamada “nueva izquierda”.

Por razones de espacio no puedo dialogar con numerosos ensayos dedicados a convalidar nociones como “izquierda independiente”, “nueva izquierda” o “izquierda autónoma”. Espero poder hacerlo en otro ensayo.

 La así llamada izquierda tradicional

 La denominación de “izquierda tradicional” no es peyorativa para la propia izquierda así identificada. Aquí la empleo sin hostilidad. Para la IT hay solo una izquierda efectiva: ella misma. Proclamadamente revolucionaria, afirma continuar los pasos fundamentales de Lenin y Trotsky, quizás de Mao o Guevara, sin apelar a revisiones sustantivas. De allí que la pertenencia a una tradición no es una mácula para una izquierda que se resiste a abandonar conceptos que considera válidos.

Se entiende por IT la izquierda radical que persevera en la custodia y promoción de ciertas nociones teórico-organizativas predominantes durante el siglo veinte. Las puntualizo en tres registros de 1] estrategia, 2] sujeto, y 3] organización: 1] el acto revolucionario entendido como corte abrupto y definitivo entre dos periodos históricos, escisión no siempre compatible con una política de reformas; 2] la centralidad de la clase obrera como sujeto social y político, sujeto dado objetivamente por las relaciones sociales de producción capitalistas; 3] la concepción leninista de la organización política de un partido de cuadros que comanda a la clase trabajadora en la lucha de clases y sintetiza sus intereses “históricos”. (El cierto marxismo explícito en estas nociones no puede ser debatido en este ensayo).

Puesto que tales principios fueron sostenidos por la izquierda durante buena parte del siglo veinte, es válido preguntarse por qué persisten incuestionados si es que partimos –como creo inexorable hacerlo– de un diagnóstico de la derrota y fracaso históricas de la izquierda durante la última centuria.

Para quienes piensen que solo ocurrió una derrota, que los problemas no fueron de concepto sino de implementación, nada hay para revisar y el argumento de este texto será irrelevante. Me parece que a pesar de las afirmaciones polémicas al respecto entre la NI, no es inevitable en la IT un atrincheramiento en la negación del fracaso y derrota catastróficos de toda la izquierda.

En primer término es necesario descartar una explicación psicologista de la IT según la cual su perfil descansa en un conjunto de ideas, de contenidos de conciencia. No la mueven un conservadurismo teórico y político, ni un autoritarismo organizativo, ni un mesianismo intelectual, ni un sectarismo ideológico. Es decisivo comprender que hay atendibles razones para la existencia de la IT. En primer lugar, ante la ausencia de un balance preciso del pasado secular reciente de la izquierda, no se entiende por qué habría que arrojar al cesto de residuos tramos decisivos de convicciones cruciales para su corriente mayoritaria socialista.

Por ejemplo, no es indiscutible que la noción de clase obrera sea irrelevante para orientar la política de izquierda de hoy. En efecto, la mutación en la composición de la clase ha variado, pero no las relaciones sociales en las que emerge. La clase obrera, puede argüirse, continúa siendo generada por el automovimiento contradictorio del capital. Que la clase obrera incluya hoy a una trabajadora de fábrica textil, a un maestro y a un oficinista entraña la obsolescencia del modelo clásico heredado del siglo diecinueve, o de su promoción al rango de prototipo social, pero de ninguna manera del concepto de clase obrera en tanto que tal.

Tampoco niega la importancia de esa clase el reconocer una efectividad específica de lo político y lo simbólico. Algo similar puede decirse respecto de los otros dos fundamentos de la IT: la revolución y el partido. ¿Acaso el reformismo resuelve las desigualdades constitutivas del capitalismo, detiene sus guerras, la destrucción del medio ambiente, las crisis económicas? ¿Es que el horizontalismo ha mostrado ser una práctica organizativa conducente a resultados más valederos que el clásico partido de cuadros?

¿Sucede que los “movimientos sociales” son un fundamento más eficiente para la orientación política? ¿Acaso el basismo o el autonomismo prosperan en una convincente voluntad estratégica? No sostengo que tales preguntas sean incontestables; digo que no son arbitrarias y pueden ser formuladas por buenas razones.

Adherir a la IT no es un signo de dogmatismo o contumacia ideológicos. Sus militantes suelen participar activamente en las luchas sociales, culturales y políticas. Mantienen vivas demandas, reformas y reivindicaciones defensivas. En más de un caso han impulsado novedosas experiencias de organización obrera. Sin su acción mucho de lo bueno que debe conservarse de la política y cultura de izquierda se hubiera perdido.

En suma, hay razones atendibles para la adhesión a la IT.

Esto no significa que sus dificultades sean pocas ni que sea convincente sostener –este es el credo básico de la IT– que el porvenir de la izquierda reside en realizar bien lo que en el siglo veinte se hizo mal: digamos una Revolución Rusa menos Stalin.

La denuncia de los límites de las nuevas propuestas de reconstrucción de la izquierda no legitima la repetición o corrección superficial de su modelo “tradicional” como una respuesta a la altura del fracaso y derrota sufridos. Y por ende su recreación mejorada no parece prometer una política adecuada para las décadas venideras del proyecto socialista.

La continuidad de las organizaciones de IT en la democracia capitalista ha conducido casi siempre a un encierro defensivo de esa izquierda, satisfecha con el éxito relativo que su institucionalidad le asegura, por el momento, en comparación con la NI. En efecto, gracias a su alineación en forma partidaria la IT posee efectividad y unidad militantes, consolida una identidad y es públicamente reconocible.

De allí que, aunque sea minoritariamente, trabajadoras y trabajadores con sensibilidad de izquierda se acerquen a esos partidos, y no a la NI con un perfil discursivo más claramente movimientista y sin una manifiesta identidad clasista.

También conquista una mayor visibilidad electoral, aunque asistimos a algunos experimentos recientes que quizás presagien otro panorama para la NI. Por lo tanto la sobrevida de la IT en los márgenes de la democracia realmente existente es segura, y habría que pensar hasta qué punto es un ficha más en el tablero de la reproducción ideológica de lo mismo. Lo que me interesa enfatizar es que esa paradójica fortaleza de la IT en disponer de algunas implantaciones en la clase trabajadora y su relativa visibilidad electoral redunda en una incomprensión sistemática de las “verdades” de la NI.

Para la IT la NI sobrepuja las condiciones de la crisis capitalista: se alimenta de una destrucción del sistema económico industrialista, de la fragmentación de la clase obrera y la emergencia de una multiplicidad de sectores con débil articulación con la producción material. De allí que sus “valores” no sean sino la contratara de una falsa realidad “postmoderna”: diferencia, multiplicidad, nomadismo, fluidez, son semblantes de los ideales del capitalismo actual y no una amenaza revolucionaria al mismo. La NI es una parte del problema, se dice, y no su solución.

Por eso la IT expone una deslumbrante incapacidad para captar las razones de la NI. Para ella el vocablo “autonomía” es mero ruido, fantasmagoría de universitarios de clase media sin significación política “en la clase obrera”. Por ende a menudo la IT encuentra a los grupos tendientes a forjar una NI más como enemigos que como aliados en una transformación de la realidad y, más enemigos aún, en su genérica desconfianza hacia la exigencia de una auto-transformación de la izquierda.

 La así llamada nueva izquierda

 A fines del siglo veinte el derrumbe definitivo del falaz “socialismo real”, autoritario y estatista, instauró condiciones para el surgimiento de una NI distinta a la conocida en la década de 1960. Vuelvo a los tres criterios utilizados para esquematizar a la IT (estrategia, sujeto y organización). Para la NI: 1] la estrategia no contrapone con simpleza la reforma a la revolución, ni la temporalidad de ésta es la de una insurrección y toma del poder en una fecha determinada; 2] el sujeto social es múltiple y construido, no excluye a la clase obrera pero niega que ésta provea un “fundamento” exclusivo: 3] impugna por autoritario el modelo leninista de partido y se inclina por las formas asamblearias, reticulares y horizontales.

Descartaré en este análisis la referencia a una nueva izquierda tal como algunas voces han propuesto en América latina en la última década a propósito de experiencias reformistas (Brasil, Argentina, Uruguay) e incluso de perspectivas más radicales (Venezuela, Ecuador, Bolivia).

Esos gobiernos postneoliberales y en general neodesarrollistas, con diferencias entre sí, solo sus casos más radicales han instalado un debate sobre cuál debería ser una política de izquierda, como en el un poco precipitado pero siempre desafiante Socialismo del Siglo Veintiuno chavista. Los países mayores de la región, Brasil y Argentina, han sido regidos por gobiernos que en el mejor de los casos y con generosidad podrían ser llamados de centro-izquierda, orientados a una gestión “progresista” del capitalismo local. Los casos radicales son demasiado complejos para ser tratados aquí siquiera de manera sintética. Solo apunto que estos últimos tienen alguna influencia en la idea de una NI tal como la que examino aquí.

La NI a la que refiero emergió, con las comprensibles asincronías de un fenómeno hemisférico, en el cambio de siglo del 2000. Quizás el Foro Social Mundial fue su expresión más conocida. Con el paso del tiempo surgieron algunos desafíos que tensionaron a la NI. Eso ocurrió de manera crucial con las exigencias florecidas internamente para intervenir en el ámbito político tradicional aunque con métodos y objetivos diferentes a los burgueses, sin abandonar los principios básicos del pluralismo y horizontalismo asambleario.

El declive casi generalizado de los partidos comunistas, la integración completa de los partidos socialistas a la gestión –a veces neoliberal y siempre institucionalista– del orden establecido, hizo de la lógica identitaria de la NI, como ya dije, algo distinto de la dinámica de ruptura en su antecesora “new left” sesentista.

Mientras por entonces los partidos tradicionales de la izquierda ejercían una nada desdeñable influencia en la clase obrera y en otros sectores sociales, la NI tuvo que enfrentar a un establishment de izquierda. Actualmente los partidos de IT poseen una fuerza menor. Debido al desastre ideológico de comunistas y socialistas la impugnación antipartidaria suele dirigirse hacia las organizaciones trotskistas.

Los discursos de la NI saben solazarse en el vituperio de la IT, subrayando sus cegueras, remarcando sus obsolescencias, denunciando la carencia de perspectivas constructivas que no sean las de la organización propia. Aunque no se trata de un talante generalizado, no es inusitado hallar en el dialecto de la NI expresiones que bordean incluso un abierto macartismo.

Otra tendencia discursiva consiste en pregonar principios a priori: horizontalismo, democratismo, igualitarismo, antidogmatismo, pluralismo, etcétera. No se trata de que esos principios sean erróneos. La dificultad reside en que la invocación de ideales sin explicar sus implantaciones socio-culturales ni las maneras de lograrlos redunda en una inexplicada declaración de principios.  

Como en un juego de espejos, el interés que caracteriza a la idea de una NI se marchita por la monserga contra la IT como dechado de todos los defectos. Así las cosas, la NI no puede comprender lo que para ella es un mero obstáculo. La vieja izquierda, se dice, haría su mejor contribución a la cultura de izquierda si desapareciera. De allí el carácter mecánico y predecible del modo en que analiza a la IT, la falta de comprensión de los motivos de su persistencia, y por ende la incapacidad para entenderla y superarla.

Acosa a la NI una complicación real cada vez más evidente: el agotamiento del asambleísmo como método excluyente, la repulsa a toda representación y, a la vez, la perentoriedad de desarrollar una concepción de la organización política. Una vez que la maduración de la NI niega que la democracia directa sea la fórmula privilegiada y unidimensional del quehacer activista se genera una parálisis política y en el mediano plazo el cese de la vida interna en los organismos asamblearios.

Se imponen entonces preguntas complejas y controversiales: ¿cómo delegar y bajo qué condiciones? ¿Qué mecanismos de representación local y qué dispositivos de integración en niveles diferentes? ¿Intervenir en la democracia electoral capitalista? ¿Con qué formas institucionales? ¿Qué hacer con la burocratización y la tendencia a erigir liderazgos carismáticos? Etcétera.

La antipolítica organizativa y el practicismo habituales en la infancia de la NI impide siquiera reconocer la validez de tales interrogaciones y es en consecuencia un estorbo para su propio crecimiento político e intelectual. Por eso el desarrollo político que suscita preguntas como las recién formuladas conduce a fraccionamientos cuyas razones sus actores comprenden mal.

 Una solidaridad conceptual

Mi tesis principal sobre lo descripto es la siguiente: hay una profunda solidaridad conceptual entre la IT y la NI. ¿Cómo es eso posible si ambas se descalifican y contraponen recíprocamente? Mi respuesta consiste en señalar que ambas hablan un mismo lenguaje, un mismo sistema categorial construido en el ensamble de oposiciones.

No es raro que sectores o ideas que se presentan superficialmente como antagónicos compartan un mismo suelo conceptual. Pues sus diferencias obedecen de un conjunto de oposiciones nocionales comunes. Por ejemplo eso acontece en filosofía con las versiones más unilaterales de la confrontación entre idealismo y materialismo. Ambas posturas suponen una escisión entre lo ideal y lo material. Lo que distingue a ambas filosofías es el régimen de determinación, causación o expresividad donde uno de los aspectos prevalece sobre el otro. Por supuesto, lo que debe discutirse es la binariedad entre ideal y material. Es posible plantear las cosas de otro modo, cuestionando el esquema, sin restringirse a elegir una de sus opciones. Algo así lo que ocurre con la oposición entre las izquierdas que aquí discuto.

La NI emerge de una inversión reactiva respecto de la IT. Hay por ende una solidaridad inconsciente sobre las mismas dicotomías, solo que con valoraciones invertidas. Así las cosas, se opone la unidad de pensamiento atribuido al “centralismo democrático” de filiación leninista a la ausencia de estructuras de representación. Entonces no hay alternativa a la dicotomía absolutista. O bien se es leninista en el sentido más autoritario (negándose de antemano toda experiencia democrática leninista), o bien se es “libertario” y se rechaza toda institucionalidad como si no pudiera generarse una “tiranía de la falta de estructuras”.

Para la IT no hay alternativa al partido vertical pues ceder soberanías locales es sinónimo de individualismo pequeño-burgués. Para la NI solo pensar en un partido garantiza secuelas estalinistas. Exactamente lo mismo ocurre con esta alternativa: o bien la clase obrera es el sujeto social privilegiado, o bien lo son los movimientos sociales pluriclasistas o populares.

Lo falso es la partición en opciones excluyentes. Lo que debe ponerse en entredicho es la obligatoriedad de elegir entre las dicotomías básicas tanto para la IT como para la NI.

No es difícil percibir cuán importante son las dicotomías para la enfermedad conservadora que suele afectar a la IT. En efecto, en el formalismo del o bien esto, o bien lo otro anida su intransigencia para reflexionar sobre sus principios. Toda vacilación en torno a los valores tradicionales es sinónimo de traición y defección.

En cambio, un ejemplo demostrativo del carácter improductivo de una actitud reactiva en algunas posturas de la NI es el antileninismo. Si el leninismo es entendido como la apuesta por un partido político centralizado, con unidad ideológica y programática, hegemonizado por el “interés” de la clase obrera, el antileninismo deplora una organización política con especialización dirigencial –aun sea provisoria– pues es considerada como equivalente de burocracia y dominación.

El antileninismo es el arquetipo de la naturaleza reactiva y negativa que con frecuencia daña el pensamiento de la NI. Se ha dicho bien que “con el antileninismo no alcanza” para redefinir el proyecto de izquierda. Yo voy más lejos y encuentro el antileninismo en tanto postura refractaria como un desatino. El mero rechazo del leninismo lo anula como problema y lo sustrae de la reflexión, comprende mal sus dimensiones válidas y se niega a pensarlo.

Debido a la sumisión hacia dicotomías en las que solo cabe elegir una opción y descartar la otra (una forma mentis de linaje monoteísta), ambas izquierdas revelan una sorprendente debilidad conceptual. La actitud defensiva de la IT que se parapeta en sus conceptos centrales inhibe la generación de nuevas ideas pues éstas son vistas como claudicaciones “revisionistas” de verdades inmarcesibles. La prestancia reactiva de la NI refleja esa misma indigencia teórica pues es también celosa de las nociones orientadoras que, como negativos del discurso de la otra izquierda, articula sus perspectivas.

Esto hace a la NI muy frágil ante los desafíos del ingreso a la competencia electoral y la aparición de gobiernos reformistas. La intransigencia de fórmulas teóricas redunda en el mediano plazo en divisiones intestinas. En cambio la imperturbable obstinación de la IT garantiza su certidumbre al precio del congelamiento de su archivo conceptual.

Por un antagonismo dialéctico

 Nuestro enigma no es si hay un futuro para la izquierda. Mientras exista el sistema democrático la izquierda, incluso la izquierda revolucionaria, tendrá un casillero asegurado. Ya lo tiene en el ámbito electoral con su cuota destinada a fluctuar entre un 2 y un 10% de votantes; que cada tanto la coyuntura procure un 20% no modifica la situación.

Lo tiene por cierto en el terreno cultural con su preocupación por los temas sociales, ecológicos, feministas, entre muchos otros; y por la tolerancia de las facultades universitarias de ciencias sociales y humanidades con los nichos de “pensamiento crítico”. Y lo tiene sobre todo por el carácter periódico e irresoluble de las crisis capitalistas que tornan algo más creíbles los ánimos radicales de la izquierda hasta que el nuevo ciclo de recuperación más o menos modesta reconduzca a las ovejas descarriadas al redil del reformismo burgués.

La dificultad mayor consiste la constitución de una izquierda renovada que pueda acometer las tareas más válidas de sus formulaciones iniciales durante los siglos diecinueve y veinte, pero a la vez lo haga a la luz de la exigencia de una elaboración de su derrota y fracaso.

Para contribuir a esa reflexión quiero formular ahora algunas anotaciones para continuar desarrollando lo expresado en párrafos anteriores. Mi tesis al respecto –que renuncia de antemano a inventar desde el mero pensamiento y el deseo– es que una renovación de la izquierda solo es viable a partir de las izquierdas realmente existentes, o más bien, de la superación de sus dilemas. Esta tesis es incompatible con la idea de que el desarrollo exitoso de una de las izquierdas, y por ende la desaparición de la otra, es la vía regia hacia una recomposición de la estrategia revolucionaria.

Doy por un dato la necesidad histórica de construir una política de izquierda que elabore los fracasos y las derrotas del siglo veinte. Quien suponga que solo se trata de reincidir en fórmulas consolidadas hacia 1920 o 1960 permanece fuera de una proyección futura de otra (nueva) izquierda. Pienso que salvo casos extremadamente minoritarios no hay izquierda viva que asuma como fortaleza identitaria la continuidad y repetición de la amplia familia de la izquierda leninista –aquí incluyo también al trotskismo y al maoísmo– predominante en el siglo veinte.

La IT en sus variantes más lúcidas no impugna la perentoria necesidad de autotransformarse a la luz de las nuevas condiciones. Solo que, con buenos motivos, reclama no olvidar algunas referencias sustantivas: el anticapitalismo, el socialismo, el igualitarismo, el concepto de revolución, la importancia de la clase trabajadora. Y para ello demanda considerar en toda su importancia la tradición socialista, incluyendo la específicamente marxista. No veo que tales referencias deban ser eliminadas a priori de la estrategia de izquierda. Pienso menos aún que no deban ser pensadas.

Por ejemplo, respecto de algunas preferencias por los movimientos sociales en la NI, una conjetura accesoria que me limitaré a enunciar dice que sin la recomposición política de la clase trabajadora, ya no imaginarizada en el modelo exclusivo del obrero industrial, no será viable ninguna estrategia de izquierda futura.

No porque debamos recentralizar lo social y lo político en un sujeto/objeto de la Historia, como sucedió con el obrerismo socialista de cuño economicista, sino porque mientras haya capitalismo la clase trabajadora incidirá cuantitativa y cualitativamente en los engranajes decisivos de la legitimación y reproducción del orden dominante.

Una izquierda que carezca de una sólida política en y hacia la clase obrera navega –a ese respecto, al menos– en una nube de quimeras. Pero de allí no se deduce que la “centralidad” y “primacía” de la clase obrera legitime la marginalización de otras demandas, tal como aconteció en la argumentación obrerista de tan extensa vigencia.

Planteo una conclusión provisoria, que es, lo admito, más bien una nueva hipótesis que solicita ulteriores reflexiones: es lícito deducir que en el panorama ideológico-político aquí dibujado –la oposición mecánica entre IT y NI– no habrá de edificarse una izquierda que supere adecuadamente el legado del siglo veinte. Pues la presunta NI es tan heredera de los dilemas irresueltos del siglo veinte como lo es, sin culpa, la IT. Sucede así que incluso con sus matices ambas vertientes participan y a la vez niegan la profundidad de la crisis de la izquierda revolucionaria.

Estoy lejos de pensar que la revisión radical del inconsciente conceptual que he descripto pueda hacerse a través de una “reforma del entendimiento” en las izquierdas. Y menos aún quisiera reiterar en otro nivel el mismo gesto idealista de estipular lo que una real “nueva” izquierda debería ser. Prefiero apelar al método materialista de partir de las contradicciones de lo dado, de lo que hay en sus tensiones constitutivas. Es decir, de las desventuras de unas izquierdas que no por sus aperturas al diálogo y el debate franco sino, por el contrario, gracias a sus sorderas y resentimientos, son hermanas-enemigas de una misma familia ideológica.

Por ello no consiguen emanciparse de los legados del siglo veinte al que todavía, conceptualmente, pertenecen. La IT y la NI son así síntomas de la crisis de la izquierda; pero el síntoma más significativo es más bien su oposición formal y no dialéctica. Así solo están destinadas a repetirse, a consolidarse en un antagonismo opaco y autocomplaciente para cada una de las partes. 

Hay una dificultad formal para una discusión superadora del antagonismo entre IT y NI. No se me escapa que la urgencia de la práctica política requiere “formaciones de identidad”, la sanción de nombres que cristalizan sujetos. Sé que desde la indeterminación estratégica no se convence a la militancia propia, y mucho menos a los posibles interlocutores.

No puedo prever cómo podría darse la autosuperación de la IT y la NI. Y no quiero recostarme sobre ese tópico del pensamiento mágico que imagina situaciones revolucionarias donde se fusionen las distintas izquierdas que sepan estar a la altura y más allá de las circunstancias, exigidas por la autoactivación organizada y movilizada de las masas obreras y populares. Es infructuoso esperar ese acontecimiento purificador pues la faena de construir una izquierda nueva debe comenzar ya mismo. El tiempo del ahora es hoy.

Mi contribución quiso delinear la idea de que solo en la confluencia de una IT que sepa evaluar críticamente su pasado, metamorfoseándose, y una NI que asuma los desafíos urgentes del presente siglo, podrá emerger una variante original para una nueva era de la práctica revolucionaria.

No habrá nueva izquierda real sin la autotransformación de la IT. Ni habrá una nueva izquierda efectiva, no reactiva, sin que se disuelvan los clichés que la tornan en un negativo contrapuesto a su contraparte acostumbrada.

Con todo, esta confluencia no descansa en un deseo arbitrario. Pienso que se observan señales empíricamente documentables de la convergencia necesaria para abrir una época inédita de la izquierda. Desde el lado de la izquierda tradicional el paso de los lustros revela de modo crecientemente notorio que sus categorías, si no están obsoletas, merecen reformulaciones profundas, como las que Rosa Luxemburg, Lenin, Trotsky y Gramsci, por ejemplo, se atrevieron a encarar sin resignar por ello su vocación revolucionaria. Así la revisión no equivale a renegar de una tradición sino a tornarla activa en inéditas condiciones históricas.

Aunque en modo alguno es una tendencia dominante, percibo articulaciones de la izquierda tradicional que avanzan en ese sentido, esto es, que no condenan de antemano toda innovación teórica o práctica ni se lanzan a cooptarla con la meta predefinida de reproducirse y ampliarse.

Desde la obra vereda, las mejores experiencias de la NI ponen en suspenso las actitudes reactivas y resentidas con que supo atorarse en su repulsión hacia la IT. Se trata de esfuerzos por leer en toda su significación, su drama y sus legados, una historia revolucionaria de complejidad extraordinaria. Al hacerlo se resisten a plantear abstractos abismos entre el pasado y el porvenir, asumiendo una actitud crítica hacia las nuevas doctrinas que reclaman representar una novedad radical.

Así las cosas, la perspectiva de una renovación de la izquierda revolucionaria a partir de lo existente pero ciertamente más allá de lo que hay no entraña un deseo solo imaginario. Para estimularla estas palabras balbucearon algunas ideas con el objeto de encarar diálogos constructivos en la izquierda.

 Junio de 2014

El FMLN y la democracia. 2020. Luis Mario Rodriguez

La gobernabilidad y el desarrollo no son incompatibles con la democracia y con los principios que la protegen. Quien cree lo contrario, y mira a las instituciones como un obstáculo, termina rechazando la división de poderes e impone un estilo autoritario que tarde o temprano afecta a la población.
Sí, el Frente amenazó con romper la institucionalidad, fustigó a los medios de comunicación, estigmatizó a la empresa privada como “explotadora” y unió su voz a las del socialismo del siglo XXI para censurar al “imperio”, en referencia a los Estados Unidos de América. Sin embargo, la dirigencia del FMLN no presentó un tan solo proyecto de ley para modificar la forma de Gobierno. Nunca habló de reelección presidencial, participó en las elecciones y ganó la presidencia en dos ocasiones. Desde la Asamblea hizo una fuerte oposición al entonces partido de Gobierno y supo pactar cuando fue preciso.
Ciertamente el FMLN amenazó con destituir a los integrantes de la Sala de lo Constitucional. Respaldó la creación de comisiones ad hoc para revisar su proceso de elección, mantuvo su apoyo al Decreto Legislativo 743 que pretendió establecer la unanimidad de los miembros de la Sala para acordar inconstitucionalidades, y fue cómplice de designaciones amañadas de magistrados que violentaban la regla constitucional que establecía que a “una legislatura le correspondía una magistratura”.
La sociedad civil reclamó con severidad este tipo de atropellos a la institucionalidad. Las organizaciones señalaron en repetidas ocasiones la intención del partido de izquierda de controlar a la Sala de lo Constitucional. Cuando fue necesario, los líderes civiles interpusieron demandas orientadas a frenar cualquier intento que buscara desmantelar a la máxime intérprete de la Constitución de la República.
El FMLN ratificó, cada vez que pudo, su vocación revolucionaria. Durante su primer congreso, en 2015, nos recordó que su objetivo era alcanzar y profundizar la hegemonía política, ideológica, económica-social y cultural. Quería hacerlo a nivel nacional, en las instituciones públicas y en el conjunto del sistema político. Una de las conclusiones de aquel cónclave advertía que compartir la conducción del Estado con el resto de fuerzas políticas no era una opción. Según sus ideólogos, el FMLN quería comandar, solo, el futuro de los ciudadanos y para lograrlo, pedía a su militancia emplear todos los métodos para destruir a “la oligarquía y a sus cómplices”.
Al revisar el apartado sobre el “compromiso del presidente con la democracia” en el documento “El Salvador. Año Político”, publicado por 10 años consecutivos por el Departamento de Estudios Políticos de FUSADES, nos encontramos con un partido que, si bien reivindicó constantemente su ideario socialista con una mezcla de marxismo–leninismo, no concretó, durante los dos quinquenios al frente del Ejecutivo, ninguna acción que ocasionara la ruptura del orden constitucional. Lo intentó, en efecto. Y el sistema de frenos y contrapesos se lo impidieron. El FMLN se sometió a las instituciones de control. Entre 2010 y 2018, la Sala de lo Constitucional detuvo varias de sus iniciativas. Estos fallos hicieron reaccionar a los expresidentes Funes y Sánchez Cerén con diatribas en contra de los magistrados. Con todo y lo anterior, no se sobrepasaron los límites. Se cumplieron las sentencias y prevaleció el Estado de derecho.
El partido de izquierda fue muy ineficaz en la administración pública. Hizo poco por desburocratizar al Estado y por disminuir la tramitología. Dialogó mucho y concretó muy poco. Pero la improductividad de su período no los animó a fracturar el sistema democrático. El énfasis de sus reclamos, que durante los primeros cinco años de Gobierno se dirigió principalmente en contra de los empresarios, no se tradujo en iniciativas que violentaran la Constitución. Agitaron el ambiente, lo crisparon al no condenar al régimen venezolano por graves violaciones a los derechos humanos ni a los Ortega–Murillo ante la represión que padecieron sus adversarios políticos. Pero al final, no rebasaron las reglas; gobernaron dentro de los márgenes constitucionales y mantuvieron las formas y el diálogo político.
Los hechos nos presentan un partido que generó muchas ansiedades antes de su llegada al poder, en 2009. Se especuló sobre su determinación de revertir la dolarización, las privatizaciones y los acuerdos comerciales. Su predilección por las iniciativas totalitaristas de los mandatarios del ALBA, que refundaron sus respectivos Estados, aprobaron nuevas Constituciones, empujaron la reelección indefinida de los presidentes y abusaron de las consultas populares para concentrar poder, provocó una histeria colectiva que finalmente no derivó en ninguno de los atropellos pronosticados.
Ya sea por convicción, por cálculo político o por las barreras que protegen a la democracia, desde la Constitución y por parte de la sociedad civil, lo cierto es que el FMLN supo jugar en democracia, donde creció en diputados y en alcaldías hasta ganar la primera magistratura.

Doctor en Derecho y politólogo

Las FPL y la Carta a los Cristianos de enero de 1975. Roberto Pineda

Uno de los documentos más significativos surgidos de las organizaciones político-militares salvadoreñas, es la Carta los Cristianos que dieron a conocer las Fuerzas Populares de Liberación, FPL “Farabundo Martí”,  en su revista teórica Estrella Roja en febrero de 1975[1].

Es un documento desde una organización que se define como marxista-leninista dirigido a aclarar su posición con respecto a las corrientes progresistas que surgían al interior de la iglesia salvadoreña y que alcanzaron su máxima expresión con la práctica liberadora del Obispo Mártir Monseñor Romero  y del Sacerdote Mártir Rutilio Grande.

Pero que alcanzaban también a buena parte de la base social campesina orientada por las FPL e incluso a sectores de capas medias urbanas, de su segunda dirección política, que incluía luego de cinco años de lucha, a elementos procedentes de este sector, entre estos a Felipe Peña, posiblemente autor de este escrito.    

El documento en su primera parte presenta su visión del momento político y de las características de la organización y de la estrategia de las FLP. Pero en su segunda parte aborda la línea política con respecto a los sectores cristianos. Ya antes, en 1970, el Partido Comunista de El Salvador[2], había  señalado algunas orientaciones al respecto en su documento, pero sin llegar a este nivel de focalización y profundización. El capítulo VI de este documento se titula Nuestra actitud ante la religión y  el capítulo VII lleva el título de El clero progresista en el proceso revolucionario.

Inicia esta histórica Carta a los Cristianos explicando que “consideran que el incremento de la Guerra Prolongada del pueblo y, por consiguiente, la creciente incidencia de la lucha armada revolucionaria en la vida política nacional, así como el creciente desarrollo de las luchas combativas de las masas por las necesidades vitales urgentes, pueden crear en algunos sectores progresistas del país, entre ellas en el sector progresista del clero, algunas reservas, interrogantes y preocupaciones sobre el quehacer militar y político de nuestra Organización que conlleva la creciente incorporación de sectores avanzados del pueblo a las distintos aspectos de la guerra revolucionaria.”

Le preocupaba a las FPL que “en este proceso, sectores o personas que en un momento determinado ocuparon posiciones con ciertos tintes progresistas, pero que no alcanzan a comprender en su plenitud el proceso de desarrollo revolucionario de la lucha de clases, pueden ir derivando paulatinamente hacia el campo de las posiciones reaccionarias y contrarrevolucionarias.”

Pero confían en que “la historia de las luchas de los pueblos ha mostrado que quienes sincera y correctamente están por las aspiraciones revolucionarias del pueblo estarán al lado de éste en su lucha revolucionaria, y que, en cambio, quienes no tengan consecuencia con ese ideal se irán se irán colocando contra la lucha revolucionaria popular.”

Establecen las FPL con claridad que “nuestro trabajo revolucionario va dirigido contra los enemigos del pueblo y no va encaminado a menoscabar la religión, ni el trabajo de masas religioso. La experiencia en este terreno indica que el quehacer religioso y la actividad revolucionaria pueden combinarse fecundamente en aras de los intereses del pueblo.”

Y en abierta ruptura con el ateísmo militante predominante en la izquierda, plantean como criterio de reclutamiento que “las FPL aceptan en sus filas a todo revolucionario honesto que adopte conscientemente su estrategia, su línea táctica y política, y sus lineamientos orgánicos y disciplinarios, y para ello, sus creencias y prácticas religiosas no constituyen un obstáculo.”

Explican que “partimos del hecho de que ser cristiano no se opone al deber de luchar por la justa causa del pueblo, por su liberación de la explotación y de la miseria. Consideramos como una ofensa para un trabajador cristiano–hombre o mujer- suponer lo contrario.”

Manifiestan que “donde quiera que haya un militante católico, que desee dar un salto en su práctica revolucionaria y que llene los requisitos exigidos por nuestra organización, no tenemos por qué rechazarlo, por qué cerrarle las puertas e impedirle que realice su aspiración de servir a la causa revolucionaria de su pueblo.”

No obstante esto, indica el documento en un afán positivista que “si bien nuestra misión no es menoscabar sus creencias religiosas, es necesario decir que todo revolucionario, a medida que va elevándose a un enfoque científico de la realidad objetiva, va llenando sus lagunas, debilidades, deficiencias y errores en la esfera del conocimiento con una base científica que eleva integralmente su conciencia y acción en aras del interés colectivo.”

Advierten que “podría suceder que algunos sacerdotes progresistas a estas altura todavía no vean con claridad que va en marcha el proceso de la lucha armada revolucionaria, que éste es ya un proceso y que este es ya un proceso irreversible, y que a medida que se profundice, también el enemigo responde con sus acciones de creciente intensidad y crueldad, lo cual es una dinámica inevitable de la lucha cuando los pueblos han tomado la decisión de liberarse con las armas en la mano.”

El documento reafirma el carácter marxista-leninista de la organización y rechaza  “algunas incomprensiones y recelos que se han creado o se van creando en el ánimo de algunas personas avanzadas en relación con la naturaleza de la Organización. Pereciera que aceptarían que el Marxismo se utilizara como método de análisis, de interpretación y estudio de la realidad pero no como el arma revolucionaria de transformación de la sociedad.”

Agrega que “una actitud de este tipo no sería consecuente con sus posiciones avanzadas ya que trataría de presentar al Marxismo como una teoría abstracta y declarativa y así nada “peligrosa” para los explotadores.”

Enfatiza que “nuestra Organización es una Organización clandestina, con una estricta compartimentación entre sus diversos organismos, con una racional distribución de responsabilidades entre organismos y miembros y que se rige por estrictas normas de seguridad y trabajo secreto.”

Considera que “es natural que a las clases explotadoras no les convenga altos grados de organización y disciplina revolucionaria en los sectores avanzados del pueblo, de allí que estén vitalmente interesadas en debilitar la solidez orgánica de los explotados, en difundir el liberalismo individualista, la falta de disciplina proletaria y de espíritu de sacrificio consciente.”

Sobre la política de alianzas el documento enfatiza la visión sectaria que caracterizó en ese momento a las FPL y luego al Bloque Popular Revolucionario, BPR, al plantear que “fue en el transcurso de 10 años de lucha ideológica que se fue perfilando y depurando una estrategia integral revolucionaria político-militar, que al irse poniendo en aplicación a través de los nuevos instrumentos orgánicos está abriendo el cauce revolucionario del pueblo que a través de la Guerra Revolucionaria lo conducirá a las victorias definitivas.”

Por lo que “nuestra Organización propugna por una línea de unidad a nivel de los sectores avanzados del pueblo, para luchar conjuntamente por profundizar y ampliar el proceso revolucionario de la Guerra prolongada del pueblo, para acrecentar la lucha contra los enemigos de la revolución, y para derrotar ideológicamente a las corrientes oportunistas y revisionistas que están al servicio de los intereses de la burguesía.”

Y finaliza esta Carta de las FPL a los Cristianos afirmando que “desean recalcar su respeto por el sector de sacerdotes de ideas y prácticas avanzadas, esperando que en bien de la causa del pueblo, sus esfuerzos den cada día mayores frutos para la revolución.” Con fecha enero de 1975, firma el Comando Central de las Fuerzas Populares de Liberación, FPL, “Farabundo Martí.”


[1]https://ecumenico.org/carta-de-las-fpl-a-los-cristianos-progresistas/

[2] Ver Lineamientos básicos de la táctica del PCS (Pleno del CC del PCS del 18 de octubre de 1970) https://ecumenico.org/lineamientos-basicos-de-la-tactica-del-pcs-pleno-d/17/

El comunismo “a la tica” y la primera ola de la revolución centroamericana. 2013. J. Roberto Herrera Zúñiga

El presente artículo tiene el objetivo de ser una aplicación del pensar radical a las condiciones sociohistóricas centroamericanas y su relación con la ideología/estrategia del comunismo “a la tica”.

“Entendemos como pensar radical aquel: “que es función de construcción de un nuevo orden [que] se propone como tarea central contribuir al ámbito -práctico- desde el cual es necesario y posible “pensar. [Que] pensar se llena así no sólo con su sociedad y con sus conflictos y desgarramientos, sino que también y específicamente con la moralidad que emana desde y que sostiene a esa sociedad. El carácter histórico-social del pensar es, al mismo tiempo, su sentido moral, su urgencia, y su toma de partido […] El pensar radical, teórico, expresa profundamente y sintetiza prácticas sociales de explotación y liberación y, sobre todo, toma partido” (Gallardo, 1981, 17).

Buscamos entonces extraer de las experiencias históricas y sociales de emancipación, las conclusiones políticas y filosóficas de lo que ha significado y significa ser políticamente pueblo en Centroamérica. Nuestra exposición por motivos pedagógicos será desarrollada como una serie de preguntas y respuestas de las cuales se extraerán conclusiones filosófico-políticas.

1) ¿Cuál relación se establece entre el comunismo “a la tica” y Centroamérica?

Queremos analizar una serie de problemas sobre la interpretación histórica y política de los comunistas “a la tica”, a saber: ¿Qué papel juega Centroamérica en su análisis? ¿Hay alguna relación entre la experiencia de la lucha sandinista entre 1928-1935, el levantamiento salvadoreño de 1932 y el surgimiento del comunismo costarricense? ¿Hay alguna relación entre el aplastamiento de las dos primeras alternativas y la desradicalización y criollización de los comunistas costarricenses?

Es importante señalar primero un problema de método, que creemos de la mayor importancia.

Nuestro criterio metodológico para ingresar a cualquier análisis de los fenómenos sociales en el área es que: “Centroamérica constituye una realidad cualitativamente distinta al resto de América Latina. Por razones de unidad y extensión geográfica, tradición histórica común que arranca de la colonia unida, cultural e idiomática, forma una sola nacionalidad dividida en seis estados distintos, donde la tendencia a la conformación de una sola nacionalidad es fuerte y evidente” (Moreno, 2003, 33).

Evidentemente esta realidad es contradictoria y desigualmente desarrollada, pero creemos que es indudable que estamos en presencia de una totalidad concreta [1].

Podríamos decir que mientras que El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua tienden a marcar en Centroamérica las tendencias hacia la unidad, hacia la combinación y homologación del proceso social, Costa Rica tiende a representar el polo desigual del desarrollo, pero que en todo caso sería el elemento desigual en el marco de un desarrollo de conjunto que se despliega y concreta justamente a través de estas múltiples y desiguales determinaciones.

Este criterio, por cierto, no es novedoso en la tradición del pensamiento comunista centroamericano, este era el mismo que poseía el comunismo salvadoreño en sus orígenes, por ejemplo para uno de los pioneros del comunismo salvadoreño, Miguel Mármol [2]: “nuestra tradición centroamericanista es un hecho y aunque la burguesía y los gringos siempre han atizado la división, la verdad es que somos una sola nación, partida en cinco pedazos” (Dalton, 2000, 422).

Nada más falso entonces que interpretar la realidad de los fenómenos sociales surgidos en alguno de los seis países, o en el conjunto del área, sumando definiciones locales [3]: “El método adecuado es el contrario: se debe formular una caracterización de conjunto sobre la situación en Centroamérica, y partir de esa definición para señalar las diferencias de país a país” (Moreno, 2003, 35).

Este vacío metodológico es por cierto un defecto común en las obras de los analistas afines a la tradición intelectual del comunismo “a la tica” (Botey, 1984; Contreras, 2006; Cerdas Cruz,1986; De la Cruz, 1980; Merino, 2006). En todos estos autores, el análisis económico-social, las tareas y procesos internos de la revolución centroamericana aparecen explicitados como subcapítulos de la historia del comunismo costarricense.

Para ser más preciso, en esta tradición intelectual la revolución centroamericana siempre aparece como un elemento exterior y de segundo orden al desenvolvimiento del comunismo criollo. Centroamérica siempre aparece como influencia extranjera o como solidaridad hacia el exterior, nunca como un movimiento interno, propio, que pueda iluminar desde dentro el desenvolvimiento de los comunistas costarricenses.

En los análisis de los comunistas “a la tica”, Costa Rica no parece ser parte de Centroamérica.

Por ejemplo, en las explicaciones que dan Cerdas Cruz (1986) y Merino (2006) sobre la política que desarrolló el Partido Comunista de Costa Rica en los años treinta y cuarenta, siempre terminan necesitando del recurso al exotismo y a la excepcionalidad costarricense.

Para Cerdas Cruz la política del comunismo “a la tica” fue la que más se ajustó “a la situación política y social del país” (1986, 352) y para Merino fue que la que le otorgó una “singularidad” (1996, 42) en la región, y lo consolidó como una alternativa efectiva frente a otras estrategias desplegadas en Centroamérica, concretamente las desarrolladas por el Ejercito Defensor de la Soberanía Nacional en Nicaragua y por el Partido Comunista de El Salvador.

Es evidente que el recurso al exotismo también refuerza el principio de caudillismo y de culto a la personalidad; fue Manuel Mora (en tanto que individuo excepcional) que teniendo una profunda capacidad de entender la psicología de su pueblo, pudo elaborar una política excepcional para un país excepcional (Merino, 2009; Solís, 1985).

El enfoque de los comunistas “a la tica” parece tener justificación en la medida que las alternativas populares centroamericanas de los años 30 (PCs y EDSN) fueron masacradas y liquidadas por la fuerza y las democracias liberal-oligárquicas limitadas fueron sustituidas por gobiernos autoritarios y dictatoriales.

Pero en todo caso este hecho político no soluciona la pregunta que nosotros estimamos como clave para entender el proceso histórico-social que sucedió en los años 30 en Centroamérica:

¿Por qué fueron derrotadas en toda el área, las fuerzas populares durante el ciclo de rebelión instaurado en 1928-1932?

En los hechos, un poco más tarde que en los años 30, cuando fueron liquidados el EDSN y el PCS, el PC CR también fue liquidado como fuerza política. Si algo es indudable de la guerra de 1948 fue que los comunistas y las organizaciones sindicales filocomunistas quienes tuvieron que vivir el rigor de la derrota y nunca pudieron recuperar la influencia política de los años 40.

Es decir, algo está perdido en el análisis de los comunistas costarricenses. Sus enfoques empobrecen la comprensión de las raíces históricas-sociales del comunismo costarricense y también oscurecen su especificidad entre las respuestas políticas que los sectores obreros y populares centroamericanos dieron a una crisis política y social que los afectaba de conjunto.

Creemos que hay tres elementos que pueden unificar el análisis de los fenómenos centroamericanos de este periodo: 1) Los dos mundos sociales surgidos al calor de las dos principales actividades productivas del capitalismo centroamericano: la producción cafetalera y el enclave bananero, 2) el impacto y las características de la crisis económica de 1929 y 3) la política del imperialismo norteamericano hacia la región. El cuarto elemento que interviene en este cuadro aportando el elemento desigual fueron las respuestas políticas de los sectores populares a estos tres elementos.

2) ¿Cómo era el capitalismo centroamericano de esta época? [4]

2.1) El capitalismo cafetalero: Es conocido que las características de la expansión cafetalera fueron fundamentales para delinear las formas de acumulación, las formas de dominio y los estilos políticos de las clases dominantes centroamericanas.

Asimismo, comprender el despliegue del capitalismo cafetalero nos da pistas para comprender el perfil y la agonalidad de las clases subalternas, sobretodo de los campesinos y los peones agrarios. Así por ejemplo en Nicaragua: “el desarrollo del cultivo del café se produce en un contexto [marcado] por la gran hacienda ganadera de corte colonial, y de las pequeñas parcelas de subsistencia que constituyen su complemento. El café entonces no origina un reordenamiento sustancial de las actividades agrícolas y tendrá menos peso en la economía nacional” (Cardoso y Pérez, 1977, 220) que en el resto de Centroamérica.

El peonaje y las distintas formas precarias de tenencia de la tierra, son las formas fundamentales que se mantienen en el marco de las relaciones latifundio-minifundio. Estas formas son el fundamento de la agitada vida política nicaragüense (junto con dos elementos claves: los intereses norteamericanos y la posición estratégica de Nicaragua como posible paso entre los dos océanos).

Diferente es la situación en Costa Rica, El Salvador y Guatemala, donde el inicio del capitalismo agrario cafetalero sí generó una reconfiguración interna de la tenencia de la tierra y construyó unas determinadas formas de dominioque fueron fundamentales en la constituciónespecífica de los distintos comunismos centroamericanos,sobre todo en dos de sus versionesmás peculiares: la salvadoreña y la “tica”.

Según Cardoso y Pérez, en: “Costa Rica y El Salvador

[el desarrollo de la producción cafetalera causó]

la eliminación total del sistema de ejidos y tierras comunales, pero en el primer país tales tierras estaban muy lejos de tener la misma importancia que en el segundo. En Guatemala, la extensión de las formas comunales de tendencia fundiaria no fue sino solo parcial y limitada a ciertas áreas” (220).

Y es que por lo menos en Costa Rica, el desarrollo del capitalismo agrario cafetalero tuvo como eje: “1. La apropiación de terrenos baldíos; 2. la compra-venta de tierras apropiadas anteriormente, 3. la disolución de formas comunales de propiedad” (210). “La gran facilidad para obtener [tierras públicas] condujo con frecuencia a su ocupación con fines especulativos, sin que se cumpliera con la obligación de cultivarlos efectivamente” (211), lo cual evidentemente facilitó el desarrollo de grandes hacendados. En todo caso, es importante señalar que en Costa Rica, a diferencia de por ejemplo en Guatemala, “la verdadera formación de la propiedad territorial […] ocurrió después de la separación de España” (211).

Según Cardoso y Pérez Brignoli, en las zonas cafetaleras del Valle Central de Costa Rica la característica más notable fue la existencia de una “multitud de pequeñas fincas y la ausencia de propiedades realmente grandes” (216), aunque este hecho no puede esconder que “la mayor parte de los trabajadores agrícolas, aunque a la vez eran propietarios, no escaparon de volverse dependientes de los cafetaleros más importantes, debido al monopolio que ejercían estos últimos sobre el beneficio del producto, la comercialización y el crédito” (226) [5].

Una forma distinta tuvo el capitalismo agrario salvadoreño, pues la reconfiguración en la tenencia de la tierra que produjo la expansión cafetalera en El Salvador, a la larga, será fundamental para comprender la insurrección salvadoreña de 1932 y las tradiciones revolucionarias del comunismo centroamericano de las que el Partido Comunista de El Salvador y su dirigente más influyente, Farabundo Martí, serán unos de los exponentes más destacados.

“En El Salvador, y especialmente en su meseta volcánica central- la zona más poblada del país y la más propicia para el café (…) en lo atinente a la tenencia de la tierra [la característica fundamental fue] la extinción total de ejidos y comunidades” (219).

La abolición de los ejidos y tierras comunales fue acompañada de una serie de leyes que trataban de controlar a los campesinos, expulsándolos de tierras ocupadas sin título de propiedad y forzándolos a cumplir con sus trabajos en las fincas que los emplean.

Sin embargo, al contrario de lo que pasaba en Guatemala, el Estado no reglamentaba el trabajo, ni trataba de establecer sistemas de reclutamiento forzoso de jornaleros, sino que se limitaba a reprimir -duramente- el no

cumplimiento de las obligaciones laborales contraídas por los campesinos o los intentos de rebelión (231).

La forma bastante clásica de expropiación de los pequeños propietarios y de los pueblos originarios que produjo el capitalismo agrario salvadoreño, que a la vez se combinaba con una organización política y estatal, que pese a los intentos de reforma liberal poco había cambiado en su funcionamiento patrimonial, clientelar y oligárquico, generó una combinación especial que marcó la lucha de clases salvadoreña de las primeras décadas del siglo XX.

Una de esas características es que la lucha de clases salvadoreña fue muy directa, abierta y clásica, en cuanto a los métodos de lucha por parte de las clases subalternas, y muy cruenta y sanguinaria por parte de la oligarquía.

Por otra parte, en Guatemala el capitalismo cafetalero reconfiguró las estructuras económicas y sociales en muchos casos reforzando desigualdades y opresiones heredadas del capitalismo colonial [6]. Los ejes de la expansión cafetalera fueron: “1 La nacionalización de las propiedades eclesiásticas; 2. La abolición del censo eufemístico; 3. La política de venta y de distribución del baldíos” (216).

Como el grueso de la mano de obra eran trabajadores originarios sometidos a sistemas coloniales de prestación de trabajo fue frecuente la queja de los oligarcas cafetaleros por la falta de mano de obra, máxime que a diferencia de El Salvador, en Guatemala la expansión cafetalera no coincidía con las zonas de mayor densidad poblacional originaria.

Desde finales del siglo XIX, el ejecutivo guatemalteco había girado instrucciones a los jefes políticos locales señalando que ellos “deberían proporcionar a los finqueros que lo pidieran, el número de mozos que necesitaran, hasta un máximo de cien, sacados de las comunidades indígenas de su jurisdicción, garantizando su relevo por otros trabajadores en intervalos regulares” (226).

“Los mandamientos, de corte colonial, o sea la facultad de extraer por la fuerza de las comunidades a ciertas cantidades de trabajadores temporales;

y las habilitaciones, es decir, anticipos en dinero para obligar a los indígenas a un trabajo posterior” (228), fueron las formas fundamentales que tuvieron las relaciones de producción en Guatemala hasta la revolución de 1944. Sin duda, por estas razones, es Guatemala el país donde el proyecto liberal fracasa de manera más estrepitosa y la lucha de clases siempre tuvo un importante componente originario en la lucha por la tierra.

2.2) El enclave bananero: La economía de enclave que existió en las grandes plantaciones agrícolas en la zona Atlántica de Centroamérica tiene una serie de características: 1) “la propiedad de la empresa recae generalmente en una gran corporación internacional”. 2) “El alto grado de integración vertical de las actividades, es decir, el control por la misma empresa de todas las fases del proceso de producción y comercialización”. 3) “Las tareas de dirección y supervisión están a cargo de personal altamente especializado, mientras que los trabajos corrientes emplean una gran cantidad de mano de obra asalariada, con un grado bajo de especialización” (275).

Sin embargo la consolidación de la economía de enclave no tiene que ver solo con esta estructura interna de su dinámica productiva, sino que, y esto sería lo más importante, es tal vez una de las formas más agudamente contrastantes del desarrollo desequilibrado que toma el capitalismo semicolonial, pues la consolidación de las compañías bananeras se realizó a través de un complejo proceso en el que intervienen: “las concesiones de tierras por el Estado, la construcción de ferrocarriles y puertos, la introducción de tecnologías y capitales extranjeros, la habilidad y visión de algunos empresarios, los conflictos y fusiones entre las propias compañías bananeras, la usurpación de tierras y bienes de muchos agricultores independientes y aun los conflictos fronterizos con las naciones vecinas” (278).

Es importante señalar que las economías de enclave generaron un numeroso proletariado agrícola cuyos salarios pagados por la compañía fueron generalmente más altos que en el resto del país, pero existieron varios mecanismos de pago que perjudicaban a los trabajadores: así por ejemplo en Honduras fueron usuales los bonos o los cupones que sólo podían cambiarse en los comisariatos de las mismas compañías; el pago en dólares con pérdidas para el trabajador al efectuarse la transferencia en moneda nacional a una tasa menor que la usual; la regularidad del pago, que los trabajadores preferían semanal, y que las compañías efectuaban cada 15 días e incluso 40 días (282).

Las específicas relaciones de producción en los enclaves marcaron con claridad su impronta en la lucha de clases centroamericana, no solo en los años 20 y 30, sino hasta ya casi finalizar el siglo XX, cuando se da un cambio significativo en el modelo de acumulación capitalista centroamericana, marcado profundamente por el fracaso del proyecto cepalino de modernización capitalista y la entrada de las formas del capitalismo tardío.

La impronta de estas relaciones quedó plasmada en las obras y el pensamiento político de los distintos Partidos Comunistas. Aun así, sobre todo en la literatura las condiciones subhumanas de explotación de los trabajadores de las bananeras encontraron su expresión más universal (Fallas, 1984; Amaya, 2006).

3) ¿Cuáles eran entonces los rasgos fundamentales del capitalismo y de la lucha de clases en Centroamérica? (resumen)

La región centroamericana fue incorporada al capitalismo colonial de forma dependiente, como productora de materias primas. Esta incorporación dependiente del capitalismo centroamericano reconfiguró a todas las clases y estamentos sociales y la relación de estas con el Estado, combinando formas capitalistas de explotación y formas previas de sujeción y dominio.

Las formas y sujeción de dominio imperialista colocaban como contradicción fundamental el conflicto entre nación oprimida y el centro imperial. Este conflicto tuvo dos manifestaciones fundamentales: una de tipo estructural (la economía de enclave) y otra como manifestación fenoménica (la intervención militar estadounidense).

Pese a que el desarrollo del capitalismo agrario tendía a esconder (a los ojos de las clases subalternas) su carácter dependiente y a que este se manifestaba fundamentalmente a través del intercambio desigual en el mercado mundial (hecho que se volverá fundamental y evidente a los ojos de las clases subalternas durante la crisis de 1929), este capitalismo generó también una reconfiguración de todas las clases de la nación centroamericana, lo cual marcó la pauta y los estilos para la lucha anticapitalista en el interior de nuestras sociedades.

El capitalismo agrario cafetalero, en casos como el guatemalteco o en el occidente de El Salvador, sumó a su conflictividad específica los conflictos clasistas y estamentales heredados y no solucionados del capitalismo colonial. Esta combinación de necesidades postergadas contribuyó a la aparición de una serie de levantamientos originarios, que nutriéndose de las tradiciones y los imaginarios de otros levantamientos contra otras formas de opresión generaron un movimiento, el cual combinaba las viejas tradiciones de lucha originaria con los estilos organizativos de la clase trabajadora, dinámica contradictoria que no siempre supo ser pensada radicalmente.

4) ¿Cómo se organizó la balcanización de Centroamérica?

Hay una serie de elementos que debemos entender para diferenciar el unionismo latinoamericano del unionismo centroamericano. Mientras el proyecto bolivariano de constituir una sola nacionalidad latinoamericana estaba definitivamente derrotado a mediados de la década de 1820, la Federación Centroamericana no es desmembrada hasta 1838.

Pero este desmembramiento contra naturam era permanentemente puesto en entredicho, sobre todo por sectores centroamericanistas de los ejércitos “nacionales” [7]. Los múltiples intentos fallidos del unionismo militar centroamericano tenían razones sociales profundas para su fracaso: solo una clase social dispuesta a tomar medidas radicales como la liberación jurídica y social de los pueblos originarios y los mestizos, la liquidación de las oligarquías postcoloniales y sobre todo de la estructura latifundista del campo, a través de una reforma agraria radical y la instauración de una dictadura popular centralizada (jacobina), podía realizar el sueño morazánico.

La década de los 20 es el momento cuando se concreta la balcanización definitiva del istmo centroamericano, y es el último intento de concretar una Federación Centroamericana. Arturo Taracena Arriola hace una descripción bastante gráfica de los límites esencialmente superestructuralizantes que iba a tener esta Federación, la cual se supone: “Sería representativa y popular, y en ella cada Estado debía de [sic] preservar su autonomía en independencia en asuntos internos. Se comprometían a garantizar el orden interno y a unificar los ejércitos bajo mando federal, de tal suerte que los estados miembros debían de [sic] reducir sus gastos militares, a fin de orientar recursos hacia los sectores productivos” (1993, 242). Pese a ese intento bastante moderado de unidad nacional, fue muy evidente que “Estados Unidos no quería dicho pacto y que usaba a Nicaragua para impedirlo. Asimismo alentaba la conflictividad de la cuestión delímites entre Panamá y Costa Rica” (242). Conel claro aliento imperialista al golpe de estadocontra Herrera Luna en Guatemala, se puso fina la Federaci

El presente artículo tiene el objetivo de ser una aplicación del pensar radical a las condiciones sociohistóricas centroamericanas y su relación con la ideología/estrategia del comunismo “a la tica”.

“Entendemos como pensar radical aquel: “que es función de construcción de un nuevo orden [que] se propone como tarea central contribuir al ámbito -práctico- desde el cual es necesario y posible “pensar. [Que] pensar se llena así no sólo con su sociedad y con sus conflictos y desgarramientos, sino que también y específicamente con la moralidad que emana desde y que sostiene a esa sociedad. El carácter histórico-social del pensar es, al mismo tiempo, su sentido moral, su urgencia, y su toma de partido […] El pensar radical, teórico, expresa profundamente y sintetiza prácticas sociales de explotación y liberación y, sobre todo, toma partido” (Gallardo, 1981, 17).

Buscamos entonces extraer de las experiencias históricas y sociales de emancipación, las conclusiones políticas y filosóficas de lo que ha significado y significa ser políticamente pueblo en Centroamérica. Nuestra exposición por motivos pedagógicos será desarrollada como una serie de preguntas y respuestas de las cuales se extraerán conclusiones filosófico-políticas.

1) ¿Cuál relación se establece entre el comunismo “a la tica” y Centroamérica?

Queremos analizar una serie de problemas sobre la interpretación histórica y política de los comunistas “a la tica”, a saber: ¿Qué papel juega Centroamérica en su análisis? ¿Hay alguna relación entre la experiencia de la lucha sandinista entre 1928-1935, el levantamiento salvadoreño de 1932 y el surgimiento del comunismo costarricense? ¿Hay alguna relación entre el aplastamiento de las dos primeras alternativas y la desradicalización y criollización de los comunistas costarricenses?

Es importante señalar primero un problema de método, que creemos de la mayor importancia.

Nuestro criterio metodológico para ingresar a cualquier análisis de los fenómenos sociales en el área es que: “Centroamérica constituye una realidad cualitativamente distinta al resto de América Latina. Por razones de unidad y extensión geográfica, tradición histórica común que arranca de la colonia unida, cultural e idiomática, forma una sola nacionalidad dividida en seis estados distintos, donde la tendencia a la conformación de una sola nacionalidad es fuerte y evidente” (Moreno, 2003, 33).

Evidentemente esta realidad es contradictoria y desigualmente desarrollada, pero creemos que es indudable que estamos en presencia de una totalidad concreta [1].

Podríamos decir que mientras que El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua tienden a marcar en Centroamérica las tendencias hacia la unidad, hacia la combinación y homologación del proceso social, Costa Rica tiende a representar el polo desigual del desarrollo, pero que en todo caso sería el elemento desigual en el marco de un desarrollo de conjunto que se despliega y concreta justamente a través de estas múltiples y desiguales determinaciones.

Este criterio, por cierto, no es novedoso en la tradición del pensamiento comunista centroamericano, este era el mismo que poseía el comunismo salvadoreño en sus orígenes, por ejemplo para uno de los pioneros del comunismo salvadoreño, Miguel Mármol [2]: “nuestra tradición centroamericanista es un hecho y aunque la burguesía y los gringos siempre han atizado la división, la verdad es que somos una sola nación, partida en cinco pedazos” (Dalton, 2000, 422).

Nada más falso entonces que interpretar la realidad de los fenómenos sociales surgidos en alguno de los seis países, o en el conjunto del área, sumando definiciones locales [3]: “El método adecuado es el contrario: se debe formular una caracterización de conjunto sobre la situación en Centroamérica, y partir de esa definición para señalar las diferencias de país a país” (Moreno, 2003, 35).

Este vacío metodológico es por cierto un defecto común en las obras de los analistas afines a la tradición intelectual del comunismo “a la tica” (Botey, 1984; Contreras, 2006; Cerdas Cruz,1986; De la Cruz, 1980; Merino, 2006). En todos estos autores, el análisis económico-social, las tareas y procesos internos de la revolución centroamericana aparecen explicitados como subcapítulos de la historia del comunismo costarricense.

Para ser más preciso, en esta tradición intelectual la revolución centroamericana siempre aparece como un elemento exterior y de segundo orden al desenvolvimiento del comunismo criollo. Centroamérica siempre aparece como influencia extranjera o como solidaridad hacia el exterior, nunca como un movimiento interno, propio, que pueda iluminar desde dentro el desenvolvimiento de los comunistas costarricenses.

En los análisis de los comunistas “a la tica”, Costa Rica no parece ser parte de Centroamérica.

Por ejemplo, en las explicaciones que dan Cerdas Cruz (1986) y Merino (2006) sobre la política que desarrolló el Partido Comunista de Costa Rica en los años treinta y cuarenta, siempre terminan necesitando del recurso al exotismo y a la excepcionalidad costarricense.

Para Cerdas Cruz la política del comunismo “a la tica” fue la que más se ajustó “a la situación política y social del país” (1986, 352) y para Merino fue que la que le otorgó una “singularidad” (1996, 42) en la región, y lo consolidó como una alternativa efectiva frente a otras estrategias desplegadas en Centroamérica, concretamente las desarrolladas por el Ejercito Defensor de la Soberanía Nacional en Nicaragua y por el Partido Comunista de El Salvador.

Es evidente que el recurso al exotismo también refuerza el principio de caudillismo y de culto a la personalidad; fue Manuel Mora (en tanto que individuo excepcional) que teniendo una profunda capacidad de entender la psicología de su pueblo, pudo elaborar una política excepcional para un país excepcional (Merino, 2009; Solís, 1985).

El enfoque de los comunistas “a la tica” parece tener justificación en la medida que las alternativas populares centroamericanas de los años 30 (PCs y EDSN) fueron masacradas y liquidadas por la fuerza y las democracias liberal-oligárquicas limitadas fueron sustituidas por gobiernos autoritarios y dictatoriales.

Pero en todo caso este hecho político no soluciona la pregunta que nosotros estimamos como clave para entender el proceso histórico-social que sucedió en los años 30 en Centroamérica:

¿Por qué fueron derrotadas en toda el área, las fuerzas populares durante el ciclo de rebelión instaurado en 1928-1932?

En los hechos, un poco más tarde que en los años 30, cuando fueron liquidados el EDSN y el PCS, el PC CR también fue liquidado como fuerza política. Si algo es indudable de la guerra de 1948 fue que los comunistas y las organizaciones sindicales filocomunistas quienes tuvieron que vivir el rigor de la derrota y nunca pudieron recuperar la influencia política de los años 40.

Es decir, algo está perdido en el análisis de los comunistas costarricenses. Sus enfoques empobrecen la comprensión de las raíces históricas-sociales del comunismo costarricense y también oscurecen su especificidad entre las respuestas políticas que los sectores obreros y populares centroamericanos dieron a una crisis política y social que los afectaba de conjunto.

Creemos que hay tres elementos que pueden unificar el análisis de los fenómenos centroamericanos de este periodo: 1) Los dos mundos sociales surgidos al calor de las dos principales actividades productivas del capitalismo centroamericano: la producción cafetalera y el enclave bananero, 2) el impacto y las características de la crisis económica de 1929 y 3) la política del imperialismo norteamericano hacia la región. El cuarto elemento que interviene en este cuadro aportando el elemento desigual fueron las respuestas políticas de los sectores populares a estos tres elementos.

2) ¿Cómo era el capitalismo centroamericano de esta época? [4]

2.1) El capitalismo cafetalero: Es conocido que las características de la expansión cafetalera fueron fundamentales para delinear las formas de acumulación, las formas de dominio y los estilos políticos de las clases dominantes centroamericanas.

Asimismo, comprender el despliegue del capitalismo cafetalero nos da pistas para comprender el perfil y la agonalidad de las clases subalternas, sobretodo de los campesinos y los peones agrarios. Así por ejemplo en Nicaragua: “el desarrollo del cultivo del café se produce en un contexto [marcado] por la gran hacienda ganadera de corte colonial, y de las pequeñas parcelas de subsistencia que constituyen su complemento. El café entonces no origina un reordenamiento sustancial de las actividades agrícolas y tendrá menos peso en la economía nacional” (Cardoso y Pérez, 1977, 220) que en el resto de Centroamérica.

El peonaje y las distintas formas precarias de tenencia de la tierra, son las formas fundamentales que se mantienen en el marco de las relaciones latifundio-minifundio. Estas formas son el fundamento de la agitada vida política nicaragüense (junto con dos elementos claves: los intereses norteamericanos y la posición estratégica de Nicaragua como posible paso entre los dos océanos).

Diferente es la situación en Costa Rica, El Salvador y Guatemala, donde el inicio del capitalismo agrario cafetalero sí generó una reconfiguración interna de la tenencia de la tierra y construyó unas determinadas formas de dominioque fueron fundamentales en la constituciónespecífica de los distintos comunismos centroamericanos,sobre todo en dos de sus versionesmás peculiares: la salvadoreña y la “tica”.

Según Cardoso y Pérez, en: “Costa Rica y El Salvador

[el desarrollo de la producción cafetalera causó]

la eliminación total del sistema de ejidos y tierras comunales, pero en el primer país tales tierras estaban muy lejos de tener la misma importancia que en el segundo. En Guatemala, la extensión de las formas comunales de tendencia fundiaria no fue sino solo parcial y limitada a ciertas áreas” (220).

Y es que por lo menos en Costa Rica, el desarrollo del capitalismo agrario cafetalero tuvo como eje: “1. La apropiación de terrenos baldíos; 2. la compra-venta de tierras apropiadas anteriormente, 3. la disolución de formas comunales de propiedad” (210). “La gran facilidad para obtener [tierras públicas] condujo con frecuencia a su ocupación con fines especulativos, sin que se cumpliera con la obligación de cultivarlos efectivamente” (211), lo cual evidentemente facilitó el desarrollo de grandes hacendados. En todo caso, es importante señalar que en Costa Rica, a diferencia de por ejemplo en Guatemala, “la verdadera formación de la propiedad territorial […] ocurrió después de la separación de España” (211).

Según Cardoso y Pérez Brignoli, en las zonas cafetaleras del Valle Central de Costa Rica la característica más notable fue la existencia de una “multitud de pequeñas fincas y la ausencia de propiedades realmente grandes” (216), aunque este hecho no puede esconder que “la mayor parte de los trabajadores agrícolas, aunque a la vez eran propietarios, no escaparon de volverse dependientes de los cafetaleros más importantes, debido al monopolio que ejercían estos últimos sobre el beneficio del producto, la comercialización y el crédito” (226) [5].

Una forma distinta tuvo el capitalismo agrario salvadoreño, pues la reconfiguración en la tenencia de la tierra que produjo la expansión cafetalera en El Salvador, a la larga, será fundamental para comprender la insurrección salvadoreña de 1932 y las tradiciones revolucionarias del comunismo centroamericano de las que el Partido Comunista de El Salvador y su dirigente más influyente, Farabundo Martí, serán unos de los exponentes más destacados.

“En El Salvador, y especialmente en su meseta volcánica central- la zona más poblada del país y la más propicia para el café (…) en lo atinente a la tenencia de la tierra [la característica fundamental fue] la extinción total de ejidos y comunidades” (219).

La abolición de los ejidos y tierras comunales fue acompañada de una serie de leyes que trataban de controlar a los campesinos, expulsándolos de tierras ocupadas sin título de propiedad y forzándolos a cumplir con sus trabajos en las fincas que los emplean.

Sin embargo, al contrario de lo que pasaba en Guatemala, el Estado no reglamentaba el trabajo, ni trataba de establecer sistemas de reclutamiento forzoso de jornaleros, sino que se limitaba a reprimir -duramente- el no

cumplimiento de las obligaciones laborales contraídas por los campesinos o los intentos de rebelión (231).

La forma bastante clásica de expropiación de los pequeños propietarios y de los pueblos originarios que produjo el capitalismo agrario salvadoreño, que a la vez se combinaba con una organización política y estatal, que pese a los intentos de reforma liberal poco había cambiado en su funcionamiento patrimonial, clientelar y oligárquico, generó una combinación especial que marcó la lucha de clases salvadoreña de las primeras décadas del siglo XX.

Una de esas características es que la lucha de clases salvadoreña fue muy directa, abierta y clásica, en cuanto a los métodos de lucha por parte de las clases subalternas, y muy cruenta y sanguinaria por parte de la oligarquía.

Por otra parte, en Guatemala el capitalismo cafetalero reconfiguró las estructuras económicas y sociales en muchos casos reforzando desigualdades y opresiones heredadas del capitalismo colonial [6]. Los ejes de la expansión cafetalera fueron: “1 La nacionalización de las propiedades eclesiásticas; 2. La abolición del censo eufemístico; 3. La política de venta y de distribución del baldíos” (216).

Como el grueso de la mano de obra eran trabajadores originarios sometidos a sistemas coloniales de prestación de trabajo fue frecuente la queja de los oligarcas cafetaleros por la falta de mano de obra, máxime que a diferencia de El Salvador, en Guatemala la expansión cafetalera no coincidía con las zonas de mayor densidad poblacional originaria.

Desde finales del siglo XIX, el ejecutivo guatemalteco había girado instrucciones a los jefes políticos locales señalando que ellos “deberían proporcionar a los finqueros que lo pidieran, el número de mozos que necesitaran, hasta un máximo de cien, sacados de las comunidades indígenas de su jurisdicción, garantizando su relevo por otros trabajadores en intervalos regulares” (226).

“Los mandamientos, de corte colonial, o sea la facultad de extraer por la fuerza de las comunidades a ciertas cantidades de trabajadores temporales;

y las habilitaciones, es decir, anticipos en dinero para obligar a los indígenas a un trabajo posterior” (228), fueron las formas fundamentales que tuvieron las relaciones de producción en Guatemala hasta la revolución de 1944. Sin duda, por estas razones, es Guatemala el país donde el proyecto liberal fracasa de manera más estrepitosa y la lucha de clases siempre tuvo un importante componente originario en la lucha por la tierra.

2.2) El enclave bananero: La economía de enclave que existió en las grandes plantaciones agrícolas en la zona Atlántica de Centroamérica tiene una serie de características: 1) “la propiedad de la empresa recae generalmente en una gran corporación internacional”. 2) “El alto grado de integración vertical de las actividades, es decir, el control por la misma empresa de todas las fases del proceso de producción y comercialización”. 3) “Las tareas de dirección y supervisión están a cargo de personal altamente especializado, mientras que los trabajos corrientes emplean una gran cantidad de mano de obra asalariada, con un grado bajo de especialización” (275).

Sin embargo la consolidación de la economía de enclave no tiene que ver solo con esta estructura interna de su dinámica productiva, sino que, y esto sería lo más importante, es tal vez una de las formas más agudamente contrastantes del desarrollo desequilibrado que toma el capitalismo semicolonial, pues la consolidación de las compañías bananeras se realizó a través de un complejo proceso en el que intervienen: “las concesiones de tierras por el Estado, la construcción de ferrocarriles y puertos, la introducción de tecnologías y capitales extranjeros, la habilidad y visión de algunos empresarios, los conflictos y fusiones entre las propias compañías bananeras, la usurpación de tierras y bienes de muchos agricultores independientes y aun los conflictos fronterizos con las naciones vecinas” (278).

Es importante señalar que las economías de enclave generaron un numeroso proletariado agrícola cuyos salarios pagados por la compañía fueron generalmente más altos que en el resto del país, pero existieron varios mecanismos de pago que perjudicaban a los trabajadores: así por ejemplo en Honduras fueron usuales los bonos o los cupones que sólo podían cambiarse en los comisariatos de las mismas compañías; el pago en dólares con pérdidas para el trabajador al efectuarse la transferencia en moneda nacional a una tasa menor que la usual; la regularidad del pago, que los trabajadores preferían semanal, y que las compañías efectuaban cada 15 días e incluso 40 días (282).

Las específicas relaciones de producción en los enclaves marcaron con claridad su impronta en la lucha de clases centroamericana, no solo en los años 20 y 30, sino hasta ya casi finalizar el siglo XX, cuando se da un cambio significativo en el modelo de acumulación capitalista centroamericana, marcado profundamente por el fracaso del proyecto cepalino de modernización capitalista y la entrada de las formas del capitalismo tardío.

La impronta de estas relaciones quedó plasmada en las obras y el pensamiento político de los distintos Partidos Comunistas. Aun así, sobre todo en la literatura las condiciones subhumanas de explotación de los trabajadores de las bananeras encontraron su expresión más universal (Fallas, 1984; Amaya, 2006).

3) ¿Cuáles eran entonces los rasgos fundamentales del capitalismo y de la lucha de clases en Centroamérica? (resumen)

La región centroamericana fue incorporada al capitalismo colonial de forma dependiente, como productora de materias primas. Esta incorporación dependiente del capitalismo centroamericano reconfiguró a todas las clases y estamentos sociales y la relación de estas con el Estado, combinando formas capitalistas de explotación y formas previas de sujeción y dominio.

Las formas y sujeción de dominio imperialista colocaban como contradicción fundamental el conflicto entre nación oprimida y el centro imperial. Este conflicto tuvo dos manifestaciones fundamentales: una de tipo estructural (la economía de enclave) y otra como manifestación fenoménica (la intervención militar estadounidense).

Pese a que el desarrollo del capitalismo agrario tendía a esconder (a los ojos de las clases subalternas) su carácter dependiente y a que este se manifestaba fundamentalmente a través del intercambio desigual en el mercado mundial (hecho que se volverá fundamental y evidente a los ojos de las clases subalternas durante la crisis de 1929), este capitalismo generó también una reconfiguración de todas las clases de la nación centroamericana, lo cual marcó la pauta y los estilos para la lucha anticapitalista en el interior de nuestras sociedades.

El capitalismo agrario cafetalero, en casos como el guatemalteco o en el occidente de El Salvador, sumó a su conflictividad específica los conflictos clasistas y estamentales heredados y no solucionados del capitalismo colonial. Esta combinación de necesidades postergadas contribuyó a la aparición de una serie de levantamientos originarios, que nutriéndose de las tradiciones y los imaginarios de otros levantamientos contra otras formas de opresión generaron un movimiento, el cual combinaba las viejas tradiciones de lucha originaria con los estilos organizativos de la clase trabajadora, dinámica contradictoria que no siempre supo ser pensada radicalmente.

4) ¿Cómo se organizó la balcanización de Centroamérica?

Hay una serie de elementos que debemos entender para diferenciar el unionismo latinoamericano del unionismo centroamericano. Mientras el proyecto bolivariano de constituir una sola nacionalidad latinoamericana estaba definitivamente derrotado a mediados de la década de 1820, la Federación Centroamericana no es desmembrada hasta 1838.

Pero este desmembramiento contra naturam era permanentemente puesto en entredicho, sobre todo por sectores centroamericanistas de los ejércitos “nacionales” [7]. Los múltiples intentos fallidos del unionismo militar centroamericano tenían razones sociales profundas para su fracaso: solo una clase social dispuesta a tomar medidas radicales como la liberación jurídica y social de los pueblos originarios y los mestizos, la liquidación de las oligarquías postcoloniales y sobre todo de la estructura latifundista del campo, a través de una reforma agraria radical y la instauración de una dictadura popular centralizada (jacobina), podía realizar el sueño morazánico.

La década de los 20 es el momento cuando se concreta la balcanización definitiva del istmo centroamericano, y es el último intento de concretar una Federación Centroamericana. Arturo Taracena Arriola hace una descripción bastante gráfica de los límites esencialmente superestructuralizantes que iba a tener esta Federación, la cual se supone: “Sería representativa y popular, y en ella cada Estado debía de [sic] preservar su autonomía en independencia en asuntos internos. Se comprometían a garantizar el orden interno y a unificar los ejércitos bajo mando federal, de tal suerte que los estados miembros debían de [sic] reducir sus gastos militares, a fin de orientar recursos hacia los sectores productivos” (1993, 242). Pese a ese intento bastante moderado de unidad nacional, fue muy evidente que “Estados Unidos no quería dicho pacto y que usaba a Nicaragua para impedirlo. Asimismo alentaba la conflictividad de la cuestión delímites entre Panamá y Costa Rica” (242). Con el claro aliento imperialista al golpe de estado contra Herrera Luna en Guatemala, se puso fin a la

imperialista al golpe de estadocontra Herrera Luna en Guatemala, se puso fina la Federación [1]. Después de la derrota del unionismo militar, la bandera de la unidad centroamericana no volverá a ser

Después de la derrota del unionismo militar, la bandera de la unidad centroamericana no volverá a ser levantada más que por los proyectos políticos populares. La idea de la necesidad de una unidad centroamericana de raigambre popular ha sido asumida de manera bastante pragmática, casi como una “intuición natural” de los sectores populares.

Esta asimilación pragmática es acicateada por la evidente pequeñez de nuestros países y la rápida necesidad de solidaridad económica y política que tiene cualquier proyecto popular centroamericano que quiera hacerle frente al dispositivo imperial-oligárquico de dominio, pero esta necesidad política no ha venido acompañada de una reflexión teórica sistemática.

5) ¿Cómo fue organizada la política del imperialismo frente a la crisis de este periodo?

La opresión imperialista y la balcanización semicolonial iban acompañadas de un aumento en la agresividad de la política imperialista estadounidense hacia el área. El imperialismo de los EEUU tenía un claro y ambicioso programa político que necesitaba de un reforzamiento militar para llevarse adelante. ¿Cuáles eran los ejes de este programa? “a) la defensa de los intereses económicos estadounidenses en [Nicaragua]. b) la necesaria protección de la zona del Canal de Panamá. c) la preservación de la estabilidad política en el istmo dictada por los Tratados de Washington de 1923; y d) poner un freno a la influencia de México en Centroamérica, que desde 1920 se venía acrecentando como partede la política de institucionalización de la gestarevolucionaria de 1910” (247).

Además los años 1927-1932 no solo son los más crudos del conocido crack de la economía mundial, sino que Bulmer-Thomas señala:

“El colapso de los precios [del café y el banano], la caída de la entrada neta de capital extranjero y la reducción del ingreso del fisco ejercieron una presión sin precedentes sobre el modelo exportador. Los disturbios temporales causados por la fluctuaciones del mercado mundial, al igual que en 1920-1921, eran un problema ya conocido para el estado de la oligarquía liberal y los instrumentos de política para hacer frente a la mayoría de las consecuencias ya habían sido forjados. No obstante, la crisis económica de 1929, fue tan fuerte que las respuestas tradicionales resultaron totalmente inadecuadas. La reacción política subsiguiente llevó al modelo oligárquico liberal al colapso en las cuatro repúblicas del norte y a una severa realineación en Costa Rica misma (1993, 346).

Desde el punto de vista político el hecho más significativo del periodo es el fracaso del proyecto de relegitimación, modernización institucional y ensanchamiento de la base social del régimen liberal-oligárquico que intentaron llevar adelante distintos gobiernos del área (Araujo, González Flores, Paz Barahona).

Este fracaso empieza a producir efectos sociales y a renovar irritaciones populares acumuladas, que fueron claramente expresados, en sus formas específicas, por el Partido Comunista de El Salvador, el Ejercito Defensor de la Soberanía Nacional y también a su manera por el Partido Comunista de Costa Rica.

Estos instrumentos políticos populares lograron articularse sobre la base del fracaso de este proceso de relegitimación democrática, logrando canalizar cada uno a su manera los reclamos e irritaciones populares ampliamente postergados en las sociedades costarricense, nicaragüense y salvadoreña.

6) ¿Cuál fue la respuesta del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional a la crisis general centroamericana?

Entre los rasgos más universales de la experiencia sandinista se encuentra haber encontrado:

“una base social para su programa y un programa para su base social” […] “Sandino da un vuelco a su acción planteando el problema de la soberanía y la dignidad de Nicaragua y convocando a esta tarea a los sectores populares” (Acuña, 1993, 317).

Los rasgos principales de su pensamiento político enfatizan la defensa de la soberanía, proyectada como una cuestión latinoamericana, y el carácter antioligárquico de su gesta militar, con base en una alianza de contenido popular que obligase nacionalmente a respetar los procesos electorales, a democratizar el poder y a abordar la cuestión agraria por medio de la ampliación de la frontera agrícola en Nicaragua” (Taracena,1993, 242).

Para ello “mezcló la reivindicación campesina, la revalorización de la identidad étnica y el rescate de la soberanía nacional (Acuña, 1993, 315).

La lucha sandinista abarcó todo el país. Este hecho, no “debe hacer olvidar que “las condiciones específicas de un región tienen un significadoenorme en el análisis de clase, ya que el desarrollodependiente de la sociedad nicaragüense implicabauna marcada heterogenidad interna y fuertesdesigualdades regionales” (Wünderich, 1988, 14).

La región de Las Segovias sufrió el efecto de “modernización” que introdujo el capitalismo agrario bastante tardíamente, así como también fueron tardíos los devastadores efectos sociales de este modo de producción. El capitalismo agrario se desarrolló “unos 30 años más tarde que en los centros del auge cafetalero” (Op. cit., 22).

En esta región, además los pueblos originarios resistieron mejor y más tenazmente el trabajo forzado y semiesclavo en las minas coloniales. Esta resistencia tomó la forma de huida masiva y cambio de identidad.

Fue también tardía la resistencia de los campesinos y pueblos originarios a la explotación generada por la expansión de la producción cafetalera.

Cuando Sandino lanza su famoso ataque a la Mina de San Albino, la otrora boyante industria minera de la zona, había entrado en franca decadencia.

En la mina “las condiciones de trabajo eran miserables y los salarios no se pagaban en efectivo sino con cupones, que eran aceptados únicamente en el comisariato de la compañía” (Op. cit., 17). Además esta decadencia de la producción seguramente dejó a “gran parte de los mineros despedidos en una situación difícil e inestable. Es cierto que en tiempos anteriores, el carácter esporádico de la actividad minera había conducido a una coexistencia del trabajo asalariado con la economía tradicional de subsistencia. Sin embargo, con este último ciclo, la economía de enclave había alcanzado dimensiones nuevas” (Op. cit., 26).

Entonces se encuentra en la zona de asentamiento social del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, un acumulado de tensiones e irritaciones, que combinan una memoria social de la resistencia originaria al capitalismo colonial, la resistencia campesina y originaria al desplazamientoproducto de la expansión de la fronteraagrícola y, junto a eso, un proletariado mineroharapiento, sufriendo los efectos sociales de lacontracción de la economía de enclave minera,todo esto en un marco de ocupación militar norteamericana,permitida y solicitada por la oligarquíaconservadora y por sectores del liberalismo.

Justamente esta suma de contradicciones sociales y nacionales son las que permiten explicar el éxito militar de Sandino, que logró librar una guerra de todo el pueblo contra el agresor imperialista y que, por lo tanto, es obligado a generar una ideología nacional-popular, capaz de aglutinar este bloque de clases y capas subalternas.

Pero, si es irrefutable que estas características son los aportes imperecederos del sandinismo original, se necesita señalar que es imposible pensar la solución de una tarea histórico-social, sin tomar en cuenta también los sujetos sociales y los métodos políticos que estos se dan para llevar adelante las tareas planteadas. Allí deben ubicarse los límites trágicos del pensamiento sandinista original.

7) ¿Cuáles fueron los límites del programa sandinista?

La primera debilidad evidente del sandinismo es una incomprensión del carácter dual de la opresión imperialista, como ocupación militar y como balcanización centroamericana.

El EDSN es una de las primeras experiencias de un ejército popular multinacional, inclusive previo a la experiencia de las Brigadas Internacionales de la Guerra Civil Española. Dos de los diez comandantes sandinistas eran de otros países centroamericanos (José León Díaz, salvadoreño y José María Jirón Ruano, guatemalteco) y mucha de la “crema y nata” del activismo antiimperialista latinoamericano luchó o colaboró activamente por la causa del EDSN (Farabundo Martí, José de Paredes, Froylán Turcios, Rubén Ardilla Gómez, Esteban Pavlevich, etc.).

Pese a la clara impronta centroamericana del EDSN, Sandino no planteaba claramente la necesidad de una organización de lucha que rompiera las fronteras “nacionales” centroamericanas, sino que tendía a ver la temática de la ocupación militar sobre suelo nicaragüense como una contradicción sobredeterminada, fundamental y exclusiva de la sociedad nicaragüense, desligada de la lucha contra el dispositivo imperialista en todo el área, cuya manifestación militar y de ocupación era solo uno de sus rasgos y no necesariamente el fundamental, aunque sí el más urgente de solucionar.

Por ejemplo, en el famoso Manifiesto de San Albino, Sandino tranquiliza al gobierno hondureño, tan cipayo como el de Adolfo Díaz.

Dice Sandino: “Yo quiero justificar (advertir) a los gobiernos de Centroamérica, mayormente al de Honduras, que mi actitud no debe preocuparle, creyendo que porque tengo elementos más que suficientes, invadiría su territorio en actitud bélica para derrocarlo. No. No soy un mercenario sino un patriota que no permite ultraje a nuestra soberanía” (Ramírez, 1979, 89).

Ante la pregunta por la presencia de luchadores internacionalistas en las filas del EDSN dice:

“Tengo oficiales de Costa Rica, de Guatemala, de El Salvador, de Honduras y aún dos o tres de México, que llegaron atraídos por la justicia de mi causa, pero están en una minoría. La médula de mi ejército es nicaragüense y los oficiales que más tiempo han permanecido a mi lado son nicaragüenses. He recibido muchos oficiales de afuera, pero en la mayoría de los casos los he despedido” (citado por Arias, 1996, 131).

El que tal vez es el límite más claro del pensamiento sandinista, es el interpretar que bastaba con la salida de las tropas militares estadounidenses, para desactivar el dispositivo imperial, que como sabemos es muchísimo más complejo y requiere de colaboradores y estructuras interiores.

A partir de un somero estudio de los textos y la historia de Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, queda claro que Sandino no era una pensador anticapitalista radical, como señala Wünderich: “Sandino no fue un enemigo irreconciliable de la propiedad privada. El nunca exigió la expropiación de la burguesía nicaragüense ni la repartición de los grandes latifundios. Por el contrario, esperaba que la burguesía cooperara con él con base en su proyecto nacionalista” […]

Sandino estableció la diferencia entre la propiedad “legítima” e “ilegítima”. La encarnación de la propiedad ilegítima era el capital de Norte América” (1988, 28).

Pese a la extensa base social campesina y originaria del EDSN, este nunca tuvo una plataforma ni siquiera cercana a la del agrarismo mexicano. De hecho, lo más significativo del programa agrario sandinista era la colonización agraria a través de cooperativas, que si bien pueden ser un importante punto de apoyo en el marco de una transformación radical de las estructuras económico-sociales de dominación, colocar estos proyectos como eje de la solución del programa agrario e inclusive del problema laboral nicaragüense tenía claros ribetes utópicos (en el sentido conservador del término).

Pese a estas limitaciones, llama la atención encontrar en el EDSN, casi toda la gama de reivindicaciones laborales del movimiento sindical de estirpe comunista, más significativo aun durante la toma de la Mina de San Albino: “El primer paso después de la ocupación de la mina fue anunciar la expropiación de los propietarios norteamericanos y pagar los salarios debidos a los trabajadores en oro puro” (Wünderich, 1988, 17). Es decir, en su primera acción militar el EDSN tomó claras medidas anticapitalistas.

¿Cómo se puede explicar esta aparente contradicción? Aquí se puede encontrar un problema no tematizado suficientemente en el estudio del movimiento sandinista.

El EDSN generó en su organización política y militar interna una fuerte impronta bonapartista, en la cual el liderazgo carismático de Sandino jugaba como efecto estabilizador que ofrecía cohesión interna para un movimiento social muy heterogéneo y fuertemente asentado en trabajadores acostumbrados a la vida social en el minifundio (lo cual facilitaba la dispersión).

Vemos aquí una contradicción: La acción anticapitalista del EDSN es llevada a cabo “desde afuera”, con la participación pasiva de la clase obrera y sin que se constituya ningún organismo de autodeterminación obrera y popular siendo el poder dual el propio ejército sandinista.

La ausencia de un claro programa y perspectiva anticapitalista, un descuido de la dimensión necesariamente centroamericana de cualquier lucha contra la ocupación militar imperialista y un fuerte elemento de sustituismo social temprano, son los límites precisos, los cuales hay que saber señalarle a la experiencia sandinista para poder apropiarse de ella en las actuales condiciones del pensar radical latinoamericano.

8) ¿Cuál fue la respuesta del Partido Comunista de El Salvador?

La segunda gran respuesta popular al proceso de balcanización definitiva y profundización de las condiciones de dependencia en Centroamérica fue la insurrección popular salvadoreña y sobre todo la acción del Partido Comunista de El Salvador en 1932.

Creemos que es importante recordar la importancia actual que tienen estos hechos para la vida política en el Salvador. Para Héctor Lindo Fuentes: “Los principales actores políticos del país nunca olvidaron la Matanza [de 1932]. A través de los años, el recuerdo de un confuso y complejo conjunto de eventos fue continuamente conformado y reconformado, de manera que proporcionó categorías y un complejo glosario de símbolos que identificaron a las principales fuerzas que se enfrentaron durante la guerra civil de la década de los ochentas” (2004, 288).

En la insurrección salvadoreña, el conflicto social está menos tamizado por la contradicción nación oprimida/imperialismo que en Nicaragua, y el eje de la lucha insurreccional más bien tendió a centrarse en el tema de la propiedad de la tierra y la lucha contra los “barones” del café.

Así describe Lindo Fuentes, la crisis de dominio que en 1932 se instaló en El Salvador:

“La crisis mundial que siguió al colapso de la Bolsa de Valores de Nueva York, en 1929, llevó a la baja de los precios de los productos prescindibles como el café, que para entonces representaba más del noventa por ciento de las exportaciones de El Salvador. Los precios eran tan bajos que muchos cafetaleros decidieron que no valía la pena cosechar el grano y no contrataron cortadores. La espiral descendente parecía incontrolable, el desempleo bajaba los salarios, las quiebras de cafetaleros y comerciantes aumentaban el desempleo y bajaban los salarios, ya no en el campo sino también en la ciudad. Con menos exportaciones de café, los ingresos del estado también bajaban y los empleados públicos dejaban de percibir su salario por varios meses o perdían el empleo. […] los limitados recursos del estado no dejaban de disminuir y cualquier reforma social era imposible. Inclusive los soldados del ejército dejaron de recibir salarios puntualmente (2004, 289). La crisis orgánica del régi

La crisis orgánica del régimen de dominio, sumado a las características que tuvo el desarrollo del movimiento obrero-artesanal en El Salvador, permite que las manifestaciones de la lucha de clases aparezcan como más clásicas y los contornos clasistas del conflicto social menos mediados. Señala bien en ese sentido Arias Gómez cuando apunta que las leyes y las conquistas sociales que obtuvo el movimiento obrero y socialista salvadoreño fueron adquiridas “de hecho’ [así como] la facultad de organizarse en entidades de defensa clasistas de nuevo tipo. No esperaron, pues, a que el maná jurídico les cayera del cielo estatal” (1996, 54) presentando así el movimiento obrero salvadoreño más elementos de autodeterminación y autoorganización que otros movimientos obreros en el área.

Esta característica identitaria del obrerismo y del comunismo salvadoreño está también afirmada por uno de sus fundadores Miguel Mármol:

“No forzamos la historia cuando decimos que nuestro Partido Comunista se hizo de la clase obrera salvadoreña, pues entre nosotros no se dio el caso, ocurrido en otros países, de que el partido comunista se organizara primeramente en el medio universitario o entre la intelectualidad pequeño burguesa.

Nuestro Partido Comunista salió de las entrañas mismas de nuestra clase obrera, de nuestro movimiento sindical, como una forma superior, política, de organización de clase. Los cuadros intelectuales que dieron los aportes principales en el aspecto teórico, fueron cuadros ya formados por el movimiento comunista internacional (citado por Arias, 1996, 181).

Ahora bien, la necesaria comprensión del PCS como la organización con más raigambre obrera y popular en la Centroamérica de los 30, así como la organización pionera en lograr una articulación efectiva entre el artesanado urbano y la peonada cafetalera [1], no basta para comprender las características ya no del PCS, sino de la base social que le acompañó en su heroica y trágica insurrección.

La insurrección salvadoreña no puede ser entendida exclusivamente solo como reacción a la coyuntura de la represión mundial, ni como resultado de una estrategia suicida de los comunistas, sino que indica el grado de tensión y frustración acumulados en las relaciones sociales agrarias y, en particular el sedimento de agravios depositados en las poblaciones indígenas del occidente del país a lo largo de la era liberal (Acuña, 1993, 313).

Al igual que con nuestro análisis del movimiento sandinista, parece fundamental comprender las características de la zona de Sonsonete y Ahuachapán, que fueron los verdaderos epicentros de la insurrección de 1932.

Es aceptado por todos los militantes comunistas y por el ejército contrainsurgente que en el oriente del país no hubo levantamiento y en el centro urbano-artesanal, fue rápidamente dispersado y anulado, en su intentona.

Al estudiar el testimonio de Miguel Mármol sobre la insurrección de 1932, parece haber una incomprensión del que probablemente fue la principal carencia de la insurrección salvadoreña, el déficit en el análisis consiste en pensar el levantamiento del occidente del país como exclusivamente motivado por las irritaciones de los peones agrícolas, cuando en realidad era una insurrección popular que combinaba 1) las tradicionales formas de la revuelta anticolonial originaria yque, por lo tanto, le daba a esta reivindicaciónidentitaria una importancia fundamental; 2) unprograma de lucha clasista aportado por loscomunistas radicales centroamericanos.

9) ¿Cuáles fueron los límites del levantamiento de 1932 en El Salvador?

Es importante señalar que este empalme entre la ideología comunista centroamericana de primera época, la cual contenía un marcado sacrificialismo y un gusto por los ritos y los gestos formales (¿litúrgicos?), probablemente empalmó con facilidad con la memoria milenarista de los pueblos originarios.

Autores como Arias Gómez (1996) o Cerdas Cruz (1986) señalan entre los errores que llevaron al fracaso de la insurrección de 1932, el ultraizquierdismo verbal, el sectarismo, la ausencia de apoyo popular, la vocación sacrificial. Más allá de que algunos de estos elementos existan, no los estimamos como los elementos deficitarios fundamentales que le deberían ser criticados al PCS, para poder reapropiar su gesta en el marco de un pensar radical asentado en nuestras actuales condiciones.

Además, como señala Acuña: “el mismo [Cerdas Cruz] reconoce la inevitabilidad de la insurrección, dada la situación interna de El Salvador en aquellos momentos” (1987, 173).

Aunque es cierto y evidente que existió un gusto por la pose sacrificial en los principales exponentes del comunismo radical[2] y que estos estuvieron indudablemente marcados por la orientación ultraizquierdista, de “tercer periodo”[3] de la III Internacional, coincidimos con Michael Löwy cuando señala que pese a que esta orientación estalinista tuvo un rol perversamente contrarrevolucionario en Europa (donde facilitó el ascenso del fascismo) y jugó un papel esterilizador en los Partidos Comunistas del Cono Sur, en Centroamérica y el Caribe los dirigentes y las organizaciones comunistas “veían en esa corriente de izquierda un estimulante a su propia tendencia revolucionaria autónoma. Es el caso particular del Partido Comunista de El Salvador […] que organizó en 1932 la única insurrección de masas dirigida por un Partido Comunista en toda la historia de América Latina” (Löwy, 1980, 24).

Ahora, regresamos a lo que malintencionadamente se oscurece en los análisis sobre el fracaso del auténtico levantamiento obrero-originario de El Salvador: el problema del fetichismo soviético. Un tema fundamental que todo pensar radical ocupa precisar, son las formas políticas de transición en el marco de la transformación revolucionaria.

El pensamiento socialdemocratizante ve la posibilidad de la transformación social, sin cambiar radicalmente la máquina del Estado, habría solo que “ocupar” el Estado. Por eso el recurrente fetichismo electoral de estas corrientes políticas y sobre todo de sus pensadores [4].

Para toda transformación radical de las condiciones de explotación y miseria, necesariamente se requiere pensar en cuáles son las formas políticas por las que se expresarán y se autodeterminarán los sujetos de esa transformación.

La carencia de auténticos organismos de autodeterminación y autoorganización de las clases subalternas, se constituye en un evidente límite de cualquier proceso de transformación radical y también en una evidente tentación burocrática para ahogar el proceso de transformación mismo, de esto por cierto están cargadas las experiencias revolucionarias de la segunda posguerra.

Ahora bien, en las organizaciones de inspiración comunista tanto en las estalinizadas, como en el comunismo radical centroamericano vemos la presencia de un claro fetichismo soviético.

En el caso de la tradición más estalinista, los soviets eran directamente inventados por orden de alguna dirección superior y estos “tinglados sectarios” (como los llamó Trotsky) normalmente eran organizaciones ad hoc de los mismos Partidos Comunistas, solamente había que declararlos como soviets a través de alguna ordenanza burocrática.

En el caso del comunismo centroamericano de primera época el fetichismo soviético no tenía nada de ese cinismo burocrático, sino que pasó por una incomprensión ingenua, que intentó organizar soviets imitando las estructuras municipales y dejando sin comprensión y sin punto de apoyo el auténtico organismo de autodeterminación que efectivamente produjo la insurrección del Occidente del país: las cofradías y las comunidades indígenas.

Y aquí surge una crítica aún más rica y comprensiva al comunismo radical de primera época que la observación socialdemocratizante sobre su ultraizquierdismo verbal, y es la incapacidad de comprender una forma específica de resistencia popular y ver solo en las formas de resistencia y organización popular más clásicas (¿más europeas?) “las” formas de la transición política.

El siguiente señalamiento de Acuña es muy agudo (aunque el autor no saque de él, conclusiones radicales):

“La persistencia de la comunidad [indígena] constituyó una forma de resistencia continua de los indígenas en contra de los ladinos, el Estado y los distintos agentes de la economía de exportación. En ausencia de instituciones como las mutuales y los sindicatos y al margen del movimiento popular urbano, la comunidad funcionaba como órgano de representación y de articulación de sus intereses frente a los adversarios. En este sentido, los indígenas tenían alguna ventaja frente al campesinado pobre ladinizado que ya no disponía de f

que ya no disponía de formas comunitarias (1993, 312).

En ese sentido es sumamente sugerente el estilo del liderazgo de Feliciano Ama, cacique indígena afiliado al Partido Comunista de El Salvador y dirigente de las operaciones insurreccionales en Sonsonete.

Ama, natural de Izalco, era el mayordomo principal de la cofradía del Espíritu Santo que, según versiones, era la más poderosa en 1932. Esta posición le situaba en el pináculo de una jerarquía espiritual indiscutible, lo que unido a su reconocimiento como cacique (aunque este título había sino abolido por los conquistadores, seguía, de hecho, reconociéndose entre los indígenas) hacía de Ama un hombre de gran poder en el campo religioso y el político, es decir un caudillo indiscutido. Se ha llegado a asegurar que a través de las cofradías, obedecían a Ama cerca de 30000 indígenas (prácticamente la población aborigen de Sonsonete) (Arias, 1996, 102).

Más interesante aún que esta sugestiva mezcla de líder religioso, caudillo originario y cuadro comunista, las cuales son tres formas bastante distintas de vivir lo político y que tuvieron una articulación efectiva en la persona de FelicianoAma. Es más interesante la determinación quehace Arias Gómez de las cofradías como auténticos organismos de poder dual que sin duda fueron las vías por las que se expresaron localmente los pueblos originarios durante la insurrección.

Arias Gómez señala: “podríamos decir, que en las cofradías los indígenasencontraron, aunque sea a pedazos,parte de su identidad cultural rota por laviolencia del conquistador; ellas fueron unaespecie de argamasa social que les manteníaunidos ante un mundo hostil y brutalmenteexplotador. La cofradía fue un medio paratransmitirse verbalmente su propia historiaen forma de recuerdos, gratos o dolorosos,fue su expediente para guardar su memoriahistórica. La convivencia que se estrechabadurante los días que duran los festejos delrespectivo santo, y de los cuales son excluidoshasta los propios curas, es una forma demantener esa identidad (1996, 103).

Estas pinceladas que presenta Arias Gómez sobre las características de la resistencia originaria, acompañadas de la aceptación por parte de Mármol de que el PCS tenía una comprensión fetichizada de las formas políticas de la transición, hacen pensar que probablemente hubo de parte de la dirección comunista salvadoreña, una frialdad hacia estas formas de resistencia.

Indudablemente, existió un extrañamiento entre los comunistas salvadoreños y las comunidades originarias acaudilladas por Feliciano Ama.

Arias Gómez reproduce una entrevista a Modesto Ramírez, donde describe la reunión en la cual afilió a Feliciano Ama y nos parece que retrata de cuerpo entero este extrañamiento: “Llegado el momento de proponerle a Ama su afiliación partidista, contaba Modesto que le respondió más o menos en estos términos:

–De entrar al Partido, debe entrar también toda la gente de mi cofradía.

Modesto le hacía la observación de que la afiliación era una decisión personal, individual y que no podía hacerse en masa, indiferenciadamente.

A esta observación Ama respondió:

–De no entrar todos mis compañeros no entro yo tampoco-. La dirección del PCS, como era lógico, accedió a la demanda” (1996, 107).

Muy significativo todo el cuadro que traza Modesto Ramírez. Por un lado, la demanda de Ama de afiliación colectiva y la consecuente extrañeza del comunista, mientras Ramírez tiene en mente la afiliación individual, mediante un acto de conciencia “racional” y “voluntario” de un individuo a un partido que defiende un programa general para transformar la sociedad y el Estado, Feliciano Ama en cambio al decidir “su” ingreso a una estructura que él cree defenderá los intereses de su comunidad originaria, estima impensable que no se afilie a esta organización toda la comunidad originaria, “su” comunidad originaria.

Esta racionalidad comunitaria, que obligaría a pensar y repensar la dialéctica entre participación originaria y partidos populares, se puede ver aún en nuestra época, por ejemplo, en las experiencias de las rebeliones obrero-originarias de la ciudad de El Alto en Bolivia durante los años 2003 y 2005.

10) ¿Qué conclusiones podemos sacar de la lucha política del Ejercito Defensor de la Soberanía nacional y del Partido Comunista de El Salvador?

Se han analizado los rasgos más generales que tuvieron dos de las respuestas políticas populares a la balcanización de Centroamérica [1].

Por un lado, la respuesta del nacionalismo popular, del cual el sandinismo fue la experiencia más significativa, pero con una fuerte inercia en cuanto a la comprensión de los dispositivos internos del orden imperialista, una serie de problemas significativos por la ausencia de un programa auténticamente anticapitalista para el campo y la ciudad, y una fuerte tendencia al sustituismo social que le imprimía un rasgo caudillesco a su liderazgo.

Por otra lado, la alternativa del comunismo ingenuo del PCS, que superaba al sandinismo, al contar con una tosca pero real comprensión centroamericanistade la lucha de clases y también,con una mayor claridad del rol de los partidosy agrupaciones de la burguesía nativa y, sobretodo, con una mayor vocación para poner enpie auténticos organismos de autodeterminaciónpopular.

Aunque apunta en contra de su historialcomo alternativa popular su efectivo verbalismoabstracto y sobre todo la incomprensión y laausencia de una estrategia para combinar la lucha anticapitalista de los peones agrarios y la lucha por el reconieocimnto identitario de esos mismos peones, que a la vez eran pueblos originarios.

Como es sabido, estas dos alternativas populares fueron trágicamente separadas y opuestas por una combinación de la realpolitik de los gobiernos mexicano y estadounidense y de la realpolitik de la III Internacional [2]. Impidiendo que confluyeran y se entrelazaran sus distintas virtudes posibilitando así un auténtico proceso regional insurreccional, antiimperialista y anticapitalista, el trágico desenlace fue que estas dos alternativas populares fueron finalmente aplastadas de manera independiente, cuando la democratización de baja intensidad se obturó y se ingresó en la época de las dictaduras militares, las cuales garantizaron la profundización de la balcanización, esta vez manu militari.

Esta comprensión de las propuestas políticas populares que recorrían el istmo en los 30 ayudará a ver mejor los contornos del comunismo radical costarricense de primera época y su posterior deriva en comunismo “a la tica”.

11) ¿Se puede entender la primera época del comunismo costarricense como una alternativa política a la crisis de dominación centroamericana?

No se quiere ahondar demasiado en los efectos que el crack económico mundial produjo en la frágil economía semicolonial centroamericana y, en específico, sobre la costarricense. Creemos que hay una abundante bibliografía, con suficientes e interesantes datos al respecto [3].

La cita de Bulmer-Thomas, vista más arriba, invita a entender la crisis de dominio no de manera determinista, como un producto inmediato del crack del 29, sino como una situación que se agrava cualitativamente con la crisis económica y se mezcla con toda otra serie de elementos políticos acumulados: la actividad creciente de las clases subalternas y sus variados intentos de dotarse de un instrumento político propio, el desarrollo de una cultura impresa en los centros urbanos, la cual contribuyó a difundir la crítica política y cultural más o menos antisistémica de la intelectualidad radicalizada de inicios de siglo XX y el relativo vacío que dejó el intento fracasado de relegitimación del orden liberal, vacío que a su vez, fue aprovechado por los comunistas costarricenses.

Dentro de algunos analistas de filiación comunista “a la tica”, se pretende comprender las alternativas políticas que enfrentaron la crisis de dominio como comportamientos estancos. La hoz y el machete de Cerdas Cruz, pese a ser un trabajo muy documentado, tiene esta debilidad, la cual tiende a oscurecer una de las preguntas claves del proceso histórico-social que se viene analizando: ¿Por qué fueron derrotadas en toda el área, las fuerzas populares durante el ciclo de rebelión instaurado en 1928-1932?

Nuestra tesis es que el sandinismo, el comunismo salvadoreño y el comunismo costarricense eran tres respuestas a una sola crisis de dominio global del régimen oligárquico en Centroamérica.

Estas tres alternativas fueron las primeras respuestas de las clases subalternas al fracaso, ya de carácter histórico, de las capas medias y los militares por reunificar Centroamérica.

Creemos que hay que comprender estos fenómenos como tres respuestas que no lograron confluir y a partir de sus posibles articulaciones generar una fuerza social centroamericana, capaz de instaurar un nuevo orden político, donde las clases subalternas tuvieran hegemonía.

Esta es la mejor forma para también comprender por qué la crisis de dominio oligárquico en el área logra cerrarse y por qué tuvo una respuesta distinta en Costa Rica que en el resto del área.

Las interpretaciones de Cerdas Cruz y Merino y de los comunistas “a la tica” en general, quieren presentar el camino elegido por el Partido Comunista de Costa Rica como una alternativa fuerte a la vía sandinista y a la “farabundista”. Esta lectura nos parece equivocada y unilateral.

A nuestro entender, es más bien todo lo contrario: el cierre de la crisis de dominio imperialista en la región, al resultar globalmente favorable a las fuerzas oligárquicas e imperialistas, terminó con la liquidación física de dos de los instrumentos políticos que forjaron las clases subalternas (el EDSN y el PCS) y con la cooptación de la tercera alternativa popular (el comunismo costarricense), al lograr convertirlo en comunismo “a la tica”.

Nuestra tesis es que los comunistas costarricenses de primera época, al igual que las alternativas políticas populares que se produjeron en Nicaragua y El Salvador, fueron neutralizados por una estrategia contrarrevolucionaria de las clases dominantes. No debemos olvidar que el contenido político de la contrarrevolución no es el exterminio físico de la vanguard

exterminio físico de la vanguardia revolucionaria, sus teorías y testimonios, (aunque esto puede suceder y sigue sucediendo). La idea profunda de la

contrarrevolución es introducir en la conciencia de los oprimidos la certeza de que nunca más deben atreverse a hacer lo que hicieron, (poner en tela de juicio los mecanismos del dominio).

Los oprimidos y explotados deben sacar la conclusión que la rebelión organizada estuvo mal y que es innecesario e indeseable volver a intentarla. Éste es el contenido profundo de la idea de contrarrevolución.

¿No hay pues en la explicación de los comunistas costarricenses sobre la diferencia entre los primeros años de su existencia y el giro comunista “a la tica”, un machacar sistemático de la idea que eso que se hizo en los orígenes estuvo mal y no debería volver a repetirse? ¿No es acaso esto la idea misma de la contrarrevolución?

12) ¿Es verdad que el origen del comunismo costarricense fue “ultraizquierdista” y “juvenil”?

En las tesis de Mora (2000, 25-51), Merino (1996, 21-42) y Cerdas Cruz (1986, 323-244), la primera etapa del PC CR estaría marcada fundamentalmente por “desviaciones”: verbalismo izquierdista, infantilismo de izquierda, sectarismo, etc. Es decir, se presenta esta etapa como una distorsión o un defecto del Partido Comunista de Costa Rica, no como lo que podría ser su contribución más “universal” al pensamiento político radical.

Estos mismos autores siempre guardan el recaudo de señalar que estas características del comunismo costarricense de primera época fueron esencialmente excesos verbales, pues los comunistas, desde el momento de su fundación, estarían comprometidos con las instituciones democráticas del país.

Esta es definitivamente una mala forma de acercarse a los primeros años del comunismo costarricense. Creemos que es más adecuado pensar los primeros años del comunismo costarricense como el momento en que los sectores populares construyeron una herramienta de lucha para enfrentar los mecanismos privilegiados del modo de dominación en el país: el fraudulento sistema electoral y el caudillista sistema de partidos.

La efectiva existencia de una pose verbalista y una serie de limitaciones ideológicas, políticas y programáticas no deben esconder la importancia fundamental de esta primera etapa del comunismo costarricense como fuente de un pensamiento radical actual.

13) ¿Cuál era la actitud del comunismo costarricense hacia las elecciones burguesas?

Una contradicción significativa de los defensores del comunismo “a la tica” es que “miran con malos ojos” y critican duramente el “verbalismo antielectoral” de los comunistas originarios.

Estimamos que esta crítica es deshonesta, pues el “radicalismo antielectoral” es una tradición que heredan, asumen y prolongan los comunistas de la tradición del nacionalismo de capas medias, articulado alrededor del Repertorio Americano (que según Mora, Merino y Cerdas Cruz sería también parte de las “vigorosas tradiciones democrático-nacionales”). Molina y Lehoucq muestran además, con bastantes ejemplos, cómo estaban introducidas en la cultura política de la lucha interoligárquica las impugnaciones violentas a los procesos electorales (1999, 9-105). Es decir, estas impugnaciones eran parte del clima de época.

Lo importante es que los comunistas prolongan, a  su manera, las críticas que intelectuales como Mario Sancho o García Monge [1] realizaban en los años 10 y 20 contra la argolla clientelar, contra el carácter engañoso, vacío, formal y antipopular del dispositivo electoral y contra la legalización/legitimación del poder de los gamonales, emanado del circuito de elecciones fraudulentas-clientela.

Esta tradición de denuncia sistemática de las elecciones como farsa y circo, como engaño a los sectores populares, es la que retoma el joven Partido Comunista de Costa Rica. En el diario que editaba Mora previo a la fundación del PC CR, La Revolución (al que llamará “el único periódico verdaderamente demócrata”), señala con ironía:

“¡Democracia, Democracia palabra hueca y sin sentido con la cual procuran los gobernantes cubrir las miserias del pueblo, cuya libertad y soberanía son irrisorias! Democracia, velo demasiado pequeño que no oculta a los ojos […] de los hombres conscientes, la faz demacrada y llorosa de un pueblo que vive una vida de abyección, originada por la miseria. Democracia, mordaza con la que se procura ahogar los lamentos de la masa (2003, 221).

Hemos dicho que aunque efectivamente hay elementos de radicalismo verbal y ciertas lógicas y proposiciones abstractas y, por ende, se da pie a propuestas políticas sectarias, en los primeros escritos de los comunistas costarricenses se puede encontrar una política para crear un autentico instrumento político de clase. Se puede encontrar en

Se puede encontrar en las críticas comunistas al gobierno burgués y al “sistema democrático”, no solo la clásica denuncia de las elecciones como manipulación de los gamonales, sino como un síntoma/función del sistema de dominio. Por ejemplo, en Trabajo 4-II-1934 se dice: “El gobierno no es, dentro del régimen capitalista, sino un administrador de los intereses de los patronos y un fiel lacayo suyo”. En la edición del 1-I-1932, va a definirse al gobierno como: “el criado servil de los bancos, criado de frac y pechera reluciente como los mozos de los grandes hoteles”.

En la edición del 21-IV-1932 se denuncia la farsa de las elecciones que se avecinan y los mecanismos electoral/clientelares contra los que hay que luchar: “El P.C. quiere evitar a todo trance, que se le imponga simpatía lejana siquiera, por cualquiera de esos licenciados al servicio dócil de la injusticia capitalista, que aspiran a la Presidencia de la República. Las clases trabajadoras, que no tienen todavía bien definido en su pensamiento el papel netamente anticapitalista de nuestro partido, y la lucha inexorable de nuestro partido por un gobierno para Costa Rica de obreros y campesinos, pudieran ser engañados por los gritos de los agentes a sueldo de los partidos burgueses que se mezclaran en nuestras filas y creer que nosotros propiciamos tal o cual candidatura”.

Parece que el otro elemento central sería que, a diferencia de las críticas que se podrían encontrar en los intelectuales radicales del inicios del siglo XX, quienes muchas veces ven en los sectores populares un simple sujeto de manipulación, en los escritos tempranos del PC CR hay la clara intención de construir una fuerza social popular capaz de generar una nueva hegemonía.

Por ejemplo, el Partido Comunista de Costa Rica tenía como lema de su periódico en el periodo 1931-1932 la lucha por la “organización del proletariado como clase y la destrucción de la supremacía burguesa y conquista del poder político para el proletariado” (citado por Cerdas, 1986, 327). De ninguna forma parece que este lema fuese declarativo o producto de un desvarío juvenil.

Por ejemplo, en el número 6 de Trabajo se señala: “Albertazzi Avendaño se alarma de que pidamos los comunistas el poder político para la clase trabajadora. La ignorancia de los trabajadores les impediría administrar bien. Y preguntamos nosotros: ¿es que los “licenciados” y los “poetas” que nos han venido administrando lo han hecho bien? ¿Han sido obreros ineptos o sabios universitarios quienes han vendido arruinado el país?” (citado por Amador, 1980, 74).

En las frases periodísticas seleccionadas se nota con fuerza la idea de señalar las instituciones de la democracia patronal como obstáculos por vencer, no como punto de apoyo para una salida popular. Además, estas caducas instituciones deben ser suprimidas y suplantadas por instituciones democráticas de nuevo tipo, las cuales tendrán su raigambre social en los sectores populares.

Se encuentra que, en el comunismo costarricense de primera época, el Estado no puede ser solo “tomado” o “llenado de contenido económico”, que será el lema permanente del futuro comunismo “a la tica”, sino que deberá ser sustituido por un Estado de los productores directos, por la dictadura del proletariado. Entendiendo por dictadura del proletariado, no el totalitarismo y el estado de excepción, impuesto por una burocracia privilegiada, sino el Estado de los obreros y los campesinos armados, el primer gobierno de la mayorías explotadas en beneficio de estas mismas mayorías, gobierno en el cual también se oprime y coacciona a la antigua minoría explotadora (Sousa, 2009, 120).

Para lograr estos objetivos, era necesario llevar adelante una lucha para quebrar “desde dentro” el régimen de dominio, a través de una denuncia sistemática de la contradicción entre la supuesta igualdad en el plano jurídico y la efectiva desigualdad real en el plano social, y que esta denuncia genere una fuerza social y unas instituciones capaces de servir de sustituto a la vieja democracia patronal. Enfatizamos que se plantea sustituir, no aportar o acompañar, sino sustituir, lo cual significa en política moderna, desplazar por medio de la fuerza.

Ese es el otro elemento que se encuentra con frecuencia en el comunismo costarricense de primera época: la comprensión del orden como violencia. Por lo tanto, habrá que estar preparado para resistirla. En Trabajo de 17-II-1934, se señala: “No será sobre la pacífica agua de los comicios, sino sobre el caldeado escenario de la contienda civil donde se librará la última batalla entre las clases opresoras en derrota y el proletariado victorioso”.

14) ¿Por qué entonces la división entre el periodo ultraizquierdismo y el periodo comunista “a la tica”?

Hay en la periodización interesada de la historia del Partido Comunista de Costa Rica un sesgo ideológico que quiere esconder como “verbalismo juvenil”, la que en realidad es la específica respuesta de las clases subalternas costarricenses, a la crisis de dominio en la región centroamericana, dando una respuesta radical a lo que era el nudo del sistema de dominación en esta provincia balcanizada del área.

Si el problema de la ocupación al territorio nacional por las tropas estadounidenses generó, como alternativa, el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional y la ideología sandinista; si la irritación por los vejámenes a los pueblos originarios y a los campesinos/peones agrarios fortaleció al Partido Comunista de El Salvador y le marcó con su impronta, el Partido Comunista de Costa Rica en sus primeros años debe ser comprendido como la respuesta popular a otro de los clásicos mecanismos de dominación: el engaño y cooptación electoral y estatal, y la hegemonía de la oligarquía burguesa [1].

Se observa cómo el comunismo costarricense original[2], no solo recupera la veta de la denuncia sobre la desigualdad social imperante en Costa Rica y su legitimación electoral, sino que los comunistas aportan a estas denuncias al orden liberal-oligárquico, una comprensión del sistema de dominio como un régimen de producción capitalista y dependiente, y plantean la necesidad de construir una fuerza social que construya un nuevo orden de carácter socialista.

A esta valoración que se hace de la doctrina comunista de primera época habría que sumarle el siguiente comentario de Iván Molina, el cual señala la originalidad histórica del comunismo radical en la política costarricense y también por qué empezó a ser visto como una amenaza efectiva al orden dominante. Molina señala:

“A la luz de lo expuesto, puede comprenderse mejor la originalidad que supuso el Partido en la Costa Rica de la década de 1930: en medio de una aguda crisis económica, surgió una organización con una plataforma sindical y editorial permanente, cuya estrategia para ganar el voto popular, se basaba en la denuncia de las injusticias sociales y en el llamado a la organización de los trabajadores.

Para el resto de los partidos, cuyas dirigencias estaban acostumbradas a organizarse sólo durante los períodos electorales y a responder a las demandas populares mediante formas que fomentaban la desmovilización de la población, el BOC representaba una amenaza evidente como competidor electoral. Por eso, la reacción inicial de las cúpulas políticas fue impedir la inscripción electoral de los comunistas, lo cual lograron sólo brevemente (2004,2-3).

Es decir, la respuesta que en un primer momento dan los comunistas costarricenses a la crisis de dominio abierta en 1929, está golpeando sobre los núcleos duros de la hegemonía burguesa costarricense; frente al sentido común excepcionalista, la ciudadanía pasiva y el engaño/manipulación electoral, el PC CR opuso organizaciones permanentes de trabajadores, una prensa y una opinión pública obrera educada en denunciar las injusticias sociales y un sentido de identidad de clase, opuesto al “igualiticos” del sentido común oligárquico. Es decir es una amenaza que debía ser conjurada y olvidada.

En el olvido de las lecciones estratégicas que podemos sacar de estos pocos años de los comunistas costarricenses colaboran activamente no solo los historiadores oficiales, sino también los estrategas del comunismo “a la tica”.

Notas

4. Carlos Marx, en uno de los textos de El Capital, indica cómo enfrentar metodológicamente las relaciones de producción y propiedad y las formas políticas derivadas de ella. Señala: “La forma económica específica en la que se le extrae el plustrabajo impago al productor directo determina la relación de dominación y servidumbre; tal como ésta surge directamente de la propia producción y a su vez reacciona en forma determinante sobre ella. Pero en esto se funda toda la configuración de la entidad comunitaria económica, emanada de las propias relaciones de producción, y por ende, al mismo tiempo, su figura política específica. En todos los casos es la relación directa entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos-relación ésta cuya forma eventual siempre corresponde naturalmente a determinada fase de desarrollo del modo de trabajo y, por ende, a su fuerza productiva social – donde encontraremos el secreto más íntimo, el fundamento oculto de toda estructura social, y por consiguiente también de la forma política que presenta la relación de soberanía y dependencia, en suma, de la forma específica del estado existente en cada caso.

Esto no impide que la misma base económica –la base con arreglo a las condiciones principales-, en virtud de incontables diferentes circunstancias empíricas, condiciones naturales, relaciones raciales, influencias históricas operantes desde el exterior, etc., pueda presentar infinitas variaciones y matices en sus manifestaciones, las que sólo resultan comprensibles mediante el análisis de estas circunstancias empíricamente dadas”. (citado por Audry, 2007, 6). Por lo tanto, para analizar tanto los efectos en los estados centroamericanos de la crisis del 29 y las respuestas políticas específicas, debemos realizar un repaso de cómo estaban organizados los dos principales focos de desarrollo capitalista, tanto el capitalismo agrario cafetalero como el mundo del enclave bananero.

5. Es importante que cuando se habla del desarrollo de la formación económico-social costarricense hay que distinguir entre el Valle Central y las provincias de la periferia del país (Limón, Guanacaste y Puntarenas). Iván Molina (1999, 44) señala que existen importantes diferencias en los patrones de lucha social, intervención estatal y características de los fraudes electorales entre la meseta central y la periferia del país. Edelman (1998, 31) y Gudmundson (1983, 182-185) señalan en la misma dirección, en relación con las características de la tenencia de la tierra y las relaciones de producción.

La periferia de Costa Rica se caracterizó por la relación latifundio-minifundio en la hacienda ganadera guanacasteca, distintas formas de la tenencia precaria de la tierra en Limón y Puntarenas o directamente trabajo asalariado de los obreros agrícolas en los enclaves fruteros.

6. Néstor Kohan considera que “la conquista de América, realizada con la espada y con la cruz, fue una gigantesca y genocida empresa capitalista que contribuyó a conformar un sistema mundial de dominación de todo el orbe. […] En la América colonial posterior a la conquista de las diversas culturas de los pueblos originarios y a la destrucción de los imperios comunales-tributarios de los incas y aztecas, se conformó un tipo de sociedad que articulaba y empalmaba en forma desigual y combinada relaciones sociales precapitalistas (las comunales que lograron sobrevivir a 1492, las serviles y las esclavistas) con una inserción típicamente capitalista en el mercado mundial. Las relaciones sociales eran distintas entre sí, pero estaban combinadas y unas predominaban sobre otras” (2007, 4).

7. Marx, reflexionando acerca del rol del ejército durante las revoluciones españolas del siglo XIX, había dicho: “Los movimientos revolucionarios de España presentan un aspecto notablemente uniforme […] Todas las conjuras palaciegas son seguidas de sublevaciones militares […] Ese fenómeno se debe a dos causas. En primer término, observamos que lo que se llama Estado en el moderno sentido de la palabra, debido a la vida exclusivamente provincial del pueblo, no tiene personificación nacional alguna frente a la Corte como no sea en el ejército. […] Su independencia con respecto al Gobierno supremo, el relajamiento de la disciplina, los continuos desastres, la formación, descomposición y reconstrucción […] forzosamente tenían que imprimir al ejército español un carácter pretoriano, haciéndolo propenso a convertirse por igual en el instrumento o en el azote de sus jefes. […] los habitantes de las ciudades revolucionarias de la masa fundamental del pueblo involuntariamente pasaron a depender del ejército y de sus jefes en la lucha contra los grandes, el clero rural, el monacato y el rey, representante de los elementos caducos de la sociedad” (1978, 65-116). Si hay alguna zona del mundo donde se puede hacer una analogía no forzada con esta situación especial de la institución militar es definitivamente la Centroamérica del siglo XIX e inicios del siglo XX. Las distintas intentonas y cuartelazos militares que buscaban reconstruir a punta de bayoneta la Federación Centroamericana, fueron los espasmos de un sector de las fuerzas armadas que buscaba expresar las necesidades de la revolución democrático-burguesa, que la oligarquía postcolonial cafetalera y añilera centroamericana no tenía ningún interés de ejecutar.

8. Para ponerle fin al unionismo militar las clases dominantes, a partir de mediados de los años veinte, darán inicio a un proceso de profesionalización, diferenciación social y adoctrinamiento ideológico y militar de las FFAA centroamericanas para evitar que siguieran funcionando (cada algún tiempo) como cajas de resonancia de las demandas y aspiraciones populares. La acción conjunta de la oligarquía y el imperialismo logran transformar a los ejércitos centroamericanos en verdaderas tropas de ocupación interior de nuestras sociedades-economías. Pese a esta transformación cualitativa en las Fuerzas Armadas, estas a su vez eran un grupo social con intereses propios, no siempre identificables de manera inmediata con los de la oligarquía burguesa-terrateniente. 9. Esta profunda raigambre entre los artesanos y la peonada del Partido Comunista de El Salvador, tuvo como efecto la teóricamente ridícula y políticamente limitada presencia del nacionalismo popular de capas medias en El Salvador, cuya expresión más acabada fue el minimum vitalismo de Alberto Masferrer. Esta doctrina que sirvió de cobertura discursiva al gobierno semiliberal/ semireformista de Arturo Araujo, ha sido permanente motivo de crítica por parte de las corrientes de inspiración marxista, por ejemplo Roque Dalton en el poema/denuncia Viejuemierda, incluido en sus Historias prohibidas del pulgarcito. En el critica con ácida ironía las posiciones y el

ironía las posiciones y el talante de Masferrer, a quien ve como un auténtico pensador colonizado.

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J. Roberto Herrera Zúñiga (xherrera16@yahoo.com).

Docente en la Escuela de Filosofía y en la Escuela de Trabajo Social (Sede de Occidente) de la Universidad de Costa Rica. Sus áreas de especialidad son la filosofía social y política, la teoría de las ideologías y el pensamiento político latinoamericano y costarricense. Entre sus publicaciones se encuentran “Las metáforas del racismo: apuntes sobre el positivismo boliviano” (2008), “Pensar desde el Tercer Mundo sobre Mayo Francés” (2009), “Pensar radical, pensar colonizado. Una mirada al marxismo costarricense” (2009), “La herida colonial y la cultura revolucionaria: leer a Roque Dalton” (2010), “Crítica desde el marxismo latinoamericano descolonizado del comunismo “a la tica” (2011).



[1] En los comentarios de Lenin a la obra de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, se puede leer: “El Estado -dice Engels, resumiendo su análisis histórico- no es, en modo alguno, un Poder impuesto desde fuera a la sociedad; ni es tampoco ‘la realidad de la idea moral’, ‘la imagen y la realidad de la razón’, como afirma Hegel. El Estado es, más bien, un producto de la sociedad al llegar a una determinada fase de desarrollo; es la confesión de que esta sociedad se ha enredado consigo misma en una contradicción insoluble, se ha dividido en antagonismos irreconciliables, que ella es impotente para conjurar. Y para que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna, no se devoren a sí mismas y no devoren a la sociedad en una lucha estéril, para eso hízose necesario un Poder situado, aparentemente, por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el conflicto, a mantenerlo dentro de los límites del ‘orden’. Y este Poder, que brota de la sociedad, pero que se coloca por encima de ella y que se divorcia cada vez más de ella, es el Estado” (págs. 177 y 178 de la sexta edición alemana). Aquí aparece expresada con toda claridad la idea fundamental del marxismo en punto a la cuestión del papel histórico y de la significación del Estado. El Estado es el producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables.” (1978, 275).

[2] 18. Entendemos por hegemonía de la oligarquía su capacidad de dirección intelectual y moral sobre las clases subordinadas, donde esta capacidad hegemónica tiene primacía sobre las capacidades coercitivas y en el caso de que el elemento coercitivo salga a relucir, siempre aparezca cubierto de un planteamiento ideológico coherente y por lo tanto legitimador. Es decir, que la violencia constitutiva del modelo parezca como legítima/natural.



[1] Mario Sancho caracterizaba de la siguiente manera los procesos electorales: “acaso ignora nadie que esa costosa y ruin comedia [la campaña electoral] no es más, a pesar de sus apariencias democráticas, que un camuflaje de la oligarquía egoísta que domina a Costa Rica hace tiempo” (citado por Molina, 1993, 128). Luego afirma: “aún en las épocas que hemos convenido en llamar respetuosas a la libertad electoral, muchos votos se compran al contado y otros con promesas de puestos y granjerías y las más se dan bajo el apremio de patrones y gamonales” (citado por Molina, 1999, 129). Reflexionando sobre la obra de García Monge y Carmen Lyra, el historiador Iván Molina ha señalado con bastante claridad, la que creemos que es el elemento fundamental para señalar los límites de esta generación: “El discurso que elaboraron sobre esta temática [“sobre la llamada cuestión social”] […] tenía una doble cara, una potencialmente explosiva, y otra muy identificada con la ideología liberal del progreso. El lado subversivo de sus escritos […] denuncia la explotación laboral, el crecimiento de la pobreza, de las campañas electorales como farsas al servicio de los poderosos, y del imperialismo estadounidense” […] “El perfil no contestatario de estos radicales se desprendía de su énfasis en que los sectores populares de la ciudad y el campo, para alcanzar su plenitud física y espiritual, debían ser redimidos mediante una educación apropiada, que sería proporcionada por esos mismos jóvenes” (Molina, 2000, 24).



[1] Cuando usamos el concepto “respuestas políticas populares a la balcanización”, queremos decir que tanto el sandinismo, el PCS y el PC CR fueron en un primer momento respuestas a la crisis de dominio en cada uno de sus Estados, pero rápidamente la resistencia popular tuvo que producir una respuesta ya no militarista, sino obrera y popular a los desafíos que significaba la dinámica de revolución permanente que desarrollan las luchas populares en Centroamérica. La dinámica de revolución permanente en Centroamérica, básicamente debe vencer tres obstáculos: el capitalismo, el imperialismo y la balcanización.

[2] Para entender la separación entre Farabundo Martí y César Augusto Sandino, se puede revisar el libro de Arias Gómez Farabundo Martí (1996, 47-163), así como la obra de Cerdas Cruz La hoz y el machete (1986, 221-255

[3] Solo para citar algunas posibles fuentes podemos recomendar el trabajo de Víctor Bulmer Tomas: La crisis de la economía de agroexportación (1930-1945), de la Historia General de Centroamérica (1993, 325-396); de Vladimir de la Cruz: Las luchas sociales en Costa Rica (1984, 213-228); de Víctor Hugo Acuña e Iván Molina: El desarrollo económico y social de Costa Rica: de la Colonia a la crisis de 1930 (1986, 105-218); y de Ana Maria Botey y Rodolfo Cisneros: La crisis de 1929 y la fundación del Partido Comunista de Costa Rica (1984, 75-113).



[1] Creemos que a partir del año 2000 hay una nueva etapa que está marcada por la resistencia cada vez más generalizada de las masas a los planes de recolonización, especialmente la lucha contra el TLC y sus efectos. Sin duda, el pico de esa resistencia son las movilizaciones revolucionarias contra el golpe de estado en Honduras durante el año 2009.

[2]La insuficiente existencia de material de primera mano sobre el comunismo salvadoreño, hondureño o guatemalteco nos hace de dudar que efectivamente todas las poses que se les atribuyen a los fundadores del comunismo centroamericano hayan ocurrido. Tenemos alguna duda de si estas poses no fueron una reconstrucción imaginaria a posteriori para reforzar los rasgos identitarios de los PC centroamericanos, ya en la época de la normalización estalinista, pues el carácter esencialmente conservador y reformista que tomaron las organizaciones prosoviéticas, probablemente necesitaba de una leyenda heroica que les permitiera usarla como “moneda de cambio” dentro del movimiento popular.

[3] . “Según el esquema proclamado por los stalinistas en 1928, [el “tercer periodo”] era la etapa final del capitalismo […] La táctica de la Comintern durante los seis años siguientes estuvo marcada por el ultra izquierdismo, el aventurerismo, los sectarios sindicatos rojos y la oposición al frente único” (Trotsky, 1977, 242).

[4] Este es un debate de una gran actualidad estratégica, una expresión de este debate se encuentra en el artículo de Clara Sousa “¿Qué Internacional necesitamos hoy? Una polémica con el Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional.” Allí, Sousa recupera un argumento clásico de Lenin: “Todos los socialistas, explicando el carácter de clase de la civilización burguesa, de la democracia burguesa, del parlamentarismo burgués, han expresado la misma idea que ya Marx y Engels habían expuesto con el máximo rigor científico, diciendo que la república burguesa más democrática no es más que una máquina que permite a la burguesía aplastar a la clase obrera, que permite a un puñado de capitalistas aplastar a las masas trabajadoras. No hay un solo revolucionario, no hay un solo marxista, entre los que actualmente claman contra la dictadura y a favor de la democracia, que no jure y perjure ante los obreros aceptar esta verdad fundamental del socialismo. Pero justo ahora, mientras el proletariado revolucionario está en fermentación y se moviliza para destruir esta máquina de opresión y para conquistar la dictadura del proletariado, estos traidores del socialismo presentan las cosas como si la burguesía hubiese regalado a los trabajadores la “democracia pura”, como si la burguesía, renunciando a resistir, estuviese dispuesta a someterse a la mayoría de los trabajadores, como si en la república democrática no hubiese habido y no hubiese una máquina estatal para la opresión del trabajo por parte del capital”.



[1] 1990-2000: La etapa abierta por la derrota de la revolución centroamericana a manos de la reacción democrática imperialista, es decir, por una combinación de la acción militar (Contra, ejércitos nacionales, paramilitarismo), que buscaban presionar a las direcciones guerrilleras (FSLN, FMLN, URNG) para que aplicaran los planes del imperialismo, ya fueran las políticas de “pacificación” y “elecciones libres” (para el caso del FMLN y la URNG), ya fuera la aplicación de la política fondomonetarista (FSLN). La balcanización del proceso revolucionario y la negativa de las direcciones guerrilleras a profundizar el proceso revolucionario, acabó con el agotamiento de las masas trabajadoras y con el triunfo electoral de opciones burguesas neoliberales (UNO, ARENA).



[1] 1990-2000: La etapa abierta por la derrota de la revolución centroamericana a manos de la reacción democrática imperialista, es decir, por una combinación de la acción militar (Contra, ejércitos nacionales, paramilitarismo), que buscaban presionar a las direcciones guerrilleras (FSLN, FMLN, URNG) para que aplicaran los planes del imperialismo, ya fueran las políticas de “pacificación” y “elecciones libres” (para el caso del FMLN y la URNG), ya fuera la aplicación de la política fondomonetarista (FSLN). La balcanización del proceso revolucionario y la negativa de las direcciones guerrilleras a profundizar el proceso revolucionario, acabó con el agotamiento de las masas trabajadoras y con el triunfo electoral de opciones burguesas neoliberales (UNO, ARENA).



[1]. “En el pensamiento dialéctico la realidad se concibe y representa como un todo, que no es sólo un conjunto de relaciones, hechos, y procesos, sino también su creación, su estructura y génesis. Al todo dialéctico pertenece la creación del todo, la creación de la unidad, la unidad de las contradicciones y su génesis. Heráclito representa la concepción dialéctica de la realidad con su genial imagen simbólica del mundo como un fuego que se enciende y se apaga según leyes, pero al mismo tiempo subraya de un modo especial la negatividad de la realidad” (Kosik, 1976, 63).

[2] Miguel Mármol, militante comunista salvadoreño, participó en la revolución salvadoreña de 1932 y sobrevivió a los fusilamientos masivos (30000 muertos) del sátrapa Maximiliano Hernández Martínez. Su testimonio fue recogido en 1966 por el poeta y revolucionario salvadoreño Roque Dalton. Roque Dalton es uno de los representantes más auténticos del esfuerzo de los marxistas centroamericanos por descolonizarse de la influencia soviética. Puede verse, en ese sentido, la obra de Dalton Un Libro Rojo para Lenin, sobre todo las páginas 195-208, y el interesante ensayo de Néstor Kohan, Roque Dalton y Lenin leídos desde el siglo XXI, publicado el 03/04/2007 en el website www.rebelión.org. También la obra colectiva Otros que levantan la mano, de pronta aparición en la Editorial Arlekín.

[3] Utilizando como criterio de ingreso, la existencia de una totalidad concreta llamada Centroamérica, cuya característica fundamental es ser una sola nacionalidad dividida en seis estados, podríamos agrupar en 9 grandes etapas, la historia política centroamericana: 1. 1821-1842: La independencia centroamericana y el proceso de desmembramiento de la República Federal. 2. 1842-1921: Los intentos de sectores de los ejércitos por reunificar Centroamérica. 3. 1921-1935: A partir de la balcanización definitiva del istmo, la bandera de la unidad centroamericana es retomada por los sectores populares. Este periodo tiene como pico la insurrección salvadoreña de 1932 y la lucha militar sandinista. Aquí, las tareas democráticas, antiimperialistas y anticapitalistas empiezan a mezclarse.

[4]1935-1944: La consolidación de las dictaduras pro imperialistas (Somoza, Hernández Martínez, Carías).

[5] 19441960: Nuevo jalón revolucionario centrado en la revolución guatemalteca, que es clausurado por la intervención de las fuerzas contrarrevolucionarias y la CIA.

[6] 1960-1979: Frágil intento de estabilización sobre la base de políticas contrainsurgentes como la Alianza para el Progreso y la instalación del Mercado Común Centroamericano.

[7] 1979-1990: Situación revolucionaria generalizada abierta por la caída de Somoza, el inicio de la guerra civil en el Salvador y Guatemala, más los ascensos populares en Honduras y Panamá. Fue Costa Rica el punto más bajo del ascenso popular.



[1]. “En el pensamiento dialéctico la realidad se concibe y representa como un todo, que no es sólo un conjunto de relaciones, hechos, y procesos, sino también su creación, su estructura y génesis. Al todo dialéctico pertenece la creación del todo, la creación de la unidad, la unidad de las contradicciones y su génesis. Heráclito representa la concepción dialéctica de la realidad con su genial imagen simbólica del mundo como un fuego que se enciende y se apaga según leyes, pero al mismo tiempo subraya de un modo especial la negatividad de la realidad” (Kosik, 1976, 63).

[2] Miguel Mármol, militante comunista salvadoreño, participó en la revolución salvadoreña de 1932 y sobrevivió a los fusilamientos masivos (30000 muertos) del sátrapa Maximiliano Hernández Martínez. Su testimonio fue recogido en 1966 por el poeta y revolucionario salvadoreño Roque Dalton. Roque Dalton es uno de los representantes más auténticos del esfuerzo de los marxistas centroamericanos por descolonizarse de la influencia soviética. Puede verse, en ese sentido, la obra de Dalton Un Libro Rojo para Lenin, sobre todo las páginas 195-208, y el interesante ensayo de Néstor Kohan, Roque Dalton y Lenin leídos desde el siglo XXI, publicado el 03/04/2007 en el website www.rebelión.org. También la obra colectiva Otros que levantan la mano, de pronta aparición en la Editorial Arlekín.

[3] Utilizando como criterio de ingreso, la existencia de una totalidad concreta llamada Centroamérica, cuya característica fundamental es ser una sola nacionalidad dividida en seis estados, podríamos agrupar en 9 grandes etapas, la historia política centroamericana: 1. 1821-1842: La independencia centroamericana y el proceso de desmembramiento de la República Federal. 2. 1842-1921: Los intentos de sectores de los ejércitos por reunificar Centroamérica. 3. 1921-1935: A partir de la balcanización definitiva del istmo, la bandera de la unidad centroamericana es retomada por los sectores populares. Este periodo tiene como pico la insurrección salvadoreña de 1932 y la lucha militar sandinista. Aquí, las tareas democráticas, antiimperialistas y anticapitalistas empiezan a mezclarse.

[4]1935-1944: La consolidación de las dictaduras pro imperialistas (Somoza, Hernández Martínez, Carías).

[5] 19441960: Nuevo jalón revolucionario centrado en la revolución guatemalteca, que es clausurado por la intervención de las fuerzas contrarrevolucionarias y la CIA.

[6] 1960-1979: Frágil intento de estabilización sobre la base de políticas contrainsurgentes como la Alianza para el Progreso y la instalación del Mercado Común Centroamericano.

[7] 1979-1990: Situación revolucionaria generalizada abierta por la caída de Somoza, el inicio de la guerra civil en el Salvador y Guatemala, más los ascensos populares en Honduras y Panamá. Fue Costa Rica el punto más bajo del ascenso popular.